martes, 27 de octubre de 2015

Una maquinaria a pura Nasta


El sexto disco de Nasta Súper, Solo por mí, es una andanada rítmica y una exhibición de talentos que convalida los pergaminos que esta banda consiguió en la última década. El guitarrista Rafael Nasta conforma con los otros tres músicos una maquinaria sólida que le permite desplegar todo su virtuosismo con total comodidad. Walter Galeazzi le imprime un goove brutal desde los teclados, mientras que Mauro Ceriello y Gabriel Cabiaglia llevan el compás con una precisión y un swing demoledor.

En el primer corte, El gran estafador, por momentos se percibe una marcada influencia de Robert Cray, hasta que Galeazzi despunta un solo funky espacial que confronta con el punteo quirúrgico de Nasta. La banda sigue con La Negación, un tema con una melodía de épica cinematográfica, con unos arreglos muy detallistas y grandes incursiones del guitarrista. Qué curioso tiene la impronta de una balada emocional, con Galeazzi al piano y el aporte de los coros a cargo de Gina Valente y Willie Lorenzo. El viaje es un tema raro en el que la voz de Nasta no termina de encajar del todo, tal vez porque las rimas son medio forzadas, más allá de que en el estribillo haya un juego de armonías vocales interesante con los coristas. Quiero conocerte es una combinación de jazz y pop en la que el cantante juega otra vez con los coros por sobre una melodía de FM.

Foto Hugo Panzarasa.
Si Nasta venía insinuando algo de jazz, con Blue in green de Miles Davis da rienda suelta a su creatividad. Ceriello y Cabiaglia le dan un toque relajado mientras que Gustavo Silva, tecladista invitado, le impone una alta dosis de improvisación a su solo. La banda aquí se distiende y alcanza un punto muy alto. La salida tenía que ser a puro shuffle y arremete con El hipocondríaco, en la que Nasta cede la primera guitarra al gran Chris Cain. En el instrumental Balada para Vivian, dedicado a su esposa, Nasta recurre al smooth jazz con aire bien porteño, en el que saca de su guitarra unos sonidos mágicos. Solo por mí es un blues de medio tiempo con la batería marcando golpe a golpe sin titubear y Chris Cain sumando su arte. Uptown Groove es una descarga de jazz-funk en la que Nasta dibuja unas líneas soberbias desde las seis cuerdas. El último tema, que coescribió junto a Chris Cain, es un blues intenso dedicado a Johnny Nitro, un reconocido guitarrista de San Francisco que murió en 2011.

Con este disco, Nasta demuestra tres cosas: que sigue apostando a la composición, más allá de que satisfaga su gusto personal con un par de covers; que es un gran guitarrista de blues al que le gusta explorar otros estilos; y que cuenta con una de las mejores bandas que se pueda tener.

lunes, 19 de octubre de 2015

Blues en la radio



Fue todo muy vertiginoso. La confirmación, los preparativos, los nervios, el debut. De repente, ahí estábamos en el estudio de la Rock & Pop con los micrófonos abiertos, la luz roja encendida y el operador mirándonos desde su pecera. La presentación, como cuando hacíamos La Trasnoche de Blues en América, fue con Blues en la radio de Don Vilanova. “Hola buenas noches, nosotros somos los Bluscavidas”, anuncié con ganas. Luis Mileniczuk asintió con la cabeza antes de entrar en acción.

El nombre del programa describe lo que sentimos por esta música que surgió hace más de 100 años en el sur de los Estados Unidos, pero que por su cadencia, su historia, su mensaje, se convirtió en un lenguaje universal. Hace años que nosotros –y otros amigos también- venimos buscando un espacio en una radio importante para difundir el género y al fin lo encontramos. Por eso, el sábado a la noche nos atrevimos a todo. Pasamos a Buddy Guy cantando que nació para tocar la guitarra, y a Shemeika Copeland y Wet Willie Walker versionando temas de ZZ Top y los Beatles, respectivamente. Pese al ceño fruncido de los puristas pusimos a Joe Bonamassa tocando una de Muddy Waters, pero después les hicimos un mimo y pasamos a Freddie King y Elmore James. Despedimos a Smokin’ Joe Kubek, que murió hace poco más de una semana, y recordamos al gran Johnny Winter.

