jueves, 21 de mayo de 2020

La historia de una foto


La revista Vanity Fair tuvo la primicia: la tercera foto confirmada de Robert Johnson estará en la portada de Brother Robert-Growing Up With Robert Johnson, el libro de memorias de Annye C. Anderson, hermanastra del mítico bluesman del Delta del Mississippi, escrito por Preston Lauterbach, que saldrá a la venta en los próximos días.

En la imagen, de tono sepia, se ve al músico sonriente con una guitarra en sus manos. La camisa que tiene puesta parece ser la misma a la que luce en una de las dos fotos suyas que se conocen desde hace décadas, la que tiene un cigarrillo en la boca. En las dos también lleva tiradores, por lo que no se descarta que hayan sido sacadas en el mismo momento. La guitarra parece ser la misma, aunque en la nueva imagen la quema el flash y eso dificulta la comparación. La tercera foto, la más popular, es la que está en la portada del álbum doble del sello Columbia, The Complete Recordings, en la que se lo ve vestido con un traje a rayas, corbata y sombrero, y también tiene una guitarra entre sus manos.

Robert Johnson es una de las figuras más emblemáticas de la historia del blues. La leyenda del pacto con el Diablo en una encrucijada de caminos creció tras su temprana muerte, el 16 de agosto de 1938, y se volvió parte del folcore del sur de los Estados Unidos. Su legado musical de 29 canciones influenció a cientos de músicos alrededor del planeta, y fue trascendental en la década del sesenta en la formación de guitarristas de rock como Keith Richards, Eric Clapton y Johnny Winter.

En los últimos años trascendieron otras supuestas fotos del músico que buscaron legitimación, pero naufragaron en su intento. Ahora, en cambio, sí se pudo corroborar su autenticidad.

En un pasaje del libro que anticipa Vanity Fair, Annye C. Anderson, de 94 años, rememora cómo se tomó, a mediados de la década del treinta, la hasta ahora inédita imagen: “Había un lugar para tomarse fotos sobre Beale Street, cerca de la calle Hernando (en Memphis), que era propiedad de un hombre que se llamaba John Henry Evans. Estaba justo al lado de Pee Wee’s, el bar donde Mr. Handy componía sus blues. Un día, cuando yo tenía 10 u 11 años, caminé hasta allí con mi hermana Carrie y mi hermano Robert. Recuerdo que él llevaba su guitarra e iba rasgueándola en el camino. Adentro no había fotógrafo. Entré en una cabina, puse cinco centavos en la máquina, corrí la cortina y me saqué una foto. Robert hizo lo mismo y se sacó un par”.

Anderson agrega que “conservé la foto de mi hermano Robert en un baúl de mi padre que estaba en el pasillo de la casa, mientras viví con mi madre. Luego, cuando ella murió, me llevé todas las fotos envueltas en un pañuelo y me fui a vivir a la casa de Ma y Pops Thompson. Al tiempo me mudé con mi hermana Charlyne (…) y las fotos las guardé en un cofre de cedro. Siempre tuve esta foto”. La mujer concluye que “la foto muestra a mi hermano Robert como siempre lo recordé: abierto, amable y generoso. No luce como el hombre de la leyenda, el borracho peleador que describieron personas que realmente no lo conocieron”.

El músico e historiador Elijah Wald, autor de decenas de libros sobre música, escribió en su perfil de Facebook que Anderson es una fuente inapelable: “La señora Anderson es conocida por todos los investigadores (de Robert Johnson). No hay dudas sobre su identidad, de si lo conocía, ni de que ella y su hermana tenían las fotos de la familia”. Y contó que el crítico musical “Peter Guralnick fue testigo de cuando ella le enseñó la foto a Muddy Waters en un show en Boston”.

Otros reconocidos historiadores, recopiladores y difusores del blues como Scott Barretta, Max Hoeffner y Ted Gioia, así como la prestigiosa revista Living Blues, también reconocen a Anderson como una fuente confiable y acreditan la autenticidad de la imagen.

La única voz discordante es la de Bruce Conforth, autor junto con Gayle Dean Wardlow de una de las biografías más completas de Robert Johnson. Él sostiene que Anderson no tenía vínculo de sangre con el músico, porque era la hija del primer marido de la madre de Robert Johnson. De todas maneras, no cuestiona que ella perteneció a "su gran familia" y tampoco la autenticidad de la foto, sino lo que la mujer cuenta del vínculo que el guitarrista tenía con la religión.

A más de 80 años de su muerte, Robert Johnson sigue dando que hablar y eso es un signo inequívoco de la importancia de su legado en la música popular.

jueves, 14 de mayo de 2020

Alma de blues


“Empecé a tocar blues por tres razones: porque lo amo, porque la gente lo ama y porque el blues me ama a mí”. 

B.B. King, el rey indiscutido del blues, el primer músico que entendió que la universalización del género era lo mejor que le podía pasar a la música surgida en el sur de los Estados Unidos, murió hace cinco años y su legado está más vigente que nunca. La imagen que recordamos de B.B. es la de un hombre voluptuoso cantando con pasión y abrazado a su fiel Lucille. Recordamos sus solos estirando las cuerdas, ese toque que patentó e influyó a cientos de miles de guitarristas alrededor del mundo. Nos acordamos de él siempre arriba de un escenario, en un teatro o un estadio. Fue como ese padre o abuelo que nos mostró la mejor cara de la vida. Escuchamos sus discos y nos emocionamos. Puede ser Live at The Regal, Completely Well, Indianola Mississippi Seeds o alguno de los tantos compilados que le editaron, y en cada uno de esos álbumes se perciben la pasión y el amor con los que vivió y tocó.

Pero también, en una fecha como esta, es bueno rememorar al B.B. de sus comienzos, porque le costó mucho llegar. En su autobiografía, Blues all around me, que escribió junto a David Ritz, B.B. cuenta detalladamente todo lo que padeció de niño y de adolescente, como la temprana muerte de su madre, las largas jornadas juntando algodón para poder comer y la segregación racial. Como muchos hombres negros de su generación, el blues fue su salvación.

Según describió, sus primeras influencias musicales fueron Blind Lemon Jefferson y Lonnie Johnson. De su primo Bukka White no absorbió su estilo, pero sí su sinceridad como artista y su forma de sentir el blues. El sonido de T-Bone Walker le cambió la vida y la estirpe de Muddy Waters lo marcó para siempre. Pero también lo influenciaron guitarristas como Charlie Christian y Djando Reinhardt, y otros músicos de jazz como Ben Webster, Lester Young y Count Basie. Y siempre admiró a dos pesos pesados del canto como Frank Sinatra y Nat “King” Cole. Pero fue Sonny Boy Williamson II fue quien le brindó su gran oportunidad.

B.B. King dejó la plantación en 1948 y se fue al norte en busca de un futuro mejor. Si bien ya había probado suerte antes en Memphis, esta vez eligió West Memphis, en Arkansas. Allí contactó a Sonny Boy, que era disc jockey en la radio KWEN. B.B. cuenta que entró al estudio y le pidió cantar una canción al aire y Sonny Boy lo dejó. Interpretó Blues at sunrise y le salió bastante bien. Cuando terminó el show, un ejecutivo de la radio le dijo que habían recibido muchos llamados elogiando su presentación. Y así comenzó su carrera.
Esa presentación le abrió las puertas en Memphis y consiguió trabajo como DJ en la WDIA durante el día, mientras tocaba por las noches. Su nombre artístico era Beale Street Blues Boy, luego se lo acortó a Blues Boy, hasta que quedó como B.B. a secas. El jingle del medicamento Pepticon fue, curiosamente, su primera creación, al tiempo que musicalizaba con temas de Louis Jordan, Charles Brown, Amos Milburn, Lowell Fulson, Art Tatum, Roy Milton y, por supuesto, T-Bone Walker. Su show de radio se volvió muy popular y eso fue una gran ayuda para que su nombre trascendiera en Tennesse, Arkansas y Mississippi.

Y eso lo llevó a su primera sesión de grabación, en la que registró cuatro canciones para el sello Bullet: Miss Martha King, dedicada a su primera esposa, I’ve got the blues, Take a swing with me y How do you feel when your baby packs up and goes. El resto es historia, aunque el éxito rotundo le llegó muchos años después con The thrill is gone.

B.B. King contribuyó como muy pocos artistas a la música popular. Su nombre es reconocido en todo el mundo y desde hace décadas es sinónimo de blues. Y ese es el mejor homenaje que puede recibir.

