martes, 28 de mayo de 2013

Blues abrasivo

El sexto álbum de Seasick Steve tiene la misma fuerza que los anteriores. Tanto con la guitarra distorsionada o en modo acústico, el bluesman californiano relata sus propias historias, que fue forjando a lo largo de una vida dura y sorprendente, que lo llevó a vagabundear por el mundo y a encontrar el éxito cuando menos lo esperaba. Para muchos, el nombre de Seasick Steve representa el de un artista joven que recién está empezando y para otros, especialmente por estos pagos, no dice absolutamente nada. Sin embargo, estamos ante un músico de 71 años que es furor en Europa y que tiene un talento notable para mezclar el blues rural y el folk con un sonido bien contemporáneo.

El título del álbum tiene una explicación: hubcap en inglés significa tasas para ruedas. Es que Seasick Steve se hizo unas guitarras con tasas de viejas camionetas Morris y mangos de palas de jardinería. Así, con esa rusticidad, encara su música. Así, encara también este álbum. Comienza con el sonido del motor de un tractor y enseguida se escuchan los primeros acordes de Down on the farm, un boogie abrasivo en el que el slide de Seasick Steve apuñala sin piedad por encima el del ritmo frenético de la batería de Dan Magnusson, como si fuese una combinación cruda de Lonely Boy de los Black Keys con Tush de ZZ Top.

Si bien hay mucha más distorsión a lo largo de los doce tracks, también hay acústicos más moderados. El hombre que vivió en la marginalidad, que durmió en las calles, que comió las sobras de los restaurantes y que sintió el rigor del desamparo sigue volcando sus experiencias en las letras de sus canciones.

El ex bajista de Led Zeppelin, John Paul Jones, lo acompaña en algunos temas, y Jack White suma su guitarra en The way I do, un blues denso y a la vez explosivo, feroz y descarnado, que contrasta con la canción que le sigue, la melodiosa y campestre Purple shadows, en la que resalta el acompañamiento de una voz femenina por detrás de la del cantante.

Hubcap music es un disco directo, orgánico y visceral. No sé si es mejor que los anteriores, ya que todos son muy buenos y parejos. Pero al menos, por ser el más reciente, puede servir como puerta de entrada al maravilloso mundo de este gran artista callejero que todavía tiene mucho más para dar.


sábado, 25 de mayo de 2013

Támesis, la consolidación

Si Aprendiendo a volar resume la etapa de gestación, Mensaje para vos revela el momento de la consolidación. El mensaje es: entérate lo que esto pasando. Támesis encontró lo que buscaba y sabe bien adónde va. Todo eso quedó reflejado anoche en Makena, donde la banda presentó su nuevo trabajo discográfico.

Mensaje para vos –producido de manera independiente y grabado por Daniel Devita- tiene once temas que ratifican la pasión de estos músicos por el sonido del southern rock y las jams. Las letras son más consistentes que las del disco anterior, pero con el mismo espíritu festivo y optimista. Entre las canciones hay un par que podrían tener destino de hit.

Makena estaba repleto, tanto abajo como arriba. Támesis apareció en escena cerca de las 12 de la noche y, al igual que en el flamante disco, comenzaron con Prisma, con la guitarra de Julio Fabiani dialogando con la de Brian Figueroa. Guido Venegoni, el cantante, incansable, entró en calor enseguida, bailando y saltando, mientras que cada uno de sus camaradas cumplía con creces su rol. Los primeros cinco temas fueron todos del nuevo álbum y tuvieron una muy buena aceptación entre el público. Para cuando Venegoni terminó de cantar la última canción de esa tanda, ya estaba todo empapado. Y todavía faltaba más de la mitad.

Oportunidades fue el primer tema del disco anterior que hicieron y enseguida arremetieron con Nada es por nada. Homero Tolosa y Sacha Snitcofky llevaron el ritmo con marcada precisión, mientras los caños, a cargo de Mauro Chiappari y Germán Pla, sobrevolaban las melodías con entera decisión. Diego Gerez, en teclados, amalgamó con discreto encanto toda esa fusión sonora, mientras que Florencia Andrada y Stefanía Conti complementaron a Guido Venegoni con unos coros sublimes.

