sábado, 28 de marzo de 2015

Luther manía

Luther Dickinson tiene una serie de cualidades que lo distinguen de muchos otros músicos. Es un innovador que a la vez juega un rol clave en la preservación de la música que conoció desde muy chico, de la mano de su padre, Jim Dickinson, y de los maestros del Hill Country blues, Junior Kimbrough y R.L. Burnside. Luther tiene una energía sobrenatural para componer, tocar y grabar de manera compulsiva. En los últimos días su nombre figura en tres discos tremendos en los que aporta su sonido que combina un modernismo primitivo con un toque de beat bailable.

Anders Osborne & North Mississippi Allstars - Freedom & dreams. Los máximos exponentes contemporáneos del Hill country blues y uno de los músicos más innovadores de Nueva Orleans se juntaron para dar vida a este proyecto que Luther Dickinson definió así: "Quisimos combinar el canto y la composición de Anders con el groove y la estética de de NMA para crear algo único que ninguno de nosotros podría hacer sin el otro, una especie de southern rock folk moderno". Y el resultado es eso: un rock sureño de raíces con un sonido completamente novedoso. Para ser un álbum de los NMA suena demasiado tranquilo y reflexivo y está más a tono con el estilo de Osborne. La fusión es sublime y se aprecia mucho más porque es un álbum que no tiene una gran producción, sino que prevalece la espontaneidad como factor determinante.

Ian Siegal – The picnic sessions. El cantante y guitarrista ingles se volvió a internar en la espesura del Hill country blues –como en dos de sus discos anteriores- con algunos viejos conocidos como Cody Dickinson y Alvin “Youngblood” Hart. A ellos se les sumaron Luther Dickinson y Jimbo Mathus. Con el espíritu de los viejos bluesmen que se sentaban a tocar en los porches de sus casas de Mississippi, el quinteto grabó más de una docena de temas acústicos que rescatan lo más puro de la música  americana. “Hay algo liberador en grabar un disco sin la presión de la producción. Así que no esperen perfección, estas canciones tienen más que ver con la buena vibra”, dijo el cantante. Luther Dickinson aporta guitarra con slide, mandolina, mandoloncello, bajo y voz. The picnic sessions es también un disco relajado en el que se nota que los músicos realmente disfrutaron haciéndolo.


Seasick Steve – Sonic soul surfer. El maestro del groove callejero y del boogie abrasivo acaba de lanzar su séptimo disco de estudio. Lo grabó junto al baterista Dan Magnusson en la granja en la que vive. Steve escribió todas las canciones y utilizó sus particulares guitarras, una de tres cuerdas o las otras creadas con tasas de ruedas de autos. De principio a fin, el disco tiene un sonido hipnótico. El comienzo, con Roy’s gang, es atronador, probablemente de lo mejor que se haya grabado en mucho tiempo. En dos de los temas, Steve se apoya en el slide de Luther Dickinson. Swamp dog es una balada de cuerdas metálicas y sentidos ardientes. Barracuda ’68 es más potente: la batería marca el pulso vivaz mientras Steve recrea al gran John Lee Hooker y Luther sacude con una national steel. Dos potencias se saludan y abren una puerta hacia el futuro.

viernes, 20 de marzo de 2015

Un viejo blues


El canto profundo de Osvaldo Ferrer revive a los viejos maestros del blues. Es la voz de la historia, que se reestrena por la calidez de sus interpretaciones. Ferrer recrea a Leroy Carr, Bessie Smith, W.C. Handy y clásicos de la Era dorada del blues con absoluto respeto y pasión. Pero sus versiones no son meras copias, sino que logra adueñarse de las canciones. Su personalidad arriba del escenario y su cabellera blanca son las más claras evidencias de que el viejo cantante no es ningún improvisado y, pese a que su nombre siga siendo prácticamente desconocido para muchos del ambiente del blues, el tipo es un verdadero libro abierto.

El jueves a la noche se presentó en Thelonius junto a Debluvan, el trío conformado por Santiago “Rulo” García en guitarra, Nicanor Suárez en contrabajo y Timothy Cid en batería, para presentar su flamante álbum, Blues. A las 22, el maestro apareció en escena con un chaleco negro, camisa blanca y pantalón oscuro. Los músicos lo esperaban arriba de la tarima y comenzaron con Mean mistreater mama.

Ferrer buscó todo el tiempo un diálogo con el público. Se mostró como un viejo storyteller. Entre tema y tema, contó una breve anécdota de la canción que estaba por interpretar o tradujo alguna parte de la letra. Musicalmente la banda sonó muy ensamblada y precisa. La rítmica fue muy discreta y nunca avasalló el tono soberbio de Ferrer. Lo de Rulo García fue excepcional, tanto con la guitarra acústica como con la dobro, recostada sobre sus piernas, y siempre con su slide afilado y punzante.

El repertorio, que se balanceó entre el blues rural y el sonido urbano de comienzos de los 40, incluyó I’m gonna move to the outskirts of town, Trouble in mind, Ain’t nobody business, Careless love, Down hearted blues y Louisa. En Blues before sunrise y Midnight hour blues, la banda sumó a Sol Bassa en segunda guitarra. Ella, con la humildad que la caracteriza, aportó su notable técnica para darle más vigor a las cuerdas, mientras Ferrer elevaba su voz cargada de penas y amores no correspondidos. El cantante descansó promediando la mitad del show y dejó que sus músicos improvisaran sobre la base de St. Louis blues, por momentos con un leve ritmo de mambo, y con mucha impronta jazzera.

La presentación de Osvaldo Ferrer y Debluvan fue un claro ejemplo de que el viejo blues se mantiene vivo. El pasado se hace presente y avanza de cara al futuro.

miércoles, 18 de marzo de 2015

De alto vuelo


Tinsley Ellis irrumpió en la escena blusera a fines de los 80, cuando Stevie Ray Vaughan protagonizaba la revolución sonora que poco tiempo después, tras su muerte, se consolidaría de manera contundente. Tal vez por eso, muchos lo agregaron a la lista de posibles sucesores, algo realmente absurdo porque SRV es incomparable, y porque el estilo de Ellis, en realidad, no tenía mucho que ver con el del gran guitarrista texano.

Ellis grabó una decena de discos para el sello Alligator entre 1989 y 2009, aunque con un receso entre 1997 y 2004, en el que editó un álbum para Capricorn y dos para Telarc. En 2013, estrenó su sello Heartfixer Music, que le permitió mayor libertad a la hora de componer y grabar. Desde entonces, ya lanzó tres CD’s. El último, Tough love, que acaba de salir, contiene diez canciones propias en las que, además de su capacidad como compositor y guitarrista, demuestra que es un magnífico cantante.