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Entre amigos

sábado, 9 de mayo de 2020

Redescubriendo a Lonnie Johnson



- "¿Eres Lonnie Johnson? ¿El Lonnie Johnson que grabó Blue ghost blues en 1938?". La respuesta sonó trémula del otro lado línea, apenas un "sí" alargado, inquietante. El que preguntaba era Joe Boyd, un joven entusiasta amante del blues y del jazz, quien junto a su hermano Warwick y a su amigo Geoff Muldaur hurgaban por entonces en lo más puro de la música tradicional norteamericana. Ahí estaban los tres, parados alrededor del teléfono. "¿Podrías venir a Princeton y dar un concierto la próxima semana?". Lonnie Johnson accedió a cambio de un pago de 50 dólares.

En las páginas de su libro Blancas Bicicletas, Boyd rememora el verano de 1960 cuando volvió a su casa de Princeton luego de un semestre duro en la Universidad de Harvard, y se reencontró con su hermano y con Geoff, con quienes compartiría muchas aventuras musicales. En esa época los tres se habían deslumbrado con la serie de discos Encyclopedia of Jazz, del sello RCA-Victor, que contenía temas de King Oliver, Louis Armstrong y muchos más. Fue entonces cuando descubrieron una radio de Filadelfia que de madrugada emitía un programa de blues y jazz, cuando la mayoría de las emisoras difundían sólo música blanca. Una de esas interminables y sofocantes noches escucharon que el conductor, Chris Albertson, anunciaba que Lonnie Johnson estaba vivo y trabajaba como cocinero en un hotel de Filadelfia.

Johnson, que entonces vivía a sólo una hora y media por autopista de donde ellos estaban, era un guitarrista versátil y muy melodioso que había empezado tocando country blues y luego amplió su repertorio al jazz y las baladas. Entre 1925 y 1948 había grabado una cantidad asombrosa de material como solista, a dúo con el guitarrista Eddie Condon o en las orquestas de Louis Armstrong y Duke Ellington. La ruta de su vida era como la de muchos músicos de aquél entonces. Había nacido en Nueva Orleans donde creció con la música a su alrededor, hasta que la necesidad post Gran Depresión lo llevó bien hacia el norte: Chicago, la meca.

Pero en los años cincuenta desapareció del mundillo musical, hasta que Joe Boyd agarró la guía telefónica y tuvo esa breve charla que derivó en una exclamación que arrancó unos cuantos gritos de felicidad. "¡Habíamos contratado a Lonnie Johnson!", recuerda con entusiasmo Boyd. Los tres jóvenes alquilaron un salón y empezaron a difundir el concierto entre amigos y conocidos, a quienes les dijeron que la entrada costaría un dólar. Cuando llegó el día, se subieron a un viejo Rambler y fueron a Filadelfia a buscar a Lonnie. "Delante de un hotel del centro, en el bordillo de la acera, estaba un hombre de pelo gris, impecablemente vestido, con una guitarra y un pequeño amplificador", rememora el autor de Blancas Bicicletas.

En el viaje hacia Princeton, Lonnie Johnson les contó por qué había "desaparecido" en la última década. Al regresar de una gira por Europa, en 1951, descubrió que su novia se había fugado con su dinero, sus guitarras y su colección de discos, y eso lo deprimió, lo dejó muerto en vida, lleno de blues. Su crisis amorosa coincidió con el auge del rock and roll, con Elvis a la cabeza, y quedó afuera del circuito musical como muchos otros bluesmen. Entonces empezó una vida errante que lo llevó a instalarse en Filadelfia, donde realizó distintos trabajos para sobrevivir.

Cuando Joe Boyd, Lonnie Johnson y los muchachos llegaron a Princeton, la sala estaba llena. Al músico no debió sorprenderle que en realidad apenas un puñado de chicos lo conociera vagamente. Pero había una onda especial en el ambiente, un músico con ganas de tocar y un público con ganas de expandirse. Era el comienzo de los sesenta, y mientras por un lado las políticas conservadoras y el "cinturón bíblico" ampliaban la segregación racial, por el otro la música creaba una ambiente de paz multicultural. Lonnie empezó a rasgar su guitarra y "todos quedaron atónitos", cuenta Boyd. Tocó baladas y viejos blues como I cover the waterfront y Red sails in the sunset, y durante el show hasta tuvo tiempo de coquetear con una jovencita negra que se había sentado en primera fila. El concierto fue un éxito. Todos quedaron deslumbrados por la música de Lonnie, por su carisma y por las breves historias que contó entre tema y tema. Joe, Geoff y Warwick habían recaudado 100 dólares y se los dieron al viejo Lonnie, que quedó más que satisfecho y agradecido con los muchachos.

Todavía faltarían diez años para su final: en 1969 fue atropellado por un auto en Toronto, Canadá. El accidente lo postró durante un año hasta que murió el 16 de junio de 1970. Pero durante toda esa década Lonnie Johnson volvió al ruedo con grabaciones para el sello Prestige Records (dejando discos memorables como Blues by Lonnie Johnson, Losing game o Another night to cry), presentaciones en festivales de blues y jazz y un concierto de reencuentro con Duke Ellington en el New York Town Hall. Su carrera no había terminado cuando su novia lo dejó sin sus discos, su dinero y sus guitarras, y mientras Elvis movía la pelvis, él esperaba en modo suspendido... hasta que alguien tomó el teléfono y lo llamó.

domingo, 3 de mayo de 2020

La absurda muerte de Curtis, el Rey

Tuvo una muerte absurda e inesperada, como tantas otras muertes. Pasó cuando estaba en el mejor momento de su carrera. Cuando su nombre era sinónimo de talento y prestigio. Desde entonces sus restos descansan en el Pinelawn Memorial Park, en Farmingdale, Nueva York, el mismo en el que están enterradas dos glorias del jazz: John Coltrane y Count Basie.

King Curtis fue un emblema del saxo. A diferencia de tantos otros músicos extraordinarios, Curtis nunca se encasilló en un género o estilo. Tocó rhythm and blues, rock and roll, soul, blues, funk y jazz, y grabó infinidad de discos como solista o acompañando a músicos como Wynton Kelly, Buddy Holly, Champion Jack Dupree, The Coasters, Aretha Franklin o John Lennon. Era un saxofonista sofisticado, con altas dosis de swing en sangre y un groove irreprochable. Se lucía tanto con el saxo tenor, el alto o el soprano.

John Lennon y King Curtis
Era texano, de la ciudad de Forth Worth y si bien todos lo llamaban Rey, su verdadero nombre era Curtis Ousley. Había nacido el 7 de febrero de 1934 y no tardó mucho en mostrar sus inclinaciones musicales. Empezó con el saxo cuando todavía era un niño y nunca más lo dejó. Por aquella época escuchaba lo que podía en la radio. Así fue como descubrió a Lester Young y a Louis Jordan, sus máximas influencias. El instrumento se convirtió en una extensión de su ser. Tanto que lo hizo dejar la escuela para sumarse, con 16 años, a la banda de Lionel Hampton. En 1954, se instaló en Nueva York donde se convirtió en uno de los músicos de sesión más buscados de la ciudad. Un día podía grabar con Sam Cooke y al otro con Bobby Lewis.

Duane Allman y King Curtis
Los sellos discográficos se peleaban por él. Grabó como solista para Atco, entre 1958 y 1959, y para Prestige, entre 1960 y 1961. Uno de sus singles, Soul twist, de 1962, editado por Enjoy Records, fue número uno del ranking de R&B. Los dos años siguientes grabó para Capitol Records y en 1965 lo hizo para Atlantic. Memphis soul stew y Ode to Billie Joe son sus hits de esa época. Trabajó codo a codo en la producción con Jerry Wexler y se comprometió de lleno con Aretha Franklin para liderar su banda, The Kingpins. Cuando la década del 60 se encaminaba hacia su ocaso, Curtis grabó con dos de los guitarristas más extraordinarios que hayan pasado por este mundo: Jimi Hendrix y Duane Allman.

