domingo, 30 de agosto de 2015

La teoría de la evolución

FOTOS DEL SHOW BRUNO LEONEL
El nuevo disco de Támesis, Contra la corriente, es excelente. Marca una notable evolución musical con respecto a los dos anteriores, que ya de por sí son muy buenos. Se nota que el tiempo no pasó en vano y que los integrantes del grupo se toman muy en serio lo que hacen: detrás de este proyecto hay un laburo muy profesional y dedicado, potenciado por la buena química que hay entre ellos. Ahora, cuando estos músicos se presentan en vivo se superan a sí mismos. La formación blusera de cada uno de ellos se percibe en el núcleo de su sonido y la impronta del rock sureño estalla en la revalorización de la jam, como modo de expresión, entre canciones novedosas de hermosas melodías. Todo eso quedó expuesto el viernes a la noche durante la presentación del grupo en el Teatro Vorterix.

Así como en Contra la corriente, Támesis comenzó con Me siento perdido. Las guitarras de Julio Fabiani y Brian Figueroa produjeron una descarga eléctrica brutal. Los planetas se alinearon para la aparición rutilante de Guido Venegoni y el cosmos se conmocionó al ritmo del rock and roll. Durante las dos horas siguientes esa sensación de éxtasis no desaparecería ni arriba ni abajo del escenario.

Antes de que promediara la mitad del show, Támesis ya había tocado más de media docena de temas de su nuevo álbum, en algunos con Mauro Chiappari y Yair Lerner en los caños, o con los coros a cargo de Florencia Andrada y Micaela Gaudino reforzados por la presencia de Emma Laura Pardo. Germán Wiedemer, productor del álbum, se sumó en teclados para acompañar a Diego Gerez. En Soy tu canción los pianos lideraron la escena, como en Layla o en Free Bird, con la banda retraída para que la melodía fluyera sin interferencia eléctrica. Antes, en La fuerza, hubo un momento que recordó a Blind Faith, cuando Julio Fabiani irrumpió con un solo como los que solía intercalar Clapton cuando Steve Winwood lo acompañaba en teclados. En esa primera parte, Támesis también interpretó algunos de sus clásicos como Aprendiste a volar, Desperté y Mensaje para vos, ésta última en formato acústico y reducido con Brian en guitarra, Julio en banjo y Guido en voz.

Al borde del escenario, la portada de un vinilo de Black Crowes relució durante toda la noche como un amuleto de la buena suerte.

La segunda parte fue sensiblemente más funky porque los caños subieron al escenario para quedarse. También fueron invitados el bajista Mauro Bonamico y Nicolás Bereciartúa que atacó con su slide en Tu lugar, mi lugar. En Solo, otro de los temas del nuevo disco, Guido, que ya llevaba más de una hora saltando y arengando al público, se enchufó otra vez en 220 y fue por más. Como en todos sus shows, siempre hay un cover. Esta vez, fue Post crucifixión, de Pescado Rabioso. En Soy igual a vos, Guido intentó descansar sin perder la magia. Se sentó junto a Brian en la cornisa del escenario y cantó más relajado. La pegadiza Viaje sideral llegó sobre el final, ante la ovación del público, junto a Mis cenizas y Consuelo para pocos.

En términos futboleros, Támesis salió a la cancha con la ambición de los ganadores. Es un equipo bien ensamblado en el que claramente no hay divisiones y todos tiran para el mismo lado. Guido es el creativo, el 10. Brian y Julio son los delanteros goleadores. Homero Tolosa y Sacha Snitcofsky, la rítmica, es la férrea defensa sobre la que se sostiene todo el equipo. Las coristas, los caños y Gerez completan un plantel con mucha garra y talento, amparados por Lucas Gavin, el DT.

Tanto en el álbum como en el recital del viernes, Támesis confirmó la teoría de su propia evolución y así dejó en claro que el proyecto tiene todavía más futuro que presente. En los próximos años iremos viendo como esta banda seguirá su ruta ascendente hacia el cosmos, el hábitat natural de las estrellas.

