jueves, 2 de abril de 2020

El patriarca

Ellis y Wynton Marsalis
Ellis Marsalis fue un ícono del jazz moderno, el patriarca de una talentosa familia y un maestro ejemplar. Como pianista grabó más de una veintena de discos; como padre les transmitió a sus hijos los valores de la tradición de Nueva Orleans, el arte de la improvisación y el amor por la música; y como docente formó a grandes figuras del jazz como Harry Connick Jr., Terence Blanchard y Nicholas Payton.

El miércoles por la noche, un día después del fallecimiento del trompetista Wallace Roney por coronavirus, Marsalis murió afectado por la misma enfermedad que asola al mundo y nos tiene en cuarentena. Tenía 85 años.

“La neumonía fue la causa directa de la muerte, pero fue ocasionada por el covid-19”, confirmó la familia Marsalis en un comunicado.

Ellis Marsalis nació y se crió en Nueva Orleans. La música estuvo siempre con él. Se formó tocando el saxo, pero con el tiempo se volcó al piano. Con ese instrumento se destacaría en su carrera que, irónicamente, despegó a mediados de los ochenta luego del éxito de dos de sus hijos: Wynton y Brandford. Otros dos, Delfeayo y Jason, también son reconocidos músicos de jazz.

En la década del sesenta integró la banda estable de un reconocidoclub de jazz de Nueva Orleans, participó en discos de los hermanos Cannonball y Nat Adderley y tocó en el grupo del trompetista Al Hirt, otro prodigio de esa ciudad. En la década del setenta se dedicó a la docencia y fue recién en 1982 cuando su nombre saltó al mainstream del jazz.

El curioso álbum Fathers & Sons fue un disco editado por el sello Columbia, que en su cara A tenía a Ellis, Wynton y Branford en formato quinteto junto al contrabajista Charles Fambrough y el baterista James Black interpretando algunos temas originales y una exquisita versión de Lush Life, de John Coltrane. En el lado B cambiaba todo: los protagonistas eran Von y Chico Freeman, padre e hijo respectivamente, con otra formación acompañándolos. Ese disco fue un verdadero trampolín para Ellis y sus hijos, aunque Winton ya se había hecho popular en el mundo del jazz un año antes, cuando, con apenas 19 años, grabó su álbum debut respaldado por la sección rítmica que Miles Davis tuvo en los sesenta: Herbie Hancock, Wayne Shorter, Ron Carter y Tony Williams.

En los años siguientes, Ellis Marsalis grabó álbumes para los sellos ELM -fundado por él-, Rounder, Rhino y Blue Note. Para este último, precisamente, registró un álbum en formato trío alcanzando un pico musical y unas ventas razonables. Eso lo puso bajo la órbita Columbia, que ya los tenía fichados a Wynton y a Branford. Su primera aparición para el gigante discográfico fue con el tema This is Christmas, en el álbum navideño Jazzy at Wonderland que sumaba a las figuras del jazz que integraban el catálogo: Harry Connick Jr., Tony Bennett, Grover Washington Jr., Nancy Wilson, Joey DeFrancesco y, por supuesto sus dos hijos famosos. Luego vendrían cinco discos solista al hilo que, al día de hoy, son sus mejores trabajos de estudio: Heart of Gold (1991), Whistle Stop (1993), Joe Cool’s Blues (1994), Loved ones (1995) y Twelve’s it (1998). En cada uno de esos discos, Ellis Marsalis mostró sus dotes como pianista, su inacabable capacidad para improvisar, unos fraseos exquisitos y una sonido cálido y sentimental.

Cuando su vínculo con Columbia terminó, el pianista firmó con Sony para un disco que fue lanzado en 1999 y luego empezó a rebotar en sellos más pequeños como Munck Music o ESP, y también en su propio ELM, para los que registró más que nada discos en vivo, muchos en el Jazz & Heritage Festival, el más prestigioso de Nueva Orleans.

“Se fue de la misma manera en que vivió: aceptando la realidad”, tuiteó anoche Wynton.

Mientras que Branford eligió estas palabras para despedirlo: “Todos podemos maravillarnos de la absoluta audacia de un hombre que creyó que podía enseñarles a sus hijos negros a ser excelentes en un mundo que rechazaba esa posibilidad, y entonces verlos llegar a redefinir lo que significa la excelencia para siempre”.


viernes, 27 de marzo de 2020

Nunca lo sabrán


“No puedo contarles mucho sobre este disco. Me encantaría, pero no puedo. Tengo una restricción legal para hacerlo. El bluesman en el centro de este álbum no quiere que el público sepa quién es. Y más importante aún, no quiere tampoco que otros fieles de su congregación lo sepan. Verán, el artista es un hombre religioso y su iglesia, como muchas iglesias en el sur profundo, consideran al blues una música pecaminosa. Es por eso que él pidió grabar con un seudónimo. También especificó que no se divulgue dónde vive, ni en que juke joint se registró este disco en una sola sesión en 2007”.

Así comienza el relato de Jeff Konkel, productor del álbum, que figura en la información del CD The World Must Never Know, editado por Broke & Hungry Records, y atribuido a Mississippi Marvel.

Jeff Konkell
En esas líneas, Konkel confiesa que la tarea de grabar a este misterioso bluesman de unos ochenta años no fue nada sencilla. Sin dar precisiones de lugares o fechas, el productor cuenta que se acercó al artista en varias ocasiones para proponerle grabar un disco y siempre recibió una respuesta negativa, aunque sin darle demasiadas explicaciones. Pero fue tanta la insistencia de Konkel que por fin el músico le reveló el motivo: que los fieles de la iglesia a la que asistía no iban a comprender, y mucho menos aceptar, que editara un disco de blues. Fue entonces cuando a Konkel se le ocurrió grabarlo y resguardar su identidad al mismo tiempo. Así nació Mississippi Marvel.

Otros tres músicos participaron de la sesión de grabación: Lightnin' Malcolm tocó la batería en seis temas, mientras que el guitarrista Bill Abel y Jimmy "Duck" Holmes se sumaron en una canción muy poco conocida de Muddy Waters, Waterboy, waterboy, con la particularidad de que Holmes tocó la armónica. “Para tranquilizarlo de que su nombre no se iba a filtrar les hice firmar a los otros músicos un contrato de confidencialidad”, detalla Konkel.

Mississippi Marvel es blues del Delta en estado puro. Sonido crudo y pasional. Una voz cautivante y una guitarra sucia y visceral. El repertorio se equilibra entre clásicos como 44 blues; Catfish blues; No mail blue, de Lightnin’ Hopkins; y Everything’s gonna be alright, de Little Walter; con algunas composiciones propias como Kankakee, Feel like layin’ down y Hard pill to swallow. De todas maneras, Mississippi Marvel logra imponer su estilo en cada una de las versiones que realmente suenan como si fueran suyas.

Pasó el tiempo desde la grabación del disco -en una zona rural del Mississippi en noviembre de 2007 y la posterior edición al año siguiente- y su identidad nunca trascendió. Roger Stolle, dueño de Cat Head Delta Blues & Folk Art, oriundo de Clarksdale y uno de los mayores difusores del blues del Delta, dijo que Mississippi Marvel murió hace un tiempo y su familia tampoco quiso que se revele su nombre post morten. Así unos pocos guardan el secreto bajo siete llaves y, al parecer, el mundo nunca sabrá quién fue este maravilloso músico.


jueves, 19 de marzo de 2020

La revolución de Miles


La voz carrasposa de Carl Lumbly, en el rol de Miles Davis, surge como un espectro sonoro y se convierte en el eje del relato, que se combina con un coro de personajes que acompañaron al trompetista a lo largo de su vida: ex esposas, amantes, amigos, músicos, productores y periodistas. De eso se trata Birth of the Cool, el documental que acaba de estrenar Netflix sobre la vida y obra del músico que cambió la historia del jazz para siempre.

