miércoles, 2 de noviembre de 2011

Stray Cat madness

La música de los Stray Cats está asociada a la rebeldía juvenil de los ochenta. Rockabilly, desparpajo y MTV fueron sus puntales. Pero los tipos crecieron y cada uno siguió su camino. Los referentes del grupo, Brian Setzer y Lee Rocker, se dedicaron a sus carreras solistas: el primero como un guitar hero retro style y el segundo con un trío de blues contemporáneo. Ahora, los dos acaban de lanzar nuevos discos.

Brian Setzer - Setzer goes Instru-Mental. Este es el primer álbum instrumental de su carrera. Aquí, Setzer se consagra como un guitarrista extraordinario y un cultor de la música de raíces. Seis de los once temas son de su autoría. El resto son covers de antaño ejecutados con la impronta de los años cincuenta, una época que le fascina desde hace mucho tiempo y que ya ha dejado plasmado en discos anteriores. El álbum abre con una notable versión de Blue Moon of Kentucky, de Bill Monroe pero con la imborrable marca que Elvis Presley le dejó al tema. Luego sigue con el standard de jazz Cherokee y después con Be-Bop-A-Lula, el clásico inmortal de Gene Vincent, que fue compuesto en 1956. Earl's Breakdown, el cuarto track, es un buen acercamiento de Setzer al bluegrass, donde demuestra que puede trasladar su virtuosismo al banjo. Con Lonesome road, la canción escrita por Gene Austin en 1927, Setzer se suma a una larga y ecléctica lista de músicos que la tocaron a lo largo de un siglo: Bing Crosby, Sister Rosetta Tharpe, Pat Boone, Bob Dylan, Earl Hines y Snooks Eaglin, entre tantos otros. Setzer goes Instru-Mental es un album que los guitarristas sabrán valorar y los oyentes disfrutar a pleno.

Lee Rocker – The Cover Sessions. No es el tipo de disco que uno podía esperar de Lee Rocker. El título del EP es elocuente, pero la selección de canciones es llamativa. Lee Rocker contó en una entrevista que en los últimos tiempos empezó a coleccionar todo tipo de instrumentos acústicos –guitarras, banjos, ukeleles, arpas, harmónicas, acordeones- y de percusión, y que finalmente decidió encerrarse en un estudio con todos sus nuevos “chiches” a tocar viejos hits que solía escuchar por la radio. Es por eso que las seis canciones del EP son todos éxitos que, tamizados por Lee Rocker, suenan un poco más country que rockabilly. Come together, de los Beatles; Ramblin’ man, de los Allman Brothers; y Honky cat, de Elton John, tienen mucha onda. City of New Orleans, de Steve Goodman y popularizada por Arlo Guthrie, es fiel a la original y su melodía queda rondando cabezas. Come dancing me pareció una fallida aproximación al original de los Kinks y Drivin’ my life away es apenas discreta. De todas maneras, es un álbum corto y entretenido. La definición perfecta de The Cover Sessions la leí en www.covermesongs.com : “A veces un disco que te hace sentir bien, también te puede hacer olvidar que no estás escuchando nada nuevo”.

sábado, 29 de octubre de 2011

Rocanroleando por la autopista del sur

(foto Télam)

Consejo para aquellos que vayan a un recital en La Plata: si viven en Capital salgan con tiempo. Anoche asistí a mi primer show en el Estadio Único. Fui con un grupo de amigos y nos chocamos con un colapso en el tránsito ni bien nos subimos a la autopista. Una maraña de lucecitas rojas copaba el horizonte. “El panorama es sombrío”, dije en ese momento. Nos sentíamos como en La autopista del sur, de Cortázar. Los minutos pasaban más rápido que el cuentakilómetros. La ilusión de llegar antes de que empezara el show se fue disipando a medida de que no avanzábamos. Recién en el kilómetro 25 la ruta se abrió: un accidente había sido la causa de semejante embrollo. Llegamos al estadio 22.30, más de dos horas después de haber emprendido el viaje. Aerosmith ya iba por el cuarto o quinto tema.

Nos bajamos del auto y empezamos a caminar hacia el Estadio. De fondo se escuchaba Living on the Edge. El gordo Fede había conseguido unos palcos gratuitos y estacionamiento preferencial. Abriéndonos paso entre los policías de la Bonaerense y la botonería de la seguridad privada llegamos hasta nuestras ubicaciones. Nos sentamos y, entre patys flacos y coca cola sin gas, escuchamos como la banda comenzaba a tocar los acordes de Rag doll.

El estadio es realmente impresionante. Hace honor a su nombre: por su estilo europeo es único en la Argentina. Nosotros estábamos ubicados en la punta opuesta al escenario, por lo que en vez de músicos veíamos miniaturas. Al menos había cuatro pantallas digitales bien ubicadas para tener un discreto contacto visual con la gestualidad irreverente de Steven Tyler. Terminado el rock and roll de de Rag doll, Aerosmith volcó una catarata de hits: Amazing, I don’t want to miss a thing y Cryin’. Luego, Tyler comenzó a cantar a cappella What it takes acompañado por el público. I used to feel your fire / But now it's cold inside. Pronunció la última palabra y un agudo potente envolvió toda la estructura imponente del estadio. La banda arremetió con una sobredosis eléctrica siguiendo los acordes que disparaba Joe Perry desde su guitarra. Creo que fue el momento más emocionante del show. Después tocaron Last child y un cover de Fleetwood Mac, Stop messin’ around, que fue la única aproximación al blues en toda la noche. La lluvia empezó a caer a raudales. Gran parte del público que estaba en el campo tuvo que escapar hacia la popular que está cubierta. Parecían hormigas en fuga.

El agua no aplacó a Steven Tyler. Empapado y excitado el tipo siguió cantando, gritando, corriendo y realizando piruetas sorprendentes para un señor de más de 60 años. La gente estaba enloquecida. Sweet Emotion fue el cierre. Vibrante y contundente. Las luces se apagaron y un minuto después la banda volvió al escenario para tocar una tremenda versión de Dream on y luego Love in an elevator. Los amigos con los que fui hasta La Plata votaron en ese momento por la retirada, con la idea de que no volver a quedar atascados en el tránsito. Salimos del estadio cuando Tyler cantaba Walk this way, el primer tema que recuerdo haber escuchado de Aerosmith en mi vida. Afuera llovía. Y llovía tan intensamente que a cada paso que dábamos la música se hacía menos audible y la ropa se hacía más pesada por el agua acumulada.

Más allá de ridículas caídas en la bañera o de su participación en American Idol, Tyler es puro rock and roll main stream. Sobre eso no hay discusión. Para mí, la tercera fue la vencida. Me los perdí en el 94 y hace cuatro años. Esta vez llegué tarde, pero llegué.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Armónicas argentinas

Dentro de poco tendremos en Buenos Aires a uno de los mejores armonicistas del momento. Rick Estrin desembarcará con todo su blues, ese que aprendió escuchando de leyendas como Sonny Boy Williamson y Little Walter. Será un buen cierre de año para los armonicistas locales: todavía está latente el show que dio Kim Wilson en abril, otro maestro del pequeño saxofón del Mississippi.


Ayer, Mariano Slaimen me mandó su disco Al límite y me aclaró, casi como si se sintiera en la obligación de hacerlo, que no era un álbum de blues. Hace tiempo que eso no es algo que me preocupe. Me apasiona el blues, pero con los años aprendí a disfrutar de otros estilos y de algunas fusiones que resultaron (resultan) ser muy interesantes. Lo cierto es que escuché detenidamente Al límite. En líneas generales me gustó. Buen swing, buenas interpretaciones y lindos arreglos. El disco tiene una base souleada con varios temas instrumentales y algunos covers de Stevie Wonder, Paul McCartney, The Spinners y Tom Jobim. Es un álbum fresco que sale del molde convencional al que suelen abrazarse los músicos locales. Es cierto que tiene sus momentos: a veces es muy cool, otras parece música funcional. Pero lo importante es que un trabajo independiente realizado con esfuerzo, pasión y talento.

Con el tiempo aprendí a valorar que los armonicistas de blues locales trataran de romper el molde del blues clásico. El primero que me hizo ver eso fue Walter Gandini, con su disco Lucky, en 2003. Comencé a escucharlo con cierta desconfianza. Pensaba: por qué un armonicista se atreve a grabar versiones de Gershwin o Erroll Garner. Lo cierto es que el álbum me encantó. Esa combinación de jazz, funk y blues, se alejaba del tradicional sonido de armónica que ofrecían otros tipos con mucho rodaje como Luis Robinson o Rubén Gaitán. A Gandini lo vi varias veces en vivo y siempre vi buenos shows.

