martes, 26 de junio de 2018

La historia de Baby Huey


No llegó a cumplir 27 años, la edad de la tragedia en el rock. El mundo todavía estaba en shock por las muertes de Jimi Hendrix (18 de septiembre) y Janis Joplin (4 de octubre) cuando Baby Huey falleció el 28 de octubre de 1970. Claro que, en comparación con los otros dos artistas, Baby Huey no tenía trascendencia a nivel nacional e internacional y su zona de influencia se limitaba a Chicago y alrededores. Al igual que Janis, había terminado de grabar un disco. Pearl, el álbum póstumo de la cantante, se convirtió en un gran éxito, principalmente por el tema Me and Bobby McGhee. En cambio, The Baby Huey Story: The Living Legend no fue un gran suceso comercial, pero sí un testamento musical formidable.

James Ramey había nacido en Richmond, Indiana, el 17 de agosto de 1944. De niño sufrió un problema glandular que lo obligó a convivir por el resto de su vida con un sobrepeso brutal. A los 15 años, ya pesaba 130 kilos y con el tiempo la balanza llegó a marcar 180. Ese cuerpo extremadamente voluminoso, que sobresalía en cualquier ámbito, contrastaba con la dulzura y naturalidad de su voz.

La carrera de Ramey comenzó en el amanecer de la década del sesenta en un grupo de rock and roll y R&B que se llamaba The Vets, que solía tocar en el área de Richmond. Su voz y su performance arriba del escenario pronto generaron una grieta entre los miembros de la banda que no vieron con buenos ojos su creciente protagonismo. Fue así como, junto al tecladista Melvyn “Deacon” Jones -sí, el mismo que tocó con John Lee Hooker, Freddie King y Pappo- decidieron armar su propio proyecto. Así nació Baby Huey & The Babysitters. El apodo surgió por un dibujito animado de Paramount Pictures muy popular desde la década del cincuenta, cuyo protagonista era un pato grandulón que siempre estaba vestido como un bebé.

El debut de la banda ante un público numeroso ocurrió el verano de 1963 durante un festival al aire libre en Dayton, Ohio. La gente quedó encantada con el carisma y la voz de Baby Huey pero también se llevó un gran susto cuando se desplomó sobre el escenario. Su cuerpo, inmanejable, comenzaba a pasarle factura. En los meses siguientes, Baby Huey y Jones viajaron a Detroit para una audición en el popular sello Motown, pero fueron rechazados. El grupo sufrió algunos cambios y debió rearmarse. El siguiente paso fue Chicago. Allí, donde predominaban el blues y el jazz, la banda comenzó a rearmarse con un marcado sonido de R&B y rock and roll.

En 1965, Baby Huey grabó dos singles para el pequeño sello St. Lawrence Records. El primero fue Monkey man-Beg me y el segundo Messin’ with the kid-Just being careful. Por ese entonces, también se consolidó como artista destacado del Thumbs Up, un pequeño bar ubicado al norte de la ciudad. Ya en 1968, la banda era un éxito en Chicago y, gracias a dos cazatalentos que los vieron en vivo, se fueron a tocar primero a Nueva York y luego a Las Vegas. Influenciado por el sonido de Sly & The Family Stone y una creciente psicodelia, Ramey le dio un nuevo giro al sonido de la banda y así llegaron a manos de Donny Hathaway, de Curtom Records, la compañía discográfica de Curtis Mayfield.

En paralelo a su crecimiento como músico profesional, Baby Huey comenzó a abusar de las drogas duras, que para nada ayudaron a su ya deteriorada salud. En 1970, pese a cierta resistencia de Mayfield por el estado físico y anímico del cantante, firmaron contrato para grabar el primer disco. El repertorio incluyó tres canciones que compuso Mayfield -Running, Hard times y Mighty, mighty-, covers de A change is gonna come y California dreamin’ (instrumental), dos composiciones de Ramey -Mama get yourself together y One dragon, two dragon- y Listen to me, una extraordinaria fusión de psicodelia y soul.

