lunes, 30 de abril de 2012

A change is gonna come

En pleno apogeo de la lucha por los derechos civiles en los Estados Unidos, Sam Cooke escribió una canción que se volvió un emblema de la época y una síntesis de lo que la música representó para esa gran masa de la población negra que buscaba terminar con la segregación racial que todavía se imponía en estados del sur como Mississippi y Alabama. A principios de la década del sesenta, la mayoría de las canciones que se cantaban en las marchas eran temas góspel o algunas composiciones de músicos folk como Pete Seeger, Bob Dylan o Phil Ochs. En 1963, Cooke y sus músicos fueron arrestados en Shreveport, Louisiana, porque intentaron registrarse en un motel para blancos. Ese incidente, sumado a la muerte de su pequeño hijo, lo llevaron a componer esta gran canción, que además estuvo inspirada en Blowin’ in the wind.

Marcha por los derechos civiles
Pero Sam Cooke apenas llegó a ver como su canción se convertía en un himno. A change… fue editada en 1964 por el sello RCA Victor como lado de B de Shake. En febrero de 1964 se presentó en vivo en The Tonight Show, célebre programa de la televisión estadounidense, pero su aparición mediática quedó completamente eclipsada por el desembarco, dos días después, de los Beatles en el programa de Ed Sullivan. El 11 de diciembre de 1964, Cooke fue asesinado por la conserje de un motel de Los Angeles, en un hecho que todavía hoy sigue siendo poco claro. El crimen golpeó muy fuerte en la comunidad negra y le dio un impulso notable al tema.

La letra de A change… cuenta parte de sus orígenes en Clarksdale, que podía ser como la historia de la mayoría de los negros del sur, y tenía un mensaje esperanzador: “I was born by the river in a little tent / And just like that river I've been running ever since / It's been a long time coming / But I know a change is gonna come, oh yes it will”.

Otis Redding
Luego de su muerte, muchos artistas soul comenzaron a tocar en vivo y grabar sus canciones. Uno de ellos fue Otis Redding. Otis llevó A change is gonna come a una nueva dimensión. Su fortaleza vocal le dio un poder inmaculado a las estrofas y versos de la canción. “Oh yes it will” entonado por Otis era realmente una declamación. Pero no fue el único cover. De hecho, debe ser una de las canciones más versionadas de los últimos 40 años. Al Green, los Allman Brothers, Tina Turner, Aretha Franklin y los Fugees fueron sólo algunos de los que se animaron grabarla. A change… además es precursora de otros temas que se sumarían a la larga lista de canciones comprometidas con la causa de los derechos civiles como What’s going on, de Marvin Gaye.

En la votación de las mejores 500 canciones de la historia, los lectores de la revista Rolling Stone la eligieron número 12. Y para la National Public Radio (NPR) es el tercer tema más influyente de la década del 60. Más allá de estos rankings, A change… es una hermosa canción que hoy, a punto de cumplir 50 años, está más vigente que nunca.


viernes, 27 de abril de 2012

Bob Dylan hizo estremecer al Gran Rex

Con una puntualidad sorprendente, a las 21.30 se apagaron las luces y, entre los gritos y aplausos del público, comenzaron a sonar los acordes de un blues. Era la guitarra de Charlie Sexton, que reemplazó a las fanfarrias de shows anteriores. Segundos después pisó el escenario Bob Dylan y comenzó a rugir las estrofas de Leopard-skin pill-box hat. Me tocó verlo por cuarta vez en la vida, aunque esta vez fue muy especial. El Teatro Gran Rex es un lugar mucho más adecuado para el viejo Bob que los grandes estadios.

Anoche vimos a un viejo bluesman haciendo covers de Bob Dylan. Hace rato que ya no toca las canciones como a la gente le gustaría, sino que las toca como tiene ganas. Su voz está más áspera que nunca, sus solos de guitarra son siempre rústicos, su armónica suena chillona y en el teclado le gusta jugar con intervenciones simples. Es un Bob Dylan fiel a sí mismo: hosco, impredecible, inmutable.

Cuando apareció en escena, lo hizo detrás de los teclados, el lugar en el que ahora parece sentirse más cómodo. Pero para el segundo tema -It ain’t me, babe- cambió por la guitarra eléctrica. Luego tomó la armónica y se paró frente al micrófono como si fuera un crooner auténtico para cantar una versión retraída de Things have changed, muy distinta a la que le hizo ganar el Oscar en 2001, por la banda de sonido de la película Wonder Boys. Algo similar hizo con Tangled up in blue, una vez más soplando con ganas su armónica Hohner. Después encaró algunas canciones de sus últimos discos, en los que el blues es protagonista exclusivo: Beyond here lies nothing, de Together through life; Trying to get to Heaven, de Time out of mind; Highwater (For Charlie Patton), de Love and theft; Spirit on the water y The levee's gonna break, ambas de Modern Times.

Y el viejo Dylan también siguió aullando sus viejos temas: una versión cancina de A hard rain's a-gonna fall precedió a una Highway 61 revisted mucho más bluseada que la original, en la que se animó a un duelo entre su teclado y la guitarra punzante de Charlie Sexton. Pero el viaje en el tiempo lo cortó enseguida con Love sick, otra de su Time out of mind, el álbum que produjo con Daniel Lanois en 1997. Enseguida arremetió con Thunder on the mountain, también de su aclamado Modern Times.

En todo momento la banda sonó de manera extraordinaria y eso que Dylan parece a veces intentar desorientarlos. A Sexton se suman Stu Kimbal en guitarra rítmica; Tony Garnier en bajo y contrabajo; George Receli en batería; y Donnie Herron, una pieza clave de la formación, en guitarra, violín, mandolina, pedal steel, teclados y cuanto instrumento más sea necesario. Todos ellos vinieron en 2008 cuando Dylan se presentó en el estadio de Vélez.

