sábado, 29 de octubre de 2011

Rocanroleando por la autopista del sur

(foto Télam)

Consejo para aquellos que vayan a un recital en La Plata: si viven en Capital salgan con tiempo. Anoche asistí a mi primer show en el Estadio Único. Fui con un grupo de amigos y nos chocamos con un colapso en el tránsito ni bien nos subimos a la autopista. Una maraña de lucecitas rojas copaba el horizonte. “El panorama es sombrío”, dije en ese momento. Nos sentíamos como en La autopista del sur, de Cortázar. Los minutos pasaban más rápido que el cuentakilómetros. La ilusión de llegar antes de que empezara el show se fue disipando a medida de que no avanzábamos. Recién en el kilómetro 25 la ruta se abrió: un accidente había sido la causa de semejante embrollo. Llegamos al estadio 22.30, más de dos horas después de haber emprendido el viaje. Aerosmith ya iba por el cuarto o quinto tema.

Nos bajamos del auto y empezamos a caminar hacia el Estadio. De fondo se escuchaba Living on the Edge. El gordo Fede había conseguido unos palcos gratuitos y estacionamiento preferencial. Abriéndonos paso entre los policías de la Bonaerense y la botonería de la seguridad privada llegamos hasta nuestras ubicaciones. Nos sentamos y, entre patys flacos y coca cola sin gas, escuchamos como la banda comenzaba a tocar los acordes de Rag doll.

El estadio es realmente impresionante. Hace honor a su nombre: por su estilo europeo es único en la Argentina. Nosotros estábamos ubicados en la punta opuesta al escenario, por lo que en vez de músicos veíamos miniaturas. Al menos había cuatro pantallas digitales bien ubicadas para tener un discreto contacto visual con la gestualidad irreverente de Steven Tyler. Terminado el rock and roll de de Rag doll, Aerosmith volcó una catarata de hits: Amazing, I don’t want to miss a thing y Cryin’. Luego, Tyler comenzó a cantar a cappella What it takes acompañado por el público. I used to feel your fire / But now it's cold inside. Pronunció la última palabra y un agudo potente envolvió toda la estructura imponente del estadio. La banda arremetió con una sobredosis eléctrica siguiendo los acordes que disparaba Joe Perry desde su guitarra. Creo que fue el momento más emocionante del show. Después tocaron Last child y un cover de Fleetwood Mac, Stop messin’ around, que fue la única aproximación al blues en toda la noche. La lluvia empezó a caer a raudales. Gran parte del público que estaba en el campo tuvo que escapar hacia la popular que está cubierta. Parecían hormigas en fuga.

El agua no aplacó a Steven Tyler. Empapado y excitado el tipo siguió cantando, gritando, corriendo y realizando piruetas sorprendentes para un señor de más de 60 años. La gente estaba enloquecida. Sweet Emotion fue el cierre. Vibrante y contundente. Las luces se apagaron y un minuto después la banda volvió al escenario para tocar una tremenda versión de Dream on y luego Love in an elevator. Los amigos con los que fui hasta La Plata votaron en ese momento por la retirada, con la idea de que no volver a quedar atascados en el tránsito. Salimos del estadio cuando Tyler cantaba Walk this way, el primer tema que recuerdo haber escuchado de Aerosmith en mi vida. Afuera llovía. Y llovía tan intensamente que a cada paso que dábamos la música se hacía menos audible y la ropa se hacía más pesada por el agua acumulada.

Más allá de ridículas caídas en la bañera o de su participación en American Idol, Tyler es puro rock and roll main stream. Sobre eso no hay discusión. Para mí, la tercera fue la vencida. Me los perdí en el 94 y hace cuatro años. Esta vez llegué tarde, pero llegué.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Armónicas argentinas

Dentro de poco tendremos en Buenos Aires a uno de los mejores armonicistas del momento. Rick Estrin desembarcará con todo su blues, ese que aprendió escuchando de leyendas como Sonny Boy Williamson y Little Walter. Será un buen cierre de año para los armonicistas locales: todavía está latente el show que dio Kim Wilson en abril, otro maestro del pequeño saxofón del Mississippi.


