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sábado, 8 de agosto de 2026

Fernando Goin, una celebración de la música sin artificios

Fotos Alan Distefano.

En tiempos en los que la velocidad, lo efímero y las imágenes cuidadosamente impostadas se  imponen sobre el contenido, escuchar a Fernando Goin es casi un acto de resistencia. El guitarrista, cantante, compositor y coleccionista de discos ofreció el jueves por la noche, en un Thelonious colmado, un show que fue mucho más que un repaso por el cancionero tradicional estadounidense: fue un viaje hacia el las raíces del rock and roll.

Acompañado por Santiago "Rulo" García en guitarra con slide, y Mauro Bonamico en contrabajo, Goin construyó durante una hora y media un paisaje sonoro donde el country, el blues y el folk convivieron con absoluta naturalidad. El recorrido comenzó con Ma Rainey, la composición de Memphis Minnie dedicada a la legendaria "madre del blues", para continuar con una sutil versión de I Can't Get You Off My Mind, de Hank Williams. El trío siguió con Will the Circle Be Unbroken, el himno cristiano compuesto en 1907 que décadas después popularizó The Carter Family, una interpretación cargada de emoción y respeto por la tradición.

Uno de los momentos más inspirados de la noche llegó con On the Sunny Side of the Street. Sobre la melodía inmortalizada por Louis Armstrong, Goin y sus músicos imprimieron un elegante aire jazzero. Luego llegaron Truckin' My Blues Away, de Blind Boy Fuller, y el clásico Rollin' and Tumblin', que tiñeron la sala de blues rural y prepararon el terreno para la aparición de la armoniquista Ximena Monzón. La invitada desplegó toda su sensibilidad en Trouble in Mind y Little Black Train, aportando una sonoridad que enriqueció aún más el repertorio.

La segunda mitad del concierto retrocedió todavía más en el tiempo. Goin visitó el universo de Jimmie Rodgers con Miss the Mississippi and You y Peach Pickin' Time in Georgia, recreando con notable exactitud el inconfundible Blue Yodel que convirtió al músico estadounidense en el padre de la música country.

Entre clásicos de un mundo que ya no existe, como Blue Moon, Milk Cow Blues y Big Bill Blues, también hubo espacio para uno de los compositores que más marcaron su carrera: Bob Dylan. Del autor de Blowin' in the Wind, a quien Goin ya había homenajeado con un álbum completo de versiones, sonaron Leavin' the Blues, I'll Be Your Baby Tonight y Don't Think Twice, It's All Right, interpretadas con la sobriedad y el respeto que caracterizan su manera de abordar el repertorio ajeno.

Para los bises volvió a sumarse Ximena Monzón en Kansas City, antes de un cierre a puro blues con Moanin' the Blues, que encontró a Goin cantando con la misma pasión con la que transita este repertorio desde hace décadas.

El show confirmó el sólido funcionamiento del trío, que prometió más presentaciones de aquí a fin de año. El trabajo de Rulo García, alternando la guitarra con slide y el dobro, aporta ese inconfundible color sonoro asociado al country y al blues del sur de Estados Unidos, mientras que Bonamico sostiene cada canción con un contrabajo preciso, de pulso firme y siempre al servicio del ritmo.

Goin lleva años defendiendo una tradición musical que considera fundacional, esa música que, como dijo, "nos dio el rumbo". Un rumbo que lo llevo a estudiar y versionar a los grandes maestros del blues y el country, y también a desarrollar una obra propia profundamente atravesada por esas influencias. Lo de Thelonious fue una celebración de la música hecha sin artificios. Orgánica, honesta y tocada con las manos, con el corazón y con un profundo apego por una tradición que tiene a Fernando Goin a uno de sus intérpretes más auténticos.

sábado, 13 de junio de 2026

Pulp, vigencia y elegancia

Fotos: Alejandra Morasano

Pocas figuras del rock conservan la capacidad de adueñarse de un escenario con la naturalidad de Jarvis Cocker. A sus 63 años, vestido como un bibliotecario universitario y lejos de cualquier pose de estrella de rock, el líder de Pulp demostró en el Movistar Arena que el carisma es como un buen vino. Cocker es un performer descomunal, un juglar atemporal capaz de transmitir cada canción sin filtros, con humor, elegancia y una presencia escénica que convierte al público en parte de la función.

Lo de Pulp en Buenos Aires no fue un ejercicio de nostalgia noventosa ni una celebración de su propia leyenda. Fue una demostración de vigencia artística. La música brilló por los arreglos, la precisión interpretativa y una sonoridad impecable que encontró en Cocker a su principal guía.

Ya no son aquellos jóvenes de Sheffield que ayudaron a definir el Britpop. Hoy, rondando los sesenta y pico, representan una época que para muchos fue la última gran edad dorada del rock antes de la fragmentación digital. Y esa conciencia se percibe en cada decisión del show: no hay canciones de relleno ni momentos rutinarios. Cada tema está interpretado con pasión, oficio y una atención al detalle que pocas bandas de su generación conservan.

Junto al guitarrista Mark Webber, la tecladista Candida Doyle y el baterista Nick Banks, además de cuatro músicos de apoyo, Pulp construyó un sonido envolvente y elegante. Las bases rítmicas fueron contundentes, los teclados aportaron profundidad y las guitarras encontraron siempre el equilibrio justo entre energía y sofisticación.

El concierto se extendió durante poco más de dos horas y media, con un intervalo de 15 minutos, y recorrió 25 canciones. El repertorio incluyó siete temas de More, el álbum publicado en 2025, donde conviven naturalmente temas nuevos con otros escritos a lo largo de su carrera. El resto del set estuvo dominado por canciones de Different Class, uno de los discos fundamentales de la década del noventa.

La primera parte comenzó con Sorted for E's & Wizz y rápidamente alcanzó un clima de euforia cuando sonaron los primeros acordes de Disco 2000. Hubo otros momentos destacados, como Underwear, antes de cerrar ese bloque con Sunrise, del álbum We Love Life. Las proyecciones sobre la pantalla y un preciso trabajo de luces acompañaron la propuesta sin distraer la atención de lo esencial: la música.

Entre el público predominaban los espectadores de entre 40 y 55 años, muchos de ellos reencontrándose con la banda que marcó parte de su juventud. Sin embargo, el show nunca quedó atrapado en la nostalgia. Pulp tocó como una banda que sigue mirando hacia adelante.

Cocker intentó comunicarse varias veces en castellano. No siempre fue sencillo entenderlo. Uno de los momentos más curiosos llegó cuando dijo: “Todos tenemos un Ricardo Di Vareno. Yo tengo un Ricardo Di Vareno. ¿Vos tenés un Ricardo Di Vareno?”. Recién después muchos comprendieron que intentaba pronunciar “un sueño de verano”.

La segunda parte mantuvo intacta la intensidad. Los cuatro miembros originales regresaron al escenario para un comienzo acústico con Something Changed, un guiño a los primeros años de la banda en Sheffield. Pero el punto culminante de la noche estaba reservado para Common People. La canción sonó irresistible, expansiva, celebrada por un público que la cantó y la bailó como si el tiempo no hubiera pasado.

