sábado, 7 de julio de 2018

Blues contra el desánimo


Blues en Movimiento es mucho más que una consigna o una organización. Es una forma de sentir y vivir el blues con mucha intensidad. Hace años que viene peleando con las armas que tiene a mano -sangre, pasión y paciencia- en una escena local difícil y en medio de una coyuntura cada vez más dura. Con todo, este colectivo blusero se las rebusca muy bien para salir adelante con las jams, los shows y ahora también con los festivales.

El viernes por la noche se llevó a cabo la primera fecha del Festival de Invierno de Blues en Movimiento y la coqueta sala de Lucille, sobre la calle Gorriti, en Palermo, se llenó de gente que fue a escuchar una exquisita y variada propuesta musical.

La velada comenzó con los Blues & Trouble, una banda que lleva unos cuantos años tocando blues, aunque con algunos cambios en su formación. De la mano del guitarrista Guillermo Fernández y el bajista Fabián Yajid, el grupo interpretó poco más de media docena de temas con el foco puesto, principalmente, en el sonido moderno de Texas. Comenzaron con Jungle, de Anson Funderburgh y Sam Myers, y luego siguieron con el clásico Rocket in my pocket; If you love me like you say, de Albert Collins; Why are the people like that; y I like it like that y Sugar coated love inspiradas en las versiones de Jimmie Vaughan y los Fabulous Thunbderbirds, en los que sobresalieron los solos del guitarrista Martín Munoa. El grupo, que lo completan la vocalista Noelia Ibarra y el baterista Fernando Vázquez, cerró su presentación a puro soul con To know you is to love you, de Stevie Wonder.

El segundo acto estuvo a cargo de Nacidos Bajo un Mal Signo, la banda de zona oeste que interpreta clásicos del blues con la mayor fidelidad posible y una marcada influencia del estilo de Memphis. Con una nutrida formación de ocho músicos, entre ellos los tres que se encargan de los caños, desplegaron un repertorio muy ameno con un sonido cuidado y mucha energía. Jorge Torroella sobresalió con sus solos y Rafael Purriños se comió el escenario con mucha personalidad y un gran registro vocal. La banda, que se sostiene por el buen pulso de Ariel Figueroa en bajo y Julián Ferela en batería, interpretó temas de Albert King, Otis Rush, Guitar Slim y B.B. King. Se notó que los Nacidos disfrutaron la oportunidad de tocar en Palermo y lograron una buena sinergia el público.

Nasta Babies o Easy Super

El cierre de la noche fue muy especial. Dos de las principales bandas contemporáneas de blues en español se fusionaron por primera y única vez. A la formación de Mauro Diana y Roberto Porzio le faltó el baterista Homero Tolosa -está en Rusia- y junto a Federico Verteramo se sumaron a Nasta Súper, que no tuvo entre sus filas al bajista Mauro Ceriello. Así, con tres guitarras, más los teclados de Walter Galeazzi, la prestancia de Gabriel Cabiaglia en batería y el bajo firme de los Easy Babies dieron un show muy ameno en el que Rafa Nasta y Mauro Diana alternaron en canto. Abrieron con Ironic twist y después alternaron temas de ambos. Los Easy Babies impusieron sus clásicos Que comentario te llegó, Conseguite otra mujer, Todo lo que tengo y Estamos haciendo las cosas bien, mientras que Nasta, que tocó una Gibson Les Paul para contrastar con la Strato de Verteramo y la can guitar de Porzio, pasó al frente con Nada me importa, Enemigo mío y Todo el día me pregunto, de Manal. Los guitarristas y Galeazzi se repartieron los solos equitativamente y la gente acompañó en coros en los temas de Easy Babies, como ya es habitual.

La noche del viernes ofreció un triple play de buen blues en un gran lugar y con mucho público, pese a que afuera la lluvia y el frío potenciaban el desánimo de vivir en esta Argentina desigual.

martes, 3 de julio de 2018

A los 71

Wilko Johnson - Blow your mind. La vida le dio una segunda oportunidad a Wilko Johnson y el ex guitarrista de Dr. Feelgood la está aprovechando. Tras superar un cáncer de páncreas se embarcó en la grabación del excelente álbum Going back home, junto a Roger Daltrey, y ahora, cuatro años después vuelve al ruedo con Blow your mind. La guitarra frenética de Wilko es el hilo conductor de este disco que se mece entre el rock and roll, el rockabilly, un blues enérgico y cierta nostalgia setentosa. Las doce canciones fueron escritas por él y algunas -como Marijuana y Take it easy- dan cuenta de todo lo que tuvo que pasar para dejar atrás a la enfermedad que lo tuvo que acariciando la muerte. La banda que lo acompaña es la misma de Going back home, pero sin Daltrey: Norman Watt Roy al bajo y Dylan Howe a la batería llevan adelante una candente sección rítmica, que potencia el sonido crudo y visceral del guitarrista. Steve Weston suma su armónica en algunos temas, como en el blues reflexivo Low down, donde también se destaca el aporte del tecladista Mick Talbot. El disco está cargado de vitalidad. La música muestra una vez más su poder de sanación. A punto de cumplir 71 años, Wilko Johnson suena tan fresco como en aquellos convulsionados años cuando Dr. Feelgood reinaba en Inglaterra.

Ry Cooder - Prodigal son. El consejo de su hijo Joachim fue el siguiente: “No te pongas muy pesado. Nadie quiere escuchar más canciones sobre política. Deja que descansen un poco”. Así fue como Ry Cooder dejó atrás las canciones de protesta de Election Special, su álbum de 2012, para volver a trabajar sobre un concepto musical que ya había explorado a comienzos de los setenta: reconvertir con su voz viejos temas gospel, folk y blues. Aquí, Ry Cooder toca guitarra, banjo, mandolina, bajo y teclados, mientras que su hijo se encarga de la percusión. De los once tracks que tiene el disco, tres son nuevas composiciones y el resto covers, entre ellos, Everybody ought to treat a stranger right y Nobody's fault but mine, ambas del legendario Blind Willie Johnson; Harbor of love, de Carter Stanley; I'll be rested when the roll is called, de Blind Roosevelt Graves. Prodigal son evoca sus años de juventud, la música que le marcó el camino. Pero ya no tiene más veintipico, ahora tiene 71 años, la voz curtida y una trayectoria impresionante sobre sus espaldas. Y, además, aborda su pasado musical junto a su hijo, quien también coproduce el álbum. Con este disco, Ry Cooder ratifica que es uno de los máximos guardianes de la tradición musical norteamericana. Y ese es un título honorifico que pesa.

martes, 26 de junio de 2018

La historia de Baby Huey


No llegó a cumplir 27 años, la edad de la tragedia en el rock. El mundo todavía estaba en shock por las muertes de Jimi Hendrix (18 de septiembre) y Janis Joplin (4 de octubre) cuando Baby Huey falleció el 28 de octubre de 1970. Claro que, en comparación con los otros dos artistas, Baby Huey no tenía trascendencia a nivel nacional e internacional y su zona de influencia se limitaba a Chicago y alrededores. Al igual que Janis, había terminado de grabar un disco. Pearl, el álbum póstumo de la cantante, se convirtió en un gran éxito, principalmente por el tema Me and Bobby McGhee. En cambio, The Baby Huey Story: The Living Legend no fue un gran suceso comercial, pero sí un testamento musical formidable.

James Ramey había nacido en Richmond, Indiana, el 17 de agosto de 1944. De niño sufrió un problema glandular que lo obligó a convivir por el resto de su vida con un sobrepeso brutal. A los 15 años, ya pesaba 130 kilos y con el tiempo la balanza llegó a marcar 180. Ese cuerpo extremadamente voluminoso, que sobresalía en cualquier ámbito, contrastaba con la dulzura y naturalidad de su voz.

La carrera de Ramey comenzó en el amanecer de la década del sesenta en un grupo de rock and roll y R&B que se llamaba The Vets, que solía tocar en el área de Richmond. Su voz y su performance arriba del escenario pronto generaron una grieta entre los miembros de la banda que no vieron con buenos ojos su creciente protagonismo. Fue así como, junto al tecladista Melvyn “Deacon” Jones -sí, el mismo que tocó con John Lee Hooker, Freddie King y Pappo- decidieron armar su propio proyecto. Así nació Baby Huey & The Babysitters. El apodo surgió por un dibujito animado de Paramount Pictures muy popular desde la década del cincuenta, cuyo protagonista era un pato grandulón que siempre estaba vestido como un bebé.

El debut de la banda ante un público numeroso ocurrió el verano de 1963 durante un festival al aire libre en Dayton, Ohio. La gente quedó encantada con el carisma y la voz de Baby Huey pero también se llevó un gran susto cuando se desplomó sobre el escenario. Su cuerpo, inmanejable, comenzaba a pasarle factura. En los meses siguientes, Baby Huey y Jones viajaron a Detroit para una audición en el popular sello Motown, pero fueron rechazados. El grupo sufrió algunos cambios y debió rearmarse. El siguiente paso fue Chicago. Allí, donde predominaban el blues y el jazz, la banda comenzó a rearmarse con un marcado sonido de R&B y rock and roll.

