sábado, 28 de marzo de 2026

Blues del Sur presenta Plan Perfecto, un álbum crudo y visceral grabado en toma directa


Tras casi tres décadas de trayectoria, Blues del Sur vuelve a escena con Plan Perfecto, su cuarto álbum de estudio, una obra marcada por la intensidad emocional y una estética sonora directa, sin artificios. Grabado en una sola toma en los estudios Romaphonic, el disco refleja el pulso vital de la banda y su lectura crítica del presente.

Con producción artística de Marcelo Marín, guitarrista y principal compositor del grupo, el trabajo fue registrado en vivo en estudio, una decisión que, según sus protagonistas, responde a la necesidad de capturar la urgencia expresiva del material. “Este creo que es el disco más sincero y auténtico que podíamos hacer; las letras y la música reflejan mi momento de unos años hasta acá, enojado y oscuro a veces”, explicó Marín.

La formación se completa con el carismático Matías Fernández en voz y armónica; Alejandro Yaques en batería, armónica y trumpet lips; Hernán Herlein en bajo y Luciano Herlein en teclados. El álbum suma además una serie de colaboraciones destacadas: Ricardo Tapia en Espalda de Fakir, Vasco Bariain en Caída Libre, Meliza Blanco en Toda urgencia es mentira, Verónica Simo y Jackie del Rock en Un Guernica en Constitución, y una sección de vientos integrada por Lionel de Francisco y Lucas Clementi en Hagamos reír a Dios.

Uno de los momentos centrales del disco es Roma Blues, una composición nacida en el propio estudio. “Arrancamos en 2024, poco después que asumiera (Javier) Milei. El ingeniero Néstor Tinaro propuso hacer un slow blues instrumental porque nos quedaba tiempo. Le dije que sí, pero a la noche pensé: ‘¿Roma Blues instrumental? Si estamos viviendo en Roma’. Y en cinco minutos hice la letra”, relató Marín. El tema, registrado en primera toma, funciona como una metáfora política y social atravesada por imágenes de violencia, poder y resignación colectiva.

"Mucho lío y pocos héroes , las focas aplaudiendo al tiburón / gacelas elegantes , sonrientes / lustran los dientes del león / arde Roma , y es por propia decisión la sangre pinta estrellas en la arena / mientras rie el emperador"

El álbum se configura así como un “grito de furia”. “Se dice que lo contrario a la depresión es la expresión, y esto sería algo así. Cuanto más pesa la realidad, más fuerza contraria hacemos para no dejarnos pisar”, afirmó Marín. Esa lógica atraviesa también otras canciones grabadas sin ensayo previo, como Espalda de Fakir y Un Guernica en Constitución, esta última con una narrativa descarnada que refuerza el tono oscuro del conjunto.

Plan Perfecto se inscribe en la tradición del blues rock más visceral, pero con un anclaje explícito en la coyuntura argentina reciente, donde lo personal y lo político se entrelazan sin mediaciones. El resultado es un disco urgente, de sonido orgánico, que privilegia la intensidad por sobre la perfección técnica.

Blues del Sur presentará oficialmente el álbum el viernes 24 de abril en Café Berlín, en un concierto que buscará trasladar al vivo la misma energía cruda que define a este nuevo trabajo.

jueves, 26 de marzo de 2026

Dirty Work, 40 años después: el disco que expuso la fractura de los Rolling Stones

A 40 años del lanzamiento de Dirty Work, el álbum de The Rolling Stones es todavía uno de los capítulos más controvertidos de su extensa discografía: un trabajo atravesado por tensiones internas, cambios en la industria musical y una búsqueda estética que no logró consolidarse.

Publicado el 24 de marzo de 1986, el disco nació en un contexto de fuerte deterioro en la relación entre Mick Jagger y Keith Richards, quienes apenas mantenían contacto durante el proceso de grabación. Mientras Jagger apostaba a consolidar su carrera solista con She's the Boss (1985), Richards avanzaba en la producción de un nuevo material de la banda con el apoyo de Ronnie Wood.

Las sesiones, desarrolladas entre París y Nueva York en 1985 bajo la producción de Steve Lillywhite, reflejaron esa fractura. La participación de Jagger fue intermitente y el protagonismo creativo recayó en Richards, quien incluso asumió la voz principal en dos canciones. La falta de cohesión también se evidenció en los créditos de composición, que incluyeron combinaciones inusuales dentro del grupo.

