domingo, 20 de julio de 2014

El Robben que no se tira

Fotos gentileza Edy Rodríguez
Hay un Robben que es veloz, habilidoso y gambeteador. Hay otro Robben que es talentoso, profundo y sobrenatural. El primer Robben juega al fútbol y es el emblema de Holanda. El otro es un guitarrista gringo que tocó con Miles Davis, George Harrison y Jimmy Witherspoon. El primero es pelado y el segundo todavía conserva el pelo largo. Pero la diferencia principal es que el Robben músico no sobreactúa ni se tira, se mantiene erguido sacando las notas más extraordinarias de su guitarra desde el fondo de su alma. Esta comparación futbolera, impulsada por la manija mundial que todavía perdura, sirve para ilustrar al gran Robben Ford, que anoche dio un show descomunal en el Teatro Coliseo.

Ford es un músico fantástico por donde se lo mire: combina la pasión del blues con la destreza del jazz y el vigor del rock. Tal vez no sea un frontman muy carismático, de hecho apenas se dirige al público para presentar a la banda y anunciar algunas de las canciones que va a tocar, pero cuando sus dedos comienzan a agitar las cuerdas de su Telecaster todo lo demás queda en segundo plano.

“Es bueno estar de vuelta. Ha pasado mucho tiempo”, dijo antes de largarse de lleno con la música en su cuarta visita al país (las otras ocurrieron en 1992, 1994 y 2001). Comenzó con una sutil ironía: interpretó el tema Chevrolet, justo él que se apellida Ford. Pero no fue una ocurrencia del momento, sino que ya es un clásico de su repertorio. Aprovechó esa canción para acomodarse, pidió un poco más de monitor, mientras lanzaba unos fraseos fabulosos. La rítmica, conformada por Brian Allen en bajo y West Little en batería, se desenvolvió con gran solvencia desde el primer minuto.

Si bien hace pocos meses editó su disco A day in Nashville, que fue grabado de corrido en un solo día, anoche apenas tocó un solo tema de ese trabajo: Midnight comes too soon. Ford se lució con una gran versión de Start it up, del memorable álbum de la Blue Line de 1992, y con All over again, que compuso para su proyecto paralelo, Renegade Creation. Y la banda entera, tanto de manera mancomunada como en lo individual, deslumbró en Nothing to nobody, el tema de Michael McDonald que Ford versionó en Supernatural, de 1999. Luego del solo expeditivo del guitarrista, Allen se despachó con un derroche de creatividad desde su bajo de cinco cuerdas y dio pie para que Little terminara aporreando su batería de menor a mayor. Justamente de ese disco del 99 salieron otros dos temas que sonaron ayer: Lovin’ cup  la propia Supernatural.

Al público jazzero lo deleitó con un instrumental que recordó a su etapa con los Yellowjackets y a los bluseros les regaló un momento muy emotivo cuando le dedicó al recientemente fallecido Johnny Winter su Cannonball shuffle, inspirada en Freddie King, que compuso para su álbum Keep on running, de 2003. Una mención destacada merece el sonidista, quien logró que la guitarra de Ford se escuchara con absoluta nitidez y su voz con mucha claridad, mientras que generó un contorno óptimo para que la sección rítmica se perciba en todo su esplendor.

Tal vez pudo haber tocado un poco más, es cierto… pero lo que nos dejó en esa hora y cuarto fue alucinante. El Robben bueno, el que no se tira, demostró una vez más que lo suyo va más allá de cualquier clasificación, si es blues o lo que sea. Es música interpretada desde la más honda convicción de un artista inquieto y talentoso que nunca se guarda nada.

jueves, 17 de julio de 2014

Gracias por tanto


Faltaba tan poco para que vinieras. La entrada dice: “Teatro Gran Rex. Jueves 16 de octubre. 21hs”. Iba a ser tu primera vez en la Argentina. Ya se había cancelado una visita en 2004 y todos nos quedamos con un gusto amargo en la boca. Pero esta vez era una realidad. La gira incluía Brasil y Chile. “Puta madre –decíamos-, falta cada vez menos para que venga Johnny Winter”.

Me enamoré de tu música al instante. Fue con aquel disco que grabaste con Sonny Terry y Willie Dixon. Después escuché Serious business y ya no habría vuelta atrás para mí. Me abriste las puertas del blues, del que sería mi mundo. Fuiste mi primer héroe de la guitarra. Yo tenía 20 años y vos llevabas mucho más tiempo tocando. Conseguí tu primer álbum y después el segundo. Me compré los otros que grabaste para Alligator y los que le produjiste a Muddy Waters. Y seguí comprando todos los discos que sacaste desde entonces.

Para mí siempre fuiste el más blanco de los músicos negros. Naciste en Texas pero te criaste en Leland, el corazón de Mississippi, entre los negros que tenían sus dedos con llagas de tanto juntar algodón. Sentiste su angustia y sufriste sus penas, y el día que agarraste una guitarra no la soltaste más, porque las seis cuerdas se convirtieron en extensiones de tu alma. Fuiste una de las atracciones de Woodstock y tocaste con Jimi Hendrix. En los 70 te convertiste en una estrella de rock: llenaste grandes estadios e hiciste tremendos covers de los Rolling Stones. Pero volviste al blues, porque estaba en tu ADN. Por eso para Muddy Waters fuiste como un hijo. Soportaste con hidalguía tu frágil salud, la que tocó, y luchaste durante toda tu vida contra las adicciones. No tuviste una vida fácil pero con tu música hiciste más sencilla las de todos los que te admiramos.

Pude verte en vivo cuatro veces y me siento un privilegiado. Una vez en Londres y las otras tres en Nueva York, y en la última, en 2012, hasta te conocí en tu camarín. Te dije que en Buenos Aires te esperábamos con los brazos abiertos y balbuceaste algo que no entendí muy bien, pero yo me convencí de que me asegurabas que pronto vendrías. Estabas haciendo unos 200 shows al año y sólo te faltaba venir a Sudamérica. Y en febrero, cuando cumpliste 70 años, se confirmó tu recital y me emocioné porque te iba a ver una vez más. Me imaginé al Gran Rex gritando “Olé olé olé… Winter, Winter”. Faltaba tan poco…

Hasta siempre, maestro. Te despido con los ojos llenos de lágrimas, escuchando esos discos que atesoraré toda la vida. ¡Gracias por tanto!

Beaumont, Texas, 23 de febrero de 1944 – Zurich, Suiza, 16 de julio de 2014.


sábado, 12 de julio de 2014

De pura cepa blusera


Lucky en inglés significa “afortunado”. Ese es el apodo con el que se conoce a este tremendo bluesman llamado Judge Kenneth Peterson. Su carrera musical es casi tan extensa como su vida. Fue un niño prodigio, a los cinco años ya era un as con los teclados, pero no de casualidad: su talento fue heredado de su padre, James Peterson, un distinguido guitarrista que se codeó con Muddy Waters, Jimmy Reed, Lowell Fulson y, especialmente, Willie Dixon. De hecho, el padrino del blues produjo su primer disco para el sello Perception/Today, que se llamo The father, the son, the blues, y que contó con la participación del pequeño Lucky cuando -repito- tenía cinco años. Así se convirtió en el protegido de Dixon y en el orgullo de su padre. Si eso no es fortuna...

El tiempo pasó y Lucky fue afianzando su carrera, apuntalada en su enorme destreza musical y en su capacidad para generar un estilo propio que se nutrió de lo más puro de la música negra. Como sesionista tocó junto a Otis Rush, Etta James, Little Milton y Bobby “Blue” Bland, y grabó una veintena de discos solista para importantes discográficas como Alligator, Verve, Universal, JSP e incluso Blue Note. Ahora, a los 49 años, se da el lujo de sacar un nuevo álbum, con el sello Jazz Village.

The son of a bluesman, más allá de ser un exquisito set de grandes interpretaciones, tiene la novedad de que fue producido por él. Acompañado por media docena de músicos, no muy conocidos en nuestro ámbito, Peterson canta y se encarga de las guitarras y los teclados. El álbum comienza con la poderosa Blues in my blood, con un coro sublime y una apabullante combinación de viola y hammond. Sigue con Funky Broadway, bien arriba, un tema que no oculta nada a partir de su nombre tan elocuente. La balada blusera Nana Jarnell eleva sus punteos a la categoría de épicos, y luego homenajea al gran Bobby Bland con I Pity the fool. El boogie woogie más auténtico rejuvenece de la mano de Blues joint party, mientras que en I’m still here y el tema que da nombre al disco baja al submundo del blues más puro. Se la juega con un éxito de otrora como la hermosa I can see clearly now, de Johnny Nash, antes de terminar con una versión góspel de I’m still here.

El hijo de un bluesman, tal es su traducción, es un disco soberbio, en el que Peterson combina distintos estilos lindantes al blues con gran espíritu y mucha pasión, en un claro tributo a su padre, el hombre que le marcó el camino y que definió su destino.

miércoles, 9 de julio de 2014

Brasil blues

La jornada más triste de la historia del fútbol brasileño merece un poco de blues. Aquí va una selección de cinco (cinco, no siete) excelentes discos de guitarristas de ese país.

