miércoles, 22 de mayo de 2013

El alma de Beth & Joe

Todavía no llegamos a la mitad de 2013 y Joe Bonamassa acaba de editar su tercer disco del año. Primero fue ese combo de funk y jazz fusión que grabó junto a notables músicos del género y que decidieron llamar Rock Candy Funk Party. Luego, en marzo, lanzó su álbum doble en vivo, An acoustic evening at the Vienna Opera House. Ahora, en compañía de la cantante Beth Hart, embiste con Seesaw.

Este es el segundo trabajo que hacen juntos. El primero, Don’t explain (2011), mostró que ambos se complementaban muy bien para encarar temas relacionados con el soul, principalmente, el rock y el blues. Aquí vuelven por la misma senda aunque incorporan sigilosamente algunos elementos del jazz.

El álbum, también producido por Kevin Shirley, empieza y termina con dos temas de la legendaria Billie Holiday: abre con una versión bluseada -y con una presencia extraordinaria de caños- de Them there eyes; y cierra con Strange fruit, cuya letra retrata la violencia y la crudeza de la segregación racial en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. En ambos, Beth Hart demuestra que es una vocalista que no tiene techo. En medio de esas dos canciones hay otras nueve versiones aguerridas en las que ambos músicos combinan la intensidad de una voz cargada de recursos con unos solos de guitarra altamente fulminantes. El pico máximo de rock and roll lo alcanzan con Natbush City limits, un clásico de Ike y Tina Turner, al que le sigue una balada blusera firmada por Al Kooper, I love you more tan you’ll ever know.

Otro punto alto del álbum es la versión de Miss lady, de Buddy Miles, que arranca con los vientos resoplando por encima de un solo con wah wah de Bonamassa a los que se le suma Hart con una potencia vocal demoledora. Ese codeo con el jazz que mencionaba más arriba aparece cuando promedia el disco con un cover de la cantante Melody Gardot, If I tell I love you, en el que Hart reafirma que está para cantar básicamente todo lo que se proponga. La última parte es la más soulera: primero con Rhymes, de Al Green; luego con Sunday kind of love, en la que Hart parece poseída por el espíritu de la gran Etta James; y por último con el tema que da nombre al álbum, Seesaw, de Don Covay y Steve Cropper, que fue grabado por Aretha Franklin en 1968.

Los músicos que los acompañan son los mismos que en Don’t explain: Anton Fig (batería), Blondie Chaplin (guitarra), Carmine Rojas (bajo), Arlan Schierbaum (teclados) y Lenny Castro (percusión), más la sección de vientos encabezada por Lee Thornburg y la colaboración en bajo en un tema de Michael Rhodes.

Seesaw es una gran contribución de estos dos músicos, que representan el futuro y presente de la vieja música.

domingo, 19 de mayo de 2013

Bluseros argentinos for export

(Esta nota fue publicada en el Nº1 de Blues en su tinta).

El 10 de agosto de 1993, hace casi 20 años, podría decirse que comenzó un fenómeno que, con distintas aristas e historias, se fue ampliando: el blues argentino de exportación. Esa noche, Pappo subió al escenario del Madison Square Garden de Nueva York invitado nada más y nada menos que por B.B. King, para tocar un par de temas junto a otras leyendas del género como Koko Taylor, Buddy Guy, Junior Wells y Lonnie Brooks. Significó un merecido reconocimiento para el gran guitarrista argentino. En toda su carrera, Pappo se presentó en más de 60 países y hasta grabó un disco en vivo en Los Ángeles, junto a Deacon Jones.

Pero el blues argentino for export tiene otras historias, algunas más conocidas y otras no tanto. Y también tiene sus matices: hubo músicos que vivieron y tocaron en el exterior mucho antes que ese glorioso show de Pappo, aunque en muchos casos se fueron empujados por la coyuntura socio política de la Argentina.

Claudio Gabis, guitarrista y fundador del legendario trío Manal, fue uno de los primeros en llevar su vida y su música a otros horizontes. En los 70 vivió algunos años en Brasil y luego regresó a la Argentina, hasta que en 1989 decidió emigrar a España. Se instaló en Madrid y allí continuó su carrera, a la que le sumó la docencia: dictó cursos, seminarios y escribió libros y artículos sobre teoría, crítica y crónica musical. Nunca dejó de grabar y tocar en vivo. Una o dos veces por año viene al país para realizar algunos shows y visitar viejos amigos.

Miguel Vilanova también tuvo su exilio en España en los 70, cuando la Argentina era gobernada por la dictadura cívico-militar. En Madrid, grabó con Joaquín Sabina, integró el grupo Cucharada y compartió escenarios con Pappo, quien también anduvo por ese país por aquél entonces. Otro blusero argentino que estuvo por esos pagos en esa misma época fue el tecladista Ciro Fogliatta. Botafogo regresó a Buenos Aires en 1984 y tiempo después formó Durazno de Gala. En 1995, inició su carrera solista que lo llevó de gira por los Estados Unidos, donde tocó con músicos como Carey Bell y Bruce Ewan. Pero el blues lo llevó aún más lejos: en 1999 se fue de gira a Japón, donde grabó un disco en vivo.

Dos de sus ex compañeros de Durazno de Gala, Yalo López y Víctor Hamudis, viajaron juntos a Madrid en 1979. “Eran años oscuros en la Argentina, así que una opción era exiliarse. Teníamos 19 años y nuestra ilusión era llegar y armar una banda propia, pero había que comer y pagar el alquiler antes. Víctor entró como baterista del cantante Ramoncin y al poco tiempo se fue el bajista de la banda y lo reemplacé yo. La paga era muy buena y además tocábamos juntos. El trabajo intenso duró seis meses. Luego me llamó Gustavo Gregorio para avisarme que dejaba la banda de Moris y me ofreció reemplazarlo. Acepté con todo gusto: además de tocar con el maestro Moris, en la banda estaban Ciro Fogliatta y Hermes Calabria (baterista de Barón Rojo)”, cuenta Yalo.

Con el dinero ganado, los dos se fueron a recorrer en combi España, Francia y terminaron en Londres. “Agradezco haber tenido la posibilidad de irme en los momentos difíciles que se vivían aquí, la suerte que miles de no tuvieron y hoy están desaparecidos. Agradezco a la música porque gracias a ella viví todas esas experiencias inolvidables”, añade Yalo. Ambos músicos, bastante tiempo después, en 2005, volvieron a Madrid. Allí, grabaron el cd Río Místico y tocaron con la Vargas Blues Band.

Los 90 fueron años diferentes para los músicos. El blues tuvo un auge comercial y dos bandas marcaron el pulso de la escena local: La Mississippi y Memphis la Blusera. La primera se presentó en festivales en Brasil, Paraguay, Uruguay y Colombia, y en abril de 2006 realizó una gira por España. “Fuimos calurosamente bienvenidos por el público local, así como también por los numerosos argentinos radicados allí. La gira comprendió las ciudades de Madrid, Valencia, Bilbao, Guernica, y otros puntos del País Vasco”, cuenta Ricardo Tapia en su sitio de Internet. Memphis también recorrió países de Latinoamérica, especialmente después de sus discos Nunca tuve tanto blues (1994) y Cosa de hombres (1995).

