lunes, 29 de agosto de 2016

El hombre al que llaman Blues


Sus dedos callosos le recuerdan aquellos años de juventud juntando algodón, bajo el rayo del sol, en las afueras de Greenwood, Mississippi. También son el signo inequívoco de una vida repleta de sacrificios que no se limitó al campo sino que siguió en la gran ciudad. Cantar blues, como un pasatiempo, le sirvió para mitigar el cansancio y el peso de una rutina ardua, pero nunca pensó que lo podría hacer profesionalmente hasta que, tras la muerte de su esposa, Donna Mae, su perspectiva de las cosas cambió. Empujado por el gran guitarrista noruego Kid Andersen y el tecladista Jim Pugh, a través de su fundación Little Village, John Boyd entró por primera vez a un estudio y a los 71 años grabó su álbum debut.

A Boyd le dicen "Blues", un apodo que le sienta muy bien. Él asegura que es "The real deal" y así nombró al disco. Andersen y Pugh decidieron rodearlo con los mejores músicos que tenían a mano y el resultado de esa sesión de grabación, en la que Boyd presentó sus propios temas, fue un éxito. El álbum abre con ese tema autobiográfico en el que la armónica de Rick Estrin sobrevuela el clima lowdown que el cantante plantea. Enseguida levanta y, al mejor estilo Junior Parker, entona muy arriba You will discover. Sigue con I'm like a stranger, en clave Percy Mayfield , y en los primeros tres temas demuestra que es un verdadero hombre de blues.

Boyd, primo del legendario pianista Eddie Boyd, vierte el sonido de Kansas City en That's big con el poderoso saxo de Terry Hanck respaldándolo. El resto del disco es una amalgama de estilos que se suceden con asombrosa naturalidad. Boyd suena con la misma intensidad y pasión ya sea interpretando un jump blues, un shuffle de la Costa Oeste, un down home blues, o algún tema más souleado en clave Stax. Además de Andersen, Pugh y Estrin acompañan al cantante Big Jon Atkinson (guitarra), Robert Welsh (guitarra y teclados), Aki Kumar (armónica), Dave Chavez (bajo), Danny Michel (bajo), June Core (batería), Martin Windstad (batería) y una exquisita sección de vientos encabezada por Hanck.

Por momentos, Boyd nos recuerda al gran Big Joe Turner y por otros a Wynonie Harris, pero lejos está de ser un imitador, se trata de un cantante auténtico, visceral, que lleva al Mississippi en las entrañas y al que no por nada le dicen Blues.


sábado, 20 de agosto de 2016

El blues del exilio

Santiago Podestá, María Luz Carballo, Luna Carballo y Nacho Garassino.
En julio de 2013 pasé una semana muy intensa y a puro blues en Chicago. Una de esas noches, calurosa y un tanto húmeda, mientras tomaba una cerveza Red Stripe en la barra del Kingston Mines y Linsey Alexander hacia de las suyas en el escenario principal me topé con una historia que estaba en pleno desarrollo. Se trató apenas de un momento casual, una anécdota del viaje, que hoy cobra un nuevo sentido por el lanzamiento del documental Pegar la vuelta.

Linsey Alexander terminó el tema que estaba tocando e invitó a “una amiga”, tal como la presentó, y anunció al público que estaban filmando una película para la Argentina. Obviamente eso llamó mi atención y noté que la joven guitarrista que subía al escenario era una cara conocida. Se trataba de María Luz Carballo, o María Blues, como yo la recordaba. La había visto una sola vez en La Trastienda, dos años antes, cuando viajó a Buenos Aires acompañando a Lurrie Bell.

Abajo del escenario dos hombres filmaban todo. María Luz lucía un sombrero de paja, una blusa negra y jeans. Sacó su guitarra del estuche, creo que era una Epiphone, y se subió para tocar con Linsey. Interpretaron Mona Lisa was a man. Cuando terminaron encaré a los que estaban con la cámara y me presenté. Uno de ellos era Nacho Garassino, el director de la película, y el otro el camarógrafo Santiago Podestá. Me saludaron cordialmente pero como todavía estaban en plena faena fílmica siguieron con lo suyo y yo me fui al otro salón del Kingston Mines, donde está el escenario más pequeño, porque empezaba el show de la texana Sharon Lewis.

Poco después nos volvimos a cruzar y ellos ya habían terminado con su tarea así que nos tomamos una cerveza y me contaron sobre el documental. María Luz, que estaba acompañada por una de sus dos hijas -Luna, la más pequeña- se sumó poco después. Me llamó la atención que ella estaba como en otro registro, despreocupada, más allá del bien y del mal. Garassino me decía que ella era todo un personaje y que su historia era genial. Estaba muy entusiasmado con el documental que estaba realizando aunque sabía que le faltaba mucho para terminarlo. Mientras nosotros hablábamos, la pequeña Luna jugaba en un flipper.

Nos despedimos y le prometí a Nacho que lo llamaría en Buenos Aires porque me interesaba hacerle una entrevista. El tiempo pasó y no pude hacer la nota, pero lo contacté a principios del año pasado cuando estaba escribiendo el capítulo de Blues for export de mi libro Bien al Sur porque quería mencionar la historia de María Luz y el documental. Nacho me respondió con la mejor onda y me envió un link para ver una versión previa que, por lo que me contó hace pocos días, difiere en cuanto a color y luz a la que se estrenó el jueves en el cine Gaumont y que estarà en cartelera un par de semanas.

Días después me contactó Juan Elvis Pereyra, que le hace la prensa, para que tratara de resumir en una frase la impresión que me dejó el documental. Y le mandé esta: “María Luz Carballo llegó a la meca del blues eléctrico escapando de sus fantasmas y con la intención de convertirse en una gran guitarrista de blues. Nacho Garassino retrató magistralmente como sus sueños chocaron de frente con el desarraigo y la nostalgia que la llevó a escribir una historia de superación personal”. Y creo que de eso se trata Pegar la vuelta. Porque más allá de haber sido filmado en Chicago y Buenos Aires, de haber captado a María Luz zapando con Botafogo o con Quintus McCormick, o de las anécdotas que cuenta de cuando fue “la nena” de Pappo, es un retrato del exilio, un verdadero blues en tecnicolor.


lunes, 15 de agosto de 2016

Carvinator


Carvin Jones llegó a la radio comiendo maní salado. Faltaban unos minutos para salir al aire y se veía a las claras que se estaba muriendo de sed. Le ofrecí un vaso de agua pero me dijo que prefería una Coca Cola. En Nacional hay varios dispensers de agua pero no hay máquinas expendedoras de gaseosas. Guille, el coordinador de aire, aceptó gentilmente ir a comprarle una lata. Ya con su coca fría Carvin entró al estudio y empezamos la entrevista. Le pregunté qué tipo de show íbamos a ver más tarde en la Sala Siranush de Palermo. "Van a ver un show impresionante, algo nunca visto", respondió con total seguridad antes de tocar un par de temas con una guitarra acústica que le consiguió Luis Mielniczuk.

Por la noche, ante unas 70 personas, dio un recital muy intenso, aunque no creo que le quepa lo de "nunca visto". Carvin Jones tocó blues rock con mucha distorsión y bien al palo. No se guardó nada: tocó con la boca, con la Strato apoyada en el piso, sosteniéndola como un violín, alzándola con una mano, usando un celular como slide y hasta pisándola. Se bajó a tocar entre las mesas, punteando en las narices del público, y levantando a todos de sus silla para tenerlos bailando pegados al escenario. No mintió cuando dijo "impresionante", porque así es él como showman. La gente realmente la pasó muy bien, se divirtió y, a fin de cuentas, eso es lo más importante.

El repertorio incluyó muchos temas de sus discos solista, The Carvinator y Victory is mine, y algunos clásicos como Hideway, I just want to make love to you, Pride and joy, Highway 49 y La Grange, con un estilo texano muy marcado. El sonido no fue el mejor, pero la banda no se desdobló en ningún momento. Si Carvin Jones juega el rol más emocional, el bajista Joe Edwards, con un look La Naranja Mecánica cruzado con Wu Tang Clan, es el sostén rítmico de todo el engranaje, mientras que Levi Velasquez golpea y golpea la batería prolijamente y sin tanta estridencia. Edwards hizo un solo de bajo poco convencional, por los sonidos raros que sacó, hasta usando un encendedor, y porque interpretó un fragmento de When the Saints go marchin' in.

Carvin descansó en un par de blues lentos, 3 o'clock blues y Tears come down like rain, para luego anomarse a rapear entre medio del público. Sobre el final tuvo un gran gesto: invitó al escenario a Natalia Ciel, quien lo acompañó como traductora durante todo el fin de semana, y ella cantó con mucho ímpetu You can have my husband, de Irma Thomas.