Hace un par de años asistí a un festival en el Teatro Empire que fue genial. Siete armónicas argentinas y el gran Mark Hummel. Esa noche me sorprendí con la fuerza interpretativa de chicos que no conocía: Jorge Simonian, Matías Fernández, Natacha Seara, Mariano Massolo y Fernando Vázquez. Ellos, más allá de seguir los lineamientos del blues, se estaban animando a otros temas como Amazing Grace o Bei mir bist du schoen, clásico de la música judía. Esa misma noche también escuché por primera vez a Nico Smoljan. Su estilo era clásico y tradicional, pero lo que me impactó de él fue que soplaba el pequeño instrumento con un feeling asombroso. Smoljan es un laburante del blues y un gran intérprete, que es reconocido por músicos de alto de vuelo tanto brasileños como estadounidenses. Hay muchos otros armonicistas buenos haciendo lo suyo con mucha voluntad: Huguis López, Adrián Jiménez, Damián Martín Duflós, Gustavo Lazo son algunos de los nombres que hay que tener en cuenta.

Alguna vez alguien me dijo que la armónica era el instrumento más fácil de tocar… mal. Y yo puedo dar fe de eso. Hace varios años que dejé de hacer ruido con mis Honner y mis Marine Band porque me di cuenta que, pese a que le ponía ganas, me faltaba talento. Lo cierto es que amo escuchar armónicas. Es un instrumento noble, económico y portable. Acompaña a una guitarra acústica o, con un poco de ayuda amplificada, a toda una banda eléctrica. Así que ya saben: no se pierdan a Estrin o los maestros que vengan en el futuro, pero vayan también a ver a Mariano Slaimen, Nico Smoljan, Walter Gandini o cualquiera de los demás cuando toquen, ya que también son intérpretes de calidad.

martes, 25 de octubre de 2011

Fiel a su estilo


No hay otro artista como Tom Waits. La combinación de su voz corroída por el whisky con esos ritmos que fusionan jazz, blues, rockabilly, rock y folk le dan una impronta única a su música. Su nuevo álbum, el primero de estudio en siete años, es una suerte de road trip en el que suenan canciones cortas y punzantes, fiel a su estilo y trayectoria. Una vez más, Waits comparte cartel en la creación de las canciones y en la producción junto a su musa, su esposa Kathleen Brennan. Aquí también suma la colaboración de otros grandes músicos que conforman un combo bien ecléctico: Keith Richards, Marc Ribot, Charlie Musselwhite, David Hidalgo (Los Lobos), Augie Meyers, Flea (Red Hot Chili Peppers) y un par de miembros de la Preservation Jazz Hall Orchestra, un clásico de Nueva Orleans.


La percusión una vez más es protagonista en un disco de Tom Waits, aquí los golpes acompasados se cuelan entre las notas sugestivas de cada una de los temas, de la mano de su hijo Casey. Las letras de las canciones son el otro fuerte de este inmenso álbum: desde el primer track, Chicago, en el que Waits recuerda el aluvión migratorio desde el campo a la gran ciudad en la década del cuarenta, hasta Kiss en el que el humo de los bares se cuela entre las palabras que buscan una rima forzosa.

La participación de Keith Richards es alucinante. Suma su guitarra en Satisfied, un tema que tiene un ritmo de blues frenético, en el que Waits degenera en un shouter feroz y canta con cierta ironía: Dije que voy a tener satisfacción / que voy a estar satisfecho / antes de que me vaya / Ahora, señor Jagger y Señor Richards me rascaré donde me pique. Last leaf, con Richards secundando el canto de Waits, es una balada tan cruda como alucinante. Get lost es otra de las joyas del disco, un sonido rockabilly como si los Stray Cats se hubieran trasegado botellas de bourbon antes de empezar a tocar.

La música de Tom Waits es difícil de digerir para los que no están acostumbrados a su presencia escénica, a ciertas extravaganzas y a la brutalidad de su sonido. Bad as me, así como fue Mule Variations (1999), no es tan experimental como, por ejemplo, Blood money (2002), pero es un álbum un poco más abarcador, en el que Waits no pierde un ápice de fidelidad a su estilo, ese que supo cultivar durante las últimas cuatro décadas.


viernes, 21 de octubre de 2011

Lanzamientos del blues local

Blues en Movimiento – Vol.1 en español. Blues en Movimiento es una gran idea que se materializó en un muy buen disco de canciones originales, que interpretan varios de los mejores músicos de la escena local, bajo el ala de dos tipos que hacen mucho por difundir y enseñar el blues criollo: Mauro Diana y Gabriel Cabiaglia. El álbum cuenta con tres temas de los Easy Babies, la banda que lidera Diana junto a los guitarristas Robert Porzio y Daniel de Vita, y el baterista Homero Tolosa, que ya el año pasado lanzaron el álbum El blues paga mal. Luego hay tres canciones del excelente violero Marcos Lenn, que combina sus pasiones: el blues y el country. En uno de los tracks, Si querés volver, cuenta con la participación de un maestro de la dobro, Gabriel Gratzer. Javier “El Ciego” Goffman aporta su fuerza vocal en otros tres temas, en los que tiene el soporte de una buena cantidad de reconocidos músicos: los productores del álbum, Mauro Ceriello, Jr. Binzugna, Rafael Nasta y una buena sección de vientos en Lejos de vos. Para cerrar, el último eslabón de este proyecto son las tres canciones de Los Huesos del Gato Negro, los “benjamines” de esta selección de almas bluseras. La banda se formó hace apenas dos años y estas son sus primeras armas surgidas de un estudio. La música de este disco está viva, porque cada uno de ellos está en constante movimiento, tanto en los bares porteños, como en la Escuela del Blues o haciendo el aguante a las figuras internacionales que vienen a pasear su talento por el país.

Blues & Trouble – Original covers, own versions. A diferencia del disco anterior, éste álbum es un compendio de canciones clásicas reversionadas y cantadas en inglés por la banda surgida en 2003. Blues & Trouble empezó como un cuarteto acústico, con el tiempo sufrió la baja de uno de sus miembros y pasó a ser un trío. En 2008 incorporaron bajo y batería y desde
entonces están trabajando un sonido eléctrico que si bien tiene al blues como eje central, ahora también se codea con el funky, como por ejemplo Superstition, Hard to handle y Play that funky music, tres de los once temas de su flamante álbum. El resto las canciones pertenecen a Muddy Waters, Willie Dixon, Howlin’ Wolf y Junior Parker, entre otros. La banda está conformada por Sebastián Aranalde (armónica y voz), Damián Rosamilia (guitarra), Fabián Yajid (bajo), Flavio Fuentes (batería) y Guillermo Fernández (guitarra), un apasionado y laburante del blues que no afloja nunca. El álbum, que suena muy bien y dinámico, cuenta con la participación especial de un ícono del blues argento, Don Vilanova, que suma los solos de su guitarra en The Thrill is gone.

martes, 18 de octubre de 2011

Ataque setentoso

Rich Robinson nació el 24 de mayo de 1969, por lo que atravesó la década del setenta siendo un niño. Hoy, con más de 40 años, es uno de los máximos exponentes de la música retro setentosa. El ex Black Crowes acaba de lanzar un disco excelente que nos remonta a tiempos pasados del rock and roll. Through a crooked sun es el segundo trabajo de su carrera solista, luego de Paper (2004). Aquí nos encontramos con un álbum sencillo, auténtico y orgánico en el que sus influencias se cruzan en canciones que por momentos suenan –inevitablemente- a los Crowes, pero también a los Stones de Exile on Main Street, al Zeppelin acústico o a los Allman Brothers de Eat a Peach.

Dos de las mejores canciones son It’s not easy y Lost and found. Allí, las reminiscencias de una época dorada del rock afloran con una naturalidad sorprendente. En la primera, incluso, hay como un cierto influjo del Santana más creativo, mientras que en la segunda el estribillo melodioso alterna con el solo de una guitarra acústica que surge de las raíces más profundas de Macon, Georgia.

Falling again es otro momento sublime del álbum. Rich suena como si se hubiera formado junto a los Flying Burrito Brothers, apoyado en la majestuosidad del pedal steel de Larry Campbell, uno de los tres invitados de lujo que tiene el álbum. Los otros dos son Warren Haynes, quien lleva su guitarra con slide a niveles alucinógenos en Bye bye baby, y el tecladista John Medeski que le da un toque de improvisación a sus aportes. Editado por el sello Thirty Tigers y producido por el propio Robinson, el disco tiene doce temas, once de los cuales fueron compuestos por él. El único cover es Station man, de Fleetwood Mac, uno de los temas que apareció en el álbum Klin house, de 1970, el primero que la banda grabó sin Peter Green.