El blues local tuvo un espacio importante (y lo seguirá teniendo). Escuchamos tres temas del disco nuevo de los Easy Babies y luego presentamos al blues maestro, Miguel Vilanova, Don Vilanova, Botafogo. Llegó con una guitarra acústica, una resonadora y un cd con los masters de algunos temas de su próximo disco, una celebración del blues argentino, que será editado el año que viene. Del cd escuchamos Blues de Santa Fe y Ázucar amarga, y luego tocó en vivo tres de Pappo: Blues para mi guitarra, Slide blues y una versión al mejor estilo Mississippi John Hurt de Desconfío. Entre tema y tema, nos contó anécdotas de sus más de 30 años como músico profesional y nos anticipó otros de sus proyectos.

Fueron dos horas que se pasaron tan rápido como los días previos. Tuvimos las pulsaciones a mil y las vivimos muy intensamente. Terminamos con la satisfacción del deber cumplido, muy agradecidos y con muchas ganas de que llegue el sábado próximo para que el blues suene con más intensidad en la radio.

jueves, 15 de octubre de 2015

Luto en Texas


La historia del blues de Texas se podría contar a través de sus protagonistas. Los más primitivos, como Blind Lemon Jefferson, Texas Alexander y Blind Willie Johnson, sentaron las bases que luego ampliaron peregrinos como Lightinin’ Hopkins, Leadbelly y Mance Lipscomb. Con el advenimiento del blues eléctrico surgieron nuevas figuras que elevaron a ese subgénero del blues a nueva dimensión. Músicos como T-Bone Walker, Clarence “Gatemouth” Brown, Albert Collins, Pee Wee Crayton, Johnny Copeland y Freddie King convirtieron la guitarra texana en un emblema, algo que después llevarían mucho más allá dos leyendas como Johnny Winter y Stevie Ray Vaughan. Detrás de ellos surgió una legión de excelentes guitarristas con muchísimo feeling. Algunos con altas dosis de boogie hipnótico como Billy Gibbons, otros más veloces como Bugs Henderson y unos más refinados como Anson Funderburgh o Jimmie Vaughan. Entre semejante constelación de artistas hubo uno que brilló con mucha intensidad: Smokin’ Joe Kubek.

Dueño de una técnica asombrosa, Kubek la peleó bien desde abajo en el duro circuito blusero de Dallas, hasta que en los ’80 conoció a quien sería su socio y hermano musical, B’ Nois King. Juntos entablaron una de las duplas más aceitadas del blues. El primer disco de la banda –y el primero que escuché de ellos- fue Steppin' out Texas style, editado por Bullseye Blues/Rounder en 1991, una verdadera joya en el que patentaron una sinergia formidable que los acompañaría en los sucesivos discos -16 hasta este año, uno acústico, en sellos como Blind Pig, Alligator y Delta Groove- con Kubek como primera guitarra y King en voz y rítmica.


Más allá de su extenso catálogo discográfico, la banda –por la que pasaron distintos bajistas y bateristas, más el ocasional aporte del tecladista Ron Levy- se convirtió en uno de los números más buscados por los organizadores de festivales en los Estados Unidos. Kubek es reconocido como uno de los mejores guitarristas de blues contemporáneos no sólo por la prensa especializada sino también por sus pares.

La noticia de su muerte conmocionó al mundillo blusero. Kubek tenía 58 años y sufrió un paro cardíaco el domingo en un hotel de Carolina del Norte donde iba a participar de un festival. Ese fue su último blues, el más triste. Musicalmente estaba en un gran momento y así lo había demostrado en sus últimas presentaciones. Nadie mejor para describirlo en pocas palabras que B’Nois King: “Amaba el blues. Siempre fue muy serio con respecto a la música. Tenía un estilo moderno pero realmente había estudiado a los viejos maestros. Fue un gran amigo".


