No hay otro lugar en el mundo en el que Gregg Allman se sienta más cómodo que arriba de un escenario. Ya sea con los Allman Brothers o al frente de su propia banda, cada uno de sus recitales se convierten en piezas de colección: el viejo Gregg cuenta con su propio equipo de grabación y todos los shows que da quedan bien resguardados. Ahora, Jazz Fest Live 2011, su último capricho discográfico, fue editado en cd.Grabado el 6 de mayo en Nueva Orleans, en uno de los festivales más importantes y tradicionales de los Estados Unidos, y con una banda conformada por músicos de primer nivel -Scott Sherrard (guitarra), Bruce Katz (teclados), Jay Collins (saxo), Jerry Jermott (bajo), Steve Potts (batería), Floyd Miles (percusión), Ian Smith (trompeta) y Derek Houston (saxo)- el disco es una buena combinación de lo mejor de Gregg como solista y como líder de la gran banda de rock sureño.
El show empieza con una poderosa versión de Don’t keep me wonderin’, tema que los Allman grabaron en 1970 para el disco Idlewild South. Los teclados de Gregg y Bruce Katz se entrelazan para que el slide de Sherrard le de la impronta sureña que supo inaugurar Duane Allman y que continuaron Dickey Betts, Warren Haynes y Derek Trucks. El segundo tema es una exquisita versión de I’m no angel, que Gregg grabó para su disco solista de 1986. Luego se zambulle en el blues profundo con Tears, tears, tears, de Amos Milburn. Pocos cantan tan bien los blues como Gregg Allman. Sigue con otra canción de su último disco de estudio: Just another rider es la esencia pura de los Allman y la interpretación en vivo es más funky que la del álbum Low country blues. Después viene el momento del bluesman de la Florida Floyd Miles, quien canta una de sus composiciones: Going back to Daytona. El blues sigue muy presente porque después la banda se despacha con I can´t be satisfied, de Muddy Waters, en el que una vez más el slide de Sherrard envuelve toda la estructura de la canción
Cuando promedia el show, una hermosa versión de Dreams anticipa que la segunda mitad estará dedicada casi en su totalidad a la música de los Allman. Hace un impasse con Before the bullets fly, de su etapa solista, donde el saxo de Jay Collins cobra protagonismo. Y entonces se viene la trilogía de éxitos que llevó a su apellido a lo más alto de la historia del rock: Melissa, Whiping post y Midnight rider. Antes de los bises, Gregg Allman presenta a su banda y cierra con Sweet feelin’, de Clarence Carter, y la legendaria Statesboro blues. Algunos podrán pensar que este es un disco más, pero lo que destila el viejo Gregg aquí es su vida misma, esa que el año pasado estuvo al borde de decir adiós y que ahora fluye con total naturalidad en el lugar que mejor le sienta: el escenario.








Eleven Eleven. El primer tema del disco, Harlam County line, me llamó la atención: me pareció estar escuchando a Tony Joe White y su groove pantanoso. Esa percepción se mantuvo en varias canciones más. Pero su música está lejos de los terrenos mohosos de Louisiana. Nacido en California en 1955, Dave Alvin desarrolló un estilo que mezcló el blues, con el folk y una pizca de country. Tocó junto a Little Milton y Ramblin’ Jack Elliott y una de sus canciones, Long white Cadillac, fue un éxito cuando la grabó Dwight Yoakam en 1989. En Eleven Eleven, Alvin interpreta once canciones, ¡claro!, que son como crónicas de la América profunda. En Johnny Ace is dead indaga en los sórdidos acontecimientos que rondaron la muerte del pianista en 1954. En temas como Run Cornejo run, Manzanita y No worries mija fluye la influencia hispana que abarca el sur de California. Eleven Eleven es un gran álbum que termina de confirmar que Alvin es uno de los más fieles exponentes de la música folclórica estadounidense.
