Mostrando entradas con la etiqueta Viajes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Viajes. Mostrar todas las entradas

jueves, 1 de agosto de 2024

Por los caminos del blues

En febrero de 2017, con Gabriel Grätzer emprendimos un viaje de poco más de una semana por el sur profundo de los Estados Unidos, con el objetivo de presentar de nuestro libro Bien al Sur-La historia del blues en la Argentina, algo que hicimos en la sede de la Blues Foundation en Memphis y en la Biblioteca de la Universidad de Mississippi. Entre una presentación y otra, nos subimos a un auto y recorrimos los caminos del blues. Pasamos por los míticos lugares donde, el siglo pasado, músicos como Charley Patton, Tommy Johnson y Memphis Minnie, entre otros, escribieron la historia grande del género. Ahora, Grätzer transformó esa experiencia en un proyecto musical interactivo.

Grätzer, quien lleva más de tres décadas activo y es reconocido como el embajador argentino del blues en el mundo, acaba de lanzar un disco, con un novedoso formato, en el que repasa algunos de los grandes temas del blues de pre-guerra siguiendo la ruta de los pueblos y ciudades que visitamos en aquel viaje. Más allá de que las canciones se puedan escuchar en plataformas como Spotify, lo interesante es acceder a www.mississippiroad.com para poder acompañar la música con mapas, videos, fotos y texto.

El guitarrista y cantante comienza este viaje imaginario por la ciudad de Memphis, en el estado de Tennessee, con una versión de Dough Roller Blues, un tema que Garfield Akers registró en las míticas sesiones del Hotel Peabody en 1930. El recorrido sigue hacia el sur y llega a la pequeña localidad de Walls, al norte de Mississippi, donde descansan los restos de la legendaria Memphis Minnie y el músico argentino la homenajea con Don’t Want No Woman en el que aporta su voz la cantante An Díaz, también protagonista de parte de ese viaje de 2017. Juntos recrean el dueto que Memphis Minnie hacía con su marido Kansas Joe McCoy. En ambos temas acompaña Juan Codazzi en guitarra.

Luego sigue por Titwiler, donde W.C. Handy se inspiró para escribir su clásico Yellow Dog Blues, un momento crucial en la historia del blues. Avanzando por la ruta 49, aparece el pequeño pueblo de Drew, donde un siglo atrás emergió la figura de Tommy Johnson, y para ello Grätzer interpreta uno de sus temas más emblemáticos: Cool Drink of Water. La siguiente parada es en Dockery Farms, otra posta clave en el desarrollo de esa música, porque allí surgió Charley Patton, autor de Banty Rooster Blues, que el músico argentino repasa con solvencia y mucho feeling. Por la 49 hacia el sur, pasando Yazoo City, aparece el pequeño poblado de Bentonia, donde se formó uno de los músicos más carismáticos y e influyentes de la historia del blues, Skip James. Grätzer lo recuerda con una monumental interpretación de Hard Time Killing Floor.

Una de las últimas paradas es Jackson. Grätzer desempolva su mandolina para interpretar (Still) Ain't no Good, que Bo Carter y Charlie McCoy grabaron bajo el nombre de Mississippi Blacksnakes, y se nutre del acompañamiento de Codazzi en guitarra y Gabriel Cabiaglia en washboard. Finaliza este viaje imaginario con la antigua balada Stack O’Lee, en la alejada comunidad de Avalon donde vivió Mississippi John Hurt.

Pero hay algo más: el bonus track es un video del mano a mano musical que tuvo con Jimmy “Duck” Holmes, dueño del Blue Front Café de Bentonia, uno de los pocos juke joints que aún siguen en pie. Grätzer tomó una vieja guitarra desafinada y Holmes se puso a improvisar con su voz cargada de blues.

Mississippi Road, así se llama el proyecto interactivo, es el reflejo de la pasión de un artista por una música que a priori puede resultarnos distante, en tiempo y en espacio, pero que en definitiva también describe penurias y placeres que padecemos hoy y aquí. Como un antropólogo, Grätzer explora los orígenes del blues y abre una puerta para poder volver a escuchar canciones que nunca deberían caer en el olvido.  

miércoles, 4 de septiembre de 2019

São Orleans


Es una lluvia persistente, por momentos demasiado densa. El paraguas de 15 reales que acabo de comprar en la calle hace lo que puede para evitar que el agua me abrace por completo. Las zapatillas las tengo muy húmedas y el cuerpo se me estremece de abajo hacia arriba. Más paraguas y personas con capas impermeables copan la explanada que está junto al Museo Afro Brasil, en el Parque Ibirapuera, en el corazón de San Pablo. Otros, los que no quieren saber nada con el aguacero hacen base debajo del amplio techo de ingreso al museo. Todos estamos reunidos por el Bourbon Street Festival, un evento gratuito que organiza el histórico bar paulista de música negra.

La jornada comienza pasadas las 15, con más de una hora de retraso por el clima, con Bobbi Rae, una sensual cantante de Nueva Orleans que se mece entre el R&B y el funk con pinceladas pop. La acompaña la banda Just Groove y el guitarrista Igor Prado. El repertorio, que incluye temas como Is this love de Bob Marley y Killing me softly resulta extraño para un violero de las características de Prado, el músico de blues sudamericano con mayor proyección a nivel mundial. Pero él no se siente ajeno al show de la morena. Al contrario, lo disfruta y sus riffs o los pocos solos que dispara tienen su sello. Rae invita a la gente a cantar y el eco bajo la lluvia se vuelve esplendoroso.

Rae y Prado se despiden y los estoicos que aguantaron el agua se van hacia la entrada del museo, una enorma galería de concreto, para guarecerse. Hasta ese momento allí solo estaban los que se habían llevado la lona para hacer un picnic viendo el espectáculo. Una pareja, muy voluminosos ambos, comen tres variedades de quesos y beben una botella de vino portugués del pico. A unos metros, una gran familia desplegó todo un arsenal gastronómico. Hay bolinhos, empanaditas, una pasta que untan que parece humus, aunque dudo que lo sea, papas fritas y maní de paquete. La lona tiene una heladerita playera en cada uno de sus vértices. En tres de ellas hay cervezas y en la restante contiene gaseosas.

El siguiente acto es el de la Orleans Street Jazz Band. Todos miran hacia el escenario esperando que aparezcan sus músicos, pero de repente lo hacen ahí, bajo techo, entre los que comen y los que se resguardan de la lluvia. Es un quinteto brasileño conformado por tuba, trombón, trompeta, washboard y banjo que toca el cancionero más auténtico de Nueva Orleans. Se meten entre la gente y generan un clima genial. Interpretan los clásicos del dixieland y cuando la lluvia afloja se mueven hacia la explanada central al ritmo de When the Saints go marchin’ in. El público los acompaña y aplaude. Se vive una verdadera comunión musical.

