martes, 30 de abril de 2013

Entre amigos

La historia del blues está plagada de discos en los que dos o tres músicos comparten cartel. Lo hicieron Muddy Waters, Howlin’ Wolf y Bo Diddley en los 60; Mike Bloomfield, Dr. John y John Hammond en los 70; y más acá B.B. King con Eric Clapton o Joe Bonamassa con Beth Hart, entre tantos otros. Esa tendencia sigue y ahora acaban de editarse dos discos en los que cuatro músicos de fuste suman esfuerzos en nombre del buen blues.

Duke Robillard & Monster Mike Welch – Independently blue. Robillard y Welch son dos guitarristas de diferentes generaciones atravesados por la misma pasión. El currículum de Robillard, quien vino a la Argentina en un par de ocasiones, es impresionante: integró dos bandas emblemáticas -Roomful of Blues y los Fabuluos Thunderbirds- y grabó junto a Bob Dylan, Herb Ellis y Ronnie Earl, además de tener una extensa carrera solista. Mike Welch, quien se ganó el apodo de Monstruo, por la ferocidad que demostró con las seis cuerdas desde que era adolescente, editó varios discos propios y se consolidó como violero de Sugar Ray Norcia. Ahora, ambos conjugan sus experiencias y talentos en este álbum endemonidado, con temas propios, más un par de aportes de Al Basile. Acompañados por Bruce Bears (teclados), Brad Hallen (bajo) y Mark Teixeira (batería), y ocasionalmente por una sección de vientos, los guitarristas ensayan varias combinaciones que aportan novedosas interpretaciones del blues eléctrico moderno y también del jump blues, el sonido de Memphis y el blues rock.

John Primer & Bob Corritore – Knockin’ around the blues. A diferencia del album anterior, aquí prevalece exclusivamente el sonido de Chicago. Primer es uno de los herederos de Muddy Waters y también de Magic Slim. Con el correr de los años alcanzó un destacado status profesional y un amplio reconocimiento de la comunidad blusera mundial. Es un guitarrista soberbio y un gran cantante. Aquí fusiona su carisma como líder junto al armonicista Bob Corritore, oriundo de Arizona y amigo y bandmate de muchos popes del blues. Ambos encaran una serie de clásicos como Blue and lonesome, Little boy blue y Going back home. Más allá de la buena sinergia que hay entre ambos, es imprescindible mencionar al resto de los músicos que los acompañan: Billy Flynn y Chris James alternan las guitarras rítmicas; Bob Stroger y Patrick Rynn se reparten el bajo; y Kenny Smith y Brain Fahey son los encargados de las baterías. El piano, en cambio, está monopolizado por Barrelhouse Chuck. Knockin’ around the blues no aporta nada nuevo, pero eso no es lo importante aquí, sino que apunta a la preservación de lo más auténtico del blues.

domingo, 28 de abril de 2013

La noche mágica de Chris Cain

Chris Cain ya se ganó un lugar de privilegio entre la comunidad blusera argentina. Si su show de 2011 fue una tremenda sorpresa y el del año pasado una explosión de pasión y técnica, el de anoche en La Trastienda fue la consolidación de un amor incondicional entre él y nosotros. La gente se fue extasiada y Chris Cain le dedicó un abrazo y palabras de afecto a cada uno de los que se acercararon a saludarlo al final del show.

Otra vez, como en sus dos visitas anteriores, Cain estuvo acompañado por Nasta Súper, una banda hecha a su medida. Rafael Nasta, en guitarra, y Walter Galeazzi, en teclados, alternaron algunos solos con Cain y lo sguieron con una justeza sagrada. Lo de Mauro Ceriello y Gabriel Cabiaglia, en bajo y batrería respectivamente, fue muy adecuado y de alta precisión. Todo sonó a la perfección, más allá que desde el escenario advirtieran una falta de retorno. Eso, desde el lado del público ni se notó.

Nasta y compañía comenzaron con dos instrumentales antes de darle la bienvenida al hombre de la noche. Primero fue Coming home baby, de Herbie Mann, y luego Okie dokie stomp, de Clarence “Gatemouth” Brown. El escenario ya estaba lo suficientemente caliente cuando Chris Cain entró abrazado a su Gibson 335. Entonces la banda lanzó un shuffle furibundo, Good evening baby, y Cain entró en calor enseguida. “Es bueno estar acá. Es como volver a casa. Me hace llorar. Ustedes son mi familia”, dijo muy emocionado en inglés.

En clave de funk, la banda siguió con Something got to give, de su álbum Unscheduled flight (1997). Mientras Cain sacudía su cabeza con entusiasmo y bailaba con pasos cortos, de su 335 comenzaron a salir los solos más vehementes. Siguió con una sentida versión de la balada Idle moments, en la que alternó punteos con Nasta, y luego con Crosscut saw, a modo de homenaje a una de sus máximas influencias: Albert King. “Ahora vamos a hacer una canción de amor”, bromeó antes de lanzar los primeros acordes de Drinking straight tequila, también de Unscheduled flight.