En 1965, Baby Huey grabó dos singles para el pequeño sello St. Lawrence Records. El primero fue Monkey man-Beg me y el segundo Messin’ with the kid-Just being careful. Por ese entonces, también se consolidó como artista destacado del Thumbs Up, un pequeño bar ubicado al norte de la ciudad. Ya en 1968, la banda era un éxito en Chicago y, gracias a dos cazatalentos que los vieron en vivo, se fueron a tocar primero a Nueva York y luego a Las Vegas. Influenciado por el sonido de Sly & The Family Stone y una creciente psicodelia, Ramey le dio un nuevo giro al sonido de la banda y así llegaron a manos de Donny Hathaway, de Curtom Records, la compañía discográfica de Curtis Mayfield.

En paralelo a su crecimiento como músico profesional, Baby Huey comenzó a abusar de las drogas duras, que para nada ayudaron a su ya deteriorada salud. En 1970, pese a cierta resistencia de Mayfield por el estado físico y anímico del cantante, firmaron contrato para grabar el primer disco. El repertorio incluyó tres canciones que compuso Mayfield -Running, Hard times y Mighty, mighty-, covers de A change is gonna come y California dreamin’ (instrumental), dos composiciones de Ramey -Mama get yourself together y One dragon, two dragon- y Listen to me, una extraordinaria fusión de psicodelia y soul.

El disco fue editado en febrero de 1971, pero él nunca llegó a verlo en las bateas. Tres meses antes murió de sobredosis en un hotel de Chicago. The Baby Huey Story: The Living Legend no vendió lo esperado pero su música e influencia sobrevivieron a su tiempo y se convirtió en un disco de culto del soul y entre la incipiente movida del hip hop que aparecería luego. Deacon Jones siguió su carrera más ligado al blues, con varias giras por la Argentina y los Babysitters sumaron a una joven Chaka Khan para reemplazar al difunto Ramey.

Apenas un disco de ocho canciones y otros cuatro temas anteriores conforman el legado musical de este gran vocalista, que no llegó a ocupar el lugar de Otis Redding, como se esperaba, pero que sentó las bases de lo que vendría después en la música negra.


lunes, 18 de junio de 2018

Más vivo que nunca


Buddy Guy es el músico de blues vivo que mayor atención acapara en el mundo. Su nombre es sinónimo de éxito y cada nuevo disco que edita es un verdadero acontecimiento porque, sin dudas, es el elegido de la industria para llevar al blues clásico a un nivel más comercial.

Buddy Guy atravesó tres grandes períodos. El primero -de 1958 a 1968- se caracterizó por el sonido más puro del West Side de Chicago y su participación como sideman de leyendas como Muddy Waters, Memphis Slim, Willie Dixon y Howlin’ Wolf. La segunda etapa, entre 1969 y 1989, podría considerarse de transición. Durante ese lapso consolidó su relación musical con Junior Wells y, en paralelo, comenzó a forjar un sonido más agresivo para satisfacer a la audiencia blanca que veía en él a otro Jimi Hendrix pero con un feeling más blusero. Y el tercer período, que comenzó en 1990 y se extiende hasta hoy, es el del Buddy Guy más mainstream, la leyenda viva, el que se codea con las grandes estrellas de rock y es reconocido en todo el mundo, desde la muerte de B.B. King, como el Rey del Blues.

Este Buddy Guy nació con Damn right, I've got the blues, un álbum emblemático de la década del noventa y del blues moderno en general. Desde entonces, editó diez discos de estudio, algunos con distintos matices estilísticos, pero todos con una gran producción. Algunos resultaron más auténticos y otros cayeron en el flagelo de la sobreproducción -como Born to play guitar y Rhythm & Blues-, pero en ningún momento dejó de ser Buddy Guy. Ahora, con The blues is alive and well, parece querer ensamblar sus tres períodos en un solo disco: un sonido más clásico, una guitarra bien furiosa y una notable producción que tuvo el desafío de no pecar en exceso.

La portada dice bastante: Buddy Guy está apoyado sobre su guitarra junto al cartel de Lettsworth, Louisiana, el pueblo en el que nació hace casi 82 años. Ese es un indicio que el viejo guitarrista quiere volver a las fuentes. Y por momentos lo hace, especialmente con la demoledora versión de Nine below zero: blues de Chicago en su máxima expresión, punteos viscerales y una voz envolvente que no deja ni un cabo suelto. También lo logra con Somebody up there, un blues bien arrastrado en el que alcanza un registro vocal insuperable.

Sobresale un sonido más contemporáneo en el track inicial, A few good years, en la poderosa Guilty as charge y en el tema que da nombre al disco. Luego aparecen los temas que buscan sonar en todas las radios, principalmente los duetos. Se mide mano a mano con dos leyendas del rock inglés como Keith Richards y Jeff Beck en Cognac, una oda frenética a la guitarra eléctrica. Mick Jagger hace su aparición estelar con su armónica en You did the crime, un blues cansino de parentesco cercano a Five long years. Y por último el cantante indie británico James Bay se suma con su voz melancólica en Blue no more. El toque sobrecargado de Tom Hambridge, quien lo produce desde hace diez años, se percibe en When my day comes, por sus arreglos extremadamente prolijos, y en Whiskey for sale, un funky ochentoso que derrocha mucho chirimbolo electrónico.

La banda es más o menos la misma de los últimos discos: Hambridge en batería, Willie Weeks en bajo, Rob McNelley en guitarra y Kevin McKendree en teclados, con los ocasionales aportes de Emil Justian en armónica y una sección de vientos liderada por Charles Rose.

The blues is alive and well es una nueva muestra de que Buddy Guy todo lo puede: girar alrededor del mundo, atender su propio bar en Chicago (Legends), y editar un disco que haga honor a su historia, sin descuidar su presente y apostando fuerte al futuro del blues. De la cuna al más allá... siempre con el blues como estandarte. Ese es Buddy Guy.


domingo, 10 de junio de 2018

Del Delta a los cueros


Es notable cuando un músico se reconvierte por pura convicción artística. Este es el caso de Goyo Echegoyen, quien hasta hace unos años se destacó como uno de los intérpretes de country blues más crudo de la escena local. Una serie de golpes en la vida lo forzaron a un largo retiro y ahora volvió transformado, pero con el mismo espíritu: se puso los cueros, enchufó la resonadora, se rodeó de grandes músicos y grabó sus propias canciones.

Goyo Delta Blues es historia, al menos por ahora. Goyo Echegoyen es el presente y Vive es su obra más elaborada. En sus discos anteriores, más allá de alguna composición propia, sobresalían covers de Son House y Robert Johnson. Aquí son todos temas que llevan su rúbrica y con letras en español. En la mitad de las canciones lo acompañan Daniel Chusit en bajo y Pato Raffo en batería. Y en la otra mitad la rítmica está a cargo de Mariano D’Andrea y Juanito Moro.

Vive comienza con Yace la verdad, ya sé la verdad, un tema inspirado en el sonido clásico de Howlin’ Wolf con Goyo cantando desde las entrañas y Leo Garay, violero que colaboró con La Renga, se presenta con un solo demoledor. Luna de invierno tiene una melodía compradora y un punteo memorable del maestro Daniel Raffo. Cuando ladra el perro es otra interpretación visceral, con mucho slide y distorsión de su exquisita resonadora en la línea de lo que suele grabar Eric Sardinas. Abeja reina, en cambio, es una balada que podría considerarse como el Juntos a la par de Goyo, con un gran trabajo en guitarra de Fer Couto y el acompañamiento en coros de su sobrina Valentina Echegoyen.

El barco se hunde es como si Andrés Calamaro se juntara a componer con George Thorogood: una buena melodía y mucho houserocking. Vive, que le da nombre al disco, es el tema más ambicioso. Comienza con una sofisticada introducción de guitarra y deriva en una interpretación con mucho clima que se extiende por siete intensos minutos. Potro salvaje, con León Medina en bajo, es otra gran composición, con cierto feeling instrumental del Hill country blues, y una letra con tintes místicos. Perro rabioso es un boogie descarnado en el que Pato Raffo convierte la batería en un tren a toda marcha. Llueve en Buenos Aires muestra el costado más urbano de Goyo, al tiempo que Esteban Chavez se suma con un discreto solo de guitarra.

En ¿Quién enciende al dragón? vuelve sobre el sonido de Howlin’ Wolf y una letra que queda a libre interpretación del oyente: “Ya comienza la función, hagan fila, la gente se acomoda y embotella su ilusión”. La melodía de Olivia destila buena onda mientras Goyo se anima a combinar su guitarra con su armónica. El disco termina con Rufina, una interpretación acústica e instrumental en la que se perciben rastros de la gloriosa Albatross de Fleetwood Mac.

