domingo, 30 de agosto de 2015

La teoría de la evolución

FOTOS DEL SHOW BRUNO LEONEL
El nuevo disco de Támesis, Contra la corriente, es excelente. Marca una notable evolución musical con respecto a los dos anteriores, que ya de por sí son muy buenos. Se nota que el tiempo no pasó en vano y que los integrantes del grupo se toman muy en serio lo que hacen: detrás de este proyecto hay un laburo muy profesional y dedicado, potenciado por la buena química que hay entre ellos. Ahora, cuando estos músicos se presentan en vivo se superan a sí mismos. La formación blusera de cada uno de ellos se percibe en el núcleo de su sonido y la impronta del rock sureño estalla en la revalorización de la jam, como modo de expresión, entre canciones novedosas de hermosas melodías. Todo eso quedó expuesto el viernes a la noche durante la presentación del grupo en el Teatro Vorterix.

Así como en Contra la corriente, Támesis comenzó con Me siento perdido. Las guitarras de Julio Fabiani y Brian Figueroa produjeron una descarga eléctrica brutal. Los planetas se alinearon para la aparición rutilante de Guido Venegoni y el cosmos se conmocionó al ritmo del rock and roll. Durante las dos horas siguientes esa sensación de éxtasis no desaparecería ni arriba ni abajo del escenario.

Antes de que promediara la mitad del show, Támesis ya había tocado más de media docena de temas de su nuevo álbum, en algunos con Mauro Chiappari y Yair Lerner en los caños, o con los coros a cargo de Florencia Andrada y Micaela Gaudino reforzados por la presencia de Emma Laura Pardo. Germán Wiedemer, productor del álbum, se sumó en teclados para acompañar a Diego Gerez. En Soy tu canción los pianos lideraron la escena, como en Layla o en Free Bird, con la banda retraída para que la melodía fluyera sin interferencia eléctrica. Antes, en La fuerza, hubo un momento que recordó a Blind Faith, cuando Julio Fabiani irrumpió con un solo como los que solía intercalar Clapton cuando Steve Winwood lo acompañaba en teclados. En esa primera parte, Támesis también interpretó algunos de sus clásicos como Aprendiste a volar, Desperté y Mensaje para vos, ésta última en formato acústico y reducido con Brian en guitarra, Julio en banjo y Guido en voz.

Al borde del escenario, la portada de un vinilo de Black Crowes relució durante toda la noche como un amuleto de la buena suerte.

La segunda parte fue sensiblemente más funky porque los caños subieron al escenario para quedarse. También fueron invitados el bajista Mauro Bonamico y Nicolás Bereciartúa que atacó con su slide en Tu lugar, mi lugar. En Solo, otro de los temas del nuevo disco, Guido, que ya llevaba más de una hora saltando y arengando al público, se enchufó otra vez en 220 y fue por más. Como en todos sus shows, siempre hay un cover. Esta vez, fue Post crucifixión, de Pescado Rabioso. En Soy igual a vos, Guido intentó descansar sin perder la magia. Se sentó junto a Brian en la cornisa del escenario y cantó más relajado. La pegadiza Viaje sideral llegó sobre el final, ante la ovación del público, junto a Mis cenizas y Consuelo para pocos.

En términos futboleros, Támesis salió a la cancha con la ambición de los ganadores. Es un equipo bien ensamblado en el que claramente no hay divisiones y todos tiran para el mismo lado. Guido es el creativo, el 10. Brian y Julio son los delanteros goleadores. Homero Tolosa y Sacha Snitcofsky, la rítmica, es la férrea defensa sobre la que se sostiene todo el equipo. Las coristas, los caños y Gerez completan un plantel con mucha garra y talento, amparados por Lucas Gavin, el DT.

Tanto en el álbum como en el recital del viernes, Támesis confirmó la teoría de su propia evolución y así dejó en claro que el proyecto tiene todavía más futuro que presente. En los próximos años iremos viendo como esta banda seguirá su ruta ascendente hacia el cosmos, el hábitat natural de las estrellas.

Contra la corriente

miércoles, 26 de agosto de 2015

Arde Jimmy


En su nuevo disco, Jimmy Burns revalida su trayectoria con un puñado de canciones que, como describe el sello Delmark en su gacetilla de prensa, representan “un paseo por el Delta”, no porque se trate de un álbum de blues crudo, sino más bien por la esencia de lo que manifiesta. Y aquí, como en sus álbumes anteriores, el viejo maestro también está en llamas. ¡Arde!

Burns es uno de los músicos que mejor combina el blues tradicional y el soul. Instalado en Chicago desde hace décadas, el cantante y guitarrista le imprime a cada uno de los 15 temas de It ain’t right su marca personal. No se trata de un mero disco de covers. En cada interpretación hay una búsqueda profunda y espiritual. La voz de Burns es intensa y refleja una vida bien blusera. Mientras que su guitarra combina simpleza, pasión y experiencia.

En temas como Big Money problem, Hard hearted woman, A string tou your heart o I know you here me calling desgrana el blues más auténtico apoyándose en el piano del japonés Sumito Ariyoshi. En Snaggletooth mule y My heart is hanging heavy apunta a un blues más moderno. Mientras que en Crazy, crazy y Rock awhile se recuesta sobre un sonido que nos remite al rock and roll de la década del 50. El disco tiene mucho soul también: Will I ever find somebody?, Long as you’re mine y Surrounded son las más animadas, en las que se destacan una sección de caños conducida por el trompetista Marques Carroll y el hammond de Roosevelt Purifoy.  Burns además versiona tres clásicos que a esta altura ya superaron cualquier barrera temporal: Stand by me, de Ben E. King; Messin’ with the kid, de Mel London y que se adueñó Junior Wells; y Wade in the water, negro spiritual de los Fisk Jubilee Singers. Ninguno de las tres versiones son un calco de los originales y eso las hace más interesantes aún.

El resto de los músicos que acompañan a Burns son Anthony Palmer en guitarra rítmica, Greg McDaniel en bajo y Bryant T Parker en batería. No hace falta decir que la banda es una pieza de relojería al servicio del gran maestro. It ain’t right es otra muestra de que el blues no es un género cuadrado y cerrado, sino que tiene variantes y puede estar sujeto a ciertas transformaciones para poder preservarse y trascender.

viernes, 21 de agosto de 2015

Quinta a fondo

FOTOS: EDY RODRIGUEZ
Robben Ford puso quinta a fondo. Ya nos había cautivado en vivo en 1992, 1994, 2001 y 2014, y ahora lo volvió a hacer. No se pueden comparar los tres shows más antiguos con el que anoche dio en Vorterix, pero sí con el del año pasado, principalmente porque vino con la misma banda: el bajista Brian Allen y el baterista West Little. Esta vez fue una presentación más enérgica y extensa que la del Teatro Coliseo.

El aperitivo de la velada musical comenzó poco después de las 20.30 con Nasta Súper, que tocó tres temas propios que aparecerán en su próximo disco: El gran estafador, Que curioso y La negación. Acompañado por Walter Galeazzi en teclados, Mauro Ceriello en bajo y Gabriel Cabiaglia en batería, Rafa Nasta ratificó todas sus cualidades con la guitarra eléctrica. Luego apareció en escena el armoniquista Mariano Massolo con su combo de gipsy swing. Lamentablemente el público estaba un poco disperso y sus canciones se evaporaron sin mayor trascendencia en el amplio espacio del teatro.

A las 21.30, con un teatro desbordante, se sirvió el plato principal. “Please give the welcome to The Robben Ford Band” anunciaron en perfecto inglés desde la cabina de sonido, luego de dar algunas indicaciones sobre el uso de cámaras de fotos y celulares. El guitarrista arrancó con una dinámica versión de Howlin’ at the moon, de su flamante disco Into the sun, para pasar a Midnight comes too soon, de A day in Nashville, en la que tuvo un percance con su amplificador. De repente se quedó sin sonido, Allen y Little siguieron con la rítmica, tímidos, mirando el fastidio que irradiaba su jefe. Los técnicos tardaron en solucionar el problema y los tres músicos dejaron el escenario por unos minutos. Cuando volvieron, Robben pidió disculpas y retomó donde había dejado. Encadenó otras tres canciones de Into the sun, Same train, Rainbow cover y Rose of Sharon, todavía con alguna molestia por el sonido. “Sounds pretty noisy”, se quejó.

No hubo mucho blues en la noche, sino más bien una abundante mezcla de géneros. Pero sí dos homenajes a grandes maestros de la guitarra blusera. El primero fue Cannonball shuffle, dedicada a Freddie King, y el segundo, Indianola, un frenesí rockeado a la memoria de B.B. King. Ford mostró sutiles pinceladas jazzeras en Eartquake, del álbum Soul on ten, y en High heels and throwing things dejó que sus músicos tomen el liderazgo. Allen masacró las cuerdas de su bajo con un pulgar asesino y Little golpeó su batería con la fuerza de un tractor.

La última parte lo encontró animado y reflexivo. Primero con Fair child, de Bring it back home, después con Nazareth, de su época de Renegade Creation, y al final con Cause of war, de su último trabajo. Los tres músicos dejaron sus instrumentos, caminaron al centro del escenario, se abrazaron y saludaron al público. La ovación fue tal que tardaron 30 segundos en volver para los bises: How deep in the blues y Thoughtless.