Mariano Cardozo y Fisu subieron al escenario con sus saxos para I’ll play the blues for you, que Cain cantó con una fuerza apabullante y luego bajó los decibeles para un slow blues tremendo, tal vez uno de los mejores que se hayan tocado en La Trastienda en los últimos años: Ain’t nobody’s business If I do. Volvió al funk con Helping hand y cerró, de nuevo con los saxos en escena, con Kansas City. Pero todavía faltaba algo más: mientras el público se amontonaba al pie el escenario para saludarlo y sacarle fotos, él se sentó al piano y le dedicó una canción a Ray Charles e interpretó Golden slumbers, de los Beatles. Ya eran casi las 2.30 cuando la gente le pidió una más y el tomó su guitarra y, otra vez solo, hizo I'm going through a love detox, de su magistral álbum Cuttin’ loose, de 1990.

La actuación de Chris Cain había tenido una recepción especial: el show de apertura de Darío Soto & Soulville. En su debut en La Trastienda, la banda encadenó con mucho fervor cuatro temas: It’s my life baby, de Bobby Bland; Easy baby, de Magic Sam; I die a little each day, de Otis Clay; e Isn’t she lovely, de Stevie Wonder. Como siempre, Soulville mostró que es una banda repleta de soul  y cargada de ganas. Juan Manuel Torres hizo un par de solos magníficos, que le valieron una notable ovación.

La noche mágica de Chris Cain se nos escurrió entre las manos. Fue tan intensa y agradable que ahora parece que duró casi nada. Lo bueno es que de boca del propio Cain y también de la productora Baires Blues se escuchó el anticipo de que el año que viene, para esta misma época, el maestro volverá a la que ya considera su casa.

jueves, 25 de abril de 2013

Maníacos del shuffle

Este póker de ases del blues acaba de lanzar un disco brillante, plagado de shuffle y mucho feeling. El álbum contiene doce canciones en donde los músicos se ensamblan de una manera incuestionable. Pero para entender mejor de qué se trata 4 Jacks, hay que saber quiénes son sus integrantes.

Anson Funderburgh es uno de los guitarristas más exquisitos de la escuela texana. Escucharlo tocar es siempre un placer, porque tiene un don natural y un sonido altamente adictivo. Si bien tocó con los Fabulous Thunderbirds en 1981, los sustancial y más importante de su carrera lo hizo en compañía del armonicista y cantante Sam Myers. Con él, grabó una serie de discos extraordinarios durante los 90 para el sello Black Top. Sus máximas influencias son Freddie King, Albert Collins y Jimmy Reed y eso es palpable en cada una de sus intervenciones. En Deal with it aporta unos punteos filosos y colaboró en la composición de tres canciones.

El segundo eslabón de esta cadena es Kevin McKendree, encargado del piano y del hammond B3. Si bien su nombre no es tan conocido, también tiene una amplia trayectoria. Aprendió a tocar de manera autodidacta y durante los 80 se afianzó como pianista de sesiones en la zona de Washington DC. En los años siguientes tocó junto a Tom Principato, Lee Roy Parnell, Delbert McClinton y el propio Anson Funderbugh. Como solista editó dos discos: Miss Laura’s kitchen (2000) y Hammers & strings (2005). En Deal with it, además de su contribución al piano, colaboró de manera concienzuda en la producción. Sus momentos al frente del hammond B3 en el tema que da nombre al disco y en Painkiller son demoledores.

El tercer miembro es Steve Mackey, tal vez el de menos trayectoria en el mundo del blues, pero con un amplio curriculum profesional. Mackey es un reconocido sesionista que grabó con músicos tan diversos como Marcia Ball, Jarvis Cocker, Dolly Parton, Murali Coryell, India Arie, Jimmy Thackery y Marianne Faithfull. Aquí muestra todo su talento tanto en el bajo eléctrico como con el contrabajo. Esa soltura que adquirió a lo largo de su carrera le da más frescura a la rítmica de Deal with it.

Y el as en la manga de este combo de maníacos del shuffle es el cantante y baterista Big Joe Maher. También del área de DC, es un cultor del jump blues y un alumno de maestros como B.B. King, Big Joe Turner, Little Milton y Louis Jordan. Entre las bandas que integró figuran la de Tom Principato, Jimmy Witherspoon, Otis Rush, Earl King y Duke Robillard. Durante la grabación, se complementó muy bien con Mackey y su voz es el sello de autenticidad que este disco necesitaba.

Deal with it tiene apenas con un cover, I don’t want to be president, de Percy Mayfield. El resto es todo material original, la mayoría escrito por Maher, que es satisfacción garantizada para todos aquellos talibanes del shuffle y amantes del blues.

domingo, 21 de abril de 2013

Guitarras en llamas II

Fotos gentileza Edy Rodríguez
La segunda edición del Blues Guitar Experience tuvo dos cosas en común con la primera: la participación de Max Hracek y un espíritu blusero mancomunado. Fueron más de dos horas de buena música con una docena de artistas nacionales e internacionales que mostraron lo suyo con garra y pasión.

Esta vez el escenario no fue el de República de Acá, sino el del Teatro del Viejo Mercado, a espaldas del Shopping Abasto. Hracek, acompañado por Gustavo Doreste en piano, Eduardo Muñoz en bajo y Marcelo Aiello en batería, más una breve intervención de Adrián Jiménez y su armónica, abrió el show con su ya clásico repertorio que abarca el sonido de Texas, la Costa Oeste y el jump blues. Entre los temas que tocó en la casi media hora que estuvo en escena se destacaron Those lonely nights, de Johnny “Guitar” Watson, Just a little bit y Sugar sweet.