En la previa, Con Alma de Blues Band, una selección de músicos de primer nivel bajo la dirección técnica del Pollo Zungri, que incluye a Diego Czainik, Víctor Hamudis, Mariano D'Andrea, Emma Pardo, Pablo Martinotti, Nandu Aquista y Perro Gorosito, interpretó clásicos del soul como A change is gonna come y Take me to the river y algunos blues.

Por la tarde, mientras estábamos al aire en Bluscavidas, Carvin dijo: "Esta noche van a conocer al Carvinator" y más tarde entendimos por qué: no es un virtuoso pero sabe cómo llevar adelante un show. Desde su vestimenta, una polémica blusa abrillantada y su sombrero texano, hasta su relación con el público, sus múltiples trucos y la elección de los temas conforman el universo en vivo de este guitarrista carismático y divertido. Algo de lo que anticipó fue una verdad irrefutable: "No se van a aburrir". Y nadie se aburrió.

miércoles, 10 de agosto de 2016

Un largo y extraño camino al blues

¿Cuál es mi primer recuerdo musical? La respuesta no aparece de inmediato. Me vienen a la mente algunas canciones infantiles de María Elena Walsh, pero busco algo más relacionado con el rock o la música que me marcaría en la adultez. Revuelvo en la maraña de datos y sucesos que se acumulan en mi cabeza. Intento depurar la información, las canciones se superponen, como si esos primeros años se hubiesen comprimido en apenas unos instantes. Al cabo de un rato, la memoria se despeja y, como en un rompecabezas, las piezas comienzan a encajar. No vengo de una familia de músicos y en mi casa la música no era algo central. Será por eso que el primer recuerdo asociado con los ritmos y melodías del resto de mi vida no tiene que ver con un show, la radio, un disco o una canción, sino con un álbum de figuritas.

Creo que fue en 1979 o 1980 cuando salió una colección de figuritas de Stani con las bandas de rock y pop del momento como Kiss, Queen y Village People, entre personajes de tevé, como el Negro Olmedo y Porcel, y futbolistas como el Matador Kempes, Villa o el polaco Lato. Por entonces yo tenía seis años y las canciones que más recuerdo son I was made for loving you, We are the champions y Can't stop the music. Era lo que escuchábamos con mis compañeros de la escuela y para nosotros, chicos de clase media de un colegio bilingüe, los personajes de Village People -el motoquero, el obrero, el cowboy, el indio- no eran íconos del mundo gay, sino superhéroes urbanos con banda de sonido incorporada. Se ve que nuestros padres no entendieron el mensaje de los temas de Village People, que bastante obvio resulta hoy en día, así que difícilmente iban a comprender que Freddy Mercury, con bastante más de sofisticación y buen gusto, iba por el mismo lado. Probablemente estaban más preocupados por los cuatro peludos satánicos con sus caras maquilladas que vestían trajes espaciales y atronaban con un sonido más pesado y que nosotros imitábamos sacando la lengua lo más afuera que podíamos. El único long play que tuve en mi vida fue Dinasty de Kiss, que me lo habrán regalado cuando cumplí siete u ocho años. El tocadiscos se jodió poco después y mi familia lo reemplazó con una casetera National Panasonic. Entre las primeras cintas que compraron me acuerdo un grandes éxitos de los Beatles que se llamaba Gold, un compilado de los Bee Gees, otro de los Carpenters y uno de José Luis Perales que yo detestaba profundamente.

No sé si fue casualidad o no, pero algunas canciones de Sui Generis, o Mi unicornio azul y Ojalá, de Silvio Rodríguez, aparecen en mi cancionero con la vuelta de la democracia, en 1983. Yo cursaba quinto grado y, mientras cantábamos "Siga, siga el baile, al compás el tamboril, vamos a ser gobierno de la mano de Alfonsín", fui descubriendo nuevas melodías. Para mi cumpleaños de 11, a comienzos del 84, me regalaron Business as usual de Men at Work y Pipas de la paz de Paul McCartney. Michael Jackson, que cantaba de invitado en el disco de McCartney, ya era todo un suceso y su video de Thriller, en los albores de MTV, era uno de mis preferidos cuando ocasionalmente lo pasaban por uno de los tres canales de VCC, la primera señal de televisión por cable.

En el 85 empezamos con las fiestas, o asaltos como se les llamaba por entonces. Las canciones de Duran Duran, Wham y Madonna eran las que más se bailaban. Los temas preferidos de la monada en los lentos eran I just call to say I love you, de Stevie Wonder, y uno de Lionel Richie. Por esa época fue el boom del rock solidario, primero con USA for Africa y después con la respuesta británica de Band Aid con el tema Do they know It's Christmas?, que reunía a Simon LeBon, Sting, Bono y Boy George, entre otros. Dos temazos.

Y llegó el verano del 87 y en San Bernardo, en una pequeña disquería sobre la calle Chiozza, me compré Regatta de Blanc de The Police. Y esa es la primera banda de la que me declaré fanático, aunque ya se había separado. En los meses siguientes me compré sus otros cuatro casetes en la disquería Suite de Cabildo. También me gustaban mucho canciones como Money is for nothing, Live is life, Start me up y Beds are burning. A los 15, vi The Wall y Another brick in the wall, PT 2 se convirtió en mi tema de cabecera. Por cierto, ese disco es como El Guardián en el Centeno de varias generaciones de adolescentes. Desconfíen siempre de quienes no escucharon a Pink Floyd a esa edad.

Mi primer héroe del rock fue Bruce Sprinsgteen. Lo descubrí con su breve aparición en USA for Africa. Me impactó la potencia de su voz y su look urbano, con la camisa de jean y el pañuelo en la cabeza. Born in the USA se convirtió en un biblia para mí, quedé eclipsado con sus canciones y le rezaba al Jefe todas las noches. Ese disco me abrió la puerta a sus trabajos anteriores: Greetings from Asbury Park, The River, Born tu run y el bucólico Nebraska, principalmente. Salvo Born in the USA, que lo compré acá, los demás casetes me los trajeron desde Estados Unidos y todavía los conservo. También en torno a él estuvo mi primera frustración musical cuando no me dejaron ir a verlo a River en 1988.

Pero mientras yo escuchaba al Jefe, muchos de mis compañeros y amigos se inclinaban por The Smiths, The Cure, Echo and The Bunnymen. En plena búsqueda de mi identidad musical, con las hormonas estallando, me vi arrastrado a la oscuridad y el desmadre del punk y el post punk. Así llegué a Joy Division -solía usar una remera con una imagen de su disco Closer-, a los Sex Pistols y a los Ramones. Recuerdo que vi la película The Great Rock and Roll Swindle en VHS y la escena en la que Sid Vicious cantaba My Way y luego acribillaba a tiros a parte del público me volvió loco. Con un poco de jabón empecé a pararme el pelo, un gesto de rebeldía que tenía sus complicaciones los días de lluvia, y en mi walkman Unicef blanco escuchaba Anarchy in the UK, God save the Queen, She's a sensation y Somebody put somthing in my drink.

Mi era dorada del rock and roll llegó cuando empecé quinto año. Nuestro profesor de Historia Ernesto Castrillón siempre nos hablaba del viejo rock de los sesentas, nombraba bandas y músicos que no habíamos escuchado nunca -como Peter Green y The Kinks- y nos empujó a escuchar a Creedence, Clapton, los Stones y Hendrix. Fue por esa época que estrenaron la película de los Doors, con Val Kilmer, y eso me llevó, al día siguiente de haberla visto en el cine Mignon, de Juramento y Cabildo, a comprarme  un The Best of de la banda de Jim Morrison, que pasó a ser uno de los más escuchados en mi flamante minicomponente de doble casetera Phillips.

Con 17 años, empecé a ir a bailar con más regularidad. Por lo general iba con amigos a las matinés de Engelberg, Always o Rainbow, pero a veces, si nos dejaban entrar los patovicas, nos mezclábamos con los más grandes en Palladium, New York City, Bulldog o Prix D'ami. En esos boliches escuchábamos a New Order (¡qué temazo que era Bizarre love triangle!), Depeche Mode, Technotronic y todo eso que hoy aparece en los ataques ochentosos. Eran épocas de casetes grabados, de fondos blanco de cerveza y los primeros cigarrillos (Marboloro, L&M o Kent) y, cuando pintaba rock and roll, nos íbamos a Margarita, aunque las chicas ahí, las clásicas rolingas, no eran tan atractivas como en los otras discos.

En el verano del 91, apenas unos meses después del viaje de egresados, tuve mis primeras vacaciones con amigos. Eramos como diez y nos alquilamos una casa en Pinamar. Entre flippers, asados, escabios y chicas que no nos daban bola, explotaron los Stones, AC/DC y Bob Marley en el equipito de audio que llevamos y que no tenía descanso. Para nosotros fue el verano del pasito de Jagger, de You shook me all night long, del disco Appetite for Destruction de los Guns, de I shot the sheriff y, cuando no íbamos a bolichear a Ku o Always, de los fogones en la playa cantando Desconfío, Me gusta ese tajo y Rasguña las piedras.