A Gabriel Grätzer, con justicia lo llaman el Embajador del Blues argentino, porque llevó su country blues a muchos rincones del mundo. Al igual que Botafogo se presentó en Japón, en festivales como los de Shinkushu o Ueno, y también en Taiwán. En 2004, compartió noche junto a Corey Harris en Blues Sur Seine, en París, Francia. Pero eso no es todo: tocó en decenas de festivales sudamericanos: Colombia, Perú, Bolivia, Paraguay y Brasil. “Es hermoso que gracias al blues haya podido viajar a tantos lugares y conocer gente y culturas diferentes. Así pude comprobar que el blues es un idioma universal. Viajar es sinónimo de crecer y compartir momentos, escenarios y experiencias con otras bandas y músicos”, dice Grätzer, quien en mayo vuelve al ruedo internacional con una gira por España.

jueves, 16 de mayo de 2013

Medio siglo de The Freewheelin'...

Hace 50 años un joven folkie que buscaba hacerse un lugar en el mundo de la música lanzaba su segundo álbum que, a diferencia del primero, tenía casi todas canciones propias. Y ese no sería un detalle menor, porque la mayoría de esos temas se convirtieron en himnos de una generación cuyo estandarte era la lucha por los Derechos Civiles y en contra de la segregación racial y los conflictos bélicos. La importancia de The Freewheelin’ Bob Dylan sólo se puede medir en términos históricos. No importan los charts ni la cantidad de LP’s vendidos, sino el efecto que tuvo en toda una generación.

John Hammond
Bob Dylan ya hacía dos años que estaba en Nueva York. Su primer disco, editado en 1962, estaba dedicado a la música de Woody Guthrie. Al pionero de la música folk, que estaba internado en una clínica de Nueva Jersey, le había gustado y eso le dio un impulso extra a Dylan seguir adelante con sus propias canciones. Pero Columbia Records no había quedado satisfecha porque el disco sólo había vendido unas cinco mil copias. El productor John Hammond, responsable del fichaje de Dylan, estaba convencido de que el muchacho de 21 años nacido en Duluth, Minnesota, tenía mucho más para dar. Después de una dura negociación lograron entrar a los estudios de la discográfica, en el 799 de la Séptima avenida, en el corazón de Manhattan.

La grabación comenzó en abril de 1962 y terminó un año después. En mayo de 1963, The Freewheelin’… salió a la venta y fue un éxito total. El primer tema, Blowin’ in the wind, se convirtió en una de sus canciones más celebradas de toda la historia. Según reveló Pete Seeger en su momento (Dylan lo confirmó muchos años después), la melodía está inspirada en un viejo Negro spiritual, No more auction block. La letra tiene una ambigüedad relativa cuyas interpretaciones siempre rondan un único concepto: la libertad. Un par de meses después, el célebre trío folk Peter, Paul & Mary hizo su propia versión y llegó al número dos del ranking Billboard.

La exquisita Girl from the north country, que años más tarde volvió a grabar junto a Johnny Cash para el disco Nashville Skylines, estaría dedicada a una novia que Dylan tuvo en la Universidad de Minnesota, aunque otros sostienen que podría estar inspirada en Suze Rotolo, la que era su pareja por entonces y aparece en la portada del disco junto a él, caminando en una tarde fría por el Greenwich Village, una foto que es todo un retrato de época. Dylan y Rotolo salieron entre 1961 y 1964. Ella murió hace dos años.

El tercer track es Masters of War, un claro alegato contra la industria bélica. Down the highway es un blues clásico de doce compases en el que el cantante aulla como si hubiese nacido en el Delta del Mississippi: “Yes, I'm walkin' down the highway / With my suitcase in my hand / Lord, I really miss my baby / She's in some far-of land”. Sigue con Bob Dylan’s blues –así se iba a llamar el disco en un primer momento- en el que luego de una intro hablada se lanza en un relato espontáneo acompañándose con la armónica. A hard rain’s a-gonna fall es otra de sus melodías más clásicas del álbum y de toda su carrera. El tema está inspirado en la crisis de los misiles que había dejado al borde de una guerra nuclear a Cuba con los Estados Unidos.

El lado B del LP comienza con Don’t think twice, it’s all right, tal vez uno de los temas más bellos de Bob Dylan, aunque él se encargó en aclarar que no es una canción de amor, sino una declaración para sentirse mejor. Luego sigue con temas que quedaron opacados por la majestuosidad de la cara A, y los únicos dos covers del disco: Corrina, Corrina y la adaptación de Honey, just allow me one more chance, de Henry Thomas.

La edición final del álbum dejó afuera otras canciones que vieron la luz mucho tiempo después con las ediciones de los célebres Bootleg como The death of Emmett Till, Ballad of Hollis Brown, Worried blues o Let me die In my footsteps.

Dylan tocó en la mayoría de los temas solo su guitarra y su armónica, aunque en algunas canciones tuvo el acompañamiento de una segunda guitarra, un contrabajo o un piano. Para cuando el álbum copó las bateas de las disquerías, Albert Grossman ya era su representante y eso marcaría un antes y un después en su carrera, al menos desde el punto de vista comercial. Desde lo artístico este álbum marcó un hito y catapultó a Dylan a lo más alto del mundo musical, algo que el viejo maestro sigue refrendando al día de hoy.

lunes, 13 de mayo de 2013

La confirmación

El slide ejecuta los primeros acordes de St. Louis blues sobre las cuerdas de una pedal steel guitar. Y luego, casi como una explosión de arrabal porteño tamizado por la paleta multicultural de Nueva Orleans, se suman diversos instrumentos, con el piano a la cabeza, para darle su estructura clásica al tema que compuso W.C. Handy hace casi 100 años. La voz de Jean McClain embiste desde las sombras para entonar con fuerza: “I hate to see that evening sun go down…” para después fusionarse con el canto del actor inglés.

Hace dos años Hugh Laurie sorprendió a todos cuando anunció que dejaría de actuar para dedicarse full time a la música. Muchos escépticos pensaron que se trataba de una movida comercial, pero Let them talk, un álbum dedicado al histórico sonido de Nueva Orleans, fue mucho más que eso. Laurie se rodeó de una excelente banda, The Copper Bottom Band con Kevin Breit en guitarra, e interpretó una serie de canciones que lo acompañaban desde que era pequeño. Luego vinieron las giras y en cada uno de los escenarios que pisó ratificó que la música no era algo pasajero. Así, simpático e irónico, se despidió de Doctor House ante el público que, aquí y allá, fue a verlo más por el personaje que por los temas que interpretaba.

Didn’t it rain es la continuación esperada de Let them talk: hay blues, hay jazz, hay R&B y también hay tango. Después del comienzo con St. Louis blues, Laurie canta ese himno de Louis Armstrong que le dice adiós al whisky y al gin para celebrar el dulce olor de la marihuana. El tercer track lo canta a dúo con la guatemalteca Gaby Moreno: Kiss of fire, la versión de el Choclo que solía interpretar Pops, fue uno de los anticipos que nos regaló durante su visita del año pasado a Buenos Aires y Santiago.

