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viernes, 11 de marzo de 2011

Nacional y Popular

Acaba de salir un vino auténticamente peronista. Es una creación del artista Helmut Ditsch y el enólogo Gerardo Cacace. Se trata de un tinto de corte conformado por malbec, cabernet sauvignon, sangiovese y syrah. Viene con tapa a rosca y saldrá unos 20 pesos. Supongo que habrá mucha gente que tratará de conseguirlo a toda costa y otros que preferirán quedarse en sus casas con sus bananas.

Ante semejante acontecimiento peronístico se me ocurrió preguntarle a mi amigo René Roca, pejotista de la primera hora, su opinión:

“Es la hora de los pueblos, dijo el General. Y vaya que lo es cuando irrumpe en escena un vino de las características de ‘El justicialista’, un Nacional y Popular (podría llamarse así la cepa) con la calidad de nuestras vides y el talento de los hacedores argentinos. Es la hora de los pueblos cuando se arrima, semejante artista, a compartir sus musas con la masa. Es la hora de los pueblos cuando nuestra bebida nacional está etiquetada con la imagen de ese varón argentino y la inigualable dama de la patria”.

lunes, 10 de mayo de 2010

Embajador de los Valles Calchaquíes

Por René Roca

Mientras la noche golpeaba incansable la ruda botella del San Pedro de Yacochuya, me imaginé en una sonrisa volando como un cóndor; único capaz de ver y encontrar a dos mil metros de altura, entre los Valles Calchaquíes, a esas uvas distintivas que hacen de este salteño un verdadero embajador ante la corte de Baco. Así, rapaz y fervoroso, sobrevolé primero los aromas a barrica francesa: doce meses que valían la pena esperar. El malbec y una pizca de cabernet sauvignon moldearon mi paladar, del mismo modo que las corrientes de aire acomodan el glorioso planear del cóndor entre la cordillera. Fue una experiencia de altura que solo el fruto de un terroir magnífico como es el de Cafayate puede ser tan generoso y digno de los mejores vinos del mundo.
(Visitá la Relatería de René Roca)

sábado, 20 de marzo de 2010

Crazy Heart


Por René Roca

Anoche vi Crazy Heart, la película con la que Jeff Bridges ganó un Oscar. Él está bien, hace una actuación bastante aceptable, aunque me dio la impresión de que es un borrachín de base y que simplemente se maquilló para el papel. En fin, la película no dice mucho, es una historia tranquila de un hombre que trata de salir adelante y recomponer una vida semi miserable (me gustó más El Luchador, de Micky Rourke). Pero el asunto acá no es hacer una crítica cinéfila, oficio que desconozco, sino contarles que lo único que me provocó este film fue unas irrefrenables ganas de beber whisky.

Apenas puse stop, me abalancé sobre la alacena a la búsqueda de algún dorado elixir o un bourbon lija gargantas (pretendía cantar un amargo blues a la luna después del tercer vaso). Pero nada. Mi bar es patético: un fernet Vittone, un gin Hiram Walker y un ron en el que flotan cosas (en una época lo usaba para flambear panqueques, pero ya ha perdido toda combustión). Busqué otras opciones y abrí las puertas debajo de la bacha de la cocina, y ahí, muy oculta, pero asomándose para que yo la picara en el juego de la escondida, una delgada botella de vodka Orloff. Estaba llena. Esa torpeza solo podría ocurrir si alguien, que no era yo, la hubiera olvidado el día de mi cumpleaños. La emoción de haberla encontrado fue suficiente como para pre embriagarme sin siquiera desenroscar la tapa. Casi automáticamente, saqué de la heladera tres enormes pomelos a punto de pudrirse (digo a punto por lo optimista que estaba en ese momento). Enrosqué con ganas sus mitades en la juguera y obtuve medio vaso de los grandes. Eché tres piedras y lo anegué de vodka, lo que me obligó a tomar el primer sorbo sin levantarlo.

En el patio había colocado la notebook sobre la mesa, el trago infernal y un disco de Dr. John. Encendí un tremendo Montecristo y, mientras se maridaba con el ruso sabor, me olvidé de Bad Blake (el personaje de Jeff Bridges) y me acordé de Ben Sanderson (Nicolas Cage) en Adios a Las Vegas.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Cuatro bares

Por René Roca

El dato me lo pasó un hombre antes de morir. Me entregó un cuaderno de tapas duras con sus hojas amarillentas como una enfermedad incurable. En él había un listado de cuatro antiguos bares porteños, muy distintos entre ellos pero tan siameses, a la vez, por el prodigio que contenían.
En las últimas hojas, con letras escritas durante la noche, secretamente, bajo la lluvia o parado contra el viento, el hombre explicaba la naturaleza de aquel libro.

