domingo, 18 de febrero de 2018

No hay dos sin tres

BGC Trío - Blues de Soledad. Bada, Goffman, Costales es una de las bandas más persistentes de la escena del blues local. A veces puede presentarse como dúo, con Bada y Goffman, o como cuarteto sumando a Natalia “Chica” Ciel. Pero es como trío que logró ganarse un lugar y convertirse en el emblema del blues tradicional cantado en español, una rara combinación sonora e idiomática que muy pocos pudieron amalgamar sin caer en excesos o clichés. Este trío de guitarra, voz y armónica lo viene haciendo de manera sostenida desde hace varios años. Ahora acaban de lanzar su segundo disco en el que, una vez más, la pluma de Javier “Ciego” Goffman se combina con las adaptaciones musicales del maestro Carlos Bada. La poética filosa del “Ciego” se percibe en Buena salud, Presidente rumbero, Hablando con un perro y Solo, pobre. Pero lo mejor del trío aparece en Hoy tengo tengo los blues (Y mañana también), un verdadero manifiesto en el que Bada despliega toda su técnica con el slide, mientras que Costales sobrevuela la melodía con su armónica serpenteante y el Ciego bate la justa con mucha pasión. Otro gran momento es No va a hacerte bien, la versión que inspiró el Conseguite otra mujer de los Easy Babies, aunque haya sido grabada mucho después. El disco tiene un breve pasaje en el que tocan algunos clásicos cantados en inglés como Big road blues, de Tommy Johnson, y Me and my whiskey, de Barbecue Bob, entre otras. Sobre el final hay más en español con una evocación personal del Ciego a Buenos Aires y ácida Garganta vieja. En síntesis, Blues de Soledad es un disco más que interesante para escuchar blues tradicional, pero con letras que no necesitan traducción.

El Rufián Melancólico Trío - Esto no es rock and roll. Néstor Bouzigues es un discípulo de Carlos Bada. Formó el trío con la idea de emular el sonido de Frank Frost, Robert Nighthawk, Hound Dog Taylor y algunos de los popes del Hill country blues como R.L. Burnside y Junior Kimbrough. A diferencia de BSG, que sobresale por su sonido rural, El Rufián es más eléctrico y urbano, pero también apuesta a las letras en español. La banda la completan el armoniquista Nico Castro y el baterista Leandro Walter, aunque este último no pudo grabar en el álbum y su lugar lo ocupó Adrián Flores. El disco empieza con la instrumental Licor de maíz, una verdadera joya con la que logró captar la esencia del norte de Mississippi. Como esa, la mayoría de las canciones fueron escritas por Bouzigues, que también sorprende con buenas composiciones como A mover, Ten piedad y No lo hice, en el que con un slide punzante nos lleva sin escala a un humoso juke joint. El disco tiene tres covers. Dos son adaptaciones en español, al mejor estilo “Ciego” Goffman, de Rollin’ & tumblin’, que aquí llama Rodando y tropezando, y I asked for water (She gave me gasoline), de Howlin’ Wolf, que Bouziguez acomodó muy bien cantando “Le pedí agua, Ohh uhhh me trajo gasolina”. La otra versión es del tema de Flores, Si el blues fuera whisky. El disco termina con Soplando, un tributo de Castro a Sonny Terry. El arte de tapa, a cargo de la Tana Spinelli, está muy bien logrado y redondea un álbum muy bueno que demuestra que la tradición del blues también es permeable a ciertas adaptaciones.

sábado, 10 de febrero de 2018

La Usina del Blues

Fotos gentileza La Usina del Arte y Baires Blues
El auditorio de la Usina del Arte se tiñó de azul el viernes para una doble presentación internacional. Sax Gordon y Carlos Johnson, con propuestas diferentes, engalanaron una noche con buena música ante una sala colmada.

La banda que acompañó a Sax Gordon, la base del Club del Jump, sonó muy ensamblada: el groove del bajista chileno Freddy Muñoz se recostó bien sobre la batería estable de Gonzalo Rodríguez, y los hermanos Martín y Alberto Burguez se encargaron de las armonías y algunos solos con mucha autoridad. Así, lograron plasmar sobre el escenario de la Usina las casi dos semanas que llevan tocando, casi a diario, con el maestro del saxofón.

Por el contrario, a Cruxados le costó respaldar a Carlos Johnson. Fue la primera presentación de la banda de Azul con el guitarrista zurdo y se notó la falta de ensayos. Johnson no planteó el típico sonido de Chicago, sino que buscó hacer algo más moderno y al grupo le resultó difícil seguirlo. Probablemente con el correr de los shows puedan afirmarse. Talento no les falta.

Todo empezó a las 21. Muy puntual. Sax Godron apareció vestido de blanco, con su saxo colgando, y de entrada nomás comenzó a soplar con mucha intensidad los primeros acordes de la animada I need your love y una vez que terminó la canción, sin respiro, siguió en la misma línea con Somebody. “¿Les gusta el blues? ¿Quieren blues?” preguntó y, ante la respuesta positiva y enfervorizada del público la banda se sumergió en un blues cadencioso y profundo, The way it is, en el que el saxofonista desplegó todos sus trucos y bajó a tocar entre la gente. Siguió con un funky instrumental, DD rider, inspirado en el sonido de Memphis, donde prevaleció el hammond de Alberto Burguez, y luego Sax Gordon planteó un diálogo de saxo y percusión con Rodríguez.

Freddy Muñoz dibujó unas exquisitas líneas de bajo en el comienzo del tema en el que Sax Gordon más se lució cantando: Big and hot. Aquí Alberto Burguez cambió el sonido hammond por el del piano y se acopló a la perfección. Luego, en The misfit, Freddy Muñoz volvió a calibrar su ritmo feroz y Martín Burguez, que cumplió una extraordinaria tarea como guitarrista rítmico, se lanzó con un solo emocional. Sobre el final, Sax Gordon le dedicó la dulce balada souleada Gone a las mujeres de la sala y cuando parecía que ya no había tiempo para más dijo “Quiero un poco más de funky” y cerró con Have horn will travel.



La Usina siguió generando blues y a las 21.50, después de un breve receso de diez minutos aparecieron en escena los músicos de Cruxados. Interpretaron un shuffle instrumental y el guitarrista Nicolás Duba presentó a Carlos Johnson que, vestido de negro y con una gorra deportiva, se sentó en una banqueta y conectó su Epiphone. Al poco ensamble de la banda se sumó un acople bastante molesto entre la viola y el micrófono de Johnson. Pero nada impidió que brotara blues desde sus dedos (toca sin púa), con I’ll play the blues for you. Comenzó tocando muy suave, casi acariciando las cuerdas, y cantando melodiosamente para después estallar en descarga de furia eléctrica.

