jueves, 30 de junio de 2011

De vino y blues

Una noche de otoño, húmeda y desabrida, decidí poner fin a las dudas sobre qué hacer y elegí quedarme en casa. El plan surgió al instante: escuchar una pila de discos y degustar un buen vino. Así fue como en el equipo empezó a sonar White African, de Otis Taylor, al tiempo que el sacacorchos penetraba la botella de Escudo Rojo, que había comprado unos meses antes en el free shop de San Pablo por apenas 20 dólares. Elaborado por la bodega Barón Philippe de Rothschild, en la zona de Maipo, Chile, Escudo Rojo cosecha 2008 es un blend de cuatro cepas: Cabernet Sauvignon, Carmenere, Syrah y Cabernet Franc. Empecé a degustarlo y pronto quedé prendado de sus aromas y su sabor. Lo acompañé con un queso de cabra que potenció todas sus virtudes. La seguidilla de discos siguió con Dislocation blues (Chris Whitley & Jeff Lang), Five long years (Eddie Boyd) y Searching for simplicity (Gregg Allman). El contenido de la botella fue bajando como cuando la marea se aleja de la costa. Recordar el aroma de los frutos rojos saliendo de la copa con discreción o el sabor contenido por la madera deambulando en mi boca son apenas dos momentos de una gran noche solitaria de vino y blues.

martes, 28 de junio de 2011

Power blusero

Todo empieza con el baterista marcando el ritmo, golpe y golpe. Se suma el bajo con un groove asesino. Enseguida aparece la guitarra bien funky. La canción, el clásico de Ten Years After, I’m going home, cobra forma cuando la voz canta las primeras estrofas. Así abrió Jeff Healey el show que dio en la Taberna Gorssman, un célebre club de Toronto, en 1994, y que ahora, más de tres lustros más tarde finalmente fue editado en cd. Healey fue un verdadero ejemplo: logró que sus limitaciones, su ceguera y su enfermedad, se convirtieran en su fuerte. Desarrolló un estilo muy personal para tocar que lo posicionó entre los mejores del género durante los noventa. Todo eso está plasmado en este disco.

Una de las grandes cosas de este show fue que Healey dejó lado su faceta más comercial: no interpretó Angel eyes o I think I love you too much y se dedicó a homenajear a sus ídolos, una constante en su carrera. Luego del comienzo arrollador de I’m going home, el álbum sigue con una tremenda versión de Killing floor, de Howlin’ Wolf, y enseguida baja la velocidad para interpretar As the years go passing by, dedicada a Albert King. Luego se despacha con Ain't that just like a woman, un clásico que tocaron desde B.B. King y Clarence “Gatemouth” Brown hasta Louis Jordan y Chuck Berry. El álbum sigue con una poderosa entrega de Yer blues, de los Beatles, que un año más tarde incluiría en su disco Cover to cover. Vuelve sobre el cauce del blues de Chicago y Chess Records con otro cover de un tema de Howlin Wolf: Who’s been talking. Ahí suma la experiencia de Michael Pickett, un armonicista que compartió escenarios y estudios con músicos como John Lee Hooker, Bo Diddley, Koko Taylor y John Hammond.

La parte final no da respiro. En un solo tema homenajea en simultáneo a dos figuras clave de la historia del blues y el rock: Robert Johnson y Eric Clapton. Esa interpretación de Crossroads resume de alguna manera el espíritu de la música de Jeff Healey. Aquí, además de la armónica de Pickett, se suma una segunda guitarra, la de Pat Rush. Luego sigue con Dust my broom y el final, abrumador y desbordante, es otro tributo compartido a dos de sus máximas influencias: Hendrix y Bob Dylan. Once minutos de pura adrenalina es lo que dura All along the watchtower.