Robben Ford usó dos guitarras, una Gibson SG y una Telecaster, y demostró una vez más que es uno de los violeros más exquisitos y versátiles que giran alrededor del blues. Pero además lució un fabuloso registro vocal, algo por lo que también debería ser reconocido. Fue un show intenso y ecléctico en el que, una vez superado los problemas técnicos, metió quinta a fondo hasta el final.


lunes, 17 de agosto de 2015

El pulso del viejo blues

FOTOS TIO TOM
A Johnny Shines le hubiera gustado escuchar a estos músicos del sur de Brasil. Little Walter y Sonny Williamson se sentirían orgullosos de ellos. Howlin’ Wolf los miraría con cierto recelo pero al final los aprobaría. The Headcutters reproduce el viejo sonido del blues de Chicago con una intensidad y un talento indiscutible.

El sábado a la noche se presentaron en vivo en Mr. Jones, en el marco de una gira por la Argentina que incluyó otros tres shows en territorio bonaerense. Y no hicieron otra cosa que ratificar su compromiso y respeto con la historia más sagrada del blues como lo hicieron en su flamante disco Walkin’ USA.

El show comenzó a la medianoche y abrieron con Nobody but you, tema que Little Walter grabó originalmente para el sello Chess. Joe Marhofer desplegó unas líneas de su Hohner Marine Band muy contundentes y amplificó su voz con el micrófono de la armónica, como lo haría durante casi todas las canciones que cantó. A su lado, Ricardo Maca, vestido como un verdadero bluesman de la década del 50, empezó a mostrar su versatilidad con las seis cuerdas de una reluciente Epiphone Casino gold top. La rítmica, conformada por Arthur “Catuto” Garcia en contrabajo y Leandro “Carveta” Barbera en batería, mantuvo una base con mucha disciplina y swing.

Párrafo aparte merece Catuto, que toca un contrabajo italiano con cuerdas de tripa que tiene un sonido retro que no se escucha habitualmente. Lo maneja con una soltura y naturalidad que parece que pesa lo mismo que una pluma, cuando en realidad es un armatoste denso y poco maniobrable. Un detalle: sobre el final del show, en un par de ocasiones, levantó el contrabajo por encima de su hombro, inclinó su cuerpo y se mandó unos solos muy viscerales.

Algunos de los temas que interpretaron en las dos horas que duró el show fueron Keep your hands out of my pocket, de Sonny Boy Williamson; It was a dream, de John Brim; Muskadine blues, de Little Walter; You don’t have to go, de Jimmy Reed; y Mean old train, de Otis Spann. Algunos los cantó Marhofer, con una voz potente y áspera, y otros Maca, más modelado y melódico.

La banda invitó a algunos amigos al escenario. Primero fue Nico Smoljan que interpretó con su armónica Telephone blues, de George Smith, y luego cantó Tomorrow night, de Junior Wells. Después le tocó el turno a Mariano D’Andrea, que le hizo frente a las cuerdas de tripa con garra, aunque cuando terminó sacudió su mano expresando dolor. Matías Cipilliano se lució con la Epiphone de Maca en The things I used to do, que a continuación pasó a manos de Daniel De Vita. Los brasileños cerraron con un boogie a toda máquina y volvieron al escenario, por el bullicio de la gente, para interpretar Somebody knocking at my door, de Howlin’ Wolf.

Durante dos horas, los Headcutters convirtieron a Mr. Jones en un bar del sur de Chicago de los 50, como Theresa’s, y grabaron lo que probablemente sea su próximo disco en vivo. Fue una performance notable de un grupo que rescata el pasado garantizando el futuro del blues.

martes, 11 de agosto de 2015

El regreso a casa


Los Allman Brothers tienen infinidad de discos en vivo, al menos una decena fueron editados oficialmente y muchos más forman parte de una selecta colección de bootlegs. Tal vez, aquellos que no siguen tan de cerca a la banda los encontrarán repetitivos o abrumadores. Pero los verdaderos fanáticos saben apreciarlos muy bien. Cada show de los Allman Brothers tuvo su particularidad, su momento único e irrepetible. Cada concierto fue un pequeño hito. Este álbum doble –acompañado por un DVD- que acaba de editar el sello Rounder, captura al viejo Gregg al frente de su propia banda en una performance memorable, potenciada por una exquisita elección de temas, una notable selección de músicos, y un sonido limpio y envolvente.

Si At Fillmore East, de 1971, representa el momento supremo de la banda, su consagración como íconos del rock sureño en medio de un estallido creativo e interpretativo; Back to Macon, GA, marca la coronación de Gregg Allman arriba de un escenario.

El show fue grabado el 14 de enero del año pasado en el Grand Opera House de la ciudad en la que los Allman Brothers sentaron las bases del género a fines de los 60, y un par de meses antes de la despedida de la banda en el Beacon Theatre de Nueva York. Aquí, Gregg Allman estuvo acompañado por Scott Sharrard (voz y guitarra), Ben Stivers (teclados) Ron Johnson (bajo), Marc Quiñones (percusión) y Steve Potts (batería), más una sección de caños comandada por el saxofonista Jay Collins, y el aporte extraordinario de su hijo Devon en guitarra.

A diferencia de los shows de los Allman, de versiones épicas y extensas improvisaciones capaces de abrir surcos en las melodías, aquí las canciones tienen un groove relajado y los solos fluyen sin escaparse de la estructura melódica.

La primera parte está más volcada al cancionero solista de Gregg Allman, más allá de que abre con el clásico Statesboro blues. Si bien el slide de Devon marca el inicio como en la versión original, la voz de su padre tiene un registro más souleado, elevado por una descarga brutal de los vientos. Sitvers se luce con un solo de piano y también presentan sus credenciales Collins y Sharrard. Luego siguen con una animada I’m no angel y después con Queen of hearts, la balada blusera -al mejor estilo Gary Moore- que Gregg grabó en su álbum Laid back de 1973. Aquí, otra vez, brillan los caños con una intensidad superlativa y el cantante se luce con una interpretación sobrenatural. Acto seguido, se zambulle en lo más profundo del blues, como ya lo hizo hace cuatro años con el disco Low country blues. El tema elegido es I can’t be satisfied, con Devon agitando el slide en honor a su tío y a Muddy Waters.



Gregg toma la guitarra acústica y vuelve sobre su disco Laid back con These days, otra balada, aunque folkie esta vez, que escribió Jackson Browne. Entonces retoma el repertorio de los Allman Brothers con el clásico Ain't wastin' time no more, un vuelo rítmico atrapante en el que otra vez su canto sutil se combina con el saxo de Collins y la guitarra de Sharrard. El piano marca un quiebre en el inicio del siguiente tema. Un viejo blues de Ray Charles, Brightest smile in town, que suena cargado de emoción. Y cuando uno queda como atrapado por ese ritmo suave y cansino, la banda arremete sin aviso con Hot lanta, un himno instrumental de los 70. A su término, las voces se elevan con un “Yeah, yeaaaaaahhhh” estilo Memphis en I’ve found a love, de Wilson Pickett.

El disco dos empieza con Don't keep me wonderin’, otra típica aventura de los Allman en vivo, y Before the bullets fly, escrita por Warren Haynes, en la que Sharrard le imprime mucho estilo Albert King a sus punteos. La parte final tiene una seguidilla Allman –Melissa, Midnight rider, Whipping post y One way out- interrumpidos por Love like kerosene, un tema muy rockeado de Sharrard que se acopla muy bien entre tantos clásicos. En todos esos temas proliferan los solos de hammond a cargo de Gregg Allman, las guitarras y el saxo de Collins. Las canciones no superan los seis minutos, salvo por One way out que dura poco más de 11. Eso permitió que en los dos discos incluyan 16 tracks, algo que hubiese resultado imposible con los Allman Brothers. El DVD tiene dos bonus: Stormy monday y Floating bridge.

Gregg Allman fue el arquitecto de un estilo que a fines de los 60 revolucionó la música popular y sirvió como respuesta de los jóvenes estadounidenses ante la invasión británica. Y lo hizo con lo que tenía a mano, lo más profundo de sus raíces musicales: el blues, el country y el jazz. Hoy es una leyenda viva y este álbum doble no sólo marca su regreso a su casa sino la confirmación de que está más vigente que nunca.

martes, 4 de agosto de 2015

Nacido para tocar la guitarra


“Tengo una reputación y todos saben mi nombre, nací para tocar la guitarra, tengo el blues fluyendo por mis venas”. 

Buddy Guy no aparenta la edad que tiene. A los 79 años, el guitarrista nacido en Louisiana acaba de lanzar un nuevo disco, el número 28 de su extensa carrera, y sigue tan activo como siempre. Y tampoco suena como un octogenario. Por el contrario, tanto en vivo como en el flamante álbum, descarga unos solos cargados de adrenalina propios de un joven virtuoso que quiere imponer todas sus condiciones.

