viernes, 29 de noviembre de 2019

La gala de Blues en Movimiento


Bob Stroger cerró el “Mes del Blues” de Blues en Movimiento en Lucille. Ese hombre, al que arriba del escenario le gusta decir que él es el blues, fue la certificación de que los chicos están haciendo las cosas bien. No es fácil organizar este tipo de eventos en la Argentina de hoy, pero ellos lo hicieron y el saldo fue muy positivo. Un emblema del blues local como Javier Martínez comenzó con el ciclo un mes atrás y una leyenda del blues Chicago lo cerró. Más no se puede pedir… bueno sí, que sigan adelante y no aflojen.

La noche del miércoles congregó a decenas de fanáticos del blues que fueron sin una idea clara de lo que iban a ver y escuchar, porque, a diferencia de los miércoles anteriores, la grilla del último show era una incógnita. Lucas Gavin y Mauro Diana, caras visibles de Blues en Movimiento, jugaron al misterio hasta último momento. La noche comenzó con Nacho Ladisa y Mariano Valdés, los Bluesmakers, con su propuesta de blues acústico inspirada en Sonny Terry y Brownie McGhee. Luego siguió la presentación vodevilesca de La Escuela de Armónicas, con Matías Fernández y Alejandro Yaques al frente, y Germán Pedraza, reconocido baterista de la escena local, esta vez acompañando en teclados. Siguió Xime Monzón con su blues de Chicago respaldada por Fede Verteramo y Juancho Hernández en guitarras, Florencia Rodríguez en bajo y Rodrigo Benbassat en batería. La banda hizo lo suyo, mucho Jimmy Reed y Walter Horton, y Aires de blues, el proyecto de Francisco Nemiña y Valeria Tiffenberg, acompañó bailando arriba y abajo del escenario. De a poco, los bailarines fueron contagiando su onda danzante al público que se extendió hasta el show siguiente, el del maestro Bob Stroger.

El viejo y querido Bob apareció en escena mientras Roberto Porzio, Mauro Diana, Anahí Fabiani y Gabriel Cabiaglia interpretaban los primeros acordes de Don’t you lie to me. El rumor de que Bob iba a salir a cantar ya se había instalado en gran parte del público, pero cuando apareció se pudo ver algunas expresiones de sorpresa en muchos de los asistentes. Con su voz repleta de blues interpretó Standed, de Little Junior Parker, y luego Bad boy, el clásico de Eddie Taylor. Siguió con Blind man, esta vez tocando el bajo, y luego se sumergió en una versión low down de Key to the highway, con la que aprovechó para bajar a cantar entre el público, besar a algunas mujeres y, para que no haya celos a la vista, presentar a su esposa. El público pidió una más y Bob y la banda respondieron con Sweet Home Chicago.

Después hubo unos sorteos -vinilo de Keith Richards, un whisky, slides, clases en la Escuela de Blues, una cena- que los organizadores trataron de transparentar, aunque la presencia de un escribano como el recordado Prato Murphy no hubiese estado de más. Y la noche siguió con una jam de la que participaron músicos de Los Gardelitos, Gastón Videla (de Viticus), Julián Kanevski, Camilo Petralia, Juani Saullo, Miguel Ángel Romeo y Yair Lerner, entre otros.

Fue una gran velada blusera, la gala de Blues en Movimiento, en la que además de muy buena música y una leyenda del blues en vivo se pudo compartir la hermandad detrás de un proyecto independiente que no para de crecer.

lunes, 11 de noviembre de 2019

Fuimos reyes


¿Somos los argentinos el mejor público de rock del mundo? La creencia popular así lo indica y algunas figuras internacionales, no exentas de demagogia, lo afirmaron en varias ocasiones. Ramones, Megadeath y Motörhead son algunos ejemplos y AC/DC selló su amor incondicional por nosotros cuando en 2011 editó el DVD Live at River Plate. Y ahora nos honran los Rolling Stones, nada más y nada menos que ellos, la banda más grande de la historia del rock. Eligieron su show del 5 de abril de 1998 en el Monumental para lanzar un nuevo álbum: Bridges to Buenos Aires.

La relación de los Stones con los argentinos se remonta a casi sus inicios. En 1965, cuando la banda británica llevaba apenas un par de años en escena, Los Gatos Salvajes, con Litto Nebbia al frente, grabó una versión de Little red rooster. Si bien el tema es un blues compuesto por Willie Dixon, los rosarinos se inspiraron en la versión que ese mismo año habían grabado Jagger, Richards y compañía. Desde entonces, ese vínculo fue creciendo y consolidándose.

A mediados de los ochenta, surgieron los “rolingas”: pibes con flequillo y jardinero que comenzaron a multiplicarse como gremlins en los barrios porteños y del conurbano. Y aparecieron los grupos que le dieron voz: Ratones Paranoicos, Los Piojos, Blues Motel, Viejas Locas, todas bandas que reproducían el sonido stone pero con letras propias.

Mick Taylor fue el primer stone en venir al país, aunque ya no estaba en el grupo desde hacía varios años. Lo hizo como telonero de Eric Clapton en 1990. Dos años después, el 7 de noviembre de 1992, llegó Keith Richards y con su visita firmó un pacto de amor para siempre. Tres años más tuvieron que pasar hasta que la banda completa vino a Buenos Aires para presentar en River el disco Voodoo Lounge y repasar sus viejos clásicos. Fue la primera de cuatro giras: volvieron en 1998, 2006 y 2016, esta última mudaron sus imponentes shows de Núñez al Estadio Único de La Plata.

En todo ese tiempo la relación con el público fue adquiriendo un carácter sagrado. A un fanático no le alcanzaba con ir a verlos a un solo show, sino que se compraron entradas para todos los conciertos que dieron. Algunos viajaron a Montevideo, San Pablo, Río o Santiago de Chile para verlos también allí. Y después aparecieron personajes como Diego Perri, que siguió a la banda por todo el mundo e incluso escribió un libro, República Stone, en el que relata sus travesías y la relación de los Stones con el público, la prensa y los políticos en la Argentina. Pero no es el único libro de edición local vinculado a ellos: José Bellas y Fernando García escribieron 100 Veces Stones-Historias Argentinas de sus Majestades Satánicas; Javier Sinay publicó Cuba Stone, una crónica de la presentación de la banda en la isla caribeña; y Juan Cruz Revello lanzó por Gourmet Musical Ediciones La Lengua Universal-Fans de los Rolling Stones Alrededor del Mundo. Hubo -y hay- bares temáticos como 40x5 Tributo Bar, y decenas de clubs de fans. También están los coleccionistas, esos locos que capaces de vender hasta un riñón por una grabación pirata de un concierto o que buscan todas ediciones que puedan conseguir de un mismo álbum -la estadounidense, la europea, la japonesa, la argentina- por más que tenga los mismos temas.

Hace unos meses, los Stones iniciaron una nueva gira mundial luego de que Mick Jagger, el sempiterno Mick Jagger, se sometiera a una cirugía cardíaca que obligó al grupo a postergarla algunas semanas. En uno de esos conciertos, en el estadio MetLife de Nueva Jersey, unos fanáticos se hicieron presentes con una bandera que decía “Argentina… The most ‘Stone’ country in the world” (“Argentina… El país más 'Stone' del mundo”) que captó la atención de Keith Richards. El guitarrista tuiteó la imagen y escribió: “Saw you guys! (Los vi chicos)”. En 2016, en Las Vegas, sucedió algo similar con otro grupo de fans argentinos. Le arrojaron una bandera a Jagger y el cantante la tomó y la puso arriba del bombo de Charlie Watts. Ese mismo año, pero después del último show en el Estadio Único, el cantante tuiteó directamente en español: “¡Gracias Argentina por estas increíbles tres noches en La Plata! ¡Definitivamente acá hacen el mejor pogo del mundo!”.

Ahora, con el dólar por las nubes, que aleja la posibilidad de que vengan en el corto plazo debido a los altísimos costos, la banda desempolva de los archivos aquel concierto magnífico que dieron en River y que nos remonta a 1998, durante el ocaso del menemismo. Lo interesante de este show -que salió a la venta en formato de cd doble con DVD o Blu Ray y LP un tanto costosos- es que nunca había circulado ni siquiera como pirata, como sí había ocurrido con otros recitales suyos en nuestro país. Sólo habían registrado oficialmente la canción Saint of Me grabada en River en el álbum No Security.

La presentación del lanzamiento de Bridges to Buenos Aires se hizo en el microcine del estadio de River y asistieron unos cuantos fans luciendo sus característicos flequillos, sus remeras con la clásica lengua stone y otras imágenes icónicas de la banda.

El comienzo del recital lo encuentra a Jagger activo como siempre, contorneándose, saltando y corriendo de punta a punta del gran escenario, mientras canta (I Can’t Get No) Satisfaction y luego Let’s spend the night together. Richards y Ron Wood arremeten con esos riffs demoledores sin dejar de fumar, muy relajados, como si estuvieran solos en un bar y no ante 70 mil personas. La cámara toma al público. La marea humana es imponente. Se mece al ritmo de la música como en trance. En algún plano más corto se ve a esos jóvenes hace 21 años, hacinados contra la baranda, a metros de sus ídolos. Los ojos desorbitados de felicidad, todos transpirados y rezando las letras como si fueran el Padre Nuestro.

