sábado, 29 de septiembre de 2012

El slide


Slide significa deslizar en inglés. Y la técnica del slide en la guitarra es justamente eso: deslizar hacia arriba o hacia abajo un cilindro metálico o un cuello de botella sobre las cuerdas del mástil para obtener un sonido más punzante, casi como un lamento profundo, un llanto desesperado o un gemido sensual. El sonido que produce la guitarra con slide es uno de los más característicos del blues. En su versión acústica, define el estilo del Delta del Mississippi, mientras que su faceta eléctrica representa la potencia del blues de Chicago. Claro que cercar el uso del slide a esas dos variantes sería encasillarlo, ya que en realidad es mucho más amplio: se utiliza en el rock, en el country y, especialmente, en la música hawaiana.

Mano izquierda de Hound Dog Taylor
Rastrear el origen del slide es una tarea titánica. Como bien escribió el prestigioso músico Gabriel Grätzer en su revista Notas Negras “desde tiempos remotos, el ser humano ha deslizado objetos como piedras, metales o vidrio sobre los distintos instrumentos de cuerda. En África del Oeste existen algunos como el dan bau que se remonta al siglo XVI, cuya única cuerda afinada, generalmente en Do, se enganchaba a una cabeza de calabaza que era, a su vez, utilizada como resonador. Un trozo metálico o un hueso eran empleados para deslizarse por sobre la cuerda y así cambiar la altura de las notas. En Asia, en países como China, Vietnam o Filipinas, existía, con diferentes nombres, el duxianqin o guquin similar al dan bau y que por su forma de tocarse de manera de lap, es un antecesor del lap steel guitar. En la India Subcontinental, se encontraba el vichitra veena que se tocaba deslizando una bola de vidrio por la única cuerda que lo componía”.

La utilización del slide en el blues es tan vieja como el género mismo. Los músicos primitivos, por lo general, usaban una navaja o una botella para obtener ese sonido tan característico. Uno de los casos más notorios de comienzos del siglo pasado es el del texano Blind Willie Johnson, que combinaba el blues con el gospel y cantaba con una de las voces más potentes y densas que jamás se hayan escuchado. Sin embargo, una de las primeras referencias al uso del slide la aportó el legendario W.C. Handy. En 1903 esperaba un tren en el poblado de Tutwiler, Mississippi, para ir hacia Clarksdale cuando escuchó a un vagabundo tocar la guitarra. Le llamó mucho la atención el sonido que obtenía y cuando se fijó bien notó que éste usaba una navaja para pasar de un traste al otro. Eso impactó tanto a Handy que lo llevó a componer una canción inspirada en la melodía que escuchó esa noche y que pasó a la historia como Yellow dog blues. Muchos señalan que ese episodio le dio su nombre al blues.

Las referencias históricas apuntan a que el primero en grabar usando la técnica del slide fue el olvidado Sylvester Weaver. Ocurrió en 1923 y esos temas, que fueron editados por el sello Okeh, son Guitar blues y Guitar rag. En el Delta del Mississippi el slide o bottleneck se convirtió en un accesorio obligatorio de los guitarristas. Charley Patton hacía chillar las cuerdas de su Stella. Lo mismo hacía Son House con su dobro o Robert Johnson con la Kalamazoo KG-14. “La guitarra generalmente se afinaba en lo que se denomina sol o re abierto y el uso del slide está más ligado a lo rítmico que a lo melódico. Los intérpretes de esta región tienden a usarlo como respuesta vocal a la vez que marcan de manera muy enfática los cambios de acordes”, explicó Grätzer.

Duane Allman
El uso del slide se propagó por todo el sur de los Estados Unidos. En Texas, el ya mencionado Blind Willie Johnson y Blind Lemon Jefferson fueron sus máximos exponentes. En la Costa Este, apareció Blind Willie McTell y en Georgia Tampa Red, quien luego se mudó al norte y fue uno de los pioneros del blues de Chicago a comienzos de la década del 30. Pero sin duda el efecto más penetrante de la guitarra con slide se afirmó en esa ciudad a fines de los 40 con la electrificación del sonido. Músicos como Muddy Waters, Elmore James, Robert Nighthawk y Homesick James adaptaron el estilo del Delta, de donde provenían, al de la gran ciudad. Cada uno le fue imprimiendo su propio sello y eso dio pie, en las décadas siguientes, al surgimiento de otros guitarristas como Hound Dog Taylor, J.B. Hutto y John Littlejohn, que llevarían el slide a una nueva dimensión, más cruda y acelerada que la anterior. Los primeros músicos blancos de blues en destacarse con el slide aparecieron a finales de la década del 60, al calor del redescubrimiento de guitarristas como Mississippi Fred McDowell o el mismísimo Son House. Johnny Winter, Duane Allman y John Hammond Jr. en los Estados Unidos; y Jeremy Spencer, de Fleetwood Mac, en Inglaterra, fueron de los primeros blancos en hacer escuela con el slide.

Hoy, ese pequeño tubito metálico sigue marcando el ritmo del blues y estilos afines de la mano de grandes músicos como Lil’ Ed Williams, Sonny Landreth, Alvin “Youngblood” Hart, Derek Trucks y muchos más. Solo basta escuchar ese sonido afilado para sentir como el alma se desgarra o se excita al compás del blues.

jueves, 27 de septiembre de 2012

Regreso y lanzamiento

Foto Luis Mielniczuk
Tom Principato está de regreso en la Argentina. Ayer pasó por los estudios de Vorterix donde tocó algunos temas, en lo que fue apenas un pequeño anticipo de lo que hará el sábado en Mr. Jones. Su regreso al país tiene un condimento especial: presentará el DVD Live in Bs.As, que fue grabado el año pasado en el mismo bar de Ramos Mejía.

Yo no pude ir a ese show pero sí fui al que dio en La Trastienda para esa misma época. Fue un concierto vibrante en el que dejó demostrado que es un tremendo guitarrista y un notable compositor. Más allá de tocar sus blues, también rindió homenaje a Santana y a Albert King, no ocultó su pasión por el estilo de Eric Clapton y sorprendió con su aproximación a la música de raíz porteña con su Tango’d up in blues.

Todo eso también está en el DVD. Son 13 canciones en las que Principato está acompañado por una banda que funciona como una pieza de relojería suiza: Gustavo Villegas (teclados), Martín Cipolla (bajo) y Julián Villegas (batería). El trabajo, que fue grabado y mezclado por Rogelio Rugilo, se suma a la extensa discografía del guitarrista, cuyo primer álbum, Blazing Telecasters junto a su mentor Danny Gatton, fue editado en por el sello Powerhouse en 1984.

Así que ya saben: el sábado es una buena oportunidad para reencontrarse con un exquisito guitarrista, cultor del perfil bajo y de la buena música, y de paso llevarse su flamante DVD a casa.


 

martes, 25 de septiembre de 2012

Lo nuevo de Blues Traveler

Primera aclaración para quienes no los conocen: Blues Traveler no es una banda de blues, aunque en sus comienzos se nutrieron de esa música. Así que no esperen doce compases cuando los escuchen. La agrupación neoyorquina se formó en 1988 y, aunque todavía falte un año, ya están celebrando su 25º aniversario. Es que siempre fueron unos adelantados, especialmente por el sonido único de la armónica de John Popper, sin dudas el sello que los distingue de cualquier otra banda surgida en los albores de la década del 90.

