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jueves, 22 de enero de 2026

Por qué la banda de sonido de Sinners puede provocar una nueva ola de interés por el blues

La película Sinners, dirigida por Ryan Coogler, no solo hizo historia al convertirse en el film con más nominaciones al Oscar en la trayectoria de la Academia de Hollywood, sino que además colocó al blues en el centro de la conversación cultural contemporánea. En un contexto dominado por el pop, el hip-hop y las plataformas digitales, la banda de sonido emerge como un fenómeno capaz de revitalizar uno de los géneros fundacionales de la música popular estadounidense.

Ambientada en el Delta del Mississippi de los años treinta, Sinners es un thriller sobrenatural que encuentra en la música su verdadero eje narrativo. Desde su concepción, Coogler entendió que el blues no debía ser un simple acompañamiento atmosférico, sino un personaje central. Para ello volvió a convocar a su colaborador habitual, el compositor y productor sueco Ludwig Göransson, quien junto a Serena Göransson —en su debut como supervisora musical— construyó una obra sonora que dialoga entre pasado, presente y futuro.

El resultado es una banda de sonido ambiciosa y profundamente orgánica, con 29 momentos musicales integrados a la acción sin convertir a la película en un musical tradicional. “Queríamos que la música se sintiera viva, cotidiana, como parte natural de la comunidad”, explicó Serena Göransson en entrevistas previas. Para lograrlo, el equipo se trasladó durante meses a Nueva Orleans, donde músicos y actores trabajaron codo a codo, muchas veces grabando interpretaciones en vivo durante el rodaje.

El punto culminante del film —y de su impacto cultural— es I Lied to You, canción original interpretada por Miles Caton, quien encarna a Sammie, un joven prodigio del blues. La pieza, nominada al Oscar a Mejor Canción Original, condensa en pocos minutos la evolución de la música negra estadounidense: del blues rural al rock, del funk al hip-hop, atravesando décadas de historia en una secuencia memorable.

I Lied to You no solo destaca por su potencia dramática y musical, sino por su valor simbólico. En la voz grave de Caton y en el uso del resonator Dobro Cyclops de 1932 —el mismo instrumento que su personaje lleva en pantalla— la canción conecta la raíz del Delta con las expresiones urbanas contemporáneas. Esa fusión es, para muchos analistas, la clave de su impacto entre públicos jóvenes poco familiarizados con el blues tradicional.

La banda sonora de Sinners reúne además a un elenco intergeneracional poco frecuente: leyendas como Buddy Guy -quien además tiene una aparición en la película- y Bobby Rush conviven con figuras actuales como Brittany Howard, Raphael Saadiq, Rod Wave y James Blake. También participan músicos provenientes de otros universos, como Jerry Cantrell (Alice in Chains) y Lars Ulrich (Metallica), reforzando la idea de que el blues atraviesa géneros y épocas.


Lejos de una mirada nostálgica, la propuesta musical del film presenta al blues como una fuerza viva, capaz de dialogar con el presente sin perder identidad. En ese sentido, la nominación de I Lied to You funciona como un reconocimiento institucional inédito para el género en décadas recientes, y abre la puerta a una posible revalorización dentro de la industria.

Para Ludwig Göransson, el objetivo es claro: “Quiero que los chicos salgan del cine con ganas de agarrar una guitarra”. Para Serena Göransson, el mensaje es aún más amplio: “El blues es la mayor contribución cultural de Estados Unidos al mundo. Está en todas partes, aunque muchas veces no lo reconozcamos”.

En tiempos donde la música parece fragmentarse en nichos cada vez más específicos, Sinners propone un regreso a la raíz como camino hacia el futuro. Y con los Oscar como amplificador global, el blues —ese lenguaje nacido del dolor, la resistencia y la comunidad— vuelve a hacerse escuchar con fuerza renovada.

domingo, 13 de abril de 2025

De La Paternal al Madison Square Garden: el viaje blusero de Pappo en clave documental


En una de las primeras escenas del filme, la cámara se mete en la casa del tecladista Deacon Jones, un nombre fuerte dentro de la historia del blues, por haber compartido años junto a dos leyendas como Freddie King y John Lee Hooker. El músico se emociona cuando le preguntan por su vínculo con Pappo. Sergio “Chapete” Bonacci, el director del filme, le pide disculpas, pero él responde igual: “Es duro, pero hay que hacerlo”. Así comienza Algo ha cambiado: un viaje quijotesco al blues local, la película documental que se estrenó en el BAFICI e indaga sobre las raíces del blues en la Argentina desde una perspectiva poco convencional. 

La línea argumental es un tanto caótica, pero es justamente en ese caos donde Chapete logra capturar la esencia misma de Pappo y presentar una historia con múltiples aristas, que sobre el final terminan convergiendo. El arco narrativo va saltando entre las raíces del blues, su expansión e influencia en el rock y su desembarco en la Argentina. Buena parte del hilo conductor de la película es la amistad de Pappo con Deacon Jones, que surgió casi de casualidad una noche de blues crudo en un bar del South Central de Los Ángeles, pero también es esencial en el relato la reconstrucción del vínculo del Carpo con BB King.

Testimonios valiosísimos de personas que ya no están como el propio Deacon Jones o Peter Deantoni, el manager de Pappo en esos años Made in USA, cuentan la llegada de Norberto Napolitano al Madison Square Garden, de la mano de BB, o su grabación junto a John Lee Hooker en su casa de California, dos de los más grandes hitos del guitarrista de La Paternal y también del blues local.

Grandes músicos como Gilby Clarke, Carmine Appice, Larry McCray, Tony Coleman, Zakiya Hooker y Good Time Charlie Bretchel trazan un perfil del Pappo for export, que en su mayoría conocieron en Estados Unidos y, en algunos de los casos, en sus visitas a la Argentina. Sus virtudes, su personalidad, su pasión por la música y las motos, sus fallidos, especialmente el momento en que frustró la grabación de un disco con Appice y Tim Bogert que lo podría haber convertido en una estrella internacional, van apareciendo en el documental con una estética en blanco y negro, que no agobia y acompaña muy bien la historia. 


Algo ha cambiado... va y viene. Botafogo, Alejandro Medina y el Napo, entre otros, recuerdan al Pappo en su versión local, al del Pappo’s Blues de los setenta, al de Riff enfundado en cueros negros, al de Aeroblus o el que impulsó el boom del blues en los noventa El filme hace pasadas muy emotivas por el Samovar de Rasputín, el icónico bar blusero de La Boca y por la Plaza de Pappo, cuando se cumplieron diez años de su muerte. También escarba en la historia de la población negra de nuestro país de la mano de otro grande que ya dejó este plano, Jorge Pistocchi. 

Algo ha cambiado… no solo es un retrato del Pappo músico, sino también del hombre detrás de la guitarra: apasionado, contradictorio, entrañable. En ese ida y vuelta entre anécdotas, rutas, bares y escenarios, el documental se convierte en una celebración del blues como lenguaje universal y en un emotivo homenaje a uno de sus grandes embajadores. Porque, como bien deja entrever Chapete Bonacci, el blues en la Argentina no sería lo que es sin ese rugido inconfundible del Carpo que, aún hoy, sigue resonando.

miércoles, 1 de enero de 2025

El regreso del Rey, el día que Elvis Presley decidió quién quería ser

A finales de 1968, Elvis Presley llevaba siete años sin actuar en vivo. El ícono del rock & roll se había convertido en un producto prefabricado de Hollywood, sin rebeldía y sin emoción. Sus películas, que a comienzos de esa década habían sido exitosas, ahora se habían vuelto previsibles y aburridas, por no decir malas. Todo el mundo lo sabía. Él mismo lo sabía. Pero estaba atrapado en la telaraña comercial que había tejido su representante, el coronel Tom Parker. Entonces apareció una oportunidad: ambos acordaron grabar un especial de televisión navideño para la NBC, que sería dirigido y coproducido por Steve Binder, y eso fue el catalizador de un regreso.

