viernes, 30 de septiembre de 2011

El regreso del tornado texano

Yo empecé a escuchar blues gracias a Johnny Winter. A él le debo mi vida musical. Por eso el lanzamiento de un nuevo disco suyo es todo un acontecimiento para mí. Ya lo escuché cuatro veces en las últimas doce horas y cada vez que le vuelvo a dar play me gusta más. Cuántas veces pensamos que el albino estaba más cerca del arpa que de la guitarra. Cuántas veces pensamos que su último disco sería realmente el último. Lo cierto es que Roots, más allá de ser un gran álbum, es la confirmación de que Winter todavía está vivo y muy bien.

Editado por el sello Megaforce y producido por Paul Nelson, Roots fusiona pasado y futuro. Los temas son todos clásicos del blues y los invitados son músicos relativamente jóvenes que tienen un presente formidable y un gran porvenir. El propósito de Johnny Winter fue rendir homenaje a sus mentores y creo que lo logró con creces. Lo mejor del disco es cuando el albino y los guitarristas de los Allman Brothers, Warren Haynes y Derek Trucks, hacen una oda al slide con dos temas del legendario Elmore James: Done somebody wrong y Dust my broom. Otro momento sublime es cuando la esposa de Derek Trucks, Susan Tedeschi, comparte voz y punteos con Winter en una versión fabulosa de Bright lights, Big City, de Jimmy Reed.

La combinación de solos entre el albino y Sonny Landreth en T-Bone shuffle es genial y el cover de Last night, de Little Walter, en la que John Popper descuella con su armónica, pone la piel de gallina. Obviamente no podía faltar su hermano Edgar, quien sopla su saxofón en Honky tonk, de Clarence “Gatemouth” Brown. El resto del álbum se completa con Further on up the road, con Jimmy Vivino como invitado; Short fat Fannie, de Larry Williams, junto a Paul Nelson; Got my mojo workin’, con la colaboración en armónica de Frank Latorre; y Maybellene, el clásico de Chuck Berry, con la participación de Vince Gill. Pero la sorpresa mayor de Roots está al final. Winter alecciona con una notable versión de Come back baby, que popularizó Ray Charles, junto al tecladista John Medeski, integrante del trío jazzero Medeski, Martin & Wood.

Winter ya no tiene el tono de voz feroz de los setenta que se balanceaba entre los blues y el rock and roll de grandes estadios. Ahora es un hombre de 65 años completamente abocado al blues. Su estilo de tocar la guitarra ya no es tan veloz como antes, pero eso no lo hace menos efectivo o pasional. Al contrario, el sentimiento por el blues es lo que mueve a este músico de aspecto frágil y mucha historia sobre sus espaldas. Señores, no se priven de escuchar esta joya del viejo y querido tornado texano.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Jazzman

“Miles Davis era un gran poeta de su instrumento. Con él, podía proyectar notas redondas y cálidas que conmovían las más recónditas emociones humanas, y también emitir quebrados trinos capaces de evocar el colérico sonido de las balas al ser disparadas. A veces su trompeta parecía flotar, atravesando enrevesados ritmos e indicaciones de tempo con una velocidad y precisión escalofriantes. Su sonido podía penetrar como un cuchillo afilado. También podía brotar amortiguado, tierno y suave como una canción de cuna., aunque siempre cargado de profunda emoción. El sonido de Miles te obligaba invariablemente a incorporarte y prestar atención. Era un sonido bruñido, reflexivo e inolvidable”, Quincy Troupe.

Es la 1.30 del día en que se cumplen 20 años de la muerte de Miles Davis. Estoy escuchando su versión en vivo de My funny valentine. Pienso que me gustaría que el día en que me muera, en mi velorio, pongan esta canción y que el sonido de la trompeta abarque todo.

