martes, 23 de junio de 2026

Clive Davis, el abogado que cambió para siempre la industria de la música


La muerte de Clive Davis, ocurrida el lunes a los 94 años, puso fin a una de las carreras más influyentes en la historia de la industria musical. Durante más de seis décadas, el ejecutivo estadounidense fue el hombre detrás del despegue o la consolidación de artistas como Bob Dylan, Janis Joplin, Santana, Bruce Springsteen, Barry Manilow, Whitney Houston, Patti Smith, Alicia Keys, Paul Simon, Aretha Franklin y Kelly Clarkson, entre muchos otros.

Graduado en Derecho por la Universidad de Harvard, Davis nunca imaginó que su destino estaría en la música. En 1960 ingresó a Columbia Records como abogado especializado en contratos. Una de sus primeras tareas consistió en renegociar el contrato de Bob Dylan, cuya validez había expirado al cumplir el cantante la mayoría de edad. La habilidad con la que resolvió aquella negociación llamó la atención de la dirección de la compañía y marcó el comienzo de un ascenso meteórico.

Tras ocupar distintos cargos ejecutivos, en 1967 fue nombrado presidente de Columbia Records. Su llegada coincidió con la explosión del rock y, a diferencia de muchos ejecutivos de la vieja guardia, comprendió rápidamente que el futuro de la industria estaba cambiando. Una visita al Festival de Monterey ese mismo año fue decisiva: allí descubrió el potencial de Big Brother & the Holding Company, la banda de Janis Joplin, y poco después incorporó a Santana y Electric Flag. Más adelante llegarían Chicago, Billy Joel y Bruce Springsteen, entre otros nombres fundamentales del catálogo de la compañía.

Su carrera sufrió un duro golpe en 1973, cuando fue despedido de CBS tras una investigación por irregularidades financieras que derivó en una declaración de culpabilidad por evasión fiscal. Lejos de desaparecer, Davis convirtió el escándalo en una oportunidad para comenzar de nuevo.

Al frente de una nueva compañía, rebautizada como Arista Records, construyó otro imperio discográfico. El sello ganó prestigio con el lanzamiento de Horses, el álbum debut de Patti Smith, y posteriormente sumó a artistas como Grateful Dead. Durante las décadas de 1980 y 1990 su legendario "oído de oro" volvió a demostrar su eficacia con incorporaciones como Whitney Houston, Kenny G y Sarah McLachlan.

También impulsó el crecimiento de la música country con la creación de Arista Nashville, que reunió a figuras como Alan Jackson, Brooks & Dunn y Diamond Rio. Aunque reconocía que el rap no era un género que comprendiera del todo, supo rodearse de quienes sí lo hacían. Se asoció con L.A. Reid y Babyface para crear LaFace Records, sello que lanzó al estrellato a TLC, Toni Braxton, OutKast, Monica y P!nk. Poco después cerró un acuerdo con Sean "Puffy" Combs para desarrollar Bad Boy Records, hogar de artistas como The Notorious B.I.G., Faith Evans, Mase y 112.

En 1999 volvió a demostrar su capacidad para detectar oportunidades al fichar nuevamente a Santana. El álbum Supernatural se convirtió en un fenómeno mundial, ganó nueve premios Grammy y vendió más de 26 millones de copias.

A comienzos de la década de 2000 fue desplazado de la presidencia de Arista, pero una vez más respondió creando un nuevo sello, J Records, financiado por BMG. En muy poco tiempo incorporó a Alicia Keys, Luther Vandross, Busta Rhymes y Rod Stewart. En 2003 regresó al mando de Arista al ser designado presidente y director ejecutivo de RCA Music Group. Tras la fusión entre BMG y Sony, asumió como director creativo de Sony BMG y posteriormente de Sony Music.

Además de su trabajo como ejecutivo, Davis recibió cinco premios Grammy como productor gracias a álbumes como Supernatural de Santana, Breakaway de Kelly Clarkson y el debut homónimo de Jennifer Hudson. En 1997 obtuvo una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood y en 2000 ingresó al Salón de la Fama del Rock and Roll. Tres años más tarde, publicó sus memorias, The Soundtrack of My Life, y cuatro años después su trayectoria fue retratada en el documental Clive Davis: The Soundtrack of Our Lives.