sábado, 10 de octubre de 2015

La historia en su lugar


Norman G. Green tuvo una vida itinerante, como la de muchos de los músicos negros que escribieron la historia grande del blues, aunque en esa historia su nombre no figure. Nació en Bryant, Texas, en 1920, y de chico se fue a vivir con su familia a Oklahoma. Allí empezó a tocar la guitarra y, por su espíritu inquieto, al tiempo emprendió una aventura que lo llevaría hacia el oeste. A comienzos de los ’40, viajó a Las Vegas, Nevada, y en 1947 se instaló en Los Ángeles, la ciudad más pujante del sur de California. Por entonces, el blues en esa región tenía a su amo y señor, T-Bone Walker, quien marcó a Norman, que por entonces empezó a hacerse conocido en el circuito local con el nombre artístico de Guitar Slim Green. Sin embargo, no copió el estilo de T-Bone, sino que se dedicó a recrear el viejo sonido que traía de su Texas natal, una mixtura de blues rural con un concepto más urbano. Grabó con el pianista J.D. Nickleson para Courtney Records y otros músicos locales hasta que tuvo su oportunidad como solista en pequeños sellos locales y editó dos simples: Alla blues y Central Avenue blues; y Baby I love you y Tricky woman blues. Su carrera siguió en Fresno junto al popular Jimmy McCracklin, hasta que en 1957 regresó al sur.

En Los Ángeles conoció al legendario Johnny Otis -pianista, arreglador, director de orquesta, productor y caza talentos-, quien quedó seducido por su estilo y le abrió la puerta para grabar un par de singles más junto a músicos como Al Simmons y Sid Maiden. En 1959, volvió al estudio y, de la mano de Canton Records, editó un nuevo sencillo con Shake ‘em up en el lado A y Jericho Alley en el B. Luego desapareció de la escena pública, algo común entre los músicos de blues de antaño. Slim Green reapareció en 1968 y grabó para sellos de escasos recursos simples que se vendieron muy poco. Entonces fue cuando Johnny Otis le dio una nueva oportunidad. Por entonces, Otis estaba manejando la carrera de su hijo Shuggie Otis, un precoz guitarrista de 15 años, que asombraba con su técnica y había grabado tres discos para el sello Epic. En 1970, Johnny Otis, que tenía contrato con Kent Records, decidió llevar al estudio a Slim Green junto a su hijo.

El resultado fue este álbum que acaba de ser reeditado por Ace Records, Stone down blues, en el que Slim Green canta, toca la guitarra y la armónica, Johnny Otis se encarga de la batería y Shuggie Otis alterna entre el bajo y la viola. El repertorio se nutre de regrabaciones de viejos temas Slim Green y otras compuestas para la ocasión. Si bien el disco mantiene el sonido minimalista y crudo, que sintetiza el paso del campo a la ciudad, la primera canción, Shake ‘em up, tiene un groove muy moderno para la época y el solo de Shuggie Otis deja en evidencia por qué era tan admirado a fines de los '60. En Bumble bee blues se suma Roger Spotts en piano para meterle un poco de barrelhouse al asunto. La reedición cuenta con dos canciones, My Marie y Rock the nation, que no corresponden a esas sesiones pero que muestran a Slim Green en su faceta más primaria.

Así, con una ayudita de sus amigos, Slim Green grabó ese álbum, que resultó ser el único de su carrera, y que apenas fue reeditado poco después por Kent, aunque no tuvo una comercialización muy amplia. Slim Green murió en 1975 y hoy, a 40 años de su muerte, su música renace para que la historia reconozca a este bluesman verdadero.


miércoles, 30 de septiembre de 2015

El semillero del blues local

El Club del Jump – Jump tonic. Hace dos años tuve la oportunidad de participar como miembro del jurado de la final del 2º Concurso de Bandas de Blues organizado por Blues en Movimiento y la Escuela de Blues. Esa noche, ganaron los chicos de 50 Negras. Los otros cuatro grupos que participaron dejaron muy buena impresión, en especial El Club del Jump, una banda formada en Boulogne e inspirada en el sonido de T-Bone Walker y Louis Jordan. Ahora, mucho más maduros musicalmente y con algunos cambios en su formación, acaban de lanzar su álbum debut, en el que ratifican su compromiso con el blues más refinado. Los hermanos Burguez, Martín en guitarra y voz, y Alberto en piano, más Gonzalo Rodríguez en batería y el experimentado Darío “Perro” Gorosito en bajo interpretaron media docena de clásicos y la misma cantidad de temas propios intercalados entre sí. Los impares, con abundante shuffle y altas dosis de swing, son más que nada instrumentales compuestos por los hermanos Burguez, mientras que los tracks pares son covers de grandes maestros del género. Why not, de T-Bone Walker, en el que colabora en armónica Fernando Vázquez; una versión ralentizada y walkeriana de Every day I have the blues; y una enérgica The things that I used to do son las más destacadas, algunas con el refuerzo de la sección de vientos de Támesis. El disco tiene el plus de que fue grabado y mezclado por Daniel De Vita, quien logró darle ese sonido vintage con el propósito de los hermanos Burguez quedó bien de manifiesto.

