lunes, 5 de diciembre de 2016

El blues de los Rolling Stones


En su primera presentación en vivo, cuando todavía no se llamaban los Rolling Stones, Jagger, Richards y Brian Jones, interpretaron un repertorio cargado de blues y rocanroles de la primera época. En ese show en el Marquee de Londres, el 12 de julio de 1962, tocaron, entre otros temas, Ride 'em on down, de Eddie Taylor. Ahora, más de 50 años después, volvieron a interpretarla y es uno de los cortes de difusión del extraordinario disco Blue & lonesome.

El álbum salió a la venta el viernes pasado en todo el mundo, pero desde unos días antes ya se podía descargar de varios sitios de Internet. En una primera escucha, de esas que están cargadas de ansiedad, ya se podía percibir que los Stones tocaron para homenajear a sus maestros, pero sin caer en versiones calcadas de las originales, sino con una impronta bien propia que define su característico sonido.

La polémica con los puristas comenzó semanas atrás cuando la banda dio a conocer el single Just your fool, de Little Walter. La mayoría proclamó su amor eterno por la banda, mientras que unos pocos, como hacen siempre, salieron a cuestionar todo lo que ellos consideran que no es blues. ¡Y lo hicieron en base a una sola canción! Ya hemos discutido mucho acerca de esto y, por lo general, las polémicas surgen cuando, por una u otra razón, la palabra "blues" sale del nicho para estar en boca de todos. Pasa con cada nuevo disco de Joe Bonamassa o Gary Clark Jr. o cuando John Mayer homenajea en alguna entrega de premios a Albert King o Stevie Ray Vaughan. Los puristas, con toda su buena intención de preservar el blues, lamentablemente no hacen más que enterrarlo. "El blues es mio, mio, mio y de nadie más".

Está más que claro que a esta altura del partido los Stones no deben rendir ningún examen. Tenían ganas de sacar un disco de blues porque así lo sentían y lo hicieron. O tal vez, según los mal pensados, porque su departamento de marketing les indicó que era mejor para las ventas hacerlo que lanzar un nuevo álbum con temas propios. Quién sabe. Lo cierto es que lo hicieron y muy bien. Después de escuchar a Jagger cantar All of your love, de Magic Sam, no entiendo cómo alguien puede siquiera pensar que eso no es blues. El disco es todo así, crudo y rabioso, con una producción mínima, y con mayoría de temas de la década del cincuenta.

Además, la banda tuvo el acierto de no caer en los clichés del género. No tocaron Sweet home Chicago, Got my mojo working o Manish boy, por el contrario, repasaron temas oscuros de Eddie Taylor, Little Walter, Howlin' Wolf, Willie Dixon y Jimmy Reed. Y contaron con la participación de Eric Clapton en la sensacional Everybody knows about my good thing, que solía cantar Little Johnny Taylor, y en I can`t quit you baby, de Otis Rush.

Ya el año pasado, Keith Richards anticipó que el blues estaba volviendo a florecer en ellos. Primero con el tema Crossedeyed heart, del disco homónimo, y luego con el documental de Netflix, Under the influence, que comienza con Richards poniendo un vinilo de Little Walter. El tema es -no casualmente- Blue & lonesome. La cámara hace un paneo de su casa y muestra la exótica decoración mientras suena el solo de guitarra inicial de Luther Tucker. Pasa a un plano over shoulder y se ve a Richards, entre el humo de su cigarrillo y un vaso de bourbon, contemplando la portada del disco. "No hay nada más blues que esto. Viejo, esto sí que es música. La fuerza del blues me voló la cabeza".

Blue & lonesome es una celebración de sus más de 50 años de carrera y un regreso al primer amor. Sin estos viejos blues no habría Rolling Stones. Es el justo homenaje de la banda más grande del mundo a sus mentores, aquellos hombres negros que en la década del cincuenta delinearon el blues moderno y sentaron las bases de lo que luego se llamaría rock and roll. Ahora todos hablan de blues, gente que en su vida escuchó el nombre de Eddie Taylor baila al ritmo de Ride 'em on down. Esta, sin dudas, es la mejor forma de que el blues subsista y se expanda.


lunes, 28 de noviembre de 2016

Sangre azul


José Luis Pardo es uno de los músicos argentinos de blues con mayor proyección internacional. Es un eximio guitarrista, un gran cantante y en el último tiempo se lanzó a componer sus propias canciones. Pardo entiende al blues como algo dinámico y evolutivo, y eso se percibe en sus últimos discos. En 13 formas de limpiar una sartén buscó un sonido distinto, con elementos del R&B y el soul, mucho groove y con temas en español, para tratar de llegar a un nuevo público. Ahora, en Ruccula for Dracula, logró un equilibrio mucho más interesante entre el blues que lleva en sus entrañas y esa exploración de nuevos caminos.

El nexo entre esos dos álbumes es I'll go on ( without your love), la versión en inglés de Voy a intentar seguir sin vos, el hit del disco anterior. En 13 formas... ese tema lo compuso e interpretó buscando darle una forma de soul en español, pero tal vez por un tema idiomático y la melodía pegadiza sonó más pop de lo que él pretendía. Aquí, en cambio, el tema recobra un impulso bien souleado y está más de acuerdo con su estilo. Otra de las canciones que regrabó fue Walk away, también cantada en inglés pero tocada con mayor intensidad.

El resto son composiciones propias, todas en inglés, el idioma con el que Pardo se siente más cómodo a la hora de componer. La balada campestre y desenchufada Blues for Brenda es la joya perdida del disco. Más allá de esa canción, Pardo parece afirmarse con mayor ímpetu que antes en los temas soul, por lo general acompañados por una buena dosis de caños, como Girl come home, con la voz de Florencia Andrada, o Don't treat me this way.

El disco tiene blues y shuffle, por supuesto, y ahí sobresale la magia de Pardo con la guitarra, a la que hay que sumarle el talento y renombre de sus invitados. En J.L. shuffle parece homenajear a Jimmie Vaughan con el descollante saxo de Doug James, de Roomful of Blues, mientras que Bob Stroger marca el pulso del tema desde el bajo. Kenny "Blues Boss" Wayne aporta su barrelhouse piano en la primera canción, la demoledora Talkin' bout my baby, y su profunda voz, como en una película de misterio, en la superlativa The dirty story of Dirty D. Y Vasti Jackson le imprime funky, mucho funky, con su guitarra con wah wah, James Brown style, a All you got to do now.

El disco, grabado en La Escuela de Blues de Madrid, fue producido por el propio Pardo aunque no dejó de consultar a su productor anterior, Gabriel Cabiaglia, quien además toca la batería en la mayoría de los temas. El resto de los músicos varía entre algunos españoles como el armoniquista Quique Gómez, Edu Manazas y el tecladista Carlos Murillo, y argentinos como Román Mateo, Mauro Ceriello, Machi Romanelli y Guillermo Raíces.

El arte de tapa está muy bien logrado y es un punto más a favor de Ruccula for Drácula, un disco con el que Pardo demuestra que rehúsa encasillarse y que siempre está buscando algo más. No se trata de solos descomunales, que desde ya los tiene, sino de canciones, melodías, letras y una propuesta integral, que de un disco a otro puede variar, pero que en líneas generales mantiene la sangre, azul de tanto blues, fluyendo por sus venas.

domingo, 20 de noviembre de 2016

Big mama's blues


Las big mamas del blues van al frente sin temores y con mucho ímpetu. Vuelcan una descarga sexual sobre el escenario y llevan al público de sus narices hasta donde ellas quieren. Atraen a los hombres y logran la empatía de las mujeres con actitud, movimientos provocadores y voces descollantes. El blues es lo que sienten y lo expresan sin pudor. Annika Chambers es una de ellas. Su voluptuosidad es comparable con la intensidad de su canto. Ella es capaz de tener al mundo en sus manos. Todo le sale natural, no fuerza ni tuerce nada. Viernes a la noche en La Trastienda, más bien madrugada de sábado, y ella da todo lo que tiene porque es lo único que sabe hacer cuando se corre el telón.

Igor Prado pisa el escenario acompañado por Tavo Doreste en teclados, Mauro Bonamico en bajo y Gabriel Cabiaglia en batería. El guitarrista zurdo comienza con un tributo instrumental a Albert King dedicado al productor Mariano Cardozo en el día de su cumpleaños. "Todos los buenos violeros tocan Albert porque fue el mejor de todos", dice Rafa Nasta mientras mira como Igor arremete con los primeros solos. Un rápido repaso mental de guitarristas no hace más que confirmar las palabras de Nasta.

La introducción dura unos minutos hasta que Igor Prado anuncia: "Desde Houston, Texas, ¡Annika Chambers!". Y ella entra con toda la seguridad que caracteriza a las big mamas. Lleva puesto un vestido corto y ajustado como el ritmo que le marca la banda. Sacude las trenzas con los primeros acordes de Barnyard blues y cuando empieza a cantar todos quedan absortos. Casi sin corte pasa a Old man magnet y al terminar se nota que ya entró en calor. El tercer tema, Raggedy and dirty, se lo dedica a la memoria de su autor, Luther Allison, y la banda la respalda con buen pulso y compromiso pese a que no pudieron realizar ni un solo ensayo. Cabiaglia es como un castor cuando mastica madera, persistente y parejo; Bonamico le imprime swing desde el bajo y Doreste rellena con sus teclas los flancos que va dejando libres Igor Prado.

