jueves, 15 de agosto de 2019

Woodstock blues


El festival de Woodstock marcó el fin de una era. Los “tres días de música, amor y paz”, que se celebraron entre el 15 y el 18 de agosto de 1969, representaron el desmoronamiento del sueño de hippie al ritmo de las mejores bandas y solistas de rock de la época. Mucho se habló y se escribió por estos días del histórico evento que se realizó en las afueras de Nueva York, así que aquí vamos a centrarnos en algo puntual: en Woodstock no hubo blues, al menos blues tradicional. Ese gran festival de la música negra se llevó a cabo ese mismo año, unos días antes, en Ann Arbor, y reunió a la crema de la crema del blues como Muddy Waters, Howlin’ Wolf, T-Bone Walker, B.B. King, Otis Rush y Freddie King, entre muchos otros. Pero en Woodstock, entre nubes de marihuana, flores, barro y psicodelia hubo una buena dosis blusera que aportó la generación de músicos blancos que estaban adoptando el género y llevándolo a una nueva dimensión.

Tal vez el más importante de ellos fue Johnny Winter, quien se presentó con la misma banda con la que ese año grabaría su disco debut para el sello Columbia: a sección rítmica conformada por Tommy Shannon y Uncle Joe Turner, y su hermano Edgar Winter como invitado. El set del albino, que se concretó el último día, incluyó los temas: Mamma talk to your daughter, Leland Mississippi blues, Mean town blues, You done lost your good thing now, Mean mistreater mama, I can´t stand it, Tobacco road, Tell the truth y Johnny B. Goode. El show, que debía comenzar a las 15:00 se retrasó más de diez horas por la tormenta y duró unos 45 minutos. Fue una de las mejores performances del festival y Michael Wadleigh lo filmó todo, pero el manager de Winter luego se negó a que él apareciera en la película y en la banda sonora. Aunque en 1994, el tema Mean town blues fue incluido en el Box Set The 25th Anniversary Collection. La actuación completa de Winter finalmente se editó en cd en 2009.

Otra actuación memorable fue la de Canned Heat, quienes tocaron el día sábado por la tarde. Dieron un show poderoso en el que Bob Hite, el Oso, mostró todo su potencial y Alan Wilson su talento heredado de Elmore James. La banda la completaron Harvey Mandel en guitarra, Larry Taylor en bajo y Adolfo "Fito" de la Parra en batería. Mandel había reemplazado a último momento a Henry Vestine que había abandonado el grupo por una pelea con De la Parra. El setlist incluyó I’m her man, Goin’ up the country, A change is gonna come/Leaving this town, Rollin’ blues, Woodstock boogie y On the road again. Canned protagonizó una de las mejores escenas de la película: mientras tocaban A change is gonna come (no el tema de Sam Cooke, sino un blues bien denso) un joven se subió al escenario y corrió a abrazar a Hite. Éste, en vez de empujarlo y sacárselo de encima, lo abrazo y evitó que los de seguridad se lo llevaran. Así siguió cantando mientras la cámara registró como el muchacho le sacaba los cigarrillos del bolsillo de su remera y se encendía uno.

El domingo, minutos pasadas las 20:00, apreció en escena el grupo británico Ten Years After, con el guitarrista y cantante Alvin Lee a la cabeza. Su show tuvo muchos problemas de sonido, más que nada por la alta humedad que obligó a Lee a tener que hacer unos parates entre tema y tema. El repertorio incluyó dos clásicos del blues, Spoonful y Good morning little shcoolgirl, pero fue su versión de I’m going home, con extractos de Blue suede shoes, Whole lotta shakin' goin' on y Boom boom, la que realmente trascendió y fue incluida en la película.

Mountain, la banda del guitarrista Leslie West, interpretó una gran versión de Stormy Monday, el grupo inglés Keef Hartley Band versionó a B.B. King (Think it over) y a Sleepy John Estes (Leavin’ trunk), y Janis Joplin, una de las máximas figuras del festival cconcluyó su actuación con Ball n’ chain de Big Mama Thornton.

Debido al mal clima, el descontrol de los miles y miles de jóvenes que asistieron y la pésima organización, el festival se extendió hasta la mañana del lunes 18. Alrededor de las 6 de la mañana de ese día fue el turno de la Paul Butterfield Blues Band. La banda poco tenía que ver con la que había grabado los dos primeros discos y se había presentado en el Festival de Monterey en 1967. Ya no estaban Michael Bloomfield, Elvin Bishop, Mark Naftalin y Sam Lay. Ahora lo acompañaban Howard "Buzzy" Feiten (guitarra), Rod Hicks (bajo), Ted Harris (teclados), Phillip Wilson (batería) y una ponderosa sección de vientos. No sólo los miembros eran otros, el espíritu del grupo era otro también. Tocaron durante poco más de una hora una lista de temas más souleados y la armónica de Butterfield sobresalió apenas en Driftin' y Everything's gonna be alright.

El cierre de Woostock, se concretó a las 9 de la mañana del lunes. En ese día y horario inusual se presentó Jimi Hendrix con su nueva formación, The Band of Gypsys, con Billy Cox (bajo), Larry Lee (guitarra rítmica), Mitch Mitchell (batería), Juma Sultan y Gerardo "Jerry" Velez (congas). El show duró más de dos horas y es una de las presentaciones más emblemáticas, aunque no la mejor, del guitarrista zurdo. Tocó muchas de sus canciones más clásicas entre las que se destacaron sus blues Hear my train a-comin' y Red house. Parte de la actuación de Hendrix quedó registrada en la película, pero en la banda de sonido original apenas agregaron  su versión del himno estadounidense. En la edición del 25 aniversario agregaron dos temas más -Voodoo Chile y Foxy Lady-, aunque en paralelo MCA lanzó el show completo en un disco que tituló Jimi Hendrix: Woodstock. 

Fue así como, de alguna manera, el blues, la semilla de gran parte de la música contemporánea estadounidense, se hizo presente en el festival más trascendental de la historia del rock.

sábado, 10 de agosto de 2019

Tengan cuidado como votan


Be careful how you vote / Ten cuidado como votas
On every election day / En cada elección
Be careful how you vote / Ten cuidado como votas
On every election day / En cada elección
'Cause the one that you vote for / Porque al que votes
He just might let you down / Podría decepcionarte
He say, "Gonna be your best friend" / Él te dice: "Voy a ser tu major amigo
Help you any way he can" / Ayudarte de la manera que sea"
But when he takes his seat / Porque cuando ocupe el lugar
There's been a change of plan / Habrá un cambio de planes
Say, "Gonna help the poor / Él te dice que ayudará a los pobres
And the senior cit'zens, too / y a los jubilados también
But when he gets in / Pero cuando llegue al poder…


Tengan cuidado como votan, por favor.

Ya tuvimos suficiente con estos cuatro años de macrismo.

Pasamos de "Bajar la inflación es lo más fácil que hay" a una inflación interanual de más del 55%.

Pasamos de un dólar a 15 pesos a uno de 47.

Pasamos de "no vas a perder nada lo que ya tenés" a un crecimiento del desempleo y una caída abrupta del consumo.

Pasamos de la "pobreza 0" a más de 3 millones de nuevos pobres en los últimos años.

Pasamos de "los trabajadores no van a pagar más Ganancias" a más trabajadores que pagan Ganancias.

Pasamos de un país prácticamente desendeudado a una deuda solo con el FMI de 50.000 millones de dólares.

Pasamos de "vamos a unir a los argentinos" a "Los burócratas, mafiosos, vagos y corruptos, son los saboteadores del cambio".

Pasamos de "No vamos a perseguir al que piense distinto" a los presos políticos.

Pasamos de "Vamos a garantizar la libertad de expresión" al cierre de medios, despidos masivos de periodistas y mayor concentración de la prensa hegmónica.

Basta.



lunes, 29 de julio de 2019

Cray, baby, Cray


Foto Laura Tenebaum
Smooth es una palabra del inglés que define muy bien la forma de tocar y cantar de Robert Cray. Pero la traducción al español, suave, o también liso, no tienen la misma fuerza para describirlo. Cray es profundo, pero no es visceral. Su estilo es refinado y para nada crudo. Su voz es melodiosa y reconfortante, y sus canciones salen de los márgenes del blues para adentrarse en los amplios campos del soul, el R&B y también el pop. Esos, y su alta exposición en décadas pasadas, son los motivos por los que los puristas del blues, los talibanes, no lo reconocen como uno del clan. Está claro que ese cuestionamiento, movilizado por un desprecio absurdo, no afectó en absoluto la carrera de Cray.

Los que asistieron a alguno de sus shows en Buenos Aires en la década del noventa recordarán que Cray tuvo que lidiar con el murmullo del público y con algunas críticas. La extinta revista especializada Blues Special, por ejemplo, escribió sobre el recital que dio en 1993 en el Estadio Obras, en el que compartió cartel con la cantante Koko Taylor: “(…) el morocho defraudó a muchos que iban a escuchar blues. Robert no pudo superar la actuación de Koko y su banda. El único tema que los auténticos bluseros recuerdan de parte de Cray es el tema de Lowell Fulson, Reconsider Baby (…). Su performance fue mediocre y fría”. Al año siguiente volvió, se presentó en el Teatro Gran Rex y la recepción del público fue similar. Tibios aplausos y otra vez los murmullos. Pese al clima un tanto hostil, el músico cumplió con un show muy correcto. De vuelta en el país y pasado el tiempo, Cray parece haber borrado ese recuerdo de su mente, tal vez porque con los años, las giras y las ciudades se superponen. “Tengo los mejores recuerdos de ambas visitas, realmente ha pasado mucho tiempo. Por fin he vuelto”, contesta sin hurgar demasiado en su memoria.