Celso Blues Boy – Indiana blues (1996). Celso Ricardo Furtado de Carvalho es una leyenda de Brasil, algo así como el Pappo en versión carioca. Su música, a lo largo de su carrera, transcurrió entre el blues y el rock, y fue uno de los primeros en cantar blues en portugués. Indiana blues fue editado para celebrar sus 25 años en la música y marcó un hito para él: se dio el lujo de tocar y cantar junto a B.B. King, de quien tomó su nombre artístico, en el tema Mississippi (Sobre Robert Johnson). En este disco además reinterpreta sus clásicos Aumenta que isso aí é rock ‘n roll, Tiempos dificies, Siempre brillhara y Amor vazio. Y muestra nuevas composiciones como su aproximación jazzera, Indiana blues; Homen das ruas, una balada al estilo de Cassia Eller; Liberdade, un rock enérgico de guitarras crujientes; y Apenas outro blues, que exhibe los doce compases de raíz bien brasileña. Es muy bueno el cover de Bob Dylan, It’s all over now, baby blue, cantado en portugués que cierra este trabajo formidable de Celso, quien murió de cáncer en agosto de 2012. Tenía 56 años.

Nuno Mindelis – Nuno Mindelis & The Cream Crackers (1998). Mindelis es uno de los violeros de blues más reconocidos de Brasil a nivel internacional. En su extensa trayectoria compartió escenario en distintos festivales alrededor del mundo con músicos de la talla de Jimmie Vaughan, Ronnie Earl, Junior Wells y Robert Cray. La historia de este extraordinario guitarrista es muy interesante: nació en Angola en 1957, en 1975 tuvo que irse del país debido a la guerra civil y con un primo se instaló en Canadá. Allí vivió un año y empezó su relación con el blues. En 1976, viajó a Brasil y desde entonces es un brasileño más. Tiene nueve discos editados y sólo en uno canta en portugués. Este álbum fue grabado en San Pablo en 1992, pero recién fue lanzado seis años más tarde. Mindelis muestra todo su talento tanto como guitarrista, cantante y compositor, en una decena de temas. El único cover es Paying the cost to be the boss, de B.B. King. Larry McCray aporta su voz y su guitarra en dos temas, y el armonicistas francés J.J. Milteau se suma en tres canciones.

Big Gilson – Live at The Blue Note (2000). Este disco es una joya. Blue Note, el mítico bar neoyorquino de jazz, pocas veces libera su escenario a músicos de blues. Big Gilson, “el orgullo del blues brasileño”, como lo llaman, fue uno de los pocos privilegiados en tocar allí. Acompañado por el armoniquista Bruce Ewan y su banda, The Solid Senders, Gilson, interpretó media docena de clásicos, a modo de homenaje, combinado entre sus grandes influencias y las del notable Bruce Ewan. Se destacan las versiones de Blue and lonesome, de Little Walter; Shake your Money maker, de Elmore James; Judgment day, de Snooky Pryor; y la extraordinaria The Messiah will come again, de Roy Buchanan. Pero también hay cuatro temas propios que muestran la faceta compositiva de este fenomenal intérprete. Gilson y Bruce Ewan se recuestan sobre la rítmica sólida encabezada por Marty Baumann en guitarra, Steve Shaw en bajo y Bob Berberich en batería. Bobby Radcliff sube como invitado para deslizar su slide en el tema de Elmore James. Blues en vivo en su máxima expresión.

Igor Prado – Upside down (2007). La revista Guitar Player lo definió como “el artista de blues brasileño más requerido en el exterior” y eso tiene sustento en el tipo de blues que ofrece y su notable técnica para tocar la guitarra. Zurdo como Albert King y Jimi Hendrix, Prado se inclinó por el sonido vintage de los años 50 y 60. Este disco, el quinto de su carrera, es una exquisitez en todo sentido. Primero porque el guitarrista paulista se rodeó de una notable selección de músicos internacionales que terminaron de darle forma al álbum que él pretendía. R.J. Mischo canta y toca su armónica en tres temas, Steve Guyger lo hace en la tradicional Bumble bee, y el notable cantante neoyorquino J.J. Jackson se presenta en otras tres canciones, una de ellas Strange things happen, de Percy Mayfield. Los otros músicos son todos del riñón de Prado: su hermano Yuri en batería, Rodrigo Mantovani en bajo, Ari Borger en piano, Robson Fernandes en armónica, más el aporte del saxofonista Ron Dziubla. Todas las canciones están atravesadas por el sonido del West Coast, algo de Chicago y bastante jump blues.

Solon Fishbone – Fish tones (2011). El quinto disco de Solon F. Cohelo, más conocido en el ambiente musical como Solon Fishbone, es una reliquia de punta a punta. Todo el álbum está marcado por el buen gusto y en cada solo se percibe, además de una gran técnica, un hondo sentimiento blusero. Solon se encarga de la guitarra y el bajo y lo acompañan Cristiano Bertolucci en batería y João Maldonado en hammond y piano rhodes. Otros invitados se reparten armónica, saxo, trompeta y piano, más los aportes de los cantantes Greg Wilson y Alice Azambuja. Más allá de un par de lindas versiones de See see baby y Woman I love, aquí lo que se destaca son sus composiciones: “C” as in Collins, un slow blues profundo con unos solos de guitarra muy punzantes, y Cool breezes, un instrumental sublime de tinte jazzero. Sobre el final muestra su versatilidad para encarar un estilo más rústico: con una guitarra resonadora y acompañado por la armónica de Gaspo interpreta Blues for mother earth aproximando el sonido del Delta a su Caixas do Sul natal.

viernes, 4 de julio de 2014

Honrando a los Allman Brothers


La importancia de los Allman Brothers en la historia del rock es indiscutible. A fines de los 60, cuando los ingleses reproducían y exportaban su versión del blues desde hacía cinco o seis años con mucha intensidad, en los Estados Unidos comenzó a gestarse una respuesta local. En Macon, Georgia, los hermanos Duane y Gregg Allman, junto a un puñado de excelentes músicos, le dieron forma propia al blues, creando un nuevo estilo musical, el rock sureño. La trágica muerte de Duane no impidió que la banda se convirtiera en la más influyente de los 70. Con algunos cambios en su formación, y atravesando momentos para nada buenos a lo largo de los años siguientes, los Allman lograron recuperar el cetro del rock & roll. En la Argentina, su música penetró muy fuerte en algunos jóvenes. En 1970 se editó aquí su álbum debut y muchas bandas asumieron su música y la combinaron con el blues autóctono y su propia experiencia.

Allman Brothers
Los Allman Brothers tocan pocas veces al año, siempre en Estados Unidos, y cada vez que lo hacen el público los respalda masivamente. Sus clásicos conciertos en el Beacon Theatre de Nueva York conforman una ceremonia anual que se da en el mes de marzo, en la que ellos tocan con viejos amigos o presentan nuevos talentos. Eso sí, graban poco: en los últimos 20 años apenas lanzaron dos discos -Where it all begin (1994) y Hittin’ the note (2003)- algo que contrarrestan con decenas de ediciones en vivo de sus shows.

Toda esa historia merecía un homenaje. Midnight Rider: A Tribute to the Allman Brothers Band no es el primer disco que los celebra, pero sí es el más contundente. La selección de músicos es tan ecléctica como los mismos Allman. Los temas tienen sentimiento blusero, espesura rockera y el espíritu libre de las jams de reminiscencia jazzera. Pat Travers abre con una potente versión de Midnight rider, en la que hace gala de su poderío vocal y su fiereza con la guitarra, respaldado por un groove más funky que el de la original. Luego el violero Tinsley Ellis y el pianista Kevin McKendree se suman a la banda country The Oak Ridge Boys para una versión fiel de Ramblin’ man, el himno por excelencia del southern rock.
Robben Ford

Dos grupos sureños, Molly Hatchet y The Artimus Pyle Band, versionan sin muchos cambios Melissa y Blue sky. Jimmy Hall, cantante de Wet Willie y del Jeff Beck Group, junto al virtuoso Steve Morse descollan con un cover incendiario de Whipping post. John Wesley, productor del disco y de extensa trayectoria como guitarrista de distintas bandas y proyectos, se juntó con Roy Rogers y su afilado slide, para una exquisita interpretación de Jessica. El tema siguiente, One way out, lleva el sello inconfundible de la guitarra de Robben Ford. Debbie Davies y el ex tecladista de la Jerry Garcia Band, Melvin Seals, encaran Soulshine, uno de los temas más hermosos de los Allman. Los solos de Davies exploran su costado más creativo y su canto se acomoda mejor con el correr de los minutos.

Leon Russell
Sobre el final el disco decae un poco. El guitarrista y cantante Eli Cook destroza Statesboro blues, con una guitarra innecesariamente distorsionada y su voz gutural que parece forzada. Eric Gales sigue con una discreta, por no decir intrascendente, versión de In memory of Elizabeth Reed, mientras que el tándem Commander Cody y Sonny Landreth intentan un cover novedoso de Southbound donde lo único que funciona es el solo con slide de Landreth. Afortunadamente Leon Russell cierra con mucha personalidad con I’m no angel, de Gregg Allman como solista. Para lograrlo, su voz juega un rol central, pero los teclados de Reese Wynans y la guitarra siempre fina de Ronnie Earl disparan unos solos muy entusiastas.

