viernes, 26 de diciembre de 2014

El bluesman que esquivó a la muerte


Detrás de esa extraordinaria voz se esconde una historia dramática, de lucha y supervivencia, de pecados y redención. Georgie Bonds es uno de los secretos mejor guardados del blues contempóraneo. Este oriundo de Philadelphia, que pronto cumplirá 50 años, lleva mucho tiempo cantando sus pesares.

Su primer drama aconteció en 1976, cuando se enganchó con las drogas pesadas. El LSD, las metanfetaminas y la heroína se convirtieron en parte de su menú diario. Para costearse la adicción empezó a vender al menudeo. Hasta que lo arrestaron cuando intentó concretar una operación con dos agentes encubiertos del FBI. Pasó tres años preso en dos cárceles federales. “La prisión probablemente fue lo mejor que me pasó. Pasar mucho tiempo encerrado te da tiempo para pensar y reflexionar”, dijo en una entrevista al Philadelphia City Paper. Intramuros comenzó a trazar su nueva vida. Empezó a estudiar y a tocar la guitarra. Allí compuso sus primeras canciones, aunque todavía el blues no era parte de su vida. Cuando recuperó la libertad realizó algunos trabajos menores hasta que volvió a su primer amor, los caballos, y delineó su nuevo oficio, el de herrero. Así fue como durante 14 años, hizo herraduras, yunques y todo tipo de herrajes para montar.

El blues le llegaría en 1990. Un amigo le prestó un cassette de Robert Johnson y quedó fascinado. Su primera presentación en un escenario fue osada. Subió a cantar Stormy monday blues en un viejo club de su ciudad. Durante una de las tantas presentaciones que siguieron a ese debut captó la atención del guitarrista Sonny Rhodes, quien comenzó a apadrinarlo. En paralelo, cantaba en el coro de la Iglesia y allí se ganó el apodo de “Gatormouth” (boca de cocodrilo).

En 1994, estuvo al borde de la muerte por un mal diagnóstico médico. Los medicamentos que le recetaron para el tratamiento de una enfermedad que no tenía le causaron una necrólisis epidérmica tóxica, su cuerpo empezó a arder, así como sus sueños e ilusiones. Le tuvieron que trasplantar un riñón y luego de un extenso y delicado pudo salir adelante. Pero su vida cambió drásticamente. Ya no pudo volver a montar ni a trabajar como herrero. La música sería su destino.

Sonny Rhodes lo ayudó mucho en ese momento. Bonds formó su banda y se convirtió en el número principal de Warmdaddy's, el bar de blues número uno de Philadelphia. Allí compartió escenario con músicos de la talla de Hubert Sumlin, Koko Taylor, Melvin Taylor, Kenny Neal, Jimmie Vaughan y Carl Weathersby, entre muchos otros. Luego llegaron las giras por Europa, los festivales en su país y el reconocimiento de sus pares.


En 2000, editó de manera independiente su primer disco solista, Sometimes I wonder. Sin embargo,su obra cumbre tuvo que esperar más de una década. En 2013, grabó Stepping into time, que comenzó a comercializarse en todo los Estados Unidos este año por CD Baby. El álbum empieza con una versión a capella sensacional de St. James Infirmary, que anticipa el combo de blues y funky que desgrana con su banda, entre los que destacan los guitarristas Neil Taylor and Harry Jacobson. Todos los temas, diez covers y dos propios, son interpretados con una potencia vocal estremecedora, que es el sello de Georgie Bonds, el hombre que esquivó a la muerte para ponerle música a sus penas.


viernes, 19 de diciembre de 2014

Hombre de blues


Osvaldo Ferrer es uno de los pioneros del blues en la Argentina y, sin embargo, es prácticamente un desconocido para los bluseros locales. Su figura, siempre estuvo más emparentada con el jazz tradicional, especialmente por su rol como clarinetista de la legendaria Antigua Jazz Band, pero sus gustos musicales siempre fueron más allá. Durante los shows de la banda, Ferrer solía tener su momento personal y bien blusero, en el que se acompañaba con la guitarra y tocaba uno o dos temas. Así fue como en 1971, en el Volumen II de la Antigua, registró como solista el Black snake blues, de Blind Lemon Jefferson, tal vez la primera grabación de un blues rural en el país.

Hoy, a más de 40 años de ese acontecimiento, Ferrer reaparece en el mundillo blusero con un disco extraordinario en el que, con notable técnica vocal y una amplia formación musical, recrea viejos clásicos del género.

Acompañado por Debluvan, grupo integrado por el guitarrista Santiago “Rulo” García y el contrabajista Nicanor Suárez, Ferrer grabó nueve temas entre los que se destacan Rollin’ & tumblin’, Trouble in mind, Blues before sunrise y Aunt Hagar’s blues. En el álbum también participan como invitados el baterista Timothy Cid, de la banda de Willy Crook, y el pianista Alejandro Kalinoski. El slide de García y los arreglos de Suárez fueron las claves para que la voz de Ferrer se luzca en el marco adecuado.

“Osvaldo quería armar algo de blues por fuera de la Antigua Jazz Band. Entonces se lo propuso a Nicanor y, en 2012, éste me convocó a mí como guitarrista. Nicanor y yo habíamos tocado juntos en el quinteto de Black Amaya y a mí me interesó el proyecto. Empezamos a tocar de manera despojada, por placer, y nos maquinamos. Primero grabamos de forma casera y el resultado nos pareció muy interesante. Al final surgió la posibilidad de ir a grabar al estudio Casa Frida, en Villa Crespo, que es un lugar ideal para acústicos porque está todo revestido en madera. El técnico de grabación comparó las sesiones con las de American Recordings, que Rick Rubin realizó con Johnny Cash en sus últimos años de vida”, cuenta Rulo García, quien, como la mayoría de los bluseros argentinos contemporáneos, apenas había oído hablar de Ferrer y de su trayectoria antes de sumarse al proyecto.

El disco se llama Blues, ¡cómo podía llamarse sino!, fue editado por Fonocal y es una brillante síntesis de una pata del género no muy explorada por los músicos argentinos, que rescata a un verdadero hombre de blues.


jueves, 11 de diciembre de 2014

Siempre hay tiempo para un blues más


Recuerdo el tiempo de mi primer guitarra, la primera novia, el callejón. La esquina fue una escuela para bien o para mal. Ya lo sé, no soy el de ayer, pero siempre hay tiempo para un blues más”, canta Daniel Beiserman, el Ruso, en Siempre, el tema que da nombre al flamante disco de Memphis la Blusera. Y de eso se trata este retorno discográfico de la emblemática banda de blues porteño, de tocar un blues más por amor a la música.

