miércoles, 13 de marzo de 2019

En el nombre de Leo "Bud" Welch


Leo “Bud” Welch dedicó la última sesión de su vida a tocar con músicos jóvenes para mostrar una nueva cara de la vieja música y reforzar la idea que el blues y el góspel son estilos dinámicos y evolutivos. El resultado, dos años después, es un disco revelador donde la música de raíces alcanza una nueva dimensión.

The angels in Heaven done signed my name fue grabado en vivo en una toma y tiene apenas algunos overdubs, reveló el productor y músico Dan Auberbach, de los Black Keys. “En todas las canciones hay al menos tres personas tocando en vivo”, aseguró. Además de Leo en voz y guitarra, Auberbach intercaló bajo y guitarra, y Richard Swift se hizo cargo de la batería. También participaron en algunos temas Leon Michels en hammond B3 y Dave Rose en bajo.

Las canciones revelan su vida dura y también la gratitud y el compromiso hacia Dios con el que vivió. Su música combina el sonido más crudo del Hill country blues con el sentimiento del góspel. A eso, que es la expresión más genuina de la música negra, hay que sumarle la perspectiva de una nueva generación de músicos, un groove hipnótico y denso encarnado por Auberbach, que creció escuchando a Junior Kimbrough, R.L. Burnside o Fred McDowell.

Leo murió a los 85 años -el 19 de diciembre de 2017- y se había hecho conocido poco antes. De hecho, grabó por primera vez en 2014 (Sabougla voices / Fat Possum Records) con lo cual fue una verdadera sorpresa su tardía aparición en escena. El lanzamiento de su segundo disco (I don't prefer no blues/Fat Possum) generó además una especie de reverdecer del sonido del hill country blues y ahora este disco póstumo llega justo a tiempo para erigirlo en leyenda.

La voz de Leo es como una plegaria en medio de un humoso juke joint. Su guitarra, cruda y descarnada, se entrelaza con el ritmo salvaje de la banda en un loop voraz. Leo “Bud” Welch encarna el legado del Delta y también su reconversión. Basta escuchar Don't let the devil ride para comprender como un viejo bluesman puede sonar completamente actual sin perder su esencia ni traicionar a sus antepasados. Ese tema es la pieza más acabada de todo el álbum, una verdadera joya que desafía al tiempo como el DeLorean. La intepretación de Jesus in the mainline es otra transformación extraordinaria, que rompe barreras temporales y tiende lazos rítmicos entre distintas generaciones con una vuelta de tuerca a la melodía. I come to praise my name es posiblemente el tema más Black Keys de todos y Leo no suena para nada fuera de lugar, al contrario, pese a que atravesaba los últimos meses de su vida, suena vital y muy a gusto.

La muerte de Leo no fue la única tras la grabación del álbum. También falleció el baterista Richard Swift. “Fue una experiencia extraña, amarga y dulce y a la vez, la de escuchar lo que habíamos grabado con ellos con tanta diversión. Yo nunca había vivido algo así, más tratándose de la grabación de un álbum religioso”, contó Auberbach a AllMusic.

The angels in Heaven done signed my name es un disco que rompe con todos los prejuicios. Leo “Bud” Welch dejó su testamento en manos de Dan Auberbach y no de un grupo minúsculo de puristas recalcitrantes. Su último aporte en vida fue estimular los caminos de la preservación de la música de raíces dejando de lado toda postura sectaria. Es por ahí.


lunes, 4 de marzo de 2019

La hora del sideman


Era lo que le faltaba. Tras acompañar durante un lustro muy exitoso a Stevie Ray Vaughan & Double Trouble, grabar con infinidad de artistas como Buddy Guy, Bob Seger, Lou Ann Barton, Joe Louis Walker, Tab Benoit y John Hiatt, y sumarse como miembro estable de la banda de Joe Bonamassa, el tecladista Reese Wynans acaba de lanzar su primer álbum solista.

A los 71 años y celebrando medio siglo como músico profesional, Wynams se dio el lujo de grabar con amigos una serie de canciones que lo marcaron a lo largo de su vida. El disco, Sweet release, también marca el debut de Bonamassa como productor. El álbum comienza con dos temas de SRV. El primero es Crossfire, en el que el tecladista desata una locura sonora desde su hammond acompañado por la guitarra feroz de Kenny Wayne Shepherd, la rítmica precisa de los Double Trouble Tommy Shannon y Chris Layton, los vientos de los Texicali Horns y la imponente voz de Sam Moore (Sam & Dave). Luego reduce la formación a cuarteto para interpretar Say What, el primer tema que grabó junto a SRV en el álbum Soul to Soul.

Con Mike Farris en voz y Josh Smith en guitarra, Wynans se despacha una exuberante versión de That driving beat, del productor Willie Mitchell, responsable de muchos de los éxitos de Al Green. Luego se incorpora Doyle Bramhall II para cantar y solear en You’re killing my love, del genial Otis Rush y que tan bien supo interpretar Michael Bloomfield, con el trompetista Lee Thornburg comandando una huracanada sección de caños. En el tema que da nombre al disco, un clásico de Boz Scaggs, Wynans celebra la década del setenta con un combinado vocal impresionante que reúne a Bonnie Bramlett, Jimmy Hall, Warren Haynes, Keb’ Mo’, Paulie Cerra, Vince Hill y Mike Farris, mientras que Bonamassa y Josh Smith se hacen cargo de las guitarras.

Vuelve a juntar a los Double Trouble con Kenny Wayne Shepherd, más la voz de Noah Hunt, para recrear Shape I’m in, un potente rock and roll de los Arc Angels, el súper grupo que formaron Shannon, Layton, Charlie Sexton y Doyle Bramhall II en los noventa. Retoma el cancionero de SRV con Hard to be, del disco póstumo Family style, con Jim Hall y Bonnie Bramlett compartiendo voces, Bonamassa en guitarra y él al frente del piano, en un tempo menos que la original y con una intervención de vientos que le dan un espíritu más souleado al tema. Las guitarras de Bonamassa y Shepherd se fusionan con el hammond de Wynams en la icónica Riviera Paradise bajo el sustento rítmico de los Double Trouble.

La parte del final del disco tiene a Warren Haynes en voz y guitarra liderando la brisa sureña de Take the time, tema de Les Dudek. Lo acompañan Bonamassa y un coro femenino en el que sobresale Mahalia Barnes. Sigue con dos temas del legendario Tampa Red, al piano y con  un feeling más blusero. Primero con So much trouble, con banda y Bonamassa en voz y primera guitarra, y luego con I got a right to be blue, un mano a mano acústico con Keb’ Mo’. La celebración musical de Wynans finaliza con dos instrumentales: uno bien funky, Soul island, de The Meters, y el otro resulta el epilógo perfecto: solo al piano para el clásico de los Beatles, Blackbird.

Wynans construyó su carrera como sideman, aportando desde las teclas lo necesario para jerarquizar los discos o shows de otros grandes artistas. Y ahora llegó su momento de dar un paso al frente, aunque lo hizo como siempre, desde su lugar y dejando que otros brillen.


domingo, 17 de febrero de 2019

Las venas abiertas de Chris Cain


Buenos Aires es el segundo hogar de Chris Cain. Así le gusta responder cada vez que le preguntan por qué vino tantas veces. Para ser precisos, ocho visitas en los últimos ocho años. En cada uno de los shows que dio en este tiempo, ya sea en Buenos Aires, Salto, La Plata o Rosario, el guitarrista californiano derramó lágrimas sobre el escenario y dejó todo en cada canción. Esta vez, en el Be Bop Club, no fue la excepción.

