lunes, 29 de julio de 2019

Cray, baby, Cray


Foto Laura Tenebaum
Smooth es una palabra del inglés que define muy bien la forma de tocar y cantar de Robert Cray. Pero la traducción al español, suave, o también liso, no tienen la misma fuerza para describirlo. Cray es profundo, pero no es visceral. Su estilo es refinado y para nada crudo. Su voz es melodiosa y reconfortante, y sus canciones salen de los márgenes del blues para adentrarse en los amplios campos del soul, el R&B y también el pop. Esos, y su alta exposición en décadas pasadas, son los motivos por los que los puristas del blues, los talibanes, no lo reconocen como uno del clan. Está claro que ese cuestionamiento, movilizado por un desprecio absurdo, no afectó en absoluto la carrera de Cray.

Los que asistieron a alguno de sus shows en Buenos Aires en la década del noventa recordarán que Cray tuvo que lidiar con el murmullo del público y con algunas críticas. La extinta revista especializada Blues Special, por ejemplo, escribió sobre el recital que dio en 1993 en el Estadio Obras, en el que compartió cartel con la cantante Koko Taylor: “(…) el morocho defraudó a muchos que iban a escuchar blues. Robert no pudo superar la actuación de Koko y su banda. El único tema que los auténticos bluseros recuerdan de parte de Cray es el tema de Lowell Fulson, Reconsider Baby (…). Su performance fue mediocre y fría”. Al año siguiente volvió, se presentó en el Teatro Gran Rex y la recepción del público fue similar. Tibios aplausos y otra vez los murmullos. Pese al clima un tanto hostil, el músico cumplió con un show muy correcto. De vuelta en el país y pasado el tiempo, Cray parece haber borrado ese recuerdo de su mente, tal vez porque con los años, las giras y las ciudades se superponen. “Tengo los mejores recuerdos de ambas visitas, realmente ha pasado mucho tiempo. Por fin he vuelto”, contesta sin hurgar demasiado en su memoria.

El domingo a la noche se presentó con su banda en el Teatro Vorterix y 25 años después esos cuchicheos despectivos se transformaron en ovación. Y no es que él haya cambiado. Sigue tocando con la misma soltura de siempre y su repertorio incluye todavía muchos de sus temas más conocidos de décadas pasadas. El cambio fue del público que se volvió más receptivo, que entiende que no hace falta cerrarse en los doce compases para que haya blues. Robert Cray tiene magia y por momentos suena sobrenatural. El truco es una combinación de técnica, feeling y buen gusto que no se resquebraja.

− ¿Cómo se define asimismo y por qué el blues es tan importante para usted? 
−No me consideró un músico de blues. Me considero un músico que toca blues y soul. El blues lo es todo, es la vida misma. Habla de tus problemas, de tus momentos buenos, por eso el blues nunca morirá.

Cuando se corrió el telón, Cray caminó hacia el centro del escenario y se llevó los primeros aplausos. Ya con la introducción, un blues lento de apenas un par de minutos, recibió la segunda ovación. Siguió con “I guess I showed her”, una de las canciones más emblemáticas de su disco más popular, Strong persuader, ese que lo llevó al mainstream en 1986 y lo alejó de los puristas. La guitarra de Cray -una strato marrón u otra celeste metalizada, que alternó durante el show- fluyó limpia mientras la banda flotaba a su alrededor por el pulso rítmico del bajista Ricrad Cousins, la prestancia percusiva del baterista Terence Clark y el colchón sonoro de los teclados de Dover Weinberg.

Por alguna extraña razón genética Robert Cray está siempre igual. Tiene 66 años, pero tranquilamente parece 20 años menos. No tiene canas, sus arrugas son apenas visibles y su complexión física no es la de la alguien que se acerca a la vejez. Su toque único, sutil y placentero no hizo otra cosa que mejorar con el tiempo, al igual que su registro vocal, heredero del sonido de Memphis. “Esa ciudad -explica- siempre tuvo esa aura especial, a mí me gusta mucho el soul y allí siempre me sentí en condiciones óptimas para grabar y concentrarme en hacer lo mejor para un álbum”.