Ayer, Mariano Slaimen me mandó su disco Al límite y me aclaró, casi como si se sintiera en la obligación de hacerlo, que no era un álbum de blues. Hace tiempo que eso no es algo que me preocupe. Me apasiona el blues, pero con los años aprendí a disfrutar de otros estilos y de algunas fusiones que resultaron (resultan) ser muy interesantes. Lo cierto es que escuché detenidamente Al límite. En líneas generales me gustó. Buen swing, buenas interpretaciones y lindos arreglos. El disco tiene una base souleada con varios temas instrumentales y algunos covers de Stevie Wonder, Paul McCartney, The Spinners y Tom Jobim. Es un álbum fresco que sale del molde convencional al que suelen abrazarse los músicos locales. Es cierto que tiene sus momentos: a veces es muy cool, otras parece música funcional. Pero lo importante es que un trabajo independiente realizado con esfuerzo, pasión y talento.

Con el tiempo aprendí a valorar que los armonicistas de blues locales trataran de romper el molde del blues clásico. El primero que me hizo ver eso fue Walter Gandini, con su disco Lucky, en 2003. Comencé a escucharlo con cierta desconfianza. Pensaba: por qué un armonicista se atreve a grabar versiones de Gershwin o Erroll Garner. Lo cierto es que el álbum me encantó. Esa combinación de jazz, funk y blues, se alejaba del tradicional sonido de armónica que ofrecían otros tipos con mucho rodaje como Luis Robinson o Rubén Gaitán. A Gandini lo vi varias veces en vivo y siempre vi buenos shows.

Hace un par de años asistí a un festival en el Teatro Empire que fue genial. Siete armónicas argentinas y el gran Mark Hummel. Esa noche me sorprendí con la fuerza interpretativa de chicos que no conocía: Jorge Simonian, Matías Fernández, Natacha Seara, Mariano Massolo y Fernando Vázquez. Ellos, más allá de seguir los lineamientos del blues, se estaban animando a otros temas como Amazing Grace o Bei mir bist du schoen, clásico de la música judía. Esa misma noche también escuché por primera vez a Nico Smoljan. Su estilo era clásico y tradicional, pero lo que me impactó de él fue que soplaba el pequeño instrumento con un feeling asombroso. Smoljan es un laburante del blues y un gran intérprete, que es reconocido por músicos de alto de vuelo tanto brasileños como estadounidenses. Hay muchos otros armonicistas buenos haciendo lo suyo con mucha voluntad: Huguis López, Adrián Jiménez, Damián Martín Duflós, Gustavo Lazo son algunos de los nombres que hay que tener en cuenta.

Alguna vez alguien me dijo que la armónica era el instrumento más fácil de tocar… mal. Y yo puedo dar fe de eso. Hace varios años que dejé de hacer ruido con mis Honner y mis Marine Band porque me di cuenta que, pese a que le ponía ganas, me faltaba talento. Lo cierto es que amo escuchar armónicas. Es un instrumento noble, económico y portable. Acompaña a una guitarra acústica o, con un poco de ayuda amplificada, a toda una banda eléctrica. Así que ya saben: no se pierdan a Estrin o los maestros que vengan en el futuro, pero vayan también a ver a Mariano Slaimen, Nico Smoljan, Walter Gandini o cualquiera de los demás cuando toquen, ya que también son intérpretes de calidad.

martes, 25 de octubre de 2011

Fiel a su estilo


No hay otro artista como Tom Waits. La combinación de su voz corroída por el whisky con esos ritmos que fusionan jazz, blues, rockabilly, rock y folk le dan una impronta única a su música. Su nuevo álbum, el primero de estudio en siete años, es una suerte de road trip en el que suenan canciones cortas y punzantes, fiel a su estilo y trayectoria. Una vez más, Waits comparte cartel en la creación de las canciones y en la producción junto a su musa, su esposa Kathleen Brennan. Aquí también suma la colaboración de otros grandes músicos que conforman un combo bien ecléctico: Keith Richards, Marc Ribot, Charlie Musselwhite, David Hidalgo (Los Lobos), Augie Meyers, Flea (Red Hot Chili Peppers) y un par de miembros de la Preservation Jazz Hall Orchestra, un clásico de Nueva Orleans.


La percusión una vez más es protagonista en un disco de Tom Waits, aquí los golpes acompasados se cuelan entre las notas sugestivas de cada una de los temas, de la mano de su hijo Casey. Las letras de las canciones son el otro fuerte de este inmenso álbum: desde el primer track, Chicago, en el que Waits recuerda el aluvión migratorio desde el campo a la gran ciudad en la década del cuarenta, hasta Kiss en el que el humo de los bares se cuela entre las palabras que buscan una rima forzosa.