Artur Menezes
Luego apareció el brasileño Artur Menezes, un sub 30 nacido en Fortaleza que realmente toca muy bien. Participó en varios festivales de su país, tuvo una estadía intensa de dos meses en Chicago y abrió los shows que Buddy Guy dio el año pasado en San Pablo y Río de Janeiro. Acá mostró un show enérgico, cargado de adrenalina, con un gran despliegue escénico. El tipo pela y va de acá para allá. Bien a lo Buddy, se bajó a tocar Please give me chance entre las mesas, pero hizo algo que el Rey de Chicago no hace. En pleno solo le dio su guitarra Condor a Mariano Bisbal, de 50 Negras, que estaba viendo el show. Y Mariano se mandó un lindo punteo, así de tranquilo, sentado en una slla. Menezes tocó con la misma banda que Hracek, a excepción del batero: Juanito Moro ocupó el lugar de Aiello. Los temas fueron Don’t you lie to me, Everybody needs somebody to love y Honey hush.

Matías Cipilliano y Eduardo Muñoz
Después subió Matías Cipilliano -uruguayo de nacimiento, argentino por elección- con su Stratocaster celeste de mil batallas y su sonido retro con mucho reverb. Empezó con un instrumental y acto seguido invitó a Nico Smoljan para que sople su armónica en Cool evening, de Pee Wee Crayton. El único tema cantado de su presentación estuvo a cargo del Ciego Goffman y fue Cold, cold feeling, de T-Bone Walker. Para el cierre eligió un standard del jazz, Take the A train, de Duke Ellington, en el que mostró unos fraseos exquisitos.

Felipe Ruf y Daniel Raffo
El final tuvo a Ricky Muñoz, organizador del evento, junto al chileno Felipe Ruf batiendo cuerdas con un enfoque un poco más Chicago, pero tampoco tanto. Abrieron con un instrumental filo surfer para pasar a I’m looking for trouble, de Eddie Taylor, y Sufferin’ mind, con Ruf deslizando el slide por sobre las seis cuerdas y Goffman cantando. Sabrina González también subió como invitada y puso el toque femenino de la noche. Para cerrar, Muñoz invitó a Daniel Raffo para una zapada a toda máquina. Menezes, Cipilliano y Hracek volvieron al escenario para “hacer ruido como nos gusta a los guitarristas”, como dijo Ricky Muñoz. Y así, entre punteos profundos y riffs frenéticos, la segunda edición del Blues Guitar Experience llegó a su fin con la promesa de que no pasará mucho tiempo para un tercer encuentro de grandes violeros.

Crónica del Blues Guitar Experience I

viernes, 19 de abril de 2013

Los Fabulosos Soulbirds

Los Fabulous Thunderbirds tienen más de 35 años en la ruta. Claro que de aquella formación inicial, que incluía a Kim Wilson, Jimmie Vaughan, Keith Ferguson y Mike Buck, sólo queda el primero. En todo este tiempo, cambios mediante, la banda grabó discos muy buenos y se consolidó como un referente ineludible del blues texano. En los 80, además, llegaron al Top Ten de Billboard y a MTV gracias al hit Tuff enuff. Hoy, lejos del shuffle soberano de los comienzos y del éxito ochentoso, los Thunderbirds siguen en la ruta, aunque en un sentido distinto.

Kim Wilson y compañía acaban de lanzar On the verge, un disco marcado por una fuerte influencia soulera. Hay retazos del sello Stax, de los Staples Singers y algo de R&B. La voz de Wilson suena inmaculada, tal vez en uno de sus mejores momentos. Pero no hay tanta armónica como uno podría esperar de un maestro como él.

El álbum, el primero de estudio en ocho años, por momentos suena bien como si el soul y el R&B fueran materia aprobada de la banda. Pero en otros pasajes parece caer en lugares comunes del género. De todas maneras, además del cantante, se destaca el juego de guitarras de Johnny Moeller y Mike Keller, que alternan riffs con punzantes solos que van desde el frenesí del wah wah hasta refinados toques jazzeros.

La mayoría de los diez temas fueron compuestos por Kim Wilson, a excepción de un par que fueron escritos por el productor Steve Gomes, quien ya trabajó con músicos como Darrell Nulisch, Tad Robinson y Steve Guyger. El resto de la banda la conforman Randy Bermudes en bajo y Jay Moeller en batería, más una sección de vientos invitada: Kenny Rittenhouse (trompeta y arreglos), Liesl Whitaker (trompeta), Morgan Price (saxo) y Victor Barranco (trombón).

La constante soulera y los riffs funky marcan a fuego el álbum editado por Severn Records. Una de las excepciones es That’s the way we roll en la que Wilson canta con la voz distorsionada por el mic de la armónica y sopla con una furia demoníaca.