Antes del final, Cocker jugó con las palabras y dedicó Tina a la Argentina. Luego, apremiado por el horario, cerró la velada con A Little Soul. Fue el final perfecto para una noche en la que Pulp confirmó que su legado no depende de la nostalgia. 

miércoles, 6 de mayo de 2026

J.P. Soars: blues y vinos sin distancia en Miami

Hay lugares que parecen hechos para que la música suene distinta. Lagniappe House, en el corazón de Miami, justo a las afueras de Midtown, el Design District y el distrito artístico de Wynwood, es uno de esos. A mitad de camino entre vinería, living desordenado y patio de película indie, el espacio invita a demorarse: elegir un queso de la heladera como si uno estuviera en un almacén de barrio, sumar un fiambre, pagar esos cinco dólares extra para que lo conviertan en tabla y salir a buscar una mesa entre luces cálidas y conversaciones cruzadas.

Adentro, los sillones y las mesas miran hacia un rincón que apenas sugiere escenario. No hace falta más. Ahí se acomodó J.P. Soars con su trío y empezó a armar, tema a tema, un clima que fue creciendo sin apuro. Blues, sí, pero no solo, con un aire medio santanesco que se colaba en los solos, o cierta mística hendrixiana emanada de una pequeña Cigar Box Guitar o una H1446 Silvertone, que de pronto dio un giro (in)esperado hacia retazos de gypsy swing o una cadencia típica de la bossa nova. Todo convivió con naturalidad, como si los géneros fueran apenas excusas.

Soars toca con esa mezcla de precisión y riesgo que tienen los músicos curtidos. Se nota que lleva años en la ruta, que armó su carrera de a poco, “ladrillo por ladrillo”, como le gusta decir. Junto a sus Red Hots —Cleveland Frederick en bajo y Chris Peet en batería— construye un sonido sólido pero flexible, capaz de pasar de la sutileza a la explosión sin perder elegancia.

Entre el primer y el segundo set, el clima no se corta: la gente sigue yendo y viniendo con copas de vino, alguien hace fila para el baño en ese pasillo eterno, mientras en el fondo el jardín respira. En ese intervalo aparece la charla. Soars, relajado, cuenta que admira a Gonzalo Bergara —no sorprende, tocaron juntos y se nota que dejó una marca en su estilo—, que hizo una gira por Brasil y que le gustaría darse una vuelta por Argentina. Lo dice sin grandilocuencia, como quien deja una idea flotando.

Después vuelve la música. Y otra vez esa sensación de que todo encaja: el vino, las luces, la madera, las conversaciones bajas, la guitarra que se estira un poco más de lo esperado. En Lagniappe House, la noche no parece tener un centro claro. O mejor dicho: el centro es ese momento en el que, sin darte cuenta, ya estás completamente adentro.

miércoles, 15 de abril de 2026

Blackberry Smoke desató una noche ardiente de rock sureño en Palermo


Desde el primer acorde de Good One Comin’ On, Blackberry Smoke dejó en claro que su debut en Buenos Aires no sería uno más dentro de la gira Rattle, Ramble and Roll Tour. Sin pausas, el quinteto encadenó Six Ways to Sunday y Payback’s a Bitch, marcando el pulso de una noche intensa en Groove, en Palermo, con un público encendido y un sonido tan potente como nítido, sostenido por el clásico empuje de amplificadores Marshall.

El repertorio recorrió buena parte de su discografía, con momentos destacados en Rock and Roll Again, Let It Burn, Pretty Little Lie, Waiting for the Thunder y Sure Was Good, tema que el propio Charlie Starr presentó con una frase que resonó como declaración de principios: “Estamos celebrando nuestros 25 años de carrera, es la primera vez que venimos y ya es nuestro mejor show de la gira”. La respuesta del público confirmó la conexión inmediata entre banda y audiencia.

Uno de los puntos más celebrados llegó con Sleeping Dog, que incluyó un guiño al clásico Come Together de The Beatles, en un interludio que reforzó el nexo constante del grupo con la tradición del rock. Esa misma lógica atravesó todo el show: tres guitarras afiladas, sin excesos ni largas improvisaciones, al servicio de canciones que se imponen por melodía, arreglos y una marcada raíz blusera.

El tramo final elevó aún más la temperatura. One Horse Town abrió una seguidilla contundente que continuó con la balada Ain’t Got the Blues y desembocó en Run Away From It All, donde el pogo frente al escenario selló uno de los momentos más intensos de la noche. Para los bises, Starr reapareció con la camiseta de la Selección argentina y lideró una potente versión de But You Did, de ZZ Top, antes de cerrar con Ain’t Much Left of Me, que incluyó referencias a Willin’ y Don’t Bogart That Joint, en sintonía con el espíritu de Waiting for Columbus de Little Feat, además de un pasaje con When the Levee Breaks de Led Zeppelin.

Con una formación sólida —Starr en voz y guitarra, Paul Jackson en guitarra, Richard Turner en bajo y Brandon Still en teclados— reforzada por Benji Shanks y el baterista Kent Aberle, incorporado tras la muerte de Brit Turner en 2024, Blackberry Smoke volcó el espíritu musical de Georgia y ofreció una actuación sin fisuras. Lejos de artificios, la banda apostó a la contundencia de su propuesta y a una identidad que, si bien remite a referentes como Lynyrd Skynyrd o The Allman Brothers Band, se afirma con voz propia.

El resultado fue un show que creció en intensidad hasta volverse arrollador, confirmando que el rock sureño, en manos de Blackberry Smoke, sigue siendo una experiencia vibrante, auténtica y profundamente conmovedora.

miércoles, 1 de abril de 2026

AC/DC en River: una maquinaria implacable que no da señales de despedida

Foto prensa DF.
En una noche espesa, con una humedad bochornosa que se adhería al cuerpo, y la luna llena recortando el cielo sobre un Monumental repleto, AC/DC volvió a hacer lo suyo sin desvíos ni sorpresas: tocar rock & roll, fuerte y directo. Más de 70 mil personas asistieron a un show que no necesitó novedades para impactar, y donde la la magia de Angus Young convirtió cada tema en algo tangible, casi físico.

El repertorio no cambió respecto de las dos fechas anteriores, aunque hubo un detalle que marcó el pulso emocional de la noche: el público le cantó varias veces el feliz cumpleaños a Angus, que celebró sus 71 arriba del escenario. Antes del show, circularon rumores sobre una posible aparición de Axl Rose. No pasó nada. Puro ruido de redes.

Todo el concierto orbitó alrededor del histórico guitarrista. No solo por lo que toca, sino por cómo ocupa el espacio. Se mueve sin pausa, estira los solos, recorre la pasarela como si el escenario fuera una extensión natural de su cuerpo. Su figura sostiene el show y lo empuja hacia adelante, sin dar respiro. No hay nostalgia en su performance, sino una energía concreta, presente, que organiza todo lo demás.

La banda responde con una solidez que no admite fisuras. Las guitarras encajan con precisión, la base rítmica empuja sin desbordarse y cada riff es como una clase de historia del rock. Brian Johnson sostiene su lugar con una voz áspera, exigida, casi al límite, que por momentos pierde claridad pero nunca actitud. A su lado, Stevie Young, Chris Chaney y el baterista Matt Laug hacen lo suyo sin estridencias: sostener la estructura para que todo avance con peso propio.

El set recorrió los clásicos casi sin omisiones: Back in Black, Hells Bells, Highway to Hell, Shoot to Thrill, Dirty Deeds Done Dirt Cheap, High Voltage y You Shook Me All Night Long. Fueron 21 temas en poco más de dos horas. Johnson solo se permitió una salida del guion para decir: “Ustedes son el mejor público del mundo y lo saben”.