Ya casi estaba a las puertas del blues aunque todavía no lo sabía. Muy pronto vendríaextran los primeros casetes grabados con temas de Johnny Winter, el impacto fulminante de Hoochie Coochie man de Muddy Waters y el show de B.B. King en el Luna Park, pero eso ya es parte de otra historia.

lunes, 1 de agosto de 2016

Desde Clarksdale, el más puro... rock and roll


Las cosas a veces no salen como uno espera pero eso no implica que salgan mal. Tal vez, para el que enarbola la bandera del blues más puro y autóctono, y que considera que sólo eso es blues, escuchar a un negro nacido en el corazón del Mississppi, al que presentó como uno de los últimos exponentes del Delta, tocar rock and roll al palo toda la noche, pisando el wah wah a cada instante, resulte un fuerte golpe a sus convicciones. Más si esa persona es uno de sus músicos y tiene que asentir a todas las órdenes del negro. Eso pasó el sábado a la noche en Mr. Jones: Super Chikan no bajó un cambio desde que, a las 23,50, arrancó con Hideway hasta el final atronador con el slide chirriante sobre las cuerdas de un moderno diddley bow, cuando las agujas del reloj acariciaban las 2 de la mañana. Adrián Flores, baterista y productor del evento, no pudo disimular su malestar en el escenario por los temas elegidos por Super Chikan pero no se detuvo y demostró que él también puede buen tocar rock and roll.

James Johnson, más conocido como Super Chikan, nació hace 65 años en el poblado de Darling, al norte del Mississippi, a media hora de Clarksdale, ciudad que con el tiempo convirtió en su hogar. Allí tiene su casa, su taller -donde fabrica sus extrañas guitarras- y los escenarios que suele frecuentar como el de Ground Zero y el de Red's. Tiene editados una decena de discos, uno junto a Watermelom Slim, y está considerado como uno de los referentes actuales del blues más crudo del Delta del Mississippi. Flores no compró gato por liebre, eligió bien, sólo que esta vez Super Chikan tenía ganas de rockear.

La primera media hora del show fue muy intensa. Juan Codazzi en guitarra rítmica y Juancho Hernández en bajo acompañaron al maestro con mucho entusiasmo, al igual que Flores quien, con su característico vozarrón, anunciaba: "From Clarksdale, Mississippi, Mr. James Super Chikan Johnson". Entre tema y tema Flores repetía su presentación, pero ya más como para recordarle a Super Chikan de dónde venía que para dejarle en claro al público a quién estaban viendo. Claro está que no se atrevió a gritarle "¡Play the blues!", como si lo hizo con Buddy Guy, desde la platea del Gran Rex, la primera vez que el guitarrista vino en los noventa.

Toda esa primera parte, en la que se despachó con una demoledora versión de Kansas City, Super Chikan tocó una curiosa guitarra abrillantada con forma de gallina que tuvo que dejar a la fuerza cuando, mientras interpretaba una furiosa versión de Woke up this morning, cortó una cuerda. Entonces tomó una de doble mástil e interpretó Crosscut saw sin variar ni un ápice la intensidad de su presentación. Acto seguido, tuvo un falso arranque blusero pero el cable le impidió seguir y la banda se detuvo. Lo cambió y Flores lo miró entusiasmado como diciendo "por fin vamos a tocar un blues", pero eso no estaba en los planes de Super Chikan quien se despachó con el clásico Hound dog.

Mientras, abajo del escenario, un hombre mayor, de unos setenta y pico, un Virrey Bianchi doblegado por el alcohol y la noche, se había entusiasmado con el rock and roll y su voz se hizo notar. Primero pidió a los gritos "Carrozas de fuego (?)", pero enseguida se corrigió y reclamó "Ruta 66". Como lo ignoraron desde el escenario, el hombre pensó que tal vez si lo pedía en inglés Super Chikan lo iba a complacer y gritó: "Sistisis", que sonó más a cistitis que sixty six. Tampoco tuvo suerte. Volvería a intentarlo un par de veces más hasta que se fue del bar resignado cuando el show aún no había terminado.

Siempre al palo, Super Chikan encadenó Baby what you want me to do, Boom boom –una versión que envidiarían los Barbados de ZZ Top- y You don't have to go. Punteó con la lengua, movió la pelvis e hizo algunos pasos de baile bastante llamativos. Eso sí sus solos fueron siempre impecables y la banda se mantuvo firme en todo momento. Fue sobre el final cuando tomó su moderno diddley bow de seis cuerdas (el diddley bow original es un primitivo instrumento de una sola cuerda) y Flores aprovechó para invitar al escenario Roberto Porzio, quien se aproximó entusiasmado con su cigar box guitar, pero Flores le pidió que usara la Les Paul dorada de Codazzi. Era la última oportunidad para tocar un blues, la noche se extinguía y ya no había tiempo para más. Super Chikan miró a los músicos y dijo: "Boogie woogie". Flores se dirigió a Juancho Hernández y balbuceó su frustración: "Otro rock and roll".

El show fue muy bueno y el sonido a cargo de Rogelio Rugilo estuvo a la altura de Super Chikan, quien demostró que el blues no es una caja cuadrada sino que tiene variantes y que se puede tocar más rápido o con mayor intensidad, rockearlo por decir de otra manera, sin perder la esencia blusera.

lunes, 25 de julio de 2016

Hooker en Impulse


La discografía de John Lee Hooker es una de las más desorganizadas de los músicos de blues clásicos. Eso se debe a que Hooker casi nunca respetó los contratos de exclusividad con las compañías discográficas y grabó con distintos seudónimos, muchas veces las mismas canciones, en algunas ocasiones solo y en otras acompañado por distintas bandas. Algo similar pasó con otros artistas como Elmore James o Lightinin' Hopkins, pero en el caso de Hooker es aún más marcado porque el volumen de lo que grabó es mucho mayor.

Es casi imposible saber cuántos discos de Hooker fueron editados con exactitud, entre álbumes de estudio, en vivo y compilados. Y, desde ya, elegir los tres o cuatro como los mejores no resulta para nada sencillo. Muchos coinciden en que algunos de sus más destacados trabajos son Plays and sing the blues, editado por Chess en 1961; Boogie Chillun, una grabación en vivo de 1962 que fue lanzada al mercado diez años después; Alternative Boogie: Early Studio Recordings 1948-1952, que Capitol Records sacó en 1995; o el álbum doble junto a Canned Heat de 1971. Pero entre tanto material, hay un álbum que no se puede dejar pasar: se trata del disco que grabó para el prestigioso sello de jazz ABC Impulse junto a experimentados sesionistas. Hooker resultó ser, además, el único blusero que dejó su nombre impreso en el catálogo de esa compañía que, en la década del sesenta, grabó a la crema de la crema del jazz: John Coltrane, Duke Ellington, Coleman Hawkins, Sonny Rollins, Art Blakey y Oliver Nelson, por solo nombrar a algunos.

It serves you right to suffer fue grabado el 23 de noviembre de 1965 en Nueva York y se publicó al año siguiente, hace 50 años. Como no tuvo la repercusión ni las ventas esperadas, su relación contractual con el sello no prosperó, pero el tiempo hizo justicia a esas ocho canciones. En ellas subyace lo mejor de Hooker, ese boogie hipnótico y cadencioso, con acordes sostenidos en el aire, como desafiando la gravedad y penetrando todos los sentidos. Un espectro emocional de compases entrelazados que serpentean un ritmo fulminante... en síntesis, Hooker en su máxima expresión.

Bob Thiele John Coltrane y Archie Shepp
Los personajes que lo acompañaron encajaron como las piezas de un rompecabezas. El productor Bob Thiele tenía sobre sus espaldas decenas de grabaciones con músicos de jazz como Coltrane, Dizzy Gillespie y Charles Mingus, y menos de dos años después de grabar con Hooker alcanzaría su máximo éxito, en la voz de Louis Armstrong, con What a wonderful world, que escribió junto a George David Weiss. La relación de Thiele y el blues no terminaría con It serves you right to suffer. De hecho a fines de los sesenta empezó a trabajar en el sello BluesWay, también subsidiario de ABC, y volvió a producir a Hooker así como también a T-Bone Walker y B.B. King. Pero en este disco en particular su gran mérito fue amalgamar una banda de jazz con el boogie profundo de Hooker.

Panama Francis
El guitarrista Barry Galbraith, quien durante casi dos décadas fue músico estable de las orquestas de NBC y CBS, y tocó con Billie Holyday, Sarah Vaughan y Miles Davis, entre otros, aportó su fino toque jazzístico para confrontar los rudimentos estilísticos de Hooker. Esa contraposición de funcionó perfecto. La rítmica estuvo a cargo del contrabajista Milt Hinton y el baterista David "Panama" Francis. El primero estuvo casi 15 años tocando con Cab Calloway, mientras que el segundo integró las bandas de Ellington, Ella Fitzgerald, Ray Charles y Mahalia Jackson, entre muchos otros. "En el estudio , Hooker estuvo siempre al mando de la sesión, muy cómodo y con una botella de whisky a su lado, golpeando sus pies en una madera contrachapada que estaba apoyada sobre la losa y con la luz muy tenue. Su única preocupación en cada una de las canciones era el beat y el tempo", escribió Stanley Dance para Jazz Magazine.