El cierre trajo una nueva mirada a su música del sesenta. En Ballad of a thin man, tal vez la versión más fiel a la original, incorporó un efecto de eco en la voz alucinante. Siguió con una Like a rolling stone que todos querían cantar pero que casi nadie pudo. Antes de All along the watchtower, el viejo bluesman pronunció las únicas palabras de toda la noche. De manera escueta presentó a sus músicos. No se molestó siquiera en decir gracias. ¿Para qué? Si ese no es su estilo. La banda saludó al público y abandonó el escenario. Tardaron menos de un minuto en volver. El bis fue una versión casi irreconocible de Blowin’ in the wind.

Este fue el primero de los cuatro shows porteños, luego viajará a Santiago de Chile, Costa Rica, México, y así seguirá con su Never Ending Tour. El viejo bluesman itinerante, el de los rugidos feroces, ese que hace lo que quiere y no lo que le piden. Genuino y único. El hombre, el mito, está más vivo que nunca y sigue haciendo estremecer.

miércoles, 25 de abril de 2012

Down south

Salí bien temprano de Little Rock y tomé la carretera que va a Memphis, pero al cabo de varios kilómetros me desvié hacia el sur para llegar a Helena, una pequeña ciudad que está a orillas del Mississippi, pero del lado de Arkansas. Helena tiene una larga tradición blusera. Allí, en la década del 40, Sonny Boy Williamson condujo el programa de radio King Biscuit Time, de enorme trascendencia para el desarrollo del género. Llegué al mediodía y parecía un pueblo fantasma. No había ni un alma en las calles. Fui hasta el Museo del Delta pero estaba cerrado. Saqué unas fotos a unos murales y contemplé el río hasta que el viento me obligó a volver al auto para seguir con mi viaje. Tardé 40 minutos en llegar a Clarksdale. Fui derecho al cruce de las rutas 61 y 49 para almorzar en Abe´s Bar B Q. Pero no pedí un sándwich de cerdo con barbacoa con una Budweiser como lo haría cualquier blusero. Lo mio fue lo más light posible: ensalada de pollo con salsa ranch y una Coca Diet. Es que todavía tenía un largo viaje por delante y no quería llenarme demasiado.

La cabaña de Mississippi John Hurt
La ruta 82 me llevó hacia el sudeste. Pasé por Greenwood y crucé el río Yazoo. En ese mismo instante abandoné la región del Delta. Tardé como una hora en llegar al poblado de Avalon, en el condado de Carroll. Y tardé como una hora más en hallar la cabaña en la que vivió el legendario Mississippi John Hurt. Aunque parezca mentira, en ese páramo alejado, sus habitantes no sabían bien donde estaba la cabaña, en la que funciona un pequeño museo.El GPS tampoco me sirvió demasiado allí. Después de meterme en caminos de pedregullo y levantar polvo a lo loco la encontré. Claro que no había nadie, pero me gustó llegar hasta ahí. Me senté en el pasto y mientras la miraba pensé en cómo hizo Tom Hoskins para encontrarla en 1963 y así llevar a Hurt al Festival de Newport. Hurt es uno de los bluesmen más interesantes que yo haya escuchado; su estilo es notablemente diferente y más melódico que el de sus contemporáneos.

Blue Front Cafe, Bentonia
De Avalon me fui a Bentonia, el pueblo en el que nacieron Skip James y Jack Owens. Las únicas referencias que hay de ellos son unos carteles que los recuerdan. Pero está el jukejoint más antiguo y famoso del Mississippi, el Blue Front Café, propiedad de Jimmy "Duck" Holmes. Pero, para completar mi día de suerte, también estaba cerrado. Un dato importante si llegan a hacer este viaje es que tienen que evitar llegar a estos lugares los domingos. Seguí rumbo al sur, por rutas en las que más que nada se ven camiones como los de BJ y casas rodantes, y se me hizo de noche al llegar a Jackson, la capital de estado. Me alojé en un Travelodge, comí algo rápido y me fui a acostar temprano.

Summit Street, McComb
Al día siguiente, antes de irme de Jackson, di unas vueltas por el Downtown para ver el Capitolio y el City Hall. Luego tomé la autopista 55 hacia al sur. Primero paré en Hazlehurst, donde nació Robert Johnson. Lo único que lo recuerda es un cartel de los Mississippi blues trails que está en la estación de trenes. La ruta me llevó luego hasta McComb, la cuna de Bo Diddley. Me di una vuelta por Summit Street, que durante gran parte de la primera mitad del siglo pasado, en plena segregación racial, fue una calle central en la vida de los negros. Hoy, es apenas una arteria que une una parte de la ciudad, en la que se ve más pobreza que otra cosa.

Lil Red & Big Bad
Por la tarde llegué a Nueva Orleans. Me alojé en un Motel 6 y me fui al Barrio Francés. Compré unos cd’s en una disquería que está frente a House of Blues y luego empecé a caminar en busca de música en vivo. Para ser lunes había bastante movimiento. En la esquina de Decatur y Esplanade, en un bar llamado BMC, escuché que estaban tocando blues y entré. La cantante era una colorada movediza que se hacía llamar Lil Red, acompañada por el trío Big Bad. Me sorprendió el repertorio en el que interpretaron tres temas de Magic Sam. Cuando terminé mi copa de vino me fui. Caminé dos cuadras hacia el lado de Frenchmen Street y me metí en The Three Muses, un bar muy cool en el que me tomé una copa de zinfandel californiano con una pizzeta muy gourmet mientras escuchaba al cuarteto de jazz del trompetista Mario Abney.

Fue el final de un viaje sensacional: :recorrí 2500 kilómetros, atravesé cuatro estados, conocí trece ciudades y pueblos y, por sobre todas las cosas, escuché toda la música que pude. Y eso, al fin y al cabo, es lo más importante de todo.

lunes, 23 de abril de 2012

¡Tom Petty Live!