Thunderstruck fue uno de los momentos más intensos. El campo se desarmó en un pogo masivo, de esos en los que la lógica individual desaparece. Lo que pasa ahí adentro ya no se controla: se atraviesa.

En el tramo final, cuando parecía que todo estaba dicho, la banda estiró el cierre media hora más. Una poderosa Whole Lotta Rosie abrió la puerta a Let There Be Rock y a un solo largo de Angus, que durante unos 15 minutos sostuvo al estadio entero en un mismo pulso.

Los bises llegaron con T.N.T. y For Those About to Rock (We Salute You), un cierre épico acompañados por fuegos artificiales que marcaron el final del tercer y último show de su tercera visita a la Argentina (ya habían estado en 1996 y 2009). No hubo despedidas grandilocuentes ni señales de continuidad. El final quedó abierto.

Más allá de lo musical, el contexto dejó en evidencia una tensión creciente en los grandes espectáculos. La expansión del campo VIP redefine la experiencia: diluye su carácter exclusivo para quienes pagan la entrada más cara, al tiempo que relega al público general a un espacio cada vez más distante de los protagonistas. Aunque en los dos últimos shows se intentó una corrección parcial adelantando la valla, la lógica comercial parece imponerse sobre aquella idea original del rock como experiencia horizontal.

AC/DC reafirmó su vigencia no desde la innovación, sino desde la fidelidad a una identidad inquebrantable. Es una maquinaria aceitada que, décadas después, sigue funcionando a máxima potencia. Sin adornos, sin guiños de más. Solo volumen, ritmo y una idea clara de lo que tienen que hacer. 

sábado, 14 de marzo de 2026

Un viaje al corazón del rock sureño en el Abasto


El Conventillo Cultural Abasto se transformó el viernes por la noche en una pequeña estación del sur profundo de Estados Unidos. Allí, una banda liderada por el guitarrista y cantante Juan Manuel Rodríguez Silva ofreció un tributo a The Allman Brothers Band que combinó virtuosismo, conocimiento del repertorio y un respeto absoluto por una de las tradiciones más ricas del rock.

Acompañado por Demian Núñez en guitarra, Lucho Herlein en teclados, Sebastián Heudtlass en bajo y Federico Renati en batería —con la participación especial de Franco Martino en guitarra—, el grupo desplegó un nivel de ensamble que sorprendió desde el primer momento. Aunque la banda ya había realizado tributos a George Harrison y Derek and the Dominos, la naturalidad con la que se movieron en este repertorio hizo pensar que tocan estas canciones a diario.

El concierto comenzó con Hot Lanta, un instrumental para entrar en calor, y siguió con Statesboro Blues, donde Núñez desató un brutal slide que encendió al público. Luego llegaron Trouble No More, con su esencia blusera y ejecución frenética, y una extensa y demoledora versión de In Memory of Elizabeth Reed. Allí apareció en plenitud el espíritu del grupo homenajeado: una compleja arquitectura rítmica en la que las guitarras se entrelazaron con el Hammond para recrear el clima hipnótico del rock sureño, con solos largos y texturas cambiantes.

En el tramo central del show el clima se volvió más íntimo. Rodríguez Silva invitó al escenario a Franco Martino y juntos ofrecieron un set electroacústico y minimalista con Midnight Rider y Blue Sky. Las dos guitarras fluyeron sincronizadas, sosteniendo melodías limpias y armonías vocales delicadas que aportaron un respiro antes de volver a la intensidad eléctrica.

El resto de la banda regresó para otro instrumental de peso, Jessica, y luego para un cierre con tres guitarras que encontró su punto alto en Ramblin’ Man. Tras la salida de Martino, el grupo se zambulló en la épica de Whipping Post, ejecutada con una energía casi cinematográfica, como si el mismísimo William Wallace hubiese lanzado un grito de batalla antes del ataque final. El remate llegó con You Don’t Love Me, con el guitarrista zurdo Juan Cruz Posadas, que había sido telonero del show con su trío, como invitado especial.

Más allá del entusiasmo del público, la noche dejó una sensación poco frecuente: la de haber presenciado algo casi inédito en la escena local. No abundan antecedentes de tributos dedicados exclusivamente a The Allman Brothers Band en Buenos Aires. En los años setenta, grupos como Stubeaker y Carolina habían tomado su influencia; poco después fueron los Dulces 16 de la mano de Conejo Jolivet; más tarde Víctor Hamudis y Yalo López mantuvieron viva esa tradición, pero siempre enfocados en canciones propias. En tiempos más recientes, el grupo Támesis versionó algunas de sus canciones y el guitarrista Nico Bereciartua —hoy integrante de The Black Crowes— también se declaró devoto de los músicos de Macon.

Pero lo ocurrido en el Abasto fue algo más que una cita nostálgica. Durante dos horas, el legado del rock sureño volvió a respirar con fuerza propia. Y lo hizo con la convicción de quienes saben que, cuando las guitarras dialogan de esa manera, la historia sigue viva

domingo, 8 de marzo de 2026

La Escuela de Blues celebró 25 años con una clase magistral sobre la historia del género


La Escuela de Blues, fundada por Gabriel Grätzer, Mauro Diana y Gabriel Cabiaglia, celebró sus 25 años
con un emotivo show en Lucille que fue mucho más que un recital: una clase abierta sobre la historia del blues, desde sus raíces más profundas hasta su expresión en la Argentina. Durante una hora y media, con la sala colmada, el escenario se convirtió en una suerte de línea de tiempo musical por la que desfilaron egresados y docentes de la institución.

El aniversario no es un dato menor si se considera el contexto en el que nació la escuela. Abrió sus puertas en 2000, en la antesala del estallido social y económico que marcaría a fuego a la Argentina. Desde entonces atravesó crisis recurrentes, cambios de época y hasta la pandemia, pero logró consolidarse como uno de los espacios de formación más importantes dedicados al género en el país.

La celebración tuvo como guía a Grätzer, quien ofició de maestro de ceremonias y comenzó la noche a capella con un cornfield holler, una forma primitiva de canto rítmico y expresivo de raíces africanas que los esclavos utilizaban en los campos del sur de Estados Unidos para comunicarse y aliviar el trabajo. Con sus melismas y entonaciones nasales, ese llamado ancestral marcó el punto de partida del viaje musical.

Luego invitó al guitarrista Juan Codazzi y, a dos guitarras, interpretaron Maggie Campbell Blues, de Tommy Johnson, y Frisco Town, de Memphis Minnie, dos clásicos del blues rural del Delta del Mississippi. El cantante Darío Soto aportó un matiz espiritual con Down by the Riverside, mientras que Leo Caruso rindió honores a la tradición del piano con una majestuosa versión de St. James Infirmary Blues.

Uno de los momentos más logrados llegó cuando Grätzer y Codazzi comenzaron Night Time Is the Right Time. El tema funcionó como una metáfora sonora de la evolución del género: de lo rural a lo urbano, del sonido acústico al eléctrico. A medida que avanzaba la canción se fueron sumando Miguel Ángel Romeo en batería, Lorenzo Padín en bajo y Matías Muriete en guitarra, transformando gradualmente la textura musical.

