sábado, 21 de abril de 2012

Memphis

Lo primero que hice cuando llegué a Memphis fue buscar un lugar para alojarme y después ir a conocer la casa en la que vivió –y está enterrado- Elvis Presley. El hotel que conseguí, de la cadena Super 8, es todo lo contrario a Graceland. Sordidez contra lujo, pero al menos es barato y el homeless que duerme en uno de los halls es amigable. Graceland es la mansión más cool del mundo y, según dicen, es el sitio turístico más visitado de los EE.UU., más que el Empire State, la Casa Blanca y Disney World. Cuando hacía la cola en la boletería vi que la entrada costaba la friolera de 32 dólares y se me ocurrió sacar, como el ancho de espadas en una partida de truco, mi credencial de periodista. ¡Alabado sea Elvis! Me dieron el ok y entré gratis.

Elvis graveyard
 ¿Qué les puedo decir de la casa? Es increíble. El living, las salas, la cocina, todo. Algunas partes están conservadas como en los 60 y otras mantienen la redecoración que el Rey hizo en los 70. Al único lugar que no se puede subir es a su habitación, porque dicen que él era muy reservado con eso y así quieren que siga siendo. Después me di una vuelta por el museo de sus autos y motos: Rolls Royce, Mercedes Benz, Cadillacs. Todo alucinante. Terminé la visita subiendo a su avión privado –al que nombró como su hija, Lisa Marie- y a su jet para viajes más cortos. Elvis fue un músico revolucionario y un millonario excéntrico que se convirtió en un ícono del siglo XX.

Rum Boogie Cafe
Por la noche fui a Beale St., la mítica calle también llamada The Home of the Blues. Aquí se escribió una parte importante de la historia del género. Desde las composiciones de W.C. Handy en la década del 20 –una estatua lo recuerda en el parque que lleva su nombre- hasta las grandes actuaciones de músicos como Albert King, B.B. King y Rufus Thomas en los 50 que fueron dándole notoriedad a esta calle. Si bien tiene una extensión de casi dos kilómetros toda la movida está condensada en apenas dos cuadras, donde hay un bar al lado de otro y los sonidos chocan entre sí. Primero entré al Rum Boogie Café. Allí tocaba James Govan & The Blues Boogie Band. El repertorio fue variadito: Hi heel snickers, (Sittin’on) The dock of the bay, Every day I have the blues y Shake rattle and roll. Si bien no sonaban mal, me parecieron demasiado armados para el turismo. Yo buscaba algo más caliente. Salí de allí y entré al juke joint de al lado, Mr. Handy Music Hall, donde Patrick Dodd Trio presentaba su último disco, Future blues. La onda era totalmente diferente. Como dice el nombre de su álbum, blues más actual y bien rockeado. Estuve un rato escuchándolos y cuando terminé mi cerveza me fui.

Vince Johnson & The Plantation All Stars
La noche me llevó al parque Handy. En un pequeño escenario al aire libre tocaba sus blues más crudos y densos Sonny Mack, quien cerró su presentación con una versión áspera y sorprendente de Cold shot. Después me fui a comer un jambalaya a un barcito para darle un colchón a tanta cerveza. Encandilado por el neón, terminé la noche en el Tap Room con Vince Johnson and The Plantation All Stars. El tipo canta con voz rasposa y toca la armónica. Tiene una sección de caños muy buena y uno de los bajistas con más onda del planeta. Hicieron una versión tremenda de Hoochie Coochie man, algunas canciones soul y un par de temas de Hendrix, Hey Joe y Voodoo Chlie. Fue un show altamente inflamable.

Stax Museum
El viernes me levanté después de las 9 y por eso me perdí el desayuno del motel. Con el estómago vacío me fui a Soulsville. Allí, en la esquina de McLemore Av. y College St. está Stax Records, hoy devenido en museo. Pasé la mañana leyendo y escuchando la historia de ese sello fundador del soul de Memphis, por el que pasaron artistas como Otis Redding, Rufus Thomas, Albert King, Booker T and The Mg’s, Little Milton y Sam and Dave. Es muy interesante su historia: en menos de una década pasó de la nada a todo y de todo a nada. En el museo, entre otras cosas, está el Oscar que ganó Isaac Hayes por la banda de sonido de la película Shaft. De allí me fui a almorzar a un bolichito de la avenida Madison y luego a comprar unos cd’s.

Sun Records
Por la tarde recorrí las calles y pude ver como la recesión está afectando a la ciudad. Muchos comercios cerrados y una creciente marginalidad. Luego fui al lugar donde nació el rock and roll. Sun Records no es un museo. Es una visita guiada al mismísimo estudio en el que Jackie Brenston y Ike Turner grabaron Rocket 88 y en el que Elvis Presley hizo su versión de That’s all right, de Arthur “Big Boy” Cudrup. El estudio está exactamente igual que en la década del 50. Los pisos y los paneles de sonido son los originales. Es realmente impresionante escuchar allí mismo, y a todo volumen, las cintas originales que grabaron Howlin’ Wolf, Johnny Cash, Jerry Lee Lewis y Roy Orbison. Ese lugar fue el punto de confluencia entre el blues del sur y el country del centro de los Estados Unidos que derivó en lo que ya todos sabemos. Y casi todo eso se lo debemos a Sam Phillips.

Stunning Cunning Band
A eso de las 18 se largó a llover y bajó mucho la temperatura. Un par de horas después encaré hacia Beale Street. Había muy poca gente en la calle y yo opté por ir a escuchar a una banda de rockabilly. Stunning Cunning Band tocaba en el Blues City. Me pedí una cerveza tirada con unas costillas de cerdo con salsa barbacoa y escuché como se despachaban con clásicos de los 50. Me parecieron muy buenos. Después me encontré con Ignacio Pozo, un asturiano que conocí en Clarksdale y que está haciendo una gira parecida a la mía y fuimos al Tap Room, pero la banda que estaba tocando no nos gustó mucho. Los Ghost Town Blues sonaban muy fuerte y no tenían variaciones. Así que al cabo de un rato decidimos irnos. La noche en Memphis había llegado a su fin.

jueves, 19 de abril de 2012

Clarksdale


I went to the crossroads, fell down on my knees

El mítico cruce de las rutas 49 y 61, en Clarksdale, no es una encrucijada de caminos polvorientos como se desprende del folclore blusero de la década del treinta. Hoy hay un local de venta de muebles, un restaurante, una estación de servicio y algunos otros comercios. En el centro hay una plazoleta con un monumento: unas guitarras cruzadas con los carteles de ambas rutas. Algunos sostienen que el verdadero punto en el que, según la leyenda, Robert Johnson pactó con el Diablo, está a unos diez kilómetros, donde la 49 se cruza con la 1, aunque este sea el lugar que convoca a los visitantes. Así empecé el día en lo que podría denominarse "el corazón del blues" Por aquí pasaron todos: desde Muddy Waters y John Lee Hooker, hasta Robert Nighthawk y Sonny Boy Williamson. Caminar sus calles es como agarrar la historia del blues con la mano.