(Foto Brian Chilson / Arkansas Times)
Hay instantes que son mágicos y cuesta encontrar las palabras para describirlos. Tal vez para algunos sea difícil entender que un momento así le puede ocurrir a alguien sentado en una butaca de un enorme estadio cubierto, a miles de kilómetros de su casa y rodeado de gente extraña. Pero la música tiene ese poder. En este caso, los responsables de esa magia fueron Tom Petty y los Heartbreakers. Asistí a un concierto memorable, a tal punto que cuando cantó Free fallin’ me encontré llorando de la emoción como pocas veces me pasó. En total tocó 19 canciones con una energía y una onda impresionantes.

Viajé desde Memphis hasta Little Rock, en Arkansas, especialmente para ver ese show. Llegué al Verizon Arena, un estadio cubierto inmenso donde se disputan partidos de básquet y de hockey sobre hielo, bien temprano. La gente apenas empezaba a copar el lugar. Me dediqué a observar durante un buen rato. En EE.UU. hay que tener más de 21 años para poder beber alcohol. En la mayoría de los bares a los jóvenes les piden sus ID (documentos) para dejarlos entrar. Pero aquí vi algo realmente insólito: le pedían ID a todo el mundo. Vi a tipos canosos de más de 60 años, probablemente con hijos mayores de 21, mostrando sus cédulas para que les pusieran la cinta amarilla que los acreditaba como bebedores. En fin… una vez adentro del estadio, en el hall, comenzó la vorágine. Colas eternas para comprar cerveza, frozen margaritas, pretzels, hamburguesas, pochoclo y nachos. Comieron y bebieron hasta reventar, antes y durante el recital.

A las 19.30 pisó el escenario Regina Spektor. Abrió con una versión a capella de Ain’t no cover y luego se sentó al piano para interpretar media docena de temas más. Su música es melodiosa y ella tiene una voz muy dulce. Yo conocía una solo canción de ella y fue la que hizo al final: Fidelity. Fue un buen comienzo.

A las 21 en punto se apagaron todas las luces y el estadio explotó en un grito profundo. Tom Petty y los Heartbreakers pisaban Arkansas por primera vez. Una versión rockeada de Listen to her heart, su single de 1978, fue el tema elegido para empezar. Luego siguió con You wreck me, editado en 1994 en el álbum Wildflowers. Entonces fue cuando tocó el primero de sus súper éxitos, I won’t back down, acompañado por el coro de las 14.000 personas que fueron a verlo.

“Es una noche especial y me gustaría llevarlos atrás en el tiempo”, fueron sus palabras antes de empezar con Here comes my girl, de su disco Damn the Torpedoes, de 1979. “Esta va dedicada a los Travelin’ Wilburys, por dónde sea que estén viajando ahora”, anunció cuando tocaba los primeros acordes de la hermosa Handle with care, en la que el multiinstrumentista Scott Thurston entonaba la parte que correspondía a Roy Orbison. Después dio paso al blues, primero con Takin’ my time, de su último disco Mojo y luego con un cover de Bo Diddley: I’m a man. Thurston sacó unas notas profundas de su armónica y Mike Campbell hizo unos solos demenciales.

“Hoy estamos teniendo algo grande aquí”, dijo para ganarse una nueva ovación, a la que respondió con Something big, de Hard promises (1981). Para cerrar la primera mitad del show eligió la increíble Free fallin’, una de las canciones más hermosas de la historia del rock. El show siguió con Spike, Melinda, Learning to fly y Yer so bad. Sobre el final hizo dos temas más de Mojo, I should have known it y Good enough. Cuando empezó a tocar el clásico Refugee, de Damn the Torpedoes, miré el reloj y ya había pasado más de una hora y media. El final era inexorable, pero tocó una más antes de dejar el escenario: una gran versión de Runnin’ down a dream, de Full moon fever, de 1989.

Pasaron cuatro o cinco minutos en los que el ruido del público fue ensordecedor. Y los Heartbreakers volvieron a escena. Primero con Mary Jane’s last dance y luego con American girl. Me tocó ver grandes shows en el último tiempo –Allman Brothers, Joe Bonamassa, Tony Joe White, Eric Burdon, Eric Clapton, John Fogerty- y todos me dejaron una huella que el tiempo no borrará. Lo mismo me pasó esta vez con Tom Petty. Su show atravesó mis huesos y me llegó hasta la médula.





sábado, 21 de abril de 2012

Memphis

Lo primero que hice cuando llegué a Memphis fue buscar un lugar para alojarme y después ir a conocer la casa en la que vivió –y está enterrado- Elvis Presley. El hotel que conseguí, de la cadena Super 8, es todo lo contrario a Graceland. Sordidez contra lujo, pero al menos es barato y el homeless que duerme en uno de los halls es amigable. Graceland es la mansión más cool del mundo y, según dicen, es el sitio turístico más visitado de los EE.UU., más que el Empire State, la Casa Blanca y Disney World. Cuando hacía la cola en la boletería vi que la entrada costaba la friolera de 32 dólares y se me ocurrió sacar, como el ancho de espadas en una partida de truco, mi credencial de periodista. ¡Alabado sea Elvis! Me dieron el ok y entré gratis.

Elvis graveyard
 ¿Qué les puedo decir de la casa? Es increíble. El living, las salas, la cocina, todo. Algunas partes están conservadas como en los 60 y otras mantienen la redecoración que el Rey hizo en los 70. Al único lugar que no se puede subir es a su habitación, porque dicen que él era muy reservado con eso y así quieren que siga siendo. Después me di una vuelta por el museo de sus autos y motos: Rolls Royce, Mercedes Benz, Cadillacs. Todo alucinante. Terminé la visita subiendo a su avión privado –al que nombró como su hija, Lisa Marie- y a su jet para viajes más cortos. Elvis fue un músico revolucionario y un millonario excéntrico que se convirtió en un ícono del siglo XX.