Es la hora de un blues cargado y denso, como un café bien negro, y Annika entona las primeras estrofas de I'm in a dangerous mood, de B.B. King. Destila sensualidad y hay un ida y vuelta fluido con el público. Con Jelaous kind es cuando llega a su mejor registro. En su entonación confluyen el gospel de su infancia y el southern soul de su adolescencia. Se baja a cantar entre la gente sin amplificación. Un hombre, corpulento como ella, la abraza y hace el gesto de que está enamorado. Una rubia se acerca corriendo, le da un abrazo exagerado, un beso y le tira de las trenzas mientras su novio intenta sacarle fotos desde lejos. Annika se da vuelta y cuando empieza a encarar de nuevo para el escenario un muchacho le cierra el paso y empieza un juego de llamada y respuesta al que ella se presta con ganas. Cuando logra subir a la tarima la banda la recibe con un vibrante andanada rockera.

Annika y la banda cambian el eje y el GPS los lleva a Nueva Orleans para la animada Pooky away y luego a Chicago para I'm a woman, de Koko Taylor, con Natacha Seará acompañando en armónica. Ya pasaron las dos de la mañana y el final es a todo esplendor con la sublime I'd rather go blind con la que Annika da una nueva muestra de su genialidad. No hay bises porque el Ejército prusiano que custodia La Trastienda ya empezó con el operativo desalojo y la gente emprende la retirada mirando hacia atrás con ganas de escucharla, aunque sea, una vez más.

                                                                                ***

La quinta edición del Buenos Aires Blues Festival comenzó con la presentación de Jorge Costales & The Evil Blues Band. El armoniquista, que este año lanzó su primer disco solista, estuvo acompañado por Anahí Fabiani en teclados, Juancho Hernández en guitarra, Mauro Bonamico en bajo y Germán Pedraza en batería. En poco más de 20 minutos interpretó con mucha holgura y gran prestancia un set de cinco temas -Blowing the family jewels, Little bitty pretty one, Greasy greavy, Relaxin' y Blowing like hell- que sintetizan su pasión por el sonido del West Coast y, especialmente, por el legendario William Clarke. La banda tiene un sonido cuidado, respetuoso de las influencias que busca destacar Costales, quien a su vez encara cada uno de los temas, tanto con armónica cromática o diatónica, con mucha expresividad. El show fue todo instrumental y contó con una pareja de bailarines arriba del escenario porque, como explicó Costales, "el blues es para bailar".

Luego aparecieron en escena Los Mentidores, una banda relativamente nueva procedente de la ciudad de Córdoba. El grupo, liderado por el reconocido productor José Palazzo, aquí en su rol de bajista, tuvo su debut porteño con un repertorio blusero pero una impronta más rockera. Interpretaron clásicos como Don't you lie to me, Boom boom y Rock me baby, algún tema propio y una extraña e interesante versión del Tren de las 16. La banda tiene un sonido crudo pero no vintage y compensó cierto caos rítmico con mucha personalidad. Iván Goméz Singh en guitarra y voz fue quien tuvo el papel protagónico, aunque tampoco se quedaron atrás el guitarrista Franco Rochetti y el armonicista Fernando Ormeño. Los Mentidores estaban decididos a celebrar y pasarla bien y por eso invitaron amigos al escenario: Rubén Veneske acompañó con washboard y armónica y también subieron Natacha Seará, el Indo Márquez, el Gitano Herrera y el maestro Botafogo.

El quinto Buenos Aires Blues Festival siguió el sábado con la presentación del histórico trompetista de B.B. King, James "Bogaloo" Bolden acompañado por El Club del Jump, y las actuaciones de Willy Crook y Willy Busquets.

lunes, 14 de noviembre de 2016

El Rey Leon


Introducción

Claude Russell Bridges nació el 2 de abril de 1942 en Lawton, Oklahoma. Ese es apenas un dato anecdótico. Lo importante es que él se hizo famoso como Leon y su nombre es sinónimo del sonido de Tulsa, estilo que pulió a fines de la década del cincuenta junto a otros íconos de la ciudad como J.J. Cale y Elvin Bishop. El estado de Oklahoma está ubicado en el centro de los Estados Unidos y eso tal vez explique porque Leon Russell incorporó a su música diversos estilos como el rock and roll, country, blues, gospel y soul.

Capítulo 1 - El sesionista 

En 1958, con apenas 16 años y con la experiencia de haber tocado en los bares de Tulsa, emigró a Los Ángeles. Cuando llegaron los sesenta y la música empezó a tomar una nueva dirección, Russell estaba donde tenía que estar. Pasó a integrar la Wrecking Crew, "la pared de sonido" de Phil Spector, que reunía a los mejores sesionistas y que grababa para artistas top como Sonny & Cher, The Mamas & the Papas y Frank Sinatra, entre muchos otros. En ese selecto grupo de profesionales, Leon se codeó con Dr. John, Jim Keltner, Jack Nitzsche, Glen Campbell y Barney Kessel. En los setentas, ya alejado de la Wrecking Crew, y en paralelo a su carrera solista, Russell trabajó con Bob Dylan, grabó un disco con Willie Nelson, tocó con Delaney & Bonnie, con George Harrison en Bangladesh y hasta con los Rolling Stones.

Capítulo 2 - El compositor 

En 1965, fue contratado por Snuff Garrett y con él empezó a desarrollar su faceta de compositor. Ese mismo año lanzó su primer single, Everybody’s talking ‘bout the young, que fue apenas la semilla de todo lo que vendría después. En 1969, escribió Delta lady que pronto sería un súper hit en la voz de Joe Cocker. Compuso Get a line on you, que fue la génesis de Shine a light, de Jagger y Richards. Su canción más emblemática es A song for you, que editó en su álbum debut de 1970 y que fue versionada por una amplia y ecléctica selección de músicos como Ray Charles, The Carpenters, Herbie Hancock, Cristina Aguilera, The Temptations, Simply Red, Donna Summer, y a la que Elton John calificó como un "american classic". Otros de sus temas más recordados son Stranger in a strange land (Leon Russell and the Shelter People / 1971), Tight rope (Carney / 1972), y Lady blue (Will O' the wisp / 1975).

Capítulo 3 - Un pie en el blues 

En 1969, junto a Denny Cordell, creó el sello Shelter Records y uno de sus principales artistas fue el guitarrista texano Freddie King, que llegó a ellos como parte de un relanzamiento de su carrera. Fue así que en 1971, Russell llevó a King a Chicago y en los viejos estudios de Chess grabaron el disco Getting ready, en el que King mezcló viejos clásicos del blues con temas compuestos por Leon y Don Nix. Al año siguiente lanzaron Texas Cannonball, un álbum en el que King se animó a versionar a John Fogerty, Isaac Hayes y Bill Withers. El final de la trilogía de King con Shelter Records y Leon Russell llegó con el aclamado Woman acorss the river, de 1973. Pero esa no fue la única vez que pisó fuerte en el blues: Leon tocó el piano en tres temas en el disco de B.B. King, Indianola Mississippi seeds: Ask me no questions, King's special y Hummingbird. Décadas más tarde, en 2001, volvió a hacerlo, pero esta vez por su cuenta, y grabó Guitar blues, un disco que pasó desapercibido.

Capítulo 4 - El reconocimiento 

En 2009, Elvis Costello le hizo una entrevista a Elton John en la que el pianista inglés recordó a Leon Russell como uno de sus ídolos de la juventud. A partir de ese momento, Elton sintió la necesidad de devolverle a Leon todo lo que él le había regalado con su música. Luego de un par de charlas telefónicas los dos pianistas se pusieron de acuerdo y comenzaron a construir The Union. El disco, producido por T-Bone Burnett, fue editado en 2010 y contó con la participación de músicos como Doyle Bramhall II, Marc Ribot, Don Was, Jim Keltner, Booker T. Jones, Robert Randolph, Neil Young y Brian Wilson. Fue el gran regreso de Leon al mainstream del rock and roll. Al año siguiente, fue investido en el Rock and Roll Hall of Fame.

Capítulo - En primera persona

Mi primer acercamiento a Leon Russell fue a comienzos de los noventa, a través de esos discos de Freddie King. La curiosidad me hizo indagar y un día, ya no recuerdo bien cómo, conseguí el cassette de Will O' the wisp. Poco después, cuando incorporé el cd a mi vida, uno de los primeros discos dobles que me compré fue Gimme shelter-The best of Leon Russell. En 2013, a 20 años de haber descubierto sus canciones, el destino lo cruzó en mi camino. Una noche húmeda y calurosa de julio, en medio de una oleada de artistas de primer nivel que copaban la cartelera del Montreal Jazz Festival, en Canadá, me topé con su nombre y el de su viejo camarada de la Wrecking Crew, Dr. John. Leon abrió el concierto, tocó sus grandes éxitos y varios covers como Wild horses, Jumpin’ Jack flash, Paint it black, Papa was a rolling Stone y Kansas City. Lo recuerdo sentado frente a los teclados, con su larga y blanca cabellera, su barba prominente y un sombrero también blanco, cantando con esa voz única. Un acto imborrable. Hace dos años tuve mi último acercamiento al viejo Leon. Me compré su disco Life journey, un poco cautivado por la foto de la portada, en la que se ve en primer plano de su rostro arrugado, una foto impactante que respalda el título, que cuenta  con un repertorio que resume su vida y bien podría ser su epitafio.