A más de tres años de su muerte, por suerte todavía hay más música para escuchar de este canadiense fantástico que transformó sus impedimentos en virtudes. Live at Grossman’s es un disco en vivo fabuloso, que capta el power blusero de un guitarrista que supo hacerse un lugar en el mundo.

viernes, 24 de junio de 2011

Un verdadero tesoro

Bendito sea el día en que se abrieron los archivos de Neil Young. El sello Reprise acaba de editar la novena entrega: A treasure es un disco que recopila la gira posterior al lanzamiento del álbum Old ways. El contexto: la del ochenta no fue la década de Neil Young. Su música estuvo plagada de contradicciones y experimentaciones que lo condujeron a un fracaso tras otro. Editó los peores álbumes de su carrera, Re-ac-tor y Trans, y luego lanzó Everybody’s rocking, que pese a su sonido rockeado y contagioso, estuvo lejos de lo que se esperaba de él. Luego lanzaría otros dos discos muy polémicos: Landing on water y Life. Pero en el medio de toda esa música confusa, desorientada, apareció Old ways, una brisa bucólica y agradable que vio la luz en 1985.

Old ways tampoco está entre los mejores discos de su carrera, pero es una aproximación a la música country más profunda, que Nel Young realmente siente, y en la que tiempo después volvería a incursionar con otros discos. A treasure rescata una serie de conciertos en los que Young tocó junto a los International Harvesters, un compendio de luminarias de la música country como el guitarrista Ben Keith, los pianistas Hargus “Pig” Robbins y Spooner Oldham y el violinista Rufus Thibodeaux.

El resultado de esos shows tardó más de 20 años en ver la luz, pero aquí está, condensado en un disco bárbaro, que parece escapar a la coyuntura de la época. A treasure tiene doce canciones muy interesantes y amplias. Las mejores, para mí, son Soul of a woman, un blues muy poderoso, y Grey riders, que tiene la impronta de los Crazy Horse. Pero el resto de los temas está muy bien: reversiona dos canciones de Re-ac-tor (Motor City y Southern Pacific), interpreta un clásico de Buffalo Springfield (Flying on the ground is wrong) y hace un cover de una joya de la música country (It might have been).

Un Neil Young auténtico, impredecible y sorprendente arremete una vez más, esta vez con un verdadero tesoro, como tantos otros que ya editó en los últimos años y como muchos más que, supongo, debe tener ahí guardados en el inmenso arcón musical de su historia aguardando el momento oportuno de salir a la luz.

martes, 21 de junio de 2011

Hobo blues

Hace diez años murió John Lee Hooker, una de las figuras centrales de la historia del blues. Tenía 83 años cuando la muerte lo sorprendió mientras dormía en su casa de Los Altos, en California. Su legado musical es uno de los más trascendentes y contundentes del género: Hooker grabó cientos de sesiones que quedaron plasmadas en distintas compilaciones y ediciones que hoy se consiguen desde Oslo hasta Ciudad del Cabo y desde Moscú hasta Montevideo.

John Lee Hooker había nacido en Clarksdale, Mississippi, el 22 de agosto de 1917. Aprendió los blues escuchando a Charley Patton, Blind Lemon Jefferson y otros músicos de la época. Pero después recorrió un camino diferente al del resto de sus contemporáneos. Mientras Muddy Waters y Howlin’ Wolf, por nombrar sólo a dos, se fueron hacia Chicago, Hooker -un vagabundo errante por naturaleza- fue probando suerte en ciudades en las que no logró hacer pie, como Memphis y Cincinnati, hasta que llegó a la fría y gris Detroit. Allí, en la Motor City, encontró su lugar en el mundo y desarrolló un estilo muy personal para interpretar los blues.

Su boogie hipnótico y su forma tan particular de cantar lo convirtieron en un músico inigualable. Entre fines de los cuarenta y comienzos de los sesenta grabó gran parte de su mejor material (escuchen sino sus discos de Chess o Vee Jay) que influyó directamente sobre músicos y bandas de la talla de Bob Dylan, Canned Heat, los Animals, Bonnie Raitt, los Rolling Stones y Santana.