Rum Boogie Cafe
Por la noche fui a Beale St., la mítica calle también llamada The Home of the Blues. Aquí se escribió una parte importante de la historia del género. Desde las composiciones de W.C. Handy en la década del 20 –una estatua lo recuerda en el parque que lleva su nombre- hasta las grandes actuaciones de músicos como Albert King, B.B. King y Rufus Thomas en los 50 que fueron dándole notoriedad a esta calle. Si bien tiene una extensión de casi dos kilómetros toda la movida está condensada en apenas dos cuadras, donde hay un bar al lado de otro y los sonidos chocan entre sí. Primero entré al Rum Boogie Café. Allí tocaba James Govan & The Blues Boogie Band. El repertorio fue variadito: Hi heel snickers, (Sittin’on) The dock of the bay, Every day I have the blues y Shake rattle and roll. Si bien no sonaban mal, me parecieron demasiado armados para el turismo. Yo buscaba algo más caliente. Salí de allí y entré al juke joint de al lado, Mr. Handy Music Hall, donde Patrick Dodd Trio presentaba su último disco, Future blues. La onda era totalmente diferente. Como dice el nombre de su álbum, blues más actual y bien rockeado. Estuve un rato escuchándolos y cuando terminé mi cerveza me fui.

Vince Johnson & The Plantation All Stars
La noche me llevó al parque Handy. En un pequeño escenario al aire libre tocaba sus blues más crudos y densos Sonny Mack, quien cerró su presentación con una versión áspera y sorprendente de Cold shot. Después me fui a comer un jambalaya a un barcito para darle un colchón a tanta cerveza. Encandilado por el neón, terminé la noche en el Tap Room con Vince Johnson and The Plantation All Stars. El tipo canta con voz rasposa y toca la armónica. Tiene una sección de caños muy buena y uno de los bajistas con más onda del planeta. Hicieron una versión tremenda de Hoochie Coochie man, algunas canciones soul y un par de temas de Hendrix, Hey Joe y Voodoo Chlie. Fue un show altamente inflamable.

Stax Museum
El viernes me levanté después de las 9 y por eso me perdí el desayuno del motel. Con el estómago vacío me fui a Soulville. Allí, en la esquina de McLemore Av. y College St. está Stax Records, hoy devenido en museo. Pasé la mañana leyendo y escuchando la historia de ese sello fundador del soul de Memphis, por el que pasaron artistas como Otis Redding, Rufus Thomas, Albert King, Booker T and The Mg’s, Little Milton y Sam and Dave. Es muy interesante su historia: en menos de una década pasó de la nada a todo y de todo a nada. En el museo, entre otras cosas, está el Oscar que ganó Isaac Hayes por la banda de sonido de la película Shaft. De allí me fui a almorzar a un bolichito de la avenida Madison y luego a comprar unos cd’s.

Sun Records
Por la tarde recorrí las calles y pude ver como la recesión está afectando a la ciudad. Muchos comercios cerrados y una creciente marginalidad. Luego fui al lugar donde nació el rock and roll. Sun Records no es un museo. Es una visita guiada al mismísimo estudio en el que Jackie Brenston y Ike Turner grabaron Rocket 88 y en el que Elvis Presley hizo su versión de That’s all right, de Arthur “Big Boy” Cudrup. El estudio está exactamente igual que en la década del 50. Los pisos y los paneles de sonido son los originales. Es realmente impresionante escuchar allí mismo, y a todo volumen, las cintas originales que grabaron Howlin’ Wolf, Johnny Cash, Jerry Lee Lewis y Roy Orbison. Ese lugar fue el punto de confluencia entre el blues del sur y el country del centro de los Estados Unidos que derivó en lo que ya todos sabemos. Y casi todo eso se lo debemos a Sam Phillips.

Stunning Cunning Band
A eso de las 18 se largó a llover y bajó mucho la temperatura. Un par de horas después encaré hacia Beale Street. Había muy poca gente en la calle y yo opté por ir a escuchar a una banda de rockabilly. Stunning Cunning Band tocaba en el Blues City. Me pedí una cerveza tirada con unas costillas de cerdo con salsa barbacoa y escuché como se despachaban con clásicos de los 50. Me parecieron muy buenos. Después me encontré con Ignacio Pozo, un asturiano que conocí en Clarksdale y que está haciendo una gira parecida a la mía y fuimos al Tap Room, pero la banda que estaba tocando no nos gustó mucho. Los Ghost Town Blues sonaban muy fuerte y no tenían variaciones. Así que al cabo de un rato decidimos irnos. La noche en Memphis había llegado a su fin.

jueves, 19 de abril de 2012

Clarksdale


Ya puedo cantar “I went to the crossroads, fell down on my knees”, aunque en mi caso no pacté con el Diablo, como Robert Johnson. El mítico cruce de las highways 49 y 61, en Clarksdale, ya hace mucho tiempo que no es una encrucijada de caminos polvorientos como solía serlo en la década del 30. Hoy hay un local de venta de muebles, un restaurante, una estación de servicio y algunos otros comercios. En el centro hay una plazoleta con un monumento: unas guitarras cruzadas con los carteles de ambas rutas. Algunos sostienen que el verdadero punto está a unos diez kilómetros, donde la 49 se cruza con la 1, pero este es el lugar que convoca a los visitantes. Así empecé el día en lo que podría denominarse "el corazón del blues" Por aquí pasaron todos: desde Muddy Waters y John Lee Hooker, hasta Robert Nighthawk y Sonny Boy Williamson. Caminar sus calles es como agarrar la historia del blues con la mano.