Junior Binzugna – First blues álbum. Lo primero que hay que señalar es que se trata de un disco con sonido tradicional pero con todas canciones escritas por Binzugna. Lo segundo es que se rodeó de una banda excelente, integrada por Federico Verteramo en guitarra, Alberto Burguez en piano, Germán Pedraza en batería y el grandísimo Mariano D’andrea en bajo y contrabajo. Binzugna, uno de los protegidos de Adrián Flores, se inclina por el sonido de Chicago y sus composiciones, todas en inglés, muestran que es un estudioso en la materia. Su armónica es expeditiva –y eso le valió elogios de Billy Branch y Bob Corritore- aunque algo presuntuosa. Su voz se afirma muy bien en temas como I don’t know why y la armoniosa Trying to make you mine. You’re driving me crazy y Baby, I want to be your man son un poco más funky y souleados por el aporte de los Fisu Horns. Y en Pretty woman resalta la guitarra old school de Daniel De Vita. Si bien la banda suena de manera efectiva y muy compacta, da la sensación de que el sonido no termina de reflejar lo que Binzugna buscaba: sonar como aquellas grabaciones de los 50. Es probable que el estudio en el que grabó –Fidelius- no tuviera las condiciones acústicas necesarias o que las mezclas no hayan sido las más adecuadas. De todas maneras, es un lindo disco y, al igual que con el Club del Jump y decenas de bandas y solistas más, lo importante es que el semillero del blues local sigue dando sus frutos.

sábado, 26 de septiembre de 2015

Raíz blusera, latido stone


“Todos habíamos crecido escuchando las movidas que había por aquella época, rock and roll y todo eso, pero al final nos centramos en el blues, y siempre que estábamos juntos, fingíamos que éramos negros”. Así describe Keith Richards en su autobiografía cómo empezó su amor por el blues cuando los Rolling Stones era apenas una banda en ciernes. En su nuevo álbum solista, el cuarto de su carrera, el viejo maestro no deja dudas sobre su ADN rockero y tampoco olvida sus raíces. Su voz curtida, el sonido imperfecto de su guitarra acústica y sus años en la ruta se condensan en un blues de origen rural, Crosseyed heart, la memorable introducción de poco más de un minuto que da nombre al disco.

Ese comienzo es una declaración de principios, por si a alguno le quedaba alguna duda cuál es su esencia. El rock and roll, su sello, aparece enseguida: Heartstopper tiene un riff asesino que sería imposible atribuírselo a alguien que no sea él. Ese tema tranquilamente podría haber estado en Talk is cheap, su álbum de 1988. Amnesia es un poco más sofisticado, tal vez por el toque de Ivan Neville en teclados, pero mantiene el puslo stone y el solo de Richards, pasados los dos minutos y medio, es mortal. En el medio fluyen unos coros excelsos de dos viejos conocidos: Bernard Fowler y Sarah Dash. El disco sigue con Robbed blind, una balada bucólica al mejor estilo The Worst, con un solo acústico exquisito, un estribillo emocionante y las sutilezas de Charles Hodges al piano y Larry Campbell en pedal steel.