“¿Dónde está mi cerveza? Sin cerveza no hay blues”, bromeó el guitarrista antes de interpretar Hi heel sneakers, en el que pidió un solo de piano que quedó sepultado por el intenso sonido del resto de la banda. Siguió con un tema que -según explicó- lo escribió pensando en las mujeres con las que mantiene “eye contact” durante los shows y que cuando termina y las busca ya no están. En clave de smooth jazz, ahora sí con el teclado a un volumen más razonable se lanzó en una aventura que Cruxados sufrió por no estar acostumbrados a ese estilo. Para terminar, Johnson eligió un medley de Jimmy Reed, que incluyó You don’t have to go y Bright lights big city, en el que le pidió un punteo a Duba y tuvo que arengarlo para que no lo dejara en la primera vuelta, y luego recurrió al tecladista, que en vez de tener su teclado en modo piano se despachó con un inoportuno solo de hammond. Pero Johnson no se desanimó y siguió incitándolos a más, incluso al bajista, que no se amilanó. De a poco, la banda fue bajando la intensidad y desde su guitarra zurda Johnson tocó, a modo de despedida, los acordes de Eleanor Rigby.

Pese a esos detalles, fue una gran noche de blues, protagonizada por dos carismáticos músicos estadounidenses que saben cómo relacionarse con el público. Blues internacional, gratis y en una sala de lujo. ¿Qué más se puede pedir? Que haya más… mucha más usina del blues.

miércoles, 7 de febrero de 2018

Solo Tapia


Ricardo Tapia es un hombre de blues. Pero también escucha y toca otros géneros relacionados con la música negra y el folclore local. Al frente de La Mississippi es un performer inigualable. El número uno arriba del escenario. En solitario, apenas acompañado por su guitarra, es capaz de llevarnos a otra dimensión. Esto último fue lo que hizo el lunes a la noche en Sheldon, en una nueva edición de Blue Monday de Bluscavidas.

Pasadas las 22, Tapia se sentó de cara al público y, mientras una tenue luz roja desdibujaba su silueta, tomó una guitarra Eco 1966 original y probó la afinación. “Buenas noches. Bienvenidos a Sheldon. Voy a deformar algunos clásicos del blues, porque la música negra es dinámica y se presta para eso”, anunció. El primer tema fue una reinterpretación funky de I just want to make love to you, de Muddy Waters, y siguió con Help me, inspirada en la versión de Junior Wells, en la que lanzó todo su poderío vocal. Luego irrumpió con Everyday I have the blues, que la tocó en un tempo bastante original y volvió carburar su garganta para el aullido de Spoonful, el clásico de Howlin’ Wolf.

Dejó el blues tradicional para abordar el cancionero del blues local. Se despachó con dos himnos de La Mississippi, Buenos Aires blues y Blues del equipaje, y uno de Manal, Doña Laura. Después cambió la guitarra eléctrica por una hermosa resonadora para la versión más desestructurada e inédita de Blues local, de Pappo, que jamás alguien haya interpretado. Tapia mostró también que es un tipo agradecido y solidario y tocó dos temas de bandas del interior que él produjo y apadrina: Los Zorros de Florindo y Blues de Garage.

Volvió a tomar la Eco 1966, a la que describió como “una guitarra básica, pero excelente”, y cerró con una selección muy ecléctica: primero Rockin’ blues, luego Canción del pescador, de María Elena Walsh, y por último San Cayetano, otro de los grandes éxitos de La Mississippi. Se despidió, volvió a la mesa y se sirvió otra copa de vino blanco. Había transpirado la camiseta como en cualquier show con la banda, pero aquí ni siquiera necesito levantarse de la silla para llevarnos a otro nivel de comunión con la música.

martes, 30 de enero de 2018

Patrimonio de la humanidad


Para algunos puede resultar irritante que prácticamente no haya músicos de blues en este homenaje por los 100 años del nacimiento de Elmore James. Pero en realidad es algo para destacar: la participación de estos artistas resalta la influencia del guitarrista más allá de las fronteras del blues.

Elmore James fue uno de los músicos más revolucionarios de la historia del género. A comienzos de la década del cincuenta, con su slide asesino, su guitarra enchufada y su voz apabullante, adaptó el estilo de Robert Johnson a una nueva era marcando una de las instancias más claras de la evolución del blues. Aquel sonido cautivante del Delta del Mississippi de la década del treinta se transformaba en esa ebullición eléctrica y chirriante que tanto influenciaría a las grandes bandas de rock de los sesenta. Elmore James contribuyó con mucho más que potentes riffs a la música contemporánea y este álbum es una prueba de ello.

Strange angels: In flight with Elmore James fue producido por Marco Giovino y Tom Siering. Si bien cada canción tiene un artista diferente como protagonista, musicalmente está sostenido por la banda Elmore's Latest Broomdusters, conformada por los guitarristas Rick Holmstrom y Doug Lancio, Rudy Copeland en hammond B3 y el propio Giovino en batería. Viktor Krauss y Larry Taylor, en tanto, alternan en bajo.

La selección de temas representa lo mejor del repertorio de James. El disco comienza con Elayna Boynton, una joven cantante californiana de soul que interpreta con mucha pasión Can’t stop loving you. Luego aparece la experimentada vocalista Bettye LaVette junto al guitarrista G.E. Smith para el clásico Person to person. Una de las figuras más importantes de la escena de la música country, Rodney Crowell, se despacha con una soberbia versión de Shake your moneymaker. Uno de los momentos más intensos del álbum llega con Done somebody wrong, por el tsunami sonoro que provoca la tremenda voz del galés Tom Jones.

Los guitarristas Warren Haynes (Allman Brothers) y Billy Gibbons (ZZ Top), junto con el armoniquista Mickey Raphael, se despachan con una descollante versión de Mean mistreating mama. Deborah Bonham, hija del histórico baterista de Led Zeppelin, John Bonham, se encarga de Dust my broom, tal vez el tema más emblemático de Elmore por ese riff inconfundible y por ser una composición original de Robert Johnson que él reescribió y grabó para el sello Trumpet en 1951. Warren Haynes vuelve a escena, esta vez con el músico country Jamey Johnson para un extenso cover de It hurts me too, donde se destaca un solo de hammond de Rudy Copeland. Las hermanas Shelby Lynne y Allison Moorer interpretan Strange angels, por momentos jazzeada y por otros un tanto psicodélica por el reverb de Holmstrom.

Tal vez el músico más asociado al blues de este disco, y flamante ganador de un premio Grammy, Keb’ Mo’, le pone su sello a Look on yonder Wall. Mollie Marriott (la hija del legendario Steve Marriott), que compartió escenario con la crema de la crema del rock inglés e incluso grabó coros en un disco de Oasis, aquí aporta su exquisito registro vocal en My bleeding heart, un tema de Elmore más asociado al repertorio de Jimi Hendrix. Chuck E. Weiss, aquél cantante y poeta, que animó la escena de Los Ángeles en los setentas junto a Rickie Lee Jones y Tom Waits, canta Hawaiian boogie antes de que una ignota Addi McDaniel, rodeada de cuerdas y un clima jazzy, se lance sobre Dark and deary. El disco cierra con el instrumental Bobby’s rock a cargo de los Elmore's Latest Broomdusters.