Miles Davis fue un personaje controvertido. Machista, violento, un tanto racista, inestable, pero extremadamente talentoso y muy seductor. Dedicó su vida a la música y a la innovación. A diferencia de muchos afroamericanos de su generación, nacidos antes de la primera guerra mundial, Miles no pasó penurias económicas debido a que su padre tenía un buen pasar y él pudo ir a buenos colegios y a la prestigiosa academia Julliard, en Nueva York. Pero siempre debió convivir con sus demonios, que lo llevaron a excesos con las drogas y el alcohol, y largos períodos de aislamiento.

La carrera de Miles Davis despegó con Dizzy Gillespie y Charlie Parker, los héroes del be bop, en un contexto que podría definirse como un laboratorio experimental de música que redefiniría el sonido del jazz moderno. A partir de ese momento, y en cada etapa de su vida, su música fue evolucionando. Miles nunca miró para atrás y, como explica uno de sus hijos en el documental, ni siquiera guardaba o escuchaba sus viejos discos.

El documental, dirigido por Stanley Nelson, cuenta con imágenes inéditas, música original y testimonios esenciales como los de dos de los hijos de Miles, una de sus ex esposas, dos amantes, músicos como Ron Carter, Wayne Shorter, Herbie Hancock, Marcus Miller, Mike Stern y el productor Clive Davis, entre muchos otros. Birth of the Cool atraviesa todas sus etapas: la que da precisamente el nombre al film, justamente su primer trabajo con Gil Evans; su período en París; sus discos para Prestige; la obra suprema de Kind of Blue junto a John Coltrane y Bill Evans; el quinteto de los sesenta; la exploración del jazz rock con Bitches Brew; los años oscuros de fines de los setenta; su reaparición en los ochenta; y su deterioro físico que lo llevó a la muerte el 28 de septiembre de 1991.

Miles Davis fue un músico inigualable, un innovador, un aventurero. Contribuyó a la revolución del jazz y fue el artífice de su propia rebelión. El sonido dulce y cálido de su trompeta contrastó con su personalidad conflictiva y enmarañada. El film de Nelson engloba todo eso en poco menos de dos horas y brinda un nuevo enfoque a la obra de uno de los artistas más influyentes del siglo XX.



martes, 10 de marzo de 2020

Extravaganza transnacional


La historia se remonta a 2016. Nico Smoljan, referente absoluto de la armónica en la Argentina, se juntó con los Headcutters de Brasil y los Silver Kings de California para realizar una gira que incluyó una presentación en el Ilha Blues Festival de Ilha Comprida, en San Pablo, y shows en ItajaÍ y Camboriú. La experiencia en vivo fue tan gratificante para los siete músicos que en cuanto pudieron se metieron en un estudio de grabación para dejar testimonio. El resultado, que ve la luz cuatro años después, es una obra sobresaliente en la que prevalece el sonido de fines de los cuarenta y comienzos de los cincuenta, cuando la electrificación de los instrumentos en Chicago dio inicio a una nueva era en el blues.

Los músicos lograron recrear ese sonido primario que se denomina early electric Chicago blues. “Usamos todos amplificadores e instrumentos de la época y se grabó analógicamente a cinta con un micrófono buscando conseguir alguna similitud con las grabaciones de blues aquellos años, que tienen un ambiente y una calidez muy especial, mucha dinámica y son muy orgánicas”, cuenta Nico Smoljan.

Las dos bandas y Smoljan se ensamblaron de gran manera, como si ya vinieran tocando juntos desde hacía décadas. Las voces se las repartieron entre los brasileños Joe Marhofer y Ricardo Maca con Jerry Careaga. Smoljan y Marhofer se dividieron casi a la mitad los temas para soplar sus armónicas, cromáticas o diatónicas, aunque intercambiaron notas en I was fooled, de Billy Boy Arnold, y Extravaganza, un tema compuesto para la ocasión. Maca y Mark Mumea llevaron adelante las guitarras en todas las canciones, al igual que Leandro Barbeta la batería, mientras que Catuto tocó el contrabajo en ocho temas dejándoles los tres restantes a Carega.

El repertorio está conformado por clásicos de Jimmy Reed, Muddy Waters, Little Walter, Jimmy Rogers, Johnny Shines, Floyd Jones y Sunnyland Slim, todos protagonistas de aquellos años en los que el blues se apoderó de la ciudad de Chicago para convertirla en su capital y dulce hogar.

Las interpretaciones son majestuosas. Los siete músicos rescataron con naturalidad el viejo sonido y eso se percibe en el clima de los temas. No hay fisuras y todo lo que sobresale es un profundo conocimiento del género y de esa época en particular. “Fue una experiencia muy linda que seguramente se va a repetir en algún momento”, agrega Smoljan.


miércoles, 26 de febrero de 2020

En el nombre de Wes


En tiempos de Spotify, música ligera y magras ventas de cd’s, un músico argentino de jazz se animó a editar un disco doble, en cajita de acrílico y con un booklet de varias páginas con fotos e información. No se trata de una apuesta comercial, claro está, sino de un sentido homenaje. Essence of Wes Montgomery es la forma en la que Juan Valentino le devuelve a su máximo ídolo todo lo que le dio.

El álbum fue grabado en vivo en Thelonius Club el 9 de marzo del año pasado y de las 18 canciones 12 pertenecen al legendario guitarrista de Indianápolis. Otras selecciones son In a sentimental mood, de Duke Elington, cantada de forma conmovedora por Carrie Dianne Ward; la tradicional Down by the Riverside; y una composición del propio Valentino, There will never be another Wes.

En la primera parte del álbum el guitarrista está respaldado por la Jazz Bazar conformada por Matías Valentino en piano, Augusto Peloso en contrabajo, Timothy Cid en batería. Luego se suman Carlos Casas en congas y Martín Sánchez en vibráfono. En el final se suma la Big Band de Daniel Camelo para mostrar la faceta más orquestada del imponente repertorio del gran Wes.

“Para rendirle homenaje a Wes mentalicé el show homenaje de 2019 basándome en tres de sus formaciones, la clásica del cuarteto, la que incorpora el vibráfono y la que grabó con la Big Band y supongo que, añorando esas grabaciones de antes o tal vez por el increíble trabajo que estábamos desarrollando en cada ciclo aniversario de Wes, surgió el tema de grabar el disco en vivo”, dijo Valentino.

En cada una de las canciones Valentino deja que su guitarra fluya con libertad, desdibujando melodías con un swing fabuloso siguiendo los lineamientos trazados por Wes Montgomery hace más de medio siglo. Pero en Unit 7 y Movin’ Wes (Part 2), Valentino interpreta los solos originales de las grabaciones porque, según explica, “interpretar a Wes es como hacerlo con Mozart o Beethoven”.

El proyecto Essence of Wes requirió unos cuantos meses de preparación y lanzar el disco un año más, tiempo que parece poco cuando uno piensa que era el sueño de Valentino de toda una vida.


martes, 18 de febrero de 2020

Hombre de blues


Se fue uno de los últimos protagonistas de la edad dorada del blues, un pianista que participó en el desarrollo del sonido de Chicago en la década del cincuenta y que tocó con la crema de la crema del género. Se fue una leyenda que viajó por el mundo llevando su mensaje y su historia para compartirla con músicos y público de otras latitudes. Se fue un verdadero evangelizador del blues.

Henry Gray murió a los 95 años. Desde hacía un tiempo estaba mal de salud, pero hasta que el cuerpo se lo permitió siguió subiéndose a los escenarios a hacer lo que siempre hizo: tocar blues. Había comenzado cuando era un adolescente en su Louisiana natal y a mediados de los cuarenta, con apenas 20 años, se mudó a Chicago, el lugar indicado en el momento preciso.

