jueves, 6 de junio de 2019

El buen doctor


Su corazón dijo basta y eso nos partió un poco el corazón a todos. Malcolm John Rebennack Jr, a quien llamaban Mac, aunque era más conocido por su nombre artístico de Dr. John, era el hijo pródigo de Nueva Orleans.

Su muerte conmueve porque, con 77 años, era uno de los últimos bastiones de una era dorada de la música contemporánea. Dr. John siempre fue un arcoíris musical: combinó distintos estilos como jazz, R&B, rock and roll, blues, funk, psicodelia y los ritmos de los indios del Mardi Gras. Esa paleta multicolor le confirió el estatus de referente absoluto de Nueva Orleans y lo convirtió en una figura icónica, su mejor embajador.

Dr. John's Gumbo (1972)
Plasmó su música en decenas de discos, desde el primero, Gris-Gris, de 1968, hasta el último, un homenaje a Louis Armstrong que llamó Ske-Dat-De-Dat: The Spirit of Satch y editó hace cinco años. En el medio, lanzó grandes álbumes como Dr. John’s Gumbo (1972), In the right place (1973), City lights (1978), Dr. John plays Mac Rebennack (1981), Going back to New Orleans (1992), Duke Elegant (2000), N'Awlinz: Dis Dat or d'Udda (2004) y su obra cumbre junto a los Black Keys, Locked down (2012), que le valió su sexto y último Grammy y el reconocimiento de la nueva generación. En cada uno de esos discos siempre mantuvo el espíritu de la ciudad, sus alegrías y tristezas, y su profunda y arraigada tradición.

Dr. John, B.B. King y Raimundo Amador
Su abuela le había enseñado a tocar el piano cuando era un niño y, con el tiempo, logró adquirir la destreza suficiente para situarse a la altura de otros grandes pianistas de la ciudad como Fats Domino, Professor Longhair y Alain Toussaint. Fue Toussaint quien alguna vez dijo sobre Dr. John, recuerda el amigo Tony Soulman: "Toca como camina, sin apurarse nunca. Nunca ataca al piano, lo acaricia". Pero antes, en la adolescencia se volcó a la guitarra porque era un instrumento con el que creía que iba a conseguir trabajo más fácil como músico. Pero un disparo en una mano en un confuso episodio lo condicionó con las seis cuerdas y lo obligó a volver al piano, aunque cada tanto, especialmente en sus shows en vivo, solía tomar la guitarra en uno o dos temas. Estuvo preso por vender drogas y sufrió la adicción a la heroína, pero pudo sobreponerse a todo y construir una carrera musical imponente en la que, además de sus innumerables pasos por lo estudios de grabación, tocó alrededor del mundo y compartió escenarios con figuras como Johnny Winter, B.B. King, Mike Bloomfield, Eric Clapton, James Cotton, Bruce Springsteen, Mavis Staples y John Fogerty, Algunos de ellos, también, participaron de un justo homenaje en vida, que fue editado en cd en 2016 bajo el título de The Musical Mojo of Dr. John: Celebrating Mac & his Music.

Algunas apostillas de su carrera son sus participaciones en la serie Treme, de David Simon, que narra historias de vida tras el paso arrasador del huracán Katrina; su colaboración en la película de Disney, La Princesa y el Sapo; o su eterno y estrafalario vestuario cargado de colores y voodoo.

Dr. John, Montreal, 2013.
En lo personal, tres momentos se me vienen a la cabeza cuando recuerdo a Dr. John. El primero fue cuando lo descubrí en aquél video en el que canta I’d rather go blind junto a Etta James, que terminan los dos abrazados y muy emocionados. Quedé deslumbrado por su fraseo vocal y su forma de tocar el piano. El segundo fue cuando, en uno de esos momentos mágicos que nos da la música, tocó como invitado de los Allman Brothers en el Beacon Theatre de Nueva York en 2011. Yo ya estaba lo suficientemente conmovido por estar viendo por primera vez a la banda que creó el rock sureño, que su sorpresiva aparición fue algo así como quedar frente a la aurora boreal. El tercero me lleva al año 2013, en Montreal, Canadá. Otra noche memorable en la que lo vi al frente de su propia banda en el marco del Festival de Jazz con Leon Russell como telonero. 

El Buen Doctor se fue y Nueva Orleans ya no será la misma. En algún punto Mac era como el barco de vapor que recorre el río Mississippi, como el Barrio Francés o el jambalaya. Pero quedan sus canciones, himnos de toda una ciudad.


miércoles, 5 de junio de 2019

Paso al frente


El disco debut como solista de Roberto Porzio era una de las noticias más esperadas por la patria blusera por muchas razones. Porzio es uno de los mejores guitarristas del país y maestro de otros grandes violeros, que hizo gran parte de su carrera como sideman o miembro de una banda, como los Easy Babies o la Blues Special. Su irrupción en solitario, hace ya un tiempo en los escenarios, merecía su correlato en estudio. Something inside of me es una obra fenomenal en la que Porzio despliega toda su técnica con la guitarra, un tono exquisito y un registro vocal a la altura de su nombre.

El álbum, que muestra una amplia variedad estilística dentro del blues, comienza con Walk on, de Brownie McGhee, en la que sobresale con un ritmo candente y la armónica de Adrián Jiménez, uno de los cuatro invitados del disco. Sigue a puro shuffle con Give me back muy wig, la deslumbrante composición de Hound Dog Taylor. En How many more years Porzio se anima a experimentar un poco más y transforma el clásico de Howlin’ Wolf en una exquisita interpretación más afín al blues del West Side. Y entonces se sumerge en dos temas del cancionero de Leadbelly: transforma Good mornig blues en un rock and roll contagioso y versiona Goodnight Irene, donde se deja llevar por una brisa campestre y el violín de Eduardo Quiroga.

La segunda mitad del disco lo encuentra homenajeando a Muddy Waters con Forty days and fourty nights, donde su slide se combina con otra vez con la armónica de Adrián Jiménez. Hace un impasse en “la música del Diablo” para elevar su canto gospel acompañado por Florencia Andrada en Glory, glory hallelujah. Para despuntar su vicio soul, otra de sus pasiones, Porzio elige la siempre festiva Something you got. Su guitarra suena limpia y su voz brilla con mucha intensidad y, con absoluta naturalidad, reescribe Police dog blues, una composición de Blind Blake de hace noventa años. En cada uno de los temas, la figura de Porzio se sustenta en el magnetismo y la elasticidad de los Humbles -Anahí Fabiani (teclados), Florencia Rodríguez (bajo y contrabajo) y Miguel Ángel Romeo (batería)- y el trabajo concienzudo en la producción y grabación de Julio Fabiani y Ariel Feder.

El álbum finaliza con Porzio y su guitarra, más la voz angelical de An Díaz, y un sonido de antaño, en una sublime versión de Some of these days de Charley Patton. En apenas diez temas nos abre su alma, rinde tributo a sus máximas influencias y nos lleva a una breve e intensa recorrida por la historia del blues. Así, el guitarrista rítmico que se lució durante años al lado de las grandes figuras del blues nacional e internacional da un paso al frente y muestra aún más todo su potencial.


miércoles, 29 de mayo de 2019

El primer saxo del rock & roll


Raymond Hill estuvo ahí cuando nació el rock & roll. Era uno de los saxofonistas de los Kings of Rhythm, la banda de Ike Turner que, a comienzos de 1951 –algunos dicen el 3 de marzo y otros el 5-, grabó en Sun Records, el legendario estudio de Sam Phillips en Memphis, el tema Rocket 88, considerado por muchos la piedra basal de la música que conquistó la segunda mitad del siglo XX. La canción quedó registrada a nombre de Jackie Brenston and his Delta Cats, porque Brenston fue el cantante, mientras que Turner tocó el piano. Pero la participación de Hill también resultó trascendental por un solo muy intenso que comienza luego de la arenga del vocalista: "Blow your horn Raymond".

Raymond Earl Hill había nacido el 29 de abril de 1933 en Clarksdale, Mississippi. Sus padres regenteaban un conocido juke joint de Lyon, una pequeña localidad en las afueras de la ciudad, y allí, en la década del cuarenta, el pequeño Raymond creció escuchando a músicos como Sonny Boy Williamson y Robert Nighthawk. En ese mismo lugar empezó a tocar el saxofón y tiempo después conoció a Turner, otro oriundo de Clarksdale, con quien formó la mítica banda.