Born to play guitar es una aseveración que, creo, nadie se atrevería a discutirle a Buddy Guy. Pero el disco, al igual que algunos de los que editó en los últimos años, tiene un toque exagerado de sobreproducción y suena pesadamente comprimido y ruidoso. Eso tiene mucho que ver con la producción de Tom Hambridge, quien ya trabajó con él en el doble Rhythm & Blues (2013), en Living proof (2010) y en Skin deep (2008), todos discos que comparten esas características sonoras así como una lista de importantes artistas invitados y canciones hechas a la medida para la stratocaster inflamada de Buddy Guy. Hambridge trabajó de la misma manera con James Cotton en Cotton mouth man (2013).

Pero se ve que es lo que Buddy Guy quiere para esta etapa de su carrera. Este álbum poco tiene que ver con lo que grabó en sus comienzos para el sello Chess o ese maravilloso disco noventoso que fue Damn right, I’ve got the blues. Es decir, no apunta tanto a satisfacer a quienes lo escuchan desde hace años, sino que busca arrastrar a nuevos oyentes a los cauces del blues.

Los mejores temas del disco son Born to play guitar, en el que Buddy resume su vida con unas pocas frases. Empieza cantando apenas con unas líneas de guitarra detrás y su voz, desnuda, destila todo el blues que tiene adentro. Luego aparece la banda y el tema gana en intensidad y se impone el estilo Chicago. Aquí se destaca el piano de Reese Wynans al tiempo que los solos de guitarra son profundos pero no tan pirotécnicos. Wear you out tiene todo el calibre de las seis cuerdas distorsionadas de Billy Gibbons y las voces de ambos confluyen de manera excepcional. Kiss me quick y Too late tienen a Kim Wilson como invitado, que aporta el sonido de su armónica en una aproximación a un plano más tradicional. En Come back Muddy, dedicada a Muddy Waters, tema con el cierra el disco, se regodea entre instrumentos acústicos y sin tanto frenesí.

Párrafo aparte merecen las participaciones de Joss Stone y Van Morrison. La cantante inglesa, de una belleza incomparable, deslumbra con su voz soulera en (Baby) You got what it takes, y por momentos suena como poseída por el espíritu de Etta James. El legendario vocalista irlandés aparece sobre el final del disco para cantar a dúo una balada en honor a B.B. King: Flesh & bones tiene algo de Feels like rain y poco que ver con el resto de los temas de este disco. Pero siempre es bueno escuchar a dos grandes juntos.

Un nuevo disco de Buddy Guy siempre es noticia y, desde ya, vale la pena escucharlo. Porque al fin y al cabo es parte de su legado musical.

miércoles, 29 de julio de 2015

Sonido vintage


- Escucha esto.
- ¡Qué bueno! ¿Quiénes son?
- The Headcutters.
- Tremendos. ¿De qué año es el disco? ¿56 o 57?
- No, 2015.
- Me jodes…

Este diálogo sintetiza la sorpresa que provoca escuchar a esta banda brasileña que reproduce un sonido vintage como muy pocos grupos de blues en el mundo.

El núcleo de los Headcutters son Joe Marhofer (harmónica y voz), Ricardo Maca (guitarra y voz), Arthur “Catuto” García (contrabajo) y Leandro “Cavera' Barbeta (batería). Los cuatro han logrado recrear el estilo clásico que se remonta al de la década del 50 en Chicago, de la mano de artistas como Muddy Waters, Howlin’ Wolf y Little Walter. Su tercer disco, Walkin’ USA, fue grabado de manera analógica en La Mesa, California, y contó con la producción y colaboración de una de las promesas del blues estadounidense, Jon Atkinson.

La selección de temas es exquisita. Interpretan con una fidelidad asombrosa The sun is shining, de Jimmy Reed; Need my baby, de Walter Horton; Be careful what you do, de John Brim; Worried life blues, de Big Maceo; Keep your hand out of my pocket; de Sonny Boy Williamson; y One more chance with you, de Little Walter, pero sin caer en los típicos clichés del género. La banda alcanza su pico máximo cuando versiona I’m worried, de Elmore James, cantada por Atkinson. Desde Jeremy Spencer en Fleetwoood Mac a fines de los 60 que no se escuchaba una interpretación tan leal a la original como esta. Atkinson también canta con una destreza impactante Moanin’ for my baby, reviviendo el espíritu del gran Chester Burnett. Pero no todos son covers: los Headcutters también componen. Aquí estrenan California breakwown y Hard drinking man, que tiene como marca distintiva un slide que parece la cuchilla afilada de un carnicero.

El disco tiene tres bonus tracks en los que se suman el cantante Jerry Careaga y el guitarrista Mark Mumea, de los Silver Kings, para arrastrar el blues a un etapa previa a la era dorada de Chicago con Can’t trust my self, de Big Joe Williams, como tema destacado.

La banda oriunda de Itajai, en el estado de Santa Catarina, al sur de Brasil, ya lleva diez años ininterrumpidos alentando la escena musical local y peleándola a nivel internacional. En ese período compartieron escenario con Junior Watson, Billy Branch, Eddie C. Campbell, Phil Guy, Lynwood Slim y Mitch Kashmar, así como también con otro músico brasileño de primer nivel, y guardián del sonido más clásico, como Igor Prado.

Pronto estarán caminando aquí en la Argentina. Primero presentarán el disco en Music Room, en la ciudad de Salto, el 13 de agosto y luego desembarcarán en el Conurbano bonaerense: el 14 en Espacio Dalí (Monte Grande), el 15 en Mr. Jones (Ramos Mejía) y el 16 en Loco Arte (Adrogué). Cada uno de esos shows será una buena oportunidad para realizar un viaje imaginario en el tiempo y revivir como sonaba el blues en Chicago hace más de 60 años.

miércoles, 22 de julio de 2015

Dylan lo hizo

Hace 50 años, Bob Dylan cambiaba la historia del rock para siempre. Entre junio y agosto de 1965, se encerró con una banda eléctrica en el estudio A de Columbia Records, en Nueva York, para grabar los nueve temas que conformarían el álbum Highway 61 revisited, entre ellos Like a rolling stone, tal vez la mejor canción de la música popular contemporánea.

El trasfondo es conocido: un año antes, Dylan conoció a los Beatles. Ese encuentro marcó a fuego tanto al cantautor como a los músicos de Liverpool. El primero quedó impactado con el sonido de la banda y ellos se maravillaron, porros de por medio, con la poesía de Dylan. A partir de entonces, ambos comenzarían a buscar un sonido diferente en sus carreras.

A comienzos de 1965, Dylan mostró un anticipo de lo que se estaba gestando en su interior con el lanzamiento de Bring it all back home, su quinto álbum, que acunaba tanto canciones folk como otras más rockeadas. Dylan estaba en el pináculo del mundo folk. Era la estrella absoluta. Sus discos anteriores, especialmente The freewheelin' Bob Dylan y The times they are a-changin', habían sentado las bases de la época y marcaban el pulso de los reclamos por los derechos civiles en los Estados Unidos. Era la voz de una generación, aunque él no se sentía muy cómodo con eso.

Michael Bloomfield
Para la grabación de su sexto álbum, Dylan se rodeó con una selección de jóvenes músicos de primer nivel: Al Kooper (teclados), Michael Bloomfield (guitarra), Bobby Gregg (batería), Harvey Brooks (bajo), Charley McCoy (guitarra), Paul Griffin (piano) y algunos más. Todos ellos contribuyeron con su toque mágico. Kooper aportó el riff inicial en Like a rolling stone, el único de los temas que fue producido por Tom Wilson, luego reemplazado por Bob Johnston, y Bloomfield le dio con sus punteos ese toque blusero que Dylan buscaba.

Like a rolling stone fue lanzado como single el 25 de julio de 1965. Una semana después, Dylan se presentó en el Newport Folk Festival junto a la Paul Butterfield Blues Band. La banda desplegó un sonido eléctrico estruendoso y provocó una reacción adversa en gran parte del público. A Pete Seeger, uno de los organizadores, se le atribuyó haber querido interrumpir el show de manera abrupta, aunque eso no fue del todo cierto. “A mí no me molestó que Dylan se electrificara. Yo me puse furioso porque había tanta distorsión que no se entendía lo que estaba cantando. Entonces le pedí al sonidista que lo arreglara y él me respondió que así era como la banda lo quería. Me enojé tanto que dije que si tenía un hacha cortaba los cables”, contó el propio Seeger en más de una oportunidad. Tras interpretar Maggie’s farm, Like a rolling stone y una versión preliminar de It takes a lot to laugh, it takes a train to cry Dylan se tomó un descanso. Al rato volvió solo con la acústica para calmar a los puristas. Interpretó It's all over now, baby blue y Mr. Tambourine man.

Bob Dylan
Tras la polémica aparición en Newport, Dylan siguió adelante con la grabación del disco. El tiempo que no estaba en el estudio de Manhattan lo pasaba en su residencia de Woodstock componiendo. En esos días, Dylan y la banda grabaron varias tomas de Tombstone blues, It takes a lot…, From a Buick 6, Highway 61 revisited, Ballad of a thin man y el resto de los temas que conformaron el álbum, así como también otras que quedaron afuera de la mezcla final y que con el tiempo serían editadas en sus clásicos Bootleg series.