El único cover de la noche estuvo dedicado a los Allman Brothers: Whipping post incluyó ese clásico jam que la banda de Georgia patentó hace varias décadas y que hoy reproduce cada vez que se presenta en vivo. Támesis, con un gran slide de Julio Fabiani, hizo una versión altamente inflamable con Mauro Bonamico, bajista de Vieja Estación, como invitado especial. Luego siguieron intercalando temas de los dos discos: la apasionada Desperté, del álbum anterior, quedó en medio de No sé vos y Algo en que creer (Canción espiritual), ambas con el aporte en guitarra con slide de Nicolás Bereciartúa, el hijo de Vitico.

El cierre trajo más de Mensaje para vos que de Aprendiendo a volar. Así las cosas, las dos horas de show se consumieron con fervor. La banda contagió su entusiasmo y el público los abrazó con aplausos y ovación.

Con este nuevo trabajo, Támesis eleva su piso ya que parece que no tiene techo. Sus músicos lograron homogeneidad tanto desde lo visual como desde lo musical. Si los vas a escuchar no esperes blues, no es lo que hacen, aunque de eso saben mucho: cinco de sus miembros estudiaron en La Escuela de Blues y ese background pesa. Támesis es excelente rock and roll, es jam, es energía, es amor a la camiseta. Ellos son devotos de la buena música. Son el futuro de nuestro rock.

miércoles, 22 de mayo de 2013

El alma de Beth & Joe

Todavía no llegamos a la mitad de 2013 y Joe Bonamassa acaba de editar su tercer disco del año. Primero fue ese combo de funk y jazz fusión que grabó junto a notables músicos del género y que decidieron llamar Rock Candy Funk Party. Luego, en marzo, lanzó su álbum doble en vivo, An acoustic evening at the Vienna Opera House. Ahora, en compañía de la cantante Beth Hart, embiste con Seesaw.

Este es el segundo trabajo que hacen juntos. El primero, Don’t explain (2011), mostró que ambos se complementaban muy bien para encarar temas relacionados con el soul, principalmente, el rock y el blues. Aquí vuelven por la misma senda aunque incorporan sigilosamente algunos elementos del jazz.

El álbum, también producido por Kevin Shirley, empieza y termina con dos temas de la legendaria Billie Holiday: abre con una versión bluseada -y con una presencia extraordinaria de caños- de Them there eyes; y cierra con Strange fruit, cuya letra retrata la violencia y la crudeza de la segregación racial en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. En ambos, Beth Hart demuestra que es una vocalista que no tiene techo. En medio de esas dos canciones hay otras nueve versiones aguerridas en las que ambos músicos combinan la intensidad de una voz cargada de recursos con unos solos de guitarra altamente fulminantes. El pico máximo de rock and roll lo alcanzan con Natbush City limits, un clásico de Ike y Tina Turner, al que le sigue una balada blusera firmada por Al Kooper, I love you more tan you’ll ever know.

Otro punto alto del álbum es la versión de Miss lady, de Buddy Miles, que arranca con los vientos resoplando por encima de un solo con wah wah de Bonamassa a los que se le suma Hart con una potencia vocal demoledora. Ese codeo con el jazz que mencionaba más arriba aparece cuando promedia el disco con un cover de la cantante Melody Gardot, If I tell I love you, en el que Hart reafirma que está para cantar básicamente todo lo que se proponga. La última parte es la más soulera: primero con Rhymes, de Al Green; luego con Sunday kind of love, en la que Hart parece poseída por el espíritu de la gran Etta James; y por último con el tema que da nombre al álbum, Seesaw, de Don Covay y Steve Cropper, que fue grabado por Aretha Franklin en 1968.

