lunes, 27 de octubre de 2014

La magia de Sean Costello


La muerte de Sean Costello en 2008 fue un mazazo para el mundo del blues. No tanto por lo que el guitarrista había dado hasta entonces, que fue mucho en poco tiempo, sino por todo lo que tenía para dar. Ahora, la fundación que lleva su nombre (*) acaba de lanzar este álbum con fines solidarios que incluye material inédito en el queda de manifiesto todo el talento de uno de los guitarristas más notables de esta generación.

In the magic shop fue producido por Steve Rosenthal, que ganó varios premios Grammy trabajando con artistas como David Bowie, Coldplay y Norah Jones. Aquí se propuso, y lo logró, resaltar toda la magia interpretativa de Costello, tanto desde su formidable aplomo para el canto, como su destreza con las seis cuerdas. Las canciones fueron grabadas en ese estudio neoyorquino en 2005 y Costello estuvo acompañado por Paul Linden en teclados, Melvin Zachary en bajo y Ray Hangen en batería.

La calidad del sonido es excelente y todos los temas tienen ese feeling de haber sido tocados en vivo. La mayoría de las composiciones son suyas, aunque hay un par de covers como el clásico Fool’s Paradise y una sorprendente versión de You wear it well, de Rod Stewart. En las letras y en los solos se percibe un sabor agridulce y el caos emocional en el que estaba inmerso.

A más de seis años de su muerte, este álbum, que bien podría considerarse el sexto de su carrera, exhibe todo el blues y el soul que este maravilloso guitarrista llevaba en el alma.

(*) Sean Costello murió el 15 de abril de 2008 en Atlanta, Georgia, un día antes de cumplir 29 años. La autopsia reveló que la causa de su deceso fue una sobredosis. Poco después su familia confirmó que el músico era bipolar y creó la Sean Costello Memorial Fund for Bipolar Research.

sábado, 25 de octubre de 2014

El mundo de Jack


"El mundo de la música será más pobre sin él, pero vivirá en sus canciones y por siempre en nuestros corazones". Así, de manera escueta y sentida, se expresó la familia de Jack Burce, quien murió hoy a los 71 años en su casa de Suffolk, Inglaterra, como consecuencia de una larga enfermedad en el hígado.

Bruce fue el primer bajista con un rol absolutamente protagónico en una banda de rock. Entre 1966 y 1968 fue el 33,3% de Cream, uno de los grupos más trascendentes de esa década, que marcó una clara evolución en la música popular y tuvo una notable influencia sobre el blues rock argentino. Bruce no sólo llevaba el ritmo, sino que cantaba, tocaba la armónica y teclados. Muchos de los temas más destacados del trío fueron compuestos por él: I feel free, N.S.U, White room, Politician, We're going wrong y Sunshine of your love, que escribió junto a Eric Clapton. Pero además de haber revolucionado el rock con esa fusión de bues y psicodelia, que también impactó directamente sobre el estilo de Jimi Hendrix, Bruce fue un cultor del blues más tradicional. Con Cream interpretó a Robert Johnson (Crossroads y Four until late), Skip James (I’m so glad) Willie Dixon (Spoonful) y Muddy Waters (Rollin’ & tumblin’). Antes de que Cream fuera una realidad, integró dos de las bandas fundacionales del blues británico: Alexis Korner's Blues Incorporated y John Mayall Bluesbreakers, donde conoció a Clapton.

Lo que vino después de Cream para Bruce estuvo siempre relacionado con la innovación. Tanto en su carrera solista, como en los distintos proyectos que integró, coqueteó con distintos ritmos y estilos como el jazz, el folk y el rock progresivo. Toda esa mixtura sonora la fue exhibiendo en las diferentes grabaciones que realizó en a fines de los 60 y durante los 70 con su banda Jack Bruce & Friends (con Mitch Mitchell y Larry Coryell); con Lifetime (acompañado por Tony Williams, John McLaughlin y Larry Young); con el trío West, Bruce & Lanig (junto a Leslie West y Corky Laing); con B.L.T (Robin Trower en guitarra); o en el disco Apostrophe, de Frank Zappa.

Su carrera nunca se detuvo, pese a que sufrió varios problemas de salud. En las décadas siguientes volvió a grabar con Trower y también lo hizo con Gary Moore, Vernon Reid, Dr. John, Albert Collins. Phil Manzarena, John Medeski y Nicky Hopkins, entre muchos otros, lo que demuestra que su amplitud musical siguió en expansión con el paso del tiempo. Uno de los acontecimientos más fabulosos que vivió fue un viaje al pasado. El reencuentro de Cream ocurrió en mayo de 2005, con apenas un par de shows en el Royal Albert Hall de Londres y en el Madison Square Garden de Nueva York. La banda dejó un disco doble, suficiente para hacer historia una vez más.

Hace justo dos años, el jueves 25 de octubre de 2012, se presentó con su banda en el Teatro Gran Rex. Su visita no tuvo la repercusión esperada y su show fue dispar: a él se lo notó con la voz golpeada, el sonido resultó bastante malo y la banda no estuvo a la altura de su leyenda. Así y todo, la gente quedó contenta y, como escribí en aquél momento, el escocés prometió volver, algo que no se concretará en forma física, desde ya, pero si con su música que lo erige en inmortal.

sábado, 18 de octubre de 2014

Un poco más de blues


Un disco en vivo de Gary Clark Jr. no puede fallar. Es sabido que arriba del escenario el tipo es un fenómeno. Así lo demostró en el Teatro Vorterix en abril de 2013. Tiene una técnica voraz con la guitarra y realmente canta muy bien, aunque a priori eso quede en segundo plano por sus punteos y riffs híper intensos. Sin embargo, desde su deslumbrante EP The Bright Lights de 2011, parece haberse estancado en su faceta de compositor. En Black and blu jugó sobre la base de los temas del EP y en el resto de las canciones no logró dar una forma definida a esa fusión de blues y R&B que tanto anticipó. El año pasado, iTunes editó una presentación suya en directo bastante consistente. Tal vez por eso Warner decidió lanzar de manera oficial este disco doble en vivo para mantener al músico en la cresta de la ola y darle un poco más de tiempo con sus nuevas composiciones.

Con todo, Live tiene un sonido extraordinario y Clark se arrima bastante más al blues. Comienza con una hendrixiana interpretación de Catfish blues y el resto del repertorio se nutre de las canciones que viene tocando desde Bright lights: la feroz Numb empieza con un solo de slide visceral y deriva en un blues distorsionado y bien denso; la melodiosa Things are changin´, en la que muestra su lado más soulero; y la rockeada Travis County, en línea directa con lo que solía hacer el viejo Chuck Berry. El blues más tradicional, donde menos usa los pedales y la palanca, aparece con Three O’Clock blues, de B.B. King. En If trouble was Money, de Albert Collins, mete bastante más furia como para anticipar el cover de Jimi Hendrix que le sigue: Third stone from the sun.

Párrafo aparte merece la poderosa Bright lights, que la banda –King Zapata, Johnny Bradley, Johnny Radelat- ya ejecuta casi por inercia con un temple formidable.

La sorpresa mayor está al final. Acompañándose solo por su guitarra, interpreta el clásico inoxidable de Leroy Carr, When the sun goes down. Ese momento, que dura casi seis minutos, y en el que además mete un solo de armónica muy sentido, Clark impone su blues, despojado del frenesí eléctrico. Es cierto que todavía tiene mucho para dar. Su futuro es un océano enorme. Sería interesante que logre imponer sus condiciones artísticas y que no deje que los ejecutivos de una multinacional delineen su carrera. De ser así, tendremos al gran bluesman de la próxima generación.

sábado, 11 de octubre de 2014

La mística sureña


La historia de Muscle Shoals merecía ser contada. En ese pequeño poblado, ubicado sobre una porción de tierra fangosa, a orillas del río Tennessee, en el corazón del estado de Alabama, se escribieron algunas de las páginas más intensas y creativas de la historia del rock. Todos los protagonistas coinciden en que ese lugar tiene una influencia mística sobre la música. Los nativos americanos llamaban Singing River (Río Cantante) al Tennesse, y tal vez esa sea una explicación de por qué allí los artistas se libraban de sus ataduras a la hora de componer y grabar. Pero también fue la tozudez y el oído quirúrgico de Rick Hall, quien logró que en ese punto remoto de los Estados Unidos, rodeado de plantaciones de algodón, surgieran algunas de las máximas gemas del soul y el rock and roll.

Rick Hall
Hall venía de una familia de apareceros y desde joven sufrió los golpes de la vida. Primero fue la muerte de un hermano, luego el abandono de su madre y más tarde el fallecimiento de su primera esposa en un accidente de autos. El alcohol y la desesperación lo tuvieron al borde de la ruina pero logró salir adelante con la música como salvación. En un viejo depósito de tabaco abandonado, Hall montó su pequeño estudio de grabación en 1960, al que llamó FAME. Al primer artista que convocó fue a Arthur Alexander, quien trabajaba como botones en un hotel. Alexander grabó lo que pronto se convertiría en un éxito, You better move on, que poco después fue versionado del otro lado del Atlántico por unos jóvenes Rolling Stones.