El álbum fue lanzado el 30 de agosto de 1965 y se convirtió en un suceso absoluto, que se revalorizaría mucho más con el correr de los años. Más allá de consolidar a Dylan como uno de los artistas más trascendentes de la década del 60, abrió la puerta a un nuevo sonido, que tendría su pico de mayor creatividad entre 1967 y 1969. Dylan había reconvertido la esencia del rock and roll.

Y el blues tuvo mucho que ver en eso. La participación de Mike Bloomfield fue un aporte fundamental, pero lo más significativo fue la elección del nombre del álbum. La autopista 61 une la ciudad de Duluth, en Minnesota, donde nació Dylan, con St. Louis, Memphis y el Delta del Mississippi hasta llegar a Nueva Orleans. Muddy Waters, Charley Patton, Howlin’ Wolf, Roosevelt Sykes e infinidad de bluseros atravesaron esa ruta de norte a sur y de sur a norte cantando sus blues y ahogando sus penas. La leyenda dice que Robert Johnson hizo un pacto con el Diablo en el cruce de la 61 con la 49. De alguna manera, Dylan trasladó toda esa historia a esas nueve canciones que conforman Highway 61 revisited. Mezcló su pasado folkie, con aquellos viejos blues de los pioneros, una poesía profunda y rabiosa, y un sonido potenciado con 110 volteos. Nada volvería a ser igual en la música.

miércoles, 15 de julio de 2015

Generando conciencia


Neil Young hizo de todo. Grabó discos acústicos y eléctricos. Rock, rockabilly, folk, country, grunge, música experimental y blues fueron algunos de los géneros que abarcó en su extensa carrera. Compuso algunas de las más extraordinarias canciones de los últimos 50 años y tocó con Bob Dylan, Pearl Jam, Daniel Lanois y, por supuesto, con Crosby, Stills & Nash. Hizo un disco contra Bush, otro conceptual sobre un pueblo llamado Greendale, uno dedicado a los autos usados y otro doble en el que confrontó versiones acústicas de las mismas canciones con interpretaciones orquestadas. A esta altura es, sin dudas, uno de los músicos más creativos y activos del rock. Y, como evidentemente no puede parar, ahora arremete contra las corporaciones, haciendo foco en la agroquímica Monsanto.

The Monsanto Years es un disco estupendo, en el que de alguna manera vuelve al sonido de Crazy Horse pero sin los Crazy Horse. Lo acompaña Lukas Nelson & Promise of the Real, con una impronta más hilybilly. Los hijos de Willie Nelson, Lukas y Micah, están a cargo de las guitarras, y el resto de la banda la conforman Anthony Logerfo en batería, Tato Melgar en percusión y Corey McCormick en bajo.

El álbum suena espontáneo y tiene muy pocos clichés de las canciones de protesta. Neil Young canaliza su bronca contra la corporación a través de nueve canciones muy intensas, a veces con guitarras enfurecidas y distorsionadas, como en el track inicial New day for love; o con melodías más campestres, como Wolf moon en la que sopla su armónica al estilo Harvest. People want to hear about love tiene una sonoridad exquisita, así como en Let’s impeach the President, que sirve para potenciar su denuncia con cierta ironía: “No hablen de las corporaciones secuestrando todos sus derechos / No mencionen la pobreza en el mundo, hablen del amor global”.

En Big box, Neil Young otra vez descarga su furia melódicamente y con las guitarras encendidas: “Son demasiado grandes para equivocarse, demasiado ricos para ir a prisión”. Y arremete contra el gigante Walmart sin miedo a las represalias. A continuación, pone el foco en Starbucks. Rock Star Bucks a Coffe Shop tiene un ritmo más entretenido, animado por un coro de silbidos: “Yo quiero una taza de café pero sin GMO (organismos genéticamente modificados). No quiero empezar mi día ayudando a Monsanto”.

Workin’ man es muy enérgica, Young despliega unos solos imponentes. Luego baja unos decibeles para dar paso a Rules of change, en la que denuncia la pasividad de la justicia ante el avance corporativo. Monsanto years es todo un alegato: “El veneno está listo, es todo lo que la corporación necesita”. Young resume la problemática, el atropello, con una frase sencilla: “No estamos seguros ni hasta cuando compramos el pan para el desayuno”. El último tema, If I don’t know, potenciado por la exquisita armonía vocal de un coro, sigue en clave de protesta, pero ya no con letras tan directas sino de manera más metafórica.

Más allá de que reciba algunas críticas, Neil Young cumplió su meta. Elevó, en clave musical, su mensaje anti corporativo. Sus armas son sus canciones, tal vez poco para combatir al poder concentrado, pero al menos es un buen instrumento para generar conciencia.




jueves, 9 de julio de 2015

Derecho de autor


El 21 de marzo de 2014 se cumplieron 50 años de la muerte de Armenter Chatmon, conocido artísticamente como Bo Carter, uno de los músicos de blues de pre-guerra más trascendentales, especialmente por su rol dentro de los Mississippi Sheiks, y por haber escrito Corrine, Corrina, tema que integra el cancionero tradicional del género. Ahora, su nombre aparece en los tabloides estadounidenses e ingleses porque sus herederos, los que tienen derecho sobre su obra, decidieron demandar a Rod Stewart porque grabó una versión de ese canción en su disco Time, de 2013.

El tema en cuestión, como la mayoría de los clásicos de la época, tiene un origen difuso. Bo Carter la grabó por primera vez en diciembre de 1928 y dos años después fue registrado por los Mississippi Sheiks bajo el nombre de Alberta. Claro que, previo a la primera versión, se pueden encontrar raíces del mismo tema en Has anybody seen my Corrine?, compuesta por Roger A. Graham en 1918, o Corrina blues, grabada por Blind Lemon Jefferson en 1926. Según los archivos de los Lomax, posteriormente el tema fue registrado por distintos bluesmen no sólo como Corrina o Alberta sino también como Roberta.

Según consignan varios portales de noticias, el requerimiento es contra el cantante, Universal Music y Capitol Records. Los herederos del viejo bluesman sostienen que la canción, que Stewart incluyó como bonus track de la edición inglesa bajo el nombre de Corrina, Corrina, tiene una composición muy similar, más allá de que la letra, la melodía, el ritmo, la métrica y el tempo no sean los mismos. El gran inconveniente, y en el que hace foco la familia, es que en el crédito de la canción se lee "tradicional” y no el nombre del autor. El copyright, de acuerdo con The Hollywood Reporter, se remite a 1929 y 1932, actualizado en 1960, durante la época del revival blusero.

Un dato curioso es que la demanda omite mencionar si los herederos recibieron royalties por las decenas de versiones que se grabaron en las últimas décadas, como las de  Bob Dylan, Willie Nelson, Joni MItchell y Taj Mahal, entre muchos otros.

¿Es justo qué hagan ese reclamo? Están los que los tildan de oportunistas y aprovechadores. Pero también los que están de acuerdo con la exigencia. Rod Stewart es una figura mundial que basó gran parte de su carrera en grabar temas de otros, y está muy bien que siga recreando, a su manera, viejos clásicos que para un público masivo son desconocidos. Pero la mención de “tradicional”, si bien no falta a la verdad, resulta insuficiente. Digamos que para el artista, los productores y la discográfica no era muy difícil consignar el nombre correcto. Así que, más allá de que los demandantes tengan como fin un resarcimiento económico, sería justo que un fallo favorable siente precedente para otros casos. Preservar el legado musical de los pioneros del blues es fundamental para que la historia no se borre con el paso del tiempo.




miércoles, 1 de julio de 2015

Es la guitarra de Raffo


Daniel Raffo sale otra vez a la cancha con lo mejor que tiene: su guitarra. Su primer disco, editado en 2010, recopiló el trabajo de varios años junto a distintos músicos, incluido el gran Duke Robillard. Ahora, fue directo al grano y sin rodeos: acaba de lanzar Raffo blues, que fue grabado en noviembre de 2013 en el estudio Luis Alberto Spinetta de Vorterix. Se trata de un álbum instrumental, con las seis cuerdas como protagonistas excluyentes, aunque hay algunas pequeñas incursiones vocales del Afrosound Choir. “Este disco nos presenta un abanico de ritmos con un único denominador común que es el blues”, escribe en el booklet del CD Laura Lagna-Fietta, la mujer de Raffo y productora del álbum junto a Mario Pergolini.

Raffo lidera un equipo de grandes músicos, entre los que figuran su hijo Pato en batería, Mariano D’andrea en bajo y Tavo Doreste en piano. También hay una lista de invitados encabezada Nico Raffetta, quien aporta el groove de su hammond B3 en la mitad de los temas.

El disco comienza don Swing shuffle, algo así como la marca registrada de este gran guitarrista nacido en Floresta. Luego destila el ADN de B.B. King en una exquisita versión de My mood. El pianista Manuel Fraga reemplaza a Doreste en Festival de los elásticos donde Raffo muestra su faceta más jazzera. Planeta shuffle es un blues bastante animado donde el guitarrista cede un poco el protagonismo para darle aire a la armónica de su ex compañero en King Size, Mariano Slaimen, y a las dulces armonías vocales de las coristas.