Suzie cracks the whip es un disco alegre, vital y apasionado. Las canciones tienen melodías pegadizas, con cierta orientación pop, pero no son un pastiche comercial. Muestran la capacidad del grupo para seguir haciendo temas agradables en los que Popper y el guitarrista Chan Kinchla pueden lucirse con solos novedosos, como lo hicieron en otros grandes discos como Save his soul (1993) o Four (1994).

Los dos primeros temas –You don’t have to love me y Recognize my friend- tienen ritmos atrapantes y letras gancheras, ambas pensadas para convertirse en hits, o al menos en referencia para sus fans. El álbum sigue con la armónica de Popper volando entre la melodía de Devil in details, que parece haber nacido de una canción de Santana, más que nada por el sonido de la guitarra de Kinchla. All things are possible tiene cierta aura reggae y en Things are looking up la banda retoma la senda del rock and roll con la voz y la armónica de Popper distorsionadas por un efecto del micrófono. Love is everything (That I describe) es una balada romántica con un solo dulce y efusivo del voluptuoso armonicista.

El álbum sigue con otro de los temas que apunta a liderar los rankings de las FM. Don’t wanna go tiene una melodía contagiosa, con aires de viejo soul mezclados con un incipiente country swing, en el que el que la voz del cantante se fusiona con la de Crystal Bowersox, figura surgida del reality American Idol, cuyas influencias son Melissa Etheridge y Janis Joplin. Nobody fall in love with me tiene un dejo campestre más pronunciado, mientras que con Cover me, Saving Grace y Big City girls recuperan su sonido rockero más característico. El disco termina con Cara let the moon, en el que a Popper parece tratar de emular al Billy Joel más clásico acompañado solo por el piano de Ben Wilson. Con todo, el undécimo disco de estudio de los Blues Traveler mantiene la identidad que supieron forjar durante más de dos décadas, gracias al talento de uno los armonicistas más notables e innovadores.

viernes, 21 de septiembre de 2012

El pianista

Tal vez su nombre no surja de inmediato cuando uno empieza a mencionar a los maestros del género y eso es una gran injusticia. Sunnyland Slim tocó blues durante casi 70 años. En su larga trayectoria compartió escenarios y estudios de grabación con casi todos los grandes. Pero el dato más importante de todos es que fue uno de los responsables de apuntalar la carrera de Muddy Waters.

Albert Luandrew nació en una granja cercana al poblado de Vance, en Mississippi, el 5 de septiembre de 1907 y se crío en un ambiente rural donde juntar algodón, ir a la iglesia y escuchar field hollers era algo de todos los días. Como la mayoría de sus contemporáneos, al dejar la adolescencia abandonó el Delta y emigró hacia el norte. Su primera parada fue Memphis. Allí se hizo habitué de los juke joints de Beale Street y compartió whiskys y canciones con otro pianista de renombre, Little Brother Montgomery, y la legendaria Ma Rainey. El seudónimo de Sunnyland Slim se lo ganó allí, debido a su contextura física y a su canción Sunnyland train, dedicada al tren que unía a esa ciudad con St. Louis.

A comienzos de la década del 40, Slim siguió rumbo norte. Su destino, que finalmente adoptaría como hogar, fue la ciudad de Chicago. Llegó en el momento en el que blues comenzaba su proceso de modernización. El sonido del sur comenzaba a cobrar una nueva fuerza y las guitarras eléctricas empezaban a ganar terreno. El hombre del piano se aferró a su instrumento para convertirse en uno de los músicos más aguerridos de la ciudad. Sus primeros trabajos fueron junto al armonicista John Lee “Sonny Boy” Williamson y como cantante de la banda Jump Jackson’s, con quienes pisó por primera vez un estudio de grabación en 1946. Eso le dio la posibilidad de mostrarse y así, el año siguiente, grabó como solista ocho canciones para el sello RCA Victor, acompañado por Blind John Davis y Big Bill Broonzy.

Por entonces fue protagonista de un acontecimiento que sería decisivo para la historia del blues. Durante unas sesiones para el sello Aristocrat contó con los servicios de un joven guitarrista de Rolling Fork, Mississippi, que se hacía llamar Muddy Waters. Dos temas, Johnson machine gun y Fly right, little girl, fueron editados en el excelente The Chronological Sunnyland Slim 1947-1948. En ese álbum también aparece Slim junto a Lonnie Johnson y, en otros temas, acompañado por la armónica de Little Walter. La grabación junto a Muddy fue un paso clave para el futuro padre del blues de Chicago en su naciente y próspera relación con los hermanos Chess. Sunnyland Slim sería retribuido: colaboró en un par canciones en la primera sesión de Muddy Waters para el sello.

A partir de entonces, Sunnyland Slim se convirtió en un referente ineludible del blues de Chicago. Con los años llegarían las giras por Europa y decenas de discos, en los que dejó asentado su estilo único para tocar el piano, que si bien no fue tan sofisticado como los de Memphis Slim u Otis Spann, resaltó por sus bajos pronunciados y sus trémolos asesinos con la mano derecha.

Otra de sus características distintivas fue su expresiva y poderosa voz, que se puede apreciar en múltiples grabaciones, especialmente en Slim’s shout, de 1969, en la además juega un rol clave el saxo endemoniado de King Curtis, o en The Sonet Blues Story, grabado en solitario en Suecia en 1974. Otro disco memorable es Be careful how you vote, editado por el sello Earwig en 1989, que reúne grabaciones de 1981 y 1983 en las que Slim contó con grandes músicos como Hubert Sumlin, Eddie Taylor, Magic Slim, Bob Stroger y un joven Lurrie Bell.

En sus últimos años de vida padeció muchas complicaciones de salud. Pese a eso siguió tocando, especialmente en B.L.U.E.S., el célebre bar la zona norte de Chicago. Una noche helada de marzo de 1995, salió de un show y el hielo le jugó una mala pasada: patinó en la calle y se dio un golpe tremendo. Eso hizo mella en su cuerpo, especialmente en sus riñones y murió pocos días después. Han pasado más de tres lustros y su música sigue teniendo la misma fuerza de otrora. Sin dudas, Sunnyland Slim representa buena parte de la historia del blues.

martes, 18 de septiembre de 2012

Chicago style

Este fin de semana estuve revolviendo en mi discografía y me sumergí en el blues de Chicago de la década del 60. Entre todo lo que escuché, me quedé prendido especialmente de estos tres discos, que definen el sonido de un lugar y una época determinada.

Otis 'Smokey' Smothers - Sings the back porch blues. Smothers llegó a Chicago desde el Mississippi a mediados de los 40. Diez años después fue contratado como segundo guitarrista por Howlin’ Wolf. El shuffle emocional y sencillo de Smothers captó la atención del sello Federal, y a fines de la década del 50 le hizo un contrato que no pudo rechazar. Entre 1961 y 1962 participó de las sesiones de este disco junto a Freddie King. Sings… es uno de los álbumes más codiciados por los seguidores del blues de Chicago y especialmente por los fanáticos de Freddie King, en su faceta de segundo guitarrista. Si bien fue reeditado en cd por el sello Ace en 2002, nunca fue un álbum fácil de conseguir y sigue siendo una figurita difícil al día de hoy. El disco mantiene un ritmo cansino, al mejor estilo Jimmy Reed, pero en el que Smothers demuestra todo su potencial. El cd tiene las doce canciones originales del álbum más una decena de versiones alternativas y un par de tracks que fueron grabados en 1963. Una joya imperdible.