Tras unos años tocando en el Delta de Mississippi y alrededores les llegó la oportunidad de ir a Memphis y no la desaprovecharon. Rocket 88 llegó inmediatamente al puesto número 1 de los charts. Pero las regalías no fueron las suficientes para los músicos ante el éxito rotundo de la canción. Hill renunció a la banda y, en 1952, grabó cinco temas para Phillips que no fueron editados. Entonces se abocó a trabajar como músico de sesión. Ese año grabó con Clayton Love para el sello Aladdin y con Little Junior Parker para Sun Records, aportando su saxo en Mistery train. En 1954, acompañó a Billy "The Kid" Emerson (Sun Records) y Jesse Knight (Checker) y finalmente grabó dos temas más como solista para Phillips que sí fueron editados en un single de 78 rpm (The Snuggle y Bourbon Street Jump). Ambos tracks fueron reeditados en la década del setenta junto a los cuatro que no habían visto la luz (Long gone Raymond, My baby left me, Somebody's been carryin' your rollin' on y I’m back pretty baby) en una compilación del sello inglés Charly R&B sobre la historia de Sun Records. La única de sus grabaciones de 1952 que no había sido editada, Sittin' on top of the world, finalmente lo hizo en 1985 en un compilado que se llamó Memphis blues-Unissued tracks from de 1950's.

A mediados de los cincuenta emigró a Chicago donde participó de las sesiones de Dennis Binder para Modern Records y también volvió a colaborar con Parker. En 1956 se fue a St. Louis y se reincorporó a los Kings of Rhythm de Ike Turner con los que participó de las grabaciones para Federal junto a Jackie Brenston y Billy Gaytes, unas joyas perdidas del rhythm and blues que recién fueron editadas por Charly R&B en 1991.

En 1957, Raymond Hill comenzó una relación con una de las coristas de la banda, Anna Mae Bullock, que pronto sería mucho más conocida por su nombre artístico: Tina Turner. El romance entre la joven Tina y Hill fue efímero y no tan apasionado, según se desprende de varias biografías, pero ella quedó embarazada de su primer hijo, Craig. La pareja se separó cuando Hill se fracturó una pierna y decidió volver a Clarksdale antes de que naciera el niño. Poco tiempo después ella comenzaría una relación con Ike Turner y esa es una historia conocida.

En la década del sesenta, Hill salió de gira con Albert King y poco más se recuerda de él. Se cree que se retiró de la música durante años hasta que el musicólogo David Evans lo grabó en 1979 para el primer single de su sello High Water. Hill registró un blues bien crudo, Going down, con su hijo Andrew Hill en guitarra que en el lado B llevó un tema cantado por su esposa, Lillie Hill. Ese mismo sello después grabaría a grandes figuras del hill country blues como Jesse Mae Hemphill, Junior Kimbrough y R.L. Burnside, entre otros.

Raymond Hill murió de un ataque cardíaco el 16 de abril de 1996, pocos días antes de cumplir 63 años, en su Clarksdale natal. Su historia, como la de muchos de sus contemporáneos, se perdió con el paso del tiempo, pero su solo de saxo en el amanecer del rock and roll seguirá sonando por siempre.



lunes, 20 de mayo de 2019

Camino a la cima


El disco debut de Christone “Kingfish” Ingram es una de las mejores noticias para la escena del blues. Más allá de que probablemente el año que viene arrase con los premios de la Blues Foundation y los Grammy, muy cuesrtionados por los puristas, el álbum es la exaltación del género en toda su dimensión. Con apenas 20 años -los cumplió el 19 de enero- Kingfish resume en doce canciones el pasado, presente y futuro del blues.

Su nombre viene dando vueltas desde hace más de cinco años. En Clarksdale, su ciudad natal, lo consideran el hijo prodigo. Empezó tocando en el Red’s, el Ground Zero y el New Roxy cuando tenía 13 años. Y en 2014 integró la Delta Blues Museum Band que se presentó en la Casa Blanca ante Michelle Obama. Desde entonces, se volvió un habitué de los festivales y sus presentaciones en vivo comenzaron a circular por YouTube. Era cuestión de tiempo hasta que alguna discográfica pusiera los ojos en él.

Y fue, nada más y nada menos, que Alligator Records, el sello más importante del blues contemporáneo. Bruce Igluaer, su dueño y viejo zorro de la industria de la música, no dudó a la hora de ficharlo. Para la grabación de Kingfish, como lo bautizó cuando era un niño su maestro en la guitarra, Bill “Howl-N-Madd” Perry, Iglauer llamó a Tom Hambridge para la producción. Es cierto que Hambridge abusó de la sobreproducción en los últimos discos de Buddy Guy y en alguno de Joe Louis Walker, y con eso les quitó frescura y esencia, pero en este caso, con un músico joven, logró todo lo contrario: pudo amalgamar el sonido tradicional con el más moderno y que Kingfish suene convincente tanto cuando rockea como en Outside of this town o cuando baja a la crudeza del Delta con Hard times.

El álbum se ve reforzado por la participación de Keb’ Mo’, quien suma su guitarra acústica en la mitad de los temas y comparte voces en Listen, una canción que sobresale por su agradable melodía. Buddy Guy lo bendice con su colaboración en Fresh out, un blues bastante denso que los pone en igualdad de condiciones. Y, además, Billy Branch sopla su armónica en If you love me, un slow blues incendiario que Ingram escribió junto a Jontavious Willis, otro de los pocos jóvenes afromaericanos que se dedica al blues y que también es patrocinado por Keb’ Mo’.

El resto de las composiciones están firmadas por Ingram y Hambridge y en muchos casos las letras son autorreferenciales. Desde lo estilístico, Ingram muestra un registro vocal notable para su edad. No hay alaridos, ni ronqueras forzadas. Todo fluye con naturalidad. Y con la guitarra, su arma letal, saca a relucir una cantidad de recursos que no se limitan sólo a la Les Paul, sino que también aparecen cuando toca acústica.

“Kingfish es uno de los artistas jóvenes más excitantes y apasionados que he visto en estos años. Está creando una nueva música que se siente como blues, pero que no copia lo que ya está escrito. Sus raíces están muy arraigadas en el Delta del Mississippi y se puede percibir esa crudeza en su forma de tocar y cantar”, dijo Bruce Igluaer.

“Su técnica con la guitarra –agregó el mandamás de Alligator- es deslumbrante, pero más que nada es la emoción que pone en cada canción y como moviliza a la audiencia. Su música es realmente madura. Sabe cuáles son las notas importantes, las que cuentan la historia y atrapan al público. Y canta con la intensidad y convicción de un verdadero bluesman. Venera a los maestros del blues del pasado y del presente, pero está haciendo su propio alegato. Estamos viendo cómo este joven se convierte en un gigante del blues Tiene un futuro alucinante”.


sábado, 11 de mayo de 2019

Blues mama


Probablemente J.J. Thames haya batido un record en cuanto a visitas de artistas de blues: es la tercera vez que viene a la Argentina en un año. Debutó en mayo del año pasado, volvió en noviembre y ayer comenzó una nueva gira con un poderoso show en el Be Bop Club, en el barrio de San Telmo. La cantante oriunda de Detroit, pero que lleva en la sangre las aguas barrosas del Mississippi, desplegó la potencia vocal que la caracteriza respaldada por la prestancia rítmica de El Club del Jump.

J.J. Thames no pasa desapercibida. Es una mujer voluptuosa y con un peinado frondoso. Aparece en escena con una remera que dice: “Everyday we have the blues”, su manifiesto, mientras la banda a cargo de Martín Burguez, esta vez con Martín “Cipi” Cipolla al bajo, termina un shuffle introductorio. Y en cuanto ella abre la boca ya no queda espacio para nada más. Por momentos deja entrever que Tina Turner es su máxima influencia y que tiene tanto o más blues que sangre en las venas.

A diferencia de otras big mamas, J.J. Thames muestra bastante de un repertorio propio. La mayoría de sus canciones hablan de una relación que terminó mal y de como ella finalmente dejó a su pareja (I’m leaving you es la más elocuente). Entre tema y tema, con dotes actorales, relata los pormenores de aquél romance frustrado. “Antes estaba casada y era infeliz. Ahora estoy sola y soy muy feliz”, dice.

El show, que se divide en dos sets, da lugar también para algunos covers. El primero es Boom boom, de John Lee Hooker, en el que muestra un registro vocal arrollador y le da lugar a Alberto Burguez para que se despache con un voraz solo de hammond. Cierra la primera parte con The thrill is gone, que se lo dedica a B.B. King. “Él fue un hombre maravilloso y muy generoso. Me ayudó mucho en mi carrera al igual que a Kingfish”, dice en referencia a Christone “Kingfish” Ingram, la joven promesa del blues que acaba de lanzar su álbum debut por Alligator. Y en la segunda parte, para terminar, canta una conmovedora versión de I’d rather go blind. Tras la ovación del público vuelve a escena para un bis candente con Wang dang doodle.