Si los Balck Crowes volverán al ruedo o no es todo un misterio. Por el momento, hay que conformarse con lo que ellos –Rich y su hermano Chris- nos vayan entregando como solistas. Y no es poco: éste disco es una maravilla que los amantes del rock clásico van a saber disfrutar, porque tiene todo lo que tiene que tener y suena como si el tiempo no hubiera pasado.


sábado, 15 de octubre de 2011

Las seis cuerdas de Dios

(Foto Clarín)
Muddy Waters, Robert Johnson, Bessie Smith, Eddie Boyd, Bo Diddley y Big Bill Broonzy son algunos de los nombres más representativos de la historia de blues. El espíritu de todos ellos vibró anoche en el estadio Monumental de la mano (lenta) de Eric Clapton. El guitarrista inglés dio un show formidable, en el que el blues fue gran protagonista. Respaldado por una banda descomunal, tocó 16 canciones y deslumbró al público, pese a algunos inconvenientes de sonido.

Clapton apareció en escena a las 21.15. Dijo “Good evening” –durante el resto del show no volvería a decir más que un “thank you”- y empezó a disparar solos desde su Fender Stratocaster celestre y blanca. Primero fue el clásico del blues Key to the highway y después Tell the truth, de la época de Derek and The Dominos, en el que brillaron las coristas Michelle John y Sharon White. Ellas le dieron un tinte más gospel a la canción, al igual que al resto de los temas en los que pusieron al servicio todo su poderío vocal. Casi como una necesidad, el blues volvió enseguida con Hoochie coochie man. Luego, Clapton empezó a tocar los primeros acordes de Old love, unos punteos profundos que fueron abriendo el tema hasta que se convirtió en un funky abrasivo por el groove del tecladista Tim Carmon, que pareció rendirle tributo al Herbie Hancock de los setenta. Ese primer set terminó con una versión no tan reggae de I shot the sheriff, de Bob Marley.

Sus asistentes le acercaron una guitarra acústica y una silla. Con un Clapton sentado y más relajado, comenzó la segunda parte. Otra vez empezó con un blues, Driftin’, y después una hermosa versión de Nobody knows when you’re down and out. Lay down Sally y When somebody thinks you’re wonderful, un tema de Harry Woods que incluyó en su último álbum solista, fueron tal vez los minutos en los que pareció menos conectado. Ese tramo finalizó con una versión más corta de Layla, que no incluyó el épico final en el que el piano sostiene el ritmo mientras que la guitarra vuela hacia una dimensión desconocida.

Retiraron la silla, le devolvieron la Strato y Clapton empezó a tocar los acordes de Badge. Fue uno de los momentos más emocionantes de la noche. Creo que para cumplir con el público, el más comercial que lo sigue sólo por sus hits, tocó Wonderful tonight. Después volvió –¡una vez más!- al blues con una seguidilla: Before you accuse me y Little queen of spades, de Robert Johnson. El cierre del show fue con Cocaine.

Clapton lució impecable, con el pelo más corto que en la foto de tapa de su disco homónimo, y en un alto nivel interpretativo, no sólo por su forma tremenda de tocar la guitarra, sino también por la pasión que pone para cantar. Hubo otros dos grandes protagonistas de la noche. Ellos fueron el tecladista Carmon y el pianista Chris Stainton. A diferencia de su última visita a la Argentina –en el mismo estadio en 2001- no tuvo segunda guitarra, por eso el rol de los teclados fue clave para alternar solos con las seis cuerdas de Dios. La sección rítmica la conformaron dos viejos compañeros de ruta: Willie Weeks en bajo y Steve Gadds en batería.

Fue un espectáculo grandioso, que sólo se vio empañado por un eco molesto que aparecía con mayor intensidad cuando la banda bajaba los decibeles, al menos en el sector del estadio en el que estaba yo. Cuando el fulgor de la luna llena comenzó a bañar una parte del estadio, Clapton y la banda regresaron al escenario para el bis. Al igual que en su recital de San Pablo, Brasil, eligió una canción que toca desde su época de Cream, pero que escucha desde que tiene uso de razón: Crossroads. A los 66 años, Clapton es el mejor discípulo del viejo blues y un ícono invalorable del rock and roll.

lunes, 10 de octubre de 2011

Grateful Wine

California es una de las regiones productoras de vino más importante del mundo. Y también fue la tierra en la que, a mediados de los sesenta, nació una de las bandas más grandes de la historia del rock: los Grateful Dead. Hoy, en honor a Jerry Garcia y sus muchachos, la empresa Wines that Rock acaba de lanzar un blend creado por el enólogo Mark Beaman. Las notas de cata de esta cosecha 2009 dicen que se trata de un vino que conjuga cerezas negras, tocino, vainilla y caramelo. El secreto de este caldo, que reposó 20 meses en barricas de roble, es el terroir -la zona de Mendocino county- y la combinación de cuatro uvas: syrah, petite syrah, zinfandel y grenache. El precio por botella ronda los 20 dólares, según figura en varias páginas de Internet. Wines that Rock ya lanzó otros productos al mercado: el Rolling Stones Forty Licks merlot; el Pink Floyd’s Dark Side of the Moon cabernet sauvignon; el Woodstock chardonnay y el blend The Police's Synchronicity. Ahora es tiempo de descorchar mientras escuchamos Workingman´s Dead, American Beauty o Anthem of the Sun. Un lujo.

jueves, 6 de octubre de 2011

Bluesman

La sonrisa de Lurrie Bell es enorme. Sus dientes blancos contrastan con su piel oscura y brillan entre las luces de La Trastienda. Es un buen augurio. Lurrie habla con el público y dice que está feliz por estar de regreso en la Argentina. Suenan los primeros acordes de su guitarra, la banda lo sigue. El blues estalla en la sala, la guitarra de Lurrie ruge mientras él canta “Don’t you lie to me, It makes me mad, an I get evil as a man can be”. Es la segunda gira del bluesman por el país en poco más de un año. Viene de una serie de shows en Luján, La Plata y Córdoba, y ahora seguirá por el sur. Lurrie Bell carga con una mochila llena de tradición, la que heredó de su padre, el mítico Carey Bell, y de muchos otros músicos de Chicago que creció escuchando. A cada show le dedica lo mejor de sí. No se guarda nada. Lurrie es visceral y auténtico. No hay maquillaje ni salidas edulcoradas. Blues al cien por ciento. Energía pura.

El recital de La Trastienda se extiende por poco más de una hora y media. Apenas toca diez temas, pero todos son de larga duración. Luego de Don’t you lie to me, le indica a la banda que quiere seguir con Woke up this morning. Les dice “B flat” y el tema de BB King envuelve el ambiente. Minutos más tarde sigue con otro clásico del género: Last night, de Little Walter. Cada punteo es una descarga sanguínea de alta intensidad. Me pregunto si sobrevivirá un minuto más. Lurrie sobrevive, claro. Está cargado de energía. El blues es su vida. Él es el blues.

En Crosscut saw se posiciona tanto en el rol de Albert King que hasta su voz suena idéntica. Pero no se trata de una mera imitación. Es mucho más que eso. Es una absorción absoluta de lo que el gran Albert supo dar. Sigue con Cold, cold feeling, un tema con el que otro Albert, Collins, solía calentar su Telecaster. Aquí está Lurrie cantando con voz rasposa “I've got a cold, cold feelin'; It's just like ice around my heart”.La Argentina Blues Band suena firme, el ritmo lo marca Lurrie y ellos lo siguen casi con devoción religiosa. Robert Porzio, en guitarra; Walter Galeazzi, en teclados; Gustavo Rubinsztein, en bajo; y Gabriel Cabiaglia, en batería, se mantienen erguidos y a la altura de las circunstancias. Están tocando con un hombre que pronto será una leyenda.

El final del show tiene un par de invitados: Rafael Nasta se bate a duelo con Lurrie en Nobody wants a loser, un tema que popularizaron tanto Albert King como Son Seals. Nicolás
Smoljan aporta todo el aire de sus pulmones para sacarle el mejor swing a su armónica en Sweet Home Chicago y Got my mojo workin’. Los músicos dejan el escenario. El público, que copó el centro, los costados y gran parte de los balcones superiores de La Trastienda, bate sus palmas y espera por más. Lurrie sale a escena menos de un minuto después acompañado por María “Blues” Carballo, una guitarrista argentina que vive en Chicago. Juntos tocan una versión enjundiosa de Key to the highway. Vuelve la banda y con un Lurrie ya agotado cierran con Messin' with the kid.