Los músicos que los acompañan son los mismos que en Don’t explain: Anton Fig (batería), Blondie Chaplin (guitarra), Carmine Rojas (bajo), Arlan Schierbaum (teclados) y Lenny Castro (percusión), más la sección de vientos encabezada por Lee Thornburg y la colaboración en bajo en un tema de Michael Rhodes.

Seesaw es una gran contribución de estos dos músicos, que representan el futuro y presente de la vieja música.

domingo, 19 de mayo de 2013

Bluseros argentinos for export

(Esta nota fue publicada en el Nº1 de Blues en su tinta).

El 10 de agosto de 1993, hace casi 20 años, podría decirse que comenzó un fenómeno que, con distintas aristas e historias, se fue ampliando: el blues argentino de exportación. Esa noche, Pappo subió al escenario del Madison Square Garden de Nueva York invitado nada más y nada menos que por B.B. King, para tocar un par de temas junto a otras leyendas del género como Koko Taylor, Buddy Guy, Junior Wells y Lonnie Brooks. Significó un merecido reconocimiento para el gran guitarrista argentino. En toda su carrera, Pappo se presentó en más de 60 países y hasta grabó un disco en vivo en Los Ángeles, junto a Deacon Jones.

Pero el blues argentino for export tiene otras historias, algunas más conocidas y otras no tanto. Y también tiene sus matices: hubo músicos que vivieron y tocaron en el exterior mucho antes que ese glorioso show de Pappo, aunque en muchos casos se fueron empujados por la coyuntura socio política de la Argentina.

Claudio Gabis, guitarrista y fundador del legendario trío Manal, fue uno de los primeros en llevar su vida y su música a otros horizontes. En los 70 vivió algunos años en Brasil y luego regresó a la Argentina, hasta que en 1989 decidió emigrar a España. Se instaló en Madrid y allí continuó su carrera, a la que le sumó la docencia: dictó cursos, seminarios y escribió libros y artículos sobre teoría, crítica y crónica musical. Nunca dejó de grabar y tocar en vivo. Una o dos veces por año viene al país para realizar algunos shows y visitar viejos amigos.

Miguel Vilanova también tuvo su exilio en España en los 70, cuando la Argentina era gobernada por la dictadura cívico-militar. En Madrid, grabó con Joaquín Sabina, integró el grupo Cucharada y compartió escenarios con Pappo, quien también anduvo por ese país por aquél entonces. Otro blusero argentino que estuvo por esos pagos en esa misma época fue el tecladista Ciro Fogliatta. Botafogo regresó a Buenos Aires en 1984 y tiempo después formó Durazno de Gala. En 1995, inició su carrera solista que lo llevó de gira por los Estados Unidos, donde tocó con músicos como Carey Bell y Bruce Ewan. Pero el blues lo llevó aún más lejos: en 1999 se fue de gira a Japón, donde grabó un disco en vivo.

Dos de sus ex compañeros de Durazno de Gala, Yalo López y Víctor Hamudis, viajaron juntos a Madrid en 1979. “Eran años oscuros en la Argentina, así que una opción era exiliarse. Teníamos 19 años y nuestra ilusión era llegar y armar una banda propia, pero había que comer y pagar el alquiler antes. Víctor entró como baterista del cantante Ramoncin y al poco tiempo se fue el bajista de la banda y lo reemplacé yo. La paga era muy buena y además tocábamos juntos. El trabajo intenso duró seis meses. Luego me llamó Gustavo Gregorio para avisarme que dejaba la banda de Moris y me ofreció reemplazarlo. Acepté con todo gusto: además de tocar con el maestro Moris, en la banda estaban Ciro Fogliatta y Hermes Calabria (baterista de Barón Rojo)”, cuenta Yalo.