El porche del hotel
Me levanté muy temprano, tal vez por la ansiedad de salir a recorrer, y desayuné rápido un café con un bagel y cereales. Después de estar en el crossroads fui al Riverside Hotel, el lugar que más bluesmen alojó en el mundo. Durante los años de la segregación racial, ese hotel fue el único en el que los músicos negros podían pasar la noche. En una de sus habitaciones, en 1937, murió Bessie Smith. Había sufrido graves heridas en un accidente automovilístico en la ruta 61 y en tres hospitales se negaron a atenderla porque era negra (aunque esa versión de la historia sostenida por John Hammond y Alan Lomax es refutada por Ted Gioia en su libro Blues - La música del Delta del Mississippi, quien afirma que ella murió en una ambulancia). Entonces la llevaron al hotel -que en ese momento funcionaba como un precario centro de salud para afroamericanos- donde se desangró hasta morir. El conserje actual, un personaje apodado Rat, no me dejó entrar a ver las habitaciones porque, según me explicó, estaban todas ocupadas. ¡Sí, hasta en la que murió Bessie Smith había un huésped!.

Hopson Plantation
Luego fui al Rock ‘n’ Roll & Blues Heritage Museum, un lugar muy acogedor que pertenece a un coleccionista holandés. La cantidad de discos, posters y souvenirs que tiene el tipo es impresionante: desde vinilos de Blind Blake y Fred McDowell hasta una guitarra de Super Chikan. De allí me fui caminando al Delta Blues Museum. A diferencia del anterior es mucho más grande y tiene de todo: guitarras Stella, como la que usaba Charley Patton y otros bluesmen rurales; prendas de vestir de músicos como Little Milton, Otis Rush o Ike Turner; un teclado de Otis Spann; armónicas de Charlie Musselwhite; y cientos de fotos. Salí de allí y me fui a almorzar una ensalada al paso. Me di una vuelta por el New World, un barrio que en la década del 20 fue muy próspero y musicalmente la meca, pero hoy es una zona humilde con sus edificaciones en muy mal estado. Pasé por la barbería de Wade Walton, un músico notable que pasó toda su vida en Clarksdale atendiendo en su local, y luego me subí al coche y fui por la Plantación de algodón Hopson, muy ligada al blues. Cuando en 1944 reemplazaron la mano de obra por las máquinas cambiaron el curso de la historia de la música. Ese fue uno de los factores determinantes para que miles de afroamericanos decidieran emigrar hacia el norte en busca de un mejor porvenir.

Ole Miss

Blues trail
El día estaba soleado y me dieron ganas de volver a la ruta. Puse un cd de Henry Gray, programé el GPS y me fui hacia el este. Mi destino: Oxford, donde está la Universidad de Mississippi. Tardé una hora en llegar. Allí me encontré con una hermosa ciudad. Estudiantes por todos lados, las calles muy limpias, el centro impecable. Durante los 60, la universidad fue un lugar clave en la lucha por los derechos civiles de los negros.Hoy tiene uno de los archivos de blues más importantes de los Estados Unidos. La ciudad de Oxford también fue el epicentro del denominado North Mississippi blues, que tuvo como principales referentes a dos guitarristas nacidos en Holly Springs, Junior Kimbrough y R.L. Burnside, que grabaron varios discos para el sello local Fat Possum.

Back in Clarksdale

Phillip Carter en Ground Zero Blues Club
La noche fue rara. Primero fui al Ground Zero Blues Club, que pertenece al actor Morgan Freeman y al productor Howard Stovall. El lugar está buenísimo, es un galpón amplio y muy bien ambientado. Tocaba Phillip Carter and the Blues Underground, una banda de dos flacos y dos chicas, que si bien no sonaban mal todavía están bastante tiernitos. Hicieron más que nada covers como Before you accuse me y I’ll play the blues for you. Los escuché durante un rato mientras me comía un sandwich de cerdo con salsa barbacoa con una cerveza. Después salí en busca de algo más autóctono. Fui a Red’s, un juke joint de los de antes, pero estaba cerrado. Mala suerte. La otra opción que me quedaba era el Bluesberry Café. Cuando entré me encontré con un tal Walt Busby que, acompañado por su guitarra acústica, cantaba temas propios muy alejados del blues y algún cover como Don’t let me down y People are strange. El público, unas diez o doce personas, eran todos lugareños. Reconocí entre ellos a Watermelon Slim y eso me dio un poco de esperanza de que subiera al escenario. Pero todo se disipó enseguida, ya que el tipo estaba bastante borracho y era obvio que no iba a tocar. En un momento se puso una galera y se fue. “Termino mi cerveza y me rajo”, pensé. En eso se subió al escenario un loco que no alcancé a entender su nombre. “Vamos a tocar unos blues con Walt”, dijo. En cuanto terminó de pronunciar esas palabras quedó expuesto que estaba más ebrio que Slim. Empezó a cantar y sonaba tan mal que apuré el último sorbo de mi Miller y me esfumé. Me subí al coche, puse un disco Big T Williams y me fui escuchando blues por las calles de Clarksdale a mi manera.

miércoles, 18 de abril de 2012

Mississippi Delta Blues

Pat Thomas
Dejé Nueva Orleans el lunes al mediodía. Poco antes de llegar a Baton Rouge se largó una lluvia tan intensa que tuve que reducir la velocidad a unos 20 km. No se veía nada. El ruido del agua golpeaba sobre el coche con una fuerza sobrenatural. Eso habrá durado una media hora y cuando salí del estado de Louisiana seguía lloviendo pero de manera más razonable.