El domingo a la noche se presentó con su banda en el Teatro Vorterix y 25 años después esos cuchicheos despectivos se transformaron en ovación. Y no es que él haya cambiado. Sigue tocando con la misma soltura de siempre y su repertorio incluye todavía muchos de sus temas más conocidos de décadas pasadas. El cambio fue del público que se volvió más receptivo, que entiende que no hace falta cerrarse en los doce compases para que haya blues. Robert Cray tiene magia y por momentos suena sobrenatural. El truco es una combinación de técnica, feeling y buen gusto que no se resquebraja.

− ¿Cómo se define asimismo y por qué el blues es tan importante para usted? 
−No me consideró un músico de blues. Me considero un músico que toca blues y soul. El blues lo es todo, es la vida misma. Habla de tus problemas, de tus momentos buenos, por eso el blues nunca morirá.

Cuando se corrió el telón, Cray caminó hacia el centro del escenario y se llevó los primeros aplausos. Ya con la introducción, un blues lento de apenas un par de minutos, recibió la segunda ovación. Siguió con “I guess I showed her”, una de las canciones más emblemáticas de su disco más popular, Strong persuader, ese que lo llevó al mainstream en 1986 y lo alejó de los puristas. La guitarra de Cray -una strato marrón u otra celeste metalizada, que alternó durante el show- fluyó limpia mientras la banda flotaba a su alrededor por el pulso rítmico del bajista Ricrad Cousins, la prestancia percusiva del baterista Terence Clark y el colchón sonoro de los teclados de Dover Weinberg.

Por alguna extraña razón genética Robert Cray está siempre igual. Tiene 66 años, pero tranquilamente parece 20 años menos. No tiene canas, sus arrugas son apenas visibles y su complexión física no es la de la alguien que se acerca a la vejez. Su toque único, sutil y placentero no hizo otra cosa que mejorar con el tiempo, al igual que su registro vocal, heredero del sonido de Memphis. “Esa ciudad -explica- siempre tuvo esa aura especial, a mí me gusta mucho el soul y allí siempre me sentí en condiciones óptimas para grabar y concentrarme en hacer lo mejor para un álbum”.

Foto Laura Tenenbaum
La mayoría de las notas periodísticas que se publicaron en los días previos al show pusieron el foco en su relación con otros músicos históricos. Que compartió escenario con Eric Clapton, que tocó con Stevie Ray Vaughan y B.B. King, que grabó con Albert Collins y Johnny Copeland, que John Lee Hooker decía que era un adelantado a su época. Es cierto que muchas veces la frase “dime con quién andas y te diré quién eres” se usa para definir a un músico. Pero en el caso de Cray resulta un poco injusto a esta altura, con unos veinte discos editados y cientos de recitales alrededor del mundo, en los que no hace otra cosa que reivindicar el camino que eligió hace más de 30 años y seguir el mandato que le legó B.B. King. “Los grandes bluesmen se han ido casi todos, ahora tenemos que mantener la llama más viva que nunca, B.B. siempre me decía que no dejemos de tocar y que sigamos haciéndolo por todo el mundo”, dice. En Vorterix tocó dos covers: “The same love that makes me laugh”, de Bill Withers, y “Aspen, Colorado”, de Tony Joe White, ambos editados en su último disco Robert Cray & Hi Rhythm. El resto fueron composiciones propias a excepción de “Won’t be coming home”que escribió Cousins, que grabó en su álbum Nothin’ but love, de 2012.

Si bien es cierto que al comienzo hubo algunos problemas de sonido, especialmente con los teclados, todo se solucionó enseguida y Cray llevó el show con la suavidad y la frescura que lo caracterizan. El apogeo de su conexión con la audiencia llegó cuando, en uno de los cambios del tema “Enough for me”, metió un potente shuffle, algo que demostró que la gente que fue a verlo se acercó a él por el blues. Entre las caras que llenaron Vorterix se vio a muchos sub 30, que evidentemente no lo vieron en sus visitas previas, lo cual habla de un recambio generacional de oyentes que tienen un background musical mayor y mucha más tolerancia con los artistas que se animan a cruzar ciertos límites estilísticos.

El final lo encontró en su mejor forma. Su voz y sus solos rozaron la perfección, algo que resulta difícil de creer en un humano, aunque ya mencionamos ese rasgo sobrenatural de Cray. Prescinde de la velocidad o el volumen saturado. Maneja los tiempos y hasta revaloriza los silencios. Crea un clímax que se asemeja a la dinámica de un pastor con sus fieles. Los temas elegidos para el cierre fueron su clásico “Right next door”y “Forecast calls for pain”, de sus discos de 1986 y 1990 respectivamente. Y la ovación fue mucho más estruendosa que la del comienzo. Cray y sus músicos saludaron y no estuvieron más de dos minutos alejados del escenario. Los cuatro volvieron y el guitarrista se volvió a colgar la strato marrón para uno de los bises más calientes que podía ofrecer. Primero con su “Nothin’ but a woman”, también de Strong persuader, y luego “Times makes two”, una balada que comenzó interpretando bien abajo y fue in crescendo hasta alcanzar ese lugar mágico al que sólo un músico como él puede transportarnos.

− ¿Cuál es su secreto para seguir tocando con la misma pasión que antes? 
−No sé si sigo tocando con la misma pasión, pero si con la misma intensidad. Tengo un profundo respeto por la guitarra, me ha dado muchas satisfacciones en mi vida y es una extensión de mi ser. Por eso, y por lo que me decía B.B., pienso seguir tocando todo lo que pueda, en todos los lugares del mundo a los que podamos ir con mi banda.

(La crónica también fue publicada en La Agenda de Buenos Aires)

lunes, 15 de julio de 2019

Cd´s (reloaded)



- ¿Seguís comprando discos?

- No, la verdad que no. Bueno… sí. Bah… en realidad trato de vender discos que no escucho para, con esa plata, comprar otros que me interesan más. Digamos que es como una especie de canje.

Hacía años que no compraba cd’s, pero algunas malas compañías me llevaron de regreso a ese camino sin retorno. Un adicto diría que tuvo una recaída. Tal vez sea así. Mi relación con los cd’s se remonta a 1992. En un local de Musimundo, que estaba sobre la avenida Cabildo, compré los dos primeros: uno de B.B. King y otro de Johnny Winter. A partir de ahí comencé una relación, con altibajos, que dura hasta hoy. Compré cd’s en pequeños locales de las galerías de Belgrano, Minton’s era mi favorita, y también en Tower Records y Disquería Suite. Viajé a Estados Unidos un par de veces en esos años y en ambas ocasiones volví cargado de disquitos a los que un ex amigo los llamaba “bebés”. Hacia fines de los noventa comencé a experimentar con los envíos internacionales a través del portal CD Universe, pero la crisis de 2001 me obligó a terminar con ese tipo de consumo.

Tras la tortuosa salida del uno a uno y la devaluación, con los sueldos por el piso, había que dirigir los pesos, patacones y lecops hacia artículos de primera necesidad. Pero a partir de 2004 la cosa comenzó a reactivarse y lentamente, aunque ya sin la voracidad de antes, volví a comprar discos. Fue por entonces que algunos amigos comenzaron a volcarse al mp3. Y de a poco fui cayendo en la trampa. La facilidad de obtenerlo a cambio de 0 pesos fue muy tentadora. En 2007, viajé a Europa con mi primer reproductor de mp3. Era un aparatito redondo de Sony que tenía capacidad para unas 70 canciones. No le sobraba nada, pero no ocupaba lugar. Disfruté de mi primera visita al viejo mundo sin la necesidad de ahogar las penas consumistas en una disquiería… hasta que llegué a Ámsterdam. Después de un colocón en un coffeshop me fui flotando por las callecitas de la ciudad hasta que me topé, de casualidad, con el cartel azul e inconfundible de Blue Note. Era una disquería de jazz que sólo vendía discos del catálogo de ese sello. Saqué la tarjeta de crédito y me encomendé a Dios.

A mi regreso a Buenos Aires la tecnología y la gratuidad volvieron a imponerse. Desde entonces, mi relación con la compra de discos quedó vinculada a los viajes, propios y ajenos. A donde iba me traía tres o cuatro, cosas puntuales o muy baratas que conseguía usadas. O también haciendo compras por Amazon y mandándoselos a mi hermana que vivía en Nueva York para que me los trajera cuando venía de visita o cuando alguien iba para allá. La colección, de todas maneras, siguió creciendo porque comencé a recibir los discos de las bandas de blues local para reseñarlos o pasarlos en la radio. Muy de vez en cuando me compraba uno acá.