La segunda parte de la noche se sumergió en el blues eléctrico de Chicago. Un homenaje instrumental a Walter Horton, el Walter's Boogie con Ximena Monzón en armónica, abrió paso a clásicos como You Don’t Have to Go, de Jimmy Reed, y Smokestack Lightnin’, de Howlin’ Wolf, cantada con intensidad por Darío Soto. También subieron al escenario músicos como Roberto Porzio, Gabriel Cabiaglia y Nacho Ladisa.

El guitarrista Julio Fabiani evocó el estilo elegante de T-Bone Walker con Tell Me What the Reason, mientras que Pilar Padín le puso su voz a Wang Dang Doodle, de Koko Taylor, y Drown in My Own Tears, de Ray Charles.

Hacia el final, la historia del blues se cruzó con su desembarco en la Argentina. La cantante y pianista Cristina Dall se sentó frente al teclado y revivió el espíritu de Las Blacanblus con tres canciones consecutivas: Depre Blues, No quiero tu dinero y El paso.

El cierre reunió a todos los músicos en escena para un medley que incluyó Sweet Home Chicago y Estamos haciendo las cosas bien, de Easy Babies, en homenaje a Mauro Diana, cofundador de la escuela, quien no pudo estar presente por cuestiones de salud.

A 25 años de su nacimiento —y en medio de un presente nuevamente marcado por la incertidumbre económica, confrontaciones y el aumento del desempleo— la Escuela de Blues volvió a demostrar que el género nacido del dolor y la resistencia sigue encontrando eco en la Argentina. Como ocurrió en 2001, el blues vuelve a ser refugio, memoria y forma de resistencia.

miércoles, 11 de febrero de 2026

La Patria Stone celebró diez años del último rugido en La Plata


A las seis de la tarde, el ritual ya estaba en marcha. No fue un martes más: se cumplían diez años de la última visita de los Rolling Stones a la Argentina y la Patria Stone volvió a reunirse para celebrar aquella despedida que, con el tiempo, adquirió dimensión histórica.

La cita fue en Musicomio, el amplio espacio de venta de discos ubicado en la esquina de Álvarez Thomas y Olleros, en Colegiales, donde también funciona el local de indumentaria rockera Hot Rocks. Entre las 18 y las 21, el encuentro fue un abrazo generacional. La mayoría del público rondaba esa edad en la que el rock ya no es descubrimiento sino biografía. Hombres y mujeres que estuvieron en el Estadio Único de La Plata en febrero de 2016 —muchos en las tres fechas— se reconocían como coprotagonistas de una fiesta épica, multitudinaria e intensa.

La música comenzó con un DJ bandejeando grandes éxitos de los Stones, para luego volverse orgánica y en directo con Gi Acosta & The Band, un trío acústico que eligió Miss You, Wild Horses y Night Time Is The Right Time para tocar la fibra sensible de los asistentes. Luego fue el turno de Los Complicados, liderados por los ex Blues Motel Gaba Díaz y Adrián Herrera. El repertorio sostuvo el pulso del ADN stone: una docena de canciones de raíz blusera que los Stones supieron hacer propias —I Just Want To Make Love To You, Honest I Do, Little Red Rooster— y clásicos inoxidables como It’s Only Rock And Roll y Dead Flowers. Hubo invitados que reforzaron la mística: Luli Bass, el vocalista Damián Rende y Fachi, bajista de Viejas Locas.

Pero la verdadera protagonista de la noche no estuvo sobre el escenario sino en la memoria colectiva.

En 2016, por primera vez, los Rolling Stones tocaron fuera de la Ciudad de Buenos Aires. Eligieron el Estadio Único de La Plata y esa decisión modificó la experiencia: ya no se trataba de tomar el subte o un colectivo hasta Núñez, sino de emprender una peregrinación. Los días 7, 10 y 13 de febrero, la Autopista Buenos Aires–La Plata dejó de ser un corredor vial para convertirse en una caravana de remeras negras y banderas con lengua.

Durante esa semana, La Plata fue la capital mundial del rock. Desde el conurbano, el interior y países vecinos, una marea humana confluyó en ese estadio que durante tres noches se consagró al rito stone.

El domingo 7, bajo una lluvia intermitente, Start Me Up abrió el fuego. Mick Jagger, con una energía que desmentía cualquier calendario, lanzó una frase que todavía circula como estampita: “¡Hola Buenos Aires! ¡Hola che! ¡Definitivamente acá hacen el mejor pogo del mundo!”. El público había elegido por votación online Street Fighting Man y el set incluyó clásicos y gemas como Paint It Black, Honky Tonk Women y Anybody Seen My Baby?. Keith Richards se lució con Happy y Can't Be Seen. Fue una declaración de amor mutua. El detalle, que se repitió las tres noches, fue la versión de You Can't Always Get What You Want, con el acompañamiento vocal del Estudio Coral de Buenos Aires.

El miércoles 10 quedó marcado por la emoción. Charly García estaba entre el público, días después de haber tocado para Jagger y Ron Wood en el Hotel Faena. Jagger saludó con picardía: “Tenemos invitados especiales. El famoso Charly García y el papa Francisco que nos mira desde México. ¡Hola Pancho!”. Esa noche sonaron Angie y la monumental Can't You Hear Me Knocking. Y también hubo sorpresas: Let's Spend the Night Together y Before They Make Me Run. 

El 13 de febrero fue el cierre. Richards regaló una conmovedora versión de You Got the Silver que agingantó su leyenda. La sensación de estar ante algo irrepetible flotaba en el aire. Nadie lo decía en voz alta, pero muchos intuían que podía ser la última vez. Cuando las luces se encendieron y la multitud comenzó a desconcentrarse, el silencio posterior a Satisfaction tuvo algo de despedida anticipada.

Diez años después, en Colegiales, aquel duelo se transformó en celebración. Sin pantallas gigantes ni fuegos artificiales, pero con algo más persistente: la comunidad. Cada canción tocada fue una forma de volver a cruzar la autopista, de sentir el barro bajo las zapatillas y de escuchar el rugido de 50 mil gargantas cantando al unísono.

La conmemoración confirmó que los Rolling Stones en la Argentina no son solo una banda extranjera en gira, sino parte del relato emocional de varias generaciones. Y aunque el calendario marque una década desde el último acorde en La Plata, la bandera con la lengua stone sigue flameando. No como nostalgia, sino como presente continuo.

A las 21, cuando el volumen bajó y las luces de Musicomio se encendieron, nadie se fue de inmediato. Como en 2016, cuando costaba abandonar el estadio, muchos se quedaron un rato más, estirando el momento. Diez años después, la peregrinación continúa —ahora hacia adentro, hacia la memoria— y el ritual permanece intacto. Porque no es solo rock and roll, sino mucho más que eso.

jueves, 18 de diciembre de 2025

Stewart Copeland trastornó a The Police en clave sinfónica

laufoto@gmail.com

Stewart Copeland, el histórico baterista de The Police, se presentó en el Teatro Gran Rex con una propuesta tan novedosa como provocadora: Police Deranged for Orchestra. “Deranged” significa trastornado, y el concepto atraviesa todo el espectáculo: tomar canciones consagradas, sacarlas de su forma original y reconstruirlas en un diálogo permanente entre rock, música contemporánea y orquesta.

El escenario reunió a las cantantes Sarah Jane, Alta Gracia y Rachel Melanie, que vinieron junto a Copeland; al bloque rítmico de Eruca Sativa con Lula Bertoldi en guitarra, Brenda Martin en bajo y la participación ocasional de Gabriel Pedernera en batería, cuando Copeland abandonó su puesto para empuñar la guitarra eléctrica. El marco sinfónico estuvo a cargo de Nico Sorín, quien dirigió una orquesta de más de 20 músicos que funcionó como un organismo vivo, siempre en tensión.