Vicksburg
Atravesé Natchez y tomé la legendaria Highway 61. Tenía pensado llegar un poco más al norte, pero se hizo de noche cuando estaba por Vicksburg, la ciudad en la que nació el padrino del blues, Willie Dixon, y decidí pasar la noche allí. El martes me desperté temprano y seguía lloviendo. Di unas vueltas por la ciudad, contemplé como la lluvia se desparramaba por las aguas amarronadas del río Mississippi, y luego me di una vuelta por la calle en la que nació Dixon. Su casa ya no está y lo único que lo recuerda es un cartel.

Rolling Fork
De nuevo sobre la 61, me dirigí hacia el norte y 40 minutos después llegué a Rolling Fork, el pueblo en el que nació otro pope del blues, Muddy Waters. Allí hay una réplica de la precaria cabaña en la que nació hace ya 100 años. Me quedé mirándola un rato largo. Muddy Waters significa mucho para los que amamos esta música. En el porche había una planta de algodón y arranqué un pedazo que me llevé como souvenir.

Pat Thomas en la tumba de su padre
Seguí la ruta hacia el norte y llegué a Leland. Allí fui a ver los blues trails dedicados a Johnny Winter y la histórica esquina de 10 y 61 y luego al museo del blues. Cuando entré me quedé absorto. El hijo de James “Son” Thomas, Pat, estaba tocando la guitarra. El parecido con su padre es notable y tiene una onda sensacional. Lo escuché tocar algunos temas y le pedí que me guiara hasta la tumba de su viejo, donde figura la célebre frase: “Give me beefsteak when I’m hungry, whiskey when I’m dry, pretty women when I’m living, heaven when I die”. Durante el trayecto de ida y vuelta, Pat me habló sobre su familia y sobre Leland. Me costó un poco entender su inglés cerrado, pero me gustó escuchar sus historias y su forma de expresarse. Lo dejé frente al museo. Nos dimos un abrazo y me fui a almorzar. Comí un wrap de pollo en un coffe shop y seguí mi camino.

Cementerio de Holly Ridge
De allí me fui a Holly Ridge, un pequeño poblado en el corazón del Delta, donde vivió sus últimos años de vida el “fundador” del blues, el gran Charley Patton (1891-1934). Fui hasta el cementerio para ver su lápida, pero había tanto barro y garuaba que me fue imposible encontrarla. Intenté hasta donde pude y me conformé con llegar hasta la de otro bluesman, Asie Payton (1937-1997).

Lucille
La ruta me llevó hasta la ciudad de Indianola, el lugar de nacimiento de Albert King y el “hogar” de B.B.King, donde funciona un museo dedicado a su vida y a su obra. Si hasta ese momento todo lo que había visto era rústico y bucólico, el museo es todo lo contrario. Cobran una entrada de 10 dólares y es un lugar moderno con videos interactivos y fotos que cuentan la historia de B.B., del blues y de Mississippi. La verdad es que está muy bien puesto. Lo pueden disfrutar los amantes del género y los que no conocen mucho pueden aprender un montón.

Cementerio Little Zion, Greenwood
Mi último destino del día era Greenwood, a unos 40 kilómetros de Indianola. Llegué poco después de las seis de la tarde. Di un par de vueltas por la ciudad y me sorprendió lo hermosa que es, especialmente la calle Fulton, con sus imponentes mansiones. Esa misma calle se convierte en Money Road -bendito sea el GPS-, que lleva al el cementerio Little Zion. Allí está la tumba de Robert Johnson, al menos la que según los blues trails señala como la "oficial". Cuando llegué me topé con una situación parecida a la de Holly Ridge. Pero esta vez no me iba a ir sin verla. Finalmente la encontré y saqué algunas fotos. Comenzaba a hacerse de noche y estaba allí solo, en ese páramo alejado, y debo admitir que me dio cierto escalofrío. Todavía tenía que recorrer 80 kilómetros para llegar a Clarksdale. Subí al auto y volví a la ruta. Puse un disco de T-Model Ford y me fui tranquilo mirando el paisaje impresionante que me rodeaba, el auténtico vientre del blues.

lunes, 16 de abril de 2012

French Quarter Festival, día 4

Chubby Carrier
Domingo. Último día del Festival. La movida musical empezó a las 11 pero yo recién fui a ver el primer show a las 12.30. El sol estaba denso y costaba estar en la calle. Pero eso era algo que sólo parecía importarme a mí. Otra vez, en gran número, la gente copó las calles y bebió cerveza en vasos de plástico como si fuera agua. Yo todavía saboreaba mi café cuando me paré frente al pequeño escenario que House of Blues montó en la esquina de Decatur e Iberville.

Vagabond Swing
Allí vi a una joven cantante y tecladista, Amanda Walker, que tiene algún lazo remoto con el blues pero que, más que nada, parece querer seguir un camino parecido al de Dido o Jewel. Luego la onda cambió radicalmente. Subieron unos locos con sus caras pintadas a hacer un poco de ruido y romper las dulces melodías que los precedieron. La música de Vagabond Swing es difícil de clasificar, aunque supongo que en algún punto debe ser similar a lo que hace Emir Kusturica. Estos muchachos son una mezcla de punks, hippies y gitanos. Con instrumentos tradicionales, como el violín, la trompeta, el contrabajo o la mandolina, logran un sonido frenético, extravagante y muy al palo. Los escuché un rato y me fui en busca de algo más acorde a mi gusto.

Wahshboard Chaz Blues Trio
Lo encontré en plena calle Royal, paralela a Bourbon. La gente bailaba al ritmo del blues. Si alguien todavía cree que el blues es aburrido debería haber visto a Washboard Chaz. Una tabla de lavar la ropa, una guitarra y una armónica es todo lo que hace falta. Un show formidable de blues tradicional. Washboard Chaz tocó en Playing for change, los videos musicales que se grabaron alrededor del mundo, y eso lo hizo un poco más conocido en el mundo de la música. Junto a St. Louis Slim (dobro con slide) y Andy J. Forest (armónica) tocaron decenas de blues, algunos compuestos por ellos y otros clásicos como Key to the highway y You gotta move.