Respetado por su intuición para descubrir artistas y también cuestionado por su fuerte personalidad y algunas controversias empresariales, Clive Davis dejó una huella difícil de igualar. Pocos ejecutivos tuvieron una influencia tan decisiva sobre el sonido de la música popular de la segunda mitad del siglo XX y los primeros años del XXI.

sábado, 13 de junio de 2026

Pulp, vigencia y elegancia

Fotos: Alejandra Morasano

Pocas figuras del rock conservan la capacidad de adueñarse de un escenario con la naturalidad de Jarvis Cocker. A sus 63 años, vestido como un bibliotecario universitario y lejos de cualquier pose de estrella de rock, el líder de Pulp demostró en el Movistar Arena que el carisma es como un buen vino. Cocker es un performer descomunal, un juglar atemporal capaz de transmitir cada canción sin filtros, con humor, elegancia y una presencia escénica que convierte al público en parte de la función.

Lo de Pulp en Buenos Aires no fue un ejercicio de nostalgia noventosa ni una celebración de su propia leyenda. Fue una demostración de vigencia artística. La música brilló por los arreglos, la precisión interpretativa y una sonoridad impecable que encontró en Cocker a su principal guía.

Ya no son aquellos jóvenes de Sheffield que ayudaron a definir el Britpop. Hoy, rondando los sesenta y pico, representan una época que para muchos fue la última gran edad dorada del rock antes de la fragmentación digital. Y esa conciencia se percibe en cada decisión del show: no hay canciones de relleno ni momentos rutinarios. Cada tema está interpretado con pasión, oficio y una atención al detalle que pocas bandas de su generación conservan.

Junto al guitarrista Mark Webber, la tecladista Candida Doyle y el baterista Nick Banks, además de cuatro músicos de apoyo, Pulp construyó un sonido envolvente y elegante. Las bases rítmicas fueron contundentes, los teclados aportaron profundidad y las guitarras encontraron siempre el equilibrio justo entre energía y sofisticación.

El concierto se extendió durante poco más de dos horas y media, con un intervalo de 15 minutos, y recorrió 25 canciones. El repertorio incluyó siete temas de More, el álbum publicado en 2025, donde conviven naturalmente temas nuevos con otros escritos a lo largo de su carrera. El resto del set estuvo dominado por canciones de Different Class, uno de los discos fundamentales de la década del noventa.

La primera parte comenzó con Sorted for E's & Wizz y rápidamente alcanzó un clima de euforia cuando sonaron los primeros acordes de Disco 2000. Hubo otros momentos destacados, como Underwear, antes de cerrar ese bloque con Sunrise, del álbum We Love Life. Las proyecciones sobre la pantalla y un preciso trabajo de luces acompañaron la propuesta sin distraer la atención de lo esencial: la música.

Entre el público predominaban los espectadores de entre 40 y 55 años, muchos de ellos reencontrándose con la banda que marcó parte de su juventud. Sin embargo, el show nunca quedó atrapado en la nostalgia. Pulp tocó como una banda que sigue mirando hacia adelante.

Cocker intentó comunicarse varias veces en castellano. No siempre fue sencillo entenderlo. Uno de los momentos más curiosos llegó cuando dijo: “Todos tenemos un Ricardo Di Vareno. Yo tengo un Ricardo Di Vareno. ¿Vos tenés un Ricardo Di Vareno?”. Recién después muchos comprendieron que intentaba pronunciar “un sueño de verano”.

La segunda parte mantuvo intacta la intensidad. Los cuatro miembros originales regresaron al escenario para un comienzo acústico con Something Changed, un guiño a los primeros años de la banda en Sheffield. Pero el punto culminante de la noche estaba reservado para Common People. La canción sonó irresistible, expansiva, celebrada por un público que la cantó y la bailó como si el tiempo no hubiera pasado.

Antes del final, Cocker jugó con las palabras y dedicó Tina a la Argentina. Luego, apremiado por el horario, cerró la velada con A Little Soul. Fue el final perfecto para una noche en la que Pulp confirmó que su legado no depende de la nostalgia.