Ese es el eje del documental El regreso del Rey - Declive y resurgimiento de Elvis Presley, que acaba de estrenar Netflix y cuenta con testimonios de Priscilla Presley, Bruce Springsteen, Conan O'Brien, Robbie Robertson y Billy Corgan, entre muchos otros.

El documental abarca los orígenes humildes de Elvis en Tupelo, Mississippi, su temprana pasión por la música negra -el blues y el góspel- y su irrupción en Memphis en 1954, el éxito absoluto en 1956 y el llamado a cumplir con el servicio militar en 1958, en el mejor momento de su carrera. A su regreso, Frank Sinatra le dio la bienvenida en su programa de tevé y lo devolvió al centro de la escena, pero ya no como el rebede que se había ido sino como parte de la maquinaria del show business. En 1961, brindó un concierto benéfico en Hawai que parecía marcar su vuelta a los escenarios, pero resultó ser el único. Entonces vinieron las películas y Elvis se alejó de lo que más amaba, tocar en vivo.

Pasaron siete largos años en los que el mundo cambió y la música también. Aparecieron los Beatles, los Rolling Stones y Bob Dylan, poco después Jimi Hendrix, Janis Joplin y The Doors. Elvis parecía cosa del pasado. Hasta ese 3 de diciembre de 1968.

El especial navideño de la NBC 

Steve Binder tenía bastante claro lo que quería de Elvis para ese retorno televisivo: quería producir un espectáculo excelente, con escenas dramáticas y temáticas vinculadas a las actuaciones de Elvis, algo que el Rey no le interesaba tanto. Pero pasó algo inesperado que provocó un volantazo de último momento. Binder presenció una zapada en el camarín de Elvis, con sus músicos, tocando los viejos temas que lo llevaron a la fama y algunos blues como Baby What You Want Me To Do

Entonces, Binder le propuso a Elvis realizar una sesión improvisada en vivo. Al coronel Parker no le gustó, pero Elvis, después de pensarlo bien, aceptó. A días de la grabación, invitó a dos de sus primeros compañeros de banda, Scotty Moore y D.J. Fontana, para unirse a él.

Aunque al principio se mostró muy nervioso e incluso hay testigos que dicen que no quiso salir a grabar, Elvis entregó una actuación memorable. Sus interpretaciones vocales fueron descomunales, y se mostró autocrítico y sarcástico sobre sus primeros días y su moribunda carrera cinematográfica. Con el correr de los minutos se fue desinhibiendo, todavía le quedaba vida y espíritu artístico.

Fue un momento triunfal en su carrera. En palabras de Bruce Springsteen: “Esa noche, Elvis llegó hasta donde el destino lo llevaba”. Para Billy Corgan “el especial de 1968 es la obra de un genio. Pero así fue Elvis siempre. Nadie tuvo la visión de aprovechar a Elvis como era. De haber sido más inteligentes o perspicaces, habrían hecho 50 más y hoy también hablaríamos de ellos. Así era Elvis siempre. No es que tuviera un buen día. Era su comportamiento de siempre”.  

El especial de la NBC duró hora y media, alcanzó picos de audiencia de hasta el 42% y prefiguró el resto de su carrera. Dramático, intenso, motivado y terrenal, con frecuencia conmovedor pero no sin una ocasional nota empalagosa, fue la apoteosis del rock, con la mezcla justa de soul, gospel, pop, blues y country. Esa noche del 3 de diciembre de 1968, finalmente Elvis decidió quién quería ser.

lunes, 11 de enero de 2021

Rocanrol sin filtros



Rocanrol Cowboys, el documental de Netflix sobre los Ratones Paranoicos tiene todo lo que le falta a Rompan Todo o, por decirlo de otra manera, carece de todos los vicios que le sobran al otro. Es un film crudo, sin filtros, con testimonios en off, en el que las voces de los protagonistas están bien equilibradas, y marca con absoluta fidelidad el surgimiento, ascenso, caída y resurrección de la banda más stone del mundo.
 
El largometraje, dirigido y guionado por Alejandro Ruax y Ramiro Martínez, dura 76 minutos y para los muy fanáticos de la banda puede resultar algo corto. Es cierto que quedan algunos temas o momentos poco desarrollados, pero en el contexto general del film se entienden ciertas omisiones en beneficio del relato.

A diferencia de Rompan todo, en el que el ego de Gustavo Santaolalla atraviesa de manera lineal los seis capítulos, y generó una catarata de memes en las redes, en Rocanrol Cowboys hay un reflejo fiel de la historia de la banda, con sus éxitos y sus vicios expuestos casi como en un espejo. La lucha de egos está presente, pero en tono autocrítico y no como monumento al yoísmo. 

El film se nutre completamente de material de archivo, con imágenes reveladoras como la de una presentación televisiva de Juanse y Gabriel Carámbula, antes del surgimiento de los Ratones; una entrevista incómoda a cargo de Silvina Chediek y otra muy bizarra junto a Moria Casán; así como escenas en hoteles, backstage o estudios de grabación que desnudan la intimidad del grupo tanto en sus momentos de mayor éxito como cuando las cosas ya no estaban bien entre ellos. 

Además de Juanse, Sarcófago, Pablo Memi y Roy Quiroga tienen la palabra el Zorrito Von Quintiero (que tocó el bajo con ellos durante diez años), el ingeniero Gustavo Gauvry, responsable del sonido de sus primeros discos; y el mánager Fernando Szereszevsky. Pero además participan Mick Taylor, que grabó en el disco Hecho en Memphis y se presentó en vivo con ellos en un mítico show al aire libre en Obras, y el histórico productor de los Stones, Andrew Loog Oldham. Los aportes de este último son tan vitales para el documental que de una de sus frases surge el nombre del film y otra lo sintetiza: “Que dos guitarras suenan como una es uno de los milagros del rock and roll”. 

Rocanrol Cowboys es abrasivo, sintético y contundente. Es un viaje al corazón de una banda con impronta punk que dejó una huella indeleble en la historia del rock nacional y que contribuyó de manera simbólica para que los Rolling Stones vinieran a la Argentina luego de enamorar al mismísimo Keith Richards.



lunes, 21 de diciembre de 2020

Una historia adaptada



Primera aclaración: Ma Rainey’s Black Bottom, la película que acaba de estrenar Netflix, no es una biopic sobre la Madre del Blues, sino que se trata de la adaptación de la obra de teatro escrita por August Wilson en 1984. 

La historia transcurre en un estudio de grabación de Chicago, un caluroso día de 1927, donde Ma Rainey tiene que dejar registro de un puñado de canciones, aunque eso es meramente anecdótico. Toda la sesión de grabación está marcada por la tensión. El dueño del estudio que quiere grabar y que todo termine rápido, el representante de Ma Rainey trata de contentarla como sea porque sabe que si ella no graba perderá mucho dinero. Los músicos de la banda se enfrascan en acaloradas discusiones mientras tratan ensayar en un sótano con poca circulación de aire. Y Ma Rainey, con su carácter duro y una mirada siempre desconfiada, defiende con uñas y dientes el control de su música y no se deja avasallar en ningún momento.

