domingo, 10 de diciembre de 2017

La voz


Su vida se apagó en un instante fatal hace 50 años, pero su voz y sus canciones traspasaron las fronteras y trascendieron al paso del tiempo.

Otis Redding tenía 26 años y un enorme futuro por delante cuando el bimotor Beechcraft H18 se estrelló en el lago Monona, en Wisconsin. En el accidente también murieron los miembros de su banda los Bar-Kays. Los últimos dos años de su vida fueron muy intensos. En 1966, viajó a Inglaterra donde deslumbró a los mismísimos Beatles y en otro viaje, a Los Ángeles, descolló en el Whisky A Go-Go ante la mirada atónita de Jim Morrison. Pero fue en el Monterey Pop Festival, en junio de 1967, cuando se coronó como el número 1 del soul. Su actuación fue tan contundente como las de Jimi Hendrix y Janis Joplin.

Fue después de esa presentación cuando se le abrieron las puertas de un nuevo público, el blanco, y, por consiguiente, de un nuevo mercado. Su nombre comenzó a ser requerido en todas partes y su voluminosa figura respondió a la demanda. Hasta entonces había grabado media docena de discos con canciones memorables como Cigarettes and coffee, Try a little tenderness, Shake, Mr. Pitiful y These arms of mine, y además versionó de manera sobrenatural algunos hits como Satisfaction, Respect, A change is gonna come y Knock on wood.

Su carrera como músico profesional duró cinco años. En ese lapso, creó sociedades musicales imponentes junto a Booker T & MG’s, a quienes había conocido casi por una vuelta del destino cuando acompañó a Johnny Jenkins a probar suerte a Memphis, y también con Carla Thomas, la hija del legendario Rufus Thomas, con quien grabó un súper éxito de 1967: Tramp.

Otis Redding fue el símbolo del soul sureño, su máxima expresión, la voz por excelencia del mítico sello Stax y una de las figuras indiscutibles del sonido de Memphis. Logró expresar sus emociones como poco cantantes en la historia de la música contemporánea. Al morir, aquél 10 de diciembre de 1967, su obra quedó inconclusa. Un año después, gracias al buen trabajo de Steve Cropper, fue editado el tema que suponía el comienzo de una nueva etapa en la vida musical de Otis Redding y no el final. (Sittin' on) The dock of the bay se convirtió en uno de los himnos de la década del 60, en una de esas canciones imprescindibles. Un tema al que todos aman y tararean. Y Otis lo seguirá cantando 50, 100 años más, porque la fuerza de su voz es inmortal.




martes, 28 de noviembre de 2017

Caxias do Blues (III)

Bob Stroger (Foto Guillermo Martínez)

“Algunas personas sienten la lluvia, otras solamente se mojan”

Bob Dylan 

El sábado amanece lluvioso y nada cambia a la hora del festival. Cae agua a borbotones y los refugios dentro del predio son los dos escenarios principales, el Hot Music Stage y los bares. Ir de un lugar a otro implica mojarse mucho. El Front Porch está a la intemperie, pero la gente se agrupa ahí cubriéndose con sus pilotos y paraguas. Bob Stroger, con sus 86 años, demuestra que no hay límites cuando uno ama lo que hace: se baja a cantar entre el público, mientras Rogelio Rugilo lo sigue con el paraguas. Blues en estado puro.

Big Gilson
En el Mojo Hand se presenta una leyenda del blues brasileño. Big Gilson -una mezcla de Pappo y Luis Salinas- toca un blues con frenesí rockero que levanta hasta los muertos. Gilson es un maestro del slide y en los dos primeros temas –Long way from home y I’m tore down- agita con largos solos. Luego interpreta temas en portugués de su último disco y algunos más viejos que el público conoce y acompaña cantando. Para cada canción tiene una viola distinta, desde una hermosa resonadora eléctrica hasta la clásica Strato. “Hace unos días estuve en Londres en un homenaje al rock y al blues británico. Y este tema está dedicado a una de mis máximas influencias, el señor Peter Green”, anunció antes de interpretar Albatross.

Los Mentidores
Me voy al DDI 54 porque allí están tocando Los Mentidores y quiero ver cómo, después de tanto agitar en los días previos, llevan adelante su show. El lugar está colapsado, no entra un alma y, como me imaginaba, Iván Gómez Singh hace su show. Canta Boom boom, Hoochie coochie man y Rock me baby, y la gente lo sigue. Fernando Ormeño toma el micrófono para Don’t you lie to me y la onda mentidora no decae. Busco un lugar más tranquilo y en un salón contiguo está Flavio Guimaraes dando una clínica. Está buenísimo todo lo que cuenta y da placer escuchar sus sutiles y breves interpretaciones tanto con armónicas cromáticas como con diatónicas. Cuando salgo para ir al Magnolia stage. Los Mentidores están terminando con Johnny B. Goode y la gente baila a su ritmo.

Andrea Dawson (Foto Daniela Xu)
Como toda Big Mama, Andrea Dawson tiene una silueta voluminosa y una voz extraordinaria. Comienza cantando Wang dang doodle mientras la gente se amontona en los pocos espacios que quedan a resguardo de la lluvia en el Magnolia stage. La cantante sigue con Tina-nina-nu y luego entrelaza Big boss man, Look over yonders wall y Dust my broom. La respalda la banda de Igor Prado, pero ¡sin Igor Prado! Rodrigo Mantovani y Yuri Prado llevan una rítmica sólida y rebosante de groove, Gonzalo Araya acompaña con prestancia en armónica y Nico Simi tiene la difícil tarea de reemplazar a Igor. Intenta emularlo con mucho reverb, pero para mi gusto se pasa un poco. Dawson sigue con un repertorio clásico de blues y soul: As the years go passing by, (Sitting on) The dock of the bay y I’d rather go blind.

Nico Smoljan & his Southern Jukes
Pasadas la 1 de la mañana la oferta musical todavía es muy intensa. Elijo ir a ver el segundo show de Nico Smoljan & his Southern Jukes. Allí está Nico, sobre el escenario, enfundado en un traje negro y luciendo una gorra que le hace juego. Javier Mozzi, Mauro Bonamico y Germán Pedraza también están muy prolijos. Se lanzan con un repertorio de la década del 50 y Nico hasta sopla el kazoo. Sin dudas, Nico Smoljan es todo un referente del blues argentino en Brasil y está muy bien que así sea. Se lo ganó con talento y mucho esfuerzo. Al cuarto o quinto tema invita a Flavio Guimaraes al escenario para que cante Bad boy y luego sube Greg Wilson y, así, abre la zapada que se extenderá hasta pasadas las 7 de la mañana.

A eso de las 3, le pongo punto final a mi presencia en el festival. Me voy del DDI 54 y veo que en el Mojo Hand todavía está tocando Ian Siegal y en el Magnolia Stage hay una banda que hace covers de los Allman Brothers que ni siquiera estaba anunciada. Me dejo llevar por el ritmo de Trouble no more y cierta nostalgia. Adiós Caxias, hasta la próxima.

domingo, 26 de noviembre de 2017

Caxias do Blues (II)

J.J. Jackson (Foto Guillermo Martínez)
En el segundo día del festival, viernes, se nota un flujo mucho mayor de gente. Por donde el día anterior se podía caminar sin dificultad hoy es complicado. El primer show que voy a ver es el de Camila Dengo & Mamma Doo en el Magnolia stage. Camila es nativa de Caxias y una conocida de los porteños: tocó junto al Club del Jump en Buenos Aires en 2016 y hace unos pocos meses. Al frente de su propia banda brinda un recital muy entretenido y sensual. Su repertorio tiene blues y R&B de los cincuenta, pero con una puesta en escena technicolor. Ella tiene una voz magnífica que destella en temas como Bring it back home to me y Houndog. A modo de agradecimiento por sus viajes, invita a Alberto Burguez para que toque el piano en un tema.

