lunes, 24 de julio de 2017

Willin'


Hay canciones que trascendieron a su época. No necesariamente son grandes himnos del rock como Like a rolling stone, Satisfaction, Bohemian rhapsody, Layla o In my life, sino más bien hermosas melodías que descansan adentro de cada uno hasta que, por algún motivo, se activan. Cada uno tiene las suyas. Entre las mías están The weight, Soulshine, Ripple, Can't you see, You got the silver. Y Willin'. Hacía mucho que no escuchaba esta última, la joya inmaculada de Lowell George. El fin de semana vinieron a Bluscavidas Tomy Espósito y Nico Yudchak a presentar el nuevo disco de Vieja Estación. Escuchamos algunos de los temas del álbum y ellos tocaron un par canciones acústicas. "Vamos a ver que sale... esta es de Lowell George", anunció Tomy Espósito. Y salió genial. La melodía inconfundible, el estribillo adherente, hermosas armonías vocales y un solo con slide muy convincente. Volví a casa tarareándola. Y desde ese día ya la escuché media docena de veces.

Lowell George escribió Willin' en algún momento de 1969 cuando todavía era uno de los músicos de The Mothers of Invention, la banda de Frank Zappa. Hay dos versiones acerca de por qué el guitarrista, cantante y compositor se fue del grupo y ambas tienen que ver con esa canción. Una es que cuando se la hizo escuchar a Zappa éste le dijo que era tan buena que tenía que armar su propio grupo para tocar sus temas. La otra es que a Zappa no le gustaron las claras referencias a las drogas que tiene: "And if you give me weed, whites and wine / And you show me a sign / I'll be willin', to be movin'". La primera versión es la más verosímil ya que luego Zappa fue clave para que Lowell George firmara contrato con Warner.

Little Feat nació en el amanecer de la década del setenta. La primera formación incluyó a Lowell George en guitarra y voz; su compañero en Mothers of Invention, Roy Estrada en bajo; Billy Payne en teclados; y Richie Hayward en batería. El primer álbum se llamó Little Feat a secas, fue editado en 1971 y para la discográfica fue un fracaso porque apenas vendió 11 mil copias. Pero ya sabemos que muchas veces la relación entre lo comercial y lo artístico no va por la misma vía. El álbum fue extraordinario por su exquisita fusión de estilos -blues, country-rock, rock sureño y un toque experimental heredado de Zappa- y las letras profundas de Lowell George. En ese álbum incluyeron la primera versión de Willin', acústica y bien minimalista. Lo llamativo fue que cuando estaban en plena sesión de grabación Lowell George se lastimó una mano haciendo aeromodelismo y no pudo tocar la parte de slide. Lo hizo Ry Cooder.

Al año siguiente, Warner decidió volver a intentarlo y el segundo disco de Little Feat, Sailin' shoes, tuvo una producción más importante. Cambió el sonido más crudo del anterior por uno más cuidado. Fue mucho más comercial pero no defraudó desde lo artístico. Lowell George volvió a grabar Willin' porque la canción así lo pedía. La cantó con más dulzura y, a diferencia de la anterior interpretada solo con dos guitarras, aquí se sumó Payne en piano y Sneaky Pete Kleinow en pedal steel, más la sección rítmica. Así, la banda reeditó la road song, el lamento de un camionero que busca a Alice, Dallas Alice. La banda editó una tercera versión en vivo -Waiting for Columbus, de 1978- y hubo decenas de artistas que la grabaron con el correr de los años, entre ellos Gene Parsons (Kindling, 1973), Linda Ronstadt (Heart like a wheel, 1974) y Steve Earl (Sidetracks, 2002). Cada uno de esos covers, hasta la espontánea versión de los chicos de Vieja Estación, garantizan la inmortalidad de una de las más bellas canciones del siglo XX.


lunes, 17 de julio de 2017

Homenaje a los Black Crowes

Foto Juana Noctiluca

El escenario de El Universal, sobre el pasaje Soria, recrea una vieja cabaña sureña. Está todo revestido en madera, hay un piano y dos washboards cuelgan de una pared bajo una luz amarillenta. Es un lugar ideal para escuchar shows acústicos o más bien tranquilos, para disfrutar de la canción en lugar de enloquecerse con un solo. En ese marco, la propuesta de un show dedicado exclusivamente a los Black Crowes fue más que llamativa. Guido Venegoni y Brian Figueroa se propusieron combinar las dos cosas: tocar los temas de los hermanos Robinson de manera intimista. Y les salió bárbaro.