“Qué bueno es estar aquí de vuelta”, dice Jagger en un español dificultoso, pero entendible. En Gimme Shelter sobresale la voz y la figura imponente de Lisa Fisher y la ovación del estadio se funde con los aplausos de los fans que están en el microcine del estadio. Saint of me y Out of control van de la mano y el estadio enloquece. Pensar que en ese momento eran temas nuevos que habían salido en el disco Bridges to Babylon y ahora ya son parte del interminable listado de clásicos de la banda. Cuando termina Miss you aparece en escena Bob Dylan y la foto de ese instante es historia pura. El grupo de rock más grande del mundo y al cantautor más importante del siglo XX. En Buenos Aires. Juntos a la par. Hoy, 21 años después, se los puede volver a ver y escuchar. No importa el arranque en falso de Dylan en Like a Rolling Stone. Eso es apenas un detalle. Lo trascendental fue aquella ofrenda de la banda para su público. Para nosotros. Porque podrían haber elegido cualquier otro show de los muchos que dieron en años alrededor del planeta. Pero no. Eligieron éste, un momento único entre los pastores y su rebaño que hoy se ve en todo el mundo y es una certificación de que somos el país más stone de todos.


Nota publicada en La Agenda Revista

martes, 5 de noviembre de 2019

Los mejores temas de los Stones cantados por Richadrs


Una de las características esenciales de las canciones de los Rolling Stones es la poderosa y distintiva voz de Mick Jagger, pero en la vasta discografía de la banda aparecen algunas joyas que no fueron cantadas por él. En esos temas, que no superan la veintena en más de 50 años de rock & roll, sobresale la voz rasposa y cautivante de Keith Richards. Acá los diez mejores:

10 - Connection (Between the buttons, 1967). En la versión original, editada en Between the buttons, Richards hace las armonías vocales, pero con el tiempo el tema se volvió uno de sus emblemas en vivo. De hecho, la cantó decenas de veces durante el Voodoo lounge Tour y el Bigger Bang Tour, así como en su gira solista de 1988. La letra refleja lo que los Stones vivían por aquél entonces: muchos viajes, aeropuertos y requisas de sus maletas en busca de drogas en cada una sus “conexiones”.


9 - Salt of the earth (Beggars banquet, 1968). Keith canta el primer verso de este magnífico tema cuya letra está dedicada a la clase trabajadora. “La sal de la tierra” refiere a un fragmento de la Biblia: «Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres» (Mateo 5:13). Sobresale el slide de Richards, el piano de Nicky Hopkins y la majestuosa irrupción vocal del Watts Street Gospel Choir.


8 - The Worst (Voodoo lounge, 1994). Es una balada acústica de aire campestre en la que Ronnie Wood toca el pedal steel guitar y Frankie Gavin aporta el sonido de su violín. En la letra, Richards le advierte a un amigo o amante que se mantenga lejos de él porque es “el peor tipo de hombre para tener cerca”: “No deberías pegarte a mí / Confías demasiado en mí, ya verás / Quédate con todo el dolor / Es tuyo de todas maneras”.


7 - Can’t be seen (Steel wheels, 1989). Fuerza demoledora y melodía pegadiza. Sobre un riff infernal de guitarra y unas líneas de bajo de Bill Wyman memorables dice: “Ni siquiera puedo dormir contigo / Siempre estoy despierto / No puedo ser visto con vos / Es por tu propio bien / Vos sos mejor que todos modos”. También quedó registrada en el álbum en vivo Flashpoint (1991).


6 - Thief in the night (Bridges to Babylon, 1997). La canción, que recurre a una expresión bíblica sobre lo impredecible, fue escrita por Jagger, Richards y su técnico de guitarra Pierre de Beauport. Según explicó el propio Keith, el tema refiere a muchas de las mujeres que pasaron por su vida. Las primeras tomas las grabó Jagger, pero nunca encontró el tono exacto y el productor Don Was se inclinó por la vocalización del guitarrista, que en el mismo disco es la voz principal en You don’t have to mean it y How can I stop.


5 - This place is empty (Bigger bang, 2005). Otra hermosa balada agridulce con el sello de Keith. Comienza con unos acordes de piano y enseguida se suma la guitarra -ambos tocados por él mismo- mientras su voz entona las primeras estrofas. Luego llega la base rítmica con un coro sutil que acompaña la profunda entonación, al tiempo que Mick Jagger toca la guitarra con slide.


4 - Before they make me run (Some girls, 1978). La letra está relacionada con su arresto en Toronto en 1977 por posesión de heroína y el tratamiento de desintoxicación que comenzó después para poder afrontar el juicio. Él cantó, tocó la viola y el bajo, mientras que Ron Wood se encargó del pedal Steel guitar, Charlie Watts de la batería y Jagger acompañó en coros.


3 - Happy (Exile on Main St., 1972). Según contó Richards, compuso este tema en la mansión que tenía la banda en la villa Nellcôte, en el sur de Francia, en 1971, y cuatro horas después la grabaron. La formación es curiosa: Keith en bajo y guitarra, Mick Taylor en guitarra, Bobby Keys con maracas, Nicky Hopkins en piano, Jimmy Miller en batería y Mick Jagger en coros. La tocó una infinidad de veces en distintas giras de los Stones y también como solista.


2 - Little T & A (Tattoo you, 1981). Esta debe ser una de las canciones más stone que la banda haya editado jamás. Rock & roll en estado puro, guitarras al frente y la voz de Richards cantándole a “todos los buenos momentos que viví con personas a las que vi una o dos veces en mi vida”. Con los nacimientos de sus hijas Theodora (1985) y Alexandra (1986), la canción cobraría un nuevo significado: las pequeñas T & A. Aunque Richards aclaró que cuando escribió la canción sus hijas no eran ni siquiera un proyecto.


1 - You got the silver (Let it bleed, 1969). Es la primera canción de los Stones cantada enteramente por Keith Richards. La letra está inspirada en Anita Pallenberg, quien por aquel entonces era su pareja. Además, es una de las dos últimas canciones en las que tocó Brian Jones. Durante las sesiones de grabación, Jagger cantó una versión que finalmente fue descartada, pero se volvió un clásico de los bootlegs. La canción tiene un ritmo distinto a todas las del álbum y sobresale por la guitarra de slide de Richards y el piano de Nicky Hopkins. Sin dudas, el tema más emocional y conmovedor de Keith.



La nota fue publicada en el sitio Rockomotora

domingo, 20 de octubre de 2019

That's life


He sido marioneta, indigente / Pirata, poeta / Peón y rey / Estuve bien y estuve mal / Adentro y afuera / Pero hay algo que sé / Cada vez que descubro / Que he caído de bruces / Me levanto / Y vuelvo a la carrera.

El Guasón está a punto de ingresar a un estudio de tevé para participar del Murray Show. El telón se abre, la cámara lo toma de espaldas y a contraluz mientras él se contornea emulando al viejo Ray Bolger. Es una de las tantas escenas memorables de la película Joker, que seguramente quedarán entre lo mejor del cine contemporáneo gracias a tres pilares: la interpretación excepcional de Joaquin Phoenix, el ojo del director Todd Phillips y el poder determinante de una canción: That´s life, de Frank Sinatra.

El tema, que fue un verdadero éxito en los sesenta, tiene su historia que va mucho más allá de esta película.

Los años dorados de Sinatra habían quedado atrás, pero a mitad de esa década lanzó el disco Strangers int the nigth, que lo devolvió al número uno y le valió un premio Grammy. Ese 1966 significó un resurgimiento de su figura artística y el álbum siguiente, ese mismo año, fue un desafío enorme. That’s life, así llamó también el LP, tuvo una producción más orientada al pop para que Sinatra pudiera mantenerse en un plano más comercial. La canción surgió un día que Sinatra iba manejando y en la radio escuchó la versión de O.C. Smith. Quedó tan fascinado que paró el auto, buscó un teléfono y llamó a su hija Nancy para que contactara al autor.

O.C. Smith era un vocalista de jazz de Louisiana que había cantado en la orquesta de Count Basie y que luego se volcó al soul y el R&B. En 1965 grabó su versión del tema, con un tempo más lento, un coro femenino muy sutil y la presencia del piano, que Sinatra cambió por el hammond que le dio un groove más contundente. Pero Smith, que sólo tuvo dos éxitos importantes en su carrera, y That’s life no fue uno de ellos, no había escrito la canción.

Los créditos están a nombre de Dean Kay y Kelly Gordon y la primera versión, que pasó sin pena ni gloria, la grabó Marion Montgomery en 1964 para Capitol Records, con una impronta más aproximada al sonido de Nueva Orleans. Sinatra la convirtió en un éxito y al año siguiente, en 1967, Aretha Franklin la consolidó aún más con su versión para el disco Arteha Arrives. Desde entonces se volvió uno de los clásicos del cancionero estadounidense. The Temptations, James Brown, Shirley Bassey, David Lee Roth, Bono y Van Morrison fueron algunos de los artistas que la grabaron a lo largo de los años.

En el cine integró también la banda de sonido del filme A Bronx Tale, que casualmente protagonizó Robert De Niro, quien tiene un rol secundario en Joker. Y ahora, de la mano del personaje perturbado y oscuro que encarna Joaquin Phoenix, vuelve a sonar con la misma fuerza de antes, como si el tiempo no hubiera pasado. Pero pasó y, más allá de las excelentes versiones que se grabaron después, Todd Phillips recurrió a la descomunal versión Sinatra, "La Voz", porque es la que le dio el alma a la canción.





miércoles, 2 de octubre de 2019

Aggiornado


El video de Contemporary, el corte de difusión del álbum homónimo, el quinto de Rick Estrin al frente de los Nightcats, alteró a los puristas del blues. Bien sabemos que tienen el umbral de tolerancia muy bajo y que viven en permanente estado de guerra con todos los que ellos consideran que usan el nombre del blues en vano. Pero hay músicos que despiertan incluso el instinto asesino de estos personajes anclados en un dogmatismo absurdo. Rick Estrin es uno de ellos, pese a que desde hace más de tres décadas es uno de los artistas más influyentes del género y un referente absoluto de la armónica.