John Littlejohn – Chicago Blues Stars. Su verdadero nombre era John Funchees y antes de instalarse en Chicago peregrinó por varios lados: Jackson, Mississippi; Rochester, Nueva York; y Gary, Indiana. Su estilo es una mezcla entre el blues crudo del Delta y el sonido eléctrico de la ciudad del viento, influenciado principalmente por Elmore James. John Littlejohn fue un maestro del slide y este disco, editado por el sello Arhoolie en 1969, es una buena muestra de todo su talento. Si bien muchos de los temas fueron escritos por él, la canción que lo define es Kiddeo, de Brook Benton. Además hay covers de Elmore James (Shake your Money maker), J.B. Lenoir (How much more long), Willie Dixon (What in the world you goin’ to do) y Muddy Waters (Catfish blues). La banda que lo acompaña está compuesta con guitarra rítmica, bajo, batería y dos saxos, aunque ninguno de ellos es conocido. Si lo es uno de los coproductores del álbum: el legendario Willie Dixon.

Luther Allison – Love me mama. La interpretación de Luther Allison es tan poderosa y cruda que hace de este disco una verdadera reliquia del blues del West Side de Chicago. Allison desangra cada una de las 14 canciones, entre los que hay temas de Eddie Boyd, Fats Domino, Elmore James, B.B. King y Howlin’ Wolf. Si bien lo que hace con la guitarra es fantástico, es más tremendo aún lo que logra cantando, los registros que alcanza y la vertiginosidad con la que vive cada canción. Sólo hay que escuchar cómo ruge angustia en Five long years o The sky is crying para entender de qué se trata el blues. La banda se acopla muy bien, principalmente por el trabajo del bajista Robert “Mojo” Elem y la segunda guitarra de Jimmy Dawkins. Bobby Davis (batería) y Jimmy Conley (saxo) completan la formación. Love me mama, grabado en 1969 y editado por el sello Delmark, fue apenas el primer álbum de su tremenda carrera.

sábado, 15 de septiembre de 2012

Esto es el blues

El blues es la mirada perdida de Billie Holiday mientras canta “My baby don’t love me no more...” Es el slide profundo de Muddy Waters en She’s nineteen years old o el aullido descarnado de Otis Rush en I can’t quit you baby. Sonny Boy Williamson sosteniendo su armónica con sus largos dedos y besándola como si se le fuera la vida en ello es blues. También lo es Otis Spann completamente poseído por la lírica de Ain't nobody’s business if i do y Carey Bell preguntándose “¿Quién me va a llevar a casa cuando este borracho?”.

Son House
La escena en la que Etta James y Dr. John se abrazan de la emoción mientras cantan a dúo I’d rather be blind tiene tanto blues como la interpretación visceral de Death letter de Son House. La leyenda de Robert Johnson y su pacto con el Diablo es BLUES (en mayúsculas). Life by the drop, por Stevie Ray Vaughan, tiene tanto blues que no admite lugar a la discusión. El Beefsteak blues de James Son Thomas resume en pocas palabras lo que muchos no saben siquiera empezar a describir.

El boogie hipnótico de John Lee Hooker y los rugidos feroces de Howlin’ Wolf son la esencia del blues. También lo son el slide penetrante de Elmore James en The sky is cryin’ y los ojos inyectados de sangre de Peetie Wheatstraw. El solo vibrante y emocional de Duane Allman en Statesboro blues es la mecha que enciende una bomba cargada de blues. Hubert Sumlin tocando en sus últimos años de vida asistido por un tubo de oxígeno es la pasión por el blues en su máxima expresión.

B.B. King
El blues está en la ruta o en una cama vacía. En un vaso de whisky y en las cenizas de un cigarro que se consume con cada pitada. El blues nace de un amor no correspondido o de la furia de una amante despechada. No tener trabajo es algo tan blusero como un jefe abusivo o un despido injustificado. Johnny “Guitar” Watson cantando Gangster of love tiene tanto blues como B.B. King cuando estira las cuerdas de Lucille en el solo de The trhill is gone. En definitiva, el blues está por todos lados. No sólo brota del alma de sus protagonistas, los músicos, sino también de la de aquellos que, como vos o como yo, lo escuchamos casi con devoción religiosa. Ya lo dijo Big Bill Broonzy: “El blues es un hecho natural, es lo que vivimos. Si no lo viviste no lo podes tener”.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Tempest, la bestia galante y burlona

Voy a comenzar esta reseña con una definición muy acertada de un periodista amigo, melómano y bebedor de exquisitos vinos. “A esta altura del partido es difícil que Dylan pueda sorprender con algo más que su integridad y coherencia artística”, me dijo el otro día Claudio Angelotti. Así, con muy pocas palabras, sintetizó lo que significa Tempest, el flamante disco de del viejo Bob, el número 35 de estudio de su extensa carrera, que salió a la venta ayer, 11 de septiembre, a 50 años del lanzamiento de su primer álbum solista.

Producido por él mismo, bajo el seudónimo de Jack Frost, Tempest se asemeja más a Time out mind (1997) que a Together through life (2009) o Moden times (2006). Aquí las letras son más oscuras, las catástrofes se hacen presentes y la violencia emerge en algunas canciones como Pay in blood: Sooner or later you make a mistake/ I'll put you in a chain that you never will break / Legs and arms and body and bone / I pay in blood, but not my own.

La banda que lo acompaña es la misma con la que vino a Buenos Aires en su última visita: Charlie Sexton y Stu Kimball (guitarras), Tony Garnier (Bajo) George G. Receli (batería), más la presencia multifacética de Donnie Herron. A ellos se suma David Hidalgo, de Los Lobos, que aporta sabor tex mex a algunos temas con el sonido de su acordeón.

Dylan aquí se aleja un poco de los viejos blues de las décadas del 30 y 40, y se inclina más por lo que mostró en vivo en su última gira: un blues más denso y contemporáneo, con incisiones crudas de rockabilly y country music. El ritmo de Early Roman Kings, por ejemplo, está inspirado en Manish boy, de Muddy Waters, aunque el acordeón de Hidalgo le da un aire renovado.

En el tema que da nombre al álbum, Dylan se toma más de 14 minutos y 45 versos para contar la historia del Titanic, con alusiones claras a los personajes de la película de James Cameron. Y cierra con Roll on John, dedicada a John Lennon, en la que además de relatar breves momentos de la vida del ex Beatle, cita algunas frases de canciones memorables: “I heard the news today, oh boy” y “Come together right now over me”.

Para cerrar voy a usar una frase que me encantó de otro amigo periodista, chileno él, Juan Ignacio Cornejo K, más conocido como Fucho: “(Tempest) es una bestia que a ratos se muestra galante, en otras burlona y distante y que sobre el final incluso se muestra vulnerable y frágil”. Y así es Dylan: una suerte de poeta salvaje que suelta dardos irónicos y una lírica profunda en un mundo interno repleto de contradicciones.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Blues para todos (lanzamientos de septiembre)

Robert Cray – Nothing but love. El nuevo disco del distinguido guitarrista es realmente estimulante. Las canciones hablan sobre amor, ¡claro!, y muchas de las situaciones complejas que eso trae aparejado: rupturas, desengaños, soledad. Won’t be coming home, Sadder days, Fix this y I'll always remember you, son algunos de esos ejemplos. La voz de Robert Cray suena atrapante y seductora, su guitarra está más pura que nunca y las melodías souleadas son un placer. Lo acompañan sus fieles laderos: Richard Cousins (bajo), Tony Braunagel (batería) y Jim Pugh (teclados). En algunos temas se suman los vientos a cargo de Lee Thornberg. Si bien el álbum está en la línea de This time, su último registro de estudio de 2009, aquí la producción corre por cuenta de Kevin Shirley, el responsable de algunos de los discos de Joe Bonamassa solista o junto a Black Country Communion. Los fanáticos de Robert Cray van a escuchar Nothing but love sin parar y los demás lo van a disfrutar muchísimo, porque es música sentida interpretada por un verdadero maestro. Y no se pierdan el bonus track, una aguerrida versión en vivo de You belong to me.