Tocando en un humoso club de la Ciudad del Viento cautivó al mismísimo Big Maceo, quien se volvió su maestro y protector. Luego la historia fue decantando sola: entre 1956 y 1968 fue el pianista de la banda de Howlin’ Wolf y también sesionista de Chess Records. La lista de músicos con los que tocó en esos años en Chicago conforman una verdadera enciclopedia del género: Muddy Waters, Robert Lockwood Jr., Billy Boy Arnold, Johnny Shines, Hubert Sumlin, Lazy Lester, Little Walter, Otis Rush, Buddy Guy, James Cotton, Little Milton, Jimmy Rogers, Jimmy Reed y Koko Taylor.

A fines de los sesenta volvió a su pueblo en Louisiana y, tras realizar algunos trabajos en el negocio familiar de la pesca, volvió a tocar y a desarrollarse en el estilo del swamp blues (blues del pantano). Su primer disco solista, Lucky Man, lo editó el sello Blind Pig en 1988 y desde entonces se volvió una figura frecuente en el Festival de Jazz de Nueva Orleans y también alrededor del mundo.

El legado musical de Henry Gray es inmenso, pero también lo es su historia. Un hombre que durante 80 años se dedicó al blues no puede no ingresar al Panteón de los grandes maestros del género. Se ganó ese lugar con talento y perseverancia. Hasta siempre, maestro.


sábado, 8 de febrero de 2020

La malevolencia oculta del blues


El 13 de febrero de 1970, el heavy metal se presentó formalmente en sociedad. Si bien Led Zeppelin, Deep Purple y Blue Cheer habían comenzado a darle forma a ese género, fue el primer disco de Black Sabbath el que le dio su identidad. El sueño hippie de amor y paz había llegado a la cúspide con el Festival de Woodstock, que paradójicamente también preanunció su final, y tras los crímenes del clan Manson, la muerte de Brian Jones, el homicidio de Altamont y el caos de la Isla de Wight, el panorama musical de la década del setenta comenzó alterado a la par de un mundo siempre convulsionado. Es por eso que un nuevo sonido, cargado de riffs, letras oscuras y una estética ocultista, surgió como una nueva forma de expresión.

La génesis de Black Sabbath fue en 1968 en la ciudad inglesa de Birmingham cuando el guitarrista Tony Iommi y el baterista Bill Ward decidieron romper con el molde del rock británico que, por entonces, salvo algunas excepciones, parecía ir dejando de lado su costado más blusero para acercarse a una vertiente pop más comercial. Iommi y Ward contactaron a dos músicos que tocaban en la banda Rare Breed, el bajista Terry “Geezer” Butler y Ozzy Osbourne, que ya por entonces comenzaba a hacer gala de sus atributos de showman provocador. El grupo primero se llamó The Polka Tulk Blues Band y también contaba con el guitarrista Jimmy Phillips y el saxofonista Alan Clarke, pero estos últimos duraron poco tiempo. Como cuarteto se rebautizaron como Earth, grabaron unos singles y se fueron de gira a Hamburgo, Alemania. Allí, decidieron cambiar su nombre porque había una banda que se llamaba igual y al final eligieron Black Sabbath, en homenaje al filme de terror de 1963 protagonizado por Boris Karloff.

Tras varios meses tocando en pequeños y humosos antros de su ciudad y alrededores les llegó la oportunidad. En noviembre de 1969, la productora Tony Hall Enterprises les adelantó la suma de 600 libras y los músicos ingresaron a los estudios Regent Sound de Londres. Según contó Iommi en varias entrevistas, “grabamos el disco en apenas dos días, con Ozzy cantando al mismo tiempo, encerrado en una pequeña cabina dentro del estudio. Creo que hubo pocas segundas tomas”.

El disco, editado por Vertigo Records, salió el viernes 13 de febrero, pero no tuvo la difusión esperada. Su sonido distintivo no cautivó a las emisoras de radio. Pero eso no frenó lo inevitable: se empezó a expandir entre los jóvenes como un virus, a tal punto que en tres meses alcanzó el puesto número 8 de los charts británicos y en mayo se editó en los Estados Unidos a través de Warner Records.

Una de las claves del sonido de Black Sabbath se debe, en parte, a un accidente laboral que sufrió Iommi en una de sus manos años antes de formar el grupo. Trabajando con una máquina perfiladora de planchas de metal se rebanó la primera falange de los dedos medio y anular de la mano derecha. Al tratarse de un guitarrista zurdo, esa situación casi lo hace abandonar la música. Pero recurrió a unas prótesis plásticas en sus dedos y comenzó a utilizar cuerdas ligeras, como las del banjo, que destensó para bajarle la afinación. Esos cambios, y su afinación en DO, dio la tonalidad característica del sonido del heavy metal. En su reseña para el sitio Allmusic.com. Steve Huey determinó que la clave del sonido de la banda fue que “encontró la malevolencia oculta del blues”. “La escala pentatónica siempre utilizó el tritono o la quinta disminuida, llamada ‘blues note’. Sabbath sólo extrajo esa idea y la utilizó en uno de los riffs definitivos del heavy metal”, apuntó el autor.

En su libro Una Historia Pesada (Editorial Distal / 2013), Daniel Helou analiza el tema Black Sabbath, que abre el álbum: “Se ve que usaron unos acordes (Mi contra Fa, con Si) que se conocen como ‘El intervalo del demonio’, que transmitían un sonido oscuro y misterioso. Unido a la letra, lograba un marcado contraste con la música folk y hippie de otros artistas. La gente reaccionaba con entusiasmo y se dieron cuenta que habían descubierto algo poderoso y único. Inspirados por el resultado, decidieron componer más material en esa onda”.

“Sin proponérselo -amplía el autor-, Black Sabbath se ubicó en el extremo opuesto al de los Beatles, que popularizaron el ‘Yeah, yeah, yeah’, mientras que Ozzy imploraba ‘No, no, por favor, no’, siempre de una manera personal que respetaba la melodía y la afinación, sin recurrir a los gritos histriónicos de otros exponentes del metal”. Ese detalle es muy significativo porque Ozzy era fanático de los Beatles y porque en ese momento los fabulosos cuatro de Liverpool estaban atravesando el último tramo de su carrera juntos y finalmente se separarían en abril de 1970.

    ¿Qué es esto que se levanta delante mío? / Figura de negro que me señala con el dedo / Me doy la vuelta rápido, y empiezo a correr / Me entero que soy el elegido / Oh noooooo 

    Enorme figura negra con ojos de fuego / diciéndole a la gente sus deseos / Satanás está sentado allí, sonriendo / Mirando esas llamas subir más alto y más alto / Oh no, no, por favor Dios ayúdame 

    ¿Este es el fin mi amigo? / Satanás se está volviendo loco / personas corriendo porque están aterradas / Mejor que la gente se vaya y tenga cuidado / ¡No, no, por favor, no! 

El disco sigue con The Wizard, una canción inspirada en Gandalf, el personaje creado por el escritor británico J. R. R. Tolkien. Comienza con Ozzy soplando la armónica hasta que se pliega el resto del grupo con otro riff que pasaría a la historia. Behind the Wall of Sleep está basada en un cuento corto de H.P. Lovecraft y aporta, ¡cuándo no!, otro riff clásico. En la edición estadounidense el tema forma parte de un medley que comprende el interludio de apertura Wasp y un memorable solo de bajo de Butler que deriva en N.I.B.

El lado B del álbum está más orientado al sonido blues-rock primario del grupo. La edición británica incluía Evil Woman, uno de los primeros singles que habían grabado, un cover del grupo Crow, pero que en la edición estadounidense fue reemplazado por Wicked World, con arreglos un tanto más psicodélicos y un solo de Iommi de colección. En Inglaterra el álbum cerraba con dos canciones –la acústica Sleeping Village y el cover de The Aynsley Dunbar Retaliation, Warning-, mientras que en Estados Unidos ambas aparecen en un mismo track con el misterioso e inexplicable nombre que los precede: A Bit of Finger.