J.J. Jackson y los Headcutters (Foto G.M.)
El anuncio de que está por comenzar el show más importante del día es estridente. En el escenario principal, y con un volumen fortísimo, asoma la silueta inconfundible de J.J. Jackson, un cantante, shouter, soulman y entertainer de primer nivel, Desde el minuto uno impone sus condiciones y hace delirar al público sostenido por el pulso preciso de los Headcutters. J.J. no se guarda nada y mezcla rock and roll, blues y soul. Comienza a toda máquina con Long tall Sally y sigue con Poor boy y Country girl, aquí con Freddy Muñoz en bajo en lugar de Catuto. Hay un intervalo a capella con I just call to say I love you, de Setvie Wonder, al que los Headcutters se suman más por profesionalismo que porque les atraiga el tema. Jackson invita a Luke de Held para unos solos picantes en C.C. Rider y se despide con una magnífica interpretación de Stand by me.

Big A Sherrod (Foto G.M)
En el Front Porch, ese escenario que recrea el Blue Front Café de Bentonia, está Big A Sherrod con la banda de argentinos que lo acompaña. A diferencia del día anterior, aquí sí suena a un juke joint del Mississippi. Pocas veces me tocó ver un show tan diferente de un mismo artista con tan pocas horas de diferencia. Sherrod realmente canta desde las entrañas y toca con una fuerza única. Mariano D’Andrea es el equilibrio de la sección rítmica y a Adrián Flores se lo nota concentrado y manteniendo siempre el tempo, mientras que Tomy Espósito allana el camino para los punteos voraces de Sherrod. Sobre el final, Sherrod los deja lucirse a D’Andrea y Espósito y largan unos solos que tenían contenidos. Flores no tiene el suyo, por el contrario, le deja la batería a Big A quien le da como si quisiera romperla.

Esta vez el repertorio de Sherrord es más crudo. Interpreta incendiarias versiones de Hoochie Coochie man y Baby what you want me to do. En esta última sube a un nene al escenario y lo hace tocar su guitarra. “Esto lo hago en Mississippi para tratar de que los chicos se interesen por la música y se alejen del delito”, dice. Sobre el final interpreta Five long years, inspirada en la demoledora versión de Buddy Guy,

Chris Jagger (Foto G.M.)
De vuelta en el escenario principal, la figura de Chris Jagger, acompañado por Charlie Hart y la banda de Cristina Crochemore, brinda una propuesta musical diferente. El hermano de Mick canta, toca la guitarra acústica y la armónica, mientras que su socio acompaña en acordeón o violín. Toda la primera parte tiene un feeling de country rock y hasta un poco del influjo del Bayou, “Vamos a tocar un viejo blues de Junior Wells”, anuncia un carismático Jagger antes de que Hart cante Snatch it back and hold it. Vuelven sobre su repertorio rockeado hasta que Jagger bromea: “Es un festival de blues y debería tocar uno antes de que venga la Policía del Blues”. Parece que esa grieta no es patrimonio argentino. Y Jagger cumple con un blues propio en el que recuerda sus años de juventud.

Blues Etilicos (Foto G.M)
Me doy una vuelta por el Folk Stage y está Bob Stroger en modo intimista. En el Front Porch, Ian Siegal canta Come in my kitchen mientras rasga las cuerdas de su guitarra resonadora. Más allá de nuevo en el escenario grande los Blues Etílicos, legendaria banda brasileña, muestra toda su chapa ante una multitud. Greg Wilson y Flavio Guimaraes se comen el escenario. La gente va de allá para acá con sus vasos plásticos alegóricos al festival cargados de cerveza IPA.

Xime Monzón Blues Band.
Ya de madrugada, el escenario de argentinos me convoca. Xime Monzón ofrece un show con mucha onda y excelente música. Acompañada por Tomy Espósito, Javier Mozzi, Mauro Bonamico y Germán Pedraza interpreta clásicos del blues soplando su armónica con ganas y desplegando todo su encanto. Con Javier Mozzi cantan una animadísima versión de I believe in music, de Louis Jordan y luego Mauro Bonamico demuestra que además de ser un gran bajista y director musical es un vocalista de la hostia. Su voz grave e intensa se doblega a todos con Eyesight to the blind. Ximena elige socializar la última parte de su show y convoca a una jam. Y así comienza un desfile de músicos y amigos: Nico Smoljan, Mariano D’Andrea, Freddy Muñoz, Ale Ravanello, Martín Burguez, Fernando Ormeño y Ariel Federico. Jes Condado, que poco antes había hecho un set souleado y minimalista en el mismo escenario, sube a cantar It hurts me too. El salón está desbordado de gente y Ximena convoca a sus músicos para el cierre con I feel good… pero falta algo más: Iván Singh esperaba con su guitarra colgada y no se la podía perder. El cierre es suyo con Let the good times roll.

Así es Caxias. Blues para todos y todas. Camaradería entre los músicos y espíritu de jam.

sábado, 25 de noviembre de 2017

Caxias do Blues (I)

Escenario Mojo Hand (Foto gentileza Guillermo Martínez)
El blues en Caxias do Sul empieza cuando pisas el Mississppi Delta Blues Bar, una vieja casona restaurada como un auténtico blues bar estadounidense que revalorizó una zona de la ciudad que estaba a la deriva y que fue la piedra basal del festival más grande de América latina dedicado a esa música.

El evento, que celebra su décimo aniversario, se convirtió en una de las principales atracciones turísticas de la ciudad. Está montado sobre un viejo predio ferroviario lindero al bar y tiene siete escenarios. El Mojo Hand y el Magnolia son los más grandes. Luego hay dos más pequeños y acogedores: El Front Porch y el Folk Stage. Otros dos son los que están adentro de bares: uno es el del Mississippi y el otro está la lado y lo llamaron DDI 54 porque, por primera vez, está dedicado exclusivamente a músicos argentinos. El restante, el Hot Music stage, se ubica en medio de un patio de comidas y ahí suenan otros géneros musicales.

Ian Siegal y Alamo Leal
El miércoles por la tarde, en la víspera del festival, se realiza el lanzamiento de prensa que tiene al inglés Ian Siegal y al brasileño Alamo Leal como protagonistas. Tras una breve conferencia de prensa en el Mississippi Delta Blues Bar tocan tres temas: Hey Bo Diddley, Stop breakin’ down y How many more years. Por la noche, el lugar abre sus puertas a los primeros adelantados. Faltan 24 horas para el inicio del festival pero la gente quiere blues. Thunder Carlos es el encargado de recibir a los visitantes con su combo de blues tradicional del Delta. Solo con su guitarra Stella toca temas como Trouble in mind, Can’t be satisfied y Highway 61 blues y luego da paso a un set un poco más extendido que el de la tarde de Ian Siegal y Alamo Leal. El inglés muestra toda su versatilidad para interpretar distintos tipos de blues y góspel que entona con una voz profunda y cavernosa. La noche se cierra con una zapada, un clásico del lugar.

Día 1

El público comienza a ingresar cuando el sol todavía calienta la tarde. Hay decenas de puestos. Algunos de grandes marcas y otros que venden libros, cd’s, merchandising, artesanías. Pero los que más abundan son los de comida y, claro está, los de cerveza artesanal. Empieza el peregrinaje por los escenarios. En el DDI 54 está tocando Hernán González, un argentino que vive en Porto Alegre y con su trío eligió un repertorio con varios covers de los Ratones Paranoicos y Pappo. En el Magnolia suena el power trío de Dani Ela y en el Front Porch Thunder Carlos entretiene a unas pocas personas con su sonido del Delta.

Bob Stroger (Foto G.M.)
El primer show fuerte empieza a las 20:00. The Juke Joint Band, de Toyo Bagoso, el organizador del evento, dispara buenas versiones de Old love, Strange brew, Gimme all your lovin’ y Some kind of wonderful. La primera gran ovación del festival llega cuando invitan a Bob Stroger a cantar Let the good times roll. La relación entre el legendario bajista de Howlin' Wolf y el público local es muy cálida. "Es bueno estar otra vez en casa", dice él.

La marea de gente va de acá para allá. Es tiempo de ocupar un lugar en el bar porque se vienen los Headcutters junto a Bob Stroger. El viejo Bob pasa de un gran escenario a una pequeña tarima. La energía y las ganas que le pone para cantar son las mismas. “Me llaman Bob Stroger, pero mi verdadero nombre es Blues”, anuncia en medio de los aplausos. Los Hadcutters arremeten con su sonido vintage y el viejo Bob canta Bad boy.

