miércoles, 15 de abril de 2026

Blackberry Smoke desató una noche ardiente de rock sureño en Palermo


Desde el primer acorde de Good One Comin’ On, Blackberry Smoke dejó en claro que su debut en Buenos Aires no sería uno más dentro de la gira Rattle, Ramble and Roll Tour. Sin pausas, el quinteto encadenó Six Ways to Sunday y Payback’s a Bitch, marcando el pulso de una noche intensa en Groove, en Palermo, con un público encendido y un sonido tan potente como nítido, sostenido por el clásico empuje de amplificadores Marshall.

El repertorio recorrió buena parte de su discografía, con momentos destacados en Rock and Roll Again, Let It Burn, Pretty Little Lie, Waiting for the Thunder y Sure Was Good, tema que el propio Charlie Starr presentó con una frase que resonó como declaración de principios: “Estamos celebrando nuestros 25 años de carrera, es la primera vez que venimos y ya es nuestro mejor show de la gira”. La respuesta del público confirmó la conexión inmediata entre banda y audiencia.

Uno de los puntos más celebrados llegó con Sleeping Dog, que incluyó un guiño al clásico Come Together de The Beatles, en un interludio que reforzó el nexo constante del grupo con la tradición del rock. Esa misma lógica atravesó todo el show: tres guitarras afiladas, sin excesos ni largas improvisaciones, al servicio de canciones que se imponen por melodía, arreglos y una marcada raíz blusera.

El tramo final elevó aún más la temperatura. One Horse Town abrió una seguidilla contundente que continuó con la balada Ain’t Got the Blues y desembocó en Run Away From It All, donde el pogo frente al escenario selló uno de los momentos más intensos de la noche. Para los bises, Starr reapareció con la camiseta de la Selección argentina y lideró una potente versión de But You Did, de ZZ Top, antes de cerrar con Ain’t Much Left of Me, que incluyó referencias a Willin’ y Don’t Bogart That Joint, en sintonía con el espíritu de Waiting for Columbus de Little Feat, además de un pasaje con When the Levee Breaks de Led Zeppelin.

Con una formación sólida —Starr en voz y guitarra, Paul Jackson en guitarra, Richard Turner en bajo y Brandon Still en teclados— reforzada por Benji Shanks y el baterista Kent Aberle, incorporado tras la muerte de Brit Turner en 2024, Blackberry Smoke volcó el espíritu musical de Georgia y ofreció una actuación sin fisuras. Lejos de artificios, la banda apostó a la contundencia de su propuesta y a una identidad que, si bien remite a referentes como Lynyrd Skynyrd o The Allman Brothers Band, se afirma con voz propia.

El resultado fue un show que creció en intensidad hasta volverse arrollador, confirmando que el rock sureño, en manos de Blackberry Smoke, sigue siendo una experiencia vibrante, auténtica y profundamente conmovedora.

miércoles, 1 de abril de 2026

AC/DC en River: una maquinaria implacable que no da señales de despedida

Foto prensa DF.
En una noche espesa, con una humedad bochornosa que se adhería al cuerpo, y la luna llena recortando el cielo sobre un Monumental repleto, AC/DC volvió a hacer lo suyo sin desvíos ni sorpresas: tocar rock & roll, fuerte y directo. Más de 70 mil personas asistieron a un show que no necesitó novedades para impactar, y donde la la magia de Angus Young convirtió cada tema en algo tangible, casi físico.

El repertorio no cambió respecto de las dos fechas anteriores, aunque hubo un detalle que marcó el pulso emocional de la noche: el público le cantó varias veces el feliz cumpleaños a Angus, que celebró sus 71 arriba del escenario. Antes del show, circularon rumores sobre una posible aparición de Axl Rose. No pasó nada. Puro ruido de redes.

Todo el concierto orbitó alrededor del histórico guitarrista. No solo por lo que toca, sino por cómo ocupa el espacio. Se mueve sin pausa, estira los solos, recorre la pasarela como si el escenario fuera una extensión natural de su cuerpo. Su figura sostiene el show y lo empuja hacia adelante, sin dar respiro. No hay nostalgia en su performance, sino una energía concreta, presente, que organiza todo lo demás.

La banda responde con una solidez que no admite fisuras. Las guitarras encajan con precisión, la base rítmica empuja sin desbordarse y cada riff es como una clase de historia del rock. Brian Johnson sostiene su lugar con una voz áspera, exigida, casi al límite, que por momentos pierde claridad pero nunca actitud. A su lado, Stevie Young, Chris Chaney y el baterista Matt Laug hacen lo suyo sin estridencias: sostener la estructura para que todo avance con peso propio.

El set recorrió los clásicos casi sin omisiones: Back in Black, Hells Bells, Highway to Hell, Shoot to Thrill, Dirty Deeds Done Dirt Cheap, High Voltage y You Shook Me All Night Long. Fueron 21 temas en poco más de dos horas. Johnson solo se permitió una salida del guion para decir: “Ustedes son el mejor público del mundo y lo saben”.

Thunderstruck fue uno de los momentos más intensos. El campo se desarmó en un pogo masivo, de esos en los que la lógica individual desaparece. Lo que pasa ahí adentro ya no se controla: se atraviesa.

En el tramo final, cuando parecía que todo estaba dicho, la banda estiró el cierre media hora más. Una poderosa Whole Lotta Rosie abrió la puerta a Let There Be Rock y a un solo largo de Angus, que durante unos 15 minutos sostuvo al estadio entero en un mismo pulso.

Los bises llegaron con T.N.T. y For Those About to Rock (We Salute You), un cierre épico acompañados por fuegos artificiales que marcaron el final del tercer y último show de su tercera visita a la Argentina (ya habían estado en 1996 y 2009). No hubo despedidas grandilocuentes ni señales de continuidad. El final quedó abierto.

Más allá de lo musical, el contexto dejó en evidencia una tensión creciente en los grandes espectáculos. La expansión del campo VIP redefine la experiencia: diluye su carácter exclusivo para quienes pagan la entrada más cara, al tiempo que relega al público general a un espacio cada vez más distante de los protagonistas. Aunque en los dos últimos shows se intentó una corrección parcial adelantando la valla, la lógica comercial parece imponerse sobre aquella idea original del rock como experiencia horizontal.

AC/DC reafirmó su vigencia no desde la innovación, sino desde la fidelidad a una identidad inquebrantable. Es una maquinaria aceitada que, décadas después, sigue funcionando a máxima potencia. Sin adornos, sin guiños de más. Solo volumen, ritmo y una idea clara de lo que tienen que hacer.