"Estas palabras son el fruto de mi condena, hace años que busco, día tras día y solo encuentro espejismos y crueles laberintos. Persigo una historia real, aunque inasible. Existen cuatro bares en la ciudad de Buenos Aires, que por un capricho de Algo o Alguien, contienen cada uno una mesa en la que al visitante que se sienta frente a ella a beber, le es dable obtener la sabiduría y el conocimiento supremo en las más diversas artes. En uno de esos bares, en 1914, con tan solo quince años de edad, Jorge Luis Borges bebió entera una jarra de un vino agrietado y firme. Esa tarde salió tambaleando y sonriente, abrazado por el formidable destino de las letras".

"Un año más tarde, en otro de los remotos bares, un joven militar tomó junto a otros camaradas de armas una áspera pero efectiva ginebra. Al retirarse saludó a los mozos y les dejó una generosa propina. En la calle, el crudo invierno no pudo truncar su camino hacia sus tres períodos como Presidente de la Nación".

Ahora me encuentro sentado aquí, en una mesa que posiblemente sea mágica. Releo una y otra vez esta historia que se deshace entre mis manos, mientras bebo una copa de un intenso rubí.
¿Quién sabe?
Quizá mañana…

jueves, 13 de agosto de 2009

Los sueños de Baco

Por René Roca

Una vez, un amigo brujo me confesó que lo que diferencia a un buen vino de otro no son más que nuestros sueños posteriores. Entre risas me mostró sus dientes roídos de colores indescifrables y me refirió una historia inverosímil.
Cuando Baco, dios del vino, conquistó la India, obligó a todos sus habitantes a celebrar, una vez al año, en su honor. Amóstones, un rey menor, rechazó con burlas e ironías las demandas del conquistador. Entonces Baco, inventor de los lagares, se presentó ante el rey y, mostrándose conciliador, convidó a Amóstones el mejor de sus vinos. Cuando las tinajas estuvieron secas, y el rey comenzaba a desplomarse en su sillón de madera y piel, Baco dijo:
- Ningún rey puede ser justo con su pueblo, si no lo es con su Dios. Crean en mí y yo estaré en sus sueños.
Mi brujo amigo se abrió en una carcajada. Me mostró una botella de un selecto Bonarda y lo dedicamos entero al dios Baco.
De lo mejor de la diosa cosecha que bebí esa noche nació este insuperable y bacanal sueño. La barcaza se deslizaba vertiginosa por un torrente borravino. Me encontraba sentado, inmóvil, observando las vides que se alzaban en las márgenes del río. Las uvas destilaban un líquido rojizo que alimentaban el caudal de vino por el que yo navegaba. A medida que avanzaba podía discernir entre las distintas cepas, como si yo las hubiera plantado con mis propias manos. Después de un largo trayecto entre montañas y valles, llegué a un gran estuario en donde se habría frente a mí un inmenso mar de color bíblico. Su lecho estaba plagado de pequeños agujeros por donde drenaba el vino. Pude espiar por debajo y descubrir para mi sorpresa que cada pequeño hoyo correspondía a una botella. Miles y millones de personas esperaban su turno para obtener una.
Y entre las caras que pude ver, reconocí a la de mi amigo el brujo, desnudo su cuerpo y coronada su cabeza con hojas de parra.

