martes, 14 de agosto de 2018

Triste, solitario y final


¿Qué pasó en la celda del Centro de Detención de Fairfax County, en Virginia, la noche del 14 de agosto de 1988? La versión oficial es que Roy Buchanan ató su camisa a los barrotes de la ventana y se ahorcó. En los registros policiales quedó consignado que fue ingresado a las 22:55, que a las 23:05 un guardia pasó por la celda y vio que estaba todo en orden y once minutos después, a las 23:16, cuando volvieron a verlo, ya estaba muerto. La investigación se cerró como suicidio, pero sus allegados declararon entonces que tenía unos moretones en la cabeza que pusieron en duda la causa de la muerte.

Esa noche fatal, hace hoy 30 años, comenzó con una borrachera en un bar llamado Ruby Tuesday’s, y al volver a su casa, Buchanan comenzó a discutir en un tono elevado con su mujer Judy. Ella se puso nerviosa y llamó a la policía. Buchanan arrancó el teléfono y se fue en medio de un escándalo. Poco después, dos agentes lo detuvieron mientras vagaba por la calle. Si bien faltan algunas piezas del rompecabezas y las dudas contra la policía siempre estarán -¿le habrán dado una paliza para calmarlo, lo mataron y armaron la escena del suicidio?- lo cierto es que el mejor guitarrista desconocido del mundo, tal como lo apodaron en la década del setenta, murió en una oscuro y húmedo calabozo policial.

El legado de Roy Buchanan es inconmensurable. Su estilo fue único e inigualable, era muy poco ortodoxo para las escalas y utilizaba una depurada técnica en la digitación, combinando el uso de sus dedos con la púa. Lograba sacar unos agudos muy intensos, casi hipnóticos, concertando la melancolía del blues con cierto toque country. Roy Buchanan marcó un antes y un después en la historia de la guitarra eléctrica con la Telecaster como emblema.

Su música se puede rastrear hasta la década del cincuenta, cuando integró la banda de Dale Hawkins, con quien grabó en 1958, para Chess Records, una versión de My babe, de Willie Dixon, que fue un éxito, y dos años después se sumó a la de Ronnie Hawkins, lo que sería la génesis de The Band. De hecho, Robbie Robertson reconoce a Roy Buchanan como una de sus máximas influencias.

Pese a su virtuosismo y su fuerza emotiva, su personalidad retraída chocó siempre con las pretensiones de la industria discográfica. Tal vez por eso atravesó la década del sesenta entrando y saliendo de distintas bandas -entre ellas la de Charlie Daniels- o trabajando como músico de sesión. Fue recién a comienzos de los setenta que firmó con Polydor y editó cuatro discos que son la columna vertebral de su carrera. Su firma de esos años quedó asentada en temas como The Messiah will come again, Roy’s bluz y Tribute to Elmore James. Luego tuvo un paso por Atlantic Records, con la que grabó cuatro álbumes, en los que se destacan los efervescentes covers de Down by the river (Neil Young), If six were nine (Jimi Hendrix) y Green onions (Booker T & The MG’s).

Pero su desencanto con el negocio de la música y los malos manejos de Judy, que además de su esposa también era su manager, lo llevaron a alejarse durante cuatro años de la escena a comienzos de los ochenta. Fue Bruce Iglauer, de Alligator Records, quien lo vio en vivo en Toronto y lo fichó de inmediato. Así fue como el guitarrista que había dejado boquiabierto a Eric Clapton, que le había enseñado la técnica de la Telecaster a Jeff Beck, que le hizo un desplante a John Lennon y que estuvo en la órbita de los Rolling Stones para reemplazar a Brian Jones, editó tres discos más para el poderoso sello de Chicago: When a guitar plays the blues (1985), Dancing on the edge (1986) y Hot wires (1987).

Pero los ochenta también lo acercaron a la cocaína y con el consumo excesivo de alcohol, que durante las últimas décadas había entrado y salido de su vida, se convirtieron en un cóctel explosivo. Así volvieron a aparecer todos sus demonios y su interior se volvió más tormentoso hasta llevarlo a ese triste, solitario y final.


miércoles, 8 de agosto de 2018

Patriada blusera

La Mississippi
En Salta hay un loco, de esos locos lindos, soñadores, que quiso organizar el festival de blues más grande la provincia, de todo el NOA. Y lo hizo. Tal vez el resultado desde lo económico haya sido malo para él, pero desde el punto de vista artístico logró reunir en el Teatro Provincial de la capital provincial, a bandas de la talla de La Mississippi, Memphis, Nasta Súper, Vudú y solistas como Deborah Dixon y el guitarrista estadounidense Josh Smith. El responsable de esta patriada blusera se llama Fran Molins, de apenas 29 años y saxofonista de una banda local. Aunque cueste creerlo organizó todo solo, con alguna ayuda de sus amigos y unos pocos sponsors que contribuyeron con algo de dinero.

“Fran es un soñador. Y se lanzó a concretar su sueño. Él hizo sus números y le cerraba. Pero yo le advertí: ´Hijo con tantos productores de shows que hay en la provincia ¿por qué ninguno organiza algo así? No debe ser tan fácil’”, me dijo su padre, también llamado Francisco, pero al que todos llaman Pancho, un reconocido comerciante salteño.

El festival Aires de Blues fue un monstruo de cuatro cabezas: unos 60 pasajes aéreos, alojamiento, traslados y comidas para todos los músicos. Tres fechas en el inmenso teatro con capacidad para 1500 personas, ubicado sobre la calle Zuviría, frente a la plaza 9 de Julio, la principal de la ciudad. El viernes 3 de abril se realizó la primera fecha, que contó con Memphis la Blusera como show principal y antes tocaron los jujeños de La Vilca Band, y los créditos locales Bigotones y Perro Ciego.

La Catedral Basílica de Salta
Con Gabriel Grätzer llegamos el sábado a la mañana para presentar el libro Bien al Sur-Historia del Blues en la Argentina. Viajamos en el avión junto a Josh Smith, el productor Mariano Cardozo, todos los músicos de Nasta Súper y de la banda de Deborah Dixon. Al llegar al hotel, sobre la calle Córdoba, nos cruzamos con El Ruso Beiserman y Gustavo Villegas, que estaban preparándose para regresar a Buenos Aires. Salta respiraba blues. Pero nosotros, antes de sumergirnos en el océano musical del festival, hicimos lo que toda persona que está en sus cabales tiene que hacer cuando llega a esa provincia: comer unas empanadas. Con Grätzer fuimos al Patio de la Empanada, frente a la peña de Valderrama, y pedimos un surtido de carne, queso y pollo. Cada una a 9 pesos. Ricas y baratas. Mejor imposible. Por la tarde fuimos al moderno edificio de Swiss Medical, y en el auditorio del tercer piso, presentamos el libro. No vino mucha gente, pero los que fueron se mostraron muy interesados en el libro y se dio una linda charla. Llevamos Bien al Sur bien al norte (de la Argentina).

Deborah Dixon
Tras un descanso obligado fuimos al teatro para la segunda fecha del festival. Primero se presentaron los chicos de Perro Suizo, que vinieron desde Rosario, y luego Fran Molins y Dale Mecha Brass Orquesta, en una explosión rock y funk que combinó músicos salteños con cordobeses bajo la batuta musical de Richard Nant, de la Bomba del Tiempo. Más tarde subió la reina Deborah Dixon, acompañada por Juan de la Cruz Ramos en guitarra, Patán Vidal en teclados, Mauro Ceriello en bajo y Alejandro Dixon en batería. Presentaron su proyecto Walking blues, que incluyó un repertorio con clásicos del blues, el soul y el rock como The thrill is gone, Knock on Wood y Route 66.

Rafael Nasta y Josh Smith
El cierre de esa noche estuvo a cargo de Nasta Súper, que mostró la solidez de siempre apuntalado por la precisión de la rítmica voraz que conforman Mauro Ceriello y Gabriel Cabiaglia, la frescura del hammond de Walter Galeazzi y los punteos siempre eficaces y penetrantes de Rafa Nasta. El final de su show tuvo a Josh Smith como invitado. El guitarrista californiano mostró una técnica exquisita a la hora de interpretar clásicos como Paying the cost to be the boss y Crosscat saw, y también se lució en un duelo fenomenal con Rafa Nasta en un slow blues. Smith tocó una guitarra diseñada especialmente para él, similar a una Telecaster, y utilizó una pedalera muy compleja. Si bien es un gran guitarrista, arriba del escenario no es muy expresivo, reflejo de su personalidad retraída.

Cerro San Bernardo
El domingo, con los músicos Nasta Súper y Mariano Cardozo fuimos a conocer el Museo de Alta Montaña (MAM), donde están las momias de los niños incas que fueron sacrificados, y luego hicimos un paseo en teleférico hasta el cerro San Bernardo, que tiene una imponente vista de la ciudad, y luego fuimos a un asado con el resto de las bandas en el playón de la familia Molins. Por la noche llegó la tercera y última fecha del festival que incluyó cinco shows: los locales Farlaine Rockets y Los Kuervos, con una impronta más rockera; El Viejo Truco, puro power blues de La Rioja; y el vértigo de Vudú, la tremenda banda rosarina que levantó al público y lo dejó listo para el gran cierre.

