domingo, 26 de julio de 2020

El renegado del blues


El sonido de la guitarra de Peter Green me cautivó de entrada. El clima, su feeling, la profundidad de sus solos, sus blues. Llegué a él gracias al querido Ernesto Castrillón, mi profesor de Historia de quinto año y con una larga trayectoria como periodista en el diario La Nación. Nos unió el amor por Racing y el me transmitió la pasión por la música. Más de una vez conté en este blog que Ernesto era un melómano empedernido, que a veces se quejaba de haber perdido algún que otro disco al separarse de su ex mujer. Era fanático de los Kinks, los Beatles y, por supuesto, Peter Green.

La muerte del guitarrista me golpeó fuerte y me hizo recordar a Ernesto, que murió hace casi dos años. Porque me resulta imposible separar a uno del otro. Es una asociación muy personal, pero aquellos que conocieron a Ernesto entenderán de lo que estoy hablando. Atesoro esta nota que escribió para la sección Espectáculos de La Nación en 1992. Es una biografía de Peter Green que, en aquellos años, era menester recortar y guardar. No teníamos Google, Wikipedia o AllMusic a un click de distancia. Apenas nos informábamos por los booklets de los cd’s o algún que otro libro de música que se pudiera conseguir. Este es el comienzo de la nota. Así describió Ernesto a su ídolo: 

   Alguna vez fue considerado genio indiscutido de la guitarra eléctrica, en pleno resurgimiento del blues en la Gran Bretaña de fines de los años sesenta. Señalado como uno de los mejores guitarristas de su generación, uno de los pocos imposibles de imitar y tal vez el único músico blanco que lograba extraer de Gibson Les Paul sonoridades auténticamente negras inspiradas en el blues eléctrico de Chicago de los años cincuenta. 

   Como líder de su banda, Fleetwood Mac, la condujo del underground al estrellato del rock. Cuando parecía tocar la fama con la punta de los dedos, Green abandonó todo, el éxito, el dinero y, finalmente, la música, hundiéndose en un silencio que ya lleva más de 20 años. A pesar de esto, y gracias a su talento, sigue figurando en las encuestas como como uno de los mejores guitarristas de rock de todos los tiempos. Carlos Santana lo reconoce como fuente de inspiración, mientras que otro admirador, Gary Moore, exhibe con orgullo la Les Paul 59 que le compró al mismo Green. 

La nota era mucho más extensa y contaba todas las vicisitudes que vivió el guitarrista. Incluso esta anécdota que pintaba su perfil: (…) en 1977 vuelve a ser noticia, claro que policial, cuando, armado con un rifle de aire comprimido, ataca al contador que le quería entregar un cheque de regalías por la suma de 30.000 libras esterlinas. Conducta inexplicable que lo lleva a un hospital psiquiátrico donde permanece internado. De vez en cuando un viejo admirador, o algún periodista lo reconoce practicando otra vez los oficios más impensados, desde cavador de tumbas hasta portero de hospital.

Catrillón escribió este artículo antes de la reaparición de Green, gracias a su amigo Nigel Watson, al frente del Splinter Group, banda con la que grabó poco más de media docena de discos entre 1995 y 2003. Luego, como ya había pasado en los setenta y ochenta, siempre con rumbo errático, apareció esporádicamente en giras o conciertos homenaje, pero nunca logró tener la constancia que le permitiera retomar su carrera.

Y si hablamos de los setenta, probablemente su época más oscura, no podemos obviar la historia de su encuentro con Pappo, que Sergio Marchi contó en su libro Pappo, el hombre suburbano. En 1974, el Carpo volvió a Europa. En Ámsterdam, conoció a una joven que se llamaba Ángeles, que resultó ser prima de Peter Green, quien era uno de sus ídolos. Pappo le pidió matrimonio a la joven por una cuestión de papeles y se casaron, con la promesa de separarse en cuanto Pappo se instalara en Inglaterra.

De acuerdo al relato de Marchi, "Pappo viajó a Londres y al cabo de poco tiempo conoció a Peter Green. No era de ninguna manera lo que él esperaba, porque Peter Green no solo había perdido algo de cabellera y de su mágico toque de blues, sino también algunos dientes y bastante de aquello que los mortales llaman razón. No se sabe si por las drogas, la fama, o ambas cosas, Peter Green había entrado en un delirio místico, al que quiso arrastrar a los demás miembros de Fleetwood Mac, que para ese entonces ya habían emigrado a Estados Unidos (…) Pappo no lo podía creer, pero eso no lo desanimó de intentar tocar con su ídolo, cosa que hizo en calidad de bajista. Es más, le ofreció albergue en el Volkswagen en el que dormía, y hasta le cedió el asiento de atrás para que descansase con mayor comodidad. Esa formación de la Peter Green Band fue absolutamente breve e inestable, al punto que el propio Green les dijo a sus compañeros que él no estaba bien y que era mejor para todos que se internase”.

Así transcurrió su vida. Del éxito y la fama a la marginalidad, aquejado por sus demonios, pero siempre reconocido y nunca olvidado. Peter Green nos dejó Black magic woman, Albatross, If you be my baby, Man of the world y Merry go round, entre otras grandes canciones. Inmortales. Eternas. Como él.

viernes, 24 de julio de 2020

Aquel infierno encantador


¿Estás sordo? ¿Quieres escuchar algo más? / Sólo estamos hablando del futuro / Olvídate del pasado/Siempre estará con nosotros/Nunca morirá, nunca morirá 

Editado hace 40 años, la aparición de Back In Black marcó un antes y un después en la historia de AC/DC. El álbum se grabó en medio de una profunda transición en el seno de la banda, que había comenzado con el éxito de su trabajo anterior, Highway To Hell, que los llevó al manistream del rock, a lo que se sumó la inesperada muerte de su cantante y compositor, Bon Scott, y la llegada de su reemplazante, Brian Johnson. Demasiados cambios en poco tiempo. Así como una década antes los Rolling Stones habían sobrevivido al alejamiento y la muerte posterior de Brian Jones, con un suceso detrás de otro, el grupo australiano seguiría la misma senda. Back in Black se convirtió en el segundo álbum más vendido de la historia, con más de 50 millones de copias, detrás de la bestia pop de Thriller, de Michael Jackson. Pero también quedó en medio de una gran controversia: muchos afirman que la mayoría de las letras de las canciones fueron escritas por Scott, aunque en los créditos figuren los hermanos Young y Johnson.

AC/DC con Bon Scott
A comienzos de 1980, AC/DC se reagrupaba para grabar un nuevo disco cuando el miércoles 20 de febrero se conoció la inesperada muerte del cantante. Según la versión oficial, Scott se ahogó en su propio vómito tras haber pasado una noche bebiendo a destajo con amigos en Camden, al norte de Londres. La noticia golpeó muy duro a los hermanos Young y a los otros miembros del grupo.

Los pasos siguientes fueron el velorio y entierro en Perth, Australia, y la decisión de seguir adelante para afrontar el luto con más música. Pero para eso necesitaban un nuevo vocalista. Después de cavilar unos días, la banda terminó reclutando a Brian Johnson, cantante del grupo Geordie, que mostraba un registro vocal similar en algunos aspectos al de Scott. De hecho, él se los había mencionado a los hermanos Young antes de morir como uno de los vocalistas que más le gustaban. Pero antes de sumarse, Johnson debió superar una audición. Según contó en diversas entrevistas, cuando estuvo al frente del grupo propuso cantar “Nutbush City Limits”, de Ike & Tina Turner. Eso generó una química inmediata. Luego interpretó “Whole Lotta Rosie”. Antes de que terminara el tema ya lo habían elegido. Apenas seis semanas después de la muerte de Scott, AC/DC anunció que ya tenía a su reemplazante.

Brian Johnson y Angus Young
El futuro disco estaba otra vez en marcha y aquí es donde, en algún punto, todo se vuelve confuso. ¿Es cierto que Scott había escrito algunas letras? ¿Cuál fue el verdadero aporte de Johnson? Si bien es cierto que el riff de “Back in Black” no era nuevo, el resto de los temas, de acuerdo a lo dicho por Angus y Malcom, se fueron escribiendo en ese período y justamente la letra de ese corte es en homenaje a su amigo fallecido. Según afirmaron, lo que habían rescatado de cuando Scott estaba vivo eran apenas bocetos. Pero otros sostienen lo contrario. Malcom Dome, biógrafo de AC/DC, asegura que Scott “efectivamente escribió algunas letras durante la preparación del disco. Yo vi alunas hojas. Eso fue unos días antes de su muerte. Una línea se me pegó en la cabeza como perteneciente a uno de esos escritos: ‘She told me to come, but i was already there’ (Ella me dijo que viniera, pero ya estaba allí)”, probablemente la mejor parte de la letra de “You Shook Me All Night Long”, la canción que se convertiría en un hit. Y Anna Baba, la novia de Scott, dijo que él ya hablaba de “Rock And Roll Ani’t Noise Pollution” como nombre de un tema. Los que abonan a la teoría conspirativa podrían seguir desmenuzando durante años cada una de las líneas de los diez temas de Back In Black en busca de la prosa del finado.

Johnson, por su parte, recuerda que cuando se sumó al grupo, Angus y Malcom ya tenían un par de títulos y que “otros salieron de las letras que yo escribí”. El bajista Mark Evans, que había dejado la banda en 1977, sostuvo en su autobiografía que es probable que algunas de las letras, en especial la de “You Shook Me All Night Long”, fueran obra de los hermanos Young, ya que ellos solían también escribir.