El teatro estuvo colmado por un público mayoritariamente de entre 50 y 60 años. Para todos ellos —para nosotros— las canciones de The Police formaron parte de la banda sonora de la adolescencia y juventud. El show comenzó minutos antes de las 21 y Copeland abrió con Demolition Man, uno de los temas menos populares del repertorio, una elección que funcionó como una clara declaración de principios.

Copeland se mostró locuaz, agradecido y con un humor constante. Bromeó con haber cometido “sacrilegios” con algunas canciones: “Hay temas que son diamantes y no se pueden cortar; otros, en cambio, se dejan transformar”, dijo antes de lanzar una versión casi irreconocible de Roxanne. Hubo elogios para Sting y Andy Summers —celebrados por el público— y chicanas sobre el amor de Sting por los “jazz chords”, antes de otro clásico del trío británico como Murder by Numbers.

El recorrido alternó melodías reconocibles con pasajes completamente desarticulados. Spirits in The Material World fue una de las más fieles a la original, mientras que otros temas brillaron por arreglos exquisitos y sorprendentes. No faltó un guiño demagógico —“Buenos Aires tiene la mejor audiencia del mundo”— que fue premiado con otra ovación. “Las canciones de Sting son muy intelectuales”, lanzó Copeland, siempre entre la ironía y la admiración.

Siguieron One World (Not Three), con un solo de percusión en la introducción, y Walking on the Moon, sostenida en un mano a mano de drum & bass que respetó su espíritu reggae. En uno de los momentos más celebrados, Copeland ocupó el lugar de Sorín y dirigió a la orquesta en una épica instrumental, The Equalizer, que compuso para la película homónima, con un intenso solo de guitarra de Lula Bertoldi. Luego llegó una introducción monumental para Every Breath You Take, con vocalizaciones cercanas al góspel, en uno de los momentos más emotivos de la noche.

De regreso a la guitarra, anunció a “Metallica interpretando a Stravinsky” para Orc Jam y, sin soltarla, encaró The Bed’s Too Big Without You. “Yo era una rock star y ahora soy un abuelo, así que tengo permitido tomar agua”, bromeó mientras se hidrataba de regreso a la batería.

El tramo final fue a puro hit: Don’t Stand So Close to Me, Message in a Bottle y Can’t Stand Losing You, en las que el público acompañó coreando los estribillos. En los bises, Bertoldi cantó una versión poderosa de Magoo, tema de Eruca Sativa grabado en 2010, con Copeland en guitarra. “Es un tipazo, nos pidió que toquemos una de Eruca”, agradeció. El cierre, intenso y emotivo, llegó con Every Little Thing She Does Is Magic.

El show combinó energía rítmica, melodías emblemáticas y la complejidad sonora de una orquesta conducida con precisión por Sorín, bajo la batuta —literal y simbólica— de un Copeland tan irreverente como lúcido.

Más que un homenaje, Police Deranged for Orchestra fue una relectura sin concesiones: Copeland no vino a reproducir el pasado sino a discutirlo, a ponerlo en crisis y volverlo presente. Entre el pulso visceral del rock, la arquitectura sinfónica y un humor que descomprimió toda solemnidad, el ex Police confirmó que el verdadero riesgo no está en trastornar los clásicos, sino en dejarlos intactos.

viernes, 24 de octubre de 2025

Rod Stewart en el Movistar Arena: medio siglo de hits en una noche inolvidable

 

Rod Stewart es como la birome Bic o el Magiclick, símbolos de una época que, lejos de extinguirse, siguen cumpliendo su función con una eficacia casi poética. El cantante británico también desafía al paso del tiempo. Ni la tecnología, ni las modas, ni los años han podido corroer su brillo. Con su melena rubia intacta y una energía que parece inagotable, Rod Stewart demuestra sobre el escenario que lo clásico no pasa de moda: simplemente se perfecciona con la experiencia.

En poco más de una hora y media, Rod Stewart dejó el alma en el  Movistar Arena con una selección de canciones que todos conocen, una combinación de grandes éxitos propios y versiones de otros que hizo suyas. El segundo de los tres recitales porteños de su gira One Last Time 2025 comenzó con Having a Party, tema que marcó el pulso festivo de la noche.

Vestido con un traje de cebra —el primero de los cuatro que luciría durante el show—, el cantante siguió con Tonight I’m Yours y This Old Heart. En un giro inesperado para quienes lo asocian con sus discos de baladas y estándares, rindió tributo al blues con una poderosa versión de Rollin’ & Tumblin’, de Muddy Waters, mientras en las pantallas LED desfilaban imágenes de leyendas del género como Albert Collins y Howlin’ Wolf.

El espectáculo fue tan visual como musical: luces, pantallas e instrumentos brillaron en un montaje digno de un show de Las Vegas. Ya con una camisa negra y pantalón a tono, Stewart atacó It Takes Two, el tema que grabó con Tina Turner, y continuó con los clásicos The First Cut Is the Deepest y Tonight’s the Night. Antes de Forever Young, detuvo a la banda para pedirle al personal de seguridad que permitiera al público acercarse y tomarle fotos.

La energía no decayó con Baby Jane, Young Turks y la gloriosa Maggie May, mientras una docena de músicos —entre ellos seis coristas y multiinstrumentistas— rotaban en escena, aportando violín, mandolina, arpa y percusión. En un momento de emoción, Rod Stewart dedicó I’d Rather Go Blind, de Etta James, a la memoria de Christine McVie, y luego interpretó Downtown Train, de Tom Waits. Durante un breve interludio, sus coristas Holly Brewer, Joanne Bacon y Becca Kotte mantuvieron el ritmo con una versión vibrante de I’m So Excited, de The Pointer Sisters.

El cantante regresó vestido íntegramente de rojo, con una rosa cursi en el ojal, para entonar I Don’t Want to Talk About It e If You Don’t Know Me by Now. Luego, acompañó You’re in My Heart con imágenes del Celtic, su amado club escocés, antes de ceder el centro del escenario a sus coristas, que desataron el baile con Proud Mary. La recta final lo encontró enfundado en un smoking brillante para recorrer su etapa ochentosa y disco con Some Guys Have All the Luck y Da Ya Think I’m Sexy?, momento en el que lanzó al público algunas pelotas de fútbol vintage y también un poco de demagogia con la bandera argentina ocupando buena parte de la pantalla gigante. Los bises fueron Sailing y Love Train, con una imponente suelta de globos multicolor.

El show mantuvo una estructura similar al de GEBA en 2023, aunque el Movistar Arena ofreció una acústica mucho más envolvente, donde cada instrumento y matiz de su voz encontraron un mejor lugar.

A los 80 años, con más de medio siglo sobre los escenarios, Rod Stewart sigue cantando, bailando y disfrutando. Aunque el título de la gira sugiera una despedida, todo indica que mientras pueda moverse y sonreír, no habrá “última vez”. Porque, al final, el tiempo pasa, pero quienes hacen lo que aman nunca se retiran del todo.

domingo, 5 de octubre de 2025

Old Bones: arqueología eléctrica del blues primitivo

El bar del club Lucille se transformó en una suerte de cápsula sonora. El aire viscoso de una noche húmeda y templada, el zumbido de los amplificadores y una guitarra de otra era crearon la atmósfera de un viaje en el tiempo. No se trató de un homenaje ni de un revival: lo que propuso Old Bones fue una experiencia sensorial, casi arqueológica, que buscó reanimar el instante exacto en que el blues rural se electrificó para adaptarse a las exigencias urbanas.