La portada resulta tenebrosa: una mujer con expresión lúgubre posa en lo que parece ser una lúgubre tarde otoñal frente a una vieja construcción, que no es otra cosa que un molino hidráulico. La foto fue tomada por el artista Keith Lionel McMillan, más conocido como Markus Keef, y la mujer era una modelo que fue contratada por un día para esa sesión y que los músicos apenas recuerdan por su nombre de pila, Louise.

Ese disco inició la saga de lo que los fans denominan los Big Six, los seis primeros LP’s de Sabbath, una banda que con el correr de los años cambió su formación infinidad de veces y editó decenas de álbumes (el último The End, una grabación en vivo en Birmingham en 2017), sin perder -casi nunca- su identidad.

En su reseña para la BBC, realizada en 2007, Pete Mash concluyó que el primer disco de Black Sabbath “todavía es poderoso, es icónico como Anarchy In The UK, Whole Lotta Love e incluso A Love Supreme. Sólo Dios sabe cómo deben haber sonado para una generación de adolescentes pelilargos a comienzos de 1970. Con los bestiales rffs de Tony Iommi como estandarte, la banda llevó el heavy rock en una nueva dirección”.


sábado, 1 de febrero de 2020

Bandas de sonido

Hay canciones que cobran vida con una película. Otras reviven a partir de un film determinado. El cine y la música se complementan. Hay temas que acompañan escenas memorables, que tal vez con otra canción no lo serían tanto. Alguien se imagina a Dustin Hoffman en El Graduado sin Mrs. Robinson de fondo. O a Peter Fonda y Dennis Hooper andando en sus motos sobre una ruta desértica sin Born to be wild. La música muchas veces define a una película.

Aquí, cinco bandas de sonido definitivas:

FORREST GUMP (Robert Zemeckis / 1994). La música de esta maravillosa película protagonizada por Tom Hanks entrelaza la historia del entrañable Forrest con los grandes acontecimientos de los Estados Unidos, fundamentalmente en los sesenta. Todos los temas están ordenados cronológicamente: el álbum comienza con Elvis interpretando Hound dog, de 1956, y termina con Against the wind de Bob Seger, de 1980. Todas las canciones narran las aventuras del protagonista en paralelo al asesinato de Kennedy, la lucha por los derechos civiles, la guerra de Vietnam, el auge del hippismo, la llegada del hombre a la luna y la decadencia social de post guerra. El cancionero lo conforman Blowin' in the Wind (Dylan), Fortunate son (Creedence), California dreamin’ (The Mamas & The Papas), For what is worth (Buffalo Springfield), Sweet home Alabama (Lynyrd Skynyrd) y On the road again (Willie Nelson), por solo nombrar algunas. Un disco doble que no tiene desperdicio.

ALMOST FAMOUS (Cameron Crowe / 2000). Cuando era un adolescente, Cameron Crowe tuvo la oportunidad de trabajar para la revista Rolling Stone y cubrir giras de Led Zeppelin, Allman Brothers y los Eagles. En esta película, combinó sus memorias, la de un joven que descubre las maravillas del rock y el sexo, con algo de ficción que le da más flexibilidad a la narración. Así, el joven protagonista (Patrick Fugit) se involucra con groupies, guitarras distorsionadas, micros de larga distancia y entabla una relación muy cercana con la bella Penny Lane (Kate Hudson) y Russell Hammond (Billy Cudrup), el carismático líder del grupo (ficticio) Stillwater. La banda sonora es un decálogo del rock de los setenta: Every picture tells a story (Rod Stewart), One way out (Allman Brothers), Tiny dancer (Elton John), Simply man (Lynyrd Skynyrd) y I’m waiting for the man (Lou Reed).

PULP FICTION (Quentin Tarantino / 1994). La película fue un verdadero boom de taquilla a mediados de los noventa y, al día de hoy, es la obra mejor lograda de Tarantino. El guiión entrelaza tres historias relacionadas con el crimen organizado de Los Ángeles. Las características centrales son los diálogos estilizados, la combinación de humor y violencia, el relato no lineal y la música. Una escena memorable es la del baile de Vincent Vega (John Travolta) y Mia Wallace (Uma Thurman) al ritmo de You never can tell, de Chuck Berry. Otra particularidad en cuanto a la música es su variación estilística con clásicos como Let’s stay together (Al Green), Son of a preacherman (Dusty Sprinfield) y Lonesome town (Ricky Nelson) con una reversión magistral de Girl, you'll be a woman son, de Neil Diamond, por Urge Overkill, que Uma Thurman inmortalizó en una gran escena.

HIGH FIDELITY (Stephen Frears / 2000). La película está basada en la obra de Nick Hornby. Cuenta las desventuras amorosas de Rob Gordon (John Cusack), un ex DJ que trabaja en una disquería no muy lucrativa de Chicago. Lo acaba de dejar Laura (Iben Hjejle), su última novia, la que él creía que era la “elegida” y entonces empieza a repensar su vida amorosa desde que era pequeño. En ese viaje hacia el pasado, con tono de comedia romántica, la música se vuelve un eje central, ya que Rob era fan de grabar mix-tapes. La banda de sonido es una joya porque prescinde prácticamente de súper hits, a excepción de Let’s get it on, de Marvin Gaye, aquí cantada por Jack Black, pero cuenta con grandes canciones originales como Most of the time, de Bob Dylan; Oh! Sweet Nuthin', de The Velvet Underground; I believe, de Stevie Wonder; y la extraordinaria Dry the rain, de The Beta Band. También aparecen otros grandes artistas como The Kinks, John Wesley Harding y Love. La selección es un tanto ecléctica y ese es su punto más fuerte, el de saber amalgamar temas distintos para conformar un gran álbum.

MY BLUEBERRY NIGHTS (Kar-Wai Wong / 2007). La banda de sonido de este hermoso y melancólico road movie protagonizado por Jude Law y Norah Jones, con las participaciones de Rachel Weisz y Natalie Portman, es otro acabado ejemplo de cómo la música puede ser una gran protagonista de un filme. El primer tema es un clásico tema jazzeado de Norah Jones, con una melodía suave y exquisita en la que el piano se combina con absoluta naturalidad con el pesado sonido del contrabajo de Lee Alexander. El disco cuenta con dos temas de Cat Power, Living proof y The Greatest, está última como la canción insignia de la película. Además, hay tres composiciones instrumentales originales de Ry Cooder -Ely Nevada, Logn ride y Bus ride- y una más cantada por Mavis Staples, Eyes on the prize, que aportan el clima necesario. Y como si fuera poco también aparecen en el soundtrack Otis Redding, Ruth Brown, Cassandra Wilson versionando a Neil Young y nuestro Gustavo Santaolalla con la incidental Pájaros.

jueves, 23 de enero de 2020

Un blues para el Flaco

Pescado Rabioso
Luis Alberto Spinetta, El Flaco, habría cumplido hoy 70 años. Su muerte, en 2012, dejó un vacío enorme y es por eso que cada 23 de enero se celebra el Día del Músico en la Argentina. En sus inicios, al igual que la mayoría de los músicos de su generación, Spinetta se vio seducido por el sonido del blues británico y los power tríos, aunque luego su carrera derivó hacia otro lado. En Bien al Sur-Historia del Blues en la Argentina contamos cómo fue ese efímero codeo con el blues de este compositor, cantante y guitarrista emblema del rock nacional.

Cuando Spinetta decidió formar Pescado Rabioso tenía en mente no solo a Pappo’s Blues sino también a Led Zeppelin. Me gusta ese tajo es un blues bastante básico, que Pescado grabó como single en 1972. La idea fue de Black Amaya y lo escribieron entre Spinetta y Osvaldo “Bocón” Frascino. Por su clara connotación sexual, algo así como el Hoochie coochie man versión local, y su lenguaje explícito, para nada frecuente por aquella época, fue censurada hasta 1983: “Me gusta ese tajo que ayer conocí, / ella me calienta la quiero invitar a dormir. // Con sus lindas piernas ella me hace pensar / debo destruir la mierda de mi gran ciudad”. Despiértate nena es otro blues clásico, de doce compases, menor, en el estilo de los blues de Chicago de los cincuenta. 