En los noventa, cuando ya su figura había alcanzado la cima y él ya estaba radicado en California, editó una serie de discos en los que se dio el gusto de tocar con estrellas rutilantes como Keith Richards, Johnny Winter, Van Morrison, Jeff Beck, Albert Collins y Robert Cray. Pasaron diez años desde su muerte y la amenaza del olvido, en su caso, es algo que no preocupa. El tiempo se encargó de revalorizar su música, sus canciones y su estilo, ese que supo moldear durante medio siglo y que ya alcanzó el status de eterno.

sábado, 18 de junio de 2011

Las melodías de Big John

Desde el primer tema queda claro que la música del nuevo disco de John Popper no permite un encasillamiento pero sí una comparación. El voluptuoso armonicista lleva su sonido a los márgenes del rock, el blues y el pop. Como solista, Popper no es tan audaz como al frente de los Blues Travelers. Aquí no hay tanto jam, sino que prevalecen las melodías. Su armónica está más contenida, pero eso no la hace menos efectiva. La música de los Duskray Troubadours es un guiño a una de las bandas más impresionantes que hayan rodado por el mundo del rock: The Band.

El primer tema es fabuloso. Love has made it so tiene una melodía encantadora, la voz de Popper se balancea entre las guitarras de Jono Manson, Kevin Trainor y Aaron Beavers, sostenida por un coro apenas perceptible que le vierte una naturalidad asombrosa a su registro vocal. Luego sigue con otra hermosa canción: A lot like you es bien acústica y tiene un ritmo más pausado. La armónica se despierta con unos solos sugestivos y atrapantes. Todo sigue con un blues cansino, Bereft, donde Popper demuestra porque sigue siendo un revolucionario de ese pequeño instrumento.

Los puristas del blues probablemente no se detengan a escuchar a John Popper, aunque deberían hacerlo. En la década del cincuenta Little Walter demostró que los límites de la armónica eran mucho más flexibles de lo que parecía hasta ese momento. Décadas después, con otra coyuntura, Popper le dio una nueva dimensión al instrumento. En este nuevo disco no avanza más allá con la experimentación sino que adapta sus soplidos a lo que las canciones le demandan. Make it better y Something sweet son dos temas alucinantes, especialmente el último, que tiene un groove relajado y sensual. Champipple es una especie de incursión campestre, donde prevalece la guitarra acústica, con una melodía alegre y altamente adictiva. Don’t tread on me tiene un magnetismo formidable y realmente parece que fue compuesta por Levon Helm y Robbie Robertson, aunque lleva la firma de Manson, Popper, Trainor.

Este es el tercer disco solista de Popper y poco tiene que ver con los anteriores: Zygote (1999) y The John Popper Project (2006). La marca aquí está centrada en la armonía, en dejar como legado un puñado de canciones geniales. Ya tendrá más tiempo Popper para darle rienda suelta a su armónica como anticipa en el último tema, Leave it up to fate, y como lo hizo siempre. Ahora es tiempo de escuchar a un hombre que se quiere consolidar también como un gran cantante y compositor. Y ciertamente lo es.

lunes, 13 de junio de 2011

Wine song 44

Nick Moss nació en Chicago hace casi 40 años y hoy es uno de los guitarristas de la nueva generación que respetan con la sangre la tradición de la ciudad. Para llegar al lugar en el que está ahora -es un número fijo en el Buddy Guy’s Legend- recorrió un camino que comenzó como bajista de Buddy Scott, luego de Jimmy Dawkins y después de la Legendary Blues Band. Allí hizo el switch a la guitarra y pasó a la banda de Jimmy Rogers. En 2001 editó su primer disco solista junto a los Flip Tops, y desde entonces sacó ocho discos más, dos en vivo. En uno de ellos, Live at Chan’s, de 2006, incluyó WINE-O-BABY BOOGIE del legendario Big Joe Turner.


viernes, 10 de junio de 2011

Aluvión de lanzamientos (parte II)

