viernes, 23 de diciembre de 2016

Todo por Esther


Luke Winslow-King comienza dibujando con el slide una introducción gospel hasta que entona las primeras estrofas de On my way. La canción aumenta su intensidad con una hermosa melodía hasta que irrumpe un solo de guitarra reflexivo e insondable. En todo el recorrido del tema se percibe una fuerte influencia de la tradición más arraigada de la música popular estadounidense. Luego, en el tema que sigue y que da nombre al álbum, I’m glad trouble don’t last always, Winslow-King endurece su sonido. No prescinde del slide, pero si logra reconvertirlo, como si pasara de una caricia a una puñalada. Esa variación se repite a lo largo de un disco que no presenta una uniformidad estilística pero que, justamente gracias a eso, sobresale. Todas las canciones están atravesados, en mayor o menor medida, por su reciente divorcio de la cantante Esther Rose. “Gracias por ayudarme a entender la naturaleza del amor y la pérdida”, canta con más dolor que resignación.

En Change your mind retoma el sendero que traza con el primer tema, apuesta a una melodía amena que por momentos recuerda a las composiciones de Eagle Eye Cherry. Con Heartsick blues navega en aguas de country-folk acompañado por el pintoresco violín de Matt Rhody. Esther please tiene una base blusera en la que la batería de Benji Bohannon, marca un traqueteo por el que Winslow-King va desgranando unos punteos soberbios hasta que se lanza con el solo final, en el que otra vez desmiembra las cuerdas de su guitarra con el slide. Watch me go es una balada soulera con mucho feeling en la que también ejecuta el pequeño cilindro metálico.

En Act like you love me va a las raíces de su ciudad natal, Nueva Orleans, con piano y hammond en sintonía, que le aportan un ritmo más urbano, mientras que con Louisiana blues navega las aguas pantanosas del folclore de esa región. El disco termina con otra hermosa canción, No more crying today, que también comienza con la expresividad de su slide al servicio de otra sutil melodía.

El álbum, el quinto de su carrera y el tercero que graba para el sello Bloodshot, es la expiación de la culpa, es su forma de hacer catarsis por un amor que se terminó y es, además, su consagración musical.


domingo, 18 de diciembre de 2016

Las lecciones de un hombre sencillo


Anson Funderburgh aparece en escena con su strato color crema colgando de sus hombros y se ubica a un costado del escenario, entre el hammond de Nandu Tecla y el corpulento Mauro Ceriello. La banda ya está inmersa en los primeros acordes del shuffle Hula Hoop mientras que el público estalla en un aplauso cerrado e intenso. Darío Soto, el cantante, lo presenta y Anson apenas hace un gesto con la cabeza. El primer solo se lo cede a Tavo Doreste que golpea su piano casi con sorpresa. Luego deja que Pablo Martinotti ataque las cuerdas de su Telecaster. Ahora, cuando todos esperan su entrada, Anson le da el pase a Nandu Tecla. Recién cuando este termina su vuelta Anson acomoda su guitarra, se toma un segundo y mete un solo tan propio que nadie tiene dudas de su autenticidad. Su primera lección: sencillez arriba del escenario.

El guitarrista texano no cambiará su actitud en toda la noche. No hará movimientos ampulosos y apenas dará un paso al frente en algún solo. Recién al final dirá unas pocas palabras de agradecimiento en inglés que se perderán entre la ovación del publico que copa la sala del Teatro del Viejo Mercado. Tanto antes de comenzar como al final del show, Anson saludará y se sacara fotos con todos los que se le acerquen. También aceptará un cambio de bajista en plena faena musical y el Perro Gorosito, tras un afectuoso abrazo con el maestro, marcara el ritmo en dos clásicos del blues como Look over yonders wall y All your love (I miss living). La segunda lección del maestro: modestia y calidez.

El repertorio elegido por Anson varía entre temas más souleados, shuffle y blues. El comienzo es bien arriba con Darío Soto cantando Something you got y Tina Ni Na Nu y luego bajan unos decibles para una noble versión de The sun is shining. Hasta ahí la banda suena compacta y bien ensamblada, capitaneada desde la batería por el implacable Víctor Hamudis. Cuando están por empezar Love her with a feeling, tal vez por nervios, ansiedad o por no haber tenido ni un solo ensayo previo, hay un pifie que desacomoda todo y se detienen. “Vamos de nuevo”, dice Darío Soto y empiezan otra vez. Anson no se fastidia y se pliega al nuevo arranque. La tercera lección: tolerancia y comprensión.

En la previa, detrás de escena, Anson cuenta que desde hace un tiempo sufre de artrosis en sus manos que no le permite tocar con el ritmo y la fluidez de antes. Y bromea: “Con los excelentes guitarristas que hay acá no se para qué me trajeron”. Luego, en medio del show, invita al escenario a Santiago “Rulo” García para un duelo de guitarras con Blues leave me alone, de Jimmy Rogers. Uno con su ADN texano y el otro con su bagaje de country y su técnica del “lap style” se baten en un duelo de cortesía, pasión y talento. Pero eso no es todo. Anson se entera de que en la sala está Gonzalo Bergara, a quien conoce y respeta por su trayectoria en los Estados Unidos, e insiste en que también se suba. Bergara apura el paso entre las mesas y juntos interpretan Understand, de B.B. King, y She knock’s me out. La cuarta lección: camaradería y respeto.

Anson es paciente para empezar un solo. No se apura, no muestra desesperación. Se toma el segundo necesario antes de largarse. Las notas son austeras pero cargadas de un profundo sentimiento. Su tono es impecable. Escucharlo es como revivir esos viejos discos de los Rockets con Sam Myers que tanto gastamos en los noventa. La última lección del maestro es una suma de todas las anteriores y la entienden todos los guitarristas que están viéndolo: desde los más experimentados como Daniel Raffo y el Negro Alfano, los de la generación intermedia como Rafa Nasta y Matías Cipilliano, o los más jóvenes como María Heer y Daniel DeVita.

El gran show del hombre sencillo fue una excelente lección de lo que un guitarrista de blues debe hacer arriba de un escenario.