Taj Mahal
El resto del álbum mantiene ese espíritu tradicional que dejó patentado en su antecesor. Si en aquél se lucieron las colaboraciones de Dr. John, Irma Thomas y Tom Jones, aquí resaltan la poderosas voces de Taj Mahal en Vicksburg blues y la de Jean McClain en The weed smoker’s dream y I hate a man like you.

Laurie dijo en varias entrevistas que Dr. John es una de sus máximas influencias y aquí lo reafirma con su versión de Wild honey, tema editado en City lights (1978), donde canta con mucho soul y amasa el piano de manera notable. Send me to the electric chair, Evenin’ y Careless love son otros de los clásicos que interpreta. Didn’t it rain, el tema que da nombre al álbum tiene ese espíritu que cruza al góspel con el soul o para ponerlo en nombres propios: a Mahalia Jackson con Aretha Franklin.

Cierra con Changes y todo el color de Frenchmen Street. Así, Hugh Laurie nos demuestra que haber nacido en Oxford y dedicarse a la actuación son apenas detalles en su vida. Porque hoy es músico antes que nada y, si a más de uno le dicen que nació a orillas del Mississippi oliendo el aroma de un jambalaya recién hecho, no hay porque no creerle.

viernes, 10 de mayo de 2013

El Rey de la armónica

James Cotton tiene 77 años, su movilidad es reducida por un excesivo sobrepeso y hace tiempo que ya no puede cantar como solía hacerlo por un cáncer de garganta que sufrió tiempo atrás. Pero esos no son impedimentos para que siga soplando su armónica como muy pocos pueden hacerlo sobre la faz de la tierra. Cotton es un bluesman de estirpe. Tiene una historia riquísima, no sólo por haber integrado la banda de Muddy Waters, sino por mérito propio. Ahora, acaba de lanzar un álbum extraordinario, rodeado de grandes músicos y una excelente producción. Para algunos, como Steve Leggett (Allmusic.com) o Howard Reich (Chicago Tribune) es uno de los mejores discos de su carrera.

Cotton mouth man, editado por el sello Alligator, es la continuación de Giant, álbum que estuvo nominado al Grammy en 2010. Al igual que en aquél, aquí también se rodeó de excelentes músicos invitados. La primera estrella que aparece es Joe Bonamassa. El guitarrista rockea con el maestro en el track que da nombre al disco mientras Darrell Nulisch canta: “Ya escucharon el T-Bone shuffle y también el Texas hot / ya estuvieron en el Checkerboard lounge tomando un whisky on the rocks /Ahora ajústense los cinturones para una Mississippi jam con el increíble Cotton mouth man”. Luego, la voz curtida de Cotton anuncia: “Midnight train to Mississippi” y su armónica se lanza como una formación a todo vapor. La banda se suma al poderío del southern rock por el aporte inestimable de la voz y los teclados de Gregg Allman.

Keb’ Mo canta el primer blues neto del álbum, Mississippi Mud, mientras la armónica sobrevuela los campos de algodón y las aguas fangosas del Delta por encima del piano magistral de Chuck Leavell. En He was there no hay invitados y Cotton sale a la cancha con la misma banda que vendrá a Buenos Aires: Nulisch en voz, Tom Holland en guitarra, Noel Neal en bajo y Jerry Porter en batería, más la guitarra rítmica de Rob McNelly. No hay respiro: Warren Haynes embiste con su voz poderosa y un slide criminal en Something for me, mientras Cotton sopla y sopla con un vigor sobrenatural. En Wrapped around my heart bajan unos cuantos decibeles: la guitarra de Tom Holland hace la intro y despliega la alfombra roja para la voz estelar de Ruthie Foster.

Nulisch sobresale en el shuffle crispado Saint on Sunday que da paso a la presencia de Delbert McClinton, quien canta e ironiza en Hard sometimes, un blues compuesto por él que recuerda al legendario Jimmy Reed. Young bold women tiene ese repiqueteo sonoro clásico de Nueva Orleans y en Bird nest on the ground, tema de Maurice Dollison que supo cantar Muddy Waters, Nulisch y Cotton demuestran una sinergia brutal.

James Cotton y Darrell Nulisch
Wasn’t my time to go comienza con el contrabajo marcando un ritmo cansino y Keb’ Mo se suma con su canto anunciando que todavía no es su hora de morir. Sobre el final, Nulisch canta por Cotton: “El doctor me dijo que tocar blues es bueno para mí, me dijo que siga soplando hasta que cumpla 102”. El final es brillante: Cotton hace un esfuerzo enorme y canta Bonnie Blue con una voz ajada pero llena de sentimiento por sobre la resonator guitar de Colin Linden. Su armónica agrega unas líneas inmejorables que nos trasladan sin escala a lo más profundo del Delta.

Cotton mouth man está destinado a ser uno de los mejores discos de su carrera porque combina magistralmente el pasado con el futuro del blues. Eso se debe en parte al trabajo del productor Tom Hambridge, quien también coescribió muchos de los temas con Cotton. En una semana recibimos dos grandes noticias del Rey de la armónica: nuevo disco y show confirmado el 30 de julio en La Trastienda. ¿Qué más podemos pedir?

martes, 7 de mayo de 2013

Corazón blusero

En la portada del disco aparecen los músicos de Blues del Sur y algunos amigos caracterizados como los guerreros del escocés William Wallace, historia que Mel Gibson llevó a la pantalla grande con gran éxito. Esa actitud aguerrida que muestran en la foto es un poco la síntesis de su música: blues rock candente y fervoroso. La banda -integrada por Matías Fernández (armónica y voz), Marcelo Martín (guitarra), Hernán Herlein (bajo) y Juan Ángel López (batería)- viene tocando desde los primeros años de los 90 y Volver es su cuarto disco.

Reforzados con algunos invitados como Jorge Simonian y el “Vasco” Bariain, cantante de los Chevy Rockets, interpretan diez temas que fueron compuestos por Martín. Las letras cuentan historias cotidianas y la instrumentación suena amoldada. La voz de Fernández tiene la fuerza de los cantantes de blues local, grave y prepotente, con algunos retazos del Indio Solari. Limadura y limousine, el track que abre el álbum, es tal vez el más rockero de todos, y también el mejor trabajado en cuanto a producción, arreglos e innovación, con un muy buen estribillo.

A mitad del disco el blues más tradicional gana lugar: Sábado 3 am es un slow blues punzante y Abogados es un acústico agradable con una letra irónica. Ahí viene BDS es un instrumental inspirado en el virtuosismo del guitar hero. El rock and roll vuelve con Negro difícil y Tratando de llegar a la lona. El disco cierra con Descalzo, con una intro muy interesante de armónica, y un ritmo de pena urbana. Volver es un esfuerzo independiente que seguramente dejará satisfechos a sus fans, consolida a la banda a 20 años de su nacimiento y expresa con pasión el latir de su corazón blusero.

sábado, 4 de mayo de 2013

Hasta los huesos

Cuando tenía nueve años, Cedell Davis comenzó a sentirse muy enfermo. El diagnóstico fue contundente: poliomielitis. Corría 1937 y por aquél entonces sobrevivir a esa enfermedad era una hazaña… o un milagro. El pequeño Cedell cumplió diez años con gran parte de su cuerpo paralizado, pero esquivó a la muerte. La enfermedad lo cambió para siempre: atrofió severamente su mano izquierda y dejó algunas secuelas en la derecha.