En una noche gélida, los dos músicos de Támesis hicieron un show muy cálido que duró unas dos horas, con un intervalo en el medio. Tocaron todos temas de los Black Crowes, 20 en total, de una forma personal y respetuosa a la vez. Guido cantó en el tono exacto de Chris Robinson, con mucha naturalidad, y Brian alternó entre dos violas acústicas y dos eléctricas conectadas a una pedalera.

Abrieron con Be your side y así sentaron las bases de lo que sería su propuesta. Guido tocó el piano en dos temas y Brian se calzó la armónica con soporte en otras dos ocasiones. Florencia Andrada subió a cantar Bring on y las armonías que hicieron con Guido fueron exquisitas. Después Larry Normal se adueñó de las teclas en She talks to angels y Virtue and vice, y Julio Fabiani desangró una viola con su slide en Cypress tree. El último invitado de la noche fue Nico Yudchak, también con slide, acompañó en Hotel Illness y la magistral Jealous again.

Lo bueno del show fue que los dos músicos dejaron por unos días su proyecto grupal para estudiar un puñado de temas muy representativo de la historia de los Black Crowes. Ensayaron con ganas y lo presentaron en el lugar adecuado en una noche inmejorable. Fue el justo reconocimiento a sus ídolos, los tipos que con sus canciones y su sonido los cautivaron cuando eran unos pibes, mucho antes de que se juntaran para armar una banda de rock. Hay historias de amor y hay historias de rock. Y esta tiene un poco de las dos.

sábado, 15 de julio de 2017

Por los caminos del blues


El GPS me llevó hasta un punto muerto sobre la ruta 7. Detuve el coche y me bajé . A mi alrededor, algunos pocos árboles y cables de alta tensión se rebelaban en un paisaje chato de campos sembrados. La primera señal de vida se presentó unos kilómetros más adelante. Me acerqué hasta unas viejas cabañas que rodeaban un granero pero allí no había nadie. Sólo apareció un perro que empezó a ladrar en cuanto me vio. Empecé a dar vueltas por los caminos rurales, levantando polvo aquí y allá, hasta que llegué a la tranquera de una imponente granja. Un vaquero y una mujer, de unos 40 años ambos, estaban junto a una camioneta 4x4. Parecían de una publicidad de cigarrillos de la década del setenta. Les pregunté si sabían dónde quedaba la cabaña de Mississippi John Hurt y, aunque parecieron un tanto sorprendidos por mi pregunta, me respondieron que sí. Me dieron indicaciones de cómo llegar y se despidieron cordialmente. Mientras los escuchaba sabía que en cuanto arrancara el auto me iba olvidar toda la explicación. Y así fue. A la segunda o tercera curva que tomé estaba completamente perdido.

Es curioso como en una pequeña comunidad como Avalon, en la que viven decenas de familias que ni siquiera fueron censadas, puede resultar tan difícil encontrar la cabaña de una leyenda del blues. ¿Cómo habrá hecho Tom Hoskins para dar con él en 1963? Supongo que la respuesta se resume en dos palabras: perseverancia y voluntad. Al cabo de varias vueltas me topé con una hermosa casa de dos plantas, con una imponente ligustrina y un prolijo jardín al frente. Un hombre ancho, que llevaba una camisa a cuadros ajustada, jeans y usaba anteojos vintage, se acercó para ver qué buscaba. También se tomó su tiempo para explicarme, con su inconfundible acento sureño, cómo llegar hasta el lugar buscado. No era lejos, pero tampoco era sencillo. Tenía que agarrar un camino de tierra hasta no sé dónde y de allí un sendero en dirección hacia algún lugar que no recuerdo. Me perdí de nuevo. La siguiente parada fue una casa prefabricada, con un sillón en el porche y la bandera confederada colgando de una ventana. No me animé a bajar. Imaginé a un redneck poco amigable saliendo con una escopeta. Toqué bocina varias veces pero nadie respondió y seguí adelante.

Tras más de dos horas dando vueltas por Avalon, con la señora del GPS insistiendo con su "recalculando", finalmente tomé un camino repleto de pozos hacia una colina en la que había un par de casas, una choza abandonada y un viejo almacén. Allí, en medio de una vegetación espesa, encontré la precaria cabaña de Mississippi John Hurt. Las pocas referencias que tenía es que allí funcionaba un museo. Pero por ser domingo estaba cerrado y no había nadie a quién preguntarle. A un costado de la cabaña había una vieja y oxidada camioneta Chevrolet de la década del cuarenta y también la silueta recortada del artista. Fui hasta el auto, puse el CD Last session, subí el volumen y dejé la puerta abierta. Me senté en una de las dos mecedoras que estaban en el porche y me dediqué a escuchar. Imaginé que John Hurt estaba sentado al lado mío. Me invadieron un sinfín de emociones y tal vez se me escapó alguna lágrima.