Big A Sherrod (Foto G:M)
Otra vez de regreso en el Mojo Hand stage. Es tiempo del blues de Clarksdale con Anthony “Big A” Sherrod. Me habían anticipado que su show era 100% blues de juke joint, pero aquí me encuentro con una presentación for export. Sherrod es muy carismático y sabe como entretener al público. Puntea con la boca, tirado en el piso y se baja a tocar entre la gente. El repertorio incluye Every day I have the blues, Cold cold feeling, Got my mojo working, Catfish blues y dos de Howlin’ Wolf: Killing floor y Smokestack lightinin’. Lo acompañan Tomy Espósito (guitarra), Mariano D’Andrea (bajo) y Adrián Flores (batería), quien no puede contener su verborragia y más de una vez impone su vozarrón para presentar a Big A. El sonido es tan fuerte que al salir de allí los tímpanos piden piedad.

Martín Burguez y Freddie Muñoz.
Vuelvo al DDI 54 porque está por empezar el show de Martín Burguez. Lo acompaña su hermano Alberto en teclados, Germán Pedraza en batería y el chileno Freddy Muñoz en bajo. Suenan todos muy ajustados y con ganas. Hacen dos sets de una hora cada uno y tocan temas del Club del Jump, Freddie King, Ray Charles y clásicos como Caldonia y T-Bone shuffle. La gente circula y baila. Martín Burguez toma nota y le pone un poco de rock and roll clásico a la velada con Lucille de Little Richard y boogie woogie cuando invita al escenario al tecladista Luciano Leães. Es un festival y todos quieren divertirse.

Entrada la madrugada, el Mississippi es el último bastión que queda en pie. La jam empieza con los Headcutters, luego suben Nico Smoljan, Javier Mozzi y Mauro Bonamico. Aparece Iván Singh y termina tocando su viola arriba de una mesa ante la mirada atónita de Alamo Leal. Son casi las 4 de la mañana cuando Ian Siegal y Decio Caetano en guitarras, respaldados por Catuto, de los Headcutters, en contrabajo y Germán Pedraza en batería, disputan un duelo de pesos pesados. Es blues en estado puro.

jueves, 23 de noviembre de 2017

Un viaje con Jagger


Los hinchas de Lanús coparon el Aeroparque. Estaban exaltados con el partido de ida de la finalísima de la Copa Libertadores. Mientras cantaban sus canciones de cancha y revoleaban sus camisetas, los turistas los filmaban y les sacaban fotos. Entre ellos estaba un sesentón canoso, que llevaba un sombrero texano, camisa a cuadros, jeans y usaba unos anteojos de sol redondos como los que inmortalizó John Lennon. Ninguno de esos hinchas se dio cuenta de que estaban frente al hermano de Mick Jagger.

Chris Jagger abordó el vuelo 1230 de Aerolíneas Argentinas rumbo a Porto Alegre. Lo acompañaba Charlie Hart, el músico que toca con él; el legendario Bob Stroger y su señora; y el productor Rogelio Rugilo. Recién arriba del avión Jagger intercambió algunos saludos con Los Mentidores, la banda que anima la escena del blues cordobés. Todos tenían el mismo destino: el festival de blues de Caxias do Sul.

Me ubiqué un par de asientos detrás de Jagger, a quien Rogelio me presentó cuando hacíamos la fila para abordar, y noté que apenas se sacó los auriculares Sony durante el viaje. Al llegar a Porto Alegre, recogimos nuestro equipaje y Jagger mostró su buen humor cuando empezó a cargar a Iván Gómez Singh porque tenía una valija rosa chicle.

Afuera nos esperaba su manager, una morena brasileña muy locuaz, y el chofer de la combi que nos llevaría a Caxias. Jagger se desplomó en el asiento trasero del vehículo y yo me senté a su lado. Se sacó los zapatos y acomodó las piernas entre la ventanilla y el respaldo del asiento que tenía adelante, en el que se ubicó Hart. Me empezó a hablar de fútbol. Estaba sorprendido con los cánticos de los hinchas de Lanús. “Cuando era joven seguía mucho al Tottenham, pero ahora no miro mucho fútbol. Tienen un entrenador uruguayo”, me dijo y enseguida lo corregí. Mauricio Pochettino es tan argentino como el asado.

Traté de llevar la charla hacia la música. Me contó que prefiere tocar solo con Charlie Hart o con su banda y que le cuesta hacerlo con músicos que no conoce. “Si no hay muchos ensayos previos las cosas no salen bien”, dijo. La noche del lunes, Hart y él habían ido al programa de tevé NET, que conduce Germán Paoloski, y les sumaron una sección rítmica comandada por el Zorrito Von Quintiero “Es un muy buen bajista, pero el baterista no me gustó”, sentenció el hermano menor del líder de los Stones. “Es difícil tocar y después dar una entrevista. Tengo el cerebro compartimentado y pasar del modo musical al modo hablado me resulta complicado”, agregó.

Paramos a mitad de camino para comer algo y estirar las piernas. Jagger devoró unos bolinhos que se veían tentadores pero poco saludables. Al verlo comer en ese parador rutero pensé en la vida diametralmente opuesta que tiene a la de su glamoroso hermano a pesar de que se dedican a lo mismo. Seguimos viaje y si alguno de los pasajeros pensó que podría dormir estaba muy equivocado. Jagger no paró de hablar y hacer preguntas. “¿Cómo se llama esta región de Brasil?”, “¿Hablan portugués en otros países de América?”, “¿Cuál es la inflación de Argentina?”, “¿Qué pasó con Mugabe en Zimbabwe?”.

Se comió medio paquete de Mentos mientras teorizaba sobre las similitudes geológicas de Brasil y África, o elogiaba las rutas de Australia. A medida que nos fuimos adentrando en los morros, el andar de la combi se volvió brusco. Empezamos a subir y Jagger sentenció: “El único camino es hacia arriba” y se puso a cantar a capella Learning to fly, de Tom Petty. Había activado el modo musical: siguió con Up on cripple creek, de The Band, y una más que no reconocí. Los otros pasajeros parecían ignorarlo. Ya ni Charlie Hart, que le había seguido el tranco de la conversación, se sumó a su fogón imaginario.

“¿Cuánto falta?”, preguntó cuando ya casi llegábamos. Parecía aburrido y empezó a bostezar con ganas.

El paisaje selvático se transformó en urbano. Habíamos llegado. “Necesito comprar cuerdas para mi guitarra”, le dijo a su manager cuando pasamos por la puerta de una casa de música en una avenida no identificable de Caxias. “Después, Chris”, le respondió ella. Y él se quejó por que no sabría cómo regresar a ese lugar.

Llegamos a su hotel, el Personal, e ingresó con mucha dificultad su equipaje por la puerta giratoria cuando tenía una puerta común al lado. Volvió a salir y cuando se dio cuenta que yo iba a otro hotel se despidió cortésmente. “Nos vemos en el festival”.


lunes, 13 de noviembre de 2017

El legado de Mr. Wilson


Kim Wilson hizo a un lado el sonido más moderno y marcadamente souleado de los últimos discos con los Fabulous Thunderbirds para volver a las fuentes. Hacía 11 años que no editaba un álbum solista y para hacerlo viajó en el tiempo, hacia la década del cincuenta, con una notable selección de músicos.

Blues and boogie fue grabado en vivo y en mono en California durante los últimos dos años. En ese lapso, el cantante y armoniquista tuvo que sobreponerse a la muerte de dos sus camaradas -el pianista Barrelhouse Chuck (10 de julio de 1958 / 12 de diciembre de 2016) y el baterista Richard Innes (9 de abril de 1948 / 26 de marzo de 2015)- que venían trabajando activamente con él. El resto de los músicos que lo acompañaron fueron los guitrristas Billy Flynn, Big John Atkinson, Nathan James y Bob Welsh; el ex bajista de Canned Heat, Larry Taylor; y el baterista Marty Dotson que ocupó el lugar que dejó vacío Innes.