El álbum comienza con Seven years, un tema en modo menor con un groove dominante, terreno fértil para que su guitarra serpenteé entre la base sutil del teclado de Kevin McKendree. Midnight ride tiene la esencia del boogie, suena más intensa y poderosa, y Ellis lleva los solos a su máxima expresión. En Give it away, recurre a una National steel guitar y a una melodía con mucho feeling, inspirada en la tradición de lo que se conoce como Americana. La base conformada por Steve Mackey en bajo y Lynn Williams en batería marcan un ritmo suave mientras Ellis desliza su slide y canta con mucho sentimiento. En Hard work endurece el sonido, distorsiona la guitarra y se muestra más recio e implacable. Así cierra la primera parte del disco, mostrando su versatilidad para abordar el blues desde diferentes ángulos.

En All in the name of love vuelve sobre un modo menor de medio tiempo, con mucho soul, pero esta vez, además de la base del hammond, aparece una refinada sección de vientos. Después desciende al blues más descarnado con Should I have lied, en apariencia similar a Ain’t nobody business, donde despliega el solo de guitarra más estremecedor de todo el álbum. En Leave me recorre el sendero del blues rock que desemboca en la pantanosa y oscura The King must die. Everything es un blues bien cuadrado, en el que su voz suena cansada y sopla su armónica homenajeando al legendario Jimmy Reed. Y cierra con In from the cold, un blues de proporciones épicas donde otra vez surge su canto más profundo y reluce un solo visceral.

Según distintas reseñas, Tough love es el mejor disco de su carrera. A los 57 años, luego de más de tres décadas en las primeras planas del blues, Tinsley Ellis al fin pudo combinar en un mismo álbum todo su talento con las seis cuerdas, un estilo vocal definido y un puñado de canciones propias de alto vuelo.


jueves, 12 de marzo de 2015

La definición de cool


Donavon Frankenreiter define la esencia de lo cool, que tiene un significado mucho más amplio que “copado”, el adjetivo al que se suele recurrir cuando se quiere traducir esa palabra. Sus melodías, su sonido, su lírica, su imagen, su actitud y su puesta en escena minimalista dan sentido a lo que realmente debería entenderse por cool.

Aparece sobre el escenario de Niceto luciendo un sombrero que cubre su cabellera rubia. La barba bien tupida oculta parte de su rostro, aun que deja en evidencia la piel curtida por el sol. Lleva una remera negra gastada, jeans oscuros manchados y botas. A su derecha está Matt Grundy, que gracias a una guitarra y bajo Gibson de doble mástil se las arregla para marcar el ritmo y hacer los solos. A la izquierda de Donavon se ubica el baterista y percusionista Michael Duffy. El comienzo es bien eléctrico y funky con Move by yourself, de su disco de 2006, y Bend in the road, de su álbum debut de 2004, editado por el sello Brushfire de su amigo Jack Johnson. En esa primera parte, en la que por momentos agrega bases de hammond pregrabadas, también se destacan Call me papa, tema que le dedicó a uno de sus hijos, y The way it is.

La onda se expande cuando él y Grundy toman las guitarras acústicas. Suenan los primeros acordes de la mágica Free, que grabó junto a Jack Johnson y que fue su carta de presentación ante las grandes ligas musicales. Siguen con Heading home y Swing on down, en la que Grundy le mete una dosis de blues cuando empieza a soplar una armónica como si fuera un vagabundo en un tren de carga. Donavon lo presenta y se gana una ovación.

El retorno de las guitarras eléctricas viene con una movida versión de Life, love & laughter, que da paso a una reflexiva y groovie On my mind. Otra vez suben el volumen y las dos guitarras suenen con mucha más energía que antes. Reluce el riff vaughanesco de That's too bad (Byron Jam). La canción gana en intensidad, Donavon y Grundy hacen sus solos y cuando el público -entre los que se encuentran decenas de surfers con sus lindas chicas- estalla de júbilo, los músicos saludan y se van.

El clásico “olé, olé, olé” no rima bien con Donavon y menos con Frankenreiter, así que la gente lo combina con un tímido “Donnie”. Vuelven. Donavon toma la acústica de nuevo y se muestra decidido a dar algo más. La melodía de What'cha know about fluye naturalmente. El gran final se acerca. Es casi obvio que va a cerrar con It don't matter, porque es el tema que a sus fieles les gusta cantar. Y cantan. Todos y con muchas ganas. Donavon enrolla el cable del micrófono. Mira hacia el balcón de Niceto y lo arroja. Un muchacho lo agarra y tiene sus segundos de acotada fama. Los demás lo aplauden mientras bailan. Donavon ríe. El flaco le pasa el mic a otro que está abajo, entre la masa. Es un pelado con gorra que está como loco. Y mientras canta se sube al escenario, abraza al maestro y se saca una foto.

Donavon lo hizo. En una hora y media definió la esencia de lo cool. Aquellos que quieran saber qué significa no vayan a buscarlo a un diccionario. Sólo escúchenlo a él.

lunes, 9 de marzo de 2015

O melhor do blues


Cualquiera que escuche este disco sin saber quién es el intérprete se sorprendería cuando le digan que no se trata de un músico texano o de Chicago, sino de un brasileño que vive en San Pablo. Igor Prado es, probablemente, uno de los mejores guitarristas de blues del mundo. Su flamante disco, Way down south, es un álbum extraordinario no sólo por sus interpretación de viejos clásicos, sino por la selección de músicos de primerísimo nivel que lo acompañan.

Rodrigo Mantovani en bajo y contrabajo, y Yuri Prado en batería conforman la precisa sección rítmica que sostiene el talento de Igor con un swing vibrante. Ellos atraviesan todo el álbum con notable aplomo, independientemente de quien los acompaña en cada canción. El extraordinario cantante Sugaray Redford, de los Manish Boys, y el guitarrista Mike Welch se hacen presentes en Matchbox, de Ike Turner, y Big mama blues, en la que además cuentan con el piano sutil de Ari Borger. Esos dos temas son apenas un anticipo de la magia blusera de Igor.

El álbum tiene un desfile de armoniquistas de primera línea. Kim Wilson aporta su sonido característico y su poderosa voz en Ride with me baby, de John Hunter, e If you ever need me, de Jerry West. Mitch Kashmar se suma en What have I done, de Jimmy Rogers, y Wallace Coleman deja su sello en los últimos dos tracks: Rooster blues y el único tema a acústico del disco, Trying to do right. El otro fenómeno que sopla con vigor su armónica es el legendario maestro de la Costa Oeste, Rod Piazza, quien junto a su mujer, la pianista Honey Piazza, despliegan todo su know how en Talk to me baby, de Elmore James.