El disco es rico en matices y sonidos. Y lo más interesante que tiene es que, a pesar de los distintos enfoques y estilos con los que abordaron sus canciones, todas suenan a Elmore James. Esto demuestra que la música del viejo bluesman no es patrimonio de unos pocos puristas, sectarios y pendencieros, sino que es de toda la humanidad.


martes, 23 de enero de 2018

Relaciones bilaterales

Dave Riley & Junior Binzugna Band - Fired up. El sitio Blues Junction, de David Mac, lo definió como “el mejor álbum de Riley de su extensa carrera”. La afirmación de Mac tiene sustento. El cantante y guitarrista nacido en Hattiesburg, Mississippi, uno de los máximos exponentes del down home blues del Delta, encontró en la banda de músicos argentinos, comandada por Junior Binzugna, un sostén notable para dar rienda suelta a toda su pasión y experiencia. El álbum, que fue grabado en octubre de 2016 en Fidelius Studio, en Buenos Aires, logró captar la esencia misma de este artista itinerante, que está siempre dispuesto a compartir su música. Binzugna cumplió un triple rol con éxito: hizo la producción ejecutiva del disco, la artística y también tocó la armónica con gran destreza. El resto de la banda la integraron Federico Verteramo en guitarra, Tavo Doreste en piano, Mariano D’Andrea en bajo y Maximiliano Bergara en batería. Germán Pedraza colaboró tocando la batería en tres temas y el rhodes en otros tres. El repertorio es por demás excelente. Riley interpreta un par de composiciones propias, pero también algunos blues de Frank Frost y Muddy Waters, donde por momentos ataca con el slide. Se vuelca al soul con Bring it on home to me y Trying to live my life without you, y al rock and roll con un medley que incluye Tutti Frutti, Whole lotta shakin' goin on y Great balls of fire donde sobresale el gran pulso de Doreste en el piano. Fired up, además, cuenta con un excelente arte de tapa realizado por Edi Libedinsky. En definitiva, el disco no tiene desperdicio: un músico de blues auténtico respaldado por una banda de jóvenes talentos de la escena local. El señor Mac tenía razón.

Chris Cain & Nasta Súper - Romaphonic session. Tras varios años de compartir escenarios en Buenos Aires y otras ciudades del interior argentino, Chris Cain y Rafa Nasta se metieron en un estudio y grabaron un puñado de clásicos para dejar testimonio discográfico de esa prolífica relación. Acompañados por la formación estable de Nasta Súper -Walter Galeazzi en hammond, Mauro Ceriello en bajo y Gabriel Cabiaglia en batería- el dúo de guitarristas ratificó la simbiosis que los caracteriza. El álbum comienza con Cain honrando la memoria de su máxima inspiración, Albert King, con Cold women with warm hearts. Sus solos son profundos y llegan hasta el hueso. La banda entra en trance y Cain nos prende fuego, lentamente, con una conmovedora versión de Ain't nobody's business. Después aceleran el ritmo para que Cain despliegue su magia con Barefootin’ y vuelven a bajar unos cuantos cambios para Sweet sixteen, en la que Cain canta con un registro extraordinario y desde la guitarra despliega los más apasionados solos. En Help the poor uno puede imaginar a Mauro Ceriello moviendo la cabeza, como suele hacerle cuando enchufa su bajo, y el groove que le imprime junto a Gabriel Cabiaglia es desbordante. Cain se sube a ese colchón rítmico como un surfista a una gran ola. El último tema es otra composición de B.B. King, la hermosa Guess who, con un fabuloso solo de hammond y, otra vez, Cain exteriorizando todas sus sensaciones con su voz y las seis cuerdas. El álbum guitarrista californiano con la banda argentina con la que tan bien se lleva y a la que conoce al detalle. Era algo que los músicos se debían. Por ahora no fue editado en CD pero sí puede escucharse en distintos soportes musicales. Vale la pena hacerlo.

lunes, 15 de enero de 2018

El hechicero noruego


Herre es un pequeño poblado de la región de Telemark, al sur de Noruega, en el que viven poco más de mil personas. Allí, donde no hay mucho más que hacer que soportar el intenso frío durante ocho meses al año, el 15 de enero de 1980 nació Christoffer Andersen. Kid, como lo llaman todos, es uno de los músicos de blues más importantes de la escena estadounidense y hoy, radicado en San José, California, es el cerebro de esa maquinaria sonora llamada Greaseland.

Kid Andersen empezó a tocar la guitarra a los 11 años gracias a un primo suyo que le enseñó lo básico para que pudiera tocar rock and roll. Una tarde de 1996, estaba viendo la televisión en la casa de su abuela cuando en las noticias pasaron el aviso del Notodden Blues Festival, que tenía como atracción principal a Robert Cray. “Ese instante quedó grabado en mi cabeza”, contó Kid en una entrevista que le hizo la revista Blues Blast. A partir de entonces, el blues se volvería una bola de nieve. Un amigo músico le prestó un cassette de Stevie Ray Vaughan y poco tiempo después conoció al guitarrista Morten Omlid, su mentor.

“Omild tenía una gran colección de discos. De un lado guardaba los de músicos negros y del otro los de blancos. La sección de músicos negros era más grande así que empecé por ahí”, recordó. Así fue como se llevó a su casa los primeros LP’s de los tres King, Otis Rush y T-Bone Walker. Y también uno de Little Walter. “Omild me dijo que si quería aprender a tocar bien tenía que saber cómo hacerlo detrás de un armoniquista”, explicó Andersen.

Tery Hanck
Al poco tiempo, se fue a vivir a Oslo, la capital de Noruega, y empezó a frecuentar el Muddy Waters, uno de los bares de blues más importantes de la ciudad. En ese esencario comenzó a ganar experiencia y pronto sería el guitarrista rítmico de muchos músicos internacionales que pasaron por allí como Jimmy Dawkins, Willie “Big Eyes” Smith, Nappy Brown y Homesick James. En 1998, en el festival de Notodden, conoció al saxofonista estadounidense Terry Hanck, quien sería decisivo en su vida y su carrera musical. Hanck quedó tan impresionado con el chico noruego que lo incorporó a su banda y se lo llevó a California. "Me di cuenta enseguida que era especial. No sólo aprendía rápido, sino que instintivamente sabía el tono y el sentimiento que yo quería para una canción”, relató.