Black Country Communion - Black Country Communion 2. La banda conformada por Joe Bonamassa, Glenn Hughes, Jason Bonham y Derek Sherinian acaba de sacar la secuela de su primer disco. Aquí, el súper grupo ratifica su compromiso con el rock and roll atemporal, que va desde la vertiginosidad de Led Zeppelin hasta la magia noventosa de Soundgarden. La guitarra de Bonamassa, menos blusera que en sus discos solista pero tan efectiva como siempre, es lo mejor del combo. Cada rasgueo, cada solo, cada yeite se amoldan muy bien a la potencia vocal del ex bajista de Deep Purple. El disco, cuyo arte de tapa refleja la zona industrial de Inglaterra donde este proyecto se originó, tiene once temas cuyos créditos corresponden a los cuatro músicos, aunque hay tres que sólo fueron compuestos por Hughes. El primer tema, The outsider, es un buen indicador para establecer que es lo que sigue después: rock and roll sin miramientos y bien arriba. Como debe ser. El primer disco fue fabuloso por la novedad de la propuesta y la calidad de las interpretaciones. Si bien este álbum ya no cuenta con el factor sorpresa del anterior, es una pieza musical sólida que no se aparta de su rumbo.

Tedeschi Trucks Band – Revelator. Cuando dos personas aman la música y se aman entre ellos pueden lograr un álbum tan fantástico como Revelator. Derek Trucks, guitarrista de los Allman Brothers y frontman de su propia banda, decidió darle rienda suelta a un proyecto que elaboró con su esposa Susan Tedeschi, una formidable guitarrista y cantante, que hace años viene demostrando que es una figura importante dentro del mundo del blues. Con una formación que se parece a un equipo de fútbol, los once músicos que conforman la banda logran un sonido con mucho soul donde el blues, el gospel, el funk y el rock sureño se fusionan de una manera orgánica. La voz de Tedeschi y la guitarra de su marido son los puntales de este súper grupo que también cuenta con el bajista de los Allman, Oteil Burbridge, y otros músicos de primera línea. Además es loable destacar que cada una de las canciones están trabajadas con mucho esmero, lo que implica que más allá de ser excelentes músicos, Tedeschi y Trucks son grandes compositores y productores muy profesionales.

Willie Nelson & Wynton Marsalis featuring Norah Jones – Here we go again (Celebrating the genius of Ray Charles). Esta es una sociedad que dio sus frutos. Luego del excelente disco de 2008, Two men with the blues, ahora van por más con este tributo a Ray Charles, para el que sumaron nada más y nada menos que a Norah Jones. El viejo Willie y el músico que osó desafiar a Miles Davis lograron amalgamar una vez más sus estilos, ésta vez trabajando las canciones de una de las figuras centrales de la historia de la música. Ray Charles fue un músico que estuvo por encima de los estilos: jazz, soul, country, blues. Todo eso era Ray Charles y todo eso es lo que hay en este homenaje agradable, entretenido y amable.

martes, 7 de junio de 2011

Aluvión de lanzamientos (parte I)

Ben Harper - Give till it's gone. Una vez más Ben Harper logra una mixture exquisita de estilos. En apenas once canciones lía funk, rock, blues, folk, soul, psicodelia y una pizca de reggae. El disco es un poco menos furioso que su predecesor de estudio, White lies for dark times, pero tiene el espíritu libre que caracteriza a la música de Harper. Hay un par de sorpresas: Ringo Starr suma su experiencia en la batería en dos temas que co escribió junto a Harper (Spilling faith y Get there from here) y Jackson Brownie aporta sus armonías vocales en Pray that our love sees the dawn. Harper además rinde una especie de tributo a Neil Young con Rock and rol is free. Con este nuevo disco Ben Harper confirma varias cosas: que es un excelente compositor, que no se lo puede encasillar en ningún género y que, pese a su gran momento, sigue teniendo una proyección a futuro muy auspiciosa.