A las 23:30 se corrió el telón por última vez y La Mississippi apareció en escena con todo su arsenal blusero. Comenzaron con El dieciséis y durante una hora interpretaron muchos de sus grandes clásicos -Blues del equipaje, San Cayetano, Café Madrid, Mala transa y Un trago para ver mejor- y dos covers: Post Crucifixión (Pescado Rabioso) y No obstante lo cual (Riff). Como siempre, Ricardo Tapia volvió a demostrar que es el número uno arriba del escenario y los demás músicos, que con el paso del tiempo cada vez tocan mejor.

Fran Molins (saxo)
Aires de Blues cumplió desde lo artístico y eso es lo que siempre recordarán en Salta. Fue uno de los eventos musicales más importantes que se hicieron en la provincia, pese a que el público no acompañó masivamente. En su Facebook, Fran Molins escribió: “Intenté dar lo mejor. Hasta donde pude, con lo que pude. Larga vida al blues. Aires de Blues Salta fue un sueño que difícilmente se vuelva a repetir. Pero el agradecimiento para todos los que formaron parte será eterno. Y sin dudas, éste fin de semana quedará para siempre”. Tan mal le fue económicamente que hasta puso en venta su saxo para empezar a saldar la deuda.

Carlos “Pirimpimpin” Geniso, que había sido baterista de Avalancha, perdió una fortuna cuando trajo por primera vez a la Argentina a B.B. King en abril de 1980. Pero logró recuperarse, volvió a traerlo en la década del noventa varias veces y hoy es uno de los productores de shows más importante de Sudamérica. Cuando Fran Molins pueda recomponerse y evaluar todo lo que pasó seguramente volverá a planear el próximo festival Aires de Blues. Porque está en su esencia, porque es un soñador y porque ama la música.

jueves, 2 de agosto de 2018

Extractos de 1968

La Guerra de Vietnam, el Mayo francés, los asesinatos de Martin Luther King y Bobby Kennedy, la matanza de Tlatelolco y la Primavera de Praga fueron algunos de los acontecimientos más destacados del convulsionado 1968. En el plano musical, los Beatles lanzaron el álbum blanco; Hendrix, Electric Ladyland; y los Stones, Beggars banquet. También fue el año del extraordinario At Folsom prisión de Johnny Cash y The dock of the bay, el álbum póstumo de Otis Redding. En el terreno del blues, Chess editó el disco maldito de Muddy Waters, Electric Mud, mientras que Buddy Guy, Magic Sam y Otis Rush le daban una vuelta de tuerca al género en Chicago, y Johnny Winter comenzaba a asomar con fuerza en Texas. Fue también el año de varios debuts discográficos. A 50 años de aquellos acontecimientos recordamos algunos de esos lanzamientos de enorme trascendencia:

Jeff Beck Group - Truth. Este disco puede ser recordado por tres acontecimientos diferentes. El primero, y más obvio, es que se trató del álbum debut del guitarrista que había dejado a los Yardbirds para encarar su proyecto personal. El segundo, es que fue la antesala del éxito de Rod Stewart, quien aquí descolló con su tremendo registro vocal, que se volvería su marca registrada. Y, por último, muchos especialistas coinciden en que, a diferencia de muchos otros discos de blues-rock de la época, por la potencia de la sección rítmica y la distorsión de la guitarra, se trata del embrión del heavy metal. Además de la innovadora y psicodélica guitarra de Beck, y la voz fervorosa de Stewart la banda se completó con un futuro Stone al bajo, Ron Wood, y un ex John Mayall’s Bluesbreaker en batería, Micky Waller. En cuanto a las canciones: el álbum contó con dos viejos blues de Willie Dixon -You shook me y I ain’t superstitous- reinterpretados con mucha energía; un tema de los Yardbirds, Shapes of things, que la banda volvió a grabar; y algunas composiciones que llevan el crédito de “Jeffrey Rod”, la firma de la dupla Jeff Beck-Rod Stewart. El álbum incluye también el Beck’s bolero, grabado un año antes en lo que pretendió ser un súper grupo que no fue: Jimmy Page toca la guitarra de doce cuerdas, Nicky Hopkins se encarga del piano y Keith Moon, en los créditos mencionado como “You know who”, aporrea la batería. Fue el comienzo de una errática carrera discográfica para Jeff Beck y una repleta de éxitos para Rod Stewart.

The Band - Music from the Big Pink. The Hawks, la banda canadiense que acompañó a Ronnie Hawkins, entre 1958 y 1963, y a Bob Dylan en sus giras de 1965 y 1966, llegó a un punto de su carrera en que necesitaba dar rienda suelta a su propia voz. Y así fue como en 1967 Levon Helm, Robbie Robertson, Rick Danko, Richard Manuel y Garth Hudson se instalaron en una casa rosada de West Saugerties, en el estado de Nueva York, para interpretar algunas canciones de Dylan en el sótano y componer otras. Albert Grossman, que también era el representante de Dylan, llegó a un acuerdo con Capitol Records y la banda se lanzó a los estudios A&R en Manhattan, de la mano del productor John Simon, donde grabaron el núcleo del álbum: Tears of rage, Chest fever, We can talk, This wheel's on fire y The Weight, que se convirtió en un himno de la contracultura y una de las canciones más versionadas de la historia de la música contemporánea. Hubo una segunda sesión en Los Ángeles, en la que la banda completó el repertorio, entre los que sobresale un hermoso cover de I shall be released, de Dylan, y Long black veil en la que completaron un repertorio que se nutrió del country, el rock, el folk y hasta algo de blues. La historia cuenta que Dylan quiso cantar en alguno de los temas pero que finalmente la banda decidió que no lo hiciera para que toda la atención se concentrara en ellos. Sin embargo, Dylan aportó lo suyo: el dibujo que se usó para la portada. Music from the Big Pink es un álbum hermoso que superó el paso del tiempo.

Creedence Clearwater Revival - Creedence Clearwater Revival. La banda de los hermanos Fogerty, con John como líder indiscutido, logró absorber y reinterpretar la música de raíces con absoluta fidelidad y mucha personalidad como muy pocos otros grupos pudieron hacerlo. En apenas cinco años y con un puñado de discos editados lograron definir su sonido y componer -y recrear- docenas de temas que se convirtieron primero en hits y luego en himnos de toda una generación. El fenómeno de Creedence superó las fronteras y el tiempo, la voz y la guitarra de John Fogerty son fácilmente reconocibles hasta para los más desatentos. El primer álbum de la banda sentó las bases de lo que vendría después. Es cierto que aquí los mejores temas son los covers de I put a spell on you, Susie Q y Ninety-nine and a half (won't do), las tres interpretaciones extraordinarias, y que a la prosa compositiva de John Fogerty todavía le faltaba un poco más de desarrollo. Con todo, The working man y Porterville son excelentes composiciones, aunque con los éxitos que lanzaría en sus siguientes discos quedarían relegadas en la consideración del público. El track list se completa con Get down woman, un blues bien crudo de Fogerty; la psicodélica Gloomy; y la pantanosa Walking in the water, la única en la que comparte el crédito con su hermano Tom. Creedence se nutrió del soul, el country, el blues y el gospel para escribir su propia historia a puro ritmo y rock and roll.

Neil Young - Neil Young. El álbum debut de Neil Young, lanzado en noviembre de 1968, fue un disco de transición. Lo encontró al cantante y guitarrista canadiense librándose de Buffalo Srpingfield, aunque todavía un poco verde para llegar a la altura artística de sus siguientes creaciones: Everybody knows this is nowhere (1969) y After the gold rush (1970). Para que el cambio no fuera tan brusco, Young recurrió a Jack Nitzsche para la producción, el mismo con el que había trabajado en el disco Buffalo Springfield Again (1967). La Rolling Stone definió al álbum como “una deliciosa reanudación solista del sonido de Buffalo Sprongfield” y más tarde el sitio Allmusic.com lo calificó como “una introducción en clave baja a la carrera solista de Young”. La banda se conformó con Nitzsche al piano, Ry Cooder en guitarra, Jim Messina en bajo y George Grantham a la batería. También colaboraron el baterista Earl Palmer y, en los coros, la cantante Marry Clayton, la misma de Gimme shelter de los Stones. Las canciones fueron casi todas compuestas por Young, a excepción de String quartet from whiskey boot hill escrita por Nitzsche. El álbum tiene un tono bucólico, con mucha influencia del country weatern y el folk, siendo The loner el tema más memorable. También asoman otras buenas canciones, como The old laughing lady y The last trip to Tulsa, un anticipo creativo de lo que vendría después. En definitiva, un disco que vaticinó en cuentagotas el lado creativo de Young.

