Hay lugares que parecen hechos para que la música suene distinta. Lagniappe House, en el corazón de Miami, justo a las afueras de Midtown, el Design District y el distrito artístico de Wynwood, es uno de esos. A mitad de camino entre vinería, living desordenado y patio de película indie, el espacio invita a demorarse: elegir un queso de la heladera como si uno estuviera en un almacén de barrio, sumar un fiambre, pagar esos cinco dólares extra para que lo conviertan en tabla y salir a buscar una mesa entre luces cálidas y conversaciones cruzadas.
.jpeg)
Adentro, los sillones y las mesas miran hacia un rincón que apenas sugiere escenario. No hace falta más. Ahí se acomodó J.P. Soars con su trío y empezó a armar, tema a tema, un clima que fue creciendo sin apuro. Blues, sí, pero no solo, con un aire medio santanesco que se colaba en los solos, o cierta mística hendrixiana emanada de una pequeña Cigar Box Guitar o una H1446 Silvertone, que de pronto dio un giro (in)esperado hacia retazos de gypsy swing o una cadencia típica de la bossa nova. Todo convivió con naturalidad, como si los géneros fueran apenas excusas.
Soars toca con esa mezcla de precisión y riesgo que tienen los músicos curtidos. Se nota que lleva años en la ruta, que armó su carrera de a poco, “ladrillo por ladrillo”, como le gusta decir. Junto a sus Red Hots —Cleveland Frederick en bajo y Chris Peet en batería— construye un sonido sólido pero flexible, capaz de pasar de la sutileza a la explosión sin perder elegancia.
Entre el primer y el segundo set, el clima no se corta: la gente sigue yendo y viniendo con copas de vino, alguien hace fila para el baño en ese pasillo eterno, mientras en el fondo el jardín respira. En ese intervalo aparece la charla. Soars, relajado, cuenta que admira a
Gonzalo Bergara —no sorprende, tocaron juntos y se nota que dejó una marca en su estilo—, que hizo una gira por Brasil y que le gustaría darse una vuelta por Argentina. Lo dice sin grandilocuencia, como quien deja una idea flotando.
Después vuelve la música. Y otra vez esa sensación de que todo encaja: el vino, las luces, la madera, las conversaciones bajas, la guitarra que se estira un poco más de lo esperado. En Lagniappe House, la noche no parece tener un centro claro. O mejor dicho: el centro es ese momento en el que, sin darte cuenta, ya estás completamente adentro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario