lunes, 26 de marzo de 2012

Blues a ciegas

La primera referencia histórica de un músico ciego es del siglo VI antes de Cristo en China. Desde entonces hay cientos de ejemplos para mencionar: los biwa hoshi japoneses del siglo XII; los kobzars ucranianos de principios del 1800; Turlough O'Carolan, referente de la música irlandesa que murió en 1738; o hasta los más recientes Stevie Wonder, Clarence Carter, los Blind Boys of Alabama, Andrea Bocelli, José Feliciano, Diane Schuur y Roland Kirk. Todos ellos desarrollaron un sentido absoluto y notable por la música. Pero este fenómeno se dio de una manera contundente en el mundo del blues. Esta es la lista de los diez músicos ciegos más influyentes del género.

Blind Lemon Jefferson (1893-1929). Son varios los pergaminos que tiene este músico nacido en el poblado texano de Couchman. Para empezar, fue uno de los guitarristas más influyentes del blues rural y hoy está considerado como el padre del blues de Texas. Durante la década del 20 fue uno de los músicos más populares y exitosos. En apenas tres años grabó unas cien canciones, algunas verdaderos clásicos del género como Matchbox blues y Black snake moan. Jefferson nació ciego y empezó a tocar la guitarra a los siete años. Su estilo es algo diferente al de los bluesmen del Mississippi, ya que estaba en parte influenciado por la música de los trabajadores mexicanos. Cuando tenía veintitantos se mudó a Dallas y allí conoció a Leadbelly con quien tocó durante un tiempo. Al día de hoy, su muerte sigue siendo un misterio: no hay certificado de defunción y las versiones de cómo murió son muchas, pero por suerte su legado atravesó el tiempo y eso lo hace inmortal.

Blind Blake (¿1890/97?-¿1933/37?). Está considerado el creador del Piedmont blues, estilo que se nutre del fingerpicking, la forma de tocar la guitarra sin púa y marcando el bajo con el pulgar, que se asemeja al sonido del piano ragtime. Pero poco se sabe de su vida. Arthur Blake (algunas fuentes señalan que se llamaba Arthur Phelps) nació en Jacksonville, Florida. Hay datos que indican que fue alrededor de 1890, según consta en los archivos de la discográfica Paramount, pero otras versiones señalan que fue en 1897. Nadie puede precisar de qué manera perdió la vista. Se dice que estuvo un tiempo en Chicago, durante la década del 20, y que su otra especialidad, además de la música eran las peleas. Dueño de una técnica fluida, precisa y melódica, y una asombrosa voz de barítono, Blake grabó 79 canciones durante la época de la Depresión, entre las que se cuentan su clásicos Diddy wa diddy y Georgia blues. Sobre su muerte también hay pocas certezas. Algunos aseguran que fue asesinado en Chicago en 1933 y otros que volvió a Jacksonville donde murió en 1937. Su vida es una gran incógnita, pero su música ha sido fuente de inspiración para miles de músicos durante más de 80 años.

Blind Willie Johnson (1902-1947). Pasó a la historia como un símbolo del blues y del góspel de comienzos de siglo XX. Willie Johnson fue un gran guitarrista, aunque será recordado siempre por su voz aguardentosa y salvaje. Al igual que Jefferson, nació una granja de Texas, pero perdió la vista cuando tenía siete años durante una pelea entre su padre y su madrastra. Ellos estaban discutiendo cuando la mujer le arrojó agua de lejía al hombre, que accidentalmente quemó los ojos del pequeño Willie. Con el tiempo empezó a tocar la guitarra. Para el slide no utilizaba un cuello de botella como muchos de sus contemporáneos, sino que deslizaba sobre las cuerdas una navaja de bolsillo. Así empezó a tocar en las esquinas, donde desarrolló una excelente técnica para tocar blues. Pero él no quería tocar la “música del Diablo” ya que era un muy creyente y por eso empezó a cantar góspel y spirituals, y se volvió pastor evangélico. En 1927 grabó seis canciones para el sello Columbia y en los siguientes dos años grabaría 24 temas más. Durante la década del 40 siguió tocando hasta que una neumonía acabo con su vida.

Blind Boy Fuller (1907-1941). Como la mayoría de sus contemporáneos fue un autodidacta. Pero él no nació en una granja texana, a orillas de Mississippi o en los pantanos de Louisiana. Su tierra natal fue Carolina del Norte, en la Costa Este de los Estados Unidos. Su verdadero nombre era Fulton Allen y, según la leyenda, quedó ciego luego de que su madrastra le quemara la cara con ácido cuando era niño. A mediados de la década del 30 tocaba en las calles de Durham cuando lo descubrió el caza talentos James Long y lo llevó a grabar a Nueva York. Así comenzó su época más fructífera: en los siguientes cinco años compuso el grueso de su material, entre los que se destaca el clásico Rag, mama ,rag. Fuller es uno de los músicos más reconocidos del Piedmont blues. Un disco fabuloso para conocer su música es el East Coast Piedmont style editado por el sello Columbia en 1991.

Blind Willie McTell (1901-1952). “Nadie puede cantar blues como Blind Willie McTell”, dice el estribillo de la canción que Bob Dylan le dedicó al guitarrista nacido en Thomson, Georgia. A diferencia de los músicos mencionados antes, McTell registró un período activo luego de la segunda guerra mundial. Es muy probable que por eso tenga una discografía más extensa que los demás. Si bien no está claro el motivo, McTell nació casi ciego y perdió la vista por completo siendo un niño. Hijo de padres músicos y con un parentesco con Tom Dorsey, McTell fue dueño un estilo sublime. Cuando tenía unos 25 años empezó a tocar la guitarra de doce cuerdas y fue entonces cuando desarrolló la técnica que lo haría famoso: combinó el finger-picking con el slide y así logró un sonido que parecía constituido por dos guitarras. A eso le sumó una forma exquisita de cantar, un tanto nasal y con algunos elementos de los cantantes hillbillys, de los Apalaches. A diferencia de muchos otros músicos de la época, McTell fue a escuelas para ciegos e integró las giras de distintos carnavales y shows medicinales, algo muy típico en los Estados Unidos de comienzos del siglo XX. Entró por primera vez a un estudio en 1927 y editó para el sello Victor una de sus canciones más memorables, Statestboro blues. En 1940, gracias a Alan Lomax, grabó para la Librería del Congreso y nueve años después dejó un nuevo testimonio musical para el sello Atlantic. En 1956 fue redescubierto y una vez más volvió a los estudios de grabación. Tres años más tarde murió como consecuencia de un derrame cerebral.

Rev. Gary Davis (1896-1972). Nació parcialmente ciego y con el tiempo perdió por completo la visión. Por ese motivo desarrolló un sentido agudo para la música. Aprendió a tocar la guitarra cuando tenía seis años y desde entonces no hizo otra cosa que mejorar y pulir su estilo. Fue un maestro del ragtime y fue un nexo entre la música de Blind Blake y Blind Boy Fuller. Si bien nació en Carolina del Sur, anduvo por todos lados. Durante la década del 30 grabó su costado más blusero, hasta que en 1937 se ordenó como ministro y empezó a tocar más que nada spirituals. En los 40 se mudó a Nueva York y se afianzó como músico en las esquinas de Harlem. En las dos décadas siguientes grabaría el grueso de su discografía para los sellos Stinson, Folkways, and Riverside. En la década del 60 fue redescubierto por el movimiento folk y cautivó a los jóvenes de esa generación con su solvencia para tocar la guitarra. Por aquellos años se dedicó a la enseñanza: entre sus alumnos más notables figuran Ry Cooder, David Bromberg y Jorma Kaukonen (ex Jefferson Airplane).

Ray Charles (1930-2004). Qué más se puede decir de Ray Charles a esta altura. Muy poco. Se sabe que su nombre se asocia tanto al blues como a muchos otros géneros. Ray Charles podría ser considerado como un cantante soul, un artista de R&B o un músico de jazz, que también se codeó con la música country y el pop. Lo cierto es que fue un personaje extraordinario que supo vivir de la música y que creo canciones - Crying time, Here we go again, I got a woman, What'd I say- que hoy son emblemas de la música popular estadounidense. Nació en una zona humilde de Albany, Georgia , y quedó ciego a los seis años por glaucoma. Así como Blind Willie McTell, fue a la escuela para ciegos, donde aprendió a leer, escribir y tocar varios instrumentos, aunque luego el piano sería su debilidad. Primero empezó imitando a Nat “King” Cole, pero con el tiempo alcanzó un estilo propio. En su carrera grabó decenas de discos y dio miles de shows alrededor del mundo. Murió como consecuencia de un cáncer de hígado. La película Ray, protagonizada por Jaime Foxx, es un buen retrato de su vida.