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Poco antes de que Anson Funderburgh y Con Alma de Blues Band hicieran la suyo, Diego Czainik y Fernando Couto interpretaron algo más de media docena de clásicos del blues en formato acústico. Dimples, It hurts me too, Dust my broom, Roll 'em Pete, I just want to make love to you fueron algunos de los temas elegidos por el dúo que, con buen pulso y mucho carisma, entretuvo a un público que estaba ansioso por lo que estaba por venir. Lo más destacado fueron los coros de Couto que, sin micrófono respaldó muy bien la tremenda voz de Czainik. El bonus track fue el Black rat swing de Memphis Minnie que tocaron junto a Rulo García.

lunes, 12 de diciembre de 2016

Blues sin filtro


El blues acústico es la forma más directa y pura de interpretar el género. El artista, cara a cara con su público, toca sus canciones sin ningún tipo de amplificación y sus sentimientos juegan un rol más importante que su técnica. En ese formato, la guitarra, el piano o la armónica tienen un sonido más orgánico mientras que el canto aporta el golpe emocional decisivo. La resonancia y la puesta en escena minimalista y sin filtro del blues acústico, que no necesariamente es country blues, genera un acercamiento único entre quien lo toca y quienes lo escuchan. Eso fue lo que priorizaron La Escuela de Bues y Blues en Movimiento para organizar el V Concurso de Bandas de Blues.

Se presentaron 14 grupos o solistas y cinco fueron elegidos para participar de la gran final que se realizó este domingo en el salón principal de la Escuela de Blues, en el barrio de Palermo. Una vez más me tocó integrar el jurado, esta vuelta junto a Guille Blanco Alvarado, El Tano Rosso, el luthier Santiago Sicaro y el músico Leonardo Parra Castillo, ganador del año pasado. Por mayoría, el primer premio fue para Damián Duflós, quien vino de Neuquén especialmente para participar del concurso. 

La presentación de Damián Duflós fue exquisita. Muchos lo conocen como cantante y armoniquista de The Jackpots, la banda que formó junto a Rafo Grin. Pero en su intimidad, hace unos años, Duflós comenzó a delinear un perfil acústico, algo así como lo hizo Charlie Musselwhite, que coronó con su actuación impresionante en la Escuela de Blues. Si bien el repertorio fue bastante tradicional sus interpretaciones fueron muy personales. Comenzó hablando sobre como en todas las músicas del mundo tienen sus leyendas sobre encrucijadas de caminos y luego deslizó su slide -hecho con hueso de vaca- sobre las cuerdas de su guitarra resonadora para una profunda versión de Crossroads blues, la que se acompañó con armónica. Siguió con I can't be satisfied, de Muddy Waters, y terminó con una reconstrucción bucólica de Built for comfort, de Howlin' Wolf. Damián Duflós transmitió experiencia, pasión y un hondo dolor en cada una de las canciones.

El sorteo decidió que el grupo Blue Jean Trío fuera el primero en tocar. Comenzaron con una versión mellow de As the years go passing by y después subieron en intensidad con Ramblin' on my mind. Lo mejor fue que se animaron a reconvertir un tema de Atahualpa Yupanqui, Los ejes de mi carreta, en un blues con aroma folkie. El trío está conformado por Nacho Nayar (voz y guitarra rítmica), Gonzalo Sánchez (primera guitarra) y Andrés Pinotti (armónica). Los tres demostraron un buen ensamble. arreglos prolijos y Nayar, en particular, resaltó por su registro vocal. Tal vez les faltó un poco más de rodaje, pero eso es algo que sólo el tiempo se los dará.

Tras la presentación del trío y luego de Damián Duflós llegó el turno de Camilo Petralia, quien sorprendió con un canto poderoso y envolvente. La selección de temas fue muy atinada porque adaptó para su guitarra dos temas clásicos de piano, Driftin' blues, de Charles Brown, y Hard times, de Ray Charles. Y se animó a una versión acústica y animada de T-Bone shuffle. En ese sentido lo de Petralia fue excelente. Lo único que notamos desde el jurado es que las interpretaciones fueron un poco aceleradas, tal vez por los nervios, y eso le jugó un poco en contra. De todas maneras, obtuvo un justo segundo lugar por su propuesta innovadora.

Las Mojo Sisters tuvieron un comienzo errático pero con el correr de la presentación se fueron acomodando. Camila Ramírez en voz y su hermana Vera en guitarra y coros ofrecieron una propuesta diferente y estimulante. Empezaron con Go down sunshine, de Odetta, pero con un sonido que buscó emular a las cantantes de la década del veinte. Vera sufrió con los primeros acordes y les costó amalgamar sus voces. Pero lo revirtieron con mucha personalidad y terminaron ganándose al público con la historia de Frankie & Johnny, una canción popular que fue grabada por primera vez en 1924 por Ernest Thompson y cuenta la historia de Frankie Baker quien mató a tiros a su novio porque lo encontró con otra mujer. Lo mejor de las Mojo Sisters: dos chicas jóvenes decididas a preservar el viejo sonido de vaudeville con estudio y mucha pasión.

Para terminar, cuando se corrió el telón apareció en escena la cantante Juliana Alesi, acompañada en guitarra por Fernando Couto. Ella fue la única que cantó sus propias canciones y ese fue uno de sus puntos a favor. Los otros: su desenvoltura a la hora de cantar y su carisma. Tal vez, como en el caso de Blue Jean Trío y las Mojos Sisters, le falta un poco más de experiencia. Las letras de C'est fini y Mi corazón son interesantes, y luego hizo una adaptación en español libre de Woke up this morning de B.B. King. Además contó con el buen pulso de Couto que la ayudó a levantar su set.

Todos sonaron muy bien, ninguno resultó monótono y lo más interesante fueron los distintos matices, texturas y colores que ofrecieron. Por eso fue difícil la elección, pero al final consideramos que Damián Duflós fue el más sobresaliente. "Es la primera vez que toco en vivo solo", nos dijo al terminar el concurso. ¡Bienvenido sea Damián!


viernes, 9 de diciembre de 2016

Desde las entrañas


Ahora que se conocieron las nominaciones a los premios Grammy es bueno repasar uno de esos discos. Can´t shake this feeling, de Lurrie Bell, fue editado este año por el sello Delmark y es otra obra suprema de este auténtico bluesman de Chicago que tantas veces vino a nuestro país. Si bien los premios siempre son discutibles, y los Grammy no escapan a esa polémica, el último trabajo del hijo del gran Carey Bell bien merece la estatuilla al mejor disco de blues tradicional. El álbum captura a Lurrie Bell en plena ebullición, desde el mismísimo comienzo, con The blues is trying to keep up with me, en el que lanza unos solos tan viscerales que erizan la piel.

Matthew Skoller en armónica, Roosevelt Purifoy en piano y hammond, Melvin Smith en bajo y Willie Hayes en batería conforman el cuarteto con el que Lurrie Bell, la Bestia Blues, llega hasta el núcleo de su alma interpretando sus propias canciones y algunos covers. Este disco no es otra cosa que la continuación del anterior, Blues in my soul, en el que tocó con los mismos músicos y también contó con la producción de Dick Shurman, que en ambos trabajos hizo lo que tenía que hacer: dejar ser a Lurrie.