Trouble, el corte de difusión que se conoció hace unos meses, tiene otro riff infernal con su marca característica y una buena dosis de slide por parte de su fiel ladero, Wady Watchell. El primero de los dos covers del álbum tiene el sensual encanto del reggae, otro género por el que Richards siempre tuvo devoción. Love overdue, de Gregory Isaacs, es equiparable a Words of wonder del disco Main offender o Too rude, que Richards grabó primero con los Stones en Dirty work y luego solo en vivo en el Hollywood Palladium, en 1991. Nothing on me tiene una melodía bárbara y Richards impone su tono de voz áspero que contrasta con el delicado acompañamiento vocal de Fowler y Dash. Suspicious es otra balada intensa. Blues in the morning es un rock and roll crudo, que podría haber surgido de las entrañas de Chess Records, y que pareciera que fue grabado en una toma. El tema, además, es un testamento en clave musical de un amigo entrañable de Richards, el gran Bobby Keys, fallecido en diciembre del año pasado, que aquí interpretó un par de solos de saxo. En Something for nothing, Richards recurre una vez más a la fórmula que mejor conoce y deja un nuevo riff para la posteridad.

Illusion es otra balada dulce con un groove cancino que Richards escribió y canta junto a Norah Jones. En Just a gift, el guitarrista se mantiene apacible y lanza una verdad irrefutable: “Sigo siendo el mismo”. El segundo cover del álbum es Goodnight Irene, el clásico de Leadbelly, que Richards entona con emoción alterando un poco la letra original, otra vez amparado por el coro de ángeles negros. Sobre el final, su guitarra se vuelve funky en Substantial damage, un tema extraño, que fue incoporado al disco a último momento. Para terminar vuelve sobre otra balada, Lover’s plea, que tiene un estribillo de película y una rítmica reforzada por una notable sección de vientos.

Así como en 1988 y 1992, Richards volvió a un estudio sin los Rolling Stones y de la mano de Steve Jordan, quien coescribió con él una decena de temas. Crosseyed heart es una obra que tardó mucho en ver la luz, tal vez más de la cuenta, pero como dice el refrán, todo lo bueno se hace esperar. Keith Richards es el rey del rock and roll. No existe en la tierra otro músico que pueda disputarle el trono.


domingo, 20 de septiembre de 2015

Soul time

El viejo soul goza de muy buena salud. Estos tres lanzamientos así lo confirman.

Wee Willie Walker - If nothing ever changes. Escuchar el último disco de Wee Willie Walker es como volver a Memphis en 1967. Todo el álbum tiene un sonido retro y la voz de Walker condensa tanto soul como góspel y R&B. A diferencia de los últimos años en Minneapolis, en los que estuvo respaldado por su banda local, The Butanes, aquí se rodeó de excelentes músicos de la escena blusera como el guitarrista Kid Anderson, el bajista Lorenzo Farrell y el baterista J. Hansen, los tres integrantes de The Nightcats, la banda de Rick Estrin, quien produce el álbum y acompaña en armónica en Funky Way. El tecladista Jim Pugh, el bajista Randy Bermudes, los violeros Rusty Zinn y Bob Welsh, así como media docena de caños liderados por el saxofonista Terry Hanck completan la lista. También participa Curtis Salgado, con quien Walker canta a dúo una extraordinaria versión de Help!, de los Beatles, reconvertida en balada blusera. También reversiona dos temas de Eddie Hinton, Everybody meets Mr. Blue y Hymn for lonely hearts. Walker es un cantante de esos que aparecen muy de vez en cuando: su voz sintetiza pasión y mucho sentimiento.

Vintage Trouble – 1 Hopeful Rd. La banda de Los Ángeles acaba de lanzar su segundo álbum, el primero para el sello Blue Note, con el que confirman todo lo que habían insinuado con su producción independiente de 2011, The Bomb Shelter Sessions. Aquí, además de tener el respaldo de uno de los sellos más importantes del mundo, contaron con la producción de Don Was, un tipo que ostenta haber trabajado con los Rolling Stones, Van Morrison, Bonnie Raitt y Joe Cocker, entre muchos otros. La banda se sostiene en la voz del cantante Ty Taylor, la guitarra punzante de Nalle Colt y la rítmica contundente que forman el bajista Rick Barrio Dill y el baterista Richard Danielson. Las doce canciones, todas compuestas por el ellos, tienen, como el nombre de la banda lo indica, una entrega vintage. Hay muy buenas armonías vocales, exquisitos solos de guitarra y unos arreglos muy interesantes. Los temas más destacados son las rockeadas Strike your light y Another baby, y las baladas From my arms y Doin' what you were doin'.