jueves, 16 de julio de 2009

De cerdos muertos y naturalezas vivas


Por René Roca

El fuego estaba furioso. Viril. De haber estado fuera de la improvisada parrilla podría haber quemado Roma en pocas horas. La carne de cerdo se oreaba sobre una tabla de madera. Una espesa capa de romero y tomillo, bañada con abundante limón, la protegía de las moscas.
A pocos metros, la barranca era empinada. El espinillo que se encontraba en ella tenía una postura recta, orgullosa, como retando al contratiempo. Sus flores amarillas lo cubrían todo, y en su generosidad extendía su manto hasta el límite de la pendiente con la arena a la vera del río.
La foto era imponente; la naturaleza pocas veces se presenta con esta impronta a un citadino que apenas se anima a pisar descalzo la tierra. El río era falso, o podría haberlo sido, pero la frescura que sentía en mis pies negaba otra ilusión. Una calma semejante, sólo en el paraíso.
El cielo del atardecer se excedía en sus violetas e intentaba suavizarlos con crudos naranjas artificiales. Admiré a los grandes pintores, pero inmediatamente incorporé a los pequeños. La valentía de ir por lo natural es el talento de todos ellos.
Me senté a contemplar lo maravilloso de ese momento junto a la parrilla y al ansioso cerdo marinado. Extraje una copa. Con paciencia descorché una botella de Ricardo Santos, un sutil malbec que actuó como un daguerrotipo en mi memoria, para así retener, como un tesoro invaluable, esta crónica de cerdos muertos y naturalezas vivas.

jueves, 21 de mayo de 2009

Media luna


Por René Roca

"y aún te puedo ver" por Brutus D.K.


Un copón marcado de huellas, dentro, un corcho desgarrado. Botellas vacías, protagonistas de un agradable encuentro. El encendedor que nos convirtió en humo, las tablas llenas de migajas y las confesiones que todavía flotan.
La mesa seguía allí, cargada de los recuerdos de la noche. Mi paladar sentía el resabio del reconfortante vino La Flor, de Bodega Pulenta Estate, sin poder ser opacado por la fuerte presencia del roquefort. Todo estaba allí, sentenciado por el destino a perdurar frente a mí.
Esa noche, alguien se había acercado a la ventana a buscar a la luna que mostraba sin pudor una mitad. Parecía mordida. Desde el telescopio espió en sus cráteres, mientras creía ver una bandera clavada allí. Luego, enjugó sus ojos y abandonó la altura espacial. Era un excelente momento para abrir el Don Nicanor tardío. Todos degustaron el exquisito dulzor helado que destilaba de la esbelta botella. Yo lo podía disfrutar también, sin importar mi ostracismo o mi abandono involuntario.
Un fluir en forma de niebla pesada envolvía a los presentes, la conexión era pura, humana. Yo los podía ver. También las miradas y los deseos que escondían; los secretos de algunos y los recuerdos añorados de otros.
Y fue entonces cuando empecé a preguntarme, a querer conocer, a intentar saber por qué.
Mi rostro apenas tiene el relieve de un trazo grueso, mis ojos están vendados, no tengo más espalda que el vacío. A pesar de todo ello me pregunto cómo es posible que aún te pueda ver.

domingo, 10 de mayo de 2009

Roja


Por René Roca

La noche crecía espesa, lenta. Llegué sin ganas, en un hilo de vida. Me desplomé en la banqueta. Casi a punto de colapsar, un viento gélido erizó mi cuello. Inmediatamente, golpes en la puerta.
Era un vampiro, sí, un vampiro vestido de negro. Claro, como se visten los vampiros, de negro. Sin siquiera saludar se acercó al televisor y cambió de canal: Blade, el caza vampiros. Quedamos atónitos. El anfitrión me distrajo con un queso de cabra, y la sombra maligna compartió un vino Pura Sangre de Ángel Mendoza. Es ese momento pensé en la irrisoria paradoja, pero ¿acaso no era, aquél, un ángel de la oscuridad?
Con su mente me obligó a beber aquel vino irregular, sólido. Entre sorbo y sorbo, giraba la copa, al tiempo que podía ver a tras luz los destellos que provocaban los sedimentos en el fondo.
Estaba parado a mi derecha, pero su voz encantadora, murmuraba sobre mi oreja izquierda. Paralizado, intenté tapar mi yugular, sobreestimando mi raído suéter. Oí una risa metálica, que se alejaba y volvía manoseando mi temor. Jugaba conmigo.
El Pura Sangre se unió al torrente y mucho se disipó. El vampiro seguía allí esperando mi respuesta a una pregunta jamás formulada pero que yo conocía muy bien.
Los sentidos se modificaron paulatinamente. Una versión de “Papa was a rolling Stone” interpretada por Ian Siegal, comenzó a vibrar en mi piel, como si cada poro fuera un oído distinto.
Colgado del cielo raso me llamaba sonriente con su dedo. Yo disimulaba observando el humo que huía por la ventana, pero mis ojos captaron inmediatamente a los fantasmas que, muy zorros, se escondían allí. Sé que en otra ocasión no hubiera sentido más que terror, pero algo había cambiado en mí.
Tomé la última copa como un animal sediento. Con mis dedos escuálidos y afiebrados barrí los residuos que quedaron en el fondo y los llevé a mi boca con la desesperación de la abstinencia.
Creí que el vampiro había desaparecido. No.
Salté por el balcón hacia el vacío y volé, frenético, por toda la ciudad.