Fue una noche de blues puro, la segunda edición del ciclo Delta Blues Nights, que empezó en agosto con Slam Allen y terminará el 18 de noviembre con Rick Estrin & the Nightcats, en este mismo lugar. Esta vez, Lurrie hizo lo que mejor sabe hacer: honrar el nombre de su padre y representar con pasión la tradición de su ciudad, Chicago, la cuna del blues eléctrico y de un ser tan apasionado como él.

lunes, 3 de octubre de 2011

Pura sinergia

Basta con escuchar la versión de I’d rather go blind para comprender de manera cabal que Beth Hart es una de las mejores cantantes del momento. El tema, que significó un éxito rotundo para Etta James a finales de los sesenta, cobra una nueva dimensión en la voz de Hart. Desde sus vísceras surge una vocalización conmovedora, cargada de sentimiento, que sólo se retrae cuando desde la guitarra de Joe Bonamassa irrumpen unos punteos intensos, pero contenidos. Es el punto más alto de Don’t explain, el disco que reúne a ambos, y que seguramente será uno de los mejores de 2011. 

Este es el tercer álbum de Bonamassa en lo que va del año. Primero fue su trabajo solista, Dust bowl, y luego la secuela de Black Country Communion, junto a Glenn Hughes y Jason Bonham. Justamente durante la grabación de Dust bowl surgió la posibilidad de hacer este disco. Beth Hart colaboró con su voz en No love on the street y ambos entablaron una muy buena relación profesional que ahora se amplió con estas diez canciones, soul y el blues en su máxima expresión, producidas por Kevin Shirley, la mano de derecha de Bonamassa. 

El álbum empieza con una nueva lectura, más blusera y eléctrica, de Sinner’s prayer, de Ray Charles. Luego viene otro de los puntos más altos: Hart se esmera para que su versión de Chocolate Jesus, de Tom Waits, suene potente, con la guitarra de Bonamassa exasperada y punzante. El tercer tema es una verdadera sorpresa: una aproximación souleada de Your heart is as black as night, de Melody Gardot, con una orquesta de cuerdas de fondo. 

Beth Hart explicó que cuando Bonamassa la convocó para este disco ella pensó que era para colaborar en un par de canciones, como en Dust bowl, pero que finalmente el guitarrista no sólo le cedió un lugar protagónico, sino que la dejó elegir la mayoría de las canciones. 

El disco sigue con un cover bien crudo de For my friends, de Bill Withers, y luego con la canción que da nombre al disco, en donde Hart intenta alcanzar el registro vocal de Billie Holyday pero no lo logra del todo. Los solos de Bonamassa aquí se pierden un poco entre la compleja telaraña sonora que forma la orquesta de cuerdas. Algo similar sucede con el último tema, Ain’t no way, de Aretha Franklin. Pero más allá de esos dos pequeños deslices el resto del material es formidable. Tratándose de ellos dos, el rock and roll no podía quedar afuera: interpretan un cover de Delaney & Bonnie -Well, well- que además es el único momento en el que cantan a dúo. 

Bonamassa está atravesando un momento fabuloso, no para un solo un minuto de grabar, tocar en vivo y hacer proyectos. Hart, en tanto, está unos pasos más atrás, construyendo su carrera, pero ciertamente por el camino indicado. Don’t explain es el fruto de una buena sinergia y deja la sensación que se volverá a repetir. Se nota que Bonamassa y Hart disfrutaron de las sesiones de grabación y que lograron revivir, a su modo, diez canciones que estaban allí, flotando en el recuerdo. 

viernes, 30 de septiembre de 2011

El regreso del tornado texano

Yo empecé a escuchar blues gracias a Johnny Winter. A él le debo mi vida musical. Por eso el lanzamiento de un nuevo disco suyo es todo un acontecimiento para mí. Ya lo escuché cuatro veces en las últimas doce horas y cada vez que le vuelvo a dar play me gusta más. Cuántas veces pensamos que el albino estaba más cerca del arpa que de la guitarra. Cuántas veces pensamos que su último disco sería realmente el último. Lo cierto es que Roots, más allá de ser un gran álbum, es la confirmación de que Winter todavía está vivo y muy bien.

Editado por el sello Megaforce y producido por Paul Nelson, Roots fusiona pasado y futuro. Los temas son todos clásicos del blues y los invitados son músicos relativamente jóvenes que tienen un presente formidable y un gran porvenir. El propósito de Johnny Winter fue rendir homenaje a sus mentores y creo que lo logró con creces. Lo mejor del disco es cuando el albino y los guitarristas de los Allman Brothers, Warren Haynes y Derek Trucks, hacen una oda al slide con dos temas del legendario Elmore James: Done somebody wrong y Dust my broom. Otro momento sublime es cuando la esposa de Derek Trucks, Susan Tedeschi, comparte voz y punteos con Winter en una versión fabulosa de Bright lights, Big City, de Jimmy Reed.

La combinación de solos entre el albino y Sonny Landreth en T-Bone shuffle es genial y el cover de Last night, de Little Walter, en la que John Popper descuella con su armónica, pone la piel de gallina. Obviamente no podía faltar su hermano Edgar, quien sopla su saxofón en Honky tonk, de Clarence “Gatemouth” Brown. El resto del álbum se completa con Further on up the road, con Jimmy Vivino como invitado; Short fat Fannie, de Larry Williams, junto a Paul Nelson; Got my mojo workin’, con la colaboración en armónica de Frank Latorre; y Maybellene, el clásico de Chuck Berry, con la participación de Vince Gill. Pero la sorpresa mayor de Roots está al final. Winter alecciona con una notable versión de Come back baby, que popularizó Ray Charles, junto al tecladista John Medeski, integrante del trío jazzero Medeski, Martin & Wood.

Winter ya no tiene el tono de voz feroz de los setenta que se balanceaba entre los blues y el rock and roll de grandes estadios. Ahora es un hombre de 65 años completamente abocado al blues. Su estilo de tocar la guitarra ya no es tan veloz como antes, pero eso no lo hace menos efectivo o pasional. Al contrario, el sentimiento por el blues es lo que mueve a este músico de aspecto frágil y mucha historia sobre sus espaldas. Señores, no se priven de escuchar esta joya del viejo y querido tornado texano.


miércoles, 28 de septiembre de 2011

Jazzman

“Miles Davis era un gran poeta de su instrumento. Con él, podía proyectar notas redondas y cálidas que conmovían las más recónditas emociones humanas, y también emitir quebrados trinos capaces de evocar el colérico sonido de las balas al ser disparadas. A veces su trompeta parecía flotar, atravesando enrevesados ritmos e indicaciones de tempo con una velocidad y precisión escalofriantes. Su sonido podía penetrar como un cuchillo afilado. También podía brotar amortiguado, tierno y suave como una canción de cuna., aunque siempre cargado de profunda emoción. El sonido de Miles te obligaba invariablemente a incorporarte y prestar atención. Era un sonido bruñido, reflexivo e inolvidable”, Quincy Troupe.

Es la 1.30 del día en que se cumplen 20 años de la muerte de Miles Davis. Estoy escuchando su versión en vivo de My funny valentine. Pienso que me gustaría que el día en que me muera, en mi velorio, pongan esta canción y que el sonido de la trompeta abarque todo.

Miles Davis fue el músico más importante del siglo XX. Atravesó cinco décadas y en cada una de ellas le fue imprimiendo al jazz su propia perspectiva. Creció escuchando blues y provocó cruzando las fronteras el rock, el funk, el pop y el hip hop. Miles Davis tuvo un swing único y un talento natural para juntarse con los músicos más brillantes: Dizzy Gillespie, Charlie Parker, Gerry Mulligan, John Coltrane, Cannonball Adderley, Wayne Shorter, Herbie Hancock, Bill Evans, John McLaughlin y Chick Corea, por solo nombrar a algunos. Fue el creador del mejor disco de la historia del jazz, que contó con la mejor banda de la historia del jazz. Kind of blue es una obra de arte única e irrepetible. Es la Torre Eiffel de los monumentos; el Louvre de los museos; el Golden Gate de los puentes.


El primer álbum suyo que tuve fue Miles Smiles. Me lo regaló alguien que había viajado a Estados Unidos. Creo que fue en 1993, dos años después de su muerte. En el paquete que me trajo había otros dos discos: Strong persuader, de Robert Cray, y Ace of harps, de Charlie Musselwhite. A esos ya los esperaba. Por entonces estaba metido hasta el cuello en el blues y no escuchaba casi nada más. Así que el sonido de la trompeta de Miles en Orbits, el primer tema de Smiles, fue una experiencia muy intensa. Pero todavía yo no estaba preparado para ese tipo de improvisación, para dar ese paso hacia lo desconocido. Fue cuestión de tiempo.

