sábado, 25 de febrero de 2017

Comfort sureño

Rich Robinson - Foto Daniela Cilli
Rich Robinson no es muy expresivo, al menos con las palabras y los gestos. Sí lo es con sus solos de guitarra, extensos y profundos, y con las letras de sus canciones. Dos de las tres veces que se dirige al público son para agradecerle a Nico Bereciartúa, guitarrista de su banda, por haberlo traído a la Argentina. La otra es para cuestionar a los que usan sus teléfonos celulares para ver Facebook en medio del show. “Desde aquí podemos ver cómo se iluminan sus caras”, dice.

El sonido de Rich Robinson, en su versión solista, es mucho más refinado que el de los Black Crowes, por más que en el set list incluya varios temas de la banda que formó con su hermano Chris a mediados de la década del ochenta. Pero el espíritu es el mismo. Eso no lo negocia: rock & roll sureño en su máxima expresión.

A las 21.45 se corre el telón del Teatro Gran Rivadavia y los músicos entran en fila. Nico Bereciartúa, que animó la previa con su propia banda, encabeza el grupo y se ubica en el extremo opuesto. Robinson lleva el pelo atado, se cuelga la guitarra al hombro y lanza los primeros acordes de Shipwrek, tema con el que abre su disco Flux. Pero algo falla. Su voz no se escucha en absoluto y, pese a las reiteradas señas que le hace al sonidista, no logra solucionarlo.

En el segundo tema, Stand up, cantado por John Hogg –también corista, guitarrista y percusionista- el sonidista arregla el percance y todo vuelve a la normalidad. El resto del repertorio alterna entre temas de sus propios discos con algunos de los Black Crowes como Hotel illness, What is home y Oh Josephine, en la que se genera un cruce de solos entre Rich, Nico y el tecladista Matt Slocum, que marca un quiebre en la intensidad sonora que propone la agrupación.

A partir de ese momento, con otra de los Crowes, Wiser time, la banda sube el volumen a límites sensibles y no parara hasta el último acorde de la noche. Los solos Rich y Nico se conjugan en cada una de las canciones, algunas veces con slide y otras no, pero generando una alternancia inflamable que llega a su pico con el cover de los Allman Brothers, Stand back.

Nico Bereciartúa. Foto Daniela Cilli
La banda tiene una tremenda solidez y su articulación es de una complejidad notable. El ritmo que llevan Sven Pipien (bajo) y Joe Magistro (batería) es inquebrantable.Se percibe el comfort sureño y en su explosión roquera, de jam perpetua, conviven las raíces más profundas de la música norteamericana. Y Nico se desenvuelve entre ellos con mucha naturalidad. Todos sus punteos fluyen libremente y cuando lleva la rítmica lo hace con mucha convicción. Su relación con Rich, que comenzó con una botella al mar, se convirtió en una sociedad que apuesta al futuro.

La capacidad del teatro está en un 60 o 70 por ciento. El público tiene momentos de júbilo aunque a algunos se los ve aturdidos por el volumen. Sobre el final llega Oh! Sweet nuthin’, exquisito cover de Velvet Underground, que Rich canta con mucho sentimiento y en el bis vuelve a los Black Crowes con Thorn in my pride, porque siempre, siempre, se vuelve a las fuentes.

viernes, 17 de febrero de 2017

Reunión cumbre


En 2010, Viviana Dallas y Marcelo Ponce cumplieron un viejo sueño: trajeron a la Argentina a Stefan Grossman -músico e historiador neoyorquino, discípulo del Reverendo Gary Davis- para realizar una serie de conciertos y workshops. La experiencia fue muy enriquecedora para el dúo más reconocido del country blues y el gospel local. A más de seis años de aquella reunión cumbre, acaban de lanzar el álbum Down home sessions in Argentina, que revive algunas de las canciones que tocaron juntos.

El disco, que por ahora no fue lanzado en formato físico, comienza con Ponce y Grossman llevando adelante las guitarras mientras Dallas canta Lonesome day blues, de Blind Willie McTell, y Sebastián Casaccio en contrabajo y Matías Mingote German en batería sostienen el ritmo con sutileza. En la misma línea, pero con un espíritu más del Delta del Mississippi, se embarcan en Dust my broom, para luego circunscribir el canto de Dallas a la época dorada del vaudeville con Mean old bed bug blues. Vuelven sobre Robert Johnson, porque siempre se vuelve a Robert Johnson, con una interpretación candente de When you got a good friend.

Es extraordinario el clima que logran cuando versionan Hard time killin' floor de Skip James. El tempo es muy adecuado, la vocalización es conmovedora y las guitarras, esta vez desnudas sin el sostén de la base rítmica, nos transportan a los más profundo del Mississippi. Y allí mismo nos dejan con la cadencia de My baby left me. El repertorio concluye con aproximación a la figura de Blind Blake, con tres de sus temas al ritmo del ragtime, con soltura y buen pulso.

El disco -disponible en Itunes, Amazon, Emusic y Spotify- es una muestra acabada de cómo nuestros artistas de blues están a la par de los estadounidenses tanto en su nivel de conocimiento de la historia del blues como en su capacidad interpretativa y sus dotes técnicos. Pero, tal vez lo más importante de todo, en el caso de Dallas-Ponce, es la pasión con la que viven y sienten el blues.




jueves, 9 de febrero de 2017

Nashville


El trayecto de Oxford a Nashville es el más largo y agotador de todos los que realizamos. El GPS nos lleva por una ruta alternativa, la 18, hacia Jackson, Tennessee, y tras más de dos horas de viaje, empalmamos con la autopista 40. Llegamos a la meca de la música country de noche y nos alojamos en un Days Inn en las afueras de la ciudad. El frío, que venía aumentando en los últimos días, aquí ya resulta insoportable. La temperatura, a eso de las 21, es de cinco grados bajo cero. Así y todo, nos ponemos la ropa más abrigada que tenemos y vamos hasta Broadway, la avenida donde la música brota en cada rincón.