La Orleans Street Jazz Band termina y, arriba del escenario aparece Bonerama, una brass band de Nueva Orleans que tiene un repertorio basado en los temas de Led Zeppelin. Una combinación muy atípica, pero que en ellos funciona muy bien y suena con mucha fuerza. Tocan Bring it on home y Living lovin’ maid y el cielo se parte en mil pedazos. La lluvia se vuelve insoportable. Me alejo hacia la entrada del museo mientras siguen con The ocean y otra que no reconozco. Me voy. Sé que me falta el cierre a cargo Dwayne Dopsie & The Zydeco Hellraisers con Yuri Prado, pero estoy empapado y tengo otras que hacer en San Pablo. Tengo que soltar. Por unas horas tuve mi Nueva Orleans paulista y me quedo con eso.

miércoles, 8 de agosto de 2018

Patriada blusera

La Mississippi
En Salta hay un loco, de esos locos lindos, soñadores, que quiso organizar el festival de blues más grande la provincia, de todo el NOA. Y lo hizo. Tal vez el resultado desde lo económico haya sido malo para él, pero desde el punto de vista artístico logró reunir en el Teatro Provincial de la capital provincial, a bandas de la talla de La Mississippi, Memphis, Nasta Súper, Vudú y solistas como Deborah Dixon y el guitarrista estadounidense Josh Smith. El responsable de esta patriada blusera se llama Fran Molins, de apenas 29 años y saxofonista de una banda local. Aunque cueste creerlo organizó todo solo, con alguna ayuda de sus amigos y unos pocos sponsors que contribuyeron con algo de dinero.

“Fran es un soñador. Y se lanzó a concretar su sueño. Él hizo sus números y le cerraba. Pero yo le advertí: ´Hijo con tantos productores de shows que hay en la provincia ¿por qué ninguno organiza algo así? No debe ser tan fácil’”, me dijo su padre, también llamado Francisco, pero al que todos llaman Pancho, un reconocido comerciante salteño.

El festival Aires de Blues fue un monstruo de cuatro cabezas: unos 60 pasajes aéreos, alojamiento, traslados y comidas para todos los músicos. Tres fechas en el inmenso teatro con capacidad para 1500 personas, ubicado sobre la calle Zuviría, frente a la plaza 9 de Julio, la principal de la ciudad. El viernes 3 de abril se realizó la primera fecha, que contó con Memphis la Blusera como show principal y antes tocaron los jujeños de La Vilca Band, y los créditos locales Bigotones y Perro Ciego.

La Catedral Basílica de Salta
Con Gabriel Grätzer llegamos el sábado a la mañana para presentar el libro Bien al Sur-Historia del Blues en la Argentina. Viajamos en el avión junto a Josh Smith, el productor Mariano Cardozo, todos los músicos de Nasta Súper y de la banda de Deborah Dixon. Al llegar al hotel, sobre la calle Córdoba, nos cruzamos con El Ruso Beiserman y Gustavo Villegas, que estaban preparándose para regresar a Buenos Aires. Salta respiraba blues. Pero nosotros, antes de sumergirnos en el océano musical del festival, hicimos lo que toda persona que está en sus cabales tiene que hacer cuando llega a esa provincia: comer unas empanadas. Con Grätzer fuimos al Patio de la Empanada, frente a la peña de Valderrama, y pedimos un surtido de carne, queso y pollo. Cada una a 9 pesos. Ricas y baratas. Mejor imposible. Por la tarde fuimos al moderno edificio de Swiss Medical, y en el auditorio del tercer piso, presentamos el libro. No vino mucha gente, pero los que fueron se mostraron muy interesados en el libro y se dio una linda charla. Llevamos Bien al Sur bien al norte (de la Argentina).

Deborah Dixon
Tras un descanso obligado fuimos al teatro para la segunda fecha del festival. Primero se presentaron los chicos de Perro Suizo, que vinieron desde Rosario, y luego Fran Molins y Dale Mecha Brass Orquesta, en una explosión rock y funk que combinó músicos salteños con cordobeses bajo la batuta musical de Richard Nant, de la Bomba del Tiempo. Más tarde subió la reina Deborah Dixon, acompañada por Juan de la Cruz Ramos en guitarra, Patán Vidal en teclados, Mauro Ceriello en bajo y Alejandro Dixon en batería. Presentaron su proyecto Walking blues, que incluyó un repertorio con clásicos del blues, el soul y el rock como The thrill is gone, Knock on Wood y Route 66.

Rafael Nasta y Josh Smith
El cierre de esa noche estuvo a cargo de Nasta Súper, que mostró la solidez de siempre apuntalado por la precisión de la rítmica voraz que conforman Mauro Ceriello y Gabriel Cabiaglia, la frescura del hammond de Walter Galeazzi y los punteos siempre eficaces y penetrantes de Rafa Nasta. El final de su show tuvo a Josh Smith como invitado. El guitarrista californiano mostró una técnica exquisita a la hora de interpretar clásicos como Paying the cost to be the boss y Crosscat saw, y también se lució en un duelo fenomenal con Rafa Nasta en un slow blues. Smith tocó una guitarra diseñada especialmente para él, similar a una Telecaster, y utilizó una pedalera muy compleja. Si bien es un gran guitarrista, arriba del escenario no es muy expresivo, reflejo de su personalidad retraída.

Cerro San Bernardo
El domingo, con los músicos Nasta Súper y Mariano Cardozo fuimos a conocer el Museo de Alta Montaña (MAM), donde están las momias de los niños incas que fueron sacrificados, y luego hicimos un paseo en teleférico hasta el cerro San Bernardo, que tiene una imponente vista de la ciudad, y luego fuimos a un asado con el resto de las bandas en el playón de la familia Molins. Por la noche llegó la tercera y última fecha del festival que incluyó cinco shows: los locales Farlaine Rockets y Los Kuervos, con una impronta más rockera; El Viejo Truco, puro power blues de La Rioja; y el vértigo de Vudú, la tremenda banda rosarina que levantó al público y lo dejó listo para el gran cierre.

A las 23:30 se corrió el telón por última vez y La Mississippi apareció en escena con todo su arsenal blusero. Comenzaron con El dieciséis y durante una hora interpretaron muchos de sus grandes clásicos -Blues del equipaje, San Cayetano, Café Madrid, Mala transa y Un trago para ver mejor- y dos covers: Post Crucifixión (Pescado Rabioso) y No obstante lo cual (Riff). Como siempre, Ricardo Tapia volvió a demostrar que es el número uno arriba del escenario y los demás músicos, que con el paso del tiempo cada vez tocan mejor.

Fran Molins (saxo)
Aires de Blues cumplió desde lo artístico y eso es lo que siempre recordarán en Salta. Fue uno de los eventos musicales más importantes que se hicieron en la provincia, pese a que el público no acompañó masivamente. En su Facebook, Fran Molins escribió: “Intenté dar lo mejor. Hasta donde pude, con lo que pude. Larga vida al blues. Aires de Blues Salta fue un sueño que difícilmente se vuelva a repetir. Pero el agradecimiento para todos los que formaron parte será eterno. Y sin dudas, éste fin de semana quedará para siempre”. Tan mal le fue económicamente que hasta puso en venta su saxo para empezar a saldar la deuda.