En California se le abrió un mundo. Tras cuatro años junto a Hanck se fue a tocar durante un lustro con Charlie Musselwhite. Luego se incorporó a la banda de John Nemeth, pero sus problemas con el alcohol lo obligaron a dar un paso al costado. Pero la suerte estuvo de su lado. En 2009, ya recuperado, aprovecho que Charlie Baty dejaba los Nightcats y se sumó a la nueva versión comandada por Rick Estrin, formación con la que editó cuatro discos y vino a la Argentina en 2011.

Desde sus días con Charlie Musselwhite, Andersen también forjó una carrera solista, aunque con más bajo perfil. Editó tres discos Rock Awhile (2003), Greaseland (2006) y The Dreamer (2007). Y además grabó junto a Junior Watson y la leyenda del blues noruego Vidar Busk el disco Guitarmageddon (2004). Pero eso no fue todo: su nombre figura en los discos Raisin' Hell Revue (2011) de Elvin Bishop; Road Dog's Life (2013) de Smokin’ Joe Kubek y B’Nois King; Snap your fingers (2013) de Finis Tasby; If nothing Ever Changes (2015) de Wee Willie Walker; The Real Deal (2016) de John “Blues” Boyd; entre otros. Todas esas colaboraciones reflejan la versatilidad del guitarrista, que se adapta a distintos estilos de blues y otros géneros.

Su híper actividad musical se complementa con su rol como CEO de los estudios Greaseland, donde es productor artístico y técnico de sonido al mismo tiempo. Allí creó un polo muy interesante donde prolifera el sonido clásico, no sólo del blues sino de géneros afines como el soul, rockabillly, funk, gospel y hasta surf music. Pero el blues sigue siendo lo que realmente lo mueve.Hace poco editó un álbum tributo a Howlin’ Wolf con leyendas como Henry Gray y Tail Dragger como invitados; y otro dedicado a Little Walter en el que sobresalen las armónicas de Musselwhite, Billy Boy Arnold y Sugar Ray Norcia.

Kid Andersen es el hechicero, el mago que todo lo arregla. Dicen que todo lo que toca cobra un nuevo sentido y, a juzgar por todos los discos mencionados, eso es una gran verdad. En Noruega, su tierra, lo saben bien y cada vez que vuelve al festival de Notodden lo homenajean. Y en Estados Unidos también lo saben, por eso cada vez más músicos recurren a él.


sábado, 13 de enero de 2018

Los pies en la tierra


Víctor Hamudis levantó un poco el pie del blues y se afirmó entre el country y el southern soul. Esa es la principal diferencia entre su primer disco y su nuevo trabajo, Demos & little love songs. Por lo demás, mantiene el mismo feeling y buen gusto, con un sonido orgánico y minimalista, y otra vez interpreta una notable selección de composiciones propias.

El álbum está dedicado a los músicos que lo inspiraron: Leon Russell, Delaney Bramlett, Wilson Pickett, Dan Penn y Don Nix, pero también está marcado por el sonido de My favorite picture of you, el disco que Guy Clark editó en 2013, y que estalló frente a él como una revelación.

Cada una de las canciones de Víctor Hamudis remiten a un viaje imaginario de Muscle Shoals a Memphis y de allí hasta Tulsa. El primer tema, Home, es una obra maestra. La guitarra de Hamudis se combina con las de Pablo Martinotti y Rulo García, mientras que Germán Pedraza y Edu Muñoz marcan una sutil y efectiva base rítmica, sobre un colchón melodioso que aporta Nandu Aquista desde los treclados. Es una canción que, parece, estuvo siempre entre nosotros, como un viejo clásico reversionado… pero no, es una composición nueva.

En Rollin’, Hamudis y Rulo García se sacuden el polvo mientras recorren una vieja carretera desértica. El disco sigue con Make love, una balada souleada en la que Pato Raffo aporta su inconfundible toque en la batería y un delicado coro femenino eleva el canto de Hamudis como una plegaria sureña. Said enough es una de las canciones más lindas: el slide de Rulo García está cargado de nostalgia y la voz de Hamudis le suma más melancolía, al tiempo que Mauro Ceriello los ampara con una base rítmica muy acogedora. Baby what you gonna do vuelve sobre la propuesta de Make love, aunque aquí con más presencia de las guitarras.

La segunda parte del disco tiene joyas como Two lovers, en la que sobresale el acordeón de Gabriel Gerez, y Bones con la que vuelve a la misma fórmula de Said enough. Lo mismo logra en Fool y So faraway, aunque el bajo está a manos de Mariano D’Andrea. Llegando al final, irrumpe con Sometimes, tal vez el tema más animado del disco, en el que las voces las coristas Alba Rubio y Gigi Francescutti se elevan como si estuvieran en el Ryman. El álbum cierra con Devil knock my door, un encuentro místico entre Hamudis y su guitarra.

Víctor Hamudis tardó en editar este disco porque en un momento captó la atención de Litto Nebbia, quien buscó colaborar con la producción artística pero sus sugerencias y aportes se alejaban de lo que Hamudis quería. Y él, con toda su obstinación, recuperó el control del álbum, puso los pies en la tierra y logró esta maravilla que brilla por su simpleza y naturalidad.

martes, 2 de enero de 2018

Alma negra


Queríamos empezar el año a puro blues y tuvimos mucho más que eso. Marcelo Ponce y Viviana Dallas nos dieron una lección de historia de la música negra en el primer Blue Monday de Bluscavidas de 2018. La noche de Sheldon se destacó por la selección de temas, la fusión de géneros y por sobre todas las cosas, los exquisitos arreglos de armonías vocales.

El show empezó a las 21.30 con Marcelo Ponce tocando y cantando Mama, talk to your daughter, inspirada en la versión de J.B. Lenoir. Cuando terminó se sumó Viviana Dallas y juntos cantaron Down in Mississippi, luego de explicar el contexto de segregación racial que dio origen a esa canción. Así pasaron de Lenoir a los Staple Singers, que son el eje troncal de la música a la que se volcaron hace tiempo. Con la aparición de dos de las tres Salmonettes, Camila Teodori y Paloma Scassano, explotaron las voces y el juego de armonías. El sonido se elevó y abrazó todo el salón. Por momentos parecía que sonaba una banda, pero apenas era un guitarra y cuatro vocalistas. El primer tema que interpretaron todos juntos fue For what is worth, de Buffalo Springfield que los Staple editaron a fines de los sesenta.

No fue el único clásico del rock que versionaron: también hicieron The last time, de los Stones; Drive my car y The word, de los Beatles; y A hard rain's a-gonna fall, de Dylan. Cada una de esas intepretaciones tuvieron el feeling de los Staple Singers y la pasión que le ponen ellos. Viviana Dallas es una tremenda cantante y las Salmonettes están ahí para hacerla brillar aún más. Y Marcelo Ponce es el arreglador y director musical, el motor del ensamble. El cancionero también incluyó dos temas de Blind Willie Johnson, Nobody’s fault but mine y Jesus make up my dying bed.