Billy Price & Otis Clay – This time for real. Este dúo vocal es como el yin y el yang. Billy Price, cantante blanco de R&B de Pittsburgh, y Otis Clay, vocalista negro de soul y góspel de Chicago, combinan sus voces bajo la batuta del guitarrista Duke Robillard. El resultado es un disco con un feeling fantástico. Para muestra basta un botón, y ese botón es la superlativa I’m afraid of losing you. Price y Clay, que se conocen desde 1982 y han compartido escenarios infinidad de veces, también pusieron su magia en temas de monstruos del soul como Joe Tex, Sam & Dave, The Spinners, Syl Johnson y Bobby Womack. Para Price, que fue vocalista de Roy Buchanan en los setentas, haber grabado este disco en los estudios Delmark con Clay fue un sueño cumplido. “Otis es mi mentor y mi máxima influencia. Haber grabado con él es la mayor emoción de mi vida”, dijo. Para Clay, “este proyecto es la culminación de lo que empezamos en 1982”. Y como si fuera poco, ante la magnitud de esa combinación vocal, emerge la fina guitarra de Robillard. ¡Un lujo!

viernes, 11 de septiembre de 2015

Blues del bueno... y en español


El nuevo disco de los Easy Babies, Tipos raros, es una clara demostración de cómo se puede innovar en el blues sin alterar sus parámetros tradicionales. Y es la confirmación de que el blues también se puede cantar en español sin caer en los típicos clichés métricos de acentuación y poéticos. Mauro Diana en bajo y voz, y Roberto Porzio en guitarra son el alma del grupo. El baterista Homero Tolosa y el guitarrista Federico Verteramo aportan pulso, ritmo e inventiva. Gabriel Cabiaglia, en su rol de productor artístico, es el quinto elemento de esta destacada agrupación. Pero este disco, además, cuenta con una docena de invitados que jerarquizan cada una de las canciones.

El álbum comienza con Tipo raro, un tema que escribió Flavio Rigatozzo, más conocido como Tota Blues, y que se encuadra en la línea de dos grandes canciones que los Easy Babies editaron en su primer disco: (Estamos) Haciendo las cosas bien y Conseguite otra mujer. Aquí, cuentan con la soltura del hammond de Nico Raffetta y los caños a cargo de Yair Lerner y Mauro Chiappari. Luego arremeten con La decisión, que lleva la firma de Diana y Porzio, una canción en clave de southern soul por la melodía y el aporte de los vientos, con una brisa de zydeco cuando Dai Antonini ejecuta su acordeón. En Se derrumbaron la armónica de Adrián Jiménez sentencia Chicago blues, mientras que Porzio afila el slide y el piano de Raffetta se cuela por entre la rítmica ajustada de Tolosa y Diana. Este último canta en un nivel formidable sobre un amor que se terminó.

Foto Ornella Capone
Una sorpresa: Easy Babies homenajea a Manal con una versión animada de No pibe, con Tito Maza en teclados y con solos descarnados de los dos guitarristas. Siguen con Loquillo stomp, un instrumental con el sello de Porzio, que da paso a Es mejor así, un blues con elementos del doo wop, que escribió Hernán Morana, y que cuenta con el arreglo vocal de Joaquín Lascano y las voces de Guido Venegoni, Gabriel Grätzer, Braian Chávez y Porzio, y un punteo sensacional, inspirado en T-Bone Walker, de Fede Verteramo. Ay ay ay ay es otra brillante interpretación vocal de Diana, que se sumerge en el sonido de Nueva Orleans con la compañía del piano de Tavo Doreste, un solo de trompeta con sordina de Leonel de Francisco y con el cierre efusivo, a lo Treme, a cargo de Fisu Horns.

Todo lo que tengo tiene una melodía exquisita, no es tanto un blues, pero sí una hermosa canción en la que sobresale el canto intenso de Porzio, por encima del colchón rítmico que crea la tecladista Anahí Fabiani. No pienses más en mí nos remonta al blues de Texas, el de Albert Collins, con una notable participación, otra vez, de Fisu Horns y el hammond de Machi Romanelli. El disco cierra con Otra noche, compuesta por Diana y el Ciego Goffman, que en el final luce unos coros a cargo de la crema de la crema de Blues en Movimiento. Si en el tema anterior los Easy Babies recordaban a Albert Collins aquí, sin dudas, rememoran a Otis Rush. 