La banda, que ya la conoce de sus visitas anteriores, se muestra solvente y cada vez que puede Martín Burguez intercede con unos solos bien punzantes. Es el valor agregado a una gran cantante que lleva adelante su performance con toda su alma, que fluye a través de su poderosa voz.

miércoles, 8 de mayo de 2019

Groovisimos

Raphael Wressnig - Chicken burrito. Es imposible no mover la cabeza o las piernas mientras suena Raphael Wressnig. El músico austríaco tiene un groove descomunal y cuando se pone al frente de su hammond B3 la quietud se convierte en ritmo. Chicken burrito, su último disco, es como la erupción de un volcán musical. Pura lava rítmica que desciende y se esparce arrasando con todo a su paso. Electrifica el cuerpo y lo lleva a un estado de goce puro. Acompañan a Wressnig el guitarrista Alex Schultz, quien tocó con Rod Piazza y William Clarke, y el experimentado baterista James Gadson, que supo respaldar a Bill Withers, Ray Charles y los tres King, B.B., Albert y Freddie. El trío logró un ensamble monumental, en el que Wressnig también ejecuta con mucha destreza el Fender Rhodes piano, el Hohner D6 clavinet y el Wurlitzer piano. Todos los temas fueron compuestos por el propio Wressnig que recurre a una fórmula imbatible: canilla libre de funky, altas dosis de shuffle y mucho feeling que mantiene desde el inicio con Chunky thights hasta el cierre con One mo’ time. Solo baja un poco el tempo en Get down withit. Los solos de Schultz son efervescentes y se combinan muy bien con las teclas, mientras que la batería tiene un trajinar demoledor. Si bien es un disco prácticamente instrumental, Wressnig aporta su voz en Born to roam, tema que coescribió junto a Larry Garner. Chicken burrito tiene el espíritu de Nueva Orleans y un ritmo desenfrenado que solo lo puede alcanzar un mago de los teclados.

Bruce Katz Band - Get your groove. El título del último disco de Bruce Katz es más que elocuente. A lo largo de once temas el tecladista sobrevuela el terreno del funk, con un fuerte anclaje blusero y mucha libertad rítmica. El disco es una especie de resumen de su extensa carrera en la que compartió escenario y estudio de grabación con los Allman Brothers, John Hammond Jr., Ronnie Earl, Delbert McClinton, Joe Louis Walker y Duke Robillard, entre muchos otros. Comienza con el clásico Hesitation blues en donde lo asisten el guitarrista Chris Vitarello y el baterista Ray Hangen, como en la mayor parte del álbum. Luego se sumerge en la épica sureña con Freight train, un homenaje a los Allman Brothers en el que se suman Jaimoe, ex percusionista de la banda, y el bajista Matt Raymond. Sigue con temas de su propia autoría o alguno en el que comparte el crédito con Vitarello. Una de las mejores composiciones es Make things better, que tiene un riff fulminante, y por momentos parece como si Robben Ford lo estuviera apuntalando. Vuelve al blues con la magistral Wasn’t my time, una exquisita composición de ocho minutos en los que su hammond navega sobre las aguas barrosas del río Mississippi. El disco termina con The bun, un shuffle asesino que funciona a modo de epílogo de este manifiesto del buen groove.

martes, 30 de abril de 2019

Saliendo de la encrucijada


El documental sobre Robert Johnson que estrenó Netflix, Devil at the Crossroad, producido por los hermanos Jeff y Michael Zimbalist, parte de la premisa ultra conocida del pacto con el diablo en una encrucijada de caminos del Mississippi. Pero en poco menos de una hora, y con más de una veintena de testimonios (desde Terry “Harmonica” Bean y el nieto de Robert Johnson hasta Adam Gussow y Keith Richards) el film logra establecer una hipótesis muy interesante sobre lo que sucedió con el guitarrista y su extraordinaria transformación.

La leyenda del pacto con el diablo surgió porque muchos de los contemporáneos de Robert Johnson, entre ellos Son House, relataron durante años que en sus comienzos Robert Johnson era un guitarrista mediocre, pero que tras una ausencia de entre seis meses y un año, regresó al Delta del Mississippi tocando de una manera sorprendente. A eso hay que sumarle que, en muchas de sus 29 canciones, que grabó entre 1936 y 1937, Johnson hace referencia a la encrucijada de caminos, a su relación con satanás y a los sabuesos del infierno. Y, desde ya, la industria discográfica se encargó de alimentar ese mito para vender más discos.

El documental intenta darle una explicación racional y para ello es fundamental la contextualización de la vida que llevó Robert Johnson durante fines de la década del veinte y comienzos de la del treinta, marcada por la segregación racial, la crisis del 29 y el trabajo duro en el campo. Y, en lo personal, la separación de sus padres, la temprana muerte de su primera mujer y el bebé que estaba en camino, así como los prejuicios que tenían muchos devotos religiosos, en su mayoría negros, sobre el blues como la música del demonio.

Devil at the Crossroad llega a la con conclusión de que en el período en el que Son House y Willie Brown le perdieron el rastro, Robert Johnson volvió a su pueblo natal de Hazelhurst, al sur del Mississippi, y allí se juntó con el misterioso guitarrista Ike Zimmerman, quien sería su mentor. Todas las noches, pudieron reconstruir, Zimmerman lo llevaba al cementerio local y se sentaban junto a una tumba donde le enseñó a tocar blues acompañados por “la influencia de los espíritus”. Pudo perfeccionar esa técnica tan distintiva, que pareciera que tocan dos guitarristas, gracias a sus largos dedos. En cuanto a las letras de las canciones, determinaron, estaban inspiradas en el vudú, una práctica muy habitual entre los negros del sur de los Estados Unidos.

Sobre su muerte no hay mayores revelaciones. No precisa quién fue el hombre que lo envenenó aquella noche de agosto de 1938 en un juke joint de las afueras de Greenwood, pero tampoco descarta la posibilidad de que fuera un marido celoso.

En definitiva, Devil at the Crossroad es un muy buen documental que suple la falta de imágenes de archivo con una muy buena animación, aporta nuevos testimonios y rescata varias entrevistas de la película de John Hammond Jr., The Search for Robert Johnson. Por tratarse se una producción para Netflix tiene como objetivo satisfacer al público en general y por ahí el nicho blusero sienta que le falta algo. De todas maneras, es un gran aporte a la cultura del blues, al compás de las canciones de uno de los músicos más emblemáticos e innovadores de la historia del género.


lunes, 22 de abril de 2019

El bluesman oculto


Cash McCall es uno de esos grandes nombres del blues que tal vez muchos no lleguen a descubrir nunca. En un género donde sobresalen las figuras de Muddy Waters, B.B. King, Buddy Guy, Elmore James, John Lee Hooker o Albert King, grandes músicos de segunda línea sin tanto cartel pueden perderse en la vasta historia y discografía del género. Y el caso de McCall es uno de ellos. El cantante, guitarrista y compositor murió el sábado 20 de abril como consecuencia de un cáncer de pulmón. Tenía 78 años y una larga trayectoria que vale la pena rescatar.

Su verdadero nombre era Morris Dollison Jr. y había nacido el 28 de enero de 1941 a orillas del río Mississippi, en la pequeña localidad de New Madrid, en el estado de Missouri. Sus padres eran cantantes del coro de la iglesia y él, como la gran mayoría de los artistas negros de su generación, absorbió esa música desde muy pequeño. Su padre le construyó su primera guitarra y así le allanó el camino hacia una vida de acordes, melodías y ritmo.

En su adolescencia tocó en varios grupos de góspel y cuando cumplió 20 años se fue a vivir a Chicago, donde ya había vivido durante cinco años junto a su familia cuando era un niño. Allí se empezó a involucrar en la escena musical de la ciudad y se codeó con músicos como Lefty Dizz, Mighty Joe Young, Benny Turner y Sam Lawhorn. A mediados de los sesenta grabó el tema When you wake up, un éxito del soul que pensó que lo que iba a llevar al estrellato, pero eso no sucedió. Era artista del sello One-Derful Records, pero pronto terminó firmando contrato con St. Lawrence Way, que luego fue comprada por Chess Records. Antes, entre un puñado de singles, escribió una canción para Otis Clay, "That's how it is (When you're in love)", que tuvo cierto éxito.