El porche del hotel
Me levanté muy temprano, tal vez por la ansiedad de salir a recorrer, y desayuné rápido un café con un bagel y cereales. Después de estar en el crossroads fui al Riverside Hotel, el lugar que más bluesmen alojó en el mundo. Durante los años de la segregación racial, ese hotel fue el único en el que los músicos negros podían pasar la noche. En una de sus habitaciones, en 1937, murió Bessie Smith. Había sufrido graves heridas en un accidente automovilístico en la ruta 61 y en tres hospitales se negaron a atenderla porque era negra (aunque esa versión de la historia sostenida por John Hammond y Alan Lomax es refutada por Ted Gioia en su libro Blues - La música del Delta del Mississippi, quien afirma que ella murió en una ambulancia). Entonces la llevaron al hotel -que en ese momento funcionaba como un precario centro de salud para afroamericanos- donde se desangró hasta morir. El conserje actual, un personaje apodado Rat, no me dejó entrar a ver las habitaciones porque, según me explicó, estaban todas ocupadas. ¡Sí, hasta en la que murió Bessie Smith había un huésped!.

Hopson Plantation
Luego fui al Rock ‘n’ Roll & Blues Heritage Museum, un lugar muy acogedor que pertenece a un coleccionista holandés. La cantidad de discos, posters y souvenirs que tiene el tipo es impresionante: desde vinilos de Blind Blake y Fred McDowell hasta una guitarra de Super Chikan. De allí me fui caminando al Delta Blues Museum. A diferencia del anterior es mucho más grande y tiene de todo: guitarras Stella, como la que usaba Charley Patton y otros bluesmen rurales; prendas de vestir de músicos como Little Milton, Otis Rush o Ike Turner; un teclado de Otis Spann; armónicas de Charlie Musselwhite; y cientos de fotos. Salí de allí y me fui a almorzar una ensalada al paso. Me di una vuelta por el New World, un barrio que en la década del 20 fue muy próspero y musicalmente la meca, pero hoy es una zona humilde con sus edificaciones en muy mal estado. Pasé por la barbería de Wade Walton, un músico notable que pasó toda su vida en Clarksdale atendiendo en su local, y luego me subí al coche y fui por la Plantación de algodón Hopson, muy ligada al blues. Cuando en 1944 reemplazaron la mano de obra por las máquinas cambiaron el curso de la historia de la música. Ese fue uno de los factores determinantes para que miles de afroamericanos decidieran emigrar hacia el norte en busca de un mejor porvenir.

Ole Miss

Blues trail
El día estaba soleado y me dieron ganas de volver a la ruta. Puse un cd de Henry Gray, programé el GPS y me fui hacia el este. Mi destino: Oxford, donde está la Universidad de Mississippi. Tardé una hora en llegar. Allí me encontré con una hermosa ciudad. Estudiantes por todos lados, las calles muy limpias, el centro impecable. Durante los 60, la universidad fue un lugar clave en la lucha por los derechos civiles de los negros.Hoy tiene uno de los archivos de blues más importantes de los Estados Unidos. La ciudad de Oxford también fue el epicentro del denominado North Mississippi blues, que tuvo como principales referentes a dos guitarristas nacidos en Holly Springs, Junior Kimbrough y R.L. Burnside, que grabaron varios discos para el sello local Fat Possum.

Back in Clarksdale

Phillip Carter en Ground Zero Blues Club
La noche fue rara. Primero fui al Ground Zero Blues Club, que pertenece al actor Morgan Freeman y al productor Howard Stovall. El lugar está buenísimo, es un galpón amplio y muy bien ambientado. Tocaba Phillip Carter and the Blues Underground, una banda de dos flacos y dos chicas, que si bien no sonaban mal todavía están bastante tiernitos. Hicieron más que nada covers como Before you accuse me y I’ll play the blues for you. Los escuché durante un rato mientras me comía un sandwich de cerdo con salsa barbacoa con una cerveza. Después salí en busca de algo más autóctono. Fui a Red’s, un juke joint de los de antes, pero estaba cerrado. Mala suerte. La otra opción que me quedaba era el Bluesberry Café. Cuando entré me encontré con un tal Walt Busby que, acompañado por su guitarra acústica, cantaba temas propios muy alejados del blues y algún cover como Don’t let me down y People are strange. El público, unas diez o doce personas, eran todos lugareños. Reconocí entre ellos a Watermelon Slim y eso me dio un poco de esperanza de que subiera al escenario. Pero todo se disipó enseguida, ya que el tipo estaba bastante borracho y era obvio que no iba a tocar. En un momento se puso una galera y se fue. “Termino mi cerveza y me rajo”, pensé. En eso se subió al escenario un loco que no alcancé a entender su nombre. “Vamos a tocar unos blues con Walt”, dijo. En cuanto terminó de pronunciar esas palabras quedó expuesto que estaba más ebrio que Slim. Empezó a cantar y sonaba tan mal que apuré el último sorbo de mi Miller y me esfumé. Me subí al coche, puse un disco Big T Williams y me fui escuchando blues por las calles de Clarksdale a mi manera.

miércoles, 18 de abril de 2012

Mississippi Delta Blues

Pat Thomas
Dejé Nueva Orleans el lunes al mediodía. Poco antes de llegar a Baton Rouge se largó una lluvia tan intensa que tuve que reducir la velocidad a unos 20 km. No se veía nada. El ruido del agua golpeaba sobre el coche con una fuerza sobrenatural. Eso habrá durado una media hora y cuando salí del estado de Louisiana seguía lloviendo pero de manera más razonable.

Vicksburg
Atravesé Natchez y tomé la legendaria Highway 61. Tenía pensado llegar un poco más al norte, pero se hizo de noche cuando estaba por Vicksburg, la ciudad en la que nació el padrino del blues, Willie Dixon, y decidí pasar la noche allí. El martes me desperté temprano y seguía lloviendo. Di unas vueltas por la ciudad, contemplé como la lluvia se desparramaba por las aguas amarronadas del río Mississippi, y luego me di una vuelta por la calle en la que nació Dixon. Su casa ya no está y lo único que lo recuerda es un cartel.