Chris Cain es un músico talentosísimo y una persona muy sensible. Y esas cualidades hacen que cada nota que toca o cada verso que canta sea perfecto y con mucho sentimiento. Sus shows son muy emocionales. Tiene las venas abiertas y salpica blues hacia todos los rincones. Los vive y lo siente con una pasión inexplicable. Pero por sobre todas las cosas los disfruta. Y la gente no es indiferente a esa entrega. Quedan deslumbrados, boquiabiertos. Se vuelven fanáticos de Chris Cain y van a uno, dos y hasta tres shows si pueden. Es realmente extraordinario lo que pasa con él. Si bien sus discos son muy buenos, no tienen punto de comparación con lo que el master da en vivo.

Acompañado por Rafa Nasta en guitarra, Fernando Rosso en bajo de cinco cuerdas y Pato Raffo en batería, Chris Cain desplegó todo su entusiasmo en casi dos horas de show. El trío abrió con un shuffle instrumental para darle la bienvenida y en cuanto se sumó con su Epiphone ya nada fue igual. Entró en calor con Me and my baby y así le arrancó la primera ovación al público. “Amo el blues desde chico y quiero tocar uno para ustedes”, anunció antes de largarse en una inmaculada versión de Ain’t nobody bussiness. Al escucharlo cantar y puntear uno percibe las marcadas influencias de B.B. y Albert King, pero el tipo logró darle su propio toque con un tono exquisito y un registro vocal demoledor.

Los homenajes a sus dos máximas influencias llegaron con Sweet Little sixteen y Crosscut saw. “Yo no estaría acá frente a ustedes con mi guitarra si no fuera por B.B. King”, dijo, una vez más, al borde de las lágrimas. Tras un breve receso volvió con todo y temas más animados. Primero con Everyday I have the blues y luego con Barefootin’, donde se batió a duelo con Nasta, aquí con el pulso demoledor de Gabriel Cabiaglia en batería. Sobre el final, Cain sacó de la mochila dos canciones de su cosecha: Helping hand y Drinking straight tequila, las dos de su disco Unscheduled flight, de 1997. La ovación final fue emocionante. El público de pie cantó el clásico “Ooohhh ohhhh ooohhhh” y Chris se abrazó a su guitarra y se puso a llorar. Hubo tiempo para una más, pero esta vez él solo interpretando Darling, you know I love you, también de B.B. King.

Fue una noche mágica, con Chris Cain en llamas y la banda completamente compenetrada. Un sonido sobresaliente y un público que, más allá de un impresentable que cantaba letras de Pappo por encima de algunas canciones, vibró con locura al ritmo de este gran guitarrista.


miércoles, 13 de febrero de 2019

El misterioso Loudmouth Johnson

Blues to the bone (Collectables/1996)
El interrogante me lo planteó Juan Urbano López. ¿Quién fue Calvin “Loudmouth” Johnson? Me preguntó porque no podía despejar esa duda y sabía que yo tengo la biografía de Johnny Winter que escribió Mary Lou Sullivan. Fui a la fuente a buscar la respuesta y, para mi sorpresa, el viejo bluesman que Roy Ames describió en las notas del disco Blues to the bone no figura nada para. Muy extraño. Ese álbum, en el que el albino comparte cartel con él, se vendió bastante en la década del noventa y tuvo al menos cuatro ediciones.

En las notas del disco editado por el sello Collectables, Aimes cuenta que, en 1967, Winter le pidió que quería grabar con un “músico genuino de down home blues”. Por entonces, el albino estaba comenzando su carrera profesional. Todavía faltaban dos años para su presentación en Woodstock y el contrato con Columbia Records. Aimes recuerda que le sugirió el nombre de Loudmouth y le hizo escuchar un single que él le había producido al cantante y armoniquista en 1964, que en el lado A llevaba el tema Lein in my body y en el B Unsastified mind. Según Aimes, a Johnny Winter le encantó y le pidió que organizara el encuentro. Fue así como, siempre de acuerdo con Aimes, el 17 de mayo de 1967, los dos músicos entraron a los estudios Gold Star, en Houston, bajo la supervisión del ingeniero de sonido Doyle Jones. La banda que los acompañó era la que tocaba regularmente con Loudmouth, aunque sus integrantes no están mencionados en los créditos del disco. Grabaron temas originales, otra versión de Lein in my body y algunos covers. Aimes recuerda que Loudmouth le comentó que estaba impresionado con la forma de tocar de Winter: “No sabía que un chico blanco podía tocar la guitarra de esa manera”, le habría dicho.

Más allá de la buena impresión que se llevó Loudmouth del albino, Aimes cuenta que la sesión fue un tanto caótica y eso se percibe al escuchar el disco en el que suena un blues bastante crudo y desprolijo. Aimes cierra las notas del álbum diciendo que, pese al resultado, la sesión “valió la pena”. Si bien su idea era editar un LP eso nunca sucedió. Las primeras dos canciones que vieron la luz aparecieron en un disco que se llamó Soul… in the begining (Avco Embassy/1969) que fue producido por Aimes y que tenía temas de Lightinin’ Hopkins, T-Bone Walker y Clifton Chenier. Tuvieron que pasar casi 20 años para que una tercera canción fuera editada. Se trató de Take my choice, que fue incluida en el CD de Winter, Birds can’t row boats (Relix/1988), un compilado que abarca los primeros años del tornado texano.

Las descripciones de AImes sobre Loudmouth son vagas: que se la pasaba bebiendo, que había estado preso por vender un terreno que no era suyo, que solía tocar por los clubes negros de la costa del golfo de Texas, que estuvo casado con Erline Green Johnson y luego con una mujer llamada Ernestine, y también con otra a la que identificó como Joanne Robinson. En una entrevista para la revista Blues & Rythm contó que, en 1973, Loudmouth dejó la escena musical y ya no supo nada más de él.

Raw to the bone (Sky Ranch/1992)
La primera edición en CD de esa sesión entre este misterioso blusero y Johnny Winter apareció en 1991 de la mano del sello inglés The Magnum Music Group. Esa versión incluía 13 de los 15 temas que grabaron en la sesión, entre ellos los covers de de Hoochie coochie man, Rock me baby y Gangster of love, de Junior Watson. En la portada están un presunto Johnson poco nítido y Winter con su pelo corto. Al año siguiente, 1992, el sello francés Sky Ranch lanzó otra versión de Raw to the bone, pero de once canciones, sin Gangster of love y Rock me baby. En la tapa está Johnny Winter, con el pelo corto, sentado en una silla y en una foto más pequeña aparece quien presumimos que es Loudmouth tocando la armónica.

La tercera edición, de Relix Records, salió en 1995, se llama Blues to the bone y también incluye 13 temas. La portada aquí es una caricatura de un esqueleto con el característico pelo largo y muy rubio de Winter tocando la guitarra. La cuarta, la más completa, es la que lanzó Collectables en 1996 con los mismos 13 temas que el cd de Relix más cuatro bonus tracks de Calvin Johnson sin Winter, de una sesión grabada dos años antes, en junio de 1965. La portada en este caso es la misma foto del presunto Johnson tocando la armónica y una más pequeña de Winter con el pelo largo, que no era como lo llevaba en 1967.

Antes, en 1992, Collectables lanzó un disco compilado sobre el blues texano bajo el título de The Texas country bluesmen – Back against the Wall, en el que figura el tema de Loudmouth con Winter, Once I had a woman entre canciones de Mance Lipscomb, Juke Boy Bonner, Texas Alexander y Johnny Copeland, entre otros. Pero la importancia del álbum es que en la tapa tiene una foto de quien Aimes asegura era Calvin Johnson.