Contra la corriente

miércoles, 26 de agosto de 2015

Arde Jimmy


En su nuevo disco, Jimmy Burns revalida su trayectoria con un puñado de canciones que, como describe el sello Delmark en su gacetilla de prensa, representan “un paseo por el Delta”, no porque se trate de un álbum de blues crudo, sino más bien por la esencia de lo que manifiesta. Y aquí, como en sus álbumes anteriores, el viejo maestro también está en llamas. ¡Arde!

Burns es uno de los músicos que mejor combina el blues tradicional y el soul. Instalado en Chicago desde hace décadas, el cantante y guitarrista le imprime a cada uno de los 15 temas de It ain’t right su marca personal. No se trata de un mero disco de covers. En cada interpretación hay una búsqueda profunda y espiritual. La voz de Burns es intensa y refleja una vida bien blusera. Mientras que su guitarra combina simpleza, pasión y experiencia.

En temas como Big Money problem, Hard hearted woman, A string tou your heart o I know you here me calling desgrana el blues más auténtico apoyándose en el piano del japonés Sumito Ariyoshi. En Snaggletooth mule y My heart is hanging heavy apunta a un blues más moderno. Mientras que en Crazy, crazy y Rock awhile se recuesta sobre un sonido que nos remite al rock and roll de la década del 50. El disco tiene mucho soul también: Will I ever find somebody?, Long as you’re mine y Surrounded son las más animadas, en las que se destacan una sección de caños conducida por el trompetista Marques Carroll y el hammond de Roosevelt Purifoy.  Burns además versiona tres clásicos que a esta altura ya superaron cualquier barrera temporal: Stand by me, de Ben E. King; Messin’ with the kid, de Mel London y que se adueñó Junior Wells; y Wade in the water, negro spiritual de los Fisk Jubilee Singers. Ninguno de las tres versiones son un calco de los originales y eso las hace más interesantes aún.

El resto de los músicos que acompañan a Burns son Anthony Palmer en guitarra rítmica, Greg McDaniel en bajo y Bryant T Parker en batería. No hace falta decir que la banda es una pieza de relojería al servicio del gran maestro. It ain’t right es otra muestra de que el blues no es un género cuadrado y cerrado, sino que tiene variantes y puede estar sujeto a ciertas transformaciones para poder preservarse y trascender.

viernes, 21 de agosto de 2015

Quinta a fondo

FOTOS: EDY RODRIGUEZ
Robben Ford puso quinta a fondo. Ya nos había cautivado en vivo en 1992, 1994, 2001 y 2014, y ahora lo volvió a hacer. No se pueden comparar los tres shows más antiguos con el que anoche dio en Vorterix, pero sí con el del año pasado, principalmente porque vino con la misma banda: el bajista Brian Allen y el baterista West Little. Esta vez fue una presentación más enérgica y extensa que la del Teatro Coliseo.

El aperitivo de la velada musical comenzó poco después de las 20.30 con Nasta Súper, que tocó tres temas propios que aparecerán en su próximo disco: El gran estafador, Que curioso y La negación. Acompañado por Walter Galeazzi en teclados, Mauro Ceriello en bajo y Gabriel Cabiaglia en batería, Rafa Nasta ratificó todas sus cualidades con la guitarra eléctrica. Luego apareció en escena el armoniquista Mariano Massolo con su combo de gipsy swing. Lamentablemente el público estaba un poco disperso y sus canciones se evaporaron sin mayor trascendencia en el amplio espacio del teatro.

A las 21.30, con un teatro desbordante, se sirvió el plato principal. “Please give the welcome to The Robben Ford Band” anunciaron en perfecto inglés desde la cabina de sonido, luego de dar algunas indicaciones sobre el uso de cámaras de fotos y celulares. El guitarrista arrancó con una dinámica versión de Howlin’ at the moon, de su flamante disco Into the sun, para pasar a Midnight comes too soon, de A day in Nashville, en la que tuvo un percance con su amplificador. De repente se quedó sin sonido, Allen y Little siguieron con la rítmica, tímidos, mirando el fastidio que irradiaba su jefe. Los técnicos tardaron en solucionar el problema y los tres músicos dejaron el escenario por unos minutos. Cuando volvieron, Robben pidió disculpas y retomó donde había dejado. Encadenó otras tres canciones de Into the sun, Same train, Rainbow cover y Rose of Sharon, todavía con alguna molestia por el sonido. “Sounds pretty noisy”, se quejó.