Miles Davis fue el músico más importante del siglo XX. Atravesó cinco décadas y en cada una de ellas le fue imprimiendo al jazz su propia perspectiva. Creció escuchando blues y provocó cruzando las fronteras el rock, el funk, el pop y el hip hop. Miles Davis tuvo un swing único y un talento natural para juntarse con los músicos más brillantes: Dizzy Gillespie, Charlie Parker, Gerry Mulligan, John Coltrane, Cannonball Adderley, Wayne Shorter, Herbie Hancock, Bill Evans, John McLaughlin y Chick Corea, por solo nombrar a algunos. Fue el creador del mejor disco de la historia del jazz, que contó con la mejor banda de la historia del jazz. Kind of blue es una obra de arte única e irrepetible. Es la Torre Eiffel de los monumentos; el Louvre de los museos; el Golden Gate de los puentes.


El primer álbum suyo que tuve fue Miles Smiles. Me lo regaló alguien que había viajado a Estados Unidos. Creo que fue en 1993, dos años después de su muerte. En el paquete que me trajo había otros dos discos: Strong persuader, de Robert Cray, y Ace of harps, de Charlie Musselwhite. A esos ya los esperaba. Por entonces estaba metido hasta el cuello en el blues y no escuchaba casi nada más. Así que el sonido de la trompeta de Miles en Orbits, el primer tema de Smiles, fue una experiencia muy intensa. Pero todavía yo no estaba preparado para ese tipo de improvisación, para dar ese paso hacia lo desconocido. Fue cuestión de tiempo.

Lo inevitable finalmente llegó: escuché Kind of blue y luego Milestones. Así empecé a descubrir que el mundo de Miles no había sido uniforme, que había mucho por descubrir. Miles nunca sintió temor por la experimentación, siempre estuvo varios pasos delante del resto de sus contemporáneos. Algunas cosas ciertamente le salieron mucho mejor que otras, pero hasta en el peor de sus discos quedó impreso el sonido singular y magnífico de su trompeta. Desde lo visual, Miles me cautivó con el arte de tapa de Tutu. La expresión de su rostro, imperturbable, le da un halo oscuridad y misterio. Hace unos años finalicé mi faena de Miles Davis con dos libros que son esenciales para conocer su obra, su vida y bucear en su compleja personalidad: la biografía escrita por Ian Carr, y Miles y yo, de Quincy Troupe.

Miles Davis fue un revolucionario, una especie de Che Guevara musical. Con la trompeta, logró atravesar dimensiones inexpugnables para cualquier otro mortal. Definió la palabra Cool y al prototipo del músico del jazz. Una vez que se entra en su mundo ya nunca más se puede salir.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Old rockers

Wynton Marsalis and Eric Clapton - Play the blues live from Jazz at Lincoln Center. Algo habían insinuado juntos en el último disco solista de Clapton. Un par de temas en los que el sonido de la trompeta de Marsalis trataba de acoplarse a la guitarra de slowhand. Pasaron los meses y ellos fueron más allá. Un concierto en Lincoln Center de Nueva York en el que ambos buscaron el punto exacto donde sentirse cómodos. El grueso del disco es como un viaje en el tiempo, hacía la década del ‘20. Destino: Nueva Orleans. Tradición pura de la mano de dos de los músicos más influyentes del jazz y el rock. Debo admitir que lo empecé a escuchar con mucha expectativa pero en el medio comencé a sentir que faltaba algo. No es que sea un mal disco, de ninguna manera, sólo que me parece que no es el estilo más adecuado para el lucimiento de Clapton. Más allá de que todo tenga un halo de King Olivier hay una buena versión de Forty four, tema de Howlin’ Wolf, y una nueva –y muy particular- interpretación de Layla.


Leslie West - Unusual suspects. Este disco del ex guitarrista de Mountain es muy especial. Mientras lo grababa sufrió la amputación de una pierna por la diabetes que padece desde hace años. Por eso muchos de los temas tienen un sentido reflexivo y autobiográfico. Musicalmente el disco es bueno, más que nada por los duetos de guitarra que protagoniza con Joe Bonamassa, Slash, Billy Gibbons (ZZ Top), Zakk Wylde (Ozzy Osbourne) y Steve Lukather (Toto). No hay mucho blues, apenas Third degree, con Bonamassa sacando lo mejor de su Gibson. Lo demás son temas de hard rock, rock clásico y un par de baladas. Leslie West no es un guitarrista innovador. De hecho, su forma de tocar sigue siendo similar a cuando hacía delirar con Mississippi Queen en los sesenta, pero ciertamente toca con una pasión formidable y canta como si fuera a dejar la vida en ello.