A este clima se sumaron dificultades personales. Charlie Watts atravesaba problemas de adicción que limitaron su intervención, lo que llevó a que bateristas como Steve Jordan, Anton Fig e incluso el propio Wood participaran en distintas pistas. En paralelo, la banda prescindió de una gira promocional, una decisión inédita en su carrera y síntoma del desgaste interno.

En lo musical, Dirty Work fue concebido como un retorno a las raíces rockeras tras las exploraciones más cercanas al pop y al dance de Undercover (1983). Sin embargo, la producción pulida y con fuerte impronta ochentosa —marcada por sintetizadores y efectos— terminó por anclar el disco a su tiempo y alimentar críticas sobre su falta de identidad.

Aun así, el álbum contiene momentos destacados. Temas como One Hit (To the Body), Had It With You o Winning Ugly exhiben una energía directa y agresiva, mientras que Sleep Tonight, cantada por Richards, aporta un tono introspectivo poco habitual. También sobresale Too Rude, una incursión en el reggae, y la versión de Harlem Shuffle, original de Bob & Earl.

El disco contó además con colaboraciones de alto perfil, entre ellas Jimmy Page, Bobby Womack y Tom Waits, en un intento por revitalizar el sonido de la banda en un contexto adverso.

Dirty Work también quedó marcado por la muerte del pianista y colaborador histórico Ian Stewart, fallecido poco antes del lanzamiento, lo que convirtió al álbum en su último trabajo con el grupo.

Más allá de su recepción dispar, el disco funciona hoy como documento de una etapa crítica. La disputa entre Jagger y Richards —basada en visiones opuestas sobre el rumbo artístico, entre la ambición pop y la fidelidad al blues— había comenzado años antes, tras el desplazamiento de Brian Jones, pero alcanzó aquí su punto máximo.

El contexto de los años 80 tampoco favorecía. La irrupción del CD, la expansión de MTV y la creciente digitalización de la producción musical empujaron a numerosos artistas consagrados a adaptarse —no siempre con éxito— a nuevas lógicas de mercado y sonido.

Tras el lanzamiento, la banda entró en un impasse: Jagger y Richards no se verían durante tres años. Recién en 1989 lograrían recomponer su vínculo para el regreso con Steel Wheels, acompañado de una gira mundial que marcó su revitalización.

Cuatro décadas después, Dirty Work permanece como una obra irregular pero reveladora. Lejos de su época dorada, el álbum retrata a los Rolling Stones en su momento más disfuncional, pero también deja entrever destellos de la energía que definiría su posterior resurgimiento.

sábado, 14 de marzo de 2026

Un viaje al corazón del rock sureño en el Abasto


El Conventillo Cultural Abasto se transformó el viernes por la noche en una pequeña estación del sur profundo de Estados Unidos. Allí, una banda liderada por el guitarrista y cantante Juan Manuel Rodríguez Silva ofreció un tributo a The Allman Brothers Band que combinó virtuosismo, conocimiento del repertorio y un respeto absoluto por una de las tradiciones más ricas del rock.

Acompañado por Demian Núñez en guitarra, Lucho Herlein en teclados, Sebastián Heudtlass en bajo y Federico Renati en batería —con la participación especial de Franco Martino en guitarra—, el grupo desplegó un nivel de ensamble que sorprendió desde el primer momento. Aunque la banda ya había realizado tributos a George Harrison y Derek and the Dominos, la naturalidad con la que se movieron en este repertorio hizo pensar que tocan estas canciones a diario.

El concierto comenzó con Hot Lanta, un instrumental para entrar en calor, y siguió con Statesboro Blues, donde Núñez desató un brutal slide que encendió al público. Luego llegaron Trouble No More, con su esencia blusera y ejecución frenética, y una extensa y demoledora versión de In Memory of Elizabeth Reed. Allí apareció en plenitud el espíritu del grupo homenajeado: una compleja arquitectura rítmica en la que las guitarras se entrelazaron con el Hammond para recrear el clima hipnótico del rock sureño, con solos largos y texturas cambiantes.

En el tramo central del show el clima se volvió más íntimo. Rodríguez Silva invitó al escenario a Franco Martino y juntos ofrecieron un set electroacústico y minimalista con Midnight Rider y Blue Sky. Las dos guitarras fluyeron sincronizadas, sosteniendo melodías limpias y armonías vocales delicadas que aportaron un respiro antes de volver a la intensidad eléctrica.