Magic Slim & The Teardrops – Bad boy. No hay nada novedoso en el último álbum de Magic Slim. Y eso, con este artista, es una buena noticia. De algunos músicos uno puede esperar sorpresas, pero no en el caso de este viejo guerrero de mil batallas. Magic Slim es la esencia misma del blues de Chicago. El sonido de su guitarra es demoledor, así como también lo es su forma de cantar. Aquí, acompañado por sus eternos Teardrops, aborda doce temas, entre los que hay clásicos como la provocadora Someone else is steppin' in (Denise LaSalle), Champagne and reefer (Muddy Waters), Matchbox blues (Albert King) y How much more long (J.B. Lenoir). También hace una nueva versión de Highway is my home, la anterior la había grabado en el disco homónimo de 1978. Bad boy fue editado por el sello Blind Pig y es un registro notable del poder del blues eléctrico. Magic Slim está más vigoroso que nunca y eso se nota en cada acorde, en cada solo, en cada rugido que emite.

Smokin’ Joe Kubel & B’Nois King – Close to the bone. El título refiere a la manera de sentir el blues que tienen estos dos viejos bluesmen, bien hasta sus huesos. Casi nadie esperaba que estos experimentados músicos, que desarrollaron toda su carrera tocando shuffle y blues texano bien eléctrico, bajaran varios cambios hasta lograr desenchufar sus guitarras. Su debut para el sello Delta Groove es un unplugged enérgico y alucinante, en donde hay algunos blues ejecutados de manera tradicional, como Drowning in red ink o Mama’s bad luck child. Pero también hay otros acústicos menos convencionales como Poor boy blues, donde Kubek logra unos solos realmente inverosímiles, o My best friend, con una melodía conmovedora y unos licks muy novedosos. El sonido acústico les da más frescura y revitaliza lo que vienen haciendo desde hace 20 años. Aquí, además, contaron con las colaboraciones de algunos buenos amigos como Kirk Fletcher, Bob Corritore, Lynwood Slim y Shawn Pittman.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

En el camino de la libertad

La historia del flamante disco de Alvin Lee se remonta a 1972. Así lo explica él en el librito del cd: “Luego del éxito de Ten Years After en el festival de Woodstock decidí seguir el camino de la libertad en vez de la ruta de la fama y la fortuna. Esa fue la decisión que tomé para escapar de la carrera y la responsabilidad comercial que imponía la industria discográfica. Yo por entonces tenía medio de morirme antes de cumplir los 30 años”. Sólo quería tocar la música que sentía y no lo que le exigía el mercado.

Alvin Lee dejó Ten Tears After en el mejor momento de la banda y se embarcó en un proyecto independiente que, de alguna manera, lo relegó a un segundo plano de la escena. Su primer disco sin el grupo lo editó en 1973, en compañía del cantante de southern soul Mylon Lefevre y se llamó On the road to freedom. Hoy, casi 40 años después, reedita ese mismo sentimiento musical, en el que manifiesta una amplia gama de influencias, de manera solitaria. En Still on the road to freedom expresa su felicidad por haber llegado hasta aquí haciendo lo que realmente tenía ganas de hacer.

Las 13 canciones del nuevo trabajo fueron elegidas entre 33 temas que compuso en los últimos cuatro años. La selección es variada. Hay un par de acústicos geniales: la cinematográfica Song of the Red Rock Mountain y la balada Walk on, walk tall. El rock and roll épico de los 70 cobra forma en el tema que da nombre al disco y el espíritu de Ten Years After aparece en el cierre con una nueva versión de Love like a man, donde la voz distorsionada de Lee antecede unos solos eléctricos furiosos. Nice & easy se diferencia del resto del repertorio porque suena como una mezcla de Mark Knopfler y J.J. Cale. También hay blues, por supuesto. Save my stuff es un shuffle potente en el que se destaca el sonido enérgico de su armónica. En cambio, en Blues got me so bad muestra más su habilidad con los doce compases en formato acústico.

Tim Hinkley es una pieza clave del álbum, tanto por sus guitarras rítmicas como por su aporte en teclados en Midnight creeper, Down line rock y Rock you. Pete Pritchard y Richard Newman completan la formación en bajo y batería. El álbum también tiene ese contraste temporal que ofrece Back in 69, un tema con un ritmo parido por Bo Diddley, y Listen to your radio station, donde se cuela un discreto beat electrónico moderno. Con todo, este nuevo álbum sirve para descubrir a una leyenda y luego empezar a bucear en su extensa discografía; o para recuperar al viejo guitar hero que una vez nos hizo estallar con I’m going home.

domingo, 2 de septiembre de 2012

El heredero de Howlin' Wolf

Foto principal gentileza de Edy Rodríguez.
Tail Dragger es cosa seria. Es un bluesman feroz, auténtico y sanguíneo. Su cuerpo esbelto se retuerce cada vez que brama sus blues. Carga con una historia densa –un homicidio y la respectiva condena- y todo eso se ve reflejado cuando empieza a cantar. Tail Dragger es una de las voces más potentes del blues actual. Si bien no deja dudas de que su máxima influencia es el legendario Howlin’ Wolf, en su voz hay retazos de otros grandes de antaño como Blind Willie Johnson y Charley Patton. Su garganta expulsa unos sonidos aguardentosos que estremecen. Anoche se presentó en el Teatro del Viejo Mercado, en el Abasto, y cautivó a una sala repleta y deseosa de buenos blues. Antes de cada canción, Tail Dragger hizo un breve relato, muchas veces inentendible por lo cerrado de su inglés. Pero más allá de esa barrera, el artista y el público se entendieron a la perfección.

Gabriel Grätzer y Adrián Jiménez
La noche comenzó cerca de las 12, con casi una hora de demora porque el teatro tardó en despejar la sala del evento anterior. Sabrina González & The Roots Band, con las guitarras de Ricky Muñoz y Florencia Horita, más la participación en armónica de Adrián Jiménez (quien volvería al escenario dos veces más después), entretuvo la primera media hora con un combo de clásicos como Blues with a feeling y I’m a woman. Sabrina es una muy buena cantante y arriba del escenario casi ni se nota que está embarazada de ¡ocho meses! Minutos después, apareció en escena el Embajador del blues argentino. Gabriel Grätzer, junto a sus laderos Diego García Montiveros y Fernando Zoff, se tomó otra media hora para reproducir el sonido del Mississippi de pre guerra, con canciones como Night time is the right time, Make me a pallet on the floor (de Mississippi John Hurt), y Highway 49. La propuesta de Grätzer siempre es diferente a lo de la mayoría de las bandas locales. Su voz es armoniosa y su guitarra destila blues –con o sin slide- entre las caricias metálicas de las escobillas sobre el redoblante y el sonido orgánico del contrabajo.
José Luis Pardo

Cerca de la 1.30 apareció en escena José Luis Pardo y sus Mojo Workers, esta vez con Maximiliano Hracek (guitarra), Machi Romanelli (teclados), Chipi Cipolla (bajo) y Gonzalo Martino (batería), más la presencia del armonicista español Quique Gómez. Pardo encaró One of these days, de Walter Horton, antes de darle la bienvenida a Tail Dragger, quien cantó durante poco más de una hora una decena de temas, muchos de los cuales fueron editados en el álbum en vivo que grabó con Bob Corritore.