Dicen que con el blues no voy a ningún lado, que tengo que cambiar mi estilo…”. Así comienza la letra de Contemporary, un tema humorístico en el que los Nightcats muestran toda su destreza para combinar varios géneros en una misma canción. Estrin, Kid Andersen y compañía se lucen con un shuffle que incorpora elementos del hip hop, el funky y el rock que sacuden los rígidos límites del purismo. El tema es una genialidad y el video también.

El álbum, producido por Estrin y el ascendente Andersen, fue grabado en los estudios Greaseland, en San José, California, donde desde hace unos años se vienen haciendo algunos de los mejores discos de blues y afines, y editado por Alligator Records. De las doce canciones, nueve fueron escritas por el armoniquista y cantante, una por Andersen, otra por el tecladista Lorenzo Farrell y la restante es un cover de Nothin’ but love, una oscura canción que Bobo Jenkins registró en 1959.

Desde el punto de vista estilístico, el disco no desentona con ninguno de los anteriores, al margen de que el sonido aquí sea un poco más jugado. Las letras combinan humor con finas ironías. La armónica Estrin hace lo que quiere: suena sutil en New Year’s Eve, absorbente en The main event o más tradicional en Bo Dee’s Bounce. La guitarra de Andersen es el otro estandarte del disco. Sus riffs y solos brillan en todas las canciones, pero sobresalen mucho más en los instrumentales House of Grease y Cupckain’. En el primero se cruza con el piano de Farrell y el hammond de Jim Pugh, invitado para la ocasión, y en el segundo readaptan el sonido de Booker T & The MG’S a la nueva era.
La flamante incorporación, el baterista Derrick “D’Mar” Martin, se acopló a la perfección a la banda y su buen pulso queda de manifiesto a cada instante.

Contemporary es un álbum superlativo, con arreglos exquisitos, que muestra que el paso del tiempo no hace otra cosa que mejorar al grupo. Cuando el alejamiento de Charlie Baty pareció anticipar el fin de la banda, Estrin logró reconvertirse de la mano de Kid Andersen y con cada uno de los discos que sacaron fueron reafirmando ese compromiso de hacer buenas canciones y dar shows memorables. Rick Estrin & The Nighcats, como otros, mantienen la llama del blues encendida con un sonido más actual, pese a los gritos de los puristas desde las cavernas.


martes, 24 de septiembre de 2019

Todo por el blues


No tuve techo y me endeudé / vendí mis besos para comer / dejé mi casa, mi gente, mi lugar / por eso ahora qué me vas a explicar / aunque ahora tengo que trabajar / estoy casado y no fumo más / hay algo que no entiendes tú / todo lo hago por los blues.

Flavio Rigatozzo y Martín Merino se fueron a Barcelona hace 20 años con un par de bolsos con poca ropa y sus instrumentos. Empezaron tocando en la calle para juntar unas monedas para comer y pagarse la pensión. Hoy, son dos referentes de la escena del blues en esa ciudad. Consolidarse en el extranjero fue un largo y duro camino que lograron gracias a una combinación de sacrificio y talento. Hace unos meses, Martín Merino vino a Buenos Aires para visitar a su familia y dar algunos shows, ahora fue el turno de Tota de reencontrarse con su gente.

Tota se presentó en el Conventillo Cultural Abasto el domingo a la noche acompañado por los Easy Babies. Fue un show breve, en un impasse de la jam de Blues en Movimiento, pero contundente y muy emotivo. Tota interpretó algunos clásicos del blues y temas propios compuestos en español.

Insatisfacción Total, el disco que Tota Blues, editó en 2007 es una especie de pre álbum de Easy Babies. Más allá de que Mauro Diana y Roberto Porzio participaron en el álbum, las canciones en español sentaron la base de lo que después hicieron en El Blues Paga Mal y Tipos Raros. Eso confluyó sobre el escenario del Conventillo. Tras la presentación a cargo de Nacho Ladisa, Tota y los Easy Babies salieron con toda la fuerza del blues. Con Homero Tolosa en batería y Federico Verteramo en guitarra, más la colaboración de Anahí Fabiani en teclados, el grupo comenzó con el tema de Snooky Pryor, Keyhole in your door. Tota cantó con ganas y sopló su armónica con vigor desde el minuto cero. Siguió con Worried life blues, donde dejó que las guitarras de Porzio y Verteramo se entremezclaran con el sonido de su armónica. Tota no es un armoniquista estático y tímido. Por el contrario, es un frontman integral que acompaña sus solos con mucho movimiento. Se nota que extrae sonidos desde sus entrañas y cuando canta se compenetra a tal punto que se le hinchan las venas del cuello. Entre tema y tema, dialoga con el público: cuenta alguna anécdota de la canción que está por interpretar o traduce parte de la letra.

La versión de When I get drunk, de Carey Bell, fue demoledora y luego volvió al mundo de Snooky Pryor con Shake my hand, antes de cambiar el chip para cantar en castellano. Tota explicó que en Barcelona el blues en español no mueve al público y por eso, desde hace varios años, compone en inglés. Pero como se trataba de una noche de festejo, el Tota’s Day, como dijo Nacho Ladisa, volvió sobre algunos temas de su época de Insatisfacción Total. Primero arremetió con Vos dijiste que me amabas y luego con Todo lo hice por los blues. Para la última parte, Tota invitó al escenario a Ignacio “Mostaza” Merel, primer guitarrista y cofundador de Tota Blues junto a Martín Merino en aquellos años del Blues Special. El cierre fue con Hard to make a living y Messin’ with the kid, temas con los que demostró algunos trucos con la armónica muy efectivos.

Después de verlo en vivo uno se da cuenta que no hay imposturas en Tota. Todo fluye con naturalidad y pasión. El peso del exilio, donde empezó de cero, lo marcó a fuego y eso se traduce en sus actuaciones. Y sí alguno se pregunta por qué, la respuesta es: todo lo hace por los blues.

jueves, 19 de septiembre de 2019

Esplendores de la belle époque

Louis Armstrong en Canal 7
El 20 de noviembre de 2005, las hijas y la esposa de Claudio Parisi le regalaron para su cumpleaños número 45 un grabador de periodista marca Sony. A los pocos días, Parisi comenzó a usarlo para entrevistar a músicos de jazz para una columna que hacía en un programa de radio en FM La Tribu. Y, de paso, empezó a preguntarles por los grandes conciertos a los que habían asistido décadas atrás. “Siempre disfruté del anecdotario alrededor de las visitas de los músicos extranjeros: la fantasía del encuentro, las jams sessions, los conciertos, las grabaciones, etc. Ahí, justamente surgió la idea: además de grabarlos para el programa podía aprovechar y preguntarles sobre sus experiencias con los grandes del jazz en estas tierras. Estaba a las puertas de un largo camino”, relata Parisi. Sus entrevistados le revelaron anécdotas muy jugosas y desconocidas de leyendas como Duke Ellington, Nat King Cole, Dizzy Gillespie, Charles Mingus y Louis Armstrong, entre tantos otros, durante sus días en Buenos Aires. Parisi fue acumulando esos testimonios en infinidad de casetes grabados. La idea de volcar todo eso en un libro decantó por sí sola. Catorce años más tarde, esa aventura se materializó en Grandes del Jazz Internacional en la Argentina (1956-1979).

Claudio Parisi
El libro, editado por Gourmet Musical, es una obra fundamental para los amantes del jazz porque no sólo recopila decenas de shows, sino porque además revela intimidades de algunos de los más grandes músicos de la historia del género y, a su vez, describe con precisión la escena del jazz argentino en ese período que abarca más de dos décadas. Pero también puede ser leído por los que son ajenos a esa música, pero disfrutan de las buenas historias. Es una ventana a una Buenos Aires desconocida por la Julieta Venegasmayoría, de largas madrugadas regadas de alcohol y zapadas en boliches como Rendez Vous, Jamaica y Jazz&Pop, de ensayos en el edificio de Radio El Mundo (hoy Radio Nacional), y de exclusivas veladas jazzísticas en la Embajada de los Estados Unidos o en casas particulares del barrio de Recoleta. En palabras del autor: “No es un catálogo de recitales, es un gran anecdotario”.

Grandes del Jazz Internacional es una obra coral: sus casi 350 páginas se nutren de los relatos en primera persona de más de un centenar de entrevistados entre los que sobresalen Leandro “Gato” Barbieri, Gustavo Bergalli, Bernardo Baraj, Javier Martínez, Carlos Inzillo, Lalo Schifrin, Herménegildo Sábat y Walter Malosetti, algunos de ellos ya fallecidos. “Todo el material salió de las entrevistas -dice Parisi-. En muchos casos algunos de los músicos tenían tantas historias que tuve que hacer más de una entrevista. Otros, en cambio, eran menos memoriosos y aportaron lo que pudieron”.