Como los músicos que grabaron con Alexander partieron hacia Nashville, tentados por jugosos contratos, Hall decidió entonces armar otra banda estable y para eso reclutó a los pocos músicos disponibles de los alrededores. Así fue como Barry Beckett (teclados), Roger Hawkins (batería), David Hood (bajo) y Jimmy Johnson (guitarra) dieron origen a The Swampers, la sección rítmica que definió el sonido de Muscle Shoals. Ellos eran todos músicos de rock and roll pero con un groove sobrenatural que los llevaba a tocar con un ritmo funky casi por inercia. Por FAME también pasaron músicos y compositores más jóvenes, como Spooner Oldham, Dan Penn y Donnie Fritts, entre otros. El siguiente éxito de Rick Hall y compañía fue When a man loves a woman, de Percy Sledge. Eso generó un efecto dominó. El gurú de los productores musicales Jerry Wexler quedó fascinado con ese sencillo y poco después fue lanzado por Atlantic Records.

Wilson Pickett y Duane Allman
Muscle Shoals logró sobrevivir a la violencia racial de la época. Pese a estar en el estado más segregacionista del sur de los Estados Unidos, adentro del estudio FAME no había distinción de colores. Es así que Wilson Pickett, quien llegó de la mano de Wexler, grabó algunos de sus mejores discos respaldado por todos músicos blancos y Aretha Franklin se encontró a sí misma con el álbum I never loved a man the way I love you. Incluso, el máximo hit de Aretha, Respect, que se volvió un himno en la lucha de los negros que pugnaban por sus derechos civiles, si bien fue grabado en Nueva York, los músicos que participaron fueron los Swampers.

Para entonces, 1968, FAME y Muscle Shoals ya tenían un aura mística que invitaba a las estrellas a grabar. Siguió Etta James, luego Clarence Carter y hasta fue la incubadora del southern rock. Por allí pasó Duane Allman antes de la formación de los Allman Brothers, quien grabó con Wilson Pickett una notable versión de Hey Jude, de los Beatles, además de participar en otras sesiones.

The Swampers
Pero en 1969 se desató “la guerra”, cuando Wexler, que hacía un tiempo se había peleado con Hall, se llevó a los Swampers y creó un nuevo estudio al otro lado del pueblo, en el 3614 de Jackson Highway. Allí fue donde desembarcaron los Rolling Stones un año más tarde y grabaron tres canciones –Wild horses, Brown sugar y You gotta move- que aparecieron luego en el álbum Sticky fingers.

Desde entonces, esos dos pequeños estudios registraron a buena parte de las estrellas del rock, desde Bob Dylan, Rod Stewart y Boz Scaggs, hasta Paul Simon, Bob Seger y The Black Keys. Allí también fue el lugar donde Lynyrd Skinyrd grabó Free bird.

Toda esa historia es relatada de manera brillante en el documental Muscle Shoals, dirigido por Greg 'Freddy' Camalier, que cuenta con testimonios de Mick Jagger, Keith Richards, Bono, Gregg Allman, Aretha Franklin, Percy Sledge y, por supuesto, Rick Hall, Jerry Wexler y todos los Swampers. Un film imperdible para conocer en profundidad uno de los grandes hitos de la música contemporánea.


lunes, 6 de octubre de 2014

El núcleo del blues


Cisco Herzhaft va directamente al núcleo del blues. Con su guitarra bucea en las profundidades de una música que se remonta a comienzos del siglo XX. Y lo hace con un notable respeto por la tradición. Así lo demostró en su visita a Buenos Aires, en febrero del año pasado cuando se presentó en La Trastienda en el marco del El 4º Festival de Blues de Verano. Y así lo ratifica en su nuevo álbum.

Este francés de 67 años, nacido en Le Bouscat, cerca de Bordeaux, tuvo un temprano interés por el blues. Pero fue un encuentro con John Lee Hooker, a fines de los 60, que lo marcó a fuego: primero lo vio en vivo y después lo acompañó en segunda guitarra durante una gira por su país. En los 80, tuvo una etapa folk, hasta que a comienzos de los 90 formó un dúo con Bernard Brimeur, con quien editó varios discos, y ya no tendría vuelta atrás con el blues.

En sus álbumes solistas previos a éste -Ghost Cities (2002), Cisco’s cooking (2008) y The Cisco System (2010)- mostró de manera contundente cuál es su perfil musical y qué es lo que busca. Ahora, vuelve a apostar por el sonido tradicional, aunque tamizado con su particular estilo vocal. Con la guitarra utiliza el slide y el fingerpicking y la mayoría de los temas los compuso él.

El disco comienza con la excelente Dance the boogie for me, con ese ritmo hipnótico tan característico de John Lee Hooker que él reproduce magníficamente. Sin dudas lo mejor y más polémico del álbum es su composición Bentonia, Mississippi, inspirada en el lugar que dio origen a grandes músicos al blues como Skip James, Jack Owens y Jimmy “Duck” Holmes, pero aquí la incursión rapeada por el MC francés Rockin’ Squat le da todo un toque distintivo y audaz. Terry “Harmonica” Bean, uno de los músicos más auténticos del country blues en actividad, suma su sonido profundo en tres temas: The e-dying man, Hospital blues y el clásico CC Rider. En You won’t get nobody, Herzhaft se acompaña por una banda integrada por Guy Bélanger en armónica, su viejo compañero Bernard Brimeur en contrabajo y Patrick Cosseti en batería. La rítmica se vuelve a sumar a él en On the route to 66, donde descolla con el slide haciendo gala de su pasión por la escuela del Delta.

Good hand es un excelente álbum, en el que el francés encara con convicción los distintos estilos surgidos del Mississippi. Una verdadera clase abierta que no se puede desperdiciar.

martes, 30 de septiembre de 2014

Vamos las bandas


Por tercer año consecutivo se realizó el Concurso de Bandas de Blues organizado por Blues en Movimiento y La Escuela de Blues. Esta vez, el escenario de la gran final fue Makena, en Palermo, y los participantes brindaron casi dos horas de música con muchas ganas e intensidad. Como ya se dio en las ediciones anteriores, las propuestas fueron muy diferentes y la onda entre los músicos fue la mejor.

Ganaron Los Pepas Rock and Blues, un grupo que arrastra una larga historia sobre sus espaldas, desde su formación en 1993, las presentaciones de la mano del Chaca junto a Pappo, La Renga, los Ratones Paranoicos y Alejandro Medina, hasta su separación en 2000 y su resurgimiento el año pasado con una nueva formación y un renovado espíritu festivo. Estas últimas semanas fueron muy intensas para la banda, primero por la aparición del Chaca, a quienes muchos lo daban por muerto. El tipo está viviendo en la marginalidad en Santa Fe y pidiendo monedas en las esquinas para sobrevivir. Además, la muerte del Negro García López fue un mazazo para ellos, eran muy amigos y habían compartido más de un escenario. Y finalmente este triunfo que les permitirá grabar un EP y abrir el show de Lurrie Bell, en la primera jornada del Buenos Aires Blues Festival que se realizará en noviembre.

La noche del sábado comenzó con la presentación de T-Bone Blues, una formación compuesta por guitarra, bajo, teclados batería, voz y coros, a cargo de Pablo Francisco, Emma Pardo, Mariel Caló y Andrea Artaza. La propuesta fue clara: soul y blues Memphis style. Comenzaron con If you don’t come back, de Leiber y Stoller, y siguieron con Take me to the river y Last clean shirt, de Rufus Thomas. Prolijos, buenas armonías vocales, aunque tal vez les faltó un poco de contundencia con los solos.

Luego apareció en escena Tres Tiros Blues Band, comandada por el armoniquista Fernando Vázquez y el guitarrista Patricio Grant. Con un sonido bien orientado al blues de Chicago, e inspirado en las grabaciones de James Cotton de los 70, el cuarteto interpretó Woke up this morning, One more mile y I’m ready. El bajista Tico Martinez Cortijo se adaptó muy bien al baterista Gonzalo Rodríguez, del Club del Jump, quien reemplazó al original, Tomas Argomedo que no pudo asistir por problemas de agenda. Blues eléctrico con la sangre en ebullición.

En tercer lugar apareció el cuarteto de La Plata Electric Spirits Blues, que recrea hasta en el más mínimo detalle el repertorio de Stevie Ray Vaughan. Escucharlos fue como un déjà vu de los 90. Daniel Miño imita muy bien al legendario guitarrista texano y el cantante Leguy por momentos alcanza el mismo registo. Hasta el bajista se parece físicamente a Tommy Shannon. Tocaron Mary had a little lamb, Cold shot y Couldn’t stand the weather.