Lo inevitable finalmente llegó: escuché Kind of blue y luego Milestones. Así empecé a descubrir que el mundo de Miles no había sido uniforme, que había mucho por descubrir. Miles nunca sintió temor por la experimentación, siempre estuvo varios pasos delante del resto de sus contemporáneos. Algunas cosas ciertamente le salieron mucho mejor que otras, pero hasta en el peor de sus discos quedó impreso el sonido singular y magnífico de su trompeta. Desde lo visual, Miles me cautivó con el arte de tapa de Tutu. La expresión de su rostro, imperturbable, le da un halo oscuridad y misterio. Hace unos años finalicé mi faena de Miles Davis con dos libros que son esenciales para conocer su obra, su vida y bucear en su compleja personalidad: la biografía escrita por Ian Carr, y Miles y yo, de Quincy Troupe.

Miles Davis fue un revolucionario, una especie de Che Guevara musical. Con la trompeta, logró atravesar dimensiones inexpugnables para cualquier otro mortal. Definió la palabra Cool y al prototipo del músico del jazz. Una vez que se entra en su mundo ya nunca más se puede salir.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Old rockers

Wynton Marsalis and Eric Clapton - Play the blues live from Jazz at Lincoln Center. Algo habían insinuado juntos en el último disco solista de Clapton. Un par de temas en los que el sonido de la trompeta de Marsalis trataba de acoplarse a la guitarra de slowhand. Pasaron los meses y ellos fueron más allá. Un concierto en Lincoln Center de Nueva York en el que ambos buscaron el punto exacto donde sentirse cómodos. El grueso del disco es como un viaje en el tiempo, hacía la década del ‘20. Destino: Nueva Orleans. Tradición pura de la mano de dos de los músicos más influyentes del jazz y el rock. Debo admitir que lo empecé a escuchar con mucha expectativa pero en el medio comencé a sentir que faltaba algo. No es que sea un mal disco, de ninguna manera, sólo que me parece que no es el estilo más adecuado para el lucimiento de Clapton. Más allá de que todo tenga un halo de King Olivier hay una buena versión de Forty four, tema de Howlin’ Wolf, y una nueva –y muy particular- interpretación de Layla.


Leslie West - Unusual suspects. Este disco del ex guitarrista de Mountain es muy especial. Mientras lo grababa sufrió la amputación de una pierna por la diabetes que padece desde hace años. Por eso muchos de los temas tienen un sentido reflexivo y autobiográfico. Musicalmente el disco es bueno, más que nada por los duetos de guitarra que protagoniza con Joe Bonamassa, Slash, Billy Gibbons (ZZ Top), Zakk Wylde (Ozzy Osbourne) y Steve Lukather (Toto). No hay mucho blues, apenas Third degree, con Bonamassa sacando lo mejor de su Gibson. Lo demás son temas de hard rock, rock clásico y un par de baladas. Leslie West no es un guitarrista innovador. De hecho, su forma de tocar sigue siendo similar a cuando hacía delirar con Mississippi Queen en los sesenta, pero ciertamente toca con una pasión formidable y canta como si fuera a dejar la vida en ello.


SuperHeavy – SuperHeavy. A ver… no siempre los mejores jugadores conforman el mejor equipo. Creo que este es el caso de SuperHeavy. La lista es la siguiente: Mick Jagger, Joss Stone, Dave Stewart (Eurythmics), Damian Marley (uno de los hijos de Bob) y el músico y director de cine indio A.R. Rahman. En pocos pasajes del álbum logran entusiasmar. Algunos temas parecen incluso que fueron grabados para El General, ese que cantaba El Meneaito, especialmente cuando rapea Damian Marley. No llega a ser un disco de rock, tampoco de reggae. Es un híbrido que podemos llamarlo pop, es un poco de todo y sin representar nada. Lo mejor es cuando canta Jagger y a algunos pasajes de Joss Stone. El responsable musical es Dave Stewart, quien supongo que comenzó a pergeñar este proyecto allá por 2004 luego de grabar junto a Jagger y Stone la banda de sonido de la película Alfie. Pasaron siete años desde aquellas sesiones y lo único que sacó en limpio es que lo que hicieron en el pasado fue mucho mejor.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Changing of the guards

La melodía de esta canción estuvo rondando mi cabeza durante mucho tiempo. Sigilosa, imperceptible, como una sombra tenue. De tanto en tanto brotaban de mis labios apenas algunas palabras de un estribillo que no llegaba a comprender. Supongo que eso mismo me pasó con muchas otras creaciones de Bob Dylan. Fue recién el año pasado cuando la canción finalmente me dio un mazazo. Y no fue la versión de Dylan la que me puso de frente ante una melodía conmovedora y una letra compleja y un tanto ambigua. Fue cuando conseguí el disco de Chris Withley y Jeff Lang, Dislocation blues, la obra póstuma del primero. El track once, Changing of the guards, tiene una carga emocional muy profunda, casi como una fuerza sobrenatural que fluye desde lo más remoto del alma de un ser humano que sabe que tiene los días contados. Withley murió poco después de grabarla. Su versión es hoy un tema central en mi vida.

Dylan compuso Changing of the guards en 1978 y fue editada como el primer track del álbum Street legal. La letra es difícil de interpretar, parece una selección de palabras al azar que conforma un todo abstracto. La carrera musical de Dylan está plagada de situaciones como esa. En su interpretación sobresalen los coros femeninos que le dan un tinte gospel y una sección de vientos que se cuela entre verso y verso como si estuviera rindiendo homenaje a los mariachis de la Plaza Garibaldi. La voz de Dylan es sofisticada e intrínseca. Está acorde con la letra. Michael Gray, uno de los tipos que más sabe sobre Dylan, hizo su interpretación de Changing of the guards. Según él, se trata de una reseña de la vida del cantante, desde sus comienzos en la música a los 16 años hasta su divorcio de Sara y su conversión al cristianismo. Dylan, por su parte, y fiel a su estilo, trató de explicar que la canción significa cosas diferentes cada vez que la canta. “La canción tiene mil años”, dijo. De todas maneras, no es un tema que Dylan suela tocar en vivo. Tal vez las únicas veces que lo hizo fue durante la gira de 1978, posterior al lanzamiento de Street legal.

Sixteen years/Sixteen banners united over a field/Where a good shepherd leads/Desperate men, desperate women divided/ Spreading their wings/'Neath the falling leaves

La versión de Whitley y Lang es más cancina y conmovedora. La voz del primero suena apagada y moribunda, en contraposición a de la del segundo que suena vital y esperanzadora. Ya la escuché infinidad de veces y cada vez que la vuelvo a oír no puedo evitar emocionarme hasta las lágrimas. Más allá de la melodía, la interpretación y la guitarra blusera, hay momentos aislados brillantes que se sostienen en el énfasis con el que ambos músicos pronuncian ciertas palabras: “my last deal gone down”, “ebony face”, “renegade priests”, “previous times”, "I don’t need your organization”, "wheels of fire”, “between the King and the queen of swords”.

Hay algunos covers más, pero no muchos. Rescato el que Patti Smith grabó para su disco Twelve, en 2007. Con una base de guitarra acústica, un tanto más ordenada que la original, la voz de la cantante surge más natural. Suena más dinámica aunque tenga una cadencia más pronunciada.

Bob Dylan tiene decenas de temas que se convirtieron en clásicos del rock and roll. Cada fan suyo tiene su tema predilecto, Changing of the guards es el mío.


lunes, 19 de septiembre de 2011

Música de raíces

JJ Grey podría ser el Jack Johnson de la Costa Este. No tanto por el estilo de música que interpreta sino por su pasado surfista. Durante muchos años el tipo viajó por el mundo con el objetivo de conocer playas y surcar las olas más intensas. Pero a diferencia del hawaiano, Grey tiene un anclaje más profundo en las raíces de la música estadounidense. Su sonido combina el blues y el rock sureño con un poderío vocal inspirado en los grandes cantantes de soul.

La historia musical de JJ Grey comenzó a escribirse en Jacksonville, Florida, su ciudad natal. En 1994 JJ se sumó a Daryl Hancey, con quien formó JJ Grey & Mofro. Ese año viajaron a Inglaterra para firmar un contrato discográfico que se cayó a último momento y volvieron a los Estados Unidos con las manos vacías. Recién en 2001 fueron contratados por el pequeño sello independiente Fog City Records, de San Francisco, y grabaron su primer álbum. La banda comenzó así su camino hacia el lugar en el que está hoy. Se convirtieron en regulares de festivales importantes como Austin City Limits, New Orleans Jazz and Heritage y Bonnaroo. También abrieron conciertos para artistas como Ben Harper y Jeff Beck.