"Les pidió a los músicos que se relajaran y antes de empezar con Shake it baby, les dijo: 'Déjense llevar", detalló Dance. Justamente con esa canción, que ya había grabado en solitario unos años antes en Hamburgo, empieza el álbum. El repertorio sigue con Country boy y luego una excelente versión de Bottle up & go, al mejor estilo bailable de los jukejoints del Delta. Continúa con You're wrong y Sugar mama, antes de volver sobre un tema que ya había tocado en los cincuenta, Decoration day.

Money, de Barry Gordy Jr., es el único cover que interpreta. Su versión es mucho más oscura y sofisticada que la de Ray Charles, tal vez por la combinación del sonido de su guitarra con trombón de William Wells, única aparición en el álbum. Todo termina con It serves you right to suffer, "con la clásica introspección de Hooker y la receta antidepresiva que le da su médico: leche, crema y alcohol" tal como sostiene Mark Humprey en las notas del CD.

Hooker volvería a grabar con un músico de jazz más de dos décadas después y fue, nada más y nada menos, que con Miles Davis, en una mítica sesión de la que también participaron Taj Mahal y Roy Rogers, para la banda de sonido de la película The hot spot, dirigida por Dennis Hopper y protagonizada por Don Johnson. Pero aquella histórica reunión de 1965 demostró que Hooker, pese a que muchos tienden a encasillarlo y de alguna manera a aislarlo por su estilo tan visceral y único, era capaz de grabar con quien fuera, siempre y cuando esos músicos estuvieran a la altura de su leyenda.

viernes, 15 de julio de 2016

Sensatez y sentimientos


El primer gesto del maestro Larry Carlton fue dejar que presentaran a los músicos antes de su salida a escena. Mariano Cardozo, productor del evento, anunció a Jota Morelli, a Daniel Maza y a Gustavo Silva, y ellos asomaron tímidamente y saludaron al público. Tras ese inusual comienzo, Carlton caminó confiado hasta el centro del escenario. Tomó su Gibson 335 y empezó a acariciarla suavemente. Improvisó una dulce melodía en soledad, bañado por un haz de luz azulado.

Tras su solo inaugural, el maestro llamó a Morelli y Maza con un gesto ampuloso. Los músicos ocuparon sus lugares y se lanzaron en un frenesí jazzístico exquisito. Silva apareció para el tercer tema y, durante el resto de la noche, alternó el sonido hammond con el de los sintetizadores. La banda sonó muy ensamblada, sin fisuras, pese a que apenas tuvieron un par de ensayos juntos. En determinados momentos, Carlton dejó que el baterista y el bajista mostraran lo suyo y también entrecruzó notas con un entusiasmado Silva. El guitarrista le dio un rol estelar a la banda y los músicos respondieron con creces. Pura sintonía fina.

La guitarra parece una extensión de su cuerpo. Desde la forma en que la agarra y todo lo que saca es orgánico y natural. Su estilo, pulido y refinado, también está cargado sentimiento. Cada una de las notas que toca dice algo. Anoche lo demostró ante un Teatro Coliseo prácticamente colmado. Conmovió con su hit Minute by minute, le puso funky con My mama told me so y Put it where you want, ambas de su época con los Crusaders, y acarició el blues con la soberbia Friday night shuffle. Dibujó las notas más finas con Room 335, de su álbum debut de 1976, y engalanó la noche con otras joyas de sus discos solistas como Sunrise y March of the jazz angels. También interpretó algunos covers como Roll with it de Stevie Winwood y Josie de Steely Dan, en la que estiró las cuerdas al mejor estilo B.B. King. En el cierre arremetió con Sleep walk, esa joya instrumental compuesta para steel guitar por Santo & Johnny en 1959, que Carlton transformó en un emotivo y vibrante saludo de despedida.

En la previa, cuando la ansiedad por ver a Carlton otra vez luego de 30 años dominaba al público, Nasta Súper hizo su debut sobre las tablas del Coliseo con una presentación tan corta como encendida. Fueron tres temas instrumentales -Doodlin', Blues in B y Robert Nighthawk stomp- en los que Rafa Nasta, armado con una Les Paul ametralló al público respaldado por sus fieles lugartenientes: Gabriel Cabiaglia, Mauro Ceriello y Walter Galeazzi.

Durante casi dos horas, Carlton colmó el amplio recinto del teatro solo con su música, interrumpida apenas por el estallido de aplausos entre tema y tema. La despedida fue conmovedora, se mezclaron sonrisas y lágrimas de emoción. Luego se abrió paso entre el público, que lo esperaba en el hall de entrada, para firmar sus discos. Otro gesto más del maestro de la sensatez y el sentimiento.


viernes, 8 de julio de 2016

Mr. 335


Lo llaman Mr.335, en honor a la guitarra Gibson de la que no se puede separar. En sus más de 40 años como músico profesional , Larry Carlton tocó con una amplia gama de figuras del jazz, el pop, el rock y el blues: Quincy Jones, Barbara Streisand, John Lennon, Joni Mitchell, Billy Joel, B.B. King, Bobby "Blue" Bland y hasta Charly Garcia son algunos de esos nombres. Carlton además edificó una notable carrera solista, editó unos 30 discos -entre álbumes en vivo y de estudio-, fue nominado 19 veces a los premios Grammy, de los cuales ganó cuatro, uno por el tema que interpretó para la popular serie de tevé, Hill Street Blues, en 1981.

Carlton nació en Torrance, California, el 2 de marzo de 1948. Aprendió a tocar la guitarra desde muy pequeño y sus primeras influencias fueron grandes maestros del jazz como Joe Pass, Wes Montgomery y John Coltrane, así como también el Rey del Blues, B.B. King. Tras graduarse en el Long Beach State College, al sur de Los Ángeles, en 1968, Carlton se sumó a The 5th Dimension, una banda pop soul muy popular entre los hippies que enarbolaban las banderas de paz y amor. Ese mismo año, editó su primer LP solista, With a Little Help from My Friends, un álbum de covers para un pequeño sello independiente. En 1971, se sumó a The Crusaders, un grupo que fusionaba jazz, soul y R&B. Tras dejar esa agrupación, en 1976 contribuyó con su fino toque en el álbum The Royal Scam, de Steely Dan. Unos años antes, en 1973, grabó junto a Joni Mitchell en el disco Court and Spark.

En 1978, Carlton firmó contrato con Warner Bros. El primer disco que grabó para el poderoso sello se llamó Larry Carlton a secas. Con esa compañía editó otros cuatros álbumes. Con Friends, de 1983, fue nominado a otro Grammy. En 1986, arregló con MCA Records y una vez más volvió a recibir ese premio a la mejor interpretación instrumental pop por el single Minute by minute, del disco Discovery. Al año siguiente fue nominado para otro Grammy por el álbum Last Nite.

En el mejor momento de su carrera la Argentina se cruzó en su camino. Primero fue a través de Charly García. Ese encuentro no fue en nuestro país sino en Nueva York. Charly fue a grabar su disco Clics Modernos a los estudios Electric Lady y Carlton tocó en tres canciones: No soy un extraño, Los dinosaurios y Plateado sobre plateado. En una entrevista que Charly le concedió al periodista Alfredo Rosso dio detalles sobre esa sesión: "La única persona en el long-play que toca lo que le parece, más o menos, es Larry Carlton. Le pedí información, le dije: ¿Por qué siempre me gustaron más los discos de Steely Dan y los de Joni Mitchell donde vos tocas que tus discos y los de los Crusaders. Y él me dijo: 'porque los solos de Joni Mitchell y Steely Dan los componen Steely Dan y Joni Mitchell. Les doy cinco o seis tracks de la misma canción y ellos ponen el primer compás de un solo... ¿Entendés?' Es lo que hice yo también, en Los Dinosaurios, por ejemplo. Hay veces en que hay una guitarra, hay veces en que hay tres (...) Larry Carlton es un tipo súper fenómeno".

Tres años más tarde, en agosto de 1986, un Carlton que por entonces lucía pelo largo dio una serie de recitales en Shams, un pequeño bar que estaba sobre la Avenida Federico Lacroze, en Belgrano. Luis Alberto Spinetta, entre otros, fue testigo privilegiado de aquellos shows en los que el guitarrista estuvo acompañado por Alex Acuña en percusión, Rick Marotta en batería, Terry Trotter en teclados y John Peña en bajo. El periodista Carlos Polimeni escribió para el diario Clarín: "Lo que deslumbra de Carlton no es su falta absoluta de recursos previsibles o la justeza de su equipamiento en gira. Es más bien el gusto monumental para acomodarse sobre las melodías y volar en sentimiento más rápido que los dedos y ese background cultural tan típico de músicos del sur de los Estados Unidos".