El cierre estuvo a cargo de Los Pepas, los únicos que interpretaron temas propios en español. Con una sección de vientos muy potente -reforzada con la saxofonista Paloma Sneh-, dos guitarras, teclados, armónica, bajo y batería, más el histriónico Diego Bellini en voz, demostraron tener mucho rodaje y energía arriba de un escenario. Abrieron con Hay fiesta, siguieron con Chicas, wiskhy, rock and roll & boogie y cerraron No voy a olvidar. Si bien las letras no son para nada originales, la banda suena con mucha fuerza y desenfado.

Tras la elección del jurado, que integré junto a Guillermo Blanco Alvarado, El Tano Rosso, Mariano Cardozo, Nico Smoljan y Gabriel Cabiaglia, el maestro de ceremonias, Gabriel Grätzer, anunció el triunfo de la banda de Villa del Parque por apenas un punto más que Tres Tiros. El bajista Eduardo Baldino se mostró muy emocionado y dedicó el premio al Negro García López. Los músicos de los distintos grupos se abrazaron entre sí y, una vez más, como en los años anteriores, demostraron que esa es la manera para que el blues crezca y se expanda.

sábado, 27 de septiembre de 2014

Vargas rock & blues

Fotos: Edy Rodríguez
Javier Vargas pisó un escenario argentino por tercera vez en su vida. Raro para un artista que creció y tiene muchos amigos aquí, y que grabó un disco tributo al rock nacional. Su primer show fue en Prix D'ami en 1994, el segundo en 2007 en el Teatro Metropolitan. Ayer, se presentó junto a su Blues Band y músicos invitados en el Teatro Coliseo. En las dos horas y media que duró el recital, repasó temas de distintos momentos de su carrera e interpretó algunos covers con mucha energía rockera.

Fue una buena noche de música ante poco público. La selección de temas podría dividirse en tres partes. Por un lado, la que primó casi toda la noche fue su fusión de rock y blues, con extensos solos de guitarra, mucho juego de pedales y palanca, incursiones con el slide, y cantados por el inglés Gaz Pearson, que combina el estilo de Memphis con ciertas influencias de Paul Rodgers y Robert Plant. El primer cuarto de hora fue muy potente: abrieron con Rollin’ & trance y el blues recién se hizo presente tres canciones después con Back alley blues, en el que hubo un breve pero intenso duelo entre Vargas y el tecladista argentino Pehuén Innocenti, que acompañó a la banda durante todo el show. Pearson dejó el escenario y el bajista Luis Mayol, argentino también, cantó una muy buena versión de Love me two times, de los Doors.

Javier Vargas
Fue a partir de ese tema, en el que el recital entró en su mejor momento. Vargas es un maestro para fusionar el blues con ritmos latinos, el flamenco y el tango. Y así lo ratificó anoche. Con Miguel Fraca en bandoneón interpretaron Buenos Aires blues y Amapola negra, de Andrés Calamaro. Siguió con Blues latino y luego, con Mayol y Pearson cantando juntos, regaló la extraordinaria y santanesca Chill out (Sácalo). La siguiente canción, el slow blues Parisienne Walkaways, se la dedicó a Gary Moore y Paco de Lucía. El último tramo, que incluyó temas como Back to the city, Ride baby ride, Palace of The King y Man on the run tuvo la impronta del comienzo y eso hizo que se volviera un tanto monótono, salvo por el cierre que incluyó un gran solo de bajo de Mayol y otro enérgico y contundente del baterista holandés Peter Kunst.

Los bises llegarían con los guitarristas invitados. Vargas sostuvo su Strato marrón con firmeza e invitó a escena a José Tealdi con quien interpretó Big boss man. Luego apareció en escena el cordobés Alberto Pol Castillo, a quien se lo notó muy emocionado. Juntos tocaron Make sweet love 2 U. El tercero en aparecer fue un apático Diego Mizrahi para una versión de Blues local, de Pappo, que cantó Mayol y que, curiosamente, el holandés Kunst acompañó en coros. El último en subir fue Conejo Jolivet con su Gibson SG para un crujiente y visceral cover de Sunshine of your love.

Matías Cipilliano
La previa había estado a cargo de Con Alma de Blues Band, la creación de Pollo Zungri, que tiene entre sus miembros a Diego Czainik (voz), Matías Cipilliano y Pablo Martinotti (guitarras), Nico Smoljan (armónica), Nandu Tecla (piano), Daniel Chusit (bajo) y Víctor Hamudis (batería). Iinterpretaron media docena de clásicos: Shake, rattle & roll, Cherry red, That's all I need , Woke up this morning, Further on up the road y Steamroller blues. En todo el set primo el buen gusto y la pasión por blues, algo a lo que Vargas después le agregó mucho rock y pinceladas latinas cargadas de emoción.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Con el espíritu de siempre


El armoniquista Pierre Lacocque, un trotamundos que encontró su lugar en el mundo en Chicago, formó Mississippi Heat en 1991 con la intención de reproducir el sonido clásico de la década del 50, ese que enaltecieron Muddy Waters, Little Walter y tantos otros maestros del género. Para eso se rodeó de músicos locales de primer nivel como Billy Flynn, James Wheeler, Bob Stroger y Robert Convington. La banda comenzó a girar por los bares de la ciudad combinando un repertorio tradicional con nuevas canciones. Pasaron más de 20 años desde aquel debut, en el medio el grupo tuvo cambios en su formación y dejó una decena de discos, algunos editados por sellos alemanes y otros por Delmark.

En el nuevo álbum, Warning shot, Lacocque mantiene el espíritu de siempre, aunque los músicos que lo acompañan ya no sean los mismos. Los 16 temas del disco están enfocados en un sonido más actual, aunque siempre fiel al estilo de Chicago. La banda está conformada por la cantante Inetta Visor; Michael Dotson, un viejo conocido de los argentinos, en voz y guitarra; Brian Quinn, en bajo; y Kenny Smith, hijo del legendario baterista de Muddy Waters, Willie “Big Eyes” Smith, en batería. A todos ellos se suma el experimentado Sax Gordon en la mitad de los temas.

El grupo suena amalgamado, contundente, con mucho espíritu blusero y con cada uno de los músicos cumpliendo su rol a la perfección. Además de Chicago blues, Warning shot tiene altas dosis de boogie, swing, beat latino y funk. La mayoría de las canciones fueron escritas por Lacocque, aunque hay composiciones de Dotson, Visor y Smith. Además hay un cover instrumental de Your cheating heart, de Hank Williams, mucho más bluseado que la versión original, y con una gran combinación de armónica y saxo. Sweet poison, el tema que abre el disco tiene toda la mística del slide del viejo Elmore James; Come to mama, cantado con mucha fuerza por Visor, es una exploración por las raíces caribeñas de Nueva Orleans; Swingy dingy baby, de Dotson, es un boogie adictivo; y en Too sad to wipe my tears el grupo se desenchufa y entrega todo su blues a corazón abierto.

Warning shot es un gran disco que marca claramente que se puede interpretar blues de manera tradicional pero con una nueva vuelta de tuerca.

domingo, 21 de septiembre de 2014

La evolución del blues


Different shades of blue es el primer álbum de Joe Bonamassa con todas canciones propias que escribió junto a experimentados compositores de Nashville. Además es su undécimo disco de estudio, sin contar los cinco que grabó en vivo, los tres que editó con Beth Hart, los otros tres junto a Black Country Communion y los dos que sacó como miembro de Rock Candy Funk Party. A los 37 años, Bonamassa es uno de los músicos más prolíficos de la escena contemporánea y su talento no tiene techo, como la evolución del blues.

“Me propuse hacer un disco de blues original y me tomó un buen tiempo escribir todas las canciones. Me esforcé mucho para hacer las cosas mejor que antes para no defraudar a mis fans”, contó Bonamassa en una entrevista que le realizaron para la promoción de su nuevo trabajo. El proyecto fue tan ambicioso que para grabar las 11 canciones usó 20 guitarras diferentes, 13 amplificadores y se rodeó de músicos que son capaces de tocar en excelente nivel hasta dormidos: el ex miembro de Double Trouble, Reese Wynans, se encarga del hammond y el piano, mientras que la rítmica la llevan los bajistas Carmine Rojas y Michael Rhodes, el baterista Anton Fig y el percusionista Lenny Castro. Lee Thornburg y Ron Dziubla le dan más vigor a los temas con sus caños y The Bovaland Orchestra aporta en algunas canciones una espléndida sección de cuerdas.