Earl Saly y Chubby Carier
De allí partí raudo hacia un escenario que está a metros del acuario de Nueva Orleans para ver el recital de Chubby Carrier and The Bayou Swamp Band, uno de los máximos exponentes del zydeco actual y ganador de un premio Grammy por su disco Zydeco junkie. Llegué y había un profesor de baile enseñando los pasos típicos del género y minutos después empezó el show. La verdad que me quedé fascinado con lo que vi y escuché. Un ritmo genial y una onda fantástica. El tipo es un capo con el acordeón y la banda es excelente. Zydeco gumbo y funky pantanoso, en buenas manos, hacen bailar a cualquiera. Si bien no me aprendí los pasitos no pude evitar moverme a mi manera. Chubby Carrier es el hijo del legendario Roy Carrier y sigue su legado, así como también el de otro maestro del acordeón, Clifton Chenier. Me gustó mucho cuando tocó I want to get back to Louisiana, Shake it baby y Cisco Kid. En la formación es vital Earl Saly, que toca el washboard y tiene un ritmo muy contagioso. También hubo blues: una versión alegre de Rock me baby y el cierre fue con un clásico del soul: Turn on your love light. “Peace, love and zydeco for everybody”, se despidió Carrier. ¡Tremendo!

El cierre del festival tuvo como protagonista a Trombone Shorty, el músico que mataba de envidia a Antoine Batiste (el personaje de Wendell Pierce) en la serie Treme. Ayer comprobé que un trombonista también puede ser una estrella de rock. Creo que fue el show que más público reunió. Troy Andrews, su verdadero nombre, es dueño de una energía asombrosa. Funky 100%. En algunos solos –tanto con el trombón como con la trompeta- sus mejillas se inflaban y contraían tanto que parecían que iban a explotar. Recostado en una banda furiosa, hizo estallar el Woldenberg Riverfront Park. Tocó muchos temas de su último disco, For true, y un cover de Ray Charles, I got a woman. Cantó, rapeó, bailó e hizo bailar a sus músicos y a todos. Alucinante. Fue el grand finale de un festival inolvidable que convocó a miles y miles de personas en una ciudad que sigue luchando, años después, contra el tendal de muerte y destrucción que dejó el huracán Katrina. Y en ese proceso de reconstrucción la música juega un rol vital.
Trombone Shorty


domingo, 15 de abril de 2012

French Quarter Festival, día 3

Si el jueves había música en cada esquina, ayer, sábado, se multiplicó por cien. Pequeños escenarios montados por todos lados, los bares abiertos desde temprano y cientos de músicos callejeros formaron un combo sonoro en el que el jazz, el dixieland, el blues, el zydeco, el cajun, el funk, el rock y el R&B se entremezclaban entre sí. Miles de personas inundaron las calles del Barrio Francés, desde la calle Canal hasta Esplanade y especialmente en la zona de Jackson Square y la ribera del río. Algunos iban disfrazados, otros luciendo los típicos collares del Mardi Gras y la mayoría con sus vasos de cerveza al tope. Un verdadero desfile multicolor.

Kermit Ruffins
El clima del tercer día estuvo perfecto como los anteriores: calor pero con un viento que lo hizo más ameno. Di vueltas por varios lados escuchando un poco de todo hasta que me detuve en el escenario Abita para ver a Kermit Ruffins and The Barbecue Swingers. Ruffins es muy popular aquí en Nueva Orleans y desde que apareció en la serie Treme se hizo mucho más conocido afuera de la ciudad. Ayer dio un show bárbaro. Ruffins es uno de los exponentes más fieles del sonido tradicional de la Crecent City y heredó su forma de tocar la trompeta de Louis Armstrong. También es un showman fascinante que no tiene drama en cambiar la rutina. Abrió con Sunny side of the street y después siguió con Big Chief, acompañado por un verdadero jefe indio Mardi Gras. What a wonderful world, Mardi Gras mambo, St. James Infirmary y un curioso medley que pasó de If you want me to stay, de Sly & The Family Stone, a Roxanne, de The Police. Luego invitó a varios cantantes a escena. Primero, una morenita que no entendí su nombre cantó I don't know why, de Norah Jones, y luego su propia hija hizo una interesante versión de Summertime.

Nayo Jones
Pero merece unas líneas aparte la cantante Nayo Jones, quien consiguió una ovación tremenda cuando cantó el clásico de Etta James, At last. El cierre fue raro. Desde un costado lo apuraban para que terminara pero Ruffins estaba decidido a no irse. Primero hizo bailar a todos con el tema original de la serie Treme y luego sorprendió con un cover de Black Eyed Peas, I gotta a feeling, claro que sin ninguna base electrónica: apenas teclados, bajo y batería.

Little Freddie King
Los plomos tardaron 15 minutos en acomodar el escenario para lo que seguiría después: Little Freddie King apareció  vestido con un traje gris y un sombrero que le daba aire de cafiolo retirado. Little Freddie no es un virtuoso, pero sin dudas es un tipo con mucho blues. Aporrea las cuerdas de su Gibson ES 339 con rudeza y logra un sonido rústico que no es más que una combinación de lo que mamó en el Delta, la influencia del neón de una gran ciudad y su temprana fascinación por el verdadero Freddie King. El tipo tiene mucha onda. La gente estaba fascinada con su show. Blues crudo pero muy ameno. Tocó su clásico Bad chicken, Mean old woman y una versión labriega de Hideway.

Walter "Wolfman" Washington
Luego di más vueltas por las calles y volví al escenario Abita para ver de nuevo a Walter “Wolfman” Washington, esta vez con otra formación. La onda de la música fue similar a la del viernes, jazz y funk, aunque sonó muy distinto debido a que se presentó con un sexteto y no con un trío. La gente aullaba con cada solo del hombre lobo y éste parecía disfrutar mientras la noche ganaba terreno y el Mississippi se iluminaba con las luces de las embarcaciones.