Segunda aclaración: el racismo es el eje central del film. Las miradas que juzgan a Ma Rainey por ser negra y lesbiana; la historia trágica de Levee, el ambicioso trompetista de la banda que vio como hombres blancos violaban a su madre y mataban a su padre cuando era pequeño; el relato de Cutler, el trombonista, sobre un reverendo que tuvo la desgracia de quedarse varado en el pueblo equivocado; o cuando dos de los músicos entran a una despensa a comprar unas coca colas y los fulminan con miradas intimidantes son algunas de las escenas que grafican esa problemática. También hay una mirada crítica sobre la industria de la música, que es difícil de disociarla de la segregación racial, y su apropiación cultural. 

“La razón por la que (la película) resuena hoy es porque el racismo no ha sido destruido. Simplemente ha evolucionado. No se puede pasar por 400 años de racismo sistémico y políticas y prácticas sin que esto resuene hoy en la educación, en cómo se les paga a las mujeres y a los negros, y en cuán dignos se nos ve”, dijo la actriz Viola Davis en una entrevista que concedió a la agencia Reuters. 

Las actuaciones son muy convincentes, especialmente la de Davis, que encarna con mucha personalidad a Ma Rainey y la Chadwick Boseman, que murió de cáncer en agosto pasado y no alcanzó a ver el estreno de la película, en el rol del irreverente Levee. La ambientación está un poco sobreproducida, algo habitual en este tipo de películas de Netflix y por momentos resulta un tanto artificial. A favor del film es que dura una hora y media. De haber sido un poco más largo probablemente hubiese sido insoportable. 

Tercera aclaración: la película dirigida por George C. Wolfe y producida por Denzel Washington no aporta mucho a los fanáticos del blues (o el jazz) en cuanto a la vida y la música de Ma Rainey, aunque ella deja una frase muy cierta: "Sería un mundo vacío sin el blues". El personaje de la cantante se construye con gestos y actitudes propias de una mujer que asume que “yo no les importo un carajo, solo quieren oír mi voz”. Y en esa convicción radica su fortaleza. Sabe que sus canciones valen y lo aprovecha, sin dejarse presionar e imponiendo sus propias condiciones. 

En definitiva, Ma Rainey’s Black Bottom es una historia adaptada para el público masivo de Netflix,  que mantiene su mensaje claro y contundente: exponer el sufrimiento y el padecimiento de la población afroamericana por la segregación racial en una década determinada de los Estados Unidos, que se hace extensivo hasta el día de hoy. Es esa extraña fruta que colgaba de los árboles sureños que, de alguna manera, nunca terminó de caer.  



domingo, 15 de noviembre de 2020

Todo vuelve



En el cine y la tevé, todo vuelve. Todo se recicla. Y High Fidelity, la novela de Nick Hornby, no es la excepción. Primero fue película y ahora es serie. El eje es el mismo, la historia no cambia mucho, sino más bien que se adapta a los tiempos que corren. Los que sí cambiaron son los personajes. 

Rob, el personaje que encarnó John Cusack en la película, ahora es mujer. Y, a diferencia del protagonista del film, que estaba en Chicago y era blanco, ahora ella vive en Nueva York y es negra. A la nueva Rob la interpreta Zoe Kravitz, la hija de Lenny, que le dio vida al personaje con algunos rasgos distintivos que tenía el de Cusack, pero con su propia impronta, con sus mambos, otras preferencias musicales, más apertura sexual y una forma diferente de encarar (o no) los problemas. Las dos ambientaciones esenciales de la historia, el departamento y la disquería Championship Vynil son las mismas. 

La nueva Rob fluye emocionalmente, aunque tiene un andar errático. Muchos replanteos y una actitud perdedora que, al fin de cuentas, resulta uno de sus principales atractivos. Que la madre de Zoe Kravitz, la actriz Lisa Bonet, haya actuado en la película es apenas una anécdota, porque ella le dio una nueva identidad al personaje y nadie podrá cuestionar la elección del casting. 

También están muy bien los amigos de Rob. Los roles de la película de Barry (Jack Black) y Dick (Todd Lousio) aquí cambian por la intensa Cherise (Da'Vine Joy Randolph), que siempre llega tarde y quiere ser una estrella de la música, y Simon (David H. Holmes), ex novio de Rob, que al final resultó ser gay y se volvió su confidente. Y la mujer que le rompía el corazón al Rob de Cusack, la número uno del ranking de rupturas, Laura (Iben Hjejle), ahora se llama Mac (Kingsley Ben-Adir), es moreno, de sonrisa amplia y promete desvelar a nuestra nueva Rob en cada uno de los episodios. 

El libro fue tan genial y la película tan buena que la serie tenía la vara muy alta. Por tratarse de diez capítulos cortos y dinámicos, trascurre muy bien. Mucho humor, algo de drama y buena música son los componentes centrales de la historia. Y si a esto le sumamos actuaciones convincentes, la satisfacción está garantizada. Es cierto que para aquellos que vieron el film las comparaciones, aunque odiosas, serán inevitables, pero ahí es donde la serie saca pecho y no falla porque justamente en las diferencias, que son varias, es donde más sobresale.





sábado, 24 de octubre de 2020

Vivir para contarlo


David Crosby no sabe cómo todavía sigue vivo, aunque asume que pronto morirá. En una puntillosa retrospectiva y con una profunda autocrítica, el músico, una de las voces más cautivantes de la historia del rock, revela toda su historia y reconoce que fue un “completo imbécil” con sus amantes y compañeros de banda, tanto con los Byrds como con Stills, Nash & Young. “David Crosby: Remember My Name”, dirigido por A.J. Eaton y producido por Cameron Crowe, es un documental que vale la pena ver. 

En una entrevista para la agencia EFE, con motivo del estreno del film, Crosby dijo: “He tenido una vida larga y gran parte de la misma he sido un desastre, pero tenía que ser honesto conmigo mismo porque soy el resultado de eso. Creo que he sido muy directo en el documental, uno puede conocerme porque no me censuré nada”. Y es así, no se guardó nada. 


El documental comienza con un magnífico recuerdo de cuando vio en vivo a John Coltrane y luego se aboca a la descripción del ámbito familiar en el que creció y cómo fueron sus primeros pasos en la música. El éxito con los Byrds y su expulsión del grupo; la muerte de su novia Christine, que lo marcó para siempre; su relación amorosa con Joni Mitchell; el suceso de CSNY; el abuso de drogas; la cárcel. 

“Remember my Name” equivale a un recuento de cicatrices, de esas heridas que, en su mayoría, se fue infringiendo a sí mismo a lo largo de su vida. “Crucé límites que aún no se han imaginado”, reconoce el músico del bigote prominente mientras, abrumado por la nostalgia, recorre en una camioneta los senderos de Laurel Canyon. 

“Los principales sujetos con los que hice música ni siquiera me hablan. Ninguno. A todos les caigo mal”, es una de sus dolorosas confesiones. Esa resignación es un poco el motor de esta etapa de su vida y, a su vez, es un pedido de disculpas público. El documental se filmó cuando todavía no había cumplido 79 años, pero ya cargaba con un trasplante de hígado, varios stents y diabetes crónica. “Cada vez que me voy de gira –con su banda solista- pienso que no voy a volver a casa”, dice mientras su esposa Jan lo mira con profunda tristeza. “Ella me ama de maneras en que no supe amarme a mí mismo”, admite Crosby. 