Foto Laura Tenenbaum
La mayoría de las notas periodísticas que se publicaron en los días previos al show pusieron el foco en su relación con otros músicos históricos. Que compartió escenario con Eric Clapton, que tocó con Stevie Ray Vaughan y B.B. King, que grabó con Albert Collins y Johnny Copeland, que John Lee Hooker decía que era un adelantado a su época. Es cierto que muchas veces la frase “dime con quién andas y te diré quién eres” se usa para definir a un músico. Pero en el caso de Cray resulta un poco injusto a esta altura, con unos veinte discos editados y cientos de recitales alrededor del mundo, en los que no hace otra cosa que reivindicar el camino que eligió hace más de 30 años y seguir el mandato que le legó B.B. King. “Los grandes bluesmen se han ido casi todos, ahora tenemos que mantener la llama más viva que nunca, B.B. siempre me decía que no dejemos de tocar y que sigamos haciéndolo por todo el mundo”, dice. En Vorterix tocó dos covers: “The same love that makes me laugh”, de Bill Withers, y “Aspen, Colorado”, de Tony Joe White, ambos editados en su último disco Robert Cray & Hi Rhythm. El resto fueron composiciones propias a excepción de “Won’t be coming home”que escribió Cousins, que grabó en su álbum Nothin’ but love, de 2012.

Si bien es cierto que al comienzo hubo algunos problemas de sonido, especialmente con los teclados, todo se solucionó enseguida y Cray llevó el show con la suavidad y la frescura que lo caracterizan. El apogeo de su conexión con la audiencia llegó cuando, en uno de los cambios del tema “Enough for me”, metió un potente shuffle, algo que demostró que la gente que fue a verlo se acercó a él por el blues. Entre las caras que llenaron Vorterix se vio a muchos sub 30, que evidentemente no lo vieron en sus visitas previas, lo cual habla de un recambio generacional de oyentes que tienen un background musical mayor y mucha más tolerancia con los artistas que se animan a cruzar ciertos límites estilísticos.

El final lo encontró en su mejor forma. Su voz y sus solos rozaron la perfección, algo que resulta difícil de creer en un humano, aunque ya mencionamos ese rasgo sobrenatural de Cray. Prescinde de la velocidad o el volumen saturado. Maneja los tiempos y hasta revaloriza los silencios. Crea un clímax que se asemeja a la dinámica de un pastor con sus fieles. Los temas elegidos para el cierre fueron su clásico “Right next door”y “Forecast calls for pain”, de sus discos de 1986 y 1990 respectivamente. Y la ovación fue mucho más estruendosa que la del comienzo. Cray y sus músicos saludaron y no estuvieron más de dos minutos alejados del escenario. Los cuatro volvieron y el guitarrista se volvió a colgar la strato marrón para uno de los bises más calientes que podía ofrecer. Primero con su “Nothin’ but a woman”, también de Strong persuader, y luego “Times makes two”, una balada que comenzó interpretando bien abajo y fue in crescendo hasta alcanzar ese lugar mágico al que sólo un músico como él puede transportarnos.

− ¿Cuál es su secreto para seguir tocando con la misma pasión que antes? 
−No sé si sigo tocando con la misma pasión, pero si con la misma intensidad. Tengo un profundo respeto por la guitarra, me ha dado muchas satisfacciones en mi vida y es una extensión de mi ser. Por eso, y por lo que me decía B.B., pienso seguir tocando todo lo que pueda, en todos los lugares del mundo a los que podamos ir con mi banda.

(La crónica también fue publicada en La Agenda de Buenos Aires)

lunes, 15 de julio de 2019

Cd´s (reloaded)



- ¿Seguís comprando discos?

- No, la verdad que no. Bueno… sí. Bah… en realidad trato de vender discos que no escucho para, con esa plata, comprar otros que me interesan más. Digamos que es como una especie de canje.

Hacía años que no compraba cd’s, pero algunas malas compañías me llevaron de regreso a ese camino sin retorno. Un adicto diría que tuvo una recaída. Tal vez sea así. Mi relación con los cd’s se remonta a 1992. En un local de Musimundo, que estaba sobre la avenida Cabildo, compré los dos primeros: uno de B.B. King y otro de Johnny Winter. A partir de ahí comencé una relación, con altibajos, que dura hasta hoy. Compré cd’s en pequeños locales de las galerías de Belgrano, Minton’s era mi favorita, y también en Tower Records y Disquería Suite. Viajé a Estados Unidos un par de veces en esos años y en ambas ocasiones volví cargado de disquitos a los que un ex amigo los llamaba “bebés”. Hacia fines de los noventa comencé a experimentar con los envíos internacionales a través del portal CD Universe, pero la crisis de 2001 me obligó a terminar con ese tipo de consumo.