En la mitad del disco aparece una sorpresa: My sweet lord, de George Harrison, que Raffo reconvierte con arreglos muy cuidados que incluyen el brillante aporte de la lap steel de Santiago “Rulo” García y, otra vez, la suma de las voces del Afrosound Choir. Thanks D.R. es un blues lento y punzante dedicado a Duke Robillard. En Jazzin’ the blues, Raffo se desmarca de los moldes y da rienda suelta a un torbellino de swing. Aquí se luce también Raffetta desde el hammond y la cuota de color la aporta Marcelo Yeyati con un sublime y equilibrado solo de flauta traversa. Raffocaster es una oda a la guitarra eléctrica, en lo que podría considerarse el tema más rockeado del disco. Mientras que en Silbando bajito vuelve sobre el shuffle más auténtico. Raffo blues, el último track, es el resumen de un hombre y su guitarra, la pasión que los une y el sentimiento que fluye.

miércoles, 24 de junio de 2015

EP's

Kenny Wayne Shepherd Band - A little something from the road Vol. 1. El año pasado, Kenny Wayne Shepherd realizó una extensa gira por los Estados Unidos para rendir homenaje a sus máximas influencias. El veterano guitarrista de apenas 38 años –recordemos que empezó a tocar profesionalmente cuando tenía 16- eligió comprimir en este EP algunos de los temas que interpretó en el State Theater de New Brunswick, en New Jersey. Acompañado por el ex Double Trouble Chris Layton en batería, Tony Franklin en bajo, Riley Osbourn en teclados y Noah Hunt en voz. El álbum es una descarga brutal de energía blusera con tremendos solos de guitarra . Los tres primeros temas no dan respiro. La Fender de KWS es como un lanzallamas y toda la banda suena con mucho vigor. Es así como se sucden Looking back, de Johnny “Guitar” Watson; The house is rockin’, de Stevie Ray Vaughan; y You can't judge a book by the cover, de Bo Diddley. Para el final, o más bien la segunda parte del EP, desaceleran un poco para homenajear al gran B.B. King, primero con una sutil Woke up this morning y luego con You done lost your good thing now. En el medio de ambas, Hunt dice: “Tenemos que seguir tocando porque no importa si eres blanco o negro, viejo o joven, el blues es para todo el mundo. Cantamos sobre lo bueno y lo malo, y eso nos hace sentir mejor”. Es un disco sencillo e intenso a la vez, es el músico de cara a su gente sin ningún tipo de filtro ni tamiz.

Danielle Nicole – Danielle Nicole. Danielle Schnebelen se independizó de sus hermanos, con quienes integra el trío Tampled Under Foot, para lanzar su carrera solista. Bajo el nombre artístico de Danielle Nicole, la joven cantante y bajista de Kansas City le dio un toque de Nueva Orleans a su EP debut, en el que contó con la participación de dos tremendos guitarristas, Anders Osborne y Luther Dickinson, más el aporte de Stanton Moore en batería y Mike “Shinetop” Sedovic en teclados. Vale aclarar que no es un disco estrictamente blusero. Danielle canta con una fuerza descomunal y allí se encuentra el núcleo de la cuestión. El álbum comienza con la rockeada You only need me when you're down, en la que Danielle pontencia su voz con una distorsión que se complementa a la perfección con las guitarras de Osborne y Dickinson. En Starvin’ for love desnuda su canto y los teclados se imponen para darle ese beat más característico de la ciudad creciente. En Didn’t do you no good la percusión marca de manera pesada la base y las cuerdas suenan feroces como el rango vocal de la cantante. En Wandering heart gana la escena un piano barrelhouse y su voz resuena en un clima jazzero con un solo de viola sencillamente extraordinario. Los últimos dos temas fueron grabados en vivo en The Bridge Radio Station, en Kansas City. El primero es una versión acústica y ralentizada de You only need me when you're down. El restante es un cover cadencioso y también desenchufado de Don’t think twice, it’s alright, de Bob Dylan. Este EP es un gran aperitivo a la espera de su primer álbum solista.

jueves, 18 de junio de 2015

Blues por K.O.


Sugar Ray Leonard es una leyenda del boxeo. En toda su carrera profesional disputó 40 peleas y ganó 36, 25 de ellas por knock out. Este Sugaray no da golpes de puño, pero noquea con su poderosa voz, que combina una temprana formación cantando en coros góspel, la soltura del soul y la descarnada pasión del blues.

Corpulento y siempre bien empilchado, Sugaray Rayford se convirtió en los últimos años en un verdadero fenómeno, como cantante de los Manish Boys y al frente de su propia banda.

Southside, su tercer álbum solista, abre con Southside of town: Ralph Carter marca unas líneas de bajo con toque jazzero y Sugaray despliega todo su groove. La canción va ganando en intensidad a medida que Leo Dombecki y Gino Matteo arremeten desde los teclados y la guitarra, respectivamente, y aparecen los coros para apuntalar el estribillo. El segundo track, Miss Thang, parte de una base enérgica a cargo de Carter y el baterista Lavell Jones, reforzada por una sección de vientos con marcado swing. El solo de Matteo es intenso mientras que el cantante hace gala de su prestancia. Live to love again tiene un ritmo vertiginoso. Los vientos le dan un toque funky y Rayford saca el soulman lleva adentro.

Texas bluiesman es su alegato en clave de shuffle con el que rinde homenaje a las máximos representantes de esa región: Blind Lemon Jefferson, Albert Collins, Freddie King, T-Bone Walker, Lightinin’ Hopkins y Stevie Ray Vaughan. “Soy un blusero de Texas”, entona mientras Matteo dibuja unos solos limpios y punzantes. Take it to the bank es una joya acústica. Prevalece el sonido ambiente para darle un tono de jukejoint. Bob Corritore sopla su armónica y Matteo desliza un slide desgarrador . En Call of the mission vuelven los caños y los coros femeninos para un marco de R&B muy cool. All I think about es otra vuelta funky con toda la banda a pleno. Take away these blues es una balada en la que el cantante explota con unos alaridos tan profundos e impactantes que es imposible abstraerse. El otro punto alto del tema es la guitarra con reverb de Matteo. El disco cierra con la atmosférica Slow motion.

Con este disco, editado por el sello Nimoy Sue Records, Sugaray Rayford pega fuerte y demuestra que es uno de los cantantes más importantes de la nueva generación.


martes, 9 de junio de 2015

Dos propuestas diferentes

Estos dos flamantes lanzamientos discográficos nacionales son una muestra elocuente de la variedad estilística del blues. Por un lado, Goyo Delta Blues recrea en solitario y de manera visceral el viejo sonido del Mississippi con su guitarra dobro, su slide y su armónica. Por el otro, La Vieja Ruta se hace un festín de boogie y R&B, adornado con una potente sección de caños, buena onda y artistas invitados.


El disco de Goyo se llama Crudo, título que sintetiza a la perfección de qué va la cosa. Goyo canta desde las entrañas, aporrea las cuerdas con intensidad y desliza el slide como si fuera un puñal. La selección de temas es variada y muy interesante. Comienza con un tema propio, Cuando ladra el perro, en el que adaptó la rima en español al estilo de canto rústico de los viejos bluesmen rurales. El repertorio incluye dos versiones muy interesantes de Honky tonk woman, de los Stones, y Give me one reason, de Tracy Chapman, que Goyo interpreta como si hubieran sido escritas por Son House. También hace un repaso por algunos clásicos como Sittin’ on top of the world (Howlin’ Wolf), Got my mojo working (Muddy Waters), Baby please don’t go (Big Joe Williams), y rinde homenaje a Robert Johnson con If I had possession over judgement day y Walkin’ blues. En cada una de las canciones Goyo descarga pasión y melancolía con un sonido muy auténtico, como si estuviéramos escuchando un antiguo jukebox.



La propuesta de La Vieja Ruta es totalmente diferente. El Dragón es un álbum entretenido y muy arriba. Desde el comienzo la banda muestra toda su soltura con dos composiciones del guitarrista Fernando Heller, El 56 y el tema que da nombre al disco, que cuenta con los coros de Ricardo Tapia, Daniel Raffo y Gady Pampillón, y que tiene unos arreglos excelentes y un riff de colección. Quién sos de verdad es otro de los puntos altos del disco: Walter René saca a relucir sus dotes como cantante y sopla su armónica con mucha prestancia. Siempre lo mismo tiene una melodía contagiosa y una letra divertida. En Te vienen a buscar la banda baja unos cuantos decibeles y se despacha con una balada que cuenta con un sutil solo de saxo de Martín Tojo. Viene y va, otro tema de Heller, cuenta con la participación en voz de Pity Álvarez, que le da ese aura de rock barrial. Y cierran con un blues lento de René al que llamaron Una chance más. La banda, que completan Ariel Rogé (guitarra), Daniel Garavaglia (bajo), Adrián Scollo (batería), Ariel Masini (teclados), Pablo Cabrera (saxo barítono) y Lucas Aranda (trompeta), suena más amalgamada que nunca, algo que se da por los años que llevan tocando juntos.