Salvo I gave up everything for you, 'cept the blues, que tiene la estructura clásica de un blues y en el que Bonamassa arremete con el slide, el resto de los temas exploran las fronteras de los 12 compases desde una perspectiva muy personal y vanguardista. Aquí también, como en muchos de sus otros discos, quedan expuestas sus influencias. Bonamassa revive a Hendrix, Vaughan, y Rory Gallagher, reivindica a Clapton y Jimmy Page, y le suma a eso el amplio bagaje musical que incorporó en los últimos años. La guitarra es protagonista absoluta, como no podía ser de otra manera: todos sus riffs y solos están barnizados por un virtuosismo sobrenatural. Trouble town y Living on the moon son dos temas de raíz blusera en los que los vientos les confieren un aire muy funky. En Oh Beautiful! deja en claro porque le otorgaron el título de guitar hero y también muestra un impresionante registro vocal en un momento a capella en la intro y el cierre del tema. Algo similar sucede en la balada que da nombre al disco.

Producido por otra vez por Kevin Shirley y editado por J&R Adventures, Different shades of blue es una relectura que Bonamassa hace del blues, un género que él entiende como dinámico y evolutivo, y que es la esencia de su ADN musical.

domingo, 14 de septiembre de 2014

Los plomos


Los Allman Brothers estaban en la cresta de la ola. La muerte de Duane Allman había golpeado en el núcleo del grupo, pero de alguna manera también le dio un nuevo impulso. Entre 1972 y 1973, la banda editó dos de sus discos más exitosos, Eat a peach y Brothers and sisters, las giras eran extensas y agotadoras, y los shows que daban rozaban lo sobrenatural. Gregg Allman, Dickey Betts y Chuck Leavell estaban en un nivel superlativo.

Por esos días, antes de los recitales de los Allman, sus plomos –raodies, como se les dice en inglés- comenzaron a darle forma a una banda en las pruebas de sonido. Así fue como nació la Almost Brothers Band. El pianista Chuck Leavell recuerda que los músicos comenzaron a ensayar mucho y que cuando la gira de los Allman acabó, ellos volvieron a Macon, Georgia, y empezaron a tocar en el circuito local. Por aquél entonces grabaron algunos temas para Capricorn Records, que durmieron en las cintas durante varias décadas, hasta que hace poco el ex ingeniero de sonido de los Allman y miembro de los Almost, Buddy Thorton, rescató el material y limpió las canciones lo más que pudo. Finalmente fue Band of roadies fue editado CD Baby.

La formación original estaba compuesta por Thorton en bajo; Dave “Trash” Cole en guitarra y voz; Twiggs Lyndon en guitarra; Michael Artz y Joseph “Red Dog” Campbell en baterías; y Virginia Speed en piano. El sonido del disco no es el mejor, pero de principio a fin se puede apreciar el talento y la creatividad de estos músicos que tuvieron su gran momento a la sombra de una de las más grandes bandas de rock de la historia. Los temas que conforman el álbum combinan el blues con la jam sureña y se destacan Driving Wheel, de Junior Parker; Drifting, de Charles Brown; y Fever, el clásico que Elvis Presley cantaba como ninguno.

Hoy una formación muy diferente de los Almost Brothers sigue tocando en bares de Georgia y alrededores, haciendo covers de los Allman, Lynyrd Skynyrd y ZZ Top, pero no tienen nada que ver con la música de este disco, que fue grabado en plena era dorada del rock sureño y que ahora, por fin, ve la luz.

jueves, 11 de septiembre de 2014

Lou, Blas & Blues

Estos dos nuevos discos representan las distintas aproximaciones al blues que se dan en el circuito porteño. Él, guitarrista con más de 20 años de experiencia, que tocó con renombrados músicos como Alejandro Medina, Pajarito Zaguri, Rubén “King” Alfano y el Blusero León Vanella, volcó aquí un puñado de temas propios que grabó hace algunos años. Ella, una joven alumna de La Escuela de Blues, que integró coros de otras bandas, se animó a hacer covers en inglés de sus máximas influencias.

Blas & Amigos - ¿Tanto cuesta? El guitarrista Blas Rizzardo grabó los 13 temas que conforman el álbum en los estudios del Nuevo Milenio (Melopea) entre noviembre y diciembre de 2005. La espera fue larga, es cierto, pero valió la pena. Acompañado por Gabriel Gerez en piano, Roberto Huala en bajo y Juanito Moro en batería, Rizzardo dio forma a un puñado de composiciones propias, con fuerte ascendente blusero, pero con un toque bien porteño. Comienza con Risas falsas, un tema en clave de boogie, que cuestiona la vulgaridad de los lujos, en el que cuenta con Pajarito Zaguri en coros y Giuseppe Popuolo en saxo. En Hasta cuándo, Rizzardo canta junto con Mariana Diggs sobre un amor que se desgastó, acompañados por un solo filoso de guitarra a cargo de Josué Marchi. En Ni loco, su voz sigue a dúo con la de Diggs mientras la armónica expeditiva de Luis Robinson se expresa con mucho sentimiento, al igual que en Debo olvidar. Princesa es una balada campestre, inspirada tal vez en los Rolling Stones de Exile on Main Street, con el toque sutil de Litto Nebbia en teclados. En Funky town, Rizzardo y Don Vilanova elevan sus punteosen un claro homenaje a Albert King, mientras el bajo de Alejandro Medina les marca el ritmo. Te vi es un boogie de la vieja escuela con una notable interpretación al piano de Gerez. Y la perla del disco es Natural, un cover de Tanguito, con Pajarito, Nebbia, Don Vilanova y Medina como invitados. Al escuchar todo el disco, la respuesta a la pregunta del título es evidente: sí, cuesta mucho pero eso al final de cuentas no es más que otro valor agregado.

Lou Hernández – Blue. Para llegar hasta aquí, la cantante y guitarrista Luciana Hernández recorrió el camino adecuado: escuchó, estudió, practicó y colaboró en distintos coros. Hace poco decidió formar su propia banda para grabar un disco dedicado a sus máximas influencias. Y el resultado es sorprendente. Desde lo vocal, Hernández se destaca por sus registros en versiones de temas de Nina Simone como Feeling good o My baby just cares for me, o cuando destila una profunda melancolía en el clásico Come rain or come shine. Además su trabajo con la guitarra es muy interesante en All your love, de Magic Sam, y Love me like a man, de Bonnie Raitt. Hernández descansa en una sección rítmica muy solvente a cargo de Roberto Seitz en bajo y contrabajo, y Leonel Torres en batería, más el aporte del experimentado Bob Telson, un pianista y compositor francés radicado en la Argentina, con una reconocida trayectoria musicalizando obras teatrales y películas. Dos guitarristas aportan sus solos y tiñen aún más de azul su debut discográfico: Nacho Ladisa en As long as I’m movin’, de Ruth Brown, y Roberto Porzio en el clásico Every day I have the blues. Sin embargo, ella se anima sola con la guitarra en las creaciones de dos maestros como T-Bone Walker y B.B. King: Stormy Monday y The thrill is gone. Todas las canciones de Blue representan el background de esta joven cantante que tiene un gran presente y ya moldea un futuro mucho más que promisorio.

viernes, 5 de septiembre de 2014

El inmortal


Durante sus últimos meses de vida, Johnny Winter no paró de tocar. Siguió con su gira por los Estados Unidos y Europa, y el tiempo que no estuvo en la ruta lo pasó recluido en los estudios Carriage House, en Connecticut, grabando el trabajo que estaba pensado como la continuidad de Roots (2011), pero que terminó siendo su álbum póstumo. Step back es un gran disco y cobra un nuevo sentido ante el vacío de su ausencia.

Producido por Paul Nelson y editado por Megaforce Records, el álbum tiene 13 temas en los que Winter deja su alma al desnudo, con interpretaciones viscerales, tanto desde lo vocal como desde las seis cuerdas. Al igual que en Roots, el viejo maestro invitó a una selección de músicos para jerarquizar la producción, pero aquí se propuso –y lo logró- recrear con las canciones una guía de viaje por los lugares más emblemáticos del blues: Mississippi, Chicago, Texas, Nueva Orleans y Memphis.

El primer tema es una verdadera novedad: Winter se zambulle en Unchain my heart, el clásico de Ray Charles que popularizó Joe Cocker, respaldado por un coro femenino con mucho soul y la sección de vientos de los Blues Brothers, con Tom Malone y Lou Marini como principales figuras. Luego, junto a Ben Harper, interpretan una arrolladora versión Can’t hold out (Talk to me baby), de Elmore James, en la que además de combinar voces, entrelazan sus slides, el albino desde su guitarra Firebird y Harper desde su lap steel.

Eric Clapton y Winter cruzan filosos solos en I don’t want no woman, de Bobby “Blue” Bland; en Killing floor, de Howlin Wolf, el tornado texano deja que florezcan Paul Nelson con su guitarra y su amigo Frank Latorre en armónica; y en Who do you love, de Bo Diddley no hay invitados, pero si una exquisita mezcla de guitarras con un ritmo atrapante. Las seis cuerdas entran en un frenesí endemoniado cuando Brian Setzer, ex Stray Cats, se suma en Okie dokie stomp, con los vientos de los Blues Brothers como colchón rítmico.

Además de Nelson, completan la banda el pianista Mike DiMeo, el bajista Scott Spray y el baterista Tommy Curiale.