Carlos “Pirimpimpin” Geniso, que había sido baterista de Avalancha, perdió una fortuna cuando trajo por primera vez a la Argentina a B.B. King en abril de 1980. Pero logró recuperarse, volvió a traerlo en la década del noventa varias veces y hoy es uno de los productores de shows más importante de Sudamérica. Cuando Fran Molins pueda recomponerse y evaluar todo lo que pasó seguramente volverá a planear el próximo festival Aires de Blues. Porque está en su esencia, porque es un soñador y porque ama la música.

martes, 28 de noviembre de 2017

Caxias do Blues (III)

Bob Stroger (Foto Guillermo Martínez)

“Algunas personas sienten la lluvia, otras solamente se mojan”

Bob Dylan 

El sábado amanece lluvioso y nada cambia a la hora del festival. Cae agua a borbotones y los refugios dentro del predio son los dos escenarios principales, el Hot Music Stage y los bares. Ir de un lugar a otro implica mojarse mucho. El Front Porch está a la intemperie, pero la gente se agrupa ahí cubriéndose con sus pilotos y paraguas. Bob Stroger, con sus 86 años, demuestra que no hay límites cuando uno ama lo que hace: se baja a cantar entre el público, mientras Rogelio Rugilo lo sigue con el paraguas. Blues en estado puro.

Big Gilson
En el Mojo Hand se presenta una leyenda del blues brasileño. Big Gilson -una mezcla de Pappo y Luis Salinas- toca un blues con frenesí rockero que levanta hasta los muertos. Gilson es un maestro del slide y en los dos primeros temas –Long way from home y I’m tore down- agita con largos solos. Luego interpreta temas en portugués de su último disco y algunos más viejos que el público conoce y acompaña cantando. Para cada canción tiene una viola distinta, desde una hermosa resonadora eléctrica hasta la clásica Strato. “Hace unos días estuve en Londres en un homenaje al rock y al blues británico. Y este tema está dedicado a una de mis máximas influencias, el señor Peter Green”, anunció antes de interpretar Albatross.

Los Mentidores
Me voy al DDI 54 porque allí están tocando Los Mentidores y quiero ver cómo, después de tanto agitar en los días previos, llevan adelante su show. El lugar está colapsado, no entra un alma y, como me imaginaba, Iván Gómez Singh hace su show. Canta Boom boom, Hoochie coochie man y Rock me baby, y la gente lo sigue. Fernando Ormeño toma el micrófono para Don’t you lie to me y la onda mentidora no decae. Busco un lugar más tranquilo y en un salón contiguo está Flavio Guimaraes dando una clínica. Está buenísimo todo lo que cuenta y da placer escuchar sus sutiles y breves interpretaciones tanto con armónicas cromáticas como con diatónicas. Cuando salgo para ir al Magnolia stage. Los Mentidores están terminando con Johnny B. Goode y la gente baila a su ritmo.

Andrea Dawson (Foto Daniela Xu)
Como toda Big Mama, Andrea Dawson tiene una silueta voluminosa y una voz extraordinaria. Comienza cantando Wang dang doodle mientras la gente se amontona en los pocos espacios que quedan a resguardo de la lluvia en el Magnolia stage. La cantante sigue con Tina-nina-nu y luego entrelaza Big boss man, Look over yonders wall y Dust my broom. La respalda la banda de Igor Prado, pero ¡sin Igor Prado! Rodrigo Mantovani y Yuri Prado llevan una rítmica sólida y rebosante de groove, Gonzalo Araya acompaña con prestancia en armónica y Nico Simi tiene la difícil tarea de reemplazar a Igor. Intenta emularlo con mucho reverb, pero para mi gusto se pasa un poco. Dawson sigue con un repertorio clásico de blues y soul: As the years go passing by, (Sitting on) The dock of the bay y I’d rather go blind.

Nico Smoljan & his Southern Jukes
Pasadas la 1 de la mañana la oferta musical todavía es muy intensa. Elijo ir a ver el segundo show de Nico Smoljan & his Southern Jukes. Allí está Nico, sobre el escenario, enfundado en un traje negro y luciendo una gorra que le hace juego. Javier Mozzi, Mauro Bonamico y Germán Pedraza también están muy prolijos. Se lanzan con un repertorio de la década del 50 y Nico hasta sopla el kazoo. Sin dudas, Nico Smoljan es todo un referente del blues argentino en Brasil y está muy bien que así sea. Se lo ganó con talento y mucho esfuerzo. Al cuarto o quinto tema invita a Flavio Guimaraes al escenario para que cante Bad boy y luego sube Greg Wilson y, así, abre la zapada que se extenderá hasta pasadas las 7 de la mañana.

A eso de las 3, le pongo punto final a mi presencia en el festival. Me voy del DDI 54 y veo que en el Mojo Hand todavía está tocando Ian Siegal y en el Magnolia Stage hay una banda que hace covers de los Allman Brothers que ni siquiera estaba anunciada. Me dejo llevar por el ritmo de Trouble no more y cierta nostalgia. Adiós Caxias, hasta la próxima.

domingo, 26 de noviembre de 2017

Caxias do Blues (II)

J.J. Jackson (Foto Guillermo Martínez)
En el segundo día del festival, viernes, se nota un flujo mucho mayor de gente. Por donde el día anterior se podía caminar sin dificultad hoy es complicado. El primer show que voy a ver es el de Camila Dengo & Mamma Doo en el Magnolia stage. Camila es nativa de Caxias y una conocida de los porteños: tocó junto al Club del Jump en Buenos Aires en 2016 y hace unos pocos meses. Al frente de su propia banda brinda un recital muy entretenido y sensual. Su repertorio tiene blues y R&B de los cincuenta, pero con una puesta en escena technicolor. Ella tiene una voz magnífica que destella en temas como Bring it back home to me y Houndog. A modo de agradecimiento por sus viajes, invita a Alberto Burguez para que toque el piano en un tema.

J.J. Jackson y los Headcutters (Foto G.M.)
El anuncio de que está por comenzar el show más importante del día es estridente. En el escenario principal, y con un volumen fortísimo, asoma la silueta inconfundible de J.J. Jackson, un cantante, shouter, soulman y entertainer de primer nivel, Desde el minuto uno impone sus condiciones y hace delirar al público sostenido por el pulso preciso de los Headcutters. J.J. no se guarda nada y mezcla rock and roll, blues y soul. Comienza a toda máquina con Long tall Sally y sigue con Poor boy y Country girl, aquí con Freddy Muñoz en bajo en lugar de Catuto. Hay un intervalo a capella con I just call to say I love you, de Setvie Wonder, al que los Headcutters se suman más por profesionalismo que porque les atraiga el tema. Jackson invita a Luke de Held para unos solos picantes en C.C. Rider y se despide con una magnífica interpretación de Stand by me.