Tras la tortuosa salida del uno a uno y la devaluación, con los sueldos por el piso, había que dirigir los pesos, patacones y lecops hacia artículos de primera necesidad. Pero a partir de 2004 la cosa comenzó a reactivarse y lentamente, aunque ya sin la voracidad de antes, volví a comprar discos. Fue por entonces que algunos amigos comenzaron a volcarse al mp3. Y de a poco fui cayendo en la trampa. La facilidad de obtenerlo a cambio de 0 pesos fue muy tentadora. En 2007, viajé a Europa con mi primer reproductor de mp3. Era un aparatito redondo de Sony que tenía capacidad para unas 70 canciones. No le sobraba nada, pero no ocupaba lugar. Disfruté de mi primera visita al viejo mundo sin la necesidad de ahogar las penas consumistas en una disquiería… hasta que llegué a Ámsterdam. Después de un colocón en un coffeshop me fui flotando por las callecitas de la ciudad hasta que me topé, de casualidad, con el cartel azul e inconfundible de Blue Note. Era una disquería de jazz que sólo vendía discos del catálogo de ese sello. Saqué la tarjeta de crédito y me encomendé a Dios.

A mi regreso a Buenos Aires la tecnología y la gratuidad volvieron a imponerse. Desde entonces, mi relación con la compra de discos quedó vinculada a los viajes, propios y ajenos. A donde iba me traía tres o cuatro, cosas puntuales o muy baratas que conseguía usadas. O también haciendo compras por Amazon y mandándoselos a mi hermana que vivía en Nueva York para que me los trajera cuando venía de visita o cuando alguien iba para allá. La colección, de todas maneras, siguió creciendo porque comencé a recibir los discos de las bandas de blues local para reseñarlos o pasarlos en la radio. Muy de vez en cuando me compraba uno acá.

Pero hace unos meses todo cambió. Me agarró la necesidad de reordenar la discografía: darle salida a los discos que ya no voy a escuchar o pasar en el programa para hacer lugar a esos que, por alguna u otra razón, nunca tuve o tenía grabados. Y entonces descubrí que hay un mercado importante de cd’s usados. Hay tipos que compran lotes enteros y pagan relativamente bien si los cd’s lo ameritan y están en buen estado. Mercado Libre regula el precio en base a la oferta y la demanda. Entonces me reencontré con esa pasión dormida. Conseguí Somebody loan me a dime, de Fenton Robinson, y las grabaciones de Muddy Waters para Aristocrat. Me empeciné en conseguir los que me faltaban de los Allman Brothers y también busqué los que valen la pena de la colección de Altaya que, en muchos casos se consiguen por menos de 100 pesos. Y también esos de Bruce Springsteen que adoré en mi adolescencia, Nebraska y Tunnel of Love. O Just one night de Clapton.

Entonces abro la cajita. Tomó el disco y lo pongo en el equipo. Le doy play mientras ojeó el booklet custodiado por ese mueble en el que los guerreros rítmicos reposan silenciosos esperando su momento. Los de blues están arriba y al centro. Los de rock, abajo y a los costados. Los de jazz y los de soul, en unos cajones inferiores. Es raro ese apego por un objeto. Para algunos hasta incomprensible. Pero para otros, como yo, los discos tienen mucho más que música e imágenes. Tienen historias y encierran recuerdos. En ellos están nuestras alegrías y tristezas, nuestros miedos y ansiedades. Son el espejo de nuestras vidas.

martes, 2 de julio de 2019

Tinta azul


Todo blues. Así se llama el último libro del periodista español Manuel López Poy, una verdadera biblia del género escrita en español que abarca más de dos siglos de música e historia y no se limita a los márgenes del río Mississppi, sino que, partiendo de la premisa que el blues se volvió un lenguaje universal, explora el desarrollo del género en otros continentes.