No hubo mucho blues en la noche, sino más bien una abundante mezcla de géneros. Pero sí dos homenajes a grandes maestros de la guitarra blusera. El primero fue Cannonball shuffle, dedicada a Freddie King, y el segundo, Indianola, un frenesí rockeado a la memoria de B.B. King. Ford mostró sutiles pinceladas jazzeras en Eartquake, del álbum Soul on ten, y en High heels and throwing things dejó que sus músicos tomen el liderazgo. Allen masacró las cuerdas de su bajo con un pulgar asesino y Little golpeó su batería con la fuerza de un tractor.

La última parte lo encontró animado y reflexivo. Primero con Fair child, de Bring it back home, después con Nazareth, de su época de Renegade Creation, y al final con Cause of war, de su último trabajo. Los tres músicos dejaron sus instrumentos, caminaron al centro del escenario, se abrazaron y saludaron al público. La ovación fue tal que tardaron 30 segundos en volver para los bises: How deep in the blues y Thoughtless.

Robben Ford usó dos guitarras, una Gibson SG y una Telecaster, y demostró una vez más que es uno de los violeros más exquisitos y versátiles que giran alrededor del blues. Pero además lució un fabuloso registro vocal, algo por lo que también debería ser reconocido. Fue un show intenso y ecléctico en el que, una vez superado los problemas técnicos, metió quinta a fondo hasta el final.


lunes, 17 de agosto de 2015

El pulso del viejo blues

FOTOS TIO TOM
A Johnny Shines le hubiera gustado escuchar a estos músicos del sur de Brasil. Little Walter y Sonny Williamson se sentirían orgullosos de ellos. Howlin’ Wolf los miraría con cierto recelo pero al final los aprobaría. The Headcutters reproduce el viejo sonido del blues de Chicago con una intensidad y un talento indiscutible.

El sábado a la noche se presentaron en vivo en Mr. Jones, en el marco de una gira por la Argentina que incluyó otros tres shows en territorio bonaerense. Y no hicieron otra cosa que ratificar su compromiso y respeto con la historia más sagrada del blues como lo hicieron en su flamante disco Walkin’ USA.

El show comenzó a la medianoche y abrieron con Nobody but you, tema que Little Walter grabó originalmente para el sello Chess. Joe Marhofer desplegó unas líneas de su Hohner Marine Band muy contundentes y amplificó su voz con el micrófono de la armónica, como lo haría durante casi todas las canciones que cantó. A su lado, Ricardo Maca, vestido como un verdadero bluesman de la década del 50, empezó a mostrar su versatilidad con las seis cuerdas de una reluciente Epiphone Casino gold top. La rítmica, conformada por Arthur “Catuto” Garcia en contrabajo y Leandro “Carveta” Barbera en batería, mantuvo una base con mucha disciplina y swing.

Párrafo aparte merece Catuto, que toca un contrabajo italiano con cuerdas de tripa que tiene un sonido retro que no se escucha habitualmente. Lo maneja con una soltura y naturalidad que parece que pesa lo mismo que una pluma, cuando en realidad es un armatoste denso y poco maniobrable. Un detalle: sobre el final del show, en un par de ocasiones, levantó el contrabajo por encima de su hombro, inclinó su cuerpo y se mandó unos solos muy viscerales.

Algunos de los temas que interpretaron en las dos horas que duró el show fueron Keep your hands out of my pocket, de Sonny Boy Williamson; It was a dream, de John Brim; Muskadine blues, de Little Walter; You don’t have to go, de Jimmy Reed; y Mean old train, de Otis Spann. Algunos los cantó Marhofer, con una voz potente y áspera, y otros Maca, más modelado y melódico.

La banda invitó a algunos amigos al escenario. Primero fue Nico Smoljan que interpretó con su armónica Telephone blues, de George Smith, y luego cantó Tomorrow night, de Junior Wells. Después le tocó el turno a Mariano D’Andrea, que le hizo frente a las cuerdas de tripa con garra, aunque cuando terminó sacudió su mano expresando dolor. Matías Cipilliano se lució con la Epiphone de Maca en The things I used to do, que a continuación pasó a manos de Daniel De Vita. Los brasileños cerraron con un boogie a toda máquina y volvieron al escenario, por el bullicio de la gente, para interpretar Somebody knocking at my door, de Howlin’ Wolf.