“Quiero que todos los fans del verdadero blues sepan el amor que le puse a este proyecto. Estuve grabando muchos temas durante un par de años y ahora es el momento de presentarlos. Dos grandes músicos murieron en el camino y entre sus sueños estaba ver este disco terminado. Así que aquí está, el primero de muchos por venir”, escribió Wilson en las notas del CD.

El álbum tiene 16 temas: cuatro fueron compuestos por Wilson y los restantes son covers de los grandes maestros del blues de Chicago: Blue and lonesome y Teenage beat, de Little Walter; Ninety nine y From the bottom, de Sonny Boy Williamson II; You upset my mind, de Jimmy Reed; Look watcha done, de Magic Sam; y los clásicos Worried life blues y Mean old Frisco, entre otros.

Wilson abrió el arcón de sus recuerdos musicales. Se reencontró con el viejo blues y sumó a su proyecto a músicos acordes para la ocasión, muchos de los que conforman la cofradía del blues retro de San José. Un solo de armónica, una guitarra con slide, el canto profundo de You’re the one o la rítmica marcando unos tiempos de antaño son algunas de las características esenciales de este extraordinario álbum.

En palabras de Wilson: “Le dedico este CD a mi gran hermano James Cotton. Él siempre fue una gran inspiración y un querido amigo. Cuando era un chico, la pasaba muy bien escuchando a los maestros del blues y nunca me imaginé que viviría en un mundo sin ellos. Cada vez que abro la boca para cantar o tocar la armónica, lo hago por ellos. Hay cientos de temas grabados y sigo haciéndolo. Realmente creo que este es el momento en el que tengo que empezar a dejar mi legado. Nunca lo podría haber hecho sin mi familia de maestros que inventaron esta música y los músicos que están en este CD”.


martes, 7 de noviembre de 2017

El maestro y su discípulo


El alumno y el maestro, juntos por primera vez. Leo Parra Castillo y Gabriel Grätzer llevaron el country blues al corazón de Palermo. Fue el lunes por la noche, ante una buena cantidad de gente que llegó hasta el bar Sheldon para escuchar a estos dos notables exponentes de un género que hace décadas trascendió las fronteras de los ríos Mississippi y Yazoo.

Leo Parra Castillo es, probablemente, uno de los mejores cantantes de blues del momento y un intérprete visceral y talentoso. En algún punto él va descubriendo y puliendo su estilo a medida que nosotros lo vamos conociendo a él. Y Grätzer ya lleva 25 años, ¡un cuarto de siglo!, tocando esos viejos blues rurales de Tommy Johnson y Memphis Minnie, que le confieren una autoridad indiscutible.

La noche comenzó con Parra Castillo calentando las cuerdas de su guitarra con una hipnótica versión instrumental de Hill stomp, de Robert Belfour. Y después se lanzó a capella con Grinnin’ in your face, que empalmó, ya con la guitarra, con Death letter, ambas de Son House. Como un buen storyteller contó la historia de las cartas de muerte y la de ese tema en particular. Y a continuación siguió con Special rider blues, de Skip James, que también menciona una carta: “I got a letter / An how do you reck'in it read? / You better hur' up an come home / Because yo' special rider, she's dead”. Y del Missippi más profundo pasó a Hear my train a comin', de Jimi Hendrix, e hizo un análisis de cómo una lesión en el tobillo del guitarrista, durante su paso por el Ejército, cambió la historia del rock para siempre. Para el cierre se guardó altas dosis de Hill country blues con See my jumper hanging on the line, de R.L. Burnside.

Y el alumno dio paso al maestro. Grätzer arrancó con Pick poor robin clean, un antiguo ragtime blues, en modo instrumental. Y, al igual que Parra Castillo, para calentar las cuerdas vocales, brindó una versión a capella de Cornfield howler. Tras esa introducción Grätzer desplegó lo más clásico de su repertorio: Maggie Campbell blues (Tommy Jonson), Harbor of love (Stanley Brothers), Stack O Lee (Mississippi John Hurt), Black rat (Memphis Minnie) y Highway 49. Y entonces se produjo el encuentro trascendental en el que el maestro presentó con orgullo a su discípulo, y éste agradeció con emoción a su mentor. Juntos tocaron Canned heat blues/Big road blues, cantando a dúo, y se despidieron con Night time is the right time.

Y así se fue otro Blue Monday de Bluscavidas, con los sonidos del campo en plena ciudad y con el traspaso simbólico de la antorcha del blues más tradicional.

viernes, 27 de octubre de 2017

Blues antiestrés


No hay dudas de que Nathan James es californiano. Viste y canta como tal. A eso le imprime altas dosis de blues con su guitarra eléctrica hecha -por él mismo- con una tabla de lavar la ropa. El sonido se balancea entre el west coast, el country blues y ritmos de Nueva Orleans, y por momentos le agrega toques de góspel y folk. La música suena libre, sin ataduras, y muy meoldiosa. Es como un paseo relajado por Sunset Boulevard una tarde de verano. El show de Nathan James, en el Conventillo Cultural Abasto, resulta ser una efectiva terapia antiestrés.

Nathan James construyó su carrera amparado por dos grandes armoniquistas, James Harman y Kim Wilson, y tal vez por eso asume el show como uno más de la banda que conforman Daniel De Vita, Mariano D’Andrea y Pato Raffo. Sus solos no son extensos sino más bien ajustados y precisos. Pero cuando pela lo hace con ganas. Su voz recuerda por momentos a la de Eric Lindell y por otros a la John Mooney, pero a medida que avanza se nota que no hay imposturas vocales sino más bien una voz propia y natural.

Comienza con I found my peace of mind, una especie de manifiesto en el que sostiene que “ya no tiene que preocuparse más” La banda lo sigue con un ritmo holgado, una de las especialidades de la yunta D’Andrea-Raffo. De Vita larga un solo y así plantea un diálogo continuo que se extenderá por el resto del show.

La versatilidad de James se manifiesta también en su repertorio. Se luce con una extraordinaria versión de Teach me how to love you, de Bobby Bland, y nos lleva a lo más profundo de la tradición de Nueva Orleans con If I let you get away with it once (You'll do It all of the time), en la que sopla un kazoo y utiliza unos dedales para percutir sobre la tabla de lavar, mientras De Vita se anima a unos polémicos pasos de baile. También toca Is it too late e In the news today (está última una crítica al triunfo de Donald Trump en los Estados Unidos), dos canciones de su flamante álbum, What I believe.

El público está relajado y disfruta. El mensaje de Nathan James llega sin interferencias. Se toma poco más de diez minutos para descansar y tomar una cerveza, y vuelve al escenario recargado. Canta Tryin' to get along with myself, un tema con ribetes góspel con el que muestra toda su soltura vocal y luego invita a An Díaz que, como ya es su costumbre, se adueña de cada rincón del Conventillo con una interpretación vocal demoledora de la extraña Celestial blues de Andy Bey. Para el final, Nathan James toma un slide y lo desliza con ganas en Silent treatment, tal vez la versión marcadamente más blusera de toda la noche, que incluye magníficos solos de cada uno de los miembros de la banda. A pedido del público vuelven para una más y, como ya no tiempo para escapar del blues, se despachan una la ardiente Whole lotta love de B.B. King.

Nathan James mostró una variante del blues no muy explorada por estos pagos. Un blues relajado, contra el estrés, que combina muchos elementos tradicionales del género, creatividad y soltura.

martes, 24 de octubre de 2017

Mundo íntimo


Siete años tardó Nacho Ladisa en encontrar su voz interior y así terminar de darle forma a algunas viejas canciones que llevaba adentro. En ese lapso, editó su primer álbum de covers de blues de Chicago, un paso necesario para familiarizarse con un estudio de grabación y rendir homenaje a sus maestros. Pero siempre tuvo el deseo de salir de esa zona de confort en la que el intérprete se siente seguro. Quería que sus canciones cobraran vida y rompieran las barreras de su mundo íntimo. Y finalmente hizo lo que los Easy Babies pregonan: grabó un disco de blues en español sin usar la palabra nena.