Hay más: Mud Morganfield, el hijo de Muddy Waters, canta She’s got it, uno de los temas no tan difundidos de su padre, con el pianista Donny Nichilo como respaldo; mientras que J.J. Jackson, un viejo conocido de Igor, le pone una pizca de soul con You got what it takes, de Joe Tex. Los otros dos invitados de lujo son el recientemente fallecido Lynwood Slim y el guitarrista Junior Watson, quienes interpretan una tenaz versión de Baby won’t you jump with me, de Lowell Fulson. Slim también canta You better belive it con el saxo de Denilson Martins como socio.

Otros músicos que participaron de la sesión fueron el armoniquista Ivan Márcio y el tecladista Raphael Wressnig.

El álbum, editado por Delta Groove y patrocinado por The Blues Foundation, es una celebración a las distintas formas del género. Si bien predomina el estilo de la Costa Oeste y el jump blues, también recorre el sonido de Chicago, Texas. Memphis y hasta el del Mississippi, donde Igor acribilla con el slide. El guitarrista zurdo tiene una ferviente vocación blusera, que se sostiene en su talento natural, en su capacidad para mejorar día a día y en su tremenda sección rítmica. Way down south es su obra cumbre.

lunes, 2 de marzo de 2015

Sangre, sudor y blues

Fotos: Ramiro Colombatti
Marquise Knox nació en 1991, el mismo año en que B.B. King vino por segunda vez a la Argentina para realizar unos shows en el Luna Park, acontecimiento que marcó el puntapié inicial del auge del blues en nuestro país. Ese período coincidió con la aparición de nuevos músicos en la escena local. Roberto Porzio, Mauro Diana y Gabriel Cabiaglia son algunos de los máximos exponentes de la generación local de los 90, que hizo sus primeras armas en el Blues Special Club de La Boca. Para todos ellos, acostumbrados a tocar con figuras internacionales, los shows con Marquise representaron una experiencia única. Mauro Diana escribió en su Facebook: “Primera vez que toco con un bluesman más chico que yo, desde el primer show nos entendimos como si tocáramos juntos hace años, hasta compusimos un blues juntos que cantó en La Plata, Even worse, (…) Marquise es un pibe talentoso, humilde, laburante y muy inteligente, tiene el mundo por delante”.

Además del show en la ciudad de las diagonales, Marquise se presentó en Chascomus y en El Bardo Bar, en San Telmo. En este último, tuvo que sortear severos percances eléctricos, el micrófono y la guitarra le dieron unos buenos sacudones, hasta que al final le dijo sin disimulo a los músicos: “Estoy cansado de esta mierda. Como no puedo tocar mi guitarra sigo con la armónica”. Lo cierto es que llevó adelante el recital con mucho profesionalismo y talento.

Marquise es como una esponja. Desde muy pequeño absorbió el blues más puro. En la versión de Hoochie coochie man cambió la letra y cantó: “Crecí escuchando a Jimmy Reed mientras en todos lados sonaban los Black Eyed Peas”. Una frase muy interesante que demuestra que la gran mayoría de los jóvenes de color en su país se inclina por la música comercial.

En la hora y media que duró su presentación en El Bardo, demostró que tiene un background musical impresionante, proporcional a su futuro como protagonista de la nueva generación de bluseros. Interpretó la animada Busted, de Ray Charles; descolló con una versión rancia de Mojo Hand, de su ídolo Lightinin’ Hopkins; nos llevó al Mississippi cuando solo con su guitarra tocó Feel like goin' home, de Muddy Waters; y sopló su armónica con mucha garra en Got my mojo working. También reprodujo el estilo de Albert King con un excepcional feeling y rindió homenaje al gran Howlin’ Wolf con el clásico Killing floor.

Marquise sudó de manera descontrolada, tal vez por el hervor de su sangre. Gotas enormes y densas cayeron desde su cabeza y empaparon su camisa. Eso dejó en claro que el blues no sólo lo vive y lo siente, sino que lo transpira también. Dos cosas fueron muy claras la noche del sábado: una que sus solos son a dedo limpio, candentes y afilados. La otra es que confió a pleno en los tres músicos que lo respaldaron, a quienes apenas miró para indicarles que canción seguía y con solo una o dos palabras marcó el pulso de la banda. Porzio, Diana y Cabiaglia mostraron todo su oficio sin titubear.

El desafío de Marquise es que ya lo acepten como un bluesman de fuste y que dejen de considerarlo una joven promesa. Por eso canta con intensidad e irguiendo la frente: “Todo el mundo se pregunta si este joven toca blues, y yo les respondo que no solo lo toco sino que lo canto también”.

jueves, 26 de febrero de 2015

"Mi familia siempre ponderó la tradición"


Marquise Knox tiene 24 años y es una de las máximas promesas del blues tradicional. Este oriundo de St. Louis, Missouri, se presentará por primera vez en Buenos Aires el sábado. En esta entrevista se presenta, nos da un panorama de lo que el blues significa para él y anticipa un poco lo que será su show en El Bardo Bar.

- ¿Cuál es tu primer recuerdo con relación al blues?
 Lo primero que se me viene a la mente es mi tío Clifford tocando la guitarra para toda la familia.

- ¿Tu familia fue muy importante en tu formación musical?
Sí. Mi familia es del Sur de los Estados Unidos y siempre ponderó la tradición, el amor y el respeto por el blues. Y eso me lo transmitieron desde que yo era pequeño.

- ¿Cuáles son las diferencias entre el Marquise Knox de Man child (su primer disco solista de 2009) y el de hoy? 
He madurado bastante. Tengo más sabiduría y experiencia. Aprendí a escuchar más y tomar ciertos riesgos.

- Si tuvieras que elegir uno o dos artistas que más te hayan influenciado, ¿quiénes serían? 
Es difícil de responder esa pregunta, pero creo elegiría a Mahalia Jackson y Lightnin’ Hopkins.

- En los últimos años han muerto muchos de los grandes maestros del blues. ¿Crees que el género podrá sobrevivir con los músicos de la nueva generación? 
El blues está vivo y bien. Con músicos como Selwyn Birchwood, Jarekus Singleton, Christone "Kingfish" Ingram, Nikki Hill, The Peterson Brothers Band y Homemade Jams Blues Band tenemos blues asegurado para toda una generación.