El álbum comenzó a gestarse en diciembre de 2012, luego de la presentación que hizo la banda en el viejo cine Los Ángeles, tras las muertes de Adrián Otero y Emilio Villanueva, con la incorporación de Martín Luka como cantante. A partir de ese momento, Luka y el Ruso comenzaron a juntarse con regularidad y a componer canciones. Se sumó a ellos el tecladista Gustavo Villegas, histórico miembro de los primeros años, y entre los tres dieron forma a los diez temas que conforman este trabajo. El resto del grupo, el guitarrista Jorge Fiasche, el baterista Matías Pennisi y el saxofonista Giuseppe Puopolo, se ensambló a la perfección.

Además de Siempre, el Ruso canta con extraordinario registro Ni un minuto más, un blues lento y profundo, amparado por una potente sección de vientos y el tamiz rítmico del hammond de Villegas, que desembocan en un solo sutil y sentido de Fiasche. En los otros ocho temas la voz está a cargo de Luka. Poderosa y áspera, envolvente, enérgica, sobresale en la jazzeada Seducción, donde el saxo dibuja líneas provocativas, en Loco por tu amor y en Maldita realidad.


El álbum, editado por el sello Fonocal, fue grabado en el Estudio Cuzco y los músicos contaron en la producción artística con la colaboración de Fabián Signori. Entre los invitados figuran los hijos del Ruso, Darío y Diego Beiserman en coros, el trompestista Miguel Ángel Tallarita y Julián Villegas, hijo de Gustavo, en percusión, entre otros.

Siempre es un álbum distintivo, que busca recuperar el espíritu de la banda, pero que pretende hacerlo desde un nuevo lugar, sin repetirse ni copiarse. Sólo A veces dices que sí, el boogie Metamorfosis y Me voy se parecen más a las canciones del Memphis de otros años, las demás tienen su anclaje en esta nueva etapa creativa. ¡Memphis está de vuelta, señores! El gran grupo histórico de nuestro blues nunca se fue, siempre estuvo ahí esperando el momento de volver a tocar un blues más.

viernes, 5 de diciembre de 2014

Bluesterix

Fotos Edy Rodríguez
No vi puristas escandalizados. Pero seguramente los hubo, porque el Vorterix Blues Festival fue mucho más un evento de rock y a ellos no les gusta cuando se usa la palabra blues en vano. Sin embargo, si de llegar a la gente se trata, si queremos que el blues crezca, hay que celebrar que estos shows se hagan. El festival fue a sala llena y se transmitió en vivo por una de las señales más importantes de la FM. En horario central sonaron en miles de autos y hogares temas de Willie Dixon, Big Joe Williams, T-Bone Walker y B.B. King, interpretados por músicos que se animan a llevar el blues un poco más allá.

Todos los artistas que participaron, desde los más jóvenes hasta los más veteranos, se formaron escuchando y tocando blues. Y eso es a lo que rindieron tributo ayer. Támesis a su maestro Gabriel Grätzer; Daniel Raffo a los grandes guitarristas de blues; Viticus a Pappo; y La Mississippi a los pioneros del rock nacional y a una versión anterior de ellos mismos.

El festival fue organizado por Daniel Jiménez, conductor del programa Delicias de un Charlatán, y confeso amante del blues, que hizo de maestro de ceremonias y, entre un show y otro, entrevistó a los músicos que contaron sus vivencias, sus sensaciones y sus influencias.

Poco antes de las 21, subió al escenario Támesis, que cada paso que da es más largo que el anterior, y que probablemente sea la banda revelación del año. El show de los alumnos de la Escuela de Blues fue relativamente corto pero muy intenso. Interpretaron dos temas de su segundo disco, Soy igual a vos y Mensaje para vos, el inédito Consuelo para pocos y Highway 49, con Gabriel Grätzer como invitado en guitarra eléctrica y voz.

Después fue el turno de uno de los guitarristas más finos y con mayor feeling del blues local. Daniel Raffo se presentó con su Brass Band conformada por Daniel Allevato en voz, Nandu Tecla en hammond, el bajista zurdo Nacho Porqueres, Juanito Moro en batería y las Fisu Horns. El repertorio de Raffo fue el más blusero de la noche, aunque el ritmo fue más funky que lo que suele hacer con King Size. Abrió con un medley que incluyó Watermelon man y Every day I have the blues, y luego desplegó su pasión por los grandes guitarristas con Pony tail y Darling you know I love you. Apuntalado en la fuerza vocal de Allevato desplegó más funky y soul con Get off my life woman y Resurrection shuffle. Para terminar eligió Lillie Mae, un tema de Dave Bartholomew que seguramente Raffo escuchó infinidad de veces por los Roomful of Blues, en el que se animó tocar a duo el piano con Nandu y hasta hacer coros.

De la técnica sutil y exquisita de Raffo, la noche del jueves pasó a la vorágine rockera de Viticus, una fija en Vorterix. Vitico comenzó cantando La autopista y Fuera de mí. El guitarrista Gastón Videla tomó el control de la banda con su voz y su slide para una furiosa versión de Hoochie coochie man y el final fue un tributo a Pappo en continuado, a toda máquina y sin contemplaciones que incluyó Sucio y desprolijo, Sube a mi voiture y No obstante lo cual.

La depsedida tuvo a La Mississippi, con un encumbrado Ricardo Tapia, que mostró toda su experiencia y soltura tanto con los temas más nuevos de la banda como con los clásicos. Empezó con Delicias de un charlatán, la apertura del programa de Daniel Jiménez, y viajaron 20 años atrás con Un poco más, de su disco Mbugi, en el que Gustavo Ginoi punteó con mucha garra. De nuevo de vuelta lo mismo, de Amor y Paz; El titular, de Búfalo; y Mono, de Palacio de pulgas, precedieron al Blues del equipaje, para el que Tapia invitó al saxofonista Eduardo Introcaso, aunque un micrófono le jugó una mala pasada y en su solo hubo un estruendo inesperado. La banda homenajeó a Vox Dei con Ritmo de blues con armónica y a Pescado Rabioso con una visceral Post Crucifixión. Introncaso y Daniel Raffo volvieron al escenario para el gran final con dos temas insignia del blues local como Café Madrid y Un trago para ver mejor.

