miércoles, 27 de febrero de 2013

Perfume de mujer

Esta vez, el motivo de la encuesta era para saber cuáles son las influencias y a quiénes escuchan las bluseras argentinas. No hubo grandes sorpresas en cuanto a la máxima influencia de cada una de ellas ni a quiénes admiran hoy en día. Pero sí fue raro que muy pocas eligieron un disco en concreto como el más emblemático de la historia del blues femenino.

Etta James
1) ¿Quién es la número uno de la historia del blues? De las 15 encuestadas, seis eligieron a Etta James. La cantante, que murió hace poco más de un año en California, tuvo una carrera extensa en la que no sólo cantó blues sino que también se lució en el soul y el R&B. At last, I’d rather go blind y Tell mama son algunas de las joyas que cantó para la eternidad. En segundo lugar quedaron Bessie Smith, Ma Rainey y Koko Taylor con dos votos cada una. En tanto, Memphis Minnie fue votada una vez al igual que Janis Joplin y Nina Simone, estas dos últimas más asociadas al rock y el jazz, respectivamente, pero sin dudas blueswomen de ley.

Susan Tedeschi
2) ¿Quiénes son las máximas exponentes del género hoy en día? Aquí las consultadas podían elegir a más de una. Susan Tedeschi, la esposa de Derek Trucks (Allman Brothers), ganó con ocho votos. Es una guitarrista magnífica y una gran vocalista, y con apenas 42 años ya editó seis discos solista y dos junto a su marido. Sin dudas tiene un gran futuro por delante. En segundo lugar quedó la experimentada Bonnie Raitt, con siete menciones. Ella hace varias décadas que está activa y tuvo un rol muy importante en los 60 para apoyar a los viejos bluseros del Delta que eran redescubiertos y sacados del ostracismo. Tercera quedó la guitarrista serbia Ana Popovic, con tres votos. Shemeika Copeland, Lou Ann Barton, Deitra Farr, Rory Block y Janiva Magness sumaron dos cada una, mientras que Sue Foley, Deborah Coleman y Zora Young apenas uno.

3) ¿Cuál es el disco emblemático de las mujeres del blues? Seis de las encuestadas se excusaron de responder y otras lo hicieron con algunas dudas. Con todo, At last, el disco que Etta James grabó en 1961, ganó con tres votos. Luego, con dos menciones quedó la maravillosa caja de Bessie Smith, The Complete Recordings. El disco de Koko Taylor de 1969 y Love you like a woman , de 1968, fueron mencionados una vez cada uno; como Dreams Come true, de Angela Strehli, Marcia Ball y Lou Ann Barton; y el compilado Red hot mama’s Blue Chicago.

Las Blacanblus
 4) ¿Quién es la máxima representante del blues local? Las Blacanblus arrasaron en todo sentido. Cuatro las votaron como grupo, pero luego dos eligieron a Cristina Dall y otras dos a Deborah Dixon. La cantante Cristina Aguayo también recibió dos menciones. Claudia Puyó y la guitarrista Sol Bassa cerraron la lista con un voto cada una.

Votaron: Cristina Dall / Cristina Aguayo / Sol Bassa / Tana Spinelli / Juju Estrin / Jes Blue / Ximena Monzón / Sabrina González / Florencia Andrada / Vanesa Harbek / Natalia Nardiello / Lou Hernández / María Belén Jaime / Soledad Cabrera / María Heer.

lunes, 25 de febrero de 2013

Lo nuevo de Robben Ford

Si hay algo que define a la carrera de Robben Ford es la diversidad. En las cuatro décadas que lleva tocando la guitarra de manera profesional fue salteando entre el blues, el jazz, la fusión y otros estilos. Tocó junto a sus hermanos en la Ford Blues Band, con Charlie Musselwhite, Jimmy Witherspoon, Tony Scott, George Harrison, Joni Mitchell y Miles Davis. Fue uno de los fundadores de Yellowjackets y de la Blue Line, la banda con la que editó tres discos a mediados de los 90. Si bien siempre dio la sensación de ser un outsider del mundo del blues, Robben Ford es un músico respetable, intrépido y conocedor del género.

Ahora acaba de lanzar un nuevo álbum. Bringing it back home refuerza que es dueño de una técnica asombrosa y que su capacidad para reescribir canciones es notable. Respaldado por una banda de lujo -Larry Goldings (teclados), David Pilch (bajo) y Harvey Mason (batería)- Ford logra ensamblar una mixtura de blues, R&B y soul, por momentos con un sorpresivo anclaje en los sonidos de Nueva Orleans. Un ejemplo es cuando se embarca en dos temas de Allen Toussaint, Everything I do gonna be funky y Fair child, en los que cuenta con la participación de Stephen Baxter en trombón. Pero también tienen el espíritu de NOLA sus versiones de Trick bag, de Earl King, y Slick capers blues, de un oscuro bluesman de preguerra conocido como "Little Buddy" Doyle.

A mitad del álbum, Ford se refugia en una improvisación jazzera, On that morning, en la que deja al descubierto la influencia que Wes Montgomery tuvo sobre él. Sigue en la misma línea, aunque esta vez cantada, Traveler Waltz, que fue compuesta por su esposa Ann Kerry Ford y Michael McDonald. Después rompe con ese clima de Village Vanguard con un cover alucinante de Bob Dylan, Most likely you go your way and I’ll go mine, en el que reaparece el trombón de Baxter con una onda etérea. El único tema que fue compuesto por él es Oh Virginia, una balada un tanto melosa, del estilo de Feels like rain de Buddy Guy, demasiado cuidada y suave en comparación con todo el resto del disco. En Birds nest bound, de Big Joe Williams, Ford asesina a su guitarra con unos solos brutales. El final del álbum llega con Fool’s Paradise, un blues relajado y cansino de Mose Allison, en el que canta con mucha naturalidad y su guitarra serpentea entre los contornos rítmicos que marca el sonido hammond de Goldings.