El resto de la banda regresó para otro instrumental de peso, Jessica, y luego para un cierre con tres guitarras que encontró su punto alto en Ramblin’ Man. Tras la salida de Martino, el grupo se zambulló en la épica de Whipping Post, ejecutada con una energía casi cinematográfica, como si el mismísimo William Wallace hubiese lanzado un grito de batalla antes del ataque final. El remate llegó con You Don’t Love Me, con el guitarrista zurdo Juan Cruz Posadas, que había sido telonero del show con su trío, como invitado especial.

Más allá del entusiasmo del público, la noche dejó una sensación poco frecuente: la de haber presenciado algo casi inédito en la escena local. No abundan antecedentes de tributos dedicados exclusivamente a The Allman Brothers Band en Buenos Aires. En los años setenta, grupos como Stubeaker y Carolina habían tomado su influencia; poco después fueron los Dulces 16 de la mano de Conejo Jolivet; más tarde Víctor Hamudis y Yalo López mantuvieron viva esa tradición, pero siempre enfocados en canciones propias. En tiempos más recientes, el grupo Támesis versionó algunas de sus canciones y el guitarrista Nico Bereciartua —hoy integrante de The Black Crowes— también se declaró devoto de los músicos de Macon.

Pero lo ocurrido en el Abasto fue algo más que una cita nostálgica. Durante dos horas, el legado del rock sureño volvió a respirar con fuerza propia. Y lo hizo con la convicción de quienes saben que, cuando las guitarras dialogan de esa manera, la historia sigue viva

domingo, 8 de marzo de 2026

La Escuela de Blues celebró 25 años con una clase magistral sobre la historia del género


La Escuela de Blues, fundada por Gabriel Grätzer, Mauro Diana y Gabriel Cabiaglia, celebró sus 25 años
con un emotivo show en Lucille que fue mucho más que un recital: una clase abierta sobre la historia del blues, desde sus raíces más profundas hasta su expresión en la Argentina. Durante una hora y media, con la sala colmada, el escenario se convirtió en una suerte de línea de tiempo musical por la que desfilaron egresados y docentes de la institución.

El aniversario no es un dato menor si se considera el contexto en el que nació la escuela. Abrió sus puertas en 2000, en la antesala del estallido social y económico que marcaría a fuego a la Argentina. Desde entonces atravesó crisis recurrentes, cambios de época y hasta la pandemia, pero logró consolidarse como uno de los espacios de formación más importantes dedicados al género en el país.

La celebración tuvo como guía a Grätzer, quien ofició de maestro de ceremonias y comenzó la noche a capella con un cornfield holler, una forma primitiva de canto rítmico y expresivo de raíces africanas que los esclavos utilizaban en los campos del sur de Estados Unidos para comunicarse y aliviar el trabajo. Con sus melismas y entonaciones nasales, ese llamado ancestral marcó el punto de partida del viaje musical.

Luego invitó al guitarrista Juan Codazzi y, a dos guitarras, interpretaron Maggie Campbell Blues, de Tommy Johnson, y Frisco Town, de Memphis Minnie, dos clásicos del blues rural del Delta del Mississippi. El cantante Darío Soto aportó un matiz espiritual con Down by the Riverside, mientras que Leo Caruso rindió honores a la tradición del piano con una majestuosa versión de St. James Infirmary Blues.

Uno de los momentos más logrados llegó cuando Grätzer y Codazzi comenzaron Night Time Is the Right Time. El tema funcionó como una metáfora sonora de la evolución del género: de lo rural a lo urbano, del sonido acústico al eléctrico. A medida que avanzaba la canción se fueron sumando Miguel Ángel Romeo en batería, Lorenzo Padín en bajo y Matías Muriete en guitarra, transformando gradualmente la textura musical.

La segunda parte de la noche se sumergió en el blues eléctrico de Chicago. Un homenaje instrumental a Walter Horton, el Walter's Boogie con Ximena Monzón en armónica, abrió paso a clásicos como You Don’t Have to Go, de Jimmy Reed, y Smokestack Lightnin’, de Howlin’ Wolf, cantada con intensidad por Darío Soto. También subieron al escenario músicos como Roberto Porzio, Gabriel Cabiaglia y Nacho Ladisa.

El guitarrista Julio Fabiani evocó el estilo elegante de T-Bone Walker con Tell Me What the Reason, mientras que Pilar Padín le puso su voz a Wang Dang Doodle, de Koko Taylor, y Drown in My Own Tears, de Ray Charles.

Hacia el final, la historia del blues se cruzó con su desembarco en la Argentina. La cantante y pianista Cristina Dall se sentó frente al teclado y revivió el espíritu de Las Blacanblus con tres canciones consecutivas: Depre Blues, No quiero tu dinero y El paso.