Tras el tema inicial, Lurrie versiona a Eddie Boyd con Driftin’ y a T-Bone Walter con I got so weary, en la que parece incendiar su guitarra, hasta convertirla en cenizas, y canta con una voz rasposa e intensa que no deja dudas de su compromiso con el blues más puro. Sigue en modo acústico, con Skoller soplando su armónica, con One eyed woman, de Maxwell Street Jimmy Davis, un oscuro bluesman que grabó para el sello Elektra a mediados de los sesenta.

This worrisome feeling in my heart es un slow blues conmovedor en el que Lurrie exterioriza sus penas y pesares aullando como un lobo herido. Con cada punteo logra trasladar el sufrimiento, lo hace palpable, lo materializa. Sit down baby es un etricto blues de Chicago, que lleva la firma de Willie Dixon, en el que el piano de Purifoy y la armónica de Skoller juegan un rol decisivo. En Hold me tight, de Little Milton, acompañado por el sonido del hammond, Lurrie explora los terrenos del shuffle. Y con Sinner’s prayer, de Lowell Fulson, alcanza su pico mayor de intensidad. Hace cumbre en el blues.

En I can’t shake this feeling y Born with the blues, Lurrie vuelve sobre un tema recurrente, no solo en este disco, sino en toda su trayectoria: su legado musical. Transita el último tramo del disco interpretando un tema de su padre, Do you hear; un cover del clásico de Willie Dixon, Hidden charms; y uno más de su propia factoría, Faith and music, en el que se acompaña solo con su guitarra eléctrica.

¿Cuánto más blues puede tener? Lurrie no tiene techo y va siempre más allá. Es directo, punzante como el filo de una cuchilla. Vive y respira blues. Toca desde las entrañas. Ahora deberá competir por esa estautilla con Bobby Rush, Luther Dickinson, Joe Bonamassa y Vasti Jackson, pero eso es anecdotico. Lo importante es ese sentimiento que transmite cada vez toma una guitarra y canta sus blues.


lunes, 5 de diciembre de 2016

El blues de los Rolling Stones


En su primera presentación en vivo, cuando todavía no se llamaban los Rolling Stones, Jagger, Richards y Brian Jones, interpretaron un repertorio cargado de blues y rocanroles de la primera época. En ese show en el Marquee de Londres, el 12 de julio de 1962, tocaron, entre otros temas, Ride 'em on down, de Eddie Taylor. Ahora, más de 50 años después, volvieron a interpretarla y es uno de los cortes de difusión del extraordinario disco Blue & lonesome.

El álbum salió a la venta el viernes pasado en todo el mundo, pero desde unos días antes ya se podía descargar de varios sitios de Internet. En una primera escucha, de esas que están cargadas de ansiedad, ya se podía percibir que los Stones tocaron para homenajear a sus maestros, pero sin caer en versiones calcadas de las originales, sino con una impronta bien propia que define su característico sonido.

La polémica con los puristas comenzó semanas atrás cuando la banda dio a conocer el single Just your fool, de Little Walter. La mayoría proclamó su amor eterno por la banda, mientras que unos pocos, como hacen siempre, salieron a cuestionar todo lo que ellos consideran que no es blues. ¡Y lo hicieron en base a una sola canción! Ya hemos discutido mucho acerca de esto y, por lo general, las polémicas surgen cuando, por una u otra razón, la palabra "blues" sale del nicho para estar en boca de todos. Pasa con cada nuevo disco de Joe Bonamassa o Gary Clark Jr. o cuando John Mayer homenajea en alguna entrega de premios a Albert King o Stevie Ray Vaughan. Los puristas, con toda su buena intención de preservar el blues, lamentablemente no hacen más que enterrarlo. "El blues es mio, mio, mio y de nadie más".

Está más que claro que a esta altura del partido los Stones no deben rendir ningún examen. Tenían ganas de sacar un disco de blues porque así lo sentían y lo hicieron. O tal vez, según los mal pensados, porque su departamento de marketing les indicó que era mejor para las ventas hacerlo que lanzar un nuevo álbum con temas propios. Quién sabe. Lo cierto es que lo hicieron y muy bien. Después de escuchar a Jagger cantar All of your love, de Magic Sam, no entiendo cómo alguien puede siquiera pensar que eso no es blues. El disco es todo así, crudo y rabioso, con una producción mínima, y con mayoría de temas de la década del cincuenta.

Además, la banda tuvo el acierto de no caer en los clichés del género. No tocaron Sweet home Chicago, Got my mojo working o Manish boy, por el contrario, repasaron temas oscuros de Eddie Taylor, Little Walter, Howlin' Wolf, Willie Dixon y Jimmy Reed. Y contaron con la participación de Eric Clapton en la sensacional Everybody knows about my good thing, que solía cantar Little Johnny Taylor, y en I can`t quit you baby, de Otis Rush.

Ya el año pasado, Keith Richards anticipó que el blues estaba volviendo a florecer en ellos. Primero con el tema Crossedeyed heart, del disco homónimo, y luego con el documental de Netflix, Under the influence, que comienza con Richards poniendo un vinilo de Little Walter. El tema es -no casualmente- Blue & lonesome. La cámara hace un paneo de su casa y muestra la exótica decoración mientras suena el solo de guitarra inicial de Luther Tucker. Pasa a un plano over shoulder y se ve a Richards, entre el humo de su cigarrillo y un vaso de bourbon, contemplando la portada del disco. "No hay nada más blues que esto. Viejo, esto sí que es música. La fuerza del blues me voló la cabeza".

Blue & lonesome es una celebración de sus más de 50 años de carrera y un regreso al primer amor. Sin estos viejos blues no habría Rolling Stones. Es el justo homenaje de la banda más grande del mundo a sus mentores, aquellos hombres negros que en la década del cincuenta delinearon el blues moderno y sentaron las bases de lo que luego se llamaría rock and roll. Ahora todos hablan de blues, gente que en su vida escuchó el nombre de Eddie Taylor baila al ritmo de Ride 'em on down. Esta, sin dudas, es la mejor forma de que el blues subsista y se expanda.


lunes, 28 de noviembre de 2016

Sangre azul


José Luis Pardo es uno de los músicos argentinos de blues con mayor proyección internacional. Es un eximio guitarrista, un gran cantante y en el último tiempo se lanzó a componer sus propias canciones. Pardo entiende al blues como algo dinámico y evolutivo, y eso se percibe en sus últimos discos. En 13 formas de limpiar una sartén buscó un sonido distinto, con elementos del R&B y el soul, mucho groove y con temas en español, para tratar de llegar a un nuevo público. Ahora, en Ruccula for Dracula, logró un equilibrio mucho más interesante entre el blues que lleva en sus entrañas y esa exploración de nuevos caminos.