Epílogo

Leon Russell murió este domingo en su casa de Nashvlle. Tenía 74 años. En julio había sufrido un infarto y se tuvo que someter a una cirugía de by-pass que lo alejó de lo que más amaba: salir de gira y tocar. Se fue la misma semana que Leonard Cohen y el mismo año que David Bowie, Prince, Lonnie Mack y Buckwheat Zydeco. Pero como bien sabemos, los grandes, los grandes de verdad, no mueren nunca. ¡Larga vida al Rey!


martes, 8 de noviembre de 2016

El secreto de Robert Finley


Tal como sucedió el año pasado con los discos de Wee Willie Walker y Billy Price junto a Otis Clay, o con cada nuevo lanzamiento de Charles Bradley, el soul de la vieja escuela vuelve a reinventarse, esta vez, de la mano de Robert Finley. A los 63 años, este carpintero de Louisiana y ex soldado del Ejército de los Estados Unidos, acaba de editar su primer disco, una obra soberana que grabó en Memphis con los mejores sesionistas locales.

Editado por el sello Big Legal Mess Records, con base en Oxford, al norte de Mississippi, y distribuido por Fat Possum, Age don`t mean a thing rescata lo mejor del sonido clásico del soul de Memphis. Finley tiene una voz poderosa y natural, y en eso se enfocaron los productores Jimbo Mathus y Bruce Watson. Su registro vocal y sus inflexiones definen cada una de las canciones que interpreta, más allá de que se trate de una balada como Make it with you, un funky como Come on o soul en estado puro como You make me want to dance.

El álbum comienza con la animada I just want to tell you, cargada de groove y con los caños estallando detrás de su canto sublime. La rítmica, a cargo de los Bo-Keys, es concisa y el coro femenino le da un destello aún mayor a la voz de Finley. El tema que da nombre al álbum, algo que muchos músicos le gusta destacar en sus canciones, que la edad no importa para cantar/tocar/amar/vivir, comienza con un solo suyo de guitarra breve pero muy distintivo y luego se desangra con una entonación conmovedora.

Finley tuvo una vida errante que lo llevó en la década del setenta a Alemania como técnico de helicópteros del Ejército y eso le permitió integrar una banda con otros soldados con los que tocó en varios países de Europa hasta que lo dieron de baja. Por aquél entonces volcó el canto gospel de su infancia en clásicos del soul y el R&B y se ganó una buena reputación. A su regreso a los Estados Unidos intentó empezar una carrera como músico profesional pero no tuvo suerte y, ya sin la contención castrense, se dedicó al oficio que le había enseñado su padre. Pese a su trabajo y las dificultades cotidianas nunca abandonó la música y siguió tocando para satisfacer su espíritu en fiestas o para amigos. Hasta que quedó prácticamente ciego y no pudo seguir trabajando.

Su ceguera se convirtió en oportunidad gracias a la Fundación Music Maker Relief que lo asistió y le dio la posibilidad de empezar su carrera como músico que tanto había anhelado. Su flamante disco sintetiza todo eso: sus influencias, su vida, sus sueños, sus frustraciones y su lucha. “Yo puedo sentirlo. No necesito ver, me impulsa la energía del público”, suele decir Finley. Sus sentimientos más profundos conforman el núcleo de música, le permiten ver más allá, y componer e interpretar esas canciones tan intensas y emotivas . Ese es su secreto.


lunes, 31 de octubre de 2016

El arcángel del blues


Antes de salir a escena los músicos se juntan en círculo y Gabriel Delta levanta el vaso de plástico con vino tinto y brinda por el show que está por empezar. "Vamos tranquilos ¡A disfrutar!", arenga con su español italianizado. Los vasos chocan en el aire y algunas gotas salpican sus rostros extasiados. Los cuatro suben las escaleras de metal que los llevan hasta el escenario de Velma Café y, tras la presentación, se corre el telón y descargan un brote eléctrico fenomenal con la canción No more time on you, de su disco Brothers.

Velma está repleto y es la revancha de Gabriel Delta tras su show de 2014, en el que una tormenta impidió que gran parte de los que habían comprado entradas anticipadas pudieran asistir al show. La banda, esta vez, está conformada por Pehuén Innocenti en hammond, Sergio Mayorano en bajo y Gabriel Cabiaglia en batería, este último es el único de los cuatro que tocó aquella vez en el Samsung Studio. Gabriel Delta había anticipado que en esta presentación iba a interpretar temas de Brothers y algún que otro cover y por eso, ni bien terminada la primera canción, cumple con su palabra y se adentra en el mundo de Albert King para una candente versión de I'll play the blue for you, a la que le sigue un blues lento y arrastrado de su autoría, Blues don't hurt me, en el que Innocenti desgrana su primer solo de hammond.

Su guitarra Esus, diseñada exclusivamente para él por la marca Graal, tiene un sonido filoso y potente que va ganando en intensidad a medida que sus dedos entran en calor. En el cuarto tema, The painter, la banda eleva el sonido a otra dimensión. El influjo de Albert King reaparece con Breaking up somebody's home y a continuación vuelve sobre sus composiciones y regala la balada Skyless angels.

"Este es un pequeño tributo al más grande de todos nosotros que vivimos acá y alguna vez agarramos una guitarra", dice Gabriel Delta antes de lanzar los primeros acordes de El viejo. A Pappo no lo nombra, pero no hace falta. Todos saben a quién se refiere. Luego cambia su guitarra por una Epiphone Sheraton 335, se coloca el slide en el dedo meñique e invita a escena a Sandra Vázquez para interpretar It's time of revolution y Rollin' & tumblin', con pasitos de baile incluidos. La armónica se pierde un poco entre el combo sonoro, en el que predomina el peso del bajo, y por eso Gabriel Delta le pide a la banda que baje los decibeles para que el solo fluya con más nitidez. "Y ahora otra canción de mi último disco, Happiness, que más que una canción es un deseo", anuncia el arcángel del blues antes de embarcarse en su melodía más atractiva.

Antes de que Sandra Vázquez vuelva con su armónica a escena para interpretar Cadillac assembly, también de Albert King, Gabriel Delta baila con Juu-Jaa, un instrumental con espíritu latino que grabó en su disco Kusiwan. El final es inminente y la banda contraataca con todo lo tiene y la poderosa Blues everywhere rebota en cada rincón del lugar. No se hacen esperar para el bis y ante el clamor del público se despiden con la elocuente Time for goodbye en la que el cantante y guitarrista rompe una cuerda en el solo final.

Gabriel Delta, el arcángel del blues, el mensajero, se reencuentra con su gente y sus raíces. Es apenas el primer paso de un desembarco que será paulatino y que lo llevará, muy pronto, a girar por todo el país, para pregonar su mensaje a través de sus canciones, algo que este emblema de la guitarra blusera argentina merece sin ningún lugar a dudas.

martes, 25 de octubre de 2016

Los blues de Broke & Hungry

L.C. Ulmer, Jeff Konkel y Pat Thomas. Foto Lou Bopp.

Broke & Hungry es un sello discográfico independiente cuyo objetivo es preservar, promover y documentar la tradición del blues del Mississippi. Fue creado en 2005 por Jeff Konkel, tiene su base en la ciudad de St. Louis, Missouri, y editó su primer disco en abril de 2006. Desde entonces, Konkel grabó a algunos de los más importantes sobrevivientes del blues del Mississippi como Big T Williams, Terry "Harmonica" Bean, Pat Thomas y Odell Harris, entre otros. Pero además de discos, Konkell produjo los documentales M For Mississippi: A roadtrip through the birth of blues y We juke up in here, así como la serie de tevé Moonshine and mojo hands, que a su vez protagonizó junto a Roger Stolle, promotor de Cat Head Delta Blues & Folk Art, y en la que entrevistaron a músicos como Super Chikan Johnson, Jimbo Mathus, R.L. Boyce, Leo Bud Welch, y Robert “Bilbo” Walker.

Aquí tres discos que sintetizan la música y el espíritu de Broke & Hungry:

Robert Lee "Lil' Poochie" Watson & Hezekiah Early - Natchez burnin'. Es el más reciente de los discos del sello. El dúo tiene su base en la ciudad de Natchez, al sur del estado de Mississippi y cercana a Louisiana, y es por eso que su zona de influencia es toda esa región donde hay más pantanos que campos de algodón. Watson toca la guitarra y canta, mientras que Early acompaña desde la batería, la armónica y, a veces, con una rudimentaria guitarra que hizo él mismo. La música de ambos combina blues del Delta, R&B de Nueva Orleans y un rock and roll muy primario. El repertorio está compuesto por temas propios y algunos covers que no representan el cancionero del blues más puro del Mississippi como Just a little bit, de Rosco Gordon; My girl Josephine, de Fats Domino; Flip, flop and fly, de Big Joe Turner; I feel so bad, de Chuck Willis; y Somebody changed the lock, de Louis Jordan. Con todo, Lil Poochie y Hezekiah Early encarnan la esencia misma del Mississippi, tocando un blues crudo y sin edulcorar, que esta producción de Konkel supo rescatar.