Recién en el segundo tema, cuando los acordes empezaron a tomar cuerpo, se reveló la alquimia del cuarteto que conforman Juan Duggan en guitarra, Darío Soto en voz, Andrés Fraga en armónica y Darío Scape en contrabajo. Con formación mínima y sin batería, Old Bones interpretó lo que se conoce como early electric blues, el sonido que predominó en el norte de Estados Unidos entre 1937 y 1953 y que sentó las bases de la música contemporánea, especialmente el rock & roll.

“El nombre lo dice todo”, explica Duggan. “Viejos huesos es una especie de búsqueda arqueológica de un sonido que representó una época puntual en la historia de la música contemporánea”. Ese período —previo a la consolidación del Chicago blues— mantiene la pureza de una transición: “Es el momento en que el músico rural llega a la gran ciudad y se electrifica. Esa primera época es muy pura. Después no significa que lo que vino no lo fuera, pero empezaron a expandirse, a incorporar batería y a ensayar más”, agrega.

El repertorio de la noche incluyó clásicos como That’s All Right, Mean Old World, Be Careful, Take a Little Walk With Me y Love Her With a Feeling. Cada tema fue un pequeño rito que evocó la presencia de Muddy Waters, Little Walter, Tampa Red, John Brim y Robert Nighthawk, nombres que parecen flotar entre las válvulas y los trastes.

La idea comenzó a gestarse en 2016, cuando Duggan viajó junto al armoniquista Nicolás Smoljan a California y conocieron a The Silver Kings, una banda que reinterpretaba viejos blues con instrumentos originales. “Ese sonido nos voló la cabeza. Preserva algo muy de la época, con nombres como Muddy Waters y Little Walter, antes de que encontraran su propio estilo”, recuerda.

El proyecto tomó forma recién este año, cuando Duggan y Fraga comenzaron a explorar ese repertorio archivado. Tras varios ensayos y retoques en la formación, Old Bones halló su equilibrio con Soto y Scape.

Duggan empuña una Harmony H62 de 1956 conectada a un amplificador Masco de los años cuarenta. “Para este proyecto abandoné la púa y toco a dedo limpio”, confiesa. Fraga usa un Champion de cinco watts, lo mismo que la voz y el contrabajo, que salen “sin intermediarios”.

El resultado es un sonido compacto, crudo y parejo. “Es un blues muy rítmico y nos permitimos no tener batería”, dice Duggan. No hay solos de guitarra ni exhibiciones virtuosas: la armónica se encarga de los breves desvíos melódicos. El foco está en el ensamble, en esa respiración conjunta que vuelve orgánico cada compás.

Old Bones no busca reconstruir el pasado, sino reanimar su espíritu. En Lucille, entre chasquidos de válvulas y riffs contenidos, el blues volvió a sonar primario. Como si esos viejos huesos todavía tuvieran electricidad.


sábado, 13 de septiembre de 2025

Pat Metheny deslumbró en el Gran Rex con un recital íntimo y lleno de historias


Con camisa a cuadros, jeans y su melena clásica sobre los hombros, Pat Metheny volvió al escenario porteño del Teatro Gran Rex para presentar en solitario sus discos Dream Box (2023) y MoonDial (2024). El guitarrista eligió un formato íntimo, donde además de tocar habló extensamente con el público en tono de storyteller.

Recordó sus inicios en una familia de trompetistas, la primera guitarra que pudo comprar con sus ahorros tras escuchar a los Beatles y el impacto decisivo de Four & More de Miles Davis, álbum que descubrió a los 12 años y lo acercó definitivamente al jazz.

El concierto abrió con Better Days Ahead y en una primera parte acústica repasó piezas como Phase Dance Theme, Praise, The Sun In Montreal, Omaha Celebration y Slip Away. Metheny alternó más de una docena de guitarras, entre ellas una Gretsch 6120 de 1956, una Gibson ES-175N de 1959 y una Gibson ES-150 de 1938 que perteneció a Les Paul. Uno de los momentos más celebrados llegó con la guitarra Pikasso, de 42 cuerdas y aspecto cubista, construida por la lutier canadiense Linda Manzer.

También relató su búsqueda de las cuerdas adecuadas para guitarra barítono, que finalmente halló gracias a un fabricante argentino que descubrió en un video de YouTube. Hubo un homenaje emotivo a su socio y amigo Charlie Haden, con versiones de Waltz for Ruth, Our Spanish Love Song y First Song.

El repertorio incluyó clásicos revisitados como Garota de Ipanema, Cinema Paradiso, Alfie de Burt Bacharach y Two for the Road de Henry Mancini. El público acompañó con silencio respetuoso y ovaciones que crecían con intensidad tras cada tema.

En el tramo final, Metheny sorprendió al retirar unas mantas negras y revelar el Orchestrion, un dispositivo de percusión, cuerdas y teclados controlados por MIDI, que convirtió el escenario en una pequeña orquesta. Los bises se multiplicaron: Sueño con México, Wichita Lineman y Missing fueron el broche de una velada donde la cercanía y los matices se impusieron a cualquier artificio.


sábado, 31 de mayo de 2025

Wilco y una comunión perfecta entre melodía, emoción y oficio


Las luces se atenúan y, entre sombras y aplausos, los seis músicos de Wilco toman sus posiciones en silencio. Jeff Tweedy se cuelga la guitarra, baja la cabeza y lanza los primeros acordes de Company in My Back. Así comienza un viaje hipnótico de más de dos horas, donde cada canción es una pequeña joya de melodía, textura y emoción. Frente a una multitud atenta y madura, la banda despliega una actuación impecable, cargada de matices, con un sonido tan nítido y envolvente que por momentos parece irreal. No hay poses ni alardes, solo músicos profundamente conectados con su arte y con cada segundo del presente.

Sobre el escenario del C Art Media, un cartel luminoso con las letras del nombre de la banda destella al ritmo de la música, marcando el pulso emocional del show y aportando un detalle visual tan sutil como efectivo. El sonido, con cada instrumento en su lugar y bien balanceados, potencia la experiencia sin empaques innecesarios.

Wilco es una banda sin hits, dicen algunos. Puede que sea cierto en términos comerciales, pero es algo que no importa . Las melodías pegadizas y las letras de Jeff Tweedy -que bien podría ser considerado uno de los compositores más destacados de su generación- hilvanan una narrativa que aborda el amor, la pérdida, la soledad y la condición humana con una sensibilidad única. Sus letras no gritan, susurran, y en ese murmullo logran una conexión profunda con el oyente.

Si hay algo que distingue a Wilco es su excelencia en vivo. Cada uno de los músicos está completamente presente, conectado con cada centésima de segundo del show, y esa entrega transforma sus canciones en una experiencia tangible. Tweedy, más allá de su maestría compositiva, es un intérprete formidable: canta con el corazón en la garganta y la paciencia de un artesano.