En Pescado 2, lanzado en 1973, un blues lento sobresale por su interpretación visceral y el canto suave y desgarrado de Spinetta. El viento voy a ver parece inspirada en Since I’ve Been Loving You, tema que Robert Plant y Jimmy Page incluyeron en el álbum Led Zeppelin III, editado tres años atrás.

Antes de Pescado y Aquelarre, Almendra ya había grabado la bluseada Rutas argentinas, que con el tiempo se convirtió en uno de los temas más populares de la historia del rock nacional. Esa canción fue incluida en el disco doble del grupo que salió en 1970, en el que también había otros dos blues compuestos por Edelmiro Molinari: No tengo idea y Amor de aire, el primer tema acústico grabado con slide en la Argentina. 


Edelmiro Molinari y Spinetta, además, fueron los primeros en formar una banda estrictamente de blues, de paso efímero y muy poco recordada, que al menos se presentó dos veces en vivo. La Gota de Grasa Blues Band tocó el 29 de mayo de 1970 en un “gran baile” en el Colegio Pestalozzi, en Freire y La Pampa, en el barrio de Belgrano R, junto a Vox Dei y Contraluz; y el 21 de noviembre de ese año en el Velódromo, en el marco del Festival B.A. Rock. Molinari tocaba la guitarra, el Flaco el bajo, Rodolfo García la batería y Gustavo Bergalli la trompeta. “La verdad no recuerdo los temas que hacíamos, pero sí que eran blues. El nombre al grupo se lo pusimos por una pizzería que estaba a la vuelta de la casa de Emilio del Guercio, en Echeverría y el andén de la estación de trenes, a la que habíamos bautizado La gota de Grasa”, cuenta García.

lunes, 13 de enero de 2020

Raffo stone


En Bien al Sur-Historia del Blues en la Argentina, el libro que escribimos con Gabriel Grätzer, contamos en detalle cómo los músicos británicos de la década del sesenta, entre ellos los Rolling Stones, influenciaron a los pioneros del rock y el blues nacional. Esa influencia se extendió por décadas: muchos oyentes o músicos de blues llegaron al género gracias a Jagger, Richards y compañía, entre otros. Si bien no tengo pruebas, tampoco tengo dudas que los argentinos somos el mejor público stone del mundo. Y eso se ve reflejado en decenas de eventos relacionados con ellos, lugares temáticos, coleccionistas de discos, bandas tributo y el merchandising que todavía se vende en grandes cantidades.

Daniel Raffo, el emblema de la guitarra blusera argentina, hace un tiempo se dejó llevar por la idea de Laura Lagna-Fietta de montar un show homenaje a los Stones, que tuviera como eje los grandes temas de la banda, pero con su propio toque. El sábado volvió a presentarlo, esta vez en Lucille, con un buen marco de público que durante dos horas disfrutó con un recital de altísima calidad con canciones que conocemos todos.

La noche comenzó con Raffo y Jay Jay Troche, solos arriba del escenario, interpretando Long distance call, que Jagger y Richards grabaron en vivo junto a Muddy Waters en el Checkerboard Lounge en 1981. Así, el tributo arrancó con la impronta del blues del Delta, unos de los tantos estilos que serían interpretados durante el show. Cada una de las canciones, salvo una, fueron reinterpretadas por Raffo y la banda, que contó con Guido Venegoni en voz, Martín Munoa en guitarra, Nandu Aquista en teclados, Nacho Porqueres en bajo y Pato Raffo en batería, con algunos invitados como Troche en voz y armónica.

Los músicos entraron en escena para Jumpin’ Jack Flash y, acto seguido, Honky tonk women, que sirvieron para ir elevando la temperatura. Troche volvió para cantar Time is son my side y Venegoni se despachó con una versión blusera e hipnótica de Satisfaction. El saxofonista Martín Tojo subió al escenario para soplar en Harlem shuffle, donde Venegoni deslumbró con una notable interpretación vocal, y Raffo llevó su solo, como si fuera David Gilmour, a un trance pinkfloydesco.

Tras recordar al gran Willie Dixon, el grupo, esta vez con Nico Raffetta en los teclados, se zambulló en el clásico Little red rooster, que incluyó largos solos de Munoa, Troche, Raffo y, por supuesto, el tecladista invitado. De nuevo con el saxo de Tojo sobre la tarima, interpretaron Midnight rambler en clave funky, y después un electrizante cover de Beast of burden que Venegoni cantó a dúo con Mariano Hernandorena, vocalista del grupo Sus Majestades, un auténtico cultor del estilo Jagger. A Miss you, Raffo la reconvirtió casi en una balada, donde alcanzó un climax musical excepcional. Para Gimme shelter subieron Juanito Moro, el baterista de King Size, quien en principio no iba a poder estar y por eso Pato Raffo ocupó su lugar, y Hernandorena, que cantó con tanta energía que parecía que las venas de su cuello iban a reventar.

Volvió Guido Venegoni para Sympathy for the Devil, que la banda encaró como un shuffle, mientras Munoa lucía una careta del mísmisimo Belcebú. Tras esa arremetida diabólica, por única vez en la noche, la banda se volcó a recrear la versión de Love in vain tal como los Stones la tocaron en el disco Get yer ya-ya's out! El cierre vino con Under my thumb, “el primer tema de los Stones que toqué”, según Raffo, y después con todos los invitados sobre el escenario, la rockeada y siempre efectiva Little queenie.

Me acompañó al show René Roca, un viejo amante de los stones, que quedó completamente encantado con el talento de los músicos y la calidad con la que tocaron todos los temas. “Fue un show de nivel internacional. Una maravilla”, me dijo. Y, la verdad, tiene razón.

domingo, 29 de diciembre de 2019

Los diez mejores discos del año

Una selección muy personal


                                                          Christone “Kingfish” Ingram

                                         
                                                   Watermelon Slim - Church of the blues


                                                  Jimmie Vaughan - Baby, please come home


                                Leo "Bud" Welch - The angels in Heaven done sign my name


                                               Jimmy "Duck" Holmes - Cypress grove


                                                 Reese Wynams & Friends - Sweet release


                                         Rick Estrin & The Nightcats - Contemporary


                                       Benny Turner & Cash McCall - Going back home


                                                   Raphael Wressnig - Chicken burrito


                                          Big Creek Slim & Rodrigo Mantovani - First born

                                                            
                                                       MEJOR DISCO NACIONAL


                                            Nico Raffetta & Guiso Yap! - Bipolar


                                                        MEJOR REEDICIÓN


                                     Magic Slim & The Teardrops - I'm gonna play the blues

domingo, 22 de diciembre de 2019

Siempre vigentes

Jimmy Johnson – Every day of your life. A cuarenta años de su primera grabación para Delmark, el legendario guitarrista de Chicago decidió cerrar el círculo y volvió al sello de sus inicios para lanzar un nuevo álbum. Si bien Every day of your life no tiene la frescura de aquél Johnson’s Whacks o el espectacular Bar room preacher (Alligator/1983), es un disco consistente en el que demuestra que todavía está vigente. A los 91 años, Johnson es una de las figuras principales de la escena de Chicago, con presentaciones regulares en el Buddy Guy’s Legend, especialmente. Pero hacía más de 15 años que no grababa un disco y cuando ya nada hacía pensar que volvería a los estudios para dejar un nuevo testimonio lo hizo. El repertorio incluye algunos temas propios y otras grandes versiones como Somebody loan me a dime, de Fenton Robinson, y Lead me on, de Bobby “Blue” Bland. Salvo por el reggae My ring, una canción en la que no se lo percibe cómodo con el ritmo, en el resto de los temas despliega su toque tan particular con la guitarra, ese sonido que sólo él supo cultivar, el sello distintivo que lo erigió en una de las figuras del blues moderno de Chicago.