El nexo entre esos dos álbumes es I'll go on ( without your love), la versión en inglés de Voy a intentar seguir sin vos, el hit del disco anterior. En 13 formas... ese tema lo compuso e interpretó buscando darle una forma de soul en español, pero tal vez por un tema idiomático y la melodía pegadiza sonó más pop de lo que él pretendía. Aquí, en cambio, el tema recobra un impulso bien souleado y está más de acuerdo con su estilo. Otra de las canciones que regrabó fue Walk away, también cantada en inglés pero tocada con mayor intensidad.

El resto son composiciones propias, todas en inglés, el idioma con el que Pardo se siente más cómodo a la hora de componer. La balada campestre y desenchufada Blues for Brenda es la joya perdida del disco. Más allá de esa canción, Pardo parece afirmarse con mayor ímpetu que antes en los temas soul, por lo general acompañados por una buena dosis de caños, como Girl come home, con la voz de Florencia Andrada, o Don't treat me this way.

El disco tiene blues y shuffle, por supuesto, y ahí sobresale la magia de Pardo con la guitarra, a la que hay que sumarle el talento y renombre de sus invitados. En J.L. shuffle parece homenajear a Jimmie Vaughan con el descollante saxo de Doug James, de Roomful of Blues, mientras que Bob Stroger marca el pulso del tema desde el bajo. Kenny "Blues Boss" Wayne aporta su barrelhouse piano en la primera canción, la demoledora Talkin' bout my baby, y su profunda voz, como en una película de misterio, en la superlativa The dirty story of Dirty D. Y Vasti Jackson le imprime funky, mucho funky, con su guitarra con wah wah, James Brown style, a All you got to do now.

El disco, grabado en La Escuela de Blues de Madrid, fue producido por el propio Pardo aunque no dejó de consultar a su productor anterior, Gabriel Cabiaglia, quien además toca la batería en la mayoría de los temas. El resto de los músicos varía entre algunos españoles como el armoniquista Quique Gómez, Edu Manazas y el tecladista Carlos Murillo, y argentinos como Román Mateo, Mauro Ceriello, Machi Romanelli y Guillermo Raíces.

El arte de tapa está muy bien logrado y es un punto más a favor de Ruccula for Drácula, un disco con el que Pardo demuestra que rehúsa encasillarse y que siempre está buscando algo más. No se trata de solos descomunales, que desde ya los tiene, sino de canciones, melodías, letras y una propuesta integral, que de un disco a otro puede variar, pero que en líneas generales mantiene la sangre, azul de tanto blues, fluyendo por sus venas.

domingo, 20 de noviembre de 2016

Big mama's blues


Las big mamas del blues van al frente sin temores y con mucho ímpetu. Vuelcan una descarga sexual sobre el escenario y llevan al público de sus narices hasta donde ellas quieren. Atraen a los hombres y logran la empatía de las mujeres con actitud, movimientos provocadores y voces descollantes. El blues es lo que sienten y lo expresan sin pudor. Annika Chambers es una de ellas. Su voluptuosidad es comparable con la intensidad de su canto. Ella es capaz de tener al mundo en sus manos. Todo le sale natural, no fuerza ni tuerce nada. Viernes a la noche en La Trastienda, más bien madrugada de sábado, y ella da todo lo que tiene porque es lo único que sabe hacer cuando se corre el telón.

Igor Prado pisa el escenario acompañado por Tavo Doreste en teclados, Mauro Bonamico en bajo y Gabriel Cabiaglia en batería. El guitarrista zurdo comienza con un tributo instrumental a Albert King dedicado al productor Mariano Cardozo en el día de su cumpleaños. "Todos los buenos violeros tocan Albert porque fue el mejor de todos", dice Rafa Nasta mientras mira como Igor arremete con los primeros solos. Un rápido repaso mental de guitarristas no hace más que confirmar las palabras de Nasta.

La introducción dura unos minutos hasta que Igor Prado anuncia: "Desde Houston, Texas, ¡Annika Chambers!". Y ella entra con toda la seguridad que caracteriza a las big mamas. Lleva puesto un vestido corto y ajustado como el ritmo que le marca la banda. Sacude las trenzas con los primeros acordes de Barnyard blues y cuando empieza a cantar todos quedan absortos. Casi sin corte pasa a Old man magnet y al terminar se nota que ya entró en calor. El tercer tema, Raggedy and dirty, se lo dedica a la memoria de su autor, Luther Allison, y la banda la respalda con buen pulso y compromiso pese a que no pudieron realizar ni un solo ensayo. Cabiaglia es como un castor cuando mastica madera, persistente y parejo; Bonamico le imprime swing desde el bajo y Doreste rellena con sus teclas los flancos que va dejando libres Igor Prado.

Es la hora de un blues cargado y denso, como un café bien negro, y Annika entona las primeras estrofas de I'm in a dangerous mood, de B.B. King. Destila sensualidad y hay un ida y vuelta fluido con el público. Con Jelaous kind es cuando llega a su mejor registro. En su entonación confluyen el gospel de su infancia y el southern soul de su adolescencia. Se baja a cantar entre la gente sin amplificación. Un hombre, corpulento como ella, la abraza y hace el gesto de que está enamorado. Una rubia se acerca corriendo, le da un abrazo exagerado, un beso y le tira de las trenzas mientras su novio intenta sacarle fotos desde lejos. Annika se da vuelta y cuando empieza a encarar de nuevo para el escenario un muchacho le cierra el paso y empieza un juego de llamada y respuesta al que ella se presta con ganas. Cuando logra subir a la tarima la banda la recibe con un vibrante andanada rockera.

Annika y la banda cambian el eje y el GPS los lleva a Nueva Orleans para la animada Pooky away y luego a Chicago para I'm a woman, de Koko Taylor, con Natacha Seará acompañando en armónica. Ya pasaron las dos de la mañana y el final es a todo esplendor con la sublime I'd rather go blind con la que Annika da una nueva muestra de su genialidad. No hay bises porque el Ejército prusiano que custodia La Trastienda ya empezó con el operativo desalojo y la gente emprende la retirada mirando hacia atrás con ganas de escucharla, aunque sea, una vez más.