Como compositor, ya bajo la órbita de la familia Chess, las cosas no le fueron tan bien hasta que Willie Dixon intervino y comenzó a moldear su carrera. Fue así como McCall comenzó a tocar con Jimmy Dawkins, Johnny Twist y Koko Taylor. Escribió la canción Birdnest on the ground, que grabó Muddy Waters, compuso otra media docena de temas para Etta James y hasta produjo el disco Message to the young de Howlin’ Wolf, pero su relación con el Lobo no anduvo bien. Otro de sus hitos en Chicago fue tocar en la banda de George “Wild Child” Butler. Su primer disco solista, Omega Man, fue editado por Paula Records en 1974, y se trató de un trabajo con mucho más funky que blues.

En la segunda mitad de la década del setenta se fue a vivir a Los Ángeles para trabajar junto a la cantante de soul Minnie Riperton y eso lo llevo a tocar con Nat King Cole, los Drifters y una tardía formación de The Platters. Su vuelta al blues se produjo en 1983 cuando grabó el disco No more doggin’ para el sello L&R y cinco años más tarde lanzó el extraordinario Cash up front, para Stony Plain. Ese mismo año se reencontró con Willie Dixon y se sumó a su banda con la que grabaron, en coproducción con T-Bone Burnett, el disco Hidden charms que ganó el Grammy en 1989. También quedó inmortalizado en el DVD A Celebration of Blues and Soul-The 1989 Presidential Inaugural Concert, en el que participaron Dixon, Koko Taylor, Stevie Ray Vaughan, Albert Collins y Joe Louis Walker.

Siguió escribiendo canciones para Otis Clay y Tyrone Davis, participó en cientos de festivales en Estados Unidos y Europa. Se radicó en Memphis, colaboró en el disco Vintage room de The Blues Experience (2007), hasta que en los últimos años su salud desmejoró, aunque todavía no estaba escrita la última canción. El año pasado su viejo amigo Benny Turner se enteró que estaba enfermo y le propuso grabar un disco que fuera su regreso a las fuentes, al blues clásico de Chicago, ese que lo tuvo como testigo privilegiado. Y así fue como en enero salió el álbum Goin’ Back home, que incluye clásicos como Shake your money maker, It hurts me too y Spoonful, y cuenta con Billy Branch como invitado. En febrero, además, McCall escribió un extenso artículo autobiográfico para la revista Blues Blast. Pero la enfermedad siguió avanzando y finalmente le ganó la batalla, pero al menos se mantuvo activo con la música hasta sus últimos días y tuvo su redención blusera.


lunes, 15 de abril de 2019

Blues local: tres propuestas diferentes

Easy Babies – Volumen 1. La banda liderada por Mauro Diana y Roberto Porzio se adecuó a los nuevos tiempos y su cuarta producción discográfica es un EP de cuatro canciones que está en todas las plataformas de reproducción de música vía streaming. Tras su participación en el Volumen 1 de Blues en Movimiento y sus dos discos -El blues paga mal (2010) y Tipos raros (2015)- Easy Babies se enfocó en la nueva tendencia de la música. Cambia el formato, pero el espíritu es el mismo. Las cuatro canciones siguen la línea histórica de la banda: blues en español con las letras de Mauro Diana (y alguna que otra colaboración) que hablan de lo que nos pasa, lo que vemos y lo que sentimos. Esas canciones no serían las mismas sin las guitarras expresivas de Porzio y Federico Verteramo y una rítmica soberbia a cargo del propio Diana y el baterista Homero Tolosa. El tema Buenos consejos, malos ejemplos es una frase que quedó picando hace años y que ahora cobró forma de canción y que Easy Babies llevó a las redes con un video en el que critican al presidente Macri. Volvería el tiempo atrás es una canción que Mauro Diana escribió con el armoniquista Alejandro Álvarez, con un ritmo festivo, una ferviente sección de caños y mucho slide. En Mi próximo error Mauro Diana comparte los créditos con Brian Chávez y por su tirmo y estilo se enmarca en los grandes hitos musicales del grupo: tiene un estribillo tarareable y la instrumentación cuenta con el hammond demoledor de Nico Raffetta. El EP termina con Sin reclamos, un blues lento y apasionado en el que le cantan a un amor que se terminó. Las cuatro canciones pueden parecer pocas, pero es apenas la primera parte de una etapa en la historia de la banda. Pronto vendrán más.

Max Hracek – Blues on top. La propuesta del cantante y guitarrista Max Hracek es diferente. Blues on top tardó tres años en salir y contiene una selección de canciones que lo moldearon durante sus años de formación. El álbum fue grabado en una toma en Estudios Del Parral y, por diversos motivos, su lanzamiento se demoró más de lo esperado. El disco contiene todas versiones de artistas clásicos, algunos con los que podemos identificar claramente el estilo de Hracek y otros que realmente sorprenden. En el primer grupo se encuentran las versiones de RM blues, de Roy Milton; T-Bone boogie y Glamour girl, de T-Bone Walker; y That will never do, de Freddie King. Las sorpresas son tres: una notable interpretación de Sick and tired, de Fats Domino; un poco de swing instrumental con Be bop Charlie; y Terraplane blues, el único tema acústico en el que el músico rememora aquellos años iniciales en los que escuchaba, día y noche, las grabaciones completas de Robert Johnson que editó el sello Columbia. En el medio, Hracek versiona tres canciones del gran Muddy Waters. No es una sorpresa, desde ya, porque cualquier músico de blues que se precie debe sumergirse en el vasto mundo del padre del blues de Chicago, pero ciertamente no es lo que Hracek está acostumbrado a tocar en vivo. Mauricio Marín y Julián Villegas están a cargo de la rítmica y Lucas Ferrari de las teclas. Los invitados son Adrián Jiménez (armónica), Juan Klappenbach (saxo) y Ariel Masini (piano). Además, Hracek contó con la colaboración de Julio Fabiani en la producción. Blues on top es un exquisito disco de blues que tiene sus variaciones estilísticas y eso lo hace mucho más ameno. La

Jackie Brown - La Jackie Brown. La propuesta de la banda conformada por una nueva generación de músicos, del riñón de la Escuela de Blues, llena de aire fresco al sonido tradicional. En su álbum debut, el grupo no buscó recrear el sonido vintage, aunque su repertorio tenga algunos temas de hace más de 50 años, sino que intentó darle su propia impronta a cada una de las canciones. Y lo logró. Camilo Petralia y Yair Lerner se encargan de las voces y las guitarras y lo hacen con mucha soltura y un feeling realmente conmovedor. Sacha Snitcosky y Adrián Bareriro mantienen el ritmo con prestancia y buena cadencia. Ese ensamble, que también contó con la producción de Julio Fabiani, resulta admirable en cada una de las canciones. El disco atraviesa distintos momentos. Uno, de los mejores, es como reconvierten You don’t know what love is, de Fenton Robinson, en un colorido viaje soulero. Otro es There must be a reason, una composición original de James Brown que La Jackie Brown, con la colaboración de Brian Figueroa en guitarra, la transforma en un rock and roll bien stone. También sobresale la armonización vocal de Yair y Camilo en Down in Virginia y el poder del blues más profundo en Standing at the station. Pero el punto máximo es su interpretación de Learning the blues, un tema de Frank Sinatra y Count Basie en el que Camilo se calza el traje de crooner y lo saca adelante con mucha dignidad. No son todos covers: El anguia, que significa “el rata” en guaraní, es un shuffle instrumental que escribieron entre Camilo y Yair y que es el paso a la siguiente etapa de la banda, la de la composición. El álbum debut de La Jackie Brown es una muestra de talento en proceso de maduración, la primera página del libro de éxitos que la banda va a cosechar.

sábado, 6 de abril de 2019

La vuelta de Magic Slim


Magic Slim fue uno de los máximos exponentes del southside de Chicago. Con su estilo crudo e intenso logró ganarse un lugar importante en la historia del blues contemporáneo. Sus visitas a la Argentina -1993 y 2008- lo acercaron al público local y lo convirtieron en referente indiscutido de una generación de músicos que abrazó el blues con pasión y mucho respeto. Slim murió el 20 de febrero de 2013 y desde entonces su ausencia se siente con fuerza. Para remediar eso, el sello Wolf acaba de editar un disco en vivo que nos acerca a la leyenda. Magic Slim & The Teardrops en Viena, Austria, tocando blues en su punto justo de ebullición.

Si bien el show se realizó casi dos años después de su segunda visita a Buenos Aires, Slim suena mucho más enérgico de como se lo escuchó aquella vez en el Teatro IFT. Tal vez, estar rodeado de su propia banda lo potenció más o simplemente se sentía mejor en los pagos de Mozart. Lo cierto es que este disco no tiene desperdicio: la grabación logró capturar al artista en todo su esplendor. Más viejo y curtido, cierto, pero dos rasgos que en muchas ocasiones enaltecen al blues más puro.

