lunes, 13 de noviembre de 2017

El legado de Mr. Wilson


Kim Wilson hizo a un lado el sonido más moderno y marcadamente souleado de los últimos discos con los Fabulous Thunderbirds para volver a las fuentes. Hacía 11 años que no editaba un álbum solista y para hacerlo viajó en el tiempo, hacia la década del cincuenta, con una notable selección de músicos.

Blues and boogie fue grabado en vivo y en mono en California durante los últimos dos años. En ese lapso, el cantante y armoniquista tuvo que sobreponerse a la muerte de dos sus camaradas -el pianista Barrelhouse Chuck (10 de julio de 1958 / 12 de diciembre de 2016) y el baterista Richard Innes (9 de abril de 1948 / 26 de marzo de 2015)- que venían trabajando activamente con él. El resto de los músicos que lo acompañaron fueron los guitrristas Billy Flynn, Big John Atkinson, Nathan James y Bob Welsh; el ex bajista de Canned Heat, Larry Taylor; y el baterista Marty Dotson que ocupó el lugar que dejó vacío Innes.

“Quiero que todos los fans del verdadero blues sepan el amor que le puse a este proyecto. Estuve grabando muchos temas durante un par de años y ahora es el momento de presentarlos. Dos grandes músicos murieron en el camino y entre sus sueños estaba ver este disco terminado. Así que aquí está, el primero de muchos por venir”, escribió Wilson en las notas del CD.

El álbum tiene 16 temas: cuatro fueron compuestos por Wilson y los restantes son covers de los grandes maestros del blues de Chicago: Blue and lonesome y Teenage beat, de Little Walter; Ninety nine y From the bottom, de Sonny Boy Williamson II; You upset my mind, de Jimmy Reed; Look watcha done, de Magic Sam; y los clásicos Worried life blues y Mean old Frisco, entre otros.

Wilson abrió el arcón de sus recuerdos musicales. Se reencontró con el viejo blues y sumó a su proyecto a músicos acordes para la ocasión, muchos de los que conforman la cofradía del blues retro de San José. Un solo de armónica, una guitarra con slide, el canto profundo de You’re the one o la rítmica marcando unos tiempos de antaño son algunas de las características esenciales de este extraordinario álbum.

En palabras de Wilson: “Le dedico este CD a mi gran hermano James Cotton. Él siempre fue una gran inspiración y un querido amigo. Cuando era un chico, la pasaba muy bien escuchando a los maestros del blues y nunca me imaginé que viviría en un mundo sin ellos. Cada vez que abro la boca para cantar o tocar la armónica, lo hago por ellos. Hay cientos de temas grabados y sigo haciéndolo. Realmente creo que este es el momento en el que tengo que empezar a dejar mi legado. Nunca lo podría haber hecho sin mi familia de maestros que inventaron esta música y los músicos que están en este CD”.


martes, 7 de noviembre de 2017

El maestro y su discípulo


El alumno y el maestro, juntos por primera vez. Leo Parra Castillo y Gabriel Grätzer llevaron el country blues al corazón de Palermo. Fue el lunes por la noche, ante una buena cantidad de gente que llegó hasta el bar Sheldon para escuchar a estos dos notables exponentes de un género que hace décadas trascendió las fronteras de los ríos Mississippi y Yazoo.

Leo Parra Castillo es, probablemente, uno de los mejores cantantes de blues del momento y un intérprete visceral y talentoso. En algún punto él va descubriendo y puliendo su estilo a medida que nosotros lo vamos conociendo a él. Y Grätzer ya lleva 25 años, ¡un cuarto de siglo!, tocando esos viejos blues rurales de Tommy Johnson y Memphis Minnie, que le confieren una autoridad indiscutible.

La noche comenzó con Parra Castillo calentando las cuerdas de su guitarra con una hipnótica versión instrumental de Hill stomp, de Robert Belfour. Y después se lanzó a capella con Grinnin’ in your face, que empalmó, ya con la guitarra, con Death letter, ambas de Son House. Como un buen storyteller contó la historia de las cartas de muerte y la de ese tema en particular. Y a continuación siguió con Special rider blues, de Skip James, que también menciona una carta: “I got a letter / An how do you reck'in it read? / You better hur' up an come home / Because yo' special rider, she's dead”. Y del Missippi más profundo pasó a Hear my train a comin', de Jimi Hendrix, e hizo un análisis de cómo una lesión en el tobillo del guitarrista, durante su paso por el Ejército, cambió la historia del rock para siempre. Para el cierre se guardó altas dosis de Hill country blues con See my jumper hanging on the line, de R.L. Burnside.

Y el alumno dio paso al maestro. Grätzer arrancó con Pick poor robin clean, un antiguo ragtime blues, en modo instrumental. Y, al igual que Parra Castillo, para calentar las cuerdas vocales, brindó una versión a capella de Cornfield howler. Tras esa introducción Grätzer desplegó lo más clásico de su repertorio: Maggie Campbell blues (Tommy Jonson), Harbor of love (Stanley Brothers), Stack O Lee (Mississippi John Hurt), Black rat (Memphis Minnie) y Highway 49. Y entonces se produjo el encuentro trascendental en el que el maestro presentó con orgullo a su discípulo, y éste agradeció con emoción a su mentor. Juntos tocaron Canned heat blues/Big road blues, cantando a dúo, y se despidieron con Night time is the right time.

Y así se fue otro Blue Monday de Bluscavidas, con los sonidos del campo en plena ciudad y con el traspaso simbólico de la antorcha del blues más tradicional.

viernes, 27 de octubre de 2017

Blues antiestrés


No hay dudas de que Nathan James es californiano. Viste y canta como tal. A eso le imprime altas dosis de blues con su guitarra eléctrica hecha -por él mismo- con una tabla de lavar la ropa. El sonido se balancea entre el west coast, el country blues y ritmos de Nueva Orleans, y por momentos le agrega toques de góspel y folk. La música suena libre, sin ataduras, y muy meoldiosa. Es como un paseo relajado por Sunset Boulevard una tarde de verano. El show de Nathan James, en el Conventillo Cultural Abasto, resulta ser una efectiva terapia antiestrés.

Nathan James construyó su carrera amparado por dos grandes armoniquistas, James Harman y Kim Wilson, y tal vez por eso asume el show como uno más de la banda que conforman Daniel De Vita, Mariano D’Andrea y Pato Raffo. Sus solos no son extensos sino más bien ajustados y precisos. Pero cuando pela lo hace con ganas. Su voz recuerda por momentos a la de Eric Lindell y por otros a la John Mooney, pero a medida que avanza se nota que no hay imposturas vocales sino más bien una voz propia y natural.

Comienza con I found my peace of mind, una especie de manifiesto en el que sostiene que “ya no tiene que preocuparse más” La banda lo sigue con un ritmo holgado, una de las especialidades de la yunta D’Andrea-Raffo. De Vita larga un solo y así plantea un diálogo continuo que se extenderá por el resto del show.

La versatilidad de James se manifiesta también en su repertorio. Se luce con una extraordinaria versión de Teach me how to love you, de Bobby Bland, y nos lleva a lo más profundo de la tradición de Nueva Orleans con If I let you get away with it once (You'll do It all of the time), en la que sopla un kazoo y utiliza unos dedales para percutir sobre la tabla de lavar, mientras De Vita se anima a unos polémicos pasos de baile. También toca Is it too late e In the news today (está última una crítica al triunfo de Donald Trump en los Estados Unidos), dos canciones de su flamante álbum, What I believe.

El público está relajado y disfruta. El mensaje de Nathan James llega sin interferencias. Se toma poco más de diez minutos para descansar y tomar una cerveza, y vuelve al escenario recargado. Canta Tryin' to get along with myself, un tema con ribetes góspel con el que muestra toda su soltura vocal y luego invita a An Díaz que, como ya es su costumbre, se adueña de cada rincón del Conventillo con una interpretación vocal demoledora de la extraña Celestial blues de Andy Bey. Para el final, Nathan James toma un slide y lo desliza con ganas en Silent treatment, tal vez la versión marcadamente más blusera de toda la noche, que incluye magníficos solos de cada uno de los miembros de la banda. A pedido del público vuelven para una más y, como ya no tiempo para escapar del blues, se despachan una la ardiente Whole lotta love de B.B. King.

Nathan James mostró una variante del blues no muy explorada por estos pagos. Un blues relajado, contra el estrés, que combina muchos elementos tradicionales del género, creatividad y soltura.

martes, 24 de octubre de 2017

Mundo íntimo


Siete años tardó Nacho Ladisa en encontrar su voz interior y así terminar de darle forma a algunas viejas canciones que llevaba adentro. En ese lapso, editó su primer álbum de covers de blues de Chicago, un paso necesario para familiarizarse con un estudio de grabación y rendir homenaje a sus maestros. Pero siempre tuvo el deseo de salir de esa zona de confort en la que el intérprete se siente seguro. Quería que sus canciones cobraran vida y rompieran las barreras de su mundo íntimo. Y finalmente hizo lo que los Easy Babies pregonan: grabó un disco de blues en español sin usar la palabra nena.