Fue una gran noche, con el blues a lo Vorterix, con el sonido al mango, por momentos demasiado, con mucho rock y una gran reverencia al blues por parte de los artistas convocados. Ah, y encima fue gratis. Vendrán más, seguramente, porque hay mucho talento y gente con ganas de escuchar.

lunes, 1 de diciembre de 2014

Obra cumbre


Imaginemos el contexto histórico. Año 1969, las moda musical viene imponiendo desde hace un par de años pura psicodelia. Los músicos de blues que durante la década del 50 escribieron una de las mejores páginas del género no encuentran la veta comercial. Chess Records obliga a Muddy Waters y Howlin’ Wolf a lanzar discos con el sonido del momento, que los dos popes de Chicago graban a regañadientes. El productor Bob Thiele lanza el sello Flying Dutchman/BluesTime y contrata a tres músicos de primer nivel: Big Joe Turner, T-Bone Walker y Otis Spann. Para darle un impulso mayor a su compañía decide grabar a los tres juntos respaldados por una banda de notables músicos. El resultado fue Super Black Blues, un álbum de apenas cuatro temas que tuvo cierta repercusión en su momento pero que después fue escondido por el paso del tiempo. Ahora, a 45 años de su grabación, esta obra cumbre regresa en formato digital.

Thiele no era ningún improvisado. Al frente de Impulse Records dejó que John Coltrane tocará sin límites y además grabó más de 100 discos con la crema de la crema del jazz: Charles Mingus, Oliver Nelson, Archie Shepp, Earl Hines, Johnny Hodges, Coleman Hawkins, Quincy Jones y Count Basie, entre otros. A comienzos de los 60, Thiele creó otra subsidiaria de ABC, BluesWay, con la que trabajó con músicos de blues como B.B. King, Eddie “Cleanhead” Vinson, Turner y T-Bone.

Tal vez inspirado en la célebre Blues Jam de Chicago, de la que participaron músicos locales como Willie Dixon, Buddy Guy y Spann junto a los miembros de Fleetwood Mac, Thiele buscó darle a este álbum la misma impronta. El resultado fue una exquisita zapada en la que Turner, Spann y T-Bone combinan sus voces, dejan sus egos de lado y vuelcan todo sus blues en casi 45 minutos de música.

La banda que los respalda es una verdadera selección: George “Harmonica” Smith, un armoniquista muy versátil que tenía una técnica muy novedosa con la cromática; Ernie Watts, saxofonista que tocó junto a Cannonball Adderley, Stanley Clarke y Charlie Haden, entre tantos otros maestros del jazz; Paul Humphrey, baterista que participó en sesiones de Wes Montgomery, Mingus, Lee Konitz, y Gene Ammons; el bajista Ron Brown y el guitarrista Arthur Wright.

Super black blues tiene un nombre que entusiasma a los puristas, pero es un regalo para todos los amantes del blues. Un disco para escuchar relajado y revivir a estos tres grandes maestros de la historia.

sábado, 29 de noviembre de 2014

Dos grandes

Fotos Tío Tom
Guillermo Blanco Alvarado y el Tano Rosso hace ocho años que dedican gran parte de su tiempo libre a la difusión del blues en su programa radial No tan Distintos, que se emite todos los sábados a la tarde por FM Flores. El programa lo hacen por amor a la música, con mucha pasión y sin ningún tipo de fin comercial. Por ese pequeño estudio han pasado prácticamente todos los músicos de blues argentinos y algunos internacionales también. El que no fue, no ha sido porque no lo invitaron sino porque no pudo o no quiso. El programa de Guille y el Tano tiene las puertas abiertas a todos y es una buena vidriera para los que quieren difundir su material o tocar un rato en vivo.

El viernes a la noche, Guille y el Tano tuvieron su justa reivindicación en Mr. Jones. Si bien el evento se promocionó como un festival, fue más bien un homenaje para estos dos grandes amigos por parte de un puñado de músicos y de Rogelio, que puso su local a disposición. La noche comenzó con el fugaz paso de Marcos Lenn que interpretó con su guitarra acústica Come back baby y You’ll be mine. Luego subió al escenario Goyo Delta Blues, que desplegó su número que reúne versiones de Son House, Charley Patton y Robert Johnson, entre otros grandes maestros del blues rural.

La noche siguió con la sólida y contundente aparición de Diego Czainik, cuyo repertorio se alejó un poco del material que grabó en su excelente disco Cherry red, para hacer rodar un combo de rock & roll clásico, country y blues. Acompañado por Fernando Couto en guitarra, Hernán Fridman en bajo y Fernando Zof en batería cantó una decena de temas con mucha garra y sudor. Promediando el show, invitó Gisueppe Puopolo, quien tocó el saxo en Shake, rattle and roll y Steamroller blues. La sorpresa de la noche fue la fabulosa –y muy personal- versión de To love somebody.

Poco después de la medianoche, tras la presentación que hizo Guillermo, empezó el set de la NTD Blues Band, formada para la ocasión por colaboradores del programa como el Ciego Goffman en voz, Ricky Muñoz y Roberto Porzio en guitarras, Adrián Jiménez en armónica, Carlos Bada en bajo y Rodrigo Benbassat en batería. Con ellos, naturalmente, la noche se volcó al blues más tradicional con canciones como The sun is shinin’ y The blues is alright, aunque con algún que otro tema cantado en español. La lista de invitados incluyó a Giuseppe, Natalia Ciel y un picantísimo Rubén “King” Alfano, que puso sus punteos al servicio de How many more years, de Howlin’ Wolf, ya con Porzio al bajo y Bada en guitarra.