Rolling Fork
De nuevo sobre la 61, me dirigí hacia el norte y 40 minutos después llegué a Rolling Fork, el pueblo en el que nació otro pope del blues, Muddy Waters. Allí hay una réplica de la precaria cabaña en la que nació hace ya 100 años. Me quedé mirándola un rato largo. Muddy Waters significa mucho para los que amamos esta música. En el porche había una planta de algodón y arranqué un pedazo que me llevé como souvenir.

Pat Thomas en la tumba de su padre
Seguí la ruta hacia el norte y llegué a Leland. Allí fui a ver los blues trails dedicados a Johnny Winter y la histórica esquina de 10 y 61 y luego al museo del blues. Cuando entré me quedé absorto. El hijo de James “Son” Thomas, Pat, estaba tocando la guitarra. El parecido con su padre es notable y tiene una onda sensacional. Lo escuché tocar algunos temas y le pedí que me guiara hasta la tumba de su viejo, donde figura la célebre frase: “Give me beefsteak when I’m hungry, whiskey when I’m dry, pretty women when I’m living, heaven when I die”. Durante el trayecto de ida y vuelta, Pat me habló sobre su familia y sobre Leland. Me costó un poco entender su inglés cerrado, pero me gustó escuchar sus historias y su forma de expresarse. Lo dejé frente al museo. Nos dimos un abrazo y me fui a almorzar. Comí un wrap de pollo en un coffe shop y seguí mi camino.

Cementerio de Holly Ridge
De allí me fui a Holly Ridge, un pequeño poblado en el corazón del Delta, donde vivió sus últimos años de vida el “fundador” del blues, el gran Charley Patton (1891-1934). Fui hasta el cementerio para ver su lápida, pero había tanto barro y garuaba que me fue imposible encontrarla. Intenté hasta donde pude y me conformé con llegar hasta la de otro bluesman, Asie Payton (1937-1997).

Lucille
La ruta me llevó hasta la ciudad de Indianola, el lugar de nacimiento de Albert King y el “hogar” de B.B.King, donde funciona un museo dedicado a su vida y a su obra. Si hasta ese momento todo lo que había visto era rústico y bucólico, el museo es todo lo contrario. Cobran una entrada de 10 dólares y es un lugar moderno con videos interactivos y fotos que cuentan la historia de B.B., del blues y de Mississippi. La verdad es que está muy bien puesto. Lo pueden disfrutar los amantes del género y los que no conocen mucho pueden aprender un montón.

Cementerio Little Zion, Greenwood
Mi último destino del día era Greenwood, a unos 40 kilómetros de Indianola. Llegué poco después de las seis de la tarde. Di un par de vueltas por la ciudad y me sorprendió lo hermosa que es, especialmente la calle Fulton, con sus imponentes mansiones. Esa misma calle se convierte en Money Road -bendito sea el GPS-, que lleva al el cementerio Little Zion. Allí está la tumba de Robert Johnson, al menos la que según los blues trails señala como la "oficial". Cuando llegué me topé con una situación parecida a la de Holly Ridge. Pero esta vez no me iba a ir sin verla. Finalmente la encontré y saqué algunas fotos. Comenzaba a hacerse de noche y estaba allí solo, en ese páramo alejado, y debo admitir que me dio cierto escalofrío. Todavía tenía que recorrer 80 kilómetros para llegar a Clarksdale. Subí al auto y volví a la ruta. Puse un disco de T-Model Ford y me fui tranquilo mirando el paisaje impresionante que me rodeaba, el auténtico vientre del blues.

lunes, 16 de abril de 2012

French Quarter Festival, día 4

Chubby Carrier
Domingo. Último día del Festival. La movida musical empezó a las 11 pero yo recién fui a ver el primer show a las 12.30. El sol estaba denso y costaba estar en la calle. Pero eso era algo que sólo parecía importarme a mí. Otra vez, en gran número, la gente copó las calles y bebió cerveza en vasos de plástico como si fuera agua. Yo todavía saboreaba mi café cuando me paré frente al pequeño escenario que House of Blues montó en la esquina de Decatur e Iberville.

Vagabond Swing
Allí vi a una joven cantante y tecladista, Amanda Walker, que tiene algún lazo remoto con el blues pero que, más que nada, parece querer seguir un camino parecido al de Dido o Jewel. Luego la onda cambió radicalmente. Subieron unos locos con sus caras pintadas a hacer un poco de ruido y romper las dulces melodías que los precedieron. La música de Vagabond Swing es difícil de clasificar, aunque supongo que en algún punto debe ser similar a lo que hace Emir Kusturica. Estos muchachos son una mezcla de punks, hippies y gitanos. Con instrumentos tradicionales, como el violín, la trompeta, el contrabajo o la mandolina, logran un sonido frenético, extravagante y muy al palo. Los escuché un rato y me fui en busca de algo más acorde a mi gusto.

Wahshboard Chaz Blues Trio
Lo encontré en plena calle Royal, paralela a Bourbon. La gente bailaba al ritmo del blues. Si alguien todavía cree que el blues es aburrido debería haber visto a Washboard Chaz. Una tabla de lavar la ropa, una guitarra y una armónica es todo lo que hace falta. Un show formidable de blues tradicional. Washboard Chaz tocó en Playing for change, los videos musicales que se grabaron alrededor del mundo, y eso lo hizo un poco más conocido en el mundo de la música. Junto a St. Louis Slim (dobro con slide) y Andy J. Forest (armónica) tocaron decenas de blues, algunos compuestos por ellos y otros clásicos como Key to the highway y You gotta move.