En 2006 les llegó la gran oportunidad. Pese a no ser un músico estrictamente blusero, Alligator Records, uno de los sellos discográficos más importantes del género, sino el más, lo contrató y desde entonces editaron juntos tres discos de estudio: Country ghetto, Orangle blossoms y Georgia warehouse. Todos los trabajos fueron muy bien recibidos por la crítica y consolidaron aún más la figura de la banda.

Ahora acaba de salir un nuevo álbum, esta vez en vivo. Brighter days –The film and live concert álbum- está conformado por doce temas,
algunos de ellos alucinantes como Lochloosa, The sweetest thing o The sun is shining down. El disco es un collage de sonidos del sur. Aquí por momentos JJ suena como si fuera un cantante de gospel en trance. La sección de vientos gana lugar y Mofro se transforma en una experimentada banda de R&B. Además de ser un notable cantante, JJ toca la armónica, la guitarra y es un formidable compositor. Todos los temas que incluye este trabajo, grabado en enero la ciudad de Atlanta, fueron compuestos por él.

Air puede ser la canción que más se asemeje a lo que hace Jack Johnson. En todo caso ellos, así como también Ben Harper, Donavon Frankenreiter, Grayson Capps, Hayes Carll y Ryan Bingham, cada uno con su estilo definido, son el futuro de la música de raíces, las esponjas que absorben todo lo que pasó en medio siglo de música y que se lo devuelven al público en nuevo formato y con un tamiz propio. Brighter days cierra con On fire, una orgía de sonidos en los que los solos de guitarra se cruzan con unos vientos descontrolados. Tal vez sea uno de los momentos más arrebatados de toda la presentación y una definición clara de lo que JJ Grey & Mofro pueden llegar a dar.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Princiclapton

Tom Principato salvó una noche que empezó complicada. Y la salvó con lo que sabe hacer: tocar blues. En la puerta de La Trastienda nos enteramos de que el otro guitarrista que compartía cartel con él, Kirk Fletcher, no se iba a presentar. La explicación fue que perdió su vuelo en Dallas y que llegaría a Buenos Aires un día más tarde. Lo cierto es que el International Guitar Festival que estaba anunciado terminó siendo el show de uno solo. MGB Producciones, encargada de la presencia de Fletcher, compensó con entradas gratis para el show que dará hoy en Monte Grande.

Lo cierto es que hubo música y de la buena. Principato es un guitarrista muy fino, tiene un estilo de tocar limpio y por momentos poco convencional. Es cierto que suena muy parecido a Eric Clapton -algunos le dicen "el heredero"-, aunque más que nada cuando canta. Abrió con Don’t wanna do it, el tema con el que empieza su último disco, Part of me (2010), donde le afloró todo el Clapton que lleva adentro. Algo parecido fue cuando interpretó Part of me, una balada blusera que fluye con unos solos libres e incisivos.

El repertorio siguió con varias canciones de ese álbum, aunque también hizo un par de covers: una fabulosa versión de Crosscut saw, Walkin’ blues y Rock me baby, tema que eligió para el bis. También mechó algunos de sus viejas composiciones instrumentales: Santana Claus, su tributo al guitarrista mexicano, y Tango’d up in blues, un acercamiento muy interesante a la música porteña, en el que los solos de su Telecaster evidenciaron cuánto admira al gran Piazzolla.

La banda que lo acompañó estuvo realmente muy bien. Gustavo Villegas, en teclados, Martín Cipolla, en bajo, y Julián Villegas, en batería, mostraron una solidez impresionante. Se nota que estudiaron las tablaturas que Principato les envió desde los Estados Unidos y que además se entendieron muy bien en los ensayos y en los shows que dieron en Mr. Jones y en el Teatro Ideal de Venado Tuerto. Gustavo Villegas alternó entre el sonido del hammond y el del piano y por momentos armó un entramado fabuloso de sonido con la guitarra de Principato.

Fue una muy buena noche de blues, pese a la mala noticia del comienzo. El público se bancó bien la ausencia de Kirk Fletcher (el viernes también tocará en Mr. Jones), se relajó y disfrutó con Principato, quien brindó un show espléndido, con cambios de ritmo, sin encasillamientos y mucho swing.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Blues con agallas

Willie Buck canta como Muddy Waters y Magic Sam. Tiene la potencia y crudeza del primero y la fineza profunda –bittersweet- del segundo. Willie Buck sabe de que se tratan los blues. Tiene la sangre caliente y canta con el alma. Lo de Willie Buck es blues con agallas, que brota desde la médula, y no se aplaca. Anoche combinó esa experiencia con músicos mucho más jóvenes que él, que nacieron muy lejos de la Ciudad del Viento y musicalmente todo cuajó notablemente.

El cantante se lució en Fusas y Corcheas, un bar ubicado en el corazón de Balvanera, en un viejo y pintoresco edificio. Wille Buck hizo su trabajo muy bien. Vestido todo de blanco, como si fuera un enfermero de urgencias, cantó más de una docena de canciones, en su mayoría temas de Muddy: Baby, please don’t go, She’s nineteen years old, Trouble no more, I’m ready, Manish boy, Hoochie Coochie man y Walking thru the park. Su versión down home de Champagne and reefer fue muy celebrada por la gente. Otro de los mejores momentos del show fue cuando cantó Little by Little.

Willie sonó muy bien porque la banda estuvo a la altura del acontecimiento. José Luis Pardo, guitarrista argentino que vive en España, demostró que está en un nivel superlativo. Sabe cuando irrumpir con unos solos punzantes y sabe cuando tiene que llevar la rítmica para que Willie haga lo suyo. Lo escuché cantar un par canciones y la verdad que también lo hace muy bien. Cuando llegué al bar, él estaba interpretando Love and happiness, de Al Green, tema que grabó en su disco Country and City blues. Cuando promediaba el show, mientras Willie tomaba un descanso, se despachó con una exquisita versión de I belive to my soul, de Ray Charles, con unos punteos profundos y unos coros con mucho swing.

Quique Gómez, el otro invitado de la noche, es un gallego que toca la armónica y es un buen frontman. En un momento tomó coraje y le pregunto al público si le gustaba la música de los ochenta. No hubo muchas respuestas claras y entonces anunció que iba a cantar una canción de Cindy Lauper. Pensé que iba a ser Time after time, para tratar de emular con la armónica a Miles Davis, pero no. El tipo cantó una versión bluseada de Girls just wanna have fun. De frente al público, como un crooner, logró que todos cantaran con él. Me gusta cuando los artistas de blues salen del repertorio clásico. La base de todo tuvo una custodia férrea. Mauro Diana, Machi Romanelli y Gonzalo Martino llevaron todo con ritmo y soltura, tanto en los blues más duros de Chicago como los temas con más souleados, como Funny how time slips away, de Willie Nelson, por ejemplo.

El cierre del show no tuvo sorpresas, pero la gente lo disfrutó mucho. Got my mojo workin’ debe ser, junto con Sweet Home Chicago, el tema que los músicos de blues más eligen para sus bises. Willie la entonó con ganas y logró que todos cantaran el coro con él. Fue una muy buena noche de blues, con notables interpretaciones y mucho feeling, en un ámbito pequeño y relajado. El viejo Willie, 74 años y mucho blues a cuestas, dejó una gran impresión.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Lanzamientos II

Seasick Stevie – You can't teach an old dog new tricks. En la edición del mes de agosto de la prestigiosa revista inglesa Mojo me encontré con un aviso de una página que me llamó la atención. En la foto se ve a un hombre con su larga barba cana, que lleva una gorra y viste una camisa a cuadros abierta, una remera y un jean. El hombre, de unos sesenta y pico, se muestra seguro y confiado. En grandes letras amarillas figura su nombre artístico: Seasick Stevie. Debajo, con otra tipografía y en blanco, está escrito el título del disco que acaba de editar, You can't teach an old dog new tricks. Además de una pequeña foto con la portada del álbum figuran algunos adjetivos rimbombantes sobre su música: “Blistering”, “Storming”, “Superlative” y “A masterclass”. You can´t… es la obra consagratoria de este músico que creció en California, vagabundeó por el mundo tocando en las esquinas de varias ciudades, y que recién encontró su oportunidad de grabar hace pocos años en Noruega. Tiene un sonido crudo, áspero, que cruza el blues con el folk: podríamos decir que es la versión white trash de Junior Kimbrough y R.L. Burnside. Fabuloso. ¡Búsquenlo!