Angus y Malcom siempre dieron la misma versión sobre el tema: “La semana en que murió (Bon) habíamos terminado la música y él iba a venir a componer las letras. Básicamente la música se terminó antes de su muerte y el núcleo de los temas fue el mismo”. También reconocieron que Scott tocó la batería en versiones primarias de “Have A Drink On Me” y “Let Me Put My Love Into You”. 

LA GRABACIÓN 

A fines de abril de 1980, los hermanos Young, Cliff Williams, Phil Rudd y el flamante vocalista, junto al productor John “Mutt” Lange, viajaron a la paradisíaca isla de Nassau, en Bahamas, para grabar el nuevo disco en los estudios Compass Point. El ingeniero de sonido Tony Platt explicó que la idea de instalarse en el Caribe sirvió para que el grupo hiciera el duelo y se uniera. El primer tema que grabaron fue “Back in Black”, con el riff que Malcom ya venía tocando desde hacía más de un año y que se volvería uno de los más reconocidos de la historia del rock. Pasaron cuatro semanas en la isla y luego volaron a Nueva York para realizar la mezcla en Electric Lady Studios, durante doce días.

En su libro Los Young – Los hermanos que crearon AC/DC, Jesse Fink cuenta que “Back in Black no solo anunció un sonido más pesado y más oscuro para la próxima década de AC/DC, sino que aún hoy es un indicador del momento en que Angus y Malcom fueron mayores de edad como músicos. Incluso, no sería exagerado verlo así, como hombres. Malcom tenía veintisiete años y Angus había cumplido veinticinco. Habían cambiado de managers, tuvieron que aceptar relegar a George, su hermano mayor, como mentor artístico y espiritual, y además perdieron a su cantante, amigo, guía, muso y letrista. Había un tipo nuevo con una gran mata de rulos al frente, y otro, todavía más extraño, detrás de la consola de grabación; alguien más exigente y meticuloso, pero indudablemente más brillante que cualquier otro que alguna vez hayan conocido dentro del negocio musical”.

“Back in Black -analiza Fink- fue también el álbum donde AC/DC felizmente utilizó los beneficios de la tecnología para mejorar su sonido y hacerlo más gordo y más grande, con la salvedad de que los trucos que usaron no eran nada obvios. Para “Highway to Hell”, cuenta Platt, las guitarras ‘fueron sobrecargadas en buena parte’ y el álbum fue un poco ‘menos en vivo’ que su sucesor”.

AC/DC, puro rock and roll
Además de “Back In Black”, “You Shook Me All Night Long” y “Rock And Roll Ain’t Noise Pollution”, el álbum cuenta con otro tema que se volvió un clásico del rock and roll por su riff infernal. “Hells Bells” abre el disco con el sonido de la campana y una potencia estremecedora. No contiene un mensaje ocultista como le gusta señalar a los más amarillistas, sino más bien, en palabras del periodista de Los Angeles Times, Robert Hilburn “es una canción de fanfarronería juvenil; el mensaje es rebelión, no adoración diabólica”. Y si hablamos de riffs poderosos no podemos omitir el de “Shoot To Thrill", que se sostiene sobre el ritmo prominente de la batería de Rudd mientras Johnson alardea: “Soy el hombre que te va a hacer arder”.

Desde la portada negra, el sonido de las campanas del inicio, el contexto y la afirmación de sus protagonistas, no quedan dudas que Back in Black es un tributo al cantante muerto, pero también es una celebración del rock and roll regada de alcohol y sexo, y la continuación lógica y superadora de “Highway To Hell”. El Rey ha muerto ¡Viva el Rey! El show debe continuar.

Es cierto que las letras hoy suenan sexistas y “son un culto al hedonismo machista”, como escribió Kitty Empire en “The Guardian”. “Given The Dog a Bone” es el mejor ejemplo por su letra explicita y vulgar sobre el sexo oral. Pero esa y otras canciones del álbum también se enmarcan en el contexto de la época, comienzos de los ochenta. El machismo, no es una novedad, está muy presente en grabaciones históricas del rock and roll, el blues, el tango y el folclore, entre otras músicas. ¿Podemos descartarlas u olvidarlas por el contenido de sus letras? Al respecto, la escritora Ariana Harwizs ironizó en Twitter: “Una periodista francesa dice que no leerá más a Hannah Arendt por blanca y eurocentrista. Propongo dejar de escuchar a Amy Winehouse por blanca, heterosexual y británica. Las Malvinas son argentinas, Amy”.

Back In Black atravesó cuatro décadas y nunca se fue del todo. Sus canciones fueron versionadas por decenas de artistas y utilizadas en infinidad de bandas de sonido. Una y otra vez entró en los charts de Estados Unidos y Europa. Todos crecimos: músicos (Malcom ya lo acompaña a Bon Scott en el más allá), críticos y fans, pero hay algo que es indudable, el disco todavía mantiene su efervescencia y rebeldía. Es el Dorian Gray de los álbumes de rock and roll.



Nota publicada en La Agenda de Buenos Aires

jueves, 16 de julio de 2020

La vida de un bluesman


Johnny Winter tiene los ojos entrecerrados y su larga cabellera rubia está recogida dentro de su sombrero texano. Sonríe y recuerda que cuando la conoció a Janis Joplin bebieron juntos Southern Comfort y como él estaba tan pasado de ácido terminó vomitando encima de ella. “Janis estaba tan borracha que no creo que lo recordara”, bromea. Su gesto cambia. Frunce el ceño y piensa en todos los que murieron en esa época. “Jimi Hendrix, Janis, Jim Morrison. Eso me dio miedo. Todas las jotas. Pensaba que yo sería el próximo”, dice. Y ante la pregunta de cómo logró superarlo responde: “Sólo fue suerte. Fui muy afortunado”.

Down & Dirty es un viaje a la intimidad de Johnny Winter. El documental, que fue producido por Paul Nelson, nos muestra la cara desconocida del albino. Sus miedos, sus añoranzas, sus tocs, sus sueños, sus vicios y su relación con su núcleo más íntimo. Pero también nos recuerda su trayectoria musical, sus grandes conciertos, sus discos, sus canciones y el respeto que sentía por sus fans. A seis años de su muerte, el film es una gran oportunidad para repasar vida y obra de uno de los guitarristas más fantásticos de los últimos 50 años.

El documental comenzó a filmarse durante la grabación de Step Back, el último disco de Winter y por eso cuenta con testimonios de algunos de sus invitados como Billy Gibbons, Susan Tedeschi, Derek Trucks, Warren Haynes y Joe Perry. Pero también hay otros entrevistados como la esposa de Winter, su hermano Edgar y hasta la mujer que vive en la casa de Beaumont, Texas, en la que creció, y a la que le dio tristeza volver a ver. Además, rescata entrevistas de archivo en las que dos de los más grandes bluesmen de la historia, Muddy Waters y B.B. King, se deshacen en elogios hacia él.

Una de las escenas más memorables es cuando Paul Nelson (también guitarrista de su banda, productor y hasta asistente) relata cómo lo ayudó a dejar la metadona, droga que consumió durante décadas para desengancharse de la heroína. La historia es tan alucinante y sorprendente que es mejor no contar más.

Winter va y viene con sus recuerdos. El bullying que sufrió de niño por ser albino; su aparición en Woodstock y el contrato millonario con Columbia que le cambiaron la vida; sus años como rockstar junto a Rick Derringer; su regreso al blues produciendo a Muddy Waters; y la fragilidad de su salud durante los noventa son algunos de los temas que aborda en la hora y media que dura el film. Pero también hay escenas extrañas como cuando canta en un karaoke en Hong Kong durante una gira o cuando se emborracha hasta le médula en un bar de Nueva Orleans.

Buena parte de la película transcurre arriba de la casa rodante con la que salía de gira por los Estados Unidos por lo que sus músicos y asistentes son coprotagonistas. Y en muchas escenas se percibe la ansiedad de Winter con respecto a la puntualidad y también su obsesión hasta para tomar agua de una botella de plástico.

Down & Dirty nos pone cara a cara con el legendario guitarrista. Podemos ver las impurezas de su piel, sus dientes amarillentos y sus movimientos lentos mientras suenan de fondo sus canciones, que resumen buena parte de la historia del blues moderno. Porque más allá de su éxito como rockero en los setenta, Winter siempre fue un verdadero hombre de blues.


jueves, 25 de junio de 2020

Chicas poderosas


Las hermanas Rebecca y Megan Lovell avanzan a paso firme. A diez años de sus primeros EPs independientes, acaban de lanzar su quinto álbum de estudio que las posiciona como una de las bandas más activas, dinámicas y efervescentes de la escena estadounidense. Venían en franco ascenso con shows importantes, presentaciones en grandes festivales y giras internacionales cuando se desató la pandemia y llevó a la actividad artística a un parate forzoso. Pero eso no las amilanó a la hora de seguir con sus videos en Youtube y sacar un nuevo disco.