El camino al éxito de Crosby estuvo plagado de obstáculos que, en su mayoría, él mismo se fue poniendo en el camino y así lo reconoce. No hay nada impostado en lo que dice. Su resiliencia le permite seguir adelante, aunque percibe que la muerte, que siempre estuvo a la vuelta de la esquina, ahora le respira en la nuca. Y sabe, y lo dice, que no son tanto los afectos lo que lo mantienen vivo, sino la música: “No podría vivir sin tocar”.



jueves, 16 de julio de 2020

La vida de un bluesman


Johnny Winter tiene los ojos entrecerrados y su larga cabellera rubia está recogida dentro de su sombrero texano. Sonríe y recuerda que cuando la conoció a Janis Joplin bebieron juntos Southern Comfort y como él estaba tan pasado de ácido terminó vomitando encima de ella. “Janis estaba tan borracha que no creo que lo recordara”, bromea. Su gesto cambia. Frunce el ceño y piensa en todos los que murieron en esa época. “Jimi Hendrix, Janis, Jim Morrison. Eso me dio miedo. Todas las jotas. Pensaba que yo sería el próximo”, dice. Y ante la pregunta de cómo logró superarlo responde: “Sólo fue suerte. Fui muy afortunado”.

Down & Dirty es un viaje a la intimidad de Johnny Winter. El documental, que fue producido por Paul Nelson, nos muestra la cara desconocida del albino. Sus miedos, sus añoranzas, sus tocs, sus sueños, sus vicios y su relación con su núcleo más íntimo. Pero también nos recuerda su trayectoria musical, sus grandes conciertos, sus discos, sus canciones y el respeto que sentía por sus fans. A seis años de su muerte, el film es una gran oportunidad para repasar vida y obra de uno de los guitarristas más fantásticos de los últimos 50 años.

El documental comenzó a filmarse durante la grabación de Step Back, el último disco de Winter y por eso cuenta con testimonios de algunos de sus invitados como Billy Gibbons, Susan Tedeschi, Derek Trucks, Warren Haynes y Joe Perry. Pero también hay otros entrevistados como la esposa de Winter, su hermano Edgar y hasta la mujer que vive en la casa de Beaumont, Texas, en la que creció, y a la que le dio tristeza volver a ver. Además, rescata entrevistas de archivo en las que dos de los más grandes bluesmen de la historia, Muddy Waters y B.B. King, se deshacen en elogios hacia él.

Una de las escenas más memorables es cuando Paul Nelson (también guitarrista de su banda, productor y hasta asistente) relata cómo lo ayudó a dejar la metadona, droga que consumió durante décadas para desengancharse de la heroína. La historia es tan alucinante y sorprendente que es mejor no contar más.

Winter va y viene con sus recuerdos. El bullying que sufrió de niño por ser albino; su aparición en Woodstock y el contrato millonario con Columbia que le cambiaron la vida; sus años como rockstar junto a Rick Derringer; su regreso al blues produciendo a Muddy Waters; y la fragilidad de su salud durante los noventa son algunos de los temas que aborda en la hora y media que dura el film. Pero también hay escenas extrañas como cuando canta en un karaoke en Hong Kong durante una gira o cuando se emborracha hasta le médula en un bar de Nueva Orleans.

Buena parte de la película transcurre arriba de la casa rodante con la que salía de gira por los Estados Unidos por lo que sus músicos y asistentes son coprotagonistas. Y en muchas escenas se percibe la ansiedad de Winter con respecto a la puntualidad y también su obsesión hasta para tomar agua de una botella de plástico.

Down & Dirty nos pone cara a cara con el legendario guitarrista. Podemos ver las impurezas de su piel, sus dientes amarillentos y sus movimientos lentos mientras suenan de fondo sus canciones, que resumen buena parte de la historia del blues moderno. Porque más allá de su éxito como rockero en los setenta, Winter siempre fue un verdadero hombre de blues.


domingo, 19 de abril de 2020

Tres hombres


ZZ Top es la banda más estable de la historia del rock. No hay ningún otro grupo que se haya mantenido 50 años con la misma formación. El documental de Sam Dunn, That Little Ol’ Band From Texas, bucea en la historia del trío para tratar de desentrañar semejante misterio.

El film, que dura una hora y media, logró recopilar cientos de imágenes inéditas de las distintas etapas de la banda y tiene como hilo conductor los relatos de sus tres protagonistas: Billy Gibbons, Dusty Hill y Frank Beard.

La prehistoria del grupo se remonta a fines de los sesenta en Dallas cuando Dusty Hill y su hermano Rocky sumaron a Beard para integrar el grupo The Warlocks, en pleno auge del rock psicodélico. Para diferenciarse del sonido del momento, que era más o menos lo mismo que hacían todas las bandas de la zona se cambiaron el nombre por el de American Blues, pero pronto se separaron. Beard se mudó con su novia embarazada a Houston y esa decisión sellaría el destino del grupo. Allí conoció a Billy Gibbons, que tocaba en una banda bastante popular en la zona que se llamaba The Moving Sidewalks y que había teloneado a Jimi Hendrix, The Doors y The Animals, pero que se disolvió porque dos de sus miembros fueron reclutados para ir a Vietnam. Beard y Gibbons empatizaron y decidieron formar un power trío. El baterista le presentó a su viejo compañero de Dallas y así nació ZZ Top.

Si bien comenzó como una banda de rock con una fuerte impronta blusera, con el tiempo fue encontrando su propio sonido. Testimonios de sonidistas, productores, road managers y otros músicos que los admiran le agregan al film una visión externa. Desde afuera y desde adentro, todos coinciden en que uno de los secretos del éxito de ZZ Top fue su representante, Bill Ham, que se inspiró en el trabajo del coronel Tom Parker, legendario mánager de Elvis Presley, y supo crear una mística alrededor de ellos que les permitió salir de Texas, o mejor dicho, llevar la música de Texas hacia el resto de los Estados Unidos. Porque ese fue parte del plan: no mostrar algo que no eran, sino presentarlos como una auténtica banda texana.

Y luego vino la reconversión. Aparecieron las barbas largas, MTV y el suceso del álbum Eliminator. Y pasaron los años, las giras, más discos, el ingreso al Rock & Roll Hall of Fame y todavía están juntos haciendo lo que mejor saben hacer. “Hay una respuesta fácil -dice Billy Gibbons- en qué fue lo que mantuvo unida a la banda por cinco décadas: todavía disfrutamos lo que hacemos y nunca miramos hacia atrás”.




(Crónica del show que dieron en el Luna Park en 2010)

jueves, 19 de marzo de 2020

La revolución de Miles


La voz carrasposa de Carl Lumbly, en el rol de Miles Davis, surge como un espectro sonoro y se convierte en el eje del relato, que se combina con un coro de personajes que acompañaron al trompetista a lo largo de su vida: ex esposas, amantes, amigos, músicos, productores y periodistas. De eso se trata Birth of the Cool, el documental que acaba de estrenar Netflix sobre la vida y obra del músico que cambió la historia del jazz para siempre.

Miles Davis fue un personaje controvertido. Machista, violento, un tanto racista, inestable, pero extremadamente talentoso y muy seductor. Dedicó su vida a la música y a la innovación. A diferencia de muchos afroamericanos de su generación, nacidos antes de la primera guerra mundial, Miles no pasó penurias económicas debido a que su padre tenía un buen pasar y él pudo ir a buenos colegios y a la prestigiosa academia Julliard, en Nueva York. Pero siempre debió convivir con sus demonios, que lo llevaron a excesos con las drogas y el alcohol, y largos períodos de aislamiento.

La carrera de Miles Davis despegó con Dizzy Gillespie y Charlie Parker, los héroes del be bop, en un contexto que podría definirse como un laboratorio experimental de música que redefiniría el sonido del jazz moderno. A partir de ese momento, y en cada etapa de su vida, su música fue evolucionando. Miles nunca miró para atrás y, como explica uno de sus hijos en el documental, ni siquiera guardaba o escuchaba sus viejos discos.