- ¿Qué opinas de artistas como Joe Bonamassa o John Mayer que, si bien no tocan blues tradicional, difunden el género por el mundo a su manera? 
Creo que están haciendo un gran trabajo atrayendo nuevos fans al blues. Todo mi respeto hacia ellos.

- ¿Qué tipo de show vamos a presenciar en Buenos Aires? 
Voy a ofrecer un concierto enérgico y con mucho groove y también haré un par de canciones acústicas. Te aseguro que el público no lo podrá olvidar.

domingo, 22 de febrero de 2015

Earle´s blues


Steve Earle es un músico de culto, un rocker campestre y renegado que editó 15 CD’s desde 1990, con algunas canciones críticas y concienzudas. Su historia da cuenta de una dura lucha contra las adicciones, de su relación musical con el gran Townes Van Zandt, y de sus apariciones en el cine y la tevé, colaborando en bandas de sonido –Secreto en la montaña, True detective y True blood- o como actor –The wire y Treme-. Ahora acaba de lanzar un nuevo álbum, el más blusero de toda su discografía, una verdadera joya que nos muestra otro costado de este fenomenal músico.

Con estas canciones Earle intenta exorcizar sus problemas y sus miedos. Son el reflejo de su séptimo divorcio y de viejos fantasmas que lo aquejan. La sombra de John Lee Hooker se hace presente como el humo negro de Lost y se cierne por sobre el repertorio con un voraz ritmo de boogie gutural. Earl exhuma también a los emblemas del blues texano, aparecen como retazos del pasado Lightinin’ Hopkins, Mance Lipscomb y Peppermint Harris.

El de Earl es un blues carnal, sudoroso. En Baby, baby, baby nos lleva por una ruta desierta que desemboca en un pueblo polvoriento de corazones rotos. En The Tennesse kid se topa con una encrucijada de caminos en la que la figura difusa de Robert Johnson le entrega su alma al Diablo. Y una brisa bucólica acaricia la angustia en Ain’t nobody’s daddy now. Rescata el sonido más clásico de los Rolling Stones en Go go boots are back, mientras la voz de Eleanor Whitmore irrumpe en Baby’s just us mean as me y nos lleva a la época dorada del vaudeville. King of the blues es el cierre perfecto: un hombre “que no puede encontrar el amor que no puede perder”. Así, hace catarsis a través de los doce compases.

El blues es la expresión más profunda del alma y Earl lo entiende de esa manera. No se guarda nada. También sus Dukes, que suenan como si estuvieran acompañando al mismísimo Howlin’ Wolf. Earl sopla su armónica, rasga su guitarra y canta su verdad. Cada palabra es tan auténtica como su música. Terraplane es su manifiesto.


domingo, 15 de febrero de 2015

Piano man


Otis Spann, Memphis Slim, Roosevelt Sykes, Big Maceo, Sunnyland Slim y Pinetop Perkins son algunos de los nombres que resaltan cuando uno asocia las palabras piano y blues. Pero en la historia del género, como bien sintetizó Clint Eastwood en su película de la serie The Blues, producida por Martin Scorsese, hubo un sinfín de grandes pianistas cuyos nombres no descollaron de manera individual, pero dejaron su sello en infinidad de discos de otros grandes artistas. Uno de ellos fue David Maxwell.

Ayer, a través de Twitter músicos como Bob Margolin, Dabbie Davies, Dave Specter y Jimmy Vivino, confirmaron la muerte del pianista, quien venía sufriendo severas complicaciones pulmonares desde hacía varias semanas.

Maxwell había nacido el 10 de marzo de 1950 en Waltham, Massachusetts. A fines de los 60, comenzó a tocar regularmente el piano en bares y fiestas de Boston. A comienzos de los 70, después de haber tenido como mentor a Otis Spann, se sumó a la banda de Freddie King, con quien tocó durante dos años. Entre 1974 y 1975, acompañó a Bonnie Raitt, y dejó su banda para sumarse a la de James Cotton, con quien estuvo hasta 1979. Su reputación se fue ampliando y en los 90 acompañó en giras por Europa y Japón a Otis Rush. Para entonces, su nombre ya era sinónimo de piano y es por eso que grabó junto a Jimmy Rogers (With Ronnie Earl and the Broadcasters), Hubert Sumlin (About them shoes), Bob Margolin (Down in the alley, My blues and my guitar y Up & in), John Primer (The real deal), Bryan Lee (My lady don't love my lady), Ronnie Earl (Deep blues, Peace of mind y Surrounded by love), Darrell Nulisch (Times like these), entre otros.

En 1992, colaboró en el soundtrack de la película Tomates verdes fritos, y en 1997, dejó su marca en el disco de James Cotton, Deep in the blues, junto a Joe Louis Walker y Charlie Haden, que ganó un premio Grammy. Ese mismo año, grabó su primer CD, Maximun piano blues, el primero de una serie de seis discos que lanzaría a lo largo de los años por diferentes sellos.

A poco de cumplir 65 años, su vida se extinguió en un último suspiro. Sus dedos seguirán golpeando el piano en cada una de esas grabaciones de las que participó. Revisa tu discografía y vas a ver que por ahí está David Maxwell esperando llenar tu alma de boogie y blues.


sábado, 7 de febrero de 2015

Pensando en Nueva Orleans


Es probable que el nombre de Carlo Ditta no diga mucho fuera de Nueva Orleans. En las últimas tres décadas hizo mucho para preservar y enriquecer el sonido de su ciudad, tanto como guitarrista, productor, letrista o al frente de su sello Orleans Records. Trabajó con algunos de los músicos más influyentes: desde Coco Robicheaux y Mighty Sam McClain hasta Marva Wright y Little Freddie King. Ahora acaba de lanzar su primer disco, una obra maravillosa con melodías entrañables, letras que llevan a la reflexión y una paleta sonora multicolor con retazos bluseros y espíritu folk.

Las canciones de Ditta son como un beso apasionado en una esquina del French Quarter. Como una noche interminable de collares de perlas y alcohol. Se sienten como la brisa fresca en un día caluroso junto al Mississippi. Destilan la humedad del pantano y las tenues luces del neón de Frenchmen Street. Son como un plato humeante y especiado de jambalaya o el picor furtivo de una salsa tan roja como la sangre.

La voz de Ditta es profunda y nocturna, como la de Robicheaux, la de Tom Waits o la de Tony Joe White. Sus letras son ácidas, distorsionadas y melancólicas. La instrumentación tiene a la guitarra como guía, pero el saxo, el trombón y la trompeta, y por momentos el acordeón, legitiman el sonido de Nueva Orleans.

