viernes, 5 de febrero de 2016

Homenaje a Pappo


Pappo sigue entre nosotros. Vive en sus canciones, en las calles de La Paternal y en las cientos de anécdotas que dejó, que sus amigos guardan como tesoros de antiguos galeones hundidos. Norberto Napolitano es un emblema del blues y el rock local. A casi once años de su muerte, su música cobra un nuevo impulso de la mano de viejos conocidos y colegas que, en diferentes sesiones, grabaron una veintena de temas del Carpo con un fin solidario: colaborar con la obra de Don Orione.

El álbum y DVD cuenta con grandes artistas de nuestra escena. Ricardo Tapia versionando Gris y amarillo, Memphis la Blusera interpretando Desconfío y Ruta 66, Matías Cipilliano y Martín Luka haciendo El tren de las 16, Daniel Raffo con los Chevy Rockets con Tomé demasiado, y Alambre González amasando Whisky malo son los que más blues le ponen al compilado. Mientras que Vox Dei (El viejo), Claudia Puyó y el Tano Marciello (A dónde está la libertad), Gady Pampillón (Con Elvira es otra cosa) y La Vieja Ruta con Pity Álvarez (Rock & roll y fiebre) rockean como al Carpo le gustaba. Lo bueno es que cada una de esas versiones no son meras copias de las originales, sino que tienen su propia impronta aunque sin alejarse del espíritu original.

El disco tiene otras excelentes participaciones. Claudio Gabis, acompañado por Frans Banfield en voz, deja su fino toque en Una casa con diez pinos, tema de Manal que Pappo hizo suyo en los '90. La Vargas Blues Band tiene una aparición estelar con Blues local, mientras que Claudio Kleiman y Conejo Jolivet sudan muchísimo sentimiento enNunca lo sabrán. El álbum tiene otro valor agregado: empieza con Caras en el parque, la última grabación del Negro García López, una sentida despedida para el legendario guitarrista de Charly García.

El proyecto encabezado por Guillermo Krassner, Sergio "Chuchu" Fasanelli y Esteban Reynoso, dueño del sello Arde Rock and Roll, contó con la aprobación y colaboración de la hermana de Pappo, Liliana Napolitano, y la participación de muchísimos otros músicos como Ricardo Daniel Muñoz, Patán Vidal, Josué Marchi, Sarcófago, Mauro Ceriello, Darío "Perro" Gorosito, Luca Frasca y el legendario Litto Nebbia, quien en soledad interpretó Los días de Actemio.

El Carpo se merecía un homenaje así.


jueves, 28 de enero de 2016

Disparen contra Bonamassa


Hace pocos días participé de una discusión en Facebook con músicos a los cuales respeto muchísimo y otros a los que no conozco. El debate comenzó cuando uno de ellos subió a su perfil un artículo publicado en el Washington Post titulado "The guitar nerd from Utica who has come to save the blues" (El guitarrista nerd de Utica que ha venido a salvar al blues). Su autor, Geoff Edgers, hace una semblanza de Bonamassa y lo pone en el lugar de mesías del género. Muchos de los que leyeron el artículo se indignaron con el planteo, pero terminaron agarrándosela con Bonamassa por lo que otro escribió.

Hasta hace un par de años, acá nadie hablaba de Bonamassa. Cuando se presentó en mayo de 2012 en el Teatro Coliseo, para la gran mayoría del público blusero resultó ser una novedad. Un año más tarde, el guitarrista volvió a la Argentina y llenó el Luna Park. En todo ese tiempo que pasó entre un show y otro algo sucedió: se editaron aquí sus últimos discos y una legión de oyentes se volcó a su música. Eso tuvo una repercusión negativa en el ambiente más cerrado de nuestro blues. Aparecieron algunos burlándose de su apellido, como lo hacen los chicos en la escuela primera. Comenzaron a llamarlo "el pizzero" y empezaron a subir fotos de Freddie King o Howlin' Wolf con la leyenda: "¿Joe Bonamassa? Nunca escuché hablar de ella".

¿Qué es lo que molesta tanto de Bonamassa? Algunos aducen que es un producto del marketing, otros le cuestionan que sea el elegido de la industria discográfica, que se empeña en silenciar a bluseros más auténticos. A muchos les perturba que su nombre sea usado como sinónimo contemporáneo de blues. Y unos sostienen que su forma de tocar carece de espíritu y está "inyectada de anabólicos". En lo que a mí respecta, no creo que Bonamassa sea un producto del marketing, sino que él lo utiliza muy bien para apuntalar su carrera. Además, está claro que para la industria lo que hace es comercialmente viable para tratar de reposicionar al blues en el mercado. Pero esto no es nuevo, lleva décadas manifestándose de distintas maneras. Chess intentó cambiarle la imagen a Muddy Waters y Howlin' Wolf a fines de los 60 para poder vender más y grabó esos discos malditos que los músicos odiaron, pero que con el tiempo se volvieron joyas del género. La aparición explosiva de Stevie Ray Vaughan en los '80 fue un cimbronazo para el blues. Sus videos aparecieron en MTV, muchos lo detestaron y le cuestionaron que usara el nombre del blues para definir su música. En los '90, con Gary Moore pasó algo parecido a lo que sucede hoy con Bonamassa, pero con el plus de que el irlandés metió el hit Still got the blues en todos los charts y comenzó a sonar en las radios con mucha frecuencia. Eso lo convirtió en el enemigo público número uno de turno de los bluseros más tradicionalistas.

Desde ya que no se puede comparar a SRV, Gary Moore y Bonamassa, pero sus nombres sirven para trazar una línea que que muestra que en el ambiente del blues -aquí y allá- hay altos niveles de intolerancia.

Es cierto que el éxito no determina el talento. Pero tampoco se puede afirmar que alguien exitoso no tiene talento. Bonamassa no es el salvador del blues como plantea el artículo. No creo que nadie pueda atribuirse semejante responsabilidad. La preservación del blues es una tarea colectiva y Bonamassa apenas cumple su rol. El tipo es incansable, realiza giras permanentemente por todo el mundo y se la pasa componiendo y grabando. Tiene más de 20 discos editados, contando álbumes de estudio, en vivo y proyectos paralelos como su dueto con Beth Hart o las bandas Black Country Communion y Rock Candy Funk Party, así como también su primer grupo, cuando apenas era un adolescente, Bloodline. Algunos discos son mejores que otros, como sucede con las discografías de todos los artistas, pero todos tienen ese sello característico que hacen que un guitarrista sobresalga por encima de los demás.

Es incomprensible que tanta gente -músicos especialmente- pierda el tiempo atacándolo y no se siente a escuchar sus discos. Hay mucho prejuicio en las críticas y poco conocimiento de su trayectoria musical. Bonamassa es, claramente, una esponja que absorbió décadas de blues y rock y las procesó a su manera. En su forma de tocar confluyen Peter Green, Jimmy Page, Billy Gibbons, Freddie King, Johnny Winter, Albert King y Eric Clapton, por solo nombrar a algunos. Su disco Blues Deluxe, de 2003, es el más blusero de todos. En sus demás trabajos fue un poco más allá sin perder la esencia.