Crudo es la síntesis del blues más puro, un hombre, su guitarra y su dolor a cuestas. El Dragón es la exaltación de lo colectivo y la demostración de que el blues no es solo tristeza y bajón. Dos trabajos muy distintos e interesantes para no dejar pasar.

jueves, 4 de junio de 2015

Noche de blues en Barcelona


Tota Blues anima la jam en el Prize Bar, sobre la calle Floridablanca, en Barcelona. Son las 20.20 del miércoles y afuera todavía es de día, algo que adentro apenas se nota. El lugar es pequeño y angosto, pero el público, alrededor de 30 personas, se acomoda sin pretensiones. Algunos se sientan de frente a los músicos, otros casi encima de ellos y el resto al costado de la barra.

Acompañado en guitarra acústica por su socio Martín Merino, Tota comienza soplando su armónica con mucha energía y desempolva un viejo blues instrumental. “Esto es una jam abierta, pueden tocar todos los que quieran. No pretendemos que suban a tocar mejor que B.B. King o Muddy Waters, pero tampoco es un karaoke”, aclara de entrada.

La música fluye entre cervezas y pintxos (tostaditas con jamón, anchoas o alguna otra delicia ibérica) a 1 euro cada uno. Los clásicos se suceden uno tras otro: Worried life blues, Last fair deal gone down, Every day I have the blues, Rock me y I want to play with your poodle, que Tota atribuye a James Cotton. Algunos temas los canta él y otros Merino.

Como en toda jam empiezan a desfilar músicos invitados: Cristian "Pollo" Mora toca un viejo piano acompañando con buen pulso a la dupla argentina, aunque en un momento pifia feo y Tota, entre risas, le dice: "Jodido eso, Pollo". Luego se sienta al piano una muchacha que se presenta como Analí, quien con apenas unos movimientos de su mano derecha muestra su falta de talento: sus solos son difusos y muy poco acompasados. Paquito enchufa su guitarra eléctrica y suma un tímido slide en algunas interpretaciones. Aparece Larry Smith, con el porte de un Allman Brother, pero con un sonido de viola un tanto frenético, para cantar Crossroads.

Afuera la noche empieza su lento despertar. Tota y Merino se toman un breve descanso para luego volver a animar la jam de los miércoles, uno de los pocos eventos bluseros regulares de la ciudad. Tota piensa en Argentina y repasa las veces que fue en estos últimos 14 años, desde que se instaló en la capital catalana. “Fui por pocos días y se los dediqué a mi familia, pero la próxima vez que vaya voy a juntarme a tocar porque ya se lo prometí a unos amigos”, dice este excelente armoniquista argentino de exportación.

viernes, 22 de mayo de 2015

Jazz en París


La Rue des Petites Ecuries atraviesa el barrio de Saint Denis, en el céntrico décimo distrito parisino. Allí, con su frente cubierto de afiches, se erige el New Morning, un antro que fue testigo de la magia de Miles Davis. Sin embargo, el lugar se parece más a una disco que a un bar de jazz. El martes, el legendario guitarrista Pat Martino deshizo la noche a puro swing.

El guitarrista, de un parecido discutible con Charlie Watts, subió al escenario a las 21. Caminó hasta el centro de la tarima y se sentó en una banqueta. Tomó su guitarra diseñada por el luthier Bob Benedetto, cruzó las piernas y empezó con Catch, un tema que compuso en los ’90. El trío lo completaron el tecladista Pat Bianchi y el baterista Carmen Intorre.

El lugar estaba lleno. Gran parte del público estaba sentado en sillas alienadas prolijamente en filas y el resto de pie atrás y a los costados, muchos con copas de vino y otros con vasos de cervezas. A diferencia de los gringos, los franceses van a comprar sus bebidas antes del show o durante el intervalo. La prioridad, para ellos, es la música.

Al finalizar el primer tema, Martino tomó el micrófono y agradeció la calidez con la que fue recibido. Presentó a sus músicos y terminó diciendo: “Y por si alguien no me conoce: yo soy Pat Martino”. El repertorio alternó algunos standards como Seven come eleven, de Charlie Christian, y Oleo, de Sonny Rollins, con temas propios como Inside out. El show se dividió en dos sets de 45 minutos cada uno y en ambos Martino hizo gala de la improvisación y permitió en cada uno de los temas que Bianchi hiciera extensos solos con el hammond.

El jazz encontró en París su segundo hogar y la Ciudad de la Luz se enamoró de esa música que, como ninguna otra, expresa toda la libertad estilística que un músico puede llevar adentro. Pat Martino no hizo otra cosa más que ratificar que ese amor es auténtico.

viernes, 15 de mayo de 2015

El blues salve al Rey



You know I'm free, free now baby, I'm free from your spell 

Me levanté esta mañana y me enteré que usted había muerto, maestro. Justo usted, el pequeño dulce ángel negro que me hizo descubrir y amar el blues. ¿Cuán triste uno se puede poner?

Con su guitarra, su amada y fiel Lucille, usted conquistó el mundo. Nos hizo entender a todos, bueno a casi todos, que el blues es un lenguaje universal. Que no importa la raza, el idioma que uno hable o el país en el que viva, el blues está adentro nuestro. No por nada lo coronaron como el Rey.

Todos los días tengo el blues, solía cantar. Y eso era tan cierto como que la tierra gira alrededor del sol o que el Océano Atlántico separa al viejo del nuevo mundo. Una verdad inmensa, irrefutable, trascendental.

Usted nació en un pequeño poblado del Delta del Mississippi, como el mismísimo blues, y se convirtió en una leyenda. Pero mucho antes de que eso sucediera, padeció la segregación racial, el trabajo duro y la pobreza. Se sobrepuso a todo con talento, amor y generosidad. Porque su espíritu siempre fue grande, así como sus canciones.

Vino a la Argentina por primera vez en 1980. Yo era tan pequeño que no supe de esa visita suya hasta mucho tiempo después. Pero el poeta y periodista Miguel Grinberg, que lo vio en Obras y en el Bauen, escribió en el diario La Opinión: “Todo adjetivo es insuficiente. Toda alabanza resulta estrecha. Decir que B.B. King es maravilloso apenas hace justicia a su conmovedora grandeza, a su descomunal sencillez. No ha habido en muchísimos años en Buenos Aires una ceremonia musical de esta naturaleza”.

Yo lo vi 11 años más tarde, en el Luna Park, el primer recital al que fui en mi vida. No sabía mucho de usted, apenas había escuchado uno o dos discos. Pero esa noche de diciembre sus punteos me doblegaron. Sucumbí ante la intensidad de sus interpretaciones. Los recuerdos son un tanto difusos, pero la sensación de ese descubrimiento todavía es palpable ¡Pasó casi un cuarto de siglo, maestro!

Lo volví a ver muchas veces más. En Obras, en el Gran Rex y otra vez en el Luna. La última, hace cinco años, sentí que era la despedida y así lo expresé en esta misma página. Usted estaba débil y su cuerpo pedía descanso. Pero su compromiso con el blues y el amor por su gente siempre pudo más. Luego, lamentablemente, alguien se aprovechó de su pasión y sacó rédito de su infinita generosidad.

Su historia es tan rica, maestro. Usted lo llevó a Pappo, nuestro Pappo, Mr. Cheeseman, al Madison Square Garden. Lo ubicó en un pedestal junto a otros grandes del blues como Buddy Guy, Junior Wells y Koko Taylor. Siempre se mostró abierto a compartir su música. Grabó con U2 y con Eric Clapton, entre tantos otros, y compartió escenarios con una lista infinita de músicos. Actuó en películas, apareció en televisión y realizó conciertos memorables en el Regal, en el Apolo, en la cárcel de Cook County y en Zaire, en la previa del mítico combate entre Ali y Foreman. Usted estuvo en todos lados casi todos los días. Nunca nadie podrá alcanzar lo que hizo, maestro.

Sólo me queda decirle adiós y gracias. Vaya tranquilo. Acá nos quedamos escuchando sus discos hasta que volvamos a verlo.

sábado, 9 de mayo de 2015

De Oceanía con swing

Mahalia Barnes – Ooh yeah, The Betty Davis Songbook. No sólo carga con un nombre que es una institución entre las vocalistas de gospel, jazz y soul, por la genial Mahalia Jackson, sino que es la hija del mítico cantante australiano, Jimmy Barnes. La joven nacida en Sidney hace 32 años, es dueña de una voz altamente inflamable y con un gran registro. COn esos atributos logró armar su carrera que está en franco ascenso. Su nuevo disco es un exquisito y enérgico repaso de la música de Betty Davis, la musa que se casó con Miles Davis en 1968 y editó cuatro discos propios antes de retirarse de la industria musical en 1979. El contenido de este álbum está inspirado en esas canciones, pero aquí la cantante no buscó reproducir el sonido de esa época, sino que más bien intentó darle un giro personal. La mayoría de los temas –He was a big freak, Your mama wants you back y Ooh yeah- suenan bien funky y muy potentes, y cuentan con un plus adicional: los solos vibrantes del guitarrista Joe Bonamassa, probablemente el músico que más grabaciones realiza al año.