El dúo, además, contó con un invitado: Sergio Catalano sopló su armónica en Let’s do it again y Glory, glory hallelujah. Sobre el final siguieron meciéndose entre el góspel y el soul con Down in the river to pray, Freedom highway y I’m just another soldier antes de despedirse con el mayor éxito de los Staple Singers, Respect yourself. El local estaba lleno y eso ayudó a que todo saliera mejor.

Los Dallas-Ponce animan la escena del blues desde hace casi 30 años y en cada show vuelcan toda su experiencia para transmitir un mensaje que no prescribe con el tiempo. El universo de ellos se nutre de lo más puro de su alma, la música negra, ese núcleo que componen el blues, gospel y soul. Y a todo un espíritu didáctico y mucha onda.

lunes, 25 de diciembre de 2017

La vida de An

Foto: Ximena Schleh
Su voz se esparce por toda la sala. Tiene tanta vida que casi se puede ver. Cada registro, cada inflexión y hasta sus silencios tienen una vibración especial. An Díaz anida en su anterior a una mujer negra curtida por el sufrimiento del trabajo duro, a una sobreviviente de desengaños amorosos, a una persona que atravesó los mares de la soledad en una balsa y pudo llegar a la orilla. Pero apenas tiene veintitantos y un futuro formidable. Con Between two worlds, su primer disco, encontró su verdadera voz, su espacio en ese ying y yang muslcal que conforman el blues y el gospel, sus dos pasiones.

Lo del viernes en el Club de Música fue más una celebración entre amigos que un show. En la primera parte, reprodujo todo el disco con algunas mínimas variaciones debido a las ausencias de Mariano D’Andrea y el brasileño Luciano Leães. Gabriel Grätzer se subió a tocar y cantar I’m gonna live (the life I sing about in my songs) y luego, con Dany De Vita en guitarra y coros, interpretó Any time you want. Después se sumaron Nico Raffetta, Mauro Ceriello y Gabriel Cabiaglia para I can’ quit you baby, en la que An, como cada vez que la canta, revoluciona las partículas elementales con la demoledora introducción vocal. La banda siguió para Keep on lovin’ me baby, con Nico Raffetta levantando vuelo desde el hammond y De Vita sacando unos solos aniquiladores. Tampoco estuvo Lee, que la acompaña con el rhodes en el track oculto del disco, aunque aquí An aprovechó para presentar el video clip de ese tema y de alguna manera lo hizo presente.

La segunda parte se la dedicó enteramente a Nina Sessions, el proyecto paralelo que lleva adelante con Anahí Fabiani. Casi como si fuera el living de su casa, An cantó con soltura y encanto media docena de clásicos que solía interpretar la legendaria Nina Simone. Empezó con Nobody's fault but mine y siguió con I love your lovin' ways, Exactly like you, I wish I knew how it would feel to be free y Four Women. Para el final volvió a invitar a la banda y cerró con Do I move you, aquí con Raffetta y Fabiani intercalando teclas desde el hammond y el piano.

En febrero de este año estuve con ella y Grätzer en Memphis y Mississippi. Uno de los lugares que conocimos fue Dockery Farms, donde nació el blues. Allí, mientras palpábamos la historia más profunda del género y escuchábamos la voz profunda de Charley Patton cantando Some summer day, An caminó hacia la ruta y se quedó mirando, emocionada, una iglesia que estaba a metros de la granja. Así llegó a sus dos mundos y cerró el círculo virtuoso. Dos días después lanzó el disco, el primero mas no el último. Y así lanzó también su carrera y su futuro. En definitiva, su vida.

lunes, 18 de diciembre de 2017

Lanzamientos de acá y de un poco más allá

Gabriel Delta Band - Hobo. El nuevo proyecto musical de Gabriel Delta, radicado hace más de 15 años en Italia, es esencialmente acústico y el repertorio se mece entre composiciones propias, clásicos del blues y algunas sorpresas. El álbum abre con Newen, una balada con tintes folclóricos cantada en español que está en armonía con la filosofía de vida de su autor. Sigue con el tema que da nombre el álbum, Hobo, en el que arrasa con un slide fulminante mientras canta que va de pueblo en pueblo con su guitarra. Skyless angels es otra emocionante balada, aunque de raíz blusera, con la que Gabriel Delta transmite su mensaje espiritual. Después pone el foco sobre dos canciones tradicionales de Chicago, Big boss man y Little red rooster, que interpreta con mucha personalidad y son el sostén para algunos de los mejores solos del disco. Su versión de Queen bee, de Taj Mahal, le da un toque bucólico. Lo mismo sucede con Duerme negrito, una canción que popularizó Atahualpa Yupanqui, que Gabriel Delta considera un verdadero blues criollo. La otra sorpresa el disco es su versión voladora de Soulshine, la más bella canción que escribió Warren Haynes para los Allman Brothers. Acompañado por una notable banda de músicos italianos, Gabriel Delta grabó en vivo y sin mayores retoques este disco que resume su vida como músico.

Daniel De Vita, Netto Rockefeller y J.M. Carrasco - Third world guitars. “Guitarras del tercer mundo” es una propuesta completamente novedosa. Tres guitarristas de Argentina, Brasil y Chile se juntaron para grabar clásicos de las décadas del cincuenta y sesenta, y algunas canciones de rock, con la idea de compartir las experiencias musicales de esos tres países. El ambicioso proyecto se materializó en un disco excepcional. El sonido está muy bien logrado y la conjunción de las tres guitarras resultó magistral. De Vita, Rockefeller y Carrasco, además, alternan en voces y cada uno le imprime su sello distintivo. El trío está respaldado por una sección rítmica productiva y sustentable conformada por Gabriel Cabiaglia en batería y Diego García Montiveros en contrabajo. El álbum comienza con una versión novedosa de I’ll go crazy, de James Brown, y todo lo que sigue después desafía los estándares más convencionales, pero, aunque suene paradójico, respetando la tradición. El repertorio no tiene desperdicio: desde esas minúsculas y alucinantes interpretaciones latinoamericanas hasta los temas más rockeados como I only have love o Should I stay or should I go, pasando por You don’t love me, un blues denso y demoledor en el que desgarran las guitarras con un sentimiento descomunal. El álbum desafía tiempo y espacio, y asimila, de manera muy original, el concepto de patria grande.