Oriundas de Calhoun, Georgia, pero afincadas en la meca de la música popular del país del norte, Nashville, Rebecca y Megan, de 29 y 31 años, son la nueva joya del estilo denominado americana, esa fusión de country, folk, blues y bluegrass a la que ellas le agregan power rockero. El sonido de Larkin Poe se caracteriza por las exquisitas armonías vocales, la guitarra como estandarte, y mucho lap steel. Las influencias de las hermanas brotan en cada una de las once canciones del álbum: los Allman Brothers, Stevie Ray Vaughan, Bonnie Raitt, Skip James y Chris Withley.

En este disco, en particular, predominan las composiciones propias. Diez de los once tracks llevan la rúbrica de las hermanas. Tears of Blue to Gold es el tema con la melodía más atractiva y pegadiza; Back Down South, en la que las acompaña otro músico en ascenso como Tyler Bryant, es su alegato de raíz sureña; mientras que en She’s self made man llevan los decibles a un punto que Angus Young se pondría orgulloso de ellas. Easy Street y Ex-Con tienen esa épica rutera tan distintiva del sur de los Estados Unidos y Every Bird That Flies se sostiene con una base rítmica electrónica que genera un clima bello y oscuro a la vez. El único cover es God Moves on the Water, de Blinde Willie Johnson, una canción que fue escrita hace casi un siglo y narra la tragedia del Titanic citando un versículo de la Biblia: “Había tinieblas sobre la faz del océano, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas”. 

A su crecimiento artístico hay que sumarle el esfuerzo de mantener su propio sello, Tricki-Woo Records. En una entrevista que le concedieron al portal español Mondo Sonoro explicaron que “editar tu música con tu propio sello te da una libertad absoluta. Tenemos mucha determinación con nuestro arte y nunca nos pondríamos en una posición en la que tuviéramos que hacer muchas concesiones. Estamos orgullosas de ser indies”.

Tras la nominación al Grammy de su disco anterior, Venom & Faith, el nuevo álbum suponía un desafío mayor para ellas y lograron superarlo con talento, compromiso y convicción. En palabras de Megan: “La tradición de la música de raíz norteamericana es de vital importancia. Nos tomamos muy en serio nuestra misión y sentimos que hay un interés renovado en el blues, en la americana y en el folk en los últimos años. Somos muy optimistas a la hora de compartir esta música con las próximas generaciones”.


viernes, 12 de junio de 2020

El método De Vita


Marcelo Bielsa, reconocido DT argentino, explicó más de una vez cuál es la base de su método: "Cuando tenes la pelota hay que desmarcar. ¿Y por qué desmarcar? Para que la posesión de la pelota y el avance sean más fluidos. Las posiciones fijas, sin movimiento, hacen más perceptible la formación de las líneas para el rival. Pero ojo, que mientras más desmarques, más desorden generas en tu propio rearmado cuando tenes que cubrir el campo de manera tal que estén en las posiciones los jugadores que mejor se desempeñan en ellas. Y esa es la gran dificultad. Se resume simplemente: mientras más desmarcas más te cuesta recomponer. Y si no desmarcas lo suficiente, no le das fluidez a la circulación de la pelota. ¿Sabes lo que pasa entonces? Que los jugadores se asustan. Cuando están muy apretados no se desmarca ninguno, porque todos quieren estar cerca de su posición defensiva. Al costar recomponer, comprometes tu propio arco; pero si no arriesgas, perdes muy rápido la pelota y se la entregas al rival, que entonces te ataca".

Daniel De Vita es fanático de Bielsa, y teniendo en cuenta su trayectoria en el blues, podríamos deducir que en más de una oportunidad trasladó este método a su carrera musical. Siempre se desmarcó. Nunca se mantuvo “apretado”. Siempre logró, de alguna manera, recomponerse y atacar con fluidez.

De Vita es un guitarrista extraordinario y un cantante muy particular con una voz muy distintiva, pero además es dueño de un oído privilegiado que también está al servicio de muchos otros músicos a los que ayudó con grabaciones, mezclas, masterizaciones y producciones. Participó en decenas de discos y ahora sumó el cuatro a su propia cosecha solista, cada uno muy diferente del otro. En el primero, Southside blues (2015), se enfocó en un sonido vinatge, el del early electric blues, que logró reproducir de una manera exquisita. Su segundo trabajo, Third world guitars, en el que compartió cartel con el brasileño Netto Rockefeller y el chileno J.M. Carrasco, es un disco más ecléctico, en el que buscaron combinar su pasión por el blues con sonidos más autóctonos. Su tercer trabajo, de 2018, Live at BluesBaltica, lo capturó en vivo en Alemania acompañado por una banda multinacional, en una de sus tantas giras europeas. Ahora, con su nuevo disco, Lost in translation, vuelve a desmarcarse con canciones personales que estuvo componiendo en los últimos años.

El sonido no es blues clásico ni tampoco rock and roll, es un blues con un toque moderno, que tira y afloja los parámetros tradicionales. De Vita usa mucho reverb de guitarra y efectos, encapsula las armónicas y deja que el hammond esparza un groove demencial. Los músicos que lo respaldan son todos de primer nivel y eso se nota en cada nota y el ensamble final: Nico Smoljan en armónica, Nico Raffetta en teclados, Mariano D’Andrea en bajo y Gabriel Cabiaglia en batería.

El álbum comienza con Every time I’m close to you, un shuffle “disfrazado de chacarera trunca”, según la descripción de su autor. Sigue con My sweetes regret, que podría rotularse como roots o americana. Sand between your fingers es el Kavanagh de la arquitectura musical, con cambios de ritmo y tiempos y un final “trastornado, ansioso, angustiado, un resumen de mi cabeza”, en palabras del propio De Vita. Luego sorprende con uno de los dos covers que interpreta: se trata de una versión bastante funky de Black chicken 37, de Buena Vista Social Club. Aparece otro shuffle en el horizonte: She claps on the 1 & 3, con un toque más cincuentoso. Breakin the praise es una balada instrumental, con mucho slide que por momentos alcanza una épica sureña conmovedora. El blues lento y cansino, llega con 6 years blues y luego se pone la camisa floreada, los anteojos de sol y el sombrero Panamá para interpretar la animada California rocket fuel. Cierra el disco con DFW, un tema instrumental de Jimmie Vaughan donde su guitarra dibuja unos sonidos suntuosos.

Las canciones de Lost in translation transmiten lo que pasa por la mente y el corazón de De Vita. El disco sale en plena cuarentena, luego de que él tuviera que ser repatriado desde Irlanda donde quedó varado cuando comenzó la pandemia. Es un álbumj freso, alegre y perturbador a la vez, pero que ciertamente deja en claro que el talento y la capacidad de este guitarrista sigue en franco ascenso.

El método De Vita, entonces, se sostiene en lo que siempre dijo Marcelo Bielsa, aunque en su caso hay que cambiar el verbo dirigir por tocar: “Yo soy extremista. Esa es una tarea para la que no tengo la sabiduría indispensable. Yo dirijo según lo que siento. Y si a quien dirijo no se adapta, lucho para que se adapte, para poder proponerle aquello que yo siento”.


martes, 2 de junio de 2020

Los pibes


Joaquín Casas – El ataque del caimán – Hace dos años nos sorprendimos con los videos caseros de un adolescente interpretando Black spider blues, Preachin’ blues y Got my mojo working en YouTube. Poco sabíamos de él. A partir de esos videos descubrimos que había otros más viejos, un nene de diez años mostrando un talento innato y precoz con las seis cuerdas. Después supimos que vivía en General Rodríguez, que era alumno de Botafogo y que ya tocaba en un par de bandas de zona oeste. En los últimos dos años, Joaquín Casas pegó un salto enorme para un chico que todavía no terminó el colegio: se sumó a la banda de su maestro y también empezó a tocar con Cristina Aguayo. Ahora cierra esta etapa de juventud con un disco que, a su vez, da paso a la era de la madurez. El ataque del caimán es un álbum intenso, en el que Joaquín se inclina por un sonido un tanto más rockeado, pero siempre con el blues como eje. Sus interpretaciones con la guitarra eléctrica son agresivas e inapelables y se nota la influencia de Bota y Pappo. Su voz, en cambio, todavía tiene un trecho que recorrer, algo que pasó con todos los músicos que se destaparon en la adolescencia. De los diez temas, tres son composiciones propias: La estación, Blues del colegio y el instrumental acústico que da nombre al álbum. Las letras están bien plantadas, aunque Joaquín suena más seguro cuando canta en inglés temas como Midnight blues, de Slim Harpo, All my love in vain, de Sonny Boy Williamson, o la demoledora versión de Sweet little angel. Sus mentores, Botafogo y Cristina Aguayo, aportan lap Steel y voz, respectivamente, en Smokestack lightinin’. La rítmica, que lo acompaña a lo largo de ocho temas está conformada por los experimentados Rafael Pravettoni en bajo y Luciano Scalera en batería. Los dos acústicos son El ataque del caimán y 32-20 blues, de Robert Johnson. Joaquín Casas tiene un don y sabe cómo aprovecharlo: estudio, dedicación, ensayos y oído abierto, a lo que se le suma el apoyo incondicional de su familia en esta aventura que seguramente, en el futuro, se convertirá en una forma de vida y nos dará más y mejores blues. 