Estacionamos el auto en un parking porque no hay otra opción más que esa y encaramos hacia el bullicio y las luces de neón. Los primeros metros no parecen tan duros, pero enseguida nos damos cuenta que los porteños no estamos preparados para soportar semejante frío. Pasamos por la puerta del mítico auditorio Ryman y ni siquiera podemos detenernos unos segundos para contemplarlo. La sensación es de congelamiento inminente. No damos más. Entramos en el primer lugar en el que parece que podremos recuperar el calor corporal y comer algo. Es un local de hamburguesas, para variar, y pedimos un par de cheeseburgers con papas y batatas fritas. La de Gabriel tiene panceta y cebolla. La mía, apenas tomate.

Estamos en Nashville y no vamos a dejar que el clima nos derrote. Cuando terminamos de comer nos ponemos los guantes, las bufandas, las camperas con capucha y salimos de nuevo a Broadway. Pero perdemos por goleada. Empezamos a caminar rápido en busca de otro lugar en el cual refugiarnos mientras el frío nos clava sus agujas. Entramos en un antro llamado Layla’s. donde suena un rockabilly potente y ruidoso que al principio no nos entusiasma, pero que con el correr de los temas empezamos a disfrutarlo. La banda se llama Hillibilly Casino y toca temas de Johnny Cash, Buddy Holly y Gene Vincent. El cantante tiene una energía demoledora y es un frontman muy atrevido. El trío que lo respalda –guitarra, contrabajo y batería- suena muy compacto. Invitan a cantar a una vocalista de la Brian Setzer Orchestra, Leslie Spencer, y luego a un veterano, pelado y regordete, que dicen que fue contrabajista de Bill Monroe. Se ve que aquí son todos músicos menos yo. Al final abandonamos, pero sin tirar gas pimienta, y nos vamos al hotel porque al día siguiente tenemos mucho por ver.

El sábado a la mañana amanece muy fresco pero el pronóstico augura una temperatura más aceptable. Nuestro primer destino es el Grand Ole Opry House, un clásico de la música country, y del gringaje en general, que está a unos 25 minutos del centro de la ciudad. La gran sala está en medio de un imponente mall comercial, que representa la máxima exaltación del consumo. Sentimos cierta repulsión y decidimos no pagar los 26 dólares que sale el tour por la sala. De allí nos vamos al Partenón, una réplica exacta, de hecho la única que hay en el mundo, de la mítica edificación griega. Este fue construida en 1897 y es una de las pocas atracciones turísticas de Nashville que no está relacionada con la música.

A unas pocas cuadras está el campus de la Universidad de Fisk, cuna del gospel, y allí lo pierdo a Gabriel durante un buen rato. Cuando reaparece todavía es de día y vamos en busca de la revancha a Broadway. Primero pasamos por el Ryman, lo rodeamos pero no podemos entrar porque hay un show que está sold out. Entonces caminamos por aquí y por allá. Nos cruzamos con varios músicos callejeros que tocan por monedas y tenemos la desgracia de escuchar al único negro sin ritmo del mundo: un imitador de Louis Armstrong que canta una y otra vez When the saints go marching in y hace unos solos de trompeta que son más dañinos que el frío del día anterior.

Bajamos hasta el río Cumberland, caminamos por la rambla y entramos en una cafetería. Después de tomar un cappuccino vamos a un centro de convenciones gigante, el Music City Center, que parece una nave espacial. Recorremos una feria de antigüedades y vemos el final del show de una parejita de adolescentes, rubios, pulcros y ella parecida a Reese Witherspoon, que interpretan algunas baladas folk y country.

Poco antes de las 20 llegamos al City Winnery, un coqueto lugar para ver recitales y tomar buenos vinos, fuera del circuito de Broadway. Estamos aquí porque logré que nos acreditarán para el show de Delbert McClinton. Y no es un evento más: se trata de la fiesta de presentación de su nuevo disco, Prick of the Litter. Primero suben a escena el guitarrista Bob Britt y su mujer Etta para hacer un set acústico y nos sorprenden con varios temas de J.B. Lenoir -I feel so good, Voodoo music y How much more- y un par de spirituals como Wade in the water y Jesus is gonna make up my dying bed.

Media hora más tarde aparece en escena el viejo Delbert respaldado por una banda conformada por dos guitarras, piano, hammond, trompeta, saxo, bajo y batería, más el ocasional aporte de dos coristas. Britt maneja las riendas del grupo y abren con Take me to the river. Luego se despachan con un par de canciones del nuevo álbum pero, a mi criterio, a la primera parte del show le falta algo de fuerza. De todas maneras, el ensamble es perfecto y el pianista y el trompetista sobresalen en cada solo que hacen. Tras un intervalo en el que Delbert deja el escenario y la banda toca el clásico Tequila, regresa para cantar Fannie Mae, de Levon Helm; sus clásicos Give it up on your love y Every time I roll the dice; y una versión shuffle de She`s nineteen years old, de Muddy Waters. La segunda parte es mucho mejor que la primera y el público termina bailando entre las mesas.

Al día siguiente nos despertamos temprano y vamos hasta Hendersonville, a unas 20 millas al norte de Nashville, a rendirle homenaje a Johnny Cash. Nos cuesta encontrar su casa y damos vueltas en círculo hasta que finalmente, en una estación de servicio, nos dan las coordenadas correctas. A pocos metros de llegar nos topamos con unos vecinos de Cash con los que nos quedamos charlando un buen rato. Nos cuentan que la mansión, con vista al lago y en la que se filmó el video de Hurt, se incendió en 2007, cuatro años después de su muerte. La propiedad la había comprado Barry Gibb, de los Bee Gees, y se quemó accidentalmente cuando la estaban remodelando. Hoy hay solo escombros y una bruma de melancolía flotando en el aire. Luego vamos hasta el cementerio local y nos quedamos frente a su tumba, ubicada al lado de la del amor de su vida, June Carter. .