Para tratar de saber un poco más sobre Loudmouth le mandé mensajes a distintos especialistas y musicólogos de los Estados Unidos. Tanto David Evans, Scott Barretta y Roger Stolle me dijeron que no habían escuchado nunca hablar de Loudmouth Johnson y se excusaron porque su campo de estudio es el blues del Mississippi. Le consulté también a Michel Limnios, reconocido especialista en blues de origen griego, y su respuesta también fue negativa. El que logró aportar algo, aunque poco, fue Roger Wood, un investigador del blues de Texas: “La única información que tengo sobre Calvin ‘Loudmouth’ Johnson es la que figura en las notas del CD. Su voz es ciertamente distintiva y no suena parecida a la de ningún otro cantante de blues de Houston. La mayoría de las personas de la zona vinculadas al blues que documenté ya están muertas, pero no recuerdo a ninguno que me haya mencionado a Calvin Johnson. Ames era un personaje sombrío y tal vez descubrió a Johnson, probablemente no en Houston, y luego lo juntó con Winter para la sesión”.

La otra fuente que consideré importante fue Paul Nelson, productor, mano derecha y guitarrista de Johnny Winter durante más de diez años, los últimos de su vida. Su respuesta fue aún más desconcertante: “Nunca escuché ese nombre “.

En definitiva, muchos coinciden que Roy Aimes, que representó a Winter en la década del sesenta, fue un hombre muy complejo. Algunos lo tildaron de “desleal” y otros directamente de “ladrón”. Todo lo que se sabe sobre Loudmouth es lo que él escribió y ya no hay forma de preguntarle porque murió en 2003 a los 66 años. El legado de este oscuro bluesman, del que no sabemos cuándo y dónde nació y murió, está en esas canciones que grabó junto al albino y en el single de New World Records que está dando vueltas en Internet. Hasta su imagen es una incógnita. Nadie puede asegurar que sea el hombre negro de gesto adusto que aparece en las fotos de esos discos.

Calvin “Loudmouth” Johnson es uno de los tantos misterios del blues, del blues de verdad, que será difícil develar.

miércoles, 6 de febrero de 2019

Tradicional y sin fronteras


Big Creek Slim llegó en el Delorean de Volver al Futuro y trajo consigo el sonido del blues pre eléctrico. El guitarrista, armonquista y cantante danés logró capturar la esencia de la vieja escuela amparado por el profundo goce rítmico del contrabajo -y la producción- del brasileño Rodrigo Mantovani. First born es un disco que reboza energía y buen gusto, y reivindica una época dorada del blues.

El dúo logro amalgamarse a la perfección. Cualquiera podría pensar que se trata de un viejo disco interpretado por bluesmen del Mississippi, pero es nuevo, muy nuevo. Lo más impresionante de todo es la voz de Big Creek. Su registro y su forma de pronunciar las palabras le dan un toque mayor de autenticidad a lo que tocan. La instrumentación, orgánica y fluida, cierra el círculo.

No vamos a descubrir ahora a Rodrigo Mantovani. En Argentina lo conocemos bien y sabemos de todo su talento. Además, su prestigio superó hace tiempo los límites de América del Sur. Big Creek Slim, tal vez, sea menos conocido por nosotros. Marc Rune es su verdadero nombre y es oriundo de Ikast, un pequeño pueblo ubicado en el corazón de Dinamarca. Hace una década emigró a los Estados Unidos, para entrar en contacto con la esencia del blues, y tiempo después se radicó en Florianópolis, al sur de Brasil. Allí comenzó a tender lazos con los músicos de ese país. Es por eso que otros grandes talentos como Igor Prado, su hermano Yuri y el pianista Luciano Leães colaboran en algunos de los temas de este flamante álbum.

El repertorio está compuesto por algunos temas originales y clásicos del Delta o del blues pre-urbano que llevan la rúbrica de Charlie Patton, Roosevelt Sykes, Sonny Boy Williamson, Big Joe Williams, Sleepy John Estes y Muddy Waters, entre otros. Pero lo más sorprendente de todo es que las canciones propias no desentonan en absoluto, sino que logró insertarlas como si fueran parte del cancionero tradicional del blues.

El disco, editado por Big Chico Records, es un logro excepcional para dos músicos que nacieron muy lejos de los algodonales del Mississippi y es una demostración cabal de que el blues es una música que logró superar fronteras. Aquí no hay “confusión” ni “turistas” ni todas esas pavadas que inventan aquellos que tienen más obstinación que talento. Aquí nos encontramos frente a dos grandes músicos que lograron recrear un sonido primario del blues con la mayor fidelidad posible, pero sin caer en una mera copia carente de sentimiento. Es, a todas luces, uno de los mejores discos del año, no del 39, aunque podría serlo, sino de este 2019 que recién comienza.


martes, 29 de enero de 2019

El predicador


Watermelon Slim es el pastor de la Iglesia del blues. Su mensaje está acompañado por el filoso sonido del slide deslizándose por las cuerdas de su guitarra y un abrasador ritmo de doce compases. Su prédica se centra en los Santos Evangelios de Muddy Waters, Howlin’ Wolf y Mississippi Fred McDowell. Clarksdale, es la tierra prometida.

En su nuevo disco, el número 13 de su carrera, Slim se da el gusto de rodearse de grandes músicos que jerarquizan aún más las canciones. Él canta con una voz muy personal, de esas que se distinguen en el acto. Además, toca la guitarra y en algunos temas sopla la armónica con mucha energía y convicción. La banda la completan John Allouise en bajo y Brian Wells en batería.

El álbum comienza con St Peter’s Ledger, donde Slim ruega que no lo manden todavía al purgatorio, mientras que Bob Margolin, histórico guitarrista de Muddy Waters, despliega su sonido característico. Sigue con Tax man blues, donde se queja de lo difícil que es vivir de la música (¡Sí, parece que en Estados Unidos también!). En Gipsy woman, Margolin vuelve a escena con un slide asesino y Slim agita la armónica como si se le fuera la vida en ello. En Post-Modern blues, con la guitarra Nick Schnebelen, de Trampled Under Foot, y una poderosa sección de caños, Slim se queja de lo difícil que es para él vivir en el siglo XXI.

Uno de los puntos más altos del disco es Get out of my life woman, de Allen Toussaint, una explosión de southern soul, donde Slim comparte voces, nada más y nada menos, que con John Nemeth y Sherman Holmes, de los Holmes Brothers, mientras Margolin hace su arremetida final con el slide. MNI Wiconi – The water song, tiene un mensaje ecológico: se queja del desperdicio de agua en el mundo, mientras los vientos generan un remolino funky y Joe Louis Walker intercede con un solo visceral. En Me and my woman, recurre a los servicios del guitarrista Albert Castiglia, mientras él ventila sus blues con la armónica.

Con su guitarra resonadora encara el clásico de Howlin’ Wolf Smokestack lightining y luego saca a relucir su pasado como camionero con That Ole 1-4-5. Se despoja casi completamente de instrumentos para Holler #4, un tema autobiográfico que interpreta a capela mientras se acompaña haciendo percusión con el pie e intercala un profundo solo de armónica. El blues, la ruta y el Mississippi se conjugan en 61 Highway blues de Fred McDowell y luego versiona a J.B. Hutto con Too much alcohol, en la que mantiene un duelo de slide con Castiglia. El disco cierra con una reflexión política de los últimos años en los Estados Unidos, Charlottesville (Blues for my nation), en la que Nemeth vuelve para engalanar la parte vocal; y Halloween mama, en tono sarcástico sobre una novia muy fea que no necesita disfraz, mientras el órgano de Chris Wiser marca el ritmo como en la Marcha del Elefantito, de Henry Mancini.