Pero hace unos meses todo cambió. Me agarró la necesidad de reordenar la discografía: darle salida a los discos que ya no voy a escuchar o pasar en el programa para hacer lugar a esos que, por alguna u otra razón, nunca tuve o tenía grabados. Y entonces descubrí que hay un mercado importante de cd’s usados. Hay tipos que compran lotes enteros y pagan relativamente bien si los cd’s lo ameritan y están en buen estado. Mercado Libre regula el precio en base a la oferta y la demanda. Entonces me reencontré con esa pasión dormida. Conseguí Somebody loan me a dime, de Fenton Robinson, y las grabaciones de Muddy Waters para Aristocrat. Me empeciné en conseguir los que me faltaban de los Allman Brothers y también busqué los que valen la pena de la colección de Altaya que, en muchos casos se consiguen por menos de 100 pesos. Y también esos de Bruce Springsteen que adoré en mi adolescencia, Nebraska y Tunnel of Love. O Just one night de Clapton.

Entonces abro la cajita. Tomó el disco y lo pongo en el equipo. Le doy play mientras ojeó el booklet custodiado por ese mueble en el que los guerreros rítmicos reposan silenciosos esperando su momento. Los de blues están arriba y al centro. Los de rock, abajo y a los costados. Los de jazz y los de soul, en unos cajones inferiores. Es raro ese apego por un objeto. Para algunos hasta incomprensible. Pero para otros, como yo, los discos tienen mucho más que música e imágenes. Tienen historias y encierran recuerdos. En ellos están nuestras alegrías y tristezas, nuestros miedos y ansiedades. Son el espejo de nuestras vidas.

martes, 2 de julio de 2019

Tinta azul


Todo blues. Así se llama el último libro del periodista español Manuel López Poy, una verdadera biblia del género escrita en español que abarca más de dos siglos de música e historia y no se limita a los márgenes del río Mississppi, sino que, partiendo de la premisa que el blues se volvió un lenguaje universal, explora el desarrollo del género en otros continentes.

El mamotreto blusero, como le gusta llamarlo a su autor, no sólo narra la génesis, consolidación y expansión del blues, sino que también se adentra en la historia social y política de los Estados Unidos comenzando con la llegada de los esclavos negros a América en el siglo XVII. Pero también atraviesa otros momentos históricos como la Guerra de Secesión, la abolición de la esclavitud, la segregación racial, la Gran Depresión, las dos grandes guerras mundiales, la lucha por los Derechos Civiles y Vietnam, que va trazando con historias de personajes emblemáticos como W.C. Handy, Charley Patton, Son House, Robert Johnson, Muddy Waters y Howlin’ Wolf. López Poy recurre a esos nombres, pero también toma como hoja de ruta las vidas de otros míticos bluesmen y blueswomen como Peg Leg Howell, Jaybird Coleman, Ma Rainey y Mamie Smith. El libro está bien organizado en capítulos cortos que permiten una ágil lectura y rápida comprensión para aquellos novatos del blues.

Manuel López Poy.
Promediando la mitad de la obra, y luego de hacer un exhaustivo paneo sobre los exponentes actuales del blues en los Estados Unidos, el autor repasa la rica historia del blues británico con figuras como Cyril Davies, Alexis Korner, John Mayall, Eric Clapton y Peter Green. Y luego se lanza a la captura del blues por toda Europa y logra reconstruir con precisión quirúrgica como se fue expandiendo el género tras la Segunda Guerra Mundial, especialmente desde la década del cincuenta, con las visitas de Big Bill Broonzy y Muddy Waters, y el fenómeno de los American Folk Blues Festival en los sesenta. Pero también desgrana las expresiones locales de Francia (con figuras como Jean Jacques Milteau o Nico Wayne Toussaint), Italia, Alemania, los países bajos, los nórdicos, los balcánicos y Portugal. En cada uno de esos lugares, López Poy encontró cientos de músicos que revalorizan el blues tradicional y otros que lo fusionan con expresiones más personales o autóctonas.

España, su tierra, tiene un capítulo bastante extenso pese a que, debido a la dictadura franquista, el desarrollo del género comenzó recién en la década del ochenta, más allá que desde la década del cincuenta, con la visita de Broonzy a Barcelona se inauguró una saga de shows que a lo largo de los años llevó a ese país a figuras como John Lee Hooker, T-Bone Walker y Memphis Slim.

Pero su investigación no se limita al viejo mundo. También profundiza sobre lo que sucedió con esa música en América Latina con apartados dedicados a México, Brasil, Perú, Uruguay, Chile y a Argentina. Sobre este último recurrió como fuente principal de consulta al libro Bien al Sur-Historia del Blues en la Argentina. El autor, además, va al núcleo de la cuestión, África, donde rescata a sus máximos exponentes e intenta establecer la dinámica de cómo los sonidos ancestrales fueron y volvieron a través del Atlántico.

El último tramo del libro es más enciclopédico, pero no menos interesante. López Poy enumera a los divulgadores más importantes de la historia del blues como John y Alan Lomax, John Hammond, Paul Oliver, LeRoi Jones, Samuel Charters, David Evans, Lester Melorse y Lawrence Cohn; musicólogos, cazatalentos o productores que tuvieron un rol fundamental para poder descubrir a muchos de los grandes músicos y documentar la historia. Para terminar, Todo Blues tiene un breve diccionario que explica las claves del género como juke joint, mojo, canned heat, kazoo, songster y washboard, entre otras; y un listado muy completo de la filmografía, de ficción y no ficción, relacionada con el blues.

En palabras de su autor: “No es al experto erudito a quien se dirige en esencia este libro, o al menos no a él en primera instancia, sino al aficionado a la cultura en general y la música en particular, que tenga curiosidad por saber cuáles son los fermentos de la banda sonora que le ha acompañado a lo largo de la mayor parte de su vida. Porque el blues es el ADN básico de la música popular actual en todo el mundo, si exceptuamos la música clásica y las músicas folclóricas regionales, entendidas en el más estricto sentido, sin mestizajes modernos. Este libro pretende recoger la parte más amplia posible de esa impronta que ha dejado en nuestra cultura la música que hace ya más de un siglo crearon los descendientes de los esclavos como máxima expresión de su lucha por la supervivencia y la dignidad”.

miércoles, 26 de junio de 2019

Sultán del ritmo


A Lucky Peterson le gusta bromear con que ostenta el curioso récord de ser el único músico de blues estadounidense que apareció en el prime time de la tevé en pantalones cortos. Es porque debutó profesionalmente a los cinco años, en 1970, y desde entonces forjó una gran carrera en la que editó alrededor de 30 discos y se convirtió en un referente del blues alrededor del mundo.

- ¿Qué recuerda de aquellos días de niño prodigio? 
Fueron épocas muy buenas, tengo los mejores recuerdos de mis comienzos. Mi padre me incentivó mucho a que me dedique a la música y sus amigos, como Willie Dixon, me ayudaron a grabar mi primer trabajo discográfico cuando aún era muy pequeño.

 Su padre, James Peterson, era dueño de un bar de la ciudad de Buffalo, el popular The Governor´s Inn, donde se tocaba blues y soul y estaba muy conectado con el ambiente de la música negra. Allí, el pequeño Lucky se codeó con grandes artistas como Little Milton, Bobby "Blue" Bland, Etta James y Mavis Staples, hasta que Dixon notó que el niño tenía un talento superlativo para tocar el hammond y lo acompañó a dar ese primer paso en el show business. El padrino del blues de Chicago produjo su primer disco, Our future, que fue editado en 1971 y tuvo un éxito importante con el tema 1,2,3,4. “Todos los músicos con los que toqué cuando era niño me dejaron un gran aprendizaje, pero Bobby Bland quizás fue el que más me marcó en lo musical y personalmente”, recuerda.

Ahora, a los 54 años y a punto de celebrar medio siglo con la música, acaba de dar su primer show en Buenos Aires, en el marco de su gira sudamericana que incluyó una serie de shows en Brasil. Es martes a la noche y en La Trastienda hay menos gente de la que debería. Minutos antes de las 21:30, Peterson aparece en escena vestido con un traje turquesa, camisa blanca y boina a cuadros de tono amarronado. La banda, integrada por el guitarrista canadiense Shawn Kellerman y los músicos brasileños Flavio Naves (teclados) Bruno Falcao (baj) y Fredy Barley (batería), suena potente y marca con mucho ímpetu cuál será el ritmo de la noche. Peterson se sienta junto al hammond y descarga un groove sobrenatural. Arrastra los dedos sobre las teclas con una soltura increíble. Los músicos lo siguen como soldados de un poderoso ejército rítmico. Kellerman, que luce una barba sureña, arremete unos riffs feroces.

"Blues time”, anuncia Peterson antes de lanzar los acordes de I pity the fool, una canción que su ídolo Bobby Bland grabó algunos años antes de que él naciera. Cuando termina el tema ya tiene a todo el público en la palma de sus manos y lo sabe. Entonces empieza el juego. Tira unos acordes con el hammond, el bajo marca el pulso y deja que el público siga aplaudiendo por unos instantes. Él no se apura. Se acomoda el saco y desde la banqueta en la que está sentado muestra una sonrisa cómplice. Se regodea con la escena hasta que retoma el control sonoro con un funky efervescente. Con el público en estado inflamable, es el momento de presentar a Tamara Tramell, o Tamara Peterson, su esposa, que lo acompaña en sus giras por el mundo. “Tamara es una excelente cantante y performer, es una gran bendición que participe en mi show”, anticipa Lucky Peterson antes del concierto.

Ella lleva un vestido de red a tono con el traje de su marido y sus voluminosas trenzas están recogidas hacia arriba. Toma el micrófono y comienza a cantar I wanna know what good love is. A lo largo de cuatro extensas canciones muestra que se desenvuelve con absoluta naturalidad tanto cuando canta blues, funky o R&B. En todos los casos se nota cierta impronta gospel proveniente de sus entrañas. Lucky y Tamara generan una simbiosis perfecta. Antes de irse, ella saca relucir la influencia de Tina Turner para una enérgica versión de I can’t stand the rain, el clásico setentoso de Ann Peebles.

