La Escuela de Blues, fundada por Gabriel Grätzer, Mauro Diana y Gabriel Cabiaglia, celebró sus 25 años con un emotivo show en Lucille que fue mucho más que un recital: una clase abierta sobre la historia del blues, desde sus raíces más profundas hasta su expresión en la Argentina. Durante una hora y media, con la sala colmada, el escenario se convirtió en una suerte de línea de tiempo musical por la que desfilaron egresados y docentes de la institución.
El aniversario no es un dato menor si se considera el contexto en el que nació la escuela. Abrió sus puertas en 2000, en la antesala del estallido social y económico que marcaría a fuego a la Argentina. Desde entonces atravesó crisis recurrentes, cambios de época y hasta la pandemia, pero logró consolidarse como uno de los espacios de formación más importantes dedicados al género en el país.
La celebración tuvo como guía a Grätzer, quien ofició de maestro de ceremonias y comenzó la noche a capella con un cornfield holler, una forma primitiva de canto rítmico y expresivo de raíces africanas que los esclavos utilizaban en los campos del sur de Estados Unidos para comunicarse y aliviar el trabajo. Con sus melismas y entonaciones nasales, ese llamado ancestral marcó el punto de partida del viaje musical.
Luego invitó al guitarrista Juan Codazzi y, a dos guitarras, interpretaron Maggie Campbell Blues, de Tommy Johnson, y Frisco Town, de Memphis Minnie, dos clásicos del blues rural del Delta del Mississippi. El cantante Darío Soto aportó un matiz espiritual con Down by the Riverside, mientras que Leo Caruso rindió honores a la tradición del piano con una majestuosa versión de St. James Infirmary Blues.
Uno de los momentos más logrados llegó cuando Grätzer y Codazzi comenzaron Night Time Is the Right Time. El tema funcionó como una metáfora sonora de la evolución del género: de lo rural a lo urbano, del sonido acústico al eléctrico. A medida que avanzaba la canción se fueron sumando Miguel Ángel Romeo en batería, Lorenzo Padín en bajo y Matías Muriete en guitarra, transformando gradualmente la textura musical.
La segunda parte de la noche se sumergió en el blues eléctrico de Chicago. Un homenaje instrumental a Walter Horton, el Walter's Boogie con Ximena Monzón en armónica, abrió paso a clásicos como You Don’t Have to Go, de Jimmy Reed, y Smokestack Lightnin’, de Howlin’ Wolf, cantada con intensidad por Darío Soto. También subieron al escenario músicos como Roberto Porzio, Gabriel Cabiaglia y Nacho Ladisa.El guitarrista Julio Fabiani evocó el estilo elegante de T-Bone Walker con Tell Me What the Reason, mientras que Pilar Padín le puso su voz a Wang Dang Doodle, de Koko Taylor, y Drown in My Own Tears, de Ray Charles.
Hacia el final, la historia del blues se cruzó con su desembarco en la Argentina. La cantante y pianista Cristina Dall se sentó frente al teclado y revivió el espíritu de Las Blacanblus con tres canciones consecutivas: Depre Blues, No quiero tu dinero y El paso.
El cierre reunió a todos los músicos en escena para un medley que incluyó Sweet Home Chicago y Estamos haciendo las cosas bien, de Easy Babies, en homenaje a Mauro Diana, cofundador de la escuela, quien no pudo estar presente por cuestiones de salud.
A 25 años de su nacimiento —y en medio de un presente nuevamente marcado por la incertidumbre económica, confrontaciones y el aumento del desempleo— la Escuela de Blues volvió a demostrar que el género nacido del dolor y la resistencia sigue encontrando eco en la Argentina. Como ocurrió en 2001, el blues vuelve a ser refugio, memoria y forma de resistencia.






