El documental, dirigido por Stanley Nelson, cuenta con imágenes inéditas, música original y testimonios esenciales como los de dos de los hijos de Miles, una de sus ex esposas, dos amantes, músicos como Ron Carter, Wayne Shorter, Herbie Hancock, Marcus Miller, Mike Stern y el productor Clive Davis, entre muchos otros. Birth of the Cool atraviesa todas sus etapas: la que da precisamente el nombre al film, justamente su primer trabajo con Gil Evans; su período en París; sus discos para Prestige; la obra suprema de Kind of Blue junto a John Coltrane y Bill Evans; el quinteto de los sesenta; la exploración del jazz rock con Bitches Brew; los años oscuros de fines de los setenta; su reaparición en los ochenta; y su deterioro físico que lo llevó a la muerte el 28 de septiembre de 1991.

Miles Davis fue un músico inigualable, un innovador, un aventurero. Contribuyó a la revolución del jazz y fue el artífice de su propia rebelión. El sonido dulce y cálido de su trompeta contrastó con su personalidad conflictiva y enmarañada. El film de Nelson engloba todo eso en poco menos de dos horas y brinda un nuevo enfoque a la obra de uno de los artistas más influyentes del siglo XX.



martes, 30 de abril de 2019

Saliendo de la encrucijada


El documental sobre Robert Johnson que estrenó Netflix, Devil at the Crossroad, producido por los hermanos Jeff y Michael Zimbalist, parte de la premisa ultra conocida del pacto con el diablo en una encrucijada de caminos del Mississippi. Pero en poco menos de una hora, y con más de una veintena de testimonios (desde Terry “Harmonica” Bean y el nieto de Robert Johnson hasta Adam Gussow y Keith Richards) el film logra establecer una hipótesis muy interesante sobre lo que sucedió con el guitarrista y su extraordinaria transformación.

La leyenda del pacto con el diablo surgió porque muchos de los contemporáneos de Robert Johnson, entre ellos Son House, relataron durante años que en sus comienzos Robert Johnson era un guitarrista mediocre, pero que tras una ausencia de entre seis meses y un año, regresó al Delta del Mississippi tocando de una manera sorprendente. A eso hay que sumarle que, en muchas de sus 29 canciones, que grabó entre 1936 y 1937, Johnson hace referencia a la encrucijada de caminos, a su relación con satanás y a los sabuesos del infierno. Y, desde ya, la industria discográfica se encargó de alimentar ese mito para vender más discos.

El documental intenta darle una explicación racional y para ello es fundamental la contextualización de la vida que llevó Robert Johnson durante fines de la década del veinte y comienzos de la del treinta, marcada por la segregación racial, la crisis del 29 y el trabajo duro en el campo. Y, en lo personal, la separación de sus padres, la temprana muerte de su primera mujer y el bebé que estaba en camino, así como los prejuicios que tenían muchos devotos religiosos, en su mayoría negros, sobre el blues como la música del demonio.

Devil at the Crossroad llega a la con conclusión de que en el período en el que Son House y Willie Brown le perdieron el rastro, Robert Johnson volvió a su pueblo natal de Hazelhurst, al sur del Mississippi, y allí se juntó con el misterioso guitarrista Ike Zimmerman, quien sería su mentor. Todas las noches, pudieron reconstruir, Zimmerman lo llevaba al cementerio local y se sentaban junto a una tumba donde le enseñó a tocar blues acompañados por “la influencia de los espíritus”. Pudo perfeccionar esa técnica tan distintiva, que pareciera que tocan dos guitarristas, gracias a sus largos dedos. En cuanto a las letras de las canciones, determinaron, estaban inspiradas en el vudú, una práctica muy habitual entre los negros del sur de los Estados Unidos.

Sobre su muerte no hay mayores revelaciones. No precisa quién fue el hombre que lo envenenó aquella noche de agosto de 1938 en un juke joint de las afueras de Greenwood, pero tampoco descarta la posibilidad de que fuera un marido celoso.

En definitiva, Devil at the Crossroad es un muy buen documental que suple la falta de imágenes de archivo con una muy buena animación, aporta nuevos testimonios y rescata varias entrevistas de la película de John Hammond Jr., The Search for Robert Johnson. Por tratarse se una producción para Netflix tiene como objetivo satisfacer al público en general y por ahí el nicho blusero sienta que le falta algo. De todas maneras, es un gran aporte a la cultura del blues, al compás de las canciones de uno de los músicos más emblemáticos e innovadores de la historia del género.


sábado, 20 de agosto de 2016

El blues del exilio

Santiago Podestá, María Luz Carballo, Luna Carballo y Nacho Garassino.
En julio de 2013 pasé una semana muy intensa y a puro blues en Chicago. Una de esas noches, calurosa y un tanto húmeda, mientras tomaba una cerveza Red Stripe en la barra del Kingston Mines y Linsey Alexander hacia de las suyas en el escenario principal me topé con una historia que estaba en pleno desarrollo. Se trató apenas de un momento casual, una anécdota del viaje, que hoy cobra un nuevo sentido por el lanzamiento del documental Pegar la vuelta.

Linsey Alexander terminó el tema que estaba tocando e invitó a “una amiga”, tal como la presentó, y anunció al público que estaban filmando una película para la Argentina. Obviamente eso llamó mi atención y noté que la joven guitarrista que subía al escenario era una cara conocida. Se trataba de María Luz Carballo, o María Blues, como yo la recordaba. La había visto una sola vez en La Trastienda, dos años antes, cuando viajó a Buenos Aires acompañando a Lurrie Bell.

Abajo del escenario dos hombres filmaban todo. María Luz lucía un sombrero de paja, una blusa negra y jeans. Sacó su guitarra del estuche, creo que era una Epiphone, y se subió para tocar con Linsey. Interpretaron Mona Lisa was a man. Cuando terminaron encaré a los que estaban con la cámara y me presenté. Uno de ellos era Nacho Garassino, el director de la película, y el otro el camarógrafo Santiago Podestá. Me saludaron cordialmente pero como todavía estaban en plena faena fílmica siguieron con lo suyo y yo me fui al otro salón del Kingston Mines, donde está el escenario más pequeño, porque empezaba el show de la texana Sharon Lewis.

Poco después nos volvimos a cruzar y ellos ya habían terminado con su tarea así que nos tomamos una cerveza y me contaron sobre el documental. María Luz, que estaba acompañada por una de sus dos hijas -Luna, la más pequeña- se sumó poco después. Me llamó la atención que ella estaba como en otro registro, despreocupada, más allá del bien y del mal. Garassino me decía que ella era todo un personaje y que su historia era genial. Estaba muy entusiasmado con el documental que estaba realizando aunque sabía que le faltaba mucho para terminarlo. Mientras nosotros hablábamos, la pequeña Luna jugaba en un flipper.

Nos despedimos y le prometí a Nacho que lo llamaría en Buenos Aires porque me interesaba hacerle una entrevista. El tiempo pasó y no pude hacer la nota, pero lo contacté a principios del año pasado cuando estaba escribiendo el capítulo de Blues for export de mi libro Bien al Sur porque quería mencionar la historia de María Luz y el documental. Nacho me respondió con la mejor onda y me envió un link para ver una versión previa que, por lo que me contó hace pocos días, difiere en cuanto a color y luz a la que se estrenó el jueves en el cine Gaumont y que estarà en cartelera un par de semanas.