Lucky Peterson, reconocido también por ser un talentoso multinstrumentista, deja ahora los teclados y toma una Fender Telecaster. “Ambos instrumentos me dan mucho, pero el piano es el rey de los instrumentos. Nada te da tantas opciones como el piano o el hammond. Con la guitarra también disfruto mucho. Me divierte tocarla”, cuenta en la previa. Toda la banda sube el volumen a un nivel escalofriante a puro down home blues. Peterson se baja a tocar entre la gente. Se sienta en el medio de la sala para un medley que incluye dos temas de Stevie Ray Vaughan, Cold shot y Scuttle buttin, Bright lights big city, de Jimmy Reed y Voodoo Chile de Jimi Hendrix. El público lo rodea enfervorizado y él se siente victorioso. Vuelve al escenario para la despedida. Pero el saludo final deberá esperar unos minutos más. Tras la ovación, la banda se va detrás del telón y unos instantes después regresa con el clásico Sweet home Chicago. Se suma Tamara para cantar Proud Mary. El gran final.

Lucky Peterson está acostumbrado a empatizar con el público en cualquier parte del mundo. Y logra que la gente sea parte del show y no simples espectadores. No hay tristeza ni melancolía en su música. Desde el minuto uno sus recitales se vuelven una celebración. No lo sorprende que las casi 200 personas que están en La Trastienda enloquezcan con sus canciones y se sepan las letras de algunas canciones. “El blues es mundial. Tenemos fanáticos alrededor en todos lados. El blues es un lenguaje universal. Las grandes leyendas se han ido, pero siempre habrá nuevos talentos en camino. El blues nunca morirá”, concluye aquél niño prodigio que ahora ocupa el lugar de aquellos viejos maestros que ya no están.

(La crónica también fue publicada en La Agenda de Buenos Aires)

jueves, 20 de junio de 2019

La mayor catástrofe musical de la historia

El incendio ocurrió hace 11 años. Foto AP.
La mayor catástrofe de la música fue un secreto guardado bajo cuatro llaves durante más de una década. Ahora, una investigación periodística del prestigioso The New York Times reveló que lo ocurrido el 1º de junio de 2008 en los estudios de Universal Records, en Los Ángeles, afectó mucho más que a la atracción de King Kong en el parque temático y un antiguo archivo con copias de videos como se difundió en su momento. Las llamas devoraron más de medio millón de másters originales de canciones de todos los géneros. Las pérdidas son incalculables porque entre las cintas que se quemaron se encuentra casi el catálogo completo de Chess Records y sus compañías subsidiarias, y la colección de Decca Records, con miles de canciones de artistas como Billie Holiday, Louis Armstrong, Duke Ellington, Bing Crosby, Ella Fitzgerald y Judy Garland.

Para tomar noción del desastre, que Universal intentó tapar, en el incendio se perdieron todas las grabaciones de Chuck Berry, Muddy Waters, Little Walter y Bo Diddley para el sello prestigioso sello de Chicago, por ejemplo, pero también otras de músicos populares como Ray Charles, B.B. King, Four Tops, Joan Baez, Neil Diamond, Joni Mitchell, Cat Stevens, Al Green, Elton John, Eric Clapton, Eagles, Aerosmith, Tom Petty & the Heartbreakers, The Police, Nirvana, Beck, Sheryl Crow y Aretha Franklin. Y la lista sigue: los registros de John Coltrane, de su colección para Impulse Records o singles muy populares como Rock around the clock, de Bill Haley; Rocket 88, de Jackie Brenston & his Delta Cats; At last, de Etta James; y People get ready, de The Impressions, también desaparecieron.

La importancia de estos másters originales es que eran la fuente de audio que luego se trasladaba a las grabaciones en vinilo, cd’s o MP3, entre muchos otros soportes. Se trataba de las grabaciones en multipista, donde cada instrumento permanecía aislado el uno del otro, así como otros temas que nunca antes habían sido comercializados.

Según el periodista Jody Rosen, autor del artículo, Universal Music Group realizó un gran esfuerzo para tratar de tapar el desastre y así evitar las críticas y las reacciones de los artistas que todavía están vivos o los herederos de los que ya no están. En un documento interno del grupo Universal fechado en 2009, al que tuvo acceso The New York Times, la compañía definió lo ocurrido como la pérdida de "un gran legado musical".

miércoles, 19 de junio de 2019

Van por más

Jimmie Vaughan – Baby, please come home. El sexto disco solista de Jimmie Vaughan es una colección de viejos jump blues y clásicos del rhythm and blues con algunos pasajes dedicados al doo woop y otros al rockabilly. Pasaron 25 años desde su debut en solitario (Strange pleasure, 1994) y, si bien siempre se pudo reconocer su estilo con apenas unos acordes, el Vaughan que vemos ahora es el que empezó a pulir en el nuevo milenio, especialmente con la saga de discos Plays blues, ballads & favorites. Baby, please come home representa la continuidad estilística de esos trabajos lanzados en 2010 y 2011, más allá del breve proyecto Jimmie Vaughan Trio, con el que lanzó un álbum en vivo, en 2017. Aquí lo encontramos en gran forma acompañado por tremendos músicos como el tecladista Mike Flanigan y los saxofonistas Kaz Kazanoff y Greg Piccolo. En cada una de las once canciones, el guitarrista texano se desenvuelve con gran destreza. Si bien los temas son todos covers, de alguna manera Vaughan logra interpretarlos como si fueran propios. Se destacan I'm still in love with you, de T-Bone Walker; Baby, what’s wrong, de Jimmy Reed; So glad, de Fats Domino; y la fabulosa It’s love, baby (24 hours a day), que solía cantar magistralmente Ruth Brown. En algunas ediciones hay dos bonus tracks grabados en vivo, Silly dilly woman y Exact change, que redondean un álbum estupendo. Vaughan volcó su alma, su experiencia y su técnica en este puñado de viejas canciones y eso ya es más que una buena noticia.

The B.B. King Blues Band - The Soul of the King. El Rey estaría orgulloso de ellos. Sus músicos, los que lo acompañaron por todo el mundo hasta su muerte, decidieron seguir adelante para mantener vivo su legado y transmitir todo lo que él les dejó. Encabezados por el genial James “Boogaloo” Bolden, cantante, trompetista y director musical, la banda demuestra en 13 canciones porque fueron los alfiles del Rey y también porque pueden seguir en honor a su nombre y respaldando a otros grandes músicos. La banda la completan Russell Jackson (bajo y voz), Jesse Robinson y Wilbert Crosby (guitarra), Brandon Jackson y Herman Jackson (batería), Lamar Boulet (trompeta), Eric Demmer y Walter King (saxo), Raymond Harris (trombón) y Darrell Lavigne (teclados). El disco cuenta con grandes invitados: Kenny Wayne Shepherd aporta su filosa guitarra en Irene, Irene, mientras que Kenny Neal se suma en voz, guitarra y armónica en Sweet little angel. Diunna Greenleaf canta There’s must be a better world somewhere y la dupla Taj Mahal-Mary Griffin combinan sus voces en el clásico Paying the cost to be the boss. Y hay más: Kenny Neal vuelve para llevar Becoming the blues a un estado de front porch y Joe Louis Walker hace su aporte vocal y guitarrístico en Here today, gone tomorrow. El cierre es todo del cantante y guitarrista Michael Lee, quien tuvo una rutilante aparición en el programa The Voice, una especie de American Idol que emite la cadena NBC. Los “chicos” de B.B. siguen adelante y van por más, porque eso es lo que el Rey quería de ellos.

domingo, 9 de junio de 2019

Abriendo caminos


Para disfrutar del jazz hay que estar muy atento a los detalles. Cada nota cuenta. Los silencios también. Hay que dejarse llevar por la improvisación de los músicos. Si pensamos al rock, el blues y el soul como caminos más o menos rectos, a veces asfaltados y otros de tierra, en el jazz no hay un sendero marcado y uno se tiene que abrir paso entre la maleza para avanzar. John Scofield nos mostró el rumbo el viernes a la noche en el Teatro Coliseo. Sus improvisaciones, su toque sutil y la relación fluida con su banda, nos llevaron hasta donde queríamos llegar.

El teatro estaba repleto y en época de vacas flacas eso es todo mérito del artista. El guitarrista volvió a la Argentina para presentar su más reciente álbum, Combo 66, que lo escribió, según dijo en varias entrevistas, pensando en su actual banda, que la conforman dos nuevos miembros como el tecladista Gerald Clayton y el contrabajista Vicente Archer, y su histórico ladero, el baterista Bill Stewart. El sonido del cuarteto resultó fascinante y Scofield interactuó mucho con ellos. Todos tuvieron sus momentos en cada uno de los temas y el guitarrista los contempló con admiración sentado en una banqueta y apoyado sobre su guitarra.