SuperHeavy – SuperHeavy. A ver… no siempre los mejores jugadores conforman el mejor equipo. Creo que este es el caso de SuperHeavy. La lista es la siguiente: Mick Jagger, Joss Stone, Dave Stewart (Eurythmics), Damian Marley (uno de los hijos de Bob) y el músico y director de cine indio A.R. Rahman. En pocos pasajes del álbum logran entusiasmar. Algunos temas parecen incluso que fueron grabados para El General, ese que cantaba El Meneaito, especialmente cuando rapea Damian Marley. No llega a ser un disco de rock, tampoco de reggae. Es un híbrido que podemos llamarlo pop, es un poco de todo y sin representar nada. Lo mejor es cuando canta Jagger y a algunos pasajes de Joss Stone. El responsable musical es Dave Stewart, quien supongo que comenzó a pergeñar este proyecto allá por 2004 luego de grabar junto a Jagger y Stone la banda de sonido de la película Alfie. Pasaron siete años desde aquellas sesiones y lo único que sacó en limpio es que lo que hicieron en el pasado fue mucho mejor.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Changing of the guards

La melodía de esta canción estuvo rondando mi cabeza durante mucho tiempo. Sigilosa, imperceptible, como una sombra tenue. De tanto en tanto brotaban de mis labios apenas algunas palabras de un estribillo que no llegaba a comprender. Supongo que eso mismo me pasó con muchas otras creaciones de Bob Dylan. Fue recién el año pasado cuando la canción finalmente me dio un mazazo. Y no fue la versión de Dylan la que me puso de frente ante una melodía conmovedora y una letra compleja y un tanto ambigua. Fue cuando conseguí el disco de Chris Withley y Jeff Lang, Dislocation blues, la obra póstuma del primero. El track once, Changing of the guards, tiene una carga emocional muy profunda, casi como una fuerza sobrenatural que fluye desde lo más remoto del alma de un ser humano que sabe que tiene los días contados. Withley murió poco después de grabarla. Su versión es hoy un tema central en mi vida.


Dylan compuso Changing of the guards en 1978 y fue editada como el primer track del álbum Street legal. La letra es difícil de interpretar, parece una selección de palabras al azar que conforma un todo abstracto. La carrera musical de Dylan está plagada de situaciones como esa. En su interpretación sobresalen los coros femeninos que le dan un tinte gospel y una sección de vientos que se cuela entre verso y verso como si estuviera rindiendo homenaje a los mariachis de la Plaza Garibaldi. La voz de Dylan es sofisticada e intrínseca. Está acorde con la letra.

Michael Gray, uno de los tipos que más sabe sobre Dylan, hizo su interpretación de Changing of the guards. Según él, se trata de una reseña de la vida del cantante, desde sus comienzos en la música a los 16 años hasta su divorcio de Sara y su conversión al cristianismo. Dylan, por su parte, y fiel a su estilo, trató de explicar que la canción significa cosas diferentes cada vez que la canta. “La canción tiene mil años”, dijo. De todas maneras, no es un tema que Dylan suela tocar en vivo. Tal vez las únicas veces que lo hizo fue durante la gira de 1978, posterior al lanzamiento de Street legal.

Sixteen years/Sixteen banners united over a field/
Where a good shepherd leads/Desperate men, desperate women divided/ Spreading thei
r wings/'Neath the falling leaves

La versión de Whitley y Lang es más cancina. La voz del primero suena apagada y moribunda, en contraposición a de la del segundo que suena vital y esperanzadora. Ya la escuché infinidad de veces y cada vez que lo hago una fina capa de lágrimas recubre mis retinas. Más allá de la melodía, la interpretación y la guitarra blusera, hay momentos aislados brillantes que se sostienen en el énfasis con el que se pronuncian ciertas palabras: “my last deal gone down”, “ebony face”, “renegade priests”, “previous times”, "I don’t need your organization”, "wheels of fire”, “between the King and the queen of swords”.