En definitiva, siempre va a ser mejor escuchar a los Allman Brothers, desde ya, pero este disco ofrece algunos covers diferentes y personales. El disco, editado por Cleopatra Records, es la mejor manera que eligieron varios músicos consagrados, y tan diversos entre sí, para honrar la memoria de una de las bandas más grandes de la historia del rock.

sábado, 28 de junio de 2014

La máquina blusera


En noviembre de 2011 asistimos a uno de los shows de blues más contundentes y fenomenales que podamos recordar por estas tierras. Rick Estrin and The Niughtcats sacudieron La Trastienda y nos dejaron a todos rogando por más. En lo colectivo, la banda sonó compacta, sólida y perfectamente ensamblada. En lo individual, Estrin mostró toda su destreza con la armónica y un notable estilo para cantar sus blues, y el guitarrista noruego Kid Andersen sorprendió con una técnica monumental. Ahora, el sello Alligator acaba de lanzar un álbum en vivo demoledor, insuperable, que nos da un poco más de ellos para saciar nuestra sed blusera.

You asked for it… Live fue grabado en el bar Biscuits and Blues, en la ciudad de San Francisco, el 5 de octubre de 2013, y confirma que lo sucedió aquí en Buenos Aires no fue azaroso o casual, sino que es así cómo estos muchachos tocan cada vez que se suben a un escenario. El cuarteto, que además integran el bajista Lorenzo Farrell y el batero J. Hansen, es una máquina precisa y vibrante, que combina una sofisticada ingeniería sonora con muchísimo sentimiento.

El álbum tiene 13 temas, todos compuestos por ellos, salvo por el último track, Too close together, del legendario armonicista y máxima influencia de Estrin, Sony Boy Williamson. El presentador pregunta: “¿Están listos para el blues?” y los aplausos anteceden a los primeros acordes de Handle with care, un shuffle que Estrin lleva con mucho swing, mientras Andersen filtra unos licks de su guitarra, apuntalado en una rítmica muy aceitada.

Estrin es un gran frontman, además de cantar y soplar su armónica bromea con el público produciendo un show mucho más amigable e integral. Andersen es un violero tan versátil que conmueve escucharlo en cada una de sus intervenciones, no sólo en sus punteos sino también por la sutileza de su rítmica. Por ser la única guitarra, tiene un rol esencial y su contribución al sonido de la banda es fundamental. A esta altura ya nadie extraña a Charlie Baty, extraordinario guitarrista si los hay, porque lo que hace Andersen es revolucionario. Eso se percibe con más intensidad en sus solos en Baker man blues, cantada por Hansen, y en Don’t do it. Y ni hablar cuando se sumergen en un blues extenso y profundo como Never trust that woman, donde Andersen parece completamente absorbido por el espíritu de Mike Bloomfield, mientras Farrell suma una dosis de groove desde el hammond. El cierre, como ya anticipé, es Too close together y ahí rompen el molde de lo que venían haciendo. Estrin con su armónica y Andersen desde el contrabajo llevan el blues a su estado más puro.

Esta banda debe ser una de las pocas que, a pesar del paso del tiempo y los cambios en su formación, incluso hasta de nombre, se mantiene en gran forma. En este disco en vivo, que va camino a ser uno de los mejores del año, ratifican que pasado, presente y futuro es una amalgama de buen blues que no tiene marcha atrás.

martes, 24 de junio de 2014

Armónicas en vivo

Estos dos discos acaban de ser editados de manera independiente y muestran los distintos caminos por los que se puede llevar a ese pequeño instrumento.

Francisco Salgado – Salgado y Asociados. Tal vez sea difícil para los bluseros interpretar el flamante disco de Francisco Salgado. No se trata de un armonicista común y su propuesta lo es aún menos. Estamos frente a una combinación de free jazz y blues, en la que la banda da rienda suelta a la improvisación por encima de los márgenes del género. Salgado construyó un álbum tan personal como innovador, dedicado a Juan Millones, un viejo maestro del blues rural que en los 90 lideró el trío The Acoustic Blues, junto a Walter Gandini y Sergio Fulqueris. Las influencias del blues más puro se notan en el trasfondo de las canciones. Su armónica desparrama notas un tanto abstractas, dejando huecos sonoros que rellena con la misma impronta el saxo –barítono o soprano según el momento- de Pablo Moser. La rítmica, en líneas generales aguerrida, se sustenta en la guitarra de Wenchi Lazo, el bajo de Guillermo Roldán y la batería de Sebastián Groshaus. Mmm…, el track 2, es una versión agresiva y desestructurada de I’m a woman, que solía cantar Koko Taylor, aquí interpretada por la extraordinaria Bárbara Togander. En Ragtime zombie Salgado cambia la armónica por el trombón y la banda se sumerge en el sonido de Nueva Orleans, para luego volver a la propuesta original con Blues invocado. El álbum fue grabado en vivo en Thelonius Club a fines del año pasado y cierra con una impactante versión de I wish you would, de Billy Boy Arnold, cantada también por Togander. Con este trabajo, Salgado explora los límites de la armónica más allá de cualquier convencionalismo. 

Gustavo Lazo & Friends – Acústico en el Auditorio del Oeste. Esta propuesta de Lazo es todo lo contrario al disco de Salgado. Aquí la intención fue reproducir el sonido tradicional. Lazo es un cultor del blues con una larga experiencia, que incluye pasos por diversas bandas. Esta vez, al frente de un grupo de amigos, encara siete clásicos del blues con mucha pasión. Si bien el disco se presenta como acústico es una verdad a medias, el hammond de Matías Coco se hace presente en algunos temas y la guitarra de Juan Ignacio Acedo aporta una cuota eléctrica por sobre el ritmo del bajo desenchufado de Ramiro Fa. El show comienza con No more doggin’, de Rosco Gordon. en la que Lazo canta como arrastrando las palabras, como solía hacerlo Sonny Boy Williamson, y sopla unos agudos nítidos, mientras que el piano de Coco y la guitarra de Acedo llevan la melodía por el sendero más clásico. En Help me, justamente de Sonny Boy, aparece el hammond en todo su esplendor y la armónica se desplaza por encima de ese colchón rítmico. Key to the highway se percibe más perezosa que otras versiones, y en T-Bone shuffle recuperan el estirpe del comienzo, con un gran swing por parte del guitarrista. En Up in the line, de Little Walter, la banda se pone más firme y la guitarra suena férrea. Ahí se suman la cantante Eva Sleiman Eeberhard y el saxo tenor de Mariano Cosimato, que refuerza las líneas del bajo. Lazo se despide con dos clásicos del blues de Chicago, Who’s been talkin’ y I’m ready, y deja bien en claro su misión: preservar la tradición.

jueves, 19 de junio de 2014

Buenas noticias


¡Señores, de pie! El gran maestro de la guitarra blusera contemporánea acaba de sacar un nuevo disco para celebrar su cumpleaños 60 y, así como la mayoría de los anteriores, es brillante. Es el octavo álbum que Ronnie Earl edita para el sello Stony Plain y el vigesimoséptimo de su carrera, algunos de los cuales interpretó a dúo con bluseros de peso como Pinetop Perkins, Joe Beard, Hubert Sumlin o Duke Robillard. Que el maestro de guitarristas siga activo y en gran formaes una excelente es noticia.

Recostado en sus fieles Broadcasters -Jimmy Mouradian, Lorne Entress y Dave Limina- Earl da rienda suelta a su virtuosismo y se expresa a través de una decena de temas, en los que combina instrumentales propios con algunos covers. Su técnica es exquisita, como siempre, sus solos son sanguíneos y los arreglos son manifestaciones divinas. Decir que este es su mejor álbum sería muy injusto con buena parte de los demás que grabó, pero si podemos afirmar que está a la altura de los más extraordinarios.

Casi como una continuidad de Just for today, de 2013, aquí comienza con otro instrumental dedicado a los trenes. I met her on that train, inspirada en Mistery train de Junior Parker, es un buen punto de partida en el que la Strato de Earl hilvana unos solos majestuosos junto a Zach Zunis, guitarrista de la banda de Janiva Magness, y Nicholas Tabarias, quien también participó en el álbum anterior. Así como Tabarias vuelve tras Just for today, también lo hace la cantante Diana Blue. En el disco anterior interpretó I'd rather go blind y aquí brilla en A change is gonna come, de Sam Cooke, que Earl reconvierte en un blues poderoso. En Time to remember, del pianista Neal Creque, los Broadcasters muestran su costado más jazzero, pero enseguida vuelven al blues más profundo con la medular In the wee hours, de Buddy Guy, también cantada por Diane Blue.

Mientras que el tema que da nombre al álbum es un shuffle festivo con más hammond que guitarras, Blues for Henry y Puddin' pie son aproximaciones earlianas al blues de Chicago. Six string blessing es otro slow blues en la que unos delicados punteos acompañan a la dulce voz de Diane Blue. El álbum cierra con la cantante rozando una interpretación góspel por sobre el slide lacerante del maestro.