Bonamassa hace mucho por el blues: ayuda a que una nueva generación, que crece con una sobrecarga de información, pueda llegar a interesarse en nombres como los Muddy Waters o Charley Patton, dos de los grandes bluesmen a los que versionó.

Hay discusiones que atrasan décadas. Así lo plantea Keith Richards en su autobiografía. Nadie puede ser más negro que los negros por más que así lo crea. El blues tradicional seguirá siendo tradicional. Y, desde ya, Bonamassa no va a ocupar el lugar de Eddy Clearwater, de Lurrie Bell o de Super Chikan, por solo nombrar a tres de los bluseros de fuste que están vivos. Bonamassa hace lo suyo y no se apropia de la palabra "blues" como muchos acusan, sino que colabora con el crecimiento y la expansión del género. Es entendible que a alguien no le guste o no le provoque ninguna emoción escucharlo, porque los gustos musicales son muy personales, pero de ahí a tirarle con munición gruesa no me parece justo.

El blues es una música folclórica que trascendió las fronteras y se volvió un lenguaje universal. La evolución está en su ADN, pero ese proceso evolutivo no implica que lo nuevo vaya sepultando a lo viejo, sino todo lo contrario. Charley Patton, Robert Johnson, Elmore James, Muddy Waters, T-Bone Walker, B.B. King, Albert King, Magic Sam, Earl Hooker, Buddy Guy fueron incorporando al blues distintos elementos estilísticos que marcaron una diferencia notable con respecto a sus antecesores. Lo mismo sucedió con artistas como Johhny Winter, Duane Allman, Eric Clapton, Peter Green, Mike Bloomfield e incluso Jimi Hendrix en los '60. Y lo mismo se repitió a en las décadas siguientes, algo que hasta el día de hoy no se detiene. Es a Bonamassa al que le toca lidiar con todo eso ahora y, pese a las críticas, lo está haciendo muy bien. Espalda le sobra, talento también.

Vivan y dejen vivir.

jueves, 21 de enero de 2016

Onda Donavon

Fotos gentileza Fotografía de Toilette
Simple, agradable y con muchísima onda. Así fue el show que Donavon Frankenreiter dio anoche en Niceto. Al igual que en su presentación del año pasado, el músico californiano estuvo acompañado por Matt Grundy (bajo, guitarra y armónica) y Michael Duffy (batería). El trío sonó compacto y muy natural. Donavon no tiene dos caras: es un tipo amable, con swing y capaz de hacer mover hasta las macetas.

El recital no fue muy distinto al que dio en marzo. Interpretó sus temas más conocidos, como Free o Call me papa, aunque ahora sumó un par de su último disco The Heart, como la notable Big wave. Musicalmente fue impecable. Donavon es un gran cantante y todas sus melodías tienen un efecto contagioso. Grundy es un pilar fundamental, con su guitarra y bajo Gibson de doble mástil primero marca el ritmo y luego se encarga de la primera guitarra, mientras que Duffy acompaña con mucha precisión, suave cuando tiene que serlo e intenso cuando el ritmo así lo requiere.

Cada solo de guitarra de Grundy fue una descarga blusera que luego extendió a la armónica. Donavon también tiene lo suyo con las seis cuerdas, como por ejemplo el punteo profundo que alcanzó en Move by yourself o el más potente y rockeado de That's too bad, en el que junto a Grundy transformaron el coqueto espacio palermitano de Niceto en un polvoriento bar de Texas.

El final fue casi un calco del de hace diez meses. Primero invitó a escena a uno de los músicos teloneros, Joaco Terán -el otro fue Dani Ferretti junto a algunos amigos de Open Folk-, quien lo acompañó en guitarra y voz en It don't matter. Esta vez Donavon no arrojó el micrófono al público para que cantaran sino que hizo subir directamente a un flaco, de musculosa y bermuda, bien playero, obvio, para que entonara el estribillo y la verdad que lo hizo muy bien. El dato de color, fue que durante todo el show, atrás suyo estuvo el dibujante Sebastián Domenech, pintando un motivo en una tabla de surf que le obsequiaron a Donavon, el mejor regalo que podían hacerle junto a la ovación del final.

El gran Donavon Frankenreiter, el del apellido difícil, dejó entrever que sus visitas en el futuro serán frecuentes. En un momento complicado como el que estamos viviendo, en el que el sinónimo de cambio resultó ser arrasar con todo, las canciones amables de Donavon nos dieron un respiro. Y eso fue nun gran aliciente.

miércoles, 13 de enero de 2016

Pureza acústica sin filtros


Una de las cosas más lindas que tiene el blues es cuando una guitarra acústica y una armónica, por ejemplo, suenan con la intensidad de toda una banda eléctrica. Hay varios ejemplos a lo largo de la historia: Sonny Terry y Brownie McGhee, Buddy Guy y Junior Wells, Cephas & Wiggins, Satan & Adam. La crudeza, la emoción, el sentimiento, el deseo asoman sin filtros. Lo que se ve y lo que se escucha es exactamente lo que se siente. J.J. Appleton & Jason Ricci acaban de sacar un disco que, si bien no los pone en el pedestal de los dúos mencionados, los encamina hacia ese lugar.

Dirty memory comienza con la potente Learning blues, en la que Appleton acribilla con el slide una guitarra resonadora mientras que la armónica de Ricci le sigue el ritmo con una ferocidad implacable. Luego se zambullen en el lodo de la historia primaria del blues para interpretar uno de los clásicos de pre guerra más populares, Nobody's fault but mine, de Blind Willie Johnson. En algunos temas el dúo recurre al respaldo rítmico del contrabajo, en el que alternan Tim Lefebvre y Neal Heidler. El resto del repertorio se conforma con canciones propias que pueden abordar distintos estilos como el piedmont, field holler, blues del Delta o americana.

Una de los temas originales más interesantes es New man, escrito por Ricci, y en el que su armónica traza una melodía atrapante mientras que Appleton canta con muy buen registro. Pero sin dudas lo que más llama la atención del disco es el track 5, seis minutos de Ricci solo con su pequeño instrumento batiendo cualquier tipo de lógica interpretativa. Una arrolladora demostración de talento. Entre las canciones que versionan está Black limousine de los Stones, un blues salvaje que Appleton y Ricci honran con mucha pasión y gran pulso; y también It ain't use, de Gary US Bonds intervenida al mejor estilo It hurts me too. El cierre es solo de Appleton con la melancólica Come on over, come on by, en la que su voz y su slide se conjugan en un profundo lamento.