Big A Sherrod (Foto G.M)
En el Front Porch, ese escenario que recrea el Blue Front Café de Bentonia, está Big A Sherrod con la banda de argentinos que lo acompaña. A diferencia del día anterior, aquí sí suena a un juke joint del Mississippi. Pocas veces me tocó ver un show tan diferente de un mismo artista con tan pocas horas de diferencia. Sherrod realmente canta desde las entrañas y toca con una fuerza única. Mariano D’Andrea es el equilibrio de la sección rítmica y a Adrián Flores se lo nota concentrado y manteniendo siempre el tempo, mientras que Tomy Espósito allana el camino para los punteos voraces de Sherrod. Sobre el final, Sherrod los deja lucirse a D’Andrea y Espósito y largan unos solos que tenían contenidos. Flores no tiene el suyo, por el contrario, le deja la batería a Big A quien le da como si quisiera romperla.

Esta vez el repertorio de Sherrord es más crudo. Interpreta incendiarias versiones de Hoochie Coochie man y Baby what you want me to do. En esta última sube a un nene al escenario y lo hace tocar su guitarra. “Esto lo hago en Mississippi para tratar de que los chicos se interesen por la música y se alejen del delito”, dice. Sobre el final interpreta Five long years, inspirada en la demoledora versión de Buddy Guy,

Chris Jagger (Foto G.M.)
De vuelta en el escenario principal, la figura de Chris Jagger, acompañado por Charlie Hart y la banda de Cristina Crochemore, brinda una propuesta musical diferente. El hermano de Mick canta, toca la guitarra acústica y la armónica, mientras que su socio acompaña en acordeón o violín. Toda la primera parte tiene un feeling de country rock y hasta un poco del influjo del Bayou, “Vamos a tocar un viejo blues de Junior Wells”, anuncia un carismático Jagger antes de que Hart cante Snatch it back and hold it. Vuelven sobre su repertorio rockeado hasta que Jagger bromea: “Es un festival de blues y debería tocar uno antes de que venga la Policía del Blues”. Parece que esa grieta no es patrimonio argentino. Y Jagger cumple con un blues propio en el que recuerda sus años de juventud.

Blues Etilicos (Foto G.M)
Me doy una vuelta por el Folk Stage y está Bob Stroger en modo intimista. En el Front Porch, Ian Siegal canta Come in my kitchen mientras rasga las cuerdas de su guitarra resonadora. Más allá de nuevo en el escenario grande los Blues Etílicos, legendaria banda brasileña, muestra toda su chapa ante una multitud. Greg Wilson y Flavio Guimaraes se comen el escenario. La gente va de allá para acá con sus vasos plásticos alegóricos al festival cargados de cerveza IPA.

Xime Monzón Blues Band.
Ya de madrugada, el escenario de argentinos me convoca. Xime Monzón ofrece un show con mucha onda y excelente música. Acompañada por Tomy Espósito, Javier Mozzi, Mauro Bonamico y Germán Pedraza interpreta clásicos del blues soplando su armónica con ganas y desplegando todo su encanto. Con Javier Mozzi cantan una animadísima versión de I believe in music, de Louis Jordan y luego Mauro Bonamico demuestra que además de ser un gran bajista y director musical es un vocalista de la hostia. Su voz grave e intensa se doblega a todos con Eyesight to the blind. Ximena elige socializar la última parte de su show y convoca a una jam. Y así comienza un desfile de músicos y amigos: Nico Smoljan, Mariano D’Andrea, Freddy Muñoz, Ale Ravanello, Martín Burguez, Fernando Ormeño y Ariel Federico. Jes Condado, que poco antes había hecho un set souleado y minimalista en el mismo escenario, sube a cantar It hurts me too. El salón está desbordado de gente y Ximena convoca a sus músicos para el cierre con I feel good… pero falta algo más: Iván Singh esperaba con su guitarra colgada y no se la podía perder. El cierre es suyo con Let the good times roll.

Así es Caxias. Blues para todos y todas. Camaradería entre los músicos y espíritu de jam.

sábado, 25 de noviembre de 2017

Caxias do Blues (I)

Escenario Mojo Hand (Foto gentileza Guillermo Martínez)
El blues en Caxias do Sul empieza cuando pisas el Mississppi Delta Blues Bar, una vieja casona restaurada como un auténtico blues bar estadounidense que revalorizó una zona de la ciudad que estaba a la deriva y que fue la piedra basal del festival más grande de América latina dedicado a esa música.

El evento, que celebra su décimo aniversario, se convirtió en una de las principales atracciones turísticas de la ciudad. Está montado sobre un viejo predio ferroviario lindero al bar y tiene siete escenarios. El Mojo Hand y el Magnolia son los más grandes. Luego hay dos más pequeños y acogedores: El Front Porch y el Folk Stage. Otros dos son los que están adentro de bares: uno es el del Mississippi y el otro está la lado y lo llamaron DDI 54 porque, por primera vez, está dedicado exclusivamente a músicos argentinos. El restante, el Hot Music stage, se ubica en medio de un patio de comidas y ahí suenan otros géneros musicales.

Ian Siegal y Alamo Leal
El miércoles por la tarde, en la víspera del festival, se realiza el lanzamiento de prensa que tiene al inglés Ian Siegal y al brasileño Alamo Leal como protagonistas. Tras una breve conferencia de prensa en el Mississippi Delta Blues Bar tocan tres temas: Hey Bo Diddley, Stop breakin’ down y How many more years. Por la noche, el lugar abre sus puertas a los primeros adelantados. Faltan 24 horas para el inicio del festival pero la gente quiere blues. Thunder Carlos es el encargado de recibir a los visitantes con su combo de blues tradicional del Delta. Solo con su guitarra Stella toca temas como Trouble in mind, Can’t be satisfied y Highway 61 blues y luego da paso a un set un poco más extendido que el de la tarde de Ian Siegal y Alamo Leal. El inglés muestra toda su versatilidad para interpretar distintos tipos de blues y góspel que entona con una voz profunda y cavernosa. La noche se cierra con una zapada, un clásico del lugar.

Día 1

El público comienza a ingresar cuando el sol todavía calienta la tarde. Hay decenas de puestos. Algunos de grandes marcas y otros que venden libros, cd’s, merchandising, artesanías. Pero los que más abundan son los de comida y, claro está, los de cerveza artesanal. Empieza el peregrinaje por los escenarios. En el DDI 54 está tocando Hernán González, un argentino que vive en Porto Alegre y con su trío eligió un repertorio con varios covers de los Ratones Paranoicos y Pappo. En el Magnolia suena el power trío de Dani Ela y en el Front Porch Thunder Carlos entretiene a unas pocas personas con su sonido del Delta.