Sonny Terry (1911-1986). También surgido del riñón de Georgia, Sonny Terry se convirtió en uno de los armonicistas más importantes de la historia del blues. Lo que alcanzó con ese pequeño instrumento fue revolucionario. Influenciado por el sonido hillbilly creó un estilo personal y muy difícil de imitar llamado whoppin’, que consiste en entremezclar chillidos con el soplido de la armónica. Terry quedó ciego por un accidente cuando tenía 16 años y eso fue decisivo para que se dedicara a la música. Primero se mudó a Durham, NC, donde conoció a Blind Boy Fuller y empezó a tocar con él. A fines de la década del 30, viajó a Nueva York para grabar para el sello Vocalion y dos años más tarde volvió a la Gran Manzana para participar del legendario Spirituals to Swing Concert organizado por John Hammond. Cuando Fuller murió en 1941, Terry empezó a tocar con el guitarrista Brownie McGhee. Esa sociedad sería histórica. Juntos grabaron gran cantidad de álbumes para sellos tan prestigiosos como Folkways, Savoy y Fantasy. Y en los 60 se convirtieron en referentes ineludibles del movimiento folk. En los 70 tuvieron diferencias que los llevaron por caminos distintos. Poco después, Terry grabaría un disco memorable junto a Johnny Winter y Willie Dixon, para el sello Alligator. Murió por causas naturales a los 75 años.

Snooks Eaglin (1936-2008). Vivió y murió en Nueva Orleans, donde logró una gran reputación. Se destacó por su estilo particular para cantar, similar al de Ray Charles, y por su forma punzante y, en cierta medida, poco convencional para tocar la guitarra. Pero principalmente por el amplio repertorio que llevaba a cuestas con el que siempre sorprendía a sus audiencias. Eaglin, que perdió la vista afectado por el glaucoma, tuvo una primero etapa acústica y durante una época cargó con el apodo de “Little Ray Charles”. A fines de los 50 y comienzos de los 60 participó de sesiones acompañado solamente por sus guitarras de seis y doce cuerdas. That’s all right, de 1961, es un buen testimonio de su costado unplugged. Casi en paralelo, empezó a tocar con una banda y grabó para el sello Imperial. Eaglin no tuvo exposición a nivel nacional hasta mediados de los 80 cuando editó una serie de muy buenos discos para el sello Black Top. Pero su vida siempre siguió ligada a los bares de Nueva Orleans. Allí desplegó todo su talento hasta que tuvo que ser internado afectado por un cáncer de próstata.

Jeff Healey (1966-2008). El nombre de Healey se hizo conocido de forma masiva luego de la película El duro, de 1988, protagonizada por Patrick Swayze. Allí, Healey se interpretaba a sí mismo: un músico ciego que arriba del escenario le sacaba chispas a su guitarra, la cual apoyaba sobre sus muslos, y encendía a un público ávido de peleas. Pero más allá de esa aparición en la gran pantalla, Healey ya había juntado bastante experiencia en bares y festivales tocando ante audiencias exigentes. En el mundillo del blues ya era muy reconocido, especialmente por Stevie Ray Vaughan, con quien mantenía una relación de afecto y respeto profesional. Pero a partir de la película, el músico canadiense se hizo famoso en los EE.UU. y eso le permitió editar su disco See the Light, cargado de shuffle, wah wah, baladas y blues. El álbum tuvo una muy buena acogida, pero la consagración le llegó dos años después con Hell to play, con invitados de lujo como George Harrison, Jeff Lynne y Mark Knopfler. Healey, que había perdido la vista cuando tenía un año por un cáncer de retina, vivió siempre limitado por graves problemas de salud. En 2008, justo cuando su disco Mess of blues irrumpía en el mercado, murió por lo misma enfermedad que lo aquejó durante toda su vida.

BONUS TRACK:

Bryan Lee (1945). Pese a que nació en Two Rivers, Wisconsin, el “Braille Blues Daddy” es uno de los músicos más reconocidos de Nueva Orleans y es el único de esta lista que sigue vivo. Dueño de un sonido muy característico, Lee es uno de esos guitarristas que moldeó su estilo escuchando por radio a Muddy Waters, Elmore James y B.B. King, A los ocho años se quedó ciego y a los 15 empezó a tocar la guitarra con ganas. De a poco, se fue haciendo un lugar en las bandas de su región y durante los 70 mantuvo una amistad con Luther Allison. En 1981, Muddy Waters lo escuchó tocar durante un concierto en Milwaukee y quedó muy impresionado con él. “Bryan no dejes de hacer lo que haces, porque dentro de un tiempo serás una leyenda viva”, le dijo. Eso fue inspirador para él, pero no se fue a vivir a Chicago, sino que lo hizo mucho más al sur. Se radicó en Nueva Orleans en 1982 y con el tiempo se fue ganando un lugar de privilegio en la noche del French Quarter, especialmente en el Old Absinthe House Bar. En total grabó ocho discos de estudio, tres en vivo y tiene su Greatest Hits, todos para el sello Justin Time. Entre sus pergaminos también está ser el mentor de Kenny Wayne Shepherd. Pese a los avatares de la vida, la ceguera, delicados problemas de salud y el huracán Katrina, Lee no deja de hacer lo que más la gusta.

viernes, 23 de marzo de 2012

Entre amigos

B.B. King tiene una larga lista de discos en vivo y algunos están entre los mejores de la historia del blues. Ahora acaba de salir Live at Royal Albert Hall 2011, su nuevo álbum, que si bien no tiene la majestuosidad de Live in Cook County Jail o Live at The Regal, es el trabajo de un hombre de 85 años que sigue haciendo lo que le gusta: tocar blues. El disco tiene algunas de esas cosas que vimos los porteños durante los shows que dio en el Luna Park, justo hace dos años. Un B.B. King más tranquilo, tocando lo justo y dialogando mucho con el público. Pero ese poco que toca es tan notable como siempre, tan único, que atravesó décadas e influyó a miles de músicos, no sólo de blues sino también de otros estilos. A B.B. King lo veneran todos.

La primera parte empieza con un B.B. muy distendido, contando alguna breve anécdota al público al comienzo de cada canción y anticipando que habrá invitados de lujo. El set empieza con I need you so, un tema de Ivory Joe Hunter, que King viene tocando en vivo desde hace varios años. Luego sigue con el clásico Key to the highway, donde sus dedos se deslizan por las cuerdas de Lucille como las manos de un hombre apasionado sobre el fino contorno de la silueta de su amante. See that my grave is kept clean, inspirada en un tema de Blind Lemon Jefferson, que B.B. grabó en su último disco de estudio, One kind favor, comienza con él recordando cómo se molestó cuando el productor T-Bone Burnett le sugirió que la incluyera en el álbum. “¿Por qué le ofreces a un hombre de 84 años un tema que se llama así?”. Esa primera parte cierra con una suave y emotiva versión de All over again.

El segundo tramo del disco trae a los invitados a escena y el resto del show se convierte en una zapada entre amigos. Luego de un comienzo en falso de Rock me baby, en el que B.B. le pide a la banda que se detenga y empiece de nuevo, presenta a Susan Tedeschi y a su marido, Derek Trucks. La canción despega con su típica cadencia, pero con el agregado del fabuloso slide del guitarrista de los Allman Brothers y la dulce entonación de Tedeschi. Casi sin darnos cuenta, Rock me baby muta a You are my sunshine. Después suben al escenario Ronnie Wood, Slash y el cantante de Simple Red, Mick Hucknall, para tocar Sweet sixsteen, que rápidamente deriva en una zapada de más de 15 minutos y que en los créditos del disco figura como B.B. jams with friends. Todos juntos siguen con The thrill is gone, con una potente sección de vientos rellenando los espacios entre los cruces de las guitarras del Rey del blues y sus amigos. El cierre del álbum es con Guess who y el himno góspel por excelencia, When the saints go marching in.

Live at Royal Albert Hall 2011 es un álbum relajado, en el que el Rey del blues se siente a gusto con su público y sus invitados. Es un disco que engrosa su extensísimo catálogo y que, en definitiva, es una nueva pieza del legado musical de uno de los intérpretes más trascendentes de la historia contemporánea.

lunes, 19 de marzo de 2012

Monumental

La mejor obra conceptual de la historia del rock superó el paso del tiempo. The Wall tiene tres etapas muy marcadas: su exitoso lanzamiento como disco doble y película, en 1979; el histórico concierto de 1990 en Berlín, con músicos de fuste como Van Morrison, Eric Clapton, Joni Mitchell y The Band; y esta gira mundial imponente que combina todo el talento de Roger Waters con un montaje excepcional. No hay en el mundo otro concierto como este, en el que lo visual juega un papel fundamental como cada una de las canciones que relatan la historia de una estrella de rock mutilada emocionalmente.

Ya se habló mucho por estos días de la puesta en escena y el rol clave de la tecnología. Pero una cosa es leer sobre eso y la otra es verla. Con cada tema estalla un juego de efectos diferente: imágenes que se superponen sobre el muro o la pantalla circular; el muro que se va armando ladrillo a ladrillo; muñecos gigantes que se descuelgan de la parte superior del escenario; un pequeño avión que atraviesa el estadio de punta a punta y derriba parte del muro; el cerdo gigante que sobrevuela a la gente con leyendas que cuestionan al capitalismo y a los gobiernos; fuegos artificiales que explotan en el inicio; y el sonido surround que es sencillamente formidable.