En 1989, Carlton estuvo cerca de la muerte. Fue baleado en el cuello por dos pandilleros a la salida de Room 335, su estudio de Hollywood, mientras grababa el álbum On solid ground. La herida le afectó las cuerdas vocales pero con el tiempo pudo recuperarse. Durante la década del 90 grabó más discos, trabajó junto a Lee Ritenour y luego lo reemplazó en la banda de smooth jazz Fourplay. En los últimos años, siguió muy activo lanzando discos, realizando giras por el mundo y uniendo talento con guitarristas de la talla de Steve Lukather y Robben Ford, con este último editó los álbumes Unplugged y Live in Tokyo.

Su vida personal se resume en su matrimonio con la artista Michele Pillar, con quien tuvo dos hijos y se separó en 2013. Travis Carlton siguió los pasos musicales de su padre, aunque en vez de la guitarra optó por el bajo. En 2012 y 2015, vino a la Argentina acompañando al guitarrista Scott Henderson.

 El show de Larry Carlton, este jueves en el Teatro Coliseo, será un gran acontecimiento para los amantes del jazz, el blues y la música en general. Y una oportunidad única de verlo interactuar con músicos locales como Gustavo Silva (piano), Daniel Maza (bajo) y Jota Morelli (batería). Bienvenido Mr. 335.

miércoles, 29 de junio de 2016

El buen cambio


Difícilmente se ponga mejor que esto. Changes, cambios, podría hacernos presuponer que hay un marcado viraje en la música de Charles Bradley, pero no es así. Hay, por el contrario, una profundización de lo que ya venía mostrando en sus dos discos anteriores. Una reivindicación sesentista, un sonido profano, la cópula perfecta entre el góspel y el rhythm and blues. En el sonido retro de Changes subyace un toque contemporáneo. Es un puente generacional que atraviesa medio siglo como si nada. El soul de ayer es el soul de hoy y Charles Bradley, con su voz áspera, es quien mejor lo encarna.

El álbum empieza con God bless America que, más allá de la letra devota de la idiosincrasia gringa, resulta ser una sutil y breve interpretación góspel sostenida por el colchón rítmico de un hammond. Podemos decir que el disco, tal y como lo vamos disfrutar, comienza a partir del track dos, Good to be back home, donde Bradley despliega sus alas, poseído por el espectro de James Brown. Nobody but you es una balada soulera, que empieza suave y dulce, como un elixir, y va ganando en intensidad, como cuando un trago de whisky penetra en la garganta: Bradley brama mientras los caños intentan contenerlo dentro de un contorno melódico.

Ain't gonna give it up redondea el sonido clásico que Daptone Records logró imponer de la mano de Sharon Jones y el propio Bradley. Lo mejor del disco llega con la versión de Changes, que Ozzy Osbourne, Bill Ward y Tommy Iommi compusieron en 1972 para el disco Black Sabbath IV. La versión de Bradley es descomunal y emotiva. Su voz surge con una fuerza y una pasión inalcanzable. Sin desmerecer a la original, el cantante se la dedica a su madre y le da un nuevo sentido, la hace renacer. Ain't it a sin nos lleva a las calles de Nueva York de fines de los 60, atestadas de Pontiac, Cadillac y Buick.

Things we do love for y Crazy for your love son el botón de muestra de las inflexiones vocales que logra el cantante y también de toda la expresividad que destila. En esos dos temas, al igual que en You think I don't know, irrumpe un coro de ángeles negros, con sus voces que se elevan como plegarias sacras. Change for the world parece compuesta para una banda de sonido de una película de cine negro, como lo hacían Curtis Mayfield e Isaac Hayes. El disco se va a media máquina con Slow love, una despedida cancina que nos deja pidiendo más.

En este nuevo álbum, Bradley cuestiona las religiones, las armas, los odios y a los falsos profetas. Propone un cambio, un buen cambio, desde el fondo de nuestras almas, con los corazones hinchados y el amor como bandera. Ese es el mensaje, el medio son sus canciones.


miércoles, 22 de junio de 2016

Como un buen vino


El nuevo disco de Tinsley Ellis reafirma lo que percibimos el año pasado con el lanzamiento de Tough love: que el guitarrista nacido en Atlanta, Georgia, está en la cima de su carrera. Sus dotes con las seis cuerdas, que no son ninguna novedad, se han amalgamado a la perfección con su talento para componer canciones y con su forma de cantarlas. Red clay soul, su flamante álbum, está en la misma línea que su predecesor: hermosas melodías, solos infernales y riffs inmaculados. La búsqueda de la nota exacta en el momento justo.

El álbum comienza con un punteo que descarga pasión eléctrica en la poderosa y narcisista All I think about you, mientras su voz irrumpe con prestancia y todo queda imbuido por un fuerte sabor sureño: “A pesar de que no tengo un centavo, soy una leyenda en mi mente / No soy la gran cosa, pero pienso todo el tiempo en mí”. Sigue con Givin’ you up, una canción souleada con una vibra positiva, que destila alegría y emoción, que Ellis escribió junto a Oliver Wood, de los Wood Brothers, quien se suma para un dueto vocal. Callin’ es una balada con mucho soul en la que Ellis le rinde tributo a Al Green. En la misma línea melódica aparece Anything but go: Ellis le canta a su mujer que puede decirle hasta que no lo ama… todo menos dejarlo.

Hungry woman blues comienza con mucho clima, el solo por encima de un suave wah wah que hace las veces de sostén rítmico y se extiende durante toda el tema, alternando fraseos exquisitos, mientras Ellis canta con un registro bajo, sin sobresaltos. Circuit rider es más rockeada, con un ritmo más espeso, casi pantanoso. Don’t cut it recuerda a uno de esos éxitos ochentosos de Robert Cray, y una letra que busca resaltar lo colectivo por sobre lo individual.

En el tramo final, Ellis sorprende con Party of one, un blues lento con una fina guitarra jazzera, en el que su voz, reseca, le canta a un amor que ya no está. Estero de noche tiene mucho Santana feeling, con lo que Ellis demuestra que también puede lucirse en la diversidad. El disco termina con The bottle, th book o the gun, otra balada de fino toque blusero .

Ellis es un caso testigo en el blues, un tipo que empezó a la sombra de los grandes guitarristas de los ‘80 y ’90, y que el tiempo, como a un buen vino, fue sacando lo mejor de él y hoy se posiciona entre entre las etiquetas de alta gama de su generación.


martes, 14 de junio de 2016

Con el mismo espíritu

Estos dos discos acaban de ser editados de manera independiente. Se trata de propuestas estílisticas diferentes pero que comparten un mismo espíritu.


50 Negras - Sed de blues. La banda experimentó un cambio radical en el último tiempo. Poco queda de aquel grupo que ganó el Concurso deBandas de Blues en 2013 interpretando covers de Magic Slim y Junior Wells. Sus músicos decidieron seguir el camino de la composición, tratar de crear nuevas canciones y en español. Más allá de un par de cambios en la formación -Javier Russomanno y Miguel Ángel Romeo ocuparon los lugares que dejaron Benjamín Aquino, Brian Figueroa y Rodrigo Benbassat- el giro más significativo lo hicieron en su sonido. La mayoría de las canciones las escribió el guitarrista Mariano Bisbal y se nota que tiene pasta para eso. Esta noche es una de los mejores temas del disco. Merece sonar en las radios porque tiene una melodía intensa y la letra es animada sin caer en clichés. La armónica de Andrés Fraga es la que la contiene dentro de los márgenes del blues. La canción del impaciente tiene un ritmo similar al San Francisco bay blues, la guitarra con slide del invitado Roberto Porzio marca el comienzo y después la letra nos presenta a un soñador que se desvela por un amor, harto de tanta rutina. Ángel de la guarda también tiene una melodía resuelta pero con una letra más melancólica. Para bien o para mal es el blues más decidido de todo el repertorio, con gran protagonismo de la armónica y un aporte formidable del piano del gran Tito Maza. Sed de blues y Arde lento son composiciones de Russomanno. La primera es un shuffle adherente y el otro es un blues lento que destila pasión a borbotones. Russomanno se adaptó muy bien a la banda y canta con convicción y mucha energía cada una de las once canciones, algunas acompañado por un coro integrado por Brian Chávez (Rielar), Ale Gallo y Leo Parra. El cierre, con Chau, chau, tiene el característico sonido de Elmore James con una letra más ramplona que las demás, pero que no desentona para nada. Sed de blues se sostiene por una rítmica concisa a cargo de Daniel Carboni y Romeo, y contó con la experiencia de Gabriel Cabiaglia y Daniel De Vita en la grabación y masterización. Se trata de un gran disco debut  que seguramente será el primero de muchos más por venir.


