jueves, 15 de octubre de 2009

A 15 años luz

Recuerdo que el cielo estaba limpio. Celeste, celeste. El clima estaba muy caluroso. Era pleno setiembre en California, los últimos días de un verano agobiante. El pronóstico en la tele confirmó lo que yo deseaba: ni ese día ni el siguiente iba a llover. Yo tenía 21 años y estaba a punto de presenciar mi primer festival de blues.

George nos pasó a buscar con su inmensa y negra camioneta Ford. Llegó un poco tarde, con una lata de Heineken abierta, sudada y aferrada a su mano derecha. Yo estaba nervioso por el retraso pero, como siempre, a Hueso le daba igual. Los tres llegamos poco después de las 11 de la mañana al campo de deportes de la Universidad de California, en Long Beach. El escenario estaba montado en medio de una cancha de fútbol americano. Primero me topé con muchas carpas donde vendían de todo: remeras, discos, hamburguesas, gaseosas, helados, cervezas, panchos, pizzas, etc. Consumo asegurado. Pero lo que más me sorprendió fue que en el campo no había apretujados junto al escenario. Estaban todos muy prolijamente ubicados, con sus sillas playeras, sus lonas y sus heladeritas de playa.

El show ya había empezado cuando entramos. Big Time Sarah estaba cantando sus blues de Chicago. Nos encontramos con unas amigas inglesas, George compró unas cervezas y después se perdió por ahí. El sol quemaba sin piedad. Hueso y yo terminamos nuestras cervezas y abandonamos el alcohol por el resto del día porque sino se nos iba a complicar. Entonces subió al escenario una anciana en silla de ruedas. Era Diamond Teeth Mary acompañada por Rock Bottom y Willie Lomax. Más blues.

Después hubo un desfile de bluesmen de antaño -Homesick James, Jesse Thomas y Jack Owens & Bud Spires- antes de que la electricidad de Jeff Healey copara el festival. Fue un show impactante, feroz y asombroso. Yo hasta ese momento sabía muy poco del canadiense, casi nada. Su forma de tocar, los temas elegidos (Roadhouse blues, Hideaway, While my guitar gently weeps), la potencia del trío dominaron todo. Tanto, que después a Robert Cray y su banda le costó mucho levantar a la gente y durante la hora que tocó no logró evitar que el campo se fuera vaciando de a poco. Eran las seis de la tarde, el primer día del festival terminaba y nosotros seguíamos sin noticias de George. Entonces lo vimos: estaba dormido junto a unos vagos que no conocía, pero que lo habían invitado a comer ensalada de fruta con vodka. Estaba out. Al final, la Ford la manejó Hueso.

Al día siguiente, el domingo, volvimos con Hueso al campo de deportes de Cal State University. George acusó una resaca abrumadora y se quedó en su casa. Por lo que nosotros le regalamos la entrada a alguien. Llegamos temprano. El día estaba radiante otra vez y a la hora señalada empezaron a tocar los Staple Singers. Una mañana de domingo a puro soul en vivo es algo que desearía volver a vivir. Después tocó Taj Mahal con su banda y cantó todos los temas que nos gustaban en aquella época: She caught the Katy, Leaving trunk, Corinna. Pero había más. Un tributo al sello Chess con esta lista de músicos que fueron entrando y saliendo del escenario durante una hora y media: Bo Diddley, Johnny Johnson, Hubert Sumlin, Billy Boy Arnold, Lowell Fulson, Sam Lay, Junior Wells y Dave Myers. Increíble.

A pesar de esa clase magistral de historia del blues moderno, todavía faltaba el grand finale. Entonces sí, ya con el sol corrido a un costado, sin tener la responsabilidad de buscar a George, compramos dos vasos de cerveza de ¿un litro? a seis dólares cada uno y nos dedicamos a beberlo escuchando al gran Buddy Guy, tocando como una fiera suelta las cuerdas de su guitarra con lunares. Oh sí, el verdadero rey dio un show memorable, en el que presentó su disco Slippin’ in. Pasaron 15 años de aquél gran acontecimiento y escribirlo fue como volver a vivirlo. ¡Larga vida al viejo blues!

1 comentario:

Alberto Moreno dijo...

¡Qué bueno debe haber estado! Y además con Javier Horacio, con lo cual te garantizás la risa.