Un mundo que romper es un disco de blues con muchas variantes y matices que se manifiestan en un repertorio muy colorido. En cuanto a lo musical es como si Nacho, de un disco a otro, hubiese viajado de Chicago a Memphis. Las letras en español están muy trabajadas y encajan sin necesidad de fórceps en los temas más bluseados y también en los que tienen una impronta más soulera. Si en el primer álbum el desafío fue entrar al estudio y grabar de una, aquí fue armarse de paciencia para convivir con una larga y meditada preproducción.

El primer tema, Mi propia inspiración, es un blues que nos recuerda a Howlin’ Wolf, en el que la armónica de Andrés Fraga sobresale con intensidad y a letra hace las veces de preámbulo del disco: “Voy a retomar mi camino sin pensar / nada ni nadie me pueden dar / alguna fuerza que me ayude a expresar / si siento algo lo tengo que contar / una vez más quiero intentar creer que puedo ser mi propia inspiración”.

Te vuelvo a encontrar comienza con un punteo nacido del riñón de Albert King y Nacho le canta los desencuentros con una mujer con el groove fulminante del hammond de Gonzalo Ros de fondo. Sigue con La distancia, una balada soulera en la que el canto de Nacho no termina de acomodarse a un tema que pide una voz femenina. Rápidamente vuelve a su ritmo con Para no volver atrás, un tema que recuerda al sonido de John Nemeth. Con La frontera Nacho sigue respirando el aire de Memphis y desenfunda uno de los solos más efectivos y punzantes de todo el álbum. En la balada Las canciones de los dos revive el sonido de Guitar Slim y se acomoda mejor que en la otra desde lo vocal. La armónica de Andrés Fraga vuelve al primer plano en Desierto de sal y su espíritu campestre irrumpe en la extraordinaria Sin preguntarme a dónde ir, acompañado por Roberto Porzio en cigar box guitar y Julio Fabiani en banjo.

Hasta ahí, son todas composiciones originales. Para el final se reserva dos temas de amigos, tal vez los más tradicionales de todo el disco. El primero es La noche no termina, que escribió hace tiempo junto al armoniquista Pablo Brotzman; y Mi escape es el blues, una composición de Martín Merino (guitarrista de Tota Blues), en la que arrasa con el slide en compañía de una armónica sagaz y un piano de barrelhouse. La banda se completa con Adrian Barreiro en batería, Guido David en bajo y Brian Figueroa en guitarra, y la producción artística estuvo a cargo de Julio Fabiani.

“Mi búsqueda con este disco era hacer blues en español, pero no solamente blues con la estructura de 12 compases sino algo más… tratar de acercarme al sonido de B.B. King, Robert Cray y Albert King”, me dijo Nacho Ladisa en una entrevista para Bluscavidas.

Un mundo que romper es un ejemplo claro de cómo el blues en español puede deshacerse de los clichés idiomáticos y los 12 compases sin alterar la esencia misma del género.

jueves, 19 de octubre de 2017

Como en casa


Jimmy Burns está sentado en una banqueta con respaldo. Toma su guitarra y larga las primeras notas. El Club del Jump se toma un segundo y lo sigue. Jimmy canta Shake for me y el comienzo tiene tanto de blues de Chicago como su currículum lo indica.

No hay mucha gente en el Be Bop, pero a Jimmy no le importa. Hace una semana le pregunté en la radio si había alguna diferencia entre tocar para unas pocas personas en un bar o ante una multitud en un festival. Respondió que para él era lo mismo porque el sentimiento por el blues no se altera. Y es cierto. Hace unos años lo vi en Rosa’s ante un puñado de personas y su show fue tan intenso como cuando tocó aquí ante una Trastienda abarrotada.

El show sigue con Miss Annie Lou. Martín Burguez comienza a soltarse con unos solos lacerantes y Jimmy canta con una pasión conmovedora. “Ahora quiero rendir homenaje a todos los grandes maestros que me influenciaron. Ustedes dirán que Jimmy Burns tiene una voz, pero esa voz no es otra que la que adquirí escuchando a los músicos que me precedieron”, dice con convicción. Con un gesto sutil le indica a la banda como seguir y se sumergen en un extenso medley que incluye Everyday I have the blues y I’d rather drink muddy wáter, en el que Alberto Burguez aporta su primer solo al piano.

Jimmy encara uno de sus clásicos, tal vez el mejor tema que haya escrito, Leaving here walking, y demuestra que, como Gardel, cada día canta mejor. Cuando termina la canción, Martín Burguez le murmura algo al oído, Jimmy asiente y lo invitan a Gabriel Cabiaglia a que ocupe el lugar de Gonzalo Rodríguez en la batería. Jimmy vira hacia el soul, primero con una que sabemos todos, Stand by me, y después con No consideration, que se la dedica con mucha galantería a una chica del público que cumple años. Todos los temas son largos, con extensos solos, más que nada de las guitarras y también algunos del piano. Sobre el final, Rodríguez vuelve a la batería y Jimmy se despacha con Stop the train con el groove imponente del bajo de Christian Morana.

La banda deja el escenario y Jimmy se queda solo, sentado sobre la banqueta, para una despedida mucho más íntima en la que demuestra que para ser un auténtico músico de blues no hace falta solo tocar clásicos y temas de 12 compases. Primero interpreta Cold as ice, el tema de Foreigner que él se apropió hace unos años y lo reconvirtió a su manera. Y se despide con Rainy night in Georgia, de Tony Joe White, con un acompañamiento mínimo de guitarra dejando todo el peso de la canción sobre su extraordinaria voz.

El público se va y la sala del Be Bop se va quedando vacía. Jimmy saluda a todos los que se le acercan y muda su cuerpo cansado a una de las mesas. Le acercan una cerveza y la saborea con ganas. Acomoda su sombrero y sonríe. Se siente bien… como en casa.

jueves, 12 de octubre de 2017

Diez años después


Matías Cipiliano tardó diez años en volver a grabar un disco. De aquél álbum debut a este Plug & go! han pasado muchas cosas en la vida del guitarrista, pero el sentimiento y el feeling por el buen blues siguen siendo el mismo. Su nuevo trabajo es un ejemplo de cómo el estilo de la Costa Oeste y el Jump blues deben interpretarse. El álbum fue grabado en vivo en dos sesiones realizadas en 2014 y 2016, y contó con la magia en la consola de Daniel De Vita y la participación de músicos de relieve que supieron acomodarse muy bien a lo que Cipiliano buscaba.

El instrumental GianpaMat jump, cargado de un poderoso swing es la puerta de entrada al maravilloso sonido de Plug & go! Sigue con un tributo a T-Bone Walter: una notable versión de You don’t love, en la que se destaca una gran performance vocal de Javier Goffman. El Ciego vuelve a sobresalir en Why should I feel so bad, de Sugar Ray Norcia, mientras que Cipiliano escribe con sus punteos un manifiesto del West Coast blues. La armónica de Nicolás Smoljan corre el velo del blues de Chicago para Need my baby, de Walter Horton, y luego Cipiliano reversiona, muy a su estilo, Diamonds at your feet, de Muddy Waters.

El guitarrista arremete con una animada versión de Lonesome train, de Eddie “Cleanhed” Vinson, y luego se codea con un standard de jazz como Exactly like you. A Idle moments, de Grant Green, le imprime cierta melancolía porteña logrando una interpretación sublime. Para el final, An Díaz se luce cantando Just your fool, de Little Walter, y luego, la banda se despide con You never can tell , en modo instrumental.

Además del talento innato de Cipiliano y el buen gusto de sus arreglos, la solidez de la sección rítmica, integrada por Mauro Ceriello y Damiàn “Hueso” Casanova, aporta la combustión justa para que la maquinaria funcione a la perfección, mientras que Tavo Doreste, desde el piano, se encarga de decorar con notas excelsas esos pequeños espacios que van quedando vacíos. En You don’t love y Just your fool acompañan las Fisu Horns, que aportan un groove demoledor y que ahora sirven también para recordar al entrañable Fisu Azpiazu.