Mujeres, alcohol, rutas, política, medio ambiente y modernidad son algunos de los temas que el pastor Watermelon Slim predica al ritmo del blues. Entren a su Iglesia. Saldrán encantados. Amén.




miércoles, 23 de enero de 2019

Los discos malditos de Chess

A fines de los sesenta, el sello Chess entró en una crisis financiera. Todo el éxito que había tenido en la década anterior, en la que escribió el capítulo más revolucionario de la historia del blues moderno y sentó las bases del rock and roll, ya había quedado atrás. Los músicos del staff eran los mismos, pero comercialmente habían sido aplacados -paradójicamente- por el auge del rock. Entonces, Leonard Chess y su hijo Marshall agudizaron el ingenio para tratar de revitalizar sus maltrechas arcas. Y para eso buscaron darle a sus figuras un sonido renovado y una estética más moderna. Así, entre 1967 y 1968, editaron un puñado de discos muy polémicos. Fueron denostados por la crítica e incluso por los mismos músicos que los grabaron y las ventas no fueron las esperadas. Pero más allá de los cuestionamientos y algún desacierto puntual, con el tiempo estos álbumes se volvieron piezas de colección.

Super Blues. El primer intento de Leonard Chess para mejorar sus finanzas fue juntar a tres de sus máximas figuras en un solo disco. Es por eso que, en 1967, creó Super Blues, que tenía como protagonistas a Muddy Waters, Bo Diddley y Little Walter. Fue editado por la firma subsidiaria Checker Records y la selección de temas era un combo de lo mejor de cada uno de ellos: Long distance call, I just want to make love to you, I’m a man, Who do you love?, Juke y My babe. Pese a que la banda fue reforzada con Otis Spann y Buddy Guy, el estado de Little Walter fue un problema: ya estaba muy enfermo –de hecho moriría un año después-, casi no podía tocar su armónica y su voz parecía oxidada, fuera de registro. De todas maneras, Muddy y Bo Diddley pusieron mucho de sí mismos para lograr un álbum decente. Claro que queda empañado si se lo compara con los que ellos mismos habían grabado diez años antes y con los que grabarían tiempo después. Lo que se puede rescatar de Super Blues es cierto espíritu festivo y el dueto de voces de estos grandes del blues, que no es poco.

The Super Super Blues Band. Seis meses después de Super Blues, Leonard Chess decidió juntar el agua con el aceite en materia de personalidades. Pensó que sería una buena idea reunir a Howlin’ Wolf con Muddy Waters y Bo Diddley. La relación entre Muddy y Wolf siempre había sido muy tirante y competitiva. Los dos se venían disputando el cetro del rey del blues de Chicago y en este disco sus diferencias quedaron de manifiesto. El álbum tiene ocho canciones en las que Wolf y Muddy luchan por sobresalir. Buddy Guy y Otis Spann también son de la partida y aquí además se suma Hubert Sumlin. Pero semejante lista de nombres no llega a la altura de lo esperado. Para empezar hay en casi todos los temas unos coros femeninos bastante molestos, Bo Diddley le da un efecto wah wah innecesario a su guitarra y Wolf interrumpe a Muddy cada vez que puede con alguna interjección. Pero los coleccionistas saben valorar que se trata de un documento histórico, que por más que musicalmente no sea de lo mejor, logró reunir a dos de los más grandes de la historia del blues de Chicago en un mismo estudio.

Electric Mud. En la película Godfathers and sons, de la serie de blues producida por Martin Scorsese, Marshall Chess reúne 30 años después a la banda que tocó con Muddy Waters en 1968 (Phil Upchurch, Pete Cosey y Charles Stepney, entre otros), para hacer una versión de Mannish boy junto a músicos de otra generación, entre los que están los raperos Chuck D (Public Enemy) y Common. En la película, Marshall Chess confiesa que cuando salió Electric Mud fue muy criticado: “Dijeron que era el peor disco de blues de la historia, pero ni siquiera lo habíamos hecho queriendo que sea un disco de blues”. Chuck D y los otros músicos llegan a la conclusión de que el álbum resultó un puente generacional, especialmente entre los jóvenes negros que se criaron escuchando hip hop. “Así descubrí el blues”, asegura el célebre rapero. Lo cierto es que Electric Mud no suena como ningún otro disco de Muddy, salvo por After the rain que se editó al año siguiente. Suena avant garde, funky, psicodélico, hipnótico. Muddy reinterpreta algunos de sus viejos temas –Hoochie Coochie man, Mannish boy y I just want to make love to you- y canta por primera vez Let’s spend together, de los Rolling Stones, y una extraña canción llamada Herbert Harper's Free Press News, que terminó inspirando al mismísimo Jimi Hendrix. En su momento, el álbum ni siquiera le gustó a Muddy y supongo que menos le habrá gustado el peinado de la sesión de fotos. Pero el tiempo lo revalorizó, lo convirtió en un álbum esencial de cualquier discografía.

The Howlin' Wolf Album. Si a Muddy Waters no le gustó Electric Mud, ni hablar de lo que pensó Howlin’ Wolf acerca del disco que le hicieron grabar a él con la misma banda. La leyenda de la portada del disco es elocuente. “¿Por qué no agarran todos los wah wah y la otra mierda y la tiran al lago?”, le preguntó Wolf durante un receso de la grabación al guitarrista Pete Cosey, quien años después terminaría tocando junto a Miles Davis. Musicalmente es muy parecido a Electric Mud. La diferencia está en que Muddy le puso onda y garra al disco, por más que no estuviera cómodo con la situación. En cambio, Wolf no pudo disimular su fastidio y eso se nota. Hace poco fue reeditado en cd y es una buena oportunidad para escucharlo con atención, analizar el contexto en el que se grabó y disfrutarlo en lugar de juzgarlo.

martes, 15 de enero de 2019

El blues de Tommy McClennan


“Tommy era moreno y tenía ojos grandes como los de una rana. Era muy bajito, medía alrededor de un metro cuarenta y cinco, apenas me llegaba a los hombros. Tommy no pesaba mucho más que cincuenta kilos. No había ni un sombrero que sirviera para su cabeza. Todos sus sombreros le tapaban las orejas. Era un tipo divertido. Se sacaba el sombrero y se peinaba el pelo hacia abajo y se miraba al espejo y le hablaba: ‘¡Muy bien! ¡Ahora tienes toda la noche para subir! Tenía una boca enorme. Podía gritar muy fuerte. Cuando lo oías, pensabas que se trataba de un hombre de gran tamaño”.

Así describió David “Honeboy” Edwards a Tommy McClennan en el libro The World Don't Owe Me Nothing: The Life and Times of Delta Bluesman Honeyboy Edwards. Su versión es la que mejor nos pinta a ese mítico bluesman del Delta, dueño de una de las voces más crudas y potentes de la historia del blues, que apenas grabó unas 40 canciones entre 1939 y 1942, algunas de las cuales se convirtieron en verdaderos clásicos del género, aunque su figura sigue siendo desconocida para la gran mayoría.

“Muchos grandes bluesmen que destacan por su forma de cantar a gritos proceden de la región del Delta, pero ninguno condimentó sus bramidos mejor que McClennan con susurros, tarareos, apartes hablados, frases de scat y gruñidos guturales. En algunos de sus discos, si se escuchan sin demasiada atención, puede parecer que hay dos vocalistas, uno que canta y otro que hace comentarios constantemente”, explicó Ted Gioia en su libro Blues: La Música del Delta del Mississippi.

Según el autor, “el blues puede haber dado mejores cantantes que Tommy McClennan, y desde luego, más sofisticados, pero todavía no ha aparecido un vocalista menos inhibido por la estéril frialdad del estudio de grabación”.