Las canciones son todas extraordinarias: What I’m talking about y Go on fool son dos fieles ejemplos del estilo de la ciudad, en clave blusera. As the world turns, su single ignorado de 2011, es un llamamiento a vivir la vida de la mejor manera mientras el mundo se da vuelta, interpretada a la manera del zydeco. Beating like a tom tom es una versión muy personal del tema de Ernie K Doe, que también grabó Willy Deville. Pretty acres tiene un comienzo bucólico, Ditta rasga su guitarra resonadora mientras recuerda la música del pasado en las entrañas de Louisiana, hasta que la banda irrumpe en perfecta armonía.

Ditta desestructura la exitosa Tell it like its, de Aaron Neville. A continuación reflota su otro single que pasó desapercibido en 2011, Try a little love, con un slide asesino, y una voz rasposa y perturbadora. Rinde homenaje a Louis Prima con una notable interpretación de I’m leaving you. En Walk that walk muestra su costado más funky y se despide con Many rivers to cross, que Harry Nilsson y John Lennon escribieron en 1974, y que luego popularizó Jimmy Cliff, aunque aquí Vitta la reconstruye a su manera.

What I'm talkin about es un disco entretenido y atrapante, de esos que mejoran con cada pasada. Y es también la presentación formal de un artista intrépido, talentoso y muy creativo que debería tener su reconocimiento.

domingo, 1 de febrero de 2015

Dylan canta Sinatra


Este nuevo disco es un cambio significativo en la carrera de Bob Dylan. Si bien en sus últimos trabajos dejó entrever que comenzaba a despuntar el vicio del crooner, pocos imaginaron que se abocaría por completo a interpretar standards de jazz, mucho menos del cancionero de Frank Sinatra.

Lo cierto es que Dylan una vez más rompe el molde, como lo hizo tantas veces a lo largo de su carrera y se lanza sobre una decena de temas melancólicos y sentimentales, acompañado por una orquesta de cuerdas y una suave y discreta sección de vientos. Comienza con I’m a fool to want you, que si bien solía cantarla Sinatra, la interpretación de Billie Holiday es insuperable. En esta versión, lo mejor es el aporte del lap steel de Donnie Herron. El resto del repertorio, que incluye Stay with me, Autumn leaves y Full moon and empty arms, se mantienen en el mismo registro, por lo que el álbum termina resultando bastante monótono. Cierra con el único tema que ya había cantado anteriormente, That lucky old sun, y le da un aire de despedida hollywoodense a Shadows in the night.

La sensación que queda después de escuchar el disco varias veces es ambigua. Por un lado sería absurdo cuestionar el talento de Dylan, pero es raro verlo abordar un repertorio que, en gran medida y repasando toda su trayectoria, le es ajeno. Pero cierto es también que, tras haber grabado 35 discos de estudio y una cantidad incontable de ediciones en vivo, entre oficiales y bootlegs, es probable que se haya planteado el desafío de por fin encarar un disco en el que su voz sea la protagonista exclusiva, algo que siempre le cuestionaron. Su canto reluce, y por momentos sorprende, aunque no alcanza el status de Sinatra o Tony Bennett,.

También está la posibilidad de que haya buscado un éxito comercial. En los últimos años una serie de artistas consagrados se volcaron a interpretar piezas del denominado Great American Songbook. Paul McCartney, Robbie Williams, Rod Stewart, Willie Nelson y Harry Connick Jr., entre otros, vendieron de esos discos por millones.

En definitiva, no sabemos si con este trabajo corta la saga de álbumes de música de raíces que inauguró de alguna manera con Time out mind, en 1997, o si simplemente es un impasse como lo fue su disco navideño de 2009. Mientras, quienes se sientan incómodos con esta nueva faceta del viejo Bob siempre pueden recurrir al pasado, allí donde anida su verdadera esencia.


sábado, 24 de enero de 2015

Decálogo blusero


Hace poco, José Luis Pardo me acercó este disco que sintetiza la escena blusera de Madrid. Grabado por los profesores de La Escuela de Blues de esa ciudad, el disco tiene diez clásicos del género interpretados con respeto a la tradición pero también con mucha personalidad.

El guitarrista argentino es una de las figuras principales de Madrid Blues Ghetto y además es el productor artístico del álbum. Los otros protagonistas son Quique Gómez (armónica y voz), David Salvador (bajo) y Pablo Barez (batería). También participan la pianista Miriam Aparicio, las cantantes Aurora García, Alana Sinkëy y Mayka Edjole, el guitarrista Edu “Bighands” Manazas y los argentinos Román Mateo (guitarra), Juan Codazzi (guitarra) y Machi Romanelli (teclados). El disco comienza con Quique Gómez derrochando swing con su armónica en Woman, don’t lie, de Luther Johnson, mientras Pardo y Romanelli crean un respaldo sonoro con un groove irresistible. Luego aparece en escena Aurora García para una conmovedora versión de I’d rather go blind, el clásico que inmortalizó Etta James. Pardo y Codazzi combinan guitarras acústicas y slide para que Alana Sinkëy endulce con su voz una versión rural de Crossroads, de Robert Johnson. Manazas aparece como solista para rendir homenaje a Little Walter, con Quique Gómez soplando su armónica con fruición, en Can’t hold out much longer. La primera parte del álbum se va con Pardo recreando a Albert King con Don’t burn down the bridge, un tema que forma parte de su repertorio en vivo.

Mayka Edjole y Román Mateo le dan un toque Nueva Orleans al álbum con These lonely, lonely nights, del gran Earl King. Acto seguido, Pardo, Mateo y Gómez entrelazan solos dinámicos y apasionados en el instrumental EBM boogie, el único tema original del álbum. La voz femenina de Aurora García vuelve con Ain’t nobody’s bussiness, una de las melodías más estremecedoras de la historia del blues, con unos punteos de Pardo que penetran como aguijones y el piano profundo de Aparicio que recrea el ambiente humoso de un bar de St. Louis. Manazas reposiciona al blues de Chicago con Let me love you baby, de Willie Dixon y Buddy Guy. Y el final encuentra a Alana Sinkëy cantando The sun is shining, con el slide demoledor de Pardo y el piano de Aparicio sumergiéndose en las profundidades de ese océano inmenso que es el legado de Elmore James.