Cuando ya todo terminaba, una mujer pidió que Alfano cantara una canción. “Si me lo pide una dama…” Entonces el ex Memphis fue hasta el centro del escenario y por un instante se adueñó de la noche con El boogie de la valija. Al final hubo aplausos y más agradecimientos para Guille y el Tano, no sólo por todo lo que hacen por el blues local, sino porque son dos grandes de verdad..

lunes, 24 de noviembre de 2014

En el pináculo del rock

Neil Young – Storytone. A pocos meses de haber lanzado el disco de covers que registró de manera precaria en una vieja cabina de grabación en los estudios de Jack White en Nashville, Neil Young sorprende ahora con un álbum doble exquisito. Los dos discos tienen los mismos temas: en uno son versiones en solitario en las que se acompaña con piano, guitarra, ukele o armónica; mientras que en el otro se rodea de la ampulosidad de una orquesta que le da aires de crooner. En líneas generales, el álbum podría considerarse una cruza entre Harvest (1972) y This note’s for you (1988), porque balancea ciertas melodías campestres con temas más bluseados. El medio ambiente, las rutas y el redescubrimiento del amor, justo ahora que se separó de Pegi, su mujer por más de 35 años, son algunos de los temas que impulsa en sus canciones. Neil Young expresa su sentimiento por el viejo blues en Say hello to Chicago, resoplando su armónica en el disco uno, y amparado por la potencia de los caños y la guitarra punzante de Wady Watchel en el dos. Tal vez en algún momento los arreglos orquestales son un poco pastosos y en Tumbleweed, el viejo Young suena como Judy Garland en Over the rainbow. Pero enseguida baja a los márgenes del blues con su armónica en Like you used to do. En el álbum, que fue producido por él y Niko Bolas, participaron más de un centenar de músicos, entre los que destacan, además de Watchel, el percusionista Lenny Castro y el bajista de los Rolling Stones Darryl Jones. En definitiva, lo importante es que Neil Young sigue canalizando su vida y sus emociones a través de la música y no le podemos pedir más. Eso es más que suficiente para nosotros, que solo tenemos que sentarnos a escuchar.

Tom Petty & The Heartbreakers – Hynotic eye. Este álbum, así como el anterior –Mojo,2010- reorientaron la carrera de Tom Petty. Se puede decir que son como un regreso a las fuentes, a un sonido más rockero, con fuertes dosis de blues, en el que las canciones no apuntan tanto a la búsqueda del hit y que, casi como nunca antes, suenan inconfundiblemente a él. Es probable que el retorno fugaz de Mudcrutch, su banda de comienzos de los 70 con la que lanzó un disco en 2008 haya jugado un rol importante en esa búsqueda permanente de los artistas de ubicarse en tiempo y espacio. Hypnotic eye tiene un sonido medular que resulta prácticamente imposible no darse cuenta, desde los primeros acordes de cada uno de los temas, que el intérprete es Tom Petty. Tal vez la única –y sensible- diferencia con Mojo y el disco de Mudcutch es cierta aproximación a la psicodelia, aunque sin abusar de ella. Algún desprevenido también podría pensar que este es un viejo disco de Petty, de la época de Damn the torpedoes (1979), pero no. Lo que difiere de aquellas canciones con estas es la cosmovisión del músico. Por entonces tenía veintipico y ahora con 64 las cosas se ven desde un prisma muy diferente. Cada uno de los temas tiene varias capas para desmenuzar pero siempre en el fondo está la firma conjunta de Petty y su fiel compañero de ruta Mike Campbell. American dream plan B, Fault lines, Red river y Power drunk son algunas de las canciones que nos marcan el pulso de Petty, así como en Forgotten man los primeros acordes abiertos nos traen a la mente su clásico American girl. Pero también hay versiones distintivas como U get me high, con un riff tímidamemte stone o Burnt out town en el que se sumerge en el fango del boogie-blues. Un disco cinco estrellas.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Noche de armónicas

Foto Walter Galeazzi

Jerry Portnoy demostró una vez más que tocar bien la armónica no es soplar y hacer botellas. El tipo domina una amplia gama de matices y variantes. Es muy climático y exigente con la banda que lo acompaña. Eso fue lo que hizo el sábado a la noche, más bien la madrugada del domingo, en la segunda fecha del Buenos Aires Blues Festival. El repertorio fue muy parecido al que realizó en su visita anterior, en mayo de 2012, y los músicos argentinos que lo acompañaron fueron los mismos. La única diferencia esta vez fue el guitarrista y cantante Ricky “King” Russell, que vino en lugar de Josh Fulero, y demostró ser un entertainer de primer nivel.

El show del legendario armoniquista de Muddy Waters comenzó a la 1.40 cuando King Russell, Mariano D’Andrea, Walter Galeazzi y Gabriel Cabiaglia le dieron le bienvenida con el shuffle de Freddie King, Side tracked. Portnoy pisó el escenario casi como un calco de la vez anterior. Un personaje con un aura de la década del 50, pasos lentos, mirada inquisitiva. Tomó una de sus armónicas de una pequeña valija de cuero que tenia junto a la batería y con el micrófono amplificó los primeros acordes de Blues in a dream, tras un brutal y efectivo corte de la banda. Acto seguido, emuló el sonido del tren y King Russell comenzó a cantar Mistery train. El repertorio siguió con Charge it, el único tema que cantó Portnoy, con una voz profunda y cavernosa. Russell, en cambio, con un tono más souleado brilló en Cold, cold feeling. Hubo un instante instrumental con Off the wall, clásico de de Little Walter que también grabó James Cotton.

La banda lo seguía a Portnoy al pie de la letra, en realidad a Russell que fue el nexo entre el viejo maestro y los músicos argentinos. “Ahora vamos a tocar una de Muddy Waters”, anunció Portnoy antes de zambullirse en She moves me. “Muchos de mis amigos se han muerto, pero siempre los mantengo vivos tocando sus canciones”, dijo antes de interpretar Walking by myself, de Jimmy Rogers, y Kidney stew, de Eddie “Cleanhead” Vinson. El momento jazzeado de la noche vino de la mano de Misty, de Errol Garner. Y para el final invitó a Nicolás Smoljan y Natacha Seara para desbordar el escenario de armónicas en Got my mojo working. Eran las 2.40 y el público pedía una más. En La Trastienda no son para nada flexibles ni amables con eso de salirse de su libreto, pero esta vez le concedieron una última canción a Portnoy que cerró con la imponente Dust my broom.

Seara y Smoljan ya habían dado lo suyo antes de Portnoy como artistas exclusivos de Hohner, la marca de armónicas que auspició la segunda fecha del festival. La rubia estuvo acompañada por Pehuién Innocenti en teclados, Rano Sarbach en guitarra, Rafa Franceschelli en bajo y el ex baterista de Pappo, Ricardo “Griego” Alonso, más el aporte en voz de Javier “Ciego” Goffman. El repertorio fue variado e incluyó las exquisites This ain’t what they used to be, Percolation, My babe didn’t come y Just your fool. Rompió el molde con su aproximación latina de Cerezo Rosa, que solía interpretar el Trío Los Panchos e invitó al guitarrista Alambre González para unos solos ácidos en Texas, tema de Edgar Winter.