Esta dupla de jóvenes músicos tiene un futuro impresionante que se sustenta en un gran presente con el que rescatan el pasado del blues a través de la pureza acústica.

miércoles, 6 de enero de 2016

La leyenda de la frontera

La muerte, tarde o temprano, le llega a todos. Y los bluseros no son la excepción. A veces da la sensación de que los bluesmen que se van dejan un vacío difícil de llenar, aunque por suerte hay una buena cantidad de músicos jóvenes que surgen con nuevas propuestas y cargados de talento. El último veterano en subirse al tren con destino incierto fue el gran Long John Hunter, heredero de una dinastía de grandes guitarristas texanos, quien desde su trinchera fronteriza, ahí donde Estados Unidos y México se funden entre cactus, tierra seca y animales carroñeros, creó su propia leyenda. Hunter tenía 84 años y ocho discos editados como solista y uno junto a Phillip Walker y Lonnie Brooks.

John Thurman Hunter Jr. era oriundo de Lousiana pero se crío en Beaumont,Texas, donde se formó musicalmente. Como muchos de los músicos de blues, empezó a tocar la guitarra luego de ver en vivo a B.B. King. En 1954, editó su primer single para un pequeño sello de Houston con el tema She used to be my woman en el lado A y Crazy baby, en el B. En 1957, se fue a vivir a El Paso y allí consolidó su carrera. Se volvió un referente absoluto del blues en esa región polvorienta en la que el Río Bravo da un poco de respiro. Entre 1961 y 1963, lanzó un par de singles - El Paso rock, Midnight stroll y Border town blues- que no trascendieron más allá de su zona de influencia.

Tras décadas animando furiosamente la escena local, de lunes a lunes, tanto en El Paso como en la vecina Ciudad Juárez, a mediados de los noventa captó la atención de Alligator Records. Así fue como Bruce Iglauer firmó contrato con él y grabaron Border town legend (1996), Swinging from the Rafters (1997) y Ride with me (1998), con los que tuvo difusión a lo largo y ancho de los Estados Unidos y también a nivel internacional. La frutilla del postre con Alligator fue el lanzamiento, en 1999, de Lone star shootout, junto a Brooks y Walker, con el que la compañía discográfica buscó un éxito similar al que había tenido en 1985 con Showdown, que reunió a Albert Collins, Johnny Copeland y Robert Cray.

El éxito de los noventa le permitió una vida más holgada y muchas giras, aunque en cuanto a discos ya no tuvo el mismo marketing de los años de Alligator. En 2003, grabó One foot in Texas juntó a su hermano Tom Hunter, y seis años después lanzó Looking for a party, ambos para sellos locales.

La muerte lo encontró el lunes durmiendo en su casa de Phoenix. Quedan sus discos y el recuerdo de quienes lo vieron en vivo en algún festival o en el Lobby Bar, colgándose de la viga del techo y tocando con una mano su Fender Stratocaster. Que en paz descanse, maestro.

martes, 29 de diciembre de 2015

Los diez mejores discos del año

Vale aclarar que esta es una selección muy personal.


                                                   Keith Richards - Crossedeyed heart


                                                               Tinsley Ellis - Tough love


                                                     Shemeika Copeland - Oustskirts of love


                                                        Billy Gibbons - Perfectamundo


                                               Wee Willie Walker - If nothing ever changes


                                                     Igor Prado Band - Way down south


                                                    Slam Allen - Feel these blues


                                               Gregg Allman - Back to Macon, GA


                                               Carlos Elliot Jr. Del Otún & el Mississippi


                                                 Carlo Ditta - What I'm talking about


                                              MEJOR DISCO NACIONAL



                                                      Daniel De Vita - Southside blues


                                                       MEJOR REEDICIÓN


                                              Chicago Blues Allstars- Loaded with the blues
                                              (Sunnyland Slim, Willie Dixon, Johnny Shines,
                                                               Walter Horton y Clifton James)  

domingo, 20 de diciembre de 2015

Cuando la perfección sacude emociones

Fotos Edy Rodríguez

Había algo que se sabía de antemano: David Gilmour es uno de esos músicos que en cada show busca la perfección y, por lo general, la alcanza. Los arreglos, los solos, las armonías vocales y la calidad del sonido siempre fueron para él una obsesión desde que compartía el liderazgo de Pink Floyd con Roger Waters, o cuando quedó solo al frente de la banda y también a lo largo de su carrera solista. Lo del viernes a la noche, en el amplísimo predio del Hipódromo de San Isidro, fue una demostración de talento y profesionalidad. Un estallido de emociones. Satisfacción garantizada.

La llegada a San Isidro fue caótica. Viernes, hora pico. Colapso de autos para salir de Capital y lo mismo para entrar al feudo de Posse. Gilmour y su banda no tuvieron ese problema: accedieron al hipódromo de contramano por Avenida Márquez en tres combis con un par de motos de la Policía Federal abriéndoles el paso. La organización también fue muy deficiente, apenas habilitaron un par de accesos sobre Márquez y mucha gente reportó que ingresó muy tarde al show y otros ni siquiera pudieron entrar.

Como en todos los mega eventos híper costosos de los últimos años, los más acaudalados tuvieron el beneficio de poder sentarse de frente al escenario en la denominada platea VIP. Para el resto de los mortales, se abrió la tranquera del fondo y nos arreglamos como pudimos. Por suerte había una segunda línea de pantallas bien ubicadas que permitió que mucha gente lo viera muy bien y sentada, aunque bastante lejos del escenario. Las columnas de sonido también estaban muy bien colocadas y todo sonó perfectamente ecualizado y en el volumen adecuado. Ni una fritura, ni una interferencia. Es difícil calcular cuánta gente había, pero estimo que no menos de 60.000 personas.

El show comenzó a las 21.30 con el solo profundo de 5 AM, como para entrar en calor, y siguió con Rattle that lock y Faces of stone, tal como empieza su último disco. La primera explosión del público llegó bastante rápido cuando Gilmour, con la voz apenas cascada, tomó la acústica y lanzó los primeros acordes de Wish you were here. Todos cantaron junto a él. Fue un momento muy emotivo. En esa primera parte tocó algunos temas más de Pink Floyd, como la célebre Money, Us and them y High hopes, que intercaló con In any tongue y A boat lies waiting, de su último trabajo, y The Blue, del disco On an island (2006).

El viento fresco fue un compañero inesperado en lo que pintaba que iba a ser una hermosa noche de verano. Como el predio estaba muy abierto con el correr de los minutos el frío empezó a hacerse sentir, especialmente en el intervalo de 20 minutos que Gilmour se tomó en el medio del show. Los que estaban en bermudas, los de manga corta y ni hablar las que tenían musculosas sobrellevaron la noche como pudieron.

Lo visual también fue clave en el show. Muchas de las canciones estuvieron acompañadas por videos muy locos y cuando las cámaras enfocaban a Gilmour o sus músicos se destacó una secuencia de efectos, entre novedosos y psicodélicos, y muchos juegos de luces.