Hay algunos covers más, pero no muchos. Rescato el que Patti Smith grabó para su disco Twelve, en 2007. Con una base de guitarra acústica, un tanto más ordenada que la original, la voz de la cantante surge más natural. Suena más dinámica aunque tenga una cadencia más pronunciada.

Bob Dylan tiene decenas de temas que se convirtieron en clásicos del rock and roll. Cada fan suyo tiene su tema predilecto, Changing of the guards es el mío.


lunes, 19 de septiembre de 2011

Música de raíces

JJ Grey podría ser el Jack Johnson de la Costa Este. No tanto por el estilo de música que interpreta sino por su pasado surfista. Durante muchos años el tipo viajó por el mundo con el objetivo de conocer playas y surcar las olas más intensas. Pero a diferencia del hawaiano, Grey tiene un anclaje más profundo en las raíces de la música estadounidense. Su sonido combina el blues y el rock sureño con un poderío vocal inspirado en los grandes cantantes de soul.

La historia musical de JJ Grey comenzó a escribirse en Jacksonville, Florida, su ciudad natal. En 1994 JJ se sumó a Daryl Hancey, con quien formó JJ Grey & Mofro. Ese año viajaron a Inglaterra para firmar un contrato discográfico que se cayó a último momento y volvieron a los Estados Unidos con las manos vacías. Recién en 2001 fueron contratados por el pequeño sello independiente Fog City Records, de San Francisco, y grabaron su primer álbum. La banda comenzó así su camino hacia el lugar en el que está hoy. Se convirtieron en regulares de festivales importantes como Austin City Limits, New Orleans Jazz and Heritage y Bonnaroo. También abrieron conciertos para artistas como Ben Harper y Jeff Beck.

En 2006 les llegó la gran oportunidad. Pese a no ser un músico estrictamente blusero, Alligator Records, uno de los sellos discográficos más importantes del género, sino el más, lo contrató y desde entonces editaron juntos tres discos de estudio: Country ghetto, Orangle blossoms y Georgia warehouse. Todos los trabajos fueron muy bien recibidos por la crítica y consolidaron aún más la figura de la banda.

Ahora acaba de salir un nuevo álbum, esta vez en vivo. Brighter days –The film and live concert álbum- está conformado por doce temas,
algunos de ellos alucinantes como Lochloosa, The sweetest thing o The sun is shining down. El disco es un collage de sonidos del sur. Aquí por momentos JJ suena como si fuera un cantante de gospel en trance. La sección de vientos gana lugar y Mofro se transforma en una experimentada banda de R&B. Además de ser un notable cantante, JJ toca la armónica, la guitarra y es un formidable compositor. Todos los temas que incluye este trabajo, grabado en enero la ciudad de Atlanta, fueron compuestos por él.

Air puede ser la canción que más se asemeje a lo que hace Jack Johnson. En todo caso ellos, así como también Ben Harper, Donavon Frankenreiter, Grayson Capps, Hayes Carll y Ryan Bingham, cada uno con su estilo definido, son el futuro de la música de raíces, las esponjas que absorben todo lo que pasó en medio siglo de música y que se lo devuelven al público en nuevo formato y con un tamiz propio. Brighter days cierra con On fire, una orgía de sonidos en los que los solos de guitarra se cruzan con unos vientos descontrolados. Tal vez sea uno de los momentos más arrebatados de toda la presentación y una definición clara de lo que JJ Grey & Mofro pueden llegar a dar.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Princiclapton

Tom Principato salvó una noche que empezó complicada. Y la salvó con lo que sabe hacer: tocar blues. En la puerta de La Trastienda nos enteramos de que el otro guitarrista que compartía cartel con él, Kirk Fletcher, no se iba a presentar. La explicación fue que perdió su vuelo en Dallas y que llegaría a Buenos Aires un día más tarde. Lo cierto es que el International Guitar Festival que estaba anunciado terminó siendo el show de uno solo. MGB Producciones, encargada de la presencia de Fletcher, compensó con entradas gratis para el show que dará hoy en Monte Grande.

