jueves, 5 de octubre de 2023

Rod Stewart en GEBA, un mano a mano contra el paso del tiempo

 

El escenario es el ring en el que Rod Stewart pelea mano a mano con el paso del tiempo. A los 78 años, el cantante que supo adaptarse a los sonidos imperantes, brindó un show de dos horas en GEBA en el que interpretó más de una veintena de canciones de su repertorio más clásico, que adobó con su carisma, su eterna seducción y una puesta en escena descomunal.

En el Rod Stewart actual conviven los distintos Rod Stewart del pasado. Aquél del perfil stone, el rockero fuera de control que cantaba con Jeff Beck y los Faces es el más difuso. El de los pantalones ajustados y los brillos de la música disco de fines de los setenta y comienzos de los ochenta, el de “¿crees que soy sexy?”, lucha por mantenerse a flote con bastante dificultad. Y el ícono pop de los noventa surge con más naturalidad que cuando se pone en el modo crooner de los últimos años. En todo caso, más allá del perfil que asome, siempre prevalece un Rod Stewart auténtico.

Poco antes de las 21:30, el cantante apareció en escena con su melena desmechada y un traje  dorado rodeado de una descomunal banda de 14 músicos, entre los que sobresalen varias mujeres que se encargan de los coros y los instrumentos de cuerda. El tema elegido para dar comienzo a su nueva presentación porteña –antes estuvo en 1989, 2008, 2014 y 2018- fue Addicted to love, un tema de Robert Palmer que no es tan habitual que cante, aunque tampoco es una rareza de sus presentaciones en vivo. De entrada se notó que al sonido le faltaba envergadura. No era una cuestión de volumen, sino más bien expansión. La batería y el bajo estaban como relegados y eso hacía que no envolviera al público.

El campo de GEBA estaba colmado y en las plateas no había un solo lugar libre, otro ejemplo contradictorio de la crisis económica que vivimos. El público acompañó el show cantando los estribillos de las canciones más populares como Forever Young, Have You Ever Seen The Rain?, It’s a heartache y The First Cut is The Deepest. Pero no hubo gente bailando o muy eufórica, sino más bien que la mayoría parecía aletargada. La pelea contra el paso del tiempo no es solo del cantante, también lo es de su público.

Los grandes momentos de la noche fueron cuando, en el comienzo, cantó una sublime versión de Oh la la, un clásico de los Faces que acompañó en la pantalla con imágenes de sus ex compañeros de banda, Ronnie Lane y Ronnie Wood. Los otros fueron sus homenajes a dos grandes artistas recientemente fallecidas. El primero fue a Christine McVie, de Fleetwood Mac, con una hermosa versión de I’d Rather Go Blind, de Etta James. El segundo fue para Tina Turner con It Takes Two.  

El Rod Stewart más futbolero dijo presente en la mitad del show cuando interpretó You’re in My Heart, su oda al Celtic de Escocia que en esta oportunidad aprovechó para felicitar a los argentinos por la Copa del Mundo, con imágenes del penal de Gonzalo Montiel a Francia, lanzar un “Messi estás en mi corazón” y alzar un banderín de la AFA. Hubo un par de intervalos que aprovechó para cambiarse, del dorado al animal print y luego a un saco plateado oscuro, que las coristas se encargaron de llevar adelante con un tema de las Pointer Sister, I’m So Excited, y Lady Marmalade.

El Rod Stewart más humano apareció en Downtown Train, de Tom Waits, con un arranque fallido en el que pidió a la banda comenzar de nuevo y lanzó al público: “Mi error. La cagué”, algo que muestra es su música es en directo y no cuenta con pistas adicionales. En cada una de sus intervenciones mantuvo sus dotes de seductor y su voz osciló entre los grandes momentos de antaño y la realidad del paso del tiempo. El final lo encontró, como siempre, saltando de Da Ya Think I’m Sexy a la balada Sailing.

En los últimos años estamos asistiendo a un fenómeno nuevo, el de las estrellas de rock que, pese a los años, siguen con las botas puestas. En algunos casos, como el de Mick Jagger, es como si hubieran detenido el reloj de arena, pero en otros la decadencia es indisimulable. Rod Stewart, en tanto, transita la delgada línea entre lo fabuloso y lo ridículo, un camino que por ahora lleva con equilibrio y muchísima dignidad. Una pelea contra el paso del tiempo en la que recibió varios golpes, pero que todavía no logra tumbarlo.

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