Pasadas las 23, el guitarrista volvió al escenario con una descarga a puro Pink Floyd. Encadenó Astronomy domine, Shine on you crazy diamond, Fat old sun y la extraordinaria Coming back to life. En clave de blues, al mejor estilo Tom Waits, interpretó The girl in the yellow dress y luego, haciendo gala de sublimes armonías vocales y una buena guitarra funky, arremetió con Today, ambas de Rattle that lock. Para el final se reservó otras dos de la legendaria banda británica: Sorrow y Run like hell, cantada a dúo con el bajista Guy Pratt. Gilmour, rodeado de sus músicos, encabezados por su guitarrista rítmico y director musical Phil Manzanera, saludó de manera afectuosa al público y se retiró en medio de una imponente ovación. Apenas unos minutos después volvió para entrelazar en los bises Time, Breathe y Comfortably numb.

Mientras escuchaba esas canciones recordé cuánto me gustaba Pink Floyd cuando estaba en el secundario. The Wall desató mis pensamientos más libertinos, El lado oscuro de la luna me cambió la cabeza y Wish you were here me enamoró. El tiempo pasó y el blues se adueñó de mi vida, pero nunca dejé de escuchar y recordar aquellas melodías de una época en la que estaba bien enfrentarse con el mundo y deambular por las calles con una mochila toda pintarrajeada con los nombres de tus bandas de rock favoritas. Gilmour ayer removió parte de ese pasado con aquellas viejas canciones y nos trajo de regreso a la actualidad con su nuevo material. Fue un viaje alucinante.

jueves, 17 de diciembre de 2015

Las páginas del blues local

Fotos Mariano Valdivieso
Hay momentos en la vida que quedan eternizados y el del martes a la noche fue uno de esos. Bien presentes tengo las caras atentas de mucha gente querida, de músicos a los que admiro profundamente y de otros desconocidos que se acercaron para escucharnos hablar sobre nuestro libro. En apenas media hora sintetizamos el laburo de dos años, que incluyó decenas de entrevistas, gran cantidad de material bibliográfico leído y larguísimas horas frente a la computadora. Bien al Sur es una obra que escribimos con total responsabilidad, con la idea de dejar un primer testimonio de la historia del blues en nuestro país.

El lugar de la presentación fue el Balcón del Blues, ahí en la zona del Abasto, un bar muy cálido y bien ambientado que nos abrió la puertas con la mejor onda: Braca, Jorge Ramos y todos los que trabajan ahí son campeones del mundo. Poco después de las 20.30, Gabriel Grätzer, Leandro Donozo (nuestro editor) y yo nos subimos al escenario y nos acomodamos en unas banquetas con un micrófono para cada uno. Para mí fue una experiencia novedosa. Esta vez yo estaba arriba de la tarima y los músicos abajo. Apoyé el vaso de cerveza sobre un amplificador mientras el reflector me enceguecía un poco. Tal vez eso último me ayudó a calmar los nervios. Leandro hizo una introducción del libro y cuando terminó fue mi momento de exponer. Luego siguió Gabriel y sobre el final tomé de nuevo la palabra. Transmitimos nuestro mensaje, contamos de que va el libro y recibimos un fuerte aplauso. De las palabras pasamos a la música..

Jorge Senno, guitarrista excepcional que combina el country blues más puro con el blues de raíz porteña, comenzó su set con un tema instrumental de Stefan Grossman, Bermuda triangle exit, siguió con Barraca peña, de su autoría, y cerró con dos canciones de Manal: Informe de un día y Todo el día me pregunto. Alternó entre una guitarra acústica con la firma de Grossman y una reluciente resonadora. En dos de las canciones contó con la colaboración del gran armoniquista rosarino Franco Capriati.

Unos minutos después, la emblemática figura de Botafogo copó el escenario del Balcón. Décadas de experiencia: Pappo's Blues, Avalancha, Carolina, Durzano de Gala y una extensa trayectoria solista son parte de su curriculum musical. Luciendo un sombrero tipo Panamá y un saco celeste que cubría una polémica remera, el Blues Maestro se acomodó en la banqueta y, con humor y filosas ironías, se quejó de que el blues tenga poca difusión en los medios y se mostró emocionado con algunas cosas que revelamos en el libro, de cómo sus métodos para aprender a tocar la guitarra llegaron hasta los puntos más recónditos de nuestro país y América del Sur. Al igual que Senno, utilizó dos guitarras, y su repertorio de tres temas se lo dedicó a Pappo, como suele hacerlo últimamente. Tocó Slide blues, Blues para mi guitarra y Desconfío. ¡Un lujo!

El final fue eléctrico. Un grupo de buenos amigos del blues y notables músicos con su raíz en La Escuela de Blues se unieron para celebrar el lanzamiento de Bien al Sur. Nico Smoljan (armónica), Julio Fabiani (guitarra), Roberto Porzio (Cigar Box guitar), Mauro Diana (bajo) y Gabriel Cabiaglia (batería) arrancaron con Conseguite otra mujer, el clásico de los Easy Babies, cantado por Mauro Diana. Después Nico Smoljan invitó a Adrián Jiménez al escenario para un duelo de armónicas en That's all I need, de Magic Sam. Y para terminar, Julito Fabiani le dio su Les Paul a Gabriel Grätzer que cerró la noche con Highway 49.

Abajo había muchos más músicos: Daniel Raffo, el mítico Rubén de León de La Banda del Paraíso, Ricardo Muñoz, Matías Cipiliano, Fernando Heller, Claudio Kleiman, Marcelo Marín, Miguel Ángel Romeo, Florencia Andrada, Daniel De Vita, Mariano Cardozo, Diego García Montiveros y algunos de los integrantes del coro Boulevard Gospel Singers. A todos ellos y a nuestros amigos que difunden el blues a pulmón -Luis Mielniczuk, Mati Colombatti, Guille Blanco Alvarado y el Tano Rosso- (espero no olvidarme de ninguno), muchas gracias por una noche alucinante en la que presentamos las primeras páginas del blues local.

sábado, 12 de diciembre de 2015

Celebración


El 30 de marzo, Eric Clapton cumplió 70 años y lo celebró a lo grande unas semanas más tarde en el palacio de la música londinense, el Royal Albert Hall. El álbum doble más DVD que acaba de ser editado bajo el título de Slowhand at 70 también representó su show número 200 en esa emblemática sala de conciertos. Clapton se vistió de gala para la ocasión: sacó a relucir todo su talento, rodeado por los músicos con los cuales se siente a gusto desde hace muchos años -Nathan East, Paul Carrack, Andy Fairweather Low, Steve Gadd y Chris Staiton-, interpretando algunas de sus canciones más emblemáticas y versiones que lleva tocando desde hace más de 40 años.

El primer CD empieza con Somebody´s knockin' on my door. Flota olor a blues en el ambiente y siete minutos después arremete con el clásico Key to the highway. Tell the truth y Pretending aportan la cuota rockera necesaria para cumplir con esa parte del público hasta que el guitarrista vuelva a las aguas fangosas del blues con Hoochie coochie man. Clapton se hace a un lado del micrófono y deja que Carrack cante You're so beautiful, una balada que lleva la firma de Billy Preston. Luego la banda regala uno de los momentos más bellos con una versión de Can't find my way home, aquí con East ocupando el rol vocal de Steve Winwood. La primera parte se va con otro de los temas que Slowhand lleva años tocando, su reggae favorito, I shot the sheriff. Solos profundos y muy sentidos acompañan esta primera parte y no decaen a lo largo del resto del álbum.