Madrid Blues Ghetto es mucho más que una carta de presentación, es un decálogo blusero de primer nivel que derriba ese prejuicio de que el blues es solo cosa de negros.


sábado, 17 de enero de 2015

Las tres vidas de Negrito


Uno. Xavier Dphrepaulezz nació en el ocaso de los 60 en el seno de una familia musulmana en la zona rural de los Berkshires, en Massachusetts. Siendo aún un niño, su familia decidió mudarse a la otra costa de los Estados Unidos y recaló en Oakland, al norte de California. Pasó de una vida conservadora y aislada escuchando a su padre de origen somalí tocar música africana, a la revolución sonora de Funkadelic, los albores del hip hop y los avatares de la vida urbana. A los 20 años, de manera autodidacta, ya tocaba cuanto instrumento llegara a sus manos. Empezó a mezclar música en grabadoras de cuatro pistas y los cassettes los repartía con los raperos locales. La calle lo llevó a las drogas y las drogas al frío cañón de un arma que puso su vida al filo del precipicio.

Dos. A comienzos de los 90, tomó la carretera al sur y así llegó a Los Ángeles. Hollywood, glamour, drogas y deseos de convertirse en un rock star se convirtieron en un combo casi fatal. Un amigo lo puso en contacto con Joe Ruffalo, ex manager de Prince, quien le arregló un contrato millonario con Interscope Records. Así fue como, en 1995, bajo el nombre de Xavier, grabó X Factor, un álbum que combinaba R&B, club dance y hip hop. Para la compañía fue un desastre comercial y para él representó la pérdida de su identidad. En 2000, con su carrera musical a la deriva, sufrió un accidente automovilístico que lo tuvo en coma un mes y que lo obligó a una larga trabajosa recuperación.

Tres. Dejó la música, volvió a Oakland y se casó. Empezó a cultivar marihuana, plantar vegetales y criar pollos. Así comenzó a repensar su vida, sus valores y su futuro. Nació su hijo Kyu y el blues se cruzó en su camino. Los discos de Skip James, Charley Patton, Son House, Leadbelly y R.L Burnside lo motivaron a volver a componer y tocar. Y así fue como nació Fantastic Negrito. “Fuck a popstar. Fuck pandering. Fuck fakeness. Fuck fear”, se convirtió en su nuevo lema.

Ahora, tras la reconversión, acaba de lanzar un EP, que absolutamente nada tiene que ver con X Factor. Negrito preserva el sonido de los pioneros del blues, los tamiza con su propia experiencia y genera, mediante samplers y loops, puentes hacia la modernidad. En Night has turned to day, relata su paso por la oscuridad como si el espíritu de James Brown renaciera en un juke joint del Delta del Mississippi. Nobody makes money es un alegato melódico contra las corporaciones y la devoción por el dinero. It’s a long, long road sirve como muestrario de toda su versatilidad vocal. The time has come es una balada al piano sutil y melancólica. En Fever, vuelve al R&B sobre una base electrónica con un groove altamente adictivo. Y cierra con A Honest man, un work song espacial, que por momentos remite a una versión ralentizada de Seven Nation Army de The White Stripes, pero que el estribillo le concede su propia personalidad. Fantastic Negrito encontró su norte y su misión en la vida: llevar los viejos blues a una nueva era.


domingo, 11 de enero de 2015

Pendientes del año pasado Vol. 2


Sugar Ray Norcia & The Bluetones – Living tear to tear. El sexto álbum del armoniquista para Severn Records es de una exquisitez extrema. Cada acorde, cada riff, cada tono está cuidado hasta el punto de la obsesión. El disco sintetiza la tradición de grandes músicos y bandas de la Cota Este, de estilo refinado, encabezados por Ronnie Earl, Duke Robillard y Roomful of Blues. La formación de los Bluetones incluye a Monster Mike Welch en guitarra, un ex niño prodigio que reluce con una técnica formidable; a Anthony Geraci en hammond, de amplia trayectoria, especialmente acompañando a Ronnie Earl; a Michael “Mudcat” Ward, toda una institución en bajo y contrabajo, que también tocó con Earl, Hubert Sumlin y Ron Levy, entre otros; y Neal Gouvin en batería que, cómo no podía ser de otra manera, integró la formación de los Broadcasters. Seis de los doce temas del disco fueron compuestos por Norcia y el resto por los miembros de la banda. En todos hay un sutil balanceo entre el blues de Chicago, el boogie, el shuffle, con algunas líneas jazzeadas, y unos solos de armónica lacerantes y profundos. Por este disco, Norcia está nominado a seis premios de la Blues Foundation, que se otorgarán en mayo: mejor álbum, mejor banda, mejor armoniquista, mejor canción (Things could be worse), mejor álbum tradicional y mejor artista masculino de blues.

Duke Robillard – Calling all blues. El disco número 30 de Duke Robillard tiene todo lo que este gran maestro de las seis cuerdas siempre supo ofrecer. Buenas canciones, tremendos solos y mucho swing. Respaldado por Bruce Bears (teclados), Brad Hallen (bajo) y Mark Teixeira (batería) despliega todo su know how con la guitarra, tanto eléctrica como acústica, con púa y hasta con slide. En Blues beyond the call of duty sobresale la dulce voz femenina de Sunny Crownover y la sección de vientos de Roomful of Blues se suma en algunos temas para darle un marco de mayor intensidad. Es brillante el track inicial, Down in Mexico, con un estilo Memphis bien festivo, y también lo es Confusion blues, que Bears canta como si estuviera poseído por el legendario Mose Allison. En Motor trouble, Robillard despliega un boogie aceitoso y luego sigue con Nasty guitar, un rock and roll como los de ZZ Top, aunque suavizado por el aporte vocal de Cronower. Además, se reversiona a sí mismo con Temptation, tema que grabó en 1994, pero aquí lo lleva a un clima de humo, whisky y jazz. Este nuevo disco es un aporte más de este notable guitarrista al blues contemporáneo que no se puede desaprovechar.