La calurosa noche del 16 de agosto de 1971, Curtis estaba en su departamento de Nueva York, sobre la calle 86, con algunos amigos. El aire acondicionado estaba al máximo y uno de sus invitados le pidió que lo bajara un poco. Para eso, Curtis tuvo que e ir hasta el sótano del edificio. Cuando bajaba las escaleras se encontró con dos adictos que se estaban escondiendo para consumir heroína. Curtis les dijo que se fueran de allí, pero uno de ellos se resistió. Hubo insultos y un forcejeo. El desconocido sacó una navaja y le asestó una certera puñalada en el pecho, a la altura del corazón. Herido, Curtis le arrebató la navaja y le provocó seis cortes a su atacante. El músico quedó tendido en el piso, mientras que el otro escapó. Una ambulancia trasladó al músico al Hospital Roosevelt, pero llegó muerto. El agresor, identificado como Juan Montañez, de 26 años, logró sobrevivir y fue detenido al llegar por sus propios medios al mismo centro médico. Tiempo después fue condenado por homicidio. Así de triste y repentino fue su final.

Su muerte causó una gran conmoción y el funeral fue una verdadera celebración a su vida y su música. El sermón lo realizó el reverendo Jesse Jackson, importante líder político y social de los EE.UU., y Aretha Franklin y Stevie Wonder lo despidieron cantando. El Rey ha muerto ¡Viva el Rey!

sábado, 25 de abril de 2020

La increíble historia de un amor inesperado

Willy Quiroga, Rinaldo Rafanelli, Quebracho, B.B. King, Héctor Starc y Pappo

“No sé cuántas veces vine. Amo venir a la Argentina. La gente es agradable y muy buena”.

B.B. King (1925-2015) 


Carlos “Pirimpimpin” Geniso y Carlos Pan eran dos de los cinco integrantes del grupo Avalancha, una banda de culto de los setenta que interpretaba rock and roll con una marcada influencia blusera. Ellos estaban a cargo de la sección rítmica, mientras que Dicky Campilongo y Miguel “Botafogo” Vilanova tocaban las guitarras, y Liliana Lagardé era la voz principal. En 1975 grabaron su único single para el sello Parnaso. El lado A contenía el tema Cómo me gusta el rock and roll, con Charly García como invitado, y el B tenía la bluseada y pegadiza La rusa se fue con los basureros, con la colaboración del guitarrista Nacho Smilari y el aporte de David Lebón al piano. Tras ese registro y una serie de shows memorables, el grupo se disolvió y cada uno siguió su camino. Geniso y Pan decidieron irse a los Estados Unidos y ese viaje, tiempo después, derivaría en un acontecimiento singular e inesperado para aquél entonces: la primera visita de B.B. King a Buenos Aires, de la que ahora que se cumplen 40 años.

Botafogo recuerda cómo fue la cocina de esa primera gira del Rey del Blues: “En los setenta, mientras estaban en Nueva York, Pan y Geniso se las arreglaban como podían para vivir. Pirimpimpin empezó a vender hot dogs en una esquina de Manhattan y un día tuvo un golpe de suerte: vio que pasaba B.B. King. Como era uno de sus ídolos ni lo dudó y se le acercó. Lo saludó y le regaló un pancho. El negro se sorprendió con el gesto, le agradeció y se fue. Resulta que justo en un edificio de esa esquina tenía sus oficinas el manager de B.B., Sid Seidenberg, y esos encuentros se repitieron con mucha frecuencia. B.B. pasaba y Pirimpimpin le regalaba un pancho”.

"Un buen día -agrega Botafogo- B.B. King lo invitó a la oficina de su manager y allí Geniso le dijo que quería llevarlo a la Argentina. El manager le respondió qué si le ponía 15 mil dólares arriba de la mesa, la gira se hacía. Pasó un buen tiempo hasta que Pirimpimpin juntó el dinero y lo logró”.

Peter Deantoni, autor del libro Pappo Made in USA (Editorial Planeta), y road manager de aquella primera gira de B.B. King al país, añade que “Carlitos Geniso cumplió con todo: juntó el dinero vendiendo remeras del Papa Juan Pablo II y alguna que otra cosa, y pagó dólar por dólar para traerlo”.

Para montar el evento, Geniso y Pan armaron la productora “Memphis” y contaron con la colaboración de Daniel Grinbank, a quien todavía le faltaban algunos años para fundar la radio Rock&Pop y volverse el empresario número uno del rock, y algunos artistas conocidos como Nito Mestre. “Los chicos -dice Deantoni- gastaron una fortuna en producción: empapelaron Buenos Aires con afiches del show, alquilaron Obras durante dos noches y reservaron suites en el Hotel Bauen para que B.B. King se alojara con su banda y asistentes, que eran más de una docena de personas”.

La llegada del Rey 

“Lo fuimos a buscar con Carlos Geniso al aeropuerto de Ezeiza. Esa fue la primera vez que lo vi a B.B., con quien luego trabajé en muchísimas giras más a lo largo de los años y nos hicimos muy amigos. Él era un tipo muy reservado y salía poco cuando estaba de gira porque por lo general si no tocaba le gustaba descansar. Una tarde fuimos caminando a Blue’s (un local de venta de instrumentos musicales ubicado en Rodríguez Peña al 300) que era sponsor de la gira. Allí se sacó una foto con Carlos Onorato, el dueño, y también le firmó un disco. Las otras dos salidas que recuerdo que hizo fueron para comer: una a Pippo y la otra a Bachín, un restaurante que estaba en Sarmiento y Montevideo”, rememora Deantoni.

El sábado 26 de abril de 1980, el Rey del Blues debutó con un show íntimo para la prensa e invitados especiales en el salón de la planta baja del Hotel Bauen. El poeta, escritor y periodista Miguel Grinberg dejó constancia de esa noche en un artículo titulado “Apogeo de música y de fraternidad” que escribió para el extinto diario La Opinión:

Todo adjetivo es insuficiente. Toda alabanza resulta estrecha. Decir que B.B. King es maravilloso apenas hace justicia a su conmovedora grandeza, a su descomunal sencillez. No ha habido en muchísimos años en Buenos Aires una ceremonia musical de esta naturaleza, expresión en pequeña escala de la inevitable apoteosis que tendrá como escena el estadio Obras. El show comenzó a plena orquesta, bajo la conducción del trompetista Calvin Owens. Óptima, con un potencial rítmico irresistible. […] En un amplio marco de blues, rhythm and blues y soul, la orquesta es portadora de un espíritu que no decae con las décadas, que coexiste con otros modos musicales blancos llamados rock, folk o country and western, pero que los sobrepasa en vigor y armonía. 

Es el alma negra resistiendo, sobreviviendo, amando, riendo, emocionando a todo aquel capaz de ser natural. B.B. King y su guitarra Lucille son la máxima expresión de los blues modernos. Ya no se trata de antiguas cadencias rurales o suburbanas. Desde 1970 en adelante, con The Thrill Is Gone, King se implantó en el ámbito de la pop music, revitalizando todo posible abordaje de los blues remontándolos a cumbres incomparables. Cuando canta, canta, no toca la guitarra. Y cuando toca la guitarra no canta, toca. En ambos casos, conmueve, exalta. La gente en el Bauen terminó de pie, extasiada, bailando, cantando coros, feliz. B.B. King -después de estrechar decenas de manos- bajó del estrado lagrimeando, y murmuró a su manager: “Es increíble, gente que no tiene en general dominio del inglés y de la música ha sido tan atenta, tan compañía”. 

Después de su conferencia de prensa, el viernes pasado, cuando la prensa se había retirado, B.B. King terminó de cenar. Supo que había músicos argentinos (roqueros) en el lugar y los llamó a su mesa. Propuso un brindis: “Amigos, un hombre simple dice cosas simples. Brindo porque cuando yo me muera en este lugar tan austral, siga habiendo gente que toque rock y blues”. 

La banda que vino con B.B. King aquella primera vez fue una de las mejores que tuvo en sus más de sesenta años de carrera profesional: además del trompetista y director musical Calvin Owens, lo acompañaron James “Bogaloo” Bolden (trompeta), Robert Garner (saxo tenor), Edgar Synigal Jr. (saxo barítono), Sam Hurt (trombón), Leonard Gill (guitarra), Joseph Carrier (piano), Russell Jackson (bajo) y Calep Emphrey Jr. (batería).

domingo, 19 de abril de 2020

Tres hombres


ZZ Top es la banda más estable de la historia del rock. No hay ningún otro grupo que se haya mantenido 50 años con la misma formación. El documental de Sam Dunn, That Little Ol’ Band From Texas, bucea en la historia del trío para tratar de desentrañar semejante misterio.

El film, que dura una hora y media, logró recopilar cientos de imágenes inéditas de las distintas etapas de la banda y tiene como hilo conductor los relatos de sus tres protagonistas: Billy Gibbons, Dusty Hill y Frank Beard.