El álbum no podía llamarse de otra manera. I’m gonna play the blues es mucho más que una promesa. Es una sentencia que la cumple desde el primero hasta el último tema. La banda comienza con Come on in this house, que es todo del guitarrista Jon McDonald, uno de sus mejores discípulos, y resulta una excelente introducción para lo que vendrá a continuación. Slim irrumpe en escena a pura tripa con el tema que da nombre al disco y todo cobra sentido: “Espera un minuto nena / Voy a decirte algo antes de te vayas / Soy un bluesman a todos los lugares donde voy / Tocó el blues con el corazón / Voy a tocar blues para vos”. Y su guitarra se expresa. Es como un cuchillo que penetra la carne hasta el hueso. Su sello característico.

El blues fluye por todos lados y Slim intercala algunos temas propios como el slow blues Baby please don’t dog me, en el que por momentos saca a relucir el Howlin’ Wolf que llevaba a dentro, con algunos clásicos como Think, de Jimmy McCracklin; It hurts me too, de Elmore James; She’s tough, de Jerry McCain; Bad boy, de Eddie Taylor; y la fantástica The things that I used to do. Pero también interpreta algunos temas menos conocidos como 4:59AM, Playing with my mind, de su hermano Nick Holt, y Love somebody, de Jimmy Dawkins.

El show, que se realizó gracias a la tarea de los productores Marty Salzman y Didier Tricard, apenas meses después de que Slim fuera incorporado al Blues Hall of Fame de Memphis, quedó grabado junto a otros shows suyos en ese país durante la década del noventa que todavía reposan en los archivos del sello Wolf.

Además de McDonald, lo acompañan Andrew Howard en bajo y Brian “BJ” Jones en batería. La banda suena en muy buena forma, Chicago blues puro y duro, con Magic Slim en estado de gracia, tanto desde lo vocal como a la hora de ejecutar esos solos tan pasionales. Además, el álbum tiene muy buena calidad de sonido lo cual realza mucho más todo. Y así, gracias a la tarea concienzuda de algunos sellos, podemos reencontrarnos con nuevo material de leyendas que ya no están más. Celebremos la vuelta de Magic Slim.


domingo, 24 de marzo de 2019

Su santidad

Fotos Télam
Paul McCartney, la leyenda viva del rock and roll, la máquina de hacer canciones, el entertainer, el multinstrumentista, montó un espectáculo memorable en uno de los puntos más lindos de Buenos Aires, de espaldas al metro cuadrado más caro de la ciudad, junto a las vías del ferrocarril y de frente al gran pulmón verde de los Bosques de Palermo. Allí, en el Campo Argentino de Polo, Sir Paul animó a más de 60 mil personas durante casi tres horas con clásicos de los Beatles, Wings, su etapa solista, algunos temas de su último disco, Egypt Station, y un imponente show visual.

Los músicos aparecieron en escena a las 21.20. Paul saludó con una mano, tomó el bajo y sin preámbulos arrancó con A hard day’s night y Junior’s farm. Vestido con pantalón y saco negro, y camisa blanca lanzó un “Hola Argentina, qué buena onda”, así, en español, y siguió con All my loving. El comienzo fue un poco chato. Pero a juzgar por lo que pasó a partir del cuarto tema, es como que la banda necesitó esos instantes iniciales para entrar en ritmo. Cuando Paul tomó la colorida guitarra Les Paul y Brian Ray pasó al bajo todo cambió, el riff demoledor de Letting go y la arenga de “Fiesta” marcó un quiebre en el sonido y todo empezó a fluir con otra intensidad. Esa explosión coincidió también con la aparición de los caños, elevados entre el público, que le dieron un vuelo descomunal al tema.

Hubo algunas canciones más de los inicios de los Beatles, como Obladi Oblada o Love me do que, en el contexto general del show, resultaron casi insignificantes en comparación con las demás. Paul las tocó casi por obligación y el público las cantó por inercia. En cambio, en Got to get you into my life o I've got a feeling pudo desplegar arreglos sofisticados y se lo notó mucho más compenetrado. Ni hablar de su emotiva versión de Something con el ukelele, dedicada a George Harrison, o Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band. Otros momentos memorables fueron Blackbird, solo con la acústica, la explosiva Helter Skelter, y Eleanor Rigby con sus celestiales armonías vocales.

Paul es un bromista y maneja el escenario con absoluta naturalidad. De entrada, se propuso “hablar en español” y lo hizo bastante bien, aunque siempre leyendo. De todas maneras, cuando habló en inglés lo hizo con mucha claridad y todo el mundo lo entendió. En Hey Jude logró sincronizar que la gente cantara el estribillo primero por sectores y luego solo hombres y después mujeres. Fue realmente imponente escuchar los dos registros bien distintos de cada género. También se ganó varios aplausos cuando, luego de un “Ohhh ohhh ohhh” del público, tal vez el segundo o el tercero, sacó los acordes con la guitarra y la banda convirtió el cantito clásico en un vigoroso rock and roll. Y luego, al piano, transformó el “Olé olee olee oleee” en una polka.

A los 76 años se lo vio jovial y radiante. Además de lucirse con varios instrumentos mostró un registro vocal superlativo. Él, desde ya, es la principal razón del suceso. Pero el rol de la banda es clave. Brian Ray alterna guitarras y bajo, y es un fusible irreemplazable; Rusty Anderson es el guitarrista líder y recurre con frecuencia a la pedalera y el slide para punzar todos los temas con solos muy expresivos; Paul "Wix" Wickens es el comodín: toca teclados, acordeón, armónica, guitarra acústica y percusión; y Abe Laboriel Jr., quien cumplió años el día del recital y Paul hizo que todo el público le cantara el feliz cumpleaños, se encarga de la batería con un pulso monumental. Todos juntos, además, aportan las armonías vocales y coros cuando la canción lo requiere. A ellos hay que sumar a la sección de vientos que, si bien no aparece en todos los temas, cuando lo hace engrosa la matriz sonora con gran prestancia.

La noche, con un clima inmejorable para un show al aire libre, tuvo algunas sorpresas más. Una animada versión de Dance tonight, con Paul tocando la mandolina, y el primer tema que grabaron los Quarrymen, In spite of all the danger. Pero sin dudas el punto más alto, el pináculo, fue Live and let die: una explosión sincronizada sacudió el escenario y los fuegos artificiales pintaron el cielo de colores y brillos mientras la banda arremetía con todo.

Paul McCartney es el sumo pontífice del rock, su santidad, que peregrina por el mundo llevando su mensaje a los fieles. Y estos se congregan para rendirle pleitesía y dejarse llevar por su música. Sin dudas, en los últimos 50 años las canciones de Paul McCartney hicieron más por la gente que la Iglesia. Como dijo Fero Soriano en un tuit: “Para gran parte de la humanidad es básicamente todo: el dueño de los días más felices”.

(Leí varias quejas sobre que el volumen estaba muy bajo. Al menos en donde yo estaba se escuchaba muy bien. Pero a mí también me arruinaron Blackbird: no fue el tren sino un vendedor de agua que pasó por al lado mio a los gritos)

viernes, 22 de marzo de 2019

La mística de Negrito

Fotos gentileza Ceroveiticinco
Fantastic Negrito cruza la calle Balcarce a paso rápido, entra a La Trastienda y pasa por al lado de muchos que están esperando ingresar para ver su show. Negrito no es un tipo que pase desapercibido. Además de ser negro mide algo así como un metro noventa y si sumamos su cresta erizada roza los dos metros. Está vestido con pantalón y chaleco naranjas. Todos se dan vuelta para mirarlo, pero casi nadie se le acerca. Alguno le hace un comentario al pasar, pero no le piden fotos. Adentro suena la banda Free Anguila y Negrito se pierde por una puerta lateral. Cinco minutos después los periodistas asistimos a un meet and greet en el backstage. Nos ubicamos alrededor de un pequeño vestíbulo en el subsuelo y Negrito nos viene a saludar. “Estoy muy contento de estar acá y con muchas ganas de tocar. Amo la comida argentina. Muchas gracias a todos por haber venido”, balbucea en un español un tanto forzado. No da tiempo para fotos y vuelve a entrar a su camerino.

La Trastienda está repleta de gente que ahora espera el show principal escuchando las dulces melodías de la angelical Titi Stier. Pasadas las 21:30 se corre el telón y la banda de Fantastic Negrito descarga toda su potencia eléctrica con una intro instrumental que empalma con la extraordinaria Bud guy necessity. Las tres guitarras Les Paul -la de Negrito, la de Camilo Landau y la del chileno Tomás Salcedo- se entrelazan con un sonido arrasador que condensa el groove del funk y la potencia del rock. El público lentamente comienza a entrar en el trance que proponen desde el escenario con Working poor, uno de los mejores temas de The last days of Oakland.