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La quinta edición del Buenos Aires Blues Festival comenzó con la presentación de Jorge Costales & The Evil Blues Band. El armoniquista, que este año lanzó su primer disco solista, estuvo acompañado por Anahí Fabiani en teclados, Juancho Hernández en guitarra, Mauro Bonamico en bajo y Germán Pedraza en batería. En poco más de 20 minutos interpretó con mucha holgura y gran prestancia un set de cinco temas -Blowing the family jewels, Little bitty pretty one, Greasy greavy, Relaxin' y Blowing like hell- que sintetizan su pasión por el sonido del West Coast y, especialmente, por el legendario William Clarke. La banda tiene un sonido cuidado, respetuoso de las influencias que busca destacar Costales, quien a su vez encara cada uno de los temas, tanto con armónica cromática o diatónica, con mucha expresividad. El show fue todo instrumental y contó con una pareja de bailarines arriba del escenario porque, como explicó Costales, "el blues es para bailar".

Luego aparecieron en escena Los Mentidores, una banda relativamente nueva procedente de la ciudad de Córdoba. El grupo, liderado por el reconocido productor José Palazzo, aquí en su rol de bajista, tuvo su debut porteño con un repertorio blusero pero una impronta más rockera. Interpretaron clásicos como Don't you lie to me, Boom boom y Rock me baby, algún tema propio y una extraña e interesante versión del Tren de las 16. La banda tiene un sonido crudo pero no vintage y compensó cierto caos rítmico con mucha personalidad. Iván Goméz Singh en guitarra y voz fue quien tuvo el papel protagónico, aunque tampoco se quedaron atrás el guitarrista Franco Rochetti y el armonicista Fernando Ormeño. Los Mentidores estaban decididos a celebrar y pasarla bien y por eso invitaron amigos al escenario: Rubén Veneske acompañó con washboard y armónica y también subieron Natacha Seará, el Indo Márquez, el Gitano Herrera y el maestro Botafogo.

El quinto Buenos Aires Blues Festival siguió el sábado con la presentación del histórico trompetista de B.B. King, James "Bogaloo" Bolden acompañado por El Club del Jump, y las actuaciones de Willy Crook y Willy Busquets.

lunes, 14 de noviembre de 2016

El Rey Leon


Introducción

Claude Russell Bridges nació el 2 de abril de 1942 en Lawton, Oklahoma. Ese es apenas un dato anecdótico. Lo importante es que él se hizo famoso como Leon y su nombre es sinónimo del sonido de Tulsa, estilo que pulió a fines de la década del cincuenta junto a otros íconos de la ciudad como J.J. Cale y Elvin Bishop. El estado de Oklahoma está ubicado en el centro de los Estados Unidos y eso tal vez explique porque Leon Russell incorporó a su música diversos estilos como el rock and roll, country, blues, gospel y soul.

Capítulo 1 - El sesionista 

En 1958, con apenas 16 años y con la experiencia de haber tocado en los bares de Tulsa, emigró a Los Ángeles. Cuando llegaron los sesenta y la música empezó a tomar una nueva dirección, Russell estaba donde tenía que estar. Pasó a integrar la Wrecking Crew, "la pared de sonido" de Phil Spector, que reunía a los mejores sesionistas y que grababa para artistas top como Sonny & Cher, The Mamas & the Papas y Frank Sinatra, entre muchos otros. En ese selecto grupo de profesionales, Leon se codeó con Dr. John, Jim Keltner, Jack Nitzsche, Glen Campbell y Barney Kessel. En los setentas, ya alejado de la Wrecking Crew, y en paralelo a su carrera solista, Russell trabajó con Bob Dylan, grabó un disco con Willie Nelson, tocó con Delaney & Bonnie, con George Harrison en Bangladesh y hasta con los Rolling Stones.

Capítulo 2 - El compositor 

En 1965, fue contratado por Snuff Garrett y con él empezó a desarrollar su faceta de compositor. Ese mismo año lanzó su primer single, Everybody’s talking ‘bout the young, que fue apenas la semilla de todo lo que vendría después. En 1969, escribió Delta lady que pronto sería un súper hit en la voz de Joe Cocker. Compuso Get a line on you, que fue la génesis de Shine a light, de Jagger y Richards. Su canción más emblemática es A song for you, que editó en su álbum debut de 1970 y que fue versionada por una amplia y ecléctica selección de músicos como Ray Charles, The Carpenters, Herbie Hancock, Cristina Aguilera, The Temptations, Simply Red, Donna Summer, y a la que Elton John calificó como un "american classic". Otros de sus temas más recordados son Stranger in a strange land (Leon Russell and the Shelter People / 1971), Tight rope (Carney / 1972), y Lady blue (Will O' the wisp / 1975).

Capítulo 3 - Un pie en el blues 

En 1969, junto a Denny Cordell, creó el sello Shelter Records y uno de sus principales artistas fue el guitarrista texano Freddie King, que llegó a ellos como parte de un relanzamiento de su carrera. Fue así que en 1971, Russell llevó a King a Chicago y en los viejos estudios de Chess grabaron el disco Getting ready, en el que King mezcló viejos clásicos del blues con temas compuestos por Leon y Don Nix. Al año siguiente lanzaron Texas Cannonball, un álbum en el que King se animó a versionar a John Fogerty, Isaac Hayes y Bill Withers. El final de la trilogía de King con Shelter Records y Leon Russell llegó con el aclamado Woman acorss the river, de 1973. Pero esa no fue la única vez que pisó fuerte en el blues: Leon tocó el piano en tres temas en el disco de B.B. King, Indianola Mississippi seeds: Ask me no questions, King's special y Hummingbird. Décadas más tarde, en 2001, volvió a hacerlo, pero esta vez por su cuenta, y grabó Guitar blues, un disco que pasó desapercibido.

Capítulo 4 - El reconocimiento 

En 2009, Elvis Costello le hizo una entrevista a Elton John en la que el pianista inglés recordó a Leon Russell como uno de sus ídolos de la juventud. A partir de ese momento, Elton sintió la necesidad de devolverle a Leon todo lo que él le había regalado con su música. Luego de un par de charlas telefónicas los dos pianistas se pusieron de acuerdo y comenzaron a construir The Union. El disco, producido por T-Bone Burnett, fue editado en 2010 y contó con la participación de músicos como Doyle Bramhall II, Marc Ribot, Don Was, Jim Keltner, Booker T. Jones, Robert Randolph, Neil Young y Brian Wilson. Fue el gran regreso de Leon al mainstream del rock and roll. Al año siguiente, fue investido en el Rock and Roll Hall of Fame.