Good news es mucho más que un gran disco de blues, es la expresión máxima de un artista magnífico, a corazón abierto, que admite: “Mi gran amor en la música es el blues. Tocar para mí es una experiencia emocional y por eso pongo cada partícula de mi alma en ello”.

domingo, 15 de junio de 2014

Blues para Son House


La historia cuenta que John Mooney conoció a Son House en 1971 cuando ambos vivían en Rochester, Nueva York. Ese encuentro cambió la vida de Mooney cuando apenas tenía apenas 16 años. Fue un amigo en común, el músico Joe Beard, quien los presentó. Así empezaron a tocar juntos en la casa de Son House -aunque a la esposa del legendario bluesman no le gustaba escuchar ese sonido del Demonio-, en la de Beard y también en algunas fiestas. Una de las cosas que más impactó a Mooney del viejo predicador fue su poderosa voz. “Recuerdo que cuando nos juntábamos en lo de Joe Beard y él empezaba a cantar temblaban todas las ventanas”, dijo Mooney en una entrevista a la revista Blues Access.

Ahora, a más de 40 años de esos encuentros que lo marcaron para siempre, Mooney homenajea a su maestro con este disco estupendo, en el que con su National steel guitar encara una buena selección de temas que Son House compuso antes de la Segunda Guerra Mundial y popularizó con el revival blusero de la década del 60. El track list incluye Death letter, John the Revelator, Grinnin' in your face y Preachin' blues, más un par de temas propios y covers tradicionales de Good morning little schoolgirl y You gotta move.

Las interpretaciones de Mooney están a la altura de la música de Son House. De una manera cruda y visceral canta sobre el pecado, la redención, los pesares y el dolor. La voz de Mooney transmite una pasión encendida, mientras el slide descarna un hondo sufrimiento mientras se acompaña rítmicamente con su pie derecho (foot stomping).

Mooney no grababa un disco desde 2006. En todo este tiempo no dejó de girar, especialmente por los Estados Unidos, y participó de la serie Treme. Su vuelta a los estudios marcó también su más profundo regreso a las fuentes. Un hombre, su guitarra y sus blues. La esencia de todo.

miércoles, 11 de junio de 2014

Tres discos imprescindibles del blues local

Jorge Senno – Barraca peña (2001) Este álbum es una perfecta combinación entre el blues acústico tradicional y el blues argentino. Desde lo instrumental, Senno se inspiró en el estilo piedmont, ese que caracterizó a los negros de la Costa Este de los Estados Unidos, y el country blues. Mientras que la lírica de las canciones tiene ese acento bien porteño. Es como si Mississippi John Hurt o el Reverendo Gary Davis se pusieran a cantar canciones de Manal. No por nada el repertorio incluye You got the pocketbook, I got the key, del guitarrista de Carolina del Sur, y Blues de la amenaza nocturna, de Javier Martínez, más algunas exquisitas composiciones propias como Eliseo blues o Ruta 25. Para su álbum debut se rodeó de grandes invitados y amigos: Claudio Gabis, Botafogo, Kubero Díaz y Claudio Kleiman.

Tota Blues – Insatisfacción total (2007) Tota grabó este álbum en 2007 en Buenos Aires con la base rítmica inicial de los Easy Babies, así que podría considerarse también como el disco precursor de El blues paga mal. Si bien aquí Tota canta un par de temas en inglés, como Long way y Hey babe, el resto son composiciones propias en español como Vos dijiste que me amabas, Todo lo hice por los blues y Prohibido. El disco fue producido por Mauro Diana, quien además toca el bajo. Las guitarras están a cargo de Martín Merino, el ladero de Tota, y Roberto Porzio. Pato Raffo en batería y Nicolás Raffetta completan la formación. Daniel Raffo hace los solos en The Hucklebuck. El disco suena muy bien y define a Tota como un artista sumamente comprometido con el blues.

Matías Cipiliano – Matias Cipiliano & Dynamo Blues (2007) El notable guitarrista uruguayo Matías Cipiliano absorbió cosas de los grandes violeros argentinos, principalmente de Pappo, y lo combinó con el estilo de los viejos maestros del blues de Chicago y la Costa Oeste. En este, su primer disco, Cipilliano volcó muchas de sus influencias pero también de su un estilo propio que comenzaba a delinear. Piezas suyas como Jump “u” alterado, R. J. Shuffle o Blues para Pochy se alternan con covers de T-Bone Walker, Albert Lee o baladas exquisitas como Someday, cantada hermosamente por el “Ciego” Javier Goffman. El disco termina con una sutil y emotiva interpretación acústica de Vincent, de Don McLean. Si bien desde entonces Cipilliano creció muchísimo como músico, no por nada la revista Rolling Stone lo eligió como uno de los mejores 100 guitarristas del país, en este trabajo ya empezaba a mostrar su magia y talento.

viernes, 6 de junio de 2014

El buen pastor


Kenny Wayne Shepherd se encamina hacia los 40. Ya no es más aquel joven guitarrista explosivo que irrumpió a mediados de los 90 a la par de otro rubio pirotécnico como Jonny Lang, sino que ahora carga con el peso de la experiencia y un refinamiento en su forma de tocar. A diferencia de Lang, que inclinó su carrera discográfica hacia un R&B más popero, Shepherd fue consolidándose como un referente del rock- blues.

Goin’ home es su séptimo disco de estudio y en algún punto tiene un nexo directo con su álbum de 2007, 10 days out: Blues from the backroads, donde buscó en las raíces del blues y se sentó a tocar junto a B.B. King, Henry Townsend, Clarence ”Gatemouth” Brown, Bryan Lee y Hubert Sumlin. En este nuevo trabajo, Shepherd redescubre sus influencias más directas, el blues eléctrico de los músicos que lo cautivaron desde pequeño. Aquí también se rodea de algunos invitados, más emparentados con el rock, a los que bajó al ruedo blusero.

Los puntos más altos del disco son el dueto que mantiene con Warren Haynes en Breaking up somebody's home, donde ambas voces y guitarras llegan a un nivel de visceralidad asombroso; y Palace of the King, el clásico de Freddie King que compusieron Don Nix y Leon Russell, donde Shepherd es respaldado por la potencia de la Rebirth Brass Band, nativa de Nueva Orleans.

Entre los homenajes que realiza se avizoran sus máximas influencias: una versión entusiasta de The house is a rocking, de Stevie Ray Vaughan; You done lost your good thing now, de B.B. King; Everything’s gonna be alright, de Little Walter; y I love the life I live, de Willie Dixon, junto a Kim Wilson y Joe Walsh. Otros invitados asoman en la segunda parte del disco. Ringo Starr canta Cut you loose; Robert Randolph se suma con su lap steel en Still a fool, de Muddy Waters; y Keb’ Mo’ comparte el tributo a Albert King con Born under a bad sign.

La banda que lo acompaña es impecable y maneja los ritmos y los tiempos con notable maestría. Chris Layton, ex Double Trouble, monopoliza la bacteria, mientras que Tony Franklin toca el bajo y Tiley Osbourn se hace cargo del piano y los teclados.

Su apellido y trayectoria lo convierten en el buen pastor del blues. En todos estos años, más allá de ciertos desvíos, demostró que lleva el blues en las venas y siempre estuvo a la altura de los acontecimientos, especialmente cuando le tocó compartir estudio o escenario con las viejas glorias del blues. Y esta vez no es muy distinta a las anteriores, salvo porque encara el blues con más decisión que nunca, sabiendo que ese es su futuro.

domingo, 1 de junio de 2014

Volver al futuro


Con apenas 29 años, Jarekus Singleton “está haciendo mucho ruido en el ambiente del blues”, describe la prestigiosa revista Living Blues. Hace poco firmó contrato con el sello Alligator y acaba de lanzar su álbum Refuse to lose, con el que probablemente tenga la difusión que se merece. El disco es un compendio emocional de blues moderno, una vuelta al futuro, adornado con un poderoso sonido funk y melodías novedosas. Singleton canta con mucha tenacidad, pero su fuerte son esos solos capaces de estremecer hasta los más desprevenidos.

Pero detrás de este disco y su protagonista hay una historia increíble. Podría decirse que Singleton se dedicó al blues por un capricho del destino. Si bien se crío en una familia musical, devota de la Iglesia y el góspel, y su tío le enseñó a tocar el bajo y la guitarra cuando era chico, el verdadero interés del joven Jarekus era el basquetbol. Siendo adolescente se convirtió en una de las promesas de la Universidad del Sur de Mississippi y muchos empezaron a ver en él un futuro en la NBA. Pero en 2009 sufrió una lesión en un tobillo que lo alejó definitivamente del deporte.

Entonces floreció su espíritu musical. Pero todavía faltaba para que el blues lo dominara por completo. Singleton comenzó a escribir canciones de hip hop y a rapear al mismo tiempo que retomó la guitarra. Fue todo muy vertiginoso. Supo condensar esas dos corrientes musicales en lo que denominó The Jarekus Singleton Blues Band. En 2011 editó un álbum de manera independiente, Heartfelt, que se convirtió en uno de los más difundidos por el B.B. King's Bluesville de la radio online SiriusXM, una de las más escuchadas en el mundo. Desde entonces, en apenas tres años, su camino a la cima se despejó. La revista británica Blues & Rhythm lo mencionó como una “estrella en ascenso”; Guitar Center lo eligió como el “Rey del blues del Mississippi 2011”; y recibió el Jackson Music Award al artista del año en 2012 y 2013.