"El desafío era adoptar un estilo más contemporáneo. Y los muchachos eran capaces de hacerlo. Somos una American band y tenemos mucha más energía que antes, por eso incorporamos una mezcla de diferentes estilos", explicó Wilson en una entrevista. Con todo, el disco tal vez no sea lo que esperaban los fans de siempre de la banda, pero tampoco es un álbum para dejar pasar. El alma de Kim Wilson está expuesta... ahora hay que sentarse a escucharlo cantar.


miércoles, 17 de abril de 2013

El gran malbec argentino

Muchos me preguntan por qué el blog se llama Malbec & Blues. La respuesta es simple: son dos de mis pasiones que se maridan a la perfección. El blues es un género musical que nació en el sur de los Estados Unidos, en el corazón Delta del Mississippi, a comienzos del siglo XX, aunque lo más profundo de sus raíces está en el África. Hoy, es un idioma universal que no sabe de fronteras y es un estilo de música orgánico que se define por la pasión y la técnica de sus intérpretes.

El malbec es originario del sur de Francia, pero encontró su suelo y su clima ideal en la Argentina, al pie de la cordillera de Los Andes, lo que lo hace nuestra uva insignia. En los últimos diez años, creció exponencialmente la producción y la comercialización y eso hizo que, además de tener excelentes vinos, tengamos enólogos y bodegueros de prestigio internacional. Hoy hay vinos argentinos en las cartas de los principales restaurantes del mundo y en las góndolas de los supermercados de los cinco continentes.

Le pedí la opinión a Mariano Valdivieso, mi compañero de ruta vitivinícola, antes de que el conservadurismo del mundo del vino nos echara a patadas: “Que el malbec haya dejado de ser una simple uva francesa de gran inserción en el nuevo mundo para pasar a ser el vino emblema argentino, lejos está de ser una novedad. Lo que sí es noticia es lo que nuestro país piensa hacer con el capital ganado. La efectiva fórmula marketinera de ‘El día de...’ se acopla y funciona como el combustible del proyecto económico y productivo. Repasemos: estadísticamente, el malbec equivale al 50 % de las exportaciones de vino argentino embotellado. El Plan Estratégico de Wines of Argentina proyecta para 2020 un porcentaje aún más ambicioso (70%). Por eso hoy, el malbec tuvo su día en el país y en otras 40 capitales del mundo (desde San Pablo hasta Shangai). El plan está en marcha y, al igual que el vino, cada día que pasa se pone mejor”.

lunes, 15 de abril de 2013

Un espectáculo lamentable

Fotos de Ignacio Arnedo (Rolling Stone)
Antes que nada quiero aclarar que anoche no fui al show de Chuck Berry en el Luna Park. Lo vi cuando se presentó en Obras en 1993 y ya aquél entonces me dejó un gusto agridulce en la boca. Recuerdo que el show fue correcto, aunque el viejo Chuck, por entonces de 67 años, pifió varias veces y casi nunca tocó afinado. Pero la banda era aceptable y la emoción de tenerlo en la Argentina por primera vez superó esos detalles que, en definitiva, fueron una constante de su carrera. Eso ocurrió hace 20 años cuando Chuck Berry tenía la edad que hoy rondan los Stones, Clapton y tantos otros rockeros que siguen girando alrededor del mundo.

Hace unos meses, cuando me enteré que venía otra vez, decidí indagar un poco en Internet y me encontré con algunos videos realmente pobres: un hombre senil arriba del escenario e incapaz de tocar de manera decente. Una sombra de lo que fue. Así que decidí no ir. Ayer a la tarde, cuando empecé a ver en Facebook y Twitter los comentarios de la gente que se preparaba para ir a verlo me agarró cierto arrepentimiento, pero ya era tarde: entradas agotadas (se pagaron hasta mil pesos por las mejores ubicaciones) y acreditaciones de prensa limitadísimas.

Lamentablemente, por lo que leí hoy, el show fue patético. Diego Mancusi escribió en la Rolling Stone: “Lo que vimos en el Palacio de los Deportes no puede juzgarse con los parámetros que se usan habitualmente para este tipo de reseñas. No fue un show mediocre, malo, pésimo ni calamitoso. No tuvo errores: fue un error. No fue la esperable pieza de museo en movimiento a la que el rock, mal que mal, ya nos tiene acostumbrados. No fue un viejito ajado haciendo de las suyas. Fue otra cosa. Fue, más bien, un acto siniestro”.

El armonicista Nicolás Smoljan me contó: “En un momento, por ejemplo, empieza a tocar un tema que ya había tocado... la hija se acerca y le dice al oído: ‘Papá ya tocamos esa’. Él le pregunta: ‘¿En serio?’ y para el tema.... y vuelve a comenzar la misma canción. Dio mucha lástima verlo así. El 75% del tiempo, sin exagerar, tocó en otro tono. Una pena total”. El productor Mariano Cardozo fue otro de los que estuvo anoche allí. “No entiendo como suben al escenario al gran Chuck Berry en ese estado: perdido, desorientado, sin acordarse las letras y ni hablar con la guitarra, casi no pegó una sola nota. Es el más grande del rock & roll, pero no deberían quemarlo así”, me dijo.

Por su parte, Fabricio Pedrotti, del sitio www.rock.com.ar, calificó al show como “penoso”, mientras que Jonathan Heguier, de Infonews, lo definió como “sucio y desprolijo”. Ellos, al igual que Mancusi, cargaron las tintas sobre los hijos del viejo Chuck, quienes son los que exponen a su padre a semejante papelón. Y también a los productores locales, cómplices de semejante estafa. Lo curioso fue que la mayoría del público terminó aplaudiendo en vez de silbando, tal vez por un poco de piedad con el verdadero creador del rock& roll.