Durante dos horas, los Headcutters convirtieron a Mr. Jones en un bar del sur de Chicago de los 50, como Theresa’s, y grabaron lo que probablemente sea su próximo disco en vivo. Fue una performance notable de un grupo que rescata el pasado garantizando el futuro del blues.

martes, 11 de agosto de 2015

El regreso a casa


Los Allman Brothers tienen infinidad de discos en vivo, al menos una decena fueron editados oficialmente y muchos más forman parte de una selecta colección de bootlegs. Tal vez, aquellos que no siguen tan de cerca a la banda los encontrarán repetitivos o abrumadores. Pero los verdaderos fanáticos saben apreciarlos muy bien. Cada show de los Allman Brothers tuvo su particularidad, su momento único e irrepetible. Cada concierto fue un pequeño hito. Este álbum doble –acompañado por un DVD- que acaba de editar el sello Rounder, captura al viejo Gregg al frente de su propia banda en una performance memorable, potenciada por una exquisita elección de temas, una notable selección de músicos, y un sonido limpio y envolvente.

Si At Fillmore East, de 1971, representa el momento supremo de la banda, su consagración como íconos del rock sureño en medio de un estallido creativo e interpretativo; Back to Macon, GA, marca la coronación de Gregg Allman arriba de un escenario.

El show fue grabado el 14 de enero del año pasado en el Grand Opera House de la ciudad en la que los Allman Brothers sentaron las bases del género a fines de los 60, y un par de meses antes de la despedida de la banda en el Beacon Theatre de Nueva York. Aquí, Gregg Allman estuvo acompañado por Scott Sharrard (voz y guitarra), Ben Stivers (teclados) Ron Johnson (bajo), Marc Quiñones (percusión) y Steve Potts (batería), más una sección de caños comandada por el saxofonista Jay Collins, y el aporte extraordinario de su hijo Devon en guitarra.

A diferencia de los shows de los Allman, de versiones épicas y extensas improvisaciones capaces de abrir surcos en las melodías, aquí las canciones tienen un groove relajado y los solos fluyen sin escaparse de la estructura melódica.

La primera parte está más volcada al cancionero solista de Gregg Allman, más allá de que abre con el clásico Statesboro blues. Si bien el slide marca el inicio como en la versión original, canta con un registro más souleado, elevado por una descarga brutal de los vientos. Sitvers se luce con un solo de piano y también presentan sus credenciales Collins y Sharrard. Luego siguen con una animada I’m no angel y después con Queen of hearts, la balada blusera -al mejor estilo Gary Moore- que Gregg grabó en su álbum Laid back de 1973. Aquí, otra vez, brillan los caños con una intensidad superlativa y el cantante se luce con una interpretación sobrenatural. Acto seguido, se zambulle en lo más profundo del blues, como ya lo hizo hace cuatro años con el disco Low country blues. El tema elegido es I can’t be satisfied, en honor a Muddy Waters.



Gregg toma la guitarra acústica y vuelve sobre su disco Laid back con These days, otra balada, aunque folkie esta vez, que escribió Jackson Browne. Entonces retoma el repertorio de los Allman Brothers con el clásico Ain't wastin' time no more, un vuelo rítmico atrapante en el que otra vez su canto sutil se combina con el saxo de Collins y la guitarra de Sharrard. El piano marca un quiebre en el inicio del siguiente tema. Un viejo blues de Ray Charles, Brightest smile in town, que suena cargado de emoción. Y cuando uno queda como atrapado por ese ritmo suave y cansino, la banda arremete sin aviso con Hot lanta, un himno instrumental de los 70. A su término, las voces se elevan con un “Yeah, yeaaaaaahhhh” estilo Memphis en I’ve found a love, de Wilson Pickett.