Jimmy "Duck" Holmes - Back to Bentonia. El máximo exponente actual del blues de Bentonia, heredero del legendario Skip James, participó en sesiones de grabación durante los setentas, algunas producidas por Alan Lomax, pero éste, su primer disco, recién apareció en 2006 y dio inicio a la saga discografía de Broke & Hungry. Aquí, Holmes interpreta 11 canciones que están entre lo mejor del blues de Mississippi de la última década. En algunas aparece solo con guitarra acústica y en otras toca una eléctrica mientras Sam Carr lo acompaña en batería y, ocasionalmente, se suma Bud Spires en armónica. De una u otra forma, Holmes llega directo al alma con un sonido único, que nos transporta a un ambiente bucólico y despojado. La grabación es una especia de trascripción del hombre negro tocando sus blues en el porche de su casa o en su pequeño y precario juke joint. El álbum comienza con uno de los temas más emblemáticos de esa región, I'd rather be the Devil, pero no es el único de Skip James, ya que también interpreta Hard Time killing floor blues (aquí llamada solo Hard times). El primer disco de Broke & Hungry es blues en estado puro y una pieza de colección.

Varios artistas - Mistakes were made. Este álbum doble editado en 2011 es una joya por donde se lo mire. Desde el subtítulo de la portada para justificar "los errores cometidos" –“Cinco años de blues crudo, hígados dañados y dudosas decisiones comerciales”- hasta la edición y el contenido son una muestra acabada del la música autóctona a la que apunta Broke & Hungry. El álbum tiene lo mejor de cada artista de los discos previamente editados más algunas grabaciones inéditas. A los más conocidos como Duck Holmes, Terry "Harmonica" Bean y T-Model Ford se le suman L.C. Ulmer, Pat Thomas, Odell Harris, Big T Williams, R.L. Boyce, Wesley "Junebug" Jefferson y Bill Abel. También hay un par de canciones del misterioso Mississippi Marvel, cuya identidad Konkel nunca reveló debido a que, según explico, era diácono de una iglesia y su comunidad nunca hubiera aceptado que tocara blues. Todos ellos representan la cultura más profunda del Mississippi rural y son el nexo con los bluesmen de antaño, la continuidad de Charley Patton, Fred McDowell, R.L. Burnside y James "Son" Thomas.


                                         “I’m broke ... and I’m hungry / Ragged and dirty, too ...
                                         But if I clean up, pretty mama / Can I stay all night with you?”



lunes, 17 de octubre de 2016

Dos caras del blues local

Jorge Senno - La noche que quedó grabada. Jorge Senno es el músico que mejor combina el country blues con el blues autóctono. Y su flamante disco en vivo, que se financió de forma colectiva a través de Panal de Ideas, es un fiel reflejo de eso. Con el slide desgarrando las cuerdas metálicas de una guitarra dobro, Senno abre el show con una profunda versión instrumental de Eliseo blues. En Cardo ruso, al artista lo acompañan Franco Capriati (armónica), Facundo López Burgos (guitarra de 12 cuerdas), Freddy Prochnik (bajo) y Martín Beckerman (batería) -la base de gran parte del álbum- para comenzar a enarbolar la bandera del "sonido Senno". Conduciendo por Berlín Oriental es otro ejemplo de ello, el fraseo de su voz tiene una marcada influencia de Manal, mientras que sus solos con slide nos llevan sin escalas a orillas del Mississippi. En Rock de Matías suma a Rubén de León y Daniel Manzini, de La Banda del Paraíso, quienes jerarquizan su presentación por ser una porción de la historia del rock nacional. Ruta 25 es un road trip musical memorable con una hermosa melodía. Le sigue Un día volaré con el acordeón de Matías Foreiter. Barraca Peña blues es su tema más emblemático y aquí la interpreta muy bien acompañado por Franco Capriati y la bella Cristina Dall en piano. Otro invitado de renombre es Caburo, la voz del blues rosarino, quien canta En el cosmos no hay error con mucha prestancia. La última parte del show que quedó grabado se nutre de canciones del rock nacional que son parte del ADN de Senno. Claudia Puyó entona una versión campestre de su Perfumes clandestinos y otra más folkie de Por probar el vino y el agua salada, de Charly García, para cerrar su participación en clave más blusera con Todo el día me pregunto, de Manal, y Despiertate nena, del Flaco Spientta. El álbum, que tiene su correlato en DVD, termina con el Blues de la amenaza nocturna con la voz de Rubén de León, la guitarra de Claudio Kleiman, el piano de Cristina Dall, los coros de Marcelo Ponce y Viviana Dallas, y otro solo con slide muy sentido de Senno. La noche que quedó grabada es una celebración a su trayectoria y sus influencias, pero más que nada es su consolidación como nexo entre dos estilos de blues muy distintos.

Ximena Monzón - My harp my soul. En un plano distinto está el disco debut de Ximena Monzón. My harp my soul tiene diez temas, nueve de ellos covers de blues tradicional con un fuerte anclaje en Chicago. La primera canción, que da nombre al disco, es una composición de Mauro Bonamico, bajista de la banda, que tiene un swing muy particular en el que la voz y la armónica de Ximena encajan a la perfección. Sigue con una versión candente de Scratch my back, en la que ella distorsiona su voz con el micrófono de la armónica, lo que le da un toque más crudo, mientras que Santiago Espósito y Federico Verteramo crean surcos sonoros estelares con sus guitarras. Blues never die (El blues nunca muere), de Otis Spann, es un alegato más que elocuente de su sentimiento blusero, que interpreta con mucha pasión, en el que las guitarras y la armónica ocupan el espacio vacío del piano de la versión original. En Something you got, Ximena muestra su costado soulero y se luce con hermosas armonías vocales. Con Blue Carnegie, un instrumental de Jimmy Reed, y Walter's boogie, de Walter Horton, Ximena y la banda vuelven al blues más denso de Chicago. En Baby please don't go distorsiona su voz otra vez y crea un efecto hipnótico, mientras que en Everybody's fishin' lleva el blues a su expresión más festiva con el excelente coro que conforman sus músicos. Además del gran trabajo de los dos guitarristas, la sección rítmica se nutre del pulso soberbio del bajista Mauro Bonamico y de la solidez de los bateristas Germán Pedraza y Rodrigo Benbassat, quienes alternan en ocho de los diez temas. Los dos tracks restantes son acústicos: Ximena es acompañada por Mauro Bonamico en guitarra en Stranger blues y Rainin' in my heart, esta última de Slim Harpo. My harp my soul no solo es un muy buen álbum de blues tradicional sino que sintetiza el esfuerzo y el trabajo de una artista joven que no para de crecer.

lunes, 10 de octubre de 2016

La marca de Tia Carroll


El Be Bop Club todavía no abrió sus puertas al público. Los mozos acomodan las mesas y Gabriel, el encargado del local, supervisa que todo esté en orden para el siguiente show. Se percibe algún movimiento detrás del telón y un canto profundo emana como un espectro. Tia Carroll está probando sonido y se anima, a capella, a Since I fell for you. A ella no se la ve y eso le da más mística al momento. Es como que el tiempo se detiene mientras su voz fluye en la penumbra. Es apenas una muestra de lo que está por venir, pero casi vale como un show entero.

La gente comienza a ocupar sus lugares y los mozos los invaden con botellas de cerveza, copas de vino y tragos multicolores. Se corre el telón y aparece en escena El Club del Jump, banda liderada por los hermanos Martín y Alberto Burguez, que completan Christian Morana en bajo y Gonzalo Rodríguez en batería. Comienzan con un tema propio, Don’t worry, en el que Martín Burguez demuestra sus dotes como frontman, cantando con mucho énfasis y sacando unos solos lacerantes. Cuando terminan. el guitarrista le da la bienvenida y Tia Carroll camina hasta el centro del escenario, anuda un pañuelo rojo en el pie del micrófono y dice en inglés lo feliz que está aquí en Buenos Aires.

Tia arenga al público, unas 50 o 60 personas: “¿Quieren pasarla bien?” La respuesta es un “sí” unánime que se mezcla con los primeros acordes de Take me to the river. La voz de Tia envuelve a los presentes, los abraza y sacude con su potencia soulera. Y así sigue. Tia pasa de Magic Sam a Marvin Gaye y en You hear me, de Little Willie John, prescinde del micrófono e intima con su público, mientras la banda baja los decibeles a casi cero. Llega el momento de Let the good times roll y Tia indica los cortes y bromea con los poderes que tiene en su brazo derecho. Coquetea con los músicos a quienes llama "jóvenes apuestos" y ellos la siguen con absoluta fidelidad cuando, sin interrupción, se encuentran tocando Rock me baby.

Tia quiere intimar otra vez y se sienta a un costado del escenario para cantar, otra vez sin amplificación, I'd rather go blind, y llena de emoción y calor al pequeño subsuelo de la calle Moreno, en San Telmo. El final del show ya se percibe y la banda arremete con una descarga funk con el sello de Wilson Pickett: si Midnight hour suena potente, Knock on wood parece que va a demoler las instalaciones.

Martín Burguez le murmura a Tia que es la última canción. Y ella se queja de que esa, "última", sea una de las tres palabras que sabe en español. Se viene una extensa y poco convencional versión de Shake your money maker, porque no suena la guitarra cruda con slide, sino que empieza con Alberto Burguez al piano y la banda se suma con un funk acelerado, con solo de bajo incluido, para que las últimas gotas de sudor de Tia recorran su piel color ébano.