Eden Brent
Por la noche me alejé del circuito turístico. Esperé 20 horas un tranvía que por alguna misteriosa razón nunca llegó y finalmente compartí un taxi con una parejita muy amable que iba hacia el mismo lado que yo. Mi destino era el Chickie Wah Wah, un hermoso bar que está sobre la calle Canal a unos tres kilómetros del Barrio Francés. La cita era con la pianista nacida en Greenville, Mississippi, Eden Brent. Su show duró casi tres horas. Ella y el baterista Bobby Walker tocaron casi todos los temas de su disco Ain’t got no troubles. Pero también hicieron varios covers: Someone else is steppin’ in, Caldonia, What I’d say y una notable versión de Trouble in mind. “Me encanta el jazz. Estudié tres años en una universidad de Texas pero no aprendí nada. ¿Por qué toco blues? Porque soy del Mississippi”, dijo y luego arremetió con un furioso boogie woogie. Cerca de la una de la mañana dejé el Chickie Wah Wah, busqué un taxi y volví al hotel. La noche de Nueva Orleans seguía tan activa como durante la mañana.

sábado, 14 de abril de 2012

French Quarter Festival, día 2

Tab Benoit
Tanta música condensada en tan poco tiempo sólo puede ocurrir en Nueva Orleans. Y yo ni siquiera vi el 5% de todo lo que hubo. Pero el 100% de lo que yo vi fue increíble. Desde los legendarios Walter "Wolfman" Washington y Cyril Neville hasta guitarristas incendiarios como Tab Benoit, Mike Zito y Devon Allman.

Por la mañana le di un respiro a la música y me dediqué a recorrer un poco la ciudad. Tomé un tranvía y me fui para el lado del District Garden para ver esas mansiones que son tan típicas de Louisiana. Después me comí un suculento Po Boy, el sándwich por excelencia de esta zona, y me fui de nuevo al Woldenberg Riverfront Park para seguir viendo shows.

Irene Sage
El primero fue un tributo a una leyenda de los pantanos, Coco Robicheaux, quien murió en noviembre del año pasado. El homenaje estuvo a cargo de Irene Sage Band que, combinando armonías vocales y un sonido southern soul, lograron energizar a la gente. Uno de los invitados fue Walter "Wolfman" Washington y también algunos de los miembros de la banda original de Robicheaux. Fue muy emotivo cuando cantaron Walking with the spirit. A mi lado estaba la madre de Robicheaux y se puso a llorar. Lo mismo le pasó a una de las coristas, que resultó ser la viuda del músico. Mientras la banda tocaba un enjambre de avejas empezó a sobrevolar nuestras cabezas. Por suerte duró apenas unos minutos, pero una de ellas me dejó una ronchita de recuerdo en un brazo. La presentadora tomó el micrófono y dijo: "Juro que nunca pasó algo así. Coco, seguro tienes que ver con esto". El cierre fue con una fabulosa versión de I shall be released, de Bob Dylan, para que las lágrimas siguieran surcando mejillas.

Walter "Wolfman" Washington
Después vino el turno de Wolfman junto al trío de jazz, swing, funky y R&B que forma con el tecladista Joe Krown y el baterista Russell Batiste Jr. ¡Tremendo! Un groove poderoso que duró una hora y media exacta y en el que la banda no aflojó un segundo. Entre los temas que tocaron reconocí Use me, de Bill Withers, y You can stay but the noise got to go, de Junior "Guitar" Watson. Wolfman es un guitarrista exquisito que se acopla muy bien al sonido del teclado de Krown. Por momentos parecían poseídos por los espíritus de Grant Green y Jimmy Smith. Wolfman hasta se dio el lujo de un solo con los dientes que le arrancó un grito enfervorizado de aprobación al público.

Devon Allman y Mike Zito
Por la noche fui hasta House of Blues, sobre la calle Decatur, para ver a Tab Benoit. Este ya no era un show gratuito y había que pagar una entrada de 20 dólares. El lugar está muy bueno, bah en realidad es como un mini Disney blusero, con toda la parafernalia y el merchandising, pero con una sala para ver shows excelente. "House of Rules", escuché que se quejaba alguien sobre la rigidez de las reglas lugar.Pero no hay reglas que aguanten cuando hay músicos que son capaces de rockear hasta demoler la casa. Eso hizo de entrada la Royal Southern Brotherhood, una súper banda recientemente formada que sacará su primer disco el mes próximo. Se trata de una fusión de músicos de renombre de distintas partes del sur profundo: Mike Zito y Devon Allman se encargan de las guitarras, Cyril Neville de la percusión, Charlie Wooton del bajo y Yonrico Scott de la batería. ¡Por favor cómo suenan estos muchachos! Guitarras furiosas y puro rock and roll para dejar a todo el mundo en estado de shock. Entre Neville, Zito y el hijo de Gregg Allman se alternan las voces. Se nota que hay una sinergia fenomenal entre ellos. Esta banda dará que hablar.

Tab Benoit
Luego llegó el turno de Tab Benoit. Qué les puedo decir. Es un violero categoría premium. Toca tan rápido y tan fuiroso que es imposible no asombrarse por cada solo o cada yeite. Pero no es un tipo que empleé la piroctenia sonora porque sí. Las raíces del pantano están bien arraigadas en su forma tocar. Hay algo que hace que es cerrar las seis cuerdas con sus dedos y empezar a hacer un sonido rasposo que es demoledor. Tocó muchos de sus temas conocidos y algunos de su último disco, Medicine. La versión de Whole lotta soul fue impresionante. Y la de Night train, arrolladora. También me gustó mucho Fever for the Bayou. No me quiero olvidar del bajista, un gordo lascivo con un ritmo atrapante y mucha potencia. Para el cierre invitó al escenario primero al armonicista Johnny Sansone y luego a los músicos de la Royal Southern Brotherhood para una gran zapada que incluyó una balada, rock and roll y un blues de esos que sirven para que los guitarristas se luzcan con sus mejores punteos. Todo terminó a la 1 de la madrugada. La noche estaba exquisita y me fui caminando a mi hotel con un zumbido en los oídos y una sensación de profunda satisfacción.
Tab Benoit y Cyril Neville




viernes, 13 de abril de 2012

French Quarter Festival, día 1

La música brota en cada esquina. A cada paso que doy escucho una guitarra, un saxofón o un trombón. Las calles están llenas de gente. Todos bailan o se mueven como hechizados por el sonido que tienen más próximo. Esto es Nueva Orleans en primavera. Una usina musical incontrolable. LLegué justo para el French Quarter Festival, un evento gratuito de cuatro días que revolucionaría a cualquier urbe del mundo menos a esta. Porque Nueva Orleans tiene decenas de festivales al año, algunos más populares y masivos que otros, pero todos auténticos y muy arraigados con la tradición de la ciudad.