“Traté de transcribir textualmente como me iban contando las historias. Incluso se debe notar que hay distintos personajes que hablan de distinta manera que otros. Y respeté textualmente lo que me contaron”, explica Parisi. Hubo dos personajes que fueron clave para que la obra cobrara vida. Uno fue el periodista y difusor del jazz Nano Herrera, conocido en el ambiente como el “merodeador del jazz”, y el otro fue el contrabajista y dueño de Jazz&Pop, Jorge “Negro” González. “Sin ellos –agrega el autor- este libro no habría sido posible. Los dos tenían una memoria prodigiosa”. Ambos murieron antes de que Parisi terminara el libro y por eso la dedicatoria principal es para ellos.

Osvaldo Fresedo y Dizzy Gillespie
Cada capítulo retrata la visita de un músico con su banda y están presentados en orden cronológico. Comienza con la primera de las cuatro veces que el legendario trompetista Dizzy Gillespie estuvo en la Argentina. Ocurrió entre julio y agosto de 1956 y dio una serie de conciertos en el desaparecido Teatro Casino. En aquella oportunidad vino con una big band que contaba con músicos de la talla de Quincy Jones, Phil Woods y Billy Mitchell. Durante esos días pasaron cosas sorprendentes como en el primero de esos shows, que empezó pasadas las 12 de la noche porque el vuelo en el que llegaba la orquesta se retrasó y el público estuvo horas esperando en el teatro durante varias horas. A partir de ese día, por el lapso de una semana, Gillespie vivió distintas experiencias en Buenos Aires: desde la mítica sesión de grabación junto al maestro Osvaldo Fresedo, a la que el trompetista fue vestido de gaucho y a caballo por la calle Florida, hasta su devoción por las empanadas y su intensa relación con la actriz y vedette Egle Martin.

Al año siguiente, desembarcó en el país el gran Louis Armstrong que, según el autor, “era un ícono que trascendía al jazz tradicional y su visita entonces solo es comparable con la de los Rolling Stones”. Parisi logró reconstruir con más de una docena de entrevistados como fueron las semanas que Armstrong estuvo por estas tierras. La llegada de Satchmo provocó un verdadero delirio en el aeropuerto de Ezeiza que hoy sería impensado: cientos de fanáticos coparon la pista de aterrizaje y rodearon al avión, a tal punto que los bomberos tuvieron que ayudar al trompetista y sus músicos a desembarcar.

Armstrong y su esposa se alojaron en el Hotel Plaza, en Retiro, y durante días una multitud se congregó en Plaza San Martín para verlo o saludarlo. Pero él también se las rebuscó para salir y poder disfrutar de la ciudad. Así fue como, por un buen plato de comida judía, que era su debilidad, terminó en la casa del baterista Leo Vigoda, en Recoleta, comiendo varénikes y luego zapando con él y su familia en el living. La música atrajo a vecinos y curiosos que se concentraron frente a la casa tipo chorizo de la calle Tucumán al 2100 para escucharlo. El bochinche fue tal que los Vigoda y Armstrong terminaron todos demorados en la comisaría.

No todas las anécdotas fueron amigables. El trompetista Gustavo Bergalli contó la decepción que sintió cuando quiso conocer a uno de sus ídolos. “De repente paso por un barcito chiquito, que estaba unos locales más del allá del Teatro El Nacional, miro y lo veo sentado en uno de esos bancos altos de las barras a Coleman Hawkins. Estaba solo. ¡No lo podía creer! (…) Entonces me digo: ‘Tengo que ir a hablar con él’ (…) le digo con la voz temblando y en mi pobre inglés de aquel momento ‘¿Mister Coleman Hawkins?’. El tipo se da vuelta, me mira y me dice, en inglés y a los gritos, ‘¡¡¡Fuera!!! ¡¡¡Fuera de acá!!!’. Mierda. Eso fue como un trompazo, una trompada impresionante en el medio del pecho, del corazón. Un dolor terrible”.

La actitud sombría y malhumorada de Nat King Cole, que poco antes de llegar a Buenos Aires se enteró que tenía una enfermedad terminal; la galantería y los buenos modales con los que Duke Ellington sedujo a los argentinos en sus dos visitas; la emoción de Oscar Alemán cuando conoció al “Duque”; el regalo que Lionel Hampton le envió a Jorge López Ruíz a través de Paloma Efrón y que ella nunca lo entregó; las borracheras de Paul Gonsalves; el tema que Johnny Hodges le dedicó a la cerveza cordobesa Río Segundo; o el desplante que le hizo John Lewis a Sergio Mihanovich en Nueva York son otras de las tantas historias que Claudio Parisi rescató de los confines de la memoria de los testigos privilegiados de aquella época en la que el jazz enloquecía a los porteños y los músicos extranjeros se enamoraban de Buenos Aires.

Nota publicada en La Agenda de Buenos Aires

sábado, 14 de septiembre de 2019

El sueco que conquistó Chicago


En 1963, Per "Slim" Notini formó la primera banda de blues de Suecia, la Slim's Blues Gang, y al año siguiente, según consignó Samuel Chartes, el grupo editó el primer disco de blues de ese país. Casi en paralelo, los dueños de Sonet Records, un sello local que llevaba menos de una década grabando artistas de jazz colaboró con la llegada a Estocolmo de legendarios bluesmen de Chicago, como parte de los American Folk Blues Festivals que organizaban dos promotores alemanes. Fue así como Muddy Waters, Willie Dixon y Sonny Boy Williamson, entre otros, dejaron su huella en el país nórdico. En los meses siguientes, gracias a la difusión de los artistas negros en Europa, el blues tuvo un inesperado boom que Sonet supo capitalizar en un acuerdo comercial con Chess Records. Fue entonces cuando apareció en escena Per-Åke Tommy Persson, o simplemente "Peps".

En 1967, se cruzaron los caminos de Peps Persson, Slim Notini y Sonet Records. El sello decidió grabar su primer disco de blues local y para eso firmaron con Persson quien tenía una sólida base de blues de Chicago. Peps llamó a su amigo Slim para que colaborara con su banda. El resultado fue el álbum Blues Connection. El contexto histórico es importante: por aquél entonces en Suecia, al igual que en gran parte de Europa, primaba el sonido de las bandas y solistas ingleses, y los músicos locales no querían imitarlos. Las visitas de los pioneros del blues los habían marcado a fuego y eso era lo que buscaban emular pero con un toque autóctono. La relación comercial entre Sonet y Peps, que por esa época se presentaba con el nombre artístico de Linkin' Louisiana Peps, se había consolidado y, en 1969, al frente de una nueva banda, Blues Quality, lanzó el disco Sweet Mary Jane, con la polémica portada de los músicos entremezclados con vigorosas plantas de marihuana. El sonido blusero del grupo en ese álbum no tenía absolutamente nada que envidiarle al de los Bluesbreakers de John Mayall.

A comienzos de la década del setenta, Sonet contrató a Samuel Charters para que produjera algunos discos de blues. La llegada del prestigioso investigador y musicólogo a Suecia se convirtió en un hito del blues. Primero porque sería el inicio de una relación que derivó algunos años más tarde en la serie de discos conocida como The Legacy of the Blues, que incluyó entrevistas y grabaciones con una docena de músicos como Big Joe Williams, Lightinin' Hopkins, J.D. Short, Mighty Joe Young, Memphis Slim y Champion Jack Dupree, entre otros. Pero antes de que eso sucediera, en 1972, Charters creó un nexo directo entre Estocolmo y Chicago para el que contó con la figura y el talento de Peps.

Charters recordó que el día que Peps llegó a Chicago "el clima estaba helado y soplaba un viento crudo desde el lago Michigan", y el sueco bajó del avión vistiendo apenas un pullover liviano, un saco y pantalones tweed. Llevaba el estuche de su guitarra y una valija en la que había algo de ropa, cuerdas y armónicas. Cuando Charters le preguntó qué era lo primero que quería hacer en la ciudad, Peps le respondió que deseaba ir a Sylvio's, uno de los bares más tradicionales de blues de la década del cincuenta. Peps no tendría suerte porque ese antro había cerrado hacía un tiempo así que ambos fueron a parar a Theresa's. En los próximos días le esperaría una agenda cargada. Charters le había organizado cuatro sesiones de grabación. La primera con Sunnyland Slim y su banda. Luego con Mighty Joe Young, después con los Aces y, por último, con Jimmy Dawkins.

La primera de esas sesiones encontró al sueco, de cabellera larga y aspecto hippie, cara a cara con uno de los popes de Chicago. El viejo Sunnyland Slim tocaba un blues `bien clásico y llevó a Carey Bell en armónica, Joe Hooper en bajo y W.W. Wiliams en batería. Con ellos, Peps cantó y tocó la guitarra. Cinco canciones quedaron registradas en el álbum doble The week Peps came to Chicago, entre ellas, cuatro composiciones del sueco, así como también una toma alternativa de There's tears in your eyes. Según recordó Charters, los músicos quedaron muy impresionados con Peps.

La movida siguió en los estudios Sound, ubicados sobre la avenida Michigan, al comando de Stu Black. con Mighty Joe Young, el bajista James Green y el baterista Alvino Bennett. Esta vez, el sueco cantó y tocó la armónica. En el disco quedaron registradas otras cinco canciones -cuatro escritas por él y una por Young- y dos versiones alternativas. En cada una de esas interpretaciones se percibe un sonido más moderno pero con el mismo espíritu blusero de la anterior. El siguiente encuentro fue con los Aces -los hermanos Dave y Louis Myers, y Fred Below Jr.- y Peps se dio el lujo con su armónica de liderar, por unas horas, la banda que había estado detrás de Little Walter y Junior Wells. Con ellos también tocó sus propios temas y una versión de Gipsy woman, de Muddy Waters. Para el final de ese raid blusero le quedaba el encuentro con Jimmy Dawkins, figura ascendente de la escena de Chicago. La sección rítmica estuvo a cargo de Mac Thompson en bajo y Bobby Davis en batería, con la colaboración del veterano pianista Johnny "Big Moose" Walker. El repertorio, esta vez, incluyó más covers: Juke, Key to the highway y Going back to the country.