Goyo se tomó su tiempo para volver al ruedo. Y lo hizo de la mejor manera: con un álbum auténtico en el que combina su experiencia como interprete con la frescura de sus nuevas canciones.


jueves, 31 de mayo de 2018

El punto de inflexión


Hay discos que se revalorizan con el paso del tiempo. Que muestran que la apuesta de grabarlo por parte del artista valió la pena pese a ir en contra de las exigencias comerciales. Por eso se convierten en álbumes atemporales, en registros sonoros del ADN del músico. Hace diez años, el guitarrista y cantante José Luis Pardo juntó a un grupo de amigos, todos músicos de primer nivel, para grabar el disco que marcó un punto de inflexión en su vida: su despedida de Buenos Aires y el comienzo de una nueva etapa en Madrid. El repertorio que eligió fue la base de todo el blues que adquirió en los años previos.

Country & City blues es una obra fundamental que nunca debería dejar de escucharse. Como bien resume el título, el disco tiene su lado acústico en el que a Pardo lo acompañan Juan Codazzi en guitarra, Mariano Llopis en contrabajo, Machi Romanelli en piano y, eventualmente, Gustavo Lazo en armónica. En Stones in my passway, de Robert Johnson, y Fishin’ blues, de Henry Thomas, se da un mano a mano de guitarras entre Pardo y Codazzi, y en el primero sobresale una excepcional interpretación de slide. La banda se incorpora en el resto de los temas: Come on in my kitchen, I can’t be satisfied, Walking blues, You can love yourself y Miss Celie’s blues (Sister), una joya de Quincy Jones y Lionel Ritchie que Pardo rescató de la película El Color Púrpura, de Steven Spilberg. En estos temas Pardo logra captar la esencia del blues más puro del Mississippi y lo transmite con mucho sentimiento.

Para la parte eléctrica y más urbana del disco, el guitarrista recurrió a los Mojo Workers, la banda con la que estuvo trabajando antes de partir a España: Romanelli en teclados, Martín “Chipi” Cipolla en bajo y Gonzalo “Mono” Martino en batería. Aquí, Pardo pasa de la crudeza del Robert Nighthawk Stomp a una conmovedora versión de Hard times, de Ray Charles, con el saxo mágico de Giuseppe Puopolo dibujando unas notas coloridas; del shuffle endemoniado de One of these mornings al toque inconfundible de Albert King en I got the blues; Del soul de Memphis de Love and happiness al sonido clásico de Chicago de Got my mojo working. Y de una versión rabiosamente funky de Never make your move to son al blues de Texas de Don’t lose your cool.

En cada uno de los temas, Pardo muestra su exquisita técnica tanto con la acústica como con la eléctrica, su versatilidad a la hora de abordar distintos estilos de un género amplio y dinámico como el blues, y su gran registro vocal.

El disco se grabó en dos agotadoras sesiones en Rec Studio de Buenos Aires los días 3 y 8 de mayo de 2008 y se terminó de mezclar en Madrid en agosto de ese año. Desde que el álbum vio la luz, la carrera de Pardo fue siempre en ascenso, editó media docena de discos más, fundó la Escuela de Blues de Madrid y giró por todo el mundo al frente de su banda o acompañando a músicos consagrados como Kenny “Blues Boss” Wayne, Willie Back, Bob Margolin y Jimmy Burns, entre otros. Por eso, Country & City blues no sólo resumió el pasado de este gran guitarrista, sino que también lo proyectó a las grandes ligas del blues internacional.


lunes, 21 de mayo de 2018

Cinco momentos decisivos del blues de pre-guerra

1 - El encuentro

En algún momento de 1903, W.C. Handy estaba esperando el tren en la estación del pequeño poblado de Tutwiler, Mississippi, cuando escuchó a un vagabundo que cantaba “Goin’ where the southern cross the dog”, en referencia al ferrocarril del Delta conocido popularmente como 'Dog' o ‘Yellow dog’, mientras deslizaba un cuchillo sobre las cuerdas de su rústica guitarra. El sonido de ese hombre negro cautivó a Handy, quien se inspiró en ese encuentro para componer, tiempo después, su clásico Yellow dog blues y otros temas icónicos que lo convertirían en el “Padre del Blues”. En su autobiografía, Handy hace un relato detallado de ese momento, pero no brinda la identidad del músico ni precisa la fecha en que ocurrió ese encuentro. Según el investigador Jim O’Neal, el negro “flaco y ágil” que describe Handy podría ser Henry Sloan, quien es considerado el verdadero pionero del blues y maestro de Charley Patton. Otros historiadores como David Evans y Ted Gioia no descartan que está hipótesis sea correcta.

2 - La primera grabación

El primer blues que se grabó en la historia no surgió del rasgueo crudo de un guitarrista del Mississippi, sino de una cantante negra oriunda de Cincinnati, Ohio. En 1916, el diario afroamericano The Chicago Defender anticipó que los “race records” iban a tener buenas ventas debido a la cantidad de negros que estaban comprando fonógrafos. El 10 de agosto de 1920, la cantante de vaudeville Mamie Smith entró a los estudios de Okeh Records en Nueva York y grabó junto a los Jazz Hounds, bajo la supervisión del ingeniero de sonido Ralph Peer, el tema de Perry Bradford, Crazy blues. El disco de 78 rpm, que en su lado B llevaba el tema It’s right here for you, fue editado en noviembre de ese año y en los primeros seis meses vendió alrededor de un millón de copias, según los registros de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos. Mamie Smith se convirtió en una verdadera estrella y siguió activa durante toda la década aunque paulatinamente fue perdiendo terreno ante otras cantantes como Ma Rainey y Bessie Smith. A comienzos de la década del cuarenta tuvo un paso por el cine, pero el 16 de agosto de 1946 murió. Como un cruel giro del destino lo hizo sumida en la pobreza y el olvido.

3 - Las legendarias sesiones de Grafton

Uno de los músicos más emblemáticos del Delta del Mississippi, Son House, había pasado un par de años en la prisión de Parchman por matar a un hombre y cuando salió en libertad, a fines de 1929, un tribunal de Clarksdale, lo obligó a marcharse de la ciudad. Son House se fue a Lula, un pequeño poblado en el condado de Cahoma, entre las míticas rutas 49 y 61, donde conoció a Charley Patton. Ese encuentro fortuito lo llevó a dedicarse de lleno a la música y a grabar por primera vez. Por entonces, Patton era una figura importante del blues del Delta y cuando desde la discográfica Paramount le pidieron que recomendara a algún músico para grabar señaló a su nuevo amigo. Fue así como ambos bluesmen, junto con el legendario Willlie Brown y la pianista Louise Johnson, con quien Patton mantenía un affaire, viajaron más de mil kilómetros hacia el norte hasta Grafton, Wisconsin, donde estaba la fábrica de Paramount. El 28 de mayo de 1930, Son House grabó versiones extensas de Preachin’ the blues, My black mama y Dry spell blues, que la discográfica tuvo que editar en dos partes cada una. Willie Brown registró sus únicas dos canciones como solista, Future blues y M&O blues, Patton sumó más temas a sus registros (que habían comenzado un año antes) como Some summer day y Bird nest ground, y Louise Johnson dejó su sello en cuatro únicas canciones. Debido al crack financiero del año anterior y a los problemas que atravesaba Paramount, las ventas de esos discos de 78rpm fueron un fracaso comercial en su momento, pero con el tiempo se convirtieron en una de las obras más significativas del blues del Delta de preguerra.

4 - Las 29 melodías

Robert Johnson es el protagonista de la leyenda más famosa de la historia del blues, la del pacto con el Diablo en una encrucijada de caminos. Pero ese es un hecho incomprobable, un cuento fantástico que alimentó el mito del bluesman más famoso de la era de pre-guerra. Lo que sí es un hecho corroborado e irrefutable es que Johnson participó de dos sesiones de grabación. La primera se llevó a cabo los días 23, 26 y 27 de noviembre de 1936 en el Hotel Gunter de la ciudad de San Antonio. Allí, bajo la supervisión del productor inglés Don Law, grabó algunas de sus piezas más famosas: Sweet home Chicago, Dust my broom, Ramblin’ on my mind y Come on in my kitchen para la American Record Corporation. Meses después, el 19 y 20 de junio de 1937, Johnson volvió a Texas y en un edificio de almacenes ubicado en el 508 Park Avenue, en la ciudad de Dallas, grabó otros temas como Stones in my passway y Malted milk, y así completó las 29 melodías que se volvieron piezas fundamentales del cancionero tradicional del blues. Un año más tarde, el 16 de agosto de 1938, Johnson murió en circunstancias confusas en Greenwood, Mississippi.