Otra vez a la ruta. Es el último tramo. Por la 40 vamos hacia el oeste y tres horas después llegamos a Memphis. Es la última noche. Pasamos por Stax y la casa donde vivió Memphis Slim, ahora reconvertida en una fundación educativa. Vamos a una disquería y terminamos en Beale Street. La popular calle está desierta se está jugando la final del Super Bowl. Igualmente tenemos nuestra última dosis de blues con los Blues Masters. Por la mañana, camino al aeropuerto, pasamos por la Universidad de Memphis y, gracias a un contacto que nos facilitó David Evans, dejamos el libro en la Biblioteca.

Después de ocho días y más de mil millas recorridas llegamos al final de nuestra aventura, una experiencia única que será imposible de olvidar.

domingo, 5 de febrero de 2017

Solamente blues


En la entrada de la Blues Foundation hay una estatua de Little Milton que reposa en un banco donde todos se sientan para sacarse una foto. Cruzando la puerta corrediza de vidrio se abre una gran recepción con una muestra de fotos a la derecha y un mostrador con souvienirs, discos y libros a la izquierda. Al fondo, está la escalera que desciende hasta el Hall of Fame, donde exhiben guitarras, ropas y otros objetos de colección de leyendas del blues como Lowell Fulson, Albert King, Albert Collins y muchos más.

La presentación de Bien al Sur... la hacemos ante un puñado de personas que se sientan de frente a nosotros mientras dos fotógrafos nos apuntan y disparan. El marco, por supuesto, nos obliga a hablar en inglés y, más allá de ciertas rusticidades gramaticales, lo hacemos dignamente. Entre los oyentes está David Evans, prestigioso etnomusicólogo que escribió libros fundamentales de la historia del blues, entre ellos la biografía de Tommy Johnson. Es un tipo sencillo, amable y muy respetuoso que jerarquiza el evento con su presencia. También está Mary Jane Hancock, enviada por el nieto de W.C. Handy, quien está casado con una cubana y se mostró interesado por nuestra obra ya que habla español. También nos acompaña el querido Santiago Monsalve Uribe, talentoso guitarrista colombiano que está en Memphis junto a su compadre Santiago García para participar del International Blues Challenge. Hablamos durante una hora, respondemos preguntas, vendemos algunos libros y nos vamos con la satisfacción de haber alcanzado una meta que hacía tan solo un año nos resultaba imposible.

Salimos de la Blues Foundation con Gabriel y An y, para despejarnos y procesar lo que acabamos de vivir, nos vamos a caminar por la orilla del mítico río Mississippi y luego contemplamos el Lorraine Motel, donde en 1968 fue asesinado Martin Luther King. Por la mañana, antes de la presentación, habíamos estado en el Peabody Hotel, histórico edificio donde, en las décadas del veinte y del treinta, decenas de bluseros realizaron míticas sesiones de grabación que hoy conforman parte del archivo musical más valioso del blues de preguerra.

Se hacen las seis de la tarde, ya es de noche y está lloviznando. La música en vivo convoca desde Beale Street. Todos los bares están absorbidos por el IBC y para poder ingresar hay que tener una cinta o llevar una credencial. En el Jerry Lee Lewis Bar está tocando Pistol Pete, un guitarrista efervescente de Chicago que hace sonar a su power trío con mucha intensidad. Salimos de allí y vamos al Club 152. La gran figura de Backpack Johnson, dueño de una voz imponente, que prácticamente no requiere amplificación, domina el escenario. Enfrente, en el Pig on Beale le hacemos el aguante a nuestros hermanos colombianos que concursan en la categoría “Blues dúo”. Santiago & Santiago tocan un tema propio, Travesía, un boogie y una de Durazno de Gala, Ya es la noche. Allí comemos unos sandwiches y unas papas fritas, -¿qué otra cosa podíamos comer?-, saludamos a nuestros amigos y volvemos a cruzar Beale Street.

El sonido de una guitarra que recuerda al gran Elmore James nos obliga a entrar al Blues Hall. El violero se llama Paul Venturi y es un bestia asesina. Lo acompaña Simone Scifoni, quien toca una pequeña batería sosteniendo los dos palillos con una mano y un teclado de tres octavas con la otra. La energía que destila la dupla es fabulosa. Interpretan temas propios y un boogie lisérgico de John Lee Hooker. La gente delira con su sonido crudo y visceral. Venturi levanta la guitarra y le da con los dientes. Pura entrega y pasión.

Volvemos al Club 152 donde la “promesa” del blues Christone Kingfish Ingram participa de una jam que encabeza Chase Walker, otro violero de la nueva generación. No hay dudas de que el gordo toca bien para la edad que tiene, pero lo hace muy fuerte y distorsionado. Tal vez, si en el futuro se calma, llegará a ser un gran guitarrista. La noche termina en el Rum Boogie Café donde la sensual Tikyra Khamiir Jackson, cantante de Southern Avenue, sacude al público con su fusión de blues, soul y R&B.

El jueves a la mañana amanece fresco y nublado y empezamos el día en Sun Records. Recorremos sus instalaciones mientras la guía, muy simpática ella, cuenta la historia del lugar, que resulta ser, en definitiva, la génesis del rock and roll. En un momento suena el master original de la primera grabación de Howlin’ Wolf y quedamos aturdidos por su intensidad. La visita termina en el estudio en el que Elvis grabó That’s alright mama y por el que pasaron decenas de leyendas como Ike Turner, Johnny Cash, Carl Perkins y Jerry Lee Lewis, entre otros.