Damián Duflós Blues Band - Can´t hold out much longer. Blues de Chicago en estado puro. Un verdadero tributo a la armónica y, en especial, a uno de sus máximos exponentes, Little Walter. Damián Duflós buscó un sonido que se emparente a como tocaban los músicos negros en la década del cincuenta. En las notas del CD aclara: “Grabar con un equipamiento digital vuelve frustrante la consecución del verdadero sonido de la vieja escuela, pero aun así el sonido general conseguido es bastante aceptable”. Su toque con la armónica es sublime y expeditivo, y su voz acompaña con prestancia. Lo respaldan Ezequiel Díaz Baruj en guitarra, Leonardo Toro en bajo y Vicente Iturbe en batería cinco piezas clásicas de Little Walter y una de Sonny Boy Williamson. Este álbum, que Duflós lo pensó inicialmente como un demo y lo grabó en el estudio Sonar, fue de lo último que hizo en Neuquén antes de mudarse a Esquel, donde terminó mezclar, editar y masterizar en el living de su nueva casa. Duflós es un verdadero referente del blues tradicional y uno los más activos en el sur del país, y este nuevo álbum se enrola en una tendencia: reproducir el viejo sonido del blues con el mayor sentimiento posible y respetando todos los parámetros estilísticos.

Tota Blues y Poyo Moya - Blues and more. Flavio Rigatozzo, Tota Blues, tenía ganas de hacer algo diferente, romper un poco el molde de los doce compases y los tres tonos, de apuntar con su música a un público diferente. Y para eso se alió con el pianista Poyo Moya, otro argentino como él radicado en Barcelona, para interpretar una docena de temas, entre los que hay clásicos y composiciones propias. El dúo de piano y armónica, una conjunción instrumental poco frecuente, fluye naturalmente. Tota canta en la mayoría de los temas y el Poyo se lanza en una aventura vocal en Trouble in mind. Tres invitados de lujo aportan variantes al repertorio. El histórico ladero de Tota, Martín Merino, mete un toque guitarra eléctrica en Blussi, un tema compuesto por el propio Tota. Eduardo Introncaso sopla su saxo en Hard to make a living, otro tema que lleva la firma de Flavio Rigatozzo, y el Chino Swingslide rasga las cuerdas de una Resophonic en Goodnight Irene. Una vez más, como en sus dos décadas como músico profesional, Tota vuelve a cumplir a puro blues.

domingo, 10 de diciembre de 2017

La voz


Su vida se apagó en un instante fatal hace 50 años, pero su voz y sus canciones traspasaron las fronteras y trascendieron al paso del tiempo.

Otis Redding tenía 26 años y un enorme futuro por delante cuando el bimotor Beechcraft H18 se estrelló en el lago Monona, en Wisconsin. En el accidente también murieron los miembros de su banda los Bar-Kays. Los últimos dos años de su vida fueron muy intensos. En 1966, viajó a Inglaterra donde deslumbró a los mismísimos Beatles y en otro viaje, a Los Ángeles, descolló en el Whisky A Go-Go ante la mirada atónita de Jim Morrison. Pero fue en el Monterey Pop Festival, en junio de 1967, cuando se coronó como el número 1 del soul. Su actuación fue tan contundente como las de Jimi Hendrix y Janis Joplin.

Fue después de esa presentación cuando se le abrieron las puertas de un nuevo público, el blanco, y, por consiguiente, de un nuevo mercado. Su nombre comenzó a ser requerido en todas partes y su voluminosa figura respondió a la demanda. Hasta entonces había grabado media docena de discos con canciones memorables como Cigarettes and coffee, Try a little tenderness, Shake, Mr. Pitiful y These arms of mine, y además versionó de manera sobrenatural algunos hits como Satisfaction, Respect, A change is gonna come y Knock on wood.

Su carrera como músico profesional duró cinco años. En ese lapso, creó sociedades musicales imponentes junto a Booker T & MG’s, a quienes había conocido casi por una vuelta del destino cuando acompañó a Johnny Jenkins a probar suerte a Memphis, y también con Carla Thomas, la hija del legendario Rufus Thomas, con quien grabó un súper éxito de 1967: Tramp.

Otis Redding fue el símbolo del soul sureño, su máxima expresión, la voz por excelencia del mítico sello Stax y una de las figuras indiscutibles del sonido de Memphis. Logró expresar sus emociones como poco cantantes en la historia de la música contemporánea. Al morir, aquél 10 de diciembre de 1967, su obra quedó inconclusa. Un año después, gracias al buen trabajo de Steve Cropper, fue editado el tema que suponía el comienzo de una nueva etapa en la vida musical de Otis Redding y no el final. (Sittin' on) The dock of the bay se convirtió en uno de los himnos de la década del 60, en una de esas canciones imprescindibles. Un tema al que todos aman y tararean. Y Otis lo seguirá cantando 50, 100 años más, porque la fuerza de su voz es inmortal.




martes, 28 de noviembre de 2017

Caxias do Blues (III)

Bob Stroger (Foto Guillermo Martínez)

“Algunas personas sienten la lluvia, otras solamente se mojan”

Bob Dylan 

El sábado amanece lluvioso y nada cambia a la hora del festival. Cae agua a borbotones y los refugios dentro del predio son los dos escenarios principales, el Hot Music Stage y los bares. Ir de un lugar a otro implica mojarse mucho. El Front Porch está a la intemperie, pero la gente se agrupa ahí cubriéndose con sus pilotos y paraguas. Bob Stroger, con sus 86 años, demuestra que no hay límites cuando uno ama lo que hace: se baja a cantar entre el público, mientras Rogelio Rugilo lo sigue con el paraguas. Blues en estado puro.

Big Gilson
En el Mojo Hand se presenta una leyenda del blues brasileño. Big Gilson -una mezcla de Pappo y Luis Salinas- toca un blues con frenesí rockero que levanta hasta los muertos. Gilson es un maestro del slide y en los dos primeros temas –Long way from home y I’m tore down- agita con largos solos. Luego interpreta temas en portugués de su último disco y algunos más viejos que el público conoce y acompaña cantando. Para cada canción tiene una viola distinta, desde una hermosa resonadora eléctrica hasta la clásica Strato. “Hace unos días estuve en Londres en un homenaje al rock y al blues británico. Y este tema está dedicado a una de mis máximas influencias, el señor Peter Green”, anunció antes de interpretar Albatross.

Los Mentidores
Me voy al DDI 54 porque allí están tocando Los Mentidores y quiero ver cómo, después de tanto agitar en los días previos, llevan adelante su show. El lugar está colapsado, no entra un alma y, como me imaginaba, Iván Gómez Singh hace su show. Canta Boom boom, Hoochie coochie man y Rock me baby, y la gente lo sigue. Fernando Ormeño toma el micrófono para Don’t you lie to me y la onda mentidora no decae. Busco un lugar más tranquilo y en un salón contiguo está Flavio Guimaraes dando una clínica. Está buenísimo todo lo que cuenta y da placer escuchar sus sutiles y breves interpretaciones tanto con armónicas cromáticas como con diatónicas. Cuando salgo para ir al Magnolia stage. Los Mentidores están terminando con Johnny B. Goode y la gente baila a su ritmo.