Capítulo - En primera persona

Mi primer acercamiento a Leon Russell fue a comienzos de los noventa, a través de esos discos de Freddie King. La curiosidad me hizo indagar y un día, ya no recuerdo bien cómo, conseguí el cassette de Will O' the wisp. Poco después, cuando incorporé el cd a mi vida, uno de los primeros discos dobles que me compré fue Gimme shelter-The best of Leon Russell. En 2013, a 20 años de haber descubierto sus canciones, el destino lo cruzó en mi camino. Una noche húmeda y calurosa de julio, en medio de una oleada de artistas de primer nivel que copaban la cartelera del Montreal Jazz Festival, en Canadá, me topé con su nombre y el de su viejo camarada de la Wrecking Crew, Dr. John. Leon abrió el concierto, tocó sus grandes éxitos y varios covers como Wild horses, Jumpin’ Jack flash, Paint it black, Papa was a rolling Stone y Kansas City. Lo recuerdo sentado frente a los teclados, con su larga y blanca cabellera, su barba prominente y un sombrero también blanco, cantando con esa voz única. Un acto imborrable. Hace dos años tuve mi último acercamiento al viejo Leon. Me compré su disco Life journey, un poco cautivado por la foto de la portada, en la que se ve en primer plano de su rostro arrugado, una foto impactante que respalda el título, que cuenta  con un repertorio que resume su vida y bien podría ser su epitafio.

Epílogo

Leon Russell murió este domingo en su casa de Nashvlle. Tenía 74 años. En julio había sufrido un infarto y se tuvo que someter a una cirugía de by-pass que lo alejó de lo que más amaba: salir de gira y tocar. Se fue la misma semana que Leonard Cohen y el mismo año que David Bowie, Prince, Lonnie Mack y Buckwheat Zydeco. Pero como bien sabemos, los grandes, los grandes de verdad, no mueren nunca. ¡Larga vida al Rey!


martes, 8 de noviembre de 2016

El secreto de Robert Finley


Tal como sucedió el año pasado con los discos de Wee Willie Walker y Billy Price junto a Otis Clay, o con cada nuevo lanzamiento de Charles Bradley, el soul de la vieja escuela vuelve a reinventarse, esta vez, de la mano de Robert Finley. A los 63 años, este carpintero de Louisiana y ex soldado del Ejército de los Estados Unidos, acaba de editar su primer disco, una obra soberana que grabó en Memphis con los mejores sesionistas locales.

Editado por el sello Big Legal Mess Records, con base en Oxford, al norte de Mississippi, y distribuido por Fat Possum, Age don`t mean a thing rescata lo mejor del sonido clásico del soul de Memphis. Finley tiene una voz poderosa y natural, y en eso se enfocaron los productores Jimbo Mathus y Bruce Watson. Su registro vocal y sus inflexiones definen cada una de las canciones que interpreta, más allá de que se trate de una balada como Make it with you, un funky como Come on o soul en estado puro como You make me want to dance.

El álbum comienza con la animada I just want to tell you, cargada de groove y con los caños estallando detrás de su canto sublime. La rítmica, a cargo de los Bo-Keys, es concisa y el coro femenino le da un destello aún mayor a la voz de Finley. El tema que da nombre al álbum, algo que muchos músicos le gusta destacar en sus canciones, que la edad no importa para cantar/tocar/amar/vivir, comienza con un solo suyo de guitarra breve pero muy distintivo y luego se desangra con una entonación conmovedora.

Finley tuvo una vida errante que lo llevó en la década del setenta a Alemania como técnico de helicópteros del Ejército y eso le permitió integrar una banda con otros soldados con los que tocó en varios países de Europa hasta que lo dieron de baja. Por aquél entonces volcó el canto gospel de su infancia en clásicos del soul y el R&B y se ganó una buena reputación. A su regreso a los Estados Unidos intentó empezar una carrera como músico profesional pero no tuvo suerte y, ya sin la contención castrense, se dedicó al oficio que le había enseñado su padre. Pese a su trabajo y las dificultades cotidianas nunca abandonó la música y siguió tocando para satisfacer su espíritu en fiestas o para amigos. Hasta que quedó prácticamente ciego y no pudo seguir trabajando.

Su ceguera se convirtió en oportunidad gracias a la Fundación Music Maker Relief que lo asistió y le dio la posibilidad de empezar su carrera como músico que tanto había anhelado. Su flamante disco sintetiza todo eso: sus influencias, su vida, sus sueños, sus frustraciones y su lucha. “Yo puedo sentirlo. No necesito ver, me impulsa la energía del público”, suele decir Finley. Sus sentimientos más profundos conforman el núcleo de música, le permiten ver más allá, y componer e interpretar esas canciones tan intensas y emotivas . Ese es su secreto.


lunes, 31 de octubre de 2016

El arcángel del blues


Antes de salir a escena los músicos se juntan en círculo y Gabriel Delta levanta el vaso de plástico con vino tinto y brinda por el show que está por empezar. "Vamos tranquilos ¡A disfrutar!", arenga con su español italianizado. Los vasos chocan en el aire y algunas gotas salpican sus rostros extasiados. Los cuatro suben las escaleras de metal que los llevan hasta el escenario de Velma Café y, tras la presentación, se corre el telón y descargan un brote eléctrico fenomenal con la canción No more time on you, de su disco Brothers.

Velma está repleto y es la revancha de Gabriel Delta tras su show de 2014, en el que una tormenta impidió que gran parte de los que habían comprado entradas anticipadas pudieran asistir al show. La banda, esta vez, está conformada por Pehuén Innocenti en hammond, Sergio Mayorano en bajo y Gabriel Cabiaglia en batería, este último es el único de los cuatro que tocó aquella vez en el Samsung Studio. Gabriel Delta había anticipado que en esta presentación iba a interpretar temas de Brothers y algún que otro cover y por eso, ni bien terminada la primera canción, cumple con su palabra y se adentra en el mundo de Albert King para una candente versión de I'll play the blue for you, a la que le sigue un blues lento y arrastrado de su autoría, Blues don't hurt me, en el que Innocenti desgrana su primer solo de hammond.

Su guitarra Esus, diseñada exclusivamente para él por la marca Graal, tiene un sonido filoso y potente que va ganando en intensidad a medida que sus dedos entran en calor. En el cuarto tema, The painter, la banda eleva el sonido a otra dimensión. El influjo de Albert King reaparece con Breaking up somebody's home y a continuación vuelve sobre sus composiciones y regala la balada Skyless angels.

"Este es un pequeño tributo al más grande de todos nosotros que vivimos acá y alguna vez agarramos una guitarra", dice Gabriel Delta antes de lanzar los primeros acordes de El viejo. A Pappo no lo nombra, pero no hace falta. Todos saben a quién se refiere. Luego cambia su guitarra por una Epiphone Sheraton 335, se coloca el slide en el dedo meñique e invita a escena a Sandra Vázquez para interpretar It's time of revolution y Rollin' & tumblin', con pasitos de baile incluidos. La armónica se pierde un poco entre el combo sonoro, en el que predomina el peso del bajo, y por eso Gabriel Delta le pide a la banda que baje los decibeles para que el solo fluya con más nitidez. "Y ahora otra canción de mi último disco, Happiness, que más que una canción es un deseo", anuncia el arcángel del blues antes de embarcarse en su melodía más atractiva.