No hay tiempo que perder, el vuelo de An está por partir y la llevamos hasta el aeropuerto. Nos despedimos, nos deseamos buena suerte y con Gabriel sentimos la necesidad de volver al Mississippi. No hace falta alejarse mucho de Memphis para cruzar el límite del estado y llegar a Walls, Pero una vez aquí se nos hace difícil llegar hasta donde queremos ir. Tras varias vueltas en círculo, en medio del campo, finalmente tomamos un camino rural que nos lleva hasta la tumba de Memphis Minnie. Nos bajamos, sacamos unas fotos y enseguida volvemos al auto porque el frío es tan intenso que congela hasta nuestras mejores intenciones, Memphis, allá vamos.

Ya es de noche, damos una última pasada por Beale Street para buscar a nuestros amigos colombianos pero no los encontramos. Al que nos topamos en la calle es a Anson Funderburgh. Intercambiamos saludos y algunas palabras,pero como tiene más frío que nosotros sigue su camino arrastrado por su esposa. En el B.B. King’s escuchamos un par de temas de Asamu Johnson & The Associates of Blues, pero no nos impactan. Caminamos por Beale en busca del auto cuando oímos el inconfundible sonido de Paul Venturi y su guitarra. El escenario es otra vez el Blues Hall y el tano la rompe como el día anterior.

Veinte minutos después comemos un par de porciones de pizza parados en la calle, nos subimos al auto y encaramos, una vez, más hacia el estado de Mississippi. Tenemos poco más de una hora de viaje hasta Oxford, la ruta está muy oscura y por momentos parece que por aquí no hay nada más que nosotros y el blues.

Nos alojamos en un motel junto a la ruta y al día siguiente, tras un desayuno ligero, damos un par de vueltas por la ciudad en la que se crió el célebre escritor William Faulkner. De todos los sitios en los que estuvimos en Mississippi este es, por lejos, el que mejor preservado está. El casco antiguo parece el set de filmación de una película.

Al mediodía vamos a la Universidad de Mississippi, más conocida como Ole Miss, el motor de la ciudad. Estacionamos el auto junto al imponente edificio de la Biblioteca y nos dirigimos al tercer piso donde un cartel anuncia la charla que estamos a punto de dar sobre Bien al Sur. Nos recibe Greg Johnson, el curador del archivo de blues, y nos lleva a una imponente sala de conferencias. La exposición resulta más amena que la anterior. Primero porque el ámbito es más propicio y segundo porque nos sentimos más confiados. Y hasta podemos poner algunas canciones para que la gente entienda de lo que estamos hablando. Suena Little red rooster de Los Gatos Salvajes, Desconfío, Avellaneda blues y Black snake blues de Osvaldo Ferrer. Un profesor de la carrera de etnomusicología oriundo de Ghana nos plantea un debate muy interesante sobre la preservación y difusión de los orígenes del género, y contestamos algunas preguntas. Una hora después hemos concluido con la segunda presentación.

Greg Johnson nos invita a su oficina y nos muestra algunas piezas de colección invaluables: el certificado de defunción de Robert Johnson –en el que figura que murió de sífilis-, manuscritos de letras de Percy Mayfield y Tampa Red, el acetato original de Dust my broom de Elmore James, el 78 original del Crazy blues de Mamie Smith y el de Stop breaking down de Robert Johnson, y el contrato firmado por Sonny Boy Williamson con el sello Trumpet. Allí, donde se puede rastrear hasta el núcleo del la historia del blues, desde ahora reposa nuestro libro. Tarea cumplida.

jueves, 2 de febrero de 2017

Por el Delta del Mississippi


La calle Main, la principal que atraviesa el casco antiguo de Yazoo City, está desierta. Las fachadas de los edificios que todavía están habitables están pintadas de diferentes colores dándole un toque aún más pintoresco al lugar. Pero lo que más abundan son edificaciones y warehouses abandonados, testimonio de la crisis económica de 2008 que dejó secuelas profundas.

Son las 9 de la mañana cuando salimos a la ruta. Tomamos la 49 hacia el norte con destino a Indianola y, tras una breve parada en Belzoni, llegamos al pueblo en el que descansan los restos del gran B.B. King. Su tumba, ubicada detrás del moderno museo que rescata su vida y su obra, todavía está en construcción. Por los altoparlantes suena The thrill is gone y a unos cuantos metros está estacionado el micro oscuro con el que solía recorrer todo los Estados Unidos en su extensas y agotadoras giras. A un par de cuadras de allí, cruzando la vía, está el Ebony Club, otro de los juke joints más famosos de Mississippi. Claro que, por ser de día, está cerrado, pero desde sus recodos transmite el blues que acumuló durante décadas. Mientras contemplamos el lugar, un auto se detiene de golpe y dos hombres negros se bajan y, cuando el prejuicio nos gana y pensamos lo peor, nos piden que les saquemos una foto con el bar de fondo. “¿De dónde son?” pregunta uno de ellos. “De Argentina”, responde Gabriel. “Eyyy, Manu Ginóbili”, gritan y ríen mientras se suben de nuevo a su coche deportivo y se van. Y nosotros nos quedamos mirándonos sin entender bien qué fue lo que pasó.