Lo cierto es que hubo música y de la buena. Principato es un guitarrista muy fino, tiene un estilo de tocar limpio y por momentos poco convencional. Es cierto que suena muy parecido a Eric Clapton -algunos le dicen "el heredero"-, aunque más que nada cuando canta. Abrió con Don’t wanna do it, el tema con el que empieza su último disco, Part of me (2010), donde le afloró todo el Clapton que lleva adentro. Algo parecido fue cuando interpretó Part of me, una balada blusera que fluye con unos solos libres e incisivos.

El repertorio siguió con varias canciones de ese álbum, aunque también hizo un par de covers: una fabulosa versión de Crosscut saw, Walkin’ blues y Rock me baby, tema que eligió para el bis. También mechó algunos de sus viejas composiciones instrumentales: Santana Claus, su tributo al guitarrista mexicano, y Tango’d up in blues, un acercamiento muy interesante a la música porteña, en el que los solos de su Telecaster evidenciaron cuánto admira al gran Piazzolla.

La banda que lo acompañó estuvo realmente muy bien. Gustavo Villegas, en teclados, Martín Cipolla, en bajo, y Julián Villegas, en batería, mostraron una solidez impresionante. Se nota que estudiaron las tablaturas que Principato les envió desde los Estados Unidos y que además se entendieron muy bien en los ensayos y en los shows que dieron en Mr. Jones y en el Teatro Ideal de Venado Tuerto. Gustavo Villegas alternó entre el sonido del hammond y el del piano y por momentos armó un entramado fabuloso de sonido con la guitarra de Principato.

Fue una muy buena noche de blues, pese a la mala noticia del comienzo. El público se bancó bien la ausencia de Kirk Fletcher (el viernes también tocará en Mr. Jones), se relajó y disfrutó con Principato, quien brindó un show espléndido, con cambios de ritmo, sin encasillamientos y mucho swing.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Blues con agallas

Willie Buck canta como Muddy Waters y Magic Sam. Tiene la potencia y crudeza del primero y la fineza profunda –bittersweet- del segundo. Willie Buck sabe de que se tratan los blues. Tiene la sangre caliente y canta con el alma. Lo de Willie Buck es blues con agallas, que brota desde la médula, y no se aplaca. Anoche combinó esa experiencia con músicos mucho más jóvenes que él, que nacieron muy lejos de la Ciudad del Viento y musicalmente todo cuajó notablemente.

El cantante se lució en Fusas y Corcheas, un bar ubicado en el corazón de Balvanera, en un viejo y pintoresco edificio. Wille Buck hizo su trabajo muy bien. Vestido todo de blanco, como si fuera un enfermero de urgencias, cantó más de una docena de canciones, en su mayoría temas de Muddy: Baby, please don’t go, She’s nineteen years old, Trouble no more, I’m ready, Manish boy, Hoochie Coochie man y Walking thru the park. Su versión down home de Champagne and reefer fue muy celebrada por la gente. Otro de los mejores momentos del show fue cuando cantó Little by Little.

Willie sonó muy bien porque la banda estuvo a la altura del acontecimiento. José Luis Pardo, guitarrista argentino que vive en España, demostró que está en un nivel superlativo. Sabe cuando irrumpir con unos solos punzantes y sabe cuando tiene que llevar la rítmica para que Willie haga lo suyo. Lo escuché cantar un par canciones y la verdad que también lo hace muy bien. Cuando llegué al bar, él estaba interpretando Love and happiness, de Al Green, tema que grabó en su disco Country and City blues. Cuando promediaba el show, mientras Willie tomaba un descanso, se despachó con una exquisita versión de I belive to my soul, de Ray Charles, con unos punteos profundos y unos coros con mucho swing.

Quique Gómez, el otro invitado de la noche, es un gallego que toca la armónica y es un buen frontman. En un momento tomó coraje y le pregunto al público si le gustaba la música de los ochenta. No hubo muchas respuestas claras y entonces anunció que iba a cantar una canción de Cindy Lauper. Pensé que iba a ser Time after time, para tratar de emular con la armónica a Miles Davis, pero no. El tipo cantó una versión bluseada de Girls just wanna have fun. De frente al público, como un crooner, logró que todos cantaran con él. Me gusta cuando los artistas de blues salen del repertorio clásico. La base de todo tuvo una custodia férrea. Mauro Diana, Machi Romanelli y Gonzalo Martino llevaron todo con ritmo y soltura, tanto en los blues más duros de Chicago como los temas con más souleados, como Funny how time slips away, de Willie Nelson, por ejemplo.