Eran tiempos duros en los Estados Unidos. El país todavía sentía los estragos de la Gran Depresión y los negros del sur vivían sometidos por la segregación racial. Cedell era de una familia pobre de Helena, Arkansas, y una salida era la música. Su mano izquierda no le permitía tocar la guitarra como es debido y por eso desarrolló un estilo rústico y muy personal. Dio vuelta la guitarra, como si fuese zurdo, y se valió de un cuchillo, de esos que se usan para untar manteca, a modo de slide. Así logró un sonido único: presionando las cuerdas con el mango de metal consiguió una plasticidad tonal que por momentos parece estar desafinando, aunque en realidad lo que hace es obtener un tono alternativo. Empezó con esa técnica en la guitarra acústica y después la llevó a la eléctrica.

Cedell Davis había empezado a tocar la guitarra y el diddley-bow (instrumento rudimentario de una cuerda) desde muy chico, durante su estancia en Tunica, Mississippi. Más allá de su forma de tocar, que fue perfeccionando con el tiempo, cantaba con una pasión desmedida. Las venas del cuello se le hinchaban tanto que parecían estar a punto de estallar. Sus ojos sanguinolentos dejaban al descubierto todo su sufrimiento, que emanaba de manera cruda desde sus entrañas, o tal vez más adentro, desde la médula misma.

Robert Nighthawk
Durante la década del 40 hizo presentaciones regulares en juke joints de su ciudad natal y alrededores, donde las figuras destacadas eran Sonny Boy Williamson y Roosevelt Sykes. A comienzos de los 50 trabó amistad con el legendario Robert Nighthawk, a quien acompañó durante buena parte de esa década por clubs del Delta del Mississippi, especialmente en Clarksdale. En 1957, cuando apenas tenía 30 años, se mudó a St. Louis y volvió a sufrir un nuevo embate. Estaba tocando en una taberna junto a Nighthawk y Sam Carr cuando se desató una violenta pelea entre el público. La policía irrumpió en el lugar y se produjo una estampida. Cedell Davis cayó al piso y fue pisoteado por la masa. Sobrevivió una vez más, pero sufrió múltiples fracturas en sus piernas y quedó postrado en una silla de ruedas de por vida.

Desde entonces, las letras de sus canciones relatan historias y el drama que le tocó vivir. Son el universo absoluto del blues.

En 1961, volvió a Arkansas y se instaló en Pine Bluff, donde vive hoy en día. Pese a sus limitaciones físicas, siguió tocando todo lo que pudo. Recién a finales de los 70, algunas de sus canciones fueron incluidas en un álbum recopilación titulado Keep it to yourself: Arkansas blues, que fue editado por Rooster Blues Records en 1983. Davis se hizo amigo por aquél entonces del escritor Robert Palmer, autor del libro Deep Blues. En 1993, Palmer fue el productor del tremendo disco de Cedell, Feel like doin’ something wrong, el primero de tres álbumes que grabó para el sello Fat Possum.

A partir de su trabajo con el sello radicado en Oxford, Mississippi, Cedell Davis se volvió en un ícono del sur profundo. Participó de varios festivales, especialmente el de Helena, y siguió grabando. Uno de sus discos, Lightning struck the pine, editado por el sello Fast Horse, contó con la participación de músicos de bandas de rock como REM y Screaming Trees. En 2001, Buddy Guy grabó un tema suyo, She got the Devil in her, para su álbum Sweet Tea.

Cedell tocó la guitarra hasta 2012, cuando sufrió un derrame que le inmovilizó el lado derecho del cuerpo. Pese a ello, se presentó un par de veces en vivo sólo para cantar sus blues. Hoy tal vez esté transitando su último trecho de vida. Son pocos los discos que deja, pero ahí están, al alcance de quien quiera escucharlos. También se lo puede ver en toda su dimensión en You see me laughin’, un documental sobre la historia de Fat Possum. La esencia misma del blues está en su música, cruda y descarnada, tal como debe ser.


martes, 30 de abril de 2013

Entre amigos

La historia del blues está plagada de discos en los que dos o tres músicos comparten cartel. Lo hicieron Muddy Waters, Howlin’ Wolf y Bo Diddley en los 60; Mike Bloomfield, Dr. John y John Hammond en los 70; y más acá B.B. King con Eric Clapton o Joe Bonamassa con Beth Hart, entre tantos otros. Esa tendencia sigue y ahora acaban de editarse dos discos en los que cuatro músicos de fuste suman esfuerzos en nombre del buen blues.

Duke Robillard & Monster Mike Welch – Independently blue. Robillard y Welch son dos guitarristas de diferentes generaciones atravesados por la misma pasión. El currículum de Robillard, quien vino a la Argentina en un par de ocasiones, es impresionante: integró dos bandas emblemáticas -Roomful of Blues y los Fabuluos Thunderbirds- y grabó junto a Bob Dylan, Herb Ellis y Ronnie Earl, además de tener una extensa carrera solista. Mike Welch, quien se ganó el apodo de Monstruo, por la ferocidad que demostró con las seis cuerdas desde que era adolescente, editó varios discos propios y se consolidó como violero de Sugar Ray Norcia. Ahora, ambos conjugan sus experiencias y talentos en este álbum endemonidado, con temas propios, más un par de aportes de Al Basile. Acompañados por Bruce Bears (teclados), Brad Hallen (bajo) y Mark Teixeira (batería), y ocasionalmente por una sección de vientos, los guitarristas ensayan varias combinaciones que aportan novedosas interpretaciones del blues eléctrico moderno y también del jump blues, el sonido de Memphis y el blues rock.

John Primer & Bob Corritore – Knockin’ around the blues. A diferencia del album anterior, aquí prevalece exclusivamente el sonido de Chicago. Primer es uno de los herederos de Muddy Waters y también de Magic Slim. Con el correr de los años alcanzó un destacado status profesional y un amplio reconocimiento de la comunidad blusera mundial. Es un guitarrista soberbio y un gran cantante. Aquí fusiona su carisma como líder junto al armonicista Bob Corritore, oriundo de Arizona y amigo y bandmate de muchos popes del blues. Ambos encaran una serie de clásicos como Blue and lonesome, Little boy blue y Going back home. Más allá de la buena sinergia que hay entre ambos, es imprescindible mencionar al resto de los músicos que los acompañan: Billy Flynn y Chris James alternan las guitarras rítmicas; Bob Stroger y Patrick Rynn se reparten el bajo; y Kenny Smith y Brain Fahey son los encargados de las baterías. El piano, en cambio, está monopolizado por Barrelhouse Chuck. Knockin’ around the blues no aporta nada nuevo, pero eso no es lo importante aquí, sino que apunta a la preservación de lo más auténtico del blues.

domingo, 28 de abril de 2013

La noche mágica de Chris Cain

Chris Cain ya se ganó un lugar de privilegio entre la comunidad blusera argentina. Si su show de 2011 fue una tremenda sorpresa y el del año pasado una explosión de pasión y técnica, el de anoche en La Trastienda fue la consolidación de un amor incondicional entre él y nosotros. La gente se fue extasiada y Chris Cain le dedicó un abrazo y palabras de afecto a cada uno de los que se acercararon a saludarlo al final del show.