Big Al Carson
El comienzo del festival fue a puro blues y soul con Big Al Carson, un cantante que debe pesar unos 200 kilos o más, pero que tiene un registro vocal sensacional. Con el río Mississippi a sus espaldas y con los Blues Masters a su disposición, Carson cantó durante poco más de una hora y entretuvo a un numeroso público que se reunió en el escenario Louis & Louis, en honor a Armstrong y Prima, uno de las tantas tarimas que se erigen a la largo del Woldenberg Riverfront Park y el Barrio Francés.

Charmaine Neville
De allí me fui a dar un paseo por el French Market y luego me acomodé muy cerca del escenario que está en Jackson Square. Allí se presentaba Charmaine Neville. Su apellido es una institutción en la ciudad: sus primos, hermanos, sobrinos y tíos son glorias del R&B. Y ella es una performer muy entretenida y una imitadora sorprendente de Louis Armstrong, !Sí, sólo hay que escucharla como canta What a wonderful world! Pero eso no es lo único que hace. Se divierte arriba del escenario y bromea todo el tiempo. Entre los temas que tocó se destacaron I put a spell on you, Take the A train y Over the rainbow.

Grayson Capps
Luego fui al Abita Beer stage -por cierto, que cerveza tan exquisita- para escuchar a Grayson Capps & The Lost Cause Minstrels. Grayson, a quien descubrí el año pasado gracias a un post del blog de Rafa, Rock & Soul, es un cantante y guitarrista de blues, rock y roots music que compone sus propios temas. Es tan de Nueva Orleans que empezó en la música como "seguridad" en el legendario bar Tipitina's. Su show fue fabuloso. Le puso mucho onda y tocó canciones increíbles como A love song for Bobby Long y Mermaid. El mejor momento fue cuando recordó su paso por la banda Stavin' Chain y, junto con el público cantó Drink a little poison 4 U die. Mientras lo escuchaba el sol candente se ocultaba detrás del escenario y una brisa intensa proveniente del río erizaba la piel.

Trompetista de Rebirth Brass Band
A las seis de la tarde me fui a otro escenario para escuchar un ensamble de caños conocido aquí como Rebirth Brass Band y que el año pasado ganó un premio Grammy. Son nueve tipos que le sacan a sus trompetas, saxos, trombones y redoblantes un sonido arrollador en el que se combina el funk de Nueva Orleans y una pizca de hip hop. Había tanta gente escuchándolos que era casi imposible moverse.

La noche terminó a lo grande. Ocupé una mesa frente al escenario de The Saloon, un bar humoso que está sobre Bourbon Street. No llegué de casualidad. La figura de Bryan Lee me llevó hasta allí. Durante dos horas ametralló un blues detrás de otro. Down home blues, I'll play the blues for you, Heat seeking missile y My lady don't love my lady fueron algunos de los temas que tocó. Pero lo mejor vino cuando sus solos furibundos desangraron una notable versión de Blues with a feeling. "I'm in a Freddie King mood today", dijo antes de estrujar las cuerdas de su guitarra preferida, la Gibson Flying V negra. Cuando todo terminó caminé por las calles hasta mi hotel. El bullicio seguía y seguirá, porque aquí la música no descansa nunca.
Bryan Lee


martes, 10 de abril de 2012

Bonamassa en Buenos Aires

Festival de Blues de Notodden, 2011.
Me costó un par de días asimilar la noticia. Pensé que podía tratarse de un error o de alguna broma. Pero no. Era la pura verdad: Joe Bonamassa se presentará en el Teatro Coliseo el martes 29 de mayo (¡a las 20.30!) y las entradas ya están a la venta por Ticketek.

Ya escribí mucho de Bonamassa en este blog. Hice reseñas de sus últimos discos como solista, junto a Beth Hart o como miembro de la poderosa Black Country Communion. En este tiempo, también, tuve la oportunidad de verlo en vivo dos veces. La primera fue en abril de 2010, en el Town Hall de Nueva York. Esa vez quedé completamente absorto por su nivel interpretativo y su forma asesina de tocar la guitarra. Bonamassa dio un show superlativo. Potente. No dio respiro a una audiencia súper entusiasmada. La segunda vez fue en agosto del año pasado, durante el Festival de Blues de Notodden, en Noruega. Allí lo vi junto a BCC. Otra vez Bonamassa hizo con la guitarra lo que quiso, aunque su rol como showman fue un poco menos visible, ya que esa función la desempeñó, a la perfección, el ex Deep Purple Glenn Hughes. El repertorio estuvo ajustado a los dos discos de la banda y, como es habitual en ellos, rockearon a más no poder.

Town Hall, NY, 2010.
Ahora Bonamassa se presentará en Buenos Aires. Estoy convencido que el teatro estará lleno y será un gran concierto. Estimo que hará un show similar al que acaba de editar en DVD, Live at The Beacon, lo cual no es poco. A los bluseros les digo que no se lo pierdan. Olvídense de ese prejuicio que algunos dinosaurios nos quieren imponer, que si el que toca no es negro y no vive en Chicago no sirve. El blues es el padre del rock y de casi todo lo que vino después. Es un género que sigue desarrollándose,en constante movimiento y cruzando fronteras. Y Bonamassa es un poco todo eso. Es lo mejor que le pasó al blues en la última década y es un honor que venga al país en el mismo mes que lo hará Buddy Guy.

sábado, 7 de abril de 2012

Wine song 48

Fresh Cream fue el primer disco de una gran banda que duró muy poco. El power trío conformado por Eric Clapton, Jack Bruce y Ginger Baker se juntó en 1966 y cuando la década terminó ya se habían separado. Pero en ese breve lapso dejó una serie de grabaciones inolvidables, joyas absolutas que representan lo más fiel de la era psicodélica. SWEET WINE refleja un poco el espíritu de la época. La canción se pregunta: ¿Quién quiere la preocupación, la rapidez de la vida en la ciudad? / El dinero, nada gracioso, desperdicia lo mejor de nuestra vida / Hacer vino dulce, mientras irrumpe el amanecer / Podemos esperar hasta mañana. Y después sigue con subirse al coche, largarse a la ruta y ser libre. El sentimiento de una generación.


jueves, 5 de abril de 2012

Místico

Este disco es una OBRA DE ARTE. Las mayúsculas están para resaltar sin equívocos lo que Locked down es. Sin dudas, estamos ante un álbum asombroso, que destila una combinación de texturas, sonidos y percepciones surgidos de la sorprendente dupla que forman el guitarrista de los Black Keys, Dan Auerbach, y el legendario Mac Rebennack, más conocido como Dr. John. El disco es una especie de compendio atemporal remixado. Abarca cinco décadas de música, desde aquél revolucionario Gris-Gris, de 1968, hasta una neo-psicodelia experimental, con un fuerte anclaje en la tradición de Nueva Orleans. Dr. John suena místico, por momentos sobrenatural. Parece un espectro rítmico que irrumpe entre la paleta multi-sonora que propone Auerbach.