El disco dos comienza con una fabulosa versión de Driftin' blues. Clapton mostrando con la acústica, una vez más, toda la negritud que lleva adentro. Promediando el tema se suma el hammond de Carrack en una combinación que no podría ser más exquisita. El set acústico sigue con Nobody knows when you`re down and out, recordando aquella notable versión del disco Unplugged, aquí con toda la banda sonando a la perfección. Sigue desenchufado con la melancólica Tears in Heaven, aunque con un leve, casi imperceptible, ritmo reggae y un coro celestial. La mítica Layla trae a cuestas cuatro décadas de historia y Clapton la canta con la misma pasión de siempre. La banda se vuelve a enchufar para Let it rain y sigue con la balada más comercial de toda su carrera, Wonderful tonight. Pero ese regusto meloso desaparece enseguida con una nueva descarga blusera de más de 20 minutos de su máxima fuente de inspiración, el legendario Robert Johnson, que incluye Crossroads y una ardiente interpretación de Little Queen of Spades, con largos solos de guitarra y también de hammond. La energía ascendente desemboca en Cocaine, con el público enfervorizado y la banda en llamas. El cierre es con High time we went, cantada a dúo con Fairwether Low y unos coros bastante stone.

Es cierto que no hay grandes novedades ni sorpresas en este álbum, que se suma a una larga lista de producciones en vivo de Clapton, algunas consideradas históricas. Sin embargo, la presentación ratifica por qué este inglés nacido en Surrey County, en las afueras de Londres, hace 70 años, y que alguna vez fue apodado "Dios", sigue manteniendo su marca registrada con la guitarra. la misma con la que hizo escuela más allá de fronteras, lenguajes y estilos musicales.


sábado, 5 de diciembre de 2015

Poder vocal

The Boulevard Gospel Singers - Por los caminos del góspel. Veinte voces alineadas, armónicas y complementarias rebalsan un sonido angelical y profundo. Ese coro de almas está comandado por el maestro Gabriel Grätzer. El álbum arranca en clave souleada con Why, I'm treated so bad , de los Staples Singers. Ya de entrada el racimo vocal confluye en un exquisito elixir sonoro. En My journey to the sky, de la gran Sister Rosetta Tharpe, An Díaz despliega todo su magnetismo respaldada con mucho entusiasmo por todos sus compañeros. En Milky white way el que lleva la batuta con mucho ímpetu es Grátzer y en Precious memories, tras un sutil intro de piano de Joaquín Lascano, surge desde el más allá la poderosa voz de Greta Kohan. La primera parte, que fue grabada por Gabriel Cabiaglia en La Escuela de Blues y en la que se destacan interesantes arreglos, se va con un tema bien religioso, The telephone to glory, en la que sobresale una gran incursión vocal de Grätzer. En esas cinco canciones Florencia Rodríguez y Rodrigo Benbassat llevan una concisa sección rítmica. La segunda parte es más cruda y consta apenas con la guitarra de Grätzer y las voces. Fue grabada por Daniel De Vita en una sola toma en la Catedral Anglicana San Juan Baustista y el repertorio ya no vuelve a lo secular e incluye I'll fly away, Do you call that religion, The harbor of love y I feel good. Todo el álbum tiene un encanto que cautivará hasta quienes no están acostumbrados a esta música y sin dudas será una referencia ineludible para las próximas grabaciones del género.

Dallas-Ponce & The Salmonettes - Do it again. El de Viviana Dallas y Marcelo Ponce es tal vez el dúo más consistente de la escena blusera local. Llevan décadas tocando juntos y han abarcado casi todos los estilos que contempla el blues y también el góspel. Ahora presentan un nuevo álbum más orientado al soul acompañados por las dulces voces de Camila Teodori, Paloma Scassano, Marcela Moise y Florencia Alarcón. Como en el álbum de los Boulevard Gospel Singers, el dúo empieza con un tema de los Staples Singers, Why (Am I treated so bad)? Siguen con la animada Hammer and nails donde Dallas y las Salmonettes mantienen un diálogo muy armónico mientras que Ponce se entromete con unos solos muy expresivos. Nobody's fault by mine, del legendario Blind Willie Johnson, tiene un comienzo digno de Tony Joe White, bien pantanoso, que contrasta con la luminosidad vocal que surge intempestivamente por parte de las cinco femmes. La versión de I know I've changed podría musicalizar cualquier película ambientada en un pueblo polvoriento del Mississippi y alrededores. El dúo se anima a una versión con tintes religiosos de A hard rain's A-gonna fall, de Bob Dylan. Con Let's do it again, de Curtis Mayfield vuelven a lo que prometían al comienzo del disco: soul en estado puro. En My dying bed y Glory, glory, Hallelujah elevan plegarias cantadas y terminan con uno de los himnos de la época en la que la ebullición social inspiraba grandes canciones: Respect yourself. Si bien Do it again no tiene canciones originales, las interpretaciones sentidas y muy cuidadas hacen del disco una verdadera delicia.

sábado, 28 de noviembre de 2015

Re loco


Boogie texano, ritmos afrocubanos y bases electrónicas son los engranajes del álbum debut de Billy Gibbons, el legendario guitarrista de ZZ Top. Perfectamundo es un disco sorprendente y llamativo, tan impredecible como atrapante. A los 65 años, el músico sigue experimentando con las máquinas como lo hizo con el trío en los 80 con Eliminator o hace un par de años con La Futura, aunque ahora da un paso todavía más allá. Vale la aclaración: puristas manténgase alejados de este álbum.

Gibbons comienza con una versión súper animada de Got love if want it, del gran Slim Harpo, para dejar en claro que no hay nada de tradicional o conservador en su abordaje musical. Y lo ratifica aún más con el tema siguiente, el clásico Treat her right, que lo encara con el mismo desparpajo que el anterior. En el tercer tema -You’re what’s happenin’, baby- explota la fábula animada. Tras diez segundos de guitarra resonadora con slide, al mejor estilo Ry Cooder en Paris-Texas, la base electrónica irrumpe en clave chill out al tiempo que la voz de Gibbons se filtra entre el juego de manos del DJ. Suena a boliche, no a juke joint.

Sal y pimiento tiene decididamente un sabor latino. El barbudo está re loco pensará más de uno. Y sí… no es ninguna novedad. El hammond de Mike Flanigin acompaña el ritmo de las congas. En Pickin’ up chicks on Dowling Street la onda latina no decae y el Viejo se muestra atrevido, como si los años no hubieran pasado para una estrella de rock. El tema está cruzado por una mezcla osada y mucho groove. En Hombre sin nombre solo le falta gritar “¡Arriba!”. Canta en un español retorcido y hasta uno puede imaginárselo bailando. Pero cuando mete el solo de guitarra todo se transforma en punzante y criminal, como en su época de La Grange.