Foto Walter Galeazzi
Nicolás Smoljan apareció después con su clásica formación, los Shakednacers, integrada por Matías Cipilliano en guitarra, Tavo Doreste en piano, Mariano D’andrea en bajo y Pato Raffo en batería, esta vez con el refuerzo en segunda guitarra del neuquino Rafo Grin. Como siempre, sonaron precisos y con mucho swing. La banda viene regulando un poco el blues de Chicago con al sonido del West Coast. En la media hora que entretuvieron al público tocaron Little girl, de Little Walter; Once 3 AM, un tema propio para el que utilizó una armónica cromática; Take little walk with me, de Robert Lockwood Jr., Thats all I Need, de Magic Sam; y el cierre con Tomorrow night, de B.B. King.

Fue otra gran noche blusera, que contó también con el sonido cuidado y justo de Daniel De Vita. Lurrie Bell fue más visceral y frenético; Portnoy fue más cool y reflexivo. Pero en definitiva, ambas formas representan apenas dos de las tantas variantes que puede ofrecer el blues.

sábado, 15 de noviembre de 2014

Lurrie recargado

Foto Ramiro Colombatti

Los argentinos tenemos un raro privilegio: somos testigos de la evolución musical del futuro rey del blues. Lurrie Bell todavía no ostenta esa corona porque B.B. King y Buddy Guy están vivos y, sobre todo el segundo, siguen en actividad. Pero a diferencia de ellos, Lurrie no tiene armado un show for export, ni creo que pretenda armarlo, sino que más bien da recitales espontáneos y viscerales cargados de la esencia misma del blues. Por cuarto año consecutivo, el hijo del gran Carey Bell descolló con su guitarra en el escenario de La Trastienda, esta vez acompañado por Nasta Súper y como figura principal de la primera jornada del Buenos Aires Blues Festival.

La fiesta blusera comenzó anoche poco antes de las 12 con la presentación de Ximena Monzón y su banda. La cantante y armoniquista lleva más de un año al frente de este proyecto, que incluye a algunos músicos de Vieja Estación, con el que se propone recrear a los grandes maestros de la armónica. Así fue como en media hora repasó temas de Slim Harpo y Walter Horton, principalmente. Su set incluyó Walter’s boogie, The sun is shining, Scratch my back, Rainin’ in my heart y Need my babe. Ella se mostró más suelta y dueña del escenario y los guitarristas Federico Verteramo y Santiago Espósito adornaron sus canciones con solos apasionados y bien trabajados. La rítmica, a cargo de Mauro Bonamico y Germán Pedraza, sonó contundente. En líneas generales, la banda lució un muy buen ensamble y se destacó el arreglo del último tema en el cual hicieron un loop brillante para terminar.

Foto Mariano Cardozo
Luego apareció GinTonics, otro grupo formado en 2013, y descargó su combo de blues y soul apuntalado en la extraordinaria voz de Andrea Díaz. Arrancaron con un pequeño inconveniente ajeno a ellos: un cable le jugó una mala pasada al teclado de Anahí Fabiani y la dejó afuera de la primera canción, Blues woman, que puso a prueba a la guitarrista María Heer, quien se adueñó de la rítmica y los solos con notable presencia. En el segundo tema, con la banda a pleno, vino lo mejor. Una fabulosa versión de Same old blues, en la que la cantante deslumbró con una voz cargada de dulzura, melancolía y profundidad. En Anytime, de Robert Cray, sobresalió el sonido del hammond de Fabiani entrelanzando notas con la Strato de María Heer. El quinteto, que se completa con la bajista Florencia Rodríguez y el baterista Rodrigo Benbassat, cerró con una de sus composiciones en español, Me ilusioné, que será editada en el próximo álbum de Blues en Movimiento.

Foto CBR Producciones
Y entonces subieron al escenario Los Pepas, ganadores del Tercer Concurso de Bandas de Blues. Una docena de músicos, con una impronta festiva, y la fuerza que aportan los caños, deleitaron a su gente, que los acompañó con muchas ganas y haciéndose notar. Tocaron Hay fiesta y Chicas, wiskhy, rock and roll & boogie, como era de esperarse, pero también bajaron los decibeles para un blues lento junto al Turco Daniel Yaría, que los acompañó en guitarra en Someday after a while.

Foto Ramiro Colombatti
A la una de la mañana, Nasta Súper comenzó con los primeros acordes de Everything gonna be all right. El productor Mariano Cardozo presentó a Lurrie y éste entró con su Gibson 335 y se sumó con unos punteos vibrantes a dedo limpio. Se lo vio de buen humor y recargado. Con cada solo movió las fibras más íntimas de cada uno de los testigos de su magia. Lurre tiene cosas de Albert y B.B. King matizadas con su propio estilo y el sonido de Chicago. Eso lo dejó bien en claro con su interpretación abrasiva de Have you ever loved a woman. Fue tan vehemente que cortó una cuerda y siguió adelante antes de darle lugar a sus laderos, Rafael Nasta y Walter Galeazzi para que también mostraran lo que tenían para dar.

Lurrie cambió la guitarra por una Strato y, mientras el baterista Gabriel Cabiaglia y el bajista Mauro Ceriello lo miraban de reojo esperando la próxima indicación, desató los primeros acordes de Sadie. Toda la banda sonó muy sólida y lo siguió con mucha firmeza y gran ritmo. Lurrie se despachó con Last night antes del bis, para el que invitó a escena a Mauro Diana en bajo, Roberto Porzio en guitarra y Ximena Monzón para soplar su armónica en Messin’ with the kid. Fueron apenas cinco temas en una hora, todos muy efusivos y demoledores, fiel a su estilo, ese que heredó y no va a abandonar jamás.

lunes, 10 de noviembre de 2014

Blues, soul y Billy Boy


Billy Boy Arnold es uno de los bluseros de la vieja guardia que todavía gira y graba. Con 79 años recién cumplidos acaba de sacar un nuevo disco con mucho soul y bien urbano, muy distinto a su trabajo anterior, de 2012, en el que homenajeó, con formato acústico, al legendario Big Bill Broonzy. The blues soul of Billy Boy Arnold fue editado por el sello Stony Plain y producido por Duke Robillard, quien aporta todo su talento y diferentes matices desde su guitarra. Pero además el disco se ve reforzado por los caños de Roomful of Blues, Bruce Bears en piano, Brad Hallen en bajo y Mark Texeira en batería.