Federico Padin – Esto es blues. El nombre del álbum es pretencioso y desafiante. Pero una vez que comenzamos a escucharlo se vuelve difícil discutir esa sentencia. Federico Padin tiene algunos años más que Joaquín Casas, pero es de la nueva camada de la escena blusera local. Como buen alumno de la Escuela de Blues se enfocó en un estilo de blues determinado y un sonido muy puntual. Los trece temas están enfocados a recrerar el early electric blues, así como lo hacen Big Jon Atkinson, los Headcutters, Nicolás Smoljan o Daniel De Vita, este último responsable de la grabación, mezcla y masterización del disco, además de aportar el toque de su guitarra en Little girl, de Little Walter. Padin es un guitarrista excelso. Se nota que estudió con gran dedicación el sonido de esa época dorada del blues, que abarcó desde fines de la década del treinta hasta comienzos de los cincuenta. Canta un solo tema, I’ve got my eyes on you, de Smokey Smothers, y luego las voces quedan a cargo de Darío Soto, El Topo Ruíz Díaz y Smoljan, quienes también suman sus armónicas. Otros grandes músicos se sumaron a la producción: Juan Manuel Torres en guitarra y Gustavo Doreste en piano, mientras que Darío Scape estuvo al frente del contrabajo y Lorenzo Padin, su papá, hizo su aporte con el bajo eléctrico en una canción. Ulises Scotorin tocó la batería en nueve canciones y Germán Pedraza en dos. El álbum empezó a grabarse en 2017 y tuvo su tiempo de maduración. Un sonido vintage que, paradójicamente, da un toque de aire fresco a la escena. Bienvenido sea.



jueves, 21 de mayo de 2020

La historia de una foto


La revista Vanity Fair tuvo la primicia: la tercera foto confirmada de Robert Johnson estará en la portada de Brother Robert-Growing Up With Robert Johnson, el libro de memorias de Annye C. Anderson, hermanastra del mítico bluesman del Delta del Mississippi, escrito por Preston Lauterbach, que saldrá a la venta en los próximos días.

En la imagen, de tono sepia, se ve al músico sonriente con una guitarra en sus manos. La camisa que tiene puesta parece ser la misma a la que luce en una de las dos fotos suyas que se conocen desde hace décadas, la que tiene un cigarrillo en la boca. En las dos también lleva tiradores, por lo que no se descarta que hayan sido sacadas en el mismo momento. La guitarra parece ser la misma, aunque en la nueva imagen la quema el flash y eso dificulta la comparación. La tercera foto, la más popular, es la que está en la portada del álbum doble del sello Columbia, The Complete Recordings, en la que se lo ve vestido con un traje a rayas, corbata y sombrero, y también tiene una guitarra entre sus manos.

Robert Johnson es una de las figuras más emblemáticas de la historia del blues. La leyenda del pacto con el Diablo en una encrucijada de caminos creció tras su temprana muerte, el 16 de agosto de 1938, y se volvió parte del folcore del sur de los Estados Unidos. Su legado musical de 29 canciones influenció a cientos de músicos alrededor del planeta, y fue trascendental en la década del sesenta en la formación de guitarristas de rock como Keith Richards, Eric Clapton y Johnny Winter.

En los últimos años trascendieron otras supuestas fotos del músico que buscaron legitimación, pero naufragaron en su intento. Ahora, en cambio, sí se pudo corroborar su autenticidad.

En un pasaje del libro que anticipa Vanity Fair, Annye C. Anderson, de 94 años, rememora cómo se tomó, a mediados de la década del treinta, la hasta ahora inédita imagen: “Había un lugar para tomarse fotos sobre Beale Street, cerca de la calle Hernando (en Memphis), que era propiedad de un hombre que se llamaba John Henry Evans. Estaba justo al lado de Pee Wee’s, el bar donde Mr. Handy componía sus blues. Un día, cuando yo tenía 10 u 11 años, caminé hasta allí con mi hermana Carrie y mi hermano Robert. Recuerdo que él llevaba su guitarra e iba rasgueándola en el camino. Adentro no había fotógrafo. Entré en una cabina, puse cinco centavos en la máquina, corrí la cortina y me saqué una foto. Robert hizo lo mismo y se sacó un par”.

Anderson agrega que “conservé la foto de mi hermano Robert en un baúl de mi padre que estaba en el pasillo de la casa, mientras viví con mi madre. Luego, cuando ella murió, me llevé todas las fotos envueltas en un pañuelo y me fui a vivir a la casa de Ma y Pops Thompson. Al tiempo me mudé con mi hermana Charlyne (…) y las fotos las guardé en un cofre de cedro. Siempre tuve esta foto”. La mujer concluye que “la foto muestra a mi hermano Robert como siempre lo recordé: abierto, amable y generoso. No luce como el hombre de la leyenda, el borracho peleador que describieron personas que realmente no lo conocieron”.

El músico e historiador Elijah Wald, autor de decenas de libros sobre música, escribió en su perfil de Facebook que Anderson es una fuente inapelable: “La señora Anderson es conocida por todos los investigadores (de Robert Johnson). No hay dudas sobre su identidad, de si lo conocía, ni de que ella y su hermana tenían las fotos de la familia”. Y contó que el crítico musical “Peter Guralnick fue testigo de cuando ella le enseñó la foto a Muddy Waters en un show en Boston”.

Otros reconocidos historiadores, recopiladores y difusores del blues como Scott Barretta, Max Hoeffner y Ted Gioia, así como la prestigiosa revista Living Blues, también reconocen a Anderson como una fuente confiable y acreditan la autenticidad de la imagen.

La única voz discordante es la de Bruce Conforth, autor junto con Gayle Dean Wardlow de una de las biografías más completas de Robert Johnson. Él sostiene que Anderson no tenía vínculo de sangre con el músico, porque era la hija del primer marido de la madre de Robert Johnson. De todas maneras, no cuestiona que ella perteneció a "su gran familia" y tampoco la autenticidad de la foto, sino lo que la mujer cuenta del vínculo que el guitarrista tenía con la religión.

A más de 80 años de su muerte, Robert Johnson sigue dando que hablar y eso es un signo inequívoco de la importancia de su legado en la música popular.

jueves, 14 de mayo de 2020

Alma de blues


“Empecé a tocar blues por tres razones: porque lo amo, porque la gente lo ama y porque el blues me ama a mí”. 

B.B. King, el rey indiscutido del blues, el primer músico que entendió que la universalización del género era lo mejor que le podía pasar a la música surgida en el sur de los Estados Unidos, murió hace cinco años y su legado está más vigente que nunca. La imagen que recordamos de B.B. es la de un hombre voluptuoso cantando con pasión y abrazado a su fiel Lucille. Recordamos sus solos estirando las cuerdas, ese toque que patentó e influyó a cientos de miles de guitarristas alrededor del mundo. Nos acordamos de él siempre arriba de un escenario, en un teatro o un estadio. Fue como ese padre o abuelo que nos mostró la mejor cara de la vida. Escuchamos sus discos y nos emocionamos. Puede ser Live at The Regal, Completely Well, Indianola Mississippi Seeds o alguno de los tantos compilados que le editaron, y en cada uno de esos álbumes se perciben la pasión y el amor con los que vivió y tocó.

Pero también, en una fecha como esta, es bueno rememorar al B.B. de sus comienzos, porque le costó mucho llegar. En su autobiografía, Blues all around me, que escribió junto a David Ritz, B.B. cuenta detalladamente todo lo que padeció de niño y de adolescente, como la temprana muerte de su madre, las largas jornadas juntando algodón para poder comer y la segregación racial. Como muchos hombres negros de su generación, el blues fue su salvación.

Según describió, sus primeras influencias musicales fueron Blind Lemon Jefferson y Lonnie Johnson. De su primo Bukka White no absorbió su estilo, pero sí su sinceridad como artista y su forma de sentir el blues. El sonido de T-Bone Walker le cambió la vida y la estirpe de Muddy Waters lo marcó para siempre. Pero también lo influenciaron guitarristas como Charlie Christian y Djando Reinhardt, y otros músicos de jazz como Ben Webster, Lester Young y Count Basie. Y siempre admiró a dos pesos pesados del canto como Frank Sinatra y Nat “King” Cole. Pero fue Sonny Boy Williamson II fue quien le brindó su gran oportunidad.

B.B. King dejó la plantación en 1948 y se fue al norte en busca de un futuro mejor. Si bien ya había probado suerte antes en Memphis, esta vez eligió West Memphis, en Arkansas. Allí contactó a Sonny Boy, que era disc jockey en la radio KWEN. B.B. cuenta que entró al estudio y le pidió cantar una canción al aire y Sonny Boy lo dejó. Interpretó Blues at sunrise y le salió bastante bien. Cuando terminó el show, un ejecutivo de la radio le dijo que habían recibido muchos llamados elogiando su presentación. Y así comenzó su carrera.
Esa presentación le abrió las puertas en Memphis y consiguió trabajo como DJ en la WDIA durante el día, mientras tocaba por las noches. Su nombre artístico era Beale Street Blues Boy, luego se lo acortó a Blues Boy, hasta que quedó como B.B. a secas. El jingle del medicamento Pepticon fue, curiosamente, su primera creación, al tiempo que musicalizaba con temas de Louis Jordan, Charles Brown, Amos Milburn, Lowell Fulson, Art Tatum, Roy Milton y, por supuesto, T-Bone Walker. Su show de radio se volvió muy popular y eso fue una gran ayuda para que su nombre trascendiera en Tennesse, Arkansas y Mississippi.