El disco fue editado en febrero de 1971, pero él nunca llegó a verlo en las bateas. Tres meses antes murió de sobredosis en un hotel de Chicago. The Baby Huey Story: The Living Legend no vendió lo esperado pero su música e influencia sobrevivieron a su tiempo y se convirtió en un disco de culto del soul y entre la incipiente movida del hip hop que aparecería luego. Deacon Jones siguió su carrera más ligado al blues, con varias giras por la Argentina y los Babysitters sumaron a una joven Chaka Khan para reemplazar al difunto Ramey.

Apenas un disco de ocho canciones y otros cuatro temas anteriores conforman el legado musical de este gran vocalista, que no llegó a ocupar el lugar de Otis Redding, como se esperaba, pero que sentó las bases de lo que vendría después en la música negra.


lunes, 18 de junio de 2018

Más vivo que nunca


Buddy Guy es el músico de blues vivo que mayor atención acapara en el mundo. Su nombre es sinónimo de éxito y cada nuevo disco que edita es un verdadero acontecimiento porque, sin dudas, es el elegido de la industria para llevar al blues clásico a un nivel más comercial.

Buddy Guy atravesó tres grandes períodos. El primero -de 1958 a 1968- se caracterizó por el sonido más puro del West Side de Chicago y su participación como sideman de leyendas como Muddy Waters, Memphis Slim, Willie Dixon y Howlin’ Wolf. La segunda etapa, entre 1969 y 1989, podría considerarse de transición. Durante ese lapso consolidó su relación musical con Junior Wells y, en paralelo, comenzó a forjar un sonido más agresivo para satisfacer a la audiencia blanca que veía en él a otro Jimi Hendrix pero con un feeling más blusero. Y el tercer período, que comenzó en 1990 y se extiende hasta hoy, es el del Buddy Guy más mainstream, la leyenda viva, el que se codea con las grandes estrellas de rock y es reconocido en todo el mundo, desde la muerte de B.B. King, como el Rey del Blues.

Este Buddy Guy nació con Damn right, I've got the blues, un álbum emblemático de la década del noventa y del blues moderno en general. Desde entonces, editó diez discos de estudio, algunos con distintos matices estilísticos, pero todos con una gran producción. Algunos resultaron más auténticos y otros cayeron en el flagelo de la sobreproducción -como Born to play guitar y Rhythm & Blues-, pero en ningún momento dejó de ser Buddy Guy. Ahora, con The blues is alive and well, parece querer ensamblar sus tres períodos en un solo disco: un sonido más clásico, una guitarra bien furiosa y una notable producción que tuvo el desafío de no pecar en exceso.

La portada dice bastante: Buddy Guy está apoyado sobre su guitarra junto al cartel de Lettsworth, Louisiana, el pueblo en el que nació hace casi 82 años. Ese es un indicio que el viejo guitarrista quiere volver a las fuentes. Y por momentos lo hace, especialmente con la demoledora versión de Nine below zero: blues de Chicago en su máxima expresión, punteos viscerales y una voz envolvente que no deja ni un cabo suelto. También lo logra con Somebody up there, un blues bien arrastrado en el que alcanza un registro vocal insuperable.

Sobresale un sonido más contemporáneo en el track inicial, A few good years, en la poderosa Guilty as charge y en el tema que da nombre al disco. Luego aparecen los temas que buscan sonar en todas las radios, principalmente los duetos. Se mide mano a mano con dos leyendas del rock inglés como Keith Richards y Jeff Beck en Cognac, una oda frenética a la guitarra eléctrica. Mick Jagger hace su aparición estelar con su armónica en You did the crime, un blues cansino de parentesco cercano a Five long years. Y por último el cantante indie británico James Bay se suma con su voz melancólica en Blue no more. El toque sobrecargado de Tom Hambridge, quien lo produce desde hace diez años, se percibe en When my day comes, por sus arreglos extremadamente prolijos, y en Whiskey for sale, un funky ochentoso que derrocha mucho chirimbolo electrónico.