Eric Sardinas – Sticks and stones. El primer disco de Eric Sardinas (Treat me right, de 1999) fue arrollador. Un músico nuevo, con un apellido llamativo, y un estilo de tocar simple pero efectivo, había logrado un blues de slide potente, una especie de fusión entre el power metal y las raíces más profundas del Mississippi. Sardinas y su dobro eléctrica condensaron el espíritu de Stevie Ray Vaughan, Johnny Winter y George Thorogood en un álbum electrizante. Pasaron doce años desde aquél lanzamiento del sello Evidence y las cosas para Sardinas nunca lograron despegar del todo. Si bien su nombre figura habitualmente en varios festivales de blues y sus presentaciones en vivo son dinamita pura, sus discos siguientes, tres en total, no lograron llegar a la altura del primero. Sardinas cayó en repeticiones y clichés. Su nuevo álbum, Stick and stones, el primero para Provogue Records, es un poco más de lo mismo. No es un disco aburrido ni mucho menos. Tiene solos de guitarra, tanto eléctricos como acústicos, tremendos. Pero las canciones no dicen gran cosa. Si nunca escuchaste a Sardinas, te recomiendo que consigas su primer disco, el único que me parece vale la pena escuchar más de una vez.

Ana Popovic – Unconditional. La tapa es muy provocativa: el cuerpo desnudo de Ana Popovic se esconde tras una guitarra Fender. Para algunos es un elemento más de marketing, para otros es una foto artística. Lo cierto es que, más allá de cuál haya sido su finalidad, podríamos decir que es innecesaria. Lo que importa es la música. A diferencia de Sardinas, la chica nacida en Sarajevo, Serbia, hace 35 años, ha logrado consolidar un estilo tanto en vivo como a la hora de grabar. Unconditional es su sexto álbum, el tercero para Electro Groove Records, y suena muy bien. Popovic logró posicionarse en el lugar que antes tenían ocupado otras damas como Sue Foley, Debbie Davies y Deborah Coleman. Basta escuchar el primer tema, Fearless blues, para entender de que va el álbum. La voz sensual de Popovic se combina con sus solos de guitarra electroacústica. Todo se funde en unos coros mixtos que surgen como una brisa en medio de un día cálido y un piano que recorre la canción como el oleaje de una marea calma. Popovic además demuestra su virtuosismo cuando encara el standard de Nat Adderley, Work song. El resto de los temas no decaen. Un disco "satisfacción garantizada".

sábado, 3 de septiembre de 2011

Lanzamientos I

Kenny Wayne Shepherd – How I go. En los noventa apareció como una promesa a corto plazo. Un guitarrista que parecía que tenía todo para usurpar el lugar vacante que Stevie Ray Vaughan había dejado con su muerte. Pero la carrera de Kenny Wayne Shepherd tomó su propio curso. Ledbetter Heights (1995) fue un álbum asombroso y apenas era su debut. Luego, sus siguientes discos, si bien fueron muy buenos, no tuvieron la contundencia y espontaneidad del primero, aunque lograron encaminar su carrera. La aparición de Joe Bonamassa le quitó a KWS esa responsabilidad que surgía de la perpetua comparación con el ídolo muerto. Entonces, todo cuadró. Luego de 10 days out (2007) y Live in Chicago (2010), en los que KWS dio un giro hacia el blues más tradicional, llega How I go, un trabajo excelente en el que el guitarrista combina su estilo estimulante con retazos de sus influencias. Así, entre varios temas propios, se cuelan unos covers buenísimos: Oh, pretty woman, de Albert King; Blackwater Blues, de Bessie Smith; y Yer blues, de los Beatles. La guitarra de KWS se ve reforzada por el poderío vocal de Noah Hunt y la base rítmica de los Double Trouble, Tommy Shannon y Chris Layton. No lo dejen pasar.


Ry Cooder - Pull up some dust and sit down. El viejo maestro lo hizo una vez más. Los bluseros más acérrimos tal vez no puedan disfrutar de su música, porque Cooder es un tipo al que realmente no se lo puede encasillar en un estilo definido. Si repasamos su carrera nos vamos a encontrar que tocó con músicos tan diversos como Taj Mahal, los Rolling Stones, Ali Faka Toure, los cubanos de Buena Vista Social Club, el Flaco Jiménez, Randy Newman y los Chieftains. De todos ellos absorbió algo. Pero además, Cooder es un arqueólogo musical, un incansable buscador de viejos sonidos, de los Estados Unidos y del mundo. Pull up some dust and sit down está conformado por crónicas actuales que reflejan la debacle económica de los Estados Unidos y sus consecuencias. Elocuente en ese sentido es el track que abre el disco, No banker left behind. El álbum, obviamente, es un collage de estilos: hay blues (John Lee Hooker for president), baladas (Dirty Chateau y Baby joined the army), corrido mexicano (El corrido de Jessie James), gospel (Lord tell me why), rumba rock (I want my crown), reggae (Humpty dumpty world) y tex mex (Dreamer). Un disco excelente y conmovedor que ratifica que Cooder no perdió la creatividad ni la sensibilidad para escribir grandes canciones.

Moreland & Arbuckle – Just a dream. Antes de darle play a este disco suban el volumen. Blues crudo y sin tapujos. La fórmula es sencilla: la armónica de Dustin Arbuckle y la guitarra con slide de Aaron Moreland se apoyan en el pulso frenético de la batería poderosa de Brad Horner. Por momentos suenan como un desprendimiento descarnado de los Black Crowes, o como una versión más pura de John Spencer, o como los hijos no reconocidos de Junior Kimbrough y Canned Heat. La energía que derrochan estos muchachos desde el vamos es tal que cuando el disco termina uno necesita unos minutos para recuperar el aliento. Just a dream es su sexto álbum y el mejor de todos. Nueve de los doce temas fueron compuestos por ellos y hay dos covers fabulosos: Heart attack and vine, de Tom Waits, y Who will be next, de Howlin’ Wolf. El álbum cuenta con un invitado de lujo: Steve Cropper aporta su guitarra en White Lightnin'. Moreland & Arbuckle alcanzaron lo que venían buscando desde hace una década: definir su propio sonido, combinando sus influencias más profundas con un estilo moderno y arrollador.

martes, 30 de agosto de 2011

El último eslabón

Se fue el último eslabón con el blues originario del Delta. David “Honeyboy” Edwards murió a los 96 años y hasta hace muy poco seguía presentándose en vivo, con menos intensidad que antes pero con el mismo espíritu. Honeyboy fue una figura central de la historia del blues. Contemporáneo de Big Joe Williams, Charley Patton y Son House, fue amigo y compañero de ruta de Robert Johnson. En 1942, lo descubrió Alan Lomax, quien lo grabó en Clarksdale, Mississippi. Años más tarde, Honeyboy transitó el sendero hacia el norte, como un gran número de la población negra del sur, y se instaló en Chicago. Allí se ganó un lugar y con el tiempo se volvió en uno de los músicos más respetados de la ciudad, siempre respetando la tradición de la tierra en la que nació.

En marzo de 1993 Honeyboy visitó Buenos Aires. Tocó como telonero de Jimmy Rogers en el Teatro Opera. No recuerdo muchos detalles de aquel recital, pero sí retengo algunas imágenes en mi mente. También conservo la entrada y un recorte con la reseña del show que César Padrines escribió para La Nación:

“Cada uno con su estilo, Honeboy y Jimmy Rogers respetaron el purismo del blues. El primero, con una guitarra Gibson Recording de media caja y una forma de tocar similar a la que empleaban los músicos de los antiguos barrelhouse, recreó los viejos blues, inclusive algunos como Sweet Home Chicago, del legendario Robert Johnson.

Estático, casi como un Buda negro, Honeyboy deleitó a quienes fueron en busca de los tradicionales blues. Con un estilo formado en el viejo Mississippi, Honeyboy (junto con Michael Frank en armónica) avanzó sobre una suerte de repaso de los viejos temas. Con total tranquilidad, a
un sin perderla cuando se iba de tiempo, Edwards demostró un profundo conocimiento del blues.

Uno de los mejores momentos del blusero, con sus 77 años, fue cuando interpretó otro tema de Johnson, The Phonograph blues: su voz, característica del sur de los Estados Unidos, alcanzó un excelente registro. También brilló en el cierre de su actuación con la versión instrumental de Aleluya como la amo, de Ray Charles (…)”.