Antes de que Sandra Vázquez vuelva con su armónica a escena para interpretar Cadillac assembly, también de Albert King, Gabriel Delta baila con Juu-Jaa, un instrumental con espíritu latino que grabó en su disco Kusiwan. El final es inminente y la banda contraataca con todo lo tiene y la poderosa Blues everywhere rebota en cada rincón del lugar. No se hacen esperar para el bis y ante el clamor del público se despiden con la elocuente Time for goodbye en la que el cantante y guitarrista rompe una cuerda en el solo final.

Gabriel Delta, el arcángel del blues, el mensajero, se reencuentra con su gente y sus raíces. Es apenas el primer paso de un desembarco que será paulatino y que lo llevará, muy pronto, a girar por todo el país, para pregonar su mensaje a través de sus canciones, algo que este emblema de la guitarra blusera argentina merece sin ningún lugar a dudas.

martes, 25 de octubre de 2016

Los blues de Broke & Hungry

L.C. Ulmer, Jeff Konkel y Pat Thomas. Foto Lou Bopp.

Broke & Hungry es un sello discográfico independiente cuyo objetivo es preservar, promover y documentar la tradición del blues del Mississippi. Fue creado en 2005 por Jeff Konkel, tiene su base en la ciudad de St. Louis, Missouri, y editó su primer disco en abril de 2006. Desde entonces, Konkel grabó a algunos de los más importantes sobrevivientes del blues del Mississippi como Big T Williams, Terry "Harmonica" Bean, Pat Thomas y Odell Harris, entre otros. Pero además de discos, Konkell produjo los documentales M For Mississippi: A roadtrip through the birth of blues y We juke up in here, así como la serie de tevé Moonshine and mojo hands, que a su vez protagonizó junto a Roger Stolle, promotor de Cat Head Delta Blues & Folk Art, y en la que entrevistaron a músicos como Super Chikan Johnson, Jimbo Mathus, R.L. Boyce, Leo Bud Welch, y Robert “Bilbo” Walker.

Aquí tres discos que sintetizan la música y el espíritu de Broke & Hungry:

Robert Lee "Lil' Poochie" Watson & Hezekiah Early - Natchez burnin'. Es el más reciente de los discos del sello. El dúo tiene su base en la ciudad de Natchez, al sur del estado de Mississippi y cercana a Louisiana, y es por eso que su zona de influencia es toda esa región donde hay más pantanos que campos de algodón. Watson toca la guitarra y canta, mientras que Early acompaña desde la batería, la armónica y, a veces, con una rudimentaria guitarra que hizo él mismo. La música de ambos combina blues del Delta, R&B de Nueva Orleans y un rock and roll muy primario. El repertorio está compuesto por temas propios y algunos covers que no representan el cancionero del blues más puro del Mississippi como Just a little bit, de Rosco Gordon; My girl Josephine, de Fats Domino; Flip, flop and fly, de Big Joe Turner; I feel so bad, de Chuck Willis; y Somebody changed the lock, de Louis Jordan. Con todo, Lil Poochie y Hezekiah Early encarnan la esencia misma del Mississippi, tocando un blues crudo y sin edulcorar, que esta producción de Konkel supo rescatar.

Jimmy "Duck" Holmes - Back to Bentonia. El máximo exponente actual del blues de Bentonia, heredero del legendario Skip James, participó en sesiones de grabación durante los setentas, algunas producidas por Alan Lomax, pero éste, su primer disco, recién apareció en 2006 y dio inicio a la saga discografía de Broke & Hungry. Aquí, Holmes interpreta 11 canciones que están entre lo mejor del blues de Mississippi de la última década. En algunas aparece solo con guitarra acústica y en otras toca una eléctrica mientras Sam Carr lo acompaña en batería y, ocasionalmente, se suma Bud Spires en armónica. De una u otra forma, Holmes llega directo al alma con un sonido único, que nos transporta a un ambiente bucólico y despojado. La grabación es una especia de trascripción del hombre negro tocando sus blues en el porche de su casa o en su pequeño y precario juke joint. El álbum comienza con uno de los temas más emblemáticos de esa región, I'd rather be the Devil, pero no es el único de Skip James, ya que también interpreta Hard Time killing floor blues (aquí llamada solo Hard times). El primer disco de Broke & Hungry es blues en estado puro y una pieza de colección.

Varios artistas - Mistakes were made. Este álbum doble editado en 2011 es una joya por donde se lo mire. Desde el subtítulo de la portada para justificar "los errores cometidos" –“Cinco años de blues crudo, hígados dañados y dudosas decisiones comerciales”- hasta la edición y el contenido son una muestra acabada del la música autóctona a la que apunta Broke & Hungry. El álbum tiene lo mejor de cada artista de los discos previamente editados más algunas grabaciones inéditas. A los más conocidos como Duck Holmes, Terry "Harmonica" Bean y T-Model Ford se le suman L.C. Ulmer, Pat Thomas, Odell Harris, Big T Williams, R.L. Boyce, Wesley "Junebug" Jefferson y Bill Abel. También hay un par de canciones del misterioso Mississippi Marvel, cuya identidad Konkel nunca reveló debido a que, según explico, era diácono de una iglesia y su comunidad nunca hubiera aceptado que tocara blues. Todos ellos representan la cultura más profunda del Mississippi rural y son el nexo con los bluesmen de antaño, la continuidad de Charley Patton, Fred McDowell, R.L. Burnside y James "Son" Thomas.