Días después me contactó Juan Elvis Pereyra, que le hace la prensa, para que tratara de resumir en una frase la impresión que me dejó el documental. Y le mandé esta: “María Luz Carballo llegó a la meca del blues eléctrico escapando de sus fantasmas y con la intención de convertirse en una gran guitarrista de blues. Nacho Garassino retrató magistralmente como sus sueños chocaron de frente con el desarraigo y la nostalgia que la llevó a escribir una historia de superación personal”. Y creo que de eso se trata Pegar la vuelta. Porque más allá de haber sido filmado en Chicago y Buenos Aires, de haber captado a María Luz zapando con Botafogo o con Quintus McCormick, o de las anécdotas que cuenta de cuando fue “la nena” de Pappo, es un retrato del exilio, un verdadero blues en tecnicolor.


sábado, 11 de octubre de 2014

La mística sureña


La historia de Muscle Shoals merecía ser contada. En ese pequeño poblado, ubicado sobre una porción de tierra fangosa, a orillas del río Tennessee, en el corazón del estado de Alabama, se escribieron algunas de las páginas más intensas y creativas de la historia del rock. Todos los protagonistas coinciden en que ese lugar tiene una influencia mística sobre la música. Los nativos americanos llamaban Singing River (Río Cantante) al Tennesse, y tal vez esa sea una explicación de por qué allí los artistas se libraban de sus ataduras a la hora de componer y grabar. Pero también fue la tozudez y el oído quirúrgico de Rick Hall, quien logró que en ese punto remoto de los Estados Unidos, rodeado de plantaciones de algodón, surgieran algunas de las máximas gemas del soul y el rock and roll.

Rick Hall
Hall venía de una familia de apareceros y desde joven sufrió los golpes de la vida. Primero fue la muerte de un hermano, luego el abandono de su madre y más tarde el fallecimiento de su primera esposa en un accidente de autos. El alcohol y la desesperación lo tuvieron al borde de la ruina pero logró salir adelante con la música como salvación. En un viejo depósito de tabaco abandonado, Hall montó su pequeño estudio de grabación en 1960, al que llamó FAME. Al primer artista que convocó fue a Arthur Alexander, quien trabajaba como botones en un hotel. Alexander grabó lo que pronto se convertiría en un éxito, You better move on, que poco después fue versionado del otro lado del Atlántico por unos jóvenes Rolling Stones.

Como los músicos que grabaron con Alexander partieron hacia Nashville, tentados por jugosos contratos, Hall decidió entonces armar otra banda estable y para eso reclutó a los pocos músicos disponibles de los alrededores. Así fue como Barry Beckett (teclados), Roger Hawkins (batería), David Hood (bajo) y Jimmy Johnson (guitarra) dieron origen a The Swampers, la sección rítmica que definió el sonido de Muscle Shoals. Ellos eran todos músicos de rock and roll pero con un groove sobrenatural que los llevaba a tocar con un ritmo funky casi por inercia. Por FAME también pasaron músicos y compositores más jóvenes, como Spooner Oldham, Dan Penn y Donnie Fritts, entre otros. El siguiente éxito de Rick Hall y compañía fue When a man loves a woman, de Percy Sledge. Eso generó un efecto dominó. El gurú de los productores musicales Jerry Wexler quedó fascinado con ese sencillo y poco después fue lanzado por Atlantic Records.

Wilson Pickett y Duane Allman
Muscle Shoals logró sobrevivir a la violencia racial de la época. Pese a estar en el estado más segregacionista del sur de los Estados Unidos, adentro del estudio FAME no había distinción de colores. Es así que Wilson Pickett, quien llegó de la mano de Wexler, grabó algunos de sus mejores discos respaldado por todos músicos blancos y Aretha Franklin se encontró a sí misma con el álbum I never loved a man the way I love you. Incluso, el máximo hit de Aretha, Respect, que se volvió un himno en la lucha de los negros que pugnaban por sus derechos civiles, si bien fue grabado en Nueva York, los músicos que participaron fueron los Swampers.

Para entonces, 1968, FAME y Muscle Shoals ya tenían un aura mística que invitaba a las estrellas a grabar. Siguió Etta James, luego Clarence Carter y hasta fue la incubadora del southern rock. Por allí pasó Duane Allman antes de la formación de los Allman Brothers, quien grabó con Wilson Pickett una notable versión de Hey Jude, de los Beatles, además de participar en otras sesiones.

The Swampers
Pero en 1969 se desató “la guerra”, cuando Wexler, que hacía un tiempo se había peleado con Hall, se llevó a los Swampers y creó un nuevo estudio al otro lado del pueblo, en el 3614 de Jackson Highway. Allí fue donde desembarcaron los Rolling Stones un año más tarde y grabaron tres canciones –Wild horses, Brown sugar y You gotta move- que aparecieron luego en el álbum Sticky fingers.

Desde entonces, esos dos pequeños estudios registraron a buena parte de las estrellas del rock, desde Bob Dylan, Rod Stewart y Boz Scaggs, hasta Paul Simon, Bob Seger y The Black Keys. Allí también fue el lugar donde Lynyrd Skinyrd grabó Free bird.

Toda esa historia es relatada de manera brillante en el documental Muscle Shoals, dirigido por Greg 'Freddy' Camalier, que cuenta con testimonios de Mick Jagger, Keith Richards, Bono, Gregg Allman, Aretha Franklin, Percy Sledge y, por supuesto, Rick Hall, Jerry Wexler y todos los Swampers. Un film imperdible para conocer en profundidad uno de los grandes hitos de la música contemporánea.


jueves, 27 de marzo de 2014

La música vive en la pantalla chica


La última temporada de Treme –apenas cinco capítulos- transcurre en los últimos meses de 2008 y comienzos de 2009, con el trasfondo del triunfo de Obama en las elecciones presidenciales, y en una Nueva Orleans que sigue pujando por su reconstrucción tras el paso arrollador del huracán Katrina.

Las historias de los personajes se van cerrando: Antoine Batiste encontró su refugio en la escuela donde da clases de música, asume sus responsabilidades y finalmente cumple el sueño de tocar en vivo junto a Dr. John. Janette Desautel busca recuperar su nombre, que cedió en un contrato a un empresario gastronómico, para poder empezar con un emprendimiento propio. Annie Talarico lucha contra la presión de la discográfica que pretende moldear su carrera de una forma que ella no está dispuesta. Toni Bernette sigue en su incansable y casi solitaria cruzada en busca de la verdad y la justicia por tantos crímenes y abusos policiales. Delmond Lambreux y LaDonna Batiste-Williams acompañan a Albert Lambreaux en su agónica enfermedad. Y Davis McAlary no afloja en su napoleónica disputa contra los poderes fácticos que pretenden sepultar el legado musical de la ciudad.

Mientras la vida de los protagonistas transcurre entre lágrimas y sonrisas, la música brota sin descanso como en las tres temporadas anteriores. Trombone Shorty y su poderosa banda funk presentan el que será su próximo hit. Ellis Marsalis regala su talento al piano en una sesión en la que lo acompaña Delmond. Johnny Sansone sopla con energía brutal su armónica en el escenario de House of Blues. La trompeta sutil y refinada de Terence Blanchard se escucha en un estudio copado por músicos de jazz. Antoine participa de una jam al amanecer en un pequeño bar junto al saxofonista Donald Harrison y el bluesman Washbord Chaz. Kermit Ruffins y John Boutté brindan sus versiones de A change is gonna come mientras Estados Unidos elige a su primer presidente negro.

A lo largo de las cuatro temporadas, Treme mostró un eje distinto al del resto de las series. La construcción del guión estuvo centrada en la música y el legado cultural de la ciudad, en medio del drama que ocasionó Katrina. Una frase de DJ Davis es la definición perfecta para Treme y Nueva Orleans: “La música vive donde está viva”.

jueves, 6 de junio de 2013

Not fade away

- No entiendo cómo los ingleses descubrieron el blues antes que nosotros. Lo teníamos aquí, bajo nuestras narices.