Cinco años pasaron desde el lanzamiento de El blues paga mal. Y el tiempo no pasó en vano. Si bien aquél es un gran álbum, Tipos raros marca un claro progreso en su sonido y en sus composiciones. Los Easy Babies van por más… siempre.

viernes, 4 de septiembre de 2015

Hermanos latinoamericanos

Carlos Elliot Jr. & The Cornlickers – Del Otun & El Mississippi. Tremendo disco del guitarrista colombiano, uno de los pocos músicos en el mundo que condensa el sonido del North Mississippi Hill Country blues sin ser nativo de esa región. El álbum, el cuarto de su carrera, comienza con la poderosa Down in Como, con la que sienta las bases de su música. Sigue con Katrina the mule, una exquisitez bailable y con mucho groove capaz de levantar hasta los muertos. I love you with all my heart tiene la cadencia de un boogie ralentizado. Got this feelin’ rompe un poco la línea, es una balada más melódica y limpia. Two rivers (Dos quebradas) tiene tantos elementos rítmicos del blues como espíritu latinoamericano. Hoop of life es una transición mística, que parece evocar al gran Otis Taylor. When the bit hits you es Hill Country blues en su máxima expresión, así como My mule bray’s in Othar’s hood, en honor al gran Othar Turner, maestro del pífano, una pequeña flauta muy aguda que se toca atravesada. Los dos últimos temas, This is my band y Story of Otun & North Ms terminan de redondear una propuesta auténtica y novedosa por estas latitudes. Elliot es un guitarrista notable, gran cantante y un compositor en ascenso. Todo eso queda demostrado en este álbum, en el que cuenta con la colaboración de R.L Boyce, que traza una línea imaginaria entre las praderas que habitaron Junior Kimbrough y R.L. Burnside y el eje cafetero colombiano.

Nico & The Blues Swingers – 4th unsuccessful album. La banda chilena liderada por Nicolás Wernekinck, que cuenta con el guitarrista Felipe Ruf, se ajusta al blues más tradicional, con un sonido cuidado y una fuerte impronta Chicago. We are the blues swingers es un blues de medio tiempo que hace las veces de presentación del grupo, en el que las guitarras de Wernekinck y Ruf se entrelazan en solos breves pero punzantes. En Goodbye Santiago (Hello Chicago) la banda anticipa que tiene un pulso poderoso para el swing. En How can I turn from that? la intensidad no decae y la armónica de Cristian Inostroza juega un rol clave para que eso suceda. El grupo se sumerge en el blues lento con 5.30 in the morning, Wernekinck canta bajo y templado, mientras que la armónica intercede entre los versos, al ritmo acompasado que marcan Rodrigo Calderón en batería y Johan Pasten en bajo. El álbum sigue, alternando entre temas que manifiestan una marcada influencia de Jimmy Reed, otros más animados, en los que destilan boogie, shuffle y mucho más swing, y algún slow blues como Little list, profundo y estimulador. Al igual que Carlos Elliot Jr. esta banda chilena compone en inglés, aunque en este caso reivindican más el sonido tradicional del blues urbano.

domingo, 30 de agosto de 2015

La teoría de la evolución

FOTOS DEL SHOW BRUNO LEONEL
El nuevo disco de Támesis, Contra la corriente, es excelente. Marca una notable evolución musical con respecto a los dos anteriores, que ya de por sí son muy buenos. Se nota que el tiempo no pasó en vano y que los integrantes del grupo se toman muy en serio lo que hacen: detrás de este proyecto hay un laburo muy profesional y dedicado, potenciado por la buena química que hay entre ellos. Ahora, cuando estos músicos se presentan en vivo se superan a sí mismos. La formación blusera de cada uno de ellos se percibe en el núcleo de su sonido y la impronta del rock sureño estalla en la revalorización de la jam, como modo de expresión, entre canciones novedosas de hermosas melodías. Todo eso quedó expuesto el viernes a la noche durante la presentación del grupo en el Teatro Vorterix.

Así como en Contra la corriente, Támesis comenzó con Me siento perdido. Las guitarras de Julio Fabiani y Brian Figueroa produjeron una descarga eléctrica brutal. Los planetas se alinearon para la aparición rutilante de Guido Venegoni y el cosmos se conmocionó al ritmo del rock and roll. Durante las dos horas siguientes esa sensación de éxtasis no desaparecería ni arriba ni abajo del escenario.