El mamotreto blusero, como le gusta llamarlo a su autor, no sólo narra la génesis, consolidación y expansión del blues, sino que también se adentra en la historia social y política de los Estados Unidos comenzando con la llegada de los esclavos negros a América en el siglo XVII. Pero también atraviesa otros momentos históricos como la Guerra de Secesión, la abolición de la esclavitud, la segregación racial, la Gran Depresión, las dos grandes guerras mundiales, la lucha por los Derechos Civiles y Vietnam, que va trazando con historias de personajes emblemáticos como W.C. Handy, Charley Patton, Son House, Robert Johnson, Muddy Waters y Howlin’ Wolf. López Poy recurre a esos nombres, pero también toma como hoja de ruta las vidas de otros míticos bluesmen y blueswomen como Peg Leg Howell, Jaybird Coleman, Ma Rainey y Mamie Smith. El libro está bien organizado en capítulos cortos que permiten una ágil lectura y rápida comprensión para aquellos novatos del blues.

Manuel López Poy.
Promediando la mitad de la obra, y luego de hacer un exhaustivo paneo sobre los exponentes actuales del blues en los Estados Unidos, el autor repasa la rica historia del blues británico con figuras como Cyril Davies, Alexis Korner, John Mayall, Eric Clapton y Peter Green. Y luego se lanza a la captura del blues por toda Europa y logra reconstruir con precisión quirúrgica como se fue expandiendo el género tras la Segunda Guerra Mundial, especialmente desde la década del cincuenta, con las visitas de Big Bill Broonzy y Muddy Waters, y el fenómeno de los American Folk Blues Festival en los sesenta. Pero también desgrana las expresiones locales de Francia (con figuras como Jean Jacques Milteau o Nico Wayne Toussaint), Italia, Alemania, los países bajos, los nórdicos, los balcánicos y Portugal. En cada uno de esos lugares, López Poy encontró cientos de músicos que revalorizan el blues tradicional y otros que lo fusionan con expresiones más personales o autóctonas.

España, su tierra, tiene un capítulo bastante extenso pese a que, debido a la dictadura franquista, el desarrollo del género comenzó recién en la década del ochenta, más allá que desde la década del cincuenta, con la visita de Broonzy a Barcelona se inauguró una saga de shows que a lo largo de los años llevó a ese país a figuras como John Lee Hooker, T-Bone Walker y Memphis Slim.

Pero su investigación no se limita al viejo mundo. También profundiza sobre lo que sucedió con esa música en América Latina con apartados dedicados a México, Brasil, Perú, Uruguay, Chile y a Argentina. Sobre este último recurrió como fuente principal de consulta al libro Bien al Sur-Historia del Blues en la Argentina. El autor, además, va al núcleo de la cuestión, África, donde rescata a sus máximos exponentes e intenta establecer la dinámica de cómo los sonidos ancestrales fueron y volvieron a través del Atlántico.

El último tramo del libro es más enciclopédico, pero no menos interesante. López Poy enumera a los divulgadores más importantes de la historia del blues como John y Alan Lomax, John Hammond, Paul Oliver, LeRoi Jones, Samuel Charters, David Evans, Lester Melorse y Lawrence Cohn; musicólogos, cazatalentos o productores que tuvieron un rol fundamental para poder descubrir a muchos de los grandes músicos y documentar la historia. Para terminar, Todo Blues tiene un breve diccionario que explica las claves del género como juke joint, mojo, canned heat, kazoo, songster y washboard, entre otras; y un listado muy completo de la filmografía, de ficción y no ficción, relacionada con el blues.

En palabras de su autor: “No es al experto erudito a quien se dirige en esencia este libro, o al menos no a él en primera instancia, sino al aficionado a la cultura en general y la música en particular, que tenga curiosidad por saber cuáles son los fermentos de la banda sonora que le ha acompañado a lo largo de la mayor parte de su vida. Porque el blues es el ADN básico de la música popular actual en todo el mundo, si exceptuamos la música clásica y las músicas folclóricas regionales, entendidas en el más estricto sentido, sin mestizajes modernos. Este libro pretende recoger la parte más amplia posible de esa impronta que ha dejado en nuestra cultura la música que hace ya más de un siglo crearon los descendientes de los esclavos como máxima expresión de su lucha por la supervivencia y la dignidad”.