James Jones Trio – Tuned in. Estos jóvenes de Danville, Illinois, al sur de Chicago, se definen como “una banda de blues tradicional”, representantes de la nueva generación. James Jones, en guitarra y voz, es el Messi del trío, mientras que sus pilares son el baterista Aaron Bouslog y el bajista Mitchell Killough. Jones tiene una técnica notable que reluce tanto cuando encara con la acústica y el slide, como en Born a rebel, o con la strato. Su solos pueden ser puñales afilados o tenues caricias. La joya del disco es One more drink, en la que muestra toda la influencia que tiene de Robben Ford, pero en donde claramente busca establecer su propio sonido. Heavy hand touch es un shuffle hecho y derecho en el que su guitarra oficia de guía en un sendero rítmico contagioso. Mitchell's groove es un apasionado testimonio instrumental de tintes jazzeros en el que exhibe todos los recursos que tiene a mano, no solo en los punteos, sino también en el manejo de tiempos y climas. En algún punto, el resto de las canciones suenan parecidas, como si le faltara dar un paso más allá. De todas maneras, es un disco cuidado y muy agradable de escuchar. El futuro dirá cuánto más podrá dar James Jones.

miércoles, 7 de enero de 2015

Pendientes del año pasado Vol. 1

Larry McCray – The Gibson Sessions. El corpulento guitarrista, un viejo amigo de los argentinos, lanzó a fin de año un disco en el que repasa puros clásicos del rock, especialmente de la década del 70. Las versiones –afortunadamente- no son meras copias de las originales, sino que en cada una, sin alterar su esencia, McCray le pone su propia impronta. Abre con Needle in the spoon, un clásico de Lynyrd Skynyrd, en el que cuenta con Derek Trucks como invitado, y sigue con Night moves, de Bob Seger, tal vez la mejor y más conmovedora interpretación del disco. También encara con mucho vigor Waiting for the bus, de ZZ Top, y Changes, de Buddy Miles, el legendario baterista de Jimi Hendrix. Se anima sin ningún pudor a Listen to the music, de los Doobie Brothers, y Unchain my heart, tema que hicieron propios Ray Charles y Joe Cocker. Y hay más, suma al guitarrista Dickey Betts para la extraordinaria Can’t you see, de The Marshall Tucker Band, y junto a David Hidalgo, de Los Lobos, rinde tributo a Gregg Allman en I’m no angel. Y si al disco le faltaba algo era un cover de los Stones: acompañado por el guitarrista Jimmy Herring se zambulle en lo más íntimo de Wild horses. McCray viajó a la época dorada del rock and roll y volvió con un puñado de canciones fantásticas interpretadas con mucha personalidad.

Devon Allman – Ragged & dirty. El hijo de Gregg Allman sigue con su carrera ascendente a toda máquina. Luego del excelente Turquoise (2013), en el que demostró que además de ser un tremendo guitarrista es un gran compositor, se unió al productor Tom Hambridge (Johnny Winter, George Thorogood y Joe Louis Walker, entre otros) para este disco en el cual confirma el camino elegido. Acompañado por el propio Hambridge en batería, Felton Crews en bajo, Marty Sammon en hammond y Giles Cory en guitarra, interpreta una docena de temas entre los que hay composiciones propias como Back to you, la acústica Leave the City y Midnight Lake Michigan; algunos del productor, Can’t lose ‘em all y Leavin’; y un puñado de covers como I’ll be around, de The Spinners, Ten millon slaves, de Otis Taylor, y el tema que da nombre al disco que pertenece al gran Luther Allison. El álbum suena a un Allman, claramente, pero no a una fotocopia, sino a un original. Guitarrista virtuoso, deshace la Gibson Les Paul con una técnica que comprende elementos extraídos de Hendrix, Buddy Guy y, por supuesto, de su linaje. Blues, rock y southern soul son los ingredientes que agrega a su música. Ragged & dirty es un escalón más subido por una figura que ya dejó de ser una promesa.

Gov’t Mule - Stoned side of the Mule Vol. 1. El 31 de octubre de 2009, la banda comandada por el guitarrista Warren Haynes recreó algunas canciones de los Rolling Stones durante la celebración de Halloween en un concierto en el Tower Theater, en las afueras de Philadelphia. En diciembre pasado, la banda lanzó una edición especial de 3000 copias en vinilo, que afortunadamente se viralizó por Internet. Haynes junto a Matt Abts (batería), Danny Louis (teclados) y Jorgen Carlsson (bajo) interpretaron siete temas de Jagger y Richards sin dejar de lado la esencia de jam que caracteriza a la banda. El disco empieza con Under my thumb y sigue con Monkey man. Con Doo doo doo doo (Heartbreaker) la banda estalla en un limbo psicodélico atravesado por unos solos apabullantes de Haynes. Paint it black mantiene esa pincelada oscura y densa de la versión original y Angie no pierde la melancolía y el toque acústico que la caracterizan. El slide de Haynes marca el comienzo de Ventilator blues, con Jackie Green soplando su armónica mientras se cuelan unas líneas del saxo de Steve Elson, los dos invitados de aquel show. La banda cierra con una atrapante versión de Shattered que canta con mucho énfasis Abts. Como parte del mismo lanzamiento hay otro disco de los Mule, un tributo al Lado oscuro de luna de Pink Floyd, como solo ellos lo pueden hacer.

viernes, 26 de diciembre de 2014

El bluesman que esquivó a la muerte


Detrás de esa extraordinaria voz se esconde una historia dramática, de lucha y supervivencia, de pecados y redención. Georgie Bonds es uno de los secretos mejor guardados del blues contempóraneo. Este oriundo de Philadelphia, que pronto cumplirá 50 años, lleva mucho tiempo cantando sus pesares.

Su primer drama aconteció en 1976, cuando se enganchó con las drogas pesadas. El LSD, las metanfetaminas y la heroína se convirtieron en parte de su menú diario. Para costearse la adicción empezó a vender al menudeo. Hasta que lo arrestaron cuando intentó concretar una operación con dos agentes encubiertos del FBI. Pasó tres años preso en dos cárceles federales. “La prisión probablemente fue lo mejor que me pasó. Pasar mucho tiempo encerrado te da tiempo para pensar y reflexionar”, dijo en una entrevista al Philadelphia City Paper. Intramuros comenzó a trazar su nueva vida. Empezó a estudiar y a tocar la guitarra. Allí compuso sus primeras canciones, aunque todavía el blues no era parte de su vida. Cuando recuperó la libertad realizó algunos trabajos menores hasta que volvió a su primer amor, los caballos, y delineó su nuevo oficio, el de herrero. Así fue como durante 14 años, hizo herraduras, yunques y todo tipo de herrajes para montar.

El blues le llegaría en 1990. Un amigo le prestó un cassette de Robert Johnson y quedó fascinado. Su primera presentación en un escenario fue osada. Subió a cantar Stormy monday blues en un viejo club de su ciudad. Durante una de las tantas presentaciones que siguieron a ese debut captó la atención del guitarrista Sonny Rhodes, quien comenzó a apadrinarlo. En paralelo, cantaba en el coro de la Iglesia y allí se ganó el apodo de “Gatormouth” (boca de cocodrilo).