Otra vez, como en sus dos visitas anteriores, Cain estuvo acompañado por Nasta Súper, una banda hecha a su medida. Rafael Nasta, en guitarra, y Walter Galeazzi, en teclados, alternaron algunos solos con Cain y lo sguieron con una justeza sagrada. Lo de Mauro Ceriello y Gabriel Cabiaglia, en bajo y batrería respectivamente, fue muy adecuado y de alta precisión. Todo sonó a la perfección, más allá que desde el escenario advirtieran una falta de retorno. Eso, desde el lado del público ni se notó.

Nasta y compañía comenzaron con dos instrumentales antes de darle la bienvenida al hombre de la noche. Primero fue Coming home baby, de Herbie Mann, y luego Okie dokie stomp, de Clarence “Gatemouth” Brown. El escenario ya estaba lo suficientemente caliente cuando Chris Cain entró abrazado a su Gibson 335. Entonces la banda lanzó un shuffle furibundo, Good evening baby, y Cain entró en calor enseguida. “Es bueno estar acá. Es como volver a casa. Me hace llorar. Ustedes son mi familia”, dijo muy emocionado en inglés.

En clave de funk, la banda siguió con Something got to give, de su álbum Unscheduled flight (1997). Mientras Cain sacudía su cabeza con entusiasmo y bailaba con pasos cortos, de su 335 comenzaron a salir los solos más vehementes. Siguió con una sentida versión de la balada Idle moments, en la que alternó punteos con Nasta, y luego con Crosscut saw, a modo de homenaje a una de sus máximas influencias: Albert King. “Ahora vamos a hacer una canción de amor”, bromeó antes de lanzar los primeros acordes de Drinking straight tequila, también de Unscheduled flight.

Mariano Cardozo y Fisu subieron al escenario con sus saxos para I’ll play the blues for you, que Cain cantó con una fuerza apabullante y luego bajó los decibeles para un slow blues tremendo, tal vez uno de los mejores que se hayan tocado en La Trastienda en los últimos años: Ain’t nobody’s business If I do. Volvió al funk con Helping hand y cerró, de nuevo con los saxos en escena, con Kansas City. Pero todavía faltaba algo más: mientras el público se amontonaba al pie el escenario para saludarlo y sacarle fotos, él se sentó al piano y le dedicó una canción a Ray Charles e interpretó Golden slumbers, de los Beatles. Ya eran casi las 2.30 cuando la gente le pidió una más y el tomó su guitarra y, otra vez solo, hizo I'm going through a love detox, de su magistral álbum Cuttin’ loose, de 1990.

La actuación de Chris Cain había tenido una recepción especial: el show de apertura de Darío Soto & Soulville. En su debut en La Trastienda, la banda encadenó con mucho fervor cuatro temas: It’s my life baby, de Bobby Bland; Easy baby, de Magic Sam; I die a little each day, de Otis Clay; e Isn’t she lovely, de Stevie Wonder. Como siempre, Soulville mostró que es una banda repleta de soul  y cargada de ganas. Juan Manuel Torres hizo un par de solos magníficos, que le valieron una notable ovación.

La noche mágica de Chris Cain se nos escurrió entre las manos. Fue tan intensa y agradable que ahora parece que duró casi nada. Lo bueno es que de boca del propio Cain y también de la productora Baires Blues se escuchó el anticipo de que el año que viene, para esta misma época, el maestro volverá a la que ya considera su casa.

jueves, 25 de abril de 2013

Maníacos del shuffle

Este póker de ases del blues acaba de lanzar un disco brillante, plagado de shuffle y mucho feeling. El álbum contiene doce canciones en donde los músicos se ensamblan de una manera incuestionable. Pero para entender mejor de qué se trata 4 Jacks, hay que saber quiénes son sus integrantes.

Anson Funderburgh es uno de los guitarristas más exquisitos de la escuela texana. Escucharlo tocar es siempre un placer, porque tiene un don natural y un sonido altamente adictivo. Si bien tocó con los Fabulous Thunderbirds en 1981, los sustancial y más importante de su carrera lo hizo en compañía del armonicista y cantante Sam Myers. Con él, grabó una serie de discos extraordinarios durante los 90 para el sello Black Top. Sus máximas influencias son Freddie King, Albert Collins y Jimmy Reed y eso es palpable en cada una de sus intervenciones. En Deal with it aporta unos punteos filosos y colaboró en la composición de tres canciones.

El segundo eslabón de esta cadena es Kevin McKendree, encargado del piano y del hammond B3. Si bien su nombre no es tan conocido, también tiene una amplia trayectoria. Aprendió a tocar de manera autodidacta y durante los 80 se afianzó como pianista de sesiones en la zona de Washington DC. En los años siguientes tocó junto a Tom Principato, Lee Roy Parnell, Delbert McClinton y el propio Anson Funderbugh. Como solista editó dos discos: Miss Laura’s kitchen (2000) y Hammers & strings (2005). En Deal with it, además de su contribución al piano, colaboró de manera concienzuda en la producción. Sus momentos al frente del hammond B3 en el tema que da nombre al disco y en Painkiller son demoledores.

El tercer miembro es Steve Mackey, tal vez el de menos trayectoria en el mundo del blues, pero con un amplio curriculum profesional. Mackey es un reconocido sesionista que grabó con músicos tan diversos como Marcia Ball, Jarvis Cocker, Dolly Parton, Murali Coryell, India Arie, Jimmy Thackery y Marianne Faithfull. Aquí muestra todo su talento tanto en el bajo eléctrico como con el contrabajo. Esa soltura que adquirió a lo largo de su carrera le da más frescura a la rítmica de Deal with it.

Y el as en la manga de este combo de maníacos del shuffle es el cantante y baterista Big Joe Maher. También del área de DC, es un cultor del jump blues y un alumno de maestros como B.B. King, Big Joe Turner, Little Milton y Louis Jordan. Entre las bandas que integró figuran la de Tom Principato, Jimmy Witherspoon, Otis Rush, Earl King y Duke Robillard. Durante la grabación, se complementó muy bien con Mackey y su voz es el sello de autenticidad que este disco necesitaba.

Deal with it tiene apenas con un cover, I don’t want to be president, de Percy Mayfield. El resto es todo material original, la mayoría escrito por Maher, que es satisfacción garantizada para todos aquellos talibanes del shuffle y amantes del blues.

domingo, 21 de abril de 2013

Guitarras en llamas II

Fotos gentileza Edy Rodríguez
La segunda edición del Blues Guitar Experience tuvo dos cosas en común con la primera: la participación de Max Hracek y un espíritu blusero mancomunado. Fueron más de dos horas de buena música con una docena de artistas nacionales e internacionales que mostraron lo suyo con garra y pasión.

Esta vez el escenario no fue el de República de Acá, sino el del Teatro del Viejo Mercado, a espaldas del Shopping Abasto. Hracek, acompañado por Gustavo Doreste en piano, Eduardo Muñoz en bajo y Marcelo Aiello en batería, más una breve intervención de Adrián Jiménez y su armónica, abrió el show con su ya clásico repertorio que abarca el sonido de Texas, la Costa Oeste y el jump blues. Entre los temas que tocó en la casi media hora que estuvo en escena se destacaron Those lonely nights, de Johnny “Guitar” Watson, Just a little bit y Sugar sweet.