Andrea Dawson (Foto Daniela Xu)
Como toda Big Mama, Andrea Dawson tiene una silueta voluminosa y una voz extraordinaria. Comienza cantando Wang dang doodle mientras la gente se amontona en los pocos espacios que quedan a resguardo de la lluvia en el Magnolia stage. La cantante sigue con Tina-nina-nu y luego entrelaza Big boss man, Look over yonders wall y Dust my broom. La respalda la banda de Igor Prado, pero ¡sin Igor Prado! Rodrigo Mantovani y Yuri Prado llevan una rítmica sólida y rebosante de groove, Gonzalo Araya acompaña con prestancia en armónica y Nico Simi tiene la difícil tarea de reemplazar a Igor. Intenta emularlo con mucho reverb, pero para mi gusto se pasa un poco. Dawson sigue con un repertorio clásico de blues y soul: As the years go passing by, (Sitting on) The dock of the bay y I’d rather go blind.

Nico Smoljan & his Southern Jukes
Pasadas la 1 de la mañana la oferta musical todavía es muy intensa. Elijo ir a ver el segundo show de Nico Smoljan & his Southern Jukes. Allí está Nico, sobre el escenario, enfundado en un traje negro y luciendo una gorra que le hace juego. Javier Mozzi, Mauro Bonamico y Germán Pedraza también están muy prolijos. Se lanzan con un repertorio de la década del 50 y Nico hasta sopla el kazoo. Sin dudas, Nico Smoljan es todo un referente del blues argentino en Brasil y está muy bien que así sea. Se lo ganó con talento y mucho esfuerzo. Al cuarto o quinto tema invita a Flavio Guimaraes al escenario para que cante Bad boy y luego sube Greg Wilson y, así, abre la zapada que se extenderá hasta pasadas las 7 de la mañana.

A eso de las 3, le pongo punto final a mi presencia en el festival. Me voy del DDI 54 y veo que en el Mojo Hand todavía está tocando Ian Siegal y en el Magnolia Stage hay una banda que hace covers de los Allman Brothers que ni siquiera estaba anunciada. Me dejo llevar por el ritmo de Trouble no more y cierta nostalgia. Adiós Caxias, hasta la próxima.

domingo, 26 de noviembre de 2017

Caxias do Blues (II)

J.J. Jackson (Foto Guillermo Martínez)
En el segundo día del festival, viernes, se nota un flujo mucho mayor de gente. Por donde el día anterior se podía caminar sin dificultad hoy es complicado. El primer show que voy a ver es el de Camila Dengo & Mamma Doo en el Magnolia stage. Camila es nativa de Caxias y una conocida de los porteños: tocó junto al Club del Jump en Buenos Aires en 2016 y hace unos pocos meses. Al frente de su propia banda brinda un recital muy entretenido y sensual. Su repertorio tiene blues y R&B de los cincuenta, pero con una puesta en escena technicolor. Ella tiene una voz magnífica que destella en temas como Bring it back home to me y Houndog. A modo de agradecimiento por sus viajes, invita a Alberto Burguez para que toque el piano en un tema.

J.J. Jackson y los Headcutters (Foto G.M.)
El anuncio de que está por comenzar el show más importante del día es estridente. En el escenario principal, y con un volumen fortísimo, asoma la silueta inconfundible de J.J. Jackson, un cantante, shouter, soulman y entertainer de primer nivel, Desde el minuto uno impone sus condiciones y hace delirar al público sostenido por el pulso preciso de los Headcutters. J.J. no se guarda nada y mezcla rock and roll, blues y soul. Comienza a toda máquina con Long tall Sally y sigue con Poor boy y Country girl, aquí con Freddy Muñoz en bajo en lugar de Catuto. Hay un intervalo a capella con I just call to say I love you, de Setvie Wonder, al que los Headcutters se suman más por profesionalismo que porque les atraiga el tema. Jackson invita a Luke de Held para unos solos picantes en C.C. Rider y se despide con una magnífica interpretación de Stand by me.

Big A Sherrod (Foto G.M)
En el Front Porch, ese escenario que recrea el Blue Front Café de Bentonia, está Big A Sherrod con la banda de argentinos que lo acompaña. A diferencia del día anterior, aquí sí suena a un juke joint del Mississippi. Pocas veces me tocó ver un show tan diferente de un mismo artista con tan pocas horas de diferencia. Sherrod realmente canta desde las entrañas y toca con una fuerza única. Mariano D’Andrea es el equilibrio de la sección rítmica y a Adrián Flores se lo nota concentrado y manteniendo siempre el tempo, mientras que Tomy Espósito allana el camino para los punteos voraces de Sherrod. Sobre el final, Sherrod los deja lucirse a D’Andrea y Espósito y largan unos solos que tenían contenidos. Flores no tiene el suyo, por el contrario, le deja la batería a Big A quien le da como si quisiera romperla.

Esta vez el repertorio de Sherrord es más crudo. Interpreta incendiarias versiones de Hoochie Coochie man y Baby what you want me to do. En esta última sube a un nene al escenario y lo hace tocar su guitarra. “Esto lo hago en Mississippi para tratar de que los chicos se interesen por la música y se alejen del delito”, dice. Sobre el final interpreta Five long years, inspirada en la demoledora versión de Buddy Guy,

Chris Jagger (Foto G.M.)
De vuelta en el escenario principal, la figura de Chris Jagger, acompañado por Charlie Hart y la banda de Cristina Crochemore, brinda una propuesta musical diferente. El hermano de Mick canta, toca la guitarra acústica y la armónica, mientras que su socio acompaña en acordeón o violín. Toda la primera parte tiene un feeling de country rock y hasta un poco del influjo del Bayou, “Vamos a tocar un viejo blues de Junior Wells”, anuncia un carismático Jagger antes de que Hart cante Snatch it back and hold it. Vuelven sobre su repertorio rockeado hasta que Jagger bromea: “Es un festival de blues y debería tocar uno antes de que venga la Policía del Blues”. Parece que esa grieta no es patrimonio argentino. Y Jagger cumple con un blues propio en el que recuerda sus años de juventud.

Blues Etilicos (Foto G.M)
Me doy una vuelta por el Folk Stage y está Bob Stroger en modo intimista. En el Front Porch, Ian Siegal canta Come in my kitchen mientras rasga las cuerdas de su guitarra resonadora. Más allá de nuevo en el escenario grande los Blues Etílicos, legendaria banda brasileña, muestra toda su chapa ante una multitud. Greg Wilson y Flavio Guimaraes se comen el escenario. La gente va de allá para acá con sus vasos plásticos alegóricos al festival cargados de cerveza IPA.