En aquél sitio olvidado me conecté con el pasado del blues y con la música de un artista único e irrepetible. Su dulce voz y la melodía de Poor boy, long way from home se esparció por el terreno mientras una tenue brisa acariciaba con suavidad el pasto y las hojas de los árboles. Respiré hondo y el olor de la primavera ingresó en mis pulmones como un huracán. Me quedé algunos minutos más contemplando ese paisaje bucólico pero no tenía mucho tiempo más. Todavía tenía que pasar por Bentonia antes de llegar a Jackson. Caminé los 30 o 40 pasos de regreso hacia el auto mientras dejaba atrás la cabaña de John Hurt. Me di vuelta y pude verlo en el porche, apoyado contra una columna de madera, con su sombrero puesto y sosteniendo la guitarra. Imaginé que me saludó y le dije adiós.


Avalon, Mississippi. Abril de 2012.

sábado, 8 de julio de 2017

Blues de un hombre joven


Arriba del escenario no parece un adolescente que recién terminó el colegio secundario. Aunque tiene 18 años, canta y toca la guitarra como un experimentado bluesman. El show que dio el jueves a la noche en el Conventillo Cultural Abasto fue superlativo. En poco más de una hora y media interpretó algunos temas de su disco The exiting sounds of Dylan Bishop y versionó a los grandes maestros del blues con mucha solvencia.

La relación del joven con el público fue de menor a mayor. Muchos de los que fueron a verlo nunca lo habían escuchado por lo que se tomaron su tiempo para degustarlo. Al final terminaron ovacionándolo de pie y pidiéndole más. Y él cumplió.

La noche empezó con Javier Mozzi, “Lonnie” Mozzi, y un breve show en el que mostró su prestancia con las seis cuerdas y un repertorio muy selecto: Quacker City, de Bill Dogget; Lonesome whistle blues, de Freddie King; Haunted house, de Lonnie Johnson; She walks right in, de Clarence “Gatemouth” Brown; y Guitar Jump, de Arthur “Guitar” Smith. Mozzi se presentó en formato trío con Christian Morana y Germán Pedraza -salvo que en un tema en el que subió el guitarrista Juancho Hernández- y dejó una muy buena impresión en el público que iba colmando de a poco la sala.

Poco después apareció Dylan Bishop en escena, abrazando con ganas a su strato, acompañado por Federico Verteramo en guitarra, Jorge Costales en armónica y la misma sección rítmica que había tocado minutos antes con Mozzi... en definitiva el Verteramo Trío o Blues Company, como más les guste llamarlos. El joven guitarrista nacido en Pennsylvania, pero formado musicalmente en Texas, miró a la gente, luego a sus músicos, hizo un movimiento con el cuerpo y lanzó los primeros acordes de I’m a wild man, una joya del West Coast blues que William Clarke grabó con Junior Watosn en el disco Double dealin’. Esa entrada en calor fue muy intensa. Dylan hizo lo suyo y también dejó una vuelta de solos a Verteramo y Costales.

“We are gonna boogie because we are feeling alright tonight” dijo antes de arrancar con una demoledora versión de Boogie chillen. Luego presentó su fino toque texano con el clásico de Sam Myers y Anson Funderburgh My love is here to stay y después un poco de rock & roll con Rock this house. Pero como un bluesman experimentado, que sabe manejar los tiempos y los climas, sacó el pie del acelerador y desoplegó el blues más lento y profundo de la velada, As the years go passing by. Si hasta ese momento el repertorio fue variado lo que vendría después seguiría en la misma tónica. Tocó You’re so fine, de Jimmy Reed. También un shuffle sobre tomar mucha cerveza en el que entabló un lindo diálogo coral con la gente, y el Wee baby blues que interpretaron desde Nat King Cole y Big Joe Turner hasta B.B. King. Tampoco podían faltar temas de Muddy Waters, Elmore James y Buddy Guy. A ellos los homenajeó con Country boy, Got to move y I got my eyes on you.