El cierre del show no tuvo sorpresas, pero la gente lo disfrutó mucho. Got my mojo workin’ debe ser, junto con Sweet Home Chicago, el tema que los músicos de blues más eligen para sus bises. Willie la entonó con ganas y logró que todos cantaran el coro con él. Fue una muy buena noche de blues, con notables interpretaciones y mucho feeling, en un ámbito pequeño y relajado. El viejo Willie, 74 años y mucho blues a cuestas, dejó una gran impresión.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Lanzamientos II

Seasick Stevie – You can't teach an old dog new tricks. En la edición del mes de agosto de la prestigiosa revista inglesa Mojo me encontré con un aviso de una página que me llamó la atención. En la foto se ve a un hombre con su larga barba cana, que lleva una gorra y viste una camisa a cuadros abierta, una remera y un jean. El hombre, de unos sesenta y pico, se muestra seguro y confiado. En grandes letras amarillas figura su nombre artístico: Seasick Stevie. Debajo, con otra tipografía y en blanco, está escrito el título del disco que acaba de editar, You can't teach an old dog new tricks. Además de una pequeña foto con la portada del álbum figuran algunos adjetivos rimbombantes sobre su música: “Blistering”, “Storming”, “Superlative” y “A masterclass”. You can´t… es la obra consagratoria de este músico que creció en California, vagabundeó por el mundo tocando en las esquinas de varias ciudades, y que recién encontró su oportunidad de grabar hace pocos años en Noruega. Tiene un sonido crudo, áspero, que cruza el blues con el folk: podríamos decir que es la versión white trash de Junior Kimbrough y R.L. Burnside. Fabuloso. ¡Búsquenlo!

Eric Sardinas – Sticks and stones. El primer disco de Eric Sardinas (Treat me right, de 1999) fue arrollador. Un músico nuevo, con un apellido llamativo, y un estilo de tocar simple pero efectivo, había logrado un blues de slide potente, una especie de fusión entre el power metal y las raíces más profundas del Mississippi. Sardinas y su dobro eléctrica condensaron el espíritu de Stevie Ray Vaughan, Johnny Winter y George Thorogood en un álbum electrizante. Pasaron doce años desde aquél lanzamiento del sello Evidence y las cosas para Sardinas nunca lograron despegar del todo. Si bien su nombre figura habitualmente en varios festivales de blues y sus presentaciones en vivo son dinamita pura, sus discos siguientes, tres en total, no lograron llegar a la altura del primero. Sardinas cayó en repeticiones y clichés. Su nuevo álbum, Stick and stones, el primero para Provogue Records, es un poco más de lo mismo. No es un disco aburrido ni mucho menos. Tiene solos de guitarra, tanto eléctricos como acústicos, tremendos. Pero las canciones no dicen gran cosa. Si nunca escuchaste a Sardinas, te recomiendo que consigas su primer disco, el único que me parece vale la pena escuchar más de una vez.

Ana Popovic – Unconditional. La tapa es muy provocativa: el cuerpo desnudo de Ana Popovic se esconde tras una guitarra Fender. Para algunos es un elemento más de marketing, para otros es una foto artística. Lo cierto es que, más allá de cuál haya sido su finalidad, podríamos decir que es innecesaria. Lo que importa es la música. A diferencia de Sardinas, la chica nacida en Sarajevo, Serbia, hace 35 años, ha logrado consolidar un estilo tanto en vivo como a la hora de grabar. Unconditional es su sexto álbum, el tercero para Electro Groove Records, y suena muy bien. Popovic logró posicionarse en el lugar que antes tenían ocupado otras damas como Sue Foley, Debbie Davies y Deborah Coleman. Basta escuchar el primer tema, Fearless blues, para entender de que va el álbum. La voz sensual de Popovic se combina con sus solos de guitarra electroacústica. Todo se funde en unos coros mixtos que surgen como una brisa en medio de un día cálido y un piano que recorre la canción como el oleaje de una marea calma. Popovic además demuestra su virtuosismo cuando encara el standard de Nat Adderley, Work song. El resto de los temas no decaen. Un disco "satisfacción garantizada".