5 - Guitarra eléctrica

No es fácil determinar quién fue el primero en grabar con guitarra eléctrica en la historia de la música contemporánea. Lo que sí está claro es que la electrificación tuvo como objeto principal que los músicos y bandas pudieran tocar ante una mayor cantidad de público. Según varios registros históricos, el primero en hacerlo fue el guitarrista de jazz Eddie Durham en 1935, durante unas sesiones para el sello Decca. La prueba de ello es el tema Hittin’ the bottle. Durham, que había creado su propio amplificador, fue el mentor de otros dos grandes guitarristas que se lucieron en aquellos años como guitarristas eléctricos: Charlie Christian (en la orquesta de Benny Goodman) y Floyd Smith. En el terreno del blues suele mencionarse a T-Bone Walker y Muddy Waters como los pioneros de la utilización de la guitarra eléctrica, uno en la Costa Oeste y el otro en Chicago. Pero ambos empezaron a hacerlo recién en la década del cuarenta. Todo indica que el primer solo de blues con una eléctrica lo registró ¡un músico blanco! George Barnes, quien con el tiempo se volvería un reconocido músico de jazz, hizo historia con apenas 16 años como guitarrista de Big Bill Broonzy en el tema It’s a low down dirty shame, grabado el 1º de marzo de 1938, en Chicago. De esa mítica sesión participaron el pianista Joshua Altheimer y probablemente el saxofonista Bill Osborn y el contrabajista Oliver Hudson. Y fue como se enchufó el blues.

martes, 15 de mayo de 2018

Dinastías

Lurrie Bell & The Bell Dynasty - Tribute To Carey Bell - En 1977, Delmark Records grabó por primera a Lurrie Bell acompañando a la banda de su padre en el disco Heartaches and pain. Trece años más tarde, el sello inglés JSP registró una sesión bien cruda en la que el legendario Carey Bell se mostraba no sólo junto a Lurrie, como en otros discos de Delmark, sino también acompañado por sus otros hijos. El álbum, llamado Dinasty, ponía de relieve un legado musical inalterable y un sonido 100% blues de Chicago. Ahora, Delmark cierra el círculo y reúne a los hijos del armoniquista para honrar la memoria de su padre. Tribute to Carey Bell no tiene grandes sorpresas ni busca innovar. Se trata de un disco intenso y apasionado en el que Lurrie Bell se erige como líder indiscutido del clan, con su voz rasposa y voraz y unos solos de guitarra lacerantes. Sus hermanos Tyson en bajo, James en batería y Steve en armónica lo siguen a puro ritmo y con mucha convicción. La banda se refuerza con Eddie Taylor Jr. en guitarra rítmica y el tecladista Sumito Ariyoshi. El disco cuenta con dos grandes invitados en armónica, dos maestros que están a la altura de la historia de Carey Bell: Billy Branch, un viejo compañero de ruta de Lurrie, y Charlie Musselwhite, un veterano de mil batallas bluseras. El repertorio incluye mayoría de temas que solía interpretar Carey Bell, algunos junto a Lurrie, y unas pocas nuevas composiciones como Carey Bell was a friend of mine. Las doce canciones resumen la tradición familiar, el espíritu del blues de Chicago y una apuesta al futuro manteniendo la esencia y el mensaje que su padre les legó.

Mud Morganfield - They call me Mud. El hijo de Muddy Waters sigue su carrera ascendente en el mundo del blues. Su nuevo álbum -editado por Severn Records- tiene un sonido más moderno que los anteriores con el que Mud parece querer desprenderse un poco del influjo de su padre. Si bien en líneas generales mantiene el sonido de Chicago, por momentos se anima a coquetear con otros estilos. La banda que lo acompaña está integrada por músicos con mucho prestigio como Billy Flyn (guitarra), Studebaker John (armónica), E.G McDanields (bajo) y Melvin “Pookie Stix” Carlisle (batería). Como en el disco de los Bell, aquí también toca el tecladista Sumito Ariyoshi y colabora el gran Billy Branch, que vuela con su armónica en Mud’s Groove. Además, hace su debut la hija de Mud -y nieta de Muddy, claro- Lashunda Williams, quien canta a dúo con su padre Who loves you. “Creo que es el mejor disco que grabé. Siento que con la variedad de material la gente va a conocer otro lado de mi música: soul, R&B, jazz y, por supuesto, blues”, dijo Mud en una entrevista a Blues Magazine. Otra de las novedades que tiene el álbum es que Mud toca el bajo en tres temas. El cambio estilístico es importante, pero no es total. La herencia de su padre también está presente, en temas con la impronta del south side de Chicago como Howling Wolf, con el slide punsante de Flynn y Can’t get no grindin’, donde sobresale el piano barrelhouse de Sumito. Mud Morganfield demuestra con este disco que, pese a su edad, 64 años, es un artista en constante crecimiento, que todavía tiene mucho más para dar y despeja las acusaciones de aquellos que dicen que es un mero imitador de su padre.

sábado, 5 de mayo de 2018

El sonido de la vieja escuela

Como Dr. Jekyll y Mr. Hyde, Big Jon Atkinson tiene dos caras. Por un lado, es un tipo conflictivo que tuvo muchos problemas con la ley. Por el otro, es uno de los músicos de la nueva generación que mejor entiende la vieja de la escuela del blues. Desde su casa de Hayward, California, donde montó su estudio Bigtone, contribuye a que ese sonido análogo se mantenga vivo. En los últimos meses, se grabaron allí dos discos exquisitos que no deberíamos pasar por alto.

Kid Ramos - Old school. El ex guitarrista de los Fabulous Thunderbirds acaba de lanzar un nuevo álbum después de 17 años, período en el que, mientras estuvo bien de salud, siguió tocando en bares y festivales. Venció al cáncer y crió dos hijos, uno de ellos acaba de cumplir 17 años y participó en el disco. El álbum, que fue grabado en vivo en dos días con microfónos vintage y supervisado por Atkinson, tiene un repertorio que incluye temas propios, otros escritos por Ramos junto a Johnny Tucker y algunos covers. La banda que lo acompaña está conformada por Bob Welsh en teclados, Danny Michel en guitarra, Kedar Roy en bajo y Marty Dodson en batería. Johnny Ramos, de 17 años, canta con mucha soltura, pero con una voz que todavía no terminó de desarrollarse, All your love de Magic Sam y Anna de Arthur Alexander. Tucker le pone la voz a otros cuatro temas y Kim Wilson aporta la suya en la fabulosa High society de T-Bone Walker. Atkinson también canta en Weight on my shoulders y hasta Kid Ramos se anima en Mona Lisa. Pero lo que más se destaca en cada uno de los temas es la creatividad de Ramos con los solos. Sutil y apasionado. Versátil y majestuoso, es un verdadero as de las seis cuerdas tanto cuando encara un blues profundo como I can’t wait baby o cuando se deja llevar por la improvisación del jazz en Wes side, de Wes Montgomery.

Johnny Tucker - Seven day blues. Johnny Tucker se instaló en Los Ángeles en 1964 y desde entonces desarrolló una importante carrera musica en ese área de influencia, como baterista, cantante y compositor, aunque sin mucho reconocimiento más que el de sus pares. Tocó con Phillip Walker, Floyd Dixon, Johnny Otis, James Thomas, Johnny Copeland y Robert Cray hasta que, en 2006, decidió largar su carrera solista con la edición del disco Why you lookin’ at me? Ahora, doce años después, acaba de sacar su segundo álbum, que grabó en Bigtone y acompañado por músicos que son del círculo de Big Jon Atkinson. El voluminoso guitarrista integra la banda que completan Scott Smart en bajo, Troy Sandow en armónica y bajo, y Malachi Johnson y Marty Dodson alternan en batería. Kid Ramos hace una aparición estelar en Tell you all, Bob Corritore suma su armónica en cinco de las 15 canciones y Bob Welch aporta su calidad desde los teclados en Love and appreciation (To Georgia), en la que Tucker muestra que también es un extraordinario cantante de soul. El álbum es una buena muestra de toda la capacidad, la personalidad y experiencia de este cantante que eligió volver al ruedo con un puñado de jóvenes músicos que aspiran a seguir adelante con la música tocando como se hacía antes: todos juntos en un estudio, en vivo, sin overdubs, con equipos antiguos y mucha pasión.

El blues de la vieja escuela en todo su esplendor.

miércoles, 25 de abril de 2018

La mensajera


Sol Bassa armó su propia línea de tiempo artística. Primero agrupó un puñado de canciones instrumentales propias y el resultado fue el exquisito disco Dedos Negros. Al mismo tiempo, decidió preservar otros temas que tenía escritos en los que se animaba a cantar. Los guardó durante casi dos años, sumó un par de composiciones nuevas, y así nació Calles de Tierra. Dos proyectos distintos, pero complementarios a la vez, que ahora comparten el mismo espacio.

En su nuevo trabajo, la guitarra de Sol y la voz de Sol conforman el mensaje.

Y de mensajes habla El Mojo, el primer tema del álbum. “En cada ventana hay algo para mostrar. Subí tu persiana hay mucho para sacar. En cada canción hay una historia, una historia de amor un mensaje eterno. La música nos une, el éxito es encontrarnos”. El canto de Sol se eleva sobre un boogie poderoso de riffs frenéticos, impronta punk y un solo voraz con slide.

La voz de Sol no es la de una cantante que puede hacer temblar un teatro con la extensión del vibrato. Se trata de una voz muy natural, por momentos casi infantil, que se combina a la perfección con el sonido integral de la banda y la furia templada de su guitarra. “Cantar me da la posibilidad de transmitir el mensaje. Es un objetivo que tengo desde siempre. Día tras día voy construyendo ese camino”, me dijo Sol durante una entrevista en la radio.