Bobby Rush – Sitting on top of the blues.Soy un bluesman, eso es todo lo que soy”, canta Bobby Rush en el track inicial de su nuevo disco de estudio, el número 26 de su carrera. A los 86 años, este maestro del entretenimiento vuelve a lanzar un álbum porque si no lo hiciera dejaría de ser él mismo. Tal vez se podría haberse retirado a lo grande con el Grammy que consiguió con Porcupine Meat en 2016, pero la necesidad de seguir con el ritmo de toda su vida fue más fuerte. Producido por Scott Billington y Vasti Jackson, y con las participaciones de los guitarristas Lil’ Buck Sinegal y Guitarboy Hayes, Rush volvió a poner su leyenda en el centro de la escena con un disco consistente, cargado de funk pantanoso, soul y blues, con un groove descomunal, en el que destila su humor característico. Rsuh además sopla su armónica en más de la mitad de las canciones demostrando también su profundo conocimiento de ese instrumento. El título del álbum no miente: ese es el lugar en el que Rush se encuentra.

Jimmy “Duck” Holmes – Cypress grove. El gran sobreviviente del blues de Bentonia, heredero de Skip James y Jack Owens, lanzó este nuevo álbum, el octavo de su carrera, esta vez con una vuelta de tuerca. Como lo hizo Leo “Bud” Welch antes de morir, Holmes aceptó la propuesta de Dan Auerbach, guitarrista, cantante y alma máter de Black Keys, de tratar de aggiornar su sonido para llegar a una audiencia más amplia. Y el resultado es sorprendente: Holmes suena más contemporáneo, pero sin perder su esencia. Así, logra romper ese prejuicio estúpido de un grupo minúsculo que se cree dueño absoluto del blues. Si bien comienza con el clásico Hard times solo con su guitarra, como es su característica, luego su música adquiere un groove hipnótico y atrapante. En algunos temas, como por ejemplo Catfish blues, Marcus King se suma con su slide penetrante e indiscutible. Holmes, que con 72 años administra el Blue Front Cafe, el juke joint más antiguo del Mississippi, entendió mejor que nadie que para preservar el legado musical de su tierra hay que abrirse a nuevas propuestas y no encerrarse en un dogmatismo absurdo que sólo conduce al olvido.

sábado, 7 de diciembre de 2019

Soul brothers


Igor Prado y Raphael Wressnig se conocieron hace unos años en un festival de soul en Italia gracias a Sax Gordon. Desde entonces desarrollaron una hermandad musical que los llevó por distintas partes del mundo y también a grabar un disco juntos.

Si bien Raphael, oriundo de la ciudad austríaca de Graz, había estado media docena de veces en Brasil, no había tenido la oportunidad de venir a la Argentina, algo que se concretó esta semana gracias al esfuerzo de Julio Fabiani y Federico Álvarez.

El viernes por la noche, el tecladista y el guitarrista brasileño dieron un show apasionante en La Usina del Arte acompañados por Homero Tolosa en batería y Álvarez en saxo. Durante una hora y media desplegaron un repertorio de funk, soul y blues oscilando entre el sonido de Memphis y el de Nueva Orleans.

Los Soul Brothers, como les gusta llamarse, son un claro ejemplo de la universalización del blues y sus estilos derivados. Pregonan la música negra por el mundo con mucho respeto y un talento descomunal. Lo de La Usina fue más que interesante porque nos encontramos con seleccionado internacional en un nivel superlativo. Igor no es solo un guitarrista fantástico, sino que también es un soberbio cantante y un muy buen showman. Raphael genera un groove irresistible mientras marca los bajos desde los teclados. Y los músicos argentinos estuvieron a la altura de las circunstancias.

Comenzaron con un shuffle, para entrar en calor, y luego se despacharon con Your gonna have a murder on your hands en la que Igor dejó el escenario y bajó a tocar entre el público y dejar que algunas personas rasgaran las cuerdas de su strato. Después se volcaron a un repertorio con mayoría de canciones del guitarrista zurdo, aunque también interpretaron Mustard Green, de Raphael, y algunos covers como Hey Pocky A-Way, un himno de Nueva Orleans que los Meters grabaron en 1974; o Simpli beautiful, de Al Green, en el que se sumaron Florencia Andrada para cantar a dúo con Igor y a Julio Fabiani para aportar su toque en guitarra, algo que volvieron a repetir con Signed, sealed, delivered, I'm yours, de Stevie Wonder.

El vínculo que une a estos dos músicos, de orígenes tan distintos, no es sólo musical: se nota que la hermandad entre ambos va mucho más allá del ritmo, con el que que logran contagiar a músicos y espectadores de distintas partes del mundo.


viernes, 29 de noviembre de 2019

La gala de Blues en Movimiento


Bob Stroger cerró el “Mes del Blues” de Blues en Movimiento en Lucille. Ese hombre, al que arriba del escenario le gusta decir que él es el blues, fue la certificación de que los chicos están haciendo las cosas bien. No es fácil organizar este tipo de eventos en la Argentina de hoy, pero ellos lo hicieron y el saldo fue muy positivo. Un emblema del blues local como Javier Martínez comenzó con el ciclo un mes atrás y una leyenda del blues Chicago lo cerró. Más no se puede pedir… bueno sí, que sigan adelante y no aflojen.

La noche del miércoles congregó a decenas de fanáticos del blues que fueron sin una idea clara de lo que iban a ver y escuchar, porque, a diferencia de los miércoles anteriores, la grilla del último show era una incógnita. Lucas Gavin y Mauro Diana, caras visibles de Blues en Movimiento, jugaron al misterio hasta último momento. La noche comenzó con Nacho Ladisa y Mariano Valdés, los Bluesmakers, con su propuesta de blues acústico inspirada en Sonny Terry y Brownie McGhee. Luego siguió la presentación vodevilesca de La Escuela de Armónicas, con Matías Fernández y Alejandro Yaques al frente, y Germán Pedraza, reconocido baterista de la escena local, esta vez acompañando en teclados. Siguió Xime Monzón con su blues de Chicago respaldada por Fede Verteramo y Juancho Hernández en guitarras, Florencia Rodríguez en bajo y Rodrigo Benbassat en batería. La banda hizo lo suyo, mucho Jimmy Reed y Walter Horton, y Aires de blues, el proyecto de Francisco Nemiña y Valeria Tiffenberg, acompañó bailando arriba y abajo del escenario. De a poco, los bailarines fueron contagiando su onda danzante al público que se extendió hasta el show siguiente, el del maestro Bob Stroger.

El viejo y querido Bob apareció en escena mientras Roberto Porzio, Mauro Diana, Anahí Fabiani y Gabriel Cabiaglia interpretaban los primeros acordes de Don’t you lie to me. El rumor de que Bob iba a salir a cantar ya se había instalado en gran parte del público, pero cuando apareció se pudo ver algunas expresiones de sorpresa en muchos de los asistentes. Con su voz repleta de blues interpretó Standed, de Little Junior Parker, y luego Bad boy, el clásico de Eddie Taylor. Siguió con Blind man, esta vez tocando el bajo, y luego se sumergió en una versión low down de Key to the highway, con la que aprovechó para bajar a cantar entre el público, besar a algunas mujeres y, para que no haya celos a la vista, presentar a su esposa. El público pidió una más y Bob y la banda respondieron con Sweet Home Chicago.

Después hubo unos sorteos -vinilo de Keith Richards, un whisky, slides, clases en la Escuela de Blues, una cena- que los organizadores trataron de transparentar, aunque la presencia de un escribano como el recordado Prato Murphy no hubiese estado de más. Y la noche siguió con una jam de la que participaron músicos de Los Gardelitos, Gastón Videla (de Viticus), Julián Kanevski, Camilo Petralia, Juani Saullo, Miguel Ángel Romeo y Yair Lerner, entre otros.