Bob Stroger (Foto G.M.)
El primer show fuerte empieza a las 20:00. The Juke Joint Band, de Toyo Bagoso, el organizador del evento, dispara buenas versiones de Old love, Strange brew, Gimme all your lovin’ y Some kind of wonderful. La primera gran ovación del festival llega cuando invitan a Bob Stroger a cantar Let the good times roll. La relación entre el legendario bajista de Howlin' Wolf y el público local es muy cálida. "Es bueno estar otra vez en casa", dice él.

La marea de gente va de acá para allá. Es tiempo de ocupar un lugar en el bar porque se vienen los Headcutters junto a Bob Stroger. El viejo Bob pasa de un gran escenario a una pequeña tarima. La energía y las ganas que le pone para cantar son las mismas. “Me llaman Bob Stroger, pero mi verdadero nombre es Blues”, anuncia en medio de los aplausos. Los Hadcutters arremeten con su sonido vintage y el viejo Bob canta Bad boy.

Big A Sherrod (Foto G:M)
Otra vez de regreso en el Mojo Hand stage. Es tiempo del blues de Clarksdale con Anthony “Big A” Sherrod. Me habían anticipado que su show era 100% blues de juke joint, pero aquí me encuentro con una presentación for export. Sherrod es muy carismático y sabe como entretener al público. Puntea con la boca, tirado en el piso y se baja a tocar entre la gente. El repertorio incluye Every day I have the blues, Cold cold feeling, Got my mojo working, Catfish blues y dos de Howlin’ Wolf: Killing floor y Smokestack lightinin’. Lo acompañan Tomy Espósito (guitarra), Mariano D’Andrea (bajo) y Adrián Flores (batería), quien no puede contener su verborragia y más de una vez impone su vozarrón para presentar a Big A. El sonido es tan fuerte que al salir de allí los tímpanos piden piedad.

Martín Burguez y Freddie Muñoz.
Vuelvo al DDI 54 porque está por empezar el show de Martín Burguez. Lo acompaña su hermano Alberto en teclados, Germán Pedraza en batería y el chileno Freddy Muñoz en bajo. Suenan todos muy ajustados y con ganas. Hacen dos sets de una hora cada uno y tocan temas del Club del Jump, Freddie King, Ray Charles y clásicos como Caldonia y T-Bone shuffle. La gente circula y baila. Martín Burguez toma nota y le pone un poco de rock and roll clásico a la velada con Lucille de Little Richard y boogie woogie cuando invita al escenario al tecladista Luciano Leães. Es un festival y todos quieren divertirse.

Entrada la madrugada, el Mississippi es el último bastión que queda en pie. La jam empieza con los Headcutters, luego suben Nico Smoljan, Javier Mozzi y Mauro Bonamico. Aparece Iván Singh y termina tocando su viola arriba de una mesa ante la mirada atónita de Alamo Leal. Son casi las 4 de la mañana cuando Ian Siegal y Decio Caetano en guitarras, respaldados por Catuto, de los Headcutters, en contrabajo y Germán Pedraza en batería, disputan un duelo de pesos pesados. Es blues en estado puro.

jueves, 23 de noviembre de 2017

Un viaje con Jagger


Los hinchas de Lanús coparon el Aeroparque. Estaban exaltados con el partido de ida de la finalísima de la Copa Libertadores. Mientras cantaban sus canciones de cancha y revoleaban sus camisetas, los turistas los filmaban y les sacaban fotos. Entre ellos estaba un sesentón canoso, que llevaba un sombrero texano, camisa a cuadros, jeans y usaba unos anteojos de sol redondos como los que inmortalizó John Lennon. Ninguno de esos hinchas se dio cuenta de que estaban frente al hermano de Mick Jagger.

Chris Jagger abordó el vuelo 1230 de Aerolíneas Argentinas rumbo a Porto Alegre. Lo acompañaba Charlie Hart, el músico que toca con él; el legendario Bob Stroger y su señora; y el productor Rogelio Rugilo. Recién arriba del avión Jagger intercambió algunos saludos con Los Mentidores, la banda que anima la escena del blues cordobés. Todos tenían el mismo destino: el festival de blues de Caxias do Sul.

Me ubiqué un par de asientos detrás de Jagger, a quien Rogelio me presentó cuando hacíamos la fila para abordar, y noté que apenas se sacó los auriculares Sony durante el viaje. Al llegar a Porto Alegre, recogimos nuestro equipaje y Jagger mostró su buen humor cuando empezó a cargar a Iván Gómez Singh porque tenía una valija rosa chicle.

Afuera nos esperaba su manager, una morena brasileña muy locuaz, y el chofer de la combi que nos llevaría a Caxias. Jagger se desplomó en el asiento trasero del vehículo y yo me senté a su lado. Se sacó los zapatos y acomodó las piernas entre la ventanilla y el respaldo del asiento que tenía adelante, en el que se ubicó Hart. Me empezó a hablar de fútbol. Estaba sorprendido con los cánticos de los hinchas de Lanús. “Cuando era joven seguía mucho al Tottenham, pero ahora no miro mucho fútbol. Tienen un entrenador uruguayo”, me dijo y enseguida lo corregí. Mauricio Pochettino es tan argentino como el asado.

Traté de llevar la charla hacia la música. Me contó que prefiere tocar solo con Charlie Hart o con su banda y que le cuesta hacerlo con músicos que no conoce. “Si no hay muchos ensayos previos las cosas no salen bien”, dijo. La noche del lunes, Hart y él habían ido al programa de tevé NET, que conduce Germán Paoloski, y les sumaron una sección rítmica comandada por el Zorrito Von Quintiero “Es un muy buen bajista, pero el baterista no me gustó”, sentenció el hermano menor del líder de los Stones. “Es difícil tocar y después dar una entrevista. Tengo el cerebro compartimentado y pasar del modo musical al modo hablado me resulta complicado”, agregó.

Paramos a mitad de camino para comer algo y estirar las piernas. Jagger devoró unos bolinhos que se veían tentadores pero poco saludables. Al verlo comer en ese parador rutero pensé en la vida diametralmente opuesta que tiene a la de su glamoroso hermano a pesar de que se dedican a lo mismo. Seguimos viaje y si alguno de los pasajeros pensó que podría dormir estaba muy equivocado. Jagger no paró de hablar y hacer preguntas. “¿Cómo se llama esta región de Brasil?”, “¿Hablan portugués en otros países de América?”, “¿Cuál es la inflación de Argentina?”, “¿Qué pasó con Mugabe en Zimbabwe?”.

Se comió medio paquete de Mentos mientras teorizaba sobre las similitudes geológicas de Brasil y África, o elogiaba las rutas de Australia. A medida que nos fuimos adentrando en los morros, el andar de la combi se volvió brusco. Empezamos a subir y Jagger sentenció: “El único camino es hacia arriba” y se puso a cantar a capella Learning to fly, de Tom Petty. Había activado el modo musical: siguió con Up on cripple creek, de The Band, y una más que no reconocí. Los otros pasajeros parecían ignorarlo. Ya ni Charlie Hart, que le había seguido el tranco de la conversación, se sumó a su fogón imaginario.