Tommy McClennan había nacido a comienzos del siglo pasado. Según algunas reseñas, fue en el poblado de Durant, sobre la ruta 51, en el corazón del estado de Mississippi, el 4 de enero de 1905. Pero otros apuntes más confiables señalan que fue en las afueras de Yazoo, el 8 de abril de 1908. La inexactitud de esos datos no son exclusivos de este artista, sino que se da en la gran mayoría de los pioneros del género, debido a que muchas veces eran anotados tarde en los registros o esos registros se perdieron o se mezclaron con datos de otras personas homónimas. Si bien hay muy pocas certezas sobre la infancia y juventud de McClennan, Honeboy Edwards contó que su amigo trabajó en plantaciones de algodón, se enfermó de tuberculosis cuando era pequeño y padeció las leyes Jim Crow como todos los negros sureños de por aquel entonces. Edwards también relató que McClennan comenzó a tocar la guitarra y cantar cuando su familia se trasladó a Greenwood en la década del veinte. Se casó muy joven con una mujer llamada Ophelia y tuvo dos hijos. En esos años, se la pasó bebiendo, apostando y tocando la guitarra.

Fue el célebre productor Lester Melrose quien descubrió a McClennan en el sur y, a fines de la década del treinta, lo llevó a Chicago para grabar para el sello Bluebird. La primera sesión de grabación se realizó en noviembre de 1939 y entre los temas que interpretó estaba Bottle it up and go, algo así como "Reprime tus emociones y vete”, una letra con alto contenido racial y muy desafiante para la época, a tal punto que, según la leyenda, Big Bill Broonzy le pidió que la suavizara un poco y éste se negó y eso le hizo pasar algunos malos momentos. Luego participó en otras cuatro sesiones y también colaboró de las grabaciones de Robert Petway.

Por entonces, en años de pre-guerra, el swing dominaba la escena nocturna de Chicago. “McClennan estaba condenado al fracaso en este contexto. Su poco atractiva figura, su voz áspera como papel de lija, su estilo sencillo con la guitarra y sus polémicas letras eran elementos que no podían encajar bien con el público urbano”, escribió Gioia. De todas maneras, fue en ese período en el que grabó todo su cancionero que, si bien no le dejó ningún rédito económico, el tiempo sabría darle su reconocido lugar en la historia. McClennan desapareció de la escena durante varios años En 1953, se lo puede ver en una foto tomada por Broonzy caminando por el south side de Chicago junto a Little Walter, Sonny Boy Williamson y Elmore James. Según distintos investigadores, por entonces ya estaba sumido en el alcohol y llevaba una vida marginal. La gran duda es, si por esos años, en los que el blues de Chicago se volvió eléctrico, él llegó a  enchufar su guitarra.

Su final anunciado llegó en 1962. Si bien la mayoría ya lo daba por muerto en la década del cincuenta, Honeyboy Edwards aseguró que ese año lo encontró en un depósito de chatarra en el que se refugiaban alcohólicos y vagabundos. Su mujer lo había abandonado y su estado de salud era muy precario. Edwards lo llevó a su casa y trató de ayudarlo, pero le resultó imposible por su alcoholismo y tuvo que internarlo. En ese sentido, se suma el testimonio de Michael Bloomfield, quien dijo que lo visitó en un hospital junto a Big Joe Williams. “No era más que un esqueleto, pero sus ojos eran dos carbones al rojo vivo”, dijo sobre ese encuentro.

El legado musical de Tommy McClennan está compilado en el disco doble Bluebird Recordings 1939-1942 o en la edición doble de Document Records. Además de la célebre Bottle it up and go, se destacan Whiskey head woman, New shake em on down y la irónica I’m a king guitar. También sobresalen su versión de Sweet home Chicago, que registró bajo el título Baby, don’t you want to go y Cross cut saw, que años después popularizaría Albert King.

La historia de McClennan es la historia de un verdadero bluesman, Escucharlo es una necesidad y un deber. En sus canciones y en su forma de cantar subyace lo más profundo de la tradición del Delta.


lunes, 7 de enero de 2019

El espíritu de la época


La dinámica de los sesenta, la explosión del Swinging London, las drogas psicodélicas y el talento compositivo dio lugar, al final de la década, a algunos de los discos más extraordinarios de la historia del rock. A partir de 1967, los Beatles editaron Sgt. Pepper, el Álbum blanco y Abbey road; los Stones lanzaron Beggars banquet y Let it bleed; Jimi Hendrix irrumpió con Are you experienced?; Cream se impuso con Disraeli gears; Pink Floyd se presentó con The piper at the gates of dawn; Led Zeppelin endureció el blues con sus primeros dos álbumes; y además estaban The Animals, Fleetwood Mack, Jeff Beck, The Kinks, Small Faces, Ten Years After y decenas de bandas más que, con mayor o menor suerte, dejaron lo suyo.

Otra característica de la época fue que muchas de esas agrupaciones duraban poco o realizaban profundos cambios en sus formaciones. Eso tenía tres factores principalmente: las presiones comerciales, los cambios estilísticos y las relaciones personales. En ese contexto, algunos proyectos quedaron truncos antes de grabar y otros se disolvieron rápidamente. Uno de esos ejemplos es el de Blind Faith, un súper grupo que, en poco menos de un año, dejó su marca con un disco superlativo.

Blind Faith comenzó a gestarse a fines de 1968 tras la separación de Cream. La relación entre Ginger Baker y Jack Bruce estaba muy desgastada y Eric Clapton buscaba empezar un nuevo proyecto que fuera menos comercial. En paralelo, Steve Winwood se alejó de Traffic y eso dio pie a esta nueva aventura. Clapton y Winwood ya habían tocado juntos en 1966 en Powerhouse, un grupo que duró muy poco y apenas grabó tres canciones que fueron editadas en un compilado del sello Elektra. Pero ambos sentían un profundo respeto y una gran admiración por el otro y cuando los planetas se alinearon volvieron a juntarse. A comienzos de 1969, hace exactamente 50 años, Clatpon sumó a Baker y luego el bajista Rick Grech, proveniente del grupo Family, completó la formación.

Producidos por Jimmy Miller y con arreglos de Robert Stigwood y Chris Blackwell, el cuarteto comenzó a grabar en los estuidos Morgan de Londres en marzo y en mayo terminaron de hacerlo en Olympic Studios. A partir de allí, fue todo muy rápido. Salieron de gira a Escandinavia y dieron un concierto gratuito en el Hyde Park londinense para unas 150.000 personas, que no tuvo la repercusión esperada. No fue un buen augurio para el futuro de la banda. Luego viajaron a los Estados Unidos, pero como su repertorio era muy acotado tuvieron que empezar a versionar viejos temas de Cream o Traffic, y algún que otro éxito de los Rolling Stones. En esa gira, casi como un marido infiel, Clapton conoció a Delaney & Bonnie, que eran sus teloneros, y decidió dar por terminado el súper grupo para sumarse al proyecto sureño que pronto se transformaría en el atajo a Derek & The Dominos.

El disco de Blind Faith salió al mercado casi al mismo tiempo que se disolvió de la banda. Contiene seis canciones, tres de ellas escritas por Winwood: Hard to cry today, Sea of Joy y Can´t find my way home, una extraordinaria balada que comienza con la guitarra acústica de Clapton y luego la exquisita voz de Winwood la convierte en el himno de toda una generación. El track list lo completan Presence of the Lord, una de las composiciones más emblemáticas de Clapton; Well all right, un tema de Buddy Holly al que la banda le da un toque más psicodélico; y Do what you like, de Ginger Baker una canción de tono experimental que se extiende por más de 15 minutos en los que cada músico se expresa a su antojo.