Dr. John es la voz de Nueva Orleans. Aquí, además, lleva a su ciudad a una nueva dimensión musical. Por momentos parece que ha sobrepasado todos los límites, pero en realidad lo que hizo fue empujarlos más allá. Es un álbum muy diferente a todos los demás que hizo, pero en realidad también es un álbum que si alguien lo tenía que hacer, ese era Dr. John. Esa contradicción la generó el hombre que lo empujó a transitar ese camino: Dan Auerbach. Lo primero que hizo el guitarrista de los Black Keys fue convencer a Dr. John de no tocar el piano y reemplazarlo por el Hammond B3 o el Fender Rhodes, así consiguió un sonido psicodélico más orgánico, aggiornado por las intervenciones de un saxo barítono y la guitarra distorsionada. Hay una combinación permanente de viejos sonidos con otros más actuales. Un ejemplo de eso son los coros que parecen haber salido de un álbum de los sesenta, que se balancean sobre una especie de electro beat candente que contiene todo lo que Dr. John siempre ofreció: swamp blues, voodoo funk y jazz.

Si ya todo este collage sensorial es por sí solo extraordinario, las canciones son de las mejores que escribió Dr. John en su vida. Melodías fabulosas como las de Locked down, Ice age y Kingdom of Izzness o algunas con estribillos fantásticos como Gateway, que pareciera haber sido coescrita junto a Bob Dylan, o My children, my angels. La letra de Revolution vuelve sobre un tema que sensible para su ciudad: el Huracán Katrina y la estela de destrozos, dolor e inoperancia gubernamental que dejó tras su paso. En algún punto el disco tiene un parentesco estilístico con El Camino, el sensacional álbum que los Black Keys editaron el año pasado. Se trata de un trabajo formidable que marcará un antes y un después, una obra de arte increíble que, sin duda alguna, será uno de los mejores discos de la década, tanto para los que siguen a Dr.John desde hace varias décadas como para los que conocen ahora gracias a Dan Auerbach.

martes, 3 de abril de 2012

De la cuna hasta la tumba

John Campbell tendría hoy 60 años si su corazón no hubiera estallado mientras dormía una noche calurosa de junio de 1993. Su legado discográfico es tan acotado como extraordinario. Campbell fue un guitarrista visceral y un cantante formidable, que aullaba unos blues humedecidos en bourbon. Murió en el mejor momento de su carrera: sus discos para el sello Elektra cautivaban al mundo del blues y su gira junto a Buddy Guy por Europa había sido un éxito. Si la Parca no hubiese irrumpido en su habitación, hoy sería uno de los popes indiscutidos del género. De todas maneras, su temprana muerte no hizo más que erigirlo en un mito, algo así como Stevie Ray Vaughan, pero con mucha menos prensa.

Nació en Shreveport, Louisiana, el 20 de enero de 1952 y se crío en Texas. Su música refleja el sonido árido texano, inspirado en la figura de Lightinin’ Hopkins, y los blues profundos del Delta. Empezó a tocar la guitarra de muy chico y a los 13 años ya lo hacía a cambio de una remuneración. Fue una de esas jóvenes promesas como Jonny Lang, Shuggie Otis o Nathan Cavaleri. De adolescente fue telonero de músicos enormes como Albert Collins o Clarence “Gatemouth” Brown. Pero la música no era su única pasión. Los autos ocupaban el otro costado de su interés. Empezó a correr picadas hasta que tuvo un accidente que casi le cuesta la vida. Campbell perdió el ojo derecho, sufrió la fractura de varias costillas y se le perforó un pulmón, por lo que tuvo que pasar varias semanas internado. Ese accidente terminó de inclinarlo hacia la música. Con el tiempo, su voz se tornó más cavernosa y su slide, casi como un puñal afilado, comenzó a describir sonidos más oscuros. Empezó a alternar su Gibson Southern Jumbo y su National Steel de 1934 con la guitarra eléctrica. Volvió a tocar en los bares de su pueblo y alrededores. Siguió creciendo y fue fichado por los productores de algunos festivales de blues.

Pero su vida cambió de lleno cuando se fue a vivir a Nueva York. Si bien es cierto que al comienzo siguió haciendo lo mismo que en el sur, tocar en vivo ante no mucho público, un encuentro fortuito lo llevó directamente a un estudio de grabación. El guitarrista Ronnie Earl quedó encantado con su forma de tocar y cantar los blues y le ofreció producir su primer álbum. El 18 de abril de 1988, Earl y Campbell entraron a los estudios Splice of Life, en Brighton, Massachusetts, junto a otros músicos de fuste como el armonicista Jerry Portnoy, el baterista Per Hanson y el cantante Darrell Nulisch. El resultado fue A man and his blues, una obra formidable y abrasiva. Tal vez porque todavía no era muy conocido, el álbum no tuvo cabida en su país y tuvo que ser editado por el sello alemán Crosscut. Pero al año siguiente llegó a oídos de los bluseros más acérrimos y gustó tanto que fue nominado para un premio W.C. Handy, y así llamó la atención en su tierra. Recién un año después de su muerte, en 1994, el sello Blue Rock’it lo reeditó en EE.UU. A partir de 1989, la figura de Campbell creció a pasos agigantados. La compañía Elektra puso el ojo en él y así grabó otros dos discos excepcionales, más eléctricos que A man and his blues, pero con el mismo espíritu: One believer (1991) y Howlin' mercy (1993). Este último incluye un cover de Tom Waits, Down in the hole, que es de las mejores interpretaciones bluseras de los noventa. Hay otros dos discos suyos, en pequeños sellos independientes, pero son muy difíciles de conseguir.