La lista de canciones no presenta sorpresas. Se trata de una obra en el que el orden tiene un sentido claro, de relato. En muchos de los temas casi no hay variaciones, aunque Waters se permite algunos cambios. El más significativo es el final de Another brick in the wall part II: cuando los chicos abandonan el escenario, la canción termina relajada y más melódica, con Waters tocando la guitarra acústica. Pero no me quiero olvidar del soberbio saxo del comienzo, describiendo círculos sonoros en el aire, antes de que empiece la descarga feroz de In the flesh. Entonces, unos cuantos fuegos de artificio iluminan en el escenario y decretan que el show ha comenzado.

Roger Waters dedica el concierto a las Madres de Plaza de Mayo y a Ernesto Sábato. “Nunca más víctimas del terrorismo de Estado”, dice en un español forzado. Esas palabras las pronuncia en el mismo estadio en el que hace 34 años el genocida Jorge Rafael Videla gritaba los goles del “Matador” Kempes. Curioso: cuando eso pasaba Pink Floyd escribía The Wall. La política se cuela a cada momento, está inmiscuida en la historia. En Mother, Roger Waters pregunta “¿Debería confiar en el gobierno?”, algunos pocos silbidos se escuchan en la inmensidad del estadio. No es como dijo Clarín que se generaba una silbatina generalizada. Ya se sabe: Clarín miente.

También en Mother, se produce un puente atemporal, en el que Waters canta a dúo con él mismo allá lejos en el tiempo. Sobre la pantalla aparece un “fucked up Roger”, como él dice, en un video que fue grabado en 1978 en el barrio londinense de Earl’s Court. Al Roger de antes se lo ve drogado y más glam.

Este es el octavo de los nueve shows porteños. El estadio está repleto y el público recién se pone de pie con el comienzo de Comfortably numb y, sobre el final, con Run like Hell. Otro momento fabuloso es el video de The Trial, que combina parte de la animación original de la película con nuevos agregados, que se proyectan en el muro y dejan con la boca abierta a más de uno.

Creo que la única imperfección del show es la falta de David Gilmour. Imagínense que para reemplazarlo Waters tuvo que reclutar a dos excelentes guitarristas de blues –Snowy White y G.E. Smith-, otro violero con un sonido más potente -Dave Kilminster- y un cantante -Robbie Wyckoff-. A ellos se suman la sobria y obediente base rítmica, dos tecladistas –uno de ellos es su hijo Harry- y un grupo coral, que se destaca cuando entonan, casi como una plegaria góspel, The show must go on.

En el estadio Antonio Vespucio Liberti de Núñez hubo grandes gestas deportivas y conciertos de rock memorables. Pero que me perdonen los hinchas de River y los fanáticos de los Stones, U2, AC/DC y Paul McCartney, creo que recién ayer, finalmente, un show justificó el nombre con el que todos lo conocen: Monumental.

sábado, 17 de marzo de 2012

En la senda correcta

La historia de Janiva Magness podría ser una novela de Paul Auster. Nació en Detroit, Michigan, el último día de la década del sesenta. Tuvo una infancia traumática: su madre se suicidó cuando ella tenía 13 y su padre, un oficial de policía, se mató tres años más tarde. De su papá heredó una colección de discos de country blues que empezaron a moldear su perfil musical, que se potenció por los sonidos de su ciudad y el efecto Motown. Al poco tiempo de la muerte de su padre, empezó a escaparse de la casa de sus abuelos, que quedaron a cargo de ella, para ir a escuchar blues a los bares, donde no tenía más remedio que colarse o presentar identificaciones falsas. Sus escapadas se hicieron cada vez más frecuentes y terminó literalmente viviendo en la calle. Por esa época quedó embarazada y tuvo que dar a su bebé en adopción. Un show de Otis Rush cambió su vida y entonces se enfocó por completo en la música, pese a que durante un tiempo tuvo que realizar otros trabajos para sobrevivir.

Esta introducción biográfica sirve para ilustrar un poco a esta cantante extraordinaria que acaba de lanzar su noveno disco, el tercero para el sello Alligator. Luego de tantos avatares, Magness logró posicionar su carrera y hoy integra el podio de las mejores cantantes de blues del momento. Stronger for it comienza con dos temas compuestos por ella junto al productor y guitarrista David Darling: There is it es un blues potente, con arreglos al mejor estilo Stax y I won’t cry, con una melodía más apacible, es el relato de un corazón roto que exclama que “me lastimaron, puedo sangrar pero no voy a llorar”. El tercer tema, Make it rain, fue compuesto por la dupla que forman Tom Waits y su esposa, Kathleen Brennan. Es un blues auténtico en el que la voz de Magness suena brutal y la guitarra de Darling muy punzante. El cuarto tema es el último de los que fue escrito por Magness y Darling. Whistlin' in the dark recuerda el soul sureño de Eddie Hinton.

Janiva también hace un cover de Ike Turner, You got what you wanted, con arreglos que llevan a la canción a lo más profundo del funky de New Orleans, especialmente por el sonido del Hammond B3, a cargo de Jim Alfredson, que se entrelaza con unos registros vocales con tinte épico. Y luego sigue con una versión de Gladys Knight, I don't want to do wrong, en el que un coro masculino resalta la profundidad de su canto. En Dirty water, Magness demuestra toda su versatilidad para cantar un blues más denso, para luego comenzar a capella la balada Things left undone. El final la lleva a un viaje intenso por el sur, un góspel titulado Whoop and holler, donde su voz es acompañada por el batir de palmas y el coro de sus músicos al mejor estilo pregunta-respuesta. En definitiva, Stronger for it es un álbum excelente que confirma que Janiva es una mujer con mucho blues, que está en la senda correcta y que, seguramente, en el futuro escucharemos mucho más de ella.


jueves, 15 de marzo de 2012

Retrato de una época

El disco de John Mayall que acaba de ver la luz, Big man blues, fue grabado hace 30 años en Los Angeles. Aquí no está ninguno de los grandes guitarristas que integraron los Bluesbreakers: Eric Clapton, Peter Green, Mick Taylor, Walter Trout o Buddy Whittington. La banda está integrada por músicos que no quedaron en la historia grande de los soldados de Mayall: James Quill Smith (guitarra), Kevin Mc Cormick (bajo), Soko Richardson (batería), Maggie Parker (percusión) y Christiaan Mostert (saxo y flauta). Así y todo, Big man blues viene a reivindicar esa época un tanto olvidada del padre del blues inglés.

Este disco, que originalmente se iba a llamar Road show blues, y que está compuesto por siete temas de estudio y dos en vivo –Baby, what you want me to do y Mexico City-, encuentra a Mayall en completo dominio de la escena, manejando los hilos de una banda que suena compacta porque ya hacía más de un año que venían tocando juntos. Al álbum hay que escucharlo sin prejuicios y menos intentar compararlo con los discos de los sesentas. Hay que entenderlo dentro de la época en el que fue grabado. La banda suena muy aceitada y efusivamente enérgica. Mayall se destaca por su fiereza vocal y su voluntad incansable con la armónica, aunque, como también es su costumbre, alterna la guitarra y los teclados.

Los mejores temas de Big man blues, el tercer y último disco grabado para el sello londinense DJM Records, son John Lee Hooker boogie, donde Mayall relata la historia del músico nacido en Clarksdale y que se convirtió en uno de los emblemas de la historia del blues. La armónica de Mayall suena formidable y se balancea por encima del sonido del piano y los licks de la guitarra de Quill Smith. Y en Mama talk to your daugther, de J.B. Lenoir, la voz de Mayall alcanza unos registros fabulosos, con los coros que hacen su esposa Maggie y los otros músicos.

El álbum dura 38 minutos y eso hace que sea un poco más aceptable. Tal vez, si fuera más extenso, con el correr de los minutos iría decayendo el interés. Por un lado es un disco que a los fanáticos de Mayall les servirá para completar su colección, ya que es un retrato de una época. Los que nunca lo escucharon por favor no empiecen con este disco, vayan directamente a los primeras grabaciones que hicieron historia.

lunes, 12 de marzo de 2012

Family guy

Ayer murió un gran guitarrista, un bluesman que resignó el éxito por amor a su familia. Tal vez el nombre de Bugs Henderson no sea muy conocido por estos pagos, pero en Texas era una verdadera leyenda. Tenía 68 años y no pudo soportar los embates de un cáncer de hígado que lo aquejaba desde hacía un año.

La primera vez que escuché un disco suyo fue durante los noventa, de la misma manera que descubrí muchos otros músicos. El álbum American music llegó en una caja en la que entraban unos 20 cd’s, mezclado entre discos de blues y de jazz. Guillermo, el dueño de la disquería Minton’s, me dijo: “Llevalo y si te gusta después me lo pagas”. Y así fue. Después escuché muchos más discos de Henderson, pero ninguno me impactó tanto como ese álbum en vivo que tenía temas alucinantes como Dance till the moon go down o versiones incendiarias de I’m tore down, Big legged woman o Back to Louisiana. Pero sin dudas la canción que hizo que me estallara la cabeza fue el cover de Ain’t nobody business if I do. El solo del comienzo es tan intenso, tan salvajemente descarnado, que hay que ser un marciano para no dejarse llevar.