Plug & Go! captura la esencia de un músico auténtico y además refleja la coherencia de un artista que lleva más de dos décadas animando la escena blusera local.


martes, 3 de octubre de 2017

Corazón partido


"Algunos dicen que la vida te pegará fuerte, romperá tu corazón, robará tu corona / Así que he salido a Dios sabe dónde, supongo que lo sabré cuando llegue allí / Estoy aprendiendo a volar, alrededor de las nubes".

La muerte de Tom Petty, como la de Gregg Allman hace unos meses, será muy difícil de sobrellevar. Con él se va buena parte de la historia del mejor rock clásico. Fue un artista que supo combinar la fuerza e intensidad del garage rock con unas letras mágicas, un Dylan rubio, genuino, eterno.

No me acuerdo cuándo descubrí a Tom Petty. Tal vez porque estuvo siempre ahí. Sus canciones flotaban en mi cabeza. Sí recuerdo cuando me volví loco con él. Fue en 1994 con el video de Mary Jane’s last dance, con Kim Bassinger en su apogeo y haciendo ¡de muerta! El clip era hermoso y perturbador, igual que la canción. El solo de armónica y el estribillo que dura para siempre todavía repiquetean en mí cabeza. Y fui corriendo a comprarme Greatest hits, probablemente uno de los mejores grandes éxitos de todos los tiempos. Y ahí estaba ese tema, con la mano de Rick Rubin, y también todos los otros que, aislados, escuchaba desde hacía tiempo: Learning to fly, Free fallin’, Refugee, I wont back down y American girl. Así uní las piezas del rompecabezas.

Enseguida comprobé que también era el mismo de Into the great wide open, otro video memorable de la época dorada de MTV, que protagonizaban Johnny Deep y Faye Dunaway. Y sí el cielo era el límite. Pero había más, mucho más. Tom Petty era como una cebolla. Pelabas las capas y aparecía una nueva sorpresa. Y ahí estaba él, con su cabellera rubia junto a Bob Dylan, Roy Orbison, George Harrison y Jeff Lynne. Charlie T. Wilbury, Jr. era una estrella más dentro de esa constelación llamada Traveling Wilburys. Brillaba por su talento, que se amalgamaba con el de los históricos que lo rodeaban. Me mandé en una carrera desenfrenada para conseguir los dos discos de la súper banda, en una época en la que había tener mucha paciencia para conseguir las figuritas difíciles.

Dos años después, en 1996, me sentí identificado, por primera y única vez, con Tom Cruise, en la escena en la que Jerry Maguire canta con muchas ganas Free fallin’ mientras maneja. A partir de ese momento ya no habría vuelta atrás. Me compré tres de sus viejos discos, Full moon fever, Damn the torpedoes y Wildflowers, y los que fueron saliendo en adelante: Echo, The last DJ y Highway companion. En 2010, algo más fuerte todavía me unió a Petty: Mojo, su álbum dedicado al blues. Ahí estaba con su voz nasal y el sonido de su guitarra, combinada con la de su histórico ladero Mike Campbell, aproximándose al sonido de Chess pero con sus propias canciones.

En 2012, viajé al sur de los Estados Unidos para recorrer los caminos del blues: de Nueva Orleans a Memphis por el Mississippi profundo. Pero un anuncio me desvío de la ruta. Tom Petty se presentaba en Little Rock Arkansas. El sábado 21 de abril amanecí sintiéndome mal. El exceso de cerveza y costillas de cerdo de la noche anterior en un bar de Beale Street estaban haciendo justicia por mano propia. Me compré un té frío, unas galletitas de agua y manejé los 300 kilómetros que separan a Memphis de la ciudad de Bill Clinton. Me alojé en un motel sobre la ruta en las afueras de la ciudad y fui directamente al Verizon Arena. Recuerdo como me cayeron las lágrimas cuando cantó Free fallin’, las mismas que ahora vuelven con la noticia de su muerte. 

Dentro de dos semanas iba a cumplir 67 años. Había terminado una gira por California y tenía dos shows programados para noviembre en Nueva York. Nada hacía pensar que su vida estaba por extinguirse. Un infarto lo sorprendió en su casa de Malibú y luego los medios, con informaciones contradictorias y muy poca rigurosidad, generaron dudas y aumentaron el dolor por algo que ya era inapelable. El líder de los Heartbreakers nos dejó para siempre con el corazón partido. Se fue a volar sin alas, allá… entre las nubes.


sábado, 30 de septiembre de 2017

Maestro de maestros

Johnny Jenkins
Otis Redding, Duane Allman y Jimi Hendrix son tres de los nombres que giran alrededor de la figura, olvidada, de Johnny Jenkins. Si tomamos a cada uno de ellos por separado, Jenkins es apenas una apostilla en sus biografías. Pero si contamos la historia con él como protagonista comprenderemos su enorme influencia. Este guitarrista zurdo y cantante contribuyó en los comienzos de las carreras de esos tres grandes músicos y, por ende, en el desarrollo del southern soul, el rock sureño y la psicodelia. Un verdadero maestro de maestros.

Jenkins nació en Macon, Georgia, el 5 de marzo de 1939 y creció en la pequeña comunidad rural de Swift Creek. Según el sitio AllMusic, de niño tuvo su primer acercamiento a la música gracias a la radio y quedó fascinado con artistas de R&B como Bill Doggett y Bullmoose Jackson. Su primera guitarra la construyó con una caja de cigarros y gomitas cuando tenía nueve años y tocaba por monedas en una estación de servicio.

Jimi Hendrix
A mediados de los cincuenta, Jenkins comenzó a tocar con más asiduidad en los bares y fraternidades de Macon y solía juntarse con otro guitarrista, zurdo como él pero un par de años más chico. Jimi Hendrix fue varias veces a Macon cuando era adolescente. Como sus padres se peleaban a menudo, él y su hermano se recluían en la casa una tía y así fue como respiró el aire sureño y tuvo sus primeros contactos con el blues. Y Jenkins fue una de sus grandes influencias. De eso dio cuenta el guitarrista Eddie Kirkland citado en las notas del disco recopilatorio de Hendrix, Blues. Con los años, se volvieron a ver al menos una vez más. Algunos señalan que zaparon juntos en 1969 en The Scene, un club nocturno de Nueva York.

A los 20 años, en 1959, Jenkins participó de un concurso radial y llamó la atención de Phil Walden, con quien entablaría una relación de décadas. Walden contribuyó para que Jenkins formara su primera banda, los Pinetroppers, en la que asomaba un joven Otis Redding.

Un hecho fortuito marcó la carrera de Jenkins y también la de Otis Redding. En 1962, Jenkins editó el single instrumental Love twist que fue un éxito regional -vendió unas 25 mil copias, según un artículo de The Guardian- y a raíz de eso fue invitado a Memphis a tocar con Booker T & The MG’s. Jenkins tenía pánico a volar y además no tenía licencia de conducir así que le pidió a Otis Redding que lo llevara en auto hasta a Memphis.

Otis Redding
En el estudio de grabación, Jenkins completó antes de tiempo una sesión con Booker T que no prosperaría y fue entonces cuando el ingeniero de grabación Jim Stewart y Steve Cropper centraron su atención en Otis Redding. “Yo pensé que Otis Redding era el chofer de Johnny Jenkins. Lo estaba ayudando con los amplificadores y sus cosas… se sentó por ahí durante todo el día mientras nosotros tocábamos. En un momento, cuando ya habíamos terminado, me dijo que él no tocaba ningún instrumento y empezó a cantar These arms of mine y yo lo seguí con el piano y Johnny con la guitarra”, le contó Cropper al biográfo Scott Freeman. Así cobró vida una de sus grandes composiciones, These arms of mine, que fue editado por Volt -sello subsidiario de Stax- en 1964, con el tema Hey hey baby en el lado B.

Ese instante marcó el inicio de la exitosísima y breve carrera de Otis Redding. Agradecido, el cantante le ofreció a Jenkins que fuera el guitarrista de su banda, pero éste se negó porque por su miedo a volar no iba a poder cumplir con las giras. Irónicamente Otis Redding murió el 10 de diciembre de 1967 en un accidente aéreo.