Un mundo que romper es un disco de blues con muchas variantes y matices que se manifiestan en un repertorio muy colorido. En cuanto a lo musical es como si Nacho, de un disco a otro, hubiese viajado de Chicago a Memphis. Las letras en español están muy trabajadas y encajan sin necesidad de fórceps en los temas más bluseados y también en los que tienen una impronta más soulera. Si en el primer álbum el desafío fue entrar al estudio y grabar de una, aquí fue armarse de paciencia para convivir con una larga y meditada preproducción.

El primer tema, Mi propia inspiración, es un blues que nos recuerda a Howlin’ Wolf, en el que la armónica de Andrés Fraga sobresale con intensidad y a letra hace las veces de preámbulo del disco: “Voy a retomar mi camino sin pensar / nada ni nadie me pueden dar / alguna fuerza que me ayude a expresar / si siento algo lo tengo que contar / una vez más quiero intentar creer que puedo ser mi propia inspiración”.

Te vuelvo a encontrar comienza con un punteo nacido del riñón de Albert King y Nacho le canta los desencuentros con una mujer con el groove fulminante del hammond de Gonzalo Ros de fondo. Sigue con La distancia, una balada soulera en la que el canto de Nacho no termina de acomodarse a un tema que pide una voz femenina. Rápidamente vuelve a su ritmo con Para no volver atrás, un tema que recuerda al sonido de John Nemeth. Con La frontera Nacho sigue respirando el aire de Memphis y desenfunda uno de los solos más efectivos y punzantes de todo el álbum. En la balada Las canciones de los dos revive el sonido de Guitar Slim y se acomoda mejor que en la otra desde lo vocal. La armónica de Andrés Fraga vuelve al primer plano en Desierto de sal y su espíritu campestre irrumpe en la extraordinaria Sin preguntarme a dónde ir, acompañado por Roberto Porzio en cigar box guitar y Julio Fabiani en banjo.

Hasta ahí, son todas composiciones originales. Para el final se reserva dos temas de amigos, tal vez los más tradicionales de todo el disco. El primero es La noche no termina, que escribió hace tiempo junto al armoniquista Pablo Brotzman; y Mi escape es el blues, una composición de Martín Merino (guitarrista de Tota Blues), en la que arrasa con el slide en compañía de una armónica sagaz y un piano de barrelhouse. La banda se completa con Adrian Barreiro en batería, Guido David en bajo y Brian Figueroa en guitarra, y la producción artística estuvo a cargo de Julio Fabiani.

“Mi búsqueda con este disco era hacer blues en español, pero no solamente blues con la estructura de 12 compases sino algo más… tratar de acercarme al sonido de B.B. King, Robert Cray y Albert King”, me dijo Nacho Ladisa en una entrevista para Bluscavidas.

Un mundo que romper es un ejemplo claro de cómo el blues en español puede deshacerse de los clichés idiomáticos y los 12 compases sin alterar la esencia misma del género.

jueves, 19 de octubre de 2017

Como en casa


Jimmy Burns está sentado en una banqueta con respaldo. Toma su guitarra y larga las primeras notas. El Club del Jump se toma un segundo y lo sigue. Jimmy canta Shake for me y el comienzo tiene tanto de blues de Chicago como su currículum lo indica.

No hay mucha gente en el Be Bop, pero a Jimmy no le importa. Hace una semana le pregunté en la radio si había alguna diferencia entre tocar para unas pocas personas en un bar o ante una multitud en un festival. Respondió que para él era lo mismo porque el sentimiento por el blues no se altera. Y es cierto. Hace unos años lo vi en Rosa’s ante un puñado de personas y su show fue tan intenso como cuando tocó aquí ante una Trastienda abarrotada.

El show sigue con Miss Annie Lou. Martín Burguez comienza a soltarse con unos solos lacerantes y Jimmy canta con una pasión conmovedora. “Ahora quiero rendir homenaje a todos los grandes maestros que me influenciaron. Ustedes dirán que Jimmy Burns tiene una voz, pero esa voz no es otra que la que adquirí escuchando a los músicos que me precedieron”, dice con convicción. Con un gesto sutil le indica a la banda como seguir y se sumergen en un extenso medley que incluye Everyday I have the blues y I’d rather drink muddy wáter, en el que Alberto Burguez aporta su primer solo al piano.

Jimmy encara uno de sus clásicos, tal vez el mejor tema que haya escrito, Leaving here walking, y demuestra que, como Gardel, cada día canta mejor. Cuando termina la canción, Martín Burguez le murmura algo al oído, Jimmy asiente y lo invitan a Gabriel Cabiaglia a que ocupe el lugar de Gonzalo Rodríguez en la batería. Jimmy vira hacia el soul, primero con una que sabemos todos, Stand by me, y después con No consideration, que se la dedica con mucha galantería a una chica del público que cumple años. Todos los temas son largos, con extensos solos, más que nada de las guitarras y también algunos del piano. Sobre el final, Rodríguez vuelve a la batería y Jimmy se despacha con Stop the train con el groove imponente del bajo de Christian Morana.

La banda deja el escenario y Jimmy se queda solo, sentado sobre la banqueta, para una despedida mucho más íntima en la que demuestra que para ser un auténtico músico de blues no hace falta solo tocar clásicos y temas de 12 compases. Primero interpreta Cold as ice, el tema de Foreigner que él se apropió hace unos años y lo reconvirtió a su manera. Y se despide con Rainy night in Georgia, de Tony Joe White, con un acompañamiento mínimo de guitarra dejando todo el peso de la canción sobre su extraordinaria voz.

El público se va y la sala del Be Bop se va quedando vacía. Jimmy saluda a todos los que se le acercan y muda su cuerpo cansado a una de las mesas. Le acercan una cerveza y la saborea con ganas. Acomoda su sombrero y sonríe. Se siente bien… como en casa.

jueves, 12 de octubre de 2017

Diez años después


Matías Cipiliano tardó diez años en volver a grabar un disco. De aquél álbum debut a este Plug & go! han pasado muchas cosas en la vida del guitarrista, pero el sentimiento y el feeling por el buen blues siguen siendo el mismo. Su nuevo trabajo es un ejemplo de cómo el estilo de la Costa Oeste y el Jump blues deben interpretarse. El álbum fue grabado en vivo en dos sesiones realizadas en 2014 y 2016, y contó con la magia en la consola de Daniel De Vita y la participación de músicos de relieve que supieron acomodarse muy bien a lo que Cipiliano buscaba.

El instrumental GianpaMat jump, cargado de un poderoso swing es la puerta de entrada al maravilloso sonido de Plug & go! Sigue con un tributo a T-Bone Walter: una notable versión de You don’t love, en la que se destaca una gran performance vocal de Javier Goffman. El Ciego vuelve a sobresalir en Why should I feel so bad, de Sugar Ray Norcia, mientras que Cipiliano escribe con sus punteos un manifiesto del West Coast blues. La armónica de Nicolás Smoljan corre el velo del blues de Chicago para Need my baby, de Walter Horton, y luego Cipiliano reversiona, muy a su estilo, Diamonds at your feet, de Muddy Waters.

El guitarrista arremete con una animada versión de Lonesome train, de Eddie “Cleanhed” Vinson, y luego se codea con un standard de jazz como Exactly like you. A Idle moments, de Grant Green, le imprime cierta melancolía porteña logrando una interpretación sublime. Para el final, An Díaz se luce cantando Just your fool, de Little Walter, y luego, la banda se despide con You never can tell , en modo instrumental.

Además del talento innato de Cipiliano y el buen gusto de sus arreglos, la solidez de la sección rítmica, integrada por Mauro Ceriello y Damiàn “Hueso” Casanova, aporta la combustión justa para que la maquinaria funcione a la perfección, mientras que Tavo Doreste, desde el piano, se encarga de decorar con notas excelsas esos pequeños espacios que van quedando vacíos. En You don’t love y Just your fool acompañan las Fisu Horns, que aportan un groove demoledor y que ahora sirven también para recordar al entrañable Fisu Azpiazu.

Plug & Go! captura la esencia de un músico auténtico y además refleja la coherencia de un artista que lleva más de dos décadas animando la escena blusera local.


martes, 3 de octubre de 2017

Corazón partido


"Algunos dicen que la vida te pegará fuerte, romperá tu corazón, robará tu corona / Así que he salido a Dios sabe dónde, supongo que lo sabré cuando llegue allí / Estoy aprendiendo a volar, alrededor de las nubes".

La muerte de Tom Petty, como la de Gregg Allman hace unos meses, será muy difícil de sobrellevar. Con él se va buena parte de la historia del mejor rock clásico. Fue un artista que supo combinar la fuerza e intensidad del garage rock con unas letras mágicas, un Dylan rubio, genuino, eterno.

No me acuerdo cuándo descubrí a Tom Petty. Tal vez porque estuvo siempre ahí. Sus canciones flotaban en mi cabeza. Sí recuerdo cuando me volví loco con él. Fue en 1994 con el video de Mary Jane’s last dance, con Kim Bassinger en su apogeo y haciendo ¡de muerta! El clip era hermoso y perturbador, igual que la canción. El solo de armónica y el estribillo que dura para siempre todavía repiquetean en mí cabeza. Y fui corriendo a comprarme Greatest hits, probablemente uno de los mejores grandes éxitos de todos los tiempos. Y ahí estaba ese tema, con la mano de Rick Rubin, y también todos los otros que, aislados, escuchaba desde hacía tiempo: Learning to fly, Free fallin’, Refugee, I wont back down y American girl. Así uní las piezas del rompecabezas.