La participación de Keith Richards es alucinante. Suma su guitarra en Satisfied, un tema que tiene un ritmo de blues frenético, en el que Waits degenera en un shouter feroz y canta con cierta ironía: Dije que voy a tener satisfacción / que voy a estar satisfecho / antes de que me vaya / Ahora, señor Jagger y Señor Richards me rascaré donde me pique. Last leaf, con Richards secundando el canto de Waits, es una balada tan cruda como alucinante. Get lost es otra de las joyas del disco, un sonido rockabilly como si los Stray Cats se hubieran trasegado botellas de bourbon antes de empezar a tocar.

La música de Tom Waits es difícil de digerir para los que no están acostumbrados a su presencia escénica, a ciertas extravaganzas y a la brutalidad de su sonido. Bad as me, así como fue Mule Variations (1999), no es tan experimental como, por ejemplo, Blood money (2002), pero es un álbum un poco más abarcador, en el que Waits no pierde un ápice de fidelidad a su estilo, ese que supo cultivar durante las últimas cuatro décadas.

viernes, 21 de octubre de 2011

Lanzamientos del blues local

Blues en Movimiento – Vol.1 en español. Blues en Movimiento es una gran idea que se materializó en un muy buen disco de canciones originales, que interpretan varios de los mejores músicos de la escena local, bajo el ala de dos tipos que hacen mucho por difundir y enseñar el blues criollo: Mauro Diana y Gabriel Cabiaglia. El álbum cuenta con tres temas de los Easy Babies, la banda que lidera Diana junto a los guitarristas Robert Porzio y Daniel de Vita, y el baterista Homero Tolosa, que ya el año pasado lanzaron el álbum El blues paga mal. Luego hay tres canciones del excelente violero Marcos Lenn, que combina sus pasiones: el blues y el country. En uno de los tracks, Si querés volver, cuenta con la participación de un maestro de la dobro, Gabriel Gratzer. Javier “El Ciego” Goffman aporta su fuerza vocal en otros tres temas, en los que tiene el soporte de una buena cantidad de reconocidos músicos: los productores del álbum, Mauro Ceriello, Jr. Binzugna, Rafael Nasta y una buena sección de vientos en Lejos de vos. Para cerrar, el último eslabón de este proyecto son las tres canciones de Los Huesos del Gato Negro, los “benjamines” de esta selección de almas bluseras. La banda se formó hace apenas dos años y estas son sus primeras armas surgidas de un estudio. La música de este disco está viva, porque cada uno de ellos está en constante movimiento, tanto en los bares porteños, como en la Escuela del Blues o haciendo el aguante a las figuras internacionales que vienen a pasear su talento por el país.

Blues & Trouble – Original covers, own versions. A diferencia del disco anterior, éste álbum es un compendio de canciones clásicas reversionadas y cantadas en inglés por la banda surgida en 2003. Blues & Trouble empezó como un cuarteto acústico, con el tiempo sufrió la baja de uno de sus miembros y pasó a ser un trío. En 2008 incorporaron bajo y batería y desde
entonces están trabajando un sonido eléctrico que si bien tiene al blues como eje central, ahora también se codea con el funky, como por ejemplo Superstition, Hard to handle y Play that funky music, tres de los once temas de su flamante álbum. El resto las canciones pertenecen a Muddy Waters, Willie Dixon, Howlin’ Wolf y Junior Parker, entre otros. La banda está conformada por Sebastián Aranalde (armónica y voz), Damián Rosamilia (guitarra), Fabián Yajid (bajo), Flavio Fuentes (batería) y Guillermo Fernández (guitarra), un apasionado y laburante del blues que no afloja nunca. El álbum, que suena muy bien y dinámico, cuenta con la participación especial de un ícono del blues argento, Don Vilanova, que suma los solos de su guitarra en The Thrill is gone.

martes, 18 de octubre de 2011

Ataque setentoso

Rich Robinson nació el 24 de mayo de 1969, por lo que atravesó la década del setenta siendo un niño. Hoy, con más de 40 años, es uno de los máximos exponentes de la música retro setentosa. El ex Black Crowes acaba de lanzar un disco excelente que nos remonta a tiempos pasados del rock and roll. Through a crooked sun es el segundo trabajo de su carrera solista, luego de Paper (2004). Aquí nos encontramos con un álbum sencillo, auténtico y orgánico en el que sus influencias se cruzan en canciones que por momentos suenan –inevitablemente- a los Crowes, pero también a los Stones de Exile on Main Street, al Zeppelin acústico o a los Allman Brothers de Eat a Peach.