Con el dinero ganado, los dos se fueron a recorrer en combi España, Francia y terminaron en Londres. “Agradezco haber tenido la posibilidad de irme en los momentos difíciles que se vivían aquí, la suerte que miles de no tuvieron y hoy están desaparecidos. Agradezco a la música porque gracias a ella viví todas esas experiencias inolvidables”, añade Yalo. Ambos músicos, bastante tiempo después, en 2005, volvieron a Madrid. Allí, grabaron el cd Río Místico y tocaron con la Vargas Blues Band.

Los 90 fueron años diferentes para los músicos. El blues tuvo un auge comercial y dos bandas marcaron el pulso de la escena local: La Mississippi y Memphis la Blusera. La primera se presentó en festivales en Brasil, Paraguay, Uruguay y Colombia, y en abril de 2006 realizó una gira por España. “Fuimos calurosamente bienvenidos por el público local, así como también por los numerosos argentinos radicados allí. La gira comprendió las ciudades de Madrid, Valencia, Bilbao, Guernica, y otros puntos del País Vasco”, cuenta Ricardo Tapia en su sitio de Internet. Memphis también recorrió países de Latinoamérica, especialmente después de sus discos Nunca tuve tanto blues (1994) y Cosa de hombres (1995).

A Gabriel Grätzer, con justicia lo llaman el Embajador del Blues argentino, porque llevó su country blues a muchos rincones del mundo. Al igual que Botafogo se presentó en Japón, en festivales como los de Shinkushu o Ueno, y también en Taiwán. En 2004, compartió noche junto a Corey Harris en Blues Sur Seine, en París, Francia. Pero eso no es todo: tocó en decenas de festivales sudamericanos: Colombia, Perú, Bolivia, Paraguay y Brasil. “Es hermoso que gracias al blues haya podido viajar a tantos lugares y conocer gente y culturas diferentes. Así pude comprobar que el blues es un idioma universal. Viajar es sinónimo de crecer y compartir momentos, escenarios y experiencias con otras bandas y músicos”, dice Grätzer, quien en mayo vuelve al ruedo internacional con una gira por España.

jueves, 16 de mayo de 2013

Medio siglo de The Freewheelin'...

Hace 50 años un joven folkie que buscaba hacerse un lugar en el mundo de la música lanzaba su segundo álbum que, a diferencia del primero, tenía casi todas canciones propias. Y ese no sería un detalle menor, porque la mayoría de esos temas se convirtieron en himnos de una generación cuyo estandarte era la lucha por los Derechos Civiles y en contra de la segregación racial y los conflictos bélicos. La importancia de The Freewheelin’ Bob Dylan sólo se puede medir en términos históricos. No importan los charts ni la cantidad de LP’s vendidos, sino el efecto que tuvo en toda una generación.

John Hammond
Bob Dylan ya hacía dos años que estaba en Nueva York. Su primer disco, editado en 1962, estaba dedicado a la música de Woody Guthrie. Al pionero de la música folk, que estaba internado en una clínica de Nueva Jersey, le había gustado y eso le dio un impulso extra a Dylan seguir adelante con sus propias canciones. Pero Columbia Records no había quedado satisfecha porque el disco sólo había vendido unas cinco mil copias. El productor John Hammond, responsable del fichaje de Dylan, estaba convencido de que el muchacho de 21 años nacido en Duluth, Minnesota, tenía mucho más para dar. Después de una dura negociación lograron entrar a los estudios de la discográfica, en el 799 de la Séptima avenida, en el corazón de Manhattan.

La grabación comenzó en abril de 1962 y terminó un año después. En mayo de 1963, The Freewheelin’… salió a la venta y fue un éxito total. El primer tema, Blowin’ in the wind, se convirtió en una de sus canciones más celebradas de toda la historia. Según reveló Pete Seeger en su momento (Dylan lo confirmó muchos años después), la melodía está inspirada en un viejo Negro spiritual, No more auction block. La letra tiene una ambigüedad relativa cuyas interpretaciones siempre rondan un único concepto: la libertad. Un par de meses después, el célebre trío folk Peter, Paul & Mary hizo su propia versión y llegó al número dos del ranking Billboard.