El repertorio incluyó temas de su último trabajo como Icons at the fair, Combo theme y Can’t dance, la trilogía con la que la máquina de sonido se puso en marcha. El toque de Scofield fue sutil y voraz a la vez. Mostró por momentos su apego al jazz tradicional, pero también dejó escapar su veta rockera, cierto despunte funky y unas estiradas de cuerdas que seguramente tomó de B.B. King. Y todo fluyó entre el virtuosismo y la repentización. Promediando el show tocaron una composición de Stewart dedicada a Donald Trump en la que se percibió una marcada hostilidad en el ritmo. La primera melodía real apareció pasada la hora cuando Scofield se zambulló en los acordes de You’re still the one, de Shania Twain, que grabó en su disco Country for old men, de 2016. Otros temas que interpretó fueron la reflexiva I’m sleeping in y King of Belgium. Tras una impresionante ovación la banda volvió a escena y Scofield le cedió el bis a Clayton para la hermosa balada But beautiful.

Como bien dijo el guitarrista Pablo Grosman, testigo del show, “la originalidad de sus temas, su manera de tocar, su fraseo, sus inagotables ideas y recursos” fueron las herramientas con las que Scofield, durante casi dos horas, fue abriendo el camino hacia la inmensidad de su extraordinario sonido.

jueves, 6 de junio de 2019

El buen doctor


Su corazón dijo basta y eso nos partió un poco el corazón a todos. Malcolm John Rebennack Jr, a quien llamaban Mac, aunque era más conocido por su nombre artístico de Dr. John, era el hijo pródigo de Nueva Orleans.

Su muerte conmueve porque, con 77 años, era uno de los últimos bastiones de una era dorada de la música contemporánea. Dr. John siempre fue un arco iris musical: combinó distintos estilos como jazz, R&B, rock and roll, blues, funk, psicodelia y los ritmos de los indios del Mardi Gras. Esa paleta multicolor le confirió el estatus de referente absoluto de Nueva Orleans y lo convirtió en una figura icónica, su mejor embajador.

Dr. John's Gumbo (1972)
Plasmó su música en decenas de discos, desde el primero, Gris-Gris, de 1968, hasta el último, un homenaje a Louis Armstrong que llamó Ske-Dat-De-Dat: The Spirit of Satch y editó hace cinco años. En el medio, lanzó grandes álbumes como Dr. John’s Gumbo (1972), In the right place (1973), City lights (1978), Dr. John plays Mac Rebennack (1981), Going back to New Orleans (1992), Duke Elegant (2000), N'Awlinz: Dis Dat or d'Udda (2004) y su obra cumbre junto a los Black Keys, Locked down (2012), que le valió su sexto y último Grammy y el reconocimiento de la nueva generación. En cada uno de esos discos siempre mantuvo el espíritu de la ciudad, sus alegrías y tristezas, y su profunda y arraigada tradición.

Dr. John, B.B. King y Raimundo Amador
Su abuela le había enseñado a tocar el piano cuando era un niño y, con el tiempo, logró adquirir la destreza suficiente para situarse a la altura de otros grandes pianistas de la ciudad como Fats Domino, Professor Longhair y Alain Toussaint. Fue Toussaint quien alguna vez dijo sobre Dr. John, recuerda el amigo Tony Soulman: "Toca como camina, sin apurarse nunca. Nunca ataca al piano, lo acaricia". Pero antes, en la adolescencia se volcó a la guitarra porque era un instrumento con el que creía que iba a conseguir trabajo más fácil como músico. Pero un disparo en una mano en un confuso episodio lo condicionó con las seis cuerdas y lo obligó a volver al piano, aunque cada tanto, especialmente en sus shows en vivo, solía tomar la guitarra en uno o dos temas. Estuvo preso por vender drogas y sufrió la adicción a la heroína, pero pudo sobreponerse a todo y construir una carrera musical imponente en la que, además de sus innumerables pasos por lo estudios de grabación, tocó alrededor del mundo y compartió escenarios con figuras como Johnny Winter, B.B. King, Mike Bloomfield, Eric Clapton, James Cotton, Bruce Springsteen, Mavis Staples y John Fogerty, Algunos de ellos, también, participaron de un justo homenaje en vida, que fue editado en cd en 2016 bajo el título de The Musical Mojo of Dr. John: Celebrating Mac & his Music.

Algunas apostillas de su carrera son sus participaciones en la serie Treme, de David Simon, que narra historias de vida tras el paso arrasador del huracán Katrina; su colaboración en la película de Disney, La Princesa y el Sapo; o su eterno y estrafalario vestuario cargado de colores y voodoo.

Dr. John, Montreal, 2013.
En lo personal, tres momentos se me vienen a la cabeza cuando recuerdo a Dr. John. El primero fue cuando lo descubrí en aquél video en el que canta I’d rather go blind junto a Etta James, que terminan los dos abrazados y muy emocionados. Quedé deslumbrado por su fraseo vocal y su forma de tocar el piano. El segundo fue cuando, en uno de esos momentos mágicos que nos da la música, tocó como invitado de los Allman Brothers en el Beacon Theatre de Nueva York en 2011. Yo ya estaba lo suficientemente conmovido por estar viendo por primera vez a la banda que creó el rock sureño, que su sorpresiva aparición fue algo así como quedar frente a la aurora boreal. El tercero me lleva al año 2013, en Montreal, Canadá. Otra noche memorable en la que lo vi al frente de su propia banda en el marco del Festival de Jazz con Leon Russell como telonero. 

El Buen Doctor se fue y Nueva Orleans ya no será la misma. En algún punto Mac era como el barco de vapor que recorre el río Mississippi, como el Barrio Francés o el jambalaya. Pero quedan sus canciones, himnos de toda una ciudad.


miércoles, 5 de junio de 2019

Paso al frente


El disco debut como solista de Roberto Porzio era una de las noticias más esperadas por la patria blusera por muchas razones. Porzio es uno de los mejores guitarristas del país y maestro de otros grandes violeros, que hizo gran parte de su carrera como sideman o miembro de una banda, como los Easy Babies o la Blues Special. Su irrupción en solitario, hace ya un tiempo en los escenarios, merecía su correlato en estudio. Something inside of me es una obra fenomenal en la que Porzio despliega toda su técnica con la guitarra, un tono exquisito y un registro vocal a la altura de su nombre.

El álbum, que muestra una amplia variedad estilística dentro del blues, comienza con Walk on, de Brownie McGhee, en la que sobresale con un ritmo candente y la armónica de Adrián Jiménez, uno de los cuatro invitados del disco. Sigue a puro shuffle con Give me back muy wig, la deslumbrante composición de Hound Dog Taylor. En How many more years Porzio se anima a experimentar un poco más y transforma el clásico de Howlin’ Wolf en una exquisita interpretación más afín al blues del West Side. Y entonces se sumerge en dos temas del cancionero de Leadbelly: transforma Good mornig blues en un rock and roll contagioso y versiona Goodnight Irene, donde se deja llevar por una brisa campestre y el violín de Eduardo Quiroga.

La segunda mitad del disco lo encuentra homenajeando a Muddy Waters con Forty days and fourty nights, donde su slide se combina con otra vez con la armónica de Adrián Jiménez. Hace un impasse en “la música del Diablo” para elevar su canto gospel acompañado por Florencia Andrada en Glory, glory hallelujah. Para despuntar su vicio soul, otra de sus pasiones, Porzio elige la siempre festiva Something you got. Su guitarra suena limpia y su voz brilla con mucha intensidad y, con absoluta naturalidad, reescribe Police dog blues, una composición de Blind Blake de hace noventa años. En cada uno de los temas, la figura de Porzio se sustenta en el magnetismo y la elasticidad de los Humbles -Anahí Fabiani (teclados), Florencia Rodríguez (bajo y contrabajo) y Miguel Ángel Romeo (batería)- y el trabajo concienzudo en la producción y grabación de Julio Fabiani y Ariel Feder.

El álbum finaliza con Porzio y su guitarra, más la voz angelical de An Díaz, y un sonido de antaño, en una sublime versión de Some of these days de Charley Patton. En apenas diez temas nos abre su alma, rinde tributo a sus máximas influencias y nos lleva a una breve e intensa recorrida por la historia del blues. Así, el guitarrista rítmico que se lució durante años al lado de las grandes figuras del blues nacional e internacional da un paso al frente y muestra aún más todo su potencial.


miércoles, 29 de mayo de 2019

El primer saxo del rock & roll


Raymond Hill estuvo ahí cuando nació el rock & roll. Era uno de los saxofonistas de los Kings of Rhythm, la banda de Ike Turner que, a comienzos de 1951 –algunos dicen el 3 de marzo y otros el 5-, grabó en Sun Records, el legendario estudio de Sam Phillips en Memphis, el tema Rocket 88, considerado por muchos la piedra basal de la música que conquistó la segunda mitad del siglo XX. La canción quedó registrada a nombre de Jackie Brenston and his Delta Cats, porque Brenston fue el cantante, mientras que Turner tocó el piano. Pero la participación de Hill también resultó trascendental por un solo muy intenso que comienza luego de la arenga del vocalista: "Blow your horn Raymond".

Raymond Earl Hill había nacido el 29 de abril de 1933 en Clarksdale, Mississippi. Sus padres regenteaban un conocido juke joint de Lyon, una pequeña localidad en las afueras de la ciudad, y allí, en la década del cuarenta, el pequeño Raymond creció escuchando a músicos como Sonny Boy Williamson y Robert Nighthawk. En ese mismo lugar empezó a tocar el saxofón y tiempo después conoció a Turner, otro oriundo de Clarksdale, con quien formó la mítica banda.