Li'l Chuck The One Man Skiffle Machine Blues - In Full swing. Li'l Chuck es un hombre orquesta con una destreza sorprendente. Si bien la guitarra resonadora es su instrumento madre, domina con gran técnica la armónica, el kazoo, el hit hat y el bombo, al mejor estilo de grandes maestros como Jesse Fuller, Dr. Ross o Sterling "Satan" Magee. Pero la particularidad es que no nació en los márgenes del Mississippi, sino en Christchurch, Nueva Zelanda. Su música se nutre de viejos blues de la década del 30, algunos retazos jazzeros, western swing y ragtime. Sin embargo no reproduce el sonido típico de esa era, sino que le impone un aura bien contemporánea. Li’l Chuck es un storyteller, sus canciones son pequeños relatos de sucesos recientes como My house is falling dawn, que escribió tras el terremoto que golpeó a su ciudad en 2011. También interpreta una notable versión de San Francisco Bay blues. Li’l Chuck es un bluesman auténtico, de esos que buscan mantener la tradición sin posturas rígidas, sino más enarbolando la bandera de la universalidad del blues.

domingo, 3 de mayo de 2015

El aquí y ahora del viejo blues


Algunos podrían pensar que Nicolás Smoljan nació en el lugar y el momento equivocado. Su sonido es el fiel reflejo una época pasada, aunque no olvidada. Su armónica tiene un swing de antaño y la forma de interpretar los viejos clásicos, tanto como sus nuevas composiciones, destila clasicismo y pasión. Tras varios años animando la escena local y también participando en decenas de festivales de blues brasileños, Smoljan lanzó su primer disco, una obra magnífica que le demandó tiempo y mucha dedicación. Como él, el álbum tiene algo de peregrino. Fue grabado en cuatro estudios diferentes – Juno, Romaphonic, The Headcutters y El Attic- y contó con la participación de una de las mejores selecciones de músicos locales y de tres invitados internacionales de renombre: Lurrie Bell, Eddie Taylor Jr. y Mud Morganfield.

Mud Morganfield
El álbum comienza con Booguiebuck, un tema instrumental escrito por él de dos minutos en el que ataca con su armónica diatónica recostándose en el sonido del West Coast, de grandes maestros como William Clarke y Rod Piazza. El hijo de Muddy Waters, Mud Morganfield, toma las riendas del segundo tema, Manish boy, para darle al álbum una dosis de Chicago blues sin diluir. Luego, Smoljan presenta otra de sus composiciones, Little girl blue, un blues lento en el que vocifera su pesar desde la armónica con una soltura sorprendente. Eddie Taylor Jr. el hijo del legendario ladero de Jimmy Reed y John Lee Hooker, aporta historia y una voz curtida en el clásico de Jimmy Rogers, You’re the one.

Lurrie Bell
Smoljan se anima a cantar en tono souleado en That’s all I need, de Magic Sam, y se acompaña con una armónica cromática, al igual que en el instrumental que le sigue, Once, 3AM, una joya compuesta por él, que parece extraída de las cavernas del blues primario. En Dealing with the Devil, de Sonny Boy Williamson, Javier “El Ciego” Goffman aporta potencia vocal y carisma. El momento supremo del disco llega casi al final. La bestia del blues, el sorprendente Lurrie Bell, se carga el peso de la historia en una extendida y apasionante versión de Honey bee. Su canto sufrido y sus solos filosos representan el ADN del blues más auténtico. El disco se va con otro instrumental, I got to find my baby, con Eddie Taylor Jr. rindiendo homenaje a su padre.

El otro plus del álbum es la banda que acompaña a Smoljan, conformada por músicos de primerísimo nivel: Matías Cipilliano en guitarra, Mariano D’andrea en bajo y contrabajo, Gustavo Doreste en piano y Pato Raffo en batería, con las eventuales colaboraciones de los guitarristas Juan Codazzi, Daniel De Vita y Rafo Grin.

El disco debut de Nicolás Smoljan es un retrato nítido de lo que él ofrece en vivo y también del sonido más puro. Podría haber sido grabado hace cinco décadas en algún estudio de Chicago o St. Louis, pero no… es el aquí y ahora del viejo blues.


domingo, 26 de abril de 2015

Docencia en vivo


Joe Bonamassa cosechó amores y odios. En la última década, llevó su particular forma de sentir e interpretar el blues a los puntos más recónditos del planeta, y lanzó más de un disco por año que le valieron elogios y críticas. Los que disfrutan de su música se amparan en su tremenda técnica para tocar la guitarra, en su capacidad para escribir canciones y en su misión de transmitir el blues a las nuevas generaciones. Los que lo cuestionan dicen que en realidad no toca blues sino que lo deforma y que lo hace “inyectado de anabólicos”. Bonamassa redobla la apuesta y responde con un homenaje a dos de las máximas leyendas del blues: Muddy Waters y Howlin’ Wolf. Docencia en vivo para muchos de los que lo fueron a ver y para los que escuchen el CD..

Red Rocks es un anfiteatro natural ubicado a unos diez kilómetros de Denver, Colorado. Por allí pasaron desde los Allman Brothers y U2 hasta Buddy Guy y Tom Petty. Bonamassa eligió ese emblemático sitio del oeste estadounidense para dar un concierto que combinó entretenimiento con una sintética clase de historia del blues.

La primera parte del show está dedicada a Muddy Waters. Tras una breve introducción sobre el nacimiento del blues y sus protagonistas, se escucha una grabación con la voz del padre de blues de Chicago –“Yo nací en el pequeño pueblo de Rolling Fork y me críe en Clarksdale. Viví la vida del campo durante mucho tiempo…”- y Bonamassa abre con Tiger in your tank. Sigue a toda máquina con I can’t be satisfied, You shook me, Stuff you gotta watch, Double trouble, Real love, My home is in the Delta y All aboard.

En cada uno de los temas la banda suena ajustada y con mucha energía. Kirk Fletcher en guitarra,Reese Wynans en teclados, Mike Henderson en armónica, Michael Rhodes en bajo, Anton Fig en batería, Lee Thornburg en trompeta, Ron Dziubla en saxo y Nick Lane en trombón, le aportan un sonido anclado en Chicago, aunque alejado del original de Chess Records. Bonamassa mantiene su esencia sobre una base bastante más tradicional de la que está acostumbrado a utilizar. En algún punto podría considerarse como su regreso a la etapa de Blues de luxe, aunque con mucha más experiencia y aprendizaje a cuestas.

La segunda parte comienza con la voz de Howlin’ Wolf: “Muchos me preguntan qué es el blues. Yo les voy a decir que es el blues. Cuando no tenés dinero, eso es el blues…” Y entonces una vieja grabación de How many more years da paso a la interpretación de Bonamassa, que la canta con mucha pasión. Shake for me tiene más de la versión que podría haber interpretado Electric Flag con Mike Bloomfield, que el propio Wolf, tal vez por la preponderancia de los caños. Fletcher hace un solo descomunal, algo que se repite en otros pasajes del disco. Hidden charms, Spoonful, Killing floor, Evil y All night boogie completan el cancionero del mítico Chester Burnette.

Tras la lección de historia, Bonamassa recurre a parte de su repertorio para darle cierre a un extenso recital. Las canciones elegidas son: Oh beautiful, Love ain’t a love song, Sloe gin y The ballad of John Henry.

Hay algo que es incontrastable: Bonamassa educa y entretiene a gran escala. Después sobre gustos, dice el refrán, no hay nada escrito.

sábado, 18 de abril de 2015

Un austríaco suelto en Nueva Orleans


Raphael Wressing tiene 35 años, nació en Graz, Austria, y es un maestro del hammond B3. A pesar de su edad, ya grabó 16 discos propios, algunos junto al guitarrista Alex Schultz, y participó en más de 30 álbumes de otros artistas, entre ellos el último del brasileño Igor Prado, Way down south. Ahora acaba de sacar un nuevo trabajo, que es la síntesis de su viaje musical y espiritual a Nueva Orleans.

Soul gumbo es un disco que se caracteriza por su groove contagioso y por la potencia funk de los teclados de Wressing. Pero también por la vibrante guitarra de Alex Schultz y la jerarquía de los invitados que colaboraron en cada una de las canciones. El álbum comienza con Chasing rainbows, un tema del cancionero de Johnny Adams, en el que Tad Robinson complementa con su voz una andanada soul. Soulful strut es un funk instrumental con una brutal descarga de hammond que alterna con una sección de vientos comandada por Sax Gordon.

I want to know es una balda blusera con mucho feeling con el aporte en guitarra y voz del extraordinario Walter “Wolfman” Washington y la rítmica concisa de dos músicos locales como George Porter Jr. en bajo y Stanton Moore en batería. Mustard green es otro instrumental funky, algo así como una versión moderna de Booker T & The MG’s, en donde otra vez los diálogos entre Wressing y Schultz se vuelven elásticos y absorbentes. En Sometimes I wonder, Wressing cede el protagonismo al pianista Jon Cleary, uno de los músicos más destacados de Nueva Orleans, quien canta sobre un amor perdido.

Tad Robinson vuelve con Room with a view, de Lowell Fulsom, para desempolvar todo el blues contenido por Wressing. Una vez más la guitarra de Schultz toma el control de la escena y sacude con unos solos exquisitos. Slivovitz for Joe es otro cañonazo instrumental en el que el tecladista muestra que sus recursos son inagotables. Soul jazz shuffle tiene una libertad estilística fabulosa: Wressing estira los límites hasta que el saxofonista Craig Handy arremete con un solo inspirado en la tradición del hard bop. El disco termina con Larry Garner cantando Nobody special, una canción que se destaca por su hermosa melodía y un estribillo pegadizo.