Enseguida comprobé que también era el mismo de Into the great wide open, otro video memorable de la época dorada de MTV, que protagonizaban Johnny Deep y Faye Dunaway. Y sí el cielo era el límite. Pero había más, mucho más. Tom Petty era como una cebolla. Pelabas las capas y aparecía una nueva sorpresa. Y ahí estaba él, con su cabellera rubia junto a Bob Dylan, Roy Orbison, George Harrison y Jeff Lynne. Charlie T. Wilbury, Jr. era una estrella más dentro de esa constelación llamada Traveling Wilburys. Brillaba por su talento, que se amalgamaba con el de los históricos que lo rodeaban. Me mandé en una carrera desenfrenada para conseguir los dos discos de la súper banda, en una época en la que había tener mucha paciencia para conseguir las figuritas difíciles.

Dos años después, en 1996, me sentí identificado, por primera y única vez, con Tom Cruise, en la escena en la que Jerry Maguire canta con muchas ganas Free fallin’ mientras maneja. A partir de ese momento ya no habría vuelta atrás. Me compré tres de sus viejos discos, Full moon fever, Damn the torpedoes y Wildflowers, y los que fueron saliendo en adelante: Echo, The last DJ y Highway companion. En 2010, algo más fuerte todavía me unió a Petty: Mojo, su álbum dedicado al blues. Ahí estaba con su voz nasal y el sonido de su guitarra, combinada con la de su histórico ladero Mike Campbell, aproximándose al sonido de Chess pero con sus propias canciones.

En 2012, viajé al sur de los Estados Unidos para recorrer los caminos del blues: de Nueva Orleans a Memphis por el Mississippi profundo. Pero un anuncio me desvío de la ruta. Tom Petty se presentaba en Little Rock Arkansas. El sábado 21 de abril amanecí sintiéndome mal. El exceso de cerveza y costillas de cerdo de la noche anterior en un bar de Beale Street estaban haciendo justicia por mano propia. Me compré un té frío, unas galletitas de agua y manejé los 300 kilómetros que separan a Memphis de la ciudad de Bill Clinton. Me alojé en un motel sobre la ruta en las afueras de la ciudad y fui directamente al Verizon Arena. Recuerdo como me cayeron las lágrimas cuando cantó Free fallin’, las mismas que ahora vuelven con la noticia de su muerte. 

Dentro de dos semanas iba a cumplir 67 años. Había terminado una gira por California y tenía dos shows programados para noviembre en Nueva York. Nada hacía pensar que su vida estaba por extinguirse. Un infarto lo sorprendió en su casa de Malibú y luego los medios, con informaciones contradictorias y muy poca rigurosidad, generaron dudas y aumentaron el dolor por algo que ya era inapelable. El líder de los Heartbreakers nos dejó para siempre con el corazón partido. Se fue a volar sin alas, allá… entre las nubes.


sábado, 30 de septiembre de 2017

Maestro de maestros

Johnny Jenkins
Otis Redding, Duane Allman y Jimi Hendrix son tres de los nombres que giran alrededor de la figura, olvidada, de Johnny Jenkins. Si tomamos a cada uno de ellos por separado, Jenkins es apenas una apostilla en sus biografías. Pero si contamos la historia con él como protagonista comprenderemos su enorme influencia. Este guitarrista zurdo y cantante contribuyó en los comienzos de las carreras de esos tres grandes músicos y, por ende, en el desarrollo del southern soul, el rock sureño y la psicodelia. Un verdadero maestro de maestros.

Jenkins nació en Macon, Georgia, el 5 de marzo de 1939 y creció en la pequeña comunidad rural de Swift Creek. Según el sitio AllMusic, de niño tuvo su primer acercamiento a la música gracias a la radio y quedó fascinado con artistas de R&B como Bill Doggett y Bullmoose Jackson. Su primera guitarra la construyó con una caja de cigarros y gomitas cuando tenía nueve años y tocaba por monedas en una estación de servicio.

Jimi Hendrix
A mediados de los cincuenta, Jenkins comenzó a tocar con más asiduidad en los bares y fraternidades de Macon y solía juntarse con otro guitarrista, zurdo como él pero un par de años más chico. Jimi Hendrix fue varias veces a Macon cuando era adolescente. Como sus padres se peleaban a menudo, él y su hermano se recluían en la casa una tía y así fue como respiró el aire sureño y tuvo sus primeros contactos con el blues. Y Jenkins fue una de sus grandes influencias. De eso dio cuenta el guitarrista Eddie Kirkland citado en las notas del disco recopilatorio de Hendrix, Blues. Con los años, se volvieron a ver al menos una vez más. Algunos señalan que zaparon juntos en 1969 en The Scene, un club nocturno de Nueva York.

A los 20 años, en 1959, Jenkins participó de un concurso radial y llamó la atención de Phil Walden, con quien entablaría una relación de décadas. Walden contribuyó para que Jenkins formara su primera banda, los Pinetroppers, en la que asomaba un joven Otis Redding.

Un hecho fortuito marcó la carrera de Jenkins y también la de Otis Redding. En 1962, Jenkins editó el single instrumental Love twist que fue un éxito regional -vendió unas 25 mil copias, según un artículo de The Guardian- y a raíz de eso fue invitado a Memphis a tocar con Booker T & The MG’s. Jenkins tenía pánico a volar y además no tenía licencia de conducir así que le pidió a Otis Redding que lo llevara en auto hasta a Memphis.

Otis Redding
En el estudio de grabación, Jenkins completó antes de tiempo una sesión con Booker T que no prosperaría y fue entonces cuando el ingeniero de grabación Jim Stewart y Steve Cropper centraron su atención en Otis Redding. “Yo pensé que Otis Redding era el chofer de Johnny Jenkins. Lo estaba ayudando con los amplificadores y sus cosas… se sentó por ahí durante todo el día mientras nosotros tocábamos. En un momento, cuando ya habíamos terminado, me dijo que él no tocaba ningún instrumento y empezó a cantar These arms of mine y yo lo seguí con el piano y Johnny con la guitarra”, le contó Cropper al biográfo Scott Freeman. Así cobró vida una de sus grandes composiciones, These arms of mine, que fue editado por Volt -sello subsidiario de Stax- en 1964, con el tema Hey hey baby en el lado B.

Ese instante marcó el inicio de la exitosísima y breve carrera de Otis Redding. Agradecido, el cantante le ofreció a Jenkins que fuera el guitarrista de su banda, pero éste se negó porque por su miedo a volar no iba a poder cumplir con las giras. Irónicamente Otis Redding murió el 10 de diciembre de 1967 en un accidente aéreo.

En 1969, Phil Walden, junto a Alan Walden y Frank Fenter, fundaron Capricorn Records y al primer artista que contrataron fue a Jenkins. Había llegado el momento de que grabara su primer disco. Ton-Ton Macoute fue editado en 1970 y Jenkins contó con unos jóvenes músicos que pronto serían estrellas: Duane Allman, Berry Oakley, Jaimoe y Butch Trucks. Además de la base de los Allman Brotheres, colaboraron en el álbum los cantantes Eddie Hinton y Jimmy Nalls, y el tecladista Paul Hornsby. El álbum, que se convirtió en un clásico de Capricorn Records, fue producido por Duane Allman y Johnny Sandlin, y el repertorio estaba compuesto por una selección de blues y afines muy característicos de la época: desde el I walk on gilded splinters de Dr. John hasta Down along the cove de Bob Dylan. Pero también tenía algunos blues de raíz como Catfish blues (curiosamente figura como Rollin’ stone en los créditos), Leavin’ trunk, Dimples y My love will never die.

Tras ese gran disco llegó la irrupción de los Allman Brothers y Capricorn Records concentró todos sus recursos en ellos. Jenkins pasó a un segundo -o tercer- plano que lo llevó a prácticamente dejar el mundo de la música, más allá de esporádicas presentaciones en su zona de influencia. Pasaron más de 25 años para que volviera a grabar. Y fue Phil Walden quien lo convenció. En 1996, editó su segundo disco para Capricorn Records, Blessed blues, un álbum que, como indica su nombre, no presta lugar a la confusión. Allí volvió a contar con la colaboración de Sandlin y un invitado de lujo en teclados: Chuck Leavell. El repertorio incluye temas propios, covers de Sonny Boy Williamson, Blind Willie McTell, Muddy Waters y Elmore James, y una reedición de su single de 1962 que aquí renombró como Miss thing.

Si bien Capricorn Records fue vendida en 2000 a Volcano Entertainment, Jenkins ya estaba en el ruedo y en el ocaso de su vida grabó dos discos más de manera independiente: Handle with care (2001) y All in good time (2005). El 26 de junio de 2006, a los 67 años, sufrió un ACV y murió. Pero la leyenda ya estaba escrita.

jueves, 21 de septiembre de 2017

De Bentonia a Bolivia


El blues está lleno de historias sorprendentes y esta es una de ellas.

Jamie Atkinson, oriundo de Georgia, Estados Unidos, se había instalado con su familia en La Paz, Bolivia, por cuestiones laborales. A mediados de 2015, se fue de vacaciones a su país con sus dos hijos para recorrer los caminos del blues de Mississippi. “Yo crecí escuchando las dulces melodías de Leadbelly y Mississippi John Hurt y quise que mis hijos conocieran una porción de América que yo creía que ya no estaba más”, escribió.