Y eso lo llevó a su primera sesión de grabación, en la que registró cuatro canciones para el sello Bullet: Miss Martha King, dedicada a su primera esposa, I’ve got the blues, Take a swing with me y How do you feel when your baby packs up and goes. El resto es historia, aunque el éxito rotundo le llegó muchos años después con The thrill is gone.

B.B. King contribuyó como muy pocos artistas a la música popular. Su nombre es reconocido en todo el mundo y desde hace décadas es sinónimo de blues. Y ese es el mejor homenaje que puede recibir.

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Más sobre B.B. King:

La increíble historia de un amor inesperado

El blues salve al Rey

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La despedida del Rey

Entre amigos

sábado, 9 de mayo de 2020

Redescubriendo a Lonnie Johnson



- "¿Eres Lonnie Johnson? ¿El Lonnie Johnson que grabó Blue ghost blues en 1938?". La respuesta sonó trémula del otro lado línea, apenas un "sí" alargado, inquietante. El que preguntaba era Joe Boyd, un joven entusiasta amante del blues y del jazz, quien junto a su hermano Warwick y a su amigo Geoff Muldaur hurgaban por entonces en lo más puro de la música tradicional norteamericana. Ahí estaban los tres, parados alrededor del teléfono. "¿Podrías venir a Princeton y dar un concierto la próxima semana?". Lonnie Johnson accedió a cambio de un pago de 50 dólares.

En las páginas de su libro Blancas Bicicletas, Boyd rememora el verano de 1960 cuando volvió a su casa de Princeton luego de un semestre duro en la Universidad de Harvard, y se reencontró con su hermano y con Geoff, con quienes compartiría muchas aventuras musicales. En esa época los tres se habían deslumbrado con la serie de discos Encyclopedia of Jazz, del sello RCA-Victor, que contenía temas de King Oliver, Louis Armstrong y muchos más. Fue entonces cuando descubrieron una radio de Filadelfia que de madrugada emitía un programa de blues y jazz, cuando la mayoría de las emisoras difundían sólo música blanca. Una de esas interminables y sofocantes noches escucharon que el conductor, Chris Albertson, anunciaba que Lonnie Johnson estaba vivo y trabajaba como cocinero en un hotel de Filadelfia.

Johnson, que entonces vivía a sólo una hora y media por autopista de donde ellos estaban, era un guitarrista versátil y muy melodioso que había empezado tocando country blues y luego amplió su repertorio al jazz y las baladas. Entre 1925 y 1948 había grabado una cantidad asombrosa de material como solista, a dúo con el guitarrista Eddie Condon o en las orquestas de Louis Armstrong y Duke Ellington. La ruta de su vida era como la de muchos músicos de aquél entonces. Había nacido en Nueva Orleans donde creció con la música a su alrededor, hasta que la necesidad post Gran Depresión lo llevó bien hacia el norte: Chicago, la meca.

Pero en los años cincuenta desapareció del mundillo musical, hasta que Joe Boyd agarró la guía telefónica y tuvo esa breve charla que derivó en una exclamación que arrancó unos cuantos gritos de felicidad. "¡Habíamos contratado a Lonnie Johnson!", recuerda con entusiasmo Boyd. Los tres jóvenes alquilaron un salón y empezaron a difundir el concierto entre amigos y conocidos, a quienes les dijeron que la entrada costaría un dólar. Cuando llegó el día, se subieron a un viejo Rambler y fueron a Filadelfia a buscar a Lonnie. "Delante de un hotel del centro, en el bordillo de la acera, estaba un hombre de pelo gris, impecablemente vestido, con una guitarra y un pequeño amplificador", rememora el autor de Blancas Bicicletas.

En el viaje hacia Princeton, Lonnie Johnson les contó por qué había "desaparecido" en la última década. Al regresar de una gira por Europa, en 1951, descubrió que su novia se había fugado con su dinero, sus guitarras y su colección de discos, y eso lo deprimió, lo dejó muerto en vida, lleno de blues. Su crisis amorosa coincidió con el auge del rock and roll, con Elvis a la cabeza, y quedó afuera del circuito musical como muchos otros bluesmen. Entonces empezó una vida errante que lo llevó a instalarse en Filadelfia, donde realizó distintos trabajos para sobrevivir.

Cuando Joe Boyd, Lonnie Johnson y los muchachos llegaron a Princeton, la sala estaba llena. Al músico no debió sorprenderle que en realidad apenas un puñado de chicos lo conociera vagamente. Pero había una onda especial en el ambiente, un músico con ganas de tocar y un público con ganas de expandirse. Era el comienzo de los sesenta, y mientras por un lado las políticas conservadoras y el "cinturón bíblico" ampliaban la segregación racial, por el otro la música creaba una ambiente de paz multicultural. Lonnie empezó a rasgar su guitarra y "todos quedaron atónitos", cuenta Boyd. Tocó baladas y viejos blues como I cover the waterfront y Red sails in the sunset, y durante el show hasta tuvo tiempo de coquetear con una jovencita negra que se había sentado en primera fila. El concierto fue un éxito. Todos quedaron deslumbrados por la música de Lonnie, por su carisma y por las breves historias que contó entre tema y tema. Joe, Geoff y Warwick habían recaudado 100 dólares y se los dieron al viejo Lonnie, que quedó más que satisfecho y agradecido con los muchachos.

Todavía faltarían diez años para su final: en 1969 fue atropellado por un auto en Toronto, Canadá. El accidente lo postró durante un año hasta que murió el 16 de junio de 1970. Pero durante toda esa década Lonnie Johnson volvió al ruedo con grabaciones para el sello Prestige Records (dejando discos memorables como Blues by Lonnie Johnson, Losing game o Another night to cry), presentaciones en festivales de blues y jazz y un concierto de reencuentro con Duke Ellington en el New York Town Hall. Su carrera no había terminado cuando su novia lo dejó sin sus discos, su dinero y sus guitarras, y mientras Elvis movía la pelvis, él esperaba en modo suspendido... hasta que alguien tomó el teléfono y lo llamó.

domingo, 3 de mayo de 2020

La absurda muerte de Curtis, el Rey

Tuvo una muerte absurda e inesperada, como tantas otras muertes. Pasó cuando estaba en el mejor momento de su carrera. Cuando su nombre era sinónimo de talento y prestigio. Desde entonces sus restos descansan en el Pinelawn Memorial Park, en Farmingdale, Nueva York, el mismo en el que están enterradas dos glorias del jazz: John Coltrane y Count Basie.

King Curtis fue un emblema del saxo. A diferencia de tantos otros músicos extraordinarios, Curtis nunca se encasilló en un género o estilo. Tocó rhythm and blues, rock and roll, soul, blues, funk y jazz, y grabó infinidad de discos como solista o acompañando a músicos como Wynton Kelly, Buddy Holly, Champion Jack Dupree, The Coasters, Aretha Franklin o John Lennon. Era un saxofonista sofisticado, con altas dosis de swing en sangre y un groove irreprochable. Se lucía tanto con el saxo tenor, el alto o el soprano.

John Lennon y King Curtis
Era texano, de la ciudad de Forth Worth y si bien todos lo llamaban Rey, su verdadero nombre era Curtis Ousley. Había nacido el 7 de febrero de 1934 y no tardó mucho en mostrar sus inclinaciones musicales. Empezó con el saxo cuando todavía era un niño y nunca más lo dejó. Por aquella época escuchaba lo que podía en la radio. Así fue como descubrió a Lester Young y a Louis Jordan, sus máximas influencias. El instrumento se convirtió en una extensión de su ser. Tanto que lo hizo dejar la escuela para sumarse, con 16 años, a la banda de Lionel Hampton. En 1954, se instaló en Nueva York donde se convirtió en uno de los músicos de sesión más buscados de la ciudad. Un día podía grabar con Sam Cooke y al otro con Bobby Lewis.

Duane Allman y King Curtis
Los sellos discográficos se peleaban por él. Grabó como solista para Atco, entre 1958 y 1959, y para Prestige, entre 1960 y 1961. Uno de sus singles, Soul twist, de 1962, editado por Enjoy Records, fue número uno del ranking de R&B. Los dos años siguientes grabó para Capitol Records y en 1965 lo hizo para Atlantic. Memphis soul stew y Ode to Billie Joe son sus hits de esa época. Trabajó codo a codo en la producción con Jerry Wexler y se comprometió de lleno con Aretha Franklin para liderar su banda, The Kingpins. Cuando la década del 60 se encaminaba hacia su ocaso, Curtis grabó con dos de los guitarristas más extraordinarios que hayan pasado por este mundo: Jimi Hendrix y Duane Allman.

La calurosa noche del 16 de agosto de 1971, Curtis estaba en su departamento de Nueva York, sobre la calle 86, con algunos amigos. El aire acondicionado estaba al máximo y uno de sus invitados le pidió que lo bajara un poco. Para eso, Curtis tuvo que e ir hasta el sótano del edificio. Cuando bajaba las escaleras se encontró con dos adictos que se estaban escondiendo para consumir heroína. Curtis les dijo que se fueran de allí, pero uno de ellos se resistió. Hubo insultos y un forcejeo. El desconocido sacó una navaja y le asestó una certera puñalada en el pecho, a la altura del corazón. Herido, Curtis le arrebató la navaja y le provocó seis cortes a su atacante. El músico quedó tendido en el piso, mientras que el otro escapó. Una ambulancia trasladó al músico al Hospital Roosevelt, pero llegó muerto. El agresor, identificado como Juan Montañez, de 26 años, logró sobrevivir y fue detenido al llegar por sus propios medios al mismo centro médico. Tiempo después fue condenado por homicidio. Así de triste y repentino fue su final.