Johnny Winter y Bugs Henderson
Ese álbum, además tiene el tema Honky tonk, en el que Henderson zapaba nada más y nada menos que con otras glorias de Texas como Johnny Winter, Willie Nelson, Jimmie Vaughan y John Ely. Así entré al gran mundo de Bugs Henderson y luego conseguí algunos de sus otros discos: Years in the jungle (1993), Daredevils of the red guitar (1994), That’s the truth (1995) y Legendary jams (1976-1980) en el que su guitarra se batía a duelo con las de Winter, Roy Buchanan, Freddie King y Ted Nugent. Como verán, a Henderson no le faltaban amigos.

El sonido de su guitarra fue realmente revolucionario. Encaraba los blues de manera más atrevida que la media de los músicos, pero siempre respetando sus raíces texanas. Hizo, en definitiva, lo que le recomendó Freddie King, su mentor: “Sigue tu corazón”. La prestigiosa revista Guitar Player consideró que “Henderson debería ser declarado un tesoro nacional”, mientras que Blues News lo definió como “el prototipo del guitarrista texano brutal que no toma prisioneros”.

Bugs junto a uno de sus nietos
Bugs Henderson tuvo todo para convertirse en un héroe de la guitarra, pero su familia siempre estuvo antes que la música. “Si me hubiese convertido en un rockstar nunca habría tenido la vida que tengo, no podría estar con mis hijos y asistir a sus partidos de béisbol”, dijo en varias entrevistas. Eso hizo que saliera poco de gira y que, más que nada, se dedicara a tocar cerca de donde vivía, en la ciudad de Garland, en las afueras de Dallas. Cuando sus hijos crecieron, para no extrañarlos, los sumó a sus giras: Buddy se convirtió en su baterista, Cody en su técnico de sonido y Rose en su vendedora demerchandising. De todas maneras, Henderson dejó un nutrido catálogo discográfico, aunque siempre grabó para sellos menores como Taxim, Burnside, Blue Flame y Trigger Music.

Hoy no hay mejor homenaje que escuchar sus discos y redescubrir a un guitarrista tremendo cuyo legado musical perdurará por siempre.

viernes, 9 de marzo de 2012

That 70's show

Estaba previsto que el show empezara a las 21 y yo una hora antes estaba a dos de llegar. Si bien ya había venido varias veces a Santiago, calcular los tiempos del tráfico en una ciudad en la que uno no vive es difícil. Lo cierto es que decidí acortar el recorrido en subte, desde la estación Los Leones hasta Universidad de Chile. Con esa movida recuperé un poco de tiempo que volví a peder después: los Carabineros estaban reprimiendo una marcha cerca de la Casa de la Moneda y había calles cortadas. Llegué al Teatro Caupolicán, sobre la calle San Diego, justo a las 21, pero el show había empezado 15 minutos antes. Me perdí los tres primeros temas, pero gracias a la acreditación que me consiguieron los amigos de 2120.cl pude entrar sin problemas para ver a una leyenda del rock de los setentas.

Y lo que vi fue fabuloso. Mark Farner descolló. Durante una hora y pico desplegó todo su power rockero ante una audiencia alienada que coreó sus canciones más conocidas y no dejó de aplaudirlo después de cada solo o al final de cada canción. Así, el ex líder de la mítica Grand Funk Railroad reconfirmó su idilio con el público chileno, ese que comenzó en 2000 cuando se presentó en el Estadio Víctor Jara.

Anoche, Farner mechó unas pocas canciones de su etapa solista con las de Grand Funk Railroad. Si bien el sonido no fue de lo mejor, la banda lo compensó con potencia y pasión. El bajista Lawrence Buckner está junto a Farner desde hace más de 20 años y, más allá de llevar el ritmo con buen groove, rellenó todos los espacios que el guitarrista dejó libres. Hubert Crawford, quien tocó en la banda de James Brown, aporreó con ganas su batería, marcó los cambios y le dio la dosis extra de fuerza que la historia de GFR amerita. El cuarto eslabón de la formación fue el tecladista y percusionista Karl Propst, quien no estuvo en todos los temas para dejar que la banda se luciera como un power trío. Los tres músicos, además, alternaron las voces en muchas de los canciones.

Farner dejó todo arriba del escenario, a tal punto que más de una vez tuvo que recurrir a un Gatorade de manzana para recuperar energía. Y también tuvo su momento emotivo: primero cuando vio un cartel de uno de sus fans que decía: "Mark we pray for Jesse", por su hijo que padece serios problemas de slaud, y luego cuando el público entonó con ganas la letra de canciones como Mean mistreater o I'm your captain.

La parte que más me gustó fue cuando entrelazó tres de las canciones que llevaron a Grand Funk a la cima, curiosamente dos de ellas covers: The Loco motion, Some kind of wonderful y la balada épica Heartbreaker. Con la última, especialmente, demostró que en su ADN todavía está ese rock arena setentoso que hacia vibrar a multitudes. Farner también dejó en claro que es un músico inquieto: dejó la guitarra para tocar los teclados en un par de temas, sopló su armónica en Inside lookin' out y le dio con ganas a una pequeña batería en un impasse de percusión, que comenzó con Crawford solo y terminó con los cuatro músicos golpeando al mismo tiempo, casi de manera tribal. El show terminó y la gente se quedó enloquecida, coreando un ensordecedor "ohh ohhh" que duró varios minutos. Cuando salimos, el centro de Santiago estaba apagado. Ya no se escuchaban los disparos de goma de antes. Sólo retumbaba en nuestros oídos el glorioso rock and roll.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Asunto de familia

Un viejo maestro volvió a los estudios de grabación cuando se cumplen 25 años de su álbum debut, King of the jungle, que lo llevó a las grandes ligas del blues. Eddie C. Campbell no cambia la fórmula, su forma de sentir y tocar los blues sigue siendo la misma. Para esta nueva aventura discográfica eligió una banda nutrida de familiares, entre los que está otra leyenda de Chicago, su ahijado Lurrie Bell.

Spider eating preacher es su segundo trabajo para el prestigioso sello Delmark; el primero fue Tear this world up, de 2009. Aquí, Campbell ratifica que el sonido de Chicago está más vigente que nunca, que los músicos de la vieja guardia pueden seguir levantando la bandera que heredaron de sus maestros, aquellos que hoy son próceres indiscutidos del género. Es que la historia de Eddie C. es como la de muchos otros de sus contemporáneos: emigró del Mississippi a Chicago en busca de una vida mejor; se colaba para escuchar a Muddy Waters en el 1125 Club; hizo sus primeras armas musicales en el West Side junto a Magic Sam y Luther Allison; y tocó en las bandas de Koko Taylor, Jimmy Reed, Willie Dixon y Little Walter.

Este disco, de nombre enigmático, tiene doce canciones nuevas, que fueron compuestas por la sociedad que Eddie forma con su esposa Barbara Mayson, quien aquí también toca el bajo en seis temas. El hijo de ambos, David, tiene una discreta -pero para él seguramente alucinante- participación: toca el violín en dos canciones. Completan la banda: el tecladista Daryl Coutts, Aaron Getsug (saxo), Marques Carroll (trompeta), Robert Pasenko (batería) y Vuyani Wakaba (bajo).

Lo más notable es la participación de Lurrie Bell. Si bien no es la primera vez que graban juntos -Lurrie tocó el bajo en King of the jungle-, ahora están de igual a igual. Alternan la guitarra y la armónica en una comunión musical fascinante. Un claro ejemplo de eso es el mano a mano acústico incendiario con el que cierran el álbum. Playing around this blues comienza con Eddie preguntándole a Lurrie: “¿Estás listo para tocar un blues?”. Y Lurrie responde: “Por supuesto que estoy listo”. ¡Imagínense lo demás!

Los otros tres temas que completan el track list son Cut you a-loose, de Mel London; All my life, de Jimmie Lee Robinson; y Skin tight. En definitiva, es un álbum muy bueno en el que se combinan unos blues duros con algunos suavizados por el groove de los teclados y los vientos. Los seguidores del blues de Chicago van a saber apreciarlo, pero también es un disco interesante para aquellos que busquen un sonido más fresco y renovado sin alejarse mucho de la tradición de la Ciudad del Viento.

viernes, 2 de marzo de 2012

El clan Burnside


Podríamos decir que esta historia empezó a escribirse el 23 de noviembre de 1926 en la ciudad sureña de Oxford, pero sus capítulos más importantes se desarrollaron unos kilómetros más al norte, en Holly Springs, muy cerca de Memphis. En esos poblados nació, se crío y se formó musicalmente R.L. Burnside, uno de los bluesmen más emblemáticos del Mississippi, cuyo legado sigue hoy vigente en una innumerable cantidad de discos y en sus descendientes.

Fred McDowell
R.L. aprendió a tocar la guitarra escuchando a su vecino, el legendario Fred McDowell, maestro del slide y pieza clave en el resurgimiento del blues en los sesenta. Durante décadas los blues de R.L quedaron limitados a su zona de influencia, el norte de Mississippi y el sur de Tennessee. Por eso no tuvo otra opción que alternar la guitarra con la pesca y los trabajos rurales para poder vivir y mantener a su numerosa familia. De a poco, sin carteles de neón ni agentes de prensa, fue armándose una reputación. En los sesenta grabó para el sello Arhoolie y recién a fines de los ochenta hizo sus primeras giras lejos de su casa, incluso fue convocado a algunos festivales de blues en Europa.