Steppenwolf - Steppenwolf. La banda canadiense liderada por el guitarrista y cantante John Kay tuvo un éxito descollante con el tema Born to be wild, que se convirtió en un emblema musical de la década del sesenta. Fue el tema principal del road-movie Easy Ryder, que protagonizaron Peter Fonda y Dennis Hooper. La canción representa la búsqueda de la libertad en medio del profundo cambio cultural que atravesaba Estados Unidos y el mundo. Born to be wild es una crónica de época, entre el amanecer del verano del amor (1967) y el ocaso del Festival de Woodstock (1969). No fue la única canción del álbum que se utilizó para el soundtrack de la película: The pusher, con su sonido psicodélico y su letra cruda que distinguía entre un delaer de marihuana que vendía “dulces suelos” y el de drogas duras, un “monstruo al que no le importa si vivís o morís” también es otro punzante relato de aquellos días. Pero, además, el disco manifiesta su raíz blusera, con una hechizante versión de Hoochie coochie man y una composición de Kay, Your wall is to high. La banda también rinde tributo a Chuck Berry con la fenomenal Berry rides again e interpreta Sookie Sookie, un tema compuesto por el genio del soul Don Covay. Steppenwolf no volvió a tener un éxito como Born to be wild, pero con esa canción dejó su huella marcada para siempre.

miércoles, 25 de julio de 2018

De la mano de Kid

Netto Rockefeller - The Latin American Mojo Style. Netto Rockefeller, uno de los mejores guitarristas de Brasil, va tras los pasos de Igor Prado y por eso llevó su swing a California para ponerse bajo las órdenes de Kid Andersen. Con el músico noruego como productor y bajista -y colaborando con los coros, teclados y guitarra acústica-, grabó un disco exquisito que refleja el sonido de Greaseland y también su amplia gama de estilos que conforman su música. El álbum comienza con la fabulosa Rockefeller girl, que tiene un groove descomunal apuntalado por el latido sincopado del contrabajo y el hammond endemoniado del multifacético Anderson. Sigue con un blues lento bien clásico, con una intro punzante de guitarra, que se entrelaza con el piano, hasta que entra en escena la voz curtida de John “Blues” Boyd. En Try me one more time, el contrabajo mete un sprint rockabilesco y Netto despliega su faceta más acelerada, mientras el experimentado Jim Pugh se entromete con su piano barrelhouse. En Only my mama and my pillow, cantada por Alamo Leal, surge una melodía agradable, por momentos casi infantil. En Nessa Estrada, el único tema en portugués, con la armónica de Uirá Cabral como sostén, Netto no parece para nada incómodo cantando en su lengua. La crocante y arrolladora voz de Whitney Shay aparece en Troubles, troubles, en la que Netto se despacha con uno de sus mejores solos. Caramelo de menta es una sorpresa: se trata de una canción de Los Pakines, grupo peruano de cumbia y rock instrumental que tuvo su época de oro a comienzos de los setenta. Para cerrar, Netto honra a dos de sus contemporáneos -Solon Fishbone y Fernando Norohna- con She’s so hard to find y Rock and roll tonight. El disco, que tiene un arte de tapa retro y festivo, y una producción fantástica, es la antesala del guitarrista de São Carlos a las grandes ligas del blues.

Whitney Shay - A woman rules the world. Whitney Shay conoció a Kid Andersen durante la grabación del disco de Netto Rockefeller y así se forjó la relación entre ambos. Andersen, que aquí también se hizo cargo de la producción y además de las guitarras, logró sacar lo mejor de la cantante oriunda de San Diego. Un tercio de soul, un cuarto de blues y otra pizca de old time rock and roll son los condimentos del álbum. “Este disco es la amalgama de los últimos ocho años en los que dediqué mi amor y mi energía durante incalculables horas a desarrollar mi arte”, escribió Whitney. Lo mejor del disco está en la souleada Love’s creeping up on you, en la que ella mantiene un dueto vocal con Igor Prado, y en la sensual Blues down home, con el contrabajo galopante de Kedar Roy y el marcado duelo entre el saxo de Sax Gordon y la armónica de Aki Kumar. En los dos temas que versiona de Little Richard, Freedom blues y Get down with it, exhibe una fuerza vocal arrolladora, como también lo hace en la oscura Check me out, que Jimmy McCracklin compuso para la olvidada Little Denise. Además de Andersen, Sax Gordon y Kedar Roy completan la banda Jim Pugh en piano y Alexander Pettersen en batería. El encuentro fortuito entre una cantante que estaba a punto de dar el gran salto y al productor más idóneo para acompañarla en ese impulso dio como resultado A woman rules the world. Según contó Whitney, fue Anderson el que la empoderó a usar el título del tema de Denise LaSalle como una declaración en tiempos de oleada feminista. El disco que destila pasión y seguramente será, como en el caso del de Netto, el que la catapulte a un público mucho más amplio.

martes, 17 de julio de 2018

Un canto a su tierra y sus costumbres


Shemeika Copeland tiene una de las voces más intensas, expresivas y deslumbrantes de la escena actual. A 20 años de su debut discográfico, acaba de lanzar un nuevo álbum: America’s child es su obra más ambiciosa, en la que profundiza el camino que comenzó a trazar con Outskirts of love (2015), el de ablandar las rígidas fronteras del blues para expandirse al country, el rock y el soul, abrazando el estilo denominado americana, para cantarle a su tierra y sus costumbres.

America’s child es su sexto disco para el sello Alligator (el octavo de su carrera) y está cargado de energía, hermosas melodías y una producción sobresaliente a cargo de Will Kimbrough, quien también se encarga de las guitarras y teclados. El resto de la banda la completan el bajista Lex Price y el baterista Pete Abbott, y ocasionalmente se suma Al Perkins en pedal steel guitar. Y para darle el marco ideal a las canciones, el álbum fue grabado en Nashville, la capital de la música.

El disco cuenta con grandes invitados como el legendario John Prine, que suma su canto profundo en la poderosa Great rain. La dulce voz de Emmylou Harris contribuye en los coros de Americans y Ain’t got time for hate, mientras que la excepcional Rhiannon Giddens toca el banjo en la bucólica Smoked ham and peaches. La otra aparición estelar es la de Steve Cropper, el afamado guitarrista de Booker T & The MGs’, los Blues Brothers y la crema del soul de Memphis, quien aporta su experiencia y feeling -y un solo memorable- en la balada blusera Promised myself, que escribió el padre de Shemeika, el gran Johnny Copeland.

In the blood of the blues tiene la fuerza de un tornado y la voz de Shemeika arrasa con todo a su paso, sostenida por el coro y la guitarra filosa de Kimbrough. One I love tiene también un ritmo estremecedor y una melodía absorbente, mientras J.D. Wilkes se encarga de rellenar los espacios intermedios con su armónica diligente. Y ya cuando la evidencia de que America’s child es un disco extraordinario es más que suficiente, Shemeika se despacha con una imponente reversión blusera de I'm not like everybody else, el clásico de los Kinks de 1966. El álbum cierra con canción tradicional de cuna, minimalista y acústica, en la que se siente como si Shemeika te arropara y te diera el beso de las buenas noches.

Según Kimbrough, “Shemekia Copeland es la más auténtica. America’s Child va hacia lo más profundo y su voz -un tesoro nacional- lleva las canciones sin esfuerzo, más allá de que el tópico sea personal, espiritual, político o simplemente diversión estridente. Shemekia abre la boca y lo que sale es pura humanidad”.

America’s child no es un disco de blues. Es un álbum que cataliza un amplio espectro de estilos tradicionales, entre ellos el blues, y los relanza a la manera vocal de Shemeika, que con apenas 39 años ya ocupa un lugar entre las grandes vocalistas de la rica historia de la música norteamericana.

sábado, 7 de julio de 2018

Blues contra el desánimo


Blues en Movimiento es mucho más que una consigna o una organización. Es una forma de sentir y vivir el blues con mucha intensidad. Hace años que viene peleando con las armas que tiene a mano -sangre, pasión y paciencia- en una escena local difícil y en medio de una coyuntura cada vez más dura. Con todo, este colectivo blusero se las rebusca muy bien para salir adelante con las jams, los shows y ahora también con los festivales.

El viernes por la noche se llevó a cabo la primera fecha del Festival de Invierno de Blues en Movimiento y la coqueta sala de Lucille, sobre la calle Gorriti, en Palermo, se llenó de gente que fue a escuchar una exquisita y variada propuesta musical.

La velada comenzó con los Blues & Trouble, una banda que lleva unos cuantos años tocando blues, aunque con algunos cambios en su formación. De la mano del guitarrista Guillermo Fernández y el bajista Fabián Yajid, el grupo interpretó poco más de media docena de temas con el foco puesto, principalmente, en el sonido moderno de Texas. Comenzaron con Jungle, de Anson Funderburgh y Sam Myers, y luego siguieron con el clásico Rocket in my pocket; If you love me like you say, de Albert Collins; Why are the people like that; y I like it like that y Sugar coated love inspiradas en las versiones de Jimmie Vaughan y los Fabulous Thunbderbirds, en los que sobresalieron los solos del guitarrista Martín Munoa. El grupo, que lo completan la vocalista Noelia Ibarra y el baterista Fernando Vázquez, cerró su presentación a puro soul con To know you is to love you, de Stevie Wonder.