Dos de las mejores canciones son It’s not easy y Lost and found. Allí, las reminiscencias de una época dorada del rock afloran con una naturalidad sorprendente. En la primera, incluso, hay como un cierto influjo del Santana más creativo, mientras que en la segunda el estribillo melodioso alterna con el solo de una guitarra acústica que surge de las raíces más profundas de Macon, Georgia.

Falling again es otro momento sublime del álbum. Rich suena como si se hubiera formado junto a los Flying Burrito Brothers, apoyado en la majestuosidad del pedal steel de Larry Campbell, uno de los tres invitados de lujo que tiene el álbum. Los otros dos son Warren Haynes, quien lleva su guitarra con slide a niveles alucinógenos en Bye bye baby, y el tecladista John Medeski que le da un toque de improvisación a sus aportes. Editado por el sello Thirty Tigers y producido por el propio Robinson, el disco tiene doce temas, once de los cuales fueron compuestos por él. El único cover es Station man, de Fleetwood Mac, uno de los temas que apareció en el álbum Klin house, de 1970, el primero que la banda grabó sin Peter Green.

Si los Balck Crowes volverán al ruedo o no es todo un misterio. Por el momento, hay que conformarse con lo que ellos –Rich y su hermano Chris- nos vayan entregando como solistas. Y no es poco: éste disco es una maravilla que los amantes del rock clásico van a saber disfrutar, porque tiene todo lo que tiene que tener y suena como si el tiempo no hubiera pasado.

sábado, 15 de octubre de 2011

Las seis cuerdas de Dios

(Foto Clarín)
Muddy Waters, Robert Johnson, Bessie Smith, Eddie Boyd, Bo Diddley y Big Bill Broonzy son algunos de los nombres más representativos de la historia de blues. El espíritu de todos ellos vibró anoche en el estadio Monumental de la mano (lenta) de Eric Clapton. El guitarrista inglés dio un show formidable, en el que el blues fue gran protagonista. Respaldado por una banda descomunal, tocó 16 canciones y deslumbró al público, pese a algunos inconvenientes de sonido.

Clapton apareció en escena a las 21.15. Dijo “Good evening” –durante el resto del show no volvería a decir más que un “thank you”- y empezó a disparar solos desde su Fender Stratocaster celestre y blanca. Primero fue el clásico del blues Key to the highway y después Tell the truth, de la época de Derek and The Dominos, en el que brillaron las coristas Michelle John y Sharon White. Ellas le dieron un tinte más gospel a la canción, al igual que al resto de los temas en los que pusieron al servicio todo su poderío vocal. Casi como una necesidad, el blues volvió enseguida con Hoochie coochie man. Luego, Clapton empezó a tocar los primeros acordes de Old love, unos punteos profundos que fueron abriendo el tema hasta que se convirtió en un funky abrasivo por el groove del tecladista Tim Carmon, que pareció rendirle tributo al Herbie Hancock de los setenta. Ese primer set terminó con una versión no tan reggae de I shot the sheriff, de Bob Marley.

Sus asistentes le acercaron una guitarra acústica y una silla. Con un Clapton sentado y más relajado, comenzó la segunda parte. Otra vez empezó con un blues, Driftin’, y después una hermosa versión de Nobody knows when you’re down and out. Lay down Sally y When somebody thinks you’re wonderful, un tema de Harry Woods que incluyó en su último álbum solista, fueron tal vez los minutos en los que pareció menos conectado. Ese tramo finalizó con una versión más corta de Layla, que no incluyó el épico final en el que el piano sostiene el ritmo mientras que la guitarra vuela hacia una dimensión desconocida.

Retiraron la silla, le devolvieron la Strato y Clapton empezó a tocar los acordes de Badge. Fue uno de los momentos más emocionantes de la noche. Creo que para cumplir con el público, el más comercial que lo sigue sólo por sus hits, tocó Wonderful tonight. Después volvió –¡una vez más!- al blues con una seguidilla: Before you accuse me y Little queen of spades, de Robert Johnson. El cierre del show fue con Cocaine.