Bringing it back home es un trabajo fino, en el que el artista reafirma su eclecticismo y demuestra una vez más que es uno de los grandes guitarristas contemporáneos.

 

sábado, 23 de febrero de 2013

Guitarras en llamas

Empezó como una noche de guitarras ardientes, con las Strato y las Les Paul como protagonistas exclusivas. Y terminó en un sentido homenaje al legendario Magic Slim. Max Hracek, Nicolás Yudchak y Roberto Porzio encabezaron el primer Blues Guitar Experience, que contó con la participación del extraordinario violero brasileño Solon Fishbone y de algunos invitados especiales.

Max Hracek
El evento se realizó el jueves en República de Acá, en Alvarez Thomas y Federico Lacroze, en Colegiales, y duró casi tres horas. Poco antes de las 22 apareció en escena Max Hracek acompañado por la misma sección rítmica que tocaría durante toda la noche: Anahí Fabiani (teclados), Mauro Diana (bajo) y Marcelo Aiello (batería). Hracek, un amante del shuffle texano y el blues de la Costa Oeste, comenzó con un tema de Little Milton, That will never do, y siguió con Too tired, el clásico de Johnny “Guitar” Watson que Albert Collins hizo suyo. Luego arremetió con Use what you got, y cerró con T-Bone boogie, donde desplegó todo su talento.

Mauro Diana y Nicolás Yudchak
Hracek dejó el escenario y su lugar lo ocupó Nicolás Yudchak, una de las grandes esperanzas de la guitarra blusera. Yudchak, con poco más de 20 años, tiene una impronta más rockera y se notan en él influencias de Duane Allman, Keith Richards y otros grandes guitarristas que empezaron tocando blues y se erigieron en íconos del rock. Comenzó con San-Ho-Zay, un instrumental muy animado de Freddie King, y luego invitó a su papá, Fabián, para que lo acompañara con el saxo en Walking the dog, cantada por Mauro Diana; The ironic twist, de Jimmie Vaughan; y The blues is alright, que se la dedicó al músico por el cual empezó a tocar la guitarra, su “Dios”, Magic Slim.

Roberto Porzio
El tercer violero de la noche fue Roberto Porzio, quien tuvo una mala semana: ladrones entraron a su casa y le robaron la Epiphone Gold Top y la Gibson ES 335. Así que Porzio se presentó con su Strato color crema y comenzó con el Wah wah blues, de Earl Hooker, deslizando con furia contenida el slide por las seis cuerdas. Después se embarcó con Feel so bad, de Little Milton, en el que cantó con notable sentimiento y tremendo registro. Florencia Andrada subió para cantar Want me some love, grabada por Junior Watson junto a Brenda Burns para el álbum Long overdue, de 1994. Porzio terminó su set con una versión jazzeada y con mucho swing de Every day I have the blues.

Solon Fishbone
Solon Fishbone fue el encargado del cierre. El guitarrista nacido en Río Grande do Sul mostró todo su carisma y desplegó una técnica muy interesante, que tiene al blues texano como máxima inspiración. Fishbone sumó a la banda a Max Hracek en guitarra rítmica y a Fabián Yudchak en saxo. Hizo muy buenas versiones de Light's are on but nobody's home, de Albert Collins; The woman I love, de B.B. King; Certanly all, de Guitar Slim; y I love the woman, de Freddie King. Invitó a Adrián Jiménez para que soplara su armónica en She’s so hard to find, un tema propio que fue editado en su disco Fish tones, de 2011.

Hubo una especie de bis, con Talk to me baby, en la que los cuatro incendiarios recordaron con agudeza y pasión a Magic Slim. El sonido fue muy bueno y las actuaciones tuvieron por momentos picos altísimos. Seguramente en el futuro habrá más eventos como éste, que sirven para difundir el blues local y conocer a músicos extranjeros de primer nivel.

jueves, 21 de febrero de 2013

El coloso del blues

Se llamaba Morris Holt y el próximo 7 de agosto iba a cumplir 76 años. Hace poco se supo que había cancelado los shows que tenía previstos para los próximos días debido a su delicado estado de salud. Su cuerpo no resistió más los años de excesos y murió en un hospital de Philadelphia. Sus pulmones y riñones colapsaron y la úlcera sangrante terminó de perforarle la existencia. Magic Slim, el coloso del blues, dejó el mundo de los mortales para convertirse en leyenda.

Todos los que lo vimos alguna vez en vivo tenemos una anécdota con el gran Magic Slim. La mía es muy pequeña, pero la recuerdo con mucha emoción. Fue en el invierno de 1996 en el B.L.U.E.S de Chicago, sobre la calle North Halsted. Tocaba junto a los Teardrops, con John Primer en guitarra y la compañía de Big Time Sarah, y en uno de los descansos me acerqué a él. Estaba tomando un bourbon en la barra y fumaba un cigarrillo detrás de otro. Me presenté y me miró con cierto desdén. Le dije que era argentino, que lo había visto en vivo un par de años antes cuando se presentó en el Teatro Ópera y que era un honor para mí conocerlo. Sonrió y me estrechó la mano. Balbuceó unas palabras que no llegué a comprender, alzó el vaso y exclamó: “¡Argentina!”. Luego volvió al escenario y siguió sus blues de manera enérgica y descarnada.

