miércoles, 20 de marzo de 2013

Storytellers contemporáneos

Anders Osborne / Grayson Capps
Esta es la historia de dos músicos que tuvieron vidas distintas, pero una misma pasión como hilo conductor. Ambos, después de mucho peregrinar, terminaron en Nueva Orleans. Uno, Anders Osborne, muy lejos de su Suecia natal; el otro, Grayson Capps, dejando atrás el pequeño poblado costero de Fairhope, en Alabama. Los dos pasaron por Tipitina, un emblema de la música de la ciudad creciente y hoy, por adopción, son sus hijos pródigos.

Los dos tienen poco más de 45 años y características físicas similares. Tienen aspecto de surfers, con sus largos pelos rubios y sus barbas, sus cuerpos flacos y la ropa que usan: camisas gastadas o remeras desteñidas y jeans. Ambos suenan crudos y viscerales cuando quieren, pero también son melodiosos y profundos. Sus letras reflejan lo que se vive en la calle. La lírica ácida y mordaz de Grayson Capps es comparada con la de Tom Waits, aunque su música tira más al blues y al folk. Osborne tiene impregnada la esencia musical de Nueva Orleans y es uno de los narradores contemporáneos más perspicaces.

También hay diferencias sustanciales que marcaron trazos separados en las vidas de estos dos intérpretes. El padre de Capps era escritor, pintor y escultor; mientras que el de Osborne, músico de jazz. Capps llegó a Nueva Orleans para estudiar actuación en la Universidad de Tulane; Osborne lo hizo luego de viajar por el mundo haciendo dedo. Para 1989, cuando Capps terminó la facultad y comenzó a tocar la guitarra de manera más regular, Osborne ya llevaba cuatro años tocando en las calles del French Quarter y editaba Doin’ fine, su primer disco para un sello independiente. Poco después Capps se sumaría a una banda de trash folk, House Levelers, con la que en 1991 grabó el primer y único disco para el sello de Tipitina.

Luego de su segundo trabajo independiente, Break the chain (1993), el sueco comenzó a girar por los Estados Unidos y así pudo dar un gran paso en su carrera: en 1995 fue contratado por el prestigioso sello Okeh, de Sony, y grabó su primer álbum oficial. Con Wich way to here se presentó a un público más masivo y dejó en claro que además de ser un gran intérprete, como ya venía mostrando, se estaba esmerando para escribir buenas canciones. Capps seguía buscando su norte y junto a John Lawrence formaron Stavin' Chain. A comienzos de 1998, firmaron con la compañía discográfica alemana Ruf y un año después editaron su único álbum, llamado como la banda y producido por el bluesman John Mooney. Capps y Lawrence escribieron todas las canciones, pero una, especialmente, se convirtió en un himno conemporáneo de Nueva Orleans: Poison tiene la magia del cha cha, del calipso, del blues, del zydeco y todos los sonidos que brotan de esa tierra multicultural. Pese al éxito del disco, Stavin’ Chain se disolvió.

El show de Osborne se volvió uno de los más calientes tanto en el French Quarter como en Frenchmen Street. Por eso el sello Shanachie le hizo un jugoso contrato que incluyó cuatro discos solistas de estudio, uno en vivo y el restante junto al jefe indio Mardi Gras, Monk Boudreaux, que le valió el reconocimiento de los más fervientes defensores de la tradición de la ciudad. Fue como una especie de ceremonia de naturalización. Pero el huracán Katrina modificó su visión sobre muchas cosas e influyó notablemente en sus canciones. Su excelente álbum Coming down, de 2007, es un manifiesto sobre esa época aciaga.

Una novela de su padre le dio a Capps una gran oportunidad cuando la directora de cine Shainee Gabel decidió llevarla a la pantalla grande. A love song for Bobby Long fue estrenada en 2004 y el reparto estuvo encabezado por John Travolta y Scarlett Johansen. La banda de sonido incluía temas de Lightinin’ Hopkins, Los Lobos, Magic Slim y Grayson Capps, quien además tuvo un pequeño rol en el film.

Desde entonces, ambos músicos no paran de componer, tocar y grabar. En 2010, Osborne firmó contrato con Alligator Records y ya editó dos álbums y el flamante EP, Three free amigos. Capps grabó cinco discos magníficos para dos sellos distintos, más pequeños que el de Bruce Iglauer, pero con una buena red de distribución en gran parte de los Estados Unidos. Los dos relatan historias sobre lo que los gringos llaman la “América profunda”. Ellos son los narradores del desaliento, del amor, de la esperanza, de la frustración. Son dos storyteller modernos que componen canciones para la posteridad.