“¿Cuánto falta?”, preguntó cuando ya casi llegábamos. Parecía aburrido y empezó a bostezar con ganas.

El paisaje selvático se transformó en urbano. Habíamos llegado. “Necesito comprar cuerdas para mi guitarra”, le dijo a su manager cuando pasamos por la puerta de una casa de música en una avenida no identificable de Caxias. “Después, Chris”, le respondió ella. Y él se quejó por que no sabría cómo regresar a ese lugar.

Llegamos a su hotel, el Personal, e ingresó con mucha dificultad su equipaje por la puerta giratoria cuando tenía una puerta común al lado. Volvió a salir y cuando se dio cuenta de que yo iba a otro hotel se despidió cortésmente. “Nos vemos en el festival”.


sábado, 15 de julio de 2017

Por los caminos del blues


El GPS me llevó hasta un punto muerto sobre la ruta 7. Detuve el coche y me bajé . A mi alrededor, algunos pocos árboles y cables de alta tensión se rebelaban en un paisaje chato de campos sembrados. La primera señal de vida se presentó unos kilómetros más adelante. Me acerqué hasta unas viejas cabañas que rodeaban un granero pero allí no había nadie. Sólo apareció un perro que comenzó a ladrar en cuanto me vio. Empecé a dar vueltas por los caminos rurales, levantando polvo aquí y allá, hasta que llegué a la tranquera de una imponente granja. Un vaquero y una mujer, de unos 40 años ambos, estaban junto a una camioneta 4x4. Parecían de una publicidad de cigarrillos de la década del setenta. Les pregunté si sabían dónde quedaba la cabaña de Mississippi John Hurt y, aunque parecieron un tanto sorprendidos por mi pregunta, me respondieron que sí. Me dieron indicaciones de cómo llegar y se despidieron cordialmente. Mientras los escuchaba sabía que en cuanto arrancara el auto me iba olvidar toda la explicación. Y así fue. A la segunda o tercera curva que tomé estaba completamente perdido.

Es curioso como en una pequeña comunidad como Avalon, en el sur profundo de los Estados Unidos, en la que viven decenas de familias que ni siquiera fueron censadas, puede resultar tan difícil encontrar la cabaña de una leyenda del blues. ¿Cómo habrá hecho Tom Hoskins para dar con él en 1963? Supongo que la respuesta se resume en dos palabras: perseverancia y voluntad. Al cabo de varias vueltas me topé con una hermosa casa de dos plantas, con una imponente ligustrina y un prolijo jardín al frente. Un hombre ancho, que llevaba una camisa a cuadros ajustada, jeans y usaba anteojos vintage, se acercó para ver qué buscaba. También se tomó su tiempo para explicarme, con su inconfundible acento sureño, cómo llegar hasta el lugar buscado. No era lejos, pero tampoco era sencillo. Tenía que agarrar un camino de tierra hasta no sé dónde y de allí un sendero en dirección hacia algún lugar que no recuerdo. Me perdí de nuevo. La siguiente parada fue una casa prefabricada, con un sillón en el porche y la bandera confederada colgando de una ventana. No me animé a bajar. Imaginé a un redneck poco amigable saliendo con una escopeta. Toqué bocina varias veces pero nadie respondió y seguí adelante.

Tras más de dos horas dando vueltas por Avalon, con la señora del GPS insistiendo con su "recalculando", finalmente tomé un camino repleto de pozos hacia una colina en la que había un par de casas, una choza abandonada y un viejo almacén. Allí, en medio de una vegetación espesa, encontré la precaria cabaña de Mississippi John Hurt. Las pocas referencias que tenía es que allí funcionaba un museo. Pero por ser domingo estaba cerrado y no había nadie a quién preguntarle. A un costado de la cabaña había una vieja y oxidada camioneta Chevrolet de la década del cuarenta y también la silueta recortada del artista. Fui hasta el auto, puse el CD Last session, subí el volumen y dejé la puerta abierta. Me senté en una de las dos mecedoras que estaban en el porche y me dediqué a escuchar. Imaginé que John Hurt estaba sentado al lado mío. Me invadieron un sinfín de emociones y tal vez se me escapó alguna lágrima.

En aquél sitio olvidado me conecté con el pasado del blues y con la música de un artista único e irrepetible. Su dulce voz y la melodía de Poor boy, long way from home se esparció por el terreno mientras una tenue brisa acariciaba con suavidad el pasto y las hojas de los árboles. Respiré hondo y el olor de la primavera ingresó en mis pulmones como un huracán. Me quedé algunos minutos más contemplando ese paisaje bucólico pero no tenía mucho tiempo más. Todavía tenía que pasar por Bentonia antes de llegar a Jackson. Caminé los 30 o 40 pasos de regreso hacia el auto mientras dejaba atrás la cabaña de John Hurt. Me di vuelta y pude verlo en el porche, apoyado contra una columna de madera, con su sombrero puesto y sosteniendo la guitarra. Imaginé que me saludó y le dije adiós.


Avalon, Mississippi. Abril de 2012.

jueves, 9 de febrero de 2017

Nashville


El trayecto de Oxford a Nashville es el más largo y agotador de todos los que realizamos. El GPS nos lleva por una ruta alternativa, la 18, hacia Jackson, Tennessee, y tras más de dos horas de viaje, empalmamos con la autopista 40. Llegamos a la meca de la música country de noche y nos alojamos en un Days Inn en las afueras de la ciudad. El frío, que venía aumentando en los últimos días, aquí ya resulta insoportable. La temperatura, a eso de las 21, es de cinco grados bajo cero. Así y todo, nos ponemos la ropa más abrigada que tenemos y vamos hasta Broadway, la avenida donde la música brota en cada rincón.

Estacionamos el auto en un parking porque no hay otra opción más que esa y encaramos hacia el bullicio y las luces de neón. Los primeros metros no parecen tan duros, pero enseguida nos damos cuenta que los porteños no estamos preparados para soportar semejante frío. Pasamos por la puerta del mítico auditorio Ryman y ni siquiera podemos detenernos unos segundos para contemplarlo. La sensación es de congelamiento inminente. No damos más. Entramos en el primer lugar en el que parece que podremos recuperar el calor corporal y comer algo. Es un local de hamburguesas, para variar, y pedimos un par de cheeseburgers con papas y batatas fritas. La de Gabriel tiene panceta y cebolla. La mía, apenas tomate.

