domingo, 17 de abril de 2016

Blues en órbita


Hace pocos días Steve Miller fue ingresado al Rock & Roll Hall of Fame. Pero el guitarrista no tomó el reconocimiento con honor y orgullo, sino todo lo contrario y le dio duro a las discográficas. "Está industria entera apesta jodidamente", dijo. Fue la súbita y polémica reaparición de un músico que, a lo largo de cinco décadas, tuvo tantos éxitos como altibajos. Su biografía está marcada por aquellos comienzos, cuando niño, aprendió a tocar la guitarra gracias a Les Paul; o su viaje a Chicago, con apenas 20 años, en busca del blues más puro; o su desembarco en San Francisco en pleno Verano del Amor, en el que conformó la Steve Miller Band. Pocos artistas tienen una discografía tan variada como él. Esa variación no es solo estilística, sino que también lo es en cuanto a la respuesta comercial. Si bien sus grandes éxitos -The Joker (1973) y Abracadabra (1982)- son los que primero vienen a la mente cuando se lo nombra, su gran logro, el disco supremo, insuperable y majestuoso, es Fly like an eagle.

Se cumplen 40 años del lanzamiento de ese álbum, que bien podría definirse como una cruza de rock espacial, pop y blues atmosférico. Fue lanzado en los primeros días de mayo de 1976 por Capitol Records y se convirtió en uno de los discos más emblemáticos de la década. El suceso fue inmediato. Tres de sus temas lideraron los rankings. La canción que dio nombre al álbum había sido escrita por Miller en 1973. La primera versión era más bluseada pero quedó afuera del disco The Joker, pese a que por entonces solía tocarla bastante en vivo. En 1976, el guitarrista la reconvirtió en una odisea intergaláctica, con el agregado de sintetizadores y hammond, y el comienzo que denominó Space intro. Veinte años después, la canción volvería a liderar los charts, por la versión que grabó Seal para la película Space Jam, que tenía como protagonistas al basquetbolista Michael Jordan y al Conejo Bugs Bunny.

Los otros dos temas que se impusieron en las radios de la época fueron Take the money and run, un rock de tiempo medio, con un comienzo marcado por el repiqueteo de la batería, que cuenta la historia de una pareja de bandidos de Texas, una especie de Bonnie & Clyde aggiornados, con un estribillo muy pegadizo; y la fabulosa Rock'n me, que llegó a número del ranking Billboard -tal como había sucedido con The Joker tres años antes- y se mantuvo en ese puesto durante una semana.

Pero el disco no se termina en esos tres hits. De hecho, el resto de las canciones son extraordinarias. Wild mountain honey es una extensión, más reflexiva y ralentizada, de Fly like an eagle; Serenade tiene una melodía adherente y un ritmo descomunal; Dance, dance, dance se destaca por su sonido campestre en el que aflora la guitarra dobro de John McFee; la reconversión futurista de Mercury blues, de K.C. Douglas, encaja a la perfección en la definición de blues atmosférico. El otro cover del álbum es la balada You send me, de Sam Cooke, que Miller canta como un crooner en medio de un viaje de ácido. El disco termina con la etérea The Window, en la que Miller prescinde de la base rítmica del resto del disco -Lonnie Turner (bajo) y Gary Mallaber (batería)- para sumergirse en la cadencia marcada por Charles Calmese (bajo), Kenny Johnson (batería) y la guitarria con slide de Les Dudek.

Párrafo aparte merece Sweet Marie, precedida por la intro Space Oddisey, un blues acústico que cuenta con la armónica del legendario James Cotton. Se trata de una interpretación formidable, como si fuera el desembarco de una nave nodriza en el corazón del Delta del Mississippi.

Si bien pasaron 40 años desde su lanzamiento, por su concepción y materialización, Fly like an eagle es un disco que supera a su propio tiempo, una obra de arte que se relanza permanentemente y que expone el costado más creativo e innovador de un músico díscolo que llevó el blues a una nueva dimensión.


1 comentario:

Luis Gomez dijo...

Gran disco que me ha hecho pasar grandes momentos.