Para Samuel Chartes, la semana que Peps estuvo en Chicago "fue uno de esos momentos que abrió una nueva dimensión en la música sueca". Pero no fue sólo eso, a casi medio siglo de aquellas históricas jornadas, solo comparables con las grabaciones de Fleetwood Mac o los Stones en Chess Records, podemos decir que también fue un momento bisagra que contribuyó aún más a la universalización del blues. El sueco no se amilanó, les enseñó sus propias canciones, tocó con ellos y hasta cantó. Y los músicos locales lo aceptaron por su talento, su respeto y su profundo conocimiento de lo que estaba interpretando.




miércoles, 4 de septiembre de 2019

São Orleans


Es una lluvia persistente, por momentos demasiado densa. El paraguas de 15 reales que acabo de comprar en la calle hace lo que puede para evitar que el agua me abrace por completo. Las zapatillas las tengo muy húmedas y el cuerpo se me estremece de abajo hacia arriba. Más paraguas y personas con capas impermeables copan la explanada que está junto al Museo Afro Brasil, en el Parque Ibirapuera, en el corazón de San Pablo. Otros, los que no quieren saber nada con el aguacero hacen base debajo del amplio techo de ingreso al museo. Todos estamos reunidos por el Bourbon Street Festival, un evento gratuito que organiza el histórico bar paulista de música negra.

La jornada comienza pasadas las 15, con más de una hora de retraso por el clima, con Bobbi Rae, una sensual cantante de Nueva Orleans que se mece entre el R&B y el funk con pinceladas pop. La acompaña la banda Just Groove y el guitarrista Igor Prado. El repertorio, que incluye temas como Is this love de Bob Marley y Killing me softly resulta extraño para un violero de las características de Prado, el músico de blues sudamericano con mayor proyección a nivel mundial. Pero él no se siente ajeno al show de la morena. Al contrario, lo disfruta y sus riffs o los pocos solos que dispara tienen su sello. Rae invita a la gente a cantar y el eco bajo la lluvia se vuelve esplendoroso.

Rae y Prado se despiden y los estoicos que aguantaron el agua se van hacia la entrada del museo, una enorma galería de concreto, para guarecerse. Hasta ese momento allí solo estaban los que se habían llevado la lona para hacer un picnic viendo el espectáculo. Una pareja, muy voluminosos ambos, comen tres variedades de quesos y beben una botella de vino portugués del pico. A unos metros, una gran familia desplegó todo un arsenal gastronómico. Hay bolinhos, empanaditas, una pasta que untan que parece humus, aunque dudo que lo sea, papas fritas y maní de paquete. La lona tiene una heladerita playera en cada uno de sus vértices. En tres de ellas hay cervezas y en la restante contiene gaseosas.

El siguiente acto es el de la Orleans Street Jazz Band. Todos miran hacia el escenario esperando que aparezcan sus músicos, pero de repente lo hacen ahí, bajo techo, entre los que comen y los que se resguardan de la lluvia. Es un quinteto brasileño conformado por tuba, trombón, trompeta, washboard y banjo que toca el cancionero más auténtico de Nueva Orleans. Se meten entre la gente y generan un clima genial. Interpretan los clásicos del dixieland y cuando la lluvia afloja se mueven hacia la explanada central al ritmo de When the Saints go marchin’ in. El público los acompaña y aplaude. Se vive una verdadera comunión musical.

La Orleans Street Jazz Band termina y, arriba del escenario aparece Bonerama, una brass band de Nueva Orleans que tiene un repertorio basado en los temas de Led Zeppelin. Una combinación muy atípica, pero que en ellos funciona muy bien y suena con mucha fuerza. Tocan Bring it on home y Living lovin’ maid y el cielo se parte en mil pedazos. La lluvia se vuelve insoportable. Me alejo hacia la entrada del museo mientras siguen con The ocean y otra que no reconozco. Me voy. Sé que me falta el cierre a cargo Dwayne Dopsie & The Zydeco Hellraisers con Yuri Prado, pero estoy empapado y tengo otras que hacer en San Pablo. Tengo que soltar. Por unas horas tuve mi Nueva Orleans paulista y me quedo con eso.

sábado, 24 de agosto de 2019

Hasta la próxima estación


“Voy a hablar poco porque va a ser difícil. Dejemos que suene la musiquita”. Esas fueron las primeras palabras de Tomy Espósito luego del arrollador inicio de Vieja Estación con Buitres. El cantante y guitarrista se vuelve a México, donde vive buena parte de su familia, y por eso la banda se despidió en el Centro Cultural Richards, en Palermo, el jueves por la noche. Ante una buena cantidad de público, el grupo que se formó hace casi 20 años dio un show enérgico y muy emotivo que hace pensar que no fue tanto un adiós sino más bien un hasta luego.

Con Tomy Espósito en guitarra y voz, Nico Yudchak en guitarra, Mauro Bonamico en bajo y coros, Nandu Aquista en hammond y Maximiliano Begara en batería, el grupo llevó adelante más de dos horas de show con una fuerte impronta de rock sureño, soul y una pizca de blues. Repasaron gran parte de su último disco, Soltando la carga, pero también interpretaron algunos covers, temas más viejos y hasta una canción nueva, Música eterna. “Tenemos un tema nuevo que vamos a tocar en la despedida. Nosotros somos así”, bromeó Tomy cuando ya estaba menos conmovido que al principio.

Entre las canciones que versionaron se destacó Sugaree, un tema que Robert Hunter, histórico letrista de los Grateful Dead, escribió para el primer disco solista de Jerry García. Aquí se combinaron las voces de Tomy Espósito, Mauro Bonamico y Paco Gallardo, uno de los invitados, que se sumó también con su guitarra acústica y sorprendió por el timbre de voz muy parecido al de Gracía. Más tarde, ya sin Gallardo, tocaron Not fade away, la composición de Buddy Holly que resultó ser el primer gran éxito de los Stones en la década del sesenta.

Vieja Estación es una banda que tiene excelentes canciones y sus músicos saben muy bien como tocarlas. La voz nasal y un tanto rasposa de Tomy Espósito le confiere gran personalidad a todo el repertorio y luego la combinación de su guitarra con slide con los punteos y riffs de Nico Yudchak, siguiendo la tradición de Duane Allman y Dickey Betts, se imponen por sobre el telar sonoro que construye el hammond de Nandu Aquista, mientras la fortaleza de la sección rítmica apuntala los cimientos sonoros sin trastabillar.

Nico Raffetta, que estuvo como invitado en el último disco, subió para tocar el hammond en Vientos del sur y Soltando la carga, y Nico Bereciartúa, ex miembro del grupo, se presentó sobre el final para aportar su exquisito toque de guitarra en dos piezas de la primera época: Mi música y mi fe y Cuando vuelvas a casa. Luego, los dos volvieron al escenario para el bis con un clásico del soul, Turn on your lovelight.

¿Habrá sido el último show de Vieja Estación tal como anunció Tomy Espósito? Quedó flotando la sensación que, más tarde o más temprano, se volverán a juntar. “La respuesta está en el viento, ya lo decía esa canción, el camino sólo te lleva hasta la próxima estación”.

jueves, 15 de agosto de 2019

Woodstock blues


El festival de Woodstock marcó el fin de una era. Los “tres días de música, amor y paz”, que se celebraron entre el 15 y el 18 de agosto de 1969, representaron el desmoronamiento del sueño de hippie al ritmo de las mejores bandas y solistas de rock de la época. Mucho se habló y se escribió por estos días del histórico evento que se realizó en las afueras de Nueva York, así que aquí vamos a centrarnos en algo puntual: en Woodstock no hubo blues, al menos blues tradicional. Ese gran festival de la música negra se llevó a cabo ese mismo año, unos días antes, en Ann Arbor, y reunió a la crema de la crema del blues como Muddy Waters, Howlin’ Wolf, T-Bone Walker, B.B. King, Otis Rush y Freddie King, entre muchos otros. Pero en Woodstock, entre nubes de marihuana, flores, barro y psicodelia hubo una buena dosis blusera que aportó la generación de músicos blancos que estaban adoptando el género y llevándolo a una nueva dimensión.

Tal vez el más importante de ellos fue Johnny Winter, quien se presentó con la misma banda con la que ese año grabaría su disco debut para el sello Columbia: a sección rítmica conformada por Tommy Shannon y Uncle Joe Turner, y su hermano Edgar Winter como invitado. El set del albino, que se concretó el último día, incluyó los temas: Mamma talk to your daughter, Leland Mississippi blues, Mean town blues, You done lost your good thing now, Mean mistreater mama, I can´t stand it, Tobacco road, Tell the truth y Johnny B. Goode. El show, que debía comenzar a las 15:00 se retrasó más de diez horas por la tormenta y duró unos 45 minutos. Fue una de las mejores performances del festival y Michael Wadleigh lo filmó todo, pero el manager de Winter luego se negó a que él apareciera en la película y en la banda sonora. Aunque en 1994, el tema Mean town blues fue incluido en el Box Set The 25th Anniversary Collection. La actuación completa de Winter finalmente se editó en cd en 2009.