En marzo de 2010, cuando vi a B.B. King en vivo en el Luna Park escribí una reseña que titulé “La despedida del Rey”. Esa noche me encontré con un B.B. avejentado y cansado, pero que estaba en sus cabales y disfrutando del espectáculo. Si bien estuvo sentado todo el show y tocó poco, al menos cada nota que metió, tenía su sello tradicional. En marzo de 2011, fui a un show de Hubert Sumlin en un bar de Nueva York. El ex guitarrista de Howlin’ Wolf estaba asistido por un tubo de oxigeno. Así y todo, pese a que tocó sólo una hora, lo hizo de manera decente. Tenía ganas de tocar hasta morir y así fue: falleció nueve meses. También recuerdo el recital de James Brown en el Luna Park 1997: el viejo no estaba en su mejor forma, pero al menos le habían armado un show con una buena banda, un mago y una cantante extraordinaria que suplieron las falencias que la leyenda presentaba. Cuando volvió en 2005 la cosa fue mucho peor y se asemejó a lo de ayer.

En síntesis, hay cosas que se pueden entender: que un músico en sus cabales quiera tocar hasta morir es respetable. Lo que es imperdonable es que lo expongan de una manera vil y cruel, especialmente su propia familia, para alzarse con un puñado de dólares.

sábado, 13 de abril de 2013

En el nombre del swing

Mariano Massolo logró lo que muchos músicos anhelan: tiene una banda que cumple con todas sus expectativas; grabó discos que reflejan a la perfección su identidad musical; y alcanzó una comunión en vivo extraordinaria con un público fiel y en aumento. Todo eso se vio reflejado anoche en el show que dio en La Trastienda.

El armonicista y su quinteto extendido tocaron durante dos horas temas de sus dos álbumes y también algunos standards del jazz como Mack the knife, Weary blues, After you’ve gone y Minor swing, esta última de Django Reinhardt. Justamente, el guitarrista belga de sangre gitana es la gran fuente de inspiración de Massolo y su banda. Los dos violeros que lo acompañan –su hermano Cheba Massolo y Gabriel Wajnerman- son clave en la estructura musical y los responsables de que el gipsy swing fluya dulce y melancólico.

El resto del grupo lo conforman el contrabajista Martin Longoni y Juan Klappenbach en clarinete. Melisa Blanco aporta su voz de vaudeville en algunos temas, al igual que la sección de vientos formada por Eduardo Manentti en trombón, Nicolás Said en saxo tenor y Andrés Reboratti en flauta traversa. Más allá de que suenen realmente bien, a todos se los notó muy a gusto con la propuesta y disfrutando al máximo las entradas en las que les tocó participar.

La noche también deparó algunas sorpresas. Primero fue la presencia del rosarino Franco Luciani, un verdadero maestro de la armónica que no conoce fronteras: toca desde tango y folclore, hasta jazz y música clásica. Luego, en algunos temas, un grupo de bailarines se adueñó del pasillo central que se abre entre las mesas y danzaron con fervor como en la época dorada del swing. Pero eso no sería todo. También hubo lugar para el blues y el boogie con varias armónicas soplando mancomunadamente cuando Massolo invitó a escena a sus “hermanos” de A7, Nicolás Smoljan, Natacha Seará, Fernando Vázquez, Matías Fernández y Jorge Simonian.

El último invitado de la noche, que tal como anticipó Massolo arrancaría suspiros femeninos, fue Kevin Johansen, quien contrastó su voz grave y profunda con la de Melisa Blanco en I don't want to set the world on fire, un viejo tema do-wop de los Ink Spots. Johansen también aportó humor y buena onda. Sobre el final, Wajnerman, solo con su guitarra tocó Inquietud, y luego los hermanos Massolo hicieron un tema de cuando eran más jóvenes, compartían habitación y tocaban a dúo.

Massolo demostró una vez más que es un virtuoso, que tiene un control absoluto de su instrumento y aplica con notable naturalidad algunas técnicas, como el vibrato o bloqueo de lengua. Tal como dijo en una entrevista, su idea es hacer un jazz para la gente, o más bien “Jazz para todos”, como se lo reformuló el periodista. Así, ante una Trastienda realmente atestada (unas 600 personas según la productora encargada del evento, Baires Blues), Massolo, su banda y amigos vertieron cantidades ingentes de swing y armaron una verdadera fiesta.

miércoles, 10 de abril de 2013

Lollapalooza Chile, la gran fiesta del rock

Fotos: Lollapalooza Press
Pearl Jam dejó pequeño todo a su alrededor, incluso a las más de 80 mil almas que, según los organizadores, coparon el Parque O’Higgins el sábado y se agolparon frenéticamente contra el escenario. La voz potente de Eddie Vedder, los solos vaughanescos de Mike McGready y la fuerza demoledora del resto de los músicos dejaron en claro que en vivo no tienen rival. La actuación de PJ fue lo mejor de la tercera edición chilena del megafestival Lollapalooza.