sábado, 3 de septiembre de 2011

Lanzamientos I

Kenny Wayne Shepherd – How I go. En los noventa apareció como una promesa a corto plazo. Un guitarrista que parecía que tenía todo para usurpar el lugar vacante que Stevie Ray Vaughan había dejado con su muerte. Pero la carrera de Kenny Wayne Shepherd tomó su propio curso. Ledbetter Heights (1995) fue un álbum asombroso y apenas era su debut. Luego, sus siguientes discos, si bien fueron muy buenos, no tuvieron la contundencia y espontaneidad del primero, aunque lograron encaminar su carrera. La aparición de Joe Bonamassa le quitó a KWS esa responsabilidad que surgía de la perpetua comparación con el ídolo muerto. Entonces, todo cuadró. Luego de 10 days out (2007) y Live in Chicago (2010), en los que KWS dio un giro hacia el blues más tradicional, llega How I go, un trabajo excelente en el que el guitarrista combina su estilo estimulante con retazos de sus influencias. Así, entre varios temas propios, se cuelan unos covers buenísimos: Oh, pretty woman, de Albert King; Blackwater Blues, de Bessie Smith; y Yer blues, de los Beatles. La guitarra de KWS se ve reforzada por el poderío vocal de Noah Hunt y la base rítmica de los Double Trouble, Tommy Shannon y Chris Layton. No lo dejen pasar.


Ry Cooder - Pull up some dust and sit down. El viejo maestro lo hizo una vez más. Los bluseros más acérrimos tal vez no puedan disfrutar de su música, porque Cooder es un tipo al que realmente no se lo puede encasillar en un estilo definido. Si repasamos su carrera nos vamos a encontrar que tocó con músicos tan diversos como Taj Mahal, los Rolling Stones, Ali Faka Toure, los cubanos de Buena Vista Social Club, el Flaco Jiménez, Randy Newman y los Chieftains. De todos ellos absorbió algo. Pero además, Cooder es un arqueólogo musical, un incansable buscador de viejos sonidos, de los Estados Unidos y del mundo. Pull up some dust and sit down está conformado por crónicas actuales que reflejan la debacle económica de los Estados Unidos y sus consecuencias. Elocuente en ese sentido es el track que abre el disco, No banker left behind. El álbum, obviamente, es un collage de estilos: hay blues (John Lee Hooker for president), baladas (Dirty Chateau y Baby joined the army), corrido mexicano (El corrido de Jessie James), gospel (Lord tell me why), rumba rock (I want my crown), reggae (Humpty dumpty world) y tex mex (Dreamer). Un disco excelente y conmovedor que ratifica que Cooder no perdió la creatividad ni la sensibilidad para escribir grandes canciones.

Moreland & Arbuckle – Just a dream. Antes de darle play a este disco suban el volumen. Blues crudo y sin tapujos. La fórmula es sencilla: la armónica de Dustin Arbuckle y la guitarra con slide de Aaron Moreland se apoyan en el pulso frenético de la batería poderosa de Brad Horner. Por momentos suenan como un desprendimiento descarnado de los Black Crowes, o como una versión más pura de John Spencer, o como los hijos no reconocidos de Junior Kimbrough y Canned Heat. La energía que derrochan estos muchachos desde el vamos es tal que cuando el disco termina uno necesita unos minutos para recuperar el aliento. Just a dream es su sexto álbum y el mejor de todos. Nueve de los doce temas fueron compuestos por ellos y hay dos covers fabulosos: Heart attack and vine, de Tom Waits, y Who will be next, de Howlin’ Wolf. El álbum cuenta con un invitado de lujo: Steve Cropper aporta su guitarra en White Lightnin'. Moreland & Arbuckle alcanzaron lo que venían buscando desde hace una década: definir su propio sonido, combinando sus influencias más profundas con un estilo moderno y arrollador.