Tail Dragger
Tail Dragger -traje gris, camisa bordó y un sombrero de cowboy negro- comenzó con Sitting here singing my blues. Su voz sonó tan potente y dramática que fue imposible no someterse ante su persona. Sus movimientos fueron lentos y hasta pareció que le costaba caminar, pero sus 72 años y las batallas peleadas no le impidieron bajarse del escenario un par de veces y aullar entre las mesas. El repertorio continuó con Stop lyin’, Don't start me talkin’, I am worried, Moanin’ y Shake for me. La banda, con la presencia al final Adrián Jiménez y el guitarrista brasileño Netto Rockfeller, tuvo que sortear problemas de sonido, especialmente con los micrófonos y el retorno, que el operador del teatro nunca pudo solucionar del todo. Más allá de ese detalle molesto, hubo blues y del bueno en la noche del Abasto.

jueves, 30 de agosto de 2012

Rockin' blues

Adrián Jiménez es un referente ineludible de la armónica blusera en la Argentina. Tiene un curriculum extenso y envidiable. Empezó a estudiar con un histórico, Luis Robinson, y se perfeccionó en clínicas que dieron músicos estadounidenses como Bruce Ewan, Billy Branch y Norton Buffalo. Además de formar su propia banda, tocó junto a créditos locales como Gabriel Grätzer, King Size y los Easy Babies, y con estrellas internacionales de la talla de Eddie C. Campbell, John Primer y Phil Guy, hermano de Buddy Guy.

Rockin’ blues es su segundo álbum y es la continuación perfecta del primero, Armónica blues, editado en 2006. Aquí, como en su antecesor, Jiménez se enfoca en clásicos del género a los que le suma un par de instrumentales propios. Así, su armónica cromática o su Marine Band sobrevuelan composiciones de Muddy Waters, Willie Dixon, Sonny Boy Williamson y Little Walter, todos referentes del blues de Chicago, aunque también se luce en una magnífica versión de Careless love, un tema que nos remite al Nueva Orleans de los años 20.

Los músicos que lo acompañan son todos de primer nivel y varían según la canción. Juan Codazzi, Roberto Porzio y Matías Cipilliano alternan la guitarra en 14 de los 15 temas que tiene el disco. Lo mismo pasa con el bajo y la batería, donde Mauro Diana y Mauro Ceriello se turnan con las cuatro cuerdas, y Gabriel Cabiaglia y Pato Raffo hacen lo mismo con la percusión. Apenas la mitad de los temas son cantados y para eso también hay invitados: Ricardo Tapia -de La Mississippi-, Javier “Ciego” Goffman y Gabriel Grätzer. La joya del disco es la versión de Stop breakin’ down, en la que Jiménez apenas se rodea de la guitarra de Daniel Raffo y la voz de Tapia para homenajear al legendario Robert Johnson.

La grabación de Rockin’ blues se realizó en tres sesiones en el Estudio Inartec, entre julio de 2010 y agosto del año pasado, y recién fue editado hace pocas semanas. Como sucede siempre en el ámbito del blues local, el disco demandó mucho esfuerzo y pasión, y el resultado refleja todo eso.

domingo, 26 de agosto de 2012

La encuesta del Blues local

Pappo y Botafogo
El blues argentino nació del rock. Aquí podemos reescribir la vieja frase de Muddy Waters “Blues had a baby and they named it rock and roll”, por “El rock tuvo un hijo y lo llamaron blues local”. Es que los pioneros del rock nacional fueron también los primeros en tocar blues. Manal, Pappo, La Pesada y Pescado Rabioso, entre otros, recibieron el sonido de Chicago y Mississippi tamizado por rockeros como Jimi Hendrix, Cream, Fleetwood Mac, los Rolling Stones y los Animals, y a esa música le incluyeron su propia voz. Al margen están los casos de Oscar Alemán, Blackie y Lois Blue, que ya interpretaban viejos blues y standards desde hacía años, aunque sus nombres quedaron más emparentados con la escena del jazz.

Daniel Raffo, de King Size
A fines de los 60 y comienzos de los 70, el blues local lo interpretaban bandas de rock, en su mayoría con letras en español. Con los años comenzaron a llegar con más frecuencia discos de B.B. King, Muddy Waters, Howlin’ Wolf y una pequeña tribu de músicos y oyentes se fue inclinando por el blues más tradicional y cantado en inglés. Así fueron surgiendo bandas que animarían la escena local por varios años combinando la influencia del blues local con el sonido que llegaba del norte y su propia voz. Memphis la Blusera, La Mississippi, Durazno de Gala, Las Blanacablus y King Size son algunos ejemplos. En los 90, con el auge del CD, la muerte de Stevie Ray Vaughan y un aluvión de shows internacionales de primer nivel nació una nueva generación independiente del contexto local. Dos programas de radio hicieron escuela durante esa época, uno en la Rock and Pop y el otro en FM del Plata; y surgieron bares dedicados exclusivamente al género: el Blues Special Club y El Samovar de Rasputín, en La Boca, y Betty Blues, en Belgrano, fueron los más importantes.

La crisis de 2001 también afectó al blues, y de qué manera. Las grandes bandas que habían llenado Obras y teatros porteños se vieron frente a una nueva realidad. Durante cinco años no vino casi ningún artista internacional. Además, la tragedia de Cromañón y la muerte de Pappo, con dos meses de diferencia, fueron dos cimbronazos. Pero en el último tiempo hubo un cambio importante y lo que hasta hace unos años parecía difícil de revertir, hoy anda por buen camino. Vienen más músicos que en los 90, existe la Escuela del Blues y el proyecto Blues en Movimiento, y la joven guardia blusera la pelea noche tras noche para hacerse un lugar.

Esta es una breve encuesta de cuatro preguntas realizada a 51 músicos argentinos de blues sobre sus gustos e influencias a nivel local.

Pappo
1) ¿Quién es el músico o banda emblema del blues local? El ganador fue Pappo por abrumadora mayoría, pese a que muchos de los que lo votaron dijeron que ya no lo escuchan o no lo consideran una influencia. En total recibió 25 votos, es decir el 50 por ciento. En segundo lugar quedó Daniel Raffo con seis votos. Manal, la banda de Martínez, Medina y Gabis, quedó en tercer lugar con cinco. La Mississippi y Botafogo obtuvieron dos votos cada uno, al igual que Adrián Flores.

Manal, 1970
2) ¿Cuál es el mejor disco de la historia del blues nacional? Aquí los votos estuvieron muy repartidos. Ganó con siete votos el disco debut de Manal, editado en 1970, ese que contiene grandes clásicos como Jugo de tomate frío, Avenida Rivadavia, Avellaneda blues o Todo el día me pregunto. El segundo lugar fue para Blues local con seis, el álbum con el que Pappo volvió al blues en 1992. Y tercero, con cinco votos, quedó El blues paga mal, el disco de Easy Babies, la banda liderada por Mauro Diana y Roberto Porzio. Hay que señalar que Pappo sumó varios votos por otros discos: Pappo’s Blues Vol. 3 recibió cuatro votos igual que Buscando un amor. Mientras que Pappo’s Blues Vol. 1 fue elegido por tres músicos. Armónica blues (Adrián Jiménez), Alma bajo la lluvia (Memphis La Blusera) y Sacale el jugo (Durazno de Gala) sumaron dos votos cada uno.