En Where can you be, de Jimmy Reed, Winter y Billy Gibbons, de ZZ Top, ponen a Texas de pie con unos punteos extraordinarios. Algo similar sucede en el track siguiente cuando une su talento con el virtuosismo de Joe Bonamassa en los casi ocho minutos que dura la majestuosa Sweet sixteen, de B.B. King, una vez más con el aporte de los vientos a cargo de Malone y Marini. Tal vez el momento más profundo y significativo de todo el álbum es cuando Winter desciende a las aguas barrosas del Mississippi con una national steel guitar y encara la estremecedora Death letter, de Son House. El último tramo del álbum encuentra a la leyenda junto a Jason Ricci rindiendo tributo a Little Walter con My babe; y elevando octanos rockeros con Long tall sally y la guitarra furiosa de Leslie West, más una enérgica versión de Mojo hand acompañado por el guitarrista de Aerosmith, Joe Perry. En el final suena el piano de Dr. John en una emotiva Blue Monday, de Fats Domino.

Step back deja en claro que nunca más se podrá hablar de él en pasado, porque si bien ya no está físicamente, su música lo trasciende. Johnny Winter fue una leyenda en vida y un ícono absoluto del blues. El 26 de julio dio un paso a la inmortalidad y desde ese sitio intangible nos ilumina a todos con su música.

domingo, 31 de agosto de 2014

Blues y buena onda


Elvin Bishop, 71 años, blues y mucho humor. Esa combinación es la que vibra durante los 39 minutos que dura su flamante álbum, Can't even do wrong right, lanzado por el sello Alligator. Son diez canciones en las que el slide del ex integrante de la Paul Butterfield Blues Band arrasa con soberbia sobre las cuerdas de su Gibson ES 335.

La revista Guitar World lo describió a él como “un extraordinario guitarrista con mucha destreza y talento”. Además le agregaría como punto sobresaliente su experiencia, porque también en eso radica el núcleo de sus interpretaciones. Bishop ha demostrado a lo largo de su carrera que el blues es mucho más que tristeza y melancolía. Y este disco ratifica todo eso. Desde el mismo comienzo, con la vibrante Can't even do wrong right y un magnífico cover de Blues with a feeling, de Little Walter, deja sentadas las bases de su música.

Charlie Musselwhite suma su armónica en Old school y No more doggin’, jerarquizando aún más un álbum que ya está bueno de por sí. El otro invitado es Mickey Thomas, vocalista de aquella discreta banda de los 70 Jefferson Starship, que aquí canta con notable registro Let your woman have her way, una balada blusera que escribió junto a Bishop especialmente para este trabajo. El resto de las canciones son temas compuestos por el guitarrista más tres covers: Bo weevil, de Fats Domino; Hey-ba-ba-re-bop, de Lionel Hampton; y una versión instrumental de Honest I do, del gran Jimmy Reed, que según Bishop fue el primer blues que escuchó en su vida.

Todo el disco está apuntalado en la rítmica de una banda muy sólida comandada por el multiinstrumentista Bob Welsh, con la que Elvin Bishop se siente muy a gusto. Para él, “todo este disco tiene un sentimiento ligado a mis historia”. Y es tal cual: blues y buena onda, las banderas que este maestro no piensa bajar.

lunes, 25 de agosto de 2014

La dama blanca de la música negra


Tres cosas se destacan del nuevo disco de Cristina Aguayo: su increíble registro vocal, la originalidad de las versiones y la calidad del sonido. Water me es un álbum muy bien logrado, con grandes momentos y un denominador común: recrear el espíritu musical de otrora pero desde una perspectiva contemporánea.

Cristina Aguayo lleva más de 30 años ligada a la música y a la docencia, y es una de las voces más emblemáticas del blues, el góspel y el jazz. Gracias a ella, en los 90 nacieron Las Blacanblus y muchas otras reconocidas vocalistas se perfeccionaron en sus clases de canto. Ahora con este disco, Aguayo vuelve al centro de la escena musical.

Don Vilanova
Según me contó Luis Mielniczuk, el álbum se llama así porque es la traducción literal de su apellido que hizo B.B. King cuando la conoció en una de sus visitas al país. Grabado en los estudios Léxico y producido por Matías Parisi, Water me tiene 12 canciones orientadas a la música negra en la que la cantante cuenta con el respaldo de músicos de primer nivel: Mauro Diana está a cargo del bajo, mientras que en batería y percusión alternan Parisi, Pablo Rojas y Daniel Volpini. El Tano Baccega en guitarrista acústica está presente en casi todos los temas, mientras que Don Vilanova y Ricardo Pellican suman sus punteos filosos en distintas canciones. Germán Wiedemer acompaña desde los teclados, y An Díaz y Mariel Caló suman hermosas armonías desde los coros.

Deborah Dixon y Cristina Aguayo
El álbum comienza con la tradicional St James Infirmary, pero aquí con bastante más swing y un maravilloso solo de trompeta de Alejandro Gómez Ferrero. Sigue con un blues duro, una composición propia que se llama I was raised alone, en la que alterna voz con Deborah Dixon al calor de un férreo punteo con slide de Don Vilanova. Y redondea el primer tercio con una sutil versión de Nobody knows you when you’re down and out. El slide penetrante de Don Vilanova regresa en Life goes on, de la gran Big Mama Thorton. En Black & blue, de Fats Waller, la cantante parece poseída por la mística de Nina Simone. Sorprende con una versión casi a go go de Joshua fit the battle of Jericho, un negro spiritual del siglo XIX. El homenaje a B.B King no podía quedar de lado y para eso eligió Guess who, que el Rey del Blues grabó por primera vez en 1972, en la que otra vez Don Vilanova marca el terreno con un solo muy profundo. En See that woman, otra de sus composiciones, vuelve sobre los pasos de Nina Simone, tal vez su máxima influencia.

La última parte del disco tiene una interpretación muy poco convencional de Sweet home Chicago, con la participación de Claudio Kleiman en guitarra eléctrica. Después, con Cristina Dall al piano y acompañada por Viviana Scaliza en voz, se recuesta en el country boogie con Sixteen tons, clásico de Merle Travis, para saltar sin escala a otro negro spiritual, If he change my name, acompañada solo por la percusión de Parisi. El cierre es tan raro como el nombre de la canción: Is odd tiene cierto ritmo de chacarera que se diluye cuando Javier Meza ataca con su Lap steel y ella encara el estribillo con pasión blusera.

Water me es un disco innovador, tanto por las interpretaciones de viejos clásicos como por sus nuevas composiciones, pero es también es la consolidación de una artista que durante décadas se mantuvo fiel a sus convicciones y a la música que ama.

https://soundcloud.com/leloirecords/i-was-raised-alone-cristina-aguayo

martes, 19 de agosto de 2014

De Muddy a Mud


La carrera de Mud Morganfield despegó casi en simultáneo con su primera visita a la Argentina, allá por 2009. Hasta entonces había lanzado un solo disco para un sello independiente –Fall water fall (2008)- y su nombre apenas aparecía en los carteles de los grandes festivales. Es cierto que se dedicó a la música tardíamente, algunos años después de la muerte de su padre, y que el camino para él no fue nada fácil. No cualquiera puede cargar en sus espaldas con ser el hijo del más grande bluesman de toda la historia. Pero en este último tiempo logró capitalizar su poderosa voz de barítono y su presencia escénica, y empezó a escalar hacia la cima del blues.

Tras su disco en vivo con los Dirty Aces y Son of the seventh son, editado por Severn Records en 2012, Mud volvió a los estudios, esta vez acompañado por el gran armoniquista Kim Wilson, para grabar un álbum dedicado a la memoria de Muddy Waters. A priori esto no parece original, y ciertamente no lo es, pero las interpretaciones de los temas son muy auténticas: se nota que Mud está intentando revalorizar el sonido de su padre pero con una fuerte impronta personal.

La banda que los secunda es un lujo: Billy Flynn y Rusty Zinn se ocupan de las guitarras, Barrelhouse Chuck toca el piano con notable maestría, y Steve Gomes y Robb Stupka llevan adelante la rítmica con la contundencia que solían tener las que acompañaron al padre del blues de Chicago. Si lo que hace Mud con la voz es atrapante, lo de Wilson con la armónica es superlativo. El líder de los Fabulous Thunderbird lleva el ADN de Little Walter y eso queda patente en cada una de sus intervenciones.

El repertorio incluye más de una docena de clásicos que solía interpretar Muddy Waters, muchos compuestos por él y otros por Willie Dixon. Se destacan las versiones de Nineteen years old y I just want to make love to you, con un solo de Wilson descomunal.