El segundo tema del álbum ya se perfila como uno de los mejores del año. El misterio de Negrita tiene todo lo que una buena canción tiene que tener. Una gran letra, una melodía pegadiza, riffs demoledores y punteos en los que se palpa la marcada influencia Johnny Winter y Jimi Hendrix. El tema suena, por momentos, a los primeros años de Pappo’s Blues, aunque no deja de ser una composición muy original. “El misterio de Negrita quedó plasmado en el tejado, el vigilante de la esquina cometió un asesinato. Las vecinas alarmadas añorando a Negrita, el vigilante de la esquina no ha sido imputado”. Para escribir la canción Sol se inspiró en un libro de cuentos de Mariana Enriquez y en todo lo que sucedió alrededor del caso de Santiago Maldonado. “La memoria no se borra, la memoria no se agota, quedó viva en nuestras fotos, quedó viva en el barrio”.

Pampa del Sur suena bastante más country, tal vez por el aporte de Santiago “Rulo” García en el Lap steel y la letra que la convierten en una canción bien rutera. Sigue con Océano, una balada con mucho clima en la que también toca “Rulo” García: “Decidimos volar, cruzar este océano ir más allá. Las palabras del final, escapando de tus brazos”. La Caja de la Esencia comienza con el slide de Daniel Cornejo, que se encarga en el resto del disco de las guitarras rítmicas, la banda se suma con mucha cadencia y Sol canta: “No elegí mi nombre, elegí tocar blues. No elegí mi suerte, elegí tocar blues”. Y la ese de blues se estira, como si le costara despegarse de sus labios. “En la caja de la esencia guardaré mis discos, guitarras viejas, rutas pasadas. Algunas fotos de mis amigos”. Ahí están sus recuerdos, su pasado, su génesis.

“Cuando me pongo a construir una canción trato de que la música tenga que ver la letra”. Esa definición de Sol es muy justa y resume lo que buscó con Calles de Tierra. En Somos los de Abajo en el 14 “A” también vuelve sobre el mensaje y se vuelca a un sonido denso y perturbador. En Demorados levanta su bandera y “brinda por su verdad”. “Apuesto al crear en la palabra, en la memoria. En el punto de partida, en no volverte a encontrar” canta con la fuerza de su espíritu y desde su más profunda convicción. El disco termina La Brujúla, otro tema con aire rockero en el que asegura que lo suyo no se detiene: “Voy a seguir viajando en medio de tanto barro. En este mundo de pantanos algún refugio habrá”.

Sobre el final, perdido, aparece un blues instrumental, a la inversa de Dedos Negros, que terminaba con un track oculto cantado por Sol.

Calles de Tierra es una muestra del talento compositivo e interpretativo de Sol Bassa, pero también la síntesis de un trabajo en equipo. Porque además de las guitarras que aporta Daniel Cornejo y la fluida y consistente sección rítmica de Nicolás Silva (bajo) y Rodrigo Benbassat (batería), más los ocasionales coros de Verónica Bonafina, el grupo suena completamente amalgamado y los arreglos son la expresión de una construcción colectiva con Sol Bassa, la mensajera, a la cabeza.


domingo, 15 de abril de 2018

Auténtico y novedoso


Hace poco salió una nota en el diario El País de España en la que su autor, Fernando Navarro, sostiene que el nuevo disco de Ben Harper y Charlie Musselwhite “reivindica un género en vías de extinción”. Una sentencia completamente errada. El blues no corre peligro de desaparecer porque es un género dinámico, evolutivo, que está en constante expansión y que también ofrece muchísimo para descubrir hacia atrás. Sin embargo, aquí es donde colisionan dos posturas. Por un lado, determinados puristas cuestionan y atacan todo lo que se aleje de lo que ellos consideran blues. Y por el otro, están los músicos de la nueva generación (y oyentes), que llegan con otro bagaje musical, mucho más amplio que el de sus predecesores, que a la hora de componer, tocar y grabar (y escuchar) lo hacen a su manera, a veces ampliando los límites de la tradición. Los puristas tienen como misión preservar y difundir el sonido de antaño y promocionar a los músicos vivos que se ajustan a ese parámetro. Una tarea enorme y respetable. ¿Pero está bien hacerlo descalificando, criticando, insultando a todos los demás?

Charlie Musselwhite nació hace 74 años en Kosciusko, Mississippi, creció en Memphis y se formó musicalmente en Chicago con maestros como Little Walter, Carey Bell y Walter Horton. Trabajó y vivió en la disquería de Bob Koester, creador del sello Delmark, y fue amigo de Big Joe Williams y John Lee Hooker. Editó más de 30 discos, y tocó y grabó con músicos como James Cotton, Billy Branch, Luther Tucker, Fenton Robinson, Louis Myers y muchos más. Le sobran pergaminos y no debe rendirle cuentas a nadie. Harper tiene 48 años, es californiano y su música está conformada por una amplia paleta sonora y multicultural que incluye folk, blues, soul, gospel, reggae, funk y rock. La sociedad entre ambos, que comenzó en 2013 con la edición del extraordinario disco Get up!, es una de las mejores cosas que le pasó a la escena musical en el último tiempo.

Musselwhite y Harper no vienen a salvar al blues porque el blues no necesita salvadores. Y tampoco están para borrar la historia con el codo. Ellos vienen a aportar lo suyo, transmitir su arte, y encontraron su forma de hacerlo a través del blues. No mercy in this land es un extraordinario assemblage de estilos que sigue la línea del disco anterior. Harper escribió la mayoría de las canciones, canta y toca guitarras acústicas y eléctricas, mientras que Musselwhite vierte con su armónica el toque del Delta y Chicago. Además, los acompañan Jesse Ingalls en bajo y teclados, Jason Mozersky en guitarra y Jimmy Paxson en batería.

El disco comienza con When I go, un spiritual que deriva en una descarga eléctrica y la voz comprometida de Harper se fusiona con el sonido cautivante de la armónica de Musselwhite. Siguen con Bad habits, un blues animado en el que hacen referencia a las mujeres, el alcohol y las drogas. Love and trust es el primer tema acústico, más en la onda solista de Harper, con unas hermosas armonías vocales. En The bottle wins again vuelve sobre la temática de Bad habits, pero aquí la voz de Harper pierde un poco de prestancia, aunque sobresale con un exquisito solo de guitarra. Found the one tiene un groove más contagioso gracias al repiqueteo perpetuo de la batería. Promediando la mitad del álbum, el dúo se sumerge en la balada When love is not enough, una hermosa y conmovedora composición que cae en la obvia conclusión de que con el amor no es suficiente.

Trust you to dig my grave es un blues acústico que nos lleva al Delta del Mississippi, aunque la voz de Harper también le da ese toque personal cuando desestructura el estribillo con una sorpresiva melodía. El tema que da el nombre al disco es otro mano a mano acústico entre Harper y Musselwhite en el que el armoniquista también aporta su voz curtida y profunda. Aceleran sobre el final con un sonido más crudo en Movin’ on y cierran con la seductora balada Nothing at all, que se va con un solo de Musselwhite con el que demuestra toda su versatilidad.

No mercy in this land no es un disco enteramente de blues, pero es otro camino para que el blues se abra a nuevos públicos. Se trata de un puñado de canciones interpretadas con mucho sentimiento, que suenan muy bien y que dejan, en conjunto, una sensación de que en ellas hay algo muy auténtico y novedoso.


El blues como resistencia vital - El País de España

sábado, 7 de abril de 2018

La zurda endemoniada


Igor Prado está en llamas. Su zurda endemoniada ataca las cuerdas de su Strato con furia y el sonido reverbera en la amplia sala de Lucille. Igor se contornea como una serpiente a punto de atacar a su presa. Usa la púa y también los dedos. Agita a un público cautivado por su técnica y magnetismo. Igor Prado es un artista de las grandes ligas. Un verdadero as de espadas de la guitarra blusera.

Acompañado por Jay Jay Troche en armónica (y ocasionalmente en voz), Gonzalo Ros en teclados, Darío Scape en contrabajo y Pato Argüello en batería, más el aporte en algunos temas de Yair Lerner en trompeta y Federico Álvarez en saxo, el guitarrista brasileño arremete con un show vibrante que no da respiro, ni siquiera cuando bajan los decibeles para un blues lento. Prado es dueño absoluto del escenario y, por ende, de la sala. Sus solos rebozan de virtuosismo y están cargados de pasión. Y su voz es descomunal

Con Upside down literalmente nos da vuelta. Homenajea a Lynwood Slim con Bloodshot eyes y Shake it baby, donde hace un tremendo solo con scat antes de empalmar el cierre con Susie-Q. En No more doggin, Jay Troche sopla su armónica mientras Prado acompaña con mucho swing y la brisa del West Coast invade la coqueta sala palermitana. Los respalda con contundencia la sección de vientos y una base rítmica muy constante. Troche se anima a cantar en español Don’t touch me, y le da una nueva vida al clásico de Johnny “Guitar” Watson. Del sonido envolvente de la banda pasan a un mano a mano de armónica y guitarra en el que Prado canta un tema de Al Green y otro de Snooks Eaglin.