Federico Verteramo
3) ¿Quién es la promesa del blues argentino? El guitarrista zurdo Federico Verteramo fue el elegido de los músicos con once de los 51 votos. Uno de los que lo eligió lo describió así: “Nosotros nos pasamos horas estudiando para poder hacer lo que a él le sale de manera natural”. Federico tiene 20 años y está siempre tocando. Integra cuatro bandas: Los Huesos de Gato Negro, Nacho Ladisa Blues Club, Blues Special Band y los Easy Babies. Vale la pena ir a escucharlo. Segundo quedó Juan Manuel Torres, violero de Mariano Slaimen R&B Band, Darío Soto & Soulville y FourFunky, que fue votado por seis músicos. Tercero resultó el armonicista Nicolás Smoljan con dos votos. Todos los demás votados sacaron una unidad cada uno.

Rick Estrin & The Nightcats
4) ¿Cuál fue el mejor show de blues internacional en el país? Tal vez porque muchos de los consultados tienen alrededor de 30 años o menos, ganó un recital reciente, el de Rick Estrin & The Nightcats, que se hizo el año pasado en La Trastienda. Recibió once votos. Segundo quedó el de Albert Collins en el Gran Rex, de 1992, con cuatro votos. El tercer lugar fue para el show de James Cotton en el mismo teatro y en el mismo año con tres votos, aunque recibió otros dos sufragios por su show de 2009. Una curiosidad: B.B. King recibió varios menciones pero por distintos shows. Hay que recordar que vino al país muchas veces: 1980, 1991, 1992, 1993, 1998 y 2010. El recital de Albert King en el Gran Rex, pocos meses antes de su muerte, sumó tres votos.

VOTARON: 1) Cristina Dall, 2) José Luis Pardo, 3) Gustavo Villegas, 4) Roberto Porzio, 5) Víctor Hamudis, 6) Goyo Delta Blues, 7) Gabriel Cabiaglia, 8) Yalo López, 9) Adrián Jiménez, 10) Nacho Ladisa, 11) Fernando Gabriel Heller, 12) Marcos Lenn, 13) Rafo Grin, 14) Ricky Muñoz, 15) Nicolás Smoljan, 16) Gabriel Grätzer, 17) Federico Verteramo, 18) Mauro Diana, 19) Damián Martín Duflòs, 20) Homero Tolosa, 21) Guillermo Fernández, 22) María Heer, 23) Alejandro Álvarez, 24) Gus Quin, 25) Juan Urbano López, 26) Ale Gallo Negro, 27) Walter Gandini, 28) Walter Galeazzi, 29) Mariano Cardozo, 30) Gustavo Lazo, 31) César Valdomir, 32) Vincha Blues, 33) Natalia Nardiello, 34) Maximiliano Hracek, 35) Hughis López, 36) Florencia Andrada, 37) Juan Manuel Torres, 38) Julio Fabiani, 39) Rafael Nasta, 40) Perro Gorosito, 41) Mariano D’Andrea, 42) Matías Cipiliano, 43) Darío Soto, 44) Agustín Coppola, 45) Martín Luka, 46) Nicolás Raffetta, 47) Javier Goffman, 48) Sabrina González, 49) Mar Nerone, 50) Walter Loscocco, 51) Mauro Ceriello.

jueves, 23 de agosto de 2012

Más y mejores blues

Lurrie Bell tocó en La Trastienda por tercer año consecutivo. Y paso lo que nunca antes había pasado en un show de blues: mientras Lurrie cerraba con una acelerada y caliente versión de Hideway, abajo del escenario unas 30 personas casi inauguran la era del pogo en el blues. Fue una noche tremenda, en la que Lurrie estuvo completamente encendido. Su Gibson USA parecía un lanzallamas endemoniado y la banda sonó muy ajustada. Después de este show no hay dudas de que Lurrie es un referente indiscutido para toda una generación de bluseros argentinos.

La noche empezó de manera especial. Florencia Andrada y su banda impusieron un sonido soul setentoso y con mucha personalidad. Once músicos en escena –dos guitarras, tres caños, dos coristas, teclado, bajo y batería, más ella- hicieron por primera vez ”una Trastienda” con mucha soltura y buena música. En media hora tocaron cuatro temas propios, del disco que acaban de terminar de grabar y que saldrá dentro de un par de meses. Cerraron con People get ready, el clásico de Curtis Mayfield.

Cuando se corrió el telón, Roberto Porzio (guitarra), Gustavo “Bohemio” Rubinsztein (bajo), Walter Galeazzi (teclados) y Gabriel Cabiaglia (batería) comenzaron a tocar un blues instrumental para darle la bienvenida a Lurrie. Ese blues se convirtió en el shuffle adecuado para la presentación y Roberto animó al público: “¿Están listos para Lurrie Bell? ¡Está mejor que nunca!”. La respuesta fue un “sí” unánime. Y Lurrie apareció en escena con su guitarra a cuestas y casi la misma ropa que el año pasado. Se sumó al shuffle para entrar en calor y la zapada se extendió por casi diez minutos. Después bajó los decibeles y nos llevó a todos hacia el Tin Pan Alley, ese lugar duro donde la gente mata por un trago de whisky, gin o vino. Siguió con Pretty baby, un tema de su padre Carey Bell, y She’s nineteen years old, de Muddy Waters. En cada uno de esos temas el pulgar de su mano derecha arremetió contra las cuerdas de su guitarra y sacó unos solos tan intensos como su propia historia.

Hizo un puñado de clásicos más, I need you so bad y Cold, cold feeling, los dos bien extensos, donde dejó que Roberto y Walter tuvieran sus minutos para mostrarse: y ellos lo aprovecharon con unos solos bien sentidos. Después invitó al escenario al guitarrista Alambre González para los últimos dos temas y el bis: Big legged woman, Messin’ with the kid y Hideway. Fue una noche ardiente, en la que Lurrie Bell, heredero del sonido más tradicional de Chicago y portador de la esencia misma del blues, dejó en claro que de aquí en más sólo tendrá más y mejores blues para dar.




Reseña del show de 2011

Reseña del show de 2010

martes, 21 de agosto de 2012

El peregrino

James Harman está acodado en la barra. Disfruta de un vaso de whisky celosamente custodiado por una botella de agua mineral. Sabe que no puede abusar del alcohol y menos de la comida, porque hace poco le diagnosticaron diabetes. Escucha con atención como The Black Cat Bone, la banda de Blind Willie y Gustavo Lazo, pasa de clásico en clásico: Hoochie Coochie man, All your love, Catfish blues. Harman asiente con la cabeza al compás del ritmo. En eso abre los ojos, mira a Juan, su productor, y le pregunta cuánto falta para salir a escena. “Unos diez minutos” le contesta el otro. Harman se levanta y se va hacia el camarín. Se cambia la camisa y sale. Cuando está volviendo a la barra se cruza con la encargada del bar y le dice en inglés: “Qué preciosa estás”. Ella se sonroja y sonríe. La otra banda acaba de terminar los acordes de un tema de Jimmy Reed y el bluesman sabe que es el momento de subir a escena.

Harman tiene una larga trayectoria. Es un verdadero peregrino del blues. Nació hace 66 años en Anniston, Alabama, y creció en el norte del estado de Florida. Grabó sus primeros singles en Atlanta, la peleó en Chicago y Nueva York, y se consolidó en el sur California, entre Los Ángeles y Long Beach. Tocó junto a John Lee Hooker, T-Bone Walker, Albert Collins, Johnny “Guitar” Watson y ZZ Top. Desde hace unos meses está de gira y su humanidad ya se desplazó por 26 países.