Robillard logró darle un sonido más actual a uno de los músicos más tradicionales de Chicago, que a su vez no resigna su clásico estilo vocal y el sonido expeditivo de su armónica. Algunos de los temas fueron compuestos por Arnold, como por ejemplo Dance for me baby, una de las más crudas interpretaciones de todo el repertorio, y Keep on rubbing, en la que sopla su armónica con tanta soltura que el pequeño instrumento parece un chicle. Entre las más souleadas se encuentran Coal man, que derrocha puro estilo Memphis en cada uno de sus acordes; 99 Lbs., escrita por Donald Bryant; y Don’t set me free, inspirada en la brillante interpretación de Ray Charles.

Otras gemas del disco son Worried dream, de B.B. King, que empieza con Arnold cantando con mucho sentimiento y la guitarra de Robillard que lo acompaña lanzando agujas bluseras hasta que se acopla toda la banda con una fuerza descomunal. También es notable como encara St. James Infirmary, con exquisitos arreglos jazzeros en los que su armónica se retroalimenta con la potencia de la sección de vientos. Arnold también demuestra que puede rockear como en los 50 cuando aborda Nadine, de Chuck Berry.

Billy Boy Arnold y Duke Robillard conformaron una excelente sociedad que quedó plasmada en cada una de las 14 canciones y para el guitarrista no quedan dudas: “Su talento como compositor, cantante, armoniquista e historiador todavía tiene mucho swing, y en este disco él demuestra su aptitud y amor por las muchas facetas del blues”.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Sangre latina, alma de blues

Fotos Guillermo Martínez
Sus pies desnudos recorren el escenario. Lo palpan, lo sienten con intensidad. Los dedos de su mano izquierda se deslizan sobre las cuerdas de su guitarra Graal. Ese contacto orgánico, directo, se traslada al público que percibe al artista completamente involucrado con su música. Así se presenta Gabriel Delta en vivo tras 12 años de ausencia en suelo porteño. Es el reencuentro con su gente, con su casa, con su pasado. Su sangre latina hierve y su alma de blues se sincera.

Domingo por la noche. Afuera llueve y parece que no va a parar nunca. En el Samsung Studio, en el corazón de San Telmo, unas 70 personas esperan que se corra el telón. Los tickets vendidos duplican esa cantidad, pero la tormenta deja a muchos en sus casas. Pero el show debe continuar y el primero en aparecer en escena es el periodista Claudio Kleiman, un amigo del guitarrista radicado en Italia. Lo presenta con emoción y sus palabras dan paso a la música. Gabriel Delta y su banda, formada para la ocasión, comienzan con Back to mother earth, uno de los temas de su último disco, Brothers.

Gabriel Cabiaglia, un viejo alumno del Conejo Trombetta, hermano de Gabriel Delta, se encarga de la batería; Fabián Prado, ex tecladista de Memphis, aporta su swing con el piano y el hammond; Luis Castillo marca el ritmo y los tiempos con el bajo; y Rubén Bloise, ex percusionista de La Bersuit Vergarabat, le da el toque latino al sonido de la banda. El quinto elemento de la formación que respalda a Gabriel Delta es el italiano Paolo Baltaro, coproductor y bajista en el álbum Brothers, que aquí se encarga de la segunda guitarra.

Entre tema y tema, Gabriel Delta dice algunas palabras en un español dañado por tantos años de exilio. “El próximo tema quiero dedicárselo a todos los músicos de blues que, pese las dificultades, siguen tocando en todos lados”. Sandra Vázquez aparece en escena con su armónica y sopla los primeros acordes de Blues everywhere. Todo sigue con mucho ritmo. Gabriel Delta alterna entre temas de su último disco –The painter, Skyless angels, Happiness- y algunos covers como Goin’ down, de Freddie King, la tradicional Queen bee, y Walking blues, de Robert Johnson, para la que se queda solo arriba del escenario con su guitarra y su slide. La sangre latina brota en un instrumental muy apasionado y con Al son del corazón, tema que incluyó en su disco Live, de 2009. También se da el gusto de comparit unos solos con Kleiman en No more time on you y para el bis se despide con Time for goodbye.

El reloj marca que pasaron dos horas desde el comienzo del recital. Gabriel Delta sigue descalzo aunque ya está abajo del escenario. Con la misma pasión que tocó su guitarra y cantó sus blues saluda a todos los que se le acercan para darle un abrazo o felicitarlo. Una persona le dice que la pasó bárbaro y que se divirtió mucho. Él responde: “Eso es lo mejor que me podías decir”.

lunes, 27 de octubre de 2014

La magia de Sean Costello


La muerte de Sean Costello en 2008 fue un mazazo para el mundo del blues. No tanto por lo que el guitarrista había dado hasta entonces, que fue mucho en poco tiempo, sino por todo lo que tenía para dar. Ahora, la fundación que lleva su nombre (*) acaba de lanzar este álbum con fines solidarios que incluye material inédito en el queda de manifiesto todo el talento de uno de los guitarristas más notables de esta generación.

In the magic shop fue producido por Steve Rosenthal, que ganó varios premios Grammy trabajando con artistas como David Bowie, Coldplay y Norah Jones. Aquí se propuso, y lo logró, resaltar toda la magia interpretativa de Costello, tanto desde su formidable aplomo para el canto, como su destreza con las seis cuerdas. Las canciones fueron grabadas en ese estudio neoyorquino en 2005 y Costello estuvo acompañado por Paul Linden en teclados, Melvin Zachary en bajo y Ray Hangen en batería.

La calidad del sonido es excelente y todos los temas tienen ese feeling de haber sido tocados en vivo. La mayoría de las composiciones son suyas, aunque hay un par de covers como el clásico Fool’s Paradise y una sorprendente versión de You wear it well, de Rod Stewart. En las letras y en los solos se percibe un sabor agridulce y el caos emocional en el que estaba inmerso.

A más de seis años de su muerte, este álbum, que bien podría considerarse el sexto de su carrera, exhibe todo el blues y el soul que este maravilloso guitarrista llevaba en el alma.

(*) Sean Costello murió el 15 de abril de 2008 en Atlanta, Georgia, un día antes de cumplir 29 años. La autopsia reveló que la causa de su deceso fue una sobredosis. Poco después su familia confirmó que el músico era bipolar y creó la Sean Costello Memorial Fund for Bipolar Research.

sábado, 25 de octubre de 2014

El mundo de Jack


"El mundo de la música será más pobre sin él, pero vivirá en sus canciones y por siempre en nuestros corazones". Así, de manera escueta y sentida, se expresó la familia de Jack Burce, quien murió hoy a los 71 años en su casa de Suffolk, Inglaterra, como consecuencia de una larga enfermedad en el hígado.