Refuse to lose fue producido por Singleton y el presidente del sello Alligator, Bruce Iglauer. El álbum tiene doce canciones, todas escritas por él. “No es un disco de hip hop y menos de pop, es puro blues nacido de una fusión de la tradición del Mississippi, de donde es oriundo, la impronta salvaje e innovadora de Stevie Ray Vaughan y la narrativa del hip hop”, resume el sitio Allmusic.com. El tema que da nombre al disco es extraordinario y va camino a ser uno de los mejores del año, por su potencia sonora y los vericuetos de su composición. High minded es un blues lento y profundo, con unos solos impresionantes. Sorry tiene una gran melodía y es de las más souleadas. Crime scene es otra de las canciones que definen a Singleton como un entusiasta renovador.

En síntesis, Refuse to lose es un álbum personal y revelador, con una nueva visión del blues que, lejos de estancarlo en el pasado lo lleva hacia el futuro con la misma pasión y energía que lo hicieron aquellos viejos maestros que en momentos clave de la historia dieron el giro necesario para no morir en el olvido y adaptarse a los tiempos modernos.

jueves, 29 de mayo de 2014

Nuevo desafío


José Luis Pardo se la juega con este disco. Impone un sonido diferente con el deseo de encontrar un público nuevo y satisfacer a los que lo siguen por el blues. 13 formas de limpiar una sartén es un álbum positivo en todo sentido. Las melodías son muy animadas y los solos de guitarra están ahí, muy presentes y punzantes. En cada uno de los temas Pardo vuelca todo el soul que lleva adentro, con el desafío extra de hacerlo sonar bien en español. Y lo logra con creces.

Todos los temas fueron compuestos por él. De hecho toda la idea fue pensada por él. Dio en la tecla en dejar la producción en manos de Gabriel Cabiaglia, quien también toca la batería, para que una segunda mirada le allane el camino de la creatividad. El álbum está bien equilibrado y el sonido es sensacional, especialmente por la fusión instrumental que logra entre su viola, el hammond y los vientos.

Voy a intentar seguir sin vos es la gran apuesta del disco. Es un tema que tiene gran un groove –comandado con notable pulso por Mauro Ceriello-, un estribillo contagioso y una melodía recortada por un slide brutal. El hammond de Guillermo Raíces suma la dosis intravenosa de funk, mientras los vientos delinean los contornos. Extraño en mi hogar sigue casi en la misma tónica: también es muy pegadiza aunque aquí la interpretación vocal de Pardo es un poco más audaz. Sólo hay que saber bailar es bien rockera, casi al estilo de los Thunderbirds, donde los solos de guitarra ganan en intensidad. También hay composiciones en inglés. Just want to be with you es un acústico con una buena armonía de voces; Broken inside es una balada que bien podría interpretar John Mayer; y What the feel se percibe inspirada en Al Green. En todo caso, cantar en inglés no es nuevo para él y en los tres temas lo hace muy bien. El final es con Lavalle (Mis días en Buenos Aires) una gran balada instrumental de guitarra acústica, nostálgica, bien porteña, con la sutil intervención del violín del español Raúl Márquez, quien tocó con El Cigala, entre otros.

El disco fue grabado una parte en los estudios Moma, en Buenos Aires, y la otra en los estudios Subsónica, en Madrid. Entre los invitados figuran el saxofonista de Roomful of Blues Doug James, el guitarrista Román Mateo y el tecladista Walter Galeazzi.

Anoche, Pardo presentó 13 formas… en el Hard Rock Café, con algunos músicos que grabaron con él como Ceriello, Cabiaglia, y las cantantes An Díaz y Gina Valente. Machi Romanelli en hammond y Santiago Espósito en guitarra rítmica completaron la formación. Tocaron casi todo el disco con la intervención de una sección de vientos. Hubo un bis improvisado con Got my mojo working, con Mauro Diana en bajo y Frans Banfield en coros.

Pardo demuestra que está en una etapa creativa e interpretativa de superación. Este trabajo no implica su alejamiento del blues, sino una recta que comienza a dibujar en paralelo. Algunos lo compararán con el sonido de Robert Cray, otros con el de John Mayer y los más puristas lo perseguirán con el cuchillo entre los dientes, pero más allá de eso, en cada una de las 13 formas de limpiar una sartén está el convencimiento profundo del artista de encarar nuevos desafíos.


domingo, 25 de mayo de 2014

Un idilio que crece


Qué difícil se les va a hacer a Mariano Cardozo y a Rafa Nasta si el año que viene no lo traen de nuevo. Es notable lo que sucede aquí con Chris Cain. Hace tres años, cuando vino por primera vez, eran muy pocos los que lo conocían. Pero la insistencia de Nasta convenció a Cardozo de traerlo y con el primer show empezó el idilio de este extraordinario hombre con el público porteño.

Lo que pasa con Chris Cain se puede explicar en dos sentidos. En lo estrictamente musical el tipo no falla. Tiene un sonido de guitarra limpio y cada vez que se zambulle en un solo bucea hasta lo más profundo de su ser. Se entrega en un 100 % desde el primer acorde hasta el último. Con la guitarra suena más a Albert que a B.B. King, pero cuando canta se percibe más a B.B. que a Albert. Al margen de esas dos súper influencias, Cain desarrolló su propio estilo. Ya lo dijo Robben Ford hace unos años: “Chris es uno de los mejores bluesmen que tenemos hoy”. El otro costado de Chris Cain es el humano. Arriba y abajo del escenario es una persona sensible, amable y agradecida. Es capaz de emocionarse hasta las lágrimas cuando lo aplauden y, según los músicos que lo acompañaron ayer en La Trastienda, tiene un espíritu enorme.

El rol de la banda también es clave para que el romance entre el californiano y la gente crezca en intensidad. Por cuarta vez consecutiva, estuvo acompañado por Nasta Súper. Gabriel Cabiaglia y Mauro Ceriello son una aplanadora de swing, entienden todos los cambios que plantea el maestro y marcan el ritmo con autoridad y prestancia. Rafa Nasta y Walter Galeazzi son los andamios donde se construye la magia de Cain, quien a su vez les da rienda suelta en más de una ocasión para que se expresen con sus solos.

El show empezó con Nasta Súper calentando motores con un shuffle instrumental. El maestro apareció en escena con su Gibson 339 y se metió de lleno en Something’s got to give. A diferencia de sus shows anteriores, esta vez abrió las puertas del escenario a algunos invitados. Mariano Cardozo y Fisu lo acompañaron con sus saxos en Born under a bad sign y The thrill is gone. Uno de los puntos más altos de la noche lo protagonizó Mariano Massolo, quien esperó la fabulosa intro de Chris en la balada Idle moments para sacar los sonidos más maravillosos de su armónica. El otro invitado fue Alambre González, quien reemplazó en la segunda guitarra a Rafa Nasta en Good evening baby. Chris Cain también tuvo su momento de soledad al piano, en el que mostró una exquisita combinación de Sunnyland Slim y Charles Brown. El plus de anoche fue el sonido excelentemente trabajado desde la consola por Daniel De Vita.

Gintonics (Foto: Mecha Frías)
La gran velada tuvo un comienzo prometedor. El debut de Gintonics sobre el escenario de La Trastienda marcó un nuevo logro de la Escuela de Blues y le permitió a mucha gente entrar en contacto con una exquisita y prolija banda. An Díaz (voz) María Heer (guitarra), Anahí Fabiani (teclados), Florencia Rodríguez (bajo) y Rodrigo Benbassat (batería) desplegaron su combo de blues y soul con mucha naturalidad y soltura. El repertorio incluyó Don’t pass me by, de Sean Costello, I ain’t got you, de Jimmy Reed, y otras lindas canciones como 99 & a half y I’m holding on. Dos cosas hay que resaltar de la presentación de Gintonics. La primera es la parábola de María Heer, quien hace tres años empezaba a tomar clases con Rafa Nasta, en paralelo con la primera visita de Chris Cain, a quien admira, y ahora terminó abriendo el show y recibiendo la buena onda y las felicitaciones de sus maestros. Y la segunda fue el momento inolvidable que vivió An Díaz, quien después de lucirse al frente de la banda terminó cantando con mucha energía Kansas City en el bis de Cain, luego de que el guitarrista la fuera a buscar al backstage y literalmente la arrastrara al centro del escenario.