Su muerte causó una gran conmoción y el funeral fue una verdadera celebración a su vida y su música. El sermón lo realizó el reverendo Jesse Jackson, importante líder político y social de los EE.UU., y Aretha Franklin y Stevie Wonder lo despidieron cantando. El Rey ha muerto ¡Viva el Rey!

sábado, 25 de abril de 2020

La increíble historia de un amor inesperado

Willy Quiroga, Rinaldo Rafanelli, Quebracho, B.B. King, Héctor Starc y Pappo

“No sé cuántas veces vine. Amo venir a la Argentina. La gente es agradable y muy buena”.

B.B. King (1925-2015) 


Carlos “Pirimpimpin” Geniso y Carlos Pan eran dos de los cinco integrantes del grupo Avalancha, una banda de culto de los setenta que interpretaba rock and roll con una marcada influencia blusera. Ellos estaban a cargo de la sección rítmica, mientras que Dicky Campilongo y Miguel “Botafogo” Vilanova tocaban las guitarras, y Liliana Lagardé era la voz principal. En 1975 grabaron su único single para el sello Parnaso. El lado A contenía el tema Cómo me gusta el rock and roll, con Charly García como invitado, y el B tenía la bluseada y pegadiza La rusa se fue con los basureros, con la colaboración del guitarrista Nacho Smilari y el aporte de David Lebón al piano. Tras ese registro y una serie de shows memorables, el grupo se disolvió y cada uno siguió su camino. Geniso y Pan decidieron irse a los Estados Unidos y ese viaje, tiempo después, derivaría en un acontecimiento singular e inesperado para aquél entonces: la primera visita de B.B. King a Buenos Aires, de la que ahora que se cumplen 40 años.

Botafogo recuerda cómo fue la cocina de esa primera gira del Rey del Blues: “En los setenta, mientras estaban en Nueva York, Pan y Geniso se las arreglaban como podían para vivir. Pirimpimpin empezó a vender hot dogs en una esquina de Manhattan y un día tuvo un golpe de suerte: vio que pasaba B.B. King. Como era uno de sus ídolos ni lo dudó y se le acercó. Lo saludó y le regaló un pancho. El negro se sorprendió con el gesto, le agradeció y se fue. Resulta que justo en un edificio de esa esquina tenía sus oficinas el manager de B.B., Sid Seidenberg, y esos encuentros se repitieron con mucha frecuencia. B.B. pasaba y Pirimpimpin le regalaba un pancho”.

"Un buen día -agrega Botafogo- B.B. King lo invitó a la oficina de su manager y allí Geniso le dijo que quería llevarlo a la Argentina. El manager le respondió qué si le ponía 15 mil dólares arriba de la mesa, la gira se hacía. Pasó un buen tiempo hasta que Pirimpimpin juntó el dinero y lo logró”.

Peter Deantoni, autor del libro Pappo Made in USA (Editorial Planeta), y road manager de aquella primera gira de B.B. King al país, añade que “Carlitos Geniso cumplió con todo: juntó el dinero vendiendo remeras del Papa Juan Pablo II y alguna que otra cosa, y pagó dólar por dólar para traerlo”.

Para montar el evento, Geniso y Pan armaron la productora “Memphis” y contaron con la colaboración de Daniel Grinbank, a quien todavía le faltaban algunos años para fundar la radio Rock&Pop y volverse el empresario número uno del rock, y algunos artistas conocidos como Nito Mestre. “Los chicos -dice Deantoni- gastaron una fortuna en producción: empapelaron Buenos Aires con afiches del show, alquilaron Obras durante dos noches y reservaron suites en el Hotel Bauen para que B.B. King se alojara con su banda y asistentes, que eran más de una docena de personas”.

La llegada del Rey 

“Lo fuimos a buscar con Carlos Geniso al aeropuerto de Ezeiza. Esa fue la primera vez que lo vi a B.B., con quien luego trabajé en muchísimas giras más a lo largo de los años y nos hicimos muy amigos. Él era un tipo muy reservado y salía poco cuando estaba de gira porque por lo general si no tocaba le gustaba descansar. Una tarde fuimos caminando a Blue’s (un local de venta de instrumentos musicales ubicado en Rodríguez Peña al 300) que era sponsor de la gira. Allí se sacó una foto con Carlos Onorato, el dueño, y también le firmó un disco. Las otras dos salidas que recuerdo que hizo fueron para comer: una a Pippo y la otra a Bachín, un restaurante que estaba en Sarmiento y Montevideo”, rememora Deantoni.

El sábado 26 de abril de 1980, el Rey del Blues debutó con un show íntimo para la prensa e invitados especiales en el salón de la planta baja del Hotel Bauen. El poeta, escritor y periodista Miguel Grinberg dejó constancia de esa noche en un artículo titulado “Apogeo de música y de fraternidad” que escribió para el extinto diario La Opinión:

Todo adjetivo es insuficiente. Toda alabanza resulta estrecha. Decir que B.B. King es maravilloso apenas hace justicia a su conmovedora grandeza, a su descomunal sencillez. No ha habido en muchísimos años en Buenos Aires una ceremonia musical de esta naturaleza, expresión en pequeña escala de la inevitable apoteosis que tendrá como escena el estadio Obras. El show comenzó a plena orquesta, bajo la conducción del trompetista Calvin Owens. Óptima, con un potencial rítmico irresistible. […] En un amplio marco de blues, rhythm and blues y soul, la orquesta es portadora de un espíritu que no decae con las décadas, que coexiste con otros modos musicales blancos llamados rock, folk o country and western, pero que los sobrepasa en vigor y armonía. 

Es el alma negra resistiendo, sobreviviendo, amando, riendo, emocionando a todo aquel capaz de ser natural. B.B. King y su guitarra Lucille son la máxima expresión de los blues modernos. Ya no se trata de antiguas cadencias rurales o suburbanas. Desde 1970 en adelante, con The Thrill Is Gone, King se implantó en el ámbito de la pop music, revitalizando todo posible abordaje de los blues remontándolos a cumbres incomparables. Cuando canta, canta, no toca la guitarra. Y cuando toca la guitarra no canta, toca. En ambos casos, conmueve, exalta. La gente en el Bauen terminó de pie, extasiada, bailando, cantando coros, feliz. B.B. King -después de estrechar decenas de manos- bajó del estrado lagrimeando, y murmuró a su manager: “Es increíble, gente que no tiene en general dominio del inglés y de la música ha sido tan atenta, tan compañía”. 

Después de su conferencia de prensa, el viernes pasado, cuando la prensa se había retirado, B.B. King terminó de cenar. Supo que había músicos argentinos (roqueros) en el lugar y los llamó a su mesa. Propuso un brindis: “Amigos, un hombre simple dice cosas simples. Brindo porque cuando yo me muera en este lugar tan austral, siga habiendo gente que toque rock y blues”. 

La banda que vino con B.B. King aquella primera vez fue una de las mejores que tuvo en sus más de sesenta años de carrera profesional: además del trompetista y director musical Calvin Owens, lo acompañaron James “Bogaloo” Bolden (trompeta), Robert Garner (saxo tenor), Edgar Synigal Jr. (saxo barítono), Sam Hurt (trombón), Leonard Gill (guitarra), Joseph Carrier (piano), Russell Jackson (bajo) y Calep Emphrey Jr. (batería).

domingo, 19 de abril de 2020

Tres hombres


ZZ Top es la banda más estable de la historia del rock. No hay ningún otro grupo que se haya mantenido 50 años con la misma formación. El documental de Sam Dunn, That Little Ol’ Band From Texas, bucea en la historia del trío para tratar de desentrañar semejante misterio.

El film, que dura una hora y media, logró recopilar cientos de imágenes inéditas de las distintas etapas de la banda y tiene como hilo conductor los relatos de sus tres protagonistas: Billy Gibbons, Dusty Hill y Frank Beard.

La prehistoria del grupo se remonta a fines de los sesenta en Dallas cuando Dusty Hill y su hermano Rocky sumaron a Beard para integrar el grupo The Warlocks, en pleno auge del rock psicodélico. Para diferenciarse del sonido del momento, que era más o menos lo mismo que hacían todas las bandas de la zona se cambiaron el nombre por el de American Blues, pero pronto se separaron. Beard se mudó con su novia embarazada a Houston y esa decisión sellaría el destino del grupo. Allí conoció a Billy Gibbons, que tocaba en una banda bastante popular en la zona que se llamaba The Moving Sidewalks y que había teloneado a Jimi Hendrix, The Doors y The Animals, pero que se disolvió porque dos de sus miembros fueron reclutados para ir a Vietnam. Beard y Gibbons empatizaron y decidieron formar un power trío. El baterista le presentó a su viejo compañero de Dallas y así nació ZZ Top.