Varios Artistas – Rave on Buddy Holly. Se trata de una revisión del catálogo de Buddy Holly, uno de los artistas más influyentes de la historia del rock. El disco tiene 19 covers interpretados por artistas tan diversos como Paul McCartney y Cee Lo Green. Algunas versiones son fabulosas, porque no son copias fieles del original y porque el artista o la banda en cuestión logran imprimirle su sello personal. Por ejemplo: Dearest, por The Black Keys; Everyday, por Fiona Apple y John Brion; Peggy Sue, por Lou Reed; Maybe baby, por Justin Townes Earle; y That’ll be the day, por Modest Mouse. Pero después hay otras que podrían directamente haberlas obviado como I'm gonna love you too, por Jenny O., o la versión extra lavada de Raining in my heart, de Graham Nash. De todos modos, es un buen disco que cumple con dos objetivos: reivindicar las melodías de uno de los pioneros del rock and roll y darle un halo de atemporalidad a esas canciones que ya cumplieron más de 50 años.
- The Lost Cause Minstrels. A Grayson Capps lo descubrí hace pocos meses cuando escuché su disco de 2006, Wail & Ride, gracias al blog de 




Los puristas del blues probablemente no se detengan a escuchar a John Popper, aunque deberían hacerlo. En la década del cincuenta Little Walter demostró que los límites de la armónica eran mucho más flexibles de lo que parecía hasta ese momento. Décadas después, con otra coyuntura, Popper le dio una nueva dimensión al instrumento. En este nuevo disco no avanza más allá con la experimentación sino que adapta sus soplidos a lo que las canciones le demandan. Make it better y Something sweet son dos temas alucinantes, especialmente el último, que tiene un groove relajado y sensual. Champipple es una especie de incursión campestre, donde prevalece la guitarra acústica, con una melodía alegre y altamente adictiva. Don’t tread on me tiene un magnetismo formidable y realmente parece que fue compuesta por Levon Helm y Robbie Robertson, aunque lleva la firma de Manson, Popper, Trainor.

Tedeschi Trucks Band – Revelator. Cuando dos personas aman la música y se aman entre ellos pueden lograr un álbum tan fantástico como Revelator. Derek Trucks, guitarrista de los Allman Brothers y frontman de su propia banda, decidió darle rienda suelta a un proyecto que elaboró con su esposa Susan Tedeschi, una formidable guitarrista y cantante, que hace años viene demostrando que es una figura importante dentro del mundo del blues. Con una formación que se parece a un equipo de fútbol, los once músicos que conforman la banda logran un sonido con mucho soul donde el blues, el gospel, el funk y el rock sureño se fusionan de una manera orgánica. La voz de Tedeschi y la guitarra de su marido son los puntales de este súper grupo que también cuenta con el bajista de los Allman, Oteil Burbridge, y otros músicos de primera línea. Además es loable destacar que cada una de las canciones están trabajadas con mucho esmero, lo que implica que más allá de ser excelentes músicos, Tedeschi y Trucks son grandes compositores y productores muy profesionales.
& Wynton Marsalis featuring Norah Jones – Here we go again (Celebrating the genius of Ray Charles). Esta es una sociedad que dio sus frutos. Luego del excelente disco de 2008, Two men with the blues, ahora van por más con este tributo a Ray Charles, para el que sumaron nada más y nada menos que a Norah Jones. El viejo Willie y el músico que osó desafiar a Miles Davis lograron amalgamar una vez más sus estilos, ésta vez trabajando las canciones de una de las figuras centrales de la historia de la música. Ray Charles fue un músico que estuvo por encima de los estilos: jazz, soul, country, blues. Todo eso era Ray Charles y todo eso es lo que hay en este homenaje agradable, entretenido y amable.
Ray Manzarek & Roy Rogers – Translucent blues. El sonido del teclado de Ray Manzarek tiene una mística especial que ha vencido al paso del tiempo. Día tras día, miles de chicos siguen descubriendo la música de los Doors, que todavía se presenta como un símbolo del encantamiento entre el rock, la poseía y la vida al límite. Claro que lo de Manzarek terminó siendo muy diferente a lo de Jim Morrison. Al segundo se lo consumió la época, las drogas, la fama y su propia personalidad. Manzarek, por el contrario, eligió el camino largo, y a 40 años de la muerte de Morrison sigue tocando con la misma pasión que antes. Como lo hizo en 2008 con Ballads before the rain, volvió a asociarse con el maestro del slide Roy Rogers, sólo que esta vez para el sello Blind Pig. Más allá de que lleve la palabra blues en el título, el concepto de Translucent es mucho más amplio: es una especie de adaptación moderna de los Doors, donde el sonido del teclado y la guitarra se combinan de manera muy natural, al igual que las voces de ambos protagonistas.