La exquisita Girl from the north country, que años más tarde volvió a grabar junto a Johnny Cash para el disco Nashville Skylines, estaría dedicada a una novia que Dylan tuvo en la Universidad de Minnesota, aunque otros sostienen que podría estar inspirada en Suze Rotolo, la que era su pareja por entonces y aparece en la portada del disco junto a él, caminando en una tarde fría por el Greenwich Village, una foto que es todo un retrato de época. Dylan y Rotolo salieron entre 1961 y 1964. Ella murió hace dos años.

El tercer track es Masters of War, un claro alegato contra la industria bélica. Down the highway es un blues clásico de doce compases en el que el cantante aulla como si hubiese nacido en el Delta del Mississippi: “Yes, I'm walkin' down the highway / With my suitcase in my hand / Lord, I really miss my baby / She's in some far-of land”. Sigue con Bob Dylan’s blues –así se iba a llamar el disco en un primer momento- en el que luego de una intro hablada se lanza en un relato espontáneo acompañándose con la armónica. A hard rain’s a-gonna fall es otra de sus melodías más clásicas del álbum y de toda su carrera. El tema está inspirado en la crisis de los misiles que había dejado al borde de una guerra nuclear a Cuba con los Estados Unidos.

El lado B del LP comienza con Don’t think twice, it’s all right, tal vez uno de los temas más bellos de Bob Dylan, aunque él se encargó en aclarar que no es una canción de amor, sino una declaración para sentirse mejor. Luego sigue con temas que quedaron opacados por la majestuosidad de la cara A, y los únicos dos covers del disco: Corrina, Corrina y la adaptación de Honey, just allow me one more chance, de Henry Thomas.

La edición final del álbum dejó afuera otras canciones que vieron la luz mucho tiempo después con las ediciones de los célebres Bootleg como The death of Emmett Till, Ballad of Hollis Brown, Worried blues o Let me die In my footsteps.

Dylan tocó en la mayoría de los temas solo su guitarra y su armónica, aunque en algunas canciones tuvo el acompañamiento de una segunda guitarra, un contrabajo o un piano. Para cuando el álbum copó las bateas de las disquerías, Albert Grossman ya era su representante y eso marcaría un antes y un después en su carrera, al menos desde el punto de vista comercial. Desde lo artístico este álbum marcó un hito y catapultó a Dylan a lo más alto del mundo musical, algo que el viejo maestro sigue refrendando al día de hoy.

lunes, 13 de mayo de 2013

La confirmación

El slide ejecuta los primeros acordes de St. Louis blues sobre las cuerdas de una pedal steel guitar. Y luego, casi como una explosión de arrabal porteño tamizado por la paleta multicultural de Nueva Orleans, se suman diversos instrumentos, con el piano a la cabeza, para darle su estructura clásica al tema que compuso W.C. Handy hace casi 100 años. La voz de Jean McClain embiste desde las sombras para entonar con fuerza: “I hate to see that evening sun go down…” para después fusionarse con el canto del actor inglés.

Hace dos años Hugh Laurie sorprendió a todos cuando anunció que dejaría de actuar para dedicarse full time a la música. Muchos escépticos pensaron que se trataba de una movida comercial, pero Let them talk, un álbum dedicado al histórico sonido de Nueva Orleans, fue mucho más que eso. Laurie se rodeó de una excelente banda, The Copper Bottom Band con Kevin Breit en guitarra, e interpretó una serie de canciones que lo acompañaban desde que era pequeño. Luego vinieron las giras y en cada uno de los escenarios que pisó ratificó que la música no era algo pasajero. Así, simpático e irónico, se despidió de Doctor House ante el público que, aquí y allá, fue a verlo más por el personaje que por los temas que interpretaba.