En Quiero más dinero hay mucho sampleo, una irrupción rapeada y un punteo tremendamente blusero. Hay que escucharla para entenderla. Y luego desestructura Baby please don´t go. No creo que a Muddy Waters le hubiera gustado como lo hace, mucho menos a Big Joe Williams. Suena muy diferente y provocadora. El disco termina en la misma línea, no decae. En Piedras negras le da un toque más melodioso y su voz rasposa lleva el estribillo con excelente vibra. El riff de Perfectamundo es un guiño a I love rock and roll de Joan Jett y el sampleo lo ubica con racionalidad en la línea del repertorio. “Fiesta”, grita Gibbons en el inicio de Q-Vo, que rescata la impronta jazzera de Jimmy McGriff con el hammond expeditivo de Flanigin, al que le interfiere el swing de su guitarra sin ponerse colorado. 

Y así se va Perfectamundo, un disco muy loco que invita a bailar y a despojarse de todos los prejuicios. Porque cuando la música es buena no importan tanto las clasificaciones.


sábado, 21 de noviembre de 2015

La historia que había que contar


Los números. Dos años de laburo, 317 páginas, 2000 ejemplares, 50 discos recomendados, decenas de entrevistados y bibliografía consultada. Dos autores y un editor. Esa es la parte fría de Bien al Sur, Historia del blues en la Argentina. Lo demás son historias, anécdotas y hechos que marcaron el devenir del género en nuestro país. Anoche, el libro salió a la cancha por primera vez nada más y nada menos que durante el show de Javier Martínez, prócer del blues y el rock nacional. Fue durante la primera jornada del 4º Buenos Aires Blues Festival que se hizo en La Trastienda. Además del ex Manal, la noche tuvo como protagonistas a los Easy Babies y a T-Bone Blues. Tres generaciones de artistas, algo que el libro explica muy bien.

Las primeras formas de música folclórica afronorteamericana en la Argentina se remontan al siglo XIX, claro que por aquel entonces no se lo denominaba blues, pero fueron los primeros indicios de que la cadencia que con el tiempo identificaría al blues comenzó a sonar por estos pagos. Los primeros que aquí interpretaron algo de blues en sus repertorios fueron músicos de jazz. Oscar Alemán, Lois Blue y Blackie aparecen como los verdaderos pioneros a partir de la década del '30. A ellos, años después, se les sumó Osvaldo Ferrer, miembro de la Antigua Jazz Band. También hubo otros personajes que contribuyeron para la difusión de esta música, como Néstor Ortiz Oderigo y el grupo de coleccionistas encabezado por Guillermo Hoeffner.

En los ’60, los jóvenes rockeros de la época tomaron el blues que escuchaban en los discos de músicos británicos como John Mayall, Peter Green, Eric Clapton y los Rolling Stones, y crearon su propia versión, que con el tiempo se denominó blues argentino. Pappo y Manal son los máximos exponentes de ese estilo. Ellos sentaron las bases de todo lo que vendría después. A comienzos de los ’80, hubo otros personajes que, desde el “ultraunderground” dieron los suyo, como El Blusero León, Pajarito Zaguri y unos jóvenes músicos surgidos del corazón de Floresta que, en la década siguiente, se convertirían en todo un símbolo del blues local, Memphis la Blusera.

Y llegaron los ’90, y el blues fue un boom. A la banda de Adrián Otero y el Ruso Beiserman se sumaron La Mississippi, Durazno de Gala, Las Blacanblus y un renovado Pappo, entre muchos otros. Surgió un circuito blusero en el que sobresalieron el Blues Special Club, El Samovar, Oliverio y Betty Blues. Abrieron disquerías especializadas y los programas de blues coparon las radios. Y llegaron decenas de bluseros de primer nivel como B.B. King, Albert King, Albert Collins, Honeyboy Edwards, James Cotton, Buddy Guy, John Hammond y Taj Mahal.

Hoy, la movida blusera está mucho más consolidada. Tal vez no sea un boom como lo fue hace 20 años, pero sin dudas hay muchísimos más músicos que antes, con una formación más amplia, un público más selectivo y muchas opciones más para escuchar y disfrutar. Y anoche mientras los Easy Babies tocaban Conseguite otra mujer o Javier Martínez recreaba el himno que es Avellaneda blues, Bien al Sur inflaba bien el pecho, porque había una historia para contar y que nunca antes nadie contó.

jueves, 12 de noviembre de 2015

Forever Young


Neil Young. El hombre, el músico, el hippie, el cowboy solitario. El inquieto, el insatisfecho, el creativo. El amante del medioambiente, de los autos, de los trenes Lionel, del sonido más puro. El creador, el inventor, el desarrollista. El folkie, el rockero, el padrino del grunge. Hoy, 12 de noviembre, cumple 70 años.

Protagonista absoluto de la música popular de los últimos 50 años, editó algunos de los mejores discos de la historia del rock: After the gold rush (1970), Harvest (1972), On the beach (1975), Comes a time (1978), Rust never sleeps (1979) y Freedom (1989). Tocó con Buffalo Springfield, con Crosby, Stills & Nash, con Crazy Horse, con The Stray Gators, con Daniel Lanois, con Booker T & The MG’s. Le pegó a Bush y a Monsanto, también a Lynyrd Skynyrd aunque después se arrepintió.

Tuvo tres esposas: Susan, Carrie y Pegi. De la última se separó hace un año. Tiene tres hijos: Zeke, Ben y Amber. El primero padece parálisis cerebral y el segundo es tetrapléjico. Dos golpes duros que le dio la vida y que sin embargo canalizó con amor, con música y con la creación de una escuela para educar a niños con necesidades especiales. Las muertes de sus grandes amigos y compañeros de ruta David Briggs, Danny Whitten, Jack Nitzsche y Ben Keith también lo hicieron tambalear. Todas esas experiencias están retratadas en sus canciones que, en algún punto, también retratan las nuestras. Porque es imposible desprendernos de temas como Don’t let it bring you down, Heart of gold, Out on the weekend, Old man, Like a hurricane, Powderfinger o See the sky about to rain.

Pero cuál es el secreto de esas y otras tantísimas canciones que escribió a la largo de su vida. Así lo explicó en sus memorias, El sueño de un hippie:

“¿Te has preguntado alguna vez qué hace falta para componer una canción? Ojalá supiera los ingredientes exactos, pero no se me ocurre nada específico. Para mí, las canciones son producto de la experiencia y de una alineación cósmica de circunstancias. Es decir, quién eres y qué sientes en un momento determinado. He escrito muchas canciones. Algunas no valen nada. Algunas son geniales y otras pasables. Eso es lo que opina la gente. Para mí son como hijos. Nacen, crece y luego se valen por sí mismas en el mundo. (…) Mis canciones comienzan con una sensación. Oigo algo en mi interior o siento algo en el corazón. Otras veces cojo la guitarra y me pongo a tocar sin pensar en nada. Así nacen muchas también, cuando no pienso en nada. Pensar es el mayor enemigo para componer. Comienzo a tocar y sale algo nuevo. ¿De dónde sale? Qué más da. Hay que dejarse llevar. Es lo que hago. Nunca lo juzgo. Lo creo. Llega a mí como un regalo cuando me pongo a tocar. Los acordes y las melodías aparecen por sí solos. No es el momento de analizar ni preguntarse nada, sino de familiarizarse con la canción sin cambiarla. Es como un animal salvaje, un ser viviente. No hay que ahuyentarlo. Ese es mi método, o en cualquier caso, uno de mis métodos”. 