Pero el reconocimiento a gran escala le llegó junto con su amigo y vecino de Holly Springs, Junior Kimbrough. En los noventa ambos músicos fueron fichados por la discográfica Fat Possum, luego de que tuvieran una significativa aparición en el documental Deep Blues, de Robert Mugge. Para ese sello grabaron un puñado de discos que hoy definen el sonido eléctrico y crudo del norte de Mississippi. Too bad Jim y Come on in son dos de los discos más interesantes de R.L. Burnside. El primero, de 1992, está considerado como su mejor álbum, y es un fiel reflejo de cómo sonaba en los juke joints. El segundo, de 1998, es tan jugado y extremo que cuesta creer que lo haya grabado a los 71 años. Combina su blues crudo y salvaje con los loops y samplers del DJ Tom Rothrock. ¿El resultado? Un puente generacional entre las raíces y la música electrónica, que fue muy cuestionado por los puristas pero que, con el tiempo, ha logrado revalorizarse. Se podría también sumar el que grabó junto a Jon Spencer en 1996, A Ass pocket of whiskey, otro trabajo contundente y atrevido.

Duwayne Burnside
R.L. murió el 1º de septiembre de 2005 en un hospital de Memphis. Tenía 79 años y hacía cinco que su salud era muy delicada, debido a una serie de complicaciones cardíacas. Pero en Mississippi su apellido sigue tan vigente como antes. Uno de sus hijos, Duwayne Burnside, logró apuntalar su carrera solista. Empezó tocando el bajo junto a su padre y luego se dedicó por completo a la guitarra: tuvo un paso interesante por los North Mississippi All Star y hoy es uno de los músicos más activos de todo el sur profundo. Live At The Mint es un gran disco para acercarse a su música.

Cedric Burnside
Otro de los herederos, Garry Burnside, formó junto a su sobrino Cedric (nieto de R.L.), la Burnside Exploration, con la que editaron un disco en 2006. Garry había tocado en la banda de Junior Kimbrough y Cedric se había consolidado como baterísta de su abuelo, en la misma formación en la que la otra guitarra estaba a cargo de un hijo por adopción de R.L., el genial Kenny Brown. Hoy, Garry escribe canciones y toca junto a The Hill Country Revue, banda formada por Cody Dickinson, de los North Mississippi All Stars. Cedric, en cambio formó un dúo arrollador junto al guitarrista Lightinin’ Malcom. Hay muchos más Burnside’s por ahí. R.L. tuvo trece hijos que le dieron 35 nietos, aunque no todos se dedican a la música. Pero hay otros que heredaron su legado: a los ya mencionados Kenny Brown, los North Mississippi All Stars y Jon Spencer, podemos sumar a los Black Keys, Seasick Steve, los White Stripes, J.J. Grey y muchos más. R.L. vive en todos ellos.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Lanzamientos de blues x 3

Heritage Blues Orchestra – And still I rise. Es un álbum debut formidable. Me atrevo a decir que más que un disco es un libro abierto sobre la historia del blues. Y no sólo por las canciones, algunas más conocidas que otras, sino por los distintos estilos que aborda la banda. Pese a que es una formación nueva, los músicos tienen una vasta experiencia. A Junior Mack lo vi un par de veces en vivo en Terra Blues de Nueva York, donde semana a semana exhibe todo lo que sabe del género: puede tocar un tema de Tommy Johnson, luego uno de Hendrix y cerrar con Fred McDowell. Aquí, se encarga de cantar -aullar- y tocar la guitarra. Bill Sims Jr. es otro guitarrista de gran experiencia aunque tampoco muy conocido. Hace años que toca en EE.UU y Europa y colaboró en la musicalización de películas como Cadillac Records y American Gangster. El tercer eslabón es la cantante Chaney Sims, la hija de Bill, una joven que se especializó en el canto de la época de pre-guerra como los work songs, spirituals y el blues rural, pero que también le hace frente al soul y al R&B. Los tres están acompañados por un puñado de colaboradores que alternan entre tema y tema: Vincent Bucher en armónica y Kenny "Beedy Eyes" Smith en batería. También se suma una sección de vientos compuesta por músicos que tocaron Wynton Marsalis y Bruce Springsteen. Descubrí este disco gracias al blog de Rafa, Rock and Soul, y desde ese mismo día no puedo parar de escucharlo. Blues en estado puro para empezar a descifrar el pasado.

Joe Louis Walker – Hellfire. Este es su primer álbum para el sello Alligator, pero el número 22 de su carrera, entre discos de estudio y en vivo. JLW editó su primer trabajo en 1986, cuando tenía 36 años, pero su carrera había empezado mucho antes de la mano de Mike Bloomfield. Con el tiempo se convirtió en uno de los músicos más importantes de California, especialmente de San Francisco, su ciudad natal. Con Hellfire, Walker ratifica que hoy por hoy es uno de los guitarristas más calientes de la escena blusera. Aquí, deja un poco de lado su costado más tradicional y se empeña en sacarle chispas a las cuerdas de su guitarra. No por nada eligió como productor a Tom Hambridge, quien ya trabajó junto a Buddy Guy. A diferencia de sus otros discos, aquí Walker sube el volumen y lleva sus blues al límite. En algunos casos suena bien y en otros un poco forzado. Por ejemplo, el tema Ride all night, sino fuera por su voz tan distintiva, podría ser un tema de los Stones. Soldier of Jesus, en donde emana toda su religiosidad, es como si a los Blind Boys of Alabama los enchufaran a 220 watts. Pero más allá de algunos altibajos, se trata de buen disco que dejará más satisfechos a los que escuchen a JLW por primera vez que a los que lo venimos siguiendo desde hace varios años.

Otis Taylor – Contraband. No hay nada convencional en Otis Taylor. Ni en su sonido, ni en su apariencia, ni en su estilo. Se trata de un músico que moldeó su carrera de una manera muy diferente a la de los demás bluesmen. Editó su primer disco oficial, When negroes walked the earth en 2000, y desde entonces grabó casi un álbum por año siempre siguiendo una línea, no necesariamente recta. Nunca se inclinó por los atajos convencionales y siempre buscó la diferenciación hasta en los pequeños detalles. Está claro que Taylor no es un músico que va a entregar canciones fáciles de decodificar. Contraband está en esa línea, aunque tal vez no suene tan contundente como White african o Respect the dead. Aquí también se balancea entre una especie de psico-blues eléctrico y un sonido folk un tanto retro que a su vez suena muy actual, en medio de cierto clima místico. La música es intensa y las letras de las canciones parecen catárticas. Taylor alterna guitarras y banjo por igual y canta en cada uno de los 14 temas, su voz a veces se ve acompañada por un coro femenino que responde a cada uno de sus versos. Banjo boogie blues, The Devil’s gonna lie y Your 10 dollar bill son las canciones que más me gustaron.

sábado, 25 de febrero de 2012

Su majestad

Hace poco más de 20 años vi el primer recital de mi vida. Una noche de diciembre de 1991, en el Luna Park, el emblemático estadio porteño de históricas veladas boxísticas y grandes conciertos, me encontré con el resto de mi vida musical. B.B. King y Lucille fueron como una especie de hechizo. Aquella noche salí convencido de que nunca más podría dejar de escuchar blues. Cuando entré al Luna apenas había tenido contacto con un par de discos de Johnny Winter, alguno de S.R.V y Blues ‘n’ jazz, el álbum que B.B. había grabado en 1983. La información que tenía de él y su música era muy poca, a tal punto que con el grupo de amigos que fuimos a verlo creíamos que la canción Stand by me, de Ben E. King, era suya.

Ese recital fue el primero. Después lo vi al año siguiente en el estadio Obras, junto a Pappo; en diciembre de 1993 en el Teatro Gran Rex; cinco años más tarde en el mismo teatro; y por última vez en marzo de 2010, de nuevo en el Luna Park. Cada uno de sus shows me dejó un recuerdo imborrable. Decir que B.B. King es una leyenda viva es casi una obviedad. B.B. King es el Rey del blues, claro, pero creo que también es para muchos de nosotros, que nacimos a miles de kilómetros del corazón del Delta, una especie de padre musical. El hombre que son sus solos únicos nos abrió la puerta al sonido más maravilloso que existe.

Riley King nació el 16 de septiembre de 1925 cerca de Itta Bena, un pequeño pueblo rural del Mississippi, que está dentro del triangulo que conforman las ciudades de Greenwood, Greenwich y Clarksdale. Su padre lo abandonó cuando era un niño y él se crío con su madre y su abuela. Trabajó como aparcero, donde seguramente escuchó las primeras work songs que luego combinó con los spirituals que escuchaba en la iglesia. Tiempo después, cuando ya era adolescente, se mudó a Indianola, también en Mississippi, donde siguió escuchando country blues y góspel.