Negrito es un showman en todo sentido. En poco más de una hora y media construye una relación con la gente que será irrompible. Se mueve con intensidad mientras su voz se expande por todo el local como cuando se derrama líquido. Recurre al falsete, canta como un barítono y por momentos parece poseído por Robert Plant. Prácticamente no hay intervalo entre tema y tema. La banda no afloja y Negrito mucho menos. Hay un momento a capella, breve pero estremecedor, en el que canta como si estuviera recogiendo algodón en los campos del Mississippi. Es el inicio de Honest man, un tema que parece una versión ralentizada de Seven Nation Army de los White Stripes, donde quedan expuestas las raíces bluseras de Negrito.

El instante supremo de la comunión entre “Negrito Fantástico”, como él mismo se presenta, y su público es tras el riff frenético de A boy named Andrew: todos empiezan a corear la melodía con pasión futbolera. La sorpresa de la banda es tal que Landau y el tecladista Bryan Simmons sacan sus celulares y comienzan a grabar.

“Crecí en un barrio difícil donde había mucha gente pesada y donde las madres tenían que enterrar a sus hijos. Ellas eran las personas más fuertes allí. A uno de mis hermanos lo mataron de un tiro en la cabeza cuando tenía 14 años y mi madre me llevo a ver el cadáver para que yo pudiera salir de ese lugar. Para ellas y para todas las mujeres que murieron en la fábrica de Nueva York va esta canción”, dice antes de sumergirse en In the pines. Con sus palabras, en referencia a la muerte de 129 trabajadoras textiles el 8 de marzo de 1908 y por el que se conmemora el Día de la Mujer, logra que el público lo escuche en silencio y algunas chicas eleven victoriosas sus pañuelos verdes.

La rítmica a cargo de Simmons –que tiene a su cargo el bajo desde el teclado y también los efectos- y el baterista Darian Gray es efervescente y ondulante. Las guitarras se vuelven más irreverentes con el correr de los minutos y esa es la principal diferencia del sonido en vivo con el de los dos discos con los que ganó sus premios Grammy. Llega el final y una gran Ovación. El canto al ritmo de “Negriiiitooooo, Negriiiiitooooo" se vuelve viral. Segundos después vuelven a aparecer en escena para un bis con el riff voraz de Plastic hamburguers y un cierre bien funky con The buffer. Antes de dejar la tarima Negrito avisa: “Si me esperan diez minutos bajo a saludarlos a todos”. Y eso hace. Ahora sí, a diferencia del comienzo, la gente se siente hermanada con él y literalmente lo arrinconan contra el stand donde se venden sus cd’s vinilos y remeras. Una foto tras otra. Abrazos, firmas y mucho agradecimiento. Fantastic Negrito desplegó su mística en Buenos y seguramente no pasará mucho tiempo hasta que lo vuelva a hacer.

miércoles, 13 de marzo de 2019

En el nombre de Leo "Bud" Welch


Leo “Bud” Welch dedicó la última sesión de su vida a tocar con músicos jóvenes para mostrar una nueva cara de la vieja música y reforzar la idea que el blues y el góspel son estilos dinámicos y evolutivos. El resultado, dos años después, es un disco revelador donde la música de raíces alcanza una nueva dimensión.

The angels in Heaven done signed my name fue grabado en vivo en una toma y tiene apenas algunos overdubs, reveló el productor y músico Dan Auberbach, de los Black Keys. “En todas las canciones hay al menos tres personas tocando en vivo”, aseguró. Además de Leo en voz y guitarra, Auberbach intercaló bajo y guitarra, y Richard Swift se hizo cargo de la batería. También participaron en algunos temas Leon Michels en hammond B3 y Dave Rose en bajo.

Las canciones revelan su vida dura y también la gratitud y el compromiso hacia Dios con el que vivió. Su música combina el sonido más crudo del Hill country blues con el sentimiento del góspel. A eso, que es la expresión más genuina de la música negra, hay que sumarle la perspectiva de una nueva generación de músicos, un groove hipnótico y denso encarnado por Auberbach, que creció escuchando a Junior Kimbrough, R.L. Burnside o Fred McDowell.

Leo murió a los 85 años -el 19 de diciembre de 2017- y se había hecho conocido poco antes. De hecho, grabó por primera vez en 2014 (Sabougla voices / Fat Possum Records) con lo cual fue una verdadera sorpresa su tardía aparición en escena. El lanzamiento de su segundo disco (I don't prefer no blues/Fat Possum) generó además una especie de reverdecer del sonido del hill country blues y ahora este disco póstumo llega justo a tiempo para erigirlo en leyenda.

La voz de Leo es como una plegaria en medio de un humoso juke joint. Su guitarra, cruda y descarnada, se entrelaza con el ritmo salvaje de la banda en un loop voraz. Leo “Bud” Welch encarna el legado del Delta y también su reconversión. Basta escuchar Don't let the devil ride para comprender como un viejo bluesman puede sonar completamente actual sin perder su esencia ni traicionar a sus antepasados. Ese tema es la pieza más acabada de todo el álbum, una verdadera joya que desafía al tiempo como el DeLorean. La intepretación de Jesus in the mainline es otra transformación extraordinaria, que rompe barreras temporales y tiende lazos rítmicos entre distintas generaciones con una vuelta de tuerca a la melodía. I come to praise my name es posiblemente el tema más Black Keys de todos y Leo no suena para nada fuera de lugar, al contrario, pese a que atravesaba los últimos meses de su vida, suena vital y muy a gusto.

La muerte de Leo no fue la única tras la grabación del álbum. También falleció el baterista Richard Swift. “Fue una experiencia extraña, amarga y dulce y a la vez, la de escuchar lo que habíamos grabado con ellos con tanta diversión. Yo nunca había vivido algo así, más tratándose de la grabación de un álbum religioso”, contó Auberbach a AllMusic.

The angels in Heaven done signed my name es un disco que rompe con todos los prejuicios. Leo “Bud” Welch dejó su testamento en manos de Dan Auberbach y no de un grupo minúsculo de puristas recalcitrantes. Su último aporte en vida fue estimular los caminos de la preservación de la música de raíces dejando de lado toda postura sectaria. Es por ahí.


lunes, 4 de marzo de 2019

La hora del sideman


Era lo que le faltaba. Tras acompañar durante un lustro muy exitoso a Stevie Ray Vaughan & Double Trouble, grabar con infinidad de artistas como Buddy Guy, Bob Seger, Lou Ann Barton, Joe Louis Walker, Tab Benoit y John Hiatt, y sumarse como miembro estable de la banda de Joe Bonamassa, el tecladista Reese Wynans acaba de lanzar su primer álbum solista.

A los 71 años y celebrando medio siglo como músico profesional, Wynams se dio el lujo de grabar con amigos una serie de canciones que lo marcaron a lo largo de su vida. El disco, Sweet release, también marca el debut de Bonamassa como productor. El álbum comienza con dos temas de SRV. El primero es Crossfire, en el que el tecladista desata una locura sonora desde su hammond acompañado por la guitarra feroz de Kenny Wayne Shepherd, la rítmica precisa de los Double Trouble Tommy Shannon y Chris Layton, los vientos de los Texicali Horns y la imponente voz de Sam Moore (Sam & Dave). Luego reduce la formación a cuarteto para interpretar Say What, el primer tema que grabó junto a SRV en el álbum Soul to Soul.

Con Mike Farris en voz y Josh Smith en guitarra, Wynans se despacha una exuberante versión de That driving beat, del productor Willie Mitchell, responsable de muchos de los éxitos de Al Green. Luego se incorpora Doyle Bramhall II para cantar y solear en You’re killing my love, del genial Otis Rush y que tan bien supo interpretar Michael Bloomfield, con el trompetista Lee Thornburg comandando una huracanada sección de caños. En el tema que da nombre al disco, un clásico de Boz Scaggs, Wynans celebra la década del setenta con un combinado vocal impresionante que reúne a Bonnie Bramlett, Jimmy Hall, Warren Haynes, Keb’ Mo’, Paulie Cerra, Vince Hill y Mike Farris, mientras que Bonamassa y Josh Smith se hacen cargo de las guitarras.

Vuelve a juntar a los Double Trouble con Kenny Wayne Shepherd, más la voz de Noah Hunt, para recrear Shape I’m in, un potente rock and roll de los Arc Angels, el súper grupo que formaron Shannon, Layton, Charlie Sexton y Doyle Bramhall II en los noventa. Retoma el cancionero de SRV con Hard to be, del disco póstumo Family style, con Jim Hall y Bonnie Bramlett compartiendo voces, Bonamassa en guitarra y él al frente del piano, en un tempo menos que la original y con una intervención de vientos que le dan un espíritu más souleado al tema. Las guitarras de Bonamassa y Shepherd se fusionan con el hammond de Wynams en la icónica Riviera Paradise bajo el sustento rítmico de los Double Trouble.