Lo volví a ver una vez más, varios años después aquí en Buenos Aires, cuando se presentó en el Teatro IFT. Ya no tenía la misma fuerza de antes y tocó casi todo el show sentado. Pero no había perdido el temple y su sonido era crudo y avasallador como siempre. Esa vez había mucha gente a su alrededor y no me le acerqué. Me fui caminando por la calle Boulogne Sur Mer con el alma llena de blues.

Su vida fue como la de cientos de bluesmen. Nació en las entrañas de Mississippi, tuvo una infancia dura y perdió un dedo meñique cuando manipulaba una máquina para separar algodón. Cuando el pequeño Morris cumplió once años su familia se trasladó a la ciudad de Grenada y tiempo después se hizo amigo de Sam Maghett, quien le enseñó los primeros trucos en las rústicas guitarras que usaban entonces. Años después su amigo se fue a Chicago, donde se hizo conocido con el apodo de Magic Sam y se convirtió en un prócer del West Side. Morris viajó al norte en 1955 y Magic Sam lo sumó a su banda como bajista. Él fue quien lo apodó Magic Slim. El resto es historia: con los años formó su propia banda, los Teardrops, con quienes tuvo una carrera musical formidable, realizó giras por todo el mundo y grabó decenas de discos para sellos como Wolf, Blind Pig, Evidence y Rooster Blues.

El primer álbum que escuché de Magic Slim fue Raw Magic, el único editado por Alligator. Lo compré de casualidad en el viejo local de Musimundo que estaba en Cabildo y Juramento. Creo que fue en el 91 o el 92 y si mal no recuerdo lo pagué 18 pesos. Quedé cautivado por el sonido feroz de la banda, la voz curtida de Slim y sus punteos tan crueles y punzantes. Luego me compré más discos suyos que hoy conservo como reliquias. Curiosamente uno de los que más me gusta es tal vez el que menos representa su sonido clásico: se trata de Alone & unplugged, en el que Magic Slim aparece solo con una guitarra acústica y tocando los blues como solía escucharlos en el Mississippi. Ahora esos discos son todo los que nos queda de él. Son su legado musical, lo que lo hace inmortal.

domingo, 17 de febrero de 2013

Una clase magistral de country blues

Fotos: gentileza Néstor López
Hay momentos que deberían quedar suspendidos en el tiempo, para poder volver a vivirlos cada vez que uno lo deseé. El show de Corey Harris de anoche en La Trastienda podría ser uno de esos. Pero si eso es mucho pedir, me conformaría apenas con una canción: su interpretación de Devil got my woman, del legendario Skip James. Su voz orilló lo más profundo del Mississippi y sus rasgueos fueron vibrantes y descarnados como la vida misma. Pasado y presente. Un hombre, su guitarra y una letra emblemática: “Preferiría ser el Diablo antes que el hombre de esa mujer”. Si eso no es blues, el blues no existe…

Corey Harris
Corey Harris tocó lo que la comunidad blusera quería escuchar: temas de Son House, Charley Patton, Blind Blake y hasta el Walkin’ blues de Robert Johnson.Y también hizo algunas canciones propias de su flamante álbum Fulton blues. Alternó entre una Acoustic Parlor y la hermosa National Resophonic. Pasó del fingerpickin’ al slide y cantó desde las entrañas con una fuerza apabullante. Sólo hubo unos diez o quince minutos que se los dedicó al reggae, acompañado por el tecladista Chris Withley. Valió la pena escuchar su Zion crossroads, que sintetiza su visión de la música negra y lo que él decidió llamar Rasta blues.

Otros momentos magistrales fueron cuando hizo una versión picante de Sweet black angel, inspirada en el clásico de Robert Nighthawk, o su aproximación al Too tight this rag of mine, de Ry Cooder. No me quiero olvidar del Preachin’ blues y su forma de golpear la guitarra, tal como lo hacía Son House. Si bien habló muy poco con el público -apenas dijo un par de “Muchas gracias”-, lo suyo fue una extraordinaria clase de country blues.

Tana Spinelli
La actuación de Corey Harris fue el final de la segunda fecha del Festival de Blues de Verano. La noche comenzó con la Tana Spinelli. “Es un placer estar compartiendo con ustedes el blues de origen”, dijo antes de empezar con un tema propio, Brave, que dio nombre a su disco solista. Luego, acompañada por el armonicista Horacio Cuadrelli siguió con Some cold rainy day, un viejo blues que Bertha “Chippie” Hill escribió en 1928; Finding blues, otro tema de ella; y Crawling kingsnake, de John Lee Hooker. Cerró sola y a capella entonando Be my husband, de Nina Simone. Lo de la Tana fue minimalista y muy emotivo.