El segundo acto estuvo a cargo de Nacidos Bajo un Mal Signo, la banda de zona oeste que interpreta clásicos del blues con la mayor fidelidad posible y una marcada influencia del estilo de Memphis. Con una nutrida formación de ocho músicos, entre ellos los tres que se encargan de los caños, desplegaron un repertorio muy ameno con un sonido cuidado y mucha energía. Jorge Torroella sobresalió con sus solos y Rafael Purriños se comió el escenario con mucha personalidad y un gran registro vocal. La banda, que se sostiene por el buen pulso de Ariel Figueroa en bajo y Julián Ferela en batería, interpretó temas de Albert King, Otis Rush, Guitar Slim y B.B. King. Se notó que los Nacidos disfrutaron la oportunidad de tocar en Palermo y lograron una buena sinergia el público.

Nasta Babies o Easy Super

El cierre de la noche fue muy especial. Dos de las principales bandas contemporáneas de blues en español se fusionaron por primera y única vez. A la formación de Mauro Diana y Roberto Porzio le faltó el baterista Homero Tolosa -está en Rusia- y junto a Federico Verteramo se sumaron a Nasta Súper, que no tuvo entre sus filas al bajista Mauro Ceriello. Así, con tres guitarras, más los teclados de Walter Galeazzi, la prestancia de Gabriel Cabiaglia en batería y el bajo firme de los Easy Babies dieron un show muy ameno en el que Rafa Nasta y Mauro Diana alternaron en canto. Abrieron con Ironic twist y después alternaron temas de ambos. Los Easy Babies impusieron sus clásicos Que comentario te llegó, Conseguite otra mujer, Todo lo que tengo y Estamos haciendo las cosas bien, mientras que Nasta, que tocó una Gibson Les Paul para contrastar con la Strato de Verteramo y la can guitar de Porzio, pasó al frente con Nada me importa, Enemigo mío y Todo el día me pregunto, de Manal. Los guitarristas y Galeazzi se repartieron los solos equitativamente y la gente acompañó en coros en los temas de Easy Babies, como ya es habitual.

La noche del viernes ofreció un triple play de buen blues en un gran lugar y con mucho público, pese a que afuera la lluvia y el frío potenciaban el desánimo de vivir en esta Argentina desigual.

martes, 3 de julio de 2018

A los 71

Wilko Johnson - Blow your mind. La vida le dio una segunda oportunidad a Wilko Johnson y el ex guitarrista de Dr. Feelgood la está aprovechando. Tras superar un cáncer de páncreas se embarcó en la grabación del excelente álbum Going back home, junto a Roger Daltrey, y ahora, cuatro años después vuelve al ruedo con Blow your mind. La guitarra frenética de Wilko es el hilo conductor de este disco que se mece entre el rock and roll, el rockabilly, un blues enérgico y cierta nostalgia setentosa. Las doce canciones fueron escritas por él y algunas -como Marijuana y Take it easy- dan cuenta de todo lo que tuvo que pasar para dejar atrás a la enfermedad que lo tuvo que acariciando la muerte. La banda que lo acompaña es la misma de Going back home, pero sin Daltrey: Norman Watt Roy al bajo y Dylan Howe a la batería llevan adelante una candente sección rítmica, que potencia el sonido crudo y visceral del guitarrista. Steve Weston suma su armónica en algunos temas, como en el blues reflexivo Low down, donde también se destaca el aporte del tecladista Mick Talbot. El disco está cargado de vitalidad. La música muestra una vez más su poder de sanación. A punto de cumplir 71 años, Wilko Johnson suena tan fresco como en aquellos convulsionados años cuando Dr. Feelgood reinaba en Inglaterra.

Ry Cooder - Prodigal son. El consejo de su hijo Joachim fue el siguiente: “No te pongas muy pesado. Nadie quiere escuchar más canciones sobre política. Deja que descansen un poco”. Así fue como Ry Cooder dejó atrás las canciones de protesta de Election Special, su álbum de 2012, para volver a trabajar sobre un concepto musical que ya había explorado a comienzos de los setenta: reconvertir con su voz viejos temas gospel, folk y blues. Aquí, Ry Cooder toca guitarra, banjo, mandolina, bajo y teclados, mientras que su hijo se encarga de la percusión. De los once tracks que tiene el disco, tres son nuevas composiciones y el resto covers, entre ellos, Everybody ought to treat a stranger right y Nobody's fault but mine, ambas del legendario Blind Willie Johnson; Harbor of love, de Carter Stanley; I'll be rested when the roll is called, de Blind Roosevelt Graves. Prodigal son evoca sus años de juventud, la música que le marcó el camino. Pero ya no tiene más veintipico, ahora tiene 71 años, la voz curtida y una trayectoria impresionante sobre sus espaldas. Y, además, aborda su pasado musical junto a su hijo, quien también coproduce el álbum. Con este disco, Ry Cooder ratifica que es uno de los máximos guardianes de la tradición musical norteamericana. Y ese es un título honorifico que pesa.

martes, 26 de junio de 2018

La historia de Baby Huey


No llegó a cumplir 27 años, la edad de la tragedia en el rock. El mundo todavía estaba en shock por las muertes de Jimi Hendrix (18 de septiembre) y Janis Joplin (4 de octubre) cuando Baby Huey falleció el 28 de octubre de 1970. Claro que, en comparación con los otros dos artistas, Baby Huey no tenía trascendencia a nivel nacional e internacional y su zona de influencia se limitaba a Chicago y alrededores. Al igual que Janis, había terminado de grabar un disco. Pearl, el álbum póstumo de la cantante, se convirtió en un gran éxito, principalmente por el tema Me and Bobby McGhee. En cambio, The Baby Huey Story: The Living Legend no fue un gran suceso comercial, pero sí un testamento musical formidable.

James Ramey había nacido en Richmond, Indiana, el 17 de agosto de 1944. De niño sufrió un problema glandular que lo obligó a convivir por el resto de su vida con un sobrepeso brutal. A los 15 años, ya pesaba 130 kilos y con el tiempo la balanza llegó a marcar 180. Ese cuerpo extremadamente voluminoso, que sobresalía en cualquier ámbito, contrastaba con la dulzura y naturalidad de su voz.

La carrera de Ramey comenzó en el amanecer de la década del sesenta en un grupo de rock and roll y R&B que se llamaba The Vets, que solía tocar en el área de Richmond. Su voz y su performance arriba del escenario pronto generaron una grieta entre los miembros de la banda que no vieron con buenos ojos su creciente protagonismo. Fue así como, junto al tecladista Melvyn “Deacon” Jones -sí, el mismo que tocó con John Lee Hooker, Freddie King y Pappo- decidieron armar su propio proyecto. Así nació Baby Huey & The Babysitters. El apodo surgió por un dibujito animado de Paramount Pictures muy popular desde la década del cincuenta, cuyo protagonista era un pato grandulón que siempre estaba vestido como un bebé.

El debut de la banda ante un público numeroso ocurrió el verano de 1963 durante un festival al aire libre en Dayton, Ohio. La gente quedó encantada con el carisma y la voz de Baby Huey pero también se llevó un gran susto cuando se desplomó sobre el escenario. Su cuerpo, inmanejable, comenzaba a pasarle factura. En los meses siguientes, Baby Huey y Jones viajaron a Detroit para una audición en el popular sello Motown, pero fueron rechazados. El grupo sufrió algunos cambios y debió rearmarse. El siguiente paso fue Chicago. Allí, donde predominaban el blues y el jazz, la banda comenzó a rearmarse con un marcado sonido de R&B y rock and roll.

En 1965, Baby Huey grabó dos singles para el pequeño sello St. Lawrence Records. El primero fue Monkey man-Beg me y el segundo Messin’ with the kid-Just being careful. Por ese entonces, también se consolidó como artista destacado del Thumbs Up, un pequeño bar ubicado al norte de la ciudad. Ya en 1968, la banda era un éxito en Chicago y, gracias a dos cazatalentos que los vieron en vivo, se fueron a tocar primero a Nueva York y luego a Las Vegas. Influenciado por el sonido de Sly & The Family Stone y una creciente psicodelia, Ramey le dio un nuevo giro al sonido de la banda y así llegaron a manos de Donny Hathaway, de Curtom Records, la compañía discográfica de Curtis Mayfield.

En paralelo a su crecimiento como músico profesional, Baby Huey comenzó a abusar de las drogas duras, que para nada ayudaron a su ya deteriorada salud. En 1970, pese a cierta resistencia de Mayfield por el estado físico y anímico del cantante, firmaron contrato para grabar el primer disco. El repertorio incluyó tres canciones que compuso Mayfield -Running, Hard times y Mighty, mighty-, covers de A change is gonna come y California dreamin’ (instrumental), dos composiciones de Ramey -Mama get yourself together y One dragon, two dragon- y Listen to me, una extraordinaria fusión de psicodelia y soul.

El disco fue editado en febrero de 1971, pero él nunca llegó a verlo en las bateas. Tres meses antes murió de sobredosis en un hotel de Chicago. The Baby Huey Story: The Living Legend no vendió lo esperado pero su música e influencia sobrevivieron a su tiempo y se convirtió en un disco de culto del soul y entre la incipiente movida del hip hop que aparecería luego. Deacon Jones siguió su carrera más ligado al blues, con varias giras por la Argentina y los Babysitters sumaron a una joven Chaka Khan para reemplazar al difunto Ramey.