El desempeño del grupo es sobresaliente, pero hay que detenerse especialmente en el trabajo de los guitarristas Nels Cline y Pat Sansone, que se lucen en extensas improvisaciones que remiten a las jams de los Allman Brothers o los Grateful Dead. Porque Wilco, aunque suene moderno, es una esponja de la música de los sesenta y los setenta: The Band, The Beatles, Gram Parsons, algún momento de introspección al mejor estilo de Pink Floyd e, incluso, en la voz de Tweedy, se cuela el influjo de Van Morrison. El country está presente en buena parte de su repertorio, pero por encima de todas esas referencias, el sonido de Wilco es único, reconocible, con una firma propia.

Uno de los momentos más intensos del show llega con Via Chicago, donde la banda se permite su cuota de caos controlado, una esquizofrenia sonora que contrasta con la belleza de la seguidilla de canciones que siguen: You Are My Face, Whole Love, Either Way, Impossible Germany, Jesus, Etc” y Hate It Here, un tramo de altísimo vuelo emocional.

El final del concierto es una suerte de regreso a las raíces más country-rock de la banda, con el clásico que Tweedy escribió junto a Billy Bragg, California Stars, y un cierre encendido con Falling Apart (Right Now), Walken y I Got You (At the End of the Century), temas que hacen vibrar a una audiencia que, lejos de la euforia adolescente, responde con una gran devoción. Wilco no necesita hits. Tiene algo mucho más poderoso: canciones que resuenan, que acompañan y que, cuando las tocan en vivo, se vuelven inolvidables.

domingo, 25 de mayo de 2025

Juanse y una noche con el espíritu del Carpo

El humo espeso que flota sobre Vorterix revela una verdad ineludible: es noche de rock and roll. El telón se abre como un velo que se corre para mostrar lo que de verdad importa. Un rugido se empieza a formar cuando suenan los primeros acordes de El hombre suburbano y el tributo cobra vida: Pappo está de vuelta, otra vez encarnado por Juanse y una banda que es como esas Harley que le gustaban a Norberto.

La cosa toma temperatura rápido. Malas compañías ya no es una canción, es un grito de guerra, y cuando llega Sucio y desprolijo, el teatro tiembla. El sonido es denso, compacto, y la guitarra de Nicolás Yudchak emana unos solos limpios y penetrantes, mientras Juanse lanza esos esos riffs que son como el ADN del rock. Entre canción y canción, el público canta con el corazón y las tripas: “¡Y dale Pappo, dale, dale Pappo!”, porque lo que está pasando ahí no es solo música: es una celebración de lo que fuimos y todavía somos.

Juanse sigue con Tomé demasiado, una gran postal del rock argentino. Blues local llega con esa frase que es una verdad absoluta: donde hubo fiesta, hubo amigos de verdad. Y entonces sube al escenario Gabriel Carámbula, un viejo zorro de mil y un rocanroles, para tocar Adónde está la libertad. Tres Gibson Les Paul escupen fuego al mismo tiempo, al igual que en Pájaro metálico, de ese álbum clásico que es Pappo's Blues Vol. 3, de 1973. Cuando suena Una casa con diez pinos, el delirio es total. Todos sabemos que el tema no es de Pappo, pero bien podría serlo. En esa poesía de Javier Martínez está también su espíritu. Yudchak vuelve al frente con absoluta naturalidad. Nació para estar ahí. No le pesa el partido del debut en Primera y juega como requiere un equipo grande. En El viejo, mientras la letra nos interpela a los que la escuchamos desde hace varias décadas, aparece el hammond de Nico Raffetta, exquisito, redondo. Bolsa y Ponch, en la base rítmica, son un dique de contención para que todo fluya como el show lo demanda.

Desconfío es un momento aparte. Juanse deja la guitarra, se adelanta y en modo crooner canta con voz rasgada una plegaria compartida. Al final de la primera vuelta de “Tan solo en la vida, que mejor me voy”,  Yudchak se adueña del escenario. Muestra el carnet de egresado de la Escuela de Blues y tira unos solos inspirados en los mismos dioses que le hablaban a Pappo, y a Freddie King también.

Pasa Fiesta cervezal y todo su desmadre sonoro. Aparece Sarco en escena, porque si hay alguien que puede cantar El gato de la calle negra con el alma es él. Promediando el show, Juanse se corre del cancionero de Pappo para meter sus canciones como solista: Energía, La esquina del sol, Estoy de vuelta… y hasta una sólida versión en español de Under My Thumb de los Rolling Stones. La banda suena bien, eso no cambia, pero el aura baja un poco: esas composiciones –a excepción de la de la banda británica- no tienen la misma fuerza que las anteriores. Y eso queda más en evidencia cuando Juanse se zambulle en la historia de Los Ratones Paranoicos. Rock del gato, Cowboy, Sigue girando, Rock del pedazo, Ceremonia y Estrella, todas canciones llenas de magia, emblemas de una época en la que la mayoría de los que estamos ahí éramos jóvenes.

Con los bises vuelve Pappo, porque siempre se vuelve a Pappo. Suben al escenario Fachi (bajista de Viejas Locas) y Sarco, porque el rock también es hermandad. El tren de las 16 y Ruta 66 suenan como lo que son: canciones de viaje eterno, de ir y volver, de nunca quedarse quieto. Juanse presenta a sus músicos. Para él Nico Raffetta es Nicky Hopkins y Nico Yudchak es Mick Taylor. Una hora y cuarenta y tantos minutos después, el humo se disipa, el telón se se cierra, y el espíritu del Carpo vuelve a las calles, a cada motor que va rumbo a Paternal.

 

martes, 25 de febrero de 2025

Sting en el Movistar Arena: la vigencia de un ícono en modo 3.0


Pasaron 45 años desde que The Police llegó a la cima del mundo de la música. Desde entonces, las canciones de Sting se convirtieron en la banda de sonido de nuestras vidas. Ahora, a ocho años de su última visita, volvió a Buenos Aires para dar dos conciertos memorables en el Movistar Arena, aunque esta vez con un formato de power trío, similar en algún punto, pero diferente en perspectiva, a su etapa junto a Andy Summers y Stewart Copeland.

La gira Sting 3.0 presenta al cantante, compositor y bajista acompañado por el guitarrista Dominique Miller y al baterista Chris Maas. El formato del show es tan minimalista como vertiginoso. Y ese vértigo lo provoca la catarata de hits que el trío despliega sobre el escenario, temas de todas sus épocas, pero con una marcada inclinación por el cancionero de The Police.

Vestido con remera, jeans y zapatillas, Sting no aparenta los 73 años que tiene. Pero no es solo una apariencia visual. Lo mismo sucede cuando canta: lo hace durante casi dos horas sin tomarse un respiro, con una entrega y un registro que el tiempo no ha podido horadar. El inicio del show es con la fantástica Message in a Bottle y su “Sending out an SOS” del estribillo rebota en cada rincón del estadio.

Dos de sus composiciones más exquisitas, If I Ever Lose My Faith in You e Englishman in New York, de sus discos Ten Summoner's Tales (1993) y Nothing Like The Sun (1987), preceden a Every Little Thing She Does Is Magic, otra de las grandes canciones de The Police que irá mechando a lo largo del show. Es ahí cuando balbucea una frase en castellano que hace gritar al público: “Muy felices de estar aquí con ustedes”. Vuelve a Ten Summoner's Tales con la melodiosa Fields of Gold y luego salta a Never Coming Home de Sacred Love (2003). Recién en ese momento, el público que pagó costosas plateas en las primeras filas se sienta, eso provoca un efecto dominó en el resto del campo cubierto de sillas, tan pegadas unas de la otras que no dejan espacio ni para cruzar las piernas. Es en ese tema, Dominique Miller da un par de pasos al centro y saca un solo fantástico desde su Fender Stratocaster.