Ahora está arriba del escenario de Boris, en Palermo, a punto de mostrarnos como se canta blues. El lugar está muy bien puesto, pero es un poco frío. Harman se acomoda la camisa y deja que la banda haga un tema para entrar en calor. Los hermanos Zafra, en guitarra y bajo, Guillermo Raíces, en teclados, y Walter Loscocco, en batería, se ponen a tono con el sonido del West Coast, aunque a Harman le gusta decir que ese sonido como tal “no existe”. Él es un heredero de George “Harmonica” Smith y eso es lo que transmite cuando toca la armónica.

Es un excelente armonicista y también un cantante excepcional. Cada canción la vive con una pasión desmedida. Se nota por cómo su cuerpo se contrae y unas muecas desdibujan su rostro. Elige los temas en el momento. Le gusta improvisar y que la banda lo siga. Con una seña y un par de palabras les explica a los músicos qué es lo quiere hacer. Desde la parte superior del bar una mujer le grita en un inglés de roble: “¡Cuéntanos de las mujeres!”. Al principio le cuesta entender lo que le están tratando de decir. Cuando lo logra, retruca: “Desde que llegué sólo vi lluvia. Pero sí puedo hablar de la comida: he probado bife y lemon pie. Ahora no llueve, así que espero ver una mujer esta noche”. Su médico no estaría contento.

Y los blues siguen. Harman alienta a Guillermo Raíces en cada solo. Tiene ganas de escuchar el piano. Los temas que canta son todas composiciones propias, que fueron editadas en alguno de sus diez discos solistas. Son letras que hablan más de desencantos amorosos, madrugadas de soledad y sentimientos cruzados, que de noches interminables regadas de alcohol como en otras épocas. Harman sopla su armónica y canta: “The telephone is ringing, but she won’t answer…” Así, entre blues y más blues, se va la noche. Cuando el show termina y los aplausos se disuelven, Harman vuelve al camarín y se cambia la camisa sudada por una remera con el estampado de un festival de blues. Regresa a la barra pero esta vez no se apoya. Entre saludos y fotos, mira alrededor. Se lo ve satisfecho. Fue una buena noche de música y afuera no llueve. Ahora, como lo debe hacer en cada ciudad que visita, el peregrino tiene empieza a buscar a una mujer.

viernes, 17 de agosto de 2012

Bentonia blues


Jimmy "Duck" Holmes
Bentonia es un pequeño pueblo de 500 habitantes que está en el condado de Yazoo. Si bien no está dentro del área del Delta del Mississippi, entró en la historia grande del género gracias a su hijo pródigo, el legendario Skip James. Él y, luego, el bluesman Jack Owens definieron lo que hoy se conoce como Bentonia blues o Bentonia school: una forma de tocar la guitarra con una afinación en Re menor abierto, sin púa, creando atrapantes líneas de bajo. No hace falta más que escuchar los discos de Skip James, tanto las grabaciones de la década del 30 como las de los 60, para darse cuenta que fue uno de los músicos más innovadores del sur profundo.

Skip James
La historia cuenta que Skip James aprendió a tocar de esa manera gracias a la influencia del bluesman Henry Stuckey, quien había desarrollado un estilo muy particular que aprendió en Francia durante la Primera Guerra Mundial, luego de escuchar a un soldado de la repartición que había enviado Bahamas. Stuckey nunca llegó a grabar pero James y Owens absorbieron su sonido y le imprimieron letras oscuras e introspectivas. James fue el creador de clásicos inigualables: Hard time killin' floor blues, Devil got my woman y I’m so glad, tema que deslumbró a Eric Clapton en los 60 y reconvirtió en la poderosa canción de Cream.

Jack Owens
Skip James murió en 1969 y Owens, en 1997. Sin embargo, el blues en Bentonia sigue vivo por el impulso y la pasión de un solo hombre. Allí funciona el Blue Front Café, el juke joint más viejo del estado y su dueño, Jimmy “Duck” Holmes, es el responsable de que la tradición se mantenga viva.

Blue Front Cafe
Holmes nació en 1947. Sus padres, Carey and Mary Holmes, que se dedicaban a juntar algodón, decidieron abrir el Blue Front Café un año después. El blues se fue metiendo en el cuerpo del pequeño Jimmy como un virus salvaje. En los 70, cuando rondaba los veintitantos, se hizo cargo del bar. La decoración no varió mucho desde entonces. Se trata de un local con techo a dos aguas, unas pocas mesas con sillas destartaladas, una barra que sirve bebidas alcohólicas y unos amplificadores recostados sobre un costado para que se ubiquen los músicos. Una de las paredes tiene pegadas decenas de fotos y recortes de diarios de músicos de blues que pasaron por el lugar, como una especie de Wall of Fame. Jack Owens se presentó allí cientos de veces. Otro que lo hizo en varias oportunidades fue el armonicista Bud Spires. Hoy, sino estña de gira, Jimmy “Duck” Holmes anima las noches de los fines de semana.

Como tantos otros bluesmen del sur de los Estados Unidos, Holmes fue grabado por Alan Lomax en la década del 70, aunque recién pudo editar su primer álbum en 2006. Back to Bentonia fue también el primero de los tres discos que grabó para el sello Broke & Hungry. Los otros dos fueron Done got tired of tryin' (2007) y Ain’t it lonesome (2010). En el medio fue contratado por Fat Possum, la discográfica del norte de Mississippi responsable de las grabaciones de Junior Kimbrough y R.L. Burnside, para grabar Gonna get old someday, que vio la luz en 2008 y es probablemente su trabajo más consistente. El heredero de la escuela de Bentonia sigue firme con su guitarra en su pequeño y humilde juke joint, uno de esos lugares como los que ya no quedan en el Mississippi.


domingo, 12 de agosto de 2012

Luther's blues, la trilogía

Una de las cosas que me gustan del blues es que más allá de los referentes –Muddy Waters, Buddy Guy, B.B. King, Robert Johnson, T-Bone Walker, Albert King, Son House- hay cientos de músicos más que se destacan –o destacaron- por peso propio y gran talento. Muchos de ellos dejaron su huella y otros siguen llevando el blues a los costados más recónditos del mundo. Aquí tres ejemplos de grandes guitarristas, representativos del sonido del West Side de Chicago, que sólo hay que escucharlos una vez para seguir haciéndolo por el resto de la vida.

Luther Tucker (1936-1993). La guitarra mágica de Luther Tucker aparece en decenas de grabaciones de blues desde los 60 hasta fines de los 80, secundando a músicos como Otis Rush, Robben Ford, Jimmy Rogers, Snooky Pryor, Muddy Waters, John Lee Hooker y Elvin Bishop. Pero sin dudas, sus trabajos más importantes fueron junto a dos tremendos armonicistas: durante los 50 fue uno de los guitarristas detrás de Little Walter, en las legendarias grabaciones para el sello Chess, una era dorada para el blues eléctrico. Tiempo después se sumó a la banda de James Cotton. Un gran disco de esa época es el que grabaron en vivo en Antone’s, en 1987. Tucker había nacido en Memphis, pero de muy chico se fue a vivir a Chicago. Allí empezó a tocar una rústica guitarra que le había fabricado su padre, al tiempo que escuchaba a músicos como Big Bill Broonzy, que anticipaban la revolución musical que estaba por venir. Otro de sus mentores fue Robert Lockwood jr., quien dedicó tiempo y esfuerzo en ensañarle algunos de los secretos de la guitarra eléctrica. A mediados de los 70, Tucker se fue a vivir a San Francisco, donde formó su propia banda. Recién en 1990 pudo grabar su primer disco solista: el sello texano Antone’s editó Sad hours, un álbum de once temas clásicos en los que dejó demostrado que no sólo era un gran acompañante, sino también era un frontman sensacional. Tres años después, luego de su muerte, el sello Blue Rock it, lanzó un disco póstumo junto a la Ford Blues Band.

