martes, 9 de octubre de 2018

La piel de Willie Mae


“Nunca nadie me enseñó nada. Nunca fui a la escuela de música ni nada parecido. Tuve que quedarme en casa para cuidar de mi madre, que estaba enferma. Por eso me enseñé a mí misma a cantar y a tocar la armónica y la batería. No sé leer música. Si escucho un blues que me gusta, intento cantarlo a mi manera. Siempre es mejor hacer las cosas a tu manera. Mi forma de cantar viene de la experiencia. De mi propia experiencia. De mis propios sentimientos. No canto como nadie excepto como yo misma. Soy gorda. Y negra. Pero valgo más que todos vosotros, bastardos”. 

Una chica sin suerte es la última novela de la periodista española Noemí Sabugal. Está basada en la gira europea de Big Mama Thornton de 1965, en el marco del American Folk Blues Festival. La autora se metió en la piel de la legendaria cantante y logró trazar un perfil auténtico y descarnado. Su pasión, sus miedos, sus virtudes, sus inseguridades, sus certezas, su dolor y su alegría. Por momentos ella nos habla en primera persona. Reflexiona sobre su vida. Mira hacia atrás y hacia adelante. Recuerda a Diamond Teeth Mary, a Johnny Otis, a Johnny Ace, a Jimmy Witherspoon, a Little Esther, a Don Robey, de Peacock Records, y a todos los que influyeron, para bien o para mal, en su carrera musical. Odia Hound dog, el hit que Leiber y Stoller escribieron para ella. La letra le parece estúpida.

La narración cambia su eje y Sabugal recrea la gira europea, ciudad por ciudad, y los diálogos entre los músicos. Aparece un joven Buddy Guy, bastante inmaduro. Un J.B. Lenoir muy comprometido políticamente y un Walter Horton que se muestra más atento y compañero de Willie Mae, el verdadero nombre de Big Mama y como la autora la menciona a lo largo del libro. También surgen otros personajes históricos del blues: John Lee Hooker, Dr. Ross, Jimmie Lee Robinson, Fred Below, Eddie Boyd y Mississippi Fred McDowell. Ellos, más los productores alemanes Horst Lippmann y Fritz Rau, y Chris Strachwitz, fundador de Arhoolie Records, son los coprotagonistas de esta gran historia.

Los conciertos en las distintas ciudades, los traslados, los hoteles, las borracheras por las noches, los ocasionales porros que fuman entre ellos, la gente que se cruzan en el camino y la grabación del disco In Europe, en Londres, para el sello Arhoolie, que resultaría el primero de su carrera, varios años después de los singles que grabara para Peacock, van marcando el pulso de este gran libro.

La novela también es un viaje a la década del sesenta. La autora describe con mucho detalle lugares y costumbres de aquellos años convulsos y creativos, tanto en ciudades europeas como la Berlín dividida por el muro, Copenhague, París, Barcelona, Londres, Amsterdam, Dublín, Estocolmo y Bruselas, entre otras, con permanentes idas y vueltas a los Estados Unidos de la segregación racial, los derechos civiles, las protestas contra la guerra de Vietnam y la tensión de la guerra fría.

Pero lo más importante es la música, lo que transmite el blues. Una chica sin suerte es un libro que se lee y se escucha. Es la viva voz de Willie Mae Thronton.

“Nos divertimos. Ganamos algo de pasta. Nos aplauden. Nos sentimos importantes. Bebemos. Los blancos pagan las entradas y subimos al escenario. Tocamos nuestros instrumentos y sonreímos. Todos nuestros dientes bailan en la oscuridad de la sala de conciertos. La luz de los focos rebota en ellos y nos abrillanta las caras negras. Saludamos. Hasta la próxima. ¿Y qué recordamos del blues? Todos pensamos a veces en las manos que acompañaron a otras bocas que cantaban y recogían algodón, segaban el trigo, cortaban la caña de azúcar, arrancaban hojas de tabaco, sacaban patatas o cosechaban manzanas. Hombres que tarareaban muy bajito en mugrientos barracones de madera mientras afuera hiela. Hombres con la espalda azotada y con mujeres que paren en el suelo de noche, alumbradas por una vela. Niños negros que aprenden a cantar a cerrar la boca en presencia del amo, a odiar y a mostrar una obediencia servil. El blues de la resistencia, el blues del hambre, el blues de la esperanza y de la desesperación”.