Tras unos años tocando en el Delta de Mississippi y alrededores les llegó la oportunidad de ir a Memphis y no la desaprovecharon. Rocket 88 llegó inmediatamente al puesto número 1 de los charts. Pero las regalías no fueron las suficientes para los músicos ante el éxito rotundo de la canción. Hill renunció a la banda y, en 1952, grabó cinco temas para Phillips que no fueron editados. Entonces se abocó a trabajar como músico de sesión. Ese año grabó con Clayton Love para el sello Aladdin y con Little Junior Parker para Sun Records, aportando su saxo en Mistery train. En 1954, acompañó a Billy "The Kid" Emerson (Sun Records) y Jesse Knight (Checker) y finalmente grabó dos temas más como solista para Phillips que sí fueron editados en un single de 78 rpm (The Snuggle y Bourbon Street Jump). Ambos tracks fueron reeditados en la década del setenta junto a los cuatro que no habían visto la luz (Long gone Raymond, My baby left me, Somebody's been carryin' your rollin' on y I’m back pretty baby) en una compilación del sello inglés Charly R&B sobre la historia de Sun Records. La única de sus grabaciones de 1952 que no había sido editada, Sittin' on top of the world, finalmente vio la luz en 1985 en un compilado que se llamó Memphis blues-Unissued tracks from de 1950's.

A mediados de los cincuenta emigró a Chicago donde participó de las sesiones de Dennis Binder para Modern Records y también volvió a colaborar con Parker. En 1956 se fue a St. Louis y se reincorporó a los Kings of Rhythm de Iker Turner con los que participó de las grabaciones para Federal junto a Jackie Brenston y Billy Gaytes, unas joyas perdidas del rhythm and blues que recién fueron editadas por Charly R&B en 1991.

En 1957, Raymond Hill comenzó una relación con una de las coristas de la banda, Anna Mae Bullock, que pronto sería mucho más conocida por su nombre artístico: Tina Turner. El romance entre la joven Tina y Hill fue efímero y no tan apasionado, según se desprende de varias biografías, pero ella quedó embarazada de su primer hijo, Craig. La pareja se separó cuando Hill se fracturó una pierna y decidió volver a Clarksdale antes de que naciera el niño. Poco tiempo después ella comenzaría una relación con Ike Turner y esa es una historia conocida.

En la década del sesenta, Hill salió de gira con Albert King y poco más se recuerda de él. Se cree que se retiró de la música durante años hasta que el musicólogo David Evans lo grabó en 1979 para el primer single de su sello High Water. Hill registró un blues bien crudo, Going down, con su hijo Andrew Hill en guitarra que en el lado B llevó un tema cantado por su esposa, Lillie Hill. Ese mismo sello después grabaría a grandes figuras del hill country blues como Jesse Mae Hemphill, Junior Kimbrough y R.L. Burnside, entre otros.

Raymond Hill murió de un ataque cardíaco el 16 de abril de 1996, pocos días antes de cumplir 63 años, en su Clarksdale natal. Su historia, como la de muchos de sus contemporáneos, se perdió con el paso del tiempo, pero su solo de saxo en el amanecer del rock and roll seguirá sonando por siempre.



lunes, 20 de mayo de 2019

Camino a la cima


El disco debut de Christone “Kingfish” Ingram es una de las mejores noticias para la escena del blues. Más allá de que probablemente el año que viene arrase con los premios de la Blues Foundation y los Grammy, muy cuesrtionados por los puristas, el álbum es la exaltación del género en toda su dimensión. Con apenas 20 años -los cumplió el 19 de enero- Kingfish resume en doce canciones el pasado, presente y futuro del blues.

Su nombre viene dando vueltas desde hace más de cinco años. En Clarksdale, su ciudad natal, lo consideran el hijo prodigo. Empezó tocando en el Red’s, el Ground Zero y el New Roxy cuando tenía 13 años. Y en 2014 integró la Delta Blues Museum Band que se presentó en la Casa Blanca ante Michelle Obama. Desde entonces, se volvió un habitué de los festivales y sus presentaciones en vivo comenzaron a circular por YouTube. Era cuestión de tiempo hasta que alguna discográfica pusiera los ojos en él.

Y fue, nada más y nada menos, que Alligator Records, el sello más importante del blues contemporáneo. Bruce Igluaer, su dueño y viejo zorro de la industria de la música, no dudó a la hora de ficharlo. Para la grabación de Kingfish, como lo bautizó cuando era un niño su maestro en la guitarra, Bill “Howl-N-Madd” Perry, Iglauer llamó a Tom Hambridge para la producción. Es cierto que Hambridge abusó de la sobreproducción en los últimos discos de Buddy Guy y en alguno de Joe Louis Walker, y con eso les quitó frescura y esencia, pero en este caso, con un músico joven, logró todo lo contrario: pudo amalgamar el sonido tradicional con el más moderno y que Kingfish suene convincente tanto cuando rockea como en Outside of this town o cuando baja a la crudeza del Delta con Hard times.

El álbum se ve reforzado por la participación de Keb’ Mo’, quien suma su guitarra acústica en la mitad de los temas y comparte voces en Listen, una canción que sobresale por su agradable melodía. Buddy Guy lo bendice con su colaboración en Fresh out, un blues bastante denso que los pone en igualdad de condiciones. Y, además, Billy Branch sopla su armónica en If you love me, un slow blues incendiario que Ingram escribió junto a Jontavious Willis, otro de los pocos jóvenes afromaericanos que se dedica al blues y que también es patrocinado por Keb’ Mo’.

El resto de las composiciones están firmadas por Ingram y Hambridge y en muchos casos las letras son autorreferenciales. Desde lo estilístico, Ingram muestra un registro vocal notable para su edad. No hay alaridos, ni ronqueras forzadas. Todo fluye con naturalidad. Y con la guitarra, su arma letal, saca a relucir una cantidad de recursos que no se limitan sólo a la Les Paul, sino que también aparecen cuando toca acústica.

“Kingfish es uno de los artistas jóvenes más excitantes y apasionados que he visto en estos años. Está creando una nueva música que se siente como blues, pero que no copia lo que ya está escrito. Sus raíces están muy arraigadas en el Delta del Mississippi y se puede percibir esa crudeza en su forma de tocar y cantar”, dijo Bruce Igluaer.

“Su técnica con la guitarra –agregó el mandamás de Alligator- es deslumbrante, pero más que nada es la emoción que pone en cada canción y como moviliza a la audiencia. Su música es realmente madura. Sabe cuáles son las notas importantes, las que cuentan la historia y atrapan al público. Y canta con la intensidad y convicción de un verdadero bluesman. Venera a los maestros del blues del pasado y del presente, pero está haciendo su propio alegato. Estamos viendo cómo este joven se convierte en un gigante del blues Tiene un futuro alucinante”.


sábado, 11 de mayo de 2019

Blues mama


Probablemente J.J. Thames haya batido un record en cuanto a visitas de artistas de blues: es la tercera vez que viene a la Argentina en un año. Debutó en mayo del año pasado, volvió en noviembre y ayer comenzó una nueva gira con un poderoso show en el Be Bop Club, en el barrio de San Telmo. La cantante oriunda de Detroit, pero que lleva en la sangre las aguas barrosas del Mississippi, desplegó la potencia vocal que la caracteriza respaldada por la prestancia rítmica de El Club del Jump.

J.J. Thames no pasa desapercibida. Es una mujer voluptuosa y con un peinado frondoso. Aparece en escena con una remera que dice: “Everyday we have the blues”, su manifiesto, mientras la banda a cargo de Martín Burguez, esta vez con Martín “Cipi” Cipolla al bajo, termina un shuffle introductorio. Y en cuanto ella abre la boca ya no queda espacio para nada más. Por momentos deja entrever que Tina Turner es su máxima influencia y que tiene tanto o más blues que sangre en las venas.

A diferencia de otras big mamas, J.J. Thames muestra bastante de un repertorio propio. La mayoría de sus canciones hablan de una relación que terminó mal y de como ella finalmente dejó a su pareja (I’m leaving you es la más elocuente). Entre tema y tema, con dotes actorales, relata los pormenores de aquél romance frustrado. “Antes estaba casada y era infeliz. Ahora estoy sola y soy muy feliz”, dice.

El show, que se divide en dos sets, da lugar también para algunos covers. El primero es Boom boom, de John Lee Hooker, en el que muestra un registro vocal arrollador y le da lugar a Alberto Burguez para que se despache con un voraz solo de hammond. Cierra la primera parte con The thrill is gone, que se lo dedica a B.B. King. “Él fue un hombre maravilloso y muy generoso. Me ayudó mucho en mi carrera al igual que a Kingfish”, dice en referencia a Christone “Kingfish” Ingram, la joven promesa del blues que acaba de lanzar su álbum debut por Alligator. Y en la segunda parte, para terminar, canta una conmovedora versión de I’d rather go blind. Tras la ovación del público vuelve a escena para un bis candente con Wang dang doodle.