La pregunta se la hace el protagonista de la película Not fade away, Douglas (John Magaro) mientras escucha junto a la hermana de su futura novia Me and the Devil blues, de Robert Johnson. “Me encanta el blues de Chicago”, le dice ella. “Es Delta blues, el de Chicago es eléctrico”, la corrige él.

Ese diálogo es apenas una síntesis del contenido y la propuesta de la película dirigida por David Chase (creador de Los Sopranos), un film ameno que propone, a partir de una historia simple, revalorizar el sentido de la música y recordar la maravillosa y turbulenta década de los 60. El guión se plantea una tesis: cuál será el mejor invento de la historia de los Estados Unidos, ¿la bomba atómica o el rock and roll?

La historia comienza en 1961 cuando Douglas, un adolescente con acné y sin suerte con las chicas, sueña con tocar la batería mientras mira la vidriera de una Casa de Música en los suburbios de Nueva Jersey. A partir de ahí se suceden situaciones y momentos que atraviesan toda la década: como cuando, a pocas semanas del asesinato de John F. Kennedy, explotó en las radios I want to hold your hand, de los Beatles; o cuando los Rolling Stones se presentaron en vivo en el programa de tevé de Dean Martin, en su debut en EE.UU., y tocaron I just want to make love to you. Todos esos actos, esa rocanroleada infernal y novedosa, escandalizaron a un sector de la sociedad que no estaba preparada para la revolución cultural que estaba en marcha.

Así, la película va retratando, a través de la vida del protagonista y sus amigos -con los que forma una banda de garaje con la que nunca conocerá el éxito-, una década que estuvo marcada por la Guerra Fría, Vietnam, las profundas diferencias generacionales entre padres e hijos, la lucha por los derechos civiles y toda una nueva forma de ver al mundo por parte de la juventud.

La banda de sonido es impecable: Bo Diddley, Leadbelly, Bob Dylan, The Kinks, Elmore James, The Small Faces, Nancy Sinatra, James Brown, Moby Grape, The Moody Blues y, claro, mucho Beatles y Stones. Las actuaciones, sin ser superlativas, están muy bien. James Gandolfini interpreta al padre del protagonista y le da un plus extra. Repito: es un film sencillo y ameno ideal para los melómanos y los nostálgicos de una década atrapante.




viernes, 15 de febrero de 2013

Rodríguez


Fue Fero Soriano quien me recomendó que leyera un artículo de Juan Forn, que había salido publicado en la contratapa de Página 12, en el que contaba la extraordinaria historia de Rodríguez, un músico sepultado por el olvido en su tierra natal, los Estados Unidos, pero que se convirtió en una estrella más grande que Elvis en Sudáfrica, aunque él no lo supo hasta mucho tiempo después. El texto de Forn está inspirado en el documental Searching for the Sugar man, que pude ver esta semana, y me dejó completamente extasiado.

A fines de 1968, dos músicos fueron a un oscuro bar de Detroit para escuchar a un cantautor que les habían recomendado: algunos lo llamaban el nuevo Dylan, por la profundidad de sus letras. Sixto Rodríguez, hijo de inmigrantes mexicanos, tenía 26 años y llevaba una vida casi marginal. Se ganaba el pan trabajando en la construcción y por las noches vagaba por la ciudad. Interrumpía esas largas caminatas para tocar de tanto en tanto su guitarra y cantar sus canciones. Los temas de Rodríguez llegaron a oídos del productor Clarence Avant, el padrino de la música negra, quien lo contrató para su sello discográfico Sussex Records. Rodríguez viajó a Londres para grabar el álbum junto al productor artístico Steve Rowland, quien rodeó al cantante con los Funk Brothers, sesionistas de lujo de la Motown. Cold facts fue editado en 1970: tiene grandes canciones, una lírica profunda y un sonido que mezcla el folk de protesta con la psicodelia. Un año después, Rodríguez lanzó su segundo álbum, Coming from reality. Y eso fue todo. Es difícil entender por qué en Estados Unidos no vendió nada. Tal vez fue la falta de promoción o por su origen latino, ¿quién sabe? Lo cierto es que Rodríguez dejó la música, entró a la universidad, volvió a trabajar en la construcción y se perdió en el anonimato.

Pero algo extraordinario pasó.

Según los realizadores de la película Searching for the Sugar man, una estudiante sudafricana que había estado de intercambio en Detroit, al volver a su país le regaló Cold facts a su novio. Así lo cuenta Forn: “El novio hizo escuchar el disco a sus amigos, todos fliparon, uno de ellos lo pasó un día por la radio de la universidad, pegó tanto que lo siguió pasando las semanas siguientes. Un empleado de la filial local de la Polygram inglesa descubrió que tenía el disco de Rodriguez en el catálogo y convenció a sus jefes de hacer una edición local. Era la Sudáfrica del apartheid: con la excusa del boicot comercial no pagaban regalías a nadie. Igual, los ingleses ignoraban quién era Rodríguez; lo tenían en su catálogo por esos acuerdos transatlánticos con discográficas yanquis, pero para entonces el sello de Detroit que apostó por Rodriguez ya había ido a la quiebra, luego de vender menos de cien copias del disco”.

Las canciones de Rodríguez se volvieron un emblema de la juventud sudafricana de los 70, especialmente Sugar man y I wonder. Se volvió más popular que Dylan, los Beatles y los Stones. Pero nadie sabía quién era él. La poca información de la portada del álbum no daba pistas de dónde era ni si seguía vivo. Entonces comenzaron a circular las más disparatadas versiones. Algunos decían que se había suicidado de un disparo, otros que se había quemado a lo bonzo arriba del escenario o que había tenido una sobredosis en la cárcel. Rodríguez ya era un mito.

A comienzos de los 90, un comerciante y un documentalista sueco, ambos fanáticos de su música, y convencidos de que Rodríguez estaba muerto, se pusieron de acuerdo para investigar cómo y cuándo había pasado eso. Sudáfrica estaba aislada del mundo e Internet todavía no existía. Recién a mediados de esa década, cuando la web llegó a la gente, uno de ellos armó un sitio muy básico en el que pedía información sobre el misterioso músico. Y así, de manera extraña y maravillosa, estos dos personajes lograron hallar a Rodríguez a través de una de sus hijas. Seguía viviendo en Detroit, de manera austera. Hacía años que no tocaba en público y no tenía ni idea que allí, en el sur del África, un lugar tan remoto como extraño para él, era una leyenda. La noticia del hallazgo se expandió por todo Sudáfrica y, en marzo de 1998, Rodríguez voló a Ciudad del Cabo. Allí dio una serie de conciertos masivos. Fue una verdadera sensación. Las imágenes que muestra el documental son realmente conmovedoras.

Se cree que en ese país se vendieron más de medio millón de discos (y que una cantidad mucho mayor circuló de manera pirata). Pero Rodríguez nunca vio un peso y tampoco lo reclamó. Lo que ganó por sus shows se lo dio a sus hijas. Hoy, a varios años de su redescubrimiento y luego de la película, Sixto Rodríguez sigue viviendo de la misma manera y ya casi no se presenta en vivo.

Su historia merecía ser contada.


jueves, 17 de enero de 2013

Treme, la vida continúa

Antoine Batiste (Wendell Price)
Promedia la tercer temporada de Treme y las vidas de los protagonistas siguen ondulando entre los problemas de vivir en una ciudad que está tratando de resurgir tras la devastación del huracán Katrina. La abogada Tony Bernette no descansa en su ardua lucha contra los abusos policiales. El gran jefe Albert Lambreaux tiene que afrontar problemas de salud y su hijo, el trompetista Delmond, sigue su proceso de redescubrimiento de la música de sus ancestros. Davis McAlary, el personaje que interpreta Steve Zahn, sueña con hacer la primera ópera enteramente dedicada a la música de Nueva Orleans, mientras que su novia, Annie Talarico, acaba de firmar su primer contrato discográfico.