For Pops… era el disco que Mud tenía que hacer, como cualquier hijo que honra el legado musical de su padre. Era un mandato irrenunciable, que conllevaba ciertos riesgos y que Mud sorteó con altura, gracias a la compañía de Wilson en armónica y, principalmente, por mérito propio.

jueves, 14 de agosto de 2014

Con las botas puestas


Johnny “Guitar” Watson tocó los primeros acordes de Superman lover y el público que había copado el Ocean Boulevard Blues Café de Yokohama estalló de júbilo. El estruendo de la gente se aplacó con el primer verso de la canción. Entonces, lo imprevisto: Watson giró el micrófono, se apoyó una mano en el pecho y se desplomó. Fue un momento de confusión. Algunos pensaron que era parte del show. La banda siguió tocando unos instantes más, casi por inercia, hasta que el promotor y un asistente entraron corriendo para asistirlo. Eran las 19.40. La ambulancia tardó unos diez minutos en llegar y Watson fue llevado al hospital más cercano. Los médicos trataron de reanimarlo con masajes cardíacos pero no pudieron corregir su destino. Watson fue declarado muerto a las 21.16 del 17 de mayo de 1996. Tenía 61 años.

La muerte lo encontró de gira por Japón. Había llegado a ese país el 11 de mayo y en menos de una semana tocó en Osaka, Kyoto y Nagoya, y todavía tenía dos fechas más previstas en Tokio. Si bien en los tres shows previos Watson se mostró enérgico y entretenido como siempre, la noche anterior a su deceso se canceló un recital en Sapporo porque, según se informó, el artista estaba agotado. Días después trascendió que Watson se estaba tratando con nitroglicerina, que se usa como vasodilatador para prevenir la enfermedad isquémica coronaria, el infarto agudo de miocardio y la insuficiencia cardíaca congestiva, pero eso fue rechazado rotundamente por la viuda, Susan Maier Watson.

El 19 de mayo, en el Hibiya Yagai Ongakudo, donde Watson iba a compartir cartel con la legendaria banda japonesa de blues Ukadan y James Cotton, sus músicos se subieron al escenario y uno de ellos reveló: “Johnny una vez nos dijo que si tenía morir quería que fuera arriba del escenario”.

Watson había nacido el 3 de febrero de 1935 en Houston. Contemporáneo de Albert Collins y Johnny Copeland, empezó tocando el piano, instrumento con el que grabó para el saxofonista Chuck Higgins el clásico jump blues Motorhead baby, en 1952. Dos años después se pasó definitivamente a las seis cuerdas y grabó su primer single, Space guitar. El nombre artístico se lo asignó luego de ver la película protagonizada por Joan Crawford, Johnny Guitar.

Muchas veces el público blusero no lo reconoce como uno de los emblemas de la guitarra, tal vez porque su carrera estuvo más ligada al R&B, e incursionó en el soul, el funk y hasta grabó un disco de jazz para el sello Chess. Su canción más famosa, Gangster of love, que lanzó en 1957, influenció a toda la generación de músicos de fines de los 60 y los 70, como Johnny Winter, Steve Miller, Frank Zappa y los hermanos Vaughan, entre otros. En una entrevista, Watson incluso se adjudicó ser el inventor del rap: “Hablar siempre fue el nombre del juego. Cuando canto, estoy hablando con melodía; cuando toco, estoy hablando con mi guitarra; puedo estar hablando basura, pero en definitiva estoy hablando”.

La muerte lo sorprendió con las botas puestas, como él quería, arriba de un escenario. Sucedió muy lejos de su casa y, como casi siempre ocurre, cuando uno menos lo espera. Hoy es tiempo de enaltecer su figura y revalorizar su música.


lunes, 11 de agosto de 2014

La esencia del viejo maestro


La historia de Eric Clapton está tan ligada al blues como a la música de J.J. Cale. Y Clapton es un hombre agradecido: al blues le rindió tributo en cada uno de sus discos y además grabó álbumes enteros dedicados al género como From the cradle, Me and Mr. Johnson, Sessions for Robert J y Riding with the King, junto a B.B. King. Con Cale su vínculo siempre fue estrecho: en los 70 versionó dos de sus temas más emblemáticos, After midnight y Cocaine, y en 2006 editaron un disco juntos, The road to Escondido. Ahora, a un año de la muerte del músico de Oklahoma, Clapton invitó a algunos amigos al estudio para homenajearlo. ¿El resultado? Un álbum prolijo, relajado y sentido.

The Breeze - An appreciation of J.J. Cale, es también un disco previsible. No hay sorpresas, más allá de los nombres que aparecen en los créditos. Clapton procuró que el álbum tuviera ese sentido retraído que tenía Cale a la hora de presentar sus temas. Es por eso que no hay muestras de virtuosismo, sino más bien una comunión musical que buscó captar la verdadera esencia del amigo y maestro que ya no está.

Acompañan a Clapton algunos de los músicos que suelen salir de gira con él y otros experimentados cesionistas, entre ellos los guitarristas Doyle Bramhall II, Don Preston, David Lindley y Albert Lee; así como también Greg Leisz (pedal steel), Jimmy Markham (armónica), Simon Climie (teclados), Nathan East (bajo) y los reconocidos bateristas Jim Keltner y Jamie Oldaker. También hay invitados con más cartel. Tom Petty interpreta junto a Clapton Rock and roll records, The old man and me y I got the same old blues. John Mayer, en tanto, se suma en Lies, Magnolia y Don’t wait, tal vez el tema más intenso del álbum. El ex guitarrista de Dire Straits y también discípulo de Cale, Mark Knopfler aporta el sonido cansino de su guitarra en Someday y Train to nowhere. El violero de los Allman Brothers, Derek Trucks, y Willie Nelson colaboran en un par de canciones más. El último de la lista es el guitarrista y compositor Don White, heredero del sonido de Tulsa, quien comenzó su carrera al lado de Cale.

“Eric fue maravilloso. Tuvo un respeto absoluto por la música de Cale, por Christine Lakeland (la viuda, que también participó del disco) y su familia. Y los artistas que participaron no trataron de imponer sus estilos, sino que respetaron el de Cale”, dijo White en una entrevista al USA Today.

jueves, 7 de agosto de 2014

Blues con acento cordobés

Pol Castillo – Brindo (2014). Al guitarrista Alberto Pol Castillo, admirador de John Campbell, le tira tanto el blues como el rock y eso queda de manifiesto en sus discos. En este, el segundo, ratifica el rumbo elegido y logra plasmar un sonido propio. Músicos muy talentosos jerarquizan aún más el trabajo. A Ricardo Tapia, Alejandro Yaques y Nicolás Raffetta se le suma un trío de guitarristas internacionales con estilos diferentes: el español Javier Vargas, el estadounidense Scott Weis y el brasileño Duca Belintani combinan su virtuosismo al servicio del cordobés. Todos los temas son originales y cantados en español. La calidad de grabación es notable y eso hace que la esencia de Brindo se luzca más. Castillo se muestra sólido cuando arremete con el slide en Septentrional blues, o desatando su furia rockera en Ángel de la noche y La frontera. El resto de las canciones son expresiones potentes del carismático Pol.

La Arcaica Blues Rural – La Arcaica Blues Rural (2013). Esta banda surgida en la ciudad de Córdoba se inspiró en el blues rural de los primeros años del siglo XX para darle forma a un proyecto que privilegia lo estilístico antes que lo comercial. El álbum debut tiene cinco canciones, todas interpretaciones muy consistentes de los viejos pioneros del blues. Abren con la tradicional Catfish blues, y siguen con una versión muy personal de guitarra, armónica y vos de It serves me right to suffer, de John Lee Hooker. El track list incluye un clásico del country, Honky tonk blues, de Hank Williams, en el que el banjo, la mandolina y las guitarras realizan un festín de cuerdas, y la hermosa make me a pallet on the floor, de Mississippi John Hurt. Cierran con una versión de Love in vain, de Robert Johnson, más campestre y animada que la original. La banda se sostiene en la voz de Paulina Gallardo y el combo de guitarras que conforman Pablo Storani, Carlos Carranza, Nicolás Monasterolo, Luciano Grinschpun y David Quarchoni, más el aporte de Ezequiel Gallardo en bajo, Yami Echegaray en mandolina y Camila Mennitte en percusión.

lunes, 4 de agosto de 2014

La vida por el blues


The blues came callin’ es el testimonio de un hombre que lucha por su vida, día a día, sin tregua. En el tema The bottom of the river Walter Trout canta: “Entonces vi mi vida frente a mí y entendí que quería vivir más / y entendí tantas cosas más que antes no comprendía / vi a todas las personas que amé y todo lo que hice mal / los lugares que dejé atrás y los que pertenezco / escuché una voz adentro mío que parecía que lloraba / y la escuché gritar tan fuerte ‘es la hora en que vas a morir’ / entonces fue que decidí aferrarme a la vida / y encontré una fuerza en mi interior que me llevó a pelear con todo / salí a la superficie y engañé a la muerte”. La música es un blues crudo, a base de slide y guitarra resonadora, con solos de viola eléctrica y armónica que Trout sentencia de manera visceral.

