viernes, 31 de marzo de 2023

Las memorias de Vitico, un viaje al núcleo del rock & roll


La vida de Vitico probablemente sea una de las más apasionantes de los músicos del rock local. Y su autobiografía, Vitico - El canciller (Planeta / 2023) así lo refleja. Sus páginas nos llevan a los inicios del rock nacional, donde “el cajetilla de Recoleta” se convirtió en un Mod. Su paso por el Di Tella, su relación con Billy Bond y la Pesada del Rock & Roll, sus primeras bandas, el momento en que conoció a Pappo, su gran amigo de la vida, sus raíces vascas y cómo nació su amor por el bajo son algunas de las primeras historias que relata.

En ese escondite de su memoria surgen nombres como los de David Lebón, Javier Martínez, Luis Alberto Spinetta, Black Amaya, Luis Gambolini, Tanguito, Edelmiro Molinari, aunque no de todos ellos guarda un buen recuerdo. También aparecen los discos y canciones que lo moldearon en aquellos años iniciales: Elvis, Little Richard, los Beatles, Jeff Beck, Grand Funk Railroad, los Stones, Manal y Vox Dei. Incluso recuerda con cariño los discos de Glenn Miller de su padre: "Para mí, fue todo un anticipo del rock & roll porque hacía riffs con los bronces". 

El capítulo sobre su viaje a Inglaterra, a comienzos de los setenta es casi una novela lisérgica digna de Hunther S. Thompson. El joven piadoso ojos de anfetamina se transformó en un muchacho duro que se fue curtiendo a base de LSD y relaciones peligrosas. Una vida nómade en el Londres post swinging en el que se codeó con transas, ninfómanas, músicos en ascenso y miembros de la alta sociedad. De las audiciones en distintas bandas, como por ejemplo Bad Company, a ser testigo de la primera presentación de Dark Side of The Moon de Pink Floyd son algunos de los hitos de su british tour. 

Durante su estadía en Londres se relacionó con algunos miembros de The Who y llegó a zapar con Keith Moon y Pete Townshend. Si bien la anécdota era conocida, en el libro da más detalles de esos encuentros e incluso revela, con cierta angustia, que la canción The Punk & The Godfather, editada en el álbum Quadrophenia, estuvo dedicada a él. “Él (Townshend) es el padrino y yo soy el punk: el pibe con ‘flashing eyes’, como dice la letra, que cree que va a comerse Londres. Es un hachazo atrás del otro. En lugar de sentirme orgulloso por tener un lugar en un disco de The Who, sentí vergüenza por mucho tiempo porque la letra es terrible”, asegura. 

Su regreso a la Argentina coincidió con una de las épocas más convulsionadas de nuestra historia contemporánea, que pronto derivó en el sangriento golpe cívico militar del 76. Vitico narra con crudeza la vez que lo secuestraron y torturaron, no por su militancia política, que no la tenía, sino por una causa de drogas. Y vinieron los Criss-Cross, “el eslabón perdido entre los años ingleses y Riff” y luego el nacimiento de esa mítica banda que apareció porque, como decía Pappo, “acá habían ablandado demasiado la milanesa”. 

La década del ochenta, los noventa, el rock duro, la muerte de Pappo, su alcoholismo, el amor por su familia, el accidente que casi le cuesta la vida y el extraño surgimiento de Viticus son algunas de las historias que nutren el resto de sus memorias, un libro que se lee de un tirón porque no tiene desperdicio. La de Vitico fue, es y será una vida al palo guiada siempre por una máxima que cantaba el Carpo con su vozarrón… que sea rock.

viernes, 17 de marzo de 2023

The Black Crowes y la vigencia del viejo rock & roll


Una de las sentencias más falaces de los últimos tiempos es esa que dice que el rock & roll está muerto. El rock, en todo caso, envejeció y lo hizo bien. Así lo dejó en claro anoche en el Luna Park The Black Crowes, la banda de los hermanos Robinson, que volvió a la Argentina 27 años después de aquella mítica presentación en Ferro como teloneros de Robert Plant y Jimmy Page. Pero también contribuyeron para derribar esa falsedad las más de 6 mil personas que colmaron el estadio, cuarentones y cincuentones que lucieron sin prejuicios sus panzas abultadas, sus tatuajes gastados, y su pelo entrecano. 