Fue una gran velada blusera, la gala de Blues en Movimiento, en la que además de muy buena música y una leyenda del blues en vivo se pudo compartir la hermandad detrás de un proyecto independiente que no para de crecer.

lunes, 11 de noviembre de 2019

Fuimos reyes


¿Somos los argentinos el mejor público de rock del mundo? La creencia popular así lo indica y algunas figuras internacionales, no exentas de demagogia, lo afirmaron en varias ocasiones. Ramones, Megadeath y Motörhead son algunos ejemplos y AC/DC selló su amor incondicional por nosotros cuando en 2011 editó el DVD Live at River Plate. Y ahora nos honran los Rolling Stones, nada más y nada menos que ellos, la banda más grande de la historia del rock. Eligieron su show del 5 de abril de 1998 en el Monumental para lanzar un nuevo álbum: Bridges to Buenos Aires.

La relación de los Stones con los argentinos se remonta a casi sus inicios. En 1965, cuando la banda británica llevaba apenas un par de años en escena, Los Gatos Salvajes, con Litto Nebbia al frente, grabó una versión de Little red rooster. Si bien el tema es un blues compuesto por Willie Dixon, los rosarinos se inspiraron en la versión que ese mismo año habían grabado Jagger, Richards y compañía. Desde entonces, ese vínculo fue creciendo y consolidándose.

A mediados de los ochenta, surgieron los “rolingas”: pibes con flequillo y jardinero que comenzaron a multiplicarse como gremlins en los barrios porteños y del conurbano. Y aparecieron los grupos que le dieron voz: Ratones Paranoicos, Los Piojos, Blues Motel, Viejas Locas, todas bandas que reproducían el sonido stone pero con letras propias.

Mick Taylor fue el primer stone en venir al país, aunque ya no estaba en el grupo desde hacía varios años. Lo hizo como telonero de Eric Clapton en 1990. Dos años después, el 7 de noviembre de 1992, llegó Keith Richards y con su visita firmó un pacto de amor para siempre. Tres años más tuvieron que pasar hasta que la banda completa vino a Buenos Aires para presentar en River el disco Voodoo Lounge y repasar sus viejos clásicos. Fue la primera de cuatro giras: volvieron en 1998, 2006 y 2016, esta última mudaron sus imponentes shows de Núñez al Estadio Único de La Plata.

En todo ese tiempo la relación con el público fue adquiriendo un carácter sagrado. A un fanático no le alcanzaba con ir a verlos a un solo show, sino que se compraron entradas para todos los conciertos que dieron. Algunos viajaron a Montevideo, San Pablo, Río o Santiago de Chile para verlos también allí. Y después aparecieron personajes como Diego Perri, que siguió a la banda por todo el mundo e incluso escribió un libro, República Stone, en el que relata sus travesías y la relación de los Stones con el público, la prensa y los políticos en la Argentina. Pero no es el único libro de edición local vinculado a ellos: José Bellas y Fernando García escribieron 100 Veces Stones-Historias Argentinas de sus Majestades Satánicas; Javier Sinay publicó Cuba Stone, una crónica de la presentación de la banda en la isla caribeña; y Juan Cruz Revello lanzó por Gourmet Musical Ediciones La Lengua Universal-Fans de los Rolling Stones Alrededor del Mundo. Hubo -y hay- bares temáticos como 40x5 Tributo Bar, y decenas de clubs de fans. También están los coleccionistas, esos locos que capaces de vender hasta un riñón por una grabación pirata de un concierto o que buscan todas ediciones que puedan conseguir de un mismo álbum -la estadounidense, la europea, la japonesa, la argentina- por más que tenga los mismos temas.

Hace unos meses, los Stones iniciaron una nueva gira mundial luego de que Mick Jagger, el sempiterno Mick Jagger, se sometiera a una cirugía cardíaca que obligó al grupo a postergarla algunas semanas. En uno de esos conciertos, en el estadio MetLife de Nueva Jersey, unos fanáticos se hicieron presentes con una bandera que decía “Argentina… The most ‘Stone’ country in the world” (“Argentina… El país más 'Stone' del mundo”) que captó la atención de Keith Richards. El guitarrista tuiteó la imagen y escribió: “Saw you guys! (Los vi chicos)”. En 2016, en Las Vegas, sucedió algo similar con otro grupo de fans argentinos. Le arrojaron una bandera a Jagger y el cantante la tomó y la puso arriba del bombo de Charlie Watts. Ese mismo año, pero después del último show en el Estadio Único, el cantante tuiteó directamente en español: “¡Gracias Argentina por estas increíbles tres noches en La Plata! ¡Definitivamente acá hacen el mejor pogo del mundo!”.

Ahora, con el dólar por las nubes, que aleja la posibilidad de que vengan en el corto plazo debido a los altísimos costos, la banda desempolva de los archivos aquel concierto magnífico que dieron en River y que nos remonta a 1998, durante el ocaso del menemismo. Lo interesante de este show -que salió a la venta en formato de cd doble con DVD o Blu Ray y LP un tanto costosos- es que nunca había circulado ni siquiera como pirata, como sí había ocurrido con otros recitales suyos en nuestro país. Sólo habían registrado oficialmente la canción Saint of Me grabada en River en el álbum No Security.

La presentación del lanzamiento de Bridges to Buenos Aires se hizo en el microcine del estadio de River y asistieron unos cuantos fans luciendo sus característicos flequillos, sus remeras con la clásica lengua stone y otras imágenes icónicas de la banda.

El comienzo del recital lo encuentra a Jagger activo como siempre, contorneándose, saltando y corriendo de punta a punta del gran escenario, mientras canta (I Can’t Get No) Satisfaction y luego Let’s spend the night together. Richards y Ron Wood arremeten con esos riffs demoledores sin dejar de fumar, muy relajados, como si estuvieran solos en un bar y no ante 70 mil personas. La cámara toma al público. La marea humana es imponente. Se mece al ritmo de la música como en trance. En algún plano más corto se ve a esos jóvenes hace 21 años, hacinados contra la baranda, a metros de sus ídolos. Los ojos desorbitados de felicidad, todos transpirados y rezando las letras como si fueran el Padre Nuestro.

“Qué bueno es estar aquí de vuelta”, dice Jagger en un español dificultoso, pero entendible. En Gimme Shelter sobresale la voz y la figura imponente de Lisa Fisher y la ovación del estadio se funde con los aplausos de los fans que están en el microcine del estadio. Saint of me y Out of control van de la mano y el estadio enloquece. Pensar que en ese momento eran temas nuevos que habían salido en el disco Bridges to Babylon y ahora ya son parte del interminable listado de clásicos de la banda. Cuando termina Miss you aparece en escena Bob Dylan y la foto de ese instante es historia pura. El grupo de rock más grande del mundo y al cantautor más importante del siglo XX. En Buenos Aires. Juntos a la par. Hoy, 21 años después, se los puede volver a ver y escuchar. No importa el arranque en falso de Dylan en Like a Rolling Stone. Eso es apenas un detalle. Lo trascendental fue aquella ofrenda de la banda para su público. Para nosotros. Porque podrían haber elegido cualquier otro show de los muchos que dieron en años alrededor del planeta. Pero no. Eligieron éste, un momento único entre los pastores y su rebaño que hoy se ve en todo el mundo y es una certificación de que somos el país más stone de todos.