Hay aplausos y pedidos de una más. La banda se abraza y saluda. El público insiste, pero las luces se encienden y son la señal inequívoca de ya todo ha terminado. Tia dejó su marca una noche de octubre, como ya lo había hecho hace más de dos años y como, seguramente, lo volverá a hacer algunas veces más.

miércoles, 5 de octubre de 2016

El auténtico sonido de Lil' Ed


Aquellos que piensan que el blues es triste y aburrido deberían escuchar a Lil' Ed and The Blues Imperials. Sus canciones son muy entretenidas, de ritmo afiebrado, y Lil' Ed Williams, además de ser un maestro con el slide y un gran cantante, es un frontman carismático y efervescente. Su nuevo álbum, The Big Sound of ... -el noveno consecutivo con Alligator Records en 30 años, más allá de los dos que editó con el sello Earwig sin los Blues Imperials, uno junto a Willie Kent y el otro con Dave Weld- es una celebración de sí mismo, de su vínculo con el blues más crudo de Chicago, ese que sigue la línea evolutiva de Elmore James, Hound Dog Taylor y su tío J.B Hutto.

Lil Ed es un artista con convicciones que respeta la tradición pero que también se anima a dar un paso más allá en busca de un sonido más punzante y actual. A pocos días de su lanzamiento, el álbum fue elogiado por la prestigiosa revista Living Blues, y los diarios Chicago Sun-Times y Chicago Tribune con adjetivos que suenan mejor en inglés que en español: swirling, snarling, riveting, raucous y scorching.

El sonido de la banda se mantiene fiel a su estilo pero con la mejora que, como a los buenos vinos, le aporta el paso del tiempo. El medio hermano de Lil’ Ed, James “Pookie” Young es una pieza fundamental del grupo por la solvencia con la que marca los ritmos desde el bajo, apuntalado por el baterista Nelly Littleton, mientras que el guitarrista Mike Garrett complementa con poderosos riffs al tiempo que deja el terreno allanado para los solos filosos de Lil’ Ed. Aquí, además, la banda contó con la colaboración de Sumito "Ariyo" Ariyoshi, uno de los tecladistas más codiciados de Chicago.

El secreto de su éxito tiene una explicación: “No somos miembros de una banda, somos una familia, y las familias se mantienen unidas”, dijo Lil' Ed en más de una oportunidad.

Doce los catorce temas fueron escritos por Williams, algunos junto con su esposa Pam, lo que demuestra que no sólo es un gran intérprete sino también un compositor expeditivo. I Like my hot sauce cold y Whiskey flavored tears suenan más a los temas de los primeros discos de los Imperials, mientras que Giving up on your love y I wan it all sobresalen por un sonido más actual. Los dos covers son Shy voice y I’ll cry tomorrow, con los que Lil’ Ed le rinde tributo a su mentor, J.B. Hutto.

Lil’ Ed nunca defrauda. En algunos de sus discos, por momentos, pecó de repetitivo, algo que claramente logró erradicar de este nuevo álbum. El maestro del slide de Chicago está en su mejor momento y tal vez por eso recién ahora, a los 61 años, se animó a definir en el título de un álbum cuál es su sonido.


miércoles, 28 de septiembre de 2016

Bonamassa en el reino del blues


El año pasado homenajeó a Muddy Waters y a Howlin’ Wolf con un disco doble en vivo en Red Rocks. Ahora redobla su apuesta y aparta de un manotazo a sus detractores con otro álbum doble, un tributo a los tres King que fue grabado en el mítico Greek Theatre de Los Ángeles. Este nuevo trabajo, su segundo lanzamiento del año –el otro fue el álbum de estudio Blues of desperation- es una apuesta fuerte de Bonamassa por presentarle a una nueva generación de oyentes a los grandes maestros del blues, y para recaudar fondos para su fundación Keeping the Blues Alive.

La puesta en escena y el sonido son formidables, porque más allá de los tremendos solos y la utilización de modelos de guitarras clásicas como la Gisbon Les Paul, la ES, una Flying V que pertenecía a Freddie King y dos Fender Stratocaster, se rodeó de una banda demoledora de diez músicos: Kirk Fletcher (guitarra), Michael Rhodes (bajo), Reese Wynans (piano y hammond), Anton Fig (batería), Lee Thornburg (trompeta), Paulie Cerra (saxo), Nick Lane (trombón) y Mahalia Barnes, Jade MacRae y Juanita Tippins en coros.

El show empieza dedicado a Freddie King. Abre con See see baby y sigue con Some other day, some other time; Lonesome whistle blues; Sittin’ on the boat dock; y una incendiaria version de You’ve got to love her with a feeling. El set del guitarrista texano se completa con el clásico Going down, que Leon Russell compuso cuando producía a Freddie en el sello Shelter Records, en el que sobresale el notable piano del ex Double Trouble.

Foto Christie Goodwin
Promediando el disco 1 comienza a sonar la versión original de I’ll play the blues for you de Albert King hasta que Bonamassa y la banda, con una demoledora introducción de caños, toma el control del tema. El homenaje al legendario guitarrista zurdo continúa con I get Evil y una versión súper funky de Breaking up somebody’s home. El CD 1 termina con Angel of Mercy y Caddillac assembly line, del álbum Truckload of lovin’. El disco 2 comienza con el final de Albert King, la gloriosa Oh, pretty woman, para adentrarse en el set dedicado al Rey del Blues. Como para arengar a la tropa toca Let the good times roll, tema de Louis Jordan que B.B. King hizo propio. Sigue con Never make your move too soon y Ole time religion, un spiritual que B.B. grabó en 1959 y que aquí se luce por el coro encabezado por la hija de Jimmy Barnes. Wynans lanza las notas al piano y la banda se suma en una magistral Nobody loves me but my mother. El tributo a B.B. termina con Boogie woogie woman y Hummingbird, que Don Robertson escribió en 1955.

Pero eso no es todo. Para los bises dejó tres de los temas más emblemáticos de cada uno de ellos: la instrumental Hideway, Born under a bad sign y The thrill is gone. Bonamassa y la banda cierran está magistral lección de blues con Riding with the King, un tema de John Hiatt que B.B. King y Eric Clapton grabaron en el disco homónimo de 2000, que si bien está inspirado en Elvis Presley, aplica a la perfección para los tres reyes del blues.

Bonamassa es el mejor de su generación y por eso paga un alto precio: los puristas lo denostan porque consideran que no toca blues, y muchos le cuestionan que tenga toda la atención de la prensa en detrimento de otros bluesmen. Así y todo, el tipo compone y graba sus discos, versiona a los grandes maestros del blues, edita los álbumes en vivo y colabora en distintos proyectos, algunos no tan bluseros, es cierto, pero sin dudas que el blues es lo que lo mueve.

Bonamassa no pretende usurpar el reino del blues, como sostienen algunos, su misión es preservarlo y difundirlo, y eso lo convierte en un caballero de la mesa redonda en la que se sientan solo unos pocos.


jueves, 22 de septiembre de 2016

Los hitos del blues local


En el libro Bien al sur - La historia del blues en la Argentina, con Gabriel Grätzer planteamos que el blues local se conforma de lo que denominamos blues en la Argentina y blues argentino. El primero es el que, a comienzos del siglo XX, surgió tímidamente entre las bandas de jazz de la época, que interpretaban algunos blues tradicionales en sus repertorios. Eso sentó las bases de lo que se consolidaría muchísimos años después, principalmente a partir de la década del noventa, con músicos y grupos que aprendieron con los discos de los grandes maestros del género. La otra corriente, la del blues argentino, nació al mismo tiempo que el rock nacional, a mediados de los sesenta, y sus músicos tuvieron como máximas influencias a los jóvenes bluseros ingleses. Es decir, los pioneros del rock argentinos se acercaron al blues a través de la versión británica a la que le imprimieron su propio sello componiendo en español. El blues en la Argentina y el blues argentino por momentos tomaron caminos separados y por otros se fusionaron, más allá de que algunos puristas consideren que el segundo no debe ser llamado blues. El blues local puede resumirse en una serie de hitos que son el núcleo de su historia:

- El 10 de junio de 1935, Paloma Efron, más conocida como Blackie, grabó junto a sus Boys el primer blues en la Argentina: el clásico St. James Infirmary (Odeon 194328).

- En 1939, Néstor Ortiz Oderigo escribió su primer libro, pero debido a la Segunda Guerra Mundial, la editorial Claridad lo editó recién en 1944. En Panorama de la música afroamericana dedicó un capítulo a cada una de las principales ramas del folclore de los Estados Unidos: work songs, negro spirituals y blues. Al año siguiente, Oderigo fue convocado a escribir una sección titulada “Notas sobre blues” en la revista Jazz Magazine.

- En 1954, en la película de Leopoldo Torre Nilsson, Días de odio, y en medio de una fuerte escena (para la época) dentro de un prostíbulo, aparecía Lois Blue ataviada de forma muy sensual, cantando Porque eres mi hombre, el primer blues interpretado en un film argentino.

- En 1965, Los Gatos Salvajes, la mítica banda de Litto Nebbia, lanzó su primer LP que incluyó la primera grabación de un blues eléctrico, Little red rooster, inspirada en la versión de los Rolling Stones y no en la original de Willie Dixon. En ese mismo álbum figura el que, según Claudio Kleiman, sería el primer blues escrito en español, aunque con elementos del doo wop: Necesito saber.

- En 1970, el sello Mandioca lanzó el primer álbum de Manal con clásicos inmortales como Jugo de tomate frío, Avenida Rivadavia y Una casa con diez pinos. Sin embargo, fue Avellaneda blues la que daría el impulso necesario al grupo, y el puntapié inicial del blues argentino.