Día 1: sábado 

A las 13 ya había mucha gente en el predio. El sol comenzaba a hacerse sentir cuando Chancho en Piedra,
la banda chilena heredera de los Red Hot Chili Peppers, apareció en escena. El baterista, vestido de Papa, bendijo al público: “Bienvenidos a este gran festival de rock. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Chancho” y largaron con su funk potente y entretenido. El parque estaba lleno de carpas en las que se podía comprar todo tipo de comidas –desde hamburguesas y brochettes hasta sushi y comida orgánica-, bebidas, merchandising, ropa, libros y discos. De todo menos alcohol, aunque por ahí aparecieron algunos vendiendo clandestinamente latas de cerveza. Grandes auspiciantes como Coca Cola, Claro, LG y Adidas ubicaron sus enormes stands, por los que circularon decenas de invitados, justo en medio de los dos grandes escenarios. Chicos con sus peinados de colores, anteojos estrafalarios, pelucas y banderas de varios países hicieron del predio su hábitat natural.

Alabama Shakes
La música, al menos para mí, siguió con Alabama Shakes. Me encontré con una banda extraordinaria que recrea el viejo southern soul con ímpetu y muy buenas canciones. La cantante y guitarrista, Brittany Howard, es muy sólida y en su forma de cantar hay destellos de Otis Redding, Sharon Jones y hasta algo de Macy Gray. Tocaron durante una hora temas de su disco debut, Boys & Girls. Cuando terminaron, me di una vuelta por el escenario de Coca Cola para ver de qué se trataba Kaiser Chiefs, una banda alternativa inglesa que está bastante de moda. La verdad, me dejaron gusto a poco. Aunque lo peor estaba por venir: The Hives realmente me puso de mal humor. Si Joey Ramone estuviese vivo ajusticiaría a estos suecos que enarbolan la bandera del punk revival y remataría de un tiro en la nuca al cantante, un verdadero imbécil que se autoproclamó el “Rey del Punk”.

Queens of the Stone Age
Huí despavorido hacia el Movistar Arena. Con tal de no escucharlos busqué refugio en lo primero que tenía a mano: música electrónica. Zed’s Dead son dos DJ’s que en lo suyo, que no es tocar instrumentos, son muy buenos, pero que yo no logro entender. Será porque estoy viejo o porque no consumo pastillas sintéticas, aguanté a penas 10 o 15 minutos. Al menos fue el tiempo suficiente para evitar el resto del show de los Hives. Por suerte después tuve mi revancha. Cuando el sol se ocultaba y el contraste de la luz resaltaba el contorno de la Cordillera, apareció en escena Queens of the Stone Age. Rock psicodélico bien al palo. Los picos máximos de su presentación fueron la versión de Make it with chu y cuando Josh Homme invitó a Eddie Vedder para cantar a dúo Little sister.

Eddie Vedder
Y después vino lo de Pearl Jam. Yo no soy fanático de la banda, pero siempre reconocí que eran muy buenos. Ahora, verlos en vivo es una experiencia extraordinaria. Son una verdadera aplanadora. Pocas veces vi un show tan intenso como el que dieron el sábado a la noche. Tocaron temazos como Jeremy, Even flow y Just breathe. Lo que más me gustó fue la versión de It’s okey, en la que Vedder canta una parte en español de manera sorprendente. El final, antes de Yellow ledbetter, trajo el cover de Neil Young, Rockin’ in the free world, con Josh Homme y Perry Farrel –de Jane’s Addiction y organizador del festival- como invitados.

Día 2: domingo 

Con Fucho Cornejo y compañía llegamos al Parque O’Higgins minutos antes de las 12 cuando todavía había
poca gente. El sol, otra vez, estaba intenso y en el escenario principal, ante no más de 200 personas, se presentó el dúo local Perrosky, un crossover rústico entre la música de los White Stripes y Bob Dylan. Tocaron durante poco menos de una hora y lo hicieron con ganas. Luego, en el otro gran escenario, fue el turno de Manuel García, un cantautor chileno que no me motivó nada y aproveché el tiempo para pasear por los stands. A las 14, con puntualidad inglesa, apareció Gary Clark Jr. (ver reseña anterior) y luego de disfrutar su show casi en primera fila, me encontré con el amigo Ramiro Barreiro, quien me convenció de ir a escuchar un poco de hip hop brasileño de la mano de Marcelo D2.

Antes de que los brasileños terminaran decidí que era hora de ir a almorzar y me despedí de Rama. Unos sanguchitos al paso y volé al escenario donde se presentaba Mike Patton (de Faith No More) con su banda Tomahawk. ¡Horrible! Tantos alaridos desquiciados y guitarras fuera de control me obligaron a huir. El cansancio me llegó como un tornado arrasador. Me acosté en el pasto, me tapé la cara con la gorra y me puse a escuchar a Franz Ferdinand. Si bien a mi no me gustan mucho, reconozco que saben lo que hacen frente a una multitud. Cuando recuperé la fuerza me fui a ver el show de Los Tres, rockeros clásicos chilenos, que dieron un concierto bárbaro y que tocaron temas como Déjate caer, Amor violento y Lágrimas negras, del cubano Miguel Matamoros.

The Black Keys
Antes del esperado final, al menos por mí, con los Black Keys en escena, no me quedó otra que escuchar
un par de ¿canciones? del DJ del momento, Dead Mouse, y del rapero Nas. A las 21.30, Dan Auerbach y Patrick Carney hicieron explotar a todos con Howlin’ for you. Tocaron durante más de una hora y media, en su mayoría temas de El Camino, casi todo el tiempo acompañados por un bajista y un tecladista. Grandes versiones de Lonely boy, Dead and gone y, especialmente por la intro con National steel guitar, de Little black submarines fueron coreadas con entusiasmo. Además, ellos dos solos –guitarra furiosa y batería- tocaron algunas canciones de discos anteriores como Thickfreakness, Your touch y I got mine.