La prehistoria del grupo se remonta a fines de los sesenta en Dallas cuando Dusty Hill y su hermano Rocky sumaron a Beard para integrar el grupo The Warlocks, en pleno auge del rock psicodélico. Para diferenciarse del sonido del momento, que era más o menos lo mismo que hacían todas las bandas de la zona se cambiaron el nombre por el de American Blues, pero pronto se separaron. Beard se mudó con su novia embarazada a Houston y esa decisión sellaría el destino del grupo. Allí conoció a Billy Gibbons, que tocaba en una banda bastante popular en la zona que se llamaba The Moving Sidewalks y que había teloneado a Jimi Hendrix, The Doors y The Animals, pero que se disolvió porque dos de sus miembros fueron reclutados para ir a Vietnam. Beard y Gibbons empatizaron y decidieron formar un power trío. El baterista le presentó a su viejo compañero de Dallas y así nació ZZ Top.

Si bien comenzó como una banda de rock con una fuerte impronta blusera, con el tiempo fue encontrando su propio sonido. Testimonios de sonidistas, productores, road managers y otros músicos que los admiran le agregan al film una visión externa. Desde afuera y desde adentro, todos coinciden en que uno de los secretos del éxito de ZZ Top fue su representante, Bill Ham, que se inspiró en el trabajo del coronel Tom Parker, legendario mánager de Elvis Presley, y supo crear una mística alrededor de ellos que les permitió salir de Texas, o mejor dicho, llevar la música de Texas hacia el resto de los Estados Unidos. Porque ese fue parte del plan: no mostrar algo que no eran, sino presentarlos como una auténtica banda texana.

Y luego vino la reconversión. Aparecieron las barbas largas, MTV y el suceso del álbum Eliminator. Y pasaron los años, las giras, más discos, el ingreso al Rock & Roll Hall of Fame y todavía están juntos haciendo lo que mejor saben hacer. “Hay una respuesta fácil -dice Billy Gibbons- en qué fue lo que mantuvo unida a la banda por cinco décadas: todavía disfrutamos lo que hacemos y nunca miramos hacia atrás”.




(Crónica del show que dieron en el Luna Park en 2010)

sábado, 11 de abril de 2020

Lanzamientos en tiempos de coronavirus

Jimmy Burns – Chicago Blues Sessions. Qué más podemos decir de Jimmy Burns que no hayamos dicho en alguna de sus tantas visitas a la Argentina. Si bien es uno de los músicos más representativos de la escena de Chicago actual, su estilo no es del todo convencional, aunque no se aparte tanto del sonido tradicional. ¿Una contradicción? De ninguna manera. Si hasta aquí alguien tenía alguna duda sobre esa afirmación debería escuchar su último disco, Chicago Blues Sessions, donde el cantante y guitarrista se despacha con un puñado de clásicos a los que logra reinventarlos una vez más. El álbum fue producido por Laust Krudtmejer Nielsen, que terminó en su Dinamarca natal la mezcla de los temas que se grabaron en la Ciudad del Viento. El repertorio cuenta con Killing floor, Everyday I have the blues, Mean old Frisco y I’m ready, a los que suma su versión inmaculada de Cold as ice, del grupo Foreigner, y Standed in Clarksdale, que compuso para su álbum Back in the Delta. Otro tema es I know you’re gone, que escribió el guitarrista Morten Lunn, uno de los músicos daneses que conformaron la banda que acompañó a Burns en la grabación. Además, el disco tiene tres temas recitados en los que Burns cuenta su historia de vida ligada al blues. Este nuevo trabajo es todo un desafío para Burns, que acaba de cumplir 77 años. Aquí demuestra que el blues de Chicago está vigente y que a su vez también es permeable a reinterpretaciones y variaciones de su sonido clásico sin perder su esencia.

Robert Cray – That’s What I Heard. Así como lo hizo en 1999, 2014 y 2017, Robert Cray volvió a juntarse con el productor Steve Jordan para este nuevo disco en el cual, otra vez, antepone sus raíces de southern soul. El álbum se nutre de nuevas composiciones, un exquisito cover de Curtis Mayfield (You’ll want me back), un tema escrito por Jordan y Kim Wilson (Promises you can’t keep) y la hermosa balada You’re the one, que lleva la rúbrica de Dedric Malone. Si bien el southern soul y el R&B son los estilos que predominan en el álbum, una de las canciones que más se destaca tiene una marcada impronta gospel, Burying ground, en el que la voz sencilla y apasionada de Cray se combina con un coro estremecedor. El lanzamiento de That’s what I herad se da, además, a 40 años de la edición de su primer disco, Who’s been talking, su álbum más blusero. En todos estos años, el guitarrista demostró que con cada nuevo trabajo siempre tuvo algo para decir, a veces con mejores resultados que otros, pero nunca cayendo en clichés o meras repeticiones. Si bien el blues fue su cuna y ahí fue donde lo encasillaron los críticos y la industria, él siempre se sintió más cómodo en otros terrenos musicales, más allá de que cuando toca blues lo hace como los dioses. Este nuevo trabajo viene a reivindicar una trayectoria, un estilo y, por qué no, a sentenciar el lugar en el que siempre quiso estar.

jueves, 2 de abril de 2020

El patriarca

Ellis y Wynton Marsalis
Ellis Marsalis fue un ícono del jazz moderno, el patriarca de una talentosa familia y un maestro ejemplar. Como pianista grabó más de una veintena de discos; como padre les transmitió a sus hijos los valores de la tradición de Nueva Orleans, el arte de la improvisación y el amor por la música; y como docente formó a grandes figuras del jazz como Harry Connick Jr., Terence Blanchard y Nicholas Payton.

El miércoles por la noche, un día después del fallecimiento del trompetista Wallace Roney por coronavirus, Marsalis murió afectado por la misma enfermedad que asola al mundo y nos tiene en cuarentena. Tenía 85 años.

“La neumonía fue la causa directa de la muerte, pero fue ocasionada por el covid-19”, confirmó la familia Marsalis en un comunicado.

Ellis Marsalis nació y se crió en Nueva Orleans. La música estuvo siempre con él. Se formó tocando el saxo, pero con el tiempo se volcó al piano. Con ese instrumento se destacaría en su carrera que, irónicamente, despegó a mediados de los ochenta luego del éxito de dos de sus hijos: Wynton y Brandford. Otros dos, Delfeayo y Jason, también son reconocidos músicos de jazz.

En la década del sesenta integró la banda estable de un reconocidoclub de jazz de Nueva Orleans, participó en discos de los hermanos Cannonball y Nat Adderley y tocó en el grupo del trompetista Al Hirt, otro prodigio de esa ciudad. En la década del setenta se dedicó a la docencia y fue recién en 1982 cuando su nombre saltó al mainstream del jazz.

El curioso álbum Fathers & Sons fue un disco editado por el sello Columbia, que en su cara A tenía a Ellis, Wynton y Branford en formato quinteto junto al contrabajista Charles Fambrough y el baterista James Black interpretando algunos temas originales y una exquisita versión de Lush Life, de John Coltrane. En el lado B cambiaba todo: los protagonistas eran Von y Chico Freeman, padre e hijo respectivamente, con otra formación acompañándolos. Ese disco fue un verdadero trampolín para Ellis y sus hijos, aunque Winton ya se había hecho popular en el mundo del jazz un año antes, cuando, con apenas 19 años, grabó su álbum debut respaldado por la sección rítmica que Miles Davis tuvo en los sesenta: Herbie Hancock, Wayne Shorter, Ron Carter y Tony Williams.

En los años siguientes, Ellis Marsalis grabó álbumes para los sellos ELM -fundado por él-, Rounder, Rhino y Blue Note. Para este último, precisamente, registró un álbum en formato trío alcanzando un pico musical y unas ventas razonables. Eso lo puso bajo la órbita Columbia, que ya los tenía fichados a Wynton y a Branford. Su primera aparición para el gigante discográfico fue con el tema This is Christmas, en el álbum navideño Jazzy at Wonderland que sumaba a las figuras del jazz que integraban el catálogo: Harry Connick Jr., Tony Bennett, Grover Washington Jr., Nancy Wilson, Joey DeFrancesco y, por supuesto sus dos hijos famosos. Luego vendrían cinco discos solista al hilo que, al día de hoy, son sus mejores trabajos de estudio: Heart of Gold (1991), Whistle Stop (1993), Joe Cool’s Blues (1994), Loved ones (1995) y Twelve’s it (1998). En cada uno de esos discos, Ellis Marsalis mostró sus dotes como pianista, su inacabable capacidad para improvisar, unos fraseos exquisitos y una sonido cálido y sentimental.