Apenas un disco de ocho canciones y otros cuatro temas anteriores conforman el legado musical de este gran vocalista, que no llegó a ocupar el lugar de Otis Redding, como se esperaba, pero que sentó las bases de lo que vendría después en la música negra.


lunes, 18 de junio de 2018

Más vivo que nunca


Buddy Guy es el músico de blues vivo que mayor atención acapara en el mundo. Su nombre es sinónimo de éxito y cada nuevo disco que edita es un verdadero acontecimiento porque, sin dudas, es el elegido de la industria para llevar al blues clásico a un nivel más comercial.

Buddy Guy atravesó tres grandes períodos. El primero -de 1958 a 1968- se caracterizó por el sonido más puro del West Side de Chicago y su participación como sideman de leyendas como Muddy Waters, Memphis Slim, Willie Dixon y Howlin’ Wolf. La segunda etapa, entre 1969 y 1989, podría considerarse de transición. Durante ese lapso consolidó su relación musical con Junior Wells y, en paralelo, comenzó a forjar un sonido más agresivo para satisfacer a la audiencia blanca que veía en él a otro Jimi Hendrix pero con un feeling más blusero. Y el tercer período, que comenzó en 1990 y se extiende hasta hoy, es el del Buddy Guy más mainstream, la leyenda viva, el que se codea con las grandes estrellas de rock y es reconocido en todo el mundo, desde la muerte de B.B. King, como el Rey del Blues.

Este Buddy Guy nació con Damn right, I've got the blues, un álbum emblemático de la década del noventa y del blues moderno en general. Desde entonces, editó diez discos de estudio, algunos con distintos matices estilísticos, pero todos con una gran producción. Algunos resultaron más auténticos y otros cayeron en el flagelo de la sobreproducción -como Born to play guitar y Rhythm & Blues-, pero en ningún momento dejó de ser Buddy Guy. Ahora, con The blues is alive and well, parece querer ensamblar sus tres períodos en un solo disco: un sonido más clásico, una guitarra bien furiosa y una notable producción que tuvo el desafío de no pecar en exceso.

La portada dice bastante: Buddy Guy está apoyado sobre su guitarra junto al cartel de Lettsworth, Louisiana, el pueblo en el que nació hace casi 82 años. Ese es un indicio que el viejo guitarrista quiere volver a las fuentes. Y por momentos lo hace, especialmente con la demoledora versión de Nine below zero: blues de Chicago en su máxima expresión, punteos viscerales y una voz envolvente que no deja ni un cabo suelto. También lo logra con Somebody up there, un blues bien arrastrado en el que alcanza un registro vocal insuperable.

Sobresale un sonido más contemporáneo en el track inicial, A few good years, en la poderosa Guilty as charge y en el tema que da nombre al disco. Luego aparecen los temas que buscan sonar en todas las radios, principalmente los duetos. Se mide mano a mano con dos leyendas del rock inglés como Keith Richards y Jeff Beck en Cognac, una oda frenética a la guitarra eléctrica. Mick Jagger hace su aparición estelar con su armónica en You did the crime, un blues cansino de parentesco cercano a Five long years. Y por último el cantante indie británico James Bay se suma con su voz melancólica en Blue no more. El toque sobrecargado de Tom Hambridge, quien lo produce desde hace diez años, se percibe en When my day comes, por sus arreglos extremadamente prolijos, y en Whiskey for sale, un funky ochentoso que derrocha mucho chirimbolo electrónico.

La banda es más o menos la misma de los últimos discos: Hambridge en batería, Willie Weeks en bajo, Rob McNelley en guitarra y Kevin McKendree en teclados, con los ocasionales aportes de Emil Justian en armónica y una sección de vientos liderada por Charles Rose.

The blues is alive and well es una nueva muestra de que Buddy Guy todo lo puede: girar alrededor del mundo, atender su propio bar en Chicago (Legends), y editar un disco que haga honor a su historia, sin descuidar su presente y apostando fuerte al futuro del blues. De la cuna al más allá... siempre con el blues como estandarte. Ese es Buddy Guy.


domingo, 10 de junio de 2018

Del Delta a los cueros


Es notable cuando un músico se reconvierte por pura convicción artística. Este es el caso de Goyo Echegoyen, quien hasta hace unos años se destacó como uno de los intérpretes de country blues más crudo de la escena local. Una serie de golpes en la vida lo forzaron a un largo retiro y ahora volvió transformado, pero con el mismo espíritu: se puso los cueros, enchufó la resonadora, se rodeó de grandes músicos y grabó sus propias canciones.

Goyo Delta Blues es historia, al menos por ahora. Goyo Echegoyen es el presente y Vive es su obra más elaborada. En sus discos anteriores, más allá de alguna composición propia, sobresalían covers de Son House y Robert Johnson. Aquí son todos temas que llevan su rúbrica y con letras en español. En la mitad de las canciones lo acompañan Daniel Chusit en bajo y Pato Raffo en batería. Y en la otra mitad la rítmica está a cargo de Mariano D’Andrea y Juanito Moro.

Vive comienza con Yace la verdad, ya sé la verdad, un tema inspirado en el sonido clásico de Howlin’ Wolf con Goyo cantando desde las entrañas y Leo Garay, violero que colaboró con La Renga, se presenta con un solo demoledor. Luna de invierno tiene una melodía compradora y un punteo memorable del maestro Daniel Raffo. Cuando ladra el perro es otra interpretación visceral, con mucho slide y distorsión de su exquisita resonadora en la línea de lo que suele grabar Eric Sardinas. Abeja reina, en cambio, es una balada que podría considerarse como el Juntos a la par de Goyo, con un gran trabajo en guitarra de Fer Couto y el acompañamiento en coros de su sobrina Valentina Echegoyen.

El barco se hunde es como si Andrés Calamaro se juntara a componer con George Thorogood: una buena melodía y mucho houserocking. Vive, que le da nombre al disco, es el tema más ambicioso. Comienza con una sofisticada introducción de guitarra y deriva en una interpretación con mucho clima que se extiende por siete intensos minutos. Potro salvaje, con León Medina en bajo, es otra gran composición, con cierto feeling instrumental del Hill country blues, y una letra con tintes místicos. Perro rabioso es un boogie descarnado en el que Pato Raffo convierte la batería en un tren a toda marcha. Llueve en Buenos Aires muestra el costado más urbano de Goyo, al tiempo que Esteban Chavez se suma con un discreto solo de guitarra.

En ¿Quién enciende al dragón? vuelve sobre el sonido de Howlin’ Wolf y una letra que queda a libre interpretación del oyente: “Ya comienza la función, hagan fila, la gente se acomoda y embotella su ilusión”. La melodía de Olivia destila buena onda mientras Goyo se anima a combinar su guitarra con su armónica. El disco termina con Rufina, una interpretación acústica e instrumental en la que se perciben rastros de la gloriosa Albatross de Fleetwood Mac.

Goyo se tomó su tiempo para volver al ruedo. Y lo hizo de la mejor manera: con un álbum auténtico en el que combina su experiencia como interprete con la frescura de sus nuevas canciones.


jueves, 31 de mayo de 2018

El punto de inflexión


Hay discos que se revalorizan con el paso del tiempo. Que muestran que la apuesta de grabarlo por parte del artista valió la pena pese a ir en contra de las exigencias comerciales. Por eso se convierten en álbumes atemporales, en registros sonoros del ADN del músico. Hace diez años, el guitarrista y cantante José Luis Pardo juntó a un grupo de amigos, todos músicos de primer nivel, para grabar el disco que marcó un punto de inflexión en su vida: su despedida de Buenos Aires y el comienzo de una nueva etapa en Madrid. El repertorio que eligió fue la base de todo el blues que adquirió en los años previos.

Country & City blues es una obra fundamental que nunca debería dejar de escucharse. Como bien resume el título, el disco tiene su lado acústico en el que a Pardo lo acompañan Juan Codazzi en guitarra, Mariano Llopis en contrabajo, Machi Romanelli en piano y, eventualmente, Gustavo Lazo en armónica. En Stones in my passway, de Robert Johnson, y Fishin’ blues, de Henry Thomas, se da un mano a mano de guitarras entre Pardo y Codazzi, y en el primero sobresale una excepcional interpretación de slide. La banda se incorpora en el resto de los temas: Come on in my kitchen, I can’t be satisfied, Walking blues, You can love yourself y Miss Celie’s blues (Sister), una joya de Quincy Jones y Lionel Ritchie que Pardo rescató de la película El Color Púrpura, de Steven Spilberg. En estos temas Pardo logra captar la esencia del blues más puro del Mississippi y lo transmite con mucho sentimiento.

Para la parte eléctrica y más urbana del disco, el guitarrista recurrió a los Mojo Workers, la banda con la que estuvo trabajando antes de partir a España: Romanelli en teclados, Martín “Chipi” Cipolla en bajo y Gonzalo “Mono” Martino en batería. Aquí, Pardo pasa de la crudeza del Robert Nighthawk Stomp a una conmovedora versión de Hard times, de Ray Charles, con el saxo mágico de Giuseppe Puopolo dibujando unas notas coloridas; del shuffle endemoniado de One of these mornings al toque inconfundible de Albert King en I got the blues; Del soul de Memphis de Love and happiness al sonido clásico de Chicago de Got my mojo working. Y de una versión rabiosamente funky de Never make your move to son al blues de Texas de Don’t lose your cool.