Riqui Muñoz & La 12 Compases - I-IV-V. Riqui Muñoz es un laburante del blues, un tipo que lleva décadas tocando, produciendo y difundiendo  un género tan apasionante como poco redituable. Después de tantos años de remarla, acaba de lanzar su álbum debut, en el que demuestra un profundo conocimiento del género y una apasionada técnica para tocar la guitarra. Tal vez no sea un virtuoso, pero compensa con mucho sentimiento: sus solos fluyen como la sangre por las venas y su corazón late al ritmo del blues.  Riqui Muñoz es el cerebro de La 12 Compases, una banda que suena compacta y en línea. Benjamín Aquino, ex cantante de 50 Negras, alcanza unos registros muy limpios, ya sea con temas animados como That old feeling is gone, de T-Bone Walker, o Woman across the river, de Freddie King; y en otros más duros como Look what you've done y Forty days and forty nights, ambos de Muddy Waters. Fabián Yajid y Eric Hamudis marcan el ritmo con soltura, mientras que Gabriel Gerez y Tincho Amenábar alternan entre el piano y los teclados según la demanda de la canción. Eric Sciaglano completa la formación en guitarra rítmica. Daniel Raffo es uno de los dos grandes invitados del disco: desgrana un punteo exquisito en Darling you know I love you, de B.B. King. El otro es Adrián Jiménez que suma su armónica en los dos temas de Muddy Waters. Pero además algunas canciones cuentan con los caños de Juan Badenas, Milton Rodríguez y Ariel Palermo, como por ejemplo la souleada That's what love will make you do, de Little Milton. La banda también explora algunos temas menos populares como Certainly all, de Guitar Slim, y Gettin' drunk, de Johnny "Guitar " Watson. Sobre el final, Riqui Muñoz se anima con una composición propia, Batata's shuffle, un instrumental cargado de pasión blusera. El arte de tapa tiene la sobriedad que el álbum requiere. I-IV-V es un disco de blues puro sin ningún tipo de aditivo, es el homenaje de un laburante del blues a sus máximas influencias.

viernes, 3 de junio de 2016

A corazón abierto


Wee Willie Walker es un cirujano que te opera a corazón abierto. Su instrumental quirúrgico es su poderosa voz. Es así como está leyenda del soul te llega hasta al alma. No lleva delantal blanco, sino que viste un traje en tonos dorados, con un llamativo chaleco brillante. Es un hombre pequeño. No se mueve mucho. Sólo sus manos acompañan la belleza de su canto. A su lado está el anestesista, Igor Prado. Un zurdo que toca una guitarra para diestros, es decir, usa las cuerdas invertidas, así como lo hacía el gran Albert King. Prado marca los tiempos, los cortes y hace unos solos demenciales.

Walker y Prado, de lugares tan distintos como Memphis y San Pablo, se amalgaman sobre el escenario. Esparcen su química a la sección rítmica, que muestra una solvencia sorprendente para no haber realizado ningún ensayo. Machi Romanelli en teclados, Gabriel Cabiaglia en batería y Esteban Freytes en bajo completan el equipo médico, son los que llevan el ritmo y mantienen vivo el pulso con un groove infernal.

El comienzo es todo de Igor. Primero con un swamp blues, con la guitarra con mucho reverb, y después con un blues lento implacable. Igor hace unos solos feroces y presenta a la banda, cada uno muestra lo suyo antes de que Walker aparezca en escena. Y entonces Igor le da la bienvenida: "Desde Memphis...". Y el cirujano entra caminando despacio. Eleva una mano y recibe una ovación. "Me traje el sombrero equivocado, aquí hace un frío del demonio", bromea. Igor arremete con unos riffs funky y Walker entona Breakin' up somebody's home. Termina la canción y le acercan un coñac. Tal vez no sea la marca importada que suele beber pero no importa. Da unos sorbos para mantener la garganta lubricada y se zambulle en el blues con I'd rather drink muddy water.

Homenajea B.B. King con The thrill is gone y más tarde canta una versión ralentizada de Down home blues. Pero lo mejor de su repertorio llega cuando se vuelca sobre el cancionero clásico del soul. Es emocionante la versión de When something is wrong with my baby, de Sam & Dave, e invita a bailar con el groove abrasivo de Let's stay together, de Al Green. El momento supremo de la noche llega con A change is gonna come, de Sam Cooke, en la que Walker alcanza unos registros extraordinarios y su voz envuelve a cada uno de los presentes en el Roxy de Palermo. Es uno de esos instantes en los que el tiempo se detiene y solo la música fluye.

Igor lo respalda y se encarga de la dirección musical. La banda lo sigue al pie en todo momento y el guitarrista tiene sus momentos de gloria. Se le rompe una cuerda en uno de sus solos y eso no se convierte en un problema, sino en una atracción. Con esa cuerda rota le da a la otra y su solo se torna aún más magnífico. También es generoso y le da el pase a Machi Romanelli para que este le de a las teclas con fruición

Walker, el cirujano del soul, dejó nuestros corazones palpitando con intensidad. La magia del viejo soul sigue intacta.

domingo, 29 de mayo de 2016

Sale el Sol


Hace algunos años la revista Rolling Stone la ubicó entre los 100 mejores guitarristas argentinos. Una distinción importante para una chica que es reconocida dentro del ambiente del blues aunque no tanto por quienes están fuera de ese circuito. Sol Bassa estudió con Botafogo y Rafa Nasta, tocó con las Blusettes de Ciro Fogliatta y, por sobre todas las cosas, se hizo habitué de cuanta jam blusera surgiera en Buenos Aires. Allí, entre músicos, empezó a demostrar que es dueña de una técnica exquisita y que se atreve a desafiar a los convencionalismos del género, curiosamente, manteniendo un nexo fuerte con la tradición. Teniendo en mente ese background, y después de escuchar varias veces su flamante álbum, es cuando uno logra comprender, en toda su dimensión, la literalidad del título. Dedos negros es mucho más que una frase suelta o un enunciado. Es su designio.

Dedos negros son los de Sol Bassa cuando empiezan a recorrer las cuerdas de su guitarra en ese primer tema que acapara mucho blues y lo moldea como quiere, como si fuera plastilina, y luego lo devuelve a su estado original. Estira las cuerdas, agita la palanca, mientras la armónica de Ximena Monzón serpentea entre acordes y riffs demoledores. Un comienzo fulminante. El gato y el ratón, la canción que sigue, fue el adelanto del disco que Sol Bassa hizo circular por las redes sociales. En un mismo tema, de poco menos de cuatro minutos, ella logra distintos climas, algo así como varias canciones en una misma, con unos solos de antología.

En Mambo vehicular, combina el poder de su slide con las teclas de Ciro Fogliatta y un toque latino que recuerda a las interpretaciones instrumentales de Rick "LA" Holmstrom. En Guitarrería 1480 deja la eléctrica de lado y se sumerge en notas campestres con una acústica. Bajo los cielos de Turdera tiene un comienzo bucólico con slide que va ganando en intensidad como si Ry Cooder estuviera arengándola, pero hay un corte y un cambio en el que la batería de Rodrigo Benbassat marca el nuevo pulso de la canción con el vibrante acompañamiento del bajo de Nicolás Silva.

En #41, esta vez con el pulso certero de Florencia Rodríguez en el contrabajo, Sol Bassa elabora un intrínseco ritmo de blues , con retazos country y, por momentos, un leve feeling hawaiano. Con Alí el campeador endurece el marco armónico, la guitarra suena férrea y los punteos son de una intensidad sobrenatural, los teclados de Fogliatta surgen a la mitad del tema y dan un respiro hasta que Sol Bassa contraataca con vigor zeppelinezco . Entre cables mantiene una correlación con el tema anterior en cuanto a la dinámica interpretativa, aunque aquí la guitarra suena un tanto más funky. El final del disco la encuentra acompañada por uno de los mejores exponentes del slide, el lap steel y el country blues del país, Santiago "Rulo" García. Juntos, más el toque místico de los teclados de Anahí Fabiani, se sumergen en la balada Canción para Guadalupe. Pero no dejes de escuchar en cuanto termine porque aparece una sorpresa, un track oculto en el que le conocemos la voz a Sol Bassa y da la sensación de que es el comienzo de su próximo álbum.

El disco, de principio a fin, está lleno de matices, diferentes texturas y una paleta colorida de influencias musicales que, sobre el lienzo de la partitura, pasa de la forma a lo abstracto y vuelve sobre sí mismo una y otra vez. Además del talento de la artista fue clave el rol de Daniel De Vita en la producción y masterización.

Sol Bassa logró dos cosas importantes: una es que su disco debut merezca la máxima calificación; y la otra es que un álbum instrumental no resulte aburrido o repetitivo, sino todo lo contrario. El amanecer de esta joven guitarrista es un buen augurio para el futuro. Siempre es bueno cuando sale el Sol.


sábado, 21 de mayo de 2016

Pappo, ¡presente!