Junta cinco canciones de The Police Synchronicity II, Spirits in the Material World, Wrapped Around Your Finger, Driven to Tears y Can't Stand Losing You- apenas interrumpidas por Mad About You y Fortress Around Your Heart, todas interpretadas con una vuelta de tuerca de las originales, pero sin que pierdan su esencia y melodía. Así como Sting supo reinventarse varias veces a lo largo de su vida, también lo hace con sus canciones.

Shape of my Heart es el tercer tema que toca de Ten Summoner's Tales, probablemente su disco solista mejor valorado, y luego pasa a I Wrote Your Name (Upon My Heart), su más reciente lanzamiento, con la guitarra bien al frente y una impronta rockera que uno deseaba escuchar de Sting. El último tramo del show comienza con ese rasgueo reggae característico de Walking on the Moon, con el bajo marcando un groove expansivo y Sting elevando su voz hacia el infinito. No hay corte y sin darnos cuenta ya estamos cantando So Lonely y cuando parece que el raid de The Police no se va a detener hasta el final, el trío hace un rebaje con Desert Rose, el tema de ritmo arabesco que Sting escribió a fines de los noventa junto al compositor argelino Cheb Rabah.

Ahora sí los ochenta se nos vienen encima, primero con una versión deconstruida de King of Pain, y luego con la que seguramente es la canción de The Police más cantada de la historia, Every Breath You Take. Tal vez por eso, como un guiño al público, es de todas las que tocó, la que más se asemeja a la original. Sting y sus músicos se despiden en medio de una ovación, pero los bises llegan enseguida. Un minuto más tarde, los tres vuelven a aparecer en escena para interpretar con una energía desbordante el clásico Roxanne, y todo el mundo corea “You don't have to put on the red light”, mientras que el bajo y la guitarra confluyen en un ritmo reggae atomizado. Todavía queda algo más: Sting deja el bajo y toma una guitarra electroacústica y rasga los primeros acordes de Fragile, con un recordatorio clave en tiempos mensajes de odio y bombardeos: “Nada surge de la violencia”.

Sting lo hizo de nuevo como en aquellos míticos shows en Obras de 1980 junto a The Police; en River en 1987 para presentar Nothing Like the Sun; su participación en Amnesty en 1989 junto a Peter Gabriel, Bruce Springsteen y Tracy Chapman; en Vélez en 2001; otra vez con The Police en River 2007; en la inauguración del Direct TV Arena en 2015; y en el Hipódromo de Palermo en 2017. Se brindó entero a un público receptivo que conoce sus canciones a la perfección, porque están allí, entre nosotros, desde siempre.

 

viernes, 29 de noviembre de 2024

Lenny Kravitz, el rito sagrado

Fotos @irishsuarez

A Lenny Kravitz lo rodea un aura especial, que parece intensificarse con el paso del tiempo. El músico nacido hace 60 años en Nueva York reboza energía y lo da todo arriba del escenario. Durante casi dos horas despliega su carisma, esparce su mensaje de amor y descarga rock & roll con intensidad. Su sonido setentoso, ese que lo hizo conocido a fines de los ochenta y lo volvió una estrella en los noventa, supo adaptarse a estos tiempos de éxitos fugaces y superficiales.

El show en el Movistar Arena, el segundo de su nuevo paso por Buenos Aires, comienza a las 21:20. Los acordes de Are You Gonna Go My Way explotan con el juego de luces y Lenny Kravitz aparece repentinamente en el centro de la tarima. Lleva una chaqueta de cuero turquesa, una especie de camisola con motivos debajo, jeans Oxford y botas texanas animal print. Sus dreadlocks serpetean por el aire y sus ojos están ocultos bajo unos enormes anteojos negros. En sus manos tiene su ya clásica Gibson Flying V negra modelo 67, toda una declaración rockera.

El público delira ante el juego de seducción permanente que plantea Lenny Kravitz. Empalma Minister of Rock 'n Roll y Bring It On, antes de lanzarse sobre TK421, la canción inspirada en Star Wars de su último disco Blue Electric Light, ese que vino a presentar. Balbucea sus primeras palabras en español que se pierden entre el griterío de la gente. En el medio del tema toma un bajo para un solo lunar mientras lo acompaña el saxo de Harold Todd. Rockea otra vez con I’m a Believer (¡lo siente en sus huesos!) y al final se esfuerza por hablar en castellano. Como si fuera un pastor frente a su congregación dice: “Buenos Aires estoy tan feliz de estar acá con ustedes. Es una bendición. Otro día de vida, otro día para amar, otro día para aprender. Esta es nuestra casa esta noche y todos somos uno. Entonces empecemos agradeciendo a Dios”.

Sigue con I Belong To You y cuando termina asume el protagonismo su guitarrista Craig Ross, que lo acompaña desde hace décadas. Con la acústica comienza a tocar Stillness of Heart, pero Lenny casi no la canta, sino que deja que el público la lleve adelante. Es un gesto que, como bien dijo antes, hace que todos sean uno. Otro de sus grandes hits, Believe, resuena con fuerza entre la multitud que ya está completamente subyugada ante el magnetismo del cantante.


En Lenny Kravitz conviven Jimi Hendrix, Prince, Sly Stone, James Brown, Curtis Mayfield y Bootsy Collins. Su música es un tributo a sus raíces y sus influencias. Hay algo del pasado musical que se filtra en todo momento, como un mensaje subliminal que nos transporta al más allá para evadir el sonido hueco actual, adicto al auto tune. El glamour también brota sin parar, es parte de la esencia de su puesta en escena. Vuelve sobre su nuevo álbum con Paralysed, salta a Low, de Raise Vibration, y luego a The Chamber. Ese tramo de temas menos populares es la antesala a lo que se viene: un bombardeo de clásicos. 

Presenta a sus músicos y la descomunal Jas Kayser, su baterista, se lleva una gran ovación. Algo similar pasa con Craig Ross, una pieza esencial del funcionamiento de la banda que se completa con dos coristas, tecladista, una sección de vientos y el bajista Hoonch 'The Wolf' Choi. Entonces, sí… el riff asesino de Always on the Run abre la puerta a sus más grandes éxitos, que conecta en este orden: It Ain't Over 'Til It's Over, Again, American Woman (la gran composición del grupo The Guess Who) y Fly Away.

Ahora se dirige al público, pero esta vez en inglés. “Elegimos vivir en la oscuridad o en la luz. Nosotros vinimos a transmitir amor y llenar con esa la atmósfera. Vivimos en un mundo tan complicado que debemos controlar nuestra conducta”, predica cuando el final del show ya es inevitable. Elige Human, una más de su último trabajo, tal vez el momento más pop de la noche, para cerrar. Los músicos se despiden y unos minutos vuelven a escena para el bis con Let Love Rule, que se transformará en una extensa zapada de la banda mientras Lenny Kravitz se baja del escenario para entremezclarse con el público en una especie de rito sagrado. 

Las más de 14 mil personas que colman el Movistar Arena vibran con un Lenny Kravitz que parece completamente en trance. Así, como ya lo hizo en Boca en 2005, en el Personal Fest en 2011 y en el Lollapalooza 2019, vuelve a conquistar al público porteño que ya le garantizó fidelidad eterna.