Si bien comenzó como una banda de rock con una fuerte impronta blusera, con el tiempo fue encontrando su propio sonido. Testimonios de sonidistas, productores, road managers y otros músicos que los admiran le agregan al film una visión externa. Desde afuera y desde adentro, todos coinciden en que uno de los secretos del éxito de ZZ Top fue su representante, Bill Ham, que se inspiró en el trabajo del coronel Tom Parker, legendario mánager de Elvis Presley, y supo crear una mística alrededor de ellos que les permitió salir de Texas, o mejor dicho, llevar la música de Texas hacia el resto de los Estados Unidos. Porque ese fue parte del plan: no mostrar algo que no eran, sino presentarlos como una auténtica banda texana.

Y luego vino la reconversión. Aparecieron las barbas largas, MTV y el suceso del álbum Eliminator. Y pasaron los años, las giras, más discos, el ingreso al Rock & Roll Hall of Fame y todavía están juntos haciendo lo que mejor saben hacer. “Hay una respuesta fácil -dice Billy Gibbons- en qué fue lo que mantuvo unida a la banda por cinco décadas: todavía disfrutamos lo que hacemos y nunca miramos hacia atrás”.




(Crónica del show que dieron en el Luna Park en 2010)

sábado, 11 de abril de 2020

Lanzamientos en tiempos de coronavirus

Jimmy Burns – Chicago Blues Sessions. Qué más podemos decir de Jimmy Burns que no hayamos dicho en alguna de sus tantas visitas a la Argentina. Si bien es uno de los músicos más representativos de la escena de Chicago actual, su estilo no es del todo convencional, aunque no se aparte tanto del sonido tradicional. ¿Una contradicción? De ninguna manera. Si hasta aquí alguien tenía alguna duda sobre esa afirmación debería escuchar su último disco, Chicago Blues Sessions, donde el cantante y guitarrista se despacha con un puñado de clásicos a los que logra reinventarlos una vez más. El álbum fue producido por Laust Krudtmejer Nielsen, que terminó en su Dinamarca natal la mezcla de los temas que se grabaron en la Ciudad del Viento. El repertorio cuenta con Killing floor, Everyday I have the blues, Mean old Frisco y I’m ready, a los que suma su versión inmaculada de Cold as ice, del grupo Foreigner, y Standed in Clarksdale, que compuso para su álbum Back in the Delta. Otro tema es I know you’re gone, que escribió el guitarrista Morten Lunn, uno de los músicos daneses que conformaron la banda que acompañó a Burns en la grabación. Además, el disco tiene tres temas recitados en los que Burns cuenta su historia de vida ligada al blues. Este nuevo trabajo es todo un desafío para Burns, que acaba de cumplir 77 años. Aquí demuestra que el blues de Chicago está vigente y que a su vez también es permeable a reinterpretaciones y variaciones de su sonido clásico sin perder su esencia.

Robert Cray – That’s What I Heard. Así como lo hizo en 1999, 2014 y 2017, Robert Cray volvió a juntarse con el productor Steve Jordan para este nuevo disco en el cual, otra vez, antepone sus raíces de southern soul. El álbum se nutre de nuevas composiciones, un exquisito cover de Curtis Mayfield (You’ll want me back), un tema escrito por Jordan y Kim Wilson (Promises you can’t keep) y la hermosa balada You’re the one, que lleva la rúbrica de Dedric Malone. Si bien el southern soul y el R&B son los estilos que predominan en el álbum, una de las canciones que más se destaca tiene una marcada impronta gospel, Burying ground, en el que la voz sencilla y apasionada de Cray se combina con un coro estremecedor. El lanzamiento de That’s what I herad se da, además, a 40 años de la edición de su primer disco, Who’s been talking, su álbum más blusero. En todos estos años, el guitarrista demostró que con cada nuevo trabajo siempre tuvo algo para decir, a veces con mejores resultados que otros, pero nunca cayendo en clichés o meras repeticiones. Si bien el blues fue su cuna y ahí fue donde lo encasillaron los críticos y la industria, él siempre se sintió más cómodo en otros terrenos musicales, más allá de que cuando toca blues lo hace como los dioses. Este nuevo trabajo viene a reivindicar una trayectoria, un estilo y, por qué no, a sentenciar el lugar en el que siempre quiso estar.

jueves, 2 de abril de 2020

El patriarca

Ellis y Wynton Marsalis
Ellis Marsalis fue un ícono del jazz moderno, el patriarca de una talentosa familia y un maestro ejemplar. Como pianista grabó más de una veintena de discos; como padre les transmitió a sus hijos los valores de la tradición de Nueva Orleans, el arte de la improvisación y el amor por la música; y como docente formó a grandes figuras del jazz como Harry Connick Jr., Terence Blanchard y Nicholas Payton.

El miércoles por la noche, un día después del fallecimiento del trompetista Wallace Roney por coronavirus, Marsalis murió afectado por la misma enfermedad que asola al mundo y nos tiene en cuarentena. Tenía 85 años.

“La neumonía fue la causa directa de la muerte, pero fue ocasionada por el covid-19”, confirmó la familia Marsalis en un comunicado.

Ellis Marsalis nació y se crió en Nueva Orleans. La música estuvo siempre con él. Se formó tocando el saxo, pero con el tiempo se volcó al piano. Con ese instrumento se destacaría en su carrera que, irónicamente, despegó a mediados de los ochenta luego del éxito de dos de sus hijos: Wynton y Brandford. Otros dos, Delfeayo y Jason, también son reconocidos músicos de jazz.

En la década del sesenta integró la banda estable de un reconocidoclub de jazz de Nueva Orleans, participó en discos de los hermanos Cannonball y Nat Adderley y tocó en el grupo del trompetista Al Hirt, otro prodigio de esa ciudad. En la década del setenta se dedicó a la docencia y fue recién en 1982 cuando su nombre saltó al mainstream del jazz.

El curioso álbum Fathers & Sons fue un disco editado por el sello Columbia, que en su cara A tenía a Ellis, Wynton y Branford en formato quinteto junto al contrabajista Charles Fambrough y el baterista James Black interpretando algunos temas originales y una exquisita versión de Lush Life, de John Coltrane. En el lado B cambiaba todo: los protagonistas eran Von y Chico Freeman, padre e hijo respectivamente, con otra formación acompañándolos. Ese disco fue un verdadero trampolín para Ellis y sus hijos, aunque Winton ya se había hecho popular en el mundo del jazz un año antes, cuando, con apenas 19 años, grabó su álbum debut respaldado por la sección rítmica que Miles Davis tuvo en los sesenta: Herbie Hancock, Wayne Shorter, Ron Carter y Tony Williams.

En los años siguientes, Ellis Marsalis grabó álbumes para los sellos ELM -fundado por él-, Rounder, Rhino y Blue Note. Para este último, precisamente, registró un álbum en formato trío alcanzando un pico musical y unas ventas razonables. Eso lo puso bajo la órbita Columbia, que ya los tenía fichados a Wynton y a Branford. Su primera aparición para el gigante discográfico fue con el tema This is Christmas, en el álbum navideño Jazzy at Wonderland que sumaba a las figuras del jazz que integraban el catálogo: Harry Connick Jr., Tony Bennett, Grover Washington Jr., Nancy Wilson, Joey DeFrancesco y, por supuesto sus dos hijos famosos. Luego vendrían cinco discos solista al hilo que, al día de hoy, son sus mejores trabajos de estudio: Heart of Gold (1991), Whistle Stop (1993), Joe Cool’s Blues (1994), Loved ones (1995) y Twelve’s it (1998). En cada uno de esos discos, Ellis Marsalis mostró sus dotes como pianista, su inacabable capacidad para improvisar, unos fraseos exquisitos y una sonido cálido y sentimental.

Cuando su vínculo con Columbia terminó, el pianista firmó con Sony para un disco que fue lanzado en 1999 y luego empezó a rebotar en sellos más pequeños como Munck Music o ESP, y también en su propio ELM, para los que registró más que nada discos en vivo, muchos en el Jazz & Heritage Festival, el más prestigioso de Nueva Orleans.

“Se fue de la misma manera en que vivió: aceptando la realidad”, tuiteó anoche Wynton.

Mientras que Branford eligió estas palabras para despedirlo: “Todos podemos maravillarnos de la absoluta audacia de un hombre que creyó que podía enseñarles a sus hijos negros a ser excelentes en un mundo que rechazaba esa posibilidad, y entonces verlos llegar a redefinir lo que significa la excelencia para siempre”.


viernes, 27 de marzo de 2020

Nunca lo sabrán


“No puedo contarles mucho sobre este disco. Me encantaría, pero no puedo. Tengo una restricción legal para hacerlo. El bluesman en el centro de este álbum no quiere que el público sepa quién es. Y más importante aún, no quiere tampoco que otros fieles de su congregación lo sepan. Verán, el artista es un hombre religioso y su iglesia, como muchas iglesias en el sur profundo, consideran al blues una música pecaminosa. Es por eso que él pidió grabar con un seudónimo. También especificó que no se divulgue dónde vive, ni en que juke joint se registró este disco en una sola sesión en 2007”.

Así comienza el relato de Jeff Konkel, productor del álbum, que figura en la información del CD The World Must Never Know, editado por Broke & Hungry Records, y atribuido a Mississippi Marvel.