Ray Manzarek & Roy Rogers – Translucent blues. El sonido del teclado de Ray Manzarek tiene una mística especial que ha vencido al paso del tiempo. Día tras día, miles de chicos siguen descubriendo la música de los Doors, que todavía se presenta como un símbolo del encantamiento entre el rock, la poseía y la vida al límite. Claro que lo de Manzarek terminó siendo muy diferente a lo de Jim Morrison. Al segundo se lo consumió la época, las drogas, la fama y su propia personalidad. Manzarek, por el contrario, eligió el camino largo, y a 40 años de la muerte de Morrison sigue tocando con la misma pasión que antes. Como lo hizo en 2008 con Ballads before the rain, volvió a asociarse con el maestro del slide Roy Rogers, sólo que esta vez para el sello Blind Pig. Más allá de que lleve la palabra blues en el título, el concepto de Translucent es mucho más amplio: es una especie de adaptación moderna de los Doors, donde el sonido del teclado y la guitarra se combinan de manera muy natural, al igual que las voces de ambos protagonistas.

Samantha Fish, Cassie Taylor & Dani Wilde. Girls with guitars. Ruf Records reunió a tres chicas jóvenes, que representan la nueva sangre del blues para lanzar un álbum explosivo. La guitarrista inglesa Dani Wilde, la rubia de Kansas Samantha Fish y la hija de Otis Taylor, Cassie, combinaron sus talentos y el resultado es un disco de blues rock aguerrido y con mucha vitalidad. Las tres están tratando de ganarse un lugar en la escena musical y este trabajo seguramente les abrirá varias puertas. El disco tiene doce temas. Diez son composiciones de las chicas y hay dos covers: Bitch, de los Rolling Stones, y Jet airliner, de Steve Miller. Girls with guitars es una descarga eléctrica que sólo se desenchufa cuando Dani Wilde interpreta Reason to stay con una dobro. Las chicas tienen el blues y con este disco lo demuestran.

Jackson Taylor & The Sinners – Let the bad times roll. Llegué a este disco gracias al blog Rockland. Coincido en un 100 por ciento con las palabras de su autor: “Este disco que nos ocupa hoy le encantará a todo amante de sonidos country-rock con un toque canalla, al estilo de Steve Earle en sus primeras obras con The Dukes, por citar una referencia conocida, aunque me imagino que la principal influencia de Taylor es el legendario Waylon Jennings (…)Un disco que sería una perfecta banda sonora para transportarte a esas largas e interminables carreteras polvorientas del medio oeste americano (…)”. Y creo que es así como el amigo lo reseña: un forajido que lleva un tatuaje de Elvis en uno de sus brazos y que de su guitarra emana unos solos profundos que tienen sus raíces en lo más profundo del corazón de Nashville.

Raphael Saadiq – Stone rollin’. Basta escuchar el tema que da nombre al disco para darse cuenta de que Raphael Saadiq es un soulman de pura cepa. Su música conjuga el legado de Sly & The Family Stone, los Ohio Players y Earth, Wind & Fire. Saadiq nació en Oakland, California, en 1966. A fines de los ochenta, junto a su hermano y su primo, formó el grupo de R&B y neo soul Tony! Toni! Toné, que fue muy popular en la Costa Oeste. A fines de los noventa se sumó al súper grupo de hip hop y urban soul, Lucy Pearl, y en 2003 una de sus canciones grabadas por D’Angelo ganó un grammy. Su carrera solista, que comenzó en 2002, despegó definitivamente en 2008 cuando firmó para el sello Columbia y grabó The way I see it. Con Stone rollin’ se consolida como uno de los máximos exponentes de la nueva oleada del soul.