Earl Saly y Chubby Carier
De allí partí raudo hacia un escenario que está a metros del acuario de Nueva Orleans para ver el recital de Chubby Carrier and The Bayou Swamp Band, uno de los máximos exponentes del zydeco actual y ganador de un premio Grammy por su disco Zydeco junkie. Llegué y había un profesor de baile enseñando los pasos típicos del género y minutos después empezó el show. La verdad que me quedé fascinado con lo que vi y escuché. Un ritmo genial y una onda fantástica. El tipo es un capo con el acordeón y la banda es excelente. Zydeco gumbo y funky pantanoso, en buenas manos, hacen bailar a cualquiera. Si bien no me aprendí los pasitos no pude evitar moverme a mi manera. Chubby Carrier es el hijo del legendario Roy Carrier y sigue su legado, así como también el de otro maestro del acordeón, Clifton Chenier. Me gustó mucho cuando tocó I want to get back to Louisiana, Shake it baby y Cisco Kid. En la formación es vital Earl Saly, que toca el washboard y tiene un ritmo muy contagioso. También hubo blues: una versión alegre de Rock me baby y el cierre fue con un clásico del soul: Turn on your love light. “Peace, love and zydeco for everybody”, se despidió Carrier. ¡Tremendo!

El cierre del festival tuvo como protagonista a Trombone Shorty, el músico que mataba de envidia a Antoine Batiste (el personaje de Wendell Pierce) en la serie Treme. Ayer comprobé que un trombonista también puede ser una estrella de rock. Creo que fue el show que más público reunió. Troy Andrews, su verdadero nombre, es dueño de una energía asombrosa. Funky 100%. En algunos solos –tanto con el trombón como con la trompeta- sus mejillas se inflaban y contraían tanto que parecían que iban a explotar. Recostado en una banda furiosa, hizo estallar el Woldenberg Riverfront Park. Tocó muchos temas de su último disco, For true, y un cover de Ray Charles, I got a woman. Cantó, rapeó, bailó e hizo bailar a sus músicos y a todos. Alucinante. Fue el grand finale de un festival inolvidable que convocó a miles y miles de personas en una ciudad que sigue luchando, años después, contra el tendal de muerte y destrucción que dejó el huracán Katrina. Y en ese proceso de reconstrucción la música juega un rol vital.
Trombone Shorty


domingo, 15 de abril de 2012

French Quarter Festival, día 3

Si el jueves había música en cada esquina, ayer, sábado, se multiplicó por cien. Pequeños escenarios montados por todos lados, los bares abiertos desde temprano y cientos de músicos callejeros formaron un combo sonoro en el que el jazz, el dixieland, el blues, el zydeco, el cajun, el funk, el rock y el R&B se entremezclaban entre sí. Miles de personas inundaron las calles del Barrio Francés, desde la calle Canal hasta Esplanade y especialmente en la zona de Jackson Square y la ribera del río. Algunos iban disfrazados, otros luciendo los típicos collares del Mardi Gras y la mayoría con sus vasos de cerveza al tope. Un verdadero desfile multicolor.

Kermit Ruffins
El clima del tercer día estuvo perfecto como los anteriores: calor pero con un viento que lo hizo más ameno. Di vueltas por varios lados escuchando un poco de todo hasta que me detuve en el escenario Abita para ver a Kermit Ruffins and The Barbecue Swingers. Ruffins es muy popular aquí en Nueva Orleans y desde que apareció en la serie Treme se hizo mucho más conocido afuera de la ciudad. Ayer dio un show bárbaro. Ruffins es uno de los exponentes más fieles del sonido tradicional de la Crecent City y heredó su forma de tocar la trompeta de Louis Armstrong. También es un showman fascinante que no tiene drama en cambiar la rutina. Abrió con Sunny side of the street y después siguió con Big Chief, acompañado por un verdadero jefe indio Mardi Gras. What a wonderful world, Mardi Gras mambo, St. James Infirmary y un curioso medley que pasó de If you want me to stay, de Sly & The Family Stone, a Roxanne, de The Police. Luego invitó a varios cantantes a escena. Primero, una morenita que no entendí su nombre cantó I don't know why, de Norah Jones, y luego su propia hija hizo una interesante versión de Summertime.

Nayo Jones
Pero merece unas líneas aparte la cantante Nayo Jones, quien consiguió una ovación tremenda cuando cantó el clásico de Etta James, At last. El cierre fue raro. Desde un costado lo apuraban para que terminara pero Ruffins estaba decidido a no irse. Primero hizo bailar a todos con el tema original de la serie Treme y luego sorprendió con un cover de Black Eyed Peas, I gotta a feeling, claro que sin ninguna base electrónica: apenas teclados, bajo y batería.

Little Freddie King
Los plomos tardaron 15 minutos en acomodar el escenario para lo que seguiría después: Little Freddie King apareció  vestido con un traje gris y un sombrero que le daba aire de cafiolo retirado. Little Freddie no es un virtuoso, pero sin dudas es un tipo con mucho blues. Aporrea las cuerdas de su Gibson ES 339 con rudeza y logra un sonido rústico que no es más que una combinación de lo que mamó en el Delta, la influencia del neón de una gran ciudad y su temprana fascinación por el verdadero Freddie King. El tipo tiene mucha onda. La gente estaba fascinada con su show. Blues crudo pero muy ameno. Tocó su clásico Bad chicken, Mean old woman y una versión labriega de Hideway.

Walter "Wolfman" Washington
Luego di más vueltas por las calles y volví al escenario Abita para ver de nuevo a Walter “Wolfman” Washington, esta vez con otra formación. La onda de la música fue similar a la del viernes, jazz y funk, aunque sonó muy distinto debido a que se presentó con un sexteto y no con un trío. La gente aullaba con cada solo del hombre lobo y éste parecía disfrutar mientras la noche ganaba terreno y el Mississippi se iluminaba con las luces de las embarcaciones.