Didn’t it rain es la continuación esperada de Let them talk: hay blues, hay jazz, hay R&B y también hay tango. Después del comienzo con St. Louis blues, Laurie canta ese himno de Louis Armstrong que le dice adiós al whisky y al gin para celebrar el dulce olor de la marihuana. El tercer track lo canta a dúo con la guatemalteca Gaby Moreno: Kiss of fire, la versión de el Choclo que solía interpretar Pops, fue uno de los anticipos que nos regaló durante su visita del año pasado a Buenos Aires y Santiago.

Taj Mahal
El resto del álbum mantiene ese espíritu tradicional que dejó patentado en su antecesor. Si en aquél se lucieron las colaboraciones de Dr. John, Irma Thomas y Tom Jones, aquí resaltan la poderosas voces de Taj Mahal en Vicksburg blues y la de Jean McClain en The weed smoker’s dream y I hate a man like you.

Laurie dijo en varias entrevistas que Dr. John es una de sus máximas influencias y aquí lo reafirma con su versión de Wild honey, tema editado en City lights (1978), donde canta con mucho soul y amasa el piano de manera notable. Send me to the electric chair, Evenin’ y Careless love son otros de los clásicos que interpreta. Didn’t it rain, el tema que da nombre al álbum tiene ese espíritu que cruza al góspel con el soul o para ponerlo en nombres propios: a Mahalia Jackson con Aretha Franklin.

Cierra con Changes y todo el color de Frenchmen Street. Así, Hugh Laurie nos demuestra que haber nacido en Oxford y dedicarse a la actuación son apenas detalles en su vida. Porque hoy es músico antes que nada y, si a más de uno le dicen que nació a orillas del Mississippi oliendo el aroma de un jambalaya recién hecho, no hay porque no creerle.

viernes, 10 de mayo de 2013

El Rey de la armónica

James Cotton tiene 77 años, su movilidad es reducida por un excesivo sobrepeso y hace tiempo que ya no puede cantar como solía hacerlo por un cáncer de garganta que sufrió tiempo atrás. Pero esos no son impedimentos para que siga soplando su armónica como muy pocos pueden hacerlo sobre la faz de la tierra. Cotton es un bluesman de estirpe. Tiene una historia riquísima, no sólo por haber integrado la banda de Muddy Waters, sino por mérito propio. Ahora, acaba de lanzar un álbum extraordinario, rodeado de grandes músicos y una excelente producción. Para algunos, como Steve Leggett (Allmusic.com) o Howard Reich (Chicago Tribune) es uno de los mejores discos de su carrera.

Cotton mouth man, editado por el sello Alligator, es la continuación de Giant, álbum que estuvo nominado al Grammy en 2010. Al igual que en aquél, aquí también se rodeó de excelentes músicos invitados. La primera estrella que aparece es Joe Bonamassa. El guitarrista rockea con el maestro en el track que da nombre al disco mientras Darrell Nulisch canta: “Ya escucharon el T-Bone shuffle y también el Texas hot / ya estuvieron en el Checkerboard lounge tomando un whisky on the rocks /Ahora ajústense los cinturones para una Mississippi jam con el increíble Cotton mouth man”. Luego, la voz curtida de Cotton anuncia: “Midnight train to Mississippi” y su armónica se lanza como una formación a todo vapor. La banda se suma al poderío del southern rock por el aporte inestimable de la voz y los teclados de Gregg Allman.

Keb’ Mo canta el primer blues neto del álbum, Mississippi Mud, mientras la armónica sobrevuela los campos de algodón y las aguas fangosas del Delta por encima del piano magistral de Chuck Leavell. En He was there no hay invitados y Cotton sale a la cancha con la misma banda que vendrá a Buenos Aires: Nulisch en voz, Tom Holland en guitarra, Noel Neal en bajo y Jerry Porter en batería, más la guitarra rítmica de Rob McNelly. No hay respiro: Warren Haynes embiste con su voz poderosa y un slide criminal en Something for me, mientras Cotton sopla y sopla con un vigor sobrenatural. En Wrapped around my heart bajan unos cuantos decibeles: la guitarra de Tom Holland hace la intro y despliega la alfombra roja para la voz estelar de Ruthie Foster.