Ya en los Estados Unidos leyó un artículo sobre el Blue Front Café de Bentonia y los tres emprendieron viaje desde Greenwood hasta ese pequeño poblado al sur del Mississippi en el que viven unas 300 personas. “Me sorprendió enterarme que el country blues no estaba muerto, confinado a las tumbas, libros de historia o el kitsch de Beale Street”, apuntó Atkinson.

Al llegar a Bentonia se encontraron con el que mítico juke joint estaba cerrado, pero poco después apareció un joven que se presentó como el sobrino de Jimmy “Duck” Holmes y llamó por teléfono a su tío. Holmes llegó 15 minutos después y, como lo hace siempre, abrió las puertas del bar y tocó para los visitantes durante dos horas. Justo cuando se estaban por ir, Holmes les preguntó de dónde venían. Atkinson le contó que estaban viviendo en La Paz y el músico le dijo que su manager, Michael Schulze, quería que fuera a tocar a Sudamérica.

Atkinson, Mavrich e Iñiguez en Bentonia
Ese deseo de Schulze, que pasó a ser también el de Atkinson, se concretó un año después. En junio de 2016, el legendario Jimmy “Duck” Holmes viajó a Bolivia y durante diez días realizó una serie de shows y clínicas que se convirtieron en la semilla del proyecto Bolivia Bentonia Blues (BBB). Atkinson, guitarrista y cantante, sumó a otro violero, Nico Mavrich, y al percusionista Ramiro Iñiguez. Los tres comenzaron a versionar temas de Holmes, clásicos de Jack Owens y Blind Willie Johnson y también a componer sus propias canciones inspiradas en ese intercambio cultural, muestra inconstrastable de la universalización del blues. En junio de este año, Atkinson, Mavrich e Iñiguez dieron un paso más: viajaron a Bentonia y se reencontraron con Holmes. Junto al ecuatoriano John Villalobos y otros músicos locales, como Leo “Bud” Welch y Terry “Harmonica” Bean, participaron del Bentonia Blues Festival.

El círculo no iba a estar completo sin un disco. Songs for Jimmy se gestó antes del viaje y fue editado cuando regresaron. Parte del álbum se grabó en el estudio Ecos en La Paz y el resto en King Estudio, en Buenos Aires, en el que contaron con la mezcla y masterización de Pablo Hadida, y la participación de Marcelo Ponce y Viviana Dallas.

Los músicos lograron capturar en cada una de esas 13 canciones el espíritu del blues de Bentonia. Desde la expresiva Catfish hasta Cypress Grove el trío se complementó la perfección con la expresividad de la pareja argentina. El slide de Marcelo Ponce enhebró unos solos punzantes, mientras que Viviana Dallas elevó su canto profundo con suma pasión. Y con sus armonías vocales en Nobody’s fault but mine sobrevolaron el éter en el que el canto del góspel se mezcla con el blues.

La cantante boliviana Carla Casanovas aportó su dulce voz en All night long, cantando algunas estrofas en español y otras en inglés, e hizo coros en el tema que da nombre al disco. Y Pablo Hadida sumó su toque musical con el slide en la instrumental Stella 1917.

Bolivia Bentonia Blues es un disco intenso y muy respetuoso de la tradición blusera de Bentonia. Es probable que el primer fan que tenga sea Jimmy “Duck” Holmes.

lunes, 11 de septiembre de 2017

El camino a la inmortalidad


Espero que sigas hechizado por la música de mi alma cuando yo ya no esté”.

En el estribillo de My only true friend queda de manifiesto que Gregg Allman percibía que su final estaba cerca. Confiesa que la ruta fue su “única verdadera amiga” y espera que su música trascienda a su existencia. Y, paradójicamente, su voz suena majestuosa, llena de vida. La melodía es afable y el solo de guitarra de Scott Sharrard exuda la tradición más pura del rock sureño. Pero entonces se cuela el toque de una trompeta, como en un funeral. Es su despedida.

Gregg Allman murió el 27 de mayo cuando, junto con el productor Don Was, estaba dando las últimas puntadas a la mezcla de Southern blood, álbum que fue editado ahora y que recuerda que su muerte es una pérdida irreparable. Pero como con todo gran artista, su música lo sobrevive y en este caso, el disco póstumo se suma como testamento a una vasta discografía solista y con los Allman Brothers.

Para grabar este álbum, Gregg Allman llevó a su banda estable a los estudios FAME, en Muscle Shoals, donde los Allman Brothers tuvieron sus primeros ensayos hace medio siglo. Solo el primer tema fue compuesto por Gregg Allman, el resto son covers -que el cantante reconstruye de una manera muy personal- y un tema escrito por Sharrard.

Con cada una de esas canciones, Allman cuenta su historia, la de su música y reflexiona sobre el futuro. “Y a veces me pregunto / Sólo por un tiempo / ¿Te acordarás de mí?”, expresa en Once I was the Tim Buckley. Mientras que con Going, going gone de Bob Dylan emociona hasta las lágrimas: “Cierro el libro / En las páginas y el texto / Y no me importa lo que suceda a continuación / Yo sólo voy / Me voy / Me fui”. Pasa la página y versiona Black muddy river de los Grateful Dead. Y otra vez vuelve sobre sus pasos, los que dará y los que no. “Caminaré solo al costado del negro y fangoso río / Cantando una canción mía / Y cuando parezca que la noche dura para siempre / Ya no quedará nada más que hacer que contar los años”.

Y entonces, el blues. Porque siempre hay un blues. Y esta vez, es sobre la vida que vivía, la que amaba. Y nada mejor para expresarlo que I love the life I live, de Willie Dixon. Sigue con una de las más nobles y hermosas melodías, la de Willin’, de Lowell George, en la que canta que desea seguir moviéndose. Luego se sumerge en las profundidades del southern gumbo y recuerda a un viejo amigo, Johnny Jenkins, con Blind bats and swamp rats. Vuelve a la balada soulera, con una buena sesión de caños, para rescatar lo mejor de la tradición de Muscle Shoals, con Out of the field, de Percy Sledge. Antes del final recrea Love like kerosene, una composición bien rockeada de Sharrard que ya venía tocando en vivo y había grabado en el disco Live Back To Macon, GA.

Se va con Song for Adam, tema del álbum debut de Jackson Browne: “Sostengo mi única vela / aunque es muy poca luz como para encontrar mi camino / Ahora mi historia está bajo esta vela / Y se acorta a cada hora”. Las letras de las canciones resumen su vida y también nos muestran sus miedos e incertidumbre de cara al futuro, que vislumbraba corto. Su última interpretación, tan sentida como magistral, estuvo a la altura de su historia. Que en paz descanses Gregg.


sábado, 2 de septiembre de 2017

Dos estilos, mismo sentimiento

Vieja Estación - Soltando la carga. El paso del tiempo, la experiencia adquirida, las geografías recorridas, la pasión por la música y la necesidad de tener una voz propia se conjugan en el último disco de Vieja Estación, el cuarto de su cosecha y el tercero con temas en español. Aquí se mezclan los orígenes de la banda, con los hermanos Espósito y Mauro Bonamico, con el nuevo aire que trajo el guitarrista Nicolás Yudchak. El álbum fluye con un cancionero original, aires del southern soul, una pizca de blues y una enorme influencia de los Allman Brothers, como se percibe principalmente en temas como El sueño de Myto y Vientos del sur. Santiago Espósito -"Tomy" para todos- es el eje central de la banda. Su voz rasposa y auténtica es lo primero que sobresale por sobre la combinación de su guitarra con slide y los riffs potentes de Yudchack. Bonamico e Ignacio Espósito llevan adelante el ritmo con mucha autoridad. Pero no es solo un disco de guitarras. El sonido del hammond es protagonista de principio a fin, ya sea de la mano de Nandu Tecla o el fenomenal Nico Raffetta. Yair Lerner y Mauro Chiappari aportan la fuerza de los caños en algunas canciones y Julio Fabiani suma un aires campestres desde su lap Steel en la melodiosa Perro fiel. Las letras son todas en español, mientras que los solos tienen la frescura de los duraznos de Georgia. Soltando la carga es un disco imprescindible para todos aquellos que siempre buscan un poco más: “La respuesta está en el viento / ya lo decía esa canción / el camino solo te lleva / hasta la próxima estación”.