Artur Menezes
Luego apareció el brasileño Artur Menezes, un sub 30 nacido en Fortaleza que realmente toca muy bien. Participó en varios festivales de su país, tuvo una estadía intensa de dos meses en Chicago y abrió los shows que Buddy Guy dio el año pasado en San Pablo y Río de Janeiro. Acá mostró un show enérgico, cargado de adrenalina, con un gran despliegue escénico. El tipo pela y va de acá para allá. Bien a lo Buddy, se bajó a tocar Please give me chance entre las mesas, pero hizo algo que el Rey de Chicago no hace. En pleno solo le dio su guitarra Condor a Mariano Bisbal, de 50 Negras, que estaba viendo el show. Y Mariano se mandó un lindo punteo, así de tranquilo, sentado en una slla. Menezes tocó con la misma banda que Hracek, a excepción del batero: Juanito Moro ocupó el lugar de Aiello. Los temas fueron Don’t you lie to me, Everybody needs somebody to love y Honey hush.

Matías Cipilliano y Eduardo Muñoz
Después subió Matías Cipilliano -uruguayo de nacimiento, argentino por elección- con su Stratocaster celeste de mil batallas y su sonido retro con mucho reverb. Empezó con un instrumental y acto seguido invitó a Nico Smoljan para que sople su armónica en Cool evening, de Pee Wee Crayton. El único tema cantado de su presentación estuvo a cargo del Ciego Goffman y fue Cold, cold feeling, de T-Bone Walker. Para el cierre eligió un standard del jazz, Take the A train, de Duke Ellington, en el que mostró unos fraseos exquisitos.

Felipe Ruf y Daniel Raffo
El final tuvo a Ricky Muñoz, organizador del evento, junto al chileno Felipe Ruf batiendo cuerdas con un enfoque un poco más Chicago, pero tampoco tanto. Abrieron con un instrumental filo surfer para pasar a I’m looking for trouble, de Eddie Taylor, y Sufferin’ mind, con Ruf deslizando el slide por sobre las seis cuerdas y Goffman cantando. Sabrina González también subió como invitada y puso el toque femenino de la noche. Para cerrar, Muñoz invitó a Daniel Raffo para una zapada a toda máquina. Menezes, Cipilliano y Hracek volvieron al escenario para “hacer ruido como nos gusta a los guitarristas”, como dijo Ricky Muñoz. Y así, entre punteos profundos y riffs frenéticos, la segunda edición del Blues Guitar Experience llegó a su fin con la promesa de que no pasará mucho tiempo para un tercer encuentro de grandes violeros.

Crónica del Blues Guitar Experience I

viernes, 19 de abril de 2013

Los Fabulosos Soulbirds

Los Fabulous Thunderbirds tienen más de 35 años en la ruta. Claro que de aquella formación inicial, que incluía a Kim Wilson, Jimmie Vaughan, Keith Ferguson y Mike Buck, sólo queda el primero. En todo este tiempo, cambios mediante, la banda grabó discos muy buenos y se consolidó como un referente ineludible del blues texano. En los 80, además, llegaron al Top Ten de Billboard y a MTV gracias al hit Tuff enuff. Hoy, lejos del shuffle soberano de los comienzos y del éxito ochentoso, los Thunderbirds siguen en la ruta, aunque en un sentido distinto.

Kim Wilson y compañía acaban de lanzar On the verge, un disco marcado por una fuerte influencia soulera. Hay retazos del sello Stax, de los Staples Singers y algo de R&B. La voz de Wilson suena inmaculada, tal vez en uno de sus mejores momentos. Pero no hay tanta armónica como uno podría esperar de un maestro como él.

El álbum, el primero de estudio en ocho años, por momentos suena bien como si el soul y el R&B fueran materia aprobada de la banda. Pero en otros pasajes parece caer en lugares comunes del género. De todas maneras, además del cantante, se destaca el juego de guitarras de Johnny Moeller y Mike Keller, que alternan riffs con punzantes solos que van desde el frenesí del wah wah hasta refinados toques jazzeros.

La mayoría de los diez temas fueron compuestos por Kim Wilson, a excepción de un par que fueron escritos por el productor Steve Gomes, quien ya trabajó con músicos como Darrell Nulisch, Tad Robinson y Steve Guyger. El resto de la banda la conforman Randy Bermudes en bajo y Jay Moeller en batería, más una sección de vientos invitada: Kenny Rittenhouse (trompeta y arreglos), Liesl Whitaker (trompeta), Morgan Price (saxo) y Victor Barranco (trombón).

La constante soulera y los riffs funky marcan a fuego el álbum editado por Severn Records. Una de las excepciones es That’s the way we roll en la que Wilson canta con la voz distorsionada por el mic de la armónica y sopla con una furia demoníaca.

"El desafío era adoptar un estilo más contemporáneo. Y los muchachos eran capaces de hacerlo. Somos una American band y tenemos mucha más energía que antes, por eso incorporamos una mezcla de diferentes estilos", explicó Wilson en una entrevista. Con todo, el disco tal vez no sea lo que esperaban los fans de siempre de la banda, pero tampoco es un álbum para dejar pasar. El alma de Kim Wilson está expuesta... ahora hay que sentarse a escucharlo cantar.


miércoles, 17 de abril de 2013

El gran malbec argentino

Muchos me preguntan por qué el blog se llama Malbec & Blues. La respuesta es simple: son dos de mis pasiones que se maridan a la perfección. El blues es un género musical que nació en el sur de los Estados Unidos, en el corazón Delta del Mississippi, a comienzos del siglo XX, aunque lo más profundo de sus raíces está en el África. Hoy, es un idioma universal que no sabe de fronteras y es un estilo de música orgánico que se define por la pasión y la técnica de sus intérpretes.

El malbec es originario del sur de Francia, pero encontró su suelo y su clima ideal en la Argentina, al pie de la cordillera de Los Andes, lo que lo hace nuestra uva insignia. En los últimos diez años, creció exponencialmente la producción y la comercialización y eso hizo que, además de tener excelentes vinos, tengamos enólogos y bodegueros de prestigio internacional. Hoy hay vinos argentinos en las cartas de los principales restaurantes del mundo y en las góndolas de los supermercados de los cinco continentes.

Le pedí la opinión a Mariano Valdivieso, mi compañero de ruta vitivinícola, antes de que el conservadurismo del mundo del vino nos echara a patadas: “Que el malbec haya dejado de ser una simple uva francesa de gran inserción en el nuevo mundo para pasar a ser el vino emblema argentino, lejos está de ser una novedad. Lo que sí es noticia es lo que nuestro país piensa hacer con el capital ganado. La efectiva fórmula marketinera de ‘El día de...’ se acopla y funciona como el combustible del proyecto económico y productivo. Repasemos: estadísticamente, el malbec equivale al 50 % de las exportaciones de vino argentino embotellado. El Plan Estratégico de Wines of Argentina proyecta para 2020 un porcentaje aún más ambicioso (70%). Por eso hoy, el malbec tuvo su día en el país y en otras 40 capitales del mundo (desde San Pablo hasta Shangai). El plan está en marcha y, al igual que el vino, cada día que pasa se pone mejor”.

lunes, 15 de abril de 2013

Un espectáculo lamentable

Fotos de Ignacio Arnedo (Rolling Stone)
Antes que nada quiero aclarar que anoche no fui al show de Chuck Berry en el Luna Park. Lo vi cuando se presentó en Obras en 1993 y ya aquél entonces me dejó un gusto agridulce en la boca. Recuerdo que el show fue correcto, aunque el viejo Chuck, por entonces de 67 años, pifió varias veces y casi nunca tocó afinado. Pero la banda era aceptable y la emoción de tenerlo en la Argentina por primera vez superó esos detalles que, en definitiva, fueron una constante de su carrera. Eso ocurrió hace 20 años cuando Chuck Berry tenía la edad que hoy rondan los Stones, Clapton y tantos otros rockeros que siguen girando alrededor del mundo.