Feliz cumpleaños, maestro. Y gracias, muchas gracias.

sábado, 7 de noviembre de 2015

Custodio de la tradición


Lo primero que llama la atención del álbum de Daniel De Vita es la portada. Se trata de una foto opaca en la que el músico sostiene un micrófono y mira hacia un punto fijo que no se percibe. Luce una camisa anaranjada, pantalón azul y unos zapatos que serían codiciados por cualquier bluesmen de Chicago. Está sentado en una silla de madera, el piso está reluciente y hay a sus costados un par de guitarras y unos amplificadores. Unas fichas de ajedrez -un guiño al sello Chess- descansan sobre una pila de viejos discos de blues. De Vita de una imagen vintage que sostiene con un sonido que nos remonta a la década del 50.

Acompañado por Mariano D’Andrea en contrabajo, Gabriel Cabiaglia en batería y Nicolás Smoljan en armónica, el guitarrista y cantante desempolva un repertorio de blues bien tradicionales. Entre sus preferencias aparece John Brim, a quien le dedica versiones de You got me where you want me y Be careful what you do. Después repasa al gran Muddy Waters con Standing around crying; a Little Walter con One of these mornings; a Memphis Slim con Mother earth; a Little Johnny Jones con Hoy hoy; a Sunnyland Slim con Be mine alone y Farewell little girl; y a Snooky Pryor con Poor black Mattie.

De Willie Dixon, el padrino del blues, interpreta dos canciones en las que aprovecha para agasajar a dos de sus maestros locales: en Good advice hace un dueto con Gabriel Grätzer que podría haber sido grabado en Maxwell Street hace más de medio siglo, mientras que en el clásico Violent love suma en segunda guitarra y voz a Mauro Diana. Hay un tercer invitado: se trata del patagónico Damián Duflós, con quien se despacha una soberbia versión de Walkin’ blues de Robert Johnson. En todas las canciones la voz de De Vita suena auténtica y la banda mantiene un ritmo inmejorable. Todos llevan la negritud blusera en sus entrañas.

Más allá que desde lo estrictamente musical el disco es excelente, lo que más se destaca es la calidad de audio. De Vita, reconocido técnico en sonido y autodenominado “productor fonográfico”, ha logrado lo que muchos buscan y por lo general no lo consiguen. Southside blues tiene esa sonoridad compatible con los discos de la era dorada del blues y que en el último tiempo apenas lograron conseguir, por ejemplo, los Headcutters en California de la mano de Big John Atkinson. En el caso de De Vita es además doble mérito porque lo hizo solo y aquí. Y como si fuera poco, este joven que recrea el pasado teniendo muchísimo futuro por delante, se erige como custodio de la tradición sin enfrascarse en un discurso sectario y obsoleto. Más no se le puede pedir… bah sí: que saque otro disco pronto.

martes, 3 de noviembre de 2015

Highlander


Hace casi 30 años, Christopher Lambert encarnó el papel de Connor MacLeod en Highlander. La película, todo un suceso en aquella época, contaba la historia de un grupo de inmortales que tenían que enfrentarse entre sí hasta que quedara uno solo. Por entonces, John Mayall ya llevaba un cuarto de siglo como paladín del blues inglés y hasta ya había venido a la Argentina. Hoy, a punto de cumplir 82 años, sigue tan activo como siempre. Su voz suena con mucha vitalidad y sus canciones tienen una energía descomunal. Todo eso queda patente en su flamante disco, Find a way to care. Así que hablemos de inmortalidad…

Se sabe que, entre otros tantos pergaminos musicales, a Mayall se lo reconoce como un gran cazatalentos de guitarristas. Por sus filas pasaron Eric Clapton, Peter Green, Mick Taylor, Coco Montoya, Walter Trout y Buddy Whittington. Desde hace seis años, la formación de los Bluesbreakers tiene al texano Rocky Athas en las seis cuerdas y, la verdad, el tipo no desentona para nada con los monstruos que lo precedieron. La rítmica, de la mano de Greg Rzab en bajo y Jay Davenport en batería, tiene una solidez impresionante. El inmortal, sin dudas, está muy bien custodiado.

El álbum, grabado en siete sesiones entre febrero y marzo de este año, y editado por el sello Forty Below Records, tiene doce temas entre los que Mayall combina algunas composiciones propias como Ain’t no guarantees, Ropes & chains, Long summer days, Crazy lady y el tema que da nombre al álbum, con algunos clásicos del blues como I feel so bad (Lightinin’ Hopkins), Long distance call (Muddy Waters), River’s invitation (Percy Mayfield) y Driftin’ blues (Charles Brown). Pero además interpreta una versión de War the wage, del joven guitarrista de Manchester Matt Schofield. Un guiño a la nueva generación, una apuesta al futuro.

Más allá de un repertorio exquisito, sostenido por la firmeza y el talento de la banda, lo mejor está en todo lo que Mayall deja. Porque además de su canto sublime –esa voz nasal tan particular que nos acompaña desde que empezamos a escuchar blues- el tipo toca la guitarra, el piano, el hammond, el wurlitzer, la armónica y el clavinete.

Este viejo lobo de Macclesfield, en el centro de Inglaterra, radicado desde hace años en Los Ángeles, California, ya lleva varias vidas tocando blues. Y parece que no va a parar nunca porque, en definitiva, es el último inmortal.

martes, 27 de octubre de 2015

Una maquinaria a pura Nasta


El sexto disco de Nasta Súper, Solo por mí, es una andanada rítmica y una exhibición de talentos que convalida los pergaminos que esta banda consiguió en la última década. El guitarrista Rafael Nasta conforma con los otros tres músicos una maquinaria sólida que le permite desplegar todo su virtuosismo con total comodidad. Walter Galeazzi le imprime un goove brutal desde los teclados, mientras que Mauro Ceriello y Gabriel Cabiaglia llevan el compás con una precisión y un swing demoledor.

En el primer corte, El gran estafador, por momentos se percibe una marcada influencia de Robert Cray, hasta que Galeazzi despunta un solo funky espacial que confronta con el punteo quirúrgico de Nasta. La banda sigue con La Negación, un tema con una melodía de épica cinematográfica, con unos arreglos muy detallistas y grandes incursiones del guitarrista. Qué curioso tiene la impronta de una balada emocional, con Galeazzi al piano y el aporte de los coros a cargo de Gina Valente y Willie Lorenzo. El viaje es un tema raro en el que la voz de Nasta no termina de encajar del todo, tal vez porque las rimas son medio forzadas, más allá de que en el estribillo haya un juego de armonías vocales interesante con los coristas. Quiero conocerte es una combinación de jazz y pop en la que el cantante juega otra vez con los coros por sobre una melodía de FM.