- El 2 de julio de 1971, Osvaldo Ferrer grabó, acompañándose en guitarra, el Black Snake Blues, de Blind Lemon Jefferson. Este registro formó parte del Volumen II de la Antigua Jazz Band (Tonodisc LP 1022) y puede considerarse la primera grabación de country blues tradicional realizada en nuestro país.

- Ese mismo año, tras su paso por Los Abuelos de la Nada y Los Gatos, Pappo formó Pappo's Blues con David Lebón en bajo y Black Amaya en batería, y editó Volumen 1, que junto a Volumen 2, lanzado en 1972, iniciarían una saga de discos con los que Norberto Napolitano definió su sonido, una confluencia entre el blues y el hard rock, e hizo escuela.

- Más allá de que durante décadas, la Argentina recibió las visitas de grandes maestros del jazz como Louis Armstrong, Duke Ellington, Count Baise y Dizzy Gillespie, el primer bluesman de pura cepa en pisar suelo nacional fue B.B. King. En abril de 1980, el Rey del Blues dio dos conciertos en el estadio Obras y otro en el Hotel Bauen que fueron un fracaso comercial pero un gran hito para el blues local.

- En 1983, Memphis la Blusera lanzó su álbum debut, Alma bajo la lluvia, que reflejó una nueva forma de interpretar el blues en la Argentina. Por un lado combinaba letras propias en español, con una impronta tanguera, y por el otro una formación y un sonido típico de las grandes bandas de la región central y la costa oeste de los Estados Unidos.

- En noviembre de 1985, Daniel Grinbank organizó el festival Rock & Pop en el estadio de Vélez. En medio de un clima caldeado y una ensalada de artistas como INXS, Los Abuelos de la Nada y Charly García, se presentó el legendario bluesman británico John Mayall acompañado por dos tremendos violeros: Coco Montoya y Walter Trout. Fue la llegada del blues a un gran estadio porteño.

- En diciembre de 1991, B.B. King volvió al país -se presentó en el Luna Park y fue teloneado por Durazno de Gala- y esta vez conquistó al público porteño. Su presencia abrió la puerta a una década de grandes recitales de blues que tuvo como visitas ilustres a Albert King, Albert Collins, Taj Mahal, Buddy Guy, Jimmy Rogers, James Cotton, Honeboy Edwards y Magic Slim, entre otros.

- El 10 de agosto de 1993, meses después del lanzamiento de su disco emblemático Blues local y de haber tocado con B.B. King en el estadio Obras, durante la tercera visita del Rey a la Argentina, Pappo acarició el cielo con las manos: se fue de gira a los Estados Unidos y se presentó en el mítico Madison Square Garden de Nueva York en el Blues Summit de B.B. King junto a otras estrellas del firmamento blusero como Buddy Guy, Lonnie Brooks, Junior Wells y Koko Taylor. Luciendo un traje italiano, el Carpo deslumbró al público con sus solos.

El suceso del Samovar y el Blues Special Club, y el éxito comercial de La Mississippi y otras bandas en los noventa, la presentación de Grätzer y Memphis en el Teatro Colón, el show de Claudio Gabis en la Casa Rosada, la expansión federal del blues, las giras de artistas argentinos por el mundo, las muertes de Pappo y Adrián Otero, la creación de la Escuela de Blues, el auge de las jams y los festivales fueron otros acontecimientos que conforman la historia y la identidad del blues local.

martes, 13 de septiembre de 2016

El blues por Gonzalo Bergara


"Cuando lo conocí, Gonzalo Bergara estaba muy involucrado con la guitarra de blues y había viajado desde la Argentina a los Estados Unidos para perfeccionarse. Yo estaba tocando con mi grupo Little Charlie & The Nightcats en un club de Charlotte, Carolina del Norte, llamado The Double Door, y Gonzalo se presentó y me contó que había manejado más de mil millas desde Miami, Florida, para ver a la banda" . Charlie Baty.

Con esa carta de presentación, Gonzalo Bergara retorna con su flamante álbum al blues tras haberse consolidado como uno de los mejores guitarristas de gipsy swing del mundo. Zalo's blues es un diamante en bruto que pronto fuerte cotizará en bolsa. Si se hubiese propuesto hacerlo mejor no lo habría conseguido porque es imposible superar lo que roza la perfección. El diseño de portada tiene muchísima onda y las canciones, para las que se armó con guitarras y amplificadores de las décadas del cincuenta y sesenta, son descollantes.

Dramback, el primer tema, es un shuffle voraz en el que los solos de Bergara son el preámbulo de todo lo que vendrá después. Sigue con Drinking, un rock and roll efervescente en el que se lanza a cantar con una voz de raíz sureña que se complementa con sus poderosos riffs. Singing my song es una balada que por momentos recuerda a los Black Crowes en su mejor momento. You don't have to go, de Jimmy Reed, es el único cover del álbum, y la interpretación es crudísima: Bergara canta desde las vísceras y raspa las seis cuerdas con mucha intensidad. Dirty socks es un instrumental muy corto, de menos de dos minutos, en el que mete unos solos vaughanescos sobre una base contundente. En Gonna go le imprime un toque Nashville mientras canta que se va sin saber a dónde llegará.

No more tiene la impronta del rock and roll clásico de los cincuenta pero adaptada para el sonido actual. Woosh y Levi son dos instrumentales geniales: en el primero desempolva todo el swing que tiene guardado mientras que con el segundo podría animar cualquier juke joint de este a oeste y de norte a sur. Inés comienza con unos suaves acordes acústicos hasta que se pliega la sección rítmica y luego se despacha con unos solos nostálgicos. En todos estos temas, que fueron grabados en los estudios porteños de Ion y El Pie contó con el notable respaldo de Mariano D'Andrea en bajo y Maximiliano Bergara, con quienes conformó un trío sin fisuras y con un ritmo desbordante.

El álbum cierra con Won't stay with you, una hermosa canción acústica que interpreta en solitario y sobresale por su onda campestre, su exquisita melodía y una interpretación vocal conmovedora. Pero además, en medio de esos tracks, esta la poderosa Been runnin', la única que grabó en Los Ángeles acompañado por Vince Bilbro en bajo y Michael Partlow en batería.

Zalo's blues confirma lo que Charlie Baty opina de Gonzalo Bergara: "Es uno de los guitarristas más talentosos del universo".


lunes, 5 de septiembre de 2016

Blues para Edy

Fotos Edy Rodríguez
Una vez más, como tantas otras, Edy cumplió con su labor. Se ubicó debajo del escenario, buscó el mejor ángulo y apuntó el lente de su Nikon a quién estuviera tocando en ese momento. La única diferencia, esta vez, fue que no se trataba de un show internacional más o la presentación del disco de algún artista local, sino de un evento solidario para acompañarlo en este difícil momento que está atravesando. Edy tiene cáncer y la está peleando. Es una pelea dura, desigual. Es David contra Goliat.

La idea surgió del Pollo Zungri o de Riqui Muñoz. Tal vez fue de Laura Lagna Fietta. O quizás se les ocurrió a todos en simultáneo: organizar un evento solidario para recaudar fondos para que Edy pueda afrontar el costoso tratamiento médico. En apenas dos semanas se consiguió el lugar, el Teatro del Viejo Mercado, en el Abasto, y decenas de músicos se anotaron para participar. La convocatoria se hizo a través de las redes sociales y la sala se llenó. El resto fue puro blues, blues para Edy.

El blues paga mal cantan los Easy Babies... Edy Rodríguez eso lo sabe bien. Sacó tantas fotos en shows de blues que si le hubieran pagado un peso por cada una de ellas hoy sería millonario. Pero eso nunca lo frenó. A pesar de ello es un tipo solidario que no tiene problemas en compartir sus fotos con otros que, como él, nos dedicamos a la difundir el blues de manera independiente. Anoche, cada uno de los asistentes pagó 100 pesos, otros dejaron discos a la venta y todo lo recaudado fue para Edy. Se juntó una buena cantidad y eso es bueno. Pero lo más importante para Edy fue sentirse contenido, acompañado y hasta homenajeado. Eso tiene un valor muchísimo más importante que el dinero. La foca, como le dicen, lo sabe mejor que nadie.

Por el escenario pasaron tantos músicos que es difícil recordarlos a todos. Abrió Riqui Muñoz y fueron subiendo Rulo García, Pablo Martinotti, Fabián Yajid, Hugo Mangieri, Benjamín Aquino, el Tano de Lío, Nandu Tecla, Víctor Hamudis, Sandra Vázquez, Marcelo Marín, Perro Gorosito, Natalia Ciel, Emma Laura Pardo, Diego Czainik, Fernando Couto, Eduardo Muñoz y Xim Monzón. Claudio Kleiman, amigo entrañable de Edy y ex compañero de redacción en El Expreso Imaginario, hizo su aporte en escena con una estrato negra. La diosa del blues local, Cristina Dall, y el legendario Napo, del Samovar de Rasputín, también se subieron a tocar. Y Daniel Raffo engalanó la noche con su fino toque blusero.