El show se vivió con mucha intensidad en medio de una densa nube de humo de porro y tabaco, y un vaho de sudor alcohólico, con el negro de las remeras rockeras como color predominante. El sonido, en un nivel que rozó lo demencial, no es otra cosa que rock en estado puro, porque como bien cantaba Pappo en El hombre de la valija: “Señor usted se queja, que está muy fuerte el volumen / sé que está planeando, cortarme la electricidad”. En definitiva, el que quiere rock & roll que se la banque. 

Poco antes de las 21:30 se apagaron las luces y comenzó a sonar Are You Ready? de Grand Funk Railroad. Los músicos se acomodaron en el escenario y pronto lanzaron los primeros acordes de Twice as Hard y luego encadenaron Jealous Again, los dos primeros temas de Shake Your Money Maker, de 1990, el mítico álbum debut que es el hilo conductor de esta gira latinoamericana que comenzó en Santiago de Chile, siguió en San Pablo y luego los llevará a la ciudad de México. 

Con un Chris Robinson en estado de gracia, con su voz intacta y una energía sorprendente, la banda presentó el disco tema por tema. El pico de mayor excitación fue cuando tocaron Hard To Handle que el vocalista presentó así: “Esta canción fue escrita por un gran hombre, de Macron, Georgia, ustedes ya saben quién es… ¡Otis Redding!”. Su hermano Rich, el dueño de las guitarras, tiene una postura diferente sobre el escenario. Se lo ve más moderado, mucho menos frenético, pero eso no va en detrimento de la potencia de la banda. Él, que supo tener grandes guitarristas a su lado, como Marc Ford, Luther Dickinson y Audley Freed, ahora cuenta con el respaldo de nuestro Nico Bereciartua, quien llegó al climax total frente a su público con el maravilloso solo con slide en She Talks To Angels.

La sección rítmica, conformada por Sven Pipen en bajo, el restante de los tres miembros originales del grupo, y el baterista Brian Griffin, es un tren a toda máquina que sostiene el arrollador repertorio rockero, mientras que el tecladista Erik Deutsch aporta su colchón rítmico con el hammond y teclados, aunque con poco espacio para el lucimiento personal. La banda la completan las coristas Lesley Grant y Mackenzie Adams, que tienen la tarea de acompañar el raid vocal imponente de Chris Robinson. 

La segunda parte del show reunió temas de otros discos como Wiser Time y Thorn in My Pride para cerrar con Remedy, de su segundo LP, probablemente su canción más se adaptó al sonido de los noventa. TBC siempre fue una banda retro: apareció para reivindicar el rock setentoso en plena era del grunge y lo sigue haciendo aún hoy, luego de varios cambios de formación y peleas que derivaron en separaciones temporales. En esa coctelera sonora se percibe la influencia de bandas británicas como los Rolling Stones, Led Zeppelin y los Faces, pero también del rock sureño de los Allman Brothers y Lynyrd Skynyrd. 

En el final, Nico, que hasta ese momento se había mantenido callado, fue el encargado de traducir las palabras de Chris Robinson cuando agradeció a los músicos argentinos que le prestaron los instrumentos y los equipos porque los de ellos quedaron varados en Brasil tras el show en San Pablo. Es por eso que Sven Pipen tocó un bajo con la bandera etarra, propiedad del canciller Vitico. 