Southbound - Dynamite. Aquí una propuesta completamente diferente. Un grupo de músicos jóvenes formados en la Escuela de Blues se unieron para dar vida a este proyecto que apunta a recrear viejos clásicos de los cuarenta y los cincuenta con un sonido que remite al West Coast y una estética de swing muy cuidada. La banda se conforma con Alejandra Gallo, una notable vocalista que fusiona el estilo de las grandes cantantes de jazz, con la impronta de Etta James y la soltura de Imelda May; los prolíficos guitarristas Luca Zolkwer y Manuel Marañón Ocampo; y la rítmica compuesta por el bajista Andrés Giorgi y el baterista Adrián Bareiro. Detrás de ellos aparece el bielsismo del blues, el mágico toque de Daniel De Vita en su doble rol de productor y técnico de grabación. Uno de los puntos más altos del disco es My lonely room, de Titus Turner, por la colaboración (¡Cuándo no!) de Nico Raffetta en teclas. La banda también se luce en la versión de Matchbox, de Ike Turner, donde Ale Gallo ruge con una fuerza implacable. En Big bad handsome man suena la armónica calibrada y sublime de Nico Smoljan; y en la instrumental Big Price asoma el brote creador de Luca Zolkwer, en una composición que remite al sonido de Rick Holmstrom. Dynamite combina pasado y futuro: una nueva generación de músicos que indaga en sonidos de antaño con mucho respeto y pasión.

viernes, 25 de agosto de 2017

Más vigentes que nunca

Robert Cray and Hi Rhythm - Robert Cray and Hi Rhythm. Este disco, el décimo octavo de su carrera, es una muestra acabada de todo lo que es Robert Cray hoy. El álbum suena tremendo, la voz de Cray es inmaculada y sus solos son exquisitos. Desde que volvió a reunirse con Steve Jordan -In my soul, 2014- adquirió definitivamente el toque que le faltaba. Robert Cray sigue sonando como Robert Cray pero ahora también suena a Memphis. No por nada se fue hasta allí a grabar esta colección de composiciones propias y algunos covers como The same love that made me laugh, de Bill Withers; I don’t care, de Sir Mack Rice; y Aspen, Colorado y Don't steal my love, de Tony Joe White, quien además aporta el sonido electro-pantanoso de su guitarra en el segundo tema. Cray todavía conserva la frescura de aquél músico que impuso su sonido distintivo en la década del ochenta y a eso le agregó la experiencia y una búsqueda artística de años. Hoy, suena mejor que nunca y sigue sonando a Robert Cray. Soul y blues en su máxima expresión.

George Thorogood - Party of one. Este es el disco número 14 de su carrera y el más diferente a todos los demás. Por primera vez, a cuarenta años del primer álbum que grabó, lanza un disco sin la compañía de los Destroyers. Thorogood decidió que era tiempo de presentarse solo, apoyándose en su guitarra -eléctrica o acústica- y en un puñado de canciones que marcaron toda su trayectoria. Los temas elegidos reflejan sus máximas influencias: desde el comienzo con Steady rollin’ man de Robert Johnson, hasta el final en vivo con la hookeriana One bourbon, one scotch, one beer. En líneas generales el disco respira blues primario, visceral, pero no se limita solo a eso. Thorogood recurre al slide en más de una oportunidad, a sus clásicas inflexiones vocales y también a la armónica. Nos lleva a lo más profundo del blues con clásicos como The sky is crying, Born with the blues, Got to move y Wang dang doodle; nos agasaja con buenas canciones de la historia del rock como No expectations de los Stones y Down the highway de Dylan; y nos sorprende con un par de éxitos de la música country como Bad news de Johnny Cash y Pictures from life’s other side de Hank Williams. Party of one es una invitación del artista a su mundo más íntimo. Y no hay que dejarla pasar.

John Mayall - Talk about that. Nadie podrá discutir jamás que John Mayall no es un hombre de blues. A los 83 años acaba de lanzar un nuevo disco: ¡El número 66 de su carrera! Pocos músicos deben haber grabado tanto como él. Y lo llamativo, en su caso, es que sus discos siguen una línea artística definida. Más allá de algunas exploraciones musicales que hizo en los setentas y algún sonido más aggiornado en las décadas siguientes, Mayall elaboró una marca musical que ya puede clasificarse como clásica. Aquí, en su nuevo trabajo, el padrino del blues inglés vuelve a mostrar su talento con los teclados, la guitarra y la armónica, y su voz se mantiene intacta. La banda que lo acompaña es la misma de los últimos años: Rocky Athas (guitarra), Greg Rzab (bajo) y Jay Davenport (batería). El repertorio incluye ocho temas originales y tres covers: It’s hard going up, de Little Sonny; Going away baby, de Jimmy Rogers; y Don’t deny me, de Jerry Lynn Williams. El legendario guitarrista Joe Walsh (Eagles y James Gang) aporta su toque punzante en The Devil must be laughing y Cards on the table y la sección de vientos comandada por Ron Dziubla realza el sonido de la banda en más de una canción. Con este nuevo disco Mayal deja en claro dos cosas: que está más vigente que nunca y que tiene cuerda para rato.

jueves, 17 de agosto de 2017

Zona de confort


El tipo destila sencillez y buena onda. Está vestido con una remera negra, jean y alpargatas. Sonríe todo el tiempo. Se siente contenido por los músicos que lo acompañan. Se nota que la está pasando muy bien y sabe transmitirlo. Las dos horas de show se pasan volando. No toca muchas canciones, sino que a cada una le dedica largos y vibrantes solos. También le da curso al pianista y él se pone en un segundo plano para mostrar que también es un guitarrista rítmico de primer nivel. Canta poco. La voz no es su fuerte, pero se ve que estuvo perfeccionándose.

Es la tercera vez que Kirk Fletcher viene a la Argentina. La primera fue la accidentada gira de 2011 en la que perdió un vuelo y no llegó para el show en La Trastienda junto a Tom Principato, y solo se presentó, días después, en Monte Grande y Mr. Jones. Dos años más tarde volvió como guitarrista de la banda de Eros Ramazzotti para un show en GEBA. Y ahora está de regreso: un par de shows en el Be Bop Club, excursiones a Rosario, La Plata y Ramos Mejía, y una visita obligada por Brasil conforman parte de este tour 2017.

Su segunda presentación en el Be Bop es magistral. Abre con dos temas instrumentales de Freddie King, Side tracked y Funny bone, para dejar en claro desde el comienzo quién es su máxima influencia. Gabriel Cabiaglia y Mauro Ceriello lo siguen con una prestancia y un ritmo frenético. Tavo Doreste, desde el piano, se suelta con cada gesto del guitarrista y hace lo suyo. Están todos en sintonía. Llega Congo Square, que grabó en su disco My turn, cargada de notas multicolores y un final muy funky. “Suena como Michael Jackson”, bromea mientras acompaña el ritmo con su cabeza. Baja un poco el tempo con Sad, sad day pero los riffs y solos de su Telecaster no aflojan. Fletcher nos lleva con su música a la zona de confort. Para el cierre de la primera parte propone una canción de amor y se despide -momentáneamente- en clave de R&B con I’m in love.

Para el segundo set sube acompañado por el guitarrista Gonzalo Bergara, a quien llamó expresamente para tocar con él cuando se enteró que estaba en Buenos Aires. Intercalan solos lacerantes en dos temas de su cosecha. Se baten a duelo. Bromean. Ríen. El talento de ambos estalla en una comunión sonora. Cuando Gonzalo deja el escenario, Kirk lo invita a Rafa Nasta para un nuevo duelo que se extiende durante dos clásicos del blues: Something inside of me, de Elmore James, y You are the one. El último tramo del show tiene sus variantes: del instrumental El medio stomp pasa a una balada de su autoría y luego a la demoledora Rock with me.

El sonido limpio de su guitarra y su forma de tocar ubican a Kirk Fletcher entre los guitarristas más destacados de esta generación. Puede liderar su propia banda o pasar a un segundo plano para dejar que otros se luzcan. Tiene una amplia formación musical, mucha inventiva y versatilidad. Pero además logra que uno empatice con él más allá de lo musical. La calidez es otra de sus cualidades y eso se nota desde que asoma su voluminoso cuerpo al escenario.

martes, 8 de agosto de 2017

Al rojo vivo


La propuesta de Botafogo es poco convencional. Ritmo de blues y canto de protesta. No necesita un megáfono. Vomita su bronca mientras el slide desgrana las cuerdas duras de una resonadora. Bota le canta a la Barrick y a Monsanto. A los títeres de las corporaciones. Putea a los que gobiernan y a los que gobernaron. Cuenta la historia de Pan y Vino, el campesino. Le agradece a Chomsky y se acuerda de la madre de Gioja. Advierte sobre las bases militares estadounidenses. Las palabras salen de su boca como bombas molotov. Bota está al rojo vivo. No se guarda nada. Ni siquiera un insutlo. En este lunes húmedo de blues tiene gana de decir sus verdades sobre una melodía infantil o el boogie hipnótico de John Lee Hooker. Nada ni nadie se lo impide. Nadie se ofende.

Bota toca cerca de una hora. La luz roja lo baña suavemente mientras el público lo escucha con atención. No todo es áspero. Interpreta tres temas de Pappo. “Probé con Leo García pero no funcionó. Probé con la cumbia y la bachata y tampoco funcionó. Yo ya no puedo, esta música dejar; bluuuues solamente”. Improvisa parte de la letra de Slide blues. Recurre a la ironía y a algún que otro dardo venenoso. Reconvierte Desconfío y el Hombre suburbano en hermosas piezas campestres. Esa sea la parte más amena del show. La gente se copa y tararea los estribillos y aplaude. Lo espera un sándwich vegetariano y un agua mineral. Eso apura el final. “Me quiero despedir con una canción que habla de Dios… bah eso”, dice mientras hace un gesto despectivo con sus brazos. Termina los últimos acordes de la canción, apoya la guitarra y bromea: “Ahora los dejo para que empiecen a pasarla bien”.