Salvo por el tema en el que participa George Porter Jr., Wressing se encarga también de los bajos desde su hammond con absoluta naturalidad. El austríaco realizó un largo viaje para capturar la esencia de una de las ciudades más musicales de los Estados Unidos y lo consiguió. En cada acorde, en cada riff, en cada solo y hasta en los efímeros silencios se percibe el influjo de Treme, de Frenchmen Street y el Mardi Gras.


sábado, 11 de abril de 2015

No se detiene

Estos dos discos son el resultado de un proyecto colectivo denominado Blues federal. Decenas de músicos y una gran cantidad de oyentes sumaron esfuerzo, tiempo, talento y dinero para que nuevas bandas pudieran grabar sus primeros temas y otros tener una nueva oportunidad en un estudio. Los volúmenes 3 y 4 de Blues en Movimiento ya están entre nosotros y son el reflejo de que el crecimiento del blues en nuestro país no se detiene.


Volumen 4 – Blues en español. El disco fue producido por Mauro Diana, Gabriel Cabiaglia y contó con el aporte de Daniel De Vita en la parte técnica. Aquí lo que se destacan son las letras de las canciones, todas cantadas en español y, en gran medida, sin caer en los típicos clichés del género. Rielar, la banda de Escobar que antes se llamaba Riel Blues, aporta tres canciones, todas compuestas por su guitarrista y cantante, el carismático Braian Chávez. Blues lejos de casa tiene una melodía atractiva e invita a un clima festivo con un estribillo que seguramente es coreado cada vez que lo tocan en vivo. Mientras más lejos tiene también un ritmo alegre y un solo de guitarra minimalista y muy efectivo. Con la luna a mis espaldas está inspirada en Howlin’ Wolf, con la armónica de Gonzalo Carrera marcando la cancha y Chávez aullando su pesar. La formación, que creció musicalmente en los últimos años, la completa Pablo Díaz en guitarra, Nicolás Acosta en bajo y Miguel Ángel Romeo en batería.

María Heer, de Gintonics
Gintonics tuvo un desafío importante para estar en este disco: adaptar sus canciones a nuestro idioma. An Díaz, una de las mejores vocalistas argentinas cantando en inglés, se acomodó muy bien a los tres temas que grabaron. Me ilusioné, compuesta por la tecladista Anahí Fabiani y Mauro Diana, tiene una melodía pegadiza y los solos de María Heer tienen esa simpleza que demuestra que a veces menos es más. Pavadas es una interesante mezcla entre el ritmo más típico de Nueva Orleans, con el piano rememorando a grandes maestros como Professor Longhair o James Booker, y una letra bien porteña. Gintonics cierra con No me puedo confundir, una balada blusera escrita por la bajista Florencia Rodríguez en la que An Díaz se impone con una interpretación vocal superlativa, al tiempo que Rodrigo Benbassat, con escobillas, le da un toque sutil a la batería que asoma entre las notas del piano de Fabiani.

Caburo
El combo Maldito Blues Club de La Plata, con el cantante y guitarrista Juan Ignacio Saullo, el bajista Marcos Ricco y el armoniquista Ezequiel Petroff como miembros principales, vierte con convicción su blues de raíz más moderna. Cae la lluvia es el mejor de los tres temas que grabaron. Mala leche tiene la típica estructura del blues local, pero la letra por momentos se hace un poco trivial. Su último tema es Maldito boogie que combina solos de guitarra y armónica en una excursión al núcleo de la banda. El cuarto elemento del disco es Caburoblus, los máximos exponentes del blues rosarino. Willy Echarte (guitarra), Pachi Castaño (bajo), y Pupe Barberis (batería) arman el sostén ideal para que Caburo, un vocalista de la talla de Adrián Otero, cante sus blues como solo él sabe hacerlo. La única manera tiene cierta reminiscencia al clásico I'm gonna move to the outskirts of town; 96% es el tema más funky de todo el álbum y Bye bye blues, con el notable aporte de Franco Capriatti en armónica, es una acuarela de su ciudad, la Chicago argentina.


Volumen3 – 4 Armónicas argentinas. Mauro Diana, Cabiaglia y De Vita aportaron también aquí
toda su experiencia y conocimiento para que los músicos se concentraran en lo que mejor saben hacer: tocar. El oriundo de Esquel y radicado desde hace unos años en Neuquén, Damián Duflós, abre con la poderosa Dynamite, de Slim Harpo, acompañado por la guitarra blusera del maestro Don Vilanova y con Julio Fabiani en segunda guitarra, más la sólida rítmica conformada por Mauro Diana en bajo y Gabriel Cabiaglia en batería. En I want to be loved, el notable armoniquista de los Jackpots presenta a su hija Emiliana, que con tan solo nueve años cantó el tema de Muddy Waters de una manera sorprendente, respaldada nada más y nada menos que por los Easy Babies. Para terminar, Duflós recurrió a su brother musical Rafo Grin y una composición propia en inglés, Don’t leave me, con exquisitas notas jazzeras de su armónica cromática. Desde Córdoba, César Valdomir eligió a tres de sus máximas referencias musicales para su contribución al proyecto. Acompañado por los Easy Babies o talentos como el tecladista Nico Raffetta o el guitarrista Santiago “Rulo” García, versionó a George Smith (Blues in the dark), (Sonny Boy Williamson (Eyesight to the blind) y Little Walter (Up the line). En cada tema, el músico muestra el aplomo y la magia con las que anima las noches cordobesas de blues.

Jorge Costales
Jorge Costales y su Evil Band se presenta con un extraordinario cover de St James Infirmary, cantado por Guido Venegoni (vocalista de Támesis), para luego encarar un sonido más urbano y crudo con Long distance call de Muddy Waters, cantada con mucho vigor por Mauro Diana. Costales termina su participación muy encendido con el instrumental de Rod Piazza, Harp burn. Ximena Monzón, la más joven del cuarteto de armoniquistas, eligió dos temas de Little Walter, My kind of baby y Sad hours, para mostrar su progreso con la armónica, y Bring it on home to me, de Sam Cooke, donde se concentra más que nada en el canto. El guitarrista Santiago Espósito y el bajista Mauro Bonamico, de Vieja Estación, el zurdo Federico Verteramo y Pato Raffo en batería la respaldan en sus tres apariciones. 

Los dos discos nos dejan ocho propuestas diferentes, 24 canciones y una enseñanza: que el blues no es una competencia por ver quién es más negro o más auténtico, algo que cae inexorablemente en el sectarismo, sino que puede ser un colectivo de almas, entre músicos y oyentes, destinado a preservarlo y hacerlo crecer.

domingo, 5 de abril de 2015

Ritmos y colores


El flamante disco de Robben Ford es otro claro ejemplo de su apertura estilística. Su música por lo general es catalogada como blues moderno, aunque eso es un encasillamiento que no hace honor a la verdad. Porque el blues moderno es apenas una de las formas que Ford suele interpretar. Sus canciones y sus solos tienen fluidos elementos del southern soul, del jazz y del funky, y en este álbum eso queda aún más de manifiesto con una impronta muy contemporánea. Según la reseña de Stephen Thomas Erlewine, publicada en Allmusic.com, el nombre del disco, Into the sun, sugiere “apertura y brillo”.

Por tratarse de su tercer trabajo consecutivo para el sello Provogue, podría considerarse como parte de una trilogía -los otros dos son Bringing it back home de 2013 y A day in Nashville de 2014-, pero cada uno de estos discos tiene su particularidad. El primero tuvo cierta afinidad con el sonido de Nueva Orleans. El segundo tuvo más un espíritu de prolija zapada y se grabó en apenas un día. Este, en cambio, tiene una libertad interpretativa más amplia y Ford acude a unos cuantos amigos que aportan un plus especial a las canciones.

Keb’ Mo’ y Robert Randolph se suman en Justified, un blues animado y electroacústico con un poderoso sonido de cuerdas y una exquisita combinación de voces que se complementan con un coro femenino con mucho soul. La joven cantante ZZ Ward le da un toque de R&B a la híper producida Breath of me, tal vez el tema pensado para que suene en las radios FM, aunque Ford introduce unos solos y arreglos que la dan a la canción un cariz más jazzero. En High heels and throwing things, la guitarra de Warren Haynes entrelaza unas notas muy coloridas con la de Ford, con el ondulante ritmo del hammond de Jim Cox como sostén. Sonny Landreth desliza el slide con gran maestría en So long 4 U, mientras que el texano Tyler Bryant no se achica ante su ídolo y estampa unos punteos picantes en Stone cold heaven.

El resto de los temas también fueron compuestos por Ford y se destacan la taciturna Rose of Sharon y Rainbow cover, que bien podría pasar por una composición de John Fogerty. “El álbum tiene una vibra positiva. Tiene un montón de ritmos y colores distintos, y los instrumentos los usamos de manera diferente a discos anteriores. Me pone muy contento haber logrado algo tan diverso”, dijo el músico en la entrevista del video promocional.

Seguramente en agosto tendremos la oportunidad de escuchar algunas de estas canciones en la quinta visita del guitarrista a la Argentina, un talentoso que convoca por igual a amantes del jazz, del blues y de la música en general.