La banda, que ya la conoce de sus visitas anteriores, se muestra solvente y cada vez que puede Martín Burguez intercede con unos solos bien punzantes. Es el valor agregado a una gran cantante que lleva adelante su performance con toda su alma, que fluye a través de su poderosa voz.

miércoles, 8 de mayo de 2019

Groovisimos

Raphael Wressnig - Chicken burrito. Es imposible no mover la cabeza o las piernas mientras suena Raphael Wressnig. El músico austríaco tiene un groove descomunal y cuando se pone al frente de su hammond B3 la quietud se convierte en ritmo. Chicken burrito, su último disco, es como la erupción de un volcán musical. Pura lava rítmica que desciende y se esparce arrasando con todo a su paso. Electrifica el cuerpo y lo lleva a un estado de goce puro. Acompañan a Wressnig el guitarrista Alex Schultz, quien tocó con Rod Piazza y William Clarke, y el experimentado baterista James Gadson, que supo respaldar a Bill Withers, Ray Charles y los tres King, B.B., Albert y Freddie. El trío logró un ensamble monumental, en el que Wressnig también ejecuta con mucha destreza el Fender Rhodes piano, el Hohner D6 clavinet y el Wurlitzer piano. Todos los temas fueron compuestos por el propio Wressnig que recurre a una fórmula imbatible: canilla libre de funky, altas dosis de shuffle y mucho feeling que mantiene desde el inicio con Chunky thights hasta el cierre con One mo’ time. Solo baja un poco el tempo en Get down withit. Los solos de Schultz son efervescentes y se combinan muy bien con las teclas, mientras que la batería tiene un trajinar demoledor. Si bien es un disco prácticamente instrumental, Wressnig aporta su voz en Born to roam, tema que coescribió junto a Larry Garner. Chicken burrito tiene el espíritu de Nueva Orleans y un ritmo desenfrenado que solo lo puede alcanzar un mago de los teclados.

Bruce Katz Band - Get your groove. El título del último disco de Bruce Katz es más que elocuente. A lo largo de once temas el tecladista sobrevuela el terreno del funk, con un fuerte anclaje blusero y mucha libertad rítmica. El disco es una especie de resumen de su extensa carrera en la que compartió escenario y estudio de grabación con los Allman Brothers, John Hammond Jr., Ronnie Earl, Delbert McClinton, Joe Louis Walker y Duke Robillard, entre muchos otros. Comienza con el clásico Hesitation blues en donde lo asisten el guitarrista Chris Vitarello y el baterista Ray Hangen, como en la mayor parte del álbum. Luego se sumerge en la épica sureña con Freight train, un homenaje a los Allman Brothers en el que se suman Jaimoe, ex percusionista de la banda, y el bajista Matt Raymond. Sigue con temas de su propia autoría o alguno en el que comparte el crédito con Vitarello. Una de las mejores composiciones es Make things better, que tiene un riff fulminante, y por momentos parece como si Robben Ford lo estuviera apuntalando. Vuelve al blues con la magistral Wasn’t my time, una exquisita composición de ocho minutos en los que su hammond navega sobre las aguas barrosas del río Mississippi. El disco termina con The bun, un shuffle asesino que funciona a modo de epílogo de este manifiesto del buen groove.

martes, 30 de abril de 2019

Saliendo de la encrucijada


El documental sobre Robert Johnson que estrenó Netflix, Devil at the Crossroad, producido por los hermanos Jeff y Michael Zimbalist, parte de la premisa ultra conocida del pacto con el diablo en una encrucijada de caminos del Mississippi. Pero en poco menos de una hora, y con más de una veintena de testimonios (desde Terry “Harmonica” Bean y el nieto de Robert Johnson hasta Adam Gussow y Keith Richards) el film logra establecer una hipótesis muy interesante sobre lo que sucedió con el guitarrista y su extraordinaria transformación.

La leyenda del pacto con el diablo surgió porque muchos de los contemporáneos de Robert Johnson, entre ellos Son House, relataron durante años que en sus comienzos Robert Johnson era un guitarrista mediocre, pero que tras una ausencia de entre seis meses y un año, regresó al Delta del Mississippi tocando de una manera sorprendente. A eso hay que sumarle que, en muchas de sus 29 canciones, que grabó entre 1936 y 1937, Johnson hace referencia a la encrucijada de caminos, a su relación con satanás y a los sabuesos del infierno. Y, desde ya, la industria discográfica se encargó de alimentar ese mito para vender más discos.

El documental intenta darle una explicación racional y para ello es fundamental la contextualización de la vida que llevó Robert Johnson durante fines de la década del veinte y comienzos de la del treinta, marcada por la segregación racial, la crisis del 29 y el trabajo duro en el campo. Y, en lo personal, la separación de sus padres, la temprana muerte de su primera mujer y el bebé que estaba en camino, así como los prejuicios que tenían muchos devotos religiosos, en su mayoría negros, sobre el blues como la música del demonio.

Devil at the Crossroad llega a la con conclusión de que en el período en el que Son House y Willie Brown le perdieron el rastro, Robert Johnson volvió a su pueblo natal de Hazelhurst, al sur del Mississippi, y allí se juntó con el misterioso guitarrista Ike Zimmerman, quien sería su mentor. Todas las noches, pudieron reconstruir, Zimmerman lo llevaba al cementerio local y se sentaban junto a una tumba donde le enseñó a tocar blues acompañados por “la influencia de los espíritus”. Pudo perfeccionar esa técnica tan distintiva, que pareciera que tocan dos guitarristas, gracias a sus largos dedos. En cuanto a las letras de las canciones, determinaron, estaban inspiradas en el vudú, una práctica muy habitual entre los negros del sur de los Estados Unidos.

Sobre su muerte no hay mayores revelaciones. No precisa quién fue el hombre que lo envenenó aquella noche de agosto de 1938 en un juke joint de las afueras de Greenwood, pero tampoco descarta la posibilidad de que fuera un marido celoso.

En definitiva, Devil at the Crossroad es un muy buen documental que suple la falta de imágenes de archivo con una muy buena animación, aporta nuevos testimonios y rescata varias entrevistas de la película de John Hammond Jr., The Search for Robert Johnson. Por tratarse se una producción para Netflix tiene como objetivo satisfacer al público en general y por ahí el nicho blusero sienta que le falta algo. De todas maneras, es un gran aporte a la cultura del blues, al compás de las canciones de uno de los músicos más emblemáticos e innovadores de la historia del género.


lunes, 22 de abril de 2019

El bluesman oculto


Cash McCall es uno de esos grandes nombres del blues que tal vez muchos no lleguen a descubrir nunca. En un género donde sobresalen las figuras de Muddy Waters, B.B. King, Buddy Guy, Elmore James, John Lee Hooker o Albert King, grandes músicos de segunda línea sin tanto cartel pueden perderse en la vasta historia y discografía del género. Y el caso de McCall es uno de ellos. El cantante, guitarrista y compositor murió el sábado 20 de abril como consecuencia de un cáncer de pulmón. Tenía 78 años y una larga trayectoria que vale la pena rescatar.

Su verdadero nombre era Morris Dollison Jr. y había nacido el 28 de enero de 1941 a orillas del río Mississippi, en la pequeña localidad de New Madrid, en el estado de Missouri. Sus padres eran cantantes del coro de la iglesia y él, como la gran mayoría de los artistas negros de su generación, absorbió esa música desde muy pequeño. Su padre le construyó su primera guitarra y así le allanó el camino hacia una vida de acordes, melodías y ritmo.

En su adolescencia tocó en varios grupos de góspel y cuando cumplió 20 años se fue a vivir a Chicago, donde ya había vivido durante cinco años junto a su familia cuando era un niño. Allí se empezó a involucrar en la escena musical de la ciudad y se codeó con músicos como Lefty Dizz, Mighty Joe Young, Benny Turner y Sam Lawhorn. A mediados de los sesenta grabó el tema When you wake up, un éxito del soul que pensó que lo que iba a llevar al estrellato, pero eso no sucedió. Era artista del sello One-Derful Records, pero pronto terminó firmando contrato con St. Lawrence Way, que luego fue comprada por Chess Records. Antes, entre un puñado de singles, escribió una canción para Otis Clay, "That's how it is (When you're in love)", que tuvo cierto éxito.

Como compositor, ya bajo la órbita de la familia Chess, las cosas no le fueron tan bien hasta que Willie Dixon intervino y comenzó a moldear su carrera. Fue así como McCall comenzó a tocar con Jimmy Dawkins, Johnny Twist y Koko Taylor. Escribió la canción Birdnest on the ground, que grabó Muddy Waters, compuso otra media docena de temas para Etta James y hasta produjo el disco Message to the young de Howlin’ Wolf, pero su relación con el Lobo no anduvo bien. Otro de sus hitos en Chicago fue tocar en la banda de George “Wild Child” Butler. Su primer disco solista, Omega Man, fue editado por Paula Records en 1974, y se trató de un trabajo con mucho más funky que blues.

En la segunda mitad de la década del setenta se fue a vivir a Los Ángeles para trabajar junto a la cantante de soul Minnie Riperton y eso lo llevo a tocar con Nat King Cole, los Drifters y una tardía formación de The Platters. Su vuelta al blues se produjo en 1983 cuando grabó el disco No more doggin’ para el sello L&R y cinco años más tarde lanzó el extraordinario Cash up front, para Stony Plain. Ese mismo año se reencontró con Willie Dixon y se sumó a su banda con la que grabaron, en coproducción con T-Bone Burnett, el disco Hidden charms que ganó el Grammy en 1989. También quedó inmortalizado en el DVD A Celebration of Blues and Soul-The 1989 Presidential Inaugural Concert, en el que participaron Dixon, Koko Taylor, Stevie Ray Vaughan, Albert Collins y Joe Louis Walker.