Samantha Fish, Cassie Taylor & Dani Wilde. Girls with guitars. Ruf Records reunió a tres chicas jóvenes, que representan la nueva sangre del blues para lanzar un álbum explosivo. La guitarrista inglesa Dani Wilde, la rubia de Kansas Samantha Fish y la hija de Otis Taylor, Cassie, combinaron sus talentos y el resultado es un disco de blues rock aguerrido y con mucha vitalidad. Las tres están tratando de ganarse un lugar en la escena musical y este trabajo seguramente les abrirá varias puertas. El disco tiene doce temas. Diez son composiciones de las chicas y hay dos covers: Bitch, de los Rolling Stones, y Jet airliner, de Steve Miller. Girls with guitars es una descarga eléctrica que sólo se desenchufa cuando Dani Wilde interpreta Reason to stay con una dobro. Las chicas tienen el blues y con este disco lo demuestran.
Jackson Taylor & The Sinners – Let the bad times roll. Llegué a este disco gracias al blog
– Stone rollin’. Basta escuchar el tema que da nombre al disco para darse cuenta de que Raphael Saadiq es un soulman de pura cepa. Su música conjuga el legado de Sly & The Family Stone, los Ohio Players y Earth, Wind & Fire. Saadiq nació en Oakland, California, en 1966. A fines de los ochenta, junto a su hermano y su primo, formó el grupo de R&B y neo soul Tony! Toni! Toné, que fue muy popular en la Costa Oeste. A fines de los noventa se sumó al súper grupo de hip hop y urban soul, Lucy Pearl, y en 2003 una de sus canciones grabadas por D’Angelo ganó un grammy. Su carrera solista, que comenzó en 2002, despegó definitivamente en 2008 cuando firmó para el sello Columbia y grabó The way I see it. Con Stone rollin’ se consolida como uno de los máximos exponentes de la nueva oleada del soul. 



1) La primera vez que lo vi en vivo fue en 1998 cuando se presentó como telonero de los Rolling Stones en River. Por entonces yo no estaba tan metido en su nueva música y, si bien había escuchado mucho sus discos de los sesenta, no disfruté tanto el show. Tal vez porque estaba en la popular y se veía y escuchaba mal o porque me traicionaba la ansiedad por ver a Jagger y compañía. Pasaron los años y mi interés por su música y su historia creció en forma desmedida. Y Dylan no desapareció, sino que se convirtió en el trovador de los tiempos modernos y en el guardián de la tradición musical más profunda. En abril de 2007 lo volví a ver en vivo.
ás de cuarenta álbumes oficiales y las discográficas lanzaron al mercado más del doble de compilaciones. Es difícil enumerar cuántas canciones compuso Dylan en medio siglo de carrera. Lo cierto es que debe haber unas 20 o 25 que tranquilamente podrían estar entre las 100 mejores de la historia del rock. Me preguntaron muchas veces cuál es para mí el mejor disco de Dylan. Antes de responder siempre hurgo en mi cabeza en busca de un par de razones para no elegir Highway 61 revisted, pero no las encuentro. Con ese disco hizo su primera reconversión: dejó el folk acústico por el rock bien eléctrico. Además es un álbum que tiene canciones alucinantes como Like a rolling stone, Desolation row, Just like Tom Thumb's blues y Ballad of a thin man, y el guitarrista es nada más y nada menos que Mike Bloomfield. Pero a la hora de elegir cuál de sus canciones es mi favorita, mi respuesta varía según el momento que yo esté atravesando: puede ser Don't think twice, is all right, One more cup of coffee o Gotta serve somebody. Hoy me quedo con Changing of the guards.