Y ahí estaban todos ellos, con su historia a cuestas, que sintetiza buena parte de la gran historia del blues local. Juntos, arriba del escenario, cantando Sube a mi voiture y Longchamps boogie. Tres guitarras entrelazadas, una armónica solitaria y decenas de palmas aplaudiendo y arengando al público que ya para entonces había dejado la comodidad de las butacas para agitar al ritmo de la música. Y todo por Pappo, el emblema de la guitarra blusera argentina. El hombre que nos dejó un cancionero único e inigualable. El Carpo del pueblo. El de los bluseros, el de los rockeros, el de los fierreros.

Jueves a la noche en el Teatro ND. La sala estaba prácticamente llena para ver un espectáculo emotivo y solidario. La presentación en vivo del CD y DVD El Blues local más vivo que nunca, El evento, organizado por Guille Krassner, tuvo dos objetivos claros: honrar a la memoria de Norberto Napolitano y recaudar dinero para la obra Don Orione.

La apertura del show estuvo a cargo de La Vieja Ruta con un tema de la última época de Pappo, Rock & roll y fiebre. Y así comenzaron a pasar los músicos y las canciones: Gady Pampillón, Sarcófago, Daniel Raffo, Los Chevy Rokcets, Krassner, Solitario Juan, Con Elvira es otra cosa, Tomé demasiado, Katmandú, Martín Luka, Matías Cipilliano, Perro Gorosito, Claudio Kleiman, Conejo Jolivet, Claudio "Catiti" Cabral, El tren de las 16, Nunca lo sabrán, Carlos Gardellini, Willy Quiroga. Entre tema y tema, un par de auxiliares corrían contrarreloj para acomodar los instrumentos de los músicos que vendrían después. Como para matizar las esperas se pasaron algunos de los videos del DVD con músicos que no pudieron asistir a la velada como por ejemplo el fallecido Negro García López, Litto Nebbia o el español Javier Vargas.

Los momentos más celebrados de la noche fueron la presentación de Ricardo Tapia que, con una guitarra resonadora, su armónica y el acompañamiento de Krassner en batería, regaló una exquisita versión de Gris y amarillo; y la aparición del Claudio Gabis junto a la renovada versión de Memphis, la Blusera, para interpretar el tema más versionado del Carpo, Desconfío. Gabis, además, junto a Frans Banfield, hicieron el clásico de Manal, Una casa con diez pinos, que Pappo hizo propio en su disco Blues local.

"Y dale Pappo, dale dale Pappo", cantaba el público con ganas. Hubo mucha emoción, pero para nada empalagosa. En la platea estaba Liliana, la hermana de Pappo, y muchos de los músicos le hicieron la reverencia. Claudia Puyó y el Tano Marciello rockearon fuerte con Adónde está la libertad y el cierre quedó en manos de Alambre González que, con su voz tan particular, impuso presencia con Whisky malo. Los bises tuvieron su anticipo cuando Puyó cantó El hombre suburbano -"Es la primera vez que voy a cantar esta canción", dijo- con Alambre incendiando su viola.

Pappo lo debe haber disfrutado. Porque estaban muchos de sus amigos y porque sus canciones, a más de diez años de su muerte, están más vigentes que nunca.

Pappo, ¡presente!

lunes, 16 de mayo de 2016

Cinco estrellas


Darío Soto & Soulville - I came from the south. La altura interpretativa que logró Darío Soto junto a los músicos que lo acompañan en su flamante álbum es sorprendente. Todo encaja a la perfección: el sonido cuidado, la elección de los temas, el ensamble y los solos de cada uno de los protagonistas. El disco comienza con la sublime How blue can you get, en la que el guitarrista Juanma Torres se lleva toda la atención con unos punteos exquisitos. La banda se sumerge en Judgement day, de Snooky Pryor, con Hernán Fridman marcando la introducción con el contrabajo para que Soto entre en escena soplando su armónica con la fuerza de un viento huracanado. El resto del disco sigue entre el blues y el soul. Soto eleva su canto apasionado tanto en la animada Ain't that love, de Ray Charles, como en un blues lento y profundo como This time I'm gone for good. Tavo Doreste aporta su toque al piano, a veces de manera sutil y discreta, y otras, como en Something you got o Remenber me, con un protagonismo exclusivo. En ambos casos, cumple su rol a la perfección. I came from the south (Vine del sur), el único tema propio y que da nombre al disco, tiene un entusiasta clima soulero apuntalado en el hammond de uno de los invitados, Nandu Aquista, y los solos refinados de Torres. El tema es tan bueno que debería ser la piedra basal de la próxima etapa de composición de la banda, que completan el bajista Pablo Martinotti y el baterista Gody Napol. Otros músicos que participan en el álbum son Nico Raffetta en hammond, Mariano Slaimen en armónica y Santiago "Rulo" García en guitarra con slide. Soto, elogiado por el mismísimo Tad Robinson, tiene un registro brillante que combina la escuela de Stax con la de Motown. Es por eso que se anima a interpretar temas de Otis Redding, Sam Cooke o Stevie Wonder con absoluta confianza y mucha destreza. Y le sale muy bien.

César Valdomir - Working for the blues. El disco de César Valdomir merece también cinco estrellas. Este armoniquista y cantante porteño radicado en Córdoba, que aprendió con Adrián Jiménez y Rubén Gaitán, tiene un estilo más volcado al blues de Chicago. Si bien por momentos se nota que busca un sonido bien tradicional, se permite algunas licencias que hacen que el disco resulte muy ameno e interesante. Como si fuera un equipo de fútbol ofensivo, Valdomir ataca desde el minuto uno con una enérgica versión de Rocker, de Little Walter. La presión adelante es férrea con el instrumental de su autoría, Working for the blues, que ratifica más adelante con un tema dedicado a su mujer, Lore blues (Midnight hour) y un tributo al gran George "Harmonica" Smith. La banda que lo respalda es una selección de verdaderos talentos jóvenes. Además del guitarrista Alejandro Saúl, su violero cuando juega de local en Córdoba con los Blue Midnight, participan Dany De Vita (guitarra), Mauro Diana y Mariano D'Andrea (bajo), Pato Raffo y Walter Loscocco (batería) y, aquí también, Nico Raffetta y Rulo García, entre otros. Pero hay un invitado que acapara toda la atención, un jugador experimentado de nivel internacional que suma para el equipo. John Primer colabora con su toque clásico de guitarra y canta en dos canciones de Muddy Waters: Take the bitter with the sweet y Walking thru the park. Valdomir suena de manera convincente cuando contraataca con Baby what you want me to do o como cuando se defiende con la dulce melancolía jazzera de I left my heart in San Francisco. Al disco le queda una jugada más: la interpretación vocal de John the Revelator que rinde culto a la tradición del gospel y el blues más profundo, en la que lo acompañan Matías Lubrina, Meli Gutiérrez, Lucas Salvatierra, Juli Villarreal, Juano Maldonado y Malen Panichelli, integrantes del Coro Gospel Kumbaya. De punta a punta, es un álbum de blues en estado puro interpretado con mucha garra.

lunes, 9 de mayo de 2016

Mucho más que dos


¡Si habremos visto el VHS de este concierto a comienzos de los 90! Era uno de los pocos recitales fr blues que circulaban por aquí entre los que, por entonces, descubríamos un mundo nuevo alrededor de la música surgida en el Mississippi. Johnny Winter era el héroe de la guitarra alternativo a la locura que despertaba Stevie Ray Vaughan, y Dr. John era una figura enigmática para la gran mayoría. La buena noticia es que MDV Visual acaba de editar en CD la mítica presentación que el albino y The Night Tripper realizaron para la televisión sueca en 1987.

Ese año, Winter finalizaba su contrato discográfico con Alligator Records y estaba en uno de los mejores momentos de su carrera. Eso queda de manifiesto desde el mismo inicio del show cuando el tornado texano arremete con Sound the bell, del disco Serious business. Armado con su guitarra Lazer lanza unos solos lacerantes mientras Jon Paris sostiene el ritmo con el bajo y Tom Compton golpea con una fuerza inusitada la batería. La banda redobla el temperamento inicial en Don't take advantage of me: más de diez minutos en los que el blues y el rock alcanzan uno de sus momentos de mayor intensidad.

El trío se lanza con Mojo boogie. Winter suena feroz y eterno. El slide acribilla como una metralla. El ritmo es denso y Jon Paris sobrecarga el flujo musical con un solo de armónica brutal. Es entonces cuando Winter presenta a Dr. John. Los primeros acordes del piano así lo confirman. Su voz inconfundible surge de inmediato con la letra de You lie too much, mientras que Winter y Paris sostienen los coros. Winter y Dr. John se reparten estrofas de Sugar sweet y Paris vuelve con la armónica que fluctúa entre los solos de piano y guitarra. El ritmo frenético se toma un descanso de siete minutos mientras otras vez la dupla combina voces en Love, life & money. El final con Jumpin' Jack Flash es tan demoledor que después prácticamente no quedan fuerzas para seguir con otra cosa.