El final fue un calco de los shows anteriores. Decenas de personas estrechando la mano del artista, pidiéndole más. Todos emocionados y agradecidos. Eso se trasladó a la puerta de La Trastienda, donde hubo escenas de cariño interminables. Y así, una vez más, cada show de Crhis Cain que termina abre la puerta del próximo. Será cuestión de esperar.

jueves, 22 de mayo de 2014

El viejo lord del blues inglés


John Mayall ya hizo de todo y se anima a hacer algo más. A 50 años de su primer trabajo discográfico, acaba de lanzar un nuevo álbum con un título elocuente: A special life (Una vida especial). Lo interesante del disco, así como de su vida, es que Mayall una vez más suena a Mayall, independientemente de que los ritmos, estilos o formatos varíen entre un álbum y otro. Eso es algo que caracterizó a lo largo de los años a este verdadero creador y maestro de una generación de músicos que se nutrió del blues para brillar con el rock.

El sonido Mayall radica fundamentalmente en su voz nasal, en su estilo de tocar la armónica y en su tremenda capacidad para reconvertir el blues de Chicago en algo propio. A eso le suma un talento natural para rodearse de grandes músicos y una capacidad ilimitada para componer canciones.

Desde la portada, A Special life propone algo atractivo. No es un álbum denso y triste, sino más bien vital y profundo. La banda que lo acompaña está conformada por Rocky Athas (guitarrista texano que tocó con Buddy Miles y tiene un par de discos solista), Greg Rzab (ex bajista de Otis Rush, Buddy Guy y los Black Crowes) y Jay Davenport (baterista de Chicago discípulo de Clifton James). Todos ellos están con el lord del blues inglés desde 2009. Aquí se suma también el acordeonista C.J. Chenier, hijo del legendario Clifton Chenier, quien aporta el espíritu de Nueva Orleans y el zydeco en un par de temas.

En el track uno, Why did you go last night, el acordeón domina la intro hasta que Mayall y Chenier empiezan a cantar a dúo con mucha pasión. Los solos de Chenier se alternan con el piano de Mayall en una gran combinación de estilos. Speak of the Devil, de Sonny Landreth, es mucho más potente que la anterior, la guitarra salvaje de Athas toma el rol protagónico y marca las pautas y la dirección del tema. Mayall resurge con su armónica en el clásico de Jimmy Rogers, That’s all right, aunque en un tempo más acelerado que la original. En World gone crazy cuestiona las guerras, las religiones y a la intolerancia con un ritmo animado y una melodía adherente. Mayall eligió la versión de Floodin’ in California, de Albert King, para sacarse las ganas con el hammond y dejar que Athas haga el solo más intenso de todo el disco. En A Special life baja un cambio, desenchufa y con un ritmo pausado y una armónica serpenteante canta “Viví una vida especial, libertad es mi segundo nombre”. La lista de temas la completan otros dos covers –Big town playboy, de Eddie Taylor, y I just got to know, deJimmy McCracklin-, dos nuevas canciones propias y una de Greg Rzab.

Me gustó mucho la definición de Marcelo Martino en Facebook: “Toda una vida sin que se haya visto condicionado por las modas o las listas de ventas: trampolín de grandes músicos, pionero en modas (vestuario, portadas de discos, diseño de sus propios instrumentos) salvavidas de músicos a la deriva, descubridor de innumerables talentos, predicador del blues, eterno hippie y como si esto fuera poco disco ¡nuevo en 2014 a los 80 años!”

sábado, 17 de mayo de 2014

El último rugido del león


El título del nuevo álbum de Leon Russell sugiere que será el último y las notas que lo acompañan reafirman esa suposición. “Este es el disco de mi viaje musical por la vida. Refleja partes de cosas que he hecho y cosas que nunca hice por distintas razones.”

Life journey tiene doce canciones que son una síntesis perfecta de su carrera de más de cinco décadas. Comienza con Come on in my kitchen, una de las 29 canciones de Robert Johnson que ha sido versionada hasta el hartazgo, aunque ésta se destaca por encima de la media por la tremenda interpretación vocal de Russell y por su ritmo más acelerado. Ese y Fool’s Paradise son los únicos blues del álbum. El resto de los temas se orientan más al R&B o al jazz, más algunos pequeños guiños al country rock, una especialidad de la casa. En tres de las canciones, entre ellas Georgia on my mind y I got it bad & that ain’t good, el viejo pianista está rodeado por la orquesta de Clayton-Hamilton. La otra es el clásico de Billy Joel, NY state of mind. Entre tanto cover hay dos temas nuevos: Big lips y Down in Dixieland.

El productor ejecutivo del disco fue Elton John, quien hace un par de años rescató a Russell del olvido al grabar juntos el álbum The Union. Pero aquí el productor no es T-Bone Burnett como en aquel, sino Tommy LiPuma, un tipo acostumbrado a trabajar con músicos de jazz. Así lograron darle a este disco un sonido más robusto y vívido que el anterior. El aporte de algunos músicos fue clave. Robben Ford desenfunda sus solos en That lucky old sun y Fool’s Paradise. Greg Leisz, de vasta trayectoria junto a artistas tan diversos como Sheryl Crow, Wilco o Joe Cocker, suma su pedal steel guitar en tres temas. Willie Weeks, bajista de George Harrison, Ron Wood y Donny Hathaway, entre otros, aporta un swing brutal en media docena de canciones.

Life journey también entra por los ojos. La foto de la portada, tomada por Ryan Roth, es un retrato cautivante. Ese primer plano en blanco y negro resalta una mirada adusta atravesada por los pliegues de su rostro y su pelaje mullido y canoso. En algún punto me hizo recordar a la de Miles Davis en Tutu.

A los 72 años, y luego de una carrera notable, más un tiempo sumido en el ostracismo, Leon Russell parece despedirse a lo grande, con un disco que recaptura la vieja mística de la era Shelter y los setentas. Es el rugido del león que dice adiós.


martes, 13 de mayo de 2014

Súper festival


El nombre de este festival molestó a los puristas. Best of Blues suena pretencioso y engañosamente definitorio, más teniendo en cuenta que, salvo Buddy Guy y tal vez Ana Popovic, los demás no son artistas que los bluseros cataloguen como tales. Así que en eso hay que darle la razón a aquellos que defienden la tradición contra toda lógica evolutiva. Al margen del nombre, el festival auspiciado por Samsung Galaxy, que se realizó el fin de semana en San Pablo, Brasil, fue espectacular. Claro que no fue un show para todos. Las entradas eran muy caras y los lugares limitados. Así y todo durante dos de las tres jornadas estuvo prácticamente lleno. Se hizo en el Golden Hall del World Trade Center paulista, a metros del hediondo río Pinheiros, un salón multiespacio para unas mil personas ubicado en un quinto piso, por lo que el público tuvo que hacer cola para poder subir en ascensor.

El viernes, la apertura estuvo a cargo de la serbia Ana Popovic, una de las guitarristas más calientes de la nueva generación. Apareció en escena con un vestido ajustado mientras la banda -John Williams (bajo), Stéphane Avellaneda (batería) y Steve Malinowski (hammond)- marcaba el ritmo de un shuffle instrumental. Ella tomó una strato, pisó los pedales y arrancó con Can you stand the heat, pero los graves estaban muy arriba y no se escuchó mucho su guitarra. Ese problema siguió durante gran parte del show hasta que lograron corregirlo. El primer tema que sonó bien fue Navajo moon, un blues lento de casi diez minutos, con tintes de balada jazzeada, dedicado a Stevie Ray Vaughan. Pero ya no quedaba mucho más. Cerró con Can you see me, de Jimi Hendrix, donde se pudo apreciar en toda su dimensión su talento con las seis cuerdas, aunque lo llamativo fue el solo del bajista que incluyó hasta un punteo con la boca.

Veinte minutos después apareció en escena Jonny Lang con su banda, conformada por una segunda guitarra, teclados, bajo y batería. Abrió a toda máquina con Blew up (The house) y Freight train. Bajó un cambio con un slow blues, A quitter never wins, y luego volvió a subir con Turn around, en el que hizo un scat fabuloso. En vivo, Lang es potente y aguerrido, poco tiene que ver con sus discos de estudio, especialmente los últimos en los que se acerca más al sonido de Maroon 5 que al de un blues rocker. Delante del público sus punteos son asesinos y su voz grave suena con muy potente y muestra un gran registro para los agudos. También tocó la balada Red light y el clásico de Stevie Wonder, Living for the City. Terminó con Rack em up, de su álbum debut Lie to me, y Angel of mercy. Pero lo mejor de esa noche estaba por venir.

Marty Sammon comenzó a desplegar la lírica de su hammond, mientras Orlando Wright y Tim Austin apuntalaban el ritmo. Buddy Guy saludó y se metió de lleno en Damn right I’ve got the blues. De entrada nomás, mostró su amplia gama de trucos y enajenó al público que se fue en masa hacia adelante. Hilvanó blues de Chicago con mucha garra: Hoochie coochie man, She’s nineteen years old y Close to you, que incluyó un solo vibrante del otro guitarrista, Ric Hall. Buddy estaba encendido y como siempre bajó a tocar entre la gente y se quejó porque alguien le volcó un vaso de cerveza encima. Para cuando empezó con Someone else is steppin' in todo el mundo estaba en llamas. ¡Y faltaba la mitad! En Five long years, además de todas sus muecas, hizo un tremendo duelo con Sammon. Fever y una versión funky de I just want to make love to you precedieron a sus clásicas imitaciones, que incluyeron a John Lee Hooker, Albert King, Ray Charles, Marvin Gaye, Eric Clapton y Jimi Hendrix. Hasta ahí el show fue bastante parecido al que dio en Buenos Aires hace dos años. La diferencia estuvo en que esta vez invitó al escenario a dos de sus hijos. “Y pensar que cuando era chico no escuchaba blues”, dijo sobre Greg, quien con la guitarra a lunares de su padre hizo un solo en Feels like rain primero y otro en Little by little, mientras cantaba su hermana, Carlise. El gran Buddy se despidió con Meet me in Chicago, de su último disco, en medio de una explosión de júbilo envolvente.