Jeff Konkell
En esas líneas, Konkel confiesa que la tarea de grabar a este misterioso bluesman de unos ochenta años no fue nada sencilla. Sin dar precisiones de lugares o fechas, el productor cuenta que se acercó al artista en varias ocasiones para proponerle grabar un disco y siempre recibió una respuesta negativa, aunque sin darle demasiadas explicaciones. Pero fue tanta la insistencia de Konkel que por fin el músico le reveló el motivo: que los fieles de la iglesia a la que asistía no iban a comprender, y mucho menos aceptar, que editara un disco de blues. Fue entonces cuando a Konkel se le ocurrió grabarlo y resguardar su identidad al mismo tiempo. Así nació Mississippi Marvel.

Otros tres músicos participaron de la sesión de grabación: Lightnin' Malcolm tocó la batería en seis temas, mientras que el guitarrista Bill Abel y Jimmy "Duck" Holmes se sumaron en una canción muy poco conocida de Muddy Waters, Waterboy, waterboy, con la particularidad de que Holmes tocó la armónica. “Para tranquilizarlo de que su nombre no se iba a filtrar les hice firmar a los otros músicos un contrato de confidencialidad”, detalla Konkel.

Mississippi Marvel es blues del Delta en estado puro. Sonido crudo y pasional. Una voz cautivante y una guitarra sucia y visceral. El repertorio se equilibra entre clásicos como 44 blues; Catfish blues; No mail blue, de Lightnin’ Hopkins; y Everything’s gonna be alright, de Little Walter; con algunas composiciones propias como Kankakee, Feel like layin’ down y Hard pill to swallow. De todas maneras, Mississippi Marvel logra imponer su estilo en cada una de las versiones que realmente suenan como si fueran suyas.

Pasó el tiempo desde la grabación del disco -en una zona rural del Mississippi en noviembre de 2007 y la posterior edición al año siguiente- y su identidad nunca trascendió. Roger Stolle, dueño de Cat Head Delta Blues & Folk Art, oriundo de Clarksdale y uno de los mayores difusores del blues del Delta, dijo que Mississippi Marvel murió hace un tiempo y su familia tampoco quiso que se revele su nombre post morten. Así unos pocos guardan el secreto bajo siete llaves y, al parecer, el mundo nunca sabrá quién fue este maravilloso músico.


jueves, 19 de marzo de 2020

La revolución de Miles


La voz carrasposa de Carl Lumbly, en el rol de Miles Davis, surge como un espectro sonoro y se convierte en el eje del relato, que se combina con un coro de personajes que acompañaron al trompetista a lo largo de su vida: ex esposas, amantes, amigos, músicos, productores y periodistas. De eso se trata Birth of the Cool, el documental que acaba de estrenar Netflix sobre la vida y obra del músico que cambió la historia del jazz para siempre.

Miles Davis fue un personaje controvertido. Machista, violento, un tanto racista, inestable, pero extremadamente talentoso y muy seductor. Dedicó su vida a la música y a la innovación. A diferencia de muchos afroamericanos de su generación, nacidos antes de la primera guerra mundial, Miles no pasó penurias económicas debido a que su padre tenía un buen pasar y él pudo ir a buenos colegios y a la prestigiosa academia Julliard, en Nueva York. Pero siempre debió convivir con sus demonios, que lo llevaron a excesos con las drogas y el alcohol, y largos períodos de aislamiento.

La carrera de Miles Davis despegó con Dizzy Gillespie y Charlie Parker, los héroes del be bop, en un contexto que podría definirse como un laboratorio experimental de música que redefiniría el sonido del jazz moderno. A partir de ese momento, y en cada etapa de su vida, su música fue evolucionando. Miles nunca miró para atrás y, como explica uno de sus hijos en el documental, ni siquiera guardaba o escuchaba sus viejos discos.

El documental, dirigido por Stanley Nelson, cuenta con imágenes inéditas, música original y testimonios esenciales como los de dos de los hijos de Miles, una de sus ex esposas, dos amantes, músicos como Ron Carter, Wayne Shorter, Herbie Hancock, Marcus Miller, Mike Stern y el productor Clive Davis, entre muchos otros. Birth of the Cool atraviesa todas sus etapas: la que da precisamente el nombre al film, justamente su primer trabajo con Gil Evans; su período en París; sus discos para Prestige; la obra suprema de Kind of Blue junto a John Coltrane y Bill Evans; el quinteto de los sesenta; la exploración del jazz rock con Bitches Brew; los años oscuros de fines de los setenta; su reaparición en los ochenta; y su deterioro físico que lo llevó a la muerte el 28 de septiembre de 1991.

Miles Davis fue un músico inigualable, un innovador, un aventurero. Contribuyó a la revolución del jazz y fue el artífice de su propia rebelión. El sonido dulce y cálido de su trompeta contrastó con su personalidad conflictiva y enmarañada. El film de Nelson engloba todo eso en poco menos de dos horas y brinda un nuevo enfoque a la obra de uno de los artistas más influyentes del siglo XX.



martes, 10 de marzo de 2020

Extravaganza transnacional


La historia se remonta a 2016. Nico Smoljan, referente absoluto de la armónica en la Argentina, se juntó con los Headcutters de Brasil y los Silver Kings de California para realizar una gira que incluyó una presentación en el Ilha Blues Festival de Ilha Comprida, en San Pablo, y shows en ItajaÍ y Camboriú. La experiencia en vivo fue tan gratificante para los siete músicos que en cuanto pudieron se metieron en un estudio de grabación para dejar testimonio. El resultado, que ve la luz cuatro años después, es una obra sobresaliente en la que prevalece el sonido de fines de los cuarenta y comienzos de los cincuenta, cuando la electrificación de los instrumentos en Chicago dio inicio a una nueva era en el blues.

Los músicos lograron recrear ese sonido primario que se denomina early electric Chicago blues. “Usamos todos amplificadores e instrumentos de la época y se grabó analógicamente a cinta con un micrófono buscando conseguir alguna similitud con las grabaciones de blues aquellos años, que tienen un ambiente y una calidez muy especial, mucha dinámica y son muy orgánicas”, cuenta Nico Smoljan.

Las dos bandas y Smoljan se ensamblaron de gran manera, como si ya vinieran tocando juntos desde hacía décadas. Las voces se las repartieron entre los brasileños Joe Marhofer y Ricardo Maca con Jerry Careaga. Smoljan y Marhofer se dividieron casi a la mitad los temas para soplar sus armónicas, cromáticas o diatónicas, aunque intercambiaron notas en I was fooled, de Billy Boy Arnold, y Extravaganza, un tema compuesto para la ocasión. Maca y Mark Mumea llevaron adelante las guitarras en todas las canciones, al igual que Leandro Barbeta la batería, mientras que Catuto tocó el contrabajo en ocho temas dejándoles los tres restantes a Carega.

El repertorio está conformado por clásicos de Jimmy Reed, Muddy Waters, Little Walter, Jimmy Rogers, Johnny Shines, Floyd Jones y Sunnyland Slim, todos protagonistas de aquellos años en los que el blues se apoderó de la ciudad de Chicago para convertirla en su capital y dulce hogar.

Las interpretaciones son majestuosas. Los siete músicos rescataron con naturalidad el viejo sonido y eso se percibe en el clima de los temas. No hay fisuras y todo lo que sobresale es un profundo conocimiento del género y de esa época en particular. “Fue una experiencia muy linda que seguramente se va a repetir en algún momento”, agrega Smoljan.


miércoles, 26 de febrero de 2020

En el nombre de Wes


En tiempos de Spotify, música ligera y magras ventas de cd’s, un músico argentino de jazz se animó a editar un disco doble, en cajita de acrílico y con un booklet de varias páginas con fotos e información. No se trata de una apuesta comercial, claro está, sino de un sentido homenaje. Essence of Wes Montgomery es la forma en la que Juan Valentino le devuelve a su máximo ídolo todo lo que le dio.

El álbum fue grabado en vivo en Thelonius Club el 9 de marzo del año pasado y de las 18 canciones 12 pertenecen al legendario guitarrista de Indianápolis. Otras selecciones son In a sentimental mood, de Duke Elington, cantada de forma conmovedora por Carrie Dianne Ward; la tradicional Down by the Riverside; y una composición del propio Valentino, There will never be another Wes.

En la primera parte del álbum el guitarrista está respaldado por la Jazz Bazar conformada por Matías Valentino en piano, Augusto Peloso en contrabajo, Timothy Cid en batería. Luego se suman Carlos Casas en congas y Martín Sánchez en vibráfono. En el final se suma la Big Band de Daniel Camelo para mostrar la faceta más orquestada del imponente repertorio del gran Wes.

“Para rendirle homenaje a Wes mentalicé el show homenaje de 2019 basándome en tres de sus formaciones, la clásica del cuarteto, la que incorpora el vibráfono y la que grabó con la Big Band y supongo que, añorando esas grabaciones de antes o tal vez por el increíble trabajo que estábamos desarrollando en cada ciclo aniversario de Wes, surgió el tema de grabar el disco en vivo”, dijo Valentino.

En cada una de las canciones Valentino deja que su guitarra fluya con libertad, desdibujando melodías con un swing fabuloso siguiendo los lineamientos trazados por Wes Montgomery hace más de medio siglo. Pero en Unit 7 y Movin’ Wes (Part 2), Valentino interpreta los solos originales de las grabaciones porque, según explica, “interpretar a Wes es como hacerlo con Mozart o Beethoven”.

El proyecto Essence of Wes requirió unos cuantos meses de preparación y lanzar el disco un año más, tiempo que parece poco cuando uno piensa que era el sueño de Valentino de toda una vida.