Bruce fue el primer bajista con un rol absolutamente protagónico en una banda de rock. Entre 1966 y 1968 fue el 33,3% de Cream, uno de los grupos más trascendentes de esa década, que marcó una clara evolución en la música popular y tuvo una notable influencia sobre el blues rock argentino. Bruce no sólo llevaba el ritmo, sino que cantaba, tocaba la armónica y teclados. Muchos de los temas más destacados del trío fueron compuestos por él: I feel free, N.S.U, White room, Politician, We're going wrong y Sunshine of your love, que escribió junto a Eric Clapton. Pero además de haber revolucionado el rock con esa fusión de bues y psicodelia, que también impactó directamente sobre el estilo de Jimi Hendrix, Bruce fue un cultor del blues más tradicional. Con Cream interpretó a Robert Johnson (Crossroads y Four until late), Skip James (I’m so glad) Willie Dixon (Spoonful) y Muddy Waters (Rollin’ & tumblin’). Antes de que Cream fuera una realidad, integró dos de las bandas fundacionales del blues británico: Alexis Korner's Blues Incorporated y John Mayall Bluesbreakers, donde conoció a Clapton.

Lo que vino después de Cream para Bruce estuvo siempre relacionado con la innovación. Tanto en su carrera solista, como en los distintos proyectos que integró, coqueteó con distintos ritmos y estilos como el jazz, el folk y el rock progresivo. Toda esa mixtura sonora la fue exhibiendo en las diferentes grabaciones que realizó en a fines de los 60 y durante los 70 con su banda Jack Bruce & Friends (con Mitch Mitchell y Larry Coryell); con Lifetime (acompañado por Tony Williams, John McLaughlin y Larry Young); con el trío West, Bruce & Lanig (junto a Leslie West y Corky Laing); con B.L.T (Robin Trower en guitarra); o en el disco Apostrophe, de Frank Zappa.

Su carrera nunca se detuvo, pese a que sufrió varios problemas de salud. En las décadas siguientes volvió a grabar con Trower y también lo hizo con Gary Moore, Vernon Reid, Dr. John, Albert Collins. Phil Manzarena, John Medeski y Nicky Hopkins, entre muchos otros, lo que demuestra que su amplitud musical siguió en expansión con el paso del tiempo. Uno de los acontecimientos más fabulosos que vivió fue un viaje al pasado. El reencuentro de Cream ocurrió en mayo de 2005, con apenas un par de shows en el Royal Albert Hall de Londres y en el Madison Square Garden de Nueva York. La banda dejó un disco doble, suficiente para hacer historia una vez más.

Hace justo dos años, el jueves 25 de octubre de 2012, se presentó con su banda en el Teatro Gran Rex. Su visita no tuvo la repercusión esperada y su show fue dispar: a él se lo notó con la voz golpeada, el sonido resultó bastante malo y la banda no estuvo a la altura de su leyenda. Así y todo, la gente quedó contenta y, como escribí en aquél momento, el escocés prometió volver, algo que no se concretará en forma física, desde ya, pero si con su música que lo erige en inmortal.

sábado, 18 de octubre de 2014

Un poco más de blues


Un disco en vivo de Gary Clark Jr. no puede fallar. Es sabido que arriba del escenario el tipo es un fenómeno. Así lo demostró en el Teatro Vorterix en abril de 2013. Tiene una técnica voraz con la guitarra y realmente canta muy bien, aunque a priori eso quede en segundo plano por sus punteos y riffs híper intensos. Sin embargo, desde su deslumbrante EP The Bright Lights de 2011, parece haberse estancado en su faceta de compositor. En Black and blu jugó sobre la base de los temas del EP y en el resto de las canciones no logró dar una forma definida a esa fusión de blues y R&B que tanto anticipó. El año pasado, iTunes editó una presentación suya en directo bastante consistente. Tal vez por eso Warner decidió lanzar de manera oficial este disco doble en vivo para mantener al músico en la cresta de la ola y darle un poco más de tiempo con sus nuevas composiciones.

Con todo, Live tiene un sonido extraordinario y Clark se arrima bastante más al blues. Comienza con una hendrixiana interpretación de Catfish blues y el resto del repertorio se nutre de las canciones que viene tocando desde Bright lights: la feroz Numb empieza con un solo de slide visceral y deriva en un blues distorsionado y bien denso; la melodiosa Things are changin´, en la que muestra su lado más soulero; y la rockeada Travis County, en línea directa con lo que solía hacer el viejo Chuck Berry. El blues más tradicional, donde menos usa los pedales y la palanca, aparece con Three O’Clock blues, de B.B. King. En If trouble was Money, de Albert Collins, mete bastante más furia como para anticipar el cover de Jimi Hendrix que le sigue: Third stone from the sun.

Párrafo aparte merece la poderosa Bright lights, que la banda –King Zapata, Johnny Bradley, Johnny Radelat- ya ejecuta casi por inercia con un temple formidable.

La sorpresa mayor está al final. Acompañándose solo por su guitarra, interpreta el clásico inoxidable de Leroy Carr, When the sun goes down. Ese momento, que dura casi seis minutos, y en el que además mete un solo de armónica muy sentido, Clark impone su blues, despojado del frenesí eléctrico. Es cierto que todavía tiene mucho para dar. Su futuro es un océano enorme. Sería interesante que logre imponer sus condiciones artísticas y que no deje que los ejecutivos de una multinacional delineen su carrera. De ser así, tendremos al gran bluesman de la próxima generación.

sábado, 11 de octubre de 2014

La mística sureña


La historia de Muscle Shoals merecía ser contada. En ese pequeño poblado, ubicado sobre una porción de tierra fangosa, a orillas del río Tennessee, en el corazón del estado de Alabama, se escribieron algunas de las páginas más intensas y creativas de la historia del rock. Todos los protagonistas coinciden en que ese lugar tiene una influencia mística sobre la música. Los nativos americanos llamaban Singing River (Río Cantante) al Tennesse, y tal vez esa sea una explicación de por qué allí los artistas se libraban de sus ataduras a la hora de componer y grabar. Pero también fue la tozudez y el oído quirúrgico de Rick Hall, quien logró que en ese punto remoto de los Estados Unidos, rodeado de plantaciones de algodón, surgieran algunas de las máximas gemas del soul y el rock and roll.