El álbum, que llegó al tope de los charts en varios países, tuvo una controversia por su portada: una foto de una adolescente desnuda sosteniendo una nave espacial de plata diseñada por el joyero Mick Milligan, que muchos interpretaron como un símbolo fálico. Ante las quejas, la discográfica tuvo que hacer una tapa alternativa con una foto de la banda, mientras que en los Estados Unidos el sello Atco decidió directamente editarlo con una imagen del grupo en su show del Hyde Park. Ese álbum y un par de temas en vivo que fueron editados en un caja retrospectiva de Steve Winwood es todo lo que quedó de la banda.

“El grupo duró poco, porque en lugar de salir al escenario en un conjunto compacto éramos cuatro personas tocando cada una su particular rollo; fue algo agotador y, por supuesto, fue triste que tuviera un final prematuro”, declaró por entonces Winwood.

La banda en vivo no estuvo a la altura de las circunstancias, pero dejó un álbum épico que superó el tiempo y las fronteras, una obra magnífica que no solo resume el talento de sus cuatro integrantes sino que también sintetiza el espíritu de la época.

viernes, 28 de diciembre de 2018

Blues, pasión y talento argentino

José Luis Pardo & The Mojo Workers - Phillipe is. Leí por ahí duras críticas a José Luis Pardo motivadas más que nada por el resentimiento de quien las dice. Lo descalifica porque se promociona y le va bien, y eso parece imperdonable en el mundillo sectario del dueño del blues y sus 20 subordinados. Por suerte, José Luis Pardo no se hizo cargo de esas agresiones y sigue componiendo, grabando, enseñando y tocando en vivo. La de Pardo es una vida dedicada al blues y aquél que lo discuta realmente entiende muy poco. Hace diez años editó el disco Country & City blues con el que expresó con mucho talento su background musical. A partir de entonces comenzó a buscar su propio sonido, siempre tratando de mantenerse cercano al blues y al soul, sus grandes pasiones. Lanzó discos muy interesantes e innovadores, tanto desde lo musical como desde lo visual, como 13 formas de limpiar una sartén y Ruccula for Drácula. Pero ahora, con su nuevo álbum logró plasmar esa búsqueda en 18 exquisitas composiciones propias, 16 de ellas con letras escritas en inglés. Phillipe is, inspirado en el nacimiento de su primer hijo, es su álbum más logrado. Los mejores momentos del disco son el poderoso shuffle Tell me why, el conmovedor blues True story of a young man y la melodiosa y souleada Tryin’ hard (to do my best). También sobresalen World full of trouble, inspirada en Albert King, Si no escucho, un blues lento cantado en español en el que la letra encaja perfectamente sin forzar la métrica y la rima, y Still in love with you, donde resplandecen las guitarras acústicas con espíritu de gispy swing. Pardo muestra su solidez y su crecimiento musical en cada uno de los 18 temas, pero no habría podido hacerlo sin el acompañamiento de una sección rítmica tremenda conformada por David Salvador (bajo) y Pascual Monge (batería), más el toque justo de Guillermo Raíces en teclados y los ocasionales aportes de Fernando Bellver en guitarra rítmica. El disco se va con Like the birds, que cuenta con la colaboración de Tota Blues en armónica. Phillipe is, que está dedicado a la memoria de Otis Rush, muestra que el blues es un género versátil y con proyección y que Pardo es uno de los mejores exponentes en el viejo mundo.

Tota Blues – Hard to make a livin’. Y si hablamos de referentes argentinos de la escena del blues en España no podemos omitir a Flavio Rigatozzo, más conocido como Tota Blues. Acompañado por su amigo e incondicional ladero, el guitarrista Martín Merino, acaba de lanzar un nuevo disco en vivo con viejos clásicos del blues y algunas composiciones propias. Al dúo lo respaldan Cristian “Poyo” Moya, pianista argentino radicado en Barcelona, José Pilar (bajo) y Eduardo Nieto (batería). Hard to make a livin’ captura la esencia del sonido más tradicional, ese que Tota profesa con mucho ímpetu y respeto. La banda suena con mucha intensidad a lo largo de las 14 canciones. En el repertorio sobresalen temas de Snooky Pryor (Keyhole in your door, Lovin’ you is killing me y My baby been gone) y los clásicos Let the good time roll, Rock me baby, Dust my broom, Good morning little schoolgirl y Messin’ with the kid. La armónica de Tota es protagonista absoluta del show, pero también hay lugar para prolongados solos de guitarra y de piano. En The creeper returns, Tota vuela con total libertad y el Poyo Moya, esta vez al hammond, dibuja unas notas efervescentes hasta que entra en escena Merino con un punteo apabullante. Esa canción expresa, más que ninguna otra, del espíritu de grupo. Algo similar pasa en Blussi, en la que los tres argentinos fusionan sus instrumentos con total naturalidad. Pero es el tema que da nombre al álbum, una composición de Tota, en el que la banda roza la perfección: comienza con un solo de armónica fabuloso, irrumpe el piano, después el riff de guitarra y la rítimica. Tota canta que tuvo que cruzar el mundo, tocar en las calles para poder ganarse la vida, y que muchas veces está cansado pero que siempre da lo mejor. José Luis Pardo y Tota tienen proyectos diferentes, pero muchas veces se complementan. Puro talento argentino de exportación.

lunes, 17 de diciembre de 2018

Esos viejos blues


Joe Louis Walker y el armoniquista inglés Giles Robson se conocieron hace tres años en un festival de blues en Holanda. Enseguida empatizaron y se propusieron grabar un disco acústico, una suerte de regreso a las raíces más profundas del blues. Walker le sugirió sumar al proyecto al experimentado pianista Bruce Katz (Allman Brothers, John Hammond Jr., Delbert McClinton). Un año más tarde, los tres músicos se encontraron en Woodstock, Nueva York, y en los estuios NRS grabaron Journey to the heart of the blues, que Alligator Records acaba de editar.

Journey…, que fue producido por ellos tres, combina un repertorio viejos blues, en su mayoría canciones que no fueron tan abordadas en las últimas décadas. “El álbum es un regreso a los días en que menos era más. No hay largos solos de guitarra, ni batería, ni instrumentación extra. Solo buen blues tocado con honestidad y pasión”, explica Katz. “Cada canción del disco -agrega Robson- nos lleva a un viaje lírico y musical al corazón mismo del blues”.

La sinergia de este trío es formidable. Si bien Walker y Katz ya habían tocado juntos con anterioridad no lo habían hecho en este formato. Y Robson se acopló a ellos con mucha prestancia. La armónica, la guitarra y el piano fluyen con absoluta naturalidad como solía pasar en la década del cuarenta cuando músicos como Sonny Boy Williamson I, Jazz Gillum o Big Maceo encabezaban sus tríos.

El disco comienza en clave de boogie con Mean old train, de Papa Lighfoot, y sigue con It’s you, baby, del legendario Sunnyland Slim. Otros de los temas que interpretan son I’m a lonely man (Sonny Boy Williamson II), You got to run me down (Washboard Sam) y Feel like blowin’ my horn (Roosevelt Sykes). Además, se sumergen en el repertorio de Big Maceo con Poor Kelly blues y Chicago breakdown. Pero tal vez la versión más sorprendente, por su reconfiguración, es Murderer’s home, de Blind Willie McTell. Un solo tema fue escrito para la ocasión: G&J boogie, un instrumental que lleva la rúbrica de Walker y Robson.