El disco dos empieza con Don't keep me wonderin’, otra típica aventura de los Allman en vivo, y Before the bullets fly, escrita por Warren Haynes, en la que Sharrard le imprime mucho estilo Albert King a sus punteos. La parte final tiene una seguidilla Allman –Melissa, Midnight rider, Whipping post y One way out- interrumpidos por Love like kerosene, un tema muy rockeado de Sharrard que se acopla muy bien entre tantos clásicos. En todos esos temas proliferan los solos de hammond a cargo de Gregg Allman, las guitarras y el saxo de Collins. Las canciones no superan los seis minutos, salvo por One way out que dura poco más de 11. Eso permitió que en los dos discos incluyan 16 tracks, algo que hubiese resultado imposible con los Allman Brothers. El DVD tiene dos bonus: Stormy monday y Floating bridge.

Gregg Allman fue el arquitecto de un estilo que a fines de los 60 revolucionó la música popular y sirvió como respuesta de los jóvenes estadounidenses ante la invasión británica. Y lo hizo con lo que tenía a mano, lo más profundo de sus raíces musicales: el blues, el country y el jazz. Hoy es una leyenda viva y este álbum doble no sólo marca su regreso a su casa sino la confirmación de que está más vigente que nunca.

martes, 4 de agosto de 2015

Nacido para tocar la guitarra


“Tengo una reputación y todos saben mi nombre, nací para tocar la guitarra, tengo el blues fluyendo por mis venas”. 

Buddy Guy no aparenta la edad que tiene. A los 79 años, el guitarrista nacido en Louisiana acaba de lanzar un nuevo disco, el número 28 de su extensa carrera, y sigue tan activo como siempre. Y tampoco suena como un octogenario. Por el contrario, tanto en vivo como en el flamante álbum, descarga unos solos cargados de adrenalina propios de un joven virtuoso que quiere imponer todas sus condiciones.

Born to play guitar es una aseveración que, creo, nadie se atrevería a discutirle a Buddy Guy. Pero el disco, al igual que algunos de los que editó en los últimos años, tiene un toque exagerado de sobreproducción y suena pesadamente comprimido y ruidoso. Eso tiene mucho que ver con la producción de Tom Hambridge, quien ya trabajó con él en el doble Rhythm & Blues (2013), en Living proof (2010) y en Skin deep (2008), todos discos que comparten esas características sonoras así como una lista de importantes artistas invitados y canciones hechas a la medida para la stratocaster inflamada de Buddy Guy. Hambridge trabajó de la misma manera con James Cotton en Cotton mouth man (2013).

Pero se ve que es lo que Buddy Guy quiere para esta etapa de su carrera. Este álbum poco tiene que ver con lo que grabó en sus comienzos para el sello Chess o ese maravilloso disco noventoso que fue Damn right, I’ve got the blues. Es decir, no apunta tanto a satisfacer a quienes lo escuchan desde hace años, sino que busca arrastrar a nuevos oyentes a los cauces del blues.

Los mejores temas del disco son Born to play guitar, en el que Buddy resume su vida con unas pocas frases. Empieza cantando apenas con unas líneas de guitarra detrás y su voz, desnuda, destila todo el blues que tiene adentro. Luego aparece la banda y el tema gana en intensidad y se impone el estilo Chicago. Aquí se destaca el piano de Reese Wynans al tiempo que los solos de guitarra son profundos pero no tan pirotécnicos. Wear you out tiene todo el calibre de las seis cuerdas distorsionadas de Billy Gibbons y las voces de ambos confluyen de manera excepcional. Kiss me quick y Too late tienen a Kim Wilson como invitado, que aporta el sonido de su armónica en una aproximación a un plano más tradicional. En Come back Muddy, dedicada a Muddy Waters, tema con el cierra el disco, se regodea entre instrumentos acústicos y sin tanto frenesí.

Párrafo aparte merecen las participaciones de Joss Stone y Van Morrison. La cantante inglesa, de una belleza incomparable, deslumbra con su voz soulera en (Baby) You got what it takes, y por momentos suena como poseída por el espíritu de Etta James. El legendario vocalista irlandés aparece sobre el final del disco para cantar a dúo una balada en honor a B.B. King: Flesh & bones tiene algo de Feels like rain y poco que ver con el resto de los temas de este disco. Pero siempre es bueno escuchar a dos grandes juntos.

Un nuevo disco de Buddy Guy siempre es noticia y, desde ya, vale la pena escucharlo. Porque al fin y al cabo es parte de su legado musical.