Otras canciones que tocó sacando el viejo bluesman que lleva adentro, y en las que cedió protagonismo a Verteramo y Costales para que pudieran hacer lo suyo, fueron Sloppy drunk, You’re playing hooky y Things that I used to do. Cerró con Tore up pero no tenía muchas ganas de irse. Ni siquiera se descolgó la guitarra. Escuchó como lo aplaudían y un incipiente “Oleee olee olee” que probablemente no entendió y se despachó con un shuffle instrumental fulminante. “Una más. Dylan quiere tocar una más”, dijo Costales y el bis final fue Bad boy, de Eddie Taylor.

Este show fue parte de su primera gira internacional organizada por los muchachos de Blues Company. En sus primeros días en la Argentina, Dylan estuvo acompañado por su padre, quien viajó especialmente para ver cómo era el lugar donde se iba a alojar su hijo. No hizo falta que se quedara a presenciar este show porque el hombre ya sabe todo lo que el “nene” puede dar arriba de un escenario. Algo que nosotros aprendimos en las casi dos horas que lo vimos tocar y cantar.

lunes, 3 de julio de 2017

La mística del Hill country blues


El Hill country blues, también llamado North Mississippi blues, es un estilo regional con base en Holly Srpings, Oxford, Como y Hernando, entre otras ciudades del norte del estado. Sus máximos exponentes históricos fueron Mississippi Fred McDowell, R.L. Burnside, Junior Kimbrough, Jesse Mae Hemphill y Othar Turner. Su legado lo siguien los North Missisisppi AllStars, Kenny Brown y los descendientes de Burnside y Kimbrough, entre otros. El estilo se caracteriza por una percusión densa, riffs muy marcados y un groove hipnótico. Si bien algunos de estos músicos han tenido una buena difusión, especialmente tras la creación del sello Fat Possum, el estilo no ha impactado mucho afuera de los Estados Unidos. De hecho, son contados con los dedos de una mano los músicos de otros países que lo interpretan. El colombiano Carlos Elliot Jr. es sin dudas uno de ellos. En Paraguay, Gustavo Sánchez Haase dedica parte de su repertorio al estilo. En la Argentina, hasta hace pocos años, nadie lo tocaba... hasta que aparecieron los Alligator's Sons.

El trío oriundo de Córdoba hizo su aparición estelar en Buenos Aires en el Concurso de Bandas de Blues de 2013 con su "blues místico experimental". Esa noche sonaron bien pero estuvieron un poco contenidos, tal vez porque pagaron el precio de haber sido los primeros en salir a escena. Pasaron casi cuatro años desde aquella presentación y la banda no se detuvo. Para los Alligator's Sons el Hill country blues es mucho más que un subgénero del blues, es un estilo de vida. Hace poco salió su primer disco, Blue Possum, un álbum formidable que fue grabado en El Pantano Eléctrico Records y que sobresale por la notable calidad de sonido, la versatilidad de los músicos y la solidez de la propuesta musical.

John Morsee es el encargado de las voces, las guitarras eléctricas y las cigar box. Popito Castillo toca la armónica y el bajo, y Dow Ristorto la batería. Esa es la fórmula para que el trío suene compacto y amalgamado. Cada una de las canciones, todas en inglés, celebran lo mejor de la tradición del Hill country blues. El álbum, que tiene una estética similar a la de los North Mississippi AllStars, comienza con la poderosísima Born in the south, cargada de riffs asesinos, el sonido perseverante de la armónica y la voz encapsulada de Morsee que irrumpe con fervor. El tema resulta ser un verdadero manifiesto de la banda. Sigue con Be my guide, que tiene una introducción de guitarra que describe un paisaje solitario y polvoriento, hasta que la sección rítmica despierta con ese efecto hipnótico tan característico del estilo. You can be my woman, en cambio, es un blues bastante más crudo y visceral que las dos canciones anteriores.

Only spin vuelve a la lógica sonora de Born in the south. Morsee otra vez arremete un riff enérgico y la armónica sobrevuela el contorno rítmico de la canción. Sunny blues day tiene una introducción de guitarra que invita a pensar en el front porch de una cabaña del Mississippi hasta que el trío despliega todo su ímpetu. My devils dance around tiene una impronta más psicodélica: los solos de Morsee y Castillo se suceden como si jugarán dentro de un caleidoscopio. Lonesemoe Valley comienza con la guitarra bien distorsionada más al estilo de los White Stripes o Black Keys. En la instrumental Oda to Matt "The Devil" Johnson, Morsee muestra sus condiciones con una can box guitar con slide y la banda lo acompaña en un plano desenchufado. El disco termina con N.M.H.B, siglas que significan North Mississippi Hill blues, un estilo que estos cordobeses dominan muy bien por lo que cuesta creer que no sean de allí.