Prado cita a sus máximas influencias -T-Bone Walker, Pee Wee Crayton y Lowell Fuslon- y se lanza a la aventura de Blues after hours. Desciende por la escalera y se pierde entre el público. Se sienta en una silla y deja que una mujer que está en la mesa rasgue las cuerdas de su guitarra con la púa. Se levanta y avanza. Se topa con Julio Fabiani y le entrega la Strato para que el violero de Támesis siga con el solo. Igor vuelve al escenario y ya tiene a todo el público en la palma de la mano. Bajará dos veces más a tocar entre la gente y también invitará al maestro a Daniel Raffo para que lo acompañe en Baby you don’t have to go. “Igor ya es todo un bluesman”, dirá Raffo al terminar el show.

Lucille es una fiesta. Prado vuelve sobre otro tema de Watson, Those lonely nights y le deja otra vuelta de solo a Gonzalo Ros, que saca un sonido hammond fantástico. Y entonces llega el final, nadie lo quiere, pero es inevitable. Igor recuerda que llegó al blues porque su padre escuchaba el rock and roll de Chuck Berry y Little Richard. Y entonces se va con Lucille, en el único acto de demagogia de la noche. La zurda endemoniada, una vez más, agita las cuerdas y las almas se sacuden a su ritmo.

A PURO SOUL 

La previa del show de Igor Prado estuvo a cargo de la cantante Florencia Andrada, que desplegó media docena de temas propios con una gran puesta en escena y una banda ajustadísima, cada vez más afín al sonido Daptone. Cantó temas de sus dos discos -Otra realidad (2012) y A pesar de la tormenta (2016)- y brilló con su presencia arriba del escenario. Julio Fabiani y Facundo Rojas se encargaron de las guitarras, mientras que la rítmica estuvo en manos de Mauro Bonamico y Homero Tolosa. Completaron la formación Julia Rosa en percusión; Carmen Costa y Camila Castagna en coros; y Yair Lerner, Jorge Cavero y Santiago Zarba en vientos. Más allá de la belleza que irradia Florencia Andrada y el exquisito groove de su música, sus letras son sinónimo de resistencia. En tiempos oscuros y con un futuro incierto, ella nos llama a resistir y a no caer.

jueves, 29 de marzo de 2018

¿Quién era esa chica?


La historia del blues del Delta del Mississippi está llena de personajes oscuros que registraron un puñado de canciones y luego se los tragó la tierra. Historiadores y musicólogos intentaron durante años reconstruir sus vidas con muy poco éxito. Si no hubiera sido por algunos entusiastas que propiciaron el revival blusero de los sesenta tal vez algunas figuras como Mississippi John Hurt, Son House, Fred McDowell, Skip James, Lonnie Johnson y Bukka White hubieran corrido la misma suerte. Ellos pudieron volver a grabar y presentarse en vivo tras décadas de ostracismo y, sobre el final de sus vidas, obtuvieron un reconocimiento que ya no esperaban. Pero otros no aparecieron más y, en algunos casos, ni fotos suyas hay.

Entre las décadas del veinte y del treinta floreció en el Mississippi, especialmente en la región del Delta, una escena musical dispersa que sentaría las bases del blues. De no haber sido por aventureros y cazatalentos que se lanzaron con muy pocos elementos en busca de nuevos sonidos, la historia de la música contemporánea no sería tan rica. Afortunadamente discográficas como Paramount, Vocalion, Okeh, Brunswick, Gennett, Bluebird y R.C.A Victor, entre otras, grabaron a muchos de estos músicos que tocaban en los porches de sus cabañas u ocasionalmente en alguna fiesta en pequeños pueblos a los que solo se llegaba por una ruta polvorienta.

Uno de los grandes enigmas del género es el de Mattie Delaney, una guitarrista y cantante que dejó apenas dos canciones: Down the big road blues y Tallahatchie river blues. Esos temas fueron grabados por el sello Vocalion en febrero de 1930 en Memphis. Muy poco más se sabe sobre ella.

Según el coleccionista John Tefteller, apenas hay cinco copias originales del disco de 78 rpm de Delaney (el compró uno en no muy buen estado por 3 mil dólares) y los únicos datos concretos que se conocen de ella es que había nacido en 1905, aunque no se sabe la fecha exacta, y que en su canción Tallahatchie river blues refiere a una gran inundación que afectó al Mississippi, probablemente la de 1927.

Por su parte, el prestigioso musicólogo David Evans analizó en su libro Big Road Blues: Tradition and Creativity in the Folk Blues las raíces de ambos temas de Delaney. Sobre Down the big road blues explica que contiene la estrofa principal del Big road blues de Tommy Johnson y una frase utilizada por Willie Brown en su M&O blues. En tanto, en la otra canción, Evans afirma que tiene una melodía similar a la de High water everywhere Part II de Charley Patton y que su guitarra está afinada de la misma manera en que lo hacía Johnson. Su conclusión, por ende, es que Delaney estaba empapada de la tradición de Drew, el pueblo del que era oriundo Johnson y muy cercano a la plantación Dockery, donde surgió Patton.

Los historiadores Stephen Calt y Gayle Dean Wardlow, autores del libro King of the Delta Blues: The Life and Music of Charley Patton, afirman que Mattie Delaney era un seudónimo de Mattie Doyle, quien se mudó a Memphis poco después de la gran inundación de 1927 desde su casa ubicada en medio de los pueblos de Howard y Tchula. Pero en el libro Nobody Knows Where the Blues Come From, Robert Springer los contradice con datos del censo realizado por el Gobierno de los Estados Unidos en 1930 que registró a una Mattie Delaney, de 25 años, que vivía junto a su abuelo Jeff Melton, un herrero de 70 años, en una granja de Glendora. Y eso es prácticamente todo lo que se sabe o se cree saber sobre ella.

Lo cierto es que las dos canciones de Mattie Delaney, que están incluidas en el CD Mississippi Masters-Early American Blues Classics 1927-35 (Yazoo Records), dan cuenta de una artista inusual para la época, ya que no era muy frecuente ver a una mujer acompañándose por la guitarra -más allá de la figura importantísima de Memphis Minnie- y son parte de la rica, misteriosa e insondable historia primaria del blues.


martes, 20 de marzo de 2018

El cancionero del maestro


Primero fue Adrián Otero con El jinete del blues (2012) y luego La Mississippi con Inoxidables (2015). En ambos casos, abordaron canciones históricas del rock y el blues argentino y las versionaron a su manera. El ex cantante de Memphis lo hizo con una onda crooner, mientras que la banda de Ricardo Tapia con un sonido más rockero.

Ahora llegó el turno del repaso estelar de Botafogo. Aryentain Blus Selebreishon (sic) contiene 16 canciones que abarcan 40 años de música. Acompañado por Rafa Pravettoni en bajo, Luciano Scalera en batería y el rosarino Franco Capriati en armónonica, Botafogo le puso su voz y, con arreglos novedosos, revivió canciones que conocemos todos, con mucho respeto por las originales.

El disco comienza con una encendida versión de La pálida ciudad, un tema que escribió Kubero Díaz y que Billy Bond y la Pesada editaron en el disco Vol. II de 1972. Bota canta como si estuviese escupiendo furia urbana mientras que con su guitarra descarga riffs frenéticos en sintonía. Desacelera enseguida con Mi último blues, una composición de Celeste Carballo que aquí la interpreta en modo Chicago gracias al efecto hipnótico de la armónica de Franco Capriati. Luego toma una guitarra resonadora, comienza a deslizar el slide y la sección rítmica lo acompaña con un tenue repiqueteo para una extraña versión de Maldito piano, de Las Blacanblus, que Bota canta como “maldita guitarra”.

Casi como un mantra recurre a Avellaneda blues, una canción que, como ninguna otra sintetiza la historia del blues argentino. La guitarra de Bota suena jazzy y al cantar logra, efecto mediante, una voz similar a la de Javier Martínez. Vuelve a los noventa otra vez con el clásico de La Mississippi, Blues del equipaje, que comienza con un piano de boogie woogie a cargo del maestro Ciro Fogliatta antes de que Franco Capriati sople su armónica con mucha intensidad. Retorna a los setentas con Chicas que patinan, de La Banda del Paraíso, y una vez más a desenchufa todo y se embarca en las Rutas argentinas, de Almendra, con un Franco Capriati sumido en éxtasis. Para Blues del atardecer vuelve a imponer una clave jazzeada, con exquisitos arreglos de guitarra y de armónica sobre una base con mucho clima.

Otra vez el piano de Fogliatta aparece en la intro bluseada de La rusa se fue con los basureros a la que Bota le cambió el tempo de la versión original. Lo mismo sucede con Moscato, pizza y fainá, que además tiene una impronta acústica que no la hace perder su estribillo tan conocido. Como en La rusa… Bota repasa su propia historia y reversiona Se fue, de Durazno de Gala. Tras un largo prolegómeno con la guitarra arrastra la voz para el primer verso de Copado por el Diablo, y así, casi sin levantar el amperímetro atraviesa con mucha pasión los 5:27 que dura la canción. Con la voz quebrada rinde homenaje a Edelmiro Molinari con Mañana por la noche y convierte en un shuffle el rock and roll Tengo 40 millones de Moris. Para el final se reserva dos temas de su máximo ídolo, el hombre que le dio su primera oportunidad como músico profesional: Pappo. Bota transforma en un blues el frenesí rockero de Completamente nervioso, de Aeroblus, y cierra con el Blues de Santa Fe, tocándolo al ritmo de ZZ Top, pero como poseído por John Lee Hooker.