Estamos en Nashville y no vamos a dejar que el clima nos derrote. Cuando terminamos de comer nos ponemos los guantes, las bufandas, las camperas con capucha y salimos de nuevo a Broadway. Pero perdemos por goleada. Empezamos a caminar rápido en busca de otro lugar en el cual refugiarnos mientras el frío nos clava sus agujas. Entramos en un antro llamado Layla’s. donde suena un rockabilly potente y ruidoso que al principio no nos entusiasma, pero que con el correr de los temas empezamos a disfrutarlo. La banda se llama Hillibilly Casino y toca temas de Johnny Cash, Buddy Holly y Gene Vincent. El cantante tiene una energía demoledora y es un frontman muy atrevido. El trío que lo respalda –guitarra, contrabajo y batería- suena muy compacto. Invitan a cantar a una vocalista de la Brian Setzer Orchestra, Leslie Spencer, y luego a un veterano, pelado y regordete, que dicen que fue contrabajista de Bill Monroe. Se ve que aquí son todos músicos menos yo. Al final abandonamos, pero sin tirar gas pimienta, y nos vamos al hotel porque al día siguiente tenemos mucho por ver.

El sábado a la mañana amanece muy fresco pero el pronóstico augura una temperatura más aceptable. Nuestro primer destino es el Grand Ole Opry House, un clásico de la música country, y del gringaje en general, que está a unos 25 minutos del centro de la ciudad. La gran sala está en medio de un imponente mall comercial, que representa la máxima exaltación del consumo. Sentimos cierta repulsión y decidimos no pagar los 26 dólares que sale el tour por la sala. De allí nos vamos al Partenón, una réplica exacta, de hecho la única que hay en el mundo, de la mítica edificación griega. Este fue construida en 1897 y es una de las pocas atracciones turísticas de Nashville que no está relacionada con la música.

A unas pocas cuadras está el campus de la Universidad de Fisk, cuna del gospel, y allí lo pierdo a Gabriel durante un buen rato. Cuando reaparece todavía es de día y vamos en busca de la revancha a Broadway. Primero pasamos por el Ryman, lo rodeamos pero no podemos entrar porque hay un show que está sold out. Entonces caminamos por aquí y por allá. Nos cruzamos con varios músicos callejeros que tocan por monedas y tenemos la desgracia de escuchar al único negro sin ritmo del mundo: un imitador de Louis Armstrong que canta una y otra vez When the saints go marching in y hace unos solos de trompeta que son más dañinos que el frío del día anterior.

Bajamos hasta el río Cumberland, caminamos por la rambla y entramos en una cafetería. Después de tomar un cappuccino vamos a un centro de convenciones gigante, el Music City Center, que parece una nave espacial. Recorremos una feria de antigüedades y vemos el final del show de una parejita de adolescentes, rubios, pulcros y ella parecida a Reese Witherspoon, que interpretan algunas baladas folk y country.

Poco antes de las 20 llegamos al City Winnery, un coqueto lugar para ver recitales y tomar buenos vinos, fuera del circuito de Broadway. Estamos aquí porque logré que nos acreditarán para el show de Delbert McClinton. Y no es un evento más: se trata de la fiesta de presentación de su nuevo disco, Prick of the Litter. Primero suben a escena el guitarrista Bob Britt y su mujer Etta para hacer un set acústico y nos sorprenden con varios temas de J.B. Lenoir -I feel so good, Voodoo music y How much more- y un par de spirituals como Wade in the water y Jesus is gonna make up my dying bed.

Media hora más tarde aparece en escena el viejo Delbert respaldado por una banda conformada por dos guitarras, piano, hammond, trompeta, saxo, bajo y batería, más el ocasional aporte de dos coristas. Britt maneja las riendas del grupo y abren con Take me to the river. Luego se despachan con un par de canciones del nuevo álbum pero, a mi criterio, a la primera parte del show le falta algo de fuerza. De todas maneras, el ensamble es perfecto y el pianista y el trompetista sobresalen en cada solo que hacen. Tras un intervalo en el que Delbert deja el escenario y la banda toca el clásico Tequila, regresa para cantar Fannie Mae, de Levon Helm; sus clásicos Give it up on your love y Every time I roll the dice; y una versión shuffle de She`s nineteen years old, de Muddy Waters. La segunda parte es mucho mejor que la primera y el público termina bailando entre las mesas.

Al día siguiente nos despertamos temprano y vamos hasta Hendersonville, a unas 20 millas al norte de Nashville, a rendirle homenaje a Johnny Cash. Nos cuesta encontrar su casa y damos vueltas en círculo hasta que finalmente, en una estación de servicio, nos dan las coordenadas correctas. A pocos metros de llegar nos topamos con unos vecinos de Cash con los que nos quedamos charlando un buen rato. Nos cuentan que la mansión, con vista al lago y en la que se filmó el video de Hurt, se incendió en 2007, cuatro años después de su muerte. La propiedad la había comprado Barry Gibb, de los Bee Gees, y se quemó accidentalmente cuando la estaban remodelando. Hoy hay solo escombros y una bruma de melancolía flotando en el aire. Luego vamos hasta el cementerio local y nos quedamos frente a su tumba, ubicada al lado de la del amor de su vida, June Carter. .

Otra vez a la ruta. Es el último tramo. Por la 40 vamos hacia el oeste y tres horas después llegamos a Memphis. Es la última noche. Pasamos por Stax y la casa donde vivió Memphis Slim, ahora reconvertida en una fundación educativa. Vamos a una disquería y terminamos en Beale Street. La popular calle está desierta se está jugando la final del Super Bowl. Igualmente tenemos nuestra última dosis de blues con los Blues Masters. Por la mañana, camino al aeropuerto, pasamos por la Universidad de Memphis y, gracias a un contacto que nos facilitó David Evans, dejamos el libro en la Biblioteca.

Después de ocho días y más de mil millas recorridas llegamos al final de nuestra aventura, una experiencia única que será imposible de olvidar.

domingo, 5 de febrero de 2017

Solamente blues


En la entrada de la Blues Foundation hay una estatua de Little Milton que reposa en un banco donde todos se sientan para sacarse una foto. Cruzando la puerta corrediza de vidrio se abre una gran recepción con una muestra de fotos a la derecha y un mostrador con souvienirs, discos y libros a la izquierda. Al fondo, está la escalera que desciende hasta el Hall of Fame, donde exhiben guitarras, ropas y otros objetos de colección de leyendas del blues como Lowell Fulson, Albert King, Albert Collins y muchos más.

La presentación de Bien al Sur... la hacemos ante un puñado de personas que se sientan de frente a nosotros mientras dos fotógrafos nos apuntan y disparan. El marco, por supuesto, nos obliga a hablar en inglés y, más allá de ciertas rusticidades gramaticales, lo hacemos dignamente. Entre los oyentes está David Evans, prestigioso etnomusicólogo que escribió libros fundamentales de la historia del blues, entre ellos la biografía de Tommy Johnson. Es un tipo sencillo, amable y muy respetuoso que jerarquiza el evento con su presencia. También está Mary Jane Hancock, enviada por el nieto de W.C. Handy, quien está casado con una cubana y se mostró interesado por nuestra obra ya que habla español. También nos acompaña el querido Santiago Monsalve Uribe, talentoso guitarrista colombiano que está en Memphis junto a su compadre Santiago García para participar del International Blues Challenge. Hablamos durante una hora, respondemos preguntas, vendemos algunos libros y nos vamos con la satisfacción de haber alcanzado una meta que hacía tan solo un año nos resultaba imposible.