Clapton lució impecable, con el pelo más corto que en la foto de tapa de su disco homónimo, y en un alto nivel interpretativo, no sólo por su forma tremenda de tocar la guitarra, sino también por la pasión que pone para cantar. Hubo otros dos grandes protagonistas de la noche. Ellos fueron el tecladista Carmon y el pianista Chris Stainton. A diferencia de su última visita a la Argentina –en el mismo estadio en 2001- no tuvo segunda guitarra, por eso el rol de los teclados fue clave para alternar solos con las seis cuerdas de Dios. La sección rítmica la conformaron dos viejos compañeros de ruta: Willie Weeks en bajo y Steve Gadds en batería.

Fue un espectáculo grandioso, que sólo se vio empañado por un eco molesto que aparecía con mayor intensidad cuando la banda bajaba los decibeles, al menos en el sector del estadio en el que estaba yo. Cuando el fulgor de la luna llena comenzó a bañar una parte del estadio, Clapton y la banda regresaron al escenario para el bis. Al igual que en su recital de San Pablo, Brasil, eligió una canción que toca desde su época de Cream, pero que escucha desde que tiene uso de razón: Crossroads. A los 66 años, Clapton es el mejor discípulo del viejo blues y un ícono invalorable del rock and roll.

lunes, 10 de octubre de 2011

Grateful Wine

California es una de las regiones productoras de vino más importante del mundo. Y también fue la tierra en la que, a mediados de los sesenta, nació una de las bandas más grandes de la historia del rock: los Grateful Dead. Hoy, en honor a Jerry Garcia y sus muchachos, la empresa Wines that Rock acaba de lanzar un blend creado por el enólogo Mark Beaman. Las notas de cata de esta cosecha 2009 dicen que se trata de un vino que conjuga cerezas negras, tocino, vainilla y caramelo. El secreto de este caldo, que reposó 20 meses en barricas de roble, es el terroir -la zona de Mendocino county- y la combinación de cuatro uvas: syrah, petite syrah, zinfandel y grenache. El precio por botella ronda los 20 dólares, según figura en varias páginas de Internet. Wines that Rock ya lanzó otros productos al mercado: el Rolling Stones Forty Licks merlot; el Pink Floyd’s Dark Side of the Moon cabernet sauvignon; el Woodstock chardonnay y el blend The Police's Synchronicity. Ahora es tiempo de descorchar mientras escuchamos Workingman´s Dead, American Beauty o Anthem of the Sun. Un lujo.

jueves, 6 de octubre de 2011

Bluesman

La sonrisa de Lurrie Bell es enorme. Sus dientes blancos contrastan con su piel oscura y brillan entre las luces de La Trastienda. Es un buen augurio. Lurrie habla con el público y dice que está feliz por estar de regreso en la Argentina. Suenan los primeros acordes de su guitarra, la banda lo sigue. El blues estalla en la sala, la guitarra de Lurrie ruge mientras él canta “Don’t you lie to me, It makes me mad, an I get evil as a man can be”. Es la segunda gira del bluesman por el país en poco más de un año. Viene de una serie de shows en Luján, La Plata y Córdoba, y ahora seguirá por el sur. Lurrie Bell carga con una mochila llena de tradición, la que heredó de su padre, el mítico Carey Bell, y de muchos otros músicos de Chicago que creció escuchando. A cada show le dedica lo mejor de sí. No se guarda nada. Lurrie es visceral y auténtico. No hay maquillaje ni salidas edulcoradas. Blues al cien por ciento. Energía pura.

El recital de La Trastienda se extiende por poco más de una hora y media. Apenas toca diez temas, pero todos son de larga duración. Luego de Don’t you lie to me, le indica a la banda que quiere seguir con Woke up this morning. Les dice “B flat” y el tema de BB King envuelve el ambiente. Minutos más tarde sigue con otro clásico del género: Last night, de Little Walter. Cada punteo es una descarga sanguínea de alta intensidad. Me pregunto si sobrevivirá un minuto más. Lurrie sobrevive, claro. Está cargado de energía. El blues es su vida. Él es el blues.

En Crosscut saw se posiciona tanto en el rol de Albert King que hasta su voz suena idéntica. Pero no se trata de una mera imitación. Es mucho más que eso. Es una absorción absoluta de lo que el gran Albert supo dar. Sigue con Cold, cold feeling, un tema con el que otro Albert, Collins, solía calentar su Telecaster. Aquí está Lurrie cantando con voz rasposa “I've got a cold, cold feelin'; It's just like ice around my heart”.La Argentina Blues Band suena firme, el ritmo lo marca Lurrie y ellos lo siguen casi con devoción religiosa. Robert Porzio, en guitarra; Walter Galeazzi, en teclados; Gustavo Rubinsztein, en bajo; y Gabriel Cabiaglia, en batería, se mantienen erguidos y a la altura de las circunstancias. Están tocando con un hombre que pronto será una leyenda.