Cuando su vínculo con Columbia terminó, el pianista firmó con Sony para un disco que fue lanzado en 1999 y luego empezó a rebotar en sellos más pequeños como Munck Music o ESP, y también en su propio ELM, para los que registró más que nada discos en vivo, muchos en el Jazz & Heritage Festival, el más prestigioso de Nueva Orleans.

“Se fue de la misma manera en que vivió: aceptando la realidad”, tuiteó anoche Wynton.

Mientras que Branford eligió estas palabras para despedirlo: “Todos podemos maravillarnos de la absoluta audacia de un hombre que creyó que podía enseñarles a sus hijos negros a ser excelentes en un mundo que rechazaba esa posibilidad, y entonces verlos llegar a redefinir lo que significa la excelencia para siempre”.


viernes, 27 de marzo de 2020

Nunca lo sabrán


“No puedo contarles mucho sobre este disco. Me encantaría, pero no puedo. Tengo una restricción legal para hacerlo. El bluesman en el centro de este álbum no quiere que el público sepa quién es. Y más importante aún, no quiere tampoco que otros fieles de su congregación lo sepan. Verán, el artista es un hombre religioso y su iglesia, como muchas iglesias en el sur profundo, consideran al blues una música pecaminosa. Es por eso que él pidió grabar con un seudónimo. También especificó que no se divulgue dónde vive, ni en que juke joint se registró este disco en una sola sesión en 2007”.

Así comienza el relato de Jeff Konkel, productor del álbum, que figura en la información del CD The World Must Never Know, editado por Broke & Hungry Records, y atribuido a Mississippi Marvel.

Jeff Konkell
En esas líneas, Konkel confiesa que la tarea de grabar a este misterioso bluesman de unos ochenta años no fue nada sencilla. Sin dar precisiones de lugares o fechas, el productor cuenta que se acercó al artista en varias ocasiones para proponerle grabar un disco y siempre recibió una respuesta negativa, aunque sin darle demasiadas explicaciones. Pero fue tanta la insistencia de Konkel que por fin el músico le reveló el motivo: que los fieles de la iglesia a la que asistía no iban a comprender, y mucho menos aceptar, que editara un disco de blues. Fue entonces cuando a Konkel se le ocurrió grabarlo y resguardar su identidad al mismo tiempo. Así nació Mississippi Marvel.

Otros tres músicos participaron de la sesión de grabación: Lightnin' Malcolm tocó la batería en seis temas, mientras que el guitarrista Bill Abel y Jimmy "Duck" Holmes se sumaron en una canción muy poco conocida de Muddy Waters, Waterboy, waterboy, con la particularidad de que Holmes tocó la armónica. “Para tranquilizarlo de que su nombre no se iba a filtrar les hice firmar a los otros músicos un contrato de confidencialidad”, detalla Konkel.

Mississippi Marvel es blues del Delta en estado puro. Sonido crudo y pasional. Una voz cautivante y una guitarra sucia y visceral. El repertorio se equilibra entre clásicos como 44 blues; Catfish blues; No mail blue, de Lightnin’ Hopkins; y Everything’s gonna be alright, de Little Walter; con algunas composiciones propias como Kankakee, Feel like layin’ down y Hard pill to swallow. De todas maneras, Mississippi Marvel logra imponer su estilo en cada una de las versiones que realmente suenan como si fueran suyas.

Pasó el tiempo desde la grabación del disco -en una zona rural del Mississippi en noviembre de 2007 y la posterior edición al año siguiente- y su identidad nunca trascendió. Roger Stolle, dueño de Cat Head Delta Blues & Folk Art, oriundo de Clarksdale y uno de los mayores difusores del blues del Delta, dijo que Mississippi Marvel murió hace un tiempo y su familia tampoco quiso que se revele su nombre post morten. Así unos pocos guardan el secreto bajo siete llaves y, al parecer, el mundo nunca sabrá quién fue este maravilloso músico.


jueves, 19 de marzo de 2020

La revolución de Miles


La voz carrasposa de Carl Lumbly, en el rol de Miles Davis, surge como un espectro sonoro y se convierte en el eje del relato, que se combina con un coro de personajes que acompañaron al trompetista a lo largo de su vida: ex esposas, amantes, amigos, músicos, productores y periodistas. De eso se trata Birth of the Cool, el documental que acaba de estrenar Netflix sobre la vida y obra del músico que cambió la historia del jazz para siempre.

Miles Davis fue un personaje controvertido. Machista, violento, un tanto racista, inestable, pero extremadamente talentoso y muy seductor. Dedicó su vida a la música y a la innovación. A diferencia de muchos afroamericanos de su generación, nacidos antes de la primera guerra mundial, Miles no pasó penurias económicas debido a que su padre tenía un buen pasar y él pudo ir a buenos colegios y a la prestigiosa academia Julliard, en Nueva York. Pero siempre debió convivir con sus demonios, que lo llevaron a excesos con las drogas y el alcohol, y largos períodos de aislamiento.

La carrera de Miles Davis despegó con Dizzy Gillespie y Charlie Parker, los héroes del be bop, en un contexto que podría definirse como un laboratorio experimental de música que redefiniría el sonido del jazz moderno. A partir de ese momento, y en cada etapa de su vida, su música fue evolucionando. Miles nunca miró para atrás y, como explica uno de sus hijos en el documental, ni siquiera guardaba o escuchaba sus viejos discos.

El documental, dirigido por Stanley Nelson, cuenta con imágenes inéditas, música original y testimonios esenciales como los de dos de los hijos de Miles, una de sus ex esposas, dos amantes, músicos como Ron Carter, Wayne Shorter, Herbie Hancock, Marcus Miller, Mike Stern y el productor Clive Davis, entre muchos otros. Birth of the Cool atraviesa todas sus etapas: la que da precisamente el nombre al film, justamente su primer trabajo con Gil Evans; su período en París; sus discos para Prestige; la obra suprema de Kind of Blue junto a John Coltrane y Bill Evans; el quinteto de los sesenta; la exploración del jazz rock con Bitches Brew; los años oscuros de fines de los setenta; su reaparición en los ochenta; y su deterioro físico que lo llevó a la muerte el 28 de septiembre de 1991.

Miles Davis fue un músico inigualable, un innovador, un aventurero. Contribuyó a la revolución del jazz y fue el artífice de su propia rebelión. El sonido dulce y cálido de su trompeta contrastó con su personalidad conflictiva y enmarañada. El film de Nelson engloba todo eso en poco menos de dos horas y brinda un nuevo enfoque a la obra de uno de los artistas más influyentes del siglo XX.



martes, 10 de marzo de 2020

Extravaganza transnacional


La historia se remonta a 2016. Nico Smoljan, referente absoluto de la armónica en la Argentina, se juntó con los Headcutters de Brasil y los Silver Kings de California para realizar una gira que incluyó una presentación en el Ilha Blues Festival de Ilha Comprida, en San Pablo, y shows en ItajaÍ y Camboriú. La experiencia en vivo fue tan gratificante para los siete músicos que en cuanto pudieron se metieron en un estudio de grabación para dejar testimonio. El resultado, que ve la luz cuatro años después, es una obra sobresaliente en la que prevalece el sonido de fines de los cuarenta y comienzos de los cincuenta, cuando la electrificación de los instrumentos en Chicago dio inicio a una nueva era en el blues.

Los músicos lograron recrear ese sonido primario que se denomina early electric Chicago blues. “Usamos todos amplificadores e instrumentos de la época y se grabó analógicamente a cinta con un micrófono buscando conseguir alguna similitud con las grabaciones de blues aquellos años, que tienen un ambiente y una calidez muy especial, mucha dinámica y son muy orgánicas”, cuenta Nico Smoljan.

Las dos bandas y Smoljan se ensamblaron de gran manera, como si ya vinieran tocando juntos desde hacía décadas. Las voces se las repartieron entre los brasileños Joe Marhofer y Ricardo Maca con Jerry Careaga. Smoljan y Marhofer se dividieron casi a la mitad los temas para soplar sus armónicas, cromáticas o diatónicas, aunque intercambiaron notas en I was fooled, de Billy Boy Arnold, y Extravaganza, un tema compuesto para la ocasión. Maca y Mark Mumea llevaron adelante las guitarras en todas las canciones, al igual que Leandro Barbeta la batería, mientras que Catuto tocó el contrabajo en ocho temas dejándoles los tres restantes a Carega.