Seguimos hacia el norte por la 49 y nos desviamos hacia el oeste unas ocho millas para llegar a Dockery Farms, donde según los historiadores nació el blues de la mano de Henry Sloan y su discípulo Charley Patton. El lugar está muy bien conservado y es emocionante recorrer el predio. Junto a un viejo granero de chapa, reconvertido en escenario para eventos especiales, está el cartel del blues trail y a su lado un botón rojo que dice: "Press the button for blues sampler". Lo pulso sin muchas expectativas y de repente la voz de Patton entonando Some summer day irrumpe desde varios parlantes ocultos. Quedamos en shock, nos miramos con An y Gabriel cómo tratando de buscar una respuesta que ninguno está en condiciones de dar. Patton canta para nosotros solos. Nunca tuvimos tanto blues. Todavía sacudidos por la experiencia volvemos al auto y avanzamos al noreste.

La 49 nos lleva a Drew, a la prisión Parchman y Tutwiler, donde la historia cuenta que W.C. Handy, en 1902, se topó por primera vez con el blues, al ver a un vagabundo rasgando las cuerdas de una precaria guitarra con un cuchillo mientras cantaba sobre un perro amarillo. Estuvimos junto a las vías del tren, cerramos los ojos y tratamos de imaginar cómo fue ese encuentro. Al cabo de unos minutos nos movemos en busca de la tumba de Sonny Boy Williamson. Al principio no la encontramos y una mujer se ofrece a guiarnos hasta el lugar con su camioneta. El legendario armoniquista, de renombre internacional, yace en un pequeño cementerio rural de difícil acceso. Junto a su lápida, visitantes anteriores dejaron una armónica, un kazoo, unas púas y unas pocas monedas,

Pasadas las tres de la tarde, llegamos a Clarksdale, la meca del blues de Mississippi. Almorzamos unos sanguches que chorrean grasa en Abe´s, junto al monumento de Crossroads, y luego vamos hasta Hopson plantation para pasearnos entre algodonales y cabañas vintage. Después damos una vueltas por la ciudad y contemplamos lugares emblemáticos como Red's, The New Roxy, Hambone y Riverside Hotel, hasta que nos metemos en Cat Head, el local de Roger Stolle en el que vende libros, discos, entre otras cosas alusivas a la historia del blues.

El Delta Blues Museum está cerrado pero es posible ver la figura inmaculada de Muddy Waters detrás de un ventanal en el que se reflejan las luces parpadeantes del Ground Zero, el imponente juke joint de Morgan Freeman, que está a unos pocos metros. Teníamos pensado regresar a Memphis antes del anochecer pero el blues nos lleva al Red's para a ver a Lucious Spiller. Solo con su guitarra interpreta Red house, Little red rooster, I'll play the blues for you y, a pedido nuestro un par de Magic Sam: That's all I need y You belong to me. Se hizo tan tarde que la hora y media de regreso a Memphis parece el doble. Paramos por unos sanguches en una estación de servicio de Tunica porque a esta hora es imposible pretender una buena cena y porque la verdad en este momento es lo que menos importa.

martes, 31 de enero de 2017

Blues en movimiento


Estamos en el aeropuerto de Memphis a punto de encontrarnos y por los altoparlantes suena Howlin' Wolf y después Ike Turner. Una o dos canciones de Elvis y Johnny Cash. Pero el neón de la ciudad quedará para más adelante porque hoy la brújula marca rumbo sur. Subimos al Kia Rio gris metalizado y damos vueltas en círculos unos minutos hasta que el GPS se digna a marcarnos la orientación correcta.

Casi sin darnos cuenta abandonamos el estado de Tennessee y ya estamos en Mississippi. La primera parada es Hernando, la zona de influencia de la familia Dickinson, donde los North Mississippi Allstars crearon ese boogie sinuoso e hipnótico. La plaza principal, el City Hall, el tanque de agua, que la banda retrató en la portada de uno de sus discos, y varias casas de antigüedades conforman el paisaje urbano de esta puerta de entrada a la tierra del blues.

Tras intentar sin éxito una ruta alternativa, con Gabriel Grätzer y An Díaz seguimos rumbo sur por la 55 hasta Como. Allí atravesamos una calle con un boulevard en el medio que nos lleva hasta los blues markers de Otha Turner y Mississippi Fred McDowell. A su alrededor están las construcciones recicladas del siglo XIX. En la calle hay tantas personas como papeles tirados en el piso: cero.


Es la hora de almorzar y entramos a un bar-pool que está junto a una estación de servicio. Allí hay tres campesinos y dos mujeres bebiendo la undécima cerveza del día y fumando un cigarrillo tras otro. Avanzamos entre el humo espeso y envolvente y sus miradas inquisitivas nos acorralan. No hace falta que estén sobrios para darse cuenta que somos forasteros. Pero la tensión dura apenas unos segundos y entonces comienzan las preguntas. Se sorprenden con que tres argentinos estén recorriendo la ruta del blues. Alguno cuenta una anécdota. Los otros ríen. Nos hablan y nos hablan. Y nosotros les entendemos poco, pero nos damos cuenta que rompimos con su monotonía de una cerveza tras otra. Ellos son todos blancos y el único negro es el que atiende detrás del mostrador. Pedimos un philly sandwich, una hamburguesa y pescado frito. El tiempo que tarda en prepararlo es el tiempo en que nos arrepentimos de haber elegido este lugar. Pero es apenas un prejuicio porque la comida es grandiosa. Satisfechos y con el tanque lleno nos despedimos de nuestros amigos y vamos hasta el cementerio local para visitar la tumba de Fred McDowell. Y así dejamos Como.

La 55 nos lleva de nuevo hacia el sur, luego tomamos la 49 y atravesamos Greenwood. Se hace de noche en plena ruta y el GPS no parece del todo confiable. Tras un par de pasos en falso, en los que nos topamos con caminos sin salida en plena oscuridad, llegamos finalmente a Bentonia. Son las 19.15, afuera está agradablemente fresco y la luz tenue de la luna baña el frente del Blue Front Cafe.