Víctor Hamudis y Yalo López
Después apareció en escena Víctor Hamudis para presentar los temas de su álbum One foot in the blues, one foot in the country. Acompañado por una formación demoledora, Hamudis desplegó todo su talento y potencia eléctrica. Rulo García en Lap steel le da el toque distintivo al sonido de la banda, que se sostiene sobre la rítmica de Fernando Couto, en guitarra; Diego Dall, en bajo; y Juanito Moro, en batería. Hamudis compone y canta en inglés porque es así como lo siente. Las canciones parecen todos clásicos de los 70 o covers de J.J. Cale, pero en realidad son temas que él escribió y eso es sorprendente. Me parecieron excelentes In the garden y Running with the wolf. Esta última, según me explicó Guillermo Blanco Alvarado, está basada en un tema de Merle Haggard. El único cover fue Jelly, jelly, de Dickey Betts, en el que lo acompañó en guitarra y voz su ex compañero de Durazno de Gala, Yalo López.

Nico Smoljan y Jefferson Gonçalves
Poco después de las 23, y como último show antes de la presentación de Corey Harris, apareció Nico Smoljan con sus Shakedancers y su clásico repertorio de blues, boogie y shuffle. Luciendo una remera de Little Walter y cantando cada día mejor, Smoljan le dio la bienvenida al armonicista brasileño Jefferson Gonçalves. Fue un duelo de armónicas imponente, sostenido por Mariano D’andrea en bajo y Pato Raffo en batería, más el aporte filoso de Matías Cipilliano en guitarra y los teclados de Gustavo Doreste. En un momento Jefferson se quedó solo arriba del escenario y empezó a soplar su armónica con un sonido tan envolvente y poderoso que parecía que tocaban varios tipos a la vez. Realmente fabuloso.

Y después apareció Corey. Tocó hasta la una de la mañana y nos dejó a todos extasiados. Un hombre, su guitarra y mucho blues.

viernes, 15 de febrero de 2013

Rodríguez

El otro día mi amigo Fero Soriano me recomendó que leyera un artículo de Juan Forn, que había salido publicado en la contratapa de Página 12, en el que contaba la extraordinaria historia de Rodríguez, un músico sepultado por el olvido en su tierra natal, los Estados Unidos, pero que se convirtió en una estrella más grande que Elvis en Sudáfrica, aunque él no lo supo hasta mucho tiempo después. El texto de Forn está inspirado en el documental Searching for the Sugar man, que pude ver esta semana, y me dejó completamente extasiado.

A fines de 1968, dos músicos fueron a un oscuro bar de Detroit para escuchar a un cantautor que les habían recomendado: algunos lo llamaban el nuevo Dylan, por la profundidad de sus letras. Sixto Rodríguez, hijo de inmigrantes mexicanos, tenía 26 años y llevaba una vida casi marginal. Se ganaba el pan trabajando en la construcción y por las noches vagaba por la ciudad. Interrumpía esas largas caminatas para tocar de tanto en tanto su guitarra y cantar sus canciones. Los temas de Rodríguez llegaron a oídos del productor Clarence Avant, el padrino de la música negra, quien lo contrató para su sello discográfico Sussex Records. Rodríguez viajó a Londres para grabar el álbum junto al productor artístico Steve Rowland, quien rodeó al cantante con los Funk Brothers, sesionistas de lujo de la Motown. Cold facts fue editado en 1970: tiene grandes canciones, una lírica profunda y un sonido que mezcla el folk de protesta con la psicodelia. Un año después, Rodríguez lanzó su segundo álbum, Coming from reality. Y eso fue todo. Es difícil entender por qué en Estados Unidos no vendió nada. Tal vez fue la falta de promoción o por su origen latino, ¿quién sabe? Lo cierto es que Rodríguez dejó la música, entró a la universidad, volvió a trabajar en la construcción y se perdió en el anonimato.

Pero algo extraordinario pasó.

Según los realizadores de la película Searching for the Sugar man, una estudiante sudafricana que había estado de intercambio en Detroit, al volver a su país le regaló Cold facts a su novio. Así lo cuenta Forn: “El novio hizo escuchar el disco a sus amigos, todos fliparon, uno de ellos lo pasó un día por la radio de la universidad, pegó tanto que lo siguió pasando las semanas siguientes. Un empleado de la filial local de la Polygram inglesa descubrió que tenía el disco de Rodriguez en el catálogo y convenció a sus jefes de hacer una edición local. Era la Sudáfrica del apartheid: con la excusa del boicot comercial no pagaban regalías a nadie. Igual, los ingleses ignoraban quién era Rodríguez; lo tenían en su catálogo por esos acuerdos transatlánticos con discográficas yanquis, pero para entonces el sello de Detroit que apostó por Rodriguez ya había ido a la quiebra, luego de vender menos de cien copias del disco”.

Las canciones de Rodríguez se volvieron un emblema de la juventud sudafricana de los 70, especialmente Sugar man y I wonder. Se volvió más popular que Dylan, los Beatles y los Stones. Pero nadie sabía quién era él. La poca información de la portada del álbum no daba pistas de dónde era ni si seguía vivo. Entonces comenzaron a circular las más disparatadas versiones. Algunos decían que se había suicidado de un disparo, otros que se había quemado a lo bonzo arriba del escenario o que había tenido una sobredosis en la cárcel. Rodríguez ya era un mito.