El final del show tiene un par de invitados: Rafael Nasta se bate a duelo con Lurrie en Nobody wants a loser, un tema que popularizaron tanto Albert King como Son Seals. Nicolás
Smoljan aporta todo el aire de sus pulmones para sacarle el mejor swing a su armónica en Sweet Home Chicago y Got my mojo workin’. Los músicos dejan el escenario. El público, que copó el centro, los costados y gran parte de los balcones superiores de La Trastienda, bate sus palmas y espera por más. Lurrie sale a escena menos de un minuto después acompañado por María “Blues” Carballo, una guitarrista argentina que vive en Chicago. Juntos tocan una versión enjundiosa de Key to the highway. Vuelve la banda y con un Lurrie ya agotado cierran con Messin' with the kid.

Fue una noche de blues puro, la segunda edición del ciclo Delta Blues Nights, que empezó en agosto con Slam Allen y terminará el 18 de noviembre con Rick Estrin & the Nightcats, en este mismo lugar. Esta vez, Lurrie hizo lo que mejor sabe hacer: honrar el nombre de su padre y representar con pasión la tradición de su ciudad, Chicago, la cuna del blues eléctrico y de un ser tan apasionado como él.

lunes, 3 de octubre de 2011

Pura sinergia

Basta con escuchar la versión de I’d rather go blind para comprender de manera cabal que Beth Hart es una de las mejores cantantes del momento. El tema, que significó un éxito rotundo para Etta James a finales de los sesenta, cobra una nueva dimensión en la voz de Hart. Desde sus vísceras surge una vocalización conmovedora, cargada de sentimiento, que sólo se retrae cuando desde la guitarra de Joe Bonamassa irrumpen unos punteos intensos, pero contenidos. Es el punto más alto de Don’t explain, el disco que reúne a ambos, y que seguramente será uno de los mejores de 2011.

Este es el tercer álbum de Bonamassa en lo que va del año. Primero fue su trabajo solista, Dust bowl, y luego la secuela de Black Country Communion, junto a Glenn Hughes y Jason Bonham. Justamente durante la grabación de Dust bowl surgió la posibilidad de hacer este disco. Beth Hart colaboró con su voz en No love on the street y ambos entablaron una muy buena relación profesional que ahora se amplió con estas diez canciones, soul y el blues en su máxima expresión, producidas por Kevin Shirley, la mano de derecha de Bonamassa.

El álbum empieza con una nueva lectura, más blusera y eléctrica, de Sinner’s prayer, de Ray Charles. Luego viene otro de los puntos más altos: Hart se esmera para que su versión de Chocolate Jesus, de Tom Waits, suene potente, con la guitarra de Bonamassa exasperada y punzante. El tercer tema es una verdadera sorpresa: una aproximación souleada de Your heart is as black as night, de Melody Gardot, con una orquesta de cuerdas de fondo.

Beth Hart explicó que cuando Bonamassa la convocó para este disco ella pensó que era para colaborar en un par de canciones, como en Dust bowl, pero que finalmente el guitarrista no sólo le cedió un lugar protagónico, sino que la dejó elegir la mayoría de las canciones. El álbum sigue con un cover bien crudo de For my friends, de Bill Withers, y luego con la canción que da nombre al disco, en donde Hart intenta alcanzar el registro vocal de Billie Holyday pero no lo logra del todo. Los solos de Bonamassa aquí se pierden un poco entre la compleja telaraña sonora que forma la orquesta de cuerdas. Algo similar sucede con el último tema, Ain’t no way, de Aretha Franklin. Pero más allá de esos dos pequeños deslices el resto del material es formidable. Tratándose de ellos dos, el rock and roll no podía quedar afuera: interpretan un cover de Delaney & Bonnie -Well, well- que además es el único momento en el que cantan a dúo.

Bonamassa está atravesando un momento fabuloso, no para un solo un minuto de grabar, tocar en vivo y hacer proyectos. Hart, en tanto, está unos pasos más atrás, construyendo su carrera, pero ciertamente por el camino indicado. Don’t explain es el fruto de una buena sinergia y deja la sensación que se volverá a repetir. Se nota que Bonamassa y Hart disfrutaron de las sesiones de grabación y que lograron revivir, a su modo, diez canciones que estaban allí, flotando en el recuerdo.