El repertorio está conformado por clásicos de Jimmy Reed, Muddy Waters, Little Walter, Jimmy Rogers, Johnny Shines, Floyd Jones y Sunnyland Slim, todos protagonistas de aquellos años en los que el blues se apoderó de la ciudad de Chicago para convertirla en su capital y dulce hogar.

Las interpretaciones son majestuosas. Los siete músicos rescataron con naturalidad el viejo sonido y eso se percibe en el clima de los temas. No hay fisuras y todo lo que sobresale es un profundo conocimiento del género y de esa época en particular. “Fue una experiencia muy linda que seguramente se va a repetir en algún momento”, agrega Smoljan.


miércoles, 26 de febrero de 2020

En el nombre de Wes


En tiempos de Spotify, música ligera y magras ventas de cd’s, un músico argentino de jazz se animó a editar un disco doble, en cajita de acrílico y con un booklet de varias páginas con fotos e información. No se trata de una apuesta comercial, claro está, sino de un sentido homenaje. Essence of Wes Montgomery es la forma en la que Juan Valentino le devuelve a su máximo ídolo todo lo que le dio.

El álbum fue grabado en vivo en Thelonius Club el 9 de marzo del año pasado y de las 18 canciones 12 pertenecen al legendario guitarrista de Indianápolis. Otras selecciones son In a sentimental mood, de Duke Elington, cantada de forma conmovedora por Carrie Dianne Ward; la tradicional Down by the Riverside; y una composición del propio Valentino, There will never be another Wes.

En la primera parte del álbum el guitarrista está respaldado por la Jazz Bazar conformada por Matías Valentino en piano, Augusto Peloso en contrabajo, Timothy Cid en batería. Luego se suman Carlos Casas en congas y Martín Sánchez en vibráfono. En el final se suma la Big Band de Daniel Camelo para mostrar la faceta más orquestada del imponente repertorio del gran Wes.

“Para rendirle homenaje a Wes mentalicé el show homenaje de 2019 basándome en tres de sus formaciones, la clásica del cuarteto, la que incorpora el vibráfono y la que grabó con la Big Band y supongo que, añorando esas grabaciones de antes o tal vez por el increíble trabajo que estábamos desarrollando en cada ciclo aniversario de Wes, surgió el tema de grabar el disco en vivo”, dijo Valentino.

En cada una de las canciones Valentino deja que su guitarra fluya con libertad, desdibujando melodías con un swing fabuloso siguiendo los lineamientos trazados por Wes Montgomery hace más de medio siglo. Pero en Unit 7 y Movin’ Wes (Part 2), Valentino interpreta los solos originales de las grabaciones porque, según explica, “interpretar a Wes es como hacerlo con Mozart o Beethoven”.

El proyecto Essence of Wes requirió unos cuantos meses de preparación y lanzar el disco un año más, tiempo que parece poco cuando uno piensa que era el sueño de Valentino de toda una vida.


martes, 18 de febrero de 2020

Hombre de blues


Se fue uno de los últimos protagonistas de la edad dorada del blues, un pianista que participó en el desarrollo del sonido de Chicago en la década del cincuenta y que tocó con la crema de la crema del género. Se fue una leyenda que viajó por el mundo llevando su mensaje y su historia para compartirla con músicos y público de otras latitudes. Se fue un verdadero evangelizador del blues.

Henry Gray murió a los 95 años. Desde hacía un tiempo estaba mal de salud, pero hasta que el cuerpo se lo permitió siguió subiéndose a los escenarios a hacer lo que siempre hizo: tocar blues. Había comenzado cuando era un adolescente en su Louisiana natal y a mediados de los cuarenta, con apenas 20 años, se mudó a Chicago, el lugar indicado en el momento preciso.

Tocando en un humoso club de la Ciudad del Viento cautivó al mismísimo Big Maceo, quien se volvió su maestro y protector. Luego la historia fue decantando sola: entre 1956 y 1968 fue el pianista de la banda de Howlin’ Wolf y también sesionista de Chess Records. La lista de músicos con los que tocó en esos años en Chicago conforman una verdadera enciclopedia del género: Muddy Waters, Robert Lockwood Jr., Billy Boy Arnold, Johnny Shines, Hubert Sumlin, Lazy Lester, Little Walter, Otis Rush, Buddy Guy, James Cotton, Little Milton, Jimmy Rogers, Jimmy Reed y Koko Taylor.

A fines de los sesenta volvió a su pueblo en Louisiana y, tras realizar algunos trabajos en el negocio familiar de la pesca, volvió a tocar y a desarrollarse en el estilo del swamp blues (blues del pantano). Su primer disco solista, Lucky Man, lo editó el sello Blind Pig en 1988 y desde entonces se volvió una figura frecuente en el Festival de Jazz de Nueva Orleans y también alrededor del mundo.

El legado musical de Henry Gray es inmenso, pero también lo es su historia. Un hombre que durante 80 años se dedicó al blues no puede no ingresar al Panteón de los grandes maestros del género. Se ganó ese lugar con talento y perseverancia. Hasta siempre, maestro.


sábado, 8 de febrero de 2020

La malevolencia oculta del blues


El 13 de febrero de 1970, el heavy metal se presentó formalmente en sociedad. Si bien Led Zeppelin, Deep Purple y Blue Cheer habían comenzado a darle forma a ese género, fue el primer disco de Black Sabbath el que le dio su identidad. El sueño hippie de amor y paz había llegado a la cúspide con el Festival de Woodstock, que paradójicamente también preanunció su final, y tras los crímenes del clan Manson, la muerte de Brian Jones, el homicidio de Altamont y el caos de la Isla de Wight, el panorama musical de la década del setenta comenzó alterado a la par de un mundo siempre convulsionado. Es por eso que un nuevo sonido, cargado de riffs, letras oscuras y una estética ocultista, surgió como una nueva forma de expresión.

La génesis de Black Sabbath fue en 1968 en la ciudad inglesa de Birmingham cuando el guitarrista Tony Iommi y el baterista Bill Ward decidieron romper con el molde del rock británico que, por entonces, salvo algunas excepciones, parecía ir dejando de lado su costado más blusero para acercarse a una vertiente pop más comercial. Iommi y Ward contactaron a dos músicos que tocaban en la banda Rare Breed, el bajista Terry “Geezer” Butler y Ozzy Osbourne, que ya por entonces comenzaba a hacer gala de sus atributos de showman provocador. El grupo primero se llamó The Polka Tulk Blues Band y también contaba con el guitarrista Jimmy Phillips y el saxofonista Alan Clarke, pero estos últimos duraron poco tiempo. Como cuarteto se rebautizaron como Earth, grabaron unos singles y se fueron de gira a Hamburgo, Alemania. Allí, decidieron cambiar su nombre porque había una banda que se llamaba igual y al final eligieron Black Sabbath, en homenaje al filme de terror de 1963 protagonizado por Boris Karloff.

Tras varios meses tocando en pequeños y humosos antros de su ciudad y alrededores les llegó la oportunidad. En noviembre de 1969, la productora Tony Hall Enterprises les adelantó la suma de 600 libras y los músicos ingresaron a los estudios Regent Sound de Londres. Según contó Iommi en varias entrevistas, “grabamos el disco en apenas dos días, con Ozzy cantando al mismo tiempo, encerrado en una pequeña cabina dentro del estudio. Creo que hubo pocas segundas tomas”.

El disco, editado por Vertigo Records, salió el viernes 13 de febrero, pero no tuvo la difusión esperada. Su sonido distintivo no cautivó a las emisoras de radio. Pero eso no frenó lo inevitable: se empezó a expandir entre los jóvenes como un virus, a tal punto que en tres meses alcanzó el puesto número 8 de los charts británicos y en mayo se editó en los Estados Unidos a través de Warner Records.

Una de las claves del sonido de Black Sabbath se debe, en parte, a un accidente laboral que sufrió Iommi en una de sus manos años antes de formar el grupo. Trabajando con una máquina perfiladora de planchas de metal se rebanó la primera falange de los dedos medio y anular de la mano derecha. Al tratarse de un guitarrista zurdo, esa situación casi lo hace abandonar la música. Pero recurrió a unas prótesis plásticas en sus dedos y comenzó a utilizar cuerdas ligeras, como las del banjo, que destensó para bajarle la afinación. Esos cambios, y su afinación en DO, dio la tonalidad característica del sonido del heavy metal. En su reseña para el sitio Allmusic.com. Steve Huey determinó que la clave del sonido de la banda fue que “encontró la malevolencia oculta del blues”. “La escala pentatónica siempre utilizó el tritono o la quinta disminuida, llamada ‘blues note’. Sabbath sólo extrajo esa idea y la utilizó en uno de los riffs definitivos del heavy metal”, apuntó el autor.