El ex guitarrista de los Bluesbreakers de John Mayall estuvo realmente a punto de morir a comienzos de año por una enfermedad que afectó su hígado y lo llevó a perder casi 50 kilos en pocos meses. Ese problema se sumó a que no tenía el dinero para afrontar el tratamiento indicado, en un país como Estados Unidos en el que sólo tienen acceso a una buena cobertura médica quienes pueden pagarlo. A través de una amplia red de difusión por Internet y algunos medios de comunicación, cientos de almas solidarias, entre ellas las de muchos fans, aportaron el dinero suficiente para ayudarlo. En mayo fue sometido a un trasplante y, si bien al principio sufrió algunas recaídas lógicas tras semejante intervención, hoy se recupera en una clínica de Omaha, Nebraska.

Cuando la enfermedad golpeó a su puerta estaba en plena grabación de este disco. Así que muchas de las canciones las escribió pensando que tal vez serían las últimas. The blues came comin’, editado por Provogue Music Production, es su vigésimo primer álbum. Eso sin contar los tantos otros que grabó junto a Mayall. En este último trabajo mantiene esa fusión de blues rock que lo caracterizó, aunque en líneas generales esta vez las canciones tienden a ser más bluseadas que rockeadas.

Diez de los doce temas fueron escritos por él. El ya mencionado The bottom of the river es el más impactante por lo que representa, por su sonido y porque su voz entona cada estrofa como si fuera la última. Take a little time es bastante más animada, con un ritmo que recuerda a la House is a rockin’ de Stevie Ray Vaughan, aunque no tan frenética. Born in the city es un slow blues en el que la guitarra ataca punzante desde su inicio y el tema que da nombre al disco es un blues bien básico jerarquizado por el hammond de John Mayall. Su ex jefe se suma también en una composición propia, Mayall’s piano blues, en el que ambos mantienen un diálogo a base de solos. El único cover es la magistral The whale have swallowed me, del legendario J.B. Lenoir.

La vida sigue para Walter Trout. También siguen los blues. Dos cosas a las que este notable guitarrista se aferra con todo lo que tiene.

jueves, 31 de julio de 2014

How can a poor man stand such times and live?

En 1970, Warner Brothers editó el primer disco solista de Ry Cooder, un talentoso músico de apenas 22 años, que venía de tocar junto a Taj Mahal en una mítica banda que se llamó The Rising Sons, y quien también había participado en grabaciones de los Rolling Stones y Captain Beefheart. El álbum, que se llamó como él, lo posicionó como uno de los músicos folclóricos más innovadores de la época. Así como el primer disco de Bob Dylan, ocho años antes, su debut estaba plagado de covers de Woody Guthrie, Leadbelly, Bind Blake, Blind Willie Johnson y Mississippi Joe Callicot. Pero la canción que realmente se destacó por su melodía y sus arreglos fue How can a poor man stand such times and live?

La versión original fue escrita y grabada por Blind Alfred Reed en 1929 y relata las penurias que un hombre debió enfrentar durante la época de la Gran Depresión, tras el crash financiero de Wall Street. El eje de la letra hace foco en la inflación que disparó los precios en los Estados Unidos y en la miseria que eso ocasionó. Reed grabó el tema acompañado por su hijo Arville en guitarra mientras él cantaba y tocaba el violín. How can a poor man stand such times and live? está considerada como una de las primeras canciones de protesta, que tendrían su apogeo treinta años más tarde con el movimiento por los derechos civiles y las protestas contra la guerra de Vietnam.

Reed nació completamente ciego el 15 de junio de 1880 en Floyd, Virginia, en el seno de una familia conservadora. No hay mucha información sobre su infancia y adolescencia, aunque se sabe que empezó a tocar el violín cuando era pequeño y que lo hizo en la Iglesia, en fiestas y hasta en las esquinas a cambio de unos pocos peniques. En 1927 fue descubierto por Ralph Peer, el director de Bristol Sessions, clave en el desarrollo de la música country, y grabó cuatro canciones con impronta religiosa para el sello Victor. En 1929 volvió a los estudios y dejó una decena de temas más. Recién en 1998, el prestigioso sello Document relanzó todo su material en orden cronológico en CD. Reed no volvió a pisar un estudio de grabación pero siguió tocando hasta 1937 en la zona de Mercer County, en West Virginia, hasta que una ley local prohibió a los músicos callejeros y tuvo que pasar a un retiro forzado. El destino fue cruel con este precursor de la canción de protesta: murió de hambre el 17 de enero de 1956.

Pero su legado le ganó al tiempo y repercutió entre muchos músicos de country y folk. Cooder la tocó infinidad de veces en vivo -una hermosa versión es la que figura en Broadcast from the plant de 1974- y Bruce Springsteen, entre otros, también registró la suya en vivo rodeado de una sección de cuerdas y un coro formidable. How can a poor man… es una crónica musical de una época muy dura, en la que el capitalismo mostró su costado más despiadado, ese que se volvería a aparecer a lo largo de los años y que nos sigue azotando hoy. Pese a su ceguera, Reed fue un completo visionario.


La versión original de Alfred Reed:

viernes, 25 de julio de 2014

El nuevo astro del firmamento blusero


Un nuevo astro asoma en el firmamento blusero. Tiene 29 años y su nombre no es tan difícil de pronunciar como parece al leerlo por primera vez. Selwyn Birchwood acaba de lanzar su primer disco para un sello importante en el que muestra que, además de ser un tremendo guitarrista y gran cantante, es un notable compositor. En cada uno de sus temas se percibe una búsqueda por tratar de innovar respetando la tradición, una tarea que implica un gran desafío.

Esta es su historia. Selwyn nació el 9 de marzo de 1985 en Orlando, Florida, muy cerca de Disneyworld. Su madre es inglesa y su padre de Trinidad y Tobago. A los 13 años empezó a tocar la guitarra con cierto interés, hasta que escuchó a Jimi Hendrix. Su destino entonces empezó a moldearse. Indagando en las raíces de Hendrix descubrió a Buddy Guy, Freddie King, Albert King y Albert Collins. Cuando tenía 19 años, un amigo le presentó al guitarrista Sonny Rhodes. Ese encuentro terminó de sellar su camino. Rhodes quedó muy impresionado con el joven y lo sumó a su banda. No sólo se lo llevó de gira por Estados Unidos y Canadá, también le enseñó muchos secretos con la guitarra, lo implsó a perfeccionarse con el lap steel, le mostró los yeites del negocio y de cómo mostrarse arriba de un escenario.

En paralelo, Selwyn siguió con sus estudios y se recibió de licenciado en administración de empresas en la Universidad de Tampa. Con el título en la mano, decidió que ya era el momento de lanzarse de lleno a la música. Así fue como formó su banda y editó dos discos de manera independiente que sólo se vendieron en su zona de influencia. El 2013 fue su año. Ganó dos premios en el prestigioso International Blues Challenge en Memphis: mejor guitarrista y mejor banda. Bruce Iglauer, dueño del sello Alligator y probablemente uno de los tipos que más sabe de blues en el mundo, puso el ojo en él. Poco después llegaron a un acuerdo y Selwyn firmó contrato.

Alligator Records se caracterizó desde sus inicios por ser un sello progresista dentro del blues y su política actual es coherente con su historia. Siempre buscó un equilibrio entre la tradición y la innovación, y sus discos son testimonio del mejor blues desde hace 40 años. Hoy, además, el sello se la juega por una nueva camada de músicos jóvenes que transitan los márgenes del género respetando su espíritu. Ellos son Jarekus Singleton, Anders Osborne, J.J. Grey y Selwyn, quien tiene un estilo más clásico que el de los otros músicos mencionados, pero con un sonido más vertiginoso.

Las joyas del álbum son Walking in the lion’s den, en la que canta como si estuviera poseído por Tom Waits; en The river turned red se luce con unos solos que reflejan la amplia gama de influencias que lo moldearon como guitarrista; Love me again es una balada blusera al mejor estilo Robert Cray; y Tell me why tiene unos riffs muy power y una rítmica picante. Dos temas reflejan, por contraposición, lo abierto y creativo que es como compositor: Overworked and underpaid es un blues con una estructura bien tradicional, mientras que el tema que le sigue, She loves me not, tiene una melodía adhesiva con la onda del soul moderno. Otro momento supremo del álbum es el slow blues Brown paper bag en el que, recostado sobre el discreto sonido de un hammond, se manda unos punteos de antología.