domingo, 5 de junio de 2011

Levon Helm en el Ryman

Levon Helm ya tiene su propio Last Waltz. Ramble at The Ryman es un álbum monumental. Una presentación en vivo memorable, con una selección de temas exquisita y algunos invitados que realmente logran una sinergia fabulosa con el anfitrión. Música de raíces, mucho sentimiento y unas armonías vocales emocionantes son los condimentos de este disco. Fue grabado en noviembre de 2008 en el auditorio Ryman, en la ciudad de Nashville, la capital de la música country. Así como lo hace cada semana cerca de Woodstock, el lugar en el que vive desde hace décadas, hizo su ramble show en el Ryman con amigos y un público fervoroso. Todo empieza con una versión muy alegre de Ophelia, el tema que The Band grabó en 1975 para el disco Northern lights-Southern cross, para pasar a Back to Memphis, de Chuck Berry, y luego a Fannie Mae, de Buster Brown. El ritmo y la algarabía no decaen. Levon Helm, al frente de su batería y cantando en un muy buen registro, se despacha con una versión de Baby scratch my back, de Slim Harpo, con el acompañamiento de Little Sammy Davis en armónica.

Luego sube al escenario Sheryl Crow. “Es un honor”, dice ella antes de emprender con la letra de Evangeline, una versión muy campestre que en The Last Waltz interpretó Emmylou Harris. Promedia el disco y una brisa bucólica envuelve el ambiente: Buddy Miller le pone voz a su tema Wide river to cross, con el acompañamiento de la mandolina de Sam Bush. Cada uno de los invitados se adapta perfectamente a la banda que lidera el multiinstrumentista Larry Campbell. Deep Elem blues y Anna Lee abren el camino a una versión sensacional, que parece extraída del corazón de Nueva Orleans, de otro clásico de The Band: Rag mama rag. En Time out for the blues, la banda vierte puro rock and roll con un solo de guitarra rockabillesco, un piano que suda boogie-woogie, un saxo desatado y la melodiosa voz de la hija de Levon, Amy. Para el final se guarda tres exitazos de The Band. Primero una versión muy souleada de The shape I’m in sacude toda la estantería. Después, una guitarra rabiosa da los primeros acordes de Chest Fever. Seis minutos más tarde, Levon Helm cierra diciendo: “Siempre es grandioso tocar en el Ryman”. Invita al escenario al legendario John Hiatt y suman sus voces para cantar una de las mejores canciones de la historia del rock: The Weight. Ramble… es un álbum festivo en donde Levon Helm celebra estar vivo luego de haberle ganado una batalla al cáncer. Y lo hace como él sabe: arriba de un escenario tocando su música.

miércoles, 1 de junio de 2011

Los discos malditos de Chess

A fines de los sesenta, el sello Chess entró en una crisis financiera. Todo el éxito que había tenido en la década anterior, en la que escribió el capítulo más revolucionario de la historia del blues moderno y sentó las bases del rock and roll, ya había quedado atrás. Los músicos del staff eran los mismos, pero comercialmente habían sido aplacados –paradójicamente- por el rock. Entonces, Leonard Chess y su hijo Marshall agudizaron el ingenio para tratar de revitalizar sus maltrechas finanzas. Y para eso buscaron darle a sus figuras un sonido y una estética más modernos. Así, entre 1967 y 1968, editaron un puñado de discos muy polémicos. Fueron fustigados por la crítica e incluso por los mismos músicos que los grabaron y las ventas no fueron las esperadas. Más allá de los cuestionamientos y algún desacierto puntual, con el tiempo estos álbumes se volvieron piezas de colección.

Super Blues. El primer intento de Leonard Chess para mejorar sus finanzas fue juntar a tres de sus máximas figuras en un solo disco. Es por eso que, en 1967, creó Super Blues, que tenía como protagonistas centrales a Muddy Waters, Bo Diddley y Little Walter. Fue editado por la firma subsidiaria Checker Records y la selección de temas era un combo de lo mejor de cada uno de ellos: Long distance call, I just want to make love to you, I’m a man, Who do you love?, Juke y My babe. Pese a que la banda fue reforzada con Otis Spann y Buddy Guy, el estado de Little Walter fue un problema: ya estaba muy enfermo –de hecho moriría un año después-, casi no podía tocar su armónica y su voz parecía oxidada. Fuera de registro. De todas maneras, Muddy y Bo Diddley pusieron mucho de sí mismos para lograr un álbum decente. Claro que queda empañado si se lo compara con los que ellos mismos habían grabado diez años antes y con los que grabarían tiempo después. Lo que se puede rescatar de Super Blues es cierto espíritu festivo y el dueto de voces de estos grandes del blues, que no es poco.