A comienzos de los 90, un comerciante y un documentalista sueco, ambos fanáticos de su música, y convencidos de que Rodríguez estaba muerto, se pusieron de acuerdo para investigar cómo y cuándo había pasado eso. Sudáfrica estaba aislada del mundo e Internet todavía no existía. Recién a mediados de esa década, cuando la web llegó a la gente, uno de ellos armó un sitio muy básico en el que pedía información sobre el misterioso músico. Y así, de manera extraña y maravillosa, estos dos personajes lograron hallar a Rodríguez a través de una de sus hijas. Seguía viviendo en Detroit, de manera austera. Hacía años que no tocaba en público y no tenía ni idea que allí, en el sur del África, un lugar tan remoto como extraño para él, era una leyenda. La noticia del hallazgo se expandió por todo Sudáfrica y, en marzo de 1998, Rodríguez voló a Ciudad del Cabo. Allí dio una serie de conciertos masivos. Fue una verdadera sensación. Las imágenes que muestra el documental son realmente conmovedoras.

Se cree que en ese país se vendieron más de medio millón de discos (y que una cantidad mucho mayor circuló de manera pirata). Pero Rodríguez nunca vio un peso y tampoco lo reclamó. Lo que ganó por sus shows se lo dio a sus hijas. Hoy, a varios años de su redescubrimiento y luego de la película, Sixto Rodríguez sigue viviendo de la misma manera y ya casi no se presenta en vivo.

Su historia merecía ser contada.


martes, 12 de febrero de 2013

Sobre críticas, puristas y blues

Ayer fui duramente cuestionado por el cantante de La Mississippi, Ricardo Tapia. En su muro de Facebook desplegó toda su bronca por una reseña que escribí para la revista Blues en su tinta del disco de la Buenos Ayres Blues Band, Todo vuelve, que él produjo. Me llamó “talibán del shuffle” y me acusó de "mala leche" y de pertenecer a una “elite de puristas que miran todo fumando pipa”. El motivo, insisto, la reseña de un disco que no me gustó. Toda esa cuestión me hizo reflexionar sobre unas cuantas cosas.

Watermelom Slim
Para empezar me puse a pensar sobre qué es ser un “purista del blues”. ¿Soy uno de ellos? No lo creo. Pero si lo fuera ¿qué? Escucho a Joe Bonamassa con tanta pasión como lo hago con K.C. Douglas. Paso de un disco de Buddy Moss a uno de Grayson Capps. Ahora mismo, mientras escribo, estoy escuchando a Watermelon Slim y posiblemente después siga con Lucky Peterson o Little Junior Parker. En diciembre fui a ver a Norah Jones al Luna Park y una semana después a Támesis en vivo en el Roxy. El viernes voy al show de Jamiroquai en Ferro y el sábado estaré en La Trastienda para ver a Corey Harris.

Eddie Cusic
Ahora, ¿puedo pasarme un día entero escuchando puro shuffle? Seguro: empezaría con Anson Funderburgh, seguiría con Smokin’ Joe Kubek & B’Nois King y después con Pat Boyac, U.P Wilson, Tutu Jones y, por supuesto, Freddie King…. También me puedo pasar días enteros escuchando blues del Mississippi: Jimmy “Duck” Holmes, Honeboy Edwards, Eddie Cusic, James “Son” Thomas, Fred McDowell, etc. Pero hay días que no escucho blues. Miles Davis, John Coltrane y Bill Evans a veces logran hacerme perder el sentido del tiempo. Y puedo pasar horas rockeando con los Black Crowes, Allman Brothers o Bruce Spirngsteen. ¿Purista yo?

Paul Rodgers
Es cierto que entre los bluseros locales -músicos y oyentes- existen los que Tapia llama “talibanes”, aunque yo prefiero decirles simplemente puristas. Conozco a varios y respeto que escuchen la música que les gusta. Es verdad que algunos tienen una posición muy extrema y consideran que si el músico no es negro y no es de Chicago o del Delta no toca blues. Eso no lo comparto. Recuerdo que en el último show de Buddy Guy en el Gran Rex, alguien desde la platea le gritó “Play the blues”, indignado porque Buddy no tocaba lo que él quería. O me acuerdo de los que insultaron a Paul Rodgers en Obras allá por los 90 porque cantaba temas de Bad Company. Eso sí me pareció desubicado.

Ahora, lo que uno considera blues puro o no, o rock blues, o lo que fuera es una cosa. ¿Gary Clark Jr. toca blues? ¿El blues cantado en español es blues?  Es una cuestión de criterios que se puede discutir por horas. La otra, muy distinta, es que te guste o no un disco. Hace poco reseñé el flamante álbum de Ben Harper junto a Charlie Musselwhite. A mí me pareció extraordinario, pero un lector se expresó de manera contraria y sugirió, palabras más palabras menos, que a Walter Horton no le gustaría escucharlo a Memphis Charlie tocando así. Más allá de la frase trillada, todo es cuestión de gustos. Y a mí el disco de La Buenos Ayres no me gustó. Es una opinión personal. Lo escuché algunas veces y no me dejó absolutamente nada. Pero eso no tiene nada que ver con que si ellos tocan blues tradicional o no, ni siquiera si lo hacen bien o mal. No los califiqué como banda y menos como personas, ya que no los conozco. De hecho me consta de que en vivo suenan bien y tienen una buena cantidad de gente que los sigue. Pero bueno, hubiese sido hipócrita si escribía una reseña favorable sólo para quedar bien con ellos.

Una banda o un músico pueden hacer discos buenos, malos, excelentes. Y eso depende de varios factores: la experiencia, la época, la inspiración, la onda entre los miembros, el profesionalismo, la economía, las vivencias, las adicciones, etc. Acaso, ¿los discos de Howlin’ Wolf son todos buenos? No, de hecho hay uno que a Wolf no le gustó para nada y obligó a Chess a escribirlo en la tapa. Y entre los discos de los Rolling Stones, por ejemplo, ¿es lo mismo Exile on Main Street que Dirty work? Claro que no. ¿El álbum New Orleans Heat define la carrera discográfica de Albert King? De ninguna manera.