Rick Hall
Hall venía de una familia de apareceros y desde joven sufrió los golpes de la vida. Primero fue la muerte de un hermano, luego el abandono de su madre y más tarde el fallecimiento de su primera esposa en un accidente de autos. El alcohol y la desesperación lo tuvieron al borde de la ruina pero logró salir adelante con la música como salvación. En un viejo depósito de tabaco abandonado, Hall montó su pequeño estudio de grabación en 1960, al que llamó FAME. Al primer artista que convocó fue a Arthur Alexander, quien trabajaba como botones en un hotel. Alexander grabó lo que pronto se convertiría en un éxito, You better move on, que poco después fue versionado del otro lado del Atlántico por unos jóvenes Rolling Stones.

Como los músicos que grabaron con Alexander partieron hacia Nashville, tentados por jugosos contratos, Hall decidió entonces armar otra banda estable y para eso reclutó a los pocos músicos disponibles de los alrededores. Así fue como Barry Beckett (teclados), Roger Hawkins (batería), David Hood (bajo) y Jimmy Johnson (guitarra) dieron origen a The Swampers, la sección rítmica que definió el sonido de Muscle Shoals. Ellos eran todos músicos de rock and roll pero con un groove sobrenatural que los llevaba a tocar con un ritmo funky casi por inercia. Por FAME también pasaron músicos y compositores más jóvenes, como Spooner Oldham, Dan Penn y Donnie Fritts, entre otros. El siguiente éxito de Rick Hall y compañía fue When a man loves a woman, de Percy Sledge. Eso generó un efecto dominó. El gurú de los productores musicales Jerry Wexler quedó fascinado con ese sencillo y poco después fue lanzado por Atlantic Records.

Wilson Pickett y Duane Allman
Muscle Shoals logró sobrevivir a la violencia racial de la época. Pese a estar en el estado más segregacionista del sur de los Estados Unidos, adentro del estudio FAME no había distinción de colores. Es así que Wilson Pickett, quien llegó de la mano de Wexler, grabó algunos de sus mejores discos respaldado por todos músicos blancos y Aretha Franklin se encontró a sí misma con el álbum I never loved a man the way I love you. Incluso, el máximo hit de Aretha, Respect, que se volvió un himno en la lucha de los negros que pugnaban por sus derechos civiles, si bien fue grabado en Nueva York, los músicos que participaron fueron los Swampers.

Para entonces, 1968, FAME y Muscle Shoals ya tenían un aura mística que invitaba a las estrellas a grabar. Siguió Etta James, luego Clarence Carter y hasta fue la incubadora del southern rock. Por allí pasó Duane Allman antes de la formación de los Allman Brothers, quien grabó con Wilson Pickett una notable versión de Hey Jude, de los Beatles, además de participar en otras sesiones.

The Swampers
Pero en 1969 se desató “la guerra”, cuando Wexler, que hacía un tiempo se había peleado con Hall, se llevó a los Swampers y creó un nuevo estudio al otro lado del pueblo, en el 3614 de Jackson Highway. Allí fue donde desembarcaron los Rolling Stones un año más tarde y grabaron tres canciones –Wild horses, Brown sugar y You gotta move- que aparecieron luego en el álbum Sticky fingers.

Desde entonces, esos dos pequeños estudios registraron a buena parte de las estrellas del rock, desde Bob Dylan, Rod Stewart y Boz Scaggs, hasta Paul Simon, Bob Seger y The Black Keys. Allí también fue el lugar donde Lynyrd Skinyrd grabó Free bird.

Toda esa historia es relatada de manera brillante en el documental Muscle Shoals, dirigido por Greg 'Freddy' Camalier, que cuenta con testimonios de Mick Jagger, Keith Richards, Bono, Gregg Allman, Aretha Franklin, Percy Sledge y, por supuesto, Rick Hall, Jerry Wexler y todos los Swampers. Un film imperdible para conocer en profundidad uno de los grandes hitos de la música contemporánea.


lunes, 6 de octubre de 2014

El núcleo del blues


Cisco Herzhaft va directamente al núcleo del blues. Con su guitarra bucea en las profundidades de una música que se remonta a comienzos del siglo XX. Y lo hace con un notable respeto por la tradición. Así lo demostró en su visita a Buenos Aires, en febrero del año pasado cuando se presentó en La Trastienda en el marco del El 4º Festival de Blues de Verano. Y así lo ratifica en su nuevo álbum.

Este francés de 67 años, nacido en Le Bouscat, cerca de Bordeaux, tuvo un temprano interés por el blues. Pero fue un encuentro con John Lee Hooker, a fines de los 60, que lo marcó a fuego: primero lo vio en vivo y después lo acompañó en segunda guitarra durante una gira por su país. En los 80, tuvo una etapa folk, hasta que a comienzos de los 90 formó un dúo con Bernard Brimeur, con quien editó varios discos, y ya no tendría vuelta atrás con el blues.

En sus álbumes solistas previos a éste -Ghost Cities (2002), Cisco’s cooking (2008) y The Cisco System (2010)- mostró de manera contundente cuál es su perfil musical y qué es lo que busca. Ahora, vuelve a apostar por el sonido tradicional, aunque tamizado con su particular estilo vocal. Con la guitarra utiliza el slide y el fingerpicking y la mayoría de los temas los compuso él.

El disco comienza con la excelente Dance the boogie for me, con ese ritmo hipnótico tan característico de John Lee Hooker que él reproduce magníficamente. Sin dudas lo mejor y más polémico del álbum es su composición Bentonia, Mississippi, inspirada en el lugar que dio origen a grandes músicos al blues como Skip James, Jack Owens y Jimmy “Duck” Holmes, pero aquí la incursión rapeada por el MC francés Rockin’ Squat le da todo un toque distintivo y audaz. Terry “Harmonica” Bean, uno de los músicos más auténticos del country blues en actividad, suma su sonido profundo en tres temas: The e-dying man, Hospital blues y el clásico CC Rider. En You won’t get nobody, Herzhaft se acompaña por una banda integrada por Guy Bélanger en armónica, su viejo compañero Bernard Brimeur en contrabajo y Patrick Cosseti en batería. La rítmica se vuelve a sumar a él en On the route to 66, donde descolla con el slide haciendo gala de su pasión por la escuela del Delta.

Good hand es un excelente álbum, en el que el francés encara con convicción los distintos estilos surgidos del Mississippi. Una verdadera clase abierta que no se puede desperdiciar.