Hace unos meses, cuando me enteré que venía otra vez, decidí indagar un poco en Internet y me encontré con algunos videos realmente pobres: un hombre senil arriba del escenario e incapaz de tocar de manera decente. Una sombra de lo que fue. Así que decidí no ir. Ayer a la tarde, cuando empecé a ver en Facebook y Twitter los comentarios de la gente que se preparaba para ir a verlo me agarró cierto arrepentimiento, pero ya era tarde: entradas agotadas (se pagaron hasta mil pesos por las mejores ubicaciones) y acreditaciones de prensa limitadísimas.

Lamentablemente, por lo que leí hoy, el show fue patético. Diego Mancusi escribió en la Rolling Stone: “Lo que vimos en el Palacio de los Deportes no puede juzgarse con los parámetros que se usan habitualmente para este tipo de reseñas. No fue un show mediocre, malo, pésimo ni calamitoso. No tuvo errores: fue un error. No fue la esperable pieza de museo en movimiento a la que el rock, mal que mal, ya nos tiene acostumbrados. No fue un viejito ajado haciendo de las suyas. Fue otra cosa. Fue, más bien, un acto siniestro”.

El armonicista Nicolás Smoljan me contó: “En un momento, por ejemplo, empieza a tocar un tema que ya había tocado... la hija se acerca y le dice al oído: ‘Papá ya tocamos esa’. Él le pregunta: ‘¿En serio?’ y para el tema.... y vuelve a comenzar la misma canción. Dio mucha lástima verlo así. El 75% del tiempo, sin exagerar, tocó en otro tono. Una pena total”. El productor Mariano Cardozo fue otro de los que estuvo anoche allí. “No entiendo como suben al escenario al gran Chuck Berry en ese estado: perdido, desorientado, sin acordarse las letras y ni hablar con la guitarra, casi no pegó una sola nota. Es el más grande del rock & roll, pero no deberían quemarlo así”, me dijo.

Por su parte, Fabricio Pedrotti, del sitio www.rock.com.ar, calificó al show como “penoso”, mientras que Jonathan Heguier, de Infonews, lo definió como “sucio y desprolijo”. Ellos, al igual que Mancusi, cargaron las tintas sobre los hijos del viejo Chuck, quienes son los que exponen a su padre a semejante papelón. Y también a los productores locales, cómplices de semejante estafa. Lo curioso fue que la mayoría del público terminó aplaudiendo en vez de silbando, tal vez por un poco de piedad con el verdadero creador del rock& roll.

En marzo de 2010, cuando vi a B.B. King en vivo en el Luna Park escribí una reseña que titulé “La despedida del Rey”. Esa noche me encontré con un B.B. avejentado y cansado, pero que estaba en sus cabales y disfrutando del espectáculo. Si bien estuvo sentado todo el show y tocó poco, al menos cada nota que metió, tenía su sello tradicional. En marzo de 2011, fui a un show de Hubert Sumlin en un bar de Nueva York. El ex guitarrista de Howlin’ Wolf estaba asistido por un tubo de oxigeno. Así y todo, pese a que tocó sólo una hora, lo hizo de manera decente. Tenía ganas de tocar hasta morir y así fue: falleció nueve meses. También recuerdo el recital de James Brown en el Luna Park 1997: el viejo no estaba en su mejor forma, pero al menos le habían armado un show con una buena banda, un mago y una cantante extraordinaria que suplieron las falencias que la leyenda presentaba. Cuando volvió en 2005 la cosa fue mucho peor y se asemejó a lo de ayer.

En síntesis, hay cosas que se pueden entender: que un músico en sus cabales quiera tocar hasta morir es respetable. Lo que es imperdonable es que lo expongan de una manera vil y cruel, especialmente su propia familia, para alzarse con un puñado de dólares.

sábado, 13 de abril de 2013

En el nombre del swing

Mariano Massolo logró lo que muchos músicos anhelan: tiene una banda que cumple con todas sus expectativas; grabó discos que reflejan a la perfección su identidad musical; y alcanzó una comunión en vivo extraordinaria con un público fiel y en aumento. Todo eso se vio reflejado anoche en el show que dio en La Trastienda.

El armonicista y su quinteto extendido tocaron durante dos horas temas de sus dos álbumes y también algunos standards del jazz como Mack the knife, Weary blues, After you’ve gone y Minor swing, esta última de Django Reinhardt. Justamente, el guitarrista belga de sangre gitana es la gran fuente de inspiración de Massolo y su banda. Los dos violeros que lo acompañan –su hermano Cheba Massolo y Gabriel Wajnerman- son clave en la estructura musical y los responsables de que el gipsy swing fluya dulce y melancólico.

El resto del grupo lo conforman el contrabajista Martin Longoni y Juan Klappenbach en clarinete. Melisa Blanco aporta su voz de vaudeville en algunos temas, al igual que la sección de vientos formada por Eduardo Manentti en trombón, Nicolás Said en saxo tenor y Andrés Reboratti en flauta traversa. Más allá de que suenen realmente bien, a todos se los notó muy a gusto con la propuesta y disfrutando al máximo las entradas en las que les tocó participar.

La noche también deparó algunas sorpresas. Primero fue la presencia del rosarino Franco Luciani, un verdadero maestro de la armónica que no conoce fronteras: toca desde tango y folclore, hasta jazz y música clásica. Luego, en algunos temas, un grupo de bailarines se adueñó del pasillo central que se abre entre las mesas y danzaron con fervor como en la época dorada del swing. Pero eso no sería todo. También hubo lugar para el blues y el boogie con varias armónicas soplando mancomunadamente cuando Massolo invitó a escena a sus “hermanos” de A7, Nicolás Smoljan, Natacha Seará, Fernando Vázquez, Matías Fernández y Jorge Simonian.

El último invitado de la noche, que tal como anticipó Massolo arrancaría suspiros femeninos, fue Kevin Johansen, quien contrastó su voz grave y profunda con la de Melisa Blanco en I don't want to set the world on fire, un viejo tema do-wop de los Ink Spots. Johansen también aportó humor y buena onda. Sobre el final, Wajnerman, solo con su guitarra tocó Inquietud, y luego los hermanos Massolo hicieron un tema de cuando eran más jóvenes, compartían habitación y tocaban a dúo.