Respeto mucho a Ricardo Tapia. Los temas de La Mississippi me acompañaron durante varios años, como a la mayoría de los argentinos que escuchamos blues desde comienzos del 90. Cada tanto me encuentro tarareando El blues del equipaje o Café Madrid sin darme cuenta. Además, me parece bárbaro que haya bandas de blues en los barrios, como La Buenos Ayres, que sigan tocando y se animen a sacar discos. No hay intereses ocultos detrás de esa reseña y menos ensañamiento con Tapia. De hecho, en esa misma revista y en este blog escribí una crítica del excelente disco de Adrián Jiménez y destaqué la participación de Tapia junto a Daniel Raffo en el tema de Robert Johnson, Stop breakin’ down. Creo que todos –y me incluyo- deberíamos ser más permeables a las críticas. Insisto: el disco no me gustó, como supongo que a muchos no le gustará esta respuesta. Si los chicos de La Buenos Ayres están conformes con el disco que se queden tranquilos. Si a todos nos gustara lo mismo no habría diversidad. Y eso, creo, es lo más hermoso que tiene la música, especialmente el blues: es lo que lo hace indispensable, esencial y universal.

domingo, 10 de febrero de 2013

Blues universal

Cisco Herzhaft (Fotos gentileza Néstor López)
Hace tiempo que insisto con el concepto de la universalidad del blues. Si bien el género surgió en lo más profundo del Delta del Mississippi, con el tiempo logró expandirse a todo el planeta. Esa expansión se expresó de diferentes maneras: evolución rítmica o instrumental, fusiones con otros estilos e innovación creativa. Pero más allá de todo eso, lo que no deja de sorprenderme, aún hoy, es cómo una música que reflejaba las penurias y vivencias de los negros del sur de los Estados Unidos a comienzos del siglo XX se convirtió en un lenguaje universal. Lo que pasó anoche en La Trastienda resume un poco todo eso: un músico francés, una banda colombiana y artistas argentinos confirmaron que el blues no tiene fronteras.

Coro Góspel Joy
El 4º Festival de Blues de Verano, que fue declarado de interés cultural por el Gobierno nacional, comenzó poco después de las 21 con el show del Coro Góspel Joy. Más de 20 almas, vestidas con túnicas violetas y lazos dorados, entretuvieron al público durante poco más de media hora. El coro está inspirado en los de las iglesias bautistas de Harlem y las letras de las canciones hablan de fe, amor y esperanza. Si bien logran muy buenas armonías vocales y tienen una excelente presencia escénica, me pareció que a los solistas les falta un poco de fuerza. Creo, además, que haber interpretado las canciones con las bases grabadas le quitó bastante frescura y espontaneidad a la presentación.

Goyo Delta Blues
Luego, la “música de Dios” dio pasó a la “música del Diablo”. El cambio del optimismo exacerbado del coro al blues rural y crudo de Goyo Echegoyen fue notable. Goyo Delta Blues comenzó solo con su National steel guitar interpretando Crossroads, de Robert Johnson. Para el segundo tema, Come on in my kitchen, subió Víctor Hamudis para acompañarlo en la percusión. Siguieron con un tema de Muddy Waters, I can’t be satisfied, y otro cantado en español que hablaba de un árbol bastante lisérgico. Hamudis dejó el escenario por un par de canciones y Goyo cambió la hermosa y plateada guitarra por una acústica para hacer un medley de clásicos de preguerra: Kind hearted woman, Worried life blues, Key to the highway y Sweet home Chicago. Tocó dos canciones más y cerró, Dobro en mano, con Preachin’ blues, de Son House.

Gabriel Grätzer
Para cuando las cortinas se volvieron a abrir, el que estaba en el escenario era el Embajador del Blues, el señor Gabriel Grätzer. Acompañado por Diego Garcia Montiveros en contrabajo y Rodrigo Benbassat en percusión, interpretón media docena de canciones. Empezó con Night time is the right time y Make me a pallet on the floor, de Mississippi John Hurt. Grätzer presentó algunos temas de su flamante álbum, El blues lleva tiempo, y tocó su canción de cabecera: Highway 49, en la que alcanza extraordinarios registros vocales por encima del sonido corrosivo de su slide. Cerró a capella con un negro spiritual, Witness for my lord, en el que hizo que el público participará con el clásico “call and response” (llamada y respuesta). ¡Brillante!

The Big Bones
El blues rural fue interrumpido por una locomotora eléctrica llegada desde Colombia llamada The Big Bones. El cuarteto de Medellín desplegó sus blues potentes y se ganó rápidamente al público con solos profundos y unos arreglos muy bien trabajados. Jonny Pineda tiene una voz poderosa y un frenesí natural para tocar la guitarra. Eduardo Maya lo acompaña con un swing brutal que emana desde sus teclados Korg, mientras que Roberto Úsuga y Nicolás Guevara llevan el ritmo con la precisión de dos relojeros suizos. Entre las canciones que tocaron se destacaron I want a little girl, insiprada en la versión de Eric Clapton, y una aguerrida Stormy Monday blues. Para el final, Pineda cambió la viola por un megáfono para cantar Chocolate Jesus, un excelente cover de Tom Waits.