Si nunca escuchaste a Honeyboy, ahora es un buen momento para
que su música se mantenga viva. Una buena forma de empezar es el compilado Delta bluesman o el disco que grabó junto a Sunnyland Slim, Big Walter Horton y Floyd Jones para el sello Earwig, Old friends, que de hecho son los más fáciles de conseguir. En esos dos cd’s están condensadas décadas del más puro blues, el de un artista centenario y que siempre fue fiel a sus raíces.

domingo, 28 de agosto de 2011

El futuro del blues


La versión de Purple rain que interpretó Slam Allen sobre el final del show fue uno de los mejores momentos musicales que me tocó vivir en La Trastienda. El sonido limpio de su guitarra y su canto sentido transformaron el tema de Prince, emblema de la década del ochenta, en un blues de raíces profundas pero con una impronta muy actual. Esa es la magia de Slam Allen. Él no necesita promocionarse como un artista 110 por ciento blues. Eso es apenas un slogan que no significa absolutamente nada. La fusión de estilos no altera la esencia. Con Slam el blues está ahí, arriba del escenario. Brota de su guitarra. Fluye por sus venas y sus arterias. Nace en sus entrañas.

Está claro que a Slam Allen no le gusta el encasillamiento. Es un hombre de blues, definitivamente. Pero también es un soulman. Y a la hora de elegir canciones no se ciñe al repertorio clásico. Puede pasar de una explosiva versión de How blue can you get a una delicada interpretación de Baby can I hold you, de Tracy Chapman, y luego recrear el espíritu de Jimi Hendrix con Hey Joe, para cerrar con una animada Sweet Home Chicago.

Pese a su enorme figura, Slam no es un artista estático. Durante la hora y media que duró su show se bajó dos veces del escenario. La primera lo hizo con su guitarra, mientras la banda mantenía el ritmo de blues. Slam recorrió las mesas y, sin parar de tocar posó para las fotos, le dio la mano a todo aquél que se la tendió e incluso intercambió unos besos con una rubia que no tuvo pudor en acercársele de manera muy provocativa. Sobre el final del show volvió a bajar. Esta vez sin su guitarra. Otra vez caminó entre las mesas, agradecido, y saludó a todos los que pudo.

Otro de los puntos altos de la noche fue la sinergía que logró Slam con Nasta Súper. La banda ya había tenido una muy buena experiencia a principios de año cuando secundó a Chris Cain en el mismo escenario. Ahora, con mucha profesionalidad y sentimiento hicieron lo mismo con Slam. Por momentos, hasta pareció que hubieran tocado juntos durante muchos años. Gabriel Cabiaglia, Mauro Cerielo y Walter Galeazzi sostuvieron la base rítmica con fluidez y entusiasmo, pese a que el guitarrista Rafael Nasta pareció un tanto arrogante en algunos pasajes.

La voz de Slam condensa sus influencias: Otis Redding, Sam Cooke, BB King y Hendrix se mezclan en cada estrofa que canta. No por nada James Cotton lo eligió para cantar en su banda. Slam va a cumplir 45 años el mes que viene y todavía tiene mucho por delante. Entrelaza el pasado y la tradición con todo lo que está por venir. Él es el futuro del blues.

viernes, 26 de agosto de 2011

Mucho más que un tributo

Steve Cropper no es un nombre menor en la historia de la música. Fue el guitarrista de Booker T & The MG’s, tocó junto a Otis Redding, Sam & Dave y Wilson Pickett, y se hizo famoso con la película de los Blues Brothers, grupo en el que todavía sigue tocando pese a las múltiples bajas sufridas a lo largo de los últimos treinta años. Su nombre está emparentado con el sello Stax y la época más creativa de la música soul. Ahora acaba de sacar un disco brillante: un homenaje a la banda que más lo influenció en su juventud, The 5 Royales.

Dedicated es un álbum que tiene una producción exquisita, muy buenas interpretaciones y un listado de músicos invitados de lujo: B.B. King, Lucinda Williams, Steve Winwood, Brian May, Shemeika Copeland, Delbert McClinton, John Popper, Sharon Jones y Bettye LaVette. Pero además, Cropper se rodeó de una banda muy sólida conformada por Buddy Miller (guitarra), Sponner Oldham (teclados), Steve Ferrone (batería) y David Hood (bajo), además de Neal Sugarman y John Tiven en los vientos.

The 5 Royales fue una banda que no trascendió en el tiempo, pero en su momento tuvo una importancia significativa en el salto creativo e interpretativo que hubo del R&B de los cincuenta al soul propiamente dicho. La banda tuvo siete temas en el top ten de los charts entre 1952 y 1953. Algunos de sus temas fueron popularizados tiempo después por otros artistas: James Brown y Aretha Franklin versionaron Think, Ray Charles hizo lo propio con Tell the truth y The Mamas and The Papas con Dedicated to the one I love. Steve Cropper contó en varias entrevistas que lo que más lo marcó de los 5 Royales fue su guitarrista, Lowman Pauling.

La guitarra de Cropper suena majestuosa desde el primer acorde en Thirty second lover, en el que el cantante inglés Steve Winwood da rienda suelta a su costado más soulero. Uno de los puntos más altos del disco es cuando B.B. King y su Lucille toman las riendas de Baby don't do it y comparte la letra junto a Shemeika Copeland, la mejor cantante de blues actual, según las palabras del propio Cropper. Dedicated to the one I love también es formidable gracias al dueto de Winwood y Lucinda Williams. Y la versión instrumental de Think suena como si los MG’s estuvieran en plena vigencia. Dedicated es mucho más que un tributo. Es la revalorización histórica de un grupo que hace 60 años fue el puente entre los sonidos del ayer y la música de hoy.

domingo, 21 de agosto de 2011

JC's blues

JC Smith es un tipo fornido y esbelto. Su gran humanidad no pasa desapercibida. Viste un sobretodo rojo, de un rojo muy chillón, y un sombrero oscuro. Debajo, lleva un pantalón también rojo y un chaleco a tono por encima de una camisa negra. Detrás de su gran sonrisa asoman unos dientes enormes y blancos que contrastan con su piel morena. Parece un chulo de esos que se esconden en sombríos callejones, pero su actitud es muy diferente. Camina hacia el escenario del pub Mr. Jones con la convicción de los tipos que disfrutan de lo que hacen. Y eso es tocar.

Sobre la pequeña tarima lo espera el guitarrista Martín Luka con su banda. JC toma su Gibson Les Paul y el blues toma vuelo. Mr. Jones está repleto. Ese pequeño bar estilo Chicago, enquistado en el corazón de Ramos Mejía, en uno de los vértices de la populosa La Matanza, vibra al ritmo del blues. JC anima. JC insita al baile. Algunos se mueven con ganas. Otros prefieren quedarse sentados y seguir bebiendo, pero sus cabezas no pueden resistir el impulso de la música que baja como un aluvión desde el escenario. JC está por tercera vez en la Argentina y esta vez tiene un motivo muy importante: presentar su flamante DVD, que fue grabado en el mismo lugar el año pasado.

Suena la campana que está junto a la barra. Una y otra vez. Eso no significa otra cosa que fiesta, diversión. JC vive en San José, California. Pero su estilo no es decididamente de la Costa Oeste. Tiene un anclaje emocional en Chicago, pese a que tampoco suena tan esquemático como los músicos más apegados a la tradición de esa ciudad. Sus solos no son tan prolongados y deja lugar para que los miembros de la banda hagan lo suyo. JC es un gran cantante. No tiene que impostar la voz. Todo le sale de manera muy natural.

En la mitad de la primera parte, hay cambio de músicos. Martín Luka y su saxofonista Giuseppe Puopolo dejan el escenario y sube una sección de vientos (dos saxos y un trombón) que le dan una impronta todavía más festiva a la música de JC. En el segundo set, luego de un breve receso en el que JC en vez de descansar aprovecha para sacarse fotos con el público, suben un par de invitados y todo se transforma en una gran zapada. Primero la cantante Nina Portela y luego el guitarrista de Andrés Calamaro, Diego García, quien canta Before you accuse y luego interpreta un shuffle instrumental con JC aporreando la batería.

El repertorio tiene de todo: desde Sweet home Chicago y Look over yonders wall, hasta Black night y Natural ball. Para el cierre JC llama de nuevo a Martín Luka. La campana suena sin parar. JC deja en claro que, pese a no ser un artista tan conocido, se destaca por su energía y carisma. La gente así lo entiende y lo despide con un fuerte aplauso. JC baja del escenario y allí, entre las mesas lo espera su mujer, Tina. “Estás todo sudado”, le dice. JC se aleja con una sonrisa y ella me mira y me dice: “Menos mal, porque si un músico no suda en el escenario es porque hay algo que está mal”.

JC Smith se presentará en vivo en La Trastienda el jueves 1º de septiembre