En 1994, estuvo al borde de la muerte por un mal diagnóstico médico. Los medicamentos que le recetaron para el tratamiento de una enfermedad que no tenía le causaron una necrólisis epidérmica tóxica, su cuerpo empezó a arder, así como sus sueños e ilusiones. Le tuvieron que trasplantar un riñón y luego de un extenso y delicado pudo salir adelante. Pero su vida cambió drásticamente. Ya no pudo volver a montar ni a trabajar como herrero. La música sería su destino.

Sonny Rhodes lo ayudó mucho en ese momento. Bonds formó su banda y se convirtió en el número principal de Warmdaddy's, el bar de blues número uno de Philadelphia. Allí compartió escenario con músicos de la talla de Hubert Sumlin, Koko Taylor, Melvin Taylor, Kenny Neal, Jimmie Vaughan y Carl Weathersby, entre muchos otros. Luego llegaron las giras por Europa, los festivales en su país y el reconocimiento de sus pares.


En 2000, editó de manera independiente su primer disco solista, Sometimes I wonder. Sin embargo,su obra cumbre tuvo que esperar más de una década. En 2013, grabó Stepping into time, que comenzó a comercializarse en todo los Estados Unidos este año por CD Baby. El álbum empieza con una versión a capella sensacional de St. James Infirmary, que anticipa el combo de blues y funky que desgrana con su banda, entre los que destacan los guitarristas Neil Taylor and Harry Jacobson. Todos los temas, diez covers y dos propios, son interpretados con una potencia vocal estremecedora, que es el sello de Georgie Bonds, el hombre que esquivó a la muerte para ponerle música a sus penas.


viernes, 19 de diciembre de 2014

Hombre de blues


Osvaldo Ferrer es uno de los pioneros del blues en la Argentina y, sin embargo, es prácticamente un desconocido para los bluseros locales. Su figura, siempre estuvo más emparentada con el jazz tradicional, especialmente por su rol como clarinetista de la legendaria Antigua Jazz Band, pero sus gustos musicales siempre fueron más allá. Durante los shows de la banda, Ferrer solía tener su momento personal y bien blusero, en el que se acompañaba con la guitarra y tocaba uno o dos temas. Así fue como en 1971, en el Volumen II de la Antigua, registró como solista el Black snake blues, de Blind Lemon Jefferson, tal vez la primera grabación de un blues rural en el país.

Hoy, a más de 40 años de ese acontecimiento, Ferrer reaparece en el mundillo blusero con un disco extraordinario en el que, con notable técnica vocal y una amplia formación musical, recrea viejos clásicos del género.

Acompañado por Debluvan, grupo integrado por el guitarrista Santiago “Rulo” García y el contrabajista Nicanor Suárez, Ferrer grabó nueve temas entre los que se destacan Rollin’ & tumblin’, Trouble in mind, Blues before sunrise y Aunt Hagar’s blues. En el álbum también participan como invitados el baterista Timothy Cid, de la banda de Willy Crook, y el pianista Alejandro Kalinoski. El slide de García y los arreglos de Suárez fueron las claves para que la voz de Ferrer se luzca en el marco adecuado.

“Osvaldo quería armar algo de blues por fuera de la Antigua Jazz Band. Entonces se lo propuso a Nicanor y, en 2012, éste me convocó a mí como guitarrista. Nicanor y yo habíamos tocado juntos en el quinteto de Black Amaya y a mí me interesó el proyecto. Empezamos a tocar de manera despojada, por placer, y nos maquinamos. Primero grabamos de forma casera y el resultado nos pareció muy interesante. Al final surgió la posibilidad de ir a grabar al estudio Casa Frida, en Villa Crespo, que es un lugar ideal para acústicos porque está todo revestido en madera. El técnico de grabación comparó las sesiones con las de American Recordings, que Rick Rubin realizó con Johnny Cash en sus últimos años de vida”, cuenta Rulo García, quien, como la mayoría de los bluseros argentinos contemporáneos, apenas había oído hablar de Ferrer y de su trayectoria antes de sumarse al proyecto.

El disco se llama Blues, ¡cómo podía llamarse sino!, fue editado por Fonocal y es una brillante síntesis de una pata del género no muy explorada por los músicos argentinos, que rescata a un verdadero hombre de blues.


jueves, 11 de diciembre de 2014

Siempre hay tiempo para un blues más


Recuerdo el tiempo de mi primer guitarra, la primera novia, el callejón. La esquina fue una escuela para bien o para mal. Ya lo sé, no soy el de ayer, pero siempre hay tiempo para un blues más”, canta Daniel Beiserman, el Ruso, en Siempre, el tema que da nombre al flamante disco de Memphis la Blusera. Y de eso se trata este retorno discográfico de la emblemática banda de blues porteño, de tocar un blues más por amor a la música.

El álbum comenzó a gestarse en diciembre de 2012, luego de la presentación que hizo la banda en el viejo cine Los Ángeles, tras las muertes de Adrián Otero y Emilio Villanueva, con la incorporación de Martín Luka como cantante. A partir de ese momento, Luka y el Ruso comenzaron a juntarse con regularidad y a componer canciones. Se sumó a ellos el tecladista Gustavo Villegas, histórico miembro de los primeros años, y entre los tres dieron forma a los diez temas que conforman este trabajo. El resto del grupo, el guitarrista Jorge Fiasche, el baterista Matías Pennisi y el saxofonista Giuseppe Puopolo, se ensambló a la perfección.

Además de Siempre, el Ruso canta con extraordinario registro Ni un minuto más, un blues lento y profundo, amparado por una potente sección de vientos y el tamiz rítmico del hammond de Villegas, que desembocan en un solo sutil y sentido de Fiasche. En los otros ocho temas la voz está a cargo de Luka. Poderosa y áspera, envolvente, enérgica, sobresale en la jazzeada Seducción, donde el saxo dibuja líneas provocativas, en Loco por tu amor y en Maldita realidad.


El álbum, editado por el sello Fonocal, fue grabado en el Estudio Cuzco y los músicos contaron en la producción artística con la colaboración de Fabián Signori. Entre los invitados figuran los hijos del Ruso, Darío y Diego Beiserman en coros, el trompestista Miguel Ángel Tallarita y Julián Villegas, hijo de Gustavo, en percusión, entre otros.

Siempre es un álbum distintivo, que busca recuperar el espíritu de la banda, pero que pretende hacerlo desde un nuevo lugar, sin repetirse ni copiarse. Sólo A veces dices que sí, el boogie Metamorfosis y Me voy se parecen más a las canciones del Memphis de otros años, las demás tienen su anclaje en esta nueva etapa creativa. ¡Memphis está de vuelta, señores! El gran grupo histórico de nuestro blues nunca se fue, siempre estuvo ahí esperando el momento de volver a tocar un blues más.