En cada uno de los temas la voz de Walker resulta imbatible y la combinación de los tres instrumentos desemboca sin obstáculos en un exquisito combo sonoro donde se reparten el protagonismo en partes iguales. El trío logró imponer el estilo de antaño con un sonido limpio y orgánico. Es el viejo blues pulido y lustrado. Una obra que no pretende superar a lo que ya se grabó, sino que busca rescatar viejas canciones olvidadas de una época dorada del blues.


lunes, 26 de noviembre de 2018

Un hombre de fe


Bryan Lee soñó los arreglos musicales de Sanctuary la noche anterior a presentarse en un festival en una iglesia de Spitsbergen, en Noruega. Al día siguiente la tocó con su banda tal cual la había soñado y hasta decidió grabarla en ese país. Pero la revelación que se le presentó en ese lejano país nórdico tardaría siete años en ver la luz. Recién este año, Lee se juntó con el productor Steve Hamilton y terminaron de darle forma al disco. Se trata de un álbum de once canciones en las que el guitarrista ciego de Nueva Orleans expresa su amor a Dios y su gratitud a la vida.

En el álbum abundan los temas de tinte religioso y queda de manifiesto que el artista es un hombre de fe. En Fight for the light, el primer tema del disco, comienza con el groove del bajo y luego Lee canta que hay que luchar por la luz, que “Jesús te llevará muy alto” y que “Satán es un mentiroso”. Jesus gave me the blues es un funky con mucho hammond y coros en el que revela que, además del blues, también le dio el poder Espíritu Santo. En U-Haul habla de su búsqueda y lo qué encontró en su guitarra y el Señor. Only if you praise the Lord es como un sermón en una iglesia de las afueras de Nueva Orleans rodeado mucho color y fieles. En The Lord´s prayer y Jesus is my Lord and saviour también expone sus creencias y cuánto cambió su vida cuando le abrió las puertas de su corazón a Dios: “Solía fumar mucho, tomar muchas drogas y desear a la mujer de mi vecino, pero eso ya no lo hago más”.

El resto de los temas también son autorreferenciales. The gift es un shuffle monumental en el que recuerda sus inicios como músico, de cómo Chuck Berry y Little Richards lo inspiraron para tocar rock and roll y cómo la música de Freddie King lo volcó definitivamente al blues. Mr. Big es su crítica al “hombre importante”, que por más dinero que tenga y más gente se lleve por delante no va a alcanzar nunca la felicidad. Don't take my blindness for a weakness es un testimonio de cómo logró salir adelante pese a perder la vista cuando tenía ocho años. “Vos podés ver el sol, la luna y las estrellas. Yo solo puedo ver oscuridad, pero no tomes mi ceguera por una debilidad”, canta mientras la guitarra expresa con un solo muy sentido. Con Ain’t gonna stop deja sentado que va a seguir tocando hasta que “Jesús me lleve a casa”.

Y por supuesto está Sanctuary, la canción que motivó todo el disco, una melodía exquisita que Bryan Lee interpreta con mucha pasión acompañado por un hermoso coro y la guitarra dobro con slide de Greg Koch.

Bryan Lee logró fusionar muy bien la prédica religiosa con el blues y el resultado es un disco muy espiritual, pero con un ritmo atrapante y unos solos viscerales, que se puede llevar con absoluta naturalidad a un juke joint o a una pequeña iglesia donde brillan los coros gospel.


sábado, 17 de noviembre de 2018

La gran fiesta de La Mississippi

Fotos Nico Suárez
¿La Mississippi es una banda de blues o de rock? La Mississppi es blues y también es rock o, como mejor dice Ricardo Tapia, es un grupo ecléctico de música negra. Pero el suceso de La Mississippi no pasa por uno u otro género musical sino por sus canciones y la energía y la pasión con las que las interpretan en vivo. Esto quedó demostrado el jueves a la noche en el Luna Park cuando la banda celebró sus 30 años y en casi tres horas de show recorrió muchos de sus temas clásicos que el público, su público, cantó a la par de ellos.

El Luna Park estaba prácticamente repleto y la primera sorpresa llegó de la mano del payador Emanuel Gabotto que improvisó una presentación bien folklórica. Poco antes de las 21,30, Tapia-Ginoi-Cannavo-Tordó-Picazo aparecieron en escena en medio de una gran ovación. “La emoción de 30 años, es la alegría de 30 años. Estamos acá por ustedes”, fueron las primeras palabras del cantante. Segundos después sonaron los acordes de Niño bien. La fiesta ya estaba en marcha.

Fue una noche memorable para La Mississippi y su público fiel. Primero porque la banda entregó todo, como siempre, y supo salir adelante cuando se presentaron algunos problemas de sonido bastante frecuentes en los shows en el Luna Park. Y, después, por el incesante desfile de figuras por el escenario.

La mayor sorpresa de la noche fue la aparición de Valeria Lynch, quien convenció a Tapia y compañía de interpretar con ellos Desconfío, el clásico de Pappo. “Quiero cantar este tema con ustedes nos pidió. ¡Cómo le íbamos a decir que no!”, contó Tapia. Y pasó lo que tenía pasar: Valeria Lynch alcanzó un registro extraordinario como solo ella puede hacerlo. También subió al escenario Willy Quiroga, el legendario bajista de Vox Dei, para una versión candente de Azúcar amarga. “Si hace 40 años me decían que iba a tener al maestro de invitado no me lo creía”, dijo el líder de La Mississippi.

El momento más emotivo de la noche fue el reencuentro de Las Blacanblus Cristina Dall, Deborah Dixon y Viviana Scaliza, quienes recordaron a la fallecida Mona Fraiman, e hicieron unas exquisitas armonías vocales en Same old blues y My babe. Los grandes maestros de la guitarra de blues, Botafogo y Daniel Raffo, también tuvieron su momento en la celebración. El primero en una furiosa versión de El gato de la calle negra y el segundo en la clásica Caldonia.

La banda también se reencontró con antiguos miembros como los armoniquistas Claudo Zárate y Rubén Vaneskeheian, los saxofonistas Eduardo Introcaso y Zeta Yeyati, y el tecladista Chuky de Ipola que subieron en más de una ocasión para interpretar viejos temas como Matadero, San Cayetano, Un poco más, El detalle y Blues del equipaje.

Además, La Mississippi interpretó una batería de temas más recientes como Búfalo, Criollo, la flamante Reserva especial y su descomunal versión de Post Crucifixión, “uno de los tres mejores temas de la historia del rock nacional”, según Tapia. Hubo más invitados: los guitarristas Tano Marceillo y Mariano Martínez (Ataque 77), y los cantantes Facundo Soto (Guasones) y Pity Fernández (Las Pastillas del Abuelo).

Sobre el final llegaron Café Madrid, que levantó al público de sus asientos y Un trago para ver mejor, con el que convocaron de nuevo al escenario a todos los invitados que, como siempre en estos eventos, resulta un caos sonoro que solo se justifica por la foto todos juntos. Hubo un par de bises –Blues de Santa Fe y Mala transa- y así llegó a su final el sueño que tenía La Mississippi de un gran festejo en el Luna Park.

La Mississippi se sostiene por la relación entre sus miembros, su enorme talento arriba del escenario, el carisma de su líder y decenas de canciones que hablan de ellos, pero también de nosotros.

LA HISTORIA DEL GRUPO MÁS DURADERO DEL ROCK NACIONAL

sábado, 3 de noviembre de 2018

Vivir rápido, morir joven


“Cuando piensa en los malvaviscos, piensa también en Johnny Ace. En su voz melosa, que endulzaba los ojos de las mujeres. ‘Eres pegajoso como un malvavisco’, le decía a veces Willie. Él reía como un niño travieso. Lo que era, en realidad. Un niño-hombre entonces, que ahora sería un hombre-niño”. 

                                                                                              Una chica sin suerte, de Noemí Sabugal. 

Pese a su breve carrera, Johnny Ace fue uno de los cantantes más importantes de la década del cincuenta. Un músico con aire juvenil que destilaba ternura y cautivaba principalmente al público femenino. Su temprana y trágica muerte fue un cimbronazo por aquél entonces y con el tiempo su nombre se diluyó en la historia de la música popular. Pero su legado musical está ahí, intacto, listo para ser redescubierto.