Abro la puerta doble de la entrada, y lo único que se oye es el sonido de una televisión. El legendario Jimmy “Duck” Holmes está junto a la barra. Nos presentamos, pedimos unas cervezas, nuestras cervezas, y nos sirve unas Bud Light. El salón es cuadrado y rústico. En las paredes cuelgan guitarras y afiches de viejos festivales. Hay algunas fotos y cartelería variada. Las sillas de metal están desvencijadas y hay otras de plástico a las que no les sobra nada. El piso de cemento alisado es frío y la estufa de tiro balanceado, que está ubicada frente a la barra, despide un calor confortable.

Jimmy se sienta con nosotros. Lleva un cuchillo en el bolsillo, probablemente una vieja costumbre defensiva. No tarda en agarrar la guitarra y ponerse a tocar algunos temas propios y otros del repertorio de Skip James, como Hard times y Devil got my woman. La luz mortecina cae sobre él suavemente en el rincón que usa como escenario. Y toca Rock me baby y Big road blues. Le pasa la guitarra a Gabriel, le habla de la afinación abierta y le explica las sutiles diferencias entre las formas de tocar de Tommy Johnson y Jimmie Rodgers Pasa una hora y seguimos en el juke joint más antiguo del Mississippi con una verdadera leyenda y nadie más cruza la puerta. Somos nosotros tres y Jimmy “Duck” Holmes en un lugar que quedó congelado en el tiempo. Aquí se vive blues, se siente blues, se respira blues. La noche golpea con todo su rigor y obliga a la despedida. Jimmy dice adiós y vuelve a encender el televisor mientras nosotros seguimos nuestro blues en movimiento hacia Yazoo City.

miércoles, 25 de enero de 2017

Blusero

Blusero León y Blas Rizzardo

Cuántas veces lo habrán visto a Blusero León zapando en algún bar. Porque eso era lo que hacía. Era un tipo sencillo y apasionado, un loco del blues. Y por eso le decían Blusero. No hubo otro hasta entonces que mereciera ese apodo. Este martes tocó su último blues. Murió a los 63 años.

A León lo entrevisté en 2014 para el libro Bien al Sur - La Historia del Blues en la Argentina. Probablemente fue la última entrevista que dio. La charla estuvo marcada por la nostalgia, tanto que se quebró un par de veces. En su tono de voz se percibía una melancolía profunda y daba la impresión que parecía más viejo de lo que era, como arrumbado por un desgano cruel. La muerte de su amigo y compinche Pajarito Zaguri, el 22 de abril de 2013, lo había golpeado duro. Hasta ese momento venía zapando con él, Conejo Jolivet y Blas Rizzardo, entre otros, pero decidió retirarse. “Colgué las guantes para estar más con mi familia y lejos de la noche”, me dijo.

A continuación, el capítulo que le dedicamos con Gabriel Grätzer:

(((Nota: La referencia de "las despedidas" del comienzo es porque en el capítulo anterior mencionamos la separación de Manal tras el reencuentro y el Adiós Pappo’s Blues, Bienvenido Riff de comienzos de los ochenta.)))

El rugido del León 

Entre tantas despedidas, hubo un personaje que se destacó con su guitarra en el under blusero, muy lejos del neón que acompaña al éxito. Pocos recuerdan a Ricardo Vanella por su nombre y los más jóvenes directamente no lo conocen. Pero su apodo, Blusero León, es una referencia ineludible de aquellos años. Para Conejo Jolivet, “fue el único bluesman de esa época”. El Blusero siempre llevó una vida austera, con miles de noches regadas de alcohol y zapadas.

“Aprendí a tocar la guitarra en 1970, cuando tenía 17 años. Recuerdo que el primer disco de blues que escuché fue El mundo de John Mayall, un compilado en el que tocaban Peter Green y Eric Clapton, que aquí se editó en vinilo. Después, escuché a Cream y con eso empecé a pulir mi estilo”, cuenta Vanella, a quien un amigo de la infancia lo apodó León por como jugaba al metegol. Mucho tiempo después, cuando se empezó a lucir con las seis cuerdas, los músicos que lo rodeaban le antepusieron “El Blusero” al apodo.

“A fines de los setenta, no recuerdo bien, el Piojo Ábalos [baterista de los Redondos], me invitó a la casa de Pajarito Zaguri. Pájaro me hizo escuchar un disco que le había regalado Claudio Gabis, The Live Adventures of Mike Bloomfield & Al Kooper, y me cambió la forma de tocar. Para mí Bloomfield fue el más grande de todos los que escuché, y Pappo y Gabis los mejores que vi”, comenta El Blusero.

Blusero León, Pajarito y Juan Rubio.
Vanella empezó a juntarse con Pajarito y sus amigos en los bares de la Avenida de Mayo, en Ramos Mejía. Una de las que solía frecuentar esas reuniones era la cantante Claudia Puyó. En 1977, Pajarito formó La Blues Banda, que incluyó a León y al Conejo Jolivet en guitarras, Ciro Fogliatta en piano, Julio Candia en bajo, Pablo “Soplete” Basso en armónica y Carlos Calabró en batería. “Grabamos un disco –explica León– en el estudio Tagliani de Caballito, pero nunca fue editado. Eran todos temas propios cantados en español, mientras tocábamos en bares del Centro, y a veces por zona Oeste, pero no duramos mucho tiempo. Se terminó porque el rock es así, como los matrimonios. Pero fue una experiencia muy buena”.

El mismo año surgió Cisco Kid, un grupo efímero que registró un single para RCA con una balada blusera impresionante compuesta por Dicky Campilongo, Aunque no quieras saber de mí, del que participaron Tito Larregui, Ciro Fogliatta, Carlos Pan y Pablo Usuna.