En su libro Una Historia Pesada (Editorial Distal / 2013), Daniel Helou analiza el tema Black Sabbath, que abre el álbum: “Se ve que usaron unos acordes (Mi contra Fa, con Si) que se conocen como ‘El intervalo del demonio’, que transmitían un sonido oscuro y misterioso. Unido a la letra, lograba un marcado contraste con la música folk y hippie de otros artistas. La gente reaccionaba con entusiasmo y se dieron cuenta que habían descubierto algo poderoso y único. Inspirados por el resultado, decidieron componer más material en esa onda”.

“Sin proponérselo -amplía el autor-, Black Sabbath se ubicó en el extremo opuesto al de los Beatles, que popularizaron el ‘Yeah, yeah, yeah’, mientras que Ozzy imploraba ‘No, no, por favor, no’, siempre de una manera personal que respetaba la melodía y la afinación, sin recurrir a los gritos histriónicos de otros exponentes del metal”. Ese detalle es muy significativo porque Ozzy era fanático de los Beatles y porque en ese momento los fabulosos cuatro de Liverpool estaban atravesando el último tramo de su carrera juntos y finalmente se separarían en abril de 1970.

    ¿Qué es esto que se levanta delante mío? / Figura de negro que me señala con el dedo / Me doy la vuelta rápido, y empiezo a correr / Me entero que soy el elegido / Oh noooooo 

    Enorme figura negra con ojos de fuego / diciéndole a la gente sus deseos / Satanás está sentado allí, sonriendo / Mirando esas llamas subir más alto y más alto / Oh no, no, por favor Dios ayúdame 

    ¿Este es el fin mi amigo? / Satanás se está volviendo loco / personas corriendo porque están aterradas / Mejor que la gente se vaya y tenga cuidado / ¡No, no, por favor, no! 

El disco sigue con The Wizard, una canción inspirada en Gandalf, el personaje creado por el escritor británico J. R. R. Tolkien. Comienza con Ozzy soplando la armónica hasta que se pliega el resto del grupo con otro riff que pasaría a la historia. Behind the Wall of Sleep está basada en un cuento corto de H.P. Lovecraft y aporta, ¡cuándo no!, otro riff clásico. En la edición estadounidense el tema forma parte de un medley que comprende el interludio de apertura Wasp y un memorable solo de bajo de Butler que deriva en N.I.B.

El lado B del álbum está más orientado al sonido blues-rock primario del grupo. La edición británica incluía Evil Woman, uno de los primeros singles que habían grabado, un cover del grupo Crow, pero que en la edición estadounidense fue reemplazado por Wicked World, con arreglos un tanto más psicodélicos y un solo de Iommi de colección. En Inglaterra el álbum cerraba con dos canciones –la acústica Sleeping Village y el cover de The Aynsley Dunbar Retaliation, Warning-, mientras que en Estados Unidos ambas aparecen en un mismo track con el misterioso e inexplicable nombre que los precede: A Bit of Finger.

La portada resulta tenebrosa: una mujer con expresión lúgubre posa en lo que parece ser una lúgubre tarde otoñal frente a una vieja construcción, que no es otra cosa que un molino hidráulico. La foto fue tomada por el artista Keith Lionel McMillan, más conocido como Markus Keef, y la mujer era una modelo que fue contratada por un día para esa sesión y que los músicos apenas recuerdan por su nombre de pila, Louise.

Ese disco inició la saga de lo que los fans denominan los Big Six, los seis primeros LP’s de Sabbath, una banda que con el correr de los años cambió su formación infinidad de veces y editó decenas de álbumes (el último The End, una grabación en vivo en Birmingham en 2017), sin perder -casi nunca- su identidad.

En su reseña para la BBC, realizada en 2007, Pete Mash concluyó que el primer disco de Black Sabbath “todavía es poderoso, es icónico como Anarchy In The UK, Whole Lotta Love e incluso A Love Supreme. Sólo Dios sabe cómo deben haber sonado para una generación de adolescentes pelilargos a comienzos de 1970. Con los bestiales rffs de Tony Iommi como estandarte, la banda llevó el heavy rock en una nueva dirección”.

sábado, 1 de febrero de 2020

Bandas de sonido

Hay canciones que cobran vida con una película. Otras reviven a partir de un film determinado. El cine y la música se complementan. Hay temas que acompañan escenas memorables, que tal vez con otra canción no lo serían tanto. Alguien se imagina a Dustin Hoffman en El Graduado sin Mrs. Robinson de fondo. O a Peter Fonda y Dennis Hooper andando en sus motos sobre una ruta desértica sin Born to be wild. La música muchas veces define a una película.

Aquí, cinco bandas de sonido definitivas:

FORREST GUMP (Robert Zemeckis / 1994). La música de esta maravillosa película protagonizada por Tom Hanks entrelaza la historia del entrañable Forrest con los grandes acontecimientos de los Estados Unidos, fundamentalmente en los sesenta. Todos los temas están ordenados cronológicamente: el álbum comienza con Elvis interpretando Hound dog, de 1956, y termina con Against the wind de Bob Seger, de 1980. Todas las canciones narran las aventuras del protagonista en paralelo al asesinato de Kennedy, la lucha por los derechos civiles, la guerra de Vietnam, el auge del hippismo, la llegada del hombre a la luna y la decadencia social de post guerra. El cancionero lo conforman Blowin' in the Wind (Dylan), Fortunate son (Creedence), California dreamin’ (The Mamas & The Papas), For what is worth (Buffalo Springfield), Sweet home Alabama (Lynyrd Skynyrd) y On the road again (Willie Nelson), por solo nombrar algunas. Un disco doble que no tiene desperdicio.

ALMOST FAMOUS (Cameron Crowe / 2000). Cuando era un adolescente, Cameron Crowe tuvo la oportunidad de trabajar para la revista Rolling Stone y cubrir giras de Led Zeppelin, Allman Brothers y los Eagles. En esta película, combinó sus memorias, la de un joven que descubre las maravillas del rock y el sexo, con algo de ficción que le da más flexibilidad a la narración. Así, el joven protagonista (Patrick Fugit) se involucra con groupies, guitarras distorsionadas, micros de larga distancia y entabla una relación muy cercana con la bella Penny Lane (Kate Hudson) y Russell Hammond (Billy Cudrup), el carismático líder del grupo (ficticio) Stillwater. La banda sonora es un decálogo del rock de los setenta: Every picture tells a story (Rod Stewart), One way out (Allman Brothers), Tiny dancer (Elton John), Simply man (Lynyrd Skynyrd) y I’m waiting for the man (Lou Reed).

PULP FICTION (Quentin Tarantino / 1994). La película fue un verdadero boom de taquilla a mediados de los noventa y, al día de hoy, es la obra mejor lograda de Tarantino. El guiión entrelaza tres historias relacionadas con el crimen organizado de Los Ángeles. Las características centrales son los diálogos estilizados, la combinación de humor y violencia, el relato no lineal y la música. Una escena memorable es la del baile de Vincent Vega (John Travolta) y Mia Wallace (Uma Thurman) al ritmo de You never can tell, de Chuck Berry. Otra particularidad en cuanto a la música es su variación estilística con clásicos como Let’s stay together (Al Green), Son of a preacherman (Dusty Sprinfield) y Lonesome town (Ricky Nelson) con una reversión magistral de Girl, you'll be a woman son, de Neil Diamond, por Urge Overkill, que Uma Thurman inmortalizó en una gran escena.

HIGH FIDELITY (Stephen Frears / 2000). La película está basada en la obra de Nick Hornby. Cuenta las desventuras amorosas de Rob Gordon (John Cusack), un ex DJ que trabaja en una disquería no muy lucrativa de Chicago. Lo acaba de dejar Laura (Iben Hjejle), su última novia, la que él creía que era la “elegida” y entonces empieza a repensar su vida amorosa desde que era pequeño. En ese viaje hacia el pasado, con tono de comedia romántica, la música se vuelve un eje central, ya que Rob era fan de grabar mix-tapes. La banda de sonido es una joya porque prescinde prácticamente de súper hits, a excepción de Let’s get it on, de Marvin Gaye, aquí cantada por Jack Black, pero cuenta con grandes canciones originales como Most of the time, de Bob Dylan; Oh! Sweet Nuthin', de The Velvet Underground; I believe, de Stevie Wonder; y la extraordinaria Dry the rain, de The Beta Band. También aparecen otros grandes artistas como The Kinks, John Wesley Harding y Love. La selección es un tanto ecléctica y ese es su punto más fuerte, el de saber amalgamar temas distintos para conformar un gran álbum.