John Marshall Alexader Jr. fue otro de los hijos prodigios de Memphis. Podría haber llegado a tener el estatus de Bobby “Blue” Bland si aquella noche en el City Auditorium de Houston, Texas, no hubiera tenido ese pequeño revólver calibre 22 a mano. Pero ese es el final de la historia. Antes dejó su marca en Beale Street, cuando la mítica calle era el epicentro de la música popular en el sur de los Estados Unidos. Primero se destacó como pianista de la banda de Adolph Duncan, luego como cantante del grupo que integraba B.B. King y también como frontman de los Beale Streeters, y hasta fue DJ en la radio WDIA, la misma en la que se destacaron B.B. y Rufus Thomas.

En 1952, lanzó su carrera solista bajo el nombre artístico de Johnny Ace y firmó con el sello Duke. Su primer single, My song, llegó al número uno del chart de R&B y se mantuvo durante varias semanas. Fue más o menos por esa época cuando Don Robey, dueño de Peacock Records, absorbió Duke y eso les dio mayor exposición a sus artistas afuera de Memphis. Johnny Ace tenía un futuro brillante por delante, era uno de los talentos más prometedores, y Robey lo supo ver. En los dos años siguientes grabó un hit detrás de otro: Cross my heart, The clock, Saving my love for you y Never let me go.

Los éxitos llevaron a Ace a giras agotadoras, con shows casi todas las noches, trasegando litros y litros de alcohol casi sin descanso, mientras alentaba su peligroso hobby de disparar a los carteles en la ruta.

El 25 de diciembre de 1954, Peacock Records realizó un festival navideño en el City Auditorium de Houston bajo el nombre de “Negro Christmas Dance”. El cartel tenía como protagonistas a B.B. King, Johnny Otis, Willie Mae “Big Mama” Thornton y Johnny Ace. Eran las 11 de la noche y miles de fans esperaban que saliera para la segunda parte de su show. Pero un dolor de muelas lo aquejaba y trataba de aliviarlo con vodka. Estaba en el camarín, de mal humor, junto a su novia, Olivia Gibbs. También los acompañaban una amiga de la joven, Big Mama Thornton y el músico Joe Hammond. Ace ya estaba pasado cuando empezó a jugar con la pistola. Los que lo acompañaban se pusieron nerviosos porque les apuntaba y bromeaba. Ace decía que tenía una sola bala y que no estaba en la recámara. Big Mama le arrebató el arma, pero Johnny la recuperó y siguió gatillando. Le apuntó a Hammond y éste lo increpó: “¿Por qué no te apuntas a ti mismo?”. Y Johnny lo hizo. Sus últimas palabras fueron: “Miren, les mostraré que no se dispara”.

El proyectil entró por la sien y se alojó en su cerebro. Ace murió en el acto y su novia se salvó de milagro. Si el arma hubiera sido de un calibre mayor probablemente ella también habría corrido la misma suerte porque él la tenía sujetada con su otro brazo. Big Mama salió gritando histérica del camarín, pero el público no escuchó nada porque se estaba deleitando con Johnny Otis y su orquesta. Al día siguiente, los medios informaron que Johnny Ace se había matado jugando a la ruleta rusa. Si bien eso fue desmentido por todos los testigos directos del hecho, hoy todavía aparecen artículos en los que sostienen esa versión. Pocos días después de su muerte, Don Robey lanzó el single póstumo que llevaba el tema Pldging my love en el lado A y No money en el B. Pledging my love, que Ace grabó con la orquesta de Johnny Otis, se convirtió en un verdadero éxito en 1955.

Como una estrella de rock, Johnny Ace vivió rápido y murió joven. Su música hoy sobrevive en algunas compilaciones, especialmente uno que se llama Memorial Album, que condensa lo mejor de su repertorio y rescata la figura de un artista que nunca debería extinguirse.

viernes, 26 de octubre de 2018

La voz del pantano


“Cuando miro hacia atrás me doy cuenta que era bastante diferente lo que hacía y cómo sonaba. Soy como un lobo solitario. Sólo toco mi guitarra y no me preocupo por el resto de las cosas. Ellos no saben si soy blanco o negro, si toco blues o country. Si se los tengo que explicar es porque estoy perdido”. 

Tony Joe White fue la verdadera voz del pantano. Nació cuando promediaba la Segunda Guerra Mundial en Oak Grove, Louisiana, el típico pueblo sureño de los Estados Unidos, ubicado a una hora de Rolling Fork, Mississippi, cuna del gran Muddy Waters. Se crió entre algodonales y con la música fluyendo a su alrededor. Los work songs que escuchaba en el campo, el country-western que sonaba en la radio, los blues que tocaban los músicos itinerantes y el incipiente rock & roll lo fueron moldeando. Cuando agarró la guitarra no la largó más.

Su voz de barítono y su talento para la composición pronto definirían su estilo. Su música lo llevó a peregrinar por Texas, Louisiana y otros estados sureños hasta que, en 1967, llegó a Nashville, Tennessee. Allí los planetas se alinearon y Tony Joe White dio el paso trascendental en su carrera. Desarrolló una fusión de country, blues y southern soul que pronto sería llamada swamp rock. En la localidad de Hendersonville, donde hoy yacen los restos de Johnny Cash, grabó su primer single para el sello Monument (Georgia Pines/ Ten more miles to Louisiana). En los tres años siguientes, que significaron el auge y la caída del movimiento hippie y la época más cruda de la guerra de Vietnam, Tony Joe White escribió sus mejores canciones. Polk Salad Annie, que grabó en 1969 en Muscle Shoals, Alabama, se volvió un éxito de inmediato, y luego pasará a ser un standard  del mismísmo Elvis Presley. La letra, que describía la vida rural de una joven, reflejaba sus raíces sureñas, al igual que sus otros éxitos: Roosevelt and Ira Lee, Rainy night in Georgia y Willie and Laura Mae Jones.

Su imagen de galán de Hollywood, sus botas y sombreros de piel de serpiente, la densidad de su voz y su groove pantanoso lo acompañaron durante la primera mitad de la década del setenta con un jugoso contrato con Warner y míticas grabaciones junto a los MG’s o las Memphis Horns. Pero en 1976 dio un paso al costado y se recluyó de la vida pública. Cuatro años después volvió con un perfil más bajo. Tal vez, afectado por el estilo imperante de la época, grabó unos discos bastante flojos en los que intentó aggiornar su ya clásico swamp rock con ribetes de música disco. La década maldita de los ochenta lo golpeó en su fase más creativa. Pero en 1989 retomó su senda al colaborar en el álbum de Tina Turner Foreign affair y lentamente así volvió a agarrar las riendas de su carrera.

El nuevo milenio lo encontró muy activo. Grabó decenas de discos y participó en grandes festivales, especialmente en Europa y Estados Unidos. Uno de sus discos más emblemáticos de los últimos años es Uncovered, en el que contó con invitados como Eric Clapton, J.J. Cale, Mark Knopfler y Waylon Jennings. Semanas atrás lanzó un nuevo álbum. Bad mouthon’ es probablemente el más blusero y minimalista de todos. Allí interpreta clásicos de John Lee Hooker (Boom boom), Jimmy Reed (Big boss man), Big Joe Williams (Baby, please don’t go) y hasta una extraordinaria y cansina versión de Heartbreak hotel. Todo el disco tiene un ritmo cadencioso y un clima denso que con las últimas noticias cobra un nuevo sentido. El miércoles, Tony Joe White sufrió un ataque cardíaco y murió en su casa de las afueras de Nashville. Así, la voz del pantano se convirtió en leyenda.