Xime Monzón Blues Band.
Ya de madrugada, el escenario de argentinos me convoca. Xime Monzón ofrece un show con mucha onda y excelente música. Acompañada por Tomy Espósito, Javier Mozzi, Mauro Bonamico y Germán Pedraza interpreta clásicos del blues soplando su armónica con ganas y desplegando todo su encanto. Con Javier Mozzi cantan una animadísima versión de I believe in music, de Louis Jordan y luego Mauro Bonamico demuestra que además de ser un gran bajista y director musical es un vocalista de la hostia. Su voz grave e intensa se doblega a todos con Eyesight to the blind. Ximena elige socializar la última parte de su show y convoca a una jam. Y así comienza un desfile de músicos y amigos: Nico Smoljan, Mariano D’Andrea, Freddy Muñoz, Ale Ravanello, Martín Burguez, Fernando Ormeño y Ariel Federico. Jes Condado, que poco antes había hecho un set souleado y minimalista en el mismo escenario, sube a cantar It hurts me too. El salón está desbordado de gente y Ximena convoca a sus músicos para el cierre con I feel good… pero falta algo más: Iván Singh esperaba con su guitarra colgada y no se la podía perder. El cierre es suyo con Let the good times roll.

Así es Caxias. Blues para todos y todas. Camaradería entre los músicos y espíritu de jam.

sábado, 25 de noviembre de 2017

Caxias do Blues (I)

Escenario Mojo Hand (Foto gentileza Guillermo Martínez)
El blues en Caxias do Sul empieza cuando pisas el Mississppi Delta Blues Bar, una vieja casona restaurada como un auténtico blues bar estadounidense que revalorizó una zona de la ciudad que estaba a la deriva y que fue la piedra basal del festival más grande de América latina dedicado a esa música.

El evento, que celebra su décimo aniversario, se convirtió en una de las principales atracciones turísticas de la ciudad. Está montado sobre un viejo predio ferroviario lindero al bar y tiene siete escenarios. El Mojo Hand y el Magnolia son los más grandes. Luego hay dos más pequeños y acogedores: El Front Porch y el Folk Stage. Otros dos son los que están adentro de bares: uno es el del Mississippi y el otro está la lado y lo llamaron DDI 54 porque, por primera vez, está dedicado exclusivamente a músicos argentinos. El restante, el Hot Music stage, se ubica en medio de un patio de comidas y ahí suenan otros géneros musicales.

Ian Siegal y Alamo Leal
El miércoles por la tarde, en la víspera del festival, se realiza el lanzamiento de prensa que tiene al inglés Ian Siegal y al brasileño Alamo Leal como protagonistas. Tras una breve conferencia de prensa en el Mississippi Delta Blues Bar tocan tres temas: Hey Bo Diddley, Stop breakin’ down y How many more years. Por la noche, el lugar abre sus puertas a los primeros adelantados. Faltan 24 horas para el inicio del festival pero la gente quiere blues. Thunder Carlos es el encargado de recibir a los visitantes con su combo de blues tradicional del Delta. Solo con su guitarra Stella toca temas como Trouble in mind, Can’t be satisfied y Highway 61 blues y luego da paso a un set un poco más extendido que el de la tarde de Ian Siegal y Alamo Leal. El inglés muestra toda su versatilidad para interpretar distintos tipos de blues y góspel que entona con una voz profunda y cavernosa. La noche se cierra con una zapada, un clásico del lugar.

Día 1

El público comienza a ingresar cuando el sol todavía calienta la tarde. Hay decenas de puestos. Algunos de grandes marcas y otros que venden libros, cd’s, merchandising, artesanías. Pero los que más abundan son los de comida y, claro está, los de cerveza artesanal. Empieza el peregrinaje por los escenarios. En el DDI 54 está tocando Hernán González, un argentino que vive en Porto Alegre y con su trío eligió un repertorio con varios covers de los Ratones Paranoicos y Pappo. En el Magnolia suena el power trío de Dani Ela y en el Front Porch Thunder Carlos entretiene a unas pocas personas con su sonido del Delta.

Bob Stroger (Foto G.M.)
El primer show fuerte empieza a las 20:00. The Juke Joint Band, de Toyo Bagoso, el organizador del evento, dispara buenas versiones de Old love, Strange brew, Gimme all your lovin’ y Some kind of wonderful. La primera gran ovación del festival llega cuando invitan a Bob Stroger a cantar Let the good times roll. La relación entre el legendario bajista de Howlin' Wolf y el público local es muy cálida. "Es bueno estar otra vez en casa", dice él.

La marea de gente va de acá para allá. Es tiempo de ocupar un lugar en el bar porque se vienen los Headcutters junto a Bob Stroger. El viejo Bob pasa de un gran escenario a una pequeña tarima. La energía y las ganas que le pone para cantar son las mismas. “Me llaman Bob Stroger, pero mi verdadero nombre es Blues”, anuncia en medio de los aplausos. Los Hadcutters arremeten con su sonido vintage y el viejo Bob canta Bad boy.

Big A Sherrod (Foto G:M)
Otra vez de regreso en el Mojo Hand stage. Es tiempo del blues de Clarksdale con Anthony “Big A” Sherrod. Me habían anticipado que su show era 100% blues de juke joint, pero aquí me encuentro con una presentación for export. Sherrod es muy carismático y sabe como entretener al público. Puntea con la boca, tirado en el piso y se baja a tocar entre la gente. El repertorio incluye Every day I have the blues, Cold cold feeling, Got my mojo working, Catfish blues y dos de Howlin’ Wolf: Killing floor y Smokestack lightinin’. Lo acompañan Tomy Espósito (guitarra), Mariano D’Andrea (bajo) y Adrián Flores (batería), quien no puede contener su verborragia y más de una vez impone su vozarrón para presentar a Big A. El sonido es tan fuerte que al salir de allí los tímpanos piden piedad.

Martín Burguez y Freddie Muñoz.
Vuelvo al DDI 54 porque está por empezar el show de Martín Burguez. Lo acompaña su hermano Alberto en teclados, Germán Pedraza en batería y el chileno Freddy Muñoz en bajo. Suenan todos muy ajustados y con ganas. Hacen dos sets de una hora cada uno y tocan temas del Club del Jump, Freddie King, Ray Charles y clásicos como Caldonia y T-Bone shuffle. La gente circula y baila. Martín Burguez toma nota y le pone un poco de rock and roll clásico a la velada con Lucille de Little Richard y boogie woogie cuando invita al escenario al tecladista Luciano Leães. Es un festival y todos quieren divertirse.

Entrada la madrugada, el Mississippi es el último bastión que queda en pie. La jam empieza con los Headcutters, luego suben Nico Smoljan, Javier Mozzi y Mauro Bonamico. Aparece Iván Singh y termina tocando su viola arriba de una mesa ante la mirada atónita de Alamo Leal. Son casi las 4 de la mañana cuando Ian Siegal y Decio Caetano en guitarras, respaldados por Catuto, de los Headcutters, en contrabajo y Germán Pedraza en batería, disputan un duelo de pesos pesados. Es blues en estado puro.