Nulisch sobresale en el shuffle crispado Saint on Sunday que da paso a la presencia de Delbert McClinton, quien canta e ironiza en Hard sometimes, un blues compuesto por él que recuerda al legendario Jimmy Reed. Young bold women tiene ese repiqueteo sonoro clásico de Nueva Orleans y en Bird nest on the ground, tema de Maurice Dollison que supo cantar Muddy Waters, Nulisch y Cotton demuestran una sinergia brutal.

James Cotton y Darrell Nulisch
Wasn’t my time to go comienza con el contrabajo marcando un ritmo cansino y Keb’ Mo se suma con su canto anunciando que todavía no es su hora de morir. Sobre el final, Nulisch canta por Cotton: “El doctor me dijo que tocar blues es bueno para mí, me dijo que siga soplando hasta que cumpla 102”. El final es brillante: Cotton hace un esfuerzo enorme y canta Bonnie Blue con una voz ajada pero llena de sentimiento por sobre la resonator guitar de Colin Linden. Su armónica agrega unas líneas inmejorables que nos trasladan sin escala a lo más profundo del Delta.

Cotton mouth man está destinado a ser uno de los mejores discos de su carrera porque combina magistralmente el pasado con el futuro del blues. Eso se debe en parte al trabajo del productor Tom Hambridge, quien también coescribió muchos de los temas con Cotton. En una semana recibimos dos grandes noticias del Rey de la armónica: nuevo disco y show confirmado el 30 de julio en La Trastienda. ¿Qué más podemos pedir?

martes, 7 de mayo de 2013

Corazón blusero

En la portada del disco aparecen los músicos de Blues del Sur y algunos amigos caracterizados como los guerreros del escocés William Wallace, historia que Mel Gibson llevó a la pantalla grande con gran éxito. Esa actitud aguerrida que muestran en la foto es un poco la síntesis de su música: blues rock candente y fervoroso. La banda -integrada por Matías Fernández (armónica y voz), Marcelo Marín (guitarra), Hernán Herlein (bajo) y Juan Ángel López (batería)- viene tocando desde los primeros años de los 90 y Volver es su cuarto disco.

Reforzados con algunos invitados como Jorge Simonian y el “Vasco” Bariain, cantante de los Chevy Rockets, interpretan diez temas que fueron compuestos por Martín. Las letras cuentan historias cotidianas y la instrumentación suena amoldada. La voz de Fernández tiene la fuerza de los cantantes de blues local, grave y prepotente, con algunos retazos del Indio Solari. Limadura y limousine, el track que abre el álbum, es tal vez el más rockero de todos, y también el mejor trabajado en cuanto a producción, arreglos e innovación, con un muy buen estribillo.

A mitad del disco el blues más tradicional gana lugar: Sábado 3 am es un slow blues punzante y Abogados es un acústico agradable con una letra irónica. Ahí viene BDS es un instrumental inspirado en el virtuosismo del guitar hero. El rock and roll vuelve con Negro difícil y Tratando de llegar a la lona. El disco cierra con Descalzo, con una intro muy interesante de armónica, y un ritmo de pena urbana. Volver es un esfuerzo independiente que seguramente dejará satisfechos a sus fans, consolida a la banda a 20 años de su nacimiento y expresa con pasión el latir de su corazón blusero.

sábado, 4 de mayo de 2013

Hasta los huesos

Cuando tenía nueve años, Cedell Davis comenzó a sentirse muy enfermo. El diagnóstico fue contundente: poliomielitis. Corría 1937 y por aquél entonces sobrevivir a esa enfermedad era una hazaña… o un milagro. El pequeño Cedell cumplió diez años con gran parte de su cuerpo paralizado, pero esquivó a la muerte. La enfermedad lo cambió para siempre: atrofió severamente su mano izquierda y dejó algunas secuelas en la derecha.