LaDonna Williams (Khandi Alexander)
La chef Janette Desautel recibe una jugosa oferta para dejar su trabajo en Nueva York y volver a Nueva Orleans para administrar su propio restaurante. Al principio se rehúsa pero finalmente acepta. LaDonna Williams todavía tiene que afrontar el doloroso proceso penal contra los violadores que la sometieron tiempo atrás, pero eso la hace más fuerte. Continúa distanciada de su marido y de sus hijos, pese a que quiere estar con ellos, sólo porque no aguanta ni un segundo más a la esposa de su cuñado. El teniente Terry Colson trabaja contra su voluntad en Homicidios, extraña a sus hijos, pero por ahora no puede cambiar.

Antoine Batiste, el extraordinario personaje de Wendell Price, sigue con sus mañas. Ahora enseña música en un colegio secundario pero no se resigna a tocar su trombón en las noches de la gran ciudad. Y Sonny, que había dejado Nueva Orleans para alejarse de las drogas, se recupera en un pueblo pesquero y vive un romance con una chica oriental que tiene un padre muy sobreprotector que no los deja solos ni un minuto.

Annie Talarico (Lucia Micarelli)
En el medio, la corrupción más inescrupulosa que se extiende como un cáncer en el proceso de reconstrucción de la ciudad. Pero también, como en las otras dos temporadas, está la música. Un bálsamo ante tanta miseria. Así, puede aparecer el legendario Clarence "Frogman" Henry tocando el piano en la casa de Davis. Little Freddie King interpretando su clásico Bad chicken en un bar o Guitar Lightinin’ Lee con su banda haciendo en vivo Natural born lover. Pero lo mejor, al menos en los primeros capítulos de esta tercera temporada, es la aparición de Tab Benoit, Anders Osborne y Big Cheaf Monk Bordeaux tocando en vivo We make a good gumbo en el mítico Howlin’ Wolf.

Y eso es Treme: realismo puro sin héroes ni villanos desalmados, sólo personas tratando de sobrevivir en un mundo que se les volvió muy difícil y en donde la música hace que todo sea menos duro.

Tab Benoit y Anders Osborne

Treme S01
Treme S02


domingo, 2 de diciembre de 2012

El poder de la música

The music never stopped está basada en el ensayo The last hippie, del neurólogo y escritor Oliver Sacks, que está inspirado a su vez en hechos reales. Cuenta la historia de Gabriel Sawyer (J.K. Simmons), un joven que estuvo desaparecido durante casi dos décadas y fue hallado en estado de indigencia y con un tumor cerebral. Su padre lo había echado de su casa en 1968, luego de que Gabriel quemara una bandera de los Estados Unidos en contra de la guerra de Vietnam, durante un recital que su banda de rock dio en su escuela.

La película está ambientada a mediados de los 80 pero tiene constantes flashbacks hacia los 60, ya que va reconstruyendo la historia que separó a Gabriel de sus padres, Henry y Helen. Gabriel es operado del tumor. Los médicos le salvan la vida, pero él queda prácticamente como un zombie, con fallos en el discernimiento, alteraciones de la memoria y falta de iniciativa. Cuando ya parecía que no había mucho por hacer, entra en escena la doctora Dianne Dailey (protagonizada por Julia Ormond) que lo somete a una terapia musical. Así descubre que Gabriel, pese a que no puede recordar nada reciente, tiene la memoria intacta hasta 1968. Entonces la música juega un rol central: las canciones de los Beatles, los Stones, Bob Dylan, Cream y Buffalo Springfield comienzan a reconstruir su pasado.

Su padre, Henry (Lou Taylor Pucci), siempre fue un amante de la música clásica y la popular de la década del 40 y cuando su hijo era chico le inculcó esa pasión. Pero cuando Gabriel se hizo adolescente y empezó a descubrir sus propios sonidos algo se rompió entre ellos. De hecho, Henry llegó a pensar que el rock que escuchaba su hijo era el responsable de sus problemas. La terapia musical, entonces, cumple un doble rol: recuperar la memoria del muchacho y conectar a un padre con su hijo.

Hay momentos muy emotivos, como por ejemplo cuando Gabriel le explica a su papá la letra de Desolation row, de Dylan, o cuando ambos van juntos a un concierto de los Grateful Dead en Nueva York. La banda de sonido es formidable: For what is worth, Touch of grey, Kansas City, All you need is love, Truckin’, Mr. Tambourine man y la exquisita Ripple. The music never stopped es una película que no tiene golpes bajos y nos recuerda el poder de la música, que no sólo satisface el alma, sino que también tiene efectos curativos.



miércoles, 15 de febrero de 2012

Bañado en ron

The rum diary o Días de ron, como se la tradujo al español, es una novela casi autobiográfica de uno de los escritores más notables e irreverentes de la cultura contemporánea. Hunter S. Thompson, creador del periodismo gonzo, ese que entrevera ficción y no ficción y que lleva al periodista a meterse en la historia doblegando los límites de la subjetividad, escribió esta obra a fines de la década del cincuenta, cuando apenas tenía 22 años. Es una crónica alcohólica y mordaz, inspirada en sus días como cronista en Puerto Rico, durante una época olvidada y sepultada por lo que vino inmediatamente después: los sesenta, la Cuba comunista, Kennedy, los derechos civiles, los hippies…

Así escribía Hunter: “Era terriblemente triste, no la música en sí misma sino el hecho de que era lo mejor que podían hacer. La mayor parte de las melodías eran versiones traducidas de rock norteamericano, pero sin nada de su energía. Reconocí una canción como Maybellene. La versión original fue un hit cuando yo estaba en la secundaria. Yo la recordaba como una melodía salvaje y animada, pero los puertorriqueños la habían convertido en un canto fúnebre y repetitivo, tan vacío y desesperanzado como los rostros de los hombres que la entonaban en ese momento en ese solitario parador del camino. No eran músicos contratados, pero tuve la sensación de que realizaban una presentación y de que en cualquier momento quedarían en silencio y pasarían la gorra. Entonces apurarían sus copas y se perderían calladamente en la noche como una troupe de payasos al final de un día interminable”.


El año pasado se estrenó en Estados Unidos la película basada en la novela. Al igual que en Pánico y locura en Las Vegas, el protagonista fue Johnny Deep, aunque aquí interpreta al periodista Paul Kemp, en lugar de al lisérgico Raoul Duke. El elenco lo completan otros buenos actores: Aaron Eckhart, Giovanni Ribisi, Michael Rispoli y la bellísima Amber Heard. En la mitad de la película hay una escena en la que Chenault, el personaje que da vida la blonda Heard, se descontrola y empieza a bailar de manera provocativa un blues cadencioso en medio de una especie de jukejoint repleto de negros. Entonces aparece un guitarrista que, según figura en los créditos, es el personaje de Hound Dog Taylor, interpretado por Randy Jacobs. Toda la escena deriva en una explosión de celos, tensión y drama.

La película fue, como le gusta decir a la prensa especializada en espectáculos, “un fracaso de taquilla”. Eso refleja que el director, Bruce Robinson, priorizó la fidelidad al texto antes que los clichés que garantizan el éxito en Hollywood. “Si les das cosas sencillas y fáciles de digerir como Piratas del Caribe, el público responde en masa. Si les pones delante una cinta ‘inteligente’ y más compleja como The Rum Diary… se quedan en casa”, dijo indignado Johnny Deep. Lo cierto es que el libro es brillante y la película es muy buena. Pueden leer y ver, una cosa no se superpone con la otra. En ambos casos, Días de ron, es satisfacción garantizada.