Por esa época, en La Plata, comenzaba a formarse una banda que se volvería de culto para el rock & roll argentino. Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, cuya génesis estaba en La Cofradía de la Flor Solar, contó con la colaboración de León y del Conejo en más de una oportunidad. En aquellos años, previos al lanzamiento de su primer disco (Gulp!, 1984), los Redondos solían tocar algunos blues, como Honolulu y Blues del gallo malo.

La Blues Banda derivó en otro grupo histórico del rock nacional más crudo. En 1979, el bajista Néstor Vetere, que también había tocado en aquella agrupación, convocó a León, Ciro Fogliatta, el baterista Marcelo Pucci y Conejo Jolivet para un nuevo proyecto, que se llamaría Dulces 16, en honor al tema de B.B. King Sweet Sixteen. Los últimos dos habían tocado juntos en Pappo’s Blues un par de años antes, así que el nervio blusero de la nueva banda estaba activo. Dulces 16 empezó a ensayar en Olivos y realizó varios conciertos, pero sobre la marcha empezó a orientarse más al sonido del rock sureño de los Allman Brothers y Lynyrd Skynyrd. “Yo me alejé –cuenta Vanella– creo que en el ochenta, cuando el grupo Plus me convocó para realizar una gira por Colombia”.

Con la partida de Vanella, Dulces 16 sumó a los guitarristas Gustavo Pérez y Rudy Marcolongo y acentuó su sonido rockero que pronto plasmaría en un primer disco lanzado 1981, en plena dictadura, que dejó el sublime Mañana otro blues, escrito por Vetere. Se presentaron en Obras, el templo del rock, pero luego, por profundas diferencias en el seno del grupo, Conejo Jolivet y Marcelo Pucci se alejaron y la nueva formación de Dulces 16 avanzó con una impronta más comercial, sacó un nuevo álbum, En medio de la ciudad, hasta que se disolvió.

El Blusero León siguió de zapada en zapada, siempre con bajo perfil. Según él, uno de los momentos más extraordinarios de su carrera ocurrió en un bar de Suipacha y Córdoba, en una fecha que no puede precisar. “Esa noche estábamos zapando arriba del escenario Pájaro, Gabis, Black Amaya y yo. En eso, Gabis dice que cante Crossroads. Yo lo miro y le digo que no me sabía la letra y me dice ‘no importa’ y empezó a pasármela mientras la tocábamos y la pude cantar. Cuando terminamos, él se subió a un taxi y yo le dije ‘chau, blues’. Esa fue la última vez que lo vi”.


lunes, 16 de enero de 2017

Industria argentina

Raro esto del blues independiente. En un año que fue malísimo, porque creo que no hay discusión acerca de lo horrible que fue 2016 salvo que seas CEO, banquero o de la Sociedad Rural, se editaron decenas de discos de músicos del blues local aquí en Buenos Aires, en el interior y hasta en otros países. Muchos ya fueron reseñados en este blog y estos últimos son los que aparecieron sobre el final del año y no quería dejar afuera:

Leo Zanco - Life, love & shuffle. Para mí este fue el disco revelación del año. Leo Zanco es un guitarrista y cantante rosarino con mucho swing, un fino toque y una gran voz. Y a eso le suma una gran soltura para componer en inglés. Todas sus canciones son muy buenas, tienen mucho feeling y se amalgaman para darle una entidad a Life, love & shuffle, un disco que se disfruta mucho y además cuenta con un tema, B.B.'s blues, que tiene una de las más lindas melodías que andan sueltas por ahí. Lucas Russo en teclados, Emanuel Strada en bajo y Alex Compagnucci en batería son el motor que potencia las cualidades musicales de Zanco. Un puñado de invitados, entre ellos Bonzo Morelli, aportan sus pinceladas para terminar de darle color a un álbum exquisito.

Blind Boy Tinder Blues Band - Blind Boy Tinder Blues Band. José Luis Pardo y Omar Itcovici, dos de los mejores violeros argentinos de blues, devotos de la zurda mágica de Albert King, realizaron esta sesión, grabada de una y sin cortes, en la Escuela de Blues de Madrid. Entre ambos alternan voces y primera guitarra, y llegan, por momentos, a niveles incendiarios de interpretación, como pasa en Married woman o Gambler's blues. Los respaldan Machi Romanelli en teclados, Gonzalo Martino en batería y el español David Salvador en bajo. El armoniquista madrileño Quique Gómez acompaña en la declarativa Champagne and reefer. Las ocho canciones del álbum capturan la sinergia entre estos dos artistas que afrontan sus carreras musicales de manera tan distinta pero que arriba del escenario se fusionan con absoluta naturalidad.

Blues & Femme - Vivo en MJ Pub 2016. El 22 de abril del año pasado, una selección de diosas del blues local dieron un show impecable en Mr. Jones que Rogelio Rugilo grabó y acaba de editar en un álbum doble. El Blues & Femme comienza con Natalia Ciel y Sol Bassa, mano a mano con el público, interpretando John Henry. Tras ese inicio minimalista la banda se amplía con Ileana Castiglioni en batería y Sol Cabrera o Lorena Bravo alternando en bajo, más el aporte en guitarra de Lou Hernández y las ocasionales participaciones de Jorgelina Avigliano en saxo, Sandra Vázquez y Xime Monzón en armónicas, y Cristina Dall en teclados. De las cantantes, Oriana Anderson se vuelca más por el soul (Me and Mr. Jones y This is a man's world), Débora Tomé y Lou Hernández rinden homenaje a Etta James con At last, y Lorena Bravo entona Stormy monday. Pero hay más: Juliana Alesi canta Chains of fool y Micaela Gaudino Big Boss Man. El único tema en español, Hechizo, escrito por Sol Cabrera, reluce en la voz de Lorena Bravo. El disco no hace otra cosa que confirmar que blues no es solo cosa de hombres y que las mujeres argentinas avanzan con paso firme,