The Super Super Blues Band. Seis meses después de Super Blues, Leonard Chess decidió juntar el agua con el aceite en materia de personalidades. Pensó que sería una buena idea reunir a Howlin’ Wolf con Muddy Waters y Bo Diddley. La relación entre Muddy y Wolf siempre había sido muy tirante y competitiva. Los dos se venían disputando el cetro del rey del blues de Chicago y en este disco sus diferencias quedaron de manifiesto. El álbum tiene ocho canciones en las que Wolf y Muddy luchan por sobresalir. Buddy Guy y Otis Spann también son de la partida y aquí además se suma Hubert Sumlin. Pero semejante lista de nombres no llega a la altura de lo esperado. Para empezar hay en casi todos los temas unos coros femeninos bastante molestos, Bo Diddley le da un efecto wah wah innecesario a su guitarra y Wolf interrumpe a Muddy cada vez que puede con alguna interjección. Pero los coleccionistas saben valorar que se trata de un documento histórico, que por más que musicalmente no sea de lo mejor, logró reunir a dos de los más grandes de la historia del blues en un mismo estudio.

Electric Mud. En la película Godfathers and sons, de la serie de blues producida por Martin Scorsese, Marshall Chess reúne 30 años después a la banda que tocó con Muddy Waters en 1968, para hacer una versión de Mannish boy junto a músicos de otra generación, entre los que están los raperos Chuck D (Public Enemy) y Common. En la película, Marshall Chess confiesa que cuando salió Electric Mud fue muy criticado: “Dijeron que era el peor disco de blues de la historia, pero ni siquiera lo habíamos hecho queriendo que sea un disco de blues”. Chuck D y los otros músicos llegan a la conclusión de que el álbum terminó siendo un puente generacional, especialmente entre los jóvenes negros que se criaron escuchando hip hop. “Así descubrí el blues”, asegura Chuck D. Lo cierto es que Electric Mud no suena como ningún otro disco de Muddy. Suena avant garde, funky, psicodélico, hipnótico. Muddy reinterpreta algunos de sus viejos temas –Hoochie Coochie man, Mannish boy y I just want to make love to you- y canta por primera vez Let’s spend together, de los Rolling Stones, y una extraña canción llamada Herbert Harper's Free Press News, que terminó inspirando al mismísimo Jimi Hendrix. En su momento, el álbum ni siquiera le gustó a Muddy y supongo que menos le habrá gustado el peinado de la sesión de fotos. Pero el tiempo lo revalorizó, lo convirtió en un álbum esencial de cualquier discografía.

The Howlin' Wolf Album. Si a Muddy Waters no le gustó Electric Mud, ni hablar de lo que pensó Howlin’ Wolf acerca del disco que le hicieron grabar a él con la misma banda. La leyenda de la portada del disco es elocuente. “¿Por qué no agarran todos los wah wah y la otra mierda y la tiran al lago?”, le preguntó Wolf durante un receso de la grabación al guitarrista Pete Cosey, quien años después terminaría tocando junto a Miles Davis. Musicalmente es muy parecido a Electric Mud. La diferencia está en que Muddy le puso onda y garra al disco, por más que no estuviera cómodo con la situación. En cambio, Wolf no pudo disimular su fastidio y eso se nota. Hace poco fue reditado en cd y es una buena oportunidad para escucharlo con atención, analizar el contexto en el que se grabó y disfrutarlo en lugar de juzgarlo.