Bukka White
Las influencias más directas de B.B. King, esas que moldearon su estilo fueron dos nombres ligados al blues y otros dos al jazz: T-Bone Walker, Lonnie Johnson, Charlie Christian y Django Reinhardt. Los cuatro tenían algo en común: la guitarra eléctrica, algo revolucionario para la década del cuarenta. Pero antes de que ese sonido entrara definitivamente en su vida, el blues más primitivo cautivó a B.B., su primo Bukka White lo moldeó en Memphis cuando él apenas tenía 20 años. Se radicó en la gran ciudad y empezó a trabajar como disc jockey en la radio WDIA. Allí lo llamaban Beale Street Blues Boy, que luego derivó en el apodo que lo hizo famoso: B.B.

En 1949, grabó sus primeros cuatro temas para el sello Jim Bulleit's Bullet Records y podo después firmó contrato con los Bihari Brothers y trabajó junto a Sam Phillips, quien todavía no había empezado con el histórico Sun Records. Dos años después, King grabó su primer éxito Three O'Clock blues. La historia ya había empezado a escribir su propio curso. King ya estaba destinado a convertirse en el Rey. Durante la década del cincuenta, y ya acariciando las cuerdas de Lucille, una hermosa Gibson ES-355 negra, editó parte de lo mejor de su catálogo: Woke up this morning, Every day I have the blues, Sweet little angel y Sweet sixteen. Los sesenta consolidarían a B.B. definitivamente. Sus dos canciones más populares son de esa década: How blue can you get y The thrill is gone. Desde entonces editó decenas de discos. Pero sin dudas sus mejores álbumes los grabó en vivo: Live at The Regal (1965) y Live at Cook County Jail (1971).

En los noventa tuvo un auge discográfico. Si bien se trataron de trabajos más comerciales, que apuntaron a un público masivo, lograron, en efecto, arrastrar cantidades de nuevas almas a su mundo. De esa época los más conocidos son There is always one more time (1992), Blues Summit (1993) y Deuces wild (1997). Ya para entonces, B.B. tocaba más de 300 recitales al año en todo el mundo, de Japón a la Argentina y de Suecia a Sudáfrica.

Eric Clapton y B.B. King
Sin dudas, B.B. King contribuyó como nadie a la universalización del blues. No hay un solo guitarrista actual que no haya sido influenciado por su forma de tocar. Grabó con los Stones, Eric Clapton y U2. Según la revista Rolling Stone es el tercer mejor guitarrista de la historia, detrás de Jimi Hendrix y Duane Allman, aunque estos dos también fueron influenciados por él. B.B. King es un ejemplo de perseverancia y amor al blues que trascendió a su propio mito y que es venerado en el mundo entero por los amantes del género y respetado por todos los demás.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Blues en la Casa Blanca

Es difícil sacarse ciertos prejuicios de encima y olvidar por un instante lo que la historia reciente nos ha enseñado, pero voy a tratar de hacerlo. Y voy a tratar porque creo que la música es más poderosa y trascendente que las políticas belicistas, colonialistas y hostiles. Está claro que Barak Obama no es George Bush, pero también es obvio que no es Gandhi y que para manejar los hilos de ese país ha incurrido en políticas repudiables y condenables, pero que, paradójicamente, el establishment internacional ha reconocido otorgándole un Premio Nobel de la Paz. Anoche pasó algo muy llamativo: la Casa Blanca se olvidó por unos momentos de la crisis internacional y se tiñó de azul. En una gala que tuvo al presidente de los Estados Unidos y su esposa Michelle como anfitriones, una docena de músicos de primer nivel dio un concierto memorable en el que hasta Obama terminó cantando Sweet Home Chicago.

El evento, que fue televisado por la cadena PBS, se denominó Red, White and Blues y contó con la presencia de Buddy Guy, B.B. King, Mick Jagger, Jeff Beck, Keb’ Mo’, Warren Haynes, Derek Trucks, Susan Tedeschi, Shemeika Copeland, Trombone Shorty, Gary Clark Jr. y Booker T. Jones. La música y la buena onda entre los protagonistas fue la constante de la noche. Todos se lucieron. El Rey del blues abrió el show con Let the good times roll y The thrill is gone. Luego el músico de Nueva Orleans Trombone Shorty se despachó con una versión de St. James Infirmary. Buddy Guy y Jeff Beck siguieron con Let me love you baby y luego Mick Jagger, armónica en mano, cantó I can’t turn you loose, Commit a crime (curiosa elección para una velada en la Casa Blanca) y Miss you, el clásico Stone con los coros de Shemeika Copeland y Susan Tedeschi.

Gary Clark Jr., de quien seguramente escucharemos hablar mucho en el futuro, y la hija del legendario Johnny Copeland siguieron con Beat up guitar y luego Clark arremetió con Caftish blues. Ke’ Mo’ continuó con una hermosa versión de Henry. Luego los Allman Brothers Warren Haynes y Derek Trucks, junto a Tedeschi, homenajearon a Etta James con I’d rather go blind. Buddy Guy, Jeff Beck y Jagger blusearon como locos con el histórico Five long years de Eddie Boyd.

El cierre fue con todos los músicos en escena tocando Sweet home Chicago. Hasta Obama se animó a cantar el estribillo luego de que Buddy Guy le inisistiera un par de veces. La verdad fue un gran show. La sala Este de la Casa Blanca se convirtió en club de blues, como parte de las celebraciones del Month of the Black History. Creo que es inevitable tener sentimientos cruzados, pero bueno la música fue la protagonista y creo que eso, al menos en este caso, es lo que realmente importa.


martes, 21 de febrero de 2012

El secreto mejor guaradado

El sitio Allmusic.com define a Ruthie Foster como “el secreto mejor guardado de la escena de blues y góspel de la última década”. Luego apunta que con su disco The truth according to Ruthie Foster, que fue nominado a un premio Grammy, logró el reconocimiento masivo que le hacía falta, al menos en Estados Unidos. Por estos lados, su nombre sigue sin ser muy conocido. Pero resulta que ya lleva muchos años de carrera: editó seis discos de estudio y dos en vivo, el último en el célebre bar de Austin, Antone´s. Let it burn, su último trabajo está a la altura de los anteriores y está teniendo una amplia difusión. Basta con escuchar la prestancia y el feeling de su voz en cada uno de los temas del álbum para darnos cuenta de que Foster es una de las mejores cantantes del momento.

Let it burn no es un disco de blues. Es una paleta de colores de lo mejor de la música de raíces. Tiene algo de blues, claro, pero se nutre más del góspel, soul, R&B, folk, country y rock. Apenas tres de los trece temas fueron compuestos por ella, lo cual demuestra que por ahora su fuerte es la interpretación y que la composición es algo que tiene trabajar más.

Con The truth… inició un camino que parece que, por ahora, no va a dejar. Hasta entonces, 2009, se presentaba como cantante y guitarrista. Pero en ese álbum no tocó la guitarra y ahora vuelve a repetir la misma fórmula: disponer de todo su potencial para conseguir los mejores registros vocales. No parece ser algo menor si tomamos nota de que para los coros de Let it burn eligió, nada más y nada menos, que a los Blind Boys of Alabama. La instrumentación quedó a cargo de la sección rítmica de los Meters, la poderosa banda funk de Nueva Orleans, junto al guitarrista Dave Easley, el saxofonista James Rivers y el tecladista Ike Stubblefield, quien le exprime todo el groove a un Hammond B3.

De sus tres temas, el mejor me pareció el spiritual Lord remenber me: su voz se cruza casi de manera mística con la de los Blind Boys. En Aim for the heart suena casi como la heredera de Aretha Franklin. Los covers son muy interesantes porque ella logra, en la mayoría de los casos, reconvertirlos e imprimirles su propio sello. Así, el clásico de Johnny Cash, Ring of fire, suena tan dulce que casi parece otra canción. It makes no difference, de The Band, está en la línea de la original y, tal vez porque es una de las melodías más hermosas de la historia del rock, ella y el productor John Chelew decidieron ablandarla un poco más. Hay un par de elecciones curiosas, más que nada porque son temas relativamente nuevos. Uno es el cover de Set fire to the rain, tema que Adele incluyó en su multipremiado disco 21. El otro es Everlasting light, con el que los Black Keys abren su álbum de 2010, Brothers. Otras interpretaciones son más esperables pero también son muy buenas: Long time coming, de David Crosby; Don’t want to know, de John Martyn; e If I had a hammer, de Pete Seeger, mucho más jazzy que la original. Las otras versiones que completan el disco son This time, de Los Lobos; You don’t miss your wáter, de William Bell; y la tradicional The Titanic.

Ruthie Foster es una esponja que absorbe todo lo que escucha, baraja y da de nuevo. Y hasta ahora le viene saliendo cada vez mejor. En cuanto a eso le sume mayor compromiso a la hora de escribir sus propias canciones, estaremos finalmente ante una artista enorme.

viernes, 17 de febrero de 2012

Blues nacional y popular

La botella de El Justicialista está firme sobre la mesa y el vaso está lleno de vino. Me rodea todo tipo de parafernalia peronista. Fotos de Evita y del General. Pintadas a favor de Cristina y Néstor. Recuerdos de épocas pasadas: la Tendencia Revolucionaria, Cámpora, la primera presidencia de Perón, el 17 de octubre, los planes quinquenales, John William Cooke y Rodolfo Walsh. En una tevé de pantalla plana aparece un contraste notable: un video de los Rolling Stones en vivo. Tal vez toda esa mezcla justifique un poco lo vendrá después. Blues en vivo en Perón Perón, el bar más nacional y popular de todo Palermo. La música estará a cargo de los Easy Babies, el cuarteto de integrado por Mauro Diana, Roberto Porzio, Daniel De Vita y Homero Tolosa, todos verdaderos laburantes del blues. El círculo cierra perfecto.