Eran tiempos duros en los Estados Unidos. El país todavía sentía los estragos de la Gran Depresión y los negros del sur vivían sometidos por la segregación racial. Cedell era de una familia pobre de Helena, Arkansas, y una salida era la música. Su mano izquierda no le permitía tocar la guitarra como es debido y por eso desarrolló un estilo rústico y muy personal. Dio vuelta la guitarra, como si fuese zurdo, y se valió de un cuchillo, de esos que se usan para untar manteca, a modo de slide. Así logró un sonido único: presionando las cuerdas con el mango de metal consiguió una plasticidad tonal que por momentos parece estar desafinando, aunque en realidad lo que hace es obtener un tono alternativo. Empezó con esa técnica en la guitarra acústica y después la llevó a la eléctrica.

Cedell Davis había empezado a tocar la guitarra y el diddley-bow (instrumento rudimentario de una cuerda) desde muy chico, durante su estancia en Tunica, Mississippi. Más allá de su forma de tocar, que fue perfeccionando con el tiempo, cantaba con una pasión desmedida. Las venas del cuello se le hinchaban tanto que parecían estar a punto de estallar. Sus ojos sanguinolentos dejaban al descubierto todo su sufrimiento, que emanaba de manera cruda desde sus entrañas, o tal vez más adentro, desde la médula misma.

Robert Nighthawk
Durante la década del 40 hizo presentaciones regulares en juke joints de su ciudad natal y alrededores, donde las figuras destacadas eran Sonny Boy Williamson y Roosevelt Sykes. A comienzos de los 50 trabó amistad con el legendario Robert Nighthawk, a quien acompañó durante buena parte de esa década por clubs del Delta del Mississippi, especialmente en Clarksdale. En 1957, cuando apenas tenía 30 años, se mudó a St. Louis y volvió a sufrir un nuevo embate. Estaba tocando en una taberna junto a Nighthawk y Sam Carr cuando se desató una violenta pelea entre el público. La policía irrumpió en el lugar y se produjo una estampida. Cedell Davis cayó al piso y fue pisoteado por la masa. Sobrevivió una vez más, pero sufrió múltiples fracturas en sus piernas y quedó postrado en una silla de ruedas de por vida.

Desde entonces, las letras de sus canciones relatan historias y el drama que le tocó vivir. Son el universo absoluto del blues.

En 1961, volvió a Arkansas y se instaló en Pine Bluff, donde vive hoy en día. Pese a sus limitaciones físicas, siguió tocando todo lo que pudo. Recién a finales de los 70, algunas de sus canciones fueron incluidas en un álbum recopilación titulado Keep it to yourself: Arkansas blues, que fue editado por Rooster Blues Records en 1983. Davis se hizo amigo por aquél entonces del escritor Robert Palmer, autor del libro Deep Blues. En 1993, Palmer fue el productor del tremendo disco de Cedell, Feel like doin’ something wrong, el primero de tres álbumes que grabó para el sello Fat Possum.

A partir de su trabajo con el sello radicado en Oxford, Mississippi, Cedell Davis se volvió en un ícono del sur profundo. Participó de varios festivales, especialmente el de Helena, y siguió grabando. Uno de sus discos, Lightning struck the pine, editado por el sello Fast Horse, contó con la participación de músicos de bandas de rock como REM y Screaming Trees. En 2001, Buddy Guy grabó un tema suyo, She got the Devil in her, para su álbum Sweet Tea.

Cedell tocó la guitarra hasta 2012, cuando sufrió un derrame que le inmovilizó el lado derecho del cuerpo. Pese a ello, se presentó un par de veces en vivo sólo para cantar sus blues. Hoy tal vez esté transitando su último trecho de vida. Son pocos los discos que deja, pero ahí están, al alcance de quien quiera escucharlos. También se lo puede ver en toda su dimensión en You see me laughin’, un documental sobre la historia de Fat Possum. La esencia misma del blues está en su música, cruda y descarnada, tal como debe ser.