En cada uno de los temas, Pardo muestra su exquisita técnica tanto con la acústica como con la eléctrica, su versatilidad a la hora de abordar distintos estilos de un género amplio y dinámico como el blues, y su gran registro vocal.

El disco se grabó en dos agotadoras sesiones en Rec Studio de Buenos Aires los días 3 y 8 de mayo de 2008 y se terminó de mezclar en Madrid en agosto de ese año. Desde que el álbum vio la luz, la carrera de Pardo fue siempre en ascenso, editó media docena de discos más, fundó la Escuela de Blues de Madrid y giró por todo el mundo al frente de su banda o acompañando a músicos consagrados como Kenny “Blues Boss” Wayne, Willie Back, Bob Margolin y Jimmy Burns, entre otros. Por eso, Country & City blues no sólo resumió el pasado de este gran guitarrista, sino que también lo proyectó a las grandes ligas del blues internacional.


lunes, 21 de mayo de 2018

Cinco momentos decisivos del blues de pre-guerra

1 - El encuentro

En algún momento de 1903, W.C. Handy estaba esperando el tren en la estación del pequeño poblado de Tutwiler, Mississippi, cuando escuchó a un vagabundo que cantaba “Goin’ where the southern cross the dog”, en referencia al ferrocarril del Delta conocido popularmente como 'Dog' o ‘Yellow dog’, mientras deslizaba un cuchillo sobre las cuerdas de su rústica guitarra. El sonido de ese hombre negro cautivó a Handy, quien se inspiró en ese encuentro para componer, tiempo después, su clásico Yellow dog blues y otros temas icónicos que lo convertirían en el “Padre del Blues”. En su autobiografía, Handy hace un relato detallado de ese momento, pero no brinda la identidad del músico ni precisa la fecha en que ocurrió ese encuentro. Según el investigador Jim O’Neal, el negro “flaco y ágil” que describe Handy podría ser Henry Sloan, quien es considerado el verdadero pionero del blues y maestro de Charley Patton. Otros historiadores como David Evans y Ted Gioia no descartan que está hipótesis sea correcta.

2 - La primera grabación

El primer blues que se grabó en la historia no surgió del rasgueo crudo de un guitarrista del Mississippi, sino de una cantante negra oriunda de Cincinnati, Ohio. En 1916, el diario afroamericano The Chicago Defender anticipó que los “race records” iban a tener buenas ventas debido a la cantidad de negros que estaban comprando fonógrafos. El 10 de agosto de 1920, la cantante de vaudeville Mamie Smith entró a los estudios de Okeh Records en Nueva York y grabó junto a los Jazz Hounds, bajo la supervisión del ingeniero de sonido Ralph Peer, el tema de Perry Bradford, Crazy blues. El disco de 78 rpm, que en su lado B llevaba el tema It’s right here for you, fue editado en noviembre de ese año y en los primeros seis meses vendió alrededor de un millón de copias, según los registros de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos. Mamie Smith se convirtió en una verdadera estrella y siguió activa durante toda la década aunque paulatinamente fue perdiendo terreno ante otras cantantes como Ma Rainey y Bessie Smith. A comienzos de la década del cuarenta tuvo un paso por el cine, pero el 16 de agosto de 1946 murió. Como un cruel giro del destino lo hizo sumida en la pobreza y el olvido.

3 - Las legendarias sesiones de Grafton

Uno de los músicos más emblemáticos del Delta del Mississippi, Son House, había pasado un par de años en la prisión de Parchman por matar a un hombre y cuando salió en libertad, a fines de 1929, un tribunal de Clarksdale, lo obligó a marcharse de la ciudad. Son House se fue a Lula, un pequeño poblado en el condado de Cahoma, entre las míticas rutas 49 y 61, donde conoció a Charley Patton. Ese encuentro fortuito lo llevó a dedicarse de lleno a la música y a grabar por primera vez. Por entonces, Patton era una figura importante del blues del Delta y cuando desde la discográfica Paramount le pidieron que recomendara a algún músico para grabar señaló a su nuevo amigo. Fue así como ambos bluesmen, junto con el legendario Willlie Brown y la pianista Louise Johnson, con quien Patton mantenía un affaire, viajaron más de mil kilómetros hacia el norte hasta Grafton, Wisconsin, donde estaba la fábrica de Paramount. El 28 de mayo de 1930, Son House grabó versiones extensas de Preachin’ the blues, My black mama y Dry spell blues, que la discográfica tuvo que editar en dos partes cada una. Willie Brown registró sus únicas dos canciones como solista, Future blues y M&O blues, Patton sumó más temas a sus registros (que habían comenzado un año antes) como Some summer day y Bird nest ground, y Louise Johnson dejó su sello en cuatro únicas canciones. Debido al crack financiero del año anterior y a los problemas que atravesaba Paramount, las ventas de esos discos de 78rpm fueron un fracaso comercial en su momento, pero con el tiempo se convirtieron en una de las obras más significativas del blues del Delta de preguerra.

4 - Las 29 melodías

Robert Johnson es el protagonista de la leyenda más famosa de la historia del blues, la del pacto con el Diablo en una encrucijada de caminos. Pero ese es un hecho incomprobable, un cuento fantástico que alimentó el mito del bluesman más famoso de la era de pre-guerra. Lo que sí es un hecho corroborado e irrefutable es que Johnson participó de dos sesiones de grabación. La primera se llevó a cabo los días 23, 26 y 27 de noviembre de 1936 en el Hotel Gunter de la ciudad de San Antonio. Allí, bajo la supervisión del productor inglés Don Law, grabó algunas de sus piezas más famosas: Sweet home Chicago, Dust my broom, Ramblin’ on my mind y Come on in my kitchen para la American Record Corporation. Meses después, el 19 y 20 de junio de 1937, Johnson volvió a Texas y en un edificio de almacenes ubicado en el 508 Park Avenue, en la ciudad de Dallas, grabó otros temas como Stones in my passway y Malted milk, y así completó las 29 melodías que se volvieron piezas fundamentales del cancionero tradicional del blues. Un año más tarde, el 16 de agosto de 1938, Johnson murió en circunstancias confusas en Greenwood, Mississippi.

5 - Guitarra eléctrica

No es fácil determinar quién fue el primero en grabar con guitarra eléctrica en la historia de la música contemporánea. Lo que sí está claro es que la electrificación tuvo como objeto principal que los músicos y bandas pudieran tocar ante una mayor cantidad de público. Según varios registros históricos, el primero en hacerlo fue el guitarrista de jazz Eddie Durham en 1935, durante unas sesiones para el sello Decca. La prueba de ello es el tema Hittin’ the bottle. Durham, que había creado su propio amplificador, fue el mentor de otros dos grandes guitarristas que se lucieron en aquellos años como guitarristas eléctricos: Charlie Christian (en la orquesta de Benny Goodman) y Floyd Smith. En el terreno del blues suele mencionarse a T-Bone Walker y Muddy Waters como los pioneros de la utilización de la guitarra eléctrica, uno en la Costa Oeste y el otro en Chicago. Pero ambos empezaron a hacerlo recién en la década del cuarenta. Todo indica que el primer solo de blues con una eléctrica lo registró ¡un músico blanco! George Barnes, quien con el tiempo se volvería un reconocido músico de jazz, hizo historia con apenas 16 años como guitarrista de Big Bill Broonzy en el tema It’s a low down dirty shame, grabado el 1º de marzo de 1938, en Chicago. De esa mítica sesión participaron el pianista Joshua Altheimer y probablemente el saxofonista Bill Osborn y el contrabajista Oliver Hudson. Y fue como se enchufó el blues.

martes, 15 de mayo de 2018

Dinastías

Lurrie Bell & The Bell Dynasty - Tribute To Carey Bell - En 1977, Delmark Records grabó por primera a Lurrie Bell acompañando a la banda de su padre en el disco Heartaches and pain. Trece años más tarde, el sello inglés JSP registró una sesión bien cruda en la que el legendario Carey Bell se mostraba no sólo junto a Lurrie, como en otros discos de Delmark, sino también acompañado por sus otros hijos. El álbum, llamado Dinasty, ponía de relieve un legado musical inalterable y un sonido 100% blues de Chicago. Ahora, Delmark cierra el círculo y reúne a los hijos del armoniquista para honrar la memoria de su padre. Tribute to Carey Bell no tiene grandes sorpresas ni busca innovar. Se trata de un disco intenso y apasionado en el que Lurrie Bell se erige como líder indiscutido del clan, con su voz rasposa y voraz y unos solos de guitarra lacerantes. Sus hermanos Tyson en bajo, James en batería y Steve en armónica lo siguen a puro ritmo y con mucha convicción. La banda se refuerza con Eddie Taylor Jr. en guitarra rítmica y el tecladista Sumito Ariyoshi. El disco cuenta con dos grandes invitados en armónica, dos maestros que están a la altura de la historia de Carey Bell: Billy Branch, un viejo compañero de ruta de Lurrie, y Charlie Musselwhite, un veterano de mil batallas bluseras. El repertorio incluye mayoría de temas que solía interpretar Carey Bell, algunos junto a Lurrie, y unas pocas nuevas composiciones como Carey Bell was a friend of mine. Las doce canciones resumen la tradición familiar, el espíritu del blues de Chicago y una apuesta al futuro manteniendo la esencia y el mensaje que su padre les legó.