Él sabe que el camino que eligió es el más difícil y el menos comercial. Pero no le importa. Ya pasó los 60 años y su historia lo respalda. No quiere cantar en inglés sobre como curar las penas ahogándose en whisky. Quiere denunciar a las corporaciones, a los políticos corruptos y a los periodistas obsecuentes. Aunque lo critiquen y lo dejen de lado.

Bota vive de la música. De su música. Se lo ganó con talento, esfuerzo y dedicación. Es una parte fundamental del engranaje del blues local y a esta altura de su vida nadie le va a decir qué es lo que tiene cantar. A pocos días de una elección nacional, Bota vuelve a disparar munición gruesa. Eso provoca angustia y genera conciencia. Así, un lunes lluvioso y nostálgico el maestro inaugura los Blue Mondays de Bluscavidas con todas sus verdades, siempre con ritmo de blues.

martes, 1 de agosto de 2017

Blues diva


Janiva Magness tiene una de las voces más convincentes y fascinantes de la escena blusera actual. Su trayectoria es inapelable y todo lo que vivió le confieren la autoridad necesaria para presentarse como una auténtica blues woman. Es una artista consagrada que ostenta una importante discografía. Desde su álbum debut –It takes one to know one de 1997- hasta su nominación al premio Grammy por su último trabajo, Love wins again, cada vez que Janiva entró a un estudio de grabación lo hizo a conciencia, más allá de que estuviera atravesando una faceta más soulera, volcada al R&B, o cumpliendo un importante compromiso contractual con Alligator Records.

Una de las cosas más trascendentes que hizo en el último tiempo fue crear su propio sello, Fathead, con el cual obtuvo mucho más libertad en todo el proceso creativo sin tener que lidiar con una gran discográfica. En esta nueva faceta independiente lanzó Original (2014) y el laureado Love wins again. El primero está conformado por todas canciones propias mientras que en el segundo contó con el talento compositivo de su productor Dave Darling. Tal vez para aprovechar el momento, este año decidió lanzar un EP de seis canciones, en este caso, todos covers. Pero Janiva logró transformar esas versiones en propias. Su voz fluye con tanta naturalidad y los arreglos son tan personales que, salvo por Pack it up, que no difiere mucho de la original de Freddie King, al resto de los temas parecen de ella.

Según sus palabras, Blue again “es una colección de algunas de mis canciones favoritas. Como los verdaderos maestros, el blues sigue enseñándome. Y sigue sonando en mi mente mucho después de que la puerta se cierra y las luces se apagan. Mi deseo es (que estos temas) hagan lo mismo por ustedes que por mí”.

El primer track es una soberbia interpretación de I can tell, de Bo Diddley, que Janiva canta con una fuerza arrolladora amparada por un extraordinario aporte de la guitarra de Kid Ramos, uno de los tres invitados que jerarquizan el álbum. Sigue con I love you more than you'll ever know, el clásico de Blood, Sweat and Tears que Al Kooper escribió en 1968. Aquí Janiva prescinde del toque psicodélico de la original y exalta la balada alcanzando unos registros vocales superlativos. En If I can´t have you, de Etta James, Janiva entrelaza su canto con la potente voz de Sugaray Redford. Luego rescata una joya oculta del sello Kent, Tired of walking, que Little Joe Hilton grabó en 1962. Antes de cerrar con Pack it up suma al armoniquista T.J. Norton en Buck, un blues de Nina Simone muy poco explorado.

El disco cuenta otra vez con la producción de Dave Darling y se sostiene por la interacción de la cantante con una muy buena banda conformada por Zach Zunis y Garrett Deloian en guitarras, Arlan Schierbaum en hammond, Gary Davenport en bajo y Matt Tecu en batería. Con este EP, Janiva Magness se dio el gusto de cantar canciones que marcaron su vida y recibió el elogio de una de sus máximas referentes. Mavis Staples dijo: “La voz robusta y souleada de la hermana Janiva nos lleva con determinación a enamorarnos de ella con cada canción. Su entrega es siempre sincera y directo desde el corazón”. Palabra santa.

lunes, 24 de julio de 2017

Willin'


Hay canciones que trascendieron a su época. No necesariamente son grandes himnos del rock como Like a rolling stone, Satisfaction, Bohemian rhapsody, Layla o In my life, sino más bien hermosas melodías que descansan adentro de cada uno hasta que, por algún motivo, se activan. Cada uno tiene las suyas. Entre las mías están The weight, Soulshine, Ripple, Can't you see, You got the silver. Y Willin'. Hacía mucho que no escuchaba esta última, la joya inmaculada de Lowell George. El fin de semana vinieron a Bluscavidas Tomy Espósito y Nico Yudchak a presentar el nuevo disco de Vieja Estación. Escuchamos algunos de los temas del álbum y ellos tocaron un par canciones acústicas. "Vamos a ver que sale... esta es de Lowell George", anunció Tomy Espósito. Y salió genial. La melodía inconfundible, el estribillo adherente, hermosas armonías vocales y un solo con slide muy convincente. Volví a casa tarareándola. Y desde ese día ya la escuché media docena de veces.

Lowell George escribió Willin' en algún momento de 1969 cuando todavía era uno de los músicos de The Mothers of Invention, la banda de Frank Zappa. Hay dos versiones acerca de por qué el guitarrista, cantante y compositor se fue del grupo y ambas tienen que ver con esa canción. Una es que cuando se la hizo escuchar a Zappa éste le dijo que era tan buena que tenía que armar su propio grupo para tocar sus temas. La otra es que a Zappa no le gustaron las claras referencias a las drogas que tiene: "And if you give me weed, whites and wine / And you show me a sign / I'll be willin', to be movin'". La primera versión es la más verosímil ya que luego Zappa fue clave para que Lowell George firmara contrato con Warner.

Little Feat nació en el amanecer de la década del setenta. La primera formación incluyó a Lowell George en guitarra y voz; su compañero en Mothers of Invention, Roy Estrada en bajo; Billy Payne en teclados; y Richie Hayward en batería. El primer álbum se llamó Little Feat a secas, fue editado en 1971 y para la discográfica fue un fracaso porque apenas vendió 11 mil copias. Pero ya sabemos que muchas veces la relación entre lo comercial y lo artístico no va por la misma vía. El álbum fue extraordinario por su exquisita fusión de estilos -blues, country-rock, rock sureño y un toque experimental heredado de Zappa- y las letras profundas de Lowell George. En ese álbum incluyeron la primera versión de Willin', acústica y bien minimalista. Lo llamativo fue que cuando estaban en plena sesión de grabación Lowell George se lastimó una mano haciendo aeromodelismo y no pudo tocar la parte de slide. Lo hizo Ry Cooder.

Al año siguiente, Warner decidió volver a intentarlo y el segundo disco de Little Feat, Sailin' shoes, tuvo una producción más importante. Cambió el sonido más crudo del anterior por uno más cuidado. Fue mucho más comercial pero no defraudó desde lo artístico. Lowell George volvió a grabar Willin' porque la canción así lo pedía. La cantó con más dulzura y, a diferencia de la anterior interpretada solo con dos guitarras, aquí se sumó Payne en piano y Sneaky Pete Kleinow en pedal steel, más la sección rítmica. Así, la banda reeditó la road song, el lamento de un camionero que busca a Alice, Dallas Alice. La banda editó una tercera versión en vivo -Waiting for Columbus, de 1978- y hubo decenas de artistas que la grabaron con el correr de los años, entre ellos Gene Parsons (Kindling, 1973), Linda Ronstadt (Heart like a wheel, 1974) y Steve Earl (Sidetracks, 2002). Cada uno de esos covers, hasta la espontánea versión de los chicos de Vieja Estación, garantizan la inmortalidad de una de las más bellas canciones del siglo XX.


lunes, 17 de julio de 2017

Homenaje a los Black Crowes

Foto Juana Noctiluca

El escenario de El Universal, sobre el pasaje Soria, recrea una vieja cabaña sureña. Está todo revestido en madera, hay un piano y dos washboards cuelgan de una pared bajo una luz amarillenta. Es un lugar ideal para escuchar shows acústicos o más bien tranquilos, para disfrutar de la canción en lugar de enloquecerse con un solo. En ese marco, la propuesta de un show dedicado exclusivamente a los Black Crowes fue más que llamativa. Guido Venegoni y Brian Figueroa se propusieron combinar las dos cosas: tocar los temas de los hermanos Robinson de manera intimista. Y les salió bárbaro.

En una noche gélida, los dos músicos de Támesis hicieron un show muy cálido que duró unas dos horas, con un intervalo en el medio. Tocaron todos temas de los Black Crowes, 20 en total, de una forma personal y respetuosa a la vez. Guido cantó en el tono exacto de Chris Robinson, con mucha naturalidad, y Brian alternó entre dos violas acústicas y dos eléctricas conectadas a una pedalera.

Abrieron con Be your side y así sentaron las bases de lo que sería su propuesta. Guido tocó el piano en dos temas y Brian se calzó la armónica con soporte en otras dos ocasiones. Florencia Andrada subió a cantar Bring on y las armonías que hicieron con Guido fueron exquisitas. Después Larry Normal se adueñó de las teclas en She talks to angels y Virtue and vice, y Julio Fabiani desangró una viola con su slide en Cypress tree. El último invitado de la noche fue Nico Yudchak, también con slide, acompañó en Hotel Illness y la magistral Jealous again.