MY BLUEBERRY NIGHTS (Kar-Wai Wong / 2007). La banda de sonido de este hermoso y melancólico road movie protagonizado por Jude Law y Norah Jones, con las participaciones de Rachel Weisz y Natalie Portman, es otro acabado ejemplo de cómo la música puede ser una gran protagonista de un filme. El primer tema es un clásico tema jazzeado de Norah Jones, con una melodía suave y exquisita en la que el piano se combina con absoluta naturalidad con el pesado sonido del contrabajo de Lee Alexander. El disco cuenta con dos temas de Cat Power, Living proof y The Greatest, está última como la canción insignia de la película. Además, hay tres composiciones instrumentales originales de Ry Cooder -Ely Nevada, Logn ride y Bus ride- y una más cantada por Mavis Staples, Eyes on the prize, que aportan el clima necesario. Y como si fuera poco también aparecen en el soundtrack Otis Redding, Ruth Brown, Cassandra Wilson versionando a Neil Young y nuestro Gustavo Santaolalla con la incidental Pájaros.

jueves, 23 de enero de 2020

Un blues para el Flaco

Pescado Rabioso
Luis Alberto Spinetta, El Flaco, habría cumplido hoy 70 años. Su muerte, en 2012, dejó un vacío enorme y es por eso que cada 23 de enero se celebra el Día del Músico en la Argentina. En sus inicios, al igual que la mayoría de los músicos de su generación, Spinetta se vio seducido por el sonido del blues británico y los power tríos, aunque luego su carrera derivó hacia otro lado. En Bien al Sur-Historia del Blues en la Argentina contamos cómo fue ese efímero codeo con el blues de este compositor, cantante y guitarrista emblema del rock nacional.

Cuando Spinetta decidió formar Pescado Rabioso tenía en mente no solo a Pappo’s Blues sino también a Led Zeppelin. Me gusta ese tajo es un blues bastante básico, que Pescado grabó como single en 1972. La idea fue de Black Amaya y lo escribieron entre Spinetta y Osvaldo “Bocón” Frascino. Por su clara connotación sexual, algo así como el Hoochie coochie man versión local, y su lenguaje explícito, para nada frecuente por aquella época, fue censurada hasta 1983: “Me gusta ese tajo que ayer conocí, / ella me calienta la quiero invitar a dormir. // Con sus lindas piernas ella me hace pensar / debo destruir la mierda de mi gran ciudad”. Despiértate nena es otro blues clásico, de doce compases, menor, en el estilo de los blues de Chicago de los cincuenta. 

En Pescado 2, lanzado en 1973, un blues lento sobresale por su interpretación visceral y el canto suave y desgarrado de Spinetta. El viento voy a ver parece inspirada en Since I’ve Been Loving You, tema que Robert Plant y Jimmy Page incluyeron en el álbum Led Zeppelin III, editado tres años atrás.

Antes de Pescado y Aquelarre, Almendra ya había grabado la bluseada Rutas argentinas, que con el tiempo se convirtió en uno de los temas más populares de la historia del rock nacional. Esa canción fue incluida en el disco doble del grupo que salió en 1970, en el que también había otros dos blues compuestos por Edelmiro Molinari: No tengo idea y Amor de aire, el primer tema acústico grabado con slide en la Argentina. 


Edelmiro Molinari y Spinetta, además, fueron los primeros en formar una banda estrictamente de blues, de paso efímero y muy poco recordada, que al menos se presentó dos veces en vivo. La Gota de Grasa Blues Band tocó el 29 de mayo de 1970 en un “gran baile” en el Colegio Pestalozzi, en Freire y La Pampa, en el barrio de Belgrano R, junto a Vox Dei y Contraluz; y el 21 de noviembre de ese año en el Velódromo, en el marco del Festival B.A. Rock. Molinari tocaba la guitarra, el Flaco el bajo, Rodolfo García la batería y Gustavo Bergalli la trompeta. “La verdad no recuerdo los temas que hacíamos, pero sí que eran blues. El nombre al grupo se lo pusimos por una pizzería que estaba a la vuelta de la casa de Emilio del Guercio, en Echeverría y el andén de la estación de trenes, a la que habíamos bautizado La gota de Grasa”, cuenta García.

lunes, 13 de enero de 2020

Raffo stone


En Bien al Sur-Historia del Blues en la Argentina, el libro que escribimos con Gabriel Grätzer, contamos en detalle cómo los músicos británicos de la década del sesenta, entre ellos los Rolling Stones, influenciaron a los pioneros del rock y el blues nacional. Esa influencia se extendió por décadas: muchos oyentes o músicos de blues llegaron al género gracias a Jagger, Richards y compañía, entre otros. Si bien no tengo pruebas, tampoco tengo dudas que los argentinos somos el mejor público stone del mundo. Y eso se ve reflejado en decenas de eventos relacionados con ellos, lugares temáticos, coleccionistas de discos, bandas tributo y el merchandising que todavía se vende en grandes cantidades.

Daniel Raffo, el emblema de la guitarra blusera argentina, hace un tiempo se dejó llevar por la idea de Laura Lagna-Fietta de montar un show homenaje a los Stones, que tuviera como eje los grandes temas de la banda, pero con su propio toque. El sábado volvió a presentarlo, esta vez en Lucille, con un buen marco de público que durante dos horas disfrutó con un recital de altísima calidad con canciones que conocemos todos.

La noche comenzó con Raffo y Jay Jay Troche, solos arriba del escenario, interpretando Long distance call, que Jagger y Richards grabaron en vivo junto a Muddy Waters en el Checkerboard Lounge en 1981. Así, el tributo arrancó con la impronta del blues del Delta, unos de los tantos estilos que serían interpretados durante el show. Cada una de las canciones, salvo una, fueron reinterpretadas por Raffo y la banda, que contó con Guido Venegoni en voz, Martín Munoa en guitarra, Nandu Aquista en teclados, Nacho Porqueres en bajo y Pato Raffo en batería, con algunos invitados como Troche en voz y armónica.

Los músicos entraron en escena para Jumpin’ Jack Flash y, acto seguido, Honky tonk women, que sirvieron para ir elevando la temperatura. Troche volvió para cantar Time is son my side y Venegoni se despachó con una versión blusera e hipnótica de Satisfaction. El saxofonista Martín Tojo subió al escenario para soplar en Harlem shuffle, donde Venegoni deslumbró con una notable interpretación vocal, y Raffo llevó su solo, como si fuera David Gilmour, a un trance pinkfloydesco.

Tras recordar al gran Willie Dixon, el grupo, esta vez con Nico Raffetta en los teclados, se zambulló en el clásico Little red rooster, que incluyó largos solos de Munoa, Troche, Raffo y, por supuesto, el tecladista invitado. De nuevo con el saxo de Tojo sobre la tarima, interpretaron Midnight rambler en clave funky, y después un electrizante cover de Beast of burden que Venegoni cantó a dúo con Mariano Hernandorena, vocalista del grupo Sus Majestades, un auténtico cultor del estilo Jagger. A Miss you, Raffo la reconvirtió casi en una balada, donde alcanzó un climax musical excepcional. Para Gimme shelter subieron Juanito Moro, el baterista de King Size, quien en principio no iba a poder estar y por eso Pato Raffo ocupó su lugar, y Hernandorena, que cantó con tanta energía que parecía que las venas de su cuello iban a reventar.

Volvió Guido Venegoni para Sympathy for the Devil, que la banda encaró como un shuffle, mientras Munoa lucía una careta del mísmisimo Belcebú. Tras esa arremetida diabólica, por única vez en la noche, la banda se volcó a recrear la versión de Love in vain tal como los Stones la tocaron en el disco Get yer ya-ya's out! El cierre vino con Under my thumb, “el primer tema de los Stones que toqué”, según Raffo, y después con todos los invitados sobre el escenario, la rockeada y siempre efectiva Little queenie.

Me acompañó al show René Roca, un viejo amante de los stones, que quedó completamente encantado con el talento de los músicos y la calidad con la que tocaron todos los temas. “Fue un show de nivel internacional. Una maravilla”, me dijo. Y, la verdad, tiene razón.