Otra actuación memorable fue la de Canned Heat, quienes tocaron el día sábado por la tarde. Dieron un show poderoso en el que Bob Hite, el Oso, mostró todo su potencial y Alan Wilson su talento heredado de Elmore James. La banda la completaron Harvey Mandel en guitarra, Larry Taylor en bajo y Adolfo "Fito" de la Parra en batería. Mandel había reemplazado a último momento a Henry Vestine que había abandonado el grupo por una pelea con De la Parra. El setlist incluyó I’m her man, Goin’ up the country, A change is gonna come/Leaving this town, Rollin’ blues, Woodstock boogie y On the road again. Canned protagonizó una de las mejores escenas de la película: mientras tocaban A change is gonna come (no el tema de Sam Cooke, sino un blues bien denso) un joven se subió al escenario y corrió a abrazar a Hite. Éste, en vez de empujarlo y sacárselo de encima, lo abrazo y evitó que los de seguridad se lo llevaran. Así siguió cantando mientras la cámara registró como el muchacho le sacaba los cigarrillos del bolsillo de su remera y se encendía uno.

El domingo, minutos pasadas las 20:00, apreció en escena el grupo británico Ten Years After, con el guitarrista y cantante Alvin Lee a la cabeza. Su show tuvo muchos problemas de sonido, más que nada por la alta humedad que obligó a Lee a tener que hacer unos parates entre tema y tema. El repertorio incluyó dos clásicos del blues, Spoonful y Good morning little shcoolgirl, pero fue su versión de I’m going home, con extractos de Blue suede shoes, Whole lotta shakin' goin' on y Boom boom, la que realmente trascendió y fue incluida en la película.

Mountain, la banda del guitarrista Leslie West, interpretó una gran versión de Stormy Monday, el grupo inglés Keef Hartley Band versionó a B.B. King (Think it over) y a Sleepy John Estes (Leavin’ trunk), y Janis Joplin, una de las máximas figuras del festival cconcluyó su actuación con Ball n’ chain de Big Mama Thornton.

Debido al mal clima, el descontrol de los miles y miles de jóvenes que asistieron y la pésima organización, el festival se extendió hasta la mañana del lunes 18. Alrededor de las 6 de la mañana de ese día fue el turno de la Paul Butterfield Blues Band. La banda poco tenía que ver con la que había grabado los dos primeros discos y se había presentado en el Festival de Monterey en 1967. Ya no estaban Michael Bloomfield, Elvin Bishop, Mark Naftalin y Sam Lay. Ahora lo acompañaban Howard "Buzzy" Feiten (guitarra), Rod Hicks (bajo), Ted Harris (teclados), Phillip Wilson (batería) y una ponderosa sección de vientos. No sólo los miembros eran otros, el espíritu del grupo era otro también. Tocaron durante poco más de una hora una lista de temas más souleados y la armónica de Butterfield sobresalió apenas en Driftin' y Everything's gonna be alright.

El cierre de Woostock, se concretó a las 9 de la mañana del lunes. En ese día y horario inusual se presentó Jimi Hendrix con su nueva formación, The Band of Gypsys, con Billy Cox (bajo), Larry Lee (guitarra rítmica), Mitch Mitchell (batería), Juma Sultan y Gerardo "Jerry" Velez (congas). El show duró más de dos horas y es una de las presentaciones más emblemáticas, aunque no la mejor, del guitarrista zurdo. Tocó muchas de sus canciones más clásicas entre las que se destacaron sus blues Hear my train a-comin' y Red house. Parte de la actuación de Hendrix quedó registrada en la película, pero en la banda de sonido original apenas agregaron  su versión del himno estadounidense. En la edición del 25 aniversario agregaron dos temas más -Voodoo Chile y Foxy Lady-, aunque en paralelo MCA lanzó el show completo en un disco que tituló Jimi Hendrix: Woodstock. 

Fue así como, de alguna manera, el blues, la semilla de gran parte de la música contemporánea estadounidense, se hizo presente en el festival más trascendental de la historia del rock.

sábado, 10 de agosto de 2019

Tengan cuidado como votan


Be careful how you vote / Ten cuidado como votas
On every election day / En cada elección
Be careful how you vote / Ten cuidado como votas
On every election day / En cada elección
'Cause the one that you vote for / Porque al que votes
He just might let you down / Podría decepcionarte
He say, "Gonna be your best friend" / Él te dice: "Voy a ser tu major amigo
Help you any way he can" / Ayudarte de la manera que sea"
But when he takes his seat / Porque cuando ocupe el lugar
There's been a change of plan / Habrá un cambio de planes
Say, "Gonna help the poor / Él te dice que ayudará a los pobres
And the senior cit'zens, too / y a los jubilados también
But when he gets in / Pero cuando llegue al poder…


Tengan cuidado como votan, por favor.

Ya tuvimos suficiente con estos cuatro años de macrismo.

Pasamos de "Bajar la inflación es lo más fácil que hay" a una inflación interanual de más del 55%.

Pasamos de un dólar a 15 pesos a uno de 47.

Pasamos de "no vas a perder nada lo que ya tenés" a un crecimiento del desempleo y una caída abrupta del consumo.

Pasamos de la "pobreza 0" a más de 3 millones de nuevos pobres en los últimos años.

Pasamos de "los trabajadores no van a pagar más Ganancias" a más trabajadores que pagan Ganancias.

Pasamos de un país prácticamente desendeudado a una deuda solo con el FMI de 50.000 millones de dólares.

Pasamos de "vamos a unir a los argentinos" a "Los burócratas, mafiosos, vagos y corruptos, son los saboteadores del cambio".

Pasamos de "No vamos a perseguir al que piense distinto" a los presos políticos.

Pasamos de "Vamos a garantizar la libertad de expresión" al cierre de medios, despidos masivos de periodistas y mayor concentración de la prensa hegmónica.

Basta.



lunes, 29 de julio de 2019

Cray, baby, Cray


Foto Laura Tenebaum
Smooth es una palabra del inglés que define muy bien la forma de tocar y cantar de Robert Cray. Pero la traducción al español, suave, o también liso, no tienen la misma fuerza para describirlo. Cray es profundo, pero no es visceral. Su estilo es refinado y para nada crudo. Su voz es melodiosa y reconfortante, y sus canciones salen de los márgenes del blues para adentrarse en los amplios campos del soul, el R&B y también el pop. Esos, y su alta exposición en décadas pasadas, son los motivos por los que los puristas del blues, los talibanes, no lo reconocen como uno del clan. Está claro que ese cuestionamiento, movilizado por un desprecio absurdo, no afectó en absoluto la carrera de Cray.

Los que asistieron a alguno de sus shows en Buenos Aires en la década del noventa recordarán que Cray tuvo que lidiar con el murmullo del público y con algunas críticas. La extinta revista especializada Blues Special, por ejemplo, escribió sobre el recital que dio en 1993 en el Estadio Obras, en el que compartió cartel con la cantante Koko Taylor: “(…) el morocho defraudó a muchos que iban a escuchar blues. Robert no pudo superar la actuación de Koko y su banda. El único tema que los auténticos bluseros recuerdan de parte de Cray es el tema de Lowell Fulson, Reconsider Baby (…). Su performance fue mediocre y fría”. Al año siguiente volvió, se presentó en el Teatro Gran Rex y la recepción del público fue similar. Tibios aplausos y otra vez los murmullos. Pese al clima un tanto hostil, el músico cumplió con un show muy correcto. De vuelta en el país y pasado el tiempo, Cray parece haber borrado ese recuerdo de su mente, tal vez porque con los años, las giras y las ciudades se superponen. “Tengo los mejores recuerdos de ambas visitas, realmente ha pasado mucho tiempo. Por fin he vuelto”, contesta sin hurgar demasiado en su memoria.

El domingo a la noche se presentó con su banda en el Teatro Vorterix y 25 años después esos cuchicheos despectivos se transformaron en ovación. Y no es que él haya cambiado. Sigue tocando con la misma soltura de siempre y su repertorio incluye todavía muchos de sus temas más conocidos de décadas pasadas. El cambio fue del público que se volvió más receptivo, que entiende que no hace falta cerrarse en los doce compases para que haya blues. Robert Cray tiene magia y por momentos suena sobrenatural. El truco es una combinación de técnica, feeling y buen gusto que no se resquebraja.

− ¿Cómo se define asimismo y por qué el blues es tan importante para usted? 
−No me consideró un músico de blues. Me considero un músico que toca blues y soul. El blues lo es todo, es la vida misma. Habla de tus problemas, de tus momentos buenos, por eso el blues nunca morirá.

Cuando se corrió el telón, Cray caminó hacia el centro del escenario y se llevó los primeros aplausos. Ya con la introducción, un blues lento de apenas un par de minutos, recibió la segunda ovación. Siguió con “I guess I showed her”, una de las canciones más emblemáticas de su disco más popular, Strong persuader, ese que lo llevó al mainstream en 1986 y lo alejó de los puristas. La guitarra de Cray -una strato marrón u otra celeste metalizada, que alternó durante el show- fluyó limpia mientras la banda flotaba a su alrededor por el pulso rítmico del bajista Ricrad Cousins, la prestancia percusiva del baterista Terence Clark y el colchón sonoro de los teclados de Dover Weinberg.