La banda está conformada por Regi Oliver en saxos, Donald "Huff" Wright en bajo y Curtis Nutall en batería, más los aportes ocasionales de Josh Nelms en guitarra rítmica, RJ Harman en armónica y Dash Dixon en teclados, con la colaboración especial de Joe Louis Walker que suma su guitarra con slide. Don't call no ambulance es un disco al que no le falta nada y que muestra todo el potencial de un joven artista, integrante de una nueva generación de bluseros, que llevará al blues a una nueva dimensión.

domingo, 20 de julio de 2014

El Robben que no se tira

Fotos gentileza Edy Rodríguez
Hay un Robben que es veloz, habilidoso y gambeteador. Hay otro Robben que es talentoso, profundo y sobrenatural. El primer Robben juega al fútbol y es el emblema de Holanda. El otro es un guitarrista gringo que tocó con Miles Davis, George Harrison y Jimmy Witherspoon. El primero es pelado y el segundo todavía conserva el pelo largo. Pero la diferencia principal es que el Robben músico no sobreactúa ni se tira, se mantiene erguido sacando las notas más extraordinarias de su guitarra desde el fondo de su alma. Esta comparación futbolera, impulsada por la manija mundial que todavía perdura, sirve para ilustrar al gran Robben Ford, que anoche dio un show descomunal en el Teatro Coliseo.

Ford es un músico fantástico por donde se lo mire: combina la pasión del blues con la destreza del jazz y el vigor del rock. Tal vez no sea un frontman muy carismático, de hecho apenas se dirige al público para presentar a la banda y anunciar algunas de las canciones que va a tocar, pero cuando sus dedos comienzan a agitar las cuerdas de su Telecaster todo lo demás queda en segundo plano.

“Es bueno estar de vuelta. Ha pasado mucho tiempo”, dijo antes de largarse de lleno con la música en su cuarta visita al país (las otras ocurrieron en 1992, 1994 y 2001). Comenzó con una sutil ironía: interpretó el tema Chevrolet, justo él que se apellida Ford. Pero no fue una ocurrencia del momento, sino que ya es un clásico de su repertorio. Aprovechó esa canción para acomodarse, pidió un poco más de monitor, mientras lanzaba unos fraseos fabulosos. La rítmica, conformada por Brian Allen en bajo y West Little en batería, se desenvolvió con gran solvencia desde el primer minuto.

Si bien hace pocos meses editó su disco A day in Nashville, que fue grabado de corrido en un solo día, anoche apenas tocó un solo tema de ese trabajo: Midnight comes too soon. Ford se lució con una gran versión de Start it up, del memorable álbum de la Blue Line de 1992, y con All over again, que compuso para su proyecto paralelo, Renegade Creation. Y la banda entera, tanto de manera mancomunada como en lo individual, deslumbró en Nothing to nobody, el tema de Michael McDonald que Ford versionó en Supernatural, de 1999. Luego del solo expeditivo del guitarrista, Allen se despachó con un derroche de creatividad desde su bajo de cinco cuerdas y dio pie para que Little terminara aporreando su batería de menor a mayor. Justamente de ese disco del 99 salieron otros dos temas que sonaron ayer: Lovin’ cup  la propia Supernatural.

Al público jazzero lo deleitó con un instrumental que recordó a su etapa con los Yellowjackets y a los bluseros les regaló un momento muy emotivo cuando le dedicó al recientemente fallecido Johnny Winter su Cannonball shuffle, inspirada en Freddie King, que compuso para su álbum Keep on running, de 2003. Una mención destacada merece el sonidista, quien logró que la guitarra de Ford se escuchara con absoluta nitidez y su voz con mucha claridad, mientras que generó un contorno óptimo para que la sección rítmica se perciba en todo su esplendor.

Tal vez pudo haber tocado un poco más, es cierto… pero lo que nos dejó en esa hora y cuarto fue alucinante. El Robben bueno, el que no se tira, demostró una vez más que lo suyo va más allá de cualquier clasificación, si es blues o lo que sea. Es música interpretada desde la más honda convicción de un artista inquieto y talentoso que nunca se guarda nada.

jueves, 17 de julio de 2014

Gracias por tanto


Faltaba tan poco para que vinieras. La entrada dice: “Teatro Gran Rex. Jueves 16 de octubre. 21hs”. Iba a ser tu primera vez en la Argentina. Ya se había cancelado una visita en 2004 y todos nos quedamos con un gusto amargo en la boca. Pero esta vez era una realidad. La gira incluía Brasil y Chile. “Puta madre –decíamos-, falta cada vez menos para que venga Johnny Winter”.

Me enamoré de tu música al instante. Fue con aquel disco que grabaste con Sonny Terry y Willie Dixon. Después escuché Serious business y ya no habría vuelta atrás para mí. Me abriste las puertas del blues, del que sería mi mundo. Fuiste mi primer héroe de la guitarra. Yo tenía 20 años y vos llevabas mucho más tiempo tocando. Conseguí tu primer álbum y después el segundo. Me compré los otros que grabaste para Alligator y los que le produjiste a Muddy Waters. Y seguí comprando todos los discos que sacaste desde entonces.

Para mí siempre fuiste el más blanco de los músicos negros. Naciste en Texas pero te criaste en Leland, el corazón de Mississippi, entre los negros que tenían sus dedos con llagas de tanto juntar algodón. Sentiste su angustia y sufriste sus penas, y el día que agarraste una guitarra no la soltaste más, porque las seis cuerdas se convirtieron en extensiones de tu alma. Fuiste una de las atracciones de Woodstock y tocaste con Jimi Hendrix. En los 70 te convertiste en una estrella de rock: llenaste grandes estadios e hiciste tremendos covers de los Rolling Stones. Pero volviste al blues, porque estaba en tu ADN. Por eso para Muddy Waters fuiste como un hijo. Soportaste con hidalguía tu frágil salud, la que tocó, y luchaste durante toda tu vida contra las adicciones. No tuviste una vida fácil pero con tu música hiciste más sencilla las de todos los que te admiramos.

Pude verte en vivo cuatro veces y me siento un privilegiado. Una vez en Londres y las otras tres en Nueva York, y en la última, en 2012, hasta te conocí en tu camarín. Te dije que en Buenos Aires te esperábamos con los brazos abiertos y balbuceaste algo que no entendí muy bien, pero yo me convencí de que me asegurabas que pronto vendrías. Estabas haciendo unos 200 shows al año y sólo te faltaba venir a Sudamérica. Y en febrero, cuando cumpliste 70 años, se confirmó tu recital y me emocioné porque te iba a ver una vez más. Me imaginé al Gran Rex gritando “Olé olé olé… Winter, Winter”. Faltaba tan poco…

Hasta siempre, maestro. Te despido con los ojos llenos de lágrimas, escuchando esos discos que atesoraré toda la vida. ¡Gracias por tanto!

Beaumont, Texas, 23 de febrero de 1944 – Zurich, Suiza, 16 de julio de 2014.


sábado, 12 de julio de 2014

De pura cepa blusera


Lucky en inglés significa “afortunado”. Ese es el apodo con el que se conoce a este tremendo bluesman llamado Judge Kenneth Peterson. Su carrera musical es casi tan extensa como su vida. Fue un niño prodigio, a los cinco años ya era un as con los teclados, pero no de casualidad: su talento fue heredado de su padre, James Peterson, un distinguido guitarrista que se codeó con Muddy Waters, Jimmy Reed, Lowell Fulson y, especialmente, Willie Dixon. De hecho, el padrino del blues produjo su primer disco para el sello Perception/Today, que se llamo The father, the son, the blues, y que contó con la participación del pequeño Lucky cuando -repito- tenía cinco años. Así se convirtió en el protegido de Dixon y en el orgullo de su padre. Si eso no es fortuna...

El tiempo pasó y Lucky fue afianzando su carrera, apuntalada en su enorme destreza musical y en su capacidad para generar un estilo propio que se nutrió de lo más puro de la música negra. Como sesionista tocó junto a Otis Rush, Etta James, Little Milton y Bobby “Blue” Bland, y grabó una veintena de discos solista para importantes discográficas como Alligator, Verve, Universal, JSP e incluso Blue Note. Ahora, a los 49 años, se da el lujo de sacar un nuevo álbum, con el sello Jazz Village.

The son of a bluesman, más allá de ser un exquisito set de grandes interpretaciones, tiene la novedad de que fue producido por él. Acompañado por media docena de músicos, no muy conocidos en nuestro ámbito, Peterson canta y se encarga de las guitarras y los teclados. El álbum comienza con la poderosa Blues in my blood, con un coro sublime y una apabullante combinación de viola y hammond. Sigue con Funky Broadway, bien arriba, un tema que no oculta nada a partir de su nombre tan elocuente. La balada blusera Nana Jarnell eleva sus punteos a la categoría de épicos, y luego homenajea al gran Bobby Bland con I Pity the fool. El boogie woogie más auténtico rejuvenece de la mano de Blues joint party, mientras que en I’m still here y el tema que da nombre al disco baja al submundo del blues más puro. Se la juega con un éxito de otrora como la hermosa I can see clearly now, de Johnny Nash, antes de terminar con una versión góspel de I’m still here.

El hijo de un bluesman, tal es su traducción, es un disco soberbio, en el que Peterson combina distintos estilos lindantes al blues con gran espíritu y mucha pasión, en un claro tributo a su padre, el hombre que le marcó el camino y que definió su destino.