Mud Morganfield - They call me Mud. El hijo de Muddy Waters sigue su carrera ascendente en el mundo del blues. Su nuevo álbum -editado por Severn Records- tiene un sonido más moderno que los anteriores con el que Mud parece querer desprenderse un poco del influjo de su padre. Si bien en líneas generales mantiene el sonido de Chicago, por momentos se anima a coquetear con otros estilos. La banda que lo acompaña está integrada por músicos con mucho prestigio como Billy Flyn (guitarra), Studebaker John (armónica), E.G McDanields (bajo) y Melvin “Pookie Stix” Carlisle (batería). Como en el disco de los Bell, aquí también toca el tecladista Sumito Ariyoshi y colabora el gran Billy Branch, que vuela con su armónica en Mud’s Groove. Además, hace su debut la hija de Mud -y nieta de Muddy, claro- Lashunda Williams, quien canta a dúo con su padre Who loves you. “Creo que es el mejor disco que grabé. Siento que con la variedad de material la gente va a conocer otro lado de mi música: soul, R&B, jazz y, por supuesto, blues”, dijo Mud en una entrevista a Blues Magazine. Otra de las novedades que tiene el álbum es que Mud toca el bajo en tres temas. El cambio estilístico es importante, pero no es total. La herencia de su padre también está presente, en temas con la impronta del south side de Chicago como Howling Wolf, con el slide punsante de Flynn y Can’t get no grindin’, donde sobresale el piano barrelhouse de Sumito. Mud Morganfield demuestra con este disco que, pese a su edad, 64 años, es un artista en constante crecimiento, que todavía tiene mucho más para dar y despeja las acusaciones de aquellos que dicen que es un mero imitador de su padre.

sábado, 5 de mayo de 2018

El sonido de la vieja escuela

Como Dr. Jekyll y Mr. Hyde, Big Jon Atkinson tiene dos caras. Por un lado, es un tipo conflictivo que tuvo muchos problemas con la ley. Por el otro, es uno de los músicos de la nueva generación que mejor entiende la vieja de la escuela del blues. Desde su casa de Hayward, California, donde montó su estudio Bigtone, contribuye a que ese sonido análogo se mantenga vivo. En los últimos meses, se grabaron allí dos discos exquisitos que no deberíamos pasar por alto.

Kid Ramos - Old school. El ex guitarrista de los Fabulous Thunderbirds acaba de lanzar un nuevo álbum después de 17 años, período en el que, mientras estuvo bien de salud, siguió tocando en bares y festivales. Venció al cáncer y crió dos hijos, uno de ellos acaba de cumplir 17 años y participó en el disco. El álbum, que fue grabado en vivo en dos días con microfónos vintage y supervisado por Atkinson, tiene un repertorio que incluye temas propios, otros escritos por Ramos junto a Johnny Tucker y algunos covers. La banda que lo acompaña está conformada por Bob Welsh en teclados, Danny Michel en guitarra, Kedar Roy en bajo y Marty Dodson en batería. Johnny Ramos, de 17 años, canta con mucha soltura, pero con una voz que todavía no terminó de desarrollarse, All your love de Magic Sam y Anna de Arthur Alexander. Tucker le pone la voz a otros cuatro temas y Kim Wilson aporta la suya en la fabulosa High society de T-Bone Walker. Atkinson también canta en Weight on my shoulders y hasta Kid Ramos se anima en Mona Lisa. Pero lo que más se destaca en cada uno de los temas es la creatividad de Ramos con los solos. Sutil y apasionado. Versátil y majestuoso, es un verdadero as de las seis cuerdas tanto cuando encara un blues profundo como I can’t wait baby o cuando se deja llevar por la improvisación del jazz en Wes side, de Wes Montgomery.

Johnny Tucker - Seven day blues. Johnny Tucker se instaló en Los Ángeles en 1964 y desde entonces desarrolló una importante carrera musica en ese área de influencia, como baterista, cantante y compositor, aunque sin mucho reconocimiento más que el de sus pares. Tocó con Phillip Walker, Floyd Dixon, Johnny Otis, James Thomas, Johnny Copeland y Robert Cray hasta que, en 2006, decidió largar su carrera solista con la edición del disco Why you lookin’ at me? Ahora, doce años después, acaba de sacar su segundo álbum, que grabó en Bigtone y acompañado por músicos que son del círculo de Big Jon Atkinson. El voluminoso guitarrista integra la banda que completan Scott Smart en bajo, Troy Sandow en armónica y bajo, y Malachi Johnson y Marty Dodson alternan en batería. Kid Ramos hace una aparición estelar en Tell you all, Bob Corritore suma su armónica en cinco de las 15 canciones y Bob Welch aporta su calidad desde los teclados en Love and appreciation (To Georgia), en la que Tucker muestra que también es un extraordinario cantante de soul. El álbum es una buena muestra de toda la capacidad, la personalidad y experiencia de este cantante que eligió volver al ruedo con un puñado de jóvenes músicos que aspiran a seguir adelante con la música tocando como se hacía antes: todos juntos en un estudio, en vivo, sin overdubs, con equipos antiguos y mucha pasión.

El blues de la vieja escuela en todo su esplendor.

miércoles, 25 de abril de 2018

La mensajera


Sol Bassa armó su propia línea de tiempo artística. Primero agrupó un puñado de canciones instrumentales propias y el resultado fue el exquisito disco Dedos Negros. Al mismo tiempo, decidió preservar otros temas que tenía escritos en los que se animaba a cantar. Los guardó durante casi dos años, sumó un par de composiciones nuevas, y así nació Calles de Tierra. Dos proyectos distintos, pero complementarios a la vez, que ahora comparten el mismo espacio.

En su nuevo trabajo, la guitarra de Sol y la voz de Sol conforman el mensaje.

Y de mensajes habla El Mojo, el primer tema del álbum. “En cada ventana hay algo para mostrar. Subí tu persiana hay mucho para sacar. En cada canción hay una historia, una historia de amor un mensaje eterno. La música nos une, el éxito es encontrarnos”. El canto de Sol se eleva sobre un boogie poderoso de riffs frenéticos, impronta punk y un solo voraz con slide.

La voz de Sol no es la de una cantante que puede hacer temblar un teatro con la extensión del vibrato. Se trata de una voz muy natural, por momentos casi infantil, que se combina a la perfección con el sonido integral de la banda y la furia templada de su guitarra. “Cantar me da la posibilidad de transmitir el mensaje. Es un objetivo que tengo desde siempre. Día tras día voy construyendo ese camino”, me dijo Sol durante una entrevista en la radio.

El segundo tema del álbum ya se perfila como uno de los mejores del año. El misterio de Negrita tiene todo lo que una buena canción tiene que tener. Una gran letra, una melodía pegadiza, riffs demoledores y punteos en los que se palpa la marcada influencia Johnny Winter y Jimi Hendrix. El tema suena, por momentos, a los primeros años de Pappo’s Blues, aunque no deja de ser una composición muy original. “El misterio de Negrita quedó plasmado en el tejado, el vigilante de la esquina cometió un asesinato. Las vecinas alarmadas añorando a Negrita, el vigilante de la esquina no ha sido imputado”. Para escribir la canción Sol se inspiró en un libro de cuentos de Mariana Enriquez y en todo lo que sucedió alrededor del caso de Santiago Maldonado. “La memoria no se borra, la memoria no se agota, quedó viva en nuestras fotos, quedó viva en el barrio”.

Pampa del Sur suena bastante más country, tal vez por el aporte de Santiago “Rulo” García en el Lap steel y la letra que la convierten en una canción bien rutera. Sigue con Océano, una balada con mucho clima en la que también toca “Rulo” García: “Decidimos volar, cruzar este océano ir más allá. Las palabras del final, escapando de tus brazos”. La Caja de la Esencia comienza con el slide de Daniel Cornejo, que se encarga en el resto del disco de las guitarras rítmicas, la banda se suma con mucha cadencia y Sol canta: “No elegí mi nombre, elegí tocar blues. No elegí mi suerte, elegí tocar blues”. Y la ese de blues se estira, como si le costara despegarse de sus labios. “En la caja de la esencia guardaré mis discos, guitarras viejas, rutas pasadas. Algunas fotos de mis amigos”. Ahí están sus recuerdos, su pasado, su génesis.

“Cuando me pongo a construir una canción trato de que la música tenga que ver la letra”. Esa definición de Sol es muy justa y resume lo que buscó con Calles de Tierra. En Somos los de Abajo en el 14 “A” también vuelve sobre el mensaje y se vuelca a un sonido denso y perturbador. En Demorados levanta su bandera y “brinda por su verdad”. “Apuesto al crear en la palabra, en la memoria. En el punto de partida, en no volverte a encontrar” canta con la fuerza de su espíritu y desde su más profunda convicción. El disco termina La Brujúla, otro tema con aire rockero en el que asegura que lo suyo no se detiene: “Voy a seguir viajando en medio de tanto barro. En este mundo de pantanos algún refugio habrá”.