Un hecho más que trascendente fue el reencuentro del Ruso Beiserman y Rubén "King" Alfano, quienes interpretaron una emotiva versión de Ya no me toques, de Memphis, en la que el Ruso cantó como si se le fuera la vida en ello. El cierre estuvo a cargo de Ricardo Tapia con una canción que más que elocuente: Blues de un domingo lluvioso. Hubo muchos más músicos -Nico Smoljan, Guido Venegoni, Marcos Lenn, Gabriel Cabiaglia- que no subieron a tocar pero que fueron para darle un abrazo a Edy. Un detalle que resume el evento fue que Jorge Ramos, uno de los dueños del Balcón de Blues, que queda muy cerca del teatro y abre todos los domingos, esta vez decidió no hacerlo para no dispersar al público y estar con Edy en su noche.

No es ningún secreto que en el ambiente del blues hay mucha competencia, disputas de cartel, corazones rotos y diferencias insalvables entre muchos músicos, pero esta vez todo eso quedó atrás, todo por Edy... todos por Edy.

lunes, 29 de agosto de 2016

El hombre al que llaman Blues


Sus dedos callosos le recuerdan aquellos años de juventud juntando algodón, bajo el rayo del sol, en las afueras de Greenwood, Mississippi. También son el signo inequívoco de una vida repleta de sacrificios que no se limitó al campo sino que siguió en la gran ciudad. Cantar blues, como un pasatiempo, le sirvió para mitigar el cansancio y el peso de una rutina ardua, pero nunca pensó que lo podría hacer profesionalmente hasta que, tras la muerte de su esposa, Donna Mae, su perspectiva de las cosas cambió. Empujado por el gran guitarrista noruego Kid Andersen y el tecladista Jim Pugh, a través de su fundación Little Village, John Boyd entró por primera vez a un estudio y a los 71 años grabó su álbum debut.

A Boyd le dicen "Blues", un apodo que le sienta muy bien. Él asegura que es "The real deal" y así nombró al disco. Andersen y Pugh decidieron rodearlo con los mejores músicos que tenían a mano y el resultado de esa sesión de grabación, en la que Boyd presentó sus propios temas, fue un éxito. El álbum abre con ese tema autobiográfico en el que la armónica de Rick Estrin sobrevuela el clima lowdown que el cantante plantea. Enseguida levanta y, al mejor estilo Junior Parker, entona muy arriba You will discover. Sigue con I'm like a stranger, en clave Percy Mayfield , y en los primeros tres temas demuestra que es un verdadero hombre de blues.

Boyd, primo del legendario pianista Eddie Boyd, vierte el sonido de Kansas City en That's big con el poderoso saxo de Terry Hanck respaldándolo. El resto del disco es una amalgama de estilos que se suceden con asombrosa naturalidad. Boyd suena con la misma intensidad y pasión ya sea interpretando un jump blues, un shuffle de la Costa Oeste, un down home blues, o algún tema más souleado en clave Stax. Además de Andersen, Pugh y Estrin acompañan al cantante Big Jon Atkinson (guitarra), Robert Welsh (guitarra y teclados), Aki Kumar (armónica), Dave Chavez (bajo), Danny Michel (bajo), June Core (batería), Martin Windstad (batería) y una exquisita sección de vientos encabezada por Hanck.

Por momentos, Boyd nos recuerda al gran Big Joe Turner y por otros a Wynonie Harris, pero lejos está de ser un imitador, se trata de un cantante auténtico, visceral, que lleva al Mississippi en las entrañas y al que no por nada le dicen Blues.


sábado, 20 de agosto de 2016

El blues del exilio

Santiago Podestá, María Luz Carballo, Luna Carballo y Nacho Garassino.
En julio de 2013 pasé una semana muy intensa y a puro blues en Chicago. Una de esas noches, calurosa y un tanto húmeda, mientras tomaba una cerveza Red Stripe en la barra del Kingston Mines y Linsey Alexander hacia de las suyas en el escenario principal me topé con una historia que estaba en pleno desarrollo. Se trató apenas de un momento casual, una anécdota del viaje, que hoy cobra un nuevo sentido por el lanzamiento del documental Pegar la vuelta.

Linsey Alexander terminó el tema que estaba tocando e invitó a “una amiga”, tal como la presentó, y anunció al público que estaban filmando una película para la Argentina. Obviamente eso llamó mi atención y noté que la joven guitarrista que subía al escenario era una cara conocida. Se trataba de María Luz Carballo, o María Blues, como yo la recordaba. La había visto una sola vez en La Trastienda, dos años antes, cuando viajó a Buenos Aires acompañando a Lurrie Bell.

Abajo del escenario dos hombres filmaban todo. María Luz lucía un sombrero de paja, una blusa negra y jeans. Sacó su guitarra del estuche, creo que era una Epiphone, y se subió para tocar con Linsey. Interpretaron Mona Lisa was a man. Cuando terminaron encaré a los que estaban con la cámara y me presenté. Uno de ellos era Nacho Garassino, el director de la película, y el otro el camarógrafo Santiago Podestá. Me saludaron cordialmente pero como todavía estaban en plena faena fílmica siguieron con lo suyo y yo me fui al otro salón del Kingston Mines, donde está el escenario más pequeño, porque empezaba el show de la texana Sharon Lewis.

Poco después nos volvimos a cruzar y ellos ya habían terminado con su tarea así que nos tomamos una cerveza y me contaron sobre el documental. María Luz, que estaba acompañada por una de sus dos hijas -Luna, la más pequeña- se sumó poco después. Me llamó la atención que ella estaba como en otro registro, despreocupada, más allá del bien y del mal. Garassino me decía que ella era todo un personaje y que su historia era genial. Estaba muy entusiasmado con el documental que estaba realizando aunque sabía que le faltaba mucho para terminarlo. Mientras nosotros hablábamos, la pequeña Luna jugaba en un flipper.

Nos despedimos y le prometí a Nacho que lo llamaría en Buenos Aires porque me interesaba hacerle una entrevista. El tiempo pasó y no pude hacer la nota, pero lo contacté a principios del año pasado cuando estaba escribiendo el capítulo de Blues for export de mi libro Bien al Sur porque quería mencionar la historia de María Luz y el documental. Nacho me respondió con la mejor onda y me envió un link para ver una versión previa que, por lo que me contó hace pocos días, difiere en cuanto a color y luz a la que se estrenó el jueves en el cine Gaumont y que estarà en cartelera un par de semanas.

Días después me contactó Juan Elvis Pereyra, que le hace la prensa, para que tratara de resumir en una frase la impresión que me dejó el documental. Y le mandé esta: “María Luz Carballo llegó a la meca del blues eléctrico escapando de sus fantasmas y con la intención de convertirse en una gran guitarrista de blues. Nacho Garassino retrató magistralmente como sus sueños chocaron de frente con el desarraigo y la nostalgia que la llevó a escribir una historia de superación personal”. Y creo que de eso se trata Pegar la vuelta. Porque más allá de haber sido filmado en Chicago y Buenos Aires, de haber captado a María Luz zapando con Botafogo o con Quintus McCormick, o de las anécdotas que cuenta de cuando fue “la nena” de Pappo, es un retrato del exilio, un verdadero blues en tecnicolor.


lunes, 15 de agosto de 2016

Carvinator


Carvin Jones llegó a la radio comiendo maní salado. Faltaban unos minutos para salir al aire y se veía a las claras que se estaba muriendo de sed. Le ofrecí un vaso de agua pero me dijo que prefería una Coca Cola. En Nacional hay varios dispensers de agua pero no hay máquinas expendedoras de gaseosas. Guille, el coordinador de aire, aceptó gentilmente ir a comprarle una lata. Ya con su coca fría Carvin entró al estudio y empezamos la entrevista. Le pregunté qué tipo de show íbamos a ver más tarde en la Sala Siranush de Palermo. "Van a ver un show impresionante, algo nunca visto", respondió con total seguridad antes de tocar un par de temas con una guitarra acústica que le consiguió Luis Mielniczuk.

Por la noche, ante unas 70 personas, dio un recital muy intenso, aunque no creo que le quepa lo de "nunca visto". Carvin Jones tocó blues rock con mucha distorsión y bien al palo. No se guardó nada: tocó con la boca, con la Strato apoyada en el piso, sosteniéndola como un violín, alzándola con una mano, usando un celular como slide y hasta pisándola. Se bajó a tocar entre las mesas, punteando en las narices del público, y levantando a todos de sus silla para tenerlos bailando pegados al escenario. No mintió cuando dijo "impresionante", porque así es él como showman. La gente realmente la pasó muy bien, se divirtió y, a fin de cuentas, eso es lo más importante.

El repertorio incluyó muchos temas de sus discos solista, The Carvinator y Victory is mine, y algunos clásicos como Hideway, I just want to make love to you, Pride and joy, Highway 49 y La Grange, con un estilo texano muy marcado. El sonido no fue el mejor, pero la banda no se desdobló en ningún momento. Si Carvin Jones juega el rol más emocional, el bajista Joe Edwards, con un look La Naranja Mecánica cruzado con Wu Tang Clan, es el sostén rítmico de todo el engranaje, mientras que Levi Velasquez golpea y golpea la batería prolijamente y sin tanta estridencia. Edwards hizo un solo de bajo poco convencional, por los sonidos raros que sacó, hasta usando un encendedor, y porque interpretó un fragmento de When the Saints go marchin' in.

Carvin descansó en un par de blues lentos, 3 o'clock blues y Tears come down like rain, para luego anomarse a rapear entre medio del público. Sobre el final tuvo un gran gesto: invitó al escenario a Natalia Ciel, quien lo acompañó como traductora durante todo el fin de semana, y ella cantó con mucho ímpetu You can have my husband, de Irma Thomas.