Salimos de la Blues Foundation con Gabriel y An y, para despejarnos y procesar lo que acabamos de vivir, nos vamos a caminar por la orilla del mítico río Mississippi y luego contemplamos el Lorraine Motel, donde en 1968 fue asesinado Martin Luther King. Por la mañana, antes de la presentación, habíamos estado en el Peabody Hotel, histórico edificio donde, en las décadas del veinte y del treinta, decenas de bluseros realizaron míticas sesiones de grabación que hoy conforman parte del archivo musical más valioso del blues de preguerra.

Se hacen las seis de la tarde, ya es de noche y está lloviznando. La música en vivo convoca desde Beale Street. Todos los bares están absorbidos por el IBC y para poder ingresar hay que tener una cinta o llevar una credencial. En el Jerry Lee Lewis Bar está tocando Pistol Pete, un guitarrista efervescente de Chicago que hace sonar a su power trío con mucha intensidad. Salimos de allí y vamos al Club 152. La gran figura de Backpack Johnson, dueño de una voz imponente, que prácticamente no requiere amplificación, domina el escenario. Enfrente, en el Pig on Beale le hacemos el aguante a nuestros hermanos colombianos que concursan en la categoría “Blues dúo”. Santiago & Santiago tocan un tema propio, Travesía, un boogie y una de Durazno de Gala, Ya es la noche. Allí comemos unos sandwiches y unas papas fritas, -¿qué otra cosa podíamos comer?-, saludamos a nuestros amigos y volvemos a cruzar Beale Street.

El sonido de una guitarra que recuerda al gran Elmore James nos obliga a entrar al Blues Hall. El violero se llama Paul Venturi y es un bestia asesina. Lo acompaña Simone Scifoni, quien toca una pequeña batería sosteniendo los dos palillos con una mano y un teclado de tres octavas con la otra. La energía que destila la dupla es fabulosa. Interpretan temas propios y un boogie lisérgico de John Lee Hooker. La gente delira con su sonido crudo y visceral. Venturi levanta la guitarra y le da con los dientes. Pura entrega y pasión.

Volvemos al Club 152 donde la “promesa” del blues Christone Kingfish Ingram participa de una jam que encabeza Chase Walker, otro violero de la nueva generación. No hay dudas de que el gordo toca bien para la edad que tiene, pero lo hace muy fuerte y distorsionado. Tal vez, si en el futuro se calma, llegará a ser un gran guitarrista. La noche termina en el Rum Boogie Café donde la sensual Tikyra Khamiir Jackson, cantante de Southern Avenue, sacude al público con su fusión de blues, soul y R&B.

El jueves a la mañana amanece fresco y nublado y empezamos el día en Sun Records. Recorremos sus instalaciones mientras la guía, muy simpática ella, cuenta la historia del lugar, que resulta ser, en definitiva, la génesis del rock and roll. En un momento suena el master original de la primera grabación de Howlin’ Wolf y quedamos aturdidos por su intensidad. La visita termina en el estudio en el que Elvis grabó That’s alright mama y por el que pasaron decenas de leyendas como Ike Turner, Johnny Cash, Carl Perkins y Jerry Lee Lewis, entre otros.

No hay tiempo que perder, el vuelo de An está por partir y la llevamos hasta el aeropuerto. Nos despedimos, nos deseamos buena suerte y con Gabriel sentimos la necesidad de volver al Mississippi. No hace falta alejarse mucho de Memphis para cruzar el límite del estado y llegar a Walls, Pero una vez aquí se nos hace difícil llegar hasta donde queremos ir. Tras varias vueltas en círculo, en medio del campo, finalmente tomamos un camino rural que nos lleva hasta la tumba de Memphis Minnie. Nos bajamos, sacamos unas fotos y enseguida volvemos al auto porque el frío es tan intenso que congela hasta nuestras mejores intenciones, Memphis, allá vamos.

Ya es de noche, damos una última pasada por Beale Street para buscar a nuestros amigos colombianos pero no los encontramos. Al que nos topamos en la calle es a Anson Funderburgh. Intercambiamos saludos y algunas palabras,pero como tiene más frío que nosotros sigue su camino arrastrado por su esposa. En el B.B. King’s escuchamos un par de temas de Asamu Johnson & The Associates of Blues, pero no nos impactan. Caminamos por Beale en busca del auto cuando oímos el inconfundible sonido de Paul Venturi y su guitarra. El escenario es otra vez el Blues Hall y el tano la rompe como el día anterior.

Veinte minutos después comemos un par de porciones de pizza parados en la calle, nos subimos al auto y encaramos, una vez, más hacia el estado de Mississippi. Tenemos poco más de una hora de viaje hasta Oxford, la ruta está muy oscura y por momentos parece que por aquí no hay nada más que nosotros y el blues.

Nos alojamos en un motel junto a la ruta y al día siguiente, tras un desayuno ligero, damos un par de vueltas por la ciudad en la que se crió el célebre escritor William Faulkner. De todos los sitios en los que estuvimos en Mississippi este es, por lejos, el que mejor preservado está. El casco antiguo parece el set de filmación de una película.

Al mediodía vamos a la Universidad de Mississippi, más conocida como Ole Miss, el motor de la ciudad. Estacionamos el auto junto al imponente edificio de la Biblioteca y nos dirigimos al tercer piso donde un cartel anuncia la charla que estamos a punto de dar sobre Bien al Sur. Nos recibe Greg Johnson, el curador del archivo de blues, y nos lleva a una imponente sala de conferencias. La exposición resulta más amena que la anterior. Primero porque el ámbito es más propicio y segundo porque nos sentimos más confiados. Y hasta podemos poner algunas canciones para que la gente entienda de lo que estamos hablando. Suena Little red rooster de Los Gatos Salvajes, Desconfío, Avellaneda blues y Black snake blues de Osvaldo Ferrer. Un profesor de la carrera de etnomusicología oriundo de Ghana nos plantea un debate muy interesante sobre la preservación y difusión de los orígenes del género, y contestamos algunas preguntas. Una hora después hemos concluido con la segunda presentación.

Greg Johnson nos invita a su oficina y nos muestra algunas piezas de colección invaluables: el certificado de defunción de Robert Johnson –en el que figura que murió de sífilis-, manuscritos de letras de Percy Mayfield y Tampa Red, el acetato original de Dust my broom de Elmore James, el 78 original del Crazy blues de Mamie Smith y el de Stop breaking down de Robert Johnson, y el contrato firmado por Sonny Boy Williamson con el sello Trumpet. Allí, donde se puede rastrear hasta el núcleo del la historia del blues, desde ahora reposa nuestro libro. Tarea cumplida.