Cisco Herzhaft
La sorpresa de la noche llegó desde Francia. Muy pocos conocían a Cisco Herzhaft y la verdad que fue un gran hallazgo. En tiempos donde hasta en el Mississippi es difícil encontrar artistas que interpreten con pasión el blues rural, este hombre de 65 años nacido en Le Bouscat, en las inmediaciones de Bordeaux -tierra de grandes vinos-, lo hace y muy bien. Tiene un don natural para cantar, tocar la guitarra electroacústica o la National steel -con un diseño muy particular y dos mics para bajos y agudos- y moverse con mucha onda arriba del escenario. Interpretó una docena de canciones entre las que se destacaron: Boom boom, de John Lee Hooker; Good morning blues, de Leadbelly; Rollin’ & tumblin’, de Muddy Waters; Rock me baby, de B.B. King; CC rider, de Ma Rainey; y The joggin’ boogie, un tema de su autoría. Cuando completó el set que tenía previsto, la ovación de la gente lo empujó a hacer una más. Pidió que le llenaran un vaso de whisky y lo utilizó como slide en un boogie instrumental al mejor estilo Lightnin’ Hopkins antes de acabar su contenido con un fondo blanco.

Fue una gran noche de blues y apenas el comienzo de un año que promete ser muy intenso. Sin ir más lejos: el próximo sábado seguirá con las visitas del gran Corey Harris y el brasileño Jefferson Goncalves. La fiesta grande del blues ya empezó. ¡Bienvenida sea!

viernes, 8 de febrero de 2013

Funkamassa

Joe Bonamassa no para: acaba de salir un flamante álbum suyo, aunque su nombre figure en la letra chica. Rock Candy Funk Party es el nuevo emprendimiento del electrizante guitarrista nacido en Boston hace 35 años, en el que demuestra, una vez más, que su virtuosismo no tiene techo, que no hay estilo que lo amedrente y que es una máquina de componer.

Para los que escuchan a Bonamassa desde hace mucho tiempo, tal vez este disco sea el menos atractivo de todos. Aquí no hay nada de blues, ni de rock and roll. We want o groove es un álbum de funk y jazz fusión que seguramente le abrirá las puertas a nuevos oyentes. De todas maneras, a no preocuparse: Bonamassa volverá a las fuentes. Está anunciado que en marzo lanzará An acoustic evening at the Vienna Opera House.

Pero, ¿qué tenemos aquí? Nueve canciones instrumentales inspiradas en el sonido de fines de los 70 y comienzos de los 80 que tan bien explotaron bandas como Weather Report, Parliament-Funkadelic Y Earth, Wind and Fire. Se trata de cinco instrumentos comunicándose entre sí, intercalando solos e improvisando diálogos con mucho groove. Bonamassa es el nombre más conocido de este súper grupo, pero los que lo acompañan no son para nada principiantes.

Tal Bergman es el productor y baterista del disco y en su curricuum figuran trabajos con músicos tan diversos como Joe Zawinul, Luther Vandross, LL Cool J y Rod Stewart. La otra guitarra, que tiene el desafío de intercalar solos y riffs con la de Bonamassa, es la de Ron de Jesús, un discípulo de Joe Pass y Scott Henderson que tocó en las bandas de Tito Puente y Hugh Masekela. Completan la formación el bajista Mike Merrit, quien heredó la pasión por el bajo de su padre -Jamie Merrit se desempeñó durante varios años en los Jazz Messengers de Art Blakey-, e hizo una muy interesante carrera tocando en The Basic Cable Band, el grupo que anima en vivo en show televisivo de Conan O’Brien, así como también saliendo de gira con Ruth Brown, Bruce Springsteen, Johnny Copeland y hasta Stevie Ray Vaughan. El último elemento de Rock Candy Funk Party es el tecladista brasileño Renato Neto, ex Straight Jacket y sesionista de Scott Henderson y Dianne Reeves, entre otros.

Bonamassa editó como solista diez discos de estudio y cuatro en vivo. Además, hace dos años lanzó un álbum junto a Beth Hart y tiene cuatro con Black Country Communion (tres de estudio y uno en vivo), el súper grupo rockero que integra junto a Glenn Hughes y Jason Bonham. También participó en decenas de grabaciones de distintos músicos: desde Lee Ritenour hasta Sandi Thom. We want groove es una propuesta diferente en la que nos demuestra, una vez más, que es un guitarrista completísimo, un músico todo terreno y que no hay ningún desafío que lo intimide.


martes, 5 de febrero de 2013

Rasta blues

Corey Harris es uno de los pocos músicos contemporáneos que logró captar en toda su dimensión la esencia del viejo blues del Delta. Y eso que nació bien lejos del Mississippi, en la ciudad de Denver, Colorado, rodeado de montañas y un invierno cruel. Pero la música y el legado de sus ancestros lo guiaron bien al sur en busca de sus raíces. Se embarcó en un viaje al pasado que lo llevó por los mismos caminos que atravesaron Lightinin’ Hopkins, Charley Patton, Sleepy John Estes y Bukka White. Su espíritu aventurero luego lo empujó más allá, hacia la génesis misma de la música negra, en el África profunda, y lo acompañó de regreso al Nuevo Mundo atravesando los ritmos tropicales del Caribe, especialmente el reggae.