Este disco captura la energía, la tenacidad y el talento de dos de los más grandes músicos de la historia de la música popular norteamericana, y me animo a decir que es una de las dos o tres grabaciones en vivo más excitantes de Johnny Winter. Un álbum que nadie debería dejar pasar.


domingo, 1 de mayo de 2016

La primera grabación de Muddy Waters

Henry "Son" Simms y Muddy Waters
"Oímos hablar con frecuencia de esos momentos decisivos en que se descubre un gran talento creativo, pero es muy poco habitual que podamos ser testigos de cómo se desarrolla todo el proceso, paso a paso. Daríamos una fortuna por tener la posibilidad de seguir a Brian Epstein, el 9 de noviembre de 1961, cuando fue al Cavern Club a escuchar a unos chicos de Liverpool que acababan de empezar a actuar con el nombre de los Beatles. O por escuchar la prueba que hizo Elvis para Sun Records en la casa de Scotty Moore el 4 de julio de 1954 (...) Cuando Keith Richards se encontró con su amigo de la infancia Mick Jagger en un tren en 1961...". En su libro, Blues- La música del Delta del Mississippi, el músico e investigador Ted Gioia compara esos hitos de la historia del rock con el día en que Alan Lomax descubrió a Muddy Waters en una precaria cabaña de la plantación Stovall, en las afueras de Clarksdale. La diferencia entre todos los otros acontecimientos y éste es que Lomax grabó ese encuentro y lo inmortalizó.

En pocas semanas se cumplirán 75 años de ese histórico momento.

Plantación Stovall
McKinley Morganfield había nacido el 4 de abril de 1913 en Rolling Fork, un poblado del Mississippi ubicado sobre la ruta 61, al sur de Clarksdale, aunque algunos investigadores señalan que el año de nacimiento pudo haber sido 1914 o 1915 y el lugar la pequeña comunidad rural de Jug's Corner, en el condado de Issaquena, cercana a Rolling Fork. Su madre murió cuando tenía tres años y entonces el pequeño se fue a vivir al norte con su abuela. Cuando Lomax llegó a Stovall en busca de un joven de talento similar al de Robert Johnson al que llamaban Muddy Water -se lo conocería por el plural tiempo después- se encontró con un muchacho de veintitantos que había pasado gran parte de su vida manejando tractores, recogiendo algodón y cosechando maíz.

Alan Lomax
A fines de agosto de 1941, Lomax y el profesor de la Universidad Fisk John Work, que estaban registrando músicos del Delta para la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, descargaron de su auto el pesado equipo portátil de grabación frente a la cabaña en la que vivía Muddy Waters. Tras una breve presentación, en la que Lomax lo convenció de que no era un agente gubernamental que lo buscaba por contrabando de moonshine y tocó algunos acordes con una guitarra Martin que llevaba consigo para tranquilizarlo, el músico aceptó que lo grabara. En esa espontánea y trascendental sesión, Muddy Waters grabó tres canciones: Country blues, I be's troubled y Burr Clover farm blues, esta última acompañado en segunda guitarra por Henry "Son" Simms. Además, Lomax grabó la entrevista en la que Muddy Waters respondió preguntas sobre cómo compuso los temas, la técnica del slide y quiénes eran sus influencias, entre otras cuestiones relacionadas con lo musical.

Muddy Waters quedó realmente sorprendido cuando se escuchó a sí mismo y eso fue la llave que abrió la puerta de una gran carrera, que lo llevó, algunos años más tarde, a convertirse en el padre del blues de Chicago.

Lomax volvió al año siguiente y lo grabó de otra vez, ahora acompañado por Simms en violín y guitarra, y otros músicos de la zona como Charles Berry, Louis Ford y Percy Thomas. Recién en enero de 1943, la Biblioteca del Congreso editó Country blues y I be's troubled bajo el nombre de McKinley Morganfield. Muddy recibió un pago de 20 dólares. Ambos temas serían parte de su repertorio durante gran parte de su carrera aunque bajo otros títulos y con la letra sensiblemente diferente: Feel like goin' home y I can't be satisfied.

En 1966, el sello Testament editó el LP Down on Stovall Plantation con esas grabaciones. Pero la versión definitiva apareció recién en 1993 cuando Chess/MCA lanzó el CD The Complete Plantation Recordings, una obra que incluye los tres temas de 1941, más otros 15 de de 1942 y parte de las entrevistas realizadas, en las que incluso se pueden escuchar los pasos de Alan Lomax recorriendo el rústico piso de madera de la cabaña en la que vivía Muddy Waters. Esas grabaciones junto con las de Robert Johnson en San Antonio y Dallas en 1936 y 1937; y las de Charlie Patton, Son House, Willie Brown y Louise Johnson para Paramount en 1930 son las más importantes de la historia del blues del Delta de pre guerra. Son, efectivamente, el comienzo de todo lo que vino después.

domingo, 24 de abril de 2016

El último solo del asesino de la Flying V


Su muerte quedó eclipsada por la de Prince. Por eso estas líneas, en este humilde blog, intentarán rendir un justo homenaje a su figura, su música y su trayectoria. Acá en Argentina lo conocimos en los '90 por sus discos para Alligator Records, el primero producido nada más y nada menos que por Stevie Ray Vaughan. Pero su historia es mucho más rica y se remonta a fines de la década del '50 cuando compró una de las primeras siete Gibson Flying V que se hicieron y, a comienzos de los '60, sentó las bases de los solos de guitarra en el rock que atronarían pocos años más tarde.

Lonnie Mack fue un innovador. Tenía una técnica muy personal basada en el fingerstyle y el chicken picking, propias del country y el bluegrass, aunque con una marcada formación musical marcada por el blues y el R&B. Atacaba las cuerdas de manera rápida y agresiva y utilizaba un vibrato Bigsby con el que obtenía un sonido distintivo, que con el tiempo se lo denominó whammy bar, en honor a su tema Wham!

Entre las influencias de Mack se destacan T-Bone Walker, Ray Charles, Jimmy Reed, Merle Travis, Hank Williams, George Jones, Jimmie Rodgers y Hank Ballard. La lista de músicos a los que influenció él con su técnica es también amplia y notable. Además de SRV sobresalen los nombres de Jeff Beck, Roy Buchanan, Duane Allman, Dickey Betts y Eric Clapton, entre muchos otros.

A comienzos de los '60, tuvo un paso por las bandas de Freddie King y James Brown, experiencia que lo marcó a fuego. Pero el año clave en su carrera sería 1963. Mack firmó contrato con el pequeño sello Fraternity, con base en Cincinnati, y se integró como guitarrista de la banda estable. Así fue como grabó dos temas que serían decisivos en su historia. Memphis, de Chuck Berry, y el mencionado Wham! Ambas canciones se convirtieron en inesperados éxitos, tanto para el guitarrista como para el sello. Las radios de R&B comenzaron a pasarlas con mucha frecuencia, al igual que la balada Where there's a will, hasta que descubrieron que Mack no era negro. En 1968, el guitarrista firmó con el sello Elektra, que reeditó el álbum The wham of that Memphis man, y grabó otros tres álbumes que no fueron ni tan consistentes ni interesantes como el material que había grabado para Fraternity.

Mack se recluyó en su Indiana natal y en los '70 grabó un par de discos oscuros -Home at last y Lonnie Mack and Pismo- más volcados a la música country. Los planetas se alinearon para el punzante guitarrista en la década siguiente. Viajó a Austin, Texas, y en su camino se cruzaron Stevie Ray Vaughan y el sello Alligator Records. Tanto SRV como la compañía de Bruce Iglauer estaban en su apogeo comercial y el disco que lanzarían juntos fue un éxito. Strike like lightinin' fue un álbum muy sólido que significó el regreso de Mack a las grandes ligas y dejó algunos temas imponentes de los dos violeros juntos: la excitante Double whammy, la electrizante Satsify Suzie y la joya acústica Oreo cookie blues.

El asesino de la Flying V grabaría dos discos más con Alligator -Second sight (1987) y Attack of the killer V: Live (1990)- aunque lo más significativo de su paso por la compañía fue el show que dio en 1985, tras la edición de su primer álbum, junto a Roy Buchanan y Albert Collins en el Carneghie Hall de Nueva York. Ese concierto fue registrado en video y se editó con el nombre de Further on Down the Road. Lonnie Mack no volvería a los primeros planos, salvo por algunas distinciones que recibió en los últimos años. Se fue a vivir a Smithville, Tennessee, para estar cerca de sus hijos y nietos. La muerte lo alcanzó el 21 de abril en ese pequeño poblado al este de Nashville. Tenía 74 años y, según Alligator Records, falleció por causas naturales.