Para los descendientes de anglosajones, su nombre es algo así como Juan García. Si buscan en la web se van a encontrar con decenas de “John Campbell”, tanto políticos ingleses como estadounidenses, militares, deportistas, académicos, científicos, escritores y hasta músicos. Pero sólo éste John Campbell fue capaz de tocar blues desde las entrañas y no vivir para contarlo, de la cuna hasta la tumba.

sábado, 31 de marzo de 2012

Blues & Funky


Cuando la mayoría de los músicos de Chicago se inclinan por tener a la guitarra como estandarte o, en su defecto a la armónica, Big James & The Chicago Playboys ofrecen un combo muy diferente, que de a poco se va ganando su merecido espacio. La banda despliega una combinación de funky y west side blues muy efervescente, y su nuevo álbum en vivo, The Big Payback, es el certificado de que están haciendo lo correcto. El sello Blind Pig puso el ojo en esta banda hace cuatro años y editó Right here right now. El disco tuvo una discreta venta y la compañía tampoco hizo mucho despliegue para promocionarlo. De todas maneras, ayudó a que la banda se hiciera más conocida y ahora, cuatro años después, da pie a su secuela.

En The Big Payback, Big James Montgomery y sus muchachos descargan toneladas de energía en temas de Magic Sam, James Brown, George Clinton y algunas composiciones propias. Ya que mencioné a Magic Sam, hay que destacar la versiones de All your love y That’s what I’m crying, en las que a la voz de Montgomery se suman los solos penetrantes del guitarrista Mike Wheeler. El disco comienza con una funky ardiente, con los caños sonando como una fanfarria energizada con Red Bull y el teclado haciendo olas de sonido. The Blues will never die es un tema potente y movido. Luego sigue con The Payback, aquí llamada Big Payback, el clásico de James Brown, que Montgomery entona con una destreza asombrosa y la banda interpreta con mucho groove. Sigue con un shuffle, Coldest man I ever new, y después de All your love vuelve al funky, con Jody's got your girl and gone y un guiño irónico a Mustang Sally.

Trying to live my life without you tiene una melodía animada y un estribillo imposible de no tararear. I’ll stay es un funky setentoso con una guitarra profunda, al mejor estilo de su creador, George Clinton. El disco acaricia el final con un “Chicago blues”, como presenta Big James al tema Low down dirty blues. El final es sorpresivo: una versión exprés de dos minutos de Smoke in the water, de Deep Purple, donde el Wheeler demuestra que también puede tocar rock and roll, mientras que la banda trata de que ese rock no endurezca su sonido funky.

Montgomery, un verdadero maestro del trombón, y sus Chicago Playboys han recorrido un largo camino: fueron la banda detrás de Johnny Christian y tocaron para Little Milton, Albert King, Buddy Guy, Otis Rush y hasta Eric Clapton. Pero con el tiempo moldearon su perfil y ahora están imponiendo nuevos aires a la Ciudad del Viento. Bienvenidos al funky demoledor de Big James, creo que les volar la cabeza.

jueves, 29 de marzo de 2012

Lanzamientos de blues

Bob Margolin with Mike Sponza Band - Blues around the world. Bob Margolin se lanzó en una nueva aventura discográfica, esta vez acompañado por el bluesman italiano Mike Sponza y su banda. La idea surgió hace un año, luego de la gira que ambos músicos hicieron por varios países de Europa. El guitarrista nacido en Boston explicó que los shows fueron tan buenos que la gente les empezó a pedir que hicieran un disco. Así empezaron las tratativas y tres meses después entraron a un estudio de grabación en la ciudad eslovena de Koper. El resultado es un álbum contundente, sentimiento en estado puro que mezcla la experiencia y pasión de una figura del blues y con una cara nueva, al menos para el público de este lado del planeta. Y también es un alegato a la universalidad del blues, de ahí su nombre. El disco tiene once canciones: siete fueron escritas por el ex miembro de la banda de Muddy Waters, dos por Sponza y las restantes son covers de Nappy Brown (Down in the alley) y Muddy Waters (Rollin’ and tumblin’). También hay un bonus track: Margolin con su guitarra acústica, acompañado por su amigo Richard Rosenblatt en armónica, ya en su casa de Carolina del Norte, haciendo Love in vain de Robert Johnson, dedicada a su perra Chloe que se perdió en el bosque y nunca más la volvió a ver.

Chuck Leavell - Back to the woods/A tribute to the pioneers of blues piano. El currículum de Chuck Leavell es fabuloso. En 1973, los Allman Brothers lo convocaron para grabar Brothers and sisters y dos años después participó de las sesiones de Win, lose or draw. Luego formó su propia banda, Sea Level, que duró cinco años. A comienzos de los 80 fue llamado por los Rolling Stones para salir de gira y desde entonces toca con ellos. Además, grabó con Eric Clapton, en el mítico Unplugged, y los Black Crowes, en Shake your moneymaker; y tocó con a George Harrison, los Blues Traveler y Gov't Mule. Además, como si fuera poco, también hizo un esfuerzo por mantener una carrera con nombre propio. Back to the woods… es su quinto álbum solista. El nombre es elocuente. Aquí, Leavell da rienda suelta a todas sus influencias, la música que lo cautivó de joven, con interpretaciones de grandes pianistas como Leroy Carr, Little Brother Montgomery, Otis Spann y Ray Charles. Y además cuenta con invitados de lujo como Keith Richards y John Mayer. Un álbum de puro blues para conocer mejor al hombre que siempre estuvo detrás de las grandes figuras.

Little Freddie King – Chasing the blues. Fred Eugene Martin adoptó su nombre artístico inspirado en su ídolo, Freddie King. Si bien en algún momento de su vida su sonido se pareció demasiado al del “gran” Freddie, el “pequeño” logró diferenciarse y desarrollar un estilo propio, en el que se mezcla la influencia de su primo Lightinin’ Hopkins, sus raíces en el sur profundo del Mississippi (nació en McComb hace 71 años) y sus cinco décadas viviendo en Nueva Orleans. King no tiene muchos discos. Grabó uno en 1969 y tuvo que esperar 27 años para volver a un estudio. Desde entonces, hasta 2010, grabó cuatro más. Asi que Chasing the blues es el séptimo disco oficial y es una nueva gran oportunidad para descubrir a un bluesman que es más un referente de bares que de discografías. Aquí, Little Freddie King desnuda sus blues. Crudos, viscerales y mohosos, como las orillas del río que ha recorrido mil veces. Escribe sus propias canciones y, si bien no es un virtuoso, es un tipo que compensa con espíritu verdadero.