Sus canciones hoy reflejan todo eso: son un collage variopinto de sus andanzas musicales. Dentro de poco tocará aquí en Buenos Aires por primera vez. Ofrecerá una propuesta amplia, pero con mucho blues, ya que vendrá a presentar su flamante álbum, Fulton blues. No vendrá solo: lo acompañará el tecladista Chris Withley y dos hermosas nenas: una Gernandt Acoustic Parlor y la National resophonic.

Corey Harris consolidó su carrera musical a mediados de los 90 en Nueva Orleans. Tocando blues rural en los coffeshops y bares de la ciudad captó la atención de Bruce Iglauer y pronto firmó para el sello Alligator. Pertenecer a ese equipo justo en esa época le garantizó una masividad que poco tiempo antes no hubiera imaginado. Pronto grabó Between midnight and day, su álbum debut, solo con sus guitarras y tocando una selección de viejos blues de pre guerra y un par de canciones propias. Luego vino Fish ain't bitin' (1997), en los que empezó a expandirse al sonido más clásico de Nueva Orleans y un blues más contemporáneo. Dos años más tarde, con Greens from the garden, incorporó el folk de Woody Guthrie, el funk y al reggae. Además sumó instrumentos de viento y la colaboración de Billy Bragg. Al año siguiente editaría Vu-Du Menz, a dúo con el legendario pianista Henry Butler, y naturalmente por la compañía, se trató de un disco 100 por ciento blusero.

Terminado su vínculo con Alligator, Harris firmó con el sello Rounder. Entre 2002 y 2005, grabó tres álbumes en los cuales orientó su música hacia el África profunda. En paralelo participó del documental de Martin Scorsese, The Blues, y viajó Malí para tocar con músicos locales. Fruto de esa experiencia salió el álbum from Mississippi to Mali (2003). Luego se pasó al sello Telarc con el que editó dos discos. El primero, Zion crossroads (2007), es un álbum exquisito de roots reggae. Nada tienen las canciones de ese reggae pastiche para las FM, sino que es música en estado puro. Y en 2009, lanzó Blu. Black, no tan reggae como el anterior, pero tampoco tan blusero como los del principio. En 2011 editó su primer álbum junto a The Rasta Bliues Experience para un sello independiente, nombre que representa a la perfección lo que él hace.

Durante la última década, además de grabar discos, Corey Harris no paró de viajar, de tocar en vivo, de componer, de enseñar, pero fundamentalmente, de aprender para poder seguir enseñando. Se convirtió en un antropólogo y en un magister de la música de raíces. Y apenas tiene 43 años (el 21 de febrero cumple 44) y una larga y productiva vida por delante.

Corey Harris será el plato fuerte del 4º Festival de Blues de Verano. Se presentará en La Trastienda el sábado 16 de febrero luego de los shows del brasileño Jefferson Gonçalves, Víctor Hamudis Blues Band y Tana Spinelli. Una semana antes, el sábado 9 y en el mismo escenario, tocarán el francés Cisco Herzhaft, los colombianos The Big Bones, Gabriel Grätzer, Goyo Delta Blues y el Coro Góspel Joy. 



sábado, 2 de febrero de 2013

Blues de una noche de verano


Afuera, calor abrasivo. Ese que te hace transpirar hasta cuando parpadeas. Luego, tormenta. De rayos y centellas. Refrescante, sí. Pero no como para creerse Gene Kelly en Cantando bajo la lluvia. Adentro: aire acondicionado, cerveza tirada muy fresca –bendita, diría- y música en vivo. Entre un lugar y el otro, la segunda opción era por lejos la mejor para paliar el blues de una noche de verano. El show estuvo a cargo de Max Hracek & The Boom-Bapa-Booms: blues de la Costa Oeste, Texas style y ribetes jazzeros para acariciar el alma. Como dijo mi amigo Fero Soriano: “¡Qué buen swing que tienen!”.

La cita fue en Sheldon, un nuevo bar que está sobre la calle Honduras, a metros de la Plaza Serrano, en el corazón de Palermo. El lugar es bastante amplio y está dividido en tres: de un lado está la barra y un salón para los que quieren tomar algo o cenar; en el medio hay un patio bastante amplio con mesas y sombrillas; y por último está el segundo salón, más pequeño, con luces tenues y coronado por un escenario para shows de jazz. Allí también funciona la disquería Miles, que hace pocas semanas cerró el local que tenía enfrente.

La segunda jarra de cerveza helada llegó justo cuando Hracek lanzó desde su Fender Stratocaster marrón los primeros acordes de Chitlins con Carne, el tema de Kenny Burrell que popularizó Stevie Ray Vaughan. La banda sonó muy bien. No fue un show enérgico y pirotécnico, sino más bien tranquilo e intimista. Hracek es un fino guitarrista que deja al descubierto sus influencias: Jimmie Vaughan, Charlie Baty, Ronnie Earl y Duke Robillard. Lo acompañaron Fisu en saxo, Machi Romanelli en teclados, Marcelo Aiello en batería y Mariano D’Andrea en bajo. A este último iría a verlo aunque tocara solo, cada día suena mejor y se adapta con una facilidad sorprendente al estilo que sea. ¡Un grosso!

El show duró poco más de una hora e interpretaron clásicos como Early in the morning, Low down dirty shame y Treat me so low down, de T-Bone Walker. Adrián Jiménez se subió al escenario con su armónica diatónica para hacer un tema de Jimmy Reed. Fue una noche de excelentes blues, relajada y sencilla. Para cuando terminaron, afuera llovían sapos, el calor se había tomado un respiro y el blues ya había hecho lo suyo.