Foto Hugo Panzarasa.
Si Nasta venía insinuando algo de jazz, con Blue in green de Miles Davis da rienda suelta a su creatividad. Ceriello y Cabiaglia le dan un toque relajado mientras que Gustavo Silva, tecladista invitado, le impone una alta dosis de improvisación a su solo. La banda aquí se distiende y alcanza un punto muy alto. La salida tenía que ser a puro shuffle y arremete con El hipocondríaco, en la que Nasta cede la primera guitarra al gran Chris Cain. En el instrumental Balada para Vivian, dedicado a su esposa, Nasta recurre al smooth jazz con aire bien porteño, en el que saca de su guitarra unos sonidos mágicos. Solo por mí es un blues de medio tiempo con la batería marcando golpe a golpe sin titubear y Chris Cain sumando su arte. Uptown Groove es una descarga de jazz-funk en la que Nasta dibuja unas líneas soberbias desde las seis cuerdas. El último tema, que coescribió junto a Chris Cain, es un blues intenso dedicado a Johnny Nitro, un reconocido guitarrista de San Francisco que murió en 2011.

Con este disco, Nasta demuestra tres cosas: que sigue apostando a la composición, más allá de que satisfaga su gusto personal con un par de covers; que es un gran guitarrista de blues al que le gusta explorar otros estilos; y que cuenta con una de las mejores bandas que se pueda tener.

lunes, 19 de octubre de 2015

Blues en la radio



Fue todo muy vertiginoso. La confirmación, los preparativos, los nervios, el debut. De repente, ahí estábamos en el estudio de la Rock & Pop con los micrófonos abiertos, la luz roja encendida y el operador mirándonos desde su pecera. La presentación, como cuando hacíamos La Trasnoche de Blues en América, fue con Blues en la radio de Don Vilanova. “Hola buenas noches, nosotros somos los Bluscavidas”, anuncié con ganas. Luis Mileniczuk asintió con la cabeza antes de entrar en acción.

El nombre del programa describe lo que sentimos por esta música que surgió hace más de 100 años en el sur de los Estados Unidos, pero que por su cadencia, su historia, su mensaje, se convirtió en un lenguaje universal. Hace años que nosotros –y otros amigos también- venimos buscando un espacio en una radio importante para difundir el género y al fin lo encontramos. Por eso, el sábado a la noche nos atrevimos a todo. Pasamos a Buddy Guy cantando que nació para tocar la guitarra, y a Shemeika Copeland y Wet Willie Walker versionando temas de ZZ Top y los Beatles, respectivamente. Pese al ceño fruncido de los puristas pusimos a Joe Bonamassa tocando una de Muddy Waters, pero después les hicimos un mimo y pasamos a Freddie King y Elmore James. Despedimos a Smokin’ Joe Kubek, que murió hace poco más de una semana, y recordamos al gran Johnny Winter.

El blues local tuvo un espacio importante (y lo seguirá teniendo). Escuchamos tres temas del disco nuevo de los Easy Babies y luego presentamos al blues maestro, Miguel Vilanova, Don Vilanova, Botafogo. Llegó con una guitarra acústica, una resonadora y un cd con los masters de algunos temas de su próximo disco, una celebración del blues argentino, que será editado el año que viene. Del cd escuchamos Blues de Santa Fe y Ázucar amarga, y luego tocó en vivo tres de Pappo: Blues para mi guitarra, Slide blues y una versión al mejor estilo Mississippi John Hurt de Desconfío. Entre tema y tema, nos contó anécdotas de sus más de 30 años como músico profesional y nos anticipó otros de sus proyectos.

Fueron dos horas que se pasaron tan rápido como los días previos. Tuvimos las pulsaciones a mil y las vivimos muy intensamente. Terminamos con la satisfacción del deber cumplido, muy agradecidos y con muchas ganas de que llegue el sábado próximo para que el blues suene con más intensidad en la radio.

jueves, 15 de octubre de 2015

Luto en Texas


La historia del blues de Texas se podría contar a través de sus protagonistas. Los más primitivos, como Blind Lemon Jefferson, Texas Alexander y Blind Willie Johnson, sentaron las bases que luego ampliaron peregrinos como Lightinin’ Hopkins, Leadbelly y Mance Lipscomb. Con el advenimiento del blues eléctrico surgieron nuevas figuras que elevaron a ese subgénero del blues a nueva dimensión. Músicos como T-Bone Walker, Clarence “Gatemouth” Brown, Albert Collins, Pee Wee Crayton, Johnny Copeland y Freddie King convirtieron la guitarra texana en un emblema, algo que después llevarían mucho más allá dos leyendas como Johnny Winter y Stevie Ray Vaughan. Detrás de ellos surgió una legión de excelentes guitarristas con muchísimo feeling. Algunos con altas dosis de boogie hipnótico como Billy Gibbons, otros más veloces como Bugs Henderson y unos más refinados como Anson Funderburgh o Jimmie Vaughan. Entre semejante constelación de artistas hubo uno que brilló con mucha intensidad: Smokin’ Joe Kubek.

Dueño de una técnica asombrosa, Kubek la peleó bien desde abajo en el duro circuito blusero de Dallas, hasta que en los ’80 conoció a quien sería su socio y hermano musical, B’ Nois King. Juntos entablaron una de las duplas más aceitadas del blues. El primer disco de la banda –y el primero que escuché de ellos- fue Steppin' out Texas style, editado por Bullseye Blues/Rounder en 1991, una verdadera joya en el que patentaron una sinergia formidable que los acompañaría en los sucesivos discos -16 hasta este año, uno acústico, en sellos como Blind Pig, Alligator y Delta Groove- con Kubek como primera guitarra y King en voz y rítmica.


Más allá de su extenso catálogo discográfico, la banda –por la que pasaron distintos bajistas y bateristas, más el ocasional aporte del tecladista Ron Levy- se convirtió en uno de los números más buscados por los organizadores de festivales en los Estados Unidos. Kubek es reconocido como uno de los mejores guitarristas de blues contemporáneos no sólo por la prensa especializada sino también por sus pares.

La noticia de su muerte conmocionó al mundillo blusero. Kubek tenía 58 años y sufrió un paro cardíaco el domingo en un hotel de Carolina del Norte donde iba a participar de un festival. Ese fue su último blues, el más triste. Musicalmente estaba en un gran momento y así lo había demostrado en sus últimas presentaciones. Nadie mejor para describirlo en pocas palabras que B’Nois King: “Amaba el blues. Siempre fue muy serio con respecto a la música. Tenía un estilo moderno pero realmente había estudiado a los viejos maestros. Fue un gran amigo".