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| Ronnie Wood junto a Imelda May (Foto Martín Bonetto/Clarín) |
Hay algo en Ronnie Wood que excede su condición de guitarrista, su historia y hasta su pertenencia a la banda de rock más grande de la historia. Es su forma de habitar el escenario, de apropiarse de él con una naturalidad que parece reservada a unos pocos elegidos. Ronnie tiene un don, y ese don es ser un Rolling Stone. Lo lleva incorporado en el cuerpo, en sus movimientos, en su manera de empuñar la guitarra y en esa sonrisa de pájaro loco que aparece a cada instante. Durante las dos horas que duró su concierto en el Movistar Arena, le bastó su sola presencia para ejercer ese magnetismo que durante décadas compartió con Mick Jagger y Keith Richards.
La primera señal llegó apenas pisó el escenario. Sin
presentaciones ni discursos, Wood atacó los acordes de It's Only Rock 'n' Roll (But I Like It) y desató el primer
estallido de la noche. La canción funcionó como una declaración de principios,
una síntesis perfecta de aquello que el músico vino a ofrecer: rock and roll en
su estado más genuino, interpretado con una vitalidad asombrosa por un hombre
que, a sus 79 años, conserva intacta la capacidad de encender a una multitud.
Buena parte de esa intensidad encontró su sostén en una
banda imponente, cuyo corazón rítmico reunió a dos viejos compañeros de ruta.
Willie Weeks, dueño de un groove hipnótico, construyó desde el bajo una suerte
de temblor envolvente, un pulso profundo que atravesó cada canción. A su lado,
Andy Newmark aportó una batería poderosa, precisa y de una musicalidad
extraordinaria. Ambos acompañaron a Wood en I've
Got My Own Album to Do, su debut solista de 1974, y más de medio siglo
después conservan una química que parece ajena al paso del tiempo.
La solidez de Johnny Lee Schell en guitarra y el trabajo de
Andy Wallace en teclados completaron una formación de enorme categoría, enriquecida
por dos voces femeninas de personalidades muy diferentes: Imelda May y Chanel
Haynes. Las dos ocuparon un lugar central en el espectáculo, con intervenciones
que ampliaron su universo sonoro y momentos propios de enorme intensidad.
Haynes llevó River Deep,
Mountain High a un territorio de fervor cercano al de Tina Turner, con una
interpretación de potencia arrolladora. Imelda May, por su parte, convirtió Remember (Walking in the Sand), el
clásico de las Shangri-Las, en uno de los pasajes más electrizantes del
concierto. Su voz, su presencia y su dominio del dramatismo de la canción
provocaron una respuesta inmediata de todo el estadio.
El repertorio recorrió las distintas estaciones de la vida
musical de Wood, con una selección que permitió apreciar la riqueza de sus
influencias y la amplitud de su trayectoria. Los Rolling Stones aparecieron en
dosis precisas. Hey Negrita, su
aporte al álbum Black and Blue,
recuperó el pulso sinuoso de aquella etapa; Country
Honk –con acompañamiento en violín de Mera Royle) provocó la segunda gran
explosión de la noche, con su espíritu rural y festivo, mientras que Can't You Hear Me Knocking descargó toda
su electricidad en una versión directa y contundente donde además hizo sonar su
armónica con mucho énfasis.
También hubo espacio para los Faces, aquella extraordinaria
banda que compartió con Rod Stewart y Ronnie Lane antes de incorporarse a los
Stones. Flying recuperó parte de su
espíritu áspero y despreocupado, mientras que Ooh La La abrió uno de los momentos más emotivos del concierto. Su
melodía sencilla y su reflexión sobre la experiencia y el paso de los años
encontraron una resonancia especial en la voz de Ronnie. El público acompañó el
estribillo como si aquellas palabras sobre lo que uno desearía haber sabido en
la juventud adquirieran un significado nuevo en boca de quien las cantaba.
El blues ocupó un lugar esencial en la noche. Wood rindió
tributo a Dr. Ross y Jimmy Reed, dos nombres fundamentales de una tradición que
atraviesa toda su obra. La versión de Dust
My Broom, de Elmore James, resultó particularmente reveladora. Ronnie
comenzó solo, con su guitarra y el slide, en una interpretación libre, casi
primitiva, que recuperó la aspereza del blues original. La posterior irrupción
de la batería transformó por completo el clima de la canción y convirtió el
comienzo de los bises en una nueva descarga de energía.
También evocó a Johnny Winter con Show Me, una pieza que parece concebida para el temperamento
musical de Wood, con su mezcla de desenfado, electricidad y raíces. Y Bob Dylan
tuvo su homenaje con Seven Days, tema
que Ronnie incorporó hace décadas a su propio repertorio y de la que volvió a
ofrecer una interpretación cargada de personalidad.
Sus composiciones ocuparon un espacio reducido. Mystifies Me y I Can Feel the Fire, ambas de su primer álbum solista, recordaron
la calidad de un autor cuya obra muchas veces quedó a la sombra de las grandes
bandas que integró. Y sorprendió con Outlaws,
un rock menos conocido de su cancionero, en el que también asomó una
sensibilidad particular, una manera de entender su música como un territorio
compartido por el soul, el rhythm and blues y lo más profundo de las raíces
estadounidenses.
El repertorio fue inapelable. Quizás el único pasaje que
alteró su cohesión fue Take It Easy,
el rocksteady de Hopeton Lewis, cuya cadencia encontró menos afinidad con el
clima general del concierto. Fue una pequeña oscilación dentro de una actuación
de intensidad sostenida, sin fisuras en su ejecución ni en el compromiso de los
músicos.
Hacia el final, Gasoline
Alley, de Rod Stewart, volvió a conectar con los años en que Ronnie comenzó
a construir su identidad musical. Después llegó Stay With Me, el clásico de los Faces, y el Movistar Arena estalló
por tercera vez. El riff, el ritmo desbocado y la entrega de toda la banda
convirtieron el cierre en una celebración colectiva, a la altura de una canción
que conserva intacta su fuerza después de más de medio siglo.
Los músicos dejaron sus instrumentos y se despidieron.
Ronnie permaneció unos instantes más sobre el escenario. Con otra camiseta argentina
en alto, agitó los brazos frente a un estadio que todavía reclamaba su
presencia y que volvió a corear el nombre de los Stones. La escena condensó ese
vínculo físico, emocional y casi instintivo con el público, esa capacidad de
hacer que miles de personas se sientan parte de una misma celebración.
Con casi 80 años, Ronnie Wood ofreció una actuación de una
vitalidad extraordinaria, con mucho oficio, el placer de tocar y una conexión
con la gente que permanece intacta. Su guitarra, su voz y su presencia
alcanzaron para llenar cada rincón del Movistar Arena. Durante dos horas, todo
el universo stone pareció concentrarse en un solo hombre. Y ese hombre disfrutó
cada segundo.










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