El cierre reunió a todos los músicos en escena para un medley que incluyó Sweet Home Chicago y Estamos haciendo las cosas bien, de Easy Babies, en homenaje a Mauro Diana, cofundador de la escuela, quien no pudo estar presente por cuestiones de salud.

A 25 años de su nacimiento —y en medio de un presente nuevamente marcado por la incertidumbre económica, confrontaciones y el aumento del desempleo— la Escuela de Blues volvió a demostrar que el género nacido del dolor y la resistencia sigue encontrando eco en la Argentina. Como ocurrió en 2001, el blues vuelve a ser refugio, memoria y forma de resistencia.

miércoles, 4 de marzo de 2026

Días de Pescado: un viaje al corazón salvaje de Spinetta


El periodista Nicolás Igarzabál suma un nuevo volumen a la extensa bibliografía sobre Luis Alberto Spinetta con el lanzamiento de Días de Pescado, editado por Gourmet Musical. El libro pone el foco en un período breve pero decisivo: los años 1971 y 1973, cuando el fundador de Almendra impulsó la experiencia de Pescado Rabioso y se acercó a una sonoridad más cruda, influida por el hard rock y la psicodelia internacional.

Lejos de abordar la totalidad de su trayectoria, Igarzabál opta por concentrarse en la transición que siguió a la disolución de Almendra. Ese quiebre marcó para Spinetta una etapa de redefinición artística y personal que él mismo describió como “oscura” y “caótica”. En paralelo a la ruptura sentimental con Cristina Bustamante y a su inmersión en un entorno de alta experimentación y consumo de LSD, el músico buscó desprenderse de las exigencias de la industria discográfica, incluso cuando Muchacha (ojos de papel) se convertía en un éxito comercial masivo.

El libro reconstruye los primeros ensayos de Pescado Rabioso en la casa de la calle Arribeños y en una quinta de Castelar facilitada por Jorge Pistocchi. Allí, junto a Black Amaya y Osvaldo “Bocón” Frascino, comenzó a delinearse un power trío que miraba tanto al blues eléctrico como a la experimentación local. La influencia de guitarristas como Jimi Hendrix y el peso de bandas como Led Zeppelin aparecen como telón de fondo de esa búsqueda sonora.

Uno de los capítulos centrales está dedicado al debut oficial del grupo, en la madrugada del 6 de mayo de 1972 en el Cine Metro. Igarzabál reconstruye esa jornada a partir de crónicas de revistas como Pelo y La Bella Gente y del diario La Opinión. El concierto dejó buenas impresiones y abrió una seguidilla de presentaciones en un clima político y social atravesado por la crisis del régimen militar que había encabezado Juan Carlos Onganía y que continuaron Roberto Levingston y Alejandro Lanusse.

La grabación de Desatormentándonos en los estudios Phonoalex, la posterior incorporación de Carlos Cutaia y la abrupta salida de Bocón —quien abandonó la banda en pleno show— son narradas con apoyo en textos de época, entre ellos un artículo de Miguel Grinberg que el autor rescata para aportar contexto y mirada crítica.

El año 1972 resultó clave para la consolidación del grupo. Con la llegada de David Lebón, Pescado dejó de ser trío y amplió su paleta sonora. Participó del festival BA Rock y fue parte de la recordada noche del Luna Park en la que se atribuye a Billy Bond la arenga “¡Rompan todo!”. Ese mismo año editaron Pescado 2, álbum que incluyó composiciones como Nena boba, Credulidad y Hola dulce viento.

Igarzabál también repasa el verano de 1973, cuando la banda alcanzó su punto máximo de actividad, con giras por la costa atlántica y actuaciones en Buenos Aires en un contexto de creciente tensión con las fuerzas de seguridad. La aparición en la película Rock hasta que se ponga el sol amplió la exposición pública del grupo en un momento de transición política que culminaría con el triunfo electoral de Héctor Cámpora.

 Sin embargo, el éxito artístico no evitó la fractura interna. A mediados de 1973, Pescado Rabioso se disolvió en medio de tensiones personales y diferencias creativas. Spinetta quedó solo con el nombre del grupo por cuestiones contractuales y decidió cerrar el ciclo con Artaud, un disco que llevaba el sello de la banda pero que en los hechos fue un proyecto solista, presentado en el Teatro Astral en agosto de ese año.