En 1969, Phil Walden, junto a Alan Walden y Frank Fenter, fundaron Capricorn Records y al primer artista que contrataron fue a Jenkins. Había llegado el momento de que grabara su primer disco. Ton-Ton Macoute fue editado en 1970 y Jenkins contó con unos jóvenes músicos que pronto serían estrellas: Duane Allman, Berry Oakley, Jaimoe y Butch Trucks. Además de la base de los Allman Brotheres, colaboraron en el álbum los cantantes Eddie Hinton y Jimmy Nalls, y el tecladista Paul Hornsby. El álbum, que se convirtió en un clásico de Capricorn Records, fue producido por Duane Allman y Johnny Sandlin, y el repertorio estaba compuesto por una selección de blues y afines muy característicos de la época: desde el I walk on gilded splinters de Dr. John hasta Down along the cove de Bob Dylan. Pero también tenía algunos blues de raíz como Catfish blues (curiosamente figura como Rollin’ stone en los créditos), Leavin’ trunk, Dimples y My love will never die.

Tras ese gran disco llegó la irrupción de los Allman Brothers y Capricorn Records concentró todos sus recursos en ellos. Jenkins pasó a un segundo -o tercer- plano que lo llevó a prácticamente dejar el mundo de la música, más allá de esporádicas presentaciones en su zona de influencia. Pasaron más de 25 años para que volviera a grabar. Y fue Phil Walden quien lo convenció. En 1996, editó su segundo disco para Capricorn Records, Blessed blues, un álbum que, como indica su nombre, no presta lugar a la confusión. Allí volvió a contar con la colaboración de Sandlin y un invitado de lujo en teclados: Chuck Leavell. El repertorio incluye temas propios, covers de Sonny Boy Williamson, Blind Willie McTell, Muddy Waters y Elmore James, y una reedición de su single de 1962 que aquí renombró como Miss thing.

Si bien Capricorn Records fue vendida en 2000 a Volcano Entertainment, Jenkins ya estaba en el ruedo y en el ocaso de su vida grabó dos discos más de manera independiente: Handle with care (2001) y All in good time (2005). El 26 de junio de 2006, a los 67 años, sufrió un ACV y murió. Pero la leyenda ya estaba escrita.

jueves, 21 de septiembre de 2017

De Bentonia a Bolivia


El blues está lleno de historias sorprendentes y esta es una de ellas.

Jamie Atkinson, oriundo de Georgia, Estados Unidos, se había instalado con su familia en La Paz, Bolivia, por cuestiones laborales. A mediados de 2015, se fue de vacaciones a su país con sus dos hijos para recorrer los caminos del blues de Mississippi. “Yo crecí escuchando las dulces melodías de Leadbelly y Mississippi John Hurt y quise que mis hijos conocieran una porción de América que yo creía que ya no estaba más”, escribió.

Ya en los Estados Unidos leyó un artículo sobre el Blue Front Café de Bentonia y los tres emprendieron viaje desde Greenwood hasta ese pequeño poblado al sur del Mississippi en el que viven unas 300 personas. “Me sorprendió enterarme que el country blues no estaba muerto, confinado a las tumbas, libros de historia o el kitsch de Beale Street”, apuntó Atkinson.

Al llegar a Bentonia se encontraron con el que mítico juke joint estaba cerrado, pero poco después apareció un joven que se presentó como el sobrino de Jimmy “Duck” Holmes y llamó por teléfono a su tío. Holmes llegó 15 minutos después y, como lo hace siempre, abrió las puertas del bar y tocó para los visitantes durante dos horas. Justo cuando se estaban por ir, Holmes les preguntó de dónde venían. Atkinson le contó que estaban viviendo en La Paz y el músico le dijo que su manager, Michael Schulze, quería que fuera a tocar a Sudamérica.

Atkinson, Mavrich e Iñiguez en Bentonia
Ese deseo de Schulze, que pasó a ser también el de Atkinson, se concretó un año después. En junio de 2016, el legendario Jimmy “Duck” Holmes viajó a Bolivia y durante diez días realizó una serie de shows y clínicas que se convirtieron en la semilla del proyecto Bolivia Bentonia Blues (BBB). Atkinson, guitarrista y cantante, sumó a otro violero, Nico Mavrich, y al percusionista Ramiro Iñiguez. Los tres comenzaron a versionar temas de Holmes, clásicos de Jack Owens y Blind Willie Johnson y también a componer sus propias canciones inspiradas en ese intercambio cultural, muestra inconstrastable de la universalización del blues. En junio de este año, Atkinson, Mavrich e Iñiguez dieron un paso más: viajaron a Bentonia y se reencontraron con Holmes. Junto al ecuatoriano John Villalobos y otros músicos locales, como Leo “Bud” Welch y Terry “Harmonica” Bean, participaron del Bentonia Blues Festival.

El círculo no iba a estar completo sin un disco. Songs for Jimmy se gestó antes del viaje y fue editado cuando regresaron. Parte del álbum se grabó en el estudio Ecos en La Paz y el resto en King Estudio, en Buenos Aires, en el que contaron con la mezcla y masterización de Pablo Hadida, y la participación de Marcelo Ponce y Viviana Dallas.

Los músicos lograron capturar en cada una de esas 13 canciones el espíritu del blues de Bentonia. Desde la expresiva Catfish hasta Cypress Grove el trío se complementó la perfección con la expresividad de la pareja argentina. El slide de Marcelo Ponce enhebró unos solos punzantes, mientras que Viviana Dallas elevó su canto profundo con suma pasión. Y con sus armonías vocales en Nobody’s fault but mine sobrevolaron el éter en el que el canto del góspel se mezcla con el blues.

La cantante boliviana Carla Casanovas aportó su dulce voz en All night long, cantando algunas estrofas en español y otras en inglés, e hizo coros en el tema que da nombre al disco. Y Pablo Hadida sumó su toque musical con el slide en la instrumental Stella 1917.

Bolivia Bentonia Blues es un disco intenso y muy respetuoso de la tradición blusera de Bentonia. Es probable que el primer fan que tenga sea Jimmy “Duck” Holmes.

lunes, 11 de septiembre de 2017

El camino a la inmortalidad


Espero que sigas hechizado por la música de mi alma cuando yo ya no esté”.

En el estribillo de My only true friend queda de manifiesto que Gregg Allman percibía que su final estaba cerca. Confiesa que la ruta fue su “única verdadera amiga” y espera que su música trascienda a su existencia. Y, paradójicamente, su voz suena majestuosa, llena de vida. La melodía es afable y el solo de guitarra de Scott Sharrard exuda la tradición más pura del rock sureño. Pero entonces se cuela el toque de una trompeta, como en un funeral. Es su despedida.

Gregg Allman murió el 27 de mayo cuando, junto con el productor Don Was, estaba dando las últimas puntadas a la mezcla de Southern blood, álbum que fue editado ahora y que recuerda que su muerte es una pérdida irreparable. Pero como con todo gran artista, su música lo sobrevive y en este caso, el disco póstumo se suma como testamento a una vasta discografía solista y con los Allman Brothers.

Para grabar este álbum, Gregg Allman llevó a su banda estable a los estudios FAME, en Muscle Shoals, donde los Allman Brothers tuvieron sus primeros ensayos hace medio siglo. Solo el primer tema fue compuesto por Gregg Allman, el resto son covers -que el cantante reconstruye de una manera muy personal- y un tema escrito por Sharrard.

Con cada una de esas canciones, Allman cuenta su historia, la de su música y reflexiona sobre el futuro. “Y a veces me pregunto / Sólo por un tiempo / ¿Te acordarás de mí?”, expresa en Once I was the Tim Buckley. Mientras que con Going, going gone de Bob Dylan emociona hasta las lágrimas: “Cierro el libro / En las páginas y el texto / Y no me importa lo que suceda a continuación / Yo sólo voy / Me voy / Me fui”. Pasa la página y versiona Black muddy river de los Grateful Dead. Y otra vez vuelve sobre sus pasos, los que dará y los que no. “Caminaré solo al costado del negro y fangoso río / Cantando una canción mía / Y cuando parezca que la noche dura para siempre / Ya no quedará nada más que hacer que contar los años”.