La parte del final del disco tiene a Warren Haynes en voz y guitarra liderando la brisa sureña de Take the time, tema de Les Dudek. Lo acompañan Bonamassa y un coro femenino en el que sobresale Mahalia Barnes. Sigue con dos temas del legendario Tampa Red, al piano y con  un feeling más blusero. Primero con So much trouble, con banda y Bonamassa en voz y primera guitarra, y luego con I got a right to be blue, un mano a mano acústico con Keb’ Mo’. La celebración musical de Wynans finaliza con dos instrumentales: uno bien funky, Soul island, de The Meters, y el otro resulta el epilógo perfecto: solo al piano para el clásico de los Beatles, Blackbird.

Wynans construyó su carrera como sideman, aportando desde las teclas lo necesario para jerarquizar los discos o shows de otros grandes artistas. Y ahora llegó su momento de dar un paso al frente, aunque lo hizo como siempre, desde su lugar y dejando que otros brillen.


domingo, 17 de febrero de 2019

Las venas abiertas de Chris Cain


Buenos Aires es el segundo hogar de Chris Cain. Así le gusta responder cada vez que le preguntan por qué vino tantas veces. Para ser precisos, ocho visitas en los últimos ocho años. En cada uno de los shows que dio en este tiempo, ya sea en Buenos Aires, Salto, La Plata o Rosario, el guitarrista californiano derramó lágrimas sobre el escenario y dejó todo en cada canción. Esta vez, en el Be Bop Club, no fue la excepción.

Chris Cain es un músico talentosísimo y una persona muy sensible. Y esas cualidades hacen que cada nota que toca o cada verso que canta sea perfecto y con mucho sentimiento. Sus shows son muy emocionales. Tiene las venas abiertas y salpica blues hacia todos los rincones. Los vive y lo siente con una pasión inexplicable. Pero por sobre todas las cosas los disfruta. Y la gente no es indiferente a esa entrega. Quedan deslumbrados, boquiabiertos. Se vuelven fanáticos de Chris Cain y van a uno, dos y hasta tres shows si pueden. Es realmente extraordinario lo que pasa con él. Si bien sus discos son muy buenos, no tienen punto de comparación con lo que el master da en vivo.

Acompañado por Rafa Nasta en guitarra, Fernando Rosso en bajo de cinco cuerdas y Pato Raffo en batería, Chris Cain desplegó todo su entusiasmo en casi dos horas de show. El trío abrió con un shuffle instrumental para darle la bienvenida y en cuanto se sumó con su Epiphone ya nada fue igual. Entró en calor con Me and my baby y así le arrancó la primera ovación al público. “Amo el blues desde chico y quiero tocar uno para ustedes”, anunció antes de largarse en una inmaculada versión de Ain’t nobody bussiness. Al escucharlo cantar y puntear uno percibe las marcadas influencias de B.B. y Albert King, pero el tipo logró darle su propio toque con un tono exquisito y un registro vocal demoledor.

Los homenajes a sus dos máximas influencias llegaron con Sweet Little sixteen y Crosscut saw. “Yo no estaría acá frente a ustedes con mi guitarra si no fuera por B.B. King”, dijo, una vez más, al borde de las lágrimas. Tras un breve receso volvió con todo y temas más animados. Primero con Everyday I have the blues y luego con Barefootin’, donde se batió a duelo con Nasta, aquí con el pulso demoledor de Gabriel Cabiaglia en batería. Sobre el final, Cain sacó de la mochila dos canciones de su cosecha: Helping hand y Drinking straight tequila, las dos de su disco Unscheduled flight, de 1997. La ovación final fue emocionante. El público de pie cantó el clásico “Ooohhh ohhhh ooohhhh” y Chris se abrazó a su guitarra y se puso a llorar. Hubo tiempo para una más, pero esta vez él solo interpretando Darling, you know I love you, también de B.B. King.

Fue una noche mágica, con Chris Cain en llamas y la banda completamente compenetrada. Un sonido sobresaliente y un público que, más allá de un impresentable que cantaba letras de Pappo por encima de algunas canciones, vibró con locura al ritmo de este gran guitarrista.


miércoles, 13 de febrero de 2019

El misterioso Loudmouth Johnson

Blues to the bone (Collectables/1996)
El interrogante me lo planteó Juan Urbano López. ¿Quién fue Calvin “Loudmouth” Johnson? Me preguntó porque no podía despejar esa duda y sabía que yo tengo la biografía de Johnny Winter que escribió Mary Lou Sullivan. Fui a la fuente a buscar la respuesta y, para mi sorpresa, el viejo bluesman que Roy Aimes describió en las notas del disco Blues to the bone no figura para nada. Muy extraño. Ese álbum, en el que el albino comparte cartel con él, se vendió bastante en la década del noventa y tuvo al menos cuatro ediciones.

En las notas del disco editado por el sello Collectables, Aimes cuenta que, en 1967, Winter le pidió que quería grabar con un “músico genuino de down home blues”. Por entonces, el albino estaba comenzando su carrera profesional. Todavía faltaban dos años para su presentación en Woodstock y el contrato con Columbia Records. Aimes recuerda que le sugirió el nombre de Loudmouth y le hizo escuchar un single que él le había producido al cantante y armoniquista en 1964, que en el lado A llevaba el tema Lein in my body y en el B Unsastified mind. Según Aimes, a Johnny Winter le encantó y le pidió que organizara el encuentro. Fue así como, siempre de acuerdo con Aimes, el 17 de mayo de 1967, los dos músicos entraron a los estudios Gold Star, en Houston, bajo la supervisión del ingeniero de sonido Doyle Jones. La banda que los acompañó era la que tocaba regularmente con Loudmouth, aunque sus integrantes no están mencionados en los créditos del disco. Grabaron temas originales, otra versión de Lein in my body y algunos covers. Aimes recuerda que Loudmouth le comentó que estaba impresionado con la forma de tocar de Winter: “No sabía que un chico blanco podía tocar la guitarra de esa manera”, le habría dicho.

Más allá de la buena impresión que se llevó Loudmouth del albino, Aimes cuenta que la sesión fue un tanto caótica y eso se percibe al escuchar el disco en el que suena un blues bastante crudo y desprolijo. Aimes cierra las notas del álbum diciendo que, pese al resultado, la sesión “valió la pena”. Si bien su idea era editar un LP eso nunca sucedió. Las primeras dos canciones que vieron la luz aparecieron en un disco que se llamó Soul… in the begining (Avco Embassy/1969) que fue producido por Aimes y que tenía temas de Lightinin’ Hopkins, T-Bone Walker y Clifton Chenier. Tuvieron que pasar casi 20 años para que una tercera canción fuera editada. Se trató de Take my choice, que fue incluida en el CD de Winter, Birds can’t row boats (Relix/1988), un compilado que abarca los primeros años del tornado texano.

Las descripciones de AImes sobre Loudmouth son vagas: que se la pasaba bebiendo, que había estado preso por vender un terreno que no era suyo, que solía tocar por los clubes negros de la costa del golfo de Texas, que estuvo casado con Erline Green Johnson y luego con una mujer llamada Ernestine, y también con otra a la que identificó como Joanne Robinson. En una entrevista para la revista Blues & Rythm contó que, en 1973, Loudmouth dejó la escena musical y ya no supo nada más de él.

Raw to the bone (Sky Ranch/1992)
La primera edición en CD de esa sesión entre este misterioso blusero y Johnny Winter apareció en 1991 de la mano del sello inglés The Magnum Music Group. Esa versión incluía 13 de los 15 temas que grabaron en la sesión, entre ellos los covers de de Hoochie coochie man, Rock me baby y Gangster of love, de Junior Watson. En la portada están un presunto Johnson poco nítido y Winter con su pelo corto. Al año siguiente, 1992, el sello francés Sky Ranch lanzó otra versión de Raw to the bone, pero de once canciones, sin Gangster of love y Rock me baby. En la tapa está Johnny Winter, con el pelo corto, sentado en una silla y en una foto más pequeña aparece quien presumimos que es Loudmouth tocando la armónica.