Highway Kings - 5 years on the route. El armoniquista y cantante Gustavo Lazo comenzó a elaborar este proyecto hace cinco años. Eligió un repertorio clásico, con fuerte anclaje en el sonido de la década de oro de Chicago. que interpreta de una manera personal sin caer en los típicos clichés del género. El disco ofrece sentidas versiones de temas de Junior Wells, Jimmy Reed, Muddy Waters, Willie Dixon y Little Walter. En Before you accuse me y Long distance call, Lazo toca solo, armónica y voz al mejor estilo Sonny Boy, y resultan ser las interpretaciones más novedosas. En otras canciones se recuesta sobre la guitarra acústica de Juan Ignacio Acedo y logra un clima más bucólico, pero el eje general pasa por una puesta en escena eléctrica proporcionada por músicos de la zona oeste con mucha experiencia como Charly Vita, Daniel Chusit y Matías Coco, entre otros. En síntesis, blues tradicional interpretado con pasión y respeto.

Blues de Garage - Volá. La banda oriunda de Cipoletti, provincia de Río Negro, encarna la tradición del blues argentino. Con la producción de Ricardo Tapia, Blues de Garage lorgó un álbum animado y con buenas canciones como Volá y Se quema el Diablo, que Mario Vidal canta con mucho ímpetu. Si bien en su sonido se percibe las influencias de La Mississippi y Pappo, principalmente, la banda acuñó una identidad muy definida. No son una copia y tampoco ofrecen algo trillado, por el contrario, revitalizan el sonido del blues en español. Tapia se suma con su cigar box guitar y canta en Blues para Pau, con el vuelo raso de Santiago Sabatini en armónica, para darle un poco más de jerarquía a la obra. La banda es un fiel reflejo de como el blues argentino de pura cepa hizo escuela por todo el interior y no para de crecer.

lunes, 9 de enero de 2017

En la mira de Edy

Edy Rodríguez y su cámara son inseparables. Aquí las diez mejores fotos de shows internacionales según el autor.

Robben Ford. Teatro Coliseo, Bs.As. 19-07-2014.

Corey Harris 4° Festival de Blues de verano.La Trastienda, 16-02-2013.

Anson Funderburgh. Teatro del Viejo Mercado, Bs.As. 16-12-16.

James Cotton. La Trastienda, Bs.As. 30-07-2013.

Jerry Portnoy & Josh Fulero en "La Trastienda", Bs.As. 27-05-2012.

Mud Morganfield. "La Trastienda" Bs.As. 26-07-2012.

John Primer. La Trastienda, Bs.As. 26-10-2014.

Vernon Reid. ND Teatro  Bs.As. 18-04-2015.

Rip Lee Pryor en "Republica de Acá", Bs.As. 01-12- 2011.

Mike Stern. La Trastienda, Bs.As. 20-03-2015.

lunes, 2 de enero de 2017

Jaque mate


Florencia Andrada encontró el sonido y la voz que tanto anhelaba. En estos cuatro años, desde que lanzó su álbum debut, Otra realidad, la cantante se tomó su tiempo para componer y perfeccionarse. El resultado es un disco magnífico en el que revitaliza el viejo soul, como a nivel internacional lo hicieron artistas como Sharon Jones y Charles Bradley, casualmente dos de su máximas inspiraciones. ¿Será esta la hora de coronar a Florencia como la reina del soul en español?

A pesar de la tormenta marca su evolución en estos años: letras más logradas, un registro vocal sublime y una instrumentación que no hace otra cosa que resaltar su fuerza interior y su compromiso. Además se hizo cargo de la producción junto a Julio Fabiani, lo cual también marca su maduración profesional. Si algún desprevenido escucha el disco al pasar y piensa que se trata de otra realización de Daptone Records no estaría del todo errado. Ese, claramente, fue el objetivo de la cantante cuando pergeñó su nueva obra. Florencia logró que el soul en español suene a soul: adaptó las métricas y las rimas sin perder -y mucho menos distorsionar- su esencia.

Si pensamos el disco como una partida de ajedrez, la sección de vientos -Nahuel Viola (trompeta), Yair Lerner (trompeta) Sebastián Álvarez (saxo tenor), Santiago Zarba (Saxo barítono)- juega el rol de los peones, va al frente con determinación y en cada una de las canciones aporta el marco adecuado para que el resto de las piezas haga sus jugadas con absoluta naturalidad. Los coros de Pilar Padin y An Diaz son los alfiles de la reina Florencia, siempre a su alrededor para contrastar y acompañar su poderío vocal. Homero Tolosa en batería y Mauro Bonamico en bajo son las torres que apuntalan el castillo rítmico, mientras que Fabiani, el rey, aporta con su guitarra riffs y solos que terminan de delinear el sonido tan mentado.

Binky Griptitie
Y después aparece la caballería que conforman los invitados: la guitarra punzante de Roberto Porzio, la onda expansiva del hammond de Germán Weidemer, y los dibujos clamorosos de la trompeta de Hugo Lobo le dan un plus a la banda. Pero por si a la exquisita musicalidad de la tropa real le faltaba algo, Florencia lo redondea en el tema Nuestro destino con la experiencia de Binky Griptitie, guitarrista de los Dap Kings.

Un cuento, Nunca te des por vencido, No hay que caer y la épica Muralla son algunas de las jugadas magistrales con las que Florencia encara su partida más importante hasta el momento. Le canta jaque mate a los prejuicios con un disco que, si bien no fue editado en CD y por ahora está solo en spotify, tiene la fuerza incuestionable de la pasión, la dedicación y el sacrificio de una artista independiente que se anima a dar batalla a pesar de la tormenta.