Y entonces, el blues. Porque siempre hay un blues. Y esta vez, es sobre la vida que vivía, la que amaba. Y nada mejor para expresarlo que I love the life I live, de Willie Dixon. Sigue con una de las más nobles y hermosas melodías, la de Willin’, de Lowell George, en la que canta que desea seguir moviéndose. Luego se sumerge en las profundidades del southern gumbo y recuerda a un viejo amigo, Johnny Jenkins, con Blind bats and swamp rats. Vuelve a la balada soulera, con una buena sesión de caños, para rescatar lo mejor de la tradición de Muscle Shoals, con Out of the field, de Percy Sledge. Antes del final recrea Love like kerosene, una composición bien rockeada de Sharrard que ya venía tocando en vivo y había grabado en el disco Live Back To Macon, GA.

Se va con Song for Adam, tema del álbum debut de Jackson Browne: “Sostengo mi única vela / aunque es muy poca luz como para encontrar mi camino / Ahora mi historia está bajo esta vela / Y se acorta a cada hora”. Las letras de las canciones resumen su vida y también nos muestran sus miedos e incertidumbre de cara al futuro, que vislumbraba corto. Su última interpretación, tan sentida como magistral, estuvo a la altura de su historia. Que en paz descanses Gregg.


sábado, 2 de septiembre de 2017

Dos estilos, mismo sentimiento

Vieja Estación - Soltando la carga. El paso del tiempo, la experiencia adquirida, las geografías recorridas, la pasión por la música y la necesidad de tener una voz propia se conjugan en el último disco de Vieja Estación, el cuarto de su cosecha y el tercero con temas en español. Aquí se mezclan los orígenes de la banda, con los hermanos Espósito y Mauro Bonamico, con el nuevo aire que trajo el guitarrista Nicolás Yudchak. El álbum fluye con un cancionero original, aires del southern soul, una pizca de blues y una enorme influencia de los Allman Brothers, como se percibe principalmente en temas como El sueño de Myto y Vientos del sur. Santiago Espósito -"Tomy" para todos- es el eje central de la banda. Su voz rasposa y auténtica es lo primero que sobresale por sobre la combinación de su guitarra con slide y los riffs potentes de Yudchack. Bonamico e Ignacio Espósito llevan adelante el ritmo con mucha autoridad. Pero no es solo un disco de guitarras. El sonido del hammond es protagonista de principio a fin, ya sea de la mano de Nandu Tecla o el fenomenal Nico Raffetta. Yair Lerner y Mauro Chiappari aportan la fuerza de los caños en algunas canciones y Julio Fabiani suma un aires campestres desde su lap Steel en la melodiosa Perro fiel. Las letras son todas en español, mientras que los solos tienen la frescura de los duraznos de Georgia. Soltando la carga es un disco imprescindible para todos aquellos que siempre buscan un poco más: “La respuesta está en el viento / ya lo decía esa canción / el camino solo te lleva / hasta la próxima estación”.

Southbound - Dynamite. Aquí una propuesta completamente diferente. Un grupo de músicos jóvenes formados en la Escuela de Blues se unieron para dar vida a este proyecto que apunta a recrear viejos clásicos de los cuarenta y los cincuenta con un sonido que remite al West Coast y una estética de swing muy cuidada. La banda se conforma con Alejandra Gallo, una notable vocalista que fusiona el estilo de las grandes cantantes de jazz, con la impronta de Etta James y la soltura de Imelda May; los prolíficos guitarristas Luca Zolkwer y Manuel Marañón Ocampo; y la rítmica compuesta por el bajista Andrés Giorgi y el baterista Adrián Bareiro. Detrás de ellos aparece el bielsismo del blues, el mágico toque de Daniel De Vita en su doble rol de productor y técnico de grabación. Uno de los puntos más altos del disco es My lonely room, de Titus Turner, por la colaboración (¡Cuándo no!) de Nico Raffetta en teclas. La banda también se luce en la versión de Matchbox, de Ike Turner, donde Ale Gallo ruge con una fuerza implacable. En Big bad handsome man suena la armónica calibrada y sublime de Nico Smoljan; y en la instrumental Big Price asoma el brote creador de Luca Zolkwer, en una composición que remite al sonido de Rick Holmstrom. Dynamite combina pasado y futuro: una nueva generación de músicos que indaga en sonidos de antaño con mucho respeto y pasión.

viernes, 25 de agosto de 2017

Más vigentes que nunca

Robert Cray and Hi Rhythm - Robert Cray and Hi Rhythm. Este disco, el décimo octavo de su carrera, es una muestra acabada de todo lo que es Robert Cray hoy. El álbum suena tremendo, la voz de Cray es inmaculada y sus solos son exquisitos. Desde que volvió a reunirse con Steve Jordan -In my soul, 2014- adquirió definitivamente el toque que le faltaba. Robert Cray sigue sonando como Robert Cray pero ahora también suena a Memphis. No por nada se fue hasta allí a grabar esta colección de composiciones propias y algunos covers como The same love that made me laugh, de Bill Withers; I don’t care, de Sir Mack Rice; y Aspen, Colorado y Don't steal my love, de Tony Joe White, quien además aporta el sonido electro-pantanoso de su guitarra en el segundo tema. Cray todavía conserva la frescura de aquél músico que impuso su sonido distintivo en la década del ochenta y a eso le agregó la experiencia y una búsqueda artística de años. Hoy, suena mejor que nunca y sigue sonando a Robert Cray. Soul y blues en su máxima expresión.

George Thorogood - Party of one. Este es el disco número 14 de su carrera y el más diferente a todos los demás. Por primera vez, a cuarenta años del primer álbum que grabó, lanza un disco sin la compañía de los Destroyers. Thorogood decidió que era tiempo de presentarse solo, apoyándose en su guitarra -eléctrica o acústica- y en un puñado de canciones que marcaron toda su trayectoria. Los temas elegidos reflejan sus máximas influencias: desde el comienzo con Steady rollin’ man de Robert Johnson, hasta el final en vivo con la hookeriana One bourbon, one scotch, one beer. En líneas generales el disco respira blues primario, visceral, pero no se limita solo a eso. Thorogood recurre al slide en más de una oportunidad, a sus clásicas inflexiones vocales y también a la armónica. Nos lleva a lo más profundo del blues con clásicos como The sky is crying, Born with the blues, Got to move y Wang dang doodle; nos agasaja con buenas canciones de la historia del rock como No expectations de los Stones y Down the highway de Dylan; y nos sorprende con un par de éxitos de la música country como Bad news de Johnny Cash y Pictures from life’s other side de Hank Williams. Party of one es una invitación del artista a su mundo más íntimo. Y no hay que dejarla pasar.

John Mayall - Talk about that. Nadie podrá discutir jamás que John Mayall no es un hombre de blues. A los 83 años acaba de lanzar un nuevo disco: ¡El número 66 de su carrera! Pocos músicos deben haber grabado tanto como él. Y lo llamativo, en su caso, es que sus discos siguen una línea artística definida. Más allá de algunas exploraciones musicales que hizo en los setentas y algún sonido más aggiornado en las décadas siguientes, Mayall elaboró una marca musical que ya puede clasificarse como clásica. Aquí, en su nuevo trabajo, el padrino del blues inglés vuelve a mostrar su talento con los teclados, la guitarra y la armónica, y su voz se mantiene intacta. La banda que lo acompaña es la misma de los últimos años: Rocky Athas (guitarra), Greg Rzab (bajo) y Jay Davenport (batería). El repertorio incluye ocho temas originales y tres covers: It’s hard going up, de Little Sonny; Going away baby, de Jimmy Rogers; y Don’t deny me, de Jerry Lynn Williams. El legendario guitarrista Joe Walsh (Eagles y James Gang) aporta su toque punzante en The Devil must be laughing y Cards on the table y la sección de vientos comandada por Ron Dziubla realza el sonido de la banda en más de una canción. Con este nuevo disco Mayal deja en claro dos cosas: que está más vigente que nunca y que tiene cuerda para rato.