En la previa, Con Alma de Blues Band, una selección de músicos de primer nivel bajo la dirección técnica del Pollo Zungri, que incluye a Diego Czainik, Víctor Hamudis, Mariano D'Andrea, Emma Pardo, Pablo Martinotti, Nandu Aquista y Perro Gorosito, interpretó clásicos del soul como A change is gonna come y Take me to the river y algunos blues.

Por la tarde, mientras estábamos al aire en Bluscavidas, Carvin dijo: "Esta noche van a conocer al Carvinator" y más tarde entendimos por qué: no es un virtuoso pero sabe cómo llevar adelante un show. Desde su vestimenta, una polémica blusa abrillantada y su sombrero texano, hasta su relación con el público, sus múltiples trucos y la elección de los temas conforman el universo en vivo de este guitarrista carismático y divertido. Algo de lo que anticipó fue una verdad irrefutable: "No se van a aburrir". Y nadie se aburrió.

miércoles, 10 de agosto de 2016

Un largo y extraño camino al blues

¿Cuál es mi primer recuerdo musical? La respuesta no aparece de inmediato. Me vienen a la mente algunas canciones infantiles de María Elena Walsh, pero busco algo más relacionado con el rock o la música que me marcaría en la adultez. Revuelvo en la maraña de datos y sucesos que se acumulan en mi cabeza. Intento depurar la información, las canciones se superponen, como si esos primeros años se hubiesen comprimido en apenas unos instantes. Al cabo de un rato, la memoria se despeja y, como en un rompecabezas, las piezas comienzan a encajar. No vengo de una familia de músicos y en mi casa la música no era algo central. Será por eso que el primer recuerdo asociado con los ritmos y melodías del resto de mi vida no tiene que ver con un show, la radio, un disco o una canción, sino con un álbum de figuritas.

Creo que fue en 1979 o 1980 cuando salió una colección de figuritas de Stani con las bandas de rock y pop del momento como Kiss, Queen y Village People, entre personajes de tevé, como el Negro Olmedo y Porcel, y futbolistas como el Matador Kempes, Villa o el polaco Lato. Por entonces yo tenía seis años y las canciones que más recuerdo son I was made for loving you, We are the champions y Can't stop the music. Era lo que escuchábamos con mis compañeros de la escuela y para nosotros, chicos de clase media de un colegio bilingüe, los personajes de Village People -el motoquero, el obrero, el cowboy, el indio- no eran íconos del mundo gay, sino superhéroes urbanos con banda de sonido incorporada. Se ve que nuestros padres no entendieron el mensaje de los temas de Village People, que bastante obvio resulta hoy en día, así que difícilmente iban a comprender que Freddy Mercury, con bastante más de sofisticación y buen gusto, iba por el mismo lado. Probablemente estaban más preocupados por los cuatro peludos satánicos con sus caras maquilladas que vestían trajes espaciales y atronaban con un sonido más pesado y que nosotros imitábamos sacando la lengua lo más afuera que podíamos. El único long play que tuve en mi vida fue Dinasty de Kiss, que me lo habrán regalado cuando cumplí siete u ocho años. El tocadiscos se jodió poco después y mi familia lo reemplazó con una casetera National Panasonic. Entre las primeras cintas que compraron me acuerdo un grandes éxitos de los Beatles que se llamaba Gold, un compilado de los Bee Gees, otro de los Carpenters y uno de José Luis Perales que yo detestaba profundamente.

No sé si fue casualidad o no, pero algunas canciones de Sui Generis, o Mi unicornio azul y Ojalá, de Silvio Rodríguez, aparecen en mi cancionero con la vuelta de la democracia, en 1983. Yo cursaba quinto grado y, mientras cantábamos "Siga, siga el baile, al compás el tamboril, vamos a ser gobierno de la mano de Alfonsín", fui descubriendo nuevas melodías. Para mi cumpleaños de 11, a comienzos del 84, me regalaron Business as usual de Men at Work y Pipas de la paz de Paul McCartney. Michael Jackson, que cantaba de invitado en el disco de McCartney, ya era todo un suceso y su video de Thriller, en los albores de MTV, era uno de mis preferidos cuando ocasionalmente lo pasaban por uno de los tres canales de VCC, la primera señal de televisión por cable.

En el 85 empezamos con las fiestas, o asaltos como se les llamaba por entonces. Las canciones de Duran Duran, Wham y Madonna eran las que más se bailaban. Los temas preferidos de la monada en los lentos eran I just call to say I love you, de Stevie Wonder, y uno de Lionel Richie. Por esa época fue el boom del rock solidario, primero con USA for Africa y después con la respuesta británica de Band Aid con el tema Do they know It's Christmas?, que reunía a Simon LeBon, Sting, Bono y Boy George, entre otros. Dos temazos.

Y llegó el verano del 87 y en San Bernardo, en una pequeña disquería sobre la calle Chiozza, me compré Regatta de Blanc de The Police. Y esa es la primera banda de la que me declaré fanático, aunque ya se había separado. En los meses siguientes me compré sus otros cuatro casetes en la disquería Suite de Cabildo. También me gustaban mucho canciones como Money is for nothing, Live is life, Start me up y Beds are burning. A los 15, vi The Wall y Another brick in the wall, PT 2 se convirtió en mi tema de cabecera. Por cierto, ese disco es como El Guardián en el Centeno de varias generaciones de adolescentes. Desconfíen siempre de quienes no escucharon a Pink Floyd a esa edad.

Mi primer héroe del rock fue Bruce Sprinsgteen. Lo descubrí con su breve aparición en USA for Africa. Me impactó la potencia de su voz y su look urbano, con la camisa de jean y el pañuelo en la cabeza. Born in the USA se convirtió en un biblia para mí, quedé eclipsado con sus canciones y le rezaba al Jefe todas las noches. Ese disco me abrió la puerta a sus trabajos anteriores: Greetings from Asbury Park, The River, Born tu run y el bucólico Nebraska, principalmente. Salvo Born in the USA, que lo compré acá, los demás casetes me los trajeron desde Estados Unidos y todavía los conservo. También en torno a él estuvo mi primera frustración musical cuando no me dejaron ir a verlo a River en 1988.

Pero mientras yo escuchaba al Jefe, muchos de mis compañeros y amigos se inclinaban por The Smiths, The Cure, Echo and The Bunnymen. En plena búsqueda de mi identidad musical, con las hormonas estallando, me vi arrastrado a la oscuridad y el desmadre del punk y el post punk. Así llegué a Joy Division -solía usar una remera con una imagen de su disco Closer-, a los Sex Pistols y a los Ramones. Recuerdo que vi la película The Great Rock and Roll Swindle en VHS y la escena en la que Sid Vicious cantaba My Way y luego acribillaba a tiros a parte del público me volvió loco. Con un poco de jabón empecé a pararme el pelo, un gesto de rebeldía que tenía sus complicaciones los días de lluvia, y en mi walkman Unicef blanco escuchaba Anarchy in the UK, God save the Queen, She's a sensation y Somebody put somthing in my drink.

Mi era dorada del rock and roll llegó cuando empecé quinto año. Nuestro profesor de Historia Ernesto Castrillón siempre nos hablaba del viejo rock de los sesentas, nombraba bandas y músicos que no habíamos escuchado nunca -como Peter Green y The Kinks- y nos empujó a escuchar a Creedence, Clapton, los Stones y Hendrix. Fue por esa época que estrenaron la película de los Doors, con Val Kilmer, y eso me llevó, al día siguiente de haberla visto en el cine Mignon, de Juramento y Cabildo, a comprarme  un The Best of de la banda de Jim Morrison, que pasó a ser uno de los más escuchados en mi flamante minicomponente de doble casetera Phillips.

Con 17 años, empecé a ir a bailar con más regularidad. Por lo general iba con amigos a las matinés de Engelberg, Always o Rainbow, pero a veces, si nos dejaban entrar los patovicas, nos mezclábamos con los más grandes en Palladium, New York City, Bulldog o Prix D'ami. En esos boliches escuchábamos a New Order (¡qué temazo que era Bizarre love triangle!), Depeche Mode, Technotronic y todo eso que hoy aparece en los ataques ochentosos. Eran épocas de casetes grabados, de fondos blanco de cerveza y los primeros cigarrillos (Marboloro, L&M o Kent) y, cuando pintaba rock and roll, nos íbamos a Margarita, aunque las chicas ahí, las clásicas rolingas, no eran tan atractivas como en los otras discos.

En el verano del 91, apenas unos meses después del viaje de egresados, tuve mis primeras vacaciones con amigos. Eramos como diez y nos alquilamos una casa en Pinamar. Entre flippers, asados, escabios y chicas que no nos daban bola, explotaron los Stones, AC/DC y Bob Marley en el equipito de audio que llevamos y que no tenía descanso. Para nosotros fue el verano del pasito de Jagger, de You shook me all night long, del disco Appetite for Destruction de los Guns, de I shot the sheriff y, cuando no íbamos a bolichear a Ku o Always, de los fogones en la playa cantando Desconfío, Me gusta ese tajo y Rasguña las piedras.

Ya casi estaba a las puertas del blues aunque todavía no lo sabía. Muy pronto vendríaextran los primeros casetes grabados con temas de Johnny Winter, el impacto fulminante de Hoochie Coochie man de Muddy Waters y el show de B.B. King en el Luna Park, pero eso ya es parte de otra historia.