Por alguna extraña razón genética Robert Cray está siempre igual. Tiene 66 años, pero tranquilamente parece 20 años menos. No tiene canas, sus arrugas son apenas visibles y su complexión física no es la de la alguien que se acerca a la vejez. Su toque único, sutil y placentero no hizo otra cosa que mejorar con el tiempo, al igual que su registro vocal, heredero del sonido de Memphis. “Esa ciudad -explica- siempre tuvo esa aura especial, a mí me gusta mucho el soul y allí siempre me sentí en condiciones óptimas para grabar y concentrarme en hacer lo mejor para un álbum”.

Foto Laura Tenenbaum
La mayoría de las notas periodísticas que se publicaron en los días previos al show pusieron el foco en su relación con otros músicos históricos. Que compartió escenario con Eric Clapton, que tocó con Stevie Ray Vaughan y B.B. King, que grabó con Albert Collins y Johnny Copeland, que John Lee Hooker decía que era un adelantado a su época. Es cierto que muchas veces la frase “dime con quién andas y te diré quién eres” se usa para definir a un músico. Pero en el caso de Cray resulta un poco injusto a esta altura, con unos veinte discos editados y cientos de recitales alrededor del mundo, en los que no hace otra cosa que reivindicar el camino que eligió hace más de 30 años y seguir el mandato que le legó B.B. King. “Los grandes bluesmen se han ido casi todos, ahora tenemos que mantener la llama más viva que nunca, B.B. siempre me decía que no dejemos de tocar y que sigamos haciéndolo por todo el mundo”, dice. En Vorterix tocó dos covers: “The same love that makes me laugh”, de Bill Withers, y “Aspen, Colorado”, de Tony Joe White, ambos editados en su último disco Robert Cray & Hi Rhythm. El resto fueron composiciones propias a excepción de “Won’t be coming home”que escribió Cousins, que grabó en su álbum Nothin’ but love, de 2012.

Si bien es cierto que al comienzo hubo algunos problemas de sonido, especialmente con los teclados, todo se solucionó enseguida y Cray llevó el show con la suavidad y la frescura que lo caracterizan. El apogeo de su conexión con la audiencia llegó cuando, en uno de los cambios del tema “Enough for me”, metió un potente shuffle, algo que demostró que la gente que fue a verlo se acercó a él por el blues. Entre las caras que llenaron Vorterix se vio a muchos sub 30, que evidentemente no lo vieron en sus visitas previas, lo cual habla de un recambio generacional de oyentes que tienen un background musical mayor y mucha más tolerancia con los artistas que se animan a cruzar ciertos límites estilísticos.

El final lo encontró en su mejor forma. Su voz y sus solos rozaron la perfección, algo que resulta difícil de creer en un humano, aunque ya mencionamos ese rasgo sobrenatural de Cray. Prescinde de la velocidad o el volumen saturado. Maneja los tiempos y hasta revaloriza los silencios. Crea un clímax que se asemeja a la dinámica de un pastor con sus fieles. Los temas elegidos para el cierre fueron su clásico “Right next door”y “Forecast calls for pain”, de sus discos de 1986 y 1990 respectivamente. Y la ovación fue mucho más estruendosa que la del comienzo. Cray y sus músicos saludaron y no estuvieron más de dos minutos alejados del escenario. Los cuatro volvieron y el guitarrista se volvió a colgar la strato marrón para uno de los bises más calientes que podía ofrecer. Primero con su “Nothin’ but a woman”, también de Strong persuader, y luego “Times makes two”, una balada que comenzó interpretando bien abajo y fue in crescendo hasta alcanzar ese lugar mágico al que sólo un músico como él puede transportarnos.

− ¿Cuál es su secreto para seguir tocando con la misma pasión que antes? 
−No sé si sigo tocando con la misma pasión, pero si con la misma intensidad. Tengo un profundo respeto por la guitarra, me ha dado muchas satisfacciones en mi vida y es una extensión de mi ser. Por eso, y por lo que me decía B.B., pienso seguir tocando todo lo que pueda, en todos los lugares del mundo a los que podamos ir con mi banda.

(La crónica también fue publicada en La Agenda de Buenos Aires)

lunes, 15 de julio de 2019

Cd´s (reloaded)



- ¿Seguís comprando discos?

- No, la verdad que no. Bueno… sí. Bah… en realidad trato de vender discos que no escucho para, con esa plata, comprar otros que me interesan más. Digamos que es como una especie de canje.

Hacía años que no compraba cd’s, pero algunas malas compañías me llevaron de regreso a ese camino sin retorno. Un adicto diría que tuvo una recaída. Tal vez sea así. Mi relación con los cd’s se remonta a 1992. En un local de Musimundo, que estaba sobre la avenida Cabildo, compré los dos primeros: uno de B.B. King y otro de Johnny Winter. A partir de ahí comencé una relación, con altibajos, que dura hasta hoy. Compré cd’s en pequeños locales de las galerías de Belgrano, Minton’s era mi favorita, y también en Tower Records y Disquería Suite. Viajé a Estados Unidos un par de veces en esos años y en ambas ocasiones volví cargado de disquitos a los que un ex amigo los llamaba “bebés”. Hacia fines de los noventa comencé a experimentar con los envíos internacionales a través del portal CD Universe, pero la crisis de 2001 me obligó a terminar con ese tipo de consumo.

Tras la tortuosa salida del uno a uno y la devaluación, con los sueldos por el piso, había que dirigir los pesos, patacones y lecops hacia artículos de primera necesidad. Pero a partir de 2004 la cosa comenzó a reactivarse y lentamente, aunque ya sin la voracidad de antes, volví a comprar discos. Fue por entonces que algunos amigos comenzaron a volcarse al mp3. Y de a poco fui cayendo en la trampa. La facilidad de obtenerlo a cambio de 0 pesos fue muy tentadora. En 2007, viajé a Europa con mi primer reproductor de mp3. Era un aparatito redondo de Sony que tenía capacidad para unas 70 canciones. No le sobraba nada, pero no ocupaba lugar. Disfruté de mi primera visita al viejo mundo sin la necesidad de ahogar las penas consumistas en una disquiería… hasta que llegué a Ámsterdam. Después de un colocón en un coffeshop me fui flotando por las callecitas de la ciudad hasta que me topé, de casualidad, con el cartel azul e inconfundible de Blue Note. Era una disquería de jazz que sólo vendía discos del catálogo de ese sello. Saqué la tarjeta de crédito y me encomendé a Dios.

A mi regreso a Buenos Aires la tecnología y la gratuidad volvieron a imponerse. Desde entonces, mi relación con la compra de discos quedó vinculada a los viajes, propios y ajenos. A donde iba me traía tres o cuatro, cosas puntuales o muy baratas que conseguía usadas. O también haciendo compras por Amazon y mandándoselos a mi hermana que vivía en Nueva York para que me los trajera cuando venía de visita o cuando alguien iba para allá. La colección, de todas maneras, siguió creciendo porque comencé a recibir los discos de las bandas de blues local para reseñarlos o pasarlos en la radio. Muy de vez en cuando me compraba uno acá.

Pero hace unos meses todo cambió. Me agarró la necesidad de reordenar la discografía: darle salida a los discos que ya no voy a escuchar o pasar en el programa para hacer lugar a esos que, por alguna u otra razón, nunca tuve o tenía grabados. Y entonces descubrí que hay un mercado importante de cd’s usados. Hay tipos que compran lotes enteros y pagan relativamente bien si los cd’s lo ameritan y están en buen estado. Mercado Libre regula el precio en base a la oferta y la demanda. Entonces me reencontré con esa pasión dormida. Conseguí Somebody loan me a dime, de Fenton Robinson, y las grabaciones de Muddy Waters para Aristocrat. Me empeciné en conseguir los que me faltaban de los Allman Brothers y también busqué los que valen la pena de la colección de Altaya que, en muchos casos se consiguen por menos de 100 pesos. Y también esos de Bruce Springsteen que adoré en mi adolescencia, Nebraska y Tunnel of Love. O Just one night de Clapton.

Entonces abro la cajita. Tomó el disco y lo pongo en el equipo. Le doy play mientras ojeó el booklet custodiado por ese mueble en el que los guerreros rítmicos reposan silenciosos esperando su momento. Los de blues están arriba y al centro. Los de rock, abajo y a los costados. Los de jazz y los de soul, en unos cajones inferiores. Es raro ese apego por un objeto. Para algunos hasta incomprensible. Pero para otros, como yo, los discos tienen mucho más que música e imágenes. Tienen historias y encierran recuerdos. En ellos están nuestras alegrías y tristezas, nuestros miedos y ansiedades. Son el espejo de nuestras vidas.

martes, 2 de julio de 2019

Tinta azul


Todo blues. Así se llama el último libro del periodista español Manuel López Poy, una verdadera biblia del género escrita en español que abarca más de dos siglos de música e historia y no se limita a los márgenes del río Mississppi, sino que, partiendo de la premisa que el blues se volvió un lenguaje universal, explora el desarrollo del género en otros continentes.