Mauro Diana –bajista, cantante, maestro de ceremonias- presenta a la banda. Anuncia que este es será el primer show que del año y explica la novedad: resignaron la batería y los amplificadores para probar con un formato electro acústico. Homero Tolosa golpea un cajón peruano con una pandereta atada a su pie izquierdo. Roberto Porzio y Daniel De Vita alternan la guitarra eléctrica (una hermosa Les Paul dorada) y la acústica, así como también el slide. En una hora, la banda sintetiza lo mejor de su repertorio: nueve canciones que fueron editadas en su disco El blues paga mal y en el compilado de Blues en Movimiento Vol. 1. Empiezan con El truco del olvido, que superponen a La Marcha Peronista que suena de fondo, y cierran con Estamos haciendo las cosas bien. Pero sin dudas el mejor momento de la noche es cuando tocan Conseguite otra mujer. Mauro Diana logra que todo el público cante el estribillo. Roberto Porzio, uno de los mejores tres o cuatro guitarristas del país, toca con una solvencia fabulosa. No tiene que subir el volumen ni hacer largos solos para destacarse. Arremete con el slide y el espíritu de Chicago en Abusando de mi suerte y también le deja lugar a De Vita para que haga lo suyo, quien también estuvo genial con el slide.

En la mesa de al lado, a mi derecha, hay tres hombres y una mujer. Tienen pinta de ser funcionarios de segunda o tercera línea de algún ministerio. Está claro que no fueron a escuchar blues sino a comer abrazados por el sentimiento peronista. Pero de a poco se enganchan con la música. Aplauden todos los temas y cuando termina el show uno de ellos, que parece ser el jefe de los demás, compra los dos discos que la banda tiene a la venta.

Al final, entre los aplausos, fluye desde los parlantes la voz de Evita capitana dando un discurso y luego Caldonia, el temón de Louis Jordan. El combo es raro pero genial. Y no es aislado: todos los miércoles hay blues en Perón Perón, es parte del ciclo Blues en Movimiento, que no sólo incluye a los Easy Babies sino que también a Florencia Andrada, Gabriel Grätzer y otros. Blues del bueno combatiendo al capital. No se lo pueden perder.

miércoles, 15 de febrero de 2012

Bañado en ron

The rum diary o Días de ron, como se la tradujo al español, es una novela casi autobiográfica de uno de los escritores más notables e irreverentes de la cultura contemporánea. Hunter S. Thompson, creador del periodismo gonzo, ese que entrevera ficción y no ficción y que lleva al periodista a meterse en la historia doblegando los límites de la subjetividad, escribió esta obra a fines de la década del cincuenta, cuando apenas tenía 22 años. Es una crónica alcohólica y mordaz, inspirada en sus días como cronista en Puerto Rico, durante una época olvidada y sepultada por lo que vino inmediatamente después: los sesenta, la Cuba comunista, Kennedy, los derechos civiles, los hippies…

Así escribía Hunter: “Era terriblemente triste, no la música en sí misma sino el hecho de que era lo mejor que podían hacer. La mayor parte de las melodías eran versiones traducidas de rock norteamericano, pero sin nada de su energía. Reconocí una canción como Maybellene. La versión original fue un hit cuando yo estaba en la secundaria. Yo la recordaba como una melodía salvaje y animada, pero los puertorriqueños la habían convertido en un canto fúnebre y repetitivo, tan vacío y desesperanzado como los rostros de los hombres que la entonaban en ese momento en ese solitario parador del camino. No eran músicos contratados, pero tuve la sensación de que realizaban una presentación y de que en cualquier momento quedarían en silencio y pasarían la gorra. Entonces apurarían sus copas y se perderían calladamente en la noche como una troupe de payasos al final de un día interminable”.


El año pasado se estrenó en Estados Unidos la película basada en la novela. Al igual que en Pánico y locura en Las Vegas, el protagonista fue Johnny Deep, aunque aquí interpreta al periodista Paul Kemp, en lugar de al lisérgico Raoul Duke. El elenco lo completan otros buenos actores: Aaron Eckhart, Giovanni Ribisi, Michael Rispoli y la bellísima Amber Heard. En la mitad de la película hay una escena en la que Chenault, el personaje que da vida la blonda Heard, se descontrola y empieza a bailar de manera provocativa un blues cadencioso en medio de una especie de jukejoint repleto de negros. Entonces aparece un guitarrista que, según figura en los créditos, es el personaje de Hound Dog Taylor, interpretado por Randy Jacobs. Toda la escena deriva en una explosión de celos, tensión y drama.

La película fue, como le gusta decir a la prensa especializada en espectáculos, “un fracaso de taquilla”. Eso refleja que el director, Bruce Robinson, priorizó la fidelidad al texto antes que los clichés que garantizan el éxito en Hollywood. “Si les das cosas sencillas y fáciles de digerir como Piratas del Caribe, el público responde en masa. Si les pones delante una cinta ‘inteligente’ y más compleja como The Rum Diary… se quedan en casa”, dijo indignado Johnny Deep. Lo cierto es que el libro es brillante y la película es muy buena. Pueden leer y ver, una cosa no se superpone con la otra. En ambos casos, Días de ron, es satisfacción garantizada.

domingo, 12 de febrero de 2012

Viejas glorias (Lanzamientos)

Dion – Tank full of blues. Con este disco, Dion completa la trilogía blusera que inicio en 2005 con Bronx in blue y que siguió con Son of Skip James dos años después. Este álbum está en la misma línea que los anteriores, aunque aquí la diferencia es que Dion se adaptó a un trío, compuso la mayoría de las canciones y produjo el disco. A todo eso se le suma una mejora interpretativa notable, especialmente en los solos de guitarra, pero también su voz suena más suelta y cómoda. Dion, que tuvo su época de gloria junto a los Belmonts allá atrás en el tiempo, eligió el blues para seguir adelante. Completamente absorbido por el embrujo de viejas glorias –Muddy Waters, Jimmy Reed, Robert Johnson-, Dion amasa historias en formato de canción que componen un trabajo sólido que no sólo atrapará a los bluseros de siempre, sino que también puede servir para acercar a más gente al mundo azul. Tank full of blues es un álbum fabuloso, de esos que merecen mucho más que un paso austero por la posteridad.

Paul McCartney - Kisses on the bottom. No se puede decir que el último disco del ex beatle sea malo. No lo es. Pero tampoco es revelador. Suena bien, pero se nota que tiene una impronta muy comercial y un tanto kitsch. McCartney dijo que estas eran las canciones que escuchaba cuando era chico. Puede ser: los temas son de esa época previa al estallido del rock and roll. La música es agradable, las canciones son lindas. Pero nada más. Podría ser la banda de sonido de una novela de Claudia Piñeiro. Cancionero lavadito, apto para todo público. A ver… no dejen de escucharlo. Musicalmente está reforzado por personajes como Eric Clapton, Stevie Wonder, John Pizzarelli, Christian McBride y Diana Krall. De hecho, el álbum podría ser de Krall con McCartney como invitado. Es música de fondo ideal para cincuentones que gustan tomar una copa de cognac después de cenar. Ellos lo van a saber disfrutarlo. Ahora si buscas la continuidad de Chaos and creation in the backyard y Memory almost full acá no la vas a encontrar.

Van Halen - A different kind of truth. Los fanáticos tuvieron que esperar 14 años para volver a tener en sus manos un disco de la banda. Y encima este viene con un plus: el regreso del genial David Lee Roth. Sí, Diamond Dave junto a Eddie Van Halen. Un encuentro soñado. El resultado es un álbum bien agresivo, energético y volátil. El primer tema, Tatoo, es tan Van Halen que despeja dudas desde el mero comienzo. Sigue con más vorágine eléctrica: She’s the woman, You and your blues y China town, donde el virtuosismo de Eddie entra en el túnel del tiempo sin escala a la época dorada de la banda. Blood and fire tiene un comienzo acústico que degenera en miles de volteos con David Lee Roth aullando como sólo él sabe hacerlo. Stay frosty es su nueva aproximación al blues y el comienzo suena como el viejo Ice cream man. A different kind of truth no tiene desperdicio. No se trata de Van Halen copiándose a sí mismo, sino que se están reinventando sin eludir su pasado.

jueves, 9 de febrero de 2012

El Flaco por su gente

Nunca fui fan de Spinetta. Su música siempre corrió por carriles separados de los que iba yo. Pero no me fue indiferente. Pescado Rabioso y el Blues de Cris, Credulidad, Me gusta ese tajo, Cementerio club y Post-Crucifixión son obras magníficas de un rock naciente en una época difícil. Rutas argentinas y Seguir viviendo sin tu amor siempre me fascinaron. Muchacha ojos de papel y El anillo del capitán Beto no eran de mis preferidas pero las escuché cientos de veces. Lo que pasó entre ayer y hoy, desde que se conoció la noticia de su muerte, fue impresionante. Su gente salió a exhibir su dolor sin pudor. Aquí quiero reflejar los comentarios de amigos y músicos que dijeron lo suyo. Todos comentarios espontáneos cargados de tristeza y blues.