La tercera edición, de Relix Records, salió en 1995, se llama Blues to the bone y también incluye 13 temas. La portada aquí es una caricatura de un esqueleto con el característico pelo largo y muy rubio de Winter tocando la guitarra. La cuarta, la más completa, es la que lanzó Collectables en 1996 con los mismos 13 temas que el cd de Relix más cuatro bonus tracks de Calvin Johnson sin Winter, de una sesión grabada dos años antes, en junio de 1965. La portada en este caso es la misma foto del presunto Johnson tocando la armónica y una más pequeña de Winter con el pelo largo, que no era como lo llevaba en 1967.

Antes, en 1992, Collectables lanzó un disco compilado sobre el blues texano bajo el título de The Texas country bluesmen – Back against the Wall, en el que figura el tema de Loudmouth con Winter, Once I had a woman entre canciones de Mance Lipscomb, Juke Boy Bonner, Texas Alexander y Johnny Copeland, entre otros. Pero la importancia del álbum es que en la tapa tiene una foto de quien Aimes asegura era Calvin Johnson.

Para tratar de saber un poco más sobre Loudmouth le mandé mensajes a distintos especialistas y musicólogos de los Estados Unidos. Tanto David Evans, Scott Barretta y Roger Stolle me dijeron que no habían escuchado nunca hablar de Loudmouth Johnson y se excusaron porque su campo de estudio es el blues del Mississippi. Le consulté también a Michel Limnios, reconocido especialista en blues de origen griego, y su respuesta también fue negativa. El que logró aportar algo, aunque poco, fue Roger Wood, un investigador del blues de Texas: “La única información que tengo sobre Calvin ‘Loudmouth’ Johnson es la que figura en las notas del CD. Su voz es ciertamente distintiva y no suena parecida a la de ningún otro cantante de blues de Houston. La mayoría de las personas de la zona vinculadas al blues que documenté ya están muertas, pero no recuerdo a ninguno que me haya mencionado a Calvin Johnson. Ames era un personaje sombrío y tal vez descubrió a Johnson, probablemente no en Houston, y luego lo juntó con Winter para la sesión”.

La otra fuente que consideré importante fue Paul Nelson, productor, mano derecha y guitarrista de Johnny Winter durante más de diez años, los últimos de su vida. Su respuesta fue aún más desconcertante: “Nunca escuché ese nombre “.

En definitiva, muchos coinciden que Roy Aimes, que representó a Winter en la década del sesenta, fue un hombre muy complejo. Algunos lo tildaron de “desleal” y otros directamente de “ladrón”. Todo lo que se sabe sobre Loudmouth es lo que él escribió y ya no hay forma de preguntarle porque murió en 2003 a los 66 años. El legado de este oscuro bluesman, del que no sabemos cuándo y dónde nació y murió, está en esas canciones que grabó junto al albino y en el single de New World Records que está dando vueltas en Internet. Hasta su imagen es una incógnita. Nadie puede asegurar que sea el hombre negro de gesto adusto que aparece en las fotos de esos discos.

Calvin “Loudmouth” Johnson es uno de los tantos misterios del blues, del blues de verdad, que será difícil develar.

miércoles, 6 de febrero de 2019

Tradicional y sin fronteras


Big Creek Slim llegó en el Delorean de Volver al Futuro y trajo consigo el sonido del blues pre eléctrico. El guitarrista, armonquista y cantante danés logró capturar la esencia de la vieja escuela amparado por el profundo goce rítmico del contrabajo -y la producción- del brasileño Rodrigo Mantovani. First born es un disco que reboza energía y buen gusto, y reivindica una época dorada del blues.

El dúo logro amalgamarse a la perfección. Cualquiera podría pensar que se trata de un viejo disco interpretado por bluesmen del Mississippi, pero es nuevo, muy nuevo. Lo más impresionante de todo es la voz de Big Creek. Su registro y su forma de pronunciar las palabras le dan un toque mayor de autenticidad a lo que tocan. La instrumentación, orgánica y fluida, cierra el círculo.

No vamos a descubrir ahora a Rodrigo Mantovani. En Argentina lo conocemos bien y sabemos de todo su talento. Además, su prestigio superó hace tiempo los límites de América del Sur. Big Creek Slim, tal vez, sea menos conocido por nosotros. Marc Rune es su verdadero nombre y es oriundo de Ikast, un pequeño pueblo ubicado en el corazón de Dinamarca. Hace una década emigró a los Estados Unidos, para entrar en contacto con la esencia del blues, y tiempo después se radicó en Florianópolis, al sur de Brasil. Allí comenzó a tender lazos con los músicos de ese país. Es por eso que otros grandes talentos como Igor Prado, su hermano Yuri y el pianista Luciano Leães colaboran en algunos de los temas de este flamante álbum.

El repertorio está compuesto por algunos temas originales y clásicos del Delta o del blues pre-urbano que llevan la rúbrica de Charlie Patton, Roosevelt Sykes, Sonny Boy Williamson, Big Joe Williams, Sleepy John Estes y Muddy Waters, entre otros. Pero lo más sorprendente de todo es que las canciones propias no desentonan en absoluto, sino que logró insertarlas como si fueran parte del cancionero tradicional del blues.

El disco, editado por Big Chico Records, es un logro excepcional para dos músicos que nacieron muy lejos de los algodonales del Mississippi y es una demostración cabal de que el blues es una música que logró superar fronteras. Aquí no hay “confusión” ni “turistas” ni todas esas pavadas que inventan aquellos que tienen más obstinación que talento. Aquí nos encontramos frente a dos grandes músicos que lograron recrear un sonido primario del blues con la mayor fidelidad posible, pero sin caer en una mera copia carente de sentimiento. Es, a todas luces, uno de los mejores discos del año, no del 39, aunque podría serlo, sino de este 2019 que recién comienza.


martes, 29 de enero de 2019

El predicador


Watermelon Slim es el pastor de la Iglesia del blues. Su mensaje está acompañado por el filoso sonido del slide deslizándose por las cuerdas de su guitarra y un abrasador ritmo de doce compases. Su prédica se centra en los Santos Evangelios de Muddy Waters, Howlin’ Wolf y Mississippi Fred McDowell. Clarksdale, es la tierra prometida.

En su nuevo disco, el número 13 de su carrera, Slim se da el gusto de rodearse de grandes músicos que jerarquizan aún más las canciones. Él canta con una voz muy personal, de esas que se distinguen en el acto. Además, toca la guitarra y en algunos temas sopla la armónica con mucha energía y convicción. La banda la completan John Allouise en bajo y Brian Wells en batería.

El álbum comienza con St Peter’s Ledger, donde Slim ruega que no lo manden todavía al purgatorio, mientras que Bob Margolin, histórico guitarrista de Muddy Waters, despliega su sonido característico. Sigue con Tax man blues, donde se queja de lo difícil que es vivir de la música (¡Sí, parece que en Estados Unidos también!). En Gipsy woman, Margolin vuelve a escena con un slide asesino y Slim agita la armónica como si se le fuera la vida en ello. En Post-Modern blues, con la guitarra Nick Schnebelen, de Trampled Under Foot, y una poderosa sección de caños, Slim se queja de lo difícil que es para él vivir en el siglo XXI.

Uno de los puntos más altos del disco es Get out of my life woman, de Allen Toussaint, una explosión de southern soul, donde Slim comparte voces, nada más y nada menos, que con John Nemeth y Sherman Holmes, de los Holmes Brothers, mientras Margolin hace su arremetida final con el slide. MNI Wiconi – The water song, tiene un mensaje ecológico: se queja del desperdicio de agua en el mundo, mientras los vientos generan un remolino funky y Joe Louis Walker intercede con un solo visceral. En Me and my woman, recurre a los servicios del guitarrista Albert Castiglia, mientras él ventila sus blues con la armónica.

Con su guitarra resonadora encara el clásico de Howlin’ Wolf Smokestack lightining y luego saca a relucir su pasado como camionero con That Ole 1-4-5. Se despoja casi completamente de instrumentos para Holler #4, un tema autobiográfico que interpreta a capela mientras se acompaña haciendo percusión con el pie e intercala un profundo solo de armónica. El blues, la ruta y el Mississippi se conjugan en 61 Highway blues de Fred McDowell y luego versiona a J.B. Hutto con Too much alcohol, en la que mantiene un duelo de slide con Castiglia. El disco cierra con una reflexión política de los últimos años en los Estados Unidos, Charlottesville (Blues for my nation), en la que Nemeth vuelve para engalanar la parte vocal; y Halloween mama, en tono sarcástico sobre una novia muy fea que no necesita disfraz, mientras el órgano de Chris Wiser marca el ritmo como en la Marcha del Elefantito, de Henry Mancini.

Mujeres, alcohol, rutas, política, medio ambiente y modernidad son algunos de los temas que el pastor Watermelon Slim predica al ritmo del blues. Entren a su Iglesia. Saldrán encantados. Amén.