El bis fue un homenaje a una de las bandas que los moldeó, pero también fue un guiño al público más stone del mundo. Se despidieron con Rocks Off, esa gema de Exile on Main St. Y Nico, en su jornada de gloria, se sacó la camisa bordó que lució durante todo el show y se puso una remera de Riff y hasta amagó con cantar Muchachos, el hit mundialista. Y el Luna explotó por el aire por la onda expansiva del rock & roll. Y aquél que afirme que el rock está muerto… no fue a ver a los Black Crowes.

jueves, 9 de marzo de 2023

Closing Time, retrato de noches solitarias


Closing Time, el álbum debut de Tom Waits, que acaba de cumplir 50 años, es una obra maestra llena de canciones que nos hablan de la noche y la soledad. Una pintura en clave musical de Los Ángeles de comienzos de los setentas. Un Tom Waits joven, con su voz todavía suave, que empezaba a transitrar su camino artístico, pero con una ruta ya marcada. Se trata de la obra que dio el puntapié inicial a una carrera exitosísima tanto en la música como en el cine.

En 1970, Tom Waits comenzó a presentarse todos los lunes por la noche en The Troubadour, un célebre club nocturno de West Hollywood. La lista de canciones que interpretaba consistía principalmente en versiones de Bob Dylan, aunque incluía composiciones propias que luego aparecerían en Closing Time y su sucesor, The Heart of Saturday Night ( 1974).

La primera incursión de Waits en un estudio de grabación fue en 1971 de la mano de su manager Herb Cohen. El resultado de esas sesiones se editaron varios años después contra la voluntad de Waits. En 1972 se trasladó a la ciudad de San Diego donde fue descubierto por David Geffen que lo fichó para Asylum Records, un momento decisivo en su historia.

Antes de grabar su primer álbum, Waits se hizo amigo Jerry Yester, quien había sido designado como productor. Es por ello que la grabación fluyó con absoluta naturalidad. La instrumentación, los arreglos y los músicos fueron acordados entre ambos. John Seiter (batería) Peter Klimes y Shep Cooke (guitarras) y Tony Terran (trompeta) se sumaron a la banda que se completó con el al contrabajista de jazz Bill Plummer. Waits tocó guitarra, piano y clavecín. 

Las sesiones de grabación de Closing Time duraron diez días y tuvieron lugar en Sunset Sound Recorders en Hollywood, por donde habían pasado bandas notables como Buffalo Springfield y The Doors. El álbum fue editado el fue editado el 6 de marzo de 1973 y, si bien no impactó en los charts, tuvo una muy buena recepción de la crítica. Para Stephen Holden, de la influyente revista Rolling Stones, se trató de un "disco debut excepcional". 

Dentro de su gama elegida de piano, cócteles y voces trasnochadas, Waits y Yester lograron ofrecer una colección sorprendentemente amplia de estilos, que van desde el jazz de Virginia Avenue hasta el ritmo extravagante y funky de Ice Cream Man.

El folk de guitarra acústica de la tierna I Hope That I Don't Fall in Love with You es una versión invertida del sonido de Laurel Canyon, que por entonces tenía como protagonistas a Joni Mitchell, Neil Young y David Crosby, entre otros. Midnight Lullaby nos presenta a un Tom Waits en versión crooner al mejor estilo Frank Sinatra o Tony Bennett. 

Todo el enfoque musical de Waits es muy estilizado y, en sus momentos menores apela a sus propios héroes: Lonely toma prestado de I Think It's Going to Rain Today de Randy Newman. Sus letras hablan sobre corazones rotos que no penetran demasiado profundamente y también refieren las obsesiones literarias del compositor con Charles Bukowski y Jack Kerouac. 

Waits también mostró un don para las suaves melodías pop; sus escenarios originales son sorprendentemente visuales en los mejores temas, como Martha, que Yester aumenta discretamente con cuerdas, y la icónica Ol' 55 con la que abre el álbum.

Closing Time anunció discretamente la llegada de un compositor talentoso cuya timidez, humor irónico de bar y melancolía lo hicieron destacar entre prácticamente todos sus pares. Con los años vendrían decenas de discos más, entre los que se destacan Small Change (1976), Rain Dogs (1985), Bone Machine (1992), Mule Variations (1999) y Bad as Me (2011), su hasta ahora último álbum de estudio. Una particularidad es que Waits siempre adaptó su sonido a las distintas épocas, manteniendo su espíritu, llevando su aguardentosa voz hasta los límites y experimentando con distintos sonidos para lograr un efecto provocador.