Con un enfoque documental y apoyado en testimonios, archivos, fotos inéditas y publicaciones contemporáneas, Días de Pescado propone releer esos dos años como una bisagra en la historia del rock argentino. Más que una biografía convencional, el libro se presenta como la crónica de una transición: la del artista que, tras el fin de una etapa fundacional, eligió “viajar” hacia territorios más intensos y riesgosos antes de volver a transformarse.

domingo, 1 de marzo de 2026

John Hammond Jr., una vida dedicada al blues


El guitarrista y cantante estadounidense John Hammond Jr., una de las figuras centrales del revival del blues de los años sesenta y un nexo entre los clásicos del Delta y el público contemporáneo durante décadas, murió este sábado 28 de febrero a los 83 años, según confirmaron allegados a su entorno.

Nacido el 13 de noviembre de 1942 en Nueva York, Hammond fue hijo del legendario cazatalentos de Columbia Records, John Hammond Sr., aunque no creció junto a él tras la separación de sus padres. Su educación sentimental, más que doméstica, fue musical: descubrió la guitarra en la secundaria y quedó fascinado con la técnica del slide. Ver a Jimmy Reed en el Apollo Theater marcó un punto de no retorno.

En plena efervescencia del folk revival estadounidense, a comienzos de los años sesenta, Hammond abandonó una beca en Antioch College para dedicarse de lleno al blues. En 1962 ya era una presencia habitual del circuito de cafés y festivales de la Costa Este, donde interpretaba repertorio de maestros como Mississippi John Hurt, Rev. Gary Davis y Skip James, figuras redescubiertas por aquella primera gran “renovación” del género. Con apenas 20 años había sido entrevistado por The New York Times y ya era considerado un número artístico importante.

Su padre fue quien fichó a Bob Dylan para Columbia Records a comienzos de los sesenta, aunque siempre se dijo que fue él quien le recomendó al joven cantautor de Minnesota. Durante esos años, ambos músicos compartieron la escena folk neoyorquina.

Algunos críticos lo describieron como un “Robert Johnson blanco”, comparación que él nunca buscó pero que ilustra su intensidad interpretativa. Hammond construyó una identidad propia: solo en escena, guitarra acústica, armónica sujeta al cuello, voz áspera y expresiva, y una presencia sobria que devolvía a la vida canciones de los años treinta, cuarenta y cincuenta. Sin embargo, también supo liderar formaciones eléctricas con solvencia y energía.

En 1966, cuando vivía en el Village neoyorquino, fue testigo de la llegada de un joven guitarrista llamado Jimi Hendrix en busca de oportunidades. Hammond lo ayudó a conseguir actuaciones en el Cafe Au Go Go. Allí sería descubierto por Chas Chandler, quien lo llevaría a Inglaterra y lo catapultaría a la fama. “La siguiente vez que lo vi, un año después, ya era una estrella en Europa”, recordaría Hammond décadas más tarde.

A lo largo de los años sesenta y setenta grabó y tocó con músicos como Robbie Robertson, Duane Allman, Dr. John, Charlie Musselwhite, Michael Bloomfield y David Bromberg, ampliando su paleta sonora sin abandonar la raíz.

Su discografía, que supera las dos docenas de álbumes, incluye registros fundamentales como I Can Tell —grabado con Bill Wyman—, Southern Fried (1968), Source Point (1970) y la serie de trabajos para Point Blank/Virgin en los años noventa, entre ellos Got Love If You Want It, Trouble No More —producido por J.J. Cale— y Found True Love. Ya en el nuevo milenio publicó discos como Wicked Grin, en el que versionó temas de su amigo Tom Waits,  Ready for Love (2002), producido por David Hidalgo, In Your Arms Again (2005), Push Comes to Shove (2007), el crudo Rough & Tough (2009) y el directo solista Timeless (2014).

Hammond nunca se presentó como compositor. Su misión fue otra: custodiar y revitalizar el cancionero clásico del blues. Con cada interpretación, invitaba al público a retroceder en el tiempo y descubrir a los autores originales. Esa tarea —más curatorial que autoral, pero no menos creativa— le valió el respeto de colegas y críticos.

Estuvo dos veces en la Argentina. La primera se presento como telonero del legendario Albert Collins en el Teatro Gran Rex, en los noventa, y la segunda fue con show propio en en el ND Ateneo en 2005.

Radicado en el norte de Nueva Jersey, continuó girando por Estados Unidos, Canadá y Europa hasta avanzada edad. En escena, ya fuera solo o con banda, conservaba la intensidad de sus comienzos. Su muerte cierra un capítulo esencial del blues moderno: el de un intérprete que entendió que la tradición no es un museo, sino un fuego que se mantiene encendido al pasarlo de mano en mano.