El sábado arrancó con la presentación de la cantante local Céu, que fusiona MPB, bossa y soul con bases electrónicas. Apenas escuché un par de temas suyos mientras me acomodaba para lo que vendría después. A las 21, una decena de músicos coparon el escenario y dieron pie a la presentación de Joss Stone. La rubia inglesa lucía el pelo suelto y un vestido blanco angelical. Entró sonriendo y fue ovacionada por el público. Empezó a cantar a capella The chokin’ kind y segundos después se sumó su banda. Promediaba el segundo tema, You had me / Super duper love, y los de seguridad hacían un esfuerzo enorme para tratar que la gente se quedara en sus lugares y no se les desmadrara el evento como la noche anterior con Buddy Guy. Pero ella hizo una seña con la mano para que todos se acercaran a bailar y los patovicas perdieron el control y no tuvieron más remedio que resignarse. Stone es hermosa, canta bárbaro, baila muy bien y tiene mucha onda. Su repertorio, tanto en sus discos como en vivo, tiene una orientación más pop, pero cuando canta soul clásico, como en su álbum debut, es fantástica.

El gran final vino de la mano de uno de los mejores guitarristas de la historia del rock. La presentación de Jeff Beck fue imponente, no sólo por lo que hizo con la guitarra, sino por la solidez y la prestancia de su banda, en particular de la bajista australiana Tal Wilkenfeld, de apenas 27 años. El primer tema fue Morning dew, cantado con mucho vigor por Jimmy Hall, vocalista de la banda Wet Willie. El repertorio alternó instrumentales como Stratus o Freeway jam, con clásicos cantados por Hall: I ain't Superstitious, A change is gonna come, Rollin’ & tumblin’ y un medley de Jimi Hendrix que incluyó Little wing, Foxy lady y Manic depression. La técnica de Beck es asombrosa, su pulgar aventurero saca las notas más fabulosas, mientras Wilkenfeld y el baterista Vinnie Colaiuta lo llevan como un auto deportivo a toda velocidad por una autopista desierta. Joss Stone subió para I put a spell on you y luego la bajista mostró que también es una gran cantante en You shook me. Para terminar, Beck fulminó con su demencial versión de A day in the life, de los Beatles. Dejaron el escenario en medio de una locura colectiva y volvieron para un bis, que no podía ser otro que Wild thing.

No pude quedarme al último día del show, que tuvo como plato principal a Trombone Shorty, pero lo que vi me alcanzó para satisfacer el alma, más allá de las discusiones por el nombre, fue un súper festival… la música está por encima de cualquier encasillamiento y eso es lo que importa.

viernes, 9 de mayo de 2014

Sangre y agallas


Luther Dickinson es uno de los músicos más prolíficos del sur de los Estados Unidos. Además de ser el alma de los North Mississippi All-Stars, desde 2008 es miembro regular de los Black Crowes y en los últimos años ha encarado distintos proyectos como The Word –con John Medeski y Robert Randolph-, South Memphis String Band –con Alvin “Youngblood” Hart y Jimbo Mathus-, y el poderoso trío de guitarras junto a David Hidalgo y Mato Nanji. Así y todo tiene tiempo para componer canciones y grabar discos propios. Ahora acaba de lanzar su segundo álbum solista, el fabuloso Rock ‘n’ roll blues.

En los Estados Unidos, a este tipo de música se la clasifica como americana, que no es otra cosa que una combinación de Delta blues, country y folk. El hijo del gran Jim Dickinson, leyenda musical de Memphis, se destaca desde las composiciones y sus poderosas interpretaciones, especialmente con el slide. Aquí canta y toca distintas guitarras, algunas hechas con cajas de cigarros, respaldado por Amy LaVere en contrabajo y los bateristas Lightnin’ Malcom y Shardé Thomas, la nieta del bluesman Othar Turner.

Blood ‘n’ guts (Sangre y agallas) es, para mí, una de las mejores canciones del año, principalmente por su exquisita melodía y ese estribillo tan cautivante. En Goin’ country, Dickinson evoca a sus grandes maestros Junior Kimbrough y R.L. Burnside con un blues arrastrado y provocador, mientras que Yard man es la pieza más campestre del disco. En Mojo, mojo va a lo más profundo de la tradición del Hill country blues gracias al aporte de Shardé Thomas en pífano, una pequeña flauta muy aguda que se toca atravesada y que fue el instrumento característico de su abuelo. El tema que da nombre al disco es otra joya: Dickinson canta con una notable soltura y el combo de sonido es avasallador. Bar band es una composición sublime y un tanto más rockeada que las demás. Karmic debt tiene un halo más reflexivo apuntalado en una percusión galopante.

Las letras de las canciones son todas autobiográficas, ponen su alma y pensamientos al desnudo, y se nutren de historias que atraviesan las de Robert Johnson y Duane Allman. Rock ‘n’ roll blues fue producido por el propio Luther Dickinson y, si bien no es tan abrasivo y potente como sus trabajos con los North Mississippi All-Stars, es un disco a pura sangre blusera y agallas innovadoras que no se puede dejar pasar.

martes, 6 de mayo de 2014

Las rarezas de Junior Watson


Es un tipo raro. Su barba espesa, que oculta una cicatriz, es como el nido de su cabeza desnuda. El traje le queda grande y se queja que le duele la espalda. Dice un chiste en inglés, que a algunos les parece malo y otros no lo entienden, aunque un par se ríen de compromiso. “No se enojen conmigo, yo no lo inventé sólo lo cuento”, retruca. Transpira bastante. Se seca la cara y la calva con una toalla una y otra vez. Le gusta contar breves historias. Se jacta de que descubrió a John Nemeth en Idaho. Muestra su amuleto, una púa que era de Hendrix. “Yo lo vi en vivo”, revela con cierto orgullo que no puede disimular. Recuerda que tiene sangre latina porque su madre era portuguesa. Cuenta que en Buenos Aires se comió el mejor bife de su vida y que, tras un mes de gira por Brasil y Argentina, se siente cansado y con ganas de volver a su casa.

Ese es Junior Watson entre tema y tema. El resto es música. Cuando el tipo empieza a rasgar las cuerdas de su Spaguetti Western diseñada por Dan Dunham las palabras quedan a un lado. Su gran virtud es que no recurre a ningún tipo de cliché a la hora de tocar. Maneja las armonías, los ritmos y los punteos con una naturalidad asombrosa. Anoche, en el Be Bop Club, en San Telmo, demostró una vez más que puede salirse del molde tradicional sin apartarse del jump blues, el estilo que lo caracteriza desde hace décadas. Fue una noche íntima. El público estaba conformado en un 90 por ciento por músicos de blues, desde Alambre González y Rafa Nasta, hasta Mariano D’Andrea y Nicolás Smoljan. Watson estuvo acompañado por el brasileño Rodrigo Mantovani, bajista de Igor Prado; Pato Raffo en batería; y Tavo Doreste, rebautizado “Gustav” por el guitarrista al momento de presentarlo, en piano.

Más allá de que a Watson no le gustó mucho el amplificador que le dieron, en líneas generales el sonido fue bueno. Como en su visita anterior, cuando abrió la primera edición del Buenos Aires Blues Festival en La Trastienda, optó por un repertorio variado. Tocó algunos blues de su disco If I had a genie, de 2002, y un par de su trabajo más reciente, Jumpin' wit Junior. También mostró algunas rarezas como su aproximación a la bossa nova; una breve versión instrumental de Michelle de los Beatles; o el medley de música surf que incluyó extractos de Link Wray, Dick Dale y del grupo sueco The Spotnicks. Y claro que no faltaron sus versiones latinas de Chicago Cha Cha, Cuban getaway y Tequila.

La banda lo acompañó con precisión y mucho swing. Pato Raffo y Mantovani conformaron un rítmica sólida y justa, mientras que Tavo Doreste lo siguió desde el piano o los teclados con mucha atención y aprovechó los momentos que Watson le dejó para mostrar lo suyo, como por ejemplo en el Dragnet blues, el clásico de Johnny Moore que la mayoría le atribuye al pianista Charles Brown. Lo mejor de la noche vino al final: Watson homenajeó a Pee Wee Crayton con su Blues after hours, llevó a todos bien abajo para luego subirlos abruptamente. Quemó las cuerdas y hasta tocó con la guitarra arriba de los hombros. Pero más allá de esa exhibición de talento, todo el tema estuvo atravesado por un profundo sentimiento y una técnica exquisita.

domingo, 4 de mayo de 2014

Presente y futuro del viejo rock


Fotos Pablo Potapczuk
Se corre el telón y ahí están ellos, engalanados con sus atuendos setentosos y rodeados por luces tenues estratégicamente ubicadas. Julio Fabiani comienza a deslizar el slide sobre las cuerdas de su Stratocaster. Es un punteo profundo inspirado en los Allman Broithers, en Little Feat, en los Black Crowes. Va al núcleo de las cosas. El otro guitarrista, Brian Figueroa, superpone riffs que van conformando la melodía de Adiós, mientras la sección rítmica comienza a despegar sigilosamente. En apenas segundos, Támesis creó un clima místico y tiene a todos elevados. Guido Venegoni, con su frondosa melena, toma el micrófono y pregunta: “¿Cómo están? Nosotros estamos bárbaro” La gran noche que tanto esperaban llegó. Es aquí y ahora, en La Trastienda.