Siguió escribiendo canciones para Otis Clay y Tyrone Davis, participó en cientos de festivales en Estados Unidos y Europa. Se radicó en Memphis, colaboró en el disco Vintage room de The Blues Experience (2007), hasta que en los últimos años su salud desmejoró, aunque todavía no estaba escrita la última canción. El año pasado su viejo amigo Benny Turner se enteró que estaba enfermo y le propuso grabar un disco que fuera su regreso a las fuentes, al blues clásico de Chicago, ese que lo tuvo como testigo privilegiado. Y así fue como en enero salió el álbum Goin’ Back home, que incluye clásicos como Shake your money maker, It hurts me too y Spoonful, y cuenta con Billy Branch como invitado. En febrero, además, McCall escribió un extenso artículo autobiográfico para la revista Blues Blast. Pero la enfermedad siguió avanzando y finalmente le ganó la batalla, pero al menos se mantuvo activo con la música hasta sus últimos días y tuvo su redención blusera.


lunes, 15 de abril de 2019

Blues local: tres propuestas diferentes

Easy Babies – Volumen 1. La banda liderada por Mauro Diana y Roberto Porzio se adecuó a los nuevos tiempos y su cuarta producción discográfica es un EP de cuatro canciones que está en todas las plataformas de reproducción de música vía streaming. Tras su participación en el Volumen 1 de Blues en Movimiento y sus dos discos -El blues paga mal (2010) y Tipos raros (2015)- Easy Babies se enfocó en la nueva tendencia de la música. Cambia el formato, pero el espíritu es el mismo. Las cuatro canciones siguen la línea histórica de la banda: blues en español con las letras de Mauro Diana (y alguna que otra colaboración) que hablan de lo que nos pasa, lo que vemos y lo que sentimos. Esas canciones no serían las mismas sin las guitarras expresivas de Porzio y Federico Verteramo y una rítmica soberbia a cargo del propio Diana y el baterista Homero Tolosa. El tema Buenos consejos, malos ejemplos es una frase que quedó picando hace años y que ahora cobró forma de canción y que Easy Babies llevó a las redes con un video en el que critican al presidente Macri. Volvería el tiempo atrás es una canción que Mauro Diana escribió con el armoniquista Alejandro Álvarez, con un ritmo festivo, una ferviente sección de caños y mucho slide. En Mi próximo error Mauro Diana comparte los créditos con Brian Chávez y por su tirmo y estilo se enmarca en los grandes hitos musicales del grupo: tiene un estribillo tarareable y la instrumentación cuenta con el hammond demoledor de Nico Raffetta. El EP termina con Sin reclamos, un blues lento y apasionado en el que le cantan a un amor que se terminó. Las cuatro canciones pueden parecer pocas, pero es apenas la primera parte de una etapa en la historia de la banda. Pronto vendrán más.

Max Hracek – Blues on top. La propuesta del cantante y guitarrista Max Hracek es diferente. Blues on top tardó tres años en salir y contiene una selección de canciones que lo moldearon durante sus años de formación. El álbum fue grabado en una toma en Estudios Del Parral y, por diversos motivos, su lanzamiento se demoró más de lo esperado. El disco contiene todas versiones de artistas clásicos, algunos con los que podemos identificar claramente el estilo de Hracek y otros que realmente sorprenden. En el primer grupo se encuentran las versiones de RM blues, de Roy Milton; T-Bone boogie y Glamour girl, de T-Bone Walker; y That will never do, de Freddie King. Las sorpresas son tres: una notable interpretación de Sick and tired, de Fats Domino; un poco de swing instrumental con Be bop Charlie; y Terraplane blues, el único tema acústico en el que el músico rememora aquellos años iniciales en los que escuchaba, día y noche, las grabaciones completas de Robert Johnson que editó el sello Columbia. En el medio, Hracek versiona tres canciones del gran Muddy Waters. No es una sorpresa, desde ya, porque cualquier músico de blues que se precie debe sumergirse en el vasto mundo del padre del blues de Chicago, pero ciertamente no es lo que Hracek está acostumbrado a tocar en vivo. Mauricio Marín y Julián Villegas están a cargo de la rítmica y Lucas Ferrari de las teclas. Los invitados son Adrián Jiménez (armónica), Juan Klappenbach (saxo) y Ariel Masini (piano). Además, Hracek contó con la colaboración de Julio Fabiani en la producción. Blues on top es un exquisito disco de blues que tiene sus variaciones estilísticas y eso lo hace mucho más ameno. La

Jackie Brown - La Jackie Brown. La propuesta de la banda conformada por una nueva generación de músicos, del riñón de la Escuela de Blues, llena de aire fresco al sonido tradicional. En su álbum debut, el grupo no buscó recrear el sonido vintage, aunque su repertorio tenga algunos temas de hace más de 50 años, sino que intentó darle su propia impronta a cada una de las canciones. Y lo logró. Camilo Petralia y Yair Lerner se encargan de las voces y las guitarras y lo hacen con mucha soltura y un feeling realmente conmovedor. Sacha Snitcosky y Adrián Bareriro mantienen el ritmo con prestancia y buena cadencia. Ese ensamble, que también contó con la producción de Julio Fabiani, resulta admirable en cada una de las canciones. El disco atraviesa distintos momentos. Uno, de los mejores, es como reconvierten You don’t know what love is, de Fenton Robinson, en un colorido viaje soulero. Otro es There must be a reason, una composición original de James Brown que La Jackie Brown, con la colaboración de Brian Figueroa en guitarra, la transforma en un rock and roll bien stone. También sobresale la armonización vocal de Yair y Camilo en Down in Virginia y el poder del blues más profundo en Standing at the station. Pero el punto máximo es su interpretación de Learning the blues, un tema de Frank Sinatra y Count Basie en el que Camilo se calza el traje de crooner y lo saca adelante con mucha dignidad. No son todos covers: El anguia, que significa “el rata” en guaraní, es un shuffle instrumental que escribieron entre Camilo y Yair y que es el paso a la siguiente etapa de la banda, la de la composición. El álbum debut de La Jackie Brown es una muestra de talento en proceso de maduración, la primera página del libro de éxitos que la banda va a cosechar.

sábado, 6 de abril de 2019

La vuelta de Magic Slim


Magic Slim fue uno de los máximos exponentes del southside de Chicago. Con su estilo crudo e intenso logró ganarse un lugar importante en la historia del blues contemporáneo. Sus visitas a la Argentina -1993 y 2008- lo acercaron al público local y lo convirtieron en referente indiscutido de una generación de músicos que abrazó el blues con pasión y mucho respeto. Slim murió el 20 de febrero de 2013 y desde entonces su ausencia se siente con fuerza. Para remediar eso, el sello Wolf acaba de editar un disco en vivo que nos acerca a la leyenda. Magic Slim & The Teardrops en Viena, Austria, tocando blues en su punto justo de ebullición.

Si bien el show se realizó casi dos años después de su segunda visita a Buenos Aires, Slim suena mucho más enérgico de como se lo escuchó aquella vez en el Teatro IFT. Tal vez, estar rodeado de su propia banda lo potenció más o simplemente se sentía mejor en los pagos de Mozart. Lo cierto es que este disco no tiene desperdicio: la grabación logró capturar al artista en todo su esplendor. Más viejo y curtido, cierto, pero dos rasgos que en muchas ocasiones enaltecen al blues más puro.

El álbum no podía llamarse de otra manera. I’m gonna play the blues es mucho más que una promesa. Es una sentencia que la cumple desde el primero hasta el último tema. La banda comienza con Come on in this house, que es todo del guitarrista Jon McDonald, uno de sus mejores discípulos, y resulta una excelente introducción para lo que vendrá a continuación. Slim irrumpe en escena a pura tripa con el tema que da nombre al disco y todo cobra sentido: “Espera un minuto nena / Voy a decirte algo antes de te vayas / Soy un bluesman a todos los lugares donde voy / Tocó el blues con el corazón / Voy a tocar blues para vos”. Y su guitarra se expresa. Es como un cuchillo que penetra la carne hasta el hueso. Su sello característico.

El blues fluye por todos lados y Slim intercala algunos temas propios como el slow blues Baby please don’t dog me, en el que por momentos saca a relucir el Howlin’ Wolf que llevaba a dentro, con algunos clásicos como Think, de Jimmy McCracklin; It hurts me too, de Elmore James; She’s tough, de Jerry McCain; Bad boy, de Eddie Taylor; y la fantástica The things that I used to do. Pero también interpreta algunos temas menos conocidos como 4:59AM, Playing with my mind, de su hermano Nick Holt, y Love somebody, de Jimmy Dawkins.

El show, que se realizó gracias a la tarea de los productores Marty Salzman y Didier Tricard, apenas meses después de que Slim fuera incorporado al Blues Hall of Fame de Memphis, quedó grabado junto a otros shows suyos en ese país durante la década del noventa que todavía reposan en los archivos del sello Wolf.

Además de McDonald, lo acompañan Andrew Howard en bajo y Brian “BJ” Jones en batería. La banda suena en muy buena forma, Chicago blues puro y duro, con Magic Slim en estado de gracia, tanto desde lo vocal como a la hora de ejecutar esos solos tan pasionales. Además, el álbum tiene muy buena calidad de sonido lo cual realza mucho más todo. Y así, gracias a la tarea concienzuda de algunos sellos, podemos reencontrarnos con nuevo material de leyendas que ya no están más. Celebremos la vuelta de Magic Slim.