Luther Allison (1939-1997). Nació en una granja de Arkansas, donde sus padres se ganaban la vida juntando algodón. Tuvo 14 hermanos y desde muy chico se inclinó por la música. Como muchos de sus contemporáneos, en la adolescencia se la pasaba escuchando a B.B. King en el King Biscuit Show, que se transmitía por la radio WDIA de Memphis, mientras tocaba el órgano y cantaba en la Iglesia. Tiempo después, su familia se mudó al West Side de Chicago, y eso selló su destino, aunque hubo una posible desviación hacia otro rubro que no prosperó. En la escuela era un gran jugador de béisbol y fue tentado para seguir adelante con el deporte. Pero sus trasnochadas en los clubes de blues pesaron mucho más. Su primer trabajo importante lo tuvo como bajista de Jimmy Dawkins. Eso le sirvió para ir ganando experiencia y empezar a codearse con los reyes del lugar, Freddie King, Magic Sam y Otis Rush. Pero su virtuosismo sería opacado por la deslumbrante aparición de Buddy Guy, un guitarrista que había dejado su Louisiana natal para instalarse en Chicago. Su debut discográfico sucedió en 1969, cuando grabó Love me mama para el sello Delmark. Eso captó la atención del poderoso Motown, que se hizo de sus servicios, a pesar de que su extenso catálogo sólo incluía músicos de soul y R&B. Si bien los dos discos que grabó para Motown no se vendieron bien (¡qué tremendo es Bad news is coming!), pudo viajar alrededor del mundo con sus blues. A mediados de los 70, se radicó en París y durante años recorrió Europa decenas de veces y grabó para varios sellos, especialmente el francés Black & Blue. Durante ese período, en su país se olvidaron de él. Aunque tuvo su revancha en 1995 cuando firmó para el poderoso sello Alligator. Grabó tres discos, el último –Reckless- en el mismo año en que murió (en 1999 fue editado un cuarto álbum en vivo). Allison realmente se distinguió por una forma exquisita de tocar la guitarra, con ribetes jazzeros, y una potencia vocal demoledora. Hoy, su legado sigue vigente en las manos de su hijo Bernard.


Luther “Guitar Jr.” Johnson (1939). Es el único de esta trilogía que sigue vivo. Nació en Itta Bena, Mississippi, el mismo pueblo que dio a luz al rey del blues, B.B. King. Y también integra otra trilogía de menor cartel, que es la que forma con otros dos Luther Johnson, el que apodaban “Snake” y al que llamaban “Houserocker”. Pero lo elegí a él para acompañar a Tucker y Allison porque su forma de tocar y su trayectoria, de alguna medida se emparenta más con los últimos dos. Él también se crío con esa combinación de blues y góspel, que tanto marcó a los músicos de los últimos 60 años. La música que los llamaba y los atraía –la del Diablo- y la música que les imponían su familia y la Iglesia –la de Dios-. Se mudó a Chicago a comienzos de los 50, donde desarrolló un estilo bien anclado en el sonido de la ciudad. En los 60, durante dos años integró la banda del notable Magic Sam y tempo después se sumó como guitarrista de Muddy Waters. En 1976, cuando estaba de gira por Europa con el padre del blues de Chicago, el sello Black & Blue –el mismo para el que grababa Luther Allison- lo convocó al estudio junto a los otros músicos de la banda (Bob Margolin, Pinetop Perkins, Calvin Jones, Willie Smith y Jerry Portnoy). Así se grabó su debut, Luther’s blues, que años más tarde fue reeditado por la compañía Evidence. En los años siguientes lanzó siete álbumes más para los sellos Bullseye yTelarc. Country sugar papa (1994) y Slammin' on the West Side (1996) son sus mejores trabajos. Si bien hace once años que no entra a un estudio, Luther sigue tocando en vivo, como lo hizo siempre. Como lo hará hasta el día de su muerte.

jueves, 9 de agosto de 2012

Crónicas mordaces


Este disco podría ser un anexo del anterior, Pull up some dust and sit down (2011), porque aquí Cooder se mece otra vez entre la música de raíces, especialmente el folk y el blues. Las canciones de Election special pueden considerarse crónicas de los Estados Unidos de hoy. Las letras se centran en las próximas elecciones presidenciales, en algunos personajes y situaciones reprochables de la política de Washington.

Ry Cooder hizo de todo en los últimos 40 años: tuvo una banda de blues junto a Taj Mahal (Rising Sons), tocó con los Rolling Stones (Let It Bleed y Sticky Fingers), grabó junto al músico africano Ali Farka Touré (con quien ganó un Grammy), y fue responsable del redescubrimiento de los músicos cubanos enrolados bajo el nombre de Buena Vista Social Club. Además tocó en sesiones de Warren Zevon, John Hiatt, Aaron Neville y participó de las bandas de sonido de cuatro películas: Crossroads (Ralph Macchio), Primary colors (John Travolta), Last man standing (Bruce Willis) y Paris, Texas (Nastassja Kinski). Toda su carrera, además, estuvo marcada por una particularidad: se presentó muy pocas veces en vivo. “No me importan los aplausos”, dijo más de una vez.

A los 65 años sigue completamente involucrado en la música, a la que le agregó el condimento de la crítica política. Election special es un álbum minimalista, en el que Cooder toca la guitarra, la mandolina y el bajo, y sólo lo acompaña su hijo Joachim en batería. Las canciones tienen un sabor agridulce; son cuestionamientos duros al sistema mezclados con agudas humoradas. Seguramente la que más dará de hablar es Mutt Romney blues, dedicada al candidato republicano que tratará de desplazar de la Casa Blanca a Barak Obama. El nombre viene de un juego de palabras: el político se llama Mitt y “Mutt” significa estúpido, ignorante. El narrador de la canción es el viejo perro de Rommey, Seamus, al que ató al techo de su auto durante un viaje de vacaciones junto a su familia en 1983. El pobre animal estuvo doce horas a la intemperie. La letra dice: “No se ve bien, no parece estar bien / Calor durante el día, frío por la noche / Adónde voy, no lo sé”. Más allá de la letra, se trata de un blues fabuloso inspirado probablemente en el sonido del slide de Fred McDowell.

Cold, cold feeling es otro blues arrastrado en el que el narrador es Obama y dice: “Caminé de punta a punta por la Casa Blanca (…) y no tuve nada más que un frío, frío blues presidencial”. Este tema, así como el mencionado antes, están en la línea de John Lee Hooker for president, del álbum anterior. Pero sin duda la letra más áspera, en la que Cooder cuestiona sin pudor las violaciones a los derechos humanos cometidos por el gobierno de su país en el mundo, es la de Take your hands off it. Con un ritmo más animado, como si fuera un country rock bien crudo, les dice a los funcionarios: “Saquen sus sangrientas manos de nuestra Constitución”.

En total son nueve temas, nueve crónicas mordaces. Es la banda de sonido de una época marcada por el recorte de los derechos civiles, falsas promesas, falta de empleo, ejecuciones hipotecarias y desigualdad.