Lo venían preparando desde hacía meses. Usando una analogía futbolera, los chicos de Támesis salieron a jugar una final como verdaderos campeones. Se nota que hubo mucho trabajo previo. Los temas, los arreglos, los solos, las armonías vocales, la combinación instrumental muestran el equilibrio justo entre múltiples ensayos y talento espontáneo.

El rock sureño es el hilo conductor, pero Támesis muestra mucho más: soul cuando se combina la voz de Guido Venegoni con las de las coristas Florencia Andrada y Micky Gaudino; funky en el momento en que Diego Gerez le imprime efectos a su teclado respaldado por la contundencia de los vientos de Mauro Chiappari y Yair Lerner; psicodelia cuando las guitarras y el hammond entran en trance; y rock and roll clásico cuando todos explotan con fuerza, apuntalados en el dinamismo de la rítmica de Homero Tolosa y Sacha Snitcofsky. ¿Y blues? Siempre está presente aunque no lo parezca. En cada punteo de los violeros se percibe esa raíz negra. Parafraseando a Muddy Waters, la Escuela de Blues tuvo un hijo y su nombre es Támesis.

La noche de gala tiene sus invitados. Nicolás Bereciartúa, el hijo de Vitico, se suma con su slide al jam sureño de Canción espiritual. Julian Kanevsky, guitarrista de Andrés Calamaro, aporta experiencia y solos demoledores en Desperté, mientras que Nico Raffetta, tecladista de Ciro y los Persas, derrocha un swing fabuloso en Equivocado.

El repertorio está conformado por temas de sus dos discos, Aprendiendo a volar (2011) y Mensaje para vos (2013), y un par de covers, como siempre suelen hacerlo. Esta vez tocan Bitch, de los Rolling Stones, y Adónde está la libertad, de Pappo, ambas cantadas con mucha fuerza y buen registro por Guido, un hechicero arriba del escenario.

Támesis es el presente y futuro del viejo rock. Se nota que la banda está perfectamente ensamblada y que entre ellos se llevan genial. Y además de lo que muestran arriba del escenario cuentan con el respaldo de un equipo de gente que trabaja mucho y muy bien en todo lo que los rodea. Ya superaron con éxito La Trastienda y van por más, mucho más. Como decía Tom Petty en Into the great wide open: “El cielo es el límite”.

sábado, 3 de mayo de 2014

Mark Hummel y los tres mosqueteros


El D’Artagnan de la armónica, Mark Hummel, necesitaba para su nuevo disco a sus aliados Athos, Porthos y Aramis y no anduvo con rodeos. Little Charlie Baty, Anson Funderburgh y Kid Andersen fueron los elegidos. Así que sólo imaginen como estos mosqueteros del blues combinaron sus guitarras con la armónica del jefe. Blues en su mejor expresión y sin encasillamientos. Un poco del sonido de Chicago, otro poco del West Coast y Texas, mucho swing. El resultado es asombroso.

The hustle is really on tiene 14 temas inspirados en leyendas como Little Walter, T-Bone Walker, Junior Parker y Bobby Bland, entre otros. De hecho dos de los temas, Tonight with a fool y Crazy legs, son del legendario armonicista. Los otros covers son What is that she got, de Muddy Waters; Give me time to explain, de Percy Mayfield; y la canción que da nombre al album de T-Bone Walker. El resto son composiciones propias de Hummel.

Hummel se encarga de las voces y de la armónica, y derrocha una andanada de swing brutal. Las guitarras se alternan con esmero: los tres son espadachines osados que saben lo que es tocar con grandes armonicistas. Funderburgh lo hizo durante muchos años junto a Sam Myers; Baty tocó décadas con Rick Estrin en los Nightcats, lugar que dejó y fue ocupado precisamente por Andersen.

Little Charlie Baty & Mark Hummel
Funderburgh y Baty tienen estilos similares, son finísimos y profundos, mientras que el guitarrista noruego, tal vez por una cuestión generacional, es un poco más aventurero, pero siempre respetando los lineamientos de la tradición blusera. Andersen, además, tuvo una presencia más activa en la grabación desde los controles, ya que estuvo a cargo de la ingeniería de sonido. Sin embargo, su nombre no aparece en la portada. El álbum, que fue grabado entre Chicago y California, también contó con la participación de músicos con mucha trayectoria como Sid Morris (piano), R.W. Grigsby (bajo), Wes Starr (batería) y June Core (batería), más la presencia estelar de Doug James, saxofonista de Roomful of Blues

“Para mí todo se trata de mantener la verdadera esencia del blues”, dijo Hummel en una entrevista a la revista Blues Blast. Y este disco de valientes mosqueteros es un fiel reflejo de que lo que D’Artagnan piensa y siente con respecto al blues.

miércoles, 30 de abril de 2014

Country blues independiente

Goyo Echegoyen y Marcos Lenn son músicos diferentes, pero los dos enarbolan la bandera del country blues. Claro que cada uno lo entiende a su manera. Goyo hace referencia al blues rural más arcaico, el de un nómade que va con su guitarra y su armónica recreando las viejas canciones del Delta del Mississippi. En el caso de Marcos, su country blues argentino, como lo llama él, es una combinación de ambos géneros cantados en español. Lo de Goyo es más crudo, lo de Marcos es más melódico. Estilos diferentes, sí, pero con algo en común: ambos son músicos independientes que siempre la pelearon bien desde abajo. Ahora, Goyo acaba de editar un nuevo disco y Marcos está relanzando uno de sus álbumes emblemáticos.

Goyo Delta Blues – El blues de Son House. El sexto disco de la carrera de Goyo no es un tributo a Son House como sugiere su nombre. El título se debe al primer tema, una composición propia inspirada en el padre del Delta blues, en el que Goyo desliza su slide por sobre las cuerdas de su guitarra resonadora afinada en 432 hz, mientras se acompaña de la armónica y canta en español sin correrse del estilo más puro. Su sonido es rústico y visceral. Su objetivo, en este trabajo así como en los anteriores, es reproducir de la manera más fiel la forma de tocar y grabar que usaban los viejos bluesmen itinerantes. La selección de temas, en su mayoría, son clásicos de las década del 30. Claro que hay dos de Son House, Preaching blues y Pony blues, pero más que nada hay covers de Robert Johnson: Stop breaking down, Come on my kitchen, Crossroad blues, Hellhound on my trail y Me and the Devil. También versiona Boogie chillen, de John Lee Hooker, y Can’t be satisfied, de Muddy Waters. Muy importantes resultaron para que el registro del disco esté a la altura de las circunstancias las compañeras de Goyo, sus guitarras: una National Duolian de 1934, una Dobro Regal de 1930, y dos Parlor de comienzos de siglo. El blues de Son House es un gran disco interpretado por un artista que respeta la tradición a rajatabla contra toda imposición comercial.

Marcos Lenn – Está todo pago. Este disco ya tiene unos años, pero ahora Marcos Lenn logró darle la puntada final, esa que se le fue postergando por diversas razones ajenas a su voluntad. En algún punto, el álbum fue lanzado de manera incompleta y a las apuradas. Pero esa deuda que tenía con él mismo fue subsanada. Juanjo Hermida agregó los teclados, él grabó nuevamente sus pistas de guitarra y Pablo Hadida lo ayudó en la masterización. Y ahora sí, esta versión final de Está todo pago, con tres temas nuevos, es la que Marcos soñó desde un comienzo. Las canciones, casi todas escritas por él, tienen una impronta country, con pinceladas bluseras y algo de rock and roll. No es country outlaw, sino que es más bien melódico. Voz de guitarra, Alguna vez, Si querés, No es lo que esperaba hoy y Nada más son grandes canciones, interpretadas con mucho sentimiento, que de tener la difusión adecuada podrían trascender. El álbum tiene dos covers: Ella en la ventana está aprendiendo a llorar, de Fernando Goin, y Merci d’etre Venus, del francés Jean Jaques Milteau. Además de la presencia estelar de Juanjo Hermida en piano y hammond, acompañan al cantante grandes músicos como Pablo Hadida en Lap steel, Fernando Goin en guitarra, Martín Cipolla en bajo, Rodrigo Loos en contrabajo, Mariana Galli en armónica y Pablo Pamieri en batería. Como él mismo dice en el disco: “El que lucha sin soñar no llega, el que sueña sin luchar tampoco”.