Nota publicada en La Agenda Revista

martes, 5 de noviembre de 2019

Los mejores temas de los Stones cantados por Richadrs


Una de las características esenciales de las canciones de los Rolling Stones es la poderosa y distintiva voz de Mick Jagger, pero en la vasta discografía de la banda aparecen algunas joyas que no fueron cantadas por él. En esos temas, que no superan la veintena en más de 50 años de rock & roll, sobresale la voz rasposa y cautivante de Keith Richards. Acá los diez mejores:

10 - Connection (Between the buttons, 1967). En la versión original, editada en Between the buttons, Richards hace las armonías vocales, pero con el tiempo el tema se volvió uno de sus emblemas en vivo. De hecho, la cantó decenas de veces durante el Voodoo lounge Tour y el Bigger Bang Tour, así como en su gira solista de 1988. La letra refleja lo que los Stones vivían por aquél entonces: muchos viajes, aeropuertos y requisas de sus maletas en busca de drogas en cada una sus “conexiones”.


9 - Salt of the earth (Beggars banquet, 1968). Keith canta el primer verso de este magnífico tema cuya letra está dedicada a la clase trabajadora. “La sal de la tierra” refiere a un fragmento de la Biblia: «Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres» (Mateo 5:13). Sobresale el slide de Richards, el piano de Nicky Hopkins y la majestuosa irrupción vocal del Watts Street Gospel Choir.


8 - The Worst (Voodoo lounge, 1994). Es una balada acústica de aire campestre en la que Ronnie Wood toca el pedal steel guitar y Frankie Gavin aporta el sonido de su violín. En la letra, Richards le advierte a un amigo o amante que se mantenga lejos de él porque es “el peor tipo de hombre para tener cerca”: “No deberías pegarte a mí / Confías demasiado en mí, ya verás / Quédate con todo el dolor / Es tuyo de todas maneras”.


7 - Can’t be seen (Steel wheels, 1989). Fuerza demoledora y melodía pegadiza. Sobre un riff infernal de guitarra y unas líneas de bajo de Bill Wyman memorables dice: “Ni siquiera puedo dormir contigo / Siempre estoy despierto / No puedo ser visto con vos / Es por tu propio bien / Vos sos mejor que todos modos”. También quedó registrada en el álbum en vivo Flashpoint (1991).


6 - Thief in the night (Bridges to Babylon, 1997). La canción, que recurre a una expresión bíblica sobre lo impredecible, fue escrita por Jagger, Richards y su técnico de guitarra Pierre de Beauport. Según explicó el propio Keith, el tema refiere a muchas de las mujeres que pasaron por su vida. Las primeras tomas las grabó Jagger, pero nunca encontró el tono exacto y el productor Don Was se inclinó por la vocalización del guitarrista, que en el mismo disco es la voz principal en You don’t have to mean it y How can I stop.


5 - This place is empty (Bigger bang, 2005). Otra hermosa balada agridulce con el sello de Keith. Comienza con unos acordes de piano y enseguida se suma la guitarra -ambos tocados por él mismo- mientras su voz entona las primeras estrofas. Luego llega la base rítmica con un coro sutil que acompaña la profunda entonación, al tiempo que Mick Jagger toca la guitarra con slide.


4 - Before they make me run (Some girls, 1978). La letra está relacionada con su arresto en Toronto en 1977 por posesión de heroína y el tratamiento de desintoxicación que comenzó después para poder afrontar el juicio. Él cantó, tocó la viola y el bajo, mientras que Ron Wood se encargó del pedal Steel guitar, Charlie Watts de la batería y Jagger acompañó en coros.


3 - Happy (Exile on Main St., 1972). Según contó Richards, compuso este tema en la mansión que tenía la banda en la villa Nellcôte, en el sur de Francia, en 1971, y cuatro horas después la grabaron. La formación es curiosa: Keith en bajo y guitarra, Mick Taylor en guitarra, Bobby Keys con maracas, Nicky Hopkins en piano, Jimmy Miller en batería y Mick Jagger en coros. La tocó una infinidad de veces en distintas giras de los Stones y también como solista.


2 - Little T & A (Tattoo you, 1981). Esta debe ser una de las canciones más stone que la banda haya editado jamás. Rock & roll en estado puro, guitarras al frente y la voz de Richards cantándole a “todos los buenos momentos que viví con personas a las que vi una o dos veces en mi vida”. Con los nacimientos de sus hijas Theodora (1985) y Alexandra (1986), la canción cobraría un nuevo significado: las pequeñas T & A. Aunque Richards aclaró que cuando escribió la canción sus hijas no eran ni siquiera un proyecto.


1 - You got the silver (Let it bleed, 1969). Es la primera canción de los Stones cantada enteramente por Keith Richards. La letra está inspirada en Anita Pallenberg, quien por aquel entonces era su pareja. Además, es una de las dos últimas canciones en las que tocó Brian Jones. Durante las sesiones de grabación, Jagger cantó una versión que finalmente fue descartada, pero se volvió un clásico de los bootlegs. La canción tiene un ritmo distinto a todas las del álbum y sobresale por la guitarra de slide de Richards y el piano de Nicky Hopkins. Sin dudas, el tema más emocional y conmovedor de Keith.



La nota fue publicada en el sitio Rockomotora

domingo, 20 de octubre de 2019

That's life


He sido marioneta, indigente / Pirata, poeta / Peón y rey / Estuve bien y estuve mal / Adentro y afuera / Pero hay algo que sé / Cada vez que descubro / Que he caído de bruces / Me levanto / Y vuelvo a la carrera.

El Guasón está a punto de ingresar a un estudio de tevé para participar del Murray Show. El telón se abre, la cámara lo toma de espaldas y a contraluz mientras él se contornea emulando al viejo Ray Bolger. Es una de las tantas escenas memorables de la película Joker, que seguramente quedarán entre lo mejor del cine contemporáneo gracias a tres pilares: la interpretación excepcional de Joaquin Phoenix, el ojo del director Todd Phillips y el poder determinante de una canción: That´s life, de Frank Sinatra.

El tema, que fue un verdadero éxito en los sesenta, tiene su historia que va mucho más allá de esta película.

Los años dorados de Sinatra habían quedado atrás, pero a mitad de esa década lanzó el disco Strangers int the nigth, que lo devolvió al número uno y le valió un premio Grammy. Ese 1966 significó un resurgimiento de su figura artística y el álbum siguiente, ese mismo año, fue un desafío enorme. That’s life, así llamó también el LP, tuvo una producción más orientada al pop para que Sinatra pudiera mantenerse en un plano más comercial. La canción surgió un día que Sinatra iba manejando y en la radio escuchó la versión de O.C. Smith. Quedó tan fascinado que paró el auto, buscó un teléfono y llamó a su hija Nancy para que contactara al autor.

O.C. Smith era un vocalista de jazz de Louisiana que había cantado en la orquesta de Count Basie y que luego se volcó al soul y el R&B. En 1965 grabó su versión del tema, con un tempo más lento, un coro femenino muy sutil y la presencia del piano, que Sinatra cambió por el hammond que le dio un groove más contundente. Pero Smith, que sólo tuvo dos éxitos importantes en su carrera, y That’s life no fue uno de ellos, no había escrito la canción.

Los créditos están a nombre de Dean Kay y Kelly Gordon y la primera versión, que pasó sin pena ni gloria, la grabó Marion Montgomery en 1964 para Capitol Records, con una impronta más aproximada al sonido de Nueva Orleans. Sinatra la convirtió en un éxito y al año siguiente, en 1967, Aretha Franklin la consolidó aún más con su versión para el disco Arteha Arrives. Desde entonces se volvió uno de los clásicos del cancionero estadounidense. The Temptations, James Brown, Shirley Bassey, David Lee Roth, Bono y Van Morrison fueron algunos de los artistas que la grabaron a lo largo de los años.

En el cine integró también la banda de sonido del filme A Bronx Tale, que casualmente protagonizó Robert De Niro, quien tiene un rol secundario en Joker. Y ahora, de la mano del personaje perturbado y oscuro que encarna Joaquin Phoenix, vuelve a sonar con la misma fuerza de antes, como si el tiempo no hubiera pasado. Pero pasó y, más allá de las excelentes versiones que se grabaron después, Todd Phillips recurrió a la descomunal versión Sinatra, "La Voz", porque es la que le dio el alma a la canción.