Si bien la propuesta no es original, es algo que artistas y bandas de fuste suelen hacer cada tanto. Además de los mencionados Otero y La Mississippi, en el plano internacional lo hicieron Clapton, los Stones, Aerosmith, Patti Smith, Bryan Adams, Paul McCartney y muchísimos más. Lo importante, que hace que el disco viva y no muera en el intento, es que las interpretaciones mantengan cierta fidelidad con las originales, pero que también tengan el sello de quien las está reversionando para que no se conviertan en meras copias o en adaptaciones inexplicables. Bota pasó de la bronca contra todo del disco anterior a mirar para atrás para rendir homenaje a las canciones que lo moldearon como músico. Y el maestro logró hacer que esos temas ahora sean también suyos.


miércoles, 14 de marzo de 2018

La Primera del Blues


Nick Moss recorrió un largo camino. De niño, su madre lo llevó a ver varias veces en vivo a Muddy Waters y así forjó su pasión por el blues. Empezó a trabajar como músico profesional tocando el bajo para Buddy Scott y dos años después fue contratado por Jimmy Dawkins. Luego pasó a la banda de Willie “Big Eyes” Smith, quien lo convenció de que tocara la guitarra. Tiempo después se convirtió en el guitarrista de Jimmy Rogers. En 1997, formó su propio grupo con el que editó una decena de discos para el sello Blue Bella Records y se transformó en uno de los músicos más consistentes y buscados de la Ciudad del Viento. Ahora, a los 48 años, le llegó el momento de dar el gran salto.

Con el respaldo de Bruce Iglauer, la producción artística de Kid Andersen y el aporte musical del armoniquista Dennis Gruenling, Moss acaba de lanzar su disco debut para el sello Alligator, probablemente el mejor álbum  de toda su carrera. Con un sonido moderno, pero con la impronta de la vieja escuela, Moss y Gruenling encaran un repertorio variado que incluye ocho composiciones del guitarrista, dos del armoniquista y tres covers: Get your hands out of my pockets, de Otis Spann, el instrumental All night diner de Santo & Johnny y la Rambling on my mind de Boyd Gilmore.

La banda que los acompaña está conformada por Taylor Streiff en piano, Nick Fane en bajo y Patrick Seals en batería. Los vientos los aportan Eric Spaulding (saxo tenor) y Jack Sanford (saxo barítono). Jim Pugh, ladero durante décadas de Robert Cray, contribuye con su exquisito toque en el hammond en All night diner y al piano en Lesson to learn, en la que también se suma la guitarra rítmica de Kid Andersen. Justamente el músico noruego, el productor número uno de blues del momento, tuvo un rol determinante para que este disco capturé la esencia musical de Moss y logré amalgamarla a la perfección con el sonido voraz de la armónica de Gruenling.

Desde los primeros poderosos riffs de Crazy mixed up baby hasta He walk with giants, la oda al difunto Barrelhouse Chuck, el blues de Chicago brota por todas partes, aunque también es palpable la similitud estilística con aquellos discos de Alligator de Little Charlie & The Nighcats, una banda que marcó a fuego a Moss cuando todavía tenía un largo camino por recorrer.

Así lo resumió Iglauer: “Es muy excitante traer artistas a Alligator que están tan profundamente ligados al blues de Chicago, pero creando nuevas canciones y llevando la tradición hacia adelante. La guitarra cruda de Nick suena emocionante y además es un cantante honesto con una banda dura como una roca. Y Dennis es un maestro de la armónica y un showman tremendo. Esta es una sociedad de dos verdaderos talentos que los fans del blues van a amar”.

The high cost of low living es un álbum fabuloso, se disfruta de punta a punta, y representa el ascenso de Moss a la Primera del Blues, una categoría de la que seguramente no bajará.


miércoles, 7 de marzo de 2018

El blues de la creatividad


Los Easy Babies venían de tocar en el Roxy y tomaron la invitación de hacer un Sheldon pocos días después como un desafío a la creatividad. El local ubicado sobre la calle Honduras invita a una propuesta más relajada y así lo entendieron Mauro Diana y compañía. La noche del lunes, encararon el show sentados, una verdadera novedad para ellos, con un formato electroacústico y algunas sorpresas.

Mauro Diana se sentó en el medio. Federico Verteramo sew ubicó a su derecha y Roberto Porzio a su izquierda. Atrás, con una batería reducida -redoblante, hit-hat y una valija que hizo las veces de bombo- se ubicó Homero Tolosa. Comenzaron con Ironic twist, un instrumental de Jimmie Vaughan, que les sirvió para aclimatarse. Tras esa introducción, Mauro Diana presentó a la banda y anunció que el siguiente tema sería El truco del olvido, uno de los clásicos de la banda. La tocaron en un tempo más tranquilo, con el repiqueteo sutil de las escobillas sobre el redoblante y punzantes intervenciones de los guitarristas.

Siguieron con El hilo se cortó, una versión con más groove que la original y con un solo lacerante de Fede Verteramo. En Lejos de vos, del Ciego Goffman, mostraron unos arreglos novedosos, lo mismo que en Tipo raro, que a pesar de ello no perdió su melodía altamente adictiva. Cuando terminaron con ese tema, Homero Tolosa y Roberto Porzio intercambiaron roles. Rabioso y aturdido, una canción que según Mauro Diana “no representa en absoluto como estamos ahora” los encontró en puestos poco habituales. El baterista sorprendió con exquisita intervención en la guitarra y el maestro Porzio, imperturbable como siempre, mostró que la percusión se le da muy bien.

Y el hit -no el del verano, sino el de la banda- llegó con Homero Tolosa cantando y tocando el washboard y Roberto Porzio atacando las cuerdas de su guitarra con el slide. Y, como siempre, la gente acompañó cantando Conseguite otra mujer. La cigar box guitar de Porzio salió a la cancha para una moldeada versión de Se derrumbaron. Y luego vinieron más sorpresas: Fede Verteramo cantó Pierdo el rumbo, con cierto aire jazzeado, y Porzio hizo lo mismo en Todo lo que tengo y Haciendo las cosas bien. La banda saludó al público y se despidió con No pibe, que según Mauro Diana -y también Claudio Gabis- es el primer blues cantado en español.

Easy Babies mostró el lunes a la noche que es una banda emblema del blues en español. En tiempos en que componer canciones se volvió algo difícil, este cuarteto sigue por la senda que se trazó hace más de 15 años. Blues en nuestro idioma sin recurrir a la palabra nena, con mucho espíritu, buena onda y gran creatividad.

jueves, 1 de marzo de 2018

Temple blusero


Leo Parra Castillo necesita apenas unos segundos para llevarnos en un viaje imaginario a lo más profundo del Mississippi. Con la intro con slide de Dark was the night, cold was the ground, de Blind Willie Johnson, nos ubica en el porche de una precaria cabaña de madera. La armónica de Fernando Vázquez se suma al sonido metálico de la guitarra y Leo Parra esboza un tarareo sutil mientras empalman con Freight train blues, de Fred McDowell. Homero Tolosa arremete con un repiqueteo candente desde la batería y la espesura del Delta nos cubre por completo. Leo Parra eleva su voz con la fuerza de su espíritu. Todo fluye con absoluta naturalidad. Es como si este joven colombiano fuera un viejo bluesman, curtido y olvidado, que canta como desde hace décadas.

Big road es su primer disco. Logró editarlo gracias al sistema de crowdfunding y la excelente producción artística de Julio Fabiani. El álbum es la materialización de decenas de shows en los que Leo Parra cautivó al público con un temple blusero pocas veces visto. Sus interpretaciones son muy pasionales y su técnica con la guitarra es exquisita. El repertorio equivale a una breve enciclopedia de blues sureño.

Tras la poderosa intro Leo queda solo con su guitarra y slide para una ardiente versión de Last time blues, de Papa Charlie McCoy. Luego se distiende con una melodía más animada y la compañía en armónica de Andrés Fraga y el contrabajo de Mauro Bomanico en Born and living with the blues, de los legendarios Sonny Terry y Brownie McGhee. Con el boogie hipnótico de John Lee Hooker nos pone en la piel de ese vagabundo desamparado que está lejos de casa que describe la letra de Hobo blues. Con los clásicos de Tommy Johnson, Canned heat y Big road, nos invita a recorrer un camino polvoriento rodeado de plantaciones de algodón y desesperanza.