Para mí fue una experiencia inolvidable. Nunca había visto tanta gente junta y en paz. La organización estuvo diez puntos, no se registraron incidentes y hubo música para todos los gustos. Ojalá que en el futuro productores argentinos puedan estar a la altura de un acontecimiento de esta magnitud y tengamos nuestra primera edición del Lolla argento.

lunes, 8 de abril de 2013

Gary Clark Jr. en el Lollapalooza

Gary Clark Jr. caminó hacia el centro del escenario dando largos pasos. Inclinó su cuerpo esbelto y desgarbado y tomó la guitarra, una Epiphone Casino azul, la primera de las tres que usaría. Comenzó a rasgar los primeros acordes de When my train pulls in y la banda se le sumó. El sol estaba ascendente y picante: mientras ardía en la nucas de cientos de fans, a él le daba de frente. Tal vez, un poco por eso y otro poco por su propia temperatura sanguínea, no tardó en empezar a quemar las cuerdas con un solo fulminante, el primero pero no el último de la tarde.

A esta altura, a Gary Clark se lo puede definir de varias maneras. Algunos optan por la facilista comparación con Jimi Hendrix y le dicen el heredero. Otros lo ven como un hijo díscolo del blues, y también están los que no terminan de entender hacia dónde va con su música. Por lo que mostró ayer sobre el Claro Stage, en la segunda jornada del Festival Lollapalooza, en Santiago de Chile, Clark tiene un poco de las tres. Mientras que el EP que sacó en 2011 fue sorprendente y refrescante, el disco Blak and blu pecó de demasiada producción y le restó espontaneidad y crudeza a su música, dos cosas que precisamente marcaron su actuación de ayer.

Clark compensa cierta apatía arriba del escenario con un talento que por momentos roza lo sobrenatural. Canta con suavidad cuando es necesario y le imprime un poco más de profundidad cuando el tema así lo requiere. Le gustan los pedales, la distorsión y los riffs poderosos. El repertorio estuvo dedicado exclusivamente al disco Blak and Blu. Al primer tema le siguió con Don’t owe you a thang y la suave Please come home, con marcada devoción por el viejo soul. Después rockeó a la vieja usanza con Travis county y rindió tributo por partida doble a Hendrix y Albert Collins con su versión combinada de Third Stone from the sun, con ese riff inconfundible, e If you love me like you say. Blues psicodélico de alta gama.

La banda lo acompañó con firmeza, pero siempre en segundo plano y sin moverse demasiado, tal vez para no quedar expuestos al sol. El guitarrista Eric Zapata hizo un par de solos, más que nada con slide, aunque no sea precisamente un bluesman. Ain’t messin’ round, el tema con el que abre Blak and Blu, esta vez vino como antesala del cierre. Ya con su Epiphone roja, luego de usar en dos temas una Fender Stratocaster color crema, sacó furia contenida durante un extenso punteo. Luego bajó un par de decibeles y cantó acompañándose solo con su guitara una versión mucho más amable y sentida de Blak and Blu, que la del álbum, aunque no la terminó porque pegó su gran éxito, Bright lights. Aquí sí se podría coincidir con los que lo llaman el heredero de Hendrix, porque lo que tocó fue desmedido y visceral.

Y así, una hora después, Gary Clark se despidió, tímido, del público chileno, que lo aplaudió y ovacionó con ganas. En definitiva, dejó una buena sensación final y algunas preguntas: ¿Qué camino seguirá en el futuro? ¿Abrazará definitivamente al blues, como muchos quieren, o seguirá innovando y retocando su música? Por ahora, a los 29 años, sigue buscando su identidad musical con el plus del virtuosísimo que nace de sus entrañas.

jueves, 4 de abril de 2013

El mes de Muddy Waters

Hace 100 años, en el pequeño poblado de Rolling Fork, en Mississippi, nacía Muddy Waters. Dentro de unos pocos días, el 30 de abril, se cumplirán 30 años de su muerte. Así que este es el mes en el que, los amantes del blues, tenemos la obligación de homenajearlo escuchando su música, porque él fue uno de las figuras más trascendentes del género: puso la piedra basal del blues de Chicago, compuso infinidad de clásicos y grabó gran cantidad de discos memorables. Además, le dio espacio en su banda a decenas de músicos de primer nivel, como Little Walter, James Cotton, John Primer, Bob Margolin y Pinetop Perkins, entre otros; y fue un emblema de los rockeros de los 60, esos que le dieron al rock su verdadera identidad.

No pretendo con este post recrear su biografía, ya que hay muchas y muy buenas circulando en la red y en libros especializados. La idea es rescatar cinco discos para que aquellos que todavía no tuvieron la dicha de escucharlo puedan empezar a hacerlo, y los que ya los escuchamos miles de veces, lo hagamos mil veces más.