Massolo demostró una vez más que es un virtuoso, que tiene un control absoluto de su instrumento y aplica con notable naturalidad algunas técnicas, como el vibrato o bloqueo de lengua. Tal como dijo en una entrevista, su idea es hacer un jazz para la gente, o más bien “Jazz para todos”, como se lo reformuló el periodista. Así, ante una Trastienda realmente atestada (unas 600 personas según la productora encargada del evento, Baires Blues), Massolo, su banda y amigos vertieron cantidades ingentes de swing y armaron una verdadera fiesta.

miércoles, 10 de abril de 2013

Lollapalooza Chile, la gran fiesta del rock

Fotos: Lollapalooza Press
Pearl Jam dejó pequeño todo a su alrededor, incluso a las más de 80 mil almas que, según los organizadores, coparon el Parque O’Higgins el sábado y se agolparon frenéticamente contra el escenario. La voz potente de Eddie Vedder, los solos vaughanescos de Mike McGready y la fuerza demoledora del resto de los músicos dejaron en claro que en vivo no tienen rival. La actuación de PJ fue lo mejor de la tercera edición chilena del megafestival Lollapalooza.

Día 1: sábado 

A las 13 ya había mucha gente en el predio. El sol comenzaba a hacerse sentir cuando Chancho en Piedra,
la banda chilena heredera de los Red Hot Chili Peppers, apareció en escena. El baterista, vestido de Papa, bendijo al público: “Bienvenidos a este gran festival de rock. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Chancho” y largaron con su funk potente y entretenido. El parque estaba lleno de carpas en las que se podía comprar todo tipo de comidas –desde hamburguesas y brochettes hasta sushi y comida orgánica-, bebidas, merchandising, ropa, libros y discos. De todo menos alcohol, aunque por ahí aparecieron algunos vendiendo clandestinamente latas de cerveza. Grandes auspiciantes como Coca Cola, Claro, LG y Adidas ubicaron sus enormes stands, por los que circularon decenas de invitados, justo en medio de los dos grandes escenarios. Chicos con sus peinados de colores, anteojos estrafalarios, pelucas y banderas de varios países hicieron del predio su hábitat natural.

Alabama Shakes
La música, al menos para mí, siguió con Alabama Shakes. Me encontré con una banda extraordinaria que recrea el viejo southern soul con ímpetu y muy buenas canciones. La cantante y guitarrista, Brittany Howard, es muy sólida y en su forma de cantar hay destellos de Otis Redding, Sharon Jones y hasta algo de Macy Gray. Tocaron durante una hora temas de su disco debut, Boys & Girls. Cuando terminaron, me di una vuelta por el escenario de Coca Cola para ver de qué se trataba Kaiser Chiefs, una banda alternativa inglesa que está bastante de moda. La verdad, me dejaron gusto a poco. Aunque lo peor estaba por venir: The Hives realmente me puso de mal humor. Si Joey Ramone estuviese vivo ajusticiaría a estos suecos que enarbolan la bandera del punk revival y remataría de un tiro en la nuca al cantante, un verdadero imbécil que se autoproclamó el “Rey del Punk”.

Queens of the Stone Age
Huí despavorido hacia el Movistar Arena. Con tal de no escucharlos busqué refugio en lo primero que tenía a mano: música electrónica. Zed’s Dead son dos DJ’s que en lo suyo, que no es tocar instrumentos, son muy buenos, pero que yo no logro entender. Será porque estoy viejo o porque no consumo pastillas sintéticas, aguanté a penas 10 o 15 minutos. Al menos fue el tiempo suficiente para evitar el resto del show de los Hives. Por suerte después tuve mi revancha. Cuando el sol se ocultaba y el contraste de la luz resaltaba el contorno de la Cordillera, apareció en escena Queens of the Stone Age. Rock psicodélico bien al palo. Los picos máximos de su presentación fueron la versión de Make it with chu y cuando Josh Homme invitó a Eddie Vedder para cantar a dúo Little sister.

Eddie Vedder
Y después vino lo de Pearl Jam. Yo no soy fanático de la banda, pero siempre reconocí que eran muy buenos. Ahora, verlos en vivo es una experiencia extraordinaria. Son una verdadera aplanadora. Pocas veces vi un show tan intenso como el que dieron el sábado a la noche. Tocaron temazos como Jeremy, Even flow y Just breathe. Lo que más me gustó fue la versión de It’s okey, en la que Vedder canta una parte en español de manera sorprendente. El final, antes de Yellow ledbetter, trajo el cover de Neil Young, Rockin’ in the free world, con Josh Homme y Perry Farrel –de Jane’s Addiction y organizador del festival- como invitados.

Día 2: domingo 

Con Fucho Cornejo y compañía llegamos al Parque O’Higgins minutos antes de las 12 cuando todavía había
poca gente. El sol, otra vez, estaba intenso y en el escenario principal, ante no más de 200 personas, se presentó el dúo local Perrosky, un crossover rústico entre la música de los White Stripes y Bob Dylan. Tocaron durante poco menos de una hora y lo hicieron con ganas. Luego, en el otro gran escenario, fue el turno de Manuel García, un cantautor chileno que no me motivó nada y aproveché el tiempo para pasear por los stands. A las 14, con puntualidad inglesa, apareció Gary Clark Jr. (ver reseña anterior) y luego de disfrutar su show casi en primera fila, me encontré con el amigo Ramiro Barreiro, quien me convenció de ir a escuchar un poco de hip hop brasileño de la mano de Marcelo D2.

Antes de que los brasileños terminaran decidí que era hora de ir a almorzar y me despedí de Rama. Unos sanguchitos al paso y volé al escenario donde se presentaba Mike Patton (de Faith No More) con su banda Tomahawk. ¡Horrible! Tantos alaridos desquiciados y guitarras fuera de control me obligaron a huir. El cansancio me llegó como un tornado arrasador. Me acosté en el pasto, me tapé la cara con la gorra y me puse a escuchar a Franz Ferdinand. Si bien a mi no me gustan mucho, reconozco que saben lo que hacen frente a una multitud. Cuando recuperé la fuerza me fui a ver el show de Los Tres, rockeros clásicos chilenos, que dieron un concierto bárbaro y que tocaron temas como Déjate caer, Amor violento y Lágrimas negras, del cubano Miguel Matamoros.

The Black Keys
Antes del esperado final, al menos por mí, con los Black Keys en escena, no me quedó otra que escuchar
un par de ¿canciones? del DJ del momento, Dead Mouse, y del rapero Nas. A las 21.30, Dan Auerbach y Patrick Carney hicieron explotar a todos con Howlin’ for you. Tocaron durante más de una hora y media, en su mayoría temas de El Camino, casi todo el tiempo acompañados por un bajista y un tecladista. Grandes versiones de Lonely boy, Dead and gone y, especialmente por la intro con National steel guitar, de Little black submarines fueron coreadas con entusiasmo. Además, ellos dos solos –guitarra furiosa y batería- tocaron algunas canciones de discos anteriores como Thickfreakness, Your touch y I got mine.

Para mí fue una experiencia inolvidable. Nunca había visto tanta gente junta y en paz. La organización estuvo diez puntos, no se registraron incidentes y hubo música para todos los gustos. Ojalá que en el futuro productores argentinos puedan estar a la altura de un acontecimiento de esta magnitud y tengamos nuestra primera edición del Lolla argento.