La banda es más o menos la misma de los últimos discos: Hambridge en batería, Willie Weeks en bajo, Rob McNelley en guitarra y Kevin McKendree en teclados, con los ocasionales aportes de Emil Justian en armónica y una sección de vientos liderada por Charles Rose.

The blues is alive and well es una nueva muestra de que Buddy Guy todo lo puede: girar alrededor del mundo, atender su propio bar en Chicago (Legends), y editar un disco que haga honor a su historia, sin descuidar su presente y apostando fuerte al futuro del blues. De la cuna al más allá... siempre con el blues como estandarte. Ese es Buddy Guy.


domingo, 10 de junio de 2018

Del Delta a los cueros


Es notable cuando un músico se reconvierte por pura convicción artística. Este es el caso de Goyo Echegoyen, quien hasta hace unos años se destacó como uno de los intérpretes de country blues más crudo de la escena local. Una serie de golpes en la vida lo forzaron a un largo retiro y ahora volvió transformado, pero con el mismo espíritu: se puso los cueros, enchufó la resonadora, se rodeó de grandes músicos y grabó sus propias canciones.

Goyo Delta Blues es historia, al menos por ahora. Goyo Echegoyen es el presente y Vive es su obra más elaborada. En sus discos anteriores, más allá de alguna composición propia, sobresalían covers de Son House y Robert Johnson. Aquí son todos temas que llevan su rúbrica y con letras en español. En la mitad de las canciones lo acompañan Daniel Chusit en bajo y Pato Raffo en batería. Y en la otra mitad la rítmica está a cargo de Mariano D’Andrea y Juanito Moro.

Vive comienza con Yace la verdad, ya sé la verdad, un tema inspirado en el sonido clásico de Howlin’ Wolf con Goyo cantando desde las entrañas y Leo Garay, violero que colaboró con La Renga, se presenta con un solo demoledor. Luna de invierno tiene una melodía compradora y un punteo memorable del maestro Daniel Raffo. Cuando ladra el perro es otra interpretación visceral, con mucho slide y distorsión de su exquisita resonadora en la línea de lo que suele grabar Eric Sardinas. Abeja reina, en cambio, es una balada que podría considerarse como el Juntos a la par de Goyo, con un gran trabajo en guitarra de Fer Couto y el acompañamiento en coros de su sobrina Valentina Echegoyen.

El barco se hunde es como si Andrés Calamaro se juntara a componer con George Thorogood: una buena melodía y mucho houserocking. Vive, que le da nombre al disco, es el tema más ambicioso. Comienza con una sofisticada introducción de guitarra y deriva en una interpretación con mucho clima que se extiende por siete intensos minutos. Potro salvaje, con León Medina en bajo, es otra gran composición, con cierto feeling instrumental del Hill country blues, y una letra con tintes místicos. Perro rabioso es un boogie descarnado en el que Pato Raffo convierte la batería en un tren a toda marcha. Llueve en Buenos Aires muestra el costado más urbano de Goyo, al tiempo que Esteban Chavez se suma con un discreto solo de guitarra.

En ¿Quién enciende al dragón? vuelve sobre el sonido de Howlin’ Wolf y una letra que queda a libre interpretación del oyente: “Ya comienza la función, hagan fila, la gente se acomoda y embotella su ilusión”. La melodía de Olivia destila buena onda mientras Goyo se anima a combinar su guitarra con su armónica. El disco termina con Rufina, una interpretación acústica e instrumental en la que se perciben rastros de la gloriosa Albatross de Fleetwood Mac.

Goyo se tomó su tiempo para volver al ruedo. Y lo hizo de la mejor manera: con un álbum auténtico en el que combina su experiencia como interprete con la frescura de sus nuevas canciones.