lunes, 7 de marzo de 2016

Dead head


Las letras comienzan a desdibujarse por el paso del tiempo. Con una birome reescribo las dos palabras que conforman el nombre de la banda que figura en el ticket, el único recuerdo material que tengo de aquella noche de 1994 en la que vi, por primera y única vez, a los Grateful Dead. Fue el jueves 15 de diciembre, ocho meses antes de la muerte de Jerry Garcia, en el Sports Arena de Los Ángeles. El trazo de la birome negra reconstruye los contornos de las doce letras sin tanta precisión, algo similar a lo que acontece en mi cabeza cuando trato de recrear los detalles del show.

Fueron seis meses sabáticos en los Estados Unidos e iniciáticos en materia de grandes recitales. En ese período vi a los Rolling Stones en el Rose Bowl, con Buddy Guy y los Red Hot Chili Peppers como teloneros; a Eric Clapton y Jimmie Vaughan en el Forum; a Elvin Bishop, Joe Louis Walker, Nine Below Zero y Alvin Lee en The Coach House, un excelente antro ubicado en San Juan Capistrano; a Taj Mahal, Bo Diddley, Homesick James, Billy Boy Arnold, Lowell Fulson, Jeff Healey, Robert Cray, Buddy Guy -sí, dos veces - en el Festival de Blues de Long Beach, entre muchos más. Los Dead fueron el cierre perfecto de esa etapa.

Cinco de esos seis meses estuve instalado con unos amigos argentinos en un departamento de Seal Beach, una pintoresca localidad al sur de Long Beach. El tiempo transcurrió entre partidos de tenis, visitas a la universidad, trabajos esporádicos y mucha música. Todos los martes a la noche, por ejemplo, era menester ir a un bar que estaba en la zona de la Marina. Creo que el lugar se llamaba Blue Moose y lo que me convocaba, además de la cerveza Old Milwaukee y las californianas, era Cubenesis, una banda de covers de los Grateful Dead que todavía sigue vigente. Por entonces solía ir también a un Tower Records que estaba en Costa Mesa. Allí me compré mis primeros discos de los Dead: Workingman's Dead, American Beauty y Anthem of the Sun. Así fue creciendo mi pasión por ellos.

Mi tiempo en California llegaba a su fin cuando leí en el L.A. Weekly que los Dead se iban a presentar en vivo a mediados de diciembre. Creo que la entrada la compré en una disquería que era un punto de venta de los que informaban por teléfono, cuando Internet era como otra galaxia. El precio: 30 dólares. El día tan ansiado llegó y con Nicolás García del Río, uno de los amigos con los que vivía, nos subimos a la fusca amarilla modelo 67 que parecía que siempre te iba a dejar a gamba -y algunas veces lo hizo- y tomamos la autopista 710, luego empalmamos la 405 y enseguida la 110 que nos llevó directo a South L.A.

El tramo final fue complicado. El tráfico estaba denso y los estacionamientos estaban bastante lejos. Pero los gringos son organizados para este tipo de eventos y había un servicio de combis que te acercaba hasta la puerta del estadio, ubicado a espaldas del mítico Coliseum. Bajarnos de la camioneta representó algo más que poner los pies en el asfalto. Nos trasladó en el tiempo, un viaje al Verano del Amor, al sueño hippie. Esas imágenes las tengo más claras que las del recital en sí. Remeras de colores, pelos largos y desgreñados, bandanas, artesanos, globos y mucho olor a porro. Estábamos asombrados y un tanto descolocados. Para nosotros el show ya había empezado y faltaba más de una hora para que Garcia, Bob Weir y compañía salieran a escena. No eran épocas de cámaras digitales ni celulares inteligentes, así que ni una foto tengo del recital.

Foto Internet del show del 16/12/94
Entramos al estadio cubierto y nos ubicamos en nuestros asientos. Teníamos que girar la cabeza levemente a la derecha para ver de frente el escenario. Delante nuestro estaba sentada una pareja, de unos treinta y pico y muy formales ambos. Les llamó la atención nuestra conversación, más que nada por el acento. Nos preguntaron si éramos italianos y, una vez aclarada nuestra procedencia, comenzamos a hablar de los Dead. Como la mayoría de los que estaban allí no era su primer concierto de la banda y eso nos hizo pensar a Nico y a mí que tal vez éramos los únicos debutantes esa noche fresca de diciembre. Hace años que trato de recordar los temas que tocaron en esas dos horas que duró el show, pero mi memoria no ofrece garantías. Sé que me quedé con las ganas de Ripple y Box of rain, mis temas preferidos, y eso es todo. Ahora, por fin, Internet me dio la respuesta: en el sitio https://www.cs.cmu.edu/~./gdead/setlists.html están compilados todos los set list de los shows que el grupo dio entre 1972 y 1995.

Comenzaron con Shakedown Street y con los primeros acordes la pareja prendió un porro. Nos convidaron y un par de pitadas después habíamos entrado en total sintonía con la música. Ya éramos dos dead heads más. Según la lista, después tocaron Wang dang doodle y es probable que yo haya disfrutado ese blues de Willie Dixon sumido en un éxtasis total. No lo recuerdo, desde ya, pero lo imagino. El repertorio siguió con Lazy River Road, Me and My Uncle, Mexicali Blues, Row Jimmy y Promised Land. La luz ambiente era rojiza y por momentos se tornaba azulada. Los solos de Jerry Garcia eran intermitentes. Las armonías vocales se elevaban como un canto gregoriano bañado en ácido. Había mujeres que bailaban con total libertad. Extendían sus brazos, cerraban los ojos y daban vueltas en círculos poseídas por la conjunción de acordes y melodías .

Hubo un intervalo. La banda volvió para una segunda parte en la que hubo un solo de batería un tanto extenso y canciones con impronta psicodélica como Corrina, Uncle John's Band y Morning dew. La web afirma que el bis de esa noche fue Liberty. Al día siguiente, los Dead tuvieron como invitado a Branford Marsalis, pero eso yo no lo vi. No tengo más precisiones y a Nico hace años que no lo veo, pero estoy seguro que él recuerda menos que yo. Después de eso, los Dead dieron unos cuarenta y pico de conciertos más. El último fue el domingo 9 de julio en el Soldier Field de Chicago. Jerry Garcia murió el 9 de agosto de 1995 en una clínica de rehabilitación. Tenía 53 años.

El sábado vi The other one, el documental de Netflix sobre la vida de Bob Weir, y esa misma noche leo un tuit que el periodista Nicolás Lantos hablando de los Grateful Dead. Esas dos casualidades me llevaron a hurgar en los recovecos de mi cabeza sobre aquél momento trascendental en mi vida. Por suerte algo pude rescatar.

3 comentarios:

Oscar Castro dijo...

Buena crónica Martín! Muero de envidia por todo el relato.

Juan Urbano López dijo...

Una buena Old Milwaukee bien fría hace que cualquier banda suene mejor!

Luis Gomez dijo...

Muy bueno,gran descripción. Envidia sana. Me alegro mucho por ti. Esto queda y lo conservaras por siempre. Yo no me quejo, los Dead nunca se acercaron a España, además seguro que los hubieran detenido (antes del 76). Pero cuidado que cualquiera puede ser un Deadhead virtual. Yo me lo considero.Ver en wordpress grateful dead. Como ser un Deadhead virtual



https://musicaquemesorprende.wordpress.com/2014/11/02/grateful-dead-como-ser-un-deadhead-virtual/