Lo bueno del show fue que los dos músicos dejaron por unos días su proyecto grupal para estudiar un puñado de temas muy representativo de la historia de los Black Crowes. Ensayaron con ganas y lo presentaron en el lugar adecuado en una noche inmejorable. Fue el justo reconocimiento a sus ídolos, los tipos que con sus canciones y su sonido los cautivaron cuando eran unos pibes, mucho antes de que se juntaran para armar una banda de rock. Hay historias de amor y hay historias de rock. Y esta tiene un poco de las dos.

sábado, 15 de julio de 2017

Por los caminos del blues


El GPS me llevó hasta un punto muerto sobre la ruta 7. Detuve el coche y me bajé . A mi alrededor, algunos pocos árboles y cables de alta tensión se rebelaban en un paisaje chato de campos sembrados. La primera señal de vida se presentó unos kilómetros más adelante. Me acerqué hasta unas viejas cabañas que rodeaban un granero pero allí no había nadie. Sólo apareció un perro que empezó a ladrar en cuanto me vio. Empecé a dar vueltas por los caminos rurales, levantando polvo aquí y allá, hasta que llegué a la tranquera de una imponente granja. Un vaquero y una mujer, de unos 40 años ambos, estaban junto a una camioneta 4x4. Parecían de una publicidad de cigarrillos de la década del setenta. Les pregunté si sabían dónde quedaba la cabaña de Mississippi John Hurt y, aunque parecieron un tanto sorprendidos por mi pregunta, me respondieron que sí. Me dieron indicaciones de cómo llegar y se despidieron cordialmente. Mientras los escuchaba sabía que en cuanto arrancara el auto me iba olvidar toda la explicación. Y así fue. A la segunda o tercera curva que tomé estaba completamente perdido.

Es curioso como en una pequeña comunidad como Avalon, en la que viven decenas de familias que ni siquiera fueron censadas, puede resultar tan difícil encontrar la cabaña de una leyenda del blues. ¿Cómo habrá hecho Tom Hoskins para dar con él en 1963? Supongo que la respuesta se resume en dos palabras: perseverancia y voluntad. Al cabo de varias vueltas me topé con una hermosa casa de dos plantas, con una imponente ligustrina y un prolijo jardín al frente. Un hombre ancho, que llevaba una camisa a cuadros ajustada, jeans y usaba anteojos vintage, se acercó para ver qué buscaba. También se tomó su tiempo para explicarme, con su inconfundible acento sureño, cómo llegar hasta el lugar buscado. No era lejos, pero tampoco era sencillo. Tenía que agarrar un camino de tierra hasta no sé dónde y de allí un sendero en dirección hacia algún lugar que no recuerdo. Me perdí de nuevo. La siguiente parada fue una casa prefabricada, con un sillón en el porche y la bandera confederada colgando de una ventana. No me animé a bajar. Imaginé a un redneck poco amigable saliendo con una escopeta. Toqué bocina varias veces pero nadie respondió y seguí adelante.

Tras más de dos horas dando vueltas por Avalon, con la señora del GPS insistiendo con su "recalculando", finalmente tomé un camino repleto de pozos hacia una colina en la que había un par de casas, una choza abandonada y un viejo almacén. Allí, en medio de una vegetación espesa, encontré la precaria cabaña de Mississippi John Hurt. Las pocas referencias que tenía es que allí funcionaba un museo. Pero por ser domingo estaba cerrado y no había nadie a quién preguntarle. A un costado de la cabaña había una vieja y oxidada camioneta Chevrolet de la década del cuarenta y también la silueta recortada del artista. Fui hasta el auto, puse el CD Last session, subí el volumen y dejé la puerta abierta. Me senté en una de las dos mecedoras que estaban en el porche y me dediqué a escuchar. Imaginé que John Hurt estaba sentado al lado mío. Me invadieron un sinfín de emociones y tal vez se me escapó alguna lágrima.

En aquél sitio olvidado me conecté con el pasado del blues y con la música de un artista único e irrepetible. Su dulce voz y la melodía de Poor boy, long way from home se esparció por el terreno mientras una tenue brisa acariciaba con suavidad el pasto y las hojas de los árboles. Respiré hondo y el olor de la primavera ingresó en mis pulmones como un huracán. Me quedé algunos minutos más contemplando ese paisaje bucólico pero no tenía mucho tiempo más. Todavía tenía que pasar por Bentonia antes de llegar a Jackson. Caminé los 30 o 40 pasos de regreso hacia el auto mientras dejaba atrás la cabaña de John Hurt. Me di vuelta y pude verlo en el porche, apoyado contra una columna de madera, con su sombrero puesto y sosteniendo la guitarra. Imaginé que me saludó y le dije adiós.


Avalon, Mississippi. Abril de 2012.

sábado, 8 de julio de 2017

Blues de un hombre joven


Arriba del escenario no parece un adolescente que recién terminó el colegio secundario. Aunque tiene 18 años, canta y toca la guitarra como un experimentado bluesman. El show que dio el jueves a la noche en el Conventillo Cultural Abasto fue superlativo. En poco más de una hora y media interpretó algunos temas de su disco The exiting sounds of Dylan Bishop y versionó a los grandes maestros del blues con mucha solvencia.

La relación del joven con el público fue de menor a mayor. Muchos de los que fueron a verlo nunca lo habían escuchado por lo que se tomaron su tiempo para degustarlo. Al final terminaron ovacionándolo de pie y pidiéndole más. Y él cumplió.

La noche empezó con Javier Mozzi, “Lonnie” Mozzi, y un breve show en el que mostró su prestancia con las seis cuerdas y un repertorio muy selecto: Quacker City, de Bill Dogget; Lonesome whistle blues, de Freddie King; Haunted house, de Lonnie Johnson; She walks right in, de Clarence “Gatemouth” Brown; y Guitar Jump, de Arthur “Guitar” Smith. Mozzi se presentó en formato trío con Christian Morana y Germán Pedraza -salvo que en un tema en el que subió el guitarrista Juancho Hernández- y dejó una muy buena impresión en el público que iba colmando de a poco la sala.

Poco después apareció Dylan Bishop en escena, abrazando con ganas a su strato, acompañado por Federico Verteramo en guitarra, Jorge Costales en armónica y la misma sección rítmica que había tocado minutos antes con Mozzi... en definitiva el Verteramo Trío o Blues Company, como más les guste llamarlos. El joven guitarrista nacido en Pennsylvania, pero formado musicalmente en Texas, miró a la gente, luego a sus músicos, hizo un movimiento con el cuerpo y lanzó los primeros acordes de I’m a wild man, una joya del West Coast blues que William Clarke grabó con Junior Watosn en el disco Double dealin’. Esa entrada en calor fue muy intensa. Dylan hizo lo suyo y también dejó una vuelta de solos a Verteramo y Costales.

“We are gonna boogie because we are feeling alright tonight” dijo antes de arrancar con una demoledora versión de Boogie chillen. Luego presentó su fino toque texano con el clásico de Sam Myers y Anson Funderburgh My love is here to stay y después un poco de rock & roll con Rock this house. Pero como un bluesman experimentado, que sabe manejar los tiempos y los climas, sacó el pie del acelerador y desoplegó el blues más lento y profundo de la velada, As the years go passing by. Si hasta ese momento el repertorio fue variado lo que vendría después seguiría en la misma tónica. Tocó You’re so fine, de Jimmy Reed. También un shuffle sobre tomar mucha cerveza en el que entabló un lindo diálogo coral con la gente, y el Wee baby blues que interpretaron desde Nat King Cole y Big Joe Turner hasta B.B. King. Tampoco podían faltar temas de Muddy Waters, Elmore James y Buddy Guy. A ellos los homenajeó con Country boy, Got to move y I got my eyes on you.

Otras canciones que tocó sacando el viejo bluesman que lleva adentro, y en las que cedió protagonismo a Verteramo y Costales para que pudieran hacer lo suyo, fueron Sloppy drunk, You’re playing hooky y Things that I used to do. Cerró con Tore up pero no tenía muchas ganas de irse. Ni siquiera se descolgó la guitarra. Escuchó como lo aplaudían y un incipiente “Oleee olee olee” que probablemente no entendió y se despachó con un shuffle instrumental fulminante. “Una más. Dylan quiere tocar una más”, dijo Costales y el bis final fue Bad boy, de Eddie Taylor.

Este show fue parte de su primera gira internacional organizada por los muchachos de Blues Company. En sus primeros días en la Argentina, Dylan estuvo acompañado por su padre, quien viajó especialmente para ver cómo era el lugar donde se iba a alojar su hijo. No hizo falta que se quedara a presenciar este show porque el hombre ya sabe todo lo que el “nene” puede dar arriba de un escenario. Algo que nosotros aprendimos en las casi dos horas que lo vimos tocar y cantar.

lunes, 3 de julio de 2017

La mística del Hill country blues


El Hill country blues, también llamado North Mississippi blues, es un estilo regional con base en Holly Srpings, Oxford, Como y Hernando, entre otras ciudades del norte del estado. Sus máximos exponentes históricos fueron Mississippi Fred McDowell, R.L. Burnside, Junior Kimbrough, Jesse Mae Hemphill y Othar Turner. Su legado lo siguien los North Missisisppi AllStars, Kenny Brown y los descendientes de Burnside y Kimbrough, entre otros. El estilo se caracteriza por una percusión densa, riffs muy marcados y un groove hipnótico. Si bien algunos de estos músicos han tenido una buena difusión, especialmente tras la creación del sello Fat Possum, el estilo no ha impactado mucho afuera de los Estados Unidos. De hecho, son contados con los dedos de una mano los músicos de otros países que lo interpretan. El colombiano Carlos Elliot Jr. es sin dudas uno de ellos. En Paraguay, Gustavo Sánchez Haase dedica parte de su repertorio al estilo. En la Argentina, hasta hace pocos años, nadie lo tocaba... hasta que aparecieron los Alligator's Sons.