En Born dead revive al mismísimo J.B. Lenoir con una interpretación conmovedora y acto seguido rompe con lo que venía haciendo y demuestra que si se pone a cantar soul también lo puede hacer con majestuosidad. Lo que logra con Ain’t no love in the heart of the city, de Bobby “Blue” Bland, respaldado por Mauro Bonamico y Homero Tolosa, más el aporte de Yair Lerner con la trompeta, es una maravilla conceptual. Y entonces deja Memphis y vuelve al corazón del Delta y canta la poderosa Death letter, de Son House, con la armónica de Fernando Vázquez en estado de ebullición. El disco se va con Leo Parra reescribiendo a Skip James con una soberbia versión de Special rider, en la que Mauro Bonamico y Homero Tolosa marcan la base rítmica con prestancia y sobre el final comienzan improvisar una especie de chacarera mística. El disco tiene un track oculto: Leo Parra, completamente despojado de instrumentación, canta a capela Grinnin’ in your face.

Big road es todo lo que esperábamos de él. El mérito es suyo y también de Julio Fabiani, que supo armar el contexto musical adecuado para que el artista brille con toda su intensidad. Hasta la portada del álbum, con una muy buena ilustración de Sebastián Mercau, logró captar el espíritu de Leo Parra, el de un viejo bluesman oculto en el cuerpo de un joven.


domingo, 18 de febrero de 2018

No hay dos sin tres

BGC Trío - Blues de Soledad. Bada, Goffman, Costales es una de las bandas más persistentes de la escena del blues local. A veces puede presentarse como dúo, con Bada y Goffman, o como cuarteto sumando a Natalia “Chica” Ciel. Pero es como trío que logró ganarse un lugar y convertirse en el emblema del blues tradicional cantado en español, una rara combinación sonora e idiomática que muy pocos pudieron amalgamar sin caer en excesos o clichés. Este trío de guitarra, voz y armónica lo viene haciendo de manera sostenida desde hace varios años. Ahora acaban de lanzar su segundo disco en el que, una vez más, la pluma de Javier “Ciego” Goffman se combina con las adaptaciones musicales del maestro Carlos Bada. La poética filosa del “Ciego” se percibe en Buena salud, Presidente rumbero, Hablando con un perro y Solo, pobre. Pero lo mejor del trío aparece en Hoy tengo tengo los blues (Y mañana también), un verdadero manifiesto en el que Bada despliega toda su técnica con el slide, mientras que Costales sobrevuela la melodía con su armónica serpenteante y el Ciego bate la justa con mucha pasión. Otro gran momento es No va a hacerte bien, la versión que inspiró el Conseguite otra mujer de los Easy Babies, aunque haya sido grabada mucho después. El disco tiene un breve pasaje en el que tocan algunos clásicos cantados en inglés como Big road blues, de Tommy Johnson, y Me and my whiskey, de Barbecue Bob, entre otras. Sobre el final hay más en español con una evocación personal del Ciego a Buenos Aires y ácida Garganta vieja. En síntesis, Blues de Soledad es un disco más que interesante para escuchar blues tradicional, pero con letras que no necesitan traducción.

El Rufián Melancólico Trío - Esto no es rock and roll. Néstor Bouzigues es un discípulo de Carlos Bada. Formó el trío con la idea de emular el sonido de Frank Frost, Robert Nighthawk, Hound Dog Taylor y algunos de los popes del Hill country blues como R.L. Burnside y Junior Kimbrough. A diferencia de BSG, que sobresale por su sonido rural, El Rufián es más eléctrico y urbano, pero también apuesta a las letras en español. La banda la completan el armoniquista Nico Castro y el baterista Leandro Walter, aunque este último no pudo grabar en el álbum y su lugar lo ocupó Adrián Flores. El disco empieza con la instrumental Licor de maíz, una verdadera joya con la que logró captar la esencia del norte de Mississippi. Como esa, la mayoría de las canciones fueron escritas por Bouzigues, que también sorprende con buenas composiciones como A mover, Ten piedad y No lo hice, en el que con un slide punzante nos lleva sin escala a un humoso juke joint. El disco tiene tres covers. Dos son adaptaciones en español, al mejor estilo “Ciego” Goffman, de Rollin’ & tumblin’, que aquí llama Rodando y tropezando, y I asked for water (She gave me gasoline), de Howlin’ Wolf, que Bouziguez acomodó muy bien cantando “Le pedí agua, Ohh uhhh me trajo gasolina”. La otra versión es del tema de Flores, Si el blues fuera whisky. El disco termina con Soplando, un tributo de Castro a Sonny Terry. El arte de tapa, a cargo de la Tana Spinelli, está muy bien logrado y redondea un álbum muy bueno que demuestra que la tradición del blues también es permeable a ciertas adaptaciones.

sábado, 10 de febrero de 2018

La Usina del Blues

Fotos gentileza La Usina del Arte y Baires Blues
El auditorio de la Usina del Arte se tiñó de azul el viernes para una doble presentación internacional. Sax Gordon y Carlos Johnson, con propuestas diferentes, engalanaron una noche con buena música ante una sala colmada.

La banda que acompañó a Sax Gordon, la base del Club del Jump, sonó muy ensamblada: el groove del bajista chileno Freddy Muñoz se recostó bien sobre la batería estable de Gonzalo Rodríguez, y los hermanos Martín y Alberto Burguez se encargaron de las armonías y algunos solos con mucha autoridad. Así, lograron plasmar sobre el escenario de la Usina las casi dos semanas que llevan tocando, casi a diario, con el maestro del saxofón.

Por el contrario, a Cruxados le costó respaldar a Carlos Johnson. Fue la primera presentación de la banda de Azul con el guitarrista zurdo y se notó la falta de ensayos. Johnson no planteó el típico sonido de Chicago, sino que buscó hacer algo más moderno y al grupo le resultó difícil seguirlo. Probablemente con el correr de los shows puedan afirmarse. Talento no les falta.

Todo empezó a las 21. Muy puntual. Sax Godron apareció vestido de blanco, con su saxo colgando, y de entrada nomás comenzó a soplar con mucha intensidad los primeros acordes de la animada I need your love y una vez que terminó la canción, sin respiro, siguió en la misma línea con Somebody. “¿Les gusta el blues? ¿Quieren blues?” preguntó y, ante la respuesta positiva y enfervorizada del público la banda se sumergió en un blues cadencioso y profundo, The way it is, en el que el saxofonista desplegó todos sus trucos y bajó a tocar entre la gente. Siguió con un funky instrumental, DD rider, inspirado en el sonido de Memphis, donde prevaleció el hammond de Alberto Burguez, y luego Sax Gordon planteó un diálogo de saxo y percusión con Rodríguez.

Freddy Muñoz dibujó unas exquisitas líneas de bajo en el comienzo del tema en el que Sax Gordon más se lució cantando: Big and hot. Aquí Alberto Burguez cambió el sonido hammond por el del piano y se acopló a la perfección. Luego, en The misfit, Freddy Muñoz volvió a calibrar su ritmo feroz y Martín Burguez, que cumplió una extraordinaria tarea como guitarrista rítmico, se lanzó con un solo emocional. Sobre el final, Sax Gordon le dedicó la dulce balada souleada Gone a las mujeres de la sala y cuando parecía que ya no había tiempo para más dijo “Quiero un poco más de funky” y cerró con Have horn will travel.



La Usina siguió generando blues y a las 21.50, después de un breve receso de diez minutos aparecieron en escena los músicos de Cruxados. Interpretaron un shuffle instrumental y el guitarrista Nicolás Duba presentó a Carlos Johnson que, vestido de negro y con una gorra deportiva, se sentó en una banqueta y conectó su Epiphone. Al poco ensamble de la banda se sumó un acople bastante molesto entre la viola y el micrófono de Johnson. Pero nada impidió que brotara blues desde sus dedos (toca sin púa), con I’ll play the blues for you. Comenzó tocando muy suave, casi acariciando las cuerdas, y cantando melodiosamente para después estallar en descarga de furia eléctrica.

“¿Dónde está mi cerveza? Sin cerveza no hay blues”, bromeó el guitarrista antes de interpretar Hi heel sneakers, en el que pidió un solo de piano que quedó sepultado por el intenso sonido del resto de la banda. Siguió con un tema que -según explicó- lo escribió pensando en las mujeres con las que mantiene “eye contact” durante los shows y que cuando termina y las busca ya no están. En clave de smooth jazz, ahora sí con el teclado a un volumen más razonable se lanzó en una aventura que Cruxados sufrió por no estar acostumbrados a ese estilo. Para terminar, Johnson eligió un medley de Jimmy Reed, que incluyó You don’t have to go y Bright lights big city, en el que le pidió un punteo a Duba y tuvo que arengarlo para que no lo dejara en la primera vuelta, y luego recurrió al tecladista, que en vez de tener su teclado en modo piano se despachó con un inoportuno solo de hammond. Pero Johnson no se desanimó y siguió incitándolos a más, incluso al bajista, que no se amilanó. De a poco, la banda fue bajando la intensidad y desde su guitarra zurda Johnson tocó, a modo de despedida, los acordes de Eleanor Rigby.

Pese a esos detalles, fue una gran noche de blues, protagonizada por dos carismáticos músicos estadounidenses que saben cómo relacionarse con el público. Blues internacional, gratis y en una sala de lujo. ¿Qué más se puede pedir? Que haya más… mucha más usina del blues.