3) Esta es una anécdota gloriosa que me contó mi amigo Horacio Aizpeolea, un fanático absoluto de Dylan. Cuando el viejo Bob vino en 1998, Horacio era redactor de Información General de Clarín y José Aleman, su jefe, lo mandó a cubrir la llegada al aeropuerto de Ezeiza. Lo que apenas iba a ser una foto epígrafe se convirtió en una cabeza de página porque Dylan en vez de esperar que fueran a buscarlo los organizadores, paró un taxi y se fue al hotel. La curiosidad periodística picó a Horacio como nunca antes le había sucedido y luego de algunas averiguaciones encontró al taxista. Consiguió data de primera mano para su 


Robert Lockwood Jr. – Plays Robert & Robert. Un hombre puede exhalar su alma aullando blues mientras rasga una guitarra de doce cuerdas y eso es lo que se escucha en este álbum. Robert Lockwood Jr. no fue un músico cualquiera, fue uno de los últimos eslabones con el RJ real, el de carne y hueso, y no sólo su leyenda. Según cuenta la historia, Lockwood aprendió a tocar la guitarra de primera mano, ya que cuando era adolescente su madre mantuvo una relación amorosa con RJ. El joven Lockwood encontró en él al padre y mentor que anhelaba y con el tiempo se convirtió en su más fiel discípulo. Plays Robert & Robert -grabado en 1982 y editado en cd once años después por el sello Evidence- tiene seis temas de RJ, cinco suyos y uno de Ma Rainey, y es una obra fundamental en la discografía de cualquier blusero.
Me and Mr. Johnson. Que Clapton haya dedicado en 2004 este disco a la figura de RJ fue un gran aporte al blues por varios motivos: 1) permitió que muchísima gente de distintas partes del mundo, especialmente jóvenes, conocieran la leyenda de RJ y fueran a comprar sus discos o bajar su música; 2) finalmente, después de diez años, Clapton volvió a editar un disco 100 por ciento blusero; 3) sus interpretaciones de temas como When you got a good friend, Stop breakin’ down o Come on in my kitchen son fabulosas; 4) reunió una banda de lujo encabezada por Doyle Bramhall II, Billy Preston, Jerry Portnoy y el baterista Jim Keltner; 5) dio pie a una secuela ese mismo año –Sessions for Robert J.- con más covers y un dvd en el que se lo ve a él tocando en el mismo edificio de Dallas en el que RJ grabó en 1937.
Peter Green with Nigel Watson Splinter Group – Hot foot powder. La vida de Peter Green es para una película. Creó Fleetwood Mac -uno de los grupos más importantes de la historia del rock-, se convirtió en uno de los mejores guitarristas ingleses de los sesenta y dejó la banda porque no podía asimilar el éxito como casi todos sus pares. Luego tuvo una vida errante, de vagabundo y loco. Durante mucho tiempo poco se supo de él: padeció muchos vaivenes emocionales y grabó algunos discos bastante malos. A fines de los noventa decidió reconvertirse junto al Splinter Group y para eso eligió la música de RJ. En 1998 vio la luz The Robert Johnson Songbook, que no resultó ser un gran álbum, debido a que su voz estaba arruinada y el esfuerzo vocal de Nigel Watson y Paul Rodgers no alcanzó para compensar. Dos años más tarde lo intentó de nuevo: para Hot foot powder utilizó otras 13 canciones de RJ e invitó a maestros como Otis Rush, Dr. John, Buddy Guy, Hubert Sumlin y “Honeyboy” Edwards que le terminaron dando al disco lo que le faltó a su antecesor.
e Robert Johnson Project. Este disco fue editado el año pasado y es un tributo a RJ muy decente. La banda de San Francisco, que supo tener entre sus filas a Bob Weir, intentó imprimirle cierto toque personal a cada una de las 14 canciones que conforman el track list. En algunos temas lo lograron con creces: la exquisita zapada con cierto espíritu de jazz latino en If I had possession over judgement day; el sonido funky del piano en Phonograph blues; el fabuloso ritmo sensual del contrabajo en Me and the Devil blues; y el arrebato rockero de Traveling riverside blues, son algunos de los picos del disco. Claro que por momentos tiene sus altibajos, pero en líneas generales se trata de muy buena música interpretada de una manera personal e innovadora.


La banda merece un párrafo aparte. Benoit reunió a músicos que conocen el pantano como pocos: el hijo de Aaron Neville, Ivan, está a cargo de los teclados Hammond; Brady Blade lleva la rítmica desde su batería; y Core y Duplechin se encarga del bajo. Y cuenta con la segunda guitarra a cargo de Osborne, quien, según dijo, utilizó para estas sesiones la Lucille original de B.B. King.