                                         “I’m broke ... and I’m hungry / Ragged and dirty, too ...
                                         But if I clean up, pretty mama / Can I stay all night with you?”



lunes, 17 de octubre de 2016

Dos caras del blues local

Jorge Senno - La noche que quedó grabada. Jorge Senno es el músico que mejor combina el country blues con el blues autóctono. Y su flamante disco en vivo, que se financió de forma colectiva a través de Panal de Ideas, es un fiel reflejo de eso. Con el slide desgarrando las cuerdas metálicas de una guitarra dobro, Senno abre el show con una profunda versión instrumental de Eliseo blues. En Cardo ruso, al artista lo acompañan Franco Capriati (armónica), Facundo López Burgos (guitarra de 12 cuerdas), Freddy Prochnik (bajo) y Martín Beckerman (batería) -la base de gran parte del álbum- para comenzar a enarbolar la bandera del "sonido Senno". Conduciendo por Berlín Oriental es otro ejemplo de ello, el fraseo de su voz tiene una marcada influencia de Manal, mientras que sus solos con slide nos llevan sin escalas a orillas del Mississippi. En Rock de Matías suma a Rubén de León y Daniel Manzini, de La Banda del Paraíso, quienes jerarquizan su presentación por ser una porción de la historia del rock nacional. Ruta 25 es un road trip musical memorable con una hermosa melodía. Le sigue Un día volaré con el acordeón de Matías Foreiter. Barraca Peña blues es su tema más emblemático y aquí la interpreta muy bien acompañado por Franco Capriati y la bella Cristina Dall en piano. Otro invitado de renombre es Caburo, la voz del blues rosarino, quien canta En el cosmos no hay error con mucha prestancia. La última parte del show que quedó grabado se nutre de canciones del rock nacional que son parte del ADN de Senno. Claudia Puyó entona una versión campestre de su Perfumes clandestinos y otra más folkie de Por probar el vino y el agua salada, de Charly García, para cerrar su participación en clave más blusera con Todo el día me pregunto, de Manal, y Despiertate nena, del Flaco Spientta. El álbum, que tiene su correlato en DVD, termina con el Blues de la amenaza nocturna con la voz de Rubén de León, la guitarra de Claudio Kleiman, el piano de Cristina Dall, los coros de Marcelo Ponce y Viviana Dallas, y otro solo con slide muy sentido de Senno. La noche que quedó grabada es una celebración a su trayectoria y sus influencias, pero más que nada es su consolidación como nexo entre dos estilos de blues muy distintos.

Ximena Monzón - My harp my soul. En un plano distinto está el disco debut de Ximena Monzón. My harp my soul tiene diez temas, nueve de ellos covers de blues tradicional con un fuerte anclaje en Chicago. La primera canción, que da nombre al disco, es una composición de Mauro Bonamico, bajista de la banda, que tiene un swing muy particular en el que la voz y la armónica de Ximena encajan a la perfección. Sigue con una versión candente de Scratch my back, en la que ella distorsiona su voz con el micrófono de la armónica, lo que le da un toque más crudo, mientras que Santiago Espósito y Federico Verteramo crean surcos sonoros estelares con sus guitarras. Blues never die (El blues nunca muere), de Otis Spann, es un alegato más que elocuente de su sentimiento blusero, que interpreta con mucha pasión, en el que las guitarras y la armónica ocupan el espacio vacío del piano de la versión original. En Something you got, Ximena muestra su costado soulero y se luce con hermosas armonías vocales. Con Blue Carnegie, un instrumental de Jimmy Reed, y Walter's boogie, de Walter Horton, Ximena y la banda vuelven al blues más denso de Chicago. En Baby please don't go distorsiona su voz otra vez y crea un efecto hipnótico, mientras que en Everybody's fishin' lleva el blues a su expresión más festiva con el excelente coro que conforman sus músicos. Además del gran trabajo de los dos guitarristas, la sección rítmica se nutre del pulso soberbio del bajista Mauro Bonamico y de la solidez de los bateristas Germán Pedraza y Rodrigo Benbassat, quienes alternan en ocho de los diez temas. Los dos tracks restantes son acústicos: Ximena es acompañada por Mauro Bonamico en guitarra en Stranger blues y Rainin' in my heart, esta última de Slim Harpo. My harp my soul no solo es un muy buen álbum de blues tradicional sino que sintetiza el esfuerzo y el trabajo de una artista joven que no para de crecer.

lunes, 10 de octubre de 2016

La marca de Tia Carroll


El Be Bop Club todavía no abrió sus puertas al público. Los mozos acomodan las mesas y Gabriel, el encargado del local, supervisa que todo esté en orden para el siguiente show. Se percibe algún movimiento detrás del telón y un canto profundo emana como un espectro. Tia Carroll está probando sonido y se anima, a capella, a Since I fell for you. A ella no se la ve y eso le da más mística al momento. Es como que el tiempo se detiene mientras su voz fluye en la penumbra. Es apenas una muestra de lo que está por venir, pero casi vale como un show entero.

La gente comienza a ocupar sus lugares y los mozos los invaden con botellas de cerveza, copas de vino y tragos multicolores. Se corre el telón y aparece en escena El Club del Jump, banda liderada por los hermanos Martín y Alberto Burguez, que completan Christian Morana en bajo y Gonzalo Rodríguez en batería. Comienzan con un tema propio, Don’t worry, en el que Martín Burguez demuestra sus dotes como frontman, cantando con mucho énfasis y sacando unos solos lacerantes. Cuando terminan. el guitarrista le da la bienvenida y Tia Carroll camina hasta el centro del escenario, anuda un pañuelo rojo en el pie del micrófono y dice en inglés lo feliz que está aquí en Buenos Aires.

Tia arenga al público, unas 50 o 60 personas: “¿Quieren pasarla bien?” La respuesta es un “sí” unánime que se mezcla con los primeros acordes de Take me to the river. La voz de Tia envuelve a los presentes, los abraza y sacude con su potencia soulera. Y así sigue. Tia pasa de Magic Sam a Marvin Gaye y en You hear me, de Little Willie John, prescinde del micrófono e intima con su público, mientras la banda baja los decibeles a casi cero. Llega el momento de Let the good times roll y Tia indica los cortes y bromea con los poderes que tiene en su brazo derecho. Coquetea con los músicos a quienes llama "jóvenes apuestos" y ellos la siguen con absoluta fidelidad cuando, sin interrupción, se encuentran tocando Rock me baby.

Tia quiere intimar otra vez y se sienta a un costado del escenario para cantar, otra vez sin amplificación, I'd rather go blind, y llena de emoción y calor al pequeño subsuelo de la calle Moreno, en San Telmo. El final del show ya se percibe y la banda arremete con una descarga funk con el sello de Wilson Pickett: si Midnight hour suena potente, Knock on wood parece que va a demoler las instalaciones.

Martín Burguez le murmura a Tia que es la última canción. Y ella se queja de que esa, "última", sea una de las tres palabras que sabe en español. Se viene una extensa y poco convencional versión de Shake your money maker, porque no suena la guitarra cruda con slide, sino que empieza con Alberto Burguez al piano y la banda se suma con un funk acelerado, con solo de bajo incluido, para que las últimas gotas de sudor de Tia recorran su piel color ébano.

Hay aplausos y pedidos de una más. La banda se abraza y saluda. El público insiste, pero las luces se encienden y son la señal inequívoca de ya todo ha terminado. Tia dejó su marca una noche de octubre, como ya lo había hecho hace más de dos años y como, seguramente, lo volverá a hacer algunas veces más.