Sobre el final, perdido, aparece un blues instrumental, a la inversa de Dedos Negros, que terminaba con un track oculto cantado por Sol.

Calles de Tierra es una muestra del talento compositivo e interpretativo de Sol Bassa, pero también la síntesis de un trabajo en equipo. Porque además de las guitarras que aporta Daniel Cornejo y la fluida y consistente sección rítmica de Nicolás Silva (bajo) y Rodrigo Benbassat (batería), más los ocasionales coros de Verónica Bonafina, el grupo suena completamente amalgamado y los arreglos son la expresión de una construcción colectiva con Sol Bassa, la mensajera, a la cabeza.


domingo, 15 de abril de 2018

Auténtico y novedoso


Hace poco salió una nota en el diario El País de España en la que su autor, Fernando Navarro, sostiene que el nuevo disco de Ben Harper y Charlie Musselwhite “reivindica un género en vías de extinción”. Una sentencia completamente errada. El blues no corre peligro de desaparecer porque es un género dinámico, evolutivo, que está en constante expansión y que también ofrece muchísimo para descubrir hacia atrás. Sin embargo, aquí es donde colisionan dos posturas. Por un lado, determinados puristas cuestionan y atacan todo lo que se aleje de lo que ellos consideran blues. Y por el otro, están los músicos de la nueva generación (y oyentes), que llegan con otro bagaje musical, mucho más amplio que el de sus predecesores, que a la hora de componer, tocar y grabar (y escuchar) lo hacen a su manera, a veces ampliando los límites de la tradición. Los puristas tienen como misión preservar y difundir el sonido de antaño y promocionar a los músicos vivos que se ajustan a ese parámetro. Una tarea enorme y respetable. ¿Pero está bien hacerlo descalificando, criticando, insultando a todos los demás?

Charlie Musselwhite nació hace 74 años en Kosciusko, Mississippi, creció en Memphis y se formó musicalmente en Chicago con maestros como Little Walter, Carey Bell y Walter Horton. Trabajó y vivió en la disquería de Bob Koester, creador del sello Delmark, y fue amigo de Big Joe Williams y John Lee Hooker. Editó más de 30 discos, y tocó y grabó con músicos como James Cotton, Billy Branch, Luther Tucker, Fenton Robinson, Louis Myers y muchos más. Le sobran pergaminos y no debe rendirle cuentas a nadie. Harper tiene 48 años, es californiano y su música está conformada por una amplia paleta sonora y multicultural que incluye folk, blues, soul, gospel, reggae, funk y rock. La sociedad entre ambos, que comenzó en 2013 con la edición del extraordinario disco Get up!, es una de las mejores cosas que le pasó a la escena musical en el último tiempo.

Musselwhite y Harper no vienen a salvar al blues porque el blues no necesita salvadores. Y tampoco están para borrar la historia con el codo. Ellos vienen a aportar lo suyo, transmitir su arte, y encontraron su forma de hacerlo a través del blues. No mercy in this land es un extraordinario assemblage de estilos que sigue la línea del disco anterior. Harper escribió la mayoría de las canciones, canta y toca guitarras acústicas y eléctricas, mientras que Musselwhite vierte con su armónica el toque del Delta y Chicago. Además, los acompañan Jesse Ingalls en bajo y teclados, Jason Mozersky en guitarra y Jimmy Paxson en batería.

El disco comienza con When I go, un spiritual que deriva en una descarga eléctrica y la voz comprometida de Harper se fusiona con el sonido cautivante de la armónica de Musselwhite. Siguen con Bad habits, un blues animado en el que hacen referencia a las mujeres, el alcohol y las drogas. Love and trust es el primer tema acústico, más en la onda solista de Harper, con unas hermosas armonías vocales. En The bottle wins again vuelve sobre la temática de Bad habits, pero aquí la voz de Harper pierde un poco de prestancia, aunque sobresale con un exquisito solo de guitarra. Found the one tiene un groove más contagioso gracias al repiqueteo perpetuo de la batería. Promediando la mitad del álbum, el dúo se sumerge en la balada When love is not enough, una hermosa y conmovedora composición que cae en la obvia conclusión de que con el amor no es suficiente.

Trust you to dig my grave es un blues acústico que nos lleva al Delta del Mississippi, aunque la voz de Harper también le da ese toque personal cuando desestructura el estribillo con una sorpresiva melodía. El tema que da el nombre al disco es otro mano a mano acústico entre Harper y Musselwhite en el que el armoniquista también aporta su voz curtida y profunda. Aceleran sobre el final con un sonido más crudo en Movin’ on y cierran con la seductora balada Nothing at all, que se va con un solo de Musselwhite con el que demuestra toda su versatilidad.

No mercy in this land no es un disco enteramente de blues, pero es otro camino para que el blues se abra a nuevos públicos. Se trata de un puñado de canciones interpretadas con mucho sentimiento, que suenan muy bien y que dejan, en conjunto, una sensación de que en ellas hay algo muy auténtico y novedoso.


El blues como resistencia vital - El País de España

sábado, 7 de abril de 2018

La zurda endemoniada


Igor Prado está en llamas. Su zurda endemoniada ataca las cuerdas de su Strato con furia y el sonido reverbera en la amplia sala de Lucille. Igor se contornea como una serpiente a punto de atacar a su presa. Usa la púa y también los dedos. Agita a un público cautivado por su técnica y magnetismo. Igor Prado es un artista de las grandes ligas. Un verdadero as de espadas de la guitarra blusera.

Acompañado por Jay Jay Troche en armónica (y ocasionalmente en voz), Gonzalo Ros en teclados, Darío Scape en contrabajo y Pato Argüello en batería, más el aporte en algunos temas de Yair Lerner en trompeta y Federico Álvarez en saxo, el guitarrista brasileño arremete con un show vibrante que no da respiro, ni siquiera cuando bajan los decibeles para un blues lento. Prado es dueño absoluto del escenario y, por ende, de la sala. Sus solos rebozan de virtuosismo y están cargados de pasión. Y su voz es descomunal

Con Upside down literalmente nos da vuelta. Homenajea a Lynwood Slim con Bloodshot eyes y Shake it baby, donde hace un tremendo solo con scat antes de empalmar el cierre con Susie-Q. En No more doggin, Jay Troche sopla su armónica mientras Prado acompaña con mucho swing y la brisa del West Coast invade la coqueta sala palermitana. Los respalda con contundencia la sección de vientos y una base rítmica muy constante. Troche se anima a cantar en español Don’t touch me, y le da una nueva vida al clásico de Johnny “Guitar” Watson. Del sonido envolvente de la banda pasan a un mano a mano de armónica y guitarra en el que Prado canta un tema de Al Green y otro de Snooks Eaglin.

Prado cita a sus máximas influencias -T-Bone Walker, Pee Wee Crayton y Lowell Fuslon- y se lanza a la aventura de Blues after hours. Desciende por la escalera y se pierde entre el público. Se sienta en una silla y deja que una mujer que está en la mesa rasgue las cuerdas de su guitarra con la púa. Se levanta y avanza. Se topa con Julio Fabiani y le entrega la Strato para que el violero de Támesis siga con el solo. Igor vuelve al escenario y ya tiene a todo el público en la palma de la mano. Bajará dos veces más a tocar entre la gente y también invitará al maestro a Daniel Raffo para que lo acompañe en Baby you don’t have to go. “Igor ya es todo un bluesman”, dirá Raffo al terminar el show.

Lucille es una fiesta. Prado vuelve sobre otro tema de Watson, Those lonely nights y le deja otra vuelta de solo a Gonzalo Ros, que saca un sonido hammond fantástico. Y entonces llega el final, nadie lo quiere, pero es inevitable. Igor recuerda que llegó al blues porque su padre escuchaba el rock and roll de Chuck Berry y Little Richard. Y entonces se va con Lucille, en el único acto de demagogia de la noche. La zurda endemoniada, una vez más, agita las cuerdas y las almas se sacuden a su ritmo.

A PURO SOUL 

La previa del show de Igor Prado estuvo a cargo de la cantante Florencia Andrada, que desplegó media docena de temas propios con una gran puesta en escena y una banda ajustadísima, cada vez más afín al sonido Daptone. Cantó temas de sus dos discos -Otra realidad (2012) y A pesar de la tormenta (2016)- y brilló con su presencia arriba del escenario. Julio Fabiani y Facundo Rojas se encargaron de las guitarras, mientras que la rítmica estuvo en manos de Mauro Bonamico y Homero Tolosa. Completaron la formación Julia Rosa en percusión; Carmen Costa y Camila Castagna en coros; y Yair Lerner, Jorge Cavero y Santiago Zarba en vientos. Más allá de la belleza que irradia Florencia Andrada y el exquisito groove de su música, sus letras son sinónimo de resistencia. En tiempos oscuros y con un futuro incierto, ella nos llama a resistir y a no caer.