El trío oriundo de Córdoba hizo su aparición estelar en Buenos Aires en el Concurso de Bandas de Blues de 2013 con su "blues místico experimental". Esa noche sonaron bien pero estuvieron un poco contenidos, tal vez porque pagaron el precio de haber sido los primeros en salir a escena. Pasaron casi cuatro años desde aquella presentación y la banda no se detuvo. Para los Alligator's Sons el Hill country blues es mucho más que un subgénero del blues, es un estilo de vida. Hace poco salió su primer disco, Blue Possum, un álbum formidable que fue grabado en El Pantano Eléctrico Records y que sobresale por la notable calidad de sonido, la versatilidad de los músicos y la solidez de la propuesta musical.

John Morsee es el encargado de las voces, las guitarras eléctricas y las cigar box. Popito Castillo toca la armónica y el bajo, y Dow Ristorto la batería. Esa es la fórmula para que el trío suene compacto y amalgamado. Cada una de las canciones, todas en inglés, celebran lo mejor de la tradición del Hill country blues. El álbum, que tiene una estética similar a la de los North Mississippi AllStars, comienza con la poderosísima Born in the south, cargada de riffs asesinos, el sonido perseverante de la armónica y la voz encapsulada de Morsee que irrumpe con fervor. El tema resulta ser un verdadero manifiesto de la banda. Sigue con Be my guide, que tiene una introducción de guitarra que describe un paisaje solitario y polvoriento, hasta que la sección rítmica despierta con ese efecto hipnótico tan característico del estilo. You can be my woman, en cambio, es un blues bastante más crudo y visceral que las dos canciones anteriores.

Only spin vuelve a la lógica sonora de Born in the south. Morsee otra vez arremete un riff enérgico y la armónica sobrevuela el contorno rítmico de la canción. Sunny blues day tiene una introducción de guitarra que invita a pensar en el front porch de una cabaña del Mississippi hasta que el trío despliega todo su ímpetu. My devils dance around tiene una impronta más psicodélica: los solos de Morsee y Castillo se suceden como si jugarán dentro de un caleidoscopio. Lonesemoe Valley comienza con la guitarra bien distorsionada más al estilo de los White Stripes o Black Keys. En la instrumental Oda to Matt "The Devil" Johnson, Morsee muestra sus condiciones con una can box guitar con slide y la banda lo acompaña en un plano desenchufado. El disco termina con N.M.H.B, siglas que significan North Mississippi Hill blues, un estilo que estos cordobeses dominan muy bien por lo que cuesta creer que no sean de allí.


sábado, 24 de junio de 2017

Una búsqueda interior



John Mayer parece haber dejado atrás sus días de Laurel Canyon, reflejados en los discos Born and raised (2012) y Paradise Valley (2013) y en los conciertos junto a Dead & Company, la banda satélite de Grateful Dead. Ahora, el cantautor regresa con un álbum pleno, cargado de R&B, soul y baladas, con letras sofisticadas y hermosas melodías, una especie de regreso al sonido de Continuum (2006) en medio de una búsqueda interior.

Funky por momentos, también suave y reflexivo, su voz brilla con nitidez en canciones que se amalgaman con facilidad. El comienzo tiene un feeling muy R&B: Still feel like your man es una delicada pieza melódica con un estribillo pensado para resaltar en las frecuencias moduladas. Emoji of a wave es una sedosa balada romántica, irresistible y conmovedora. En Helpless –sin relación con el tema de Neil Young- se destacan las guitarras eléctricas por encima de una base con mucho groove.

Love on the weekend es una invitación a subirse a un auto, con el volumen del estéreo al mango, y tomar la ruta hacia algún paraje lejano. In the blood es un tema que carga con cierta autocrítica y un cuestionamiento existencial -“Qué hay con este sentimiento de que nunca soy lo suficientemente bueno / ¿Se lavará con agua? / O estará siempre en mi sangre”- reforzado por el aporte vocal de Sheryl Crow. . Changing es una majestuosa balada en la que reflexiona sobre el paso del tiempo y lanza los solos de guitarra más intensos y efectivos de todo el disco.

Theme from ‘The search for everything’ es un intervalo instrumental donde nos deleitan guitarras acústicas y un soberbio acompañamiento de cuerdas y percusión. Moving on and getting over es una pieza souleada extraordinaria donde todo fluye con un ritmo irresistible. Never on the day you leave es otra hermosa balada, liderada por el piano de James Fauntleroy, donde Mayer fantasea con la idea de irse, atormentado por la decisión de tener que quedarse. Rosie tiene un roce de blue-eyed soul, al mejor estilo Hall & Oates, en donde unos delicados punteos acompañan la melodía con eficacia, mientras una sección de vientos envuelve el contorno sonoro. Roll on home, por el contrario, es el único tema de raíz más country-folk, que podría ser el nexo entre los dos discos anteriores y este. The search for everything cierra con You’re gonna live forever in me, otra tenue balada, agradable y armoniosa.

John Mayer muchas veces resulta impredecible y de tanto en tanto, cuando le gana el personaje mediático, insufrible. Pero es un gran compositor y un intérprete extraordinario, un músico que sabe apreciar lo mejor de la música de raíces para crear canciones originales. Definitivamente, John Mayer es una de las voces más originales de esta generación.




sábado, 17 de junio de 2017

Nada nuevo por aquí


No hay nada nuevo aquí. Eso puede leerse de dos maneras. La positiva es que por ser su disco póstumo, el prócer del rock and roll no traicionó su historia y no intentó dar un giro de último momento para tratar de relanzar su carrera en el ocaso de su vida. La negativa, de alguna manera, es que el disco no aporta mucho. Los temas clásicos de Chuck Berry, los de la década del cincuenta, seguirán siendo los que todos recordaremos.

Berry no editaba un disco con canciones nuevas desde 1979 por lo que llama la atención que se haya decidido a terminarlo cuando estaba por cumplir 90 años y con su salud resquebrajada. Conociendo los antecedentes de su familia, que durante los últimos años de su vida lo paseó por el mundo dando recitales lastimosos, da para pensar que todo fue un plan premeditado para tener listo un disco y sacarlo cuando él muriera para recaudar algunos dólares más en su nombre. La versión de los Berry es que el álbum, lo venían trabajando desde hacía bastante tiempo, alrededor de 2001, incluso algunas de las composiciones son de la década del ochenta.

Más allá de esas sospechas, Chuck es un trabajo relativamente digno. Comienza con Wonderful woman, una readaptación de su clásico Little Queenie, dedicado a su mujer durante 48 años, Themetta, aquí con los solos de guitarra de Gary Clark Jr., uno de los dos invitados fuertes que tiene el álbum, y la armónica errática de su hija Ingrid Berry. Tom Morello (Rage Against The Machine y Audislave) aparece con unos riffs mortales en Big boys, una aproximación contemporánea a Roll over Beethoven. En ambos casos, los guitarristas compensan la falta de originalidad de las composiciones con talento.

You got to my head es una balada blusera con el piano de Robert Lohr como protagonista mientras que Ingrid canta a dúo con su padre. El siguiente tema, 3/4 Time (Enchiladas), un tema bastante poco conocido de Tony Joe White, que aquí los Berry convierten en un patético vals mexicano grabado en vivo con el murmullo del público de fondo. En Darling, otra vez con Ingrid en voz y el piano de Lohr, Chuck canta: "Hija, tu padre se está volviendo viejo. El tiempo pasa...".

Promediando el álbum aparece su secuela de Johnnie B. Goode, aquí llamada Lady B. Goode, ¿Qué podemos decir? Que es obvia y poco original. Sigue con She stills love you, tal vez el tema más novedoso de todo el repertorio. Jamaica moon, su reconversión de Havana moon, suena aburrida y con poco feeling. Y aquí es donde se percibe con mayor fidelidad que la sección rítmica -Jim Marsala (bajo) y Keith Robinson (batería)- no contribuye a mejorar el pulso de los temas. La banda la completan los guitarristas Charles Berry Jr. y Charles Berry III, su hijo y su nieto respectivamente, cuyo mayor atributo es la portación de apellido. Chuck se va con Dutchman, una canción-poema realmente muy buena, desde ya su mejor composición del álbum, y Eyes of man, un blues de medio tiempo bastante aceptable.

Ahora sí, ya salió el disco, venderá miles de copias, tendrá muchas más descargas... pero dentro de un tiempo nadie lo recordará. Esperemos que su familia tenga la dignidad de dejar descansar en paz al viejo Chucky y que lo que siga sonando sean sus grandes éxitos de los cincuenta, los insuperables, los que lo convirtieron en leyenda.