El mamotreto blusero, como le gusta llamarlo a su autor, no sólo narra la génesis, consolidación y expansión del blues, sino que también se adentra en la historia social y política de los Estados Unidos comenzando con la llegada de los esclavos negros a América en el siglo XVII. Pero también atraviesa otros momentos históricos como la Guerra de Secesión, la abolición de la esclavitud, la segregación racial, la Gran Depresión, las dos grandes guerras mundiales, la lucha por los Derechos Civiles y Vietnam, que va trazando con historias de personajes emblemáticos como W.C. Handy, Charley Patton, Son House, Robert Johnson, Muddy Waters y Howlin’ Wolf. López Poy recurre a esos nombres, pero también toma como hoja de ruta las vidas de otros míticos bluesmen y blueswomen como Peg Leg Howell, Jaybird Coleman, Ma Rainey y Mamie Smith. El libro está bien organizado en capítulos cortos que permiten una ágil lectura y rápida comprensión para aquellos novatos del blues.

Manuel López Poy.
Promediando la mitad de la obra, y luego de hacer un exhaustivo paneo sobre los exponentes actuales del blues en los Estados Unidos, el autor repasa la rica historia del blues británico con figuras como Cyril Davies, Alexis Korner, John Mayall, Eric Clapton y Peter Green. Y luego se lanza a la captura del blues por toda Europa y logra reconstruir con precisión quirúrgica como se fue expandiendo el género tras la Segunda Guerra Mundial, especialmente desde la década del cincuenta, con las visitas de Big Bill Broonzy y Muddy Waters, y el fenómeno de los American Folk Blues Festival en los sesenta. Pero también desgrana las expresiones locales de Francia (con figuras como Jean Jacques Milteau o Nico Wayne Toussaint), Italia, Alemania, los países bajos, los nórdicos, los balcánicos y Portugal. En cada uno de esos lugares, López Poy encontró cientos de músicos que revalorizan el blues tradicional y otros que lo fusionan con expresiones más personales o autóctonas.

España, su tierra, tiene un capítulo bastante extenso pese a que, debido a la dictadura franquista, el desarrollo del género comenzó recién en la década del ochenta, más allá que desde la década del cincuenta, con la visita de Broonzy a Barcelona se inauguró una saga de shows que a lo largo de los años llevó a ese país a figuras como John Lee Hooker, T-Bone Walker y Memphis Slim.

Pero su investigación no se limita al viejo mundo. También profundiza sobre lo que sucedió con esa música en América Latina con apartados dedicados a México, Brasil, Perú, Uruguay, Chile y a Argentina. Sobre este último recurrió como fuente principal de consulta al libro Bien al Sur-Historia del Blues en la Argentina. El autor, además, va al núcleo de la cuestión, África, donde rescata a sus máximos exponentes e intenta establecer la dinámica de cómo los sonidos ancestrales fueron y volvieron a través del Atlántico.

El último tramo del libro es más enciclopédico, pero no menos interesante. López Poy enumera a los divulgadores más importantes de la historia del blues como John y Alan Lomax, John Hammond, Paul Oliver, LeRoi Jones, Samuel Charters, David Evans, Lester Melorse y Lawrence Cohn; musicólogos, cazatalentos o productores que tuvieron un rol fundamental para poder descubrir a muchos de los grandes músicos y documentar la historia. Para terminar, Todo Blues tiene un breve diccionario que explica las claves del género como juke joint, mojo, canned heat, kazoo, songster y washboard, entre otras; y un listado muy completo de la filmografía, de ficción y no ficción, relacionada con el blues.

En palabras de su autor: “No es al experto erudito a quien se dirige en esencia este libro, o al menos no a él en primera instancia, sino al aficionado a la cultura en general y la música en particular, que tenga curiosidad por saber cuáles son los fermentos de la banda sonora que le ha acompañado a lo largo de la mayor parte de su vida. Porque el blues es el ADN básico de la música popular actual en todo el mundo, si exceptuamos la música clásica y las músicas folclóricas regionales, entendidas en el más estricto sentido, sin mestizajes modernos. Este libro pretende recoger la parte más amplia posible de esa impronta que ha dejado en nuestra cultura la música que hace ya más de un siglo crearon los descendientes de los esclavos como máxima expresión de su lucha por la supervivencia y la dignidad”.

miércoles, 26 de junio de 2019

Sultán del ritmo


A Lucky Peterson le gusta bromear con que ostenta el curioso récord de ser el único músico de blues estadounidense que apareció en el prime time de la tevé en pantalones cortos. Es porque debutó profesionalmente a los cinco años, en 1970, y desde entonces forjó una gran carrera en la que editó alrededor de 30 discos y se convirtió en un referente del blues alrededor del mundo.

- ¿Qué recuerda de aquellos días de niño prodigio? 
Fueron épocas muy buenas, tengo los mejores recuerdos de mis comienzos. Mi padre me incentivó mucho a que me dedique a la música y sus amigos, como Willie Dixon, me ayudaron a grabar mi primer trabajo discográfico cuando aún era muy pequeño.

 Su padre, James Peterson, era dueño de un bar de la ciudad de Buffalo, el popular The Governor´s Inn, donde se tocaba blues y soul y estaba muy conectado con el ambiente de la música negra. Allí, el pequeño Lucky se codeó con grandes artistas como Little Milton, Bobby "Blue" Bland, Etta James y Mavis Staples, hasta que Dixon notó que el niño tenía un talento superlativo para tocar el hammond y lo acompañó a dar ese primer paso en el show business. El padrino del blues de Chicago produjo su primer disco, Our future, que fue editado en 1971 y tuvo un éxito importante con el tema 1,2,3,4. “Todos los músicos con los que toqué cuando era niño me dejaron un gran aprendizaje, pero Bobby Bland quizás fue el que más me marcó en lo musical y personalmente”, recuerda.

Ahora, a los 54 años y a punto de celebrar medio siglo con la música, acaba de dar su primer show en Buenos Aires, en el marco de su gira sudamericana que incluyó una serie de shows en Brasil. Es martes a la noche y en La Trastienda hay menos gente de la que debería. Minutos antes de las 21:30, Peterson aparece en escena vestido con un traje turquesa, camisa blanca y boina a cuadros de tono amarronado. La banda, integrada por el guitarrista canadiense Shawn Kellerman y los músicos brasileños Flavio Naves (teclados) Bruno Falcao (baj) y Fredy Barley (batería), suena potente y marca con mucho ímpetu cuál será el ritmo de la noche. Peterson se sienta junto al hammond y descarga un groove sobrenatural. Arrastra los dedos sobre las teclas con una soltura increíble. Los músicos lo siguen como soldados de un poderoso ejército rítmico. Kellerman, que luce una barba sureña, arremete unos riffs feroces.

"Blues time”, anuncia Peterson antes de lanzar los acordes de I pity the fool, una canción que su ídolo Bobby Bland grabó algunos años antes de que él naciera. Cuando termina el tema ya tiene a todo el público en la palma de sus manos y lo sabe. Entonces empieza el juego. Tira unos acordes con el hammond, el bajo marca el pulso y deja que el público siga aplaudiendo por unos instantes. Él no se apura. Se acomoda el saco y desde la banqueta en la que está sentado muestra una sonrisa cómplice. Se regodea con la escena hasta que retoma el control sonoro con un funky efervescente. Con el público en estado inflamable, es el momento de presentar a Tamara Tramell, o Tamara Peterson, su esposa, que lo acompaña en sus giras por el mundo. “Tamara es una excelente cantante y performer, es una gran bendición que participe en mi show”, anticipa Lucky Peterson antes del concierto.

Ella lleva un vestido de red a tono con el traje de su marido y sus voluminosas trenzas están recogidas hacia arriba. Toma el micrófono y comienza a cantar I wanna know what good love is. A lo largo de cuatro extensas canciones muestra que se desenvuelve con absoluta naturalidad tanto cuando canta blues, funky o R&B. En todos los casos se nota cierta impronta gospel proveniente de sus entrañas. Lucky y Tamara generan una simbiosis perfecta. Antes de irse, ella saca relucir la influencia de Tina Turner para una enérgica versión de I can’t stand the rain, el clásico setentoso de Ann Peebles.

Lucky Peterson, reconocido también por ser un talentoso multinstrumentista, deja ahora los teclados y toma una Fender Telecaster. “Ambos instrumentos me dan mucho, pero el piano es el rey de los instrumentos. Nada te da tantas opciones como el piano o el hammond. Con la guitarra también disfruto mucho. Me divierte tocarla”, cuenta en la previa. Toda la banda sube el volumen a un nivel escalofriante a puro down home blues. Peterson se baja a tocar entre la gente. Se sienta en el medio de la sala para un medley que incluye dos temas de Stevie Ray Vaughan, Cold shot y Scuttle buttin, Bright lights big city, de Jimmy Reed y Voodoo Chile de Jimi Hendrix. El público lo rodea enfervorizado y él se siente victorioso. Vuelve al escenario para la despedida. Pero el saludo final deberá esperar unos minutos más. Tras la ovación, la banda se va detrás del telón y unos instantes después regresa con el clásico Sweet home Chicago. Se suma Tamara para cantar Proud Mary. El gran final.

Lucky Peterson está acostumbrado a empatizar con el público en cualquier parte del mundo. Y logra que la gente sea parte del show y no simples espectadores. No hay tristeza ni melancolía en su música. Desde el minuto uno sus recitales se vuelven una celebración. No lo sorprende que las casi 200 personas que están en La Trastienda enloquezcan con sus canciones y se sepan las letras de algunas canciones. “El blues es mundial. Tenemos fanáticos alrededor en todos lados. El blues es un lenguaje universal. Las grandes leyendas se han ido, pero siempre habrá nuevos talentos en camino. El blues nunca morirá”, concluye aquél niño prodigio que ahora ocupa el lugar de aquellos viejos maestros que ya no están.

(La crónica también fue publicada en La Agenda de Buenos Aires)