lunes, 4 de mayo de 2009

Garras


Por René Roca

Paseabas de un lado a otro, sin mirarme, sin mirarte. En el balcón el gato parecía imitar tus movimientos sobre la baranda. Yo trataba de no pensar, me concentraba en los lomos de los libros casi inentendibles para mis ojos cansados.
El vino no era malo, se dejaba. Vos, no. Tenias la robe de chambre mal puesta, estaba seguro de que era tu maligna intención. Las luces tenues me mostraban la panza de uno de tus pechos. Ibas y venias, como el gato en el balcón.
La primera copa era historia, al servirme la segunda, arañé sutilmente la etiqueta. Abriste la canilla para llenar la bañera. Sin hablarme caminabas sensual, agarrando tu estrecha cintura para marcar lo que yo había ofendido.
No usabas nada debajo, como yo te había enseñado, y por ese motivo, paseabas como el gato. Ya el vino me sabía igual, la tercera copa me torturaba. Sentía la melena que crecía al reflejo de mis colmillos.
Saltabas del baño a la cocina, con zancadas firmes. Cambiabas de flanco tan fácil, como lo hace el viento, para ir de la cocina al living, con el torso seguro.
Esbelta, mágica, veloz, inquieta, gacela.
El gato ya no estaba. Volqué la copa. De un solo zarpazo te tomé de la cadera. Esquivaste el primer embate. Saltaste, corriste, huiste.
El depredador siempre da la esperanza de la salvación: acorralada en el pasillo, te saqué el cinturón de la bata, que cayó como un desvencijado telón. No escuche lo que me decías, pero por el movimiento de tu boca supe que eran insultos conocidos. Abrí mis fauces y te mordí en un beso largo. Te movías, como las presas ingenuas.
Cargándote a la habitación susurraste tus últimos quejidos, para terminar de comprender que siempre ibas a ser mi trofeo.
El gato volvió al balcón, su sombra se fundía con la del león y la gacela, que se amaban, salvajes, sobre la estepa.

(foto: http://lavidaboca.wordpress.com)

martes, 28 de abril de 2009

La Torre


Por René Roca

El piso 11 estaba anegado del mundo. Solo la brisa impertinente del Río de la Plata se filtraba por las ventanas. La estancia estaba perfectamente iluminada. En la gran mesa, los doce comensales, un número perfecto.
Tres tablas completas con jamones españoles, quesos italianos y delicatessen francesas, nos llenaban la vista: los rojos tomates disecados; las tonalidades mohosas del brie y del camembert; las aceitunas negras rellenas de queso sardo, dispersas como ojos extraviados en un gran cabaret; rosados lomos ahumados al igual que presas almacenadas al sol; borravinos jamones especiados; e inclusive la inútil lechuga, una mala actriz en un teatro de excelencia. Todo era asombroso, como una gran paleta multicolor. En esa árida y salada tierra europeizada: vino argentino Don David.
El calor se acentuó y todos comenzamos a conversar de distintas cosas. De amor, poco; de pasión, bastante; de curas y curaciones; de culturas incomprendidas; de nuevos fenómenos sociales y de otros viejos que aún persisten.
Los anfitriones eran dos avezados cazadores. Fuimos capturados en la torre de los manjares sin oír un solo disparo.
El postre, de una supuesta sencillez, reafirmó la línea exquisita de la noche: una tarta de manzana preparada con dulces manos de canela.
Cuando la noche comenzó a bostezar y en la última botella de vino quedaba el recuerdo de la última gota, alguien recordó las Bodas de Caná: dos sublimes botellas quinceañeras de Chateau Saint Christoly de la región de francesa de Médoc, se transformaron en nuestras amantes.
Como en una torre de Babel invertida, todos comenzamos a hablar el mismo idioma.