Trouble No More: Singles 1955-1959. Esta es una excelente compilación que da cuenta de la época más creativa y extraordinaria del blues de Chicago. Como parte del exquisito catálogo de Chess Records, este álbum contiene doce canciones definitivas, entre las que se destacan la que da nombre al disco, Close to you, Rock me y Mean mistreater. En las diferentes sesiones que aquí están incluidas participaron Little Walter, Jimmy Rogers, Otis Spann, James Cotton, Willie Dixon y Walter Horton, todas figuras rutilantes de la Selección Mundial del Blues.

At Newport (1960). Este disco retrata el sonido en vivo de una época. Fue grabado en el mítico festival de jazz, ante un público difícil. Los temas que contiene son Hoochie coochie man, Got my mojo working, Baby please don’t go y I feel so bad, entre otros. La banda es demoledora, tal vez una de las mejores que tuvo: Otis Spann en piano, James Cotton en armónica, Pat Hare en guitarra, Francis Clay en batería, más Andrew Stephens en bajo. Una obra imprescindible.

Folk Singer (1963). Este sería el disco “unplugged” de Muddy Waters. Lo acompañan Willie Dixon en contrabajo, Buddy Guy en guitarra y Clifton James en batería. El sonido oscila entre el espíritu del blues de Chicago y la esencia misma del Delta del Mississippi. Muddy canta con vigor Country boy, The same thing, Long distance call y You can't lose what you never had. La versión de Feels like going home es extraordinaria por dos motivos: la encara solo con su guitarra y recrea el blues rural tal cual lo aprendió de joven entre plantaciones de algodón.

Fathers and sons (1969). Este álbum fue grabado el mismo año en que se realizó el festival de Woodstock y significó una especie de aceptación de los viejos bluseros a los jóvenes que venían tocando blues con esmero y pasión. Muddy Waters es la voz cantante y Otis Spann se destaca en el piano. Los acompañan el genial Michael Bloomfield y Elvin Bishop en guitarra, y Paul Butterfield en armónica. Buddy Miles y Sam Lay alternan en batería, mientras que Donald “Duck” Dunn y Phil Upchurch lo hacen en el bajo. El track list lo conforman temas como I’m ready, Walkin' thru the park, Long distance call y Blow wind blow.

Hard again (1977). Es el primero de una serie de discos en los que fue producido por Johnny Winter. El albino realmente logró captar un diálogo visceral y profundo entre Muddy y su banda, integrada por James Cotton, Bob Margolin, Pinetop Perkins, Charles Calmese y Willie “Big Eyes” Smith, una pieza fundamental del groove de este entramado. El albino, por supuesto, también aporta el sonido de su guitarra y algunos solos. Los temas que se destacan son Manish boy, Deep down in Florida, I can't be satisfied, The blues had a baby and they named it rock & roll. Es blues de Chicago en su maxima expresión.

martes, 2 de abril de 2013

El nuevo disco de Ronnie Earl

Los redoblantes comienzan crepitar y el sonido del hammond hace su majestuosa aparición. La guitarra se presenta con unos acordes sustanciosos y comienza a dialogar con los teclados, que dibujan notas etéreas. Las seis cuerdas, filosas, anuncian que un tren cargado de shuffle está por partir. La música gana en intensidad. Explota. El tren sale a toda máquina. Furioso y vertiginoso. Así de apabullante es el comienzo de The big train, el primer tema del flamante álbum de Ronnie Earl and The Broadcasters.

Just for today es un disco instrumental, aunque tiene su excepción a la regla. Fue grabado durante tres shows que la banda hizo en el estado de Massachusetts y acaba de ser editado por el sello Stony Plain Music. De principio a fin deja en claro que Ronnie Earl es uno de los guitarristas más extraordinarios y exquisitos de las últimas tres décadas. Ya lo dijo B.B. King: “Él es uno de los mejores guitarristas de blues que se pueden encontrar hoy. Me pone orgulloso”.

El disco no tiene rodeos. Ronnie Earl está en la cima, tocando como si le fuera la vida en ello. Desde el profundo Blues for Celie a la soberbia Miracle, la guitarra entra en una especie de trance espiritual que se extiende también a Heart of glass. Earl muestra todas sus cartas y suena tal como la música brota de sus entrañas.

Dedica una porción del álbum a tributar a algunos de sus máximos referentes. En Rush hour, sus punteos denotan su amor y obsesión por el sonido de Otis Rush; mientras que en Blues for Hubert Sumlin llora por la pérdida reciente del viejo maestro. Robert Nighthawk stomp es otra demostración de que él es uno de los dos o tres mejores alumnos de la vieja escuela. Además de un puñado de temas propios, interpreta algunos covers: Ain’t nobody’s bussines, cargado de sentimiento y respeto, y I’d rather be blind, cantado con pasión por Diane Blue. Pero lo más extraordinario, por novedoso y sutil, es la versión bluseada de Equinox, del legendario saxofonista John Coltrane.

A Ronnie Earl lo acompañan Lorne Entress (batería), Dave Limina (piano y Hammond B3) y Jim Mouradian (bajo). Nicholas Tabarias aporta el sonido de su guitarra en Rush hour y Jukein. Todo suena perfectamente amalgamado y fluye con absoluta naturalidad. Ronnie Earl describió el espíritu su disco de la siguiente manera: “Siempre hay que transmitir esperanza y hay que vivir con el corazón abierto. No hay que renunciar antes de que los milagros ocurran”.