Eden Brent
Por la noche me alejé del circuito turístico. Esperé 20 horas un tranvía que por alguna misteriosa razón nunca llegó y finalmente compartí un taxi con una parejita muy amable que iba hacia el mismo lado que yo. Mi destino era el Chickie Wah Wah, un hermoso bar que está sobre la calle Canal a unos tres kilómetros del Barrio Francés. La cita era con la pianista nacida en Greenville, Mississippi, Eden Brent. Su show duró casi tres horas. Ella y el baterista Bobby Walker tocaron casi todos los temas de su disco Ain’t got no troubles. Pero también hicieron varios covers: Someone else is steppin’ in, Caldonia, What I’d say y una notable versión de Trouble in mind. “Me encanta el jazz. Estudié tres años en una universidad de Texas pero no aprendí nada. ¿Por qué toco blues? Porque soy del Mississippi”, dijo y luego arremetió con un furioso boogie woogie. Cerca de la una de la mañana dejé el Chickie Wah Wah, busqué un taxi y volví al hotel. La noche de Nueva Orleans seguía tan activa como durante la mañana.

sábado, 14 de abril de 2012

French Quarter Festival, día 2

Tab Benoit
Fue un día tremendo. Tanta música condensada en tan poco tiempo sólo puede ocurrir en Nueva Orleans. Y yo ni siquiera vi el 5% de todo lo que hubo. Pero el 100% de lo que yo vi fue increíble. Desde los legendarios Walter "Wolfman" Washington y Cyril Neville hasta guitarristas incendiarios como Tab Benoit, Mike Zito y Devon Allman.

Por la mañana le di un respiro a la música y me dediqué a recorrer un poco la ciudad. Tomé un tranvía y me fui para el lado del District Garden para ver esas mansiones que son tan típicas de Louisiana. Después me comí un suculento Po Boy, el sándwich por excelencia de esta zona, y me fui de nuevo al Woldenberg Riverfront Park para seguir viendo shows.

Irene Sage
El primero fue un tributo a una leyenda de los pantanos, Coco Robicheaux, quien murió en noviembre del año pasado. El homenaje estuvo a cargo de Irene Sage Band que, combinando armonías vocales y un sonido southern soul, lograron energizar a la gente. Uno de los invitados fue Walter "Wolfman" Washington y también algunos de los miembros de la banda original de Robicheaux. Fue muy emotivo cuando cantaron Walking with the spirit. A mi lado estaba la madre de Robicheaux y se puso a llorar. Lo mismo le pasó a una de las coristas, que resultó ser la viuda del músico. Mientras la banda tocaba un enjambre de avejas empezó a sobrevolar nuestras cabezas. Por suerte duró apenas unos minutos, pero una de ellas me dejó una ronchita de recuerdo en un brazo. La presentadora tomó el micrófono y dijo: "Juro que nunca pasó algo así. Coco, seguro tienes que ver con esto". El cierre fue con una fabulosa versión de I shall be released, de Bob Dylan, para que las lágrimas siguieran surcando mejillas.

Walter "Wolfman" Washington
Después vino el turno de Wolfman junto al trío de jazz, swing, funky y R&B que forma con el tecladista Joe Krown y el baterista Russell Batiste Jr. ¡Tremendo! Un groove poderoso que duró una hora y media exacta y en el que la banda no aflojó un segundo. Entre los temas que tocaron reconocí Use me, de Bill Withers, y You can stay but the noise got to go, de Junior "Guitar" Watson. Wolfman es un guitarrista exquisito que se acopla muy bien al sonido del teclado de Krown. Por momentos parecían poseídos por los espíritus de Grant Green y Jimmy Smith. Wolfman hasta se dio el lujo de un solo con los dientes que le arrancó un grito enfervorizado de aprobación al público.

Devon Allman y Mike Zito
Por la noche fui hasta House of Blues, sobre la calle Decatur, para ver a Tab Benoit. Este ya no era un show gratuito y había que pagar una entrada de 20 dólares. El lugar está muy bueno, bah en realidad es como un mini Disney blusero, con toda la parafernalia y el merchandising, pero con una sala para ver shows excelente. "House of Rules", escuché que se quejaba alguien sobre la rigidez de las reglas lugar.Pero no hay reglas que aguanten cuando hay músicos que son capaces de rockear hasta demoler la casa. Eso hizo de entrada la Royal Southern Brotherhood, una súper banda recientemente formada que sacará su primer disco el mes próximo. Se trata de una fusión de músicos de renombre de distintas partes del sur profundo: Mike Zito y Devon Allman se encargan de las guitarras, Cyril Neville de la percusión, Charlie Wooton del bajo y Yonrico Scott de la batería. ¡Por favor cómo suenan estos muchachos! Guitarras furiosas y puro rock and roll para dejar a todo el mundo en estado de shock. Entre Neville, Zito y el hijo de Gregg Allman se alternan las voces. Se nota que hay una sinergia fenomenal entre ellos. Esta banda dará que hablar.

Tab Benoit
Luego llegó el turno de Tab Benoit. Qué les puedo decir. Es un violero categoría premium. Toca tan rápido y tan fuiroso que es imposible no asombrarse por cada solo o cada yeite. Pero no es un tipo que empleé la piroctenia sonora porque sí. Las raíces del pantano están bien arraigadas en su forma tocar. Hay algo que hace que es cerrar las seis cuerdas con sus dedos y empezar a hacer un sonido rasposo que es demoledor. Tocó muchos de sus temas conocidos y algunos de su último disco, Medicine. La versión de Whole lotta soul fue impresionante. Y la de Night train, arrolladora. También me gustó mucho Fever for the Bayou. No me quiero olvidar del bajista, un gordo lascivo con un ritmo atrapante y mucha potencia. Para el cierre invitó al escenario primero al armonicista Johnny Sansone y luego a los músicos de la Royal Southern Brotherhood para una gran zapada que incluyó una balada, rock and roll y un blues de esos que sirven para que los guitarristas se luzcan con sus mejores punteos. Todo terminó a la 1 de la madrugada. La noche estaba exquisita y me fui caminando a mi hotel con un zumbido en los oídos y una sensación de profunda satisfacción.
Tab Benoit y Cyril Neville