domingo, 19 de abril de 2009

No sé


Por René Roca

No sé si fue el malbec o tus soberbios tacones, pero mis ojos ya no te miraban igual. Cuando te levantaste a recargar las copas tuve un pensamiento extraño. Sentí que te estaba conociendo por primera vez, a pesar de que lo hago desde siempre y de que tuve tus primeros besos. Fue como si algo me trasplantara a otra vida, frente a una mujer nueva, madura, deliciosa, sofisticada.
Estabas parada frente a mí con las dos copas rebosantes, casi como tu sonrisa. Coltrane me erizaba y temía que percibieras los brillos eléctricos sobre mi piel entre la penumbra contra la que combatían las velas y… ¡maldición!, lo descubriste en mi mirada. Simplemente me relajé.
Te sentaste en mis piernas y acariciaste mi nuca con tus uñas perfectamente esculpidas, lo que me obligó a cerrar los ojos y a imaginar tu rostro divertido por el poder de tu sensualidad. La blusa cedió, recriminando mi demora. Me abrazaste con intensidad, insinuando que no me detuviera. No lo hice.
Por el ventanal, la luna invadía tu cuerpo desnudo recostado sobre el sillón. La miré dos veces, como si esperara sus instrucciones. Volví mi rostro hacia vos. Me arrodillé y llené, con el exquisito vino, la cavidad de tu ombligo. Bebí, afanoso, hasta la última gota.

sábado, 11 de abril de 2009

Infinito


Por René Roca

La escalera era lúgubre. Penetré en su atmósfera y sentí el agrio olor a miseria. El esfuerzo en cada escalón hacía recordar mi presencia. Dos pisos, un largo y pálido corredor. Desde los tragaluces, el atardecer me hacía gestos: allí afuera el mundo seguía igual. En el escalofriante pasillo todo era crepúsculo y soledad.
El ocho de la puerta estaba caído. El infinito, pensé. Golpeé a pesar de que sabía que no habría respuesta. Amagué volver sobre mis pasos, pero un nudo me envolvía. Giré el picaporte. Nada. Pateé tres veces la puerta. Cedió.
Lo primero que vi fue una mesa casi efímera. Una botella verde sin etiqueta. No necesité oler para saber que contenía un vino barato y avinagrado. Un copón, un toque de estilo para ese cuadro, estaba volcado en un misterioso equilibrio junto al borde. Sin embargo, esa imagen me alertó. Como un animal arrinconado, mis sentidos se agudizaron, oí el goteo incesante de una canilla en el baño. Corrí, empujé, derribé. Era tarde.
Sus cabellos, que alguna vez fueron mi locura, flotaban como algas abandonadas en un océano imaginado. No miré su rostro, no pude. Sus antebrazos colgaban ya vacíos. Quité mi rostro de ese horror y me dispuse a olvidar.
En la calle, la noche nueva me esperaba ansiosa, como mendigando una noticia. Acomodé mi campera y caminé inmune por la ciudad. Lo más extraño era que no me atormentaba su sangre, pero sí el líquido rojo que destilaba, irrecuperable, de la copa volcada.

viernes, 3 de abril de 2009

Compañía


Por René Roca

Una persona genial me dijo una vez que un buen habano se comparte con un fino y selecto whisky. Me lo comparó con el invierno y los guisos, con la cama y el cigarrillo, con la corbata rayada y la camisa lisa, con una buena mujer y un rancho propio.
Años más tarde, mientras encendía un puro con unas viejas cerillas, me senté frente al desvencijado portón de paraíso a contemplar las populosas betas de la madera y a descubrir en ellas algún presagio, algo que se me revelara esa noche.
Me acordé de aquel personaje y me alegré de ser tan genial: saqué una botella de Jim Beam, y con bocanadas que pretendían ahogar la noche disfruté del habano y de ese compañero tan distinguido.

martes, 24 de marzo de 2009

Aprendiendo


Por René Roca


El escarlata líquido rechazaba las fotos que Martín intentaba del vino y de mi rostro. La botella de Rancho Zabaco, no quería ni fama ni bloggerias. Buscaba partidarios y nosotros éramos sus iniciados. El californiano sorprendió. Habló de cómo disfrutar momentos como éste. Nos mostró su espíritu de aromas frutales, de presencia ineludible, similar a la de una hermosa mujer que irrumpe en una fiesta.

Y la magia se hizo sonido. La música forraba las paredes del lugar, como una biblioteca del blues incapaz de pasar inadvertida flotando por el Mississippi. La sombra de Encías Sangrantes bailoteaba, redonda, sobre la pared, fundiendo su saxo en el eco rojizo de la copa del vino nacido de la uva Zinfandel. Habíamos aprendido. El momento estaba siendo disfrutado.