Fero Soriano (periodista): ‎"’Si pudiera ver, te diría que las cosas son una cuestión de fe, como dijo Borges’, me escribió Spinetta en una postal de Los Ojos hace años”.

Oscar Finkelstein (periodista): “En mi inventario spinettiano figuran todos sus discos, en vinilo (sí, el original de Artaud incluido) o CD; un ejemplar de su libro Guitarra negra; los programas de los dos recitales de presentación de Artaud -el Manifiesto y el texto aleatorio que (des)armaron con Miguel Grimberg- y del primer recital de Invisible, que recibí en mano como espectador; los casetes en los que grabé las dos entrevistas que le hice (una a dúo con Javier Rombouts) en su estudio La Diosa Salvaje... Pequeños tesoros, sí, pero incomparables con la marca indeleble que me dejó cada canción, que le dejó a tantos. Y que son mucho más que hitos musicales: son surcos en mi propia vida, y en la de tantos. Por eso esta tristeza sin atenuantes”.

Huguis López (músico): “Lloro porque fuiste un gran maestro, crecí con tu música y amaste la misma música que yo. ¡Gracias!”.

Gabriel Giubelino (periodista): “Buscar la bandeja, poner discos del Flaco, y escucharlo con el ruido de la púa. El mejor homenaje”.

Juan Carlos D’Arrigo (argentino en el exilio): “Grande Flaco... Si quiero me toco el alma...”

Mariela Bonzi (productora): “Flaco: Que en tu nuevo despertar siga siendo musica y que ella te de algo de lo que vos nos regalaste a nosotros! Luz”.

Rafo Grin (músico): “Muchas veces la vida es un tanto injusta....pero soy feliz por haber compartido unas pocas y muy valiosas palabras con vos flaco...Tu música si que es inmortal....Te voy a extrañar...”

lunes, 6 de febrero de 2012

Key to the highway

Big Bill Broonzy
Fue la primera canción de blues que me cautivó. Después vinieron muchas más: Sweet home Chicago, It hurt’s me too, Going down slow, Ramblin’ on my mind. Pero el efecto que causó en mí Key to the highway fue irreversible. Ya no habría marcha atrás. Fue la llave a mi propia autopista con destino de ida hacia el blues.

La primera versión que escuché fue la que grabó Derek and The Dominos, con Eric Clapton y Duane Allman a la cabeza, en el mítico álbum Layla and other assorted love songs. Me impactó tanto o más que la propia Layla, Nobody knows you when you're down and out o Bell bottom blues, otros temas de ese álbum. Así fue como empecé a indagar en la historia de esa canción. Así, llegué a conocer a un verdadero prócer del blues: apareció ante mí el nombre de Big Bill Broonzy y toda su música. Un hombre que comenzó tocando country blues para luego desarrollar una primitiva versión de blues urbano, previo a la electrificación del sonido que harían en Chicago los músicos que se nucleaban bajo el sello Chess. Luego, ya en el final de su vida, Broonzy se dedicó al folk blues.

Broonzy fue un artista enorme que tuvo su apogeo en la década del cuarenta. Fue por esa época cuando aparecieron las primeras grabaciones de Key to the highway. Lo cierto es que la autoría del tema a veces figura registrado bajo su nombre y otras mencionan al pianista Charles Segar como el creador. El propio Broonzy admitió en algunas entrevistas que Segar fue el primero en grabarla. Lo hizo en 1940 pero con un formato de doce compases. Broonzy, junto al amonicista Jazz Gillum grabaron en 1941 dos versiones sensiblemente diferentes de ocho compases y con algunas variaciones en la letra. Una la registró el sello Bluebird a nombre de Gillum, con Broonzy en guitarra y Al Collins imitando el bajo; y la otra la editó Okeh con Broonzy como artista principal, Gillum acompañando en armónica y la colaboración de Washboard Sam.

Eso era algo bastante común en los clásicos del blues de preguerra. Una melodía recorría el Mississippi de sur a norte o los estados sureños de este a oeste y las canciones iban mutando según el artista y la región. Por eso a veces los créditos de las canciones varían.

Little Walter
La versión de Key to the highway de Big Bill Broonzy trascendió a su época. En 1958, Little Walter también la hizo propia con su armónica y contribuyó a internacionalizarla. Ese fue justo el año en el que murió Broonzy, por lo que muchos aseguran que fue en homenaje a él. De esa grabación participaron nada menos que Muddy Waters, Willie Dixon y Otis Spann. Desde entonces, la canción se volvió un clásico indiscutido. El cover de Clapton junto a los Dominos surgió de casualidad: en el estudio de al lado estaba grabando el cantante Sam Samudio. Clapton escuchó que estaba con Key to the highway y empezó a zapar junto a Duane Allman. El productor Tom Dowd le dio play a la consola y así quedó registrada de una sola toma. Clapton volvería a grabarla una y otra vez a lo largo de su vida: Eric Clapton’s Rainbow Concert (1973), Riding with the King, junto a B.B. King (2000), y en su doble en vivo One more car, one more rider (2002).

Después hay decenas de versiones más: Johnnie Johnson junto a Keith Richards (Johnnie B. Bad, 1991), John Lee Hooker (Burning Hell, 1959), Eddie Boyd con Peter Green (Eddie Boyd and his Blues Band, 1967), Carey Bell y Lurrie Bell (Second nature, 1991), Freddie King (Getting ready, 1977), Muddy Waters (The London Sessions, 1971), Steve Miller Band (Children of the future, 1968), Sonny Terry y Brownie McGhee (Blues at Newport, 1963) y Buddy Guy con Junior Wells (Last time around-Live at Legends, 1993), entre tantas otras. La letra sintetiza a muchas canciones de blues: un amor que se termina y un músico despechado que sale a la ruta para tratar de olvidar. Sencilla y contundente. Solamente blues.


viernes, 3 de febrero de 2012

Esas viejas ideas

La voz de Leonard Cohen es una las más profundas y absorbentes de la historia del rock. Además, siempre fue un compositor extraordinario y genuino. Desde sus primeros discos a fines de los sesenta y comienzos de los setenta, como Songs of Leonard Cohen y Songs of love and hate, dejó impresa su marca. Esa que fue consolidando con grandes temas como Bird on a wire, Suzanne, Dance me to the end of love, Hallelujah, I’m your man, Everybody knows y Waiting for a miracle. Y en su flamante disco, Old ideas, Cohen ratifica su pasado musical, con grandes arreglos, una estampa vocal asombrosa para un hombre de 77 años y unas canciones deliciosas en las que las letras hablan de lo que siempre habló Cohen: el amor, el sexo, la religión, la mortalidad y las contradicciones que siempre puede ofrecer un ser humano.

El álbum, el primero con canciones nuevas, desde 2004, tiene diez temas. Empieza con Going home. El narrador es Dios y con ironía dice: I love to speak with Leonard / He’s a sportsman and a shepherd / He’s a lazy bastard / Living in a suit. El track 4, The darkness, es en clave de blues, y tiene un piano iracundo que arremete en cada hueco que deja la voz penetrante de Leonard o el coro femenino que lo acompaña. I caught the darkness / It was drinking from your cup / I said is this contagious? / You said "Just drink it up". Un himno fabuloso.

El resto del disco tiene un toque minimalista, los arreglos son siempre sutiles y las intervenciones, ya sea del piano, algún instrumento de cuerda o los coros, entran en la medida que el cantante les da su lugar. Fascinante es también el sexto tema, Crazy to love you, donde a Leonard apenas lo acompaña una guitarra acústica mientras entona una dulce melodía que habla sobre un amor absurdo y complicado: I had to go crazy to love you / Had to let everything fall / Had to be people I hated / Had to be no one at all. También rozando el blues, con pinceladas de góspel y destellos sureños, aparece Banjo, donde una vez más la voz profunda se contrasta con la suavidad de los coros, mientras que una guitarra con slide y un banjo, claro, llenan los espacios que va generando la misma canción.

La banda que lo acompaña es un verdadero lujo: Roscoe Beck, quien tocó muchos años junto a Robben Ford, se encarga del bajo y la dirección musical; Bob Metzger es el dueño de las guitarras; Chris Wabich y Rafael Bernardo Gayol se reparten las baterías; Neils Larsen, compañero de ruta de Gregg Allman, está al mando del piano, el hammond B3 y otros instrumentos. La inseparable Sharon Robinson está al frente de los coros femeninos. La producción estuvo a cargo de Ed Sanders y Patrick Leonard.

El premio Príncipe de Asturias de las Letras, el poeta canadiense que decidió ser músico para expresarse mejor, cierra el álbum con Different sides, otra joya de esas que sólo un hombre como él puede lograr. Old ideas es un disco a la altura del artista que definitivamente quedará entre lo mejor de su discografía.