Antes de que promediara la mitad del show, Támesis ya había tocado más de media docena de temas de su nuevo álbum, en algunos con Mauro Chiappari y Yair Lerner en los caños, o con los coros a cargo de Florencia Andrada y Micaela Gaudino reforzados por la presencia de Emma Laura Pardo. Germán Wiedemer, productor del álbum, se sumó en teclados para acompañar a Diego Gerez. En Soy tu canción los pianos lideraron la escena, como en Layla o en Free Bird, con la banda retraída para que la melodía fluyera sin interferencia eléctrica. Antes, en La fuerza, hubo un momento que recordó a Blind Faith, cuando Julio Fabiani irrumpió con un solo como los que solía intercalar Clapton cuando Steve Winwood lo acompañaba en teclados. En esa primera parte, Támesis también interpretó algunos de sus clásicos como Aprendiste a volar, Desperté y Mensaje para vos, ésta última en formato acústico y reducido con Brian en guitarra, Julio en banjo y Guido en voz.

Al borde del escenario, la portada de un vinilo de Black Crowes relució durante toda la noche como un amuleto de la buena suerte.

La segunda parte fue sensiblemente más funky porque los caños subieron al escenario para quedarse. También fueron invitados el bajista Mauro Bonamico y Nicolás Bereciartúa que atacó con su slide en Tu lugar, mi lugar. En Solo, otro de los temas del nuevo disco, Guido, que ya llevaba más de una hora saltando y arengando al público, se enchufó otra vez en 220 y fue por más. Como en todos sus shows, siempre hay un cover. Esta vez, fue Post crucifixión, de Pescado Rabioso. En Soy igual a vos, Guido intentó descansar sin perder la magia. Se sentó junto a Brian en la cornisa del escenario y cantó más relajado. La pegadiza Viaje sideral llegó sobre el final, ante la ovación del público, junto a Mis cenizas y Consuelo para pocos.

En términos futboleros, Támesis salió a la cancha con la ambición de los ganadores. Es un equipo bien ensamblado en el que claramente no hay divisiones y todos tiran para el mismo lado. Guido es el creativo, el 10. Brian y Julio son los delanteros goleadores. Homero Tolosa y Sacha Snitcofsky, la rítmica, es la férrea defensa sobre la que se sostiene todo el equipo. Las coristas, los caños y Gerez completan un plantel con mucha garra y talento, amparados por Lucas Gavin, el DT.

Tanto en el álbum como en el recital del viernes, Támesis confirmó la teoría de su propia evolución y así dejó en claro que el proyecto tiene todavía más futuro que presente. En los próximos años iremos viendo como esta banda seguirá su ruta ascendente hacia el cosmos, el hábitat natural de las estrellas.

Contra la corriente

miércoles, 26 de agosto de 2015

Arde Jimmy


En su nuevo disco, Jimmy Burns revalida su trayectoria con un puñado de canciones que, como describe el sello Delmark en su gacetilla de prensa, representan “un paseo por el Delta”, no porque se trate de un álbum de blues crudo, sino más bien por la esencia de lo que manifiesta. Y aquí, como en sus álbumes anteriores, el viejo maestro también está en llamas. ¡Arde!

Burns es uno de los músicos que mejor combina el blues tradicional y el soul. Instalado en Chicago desde hace décadas, el cantante y guitarrista le imprime a cada uno de los 15 temas de It ain’t right su marca personal. No se trata de un mero disco de covers. En cada interpretación hay una búsqueda profunda y espiritual. La voz de Burns es intensa y refleja una vida bien blusera. Mientras que su guitarra combina simpleza, pasión y experiencia.

En temas como Big Money problem, Hard hearted woman, A string tou your heart o I know you here me calling desgrana el blues más auténtico apoyándose en el piano del japonés Sumito Ariyoshi. En Snaggletooth mule y My heart is hanging heavy apunta a un blues más moderno. Mientras que en Crazy, crazy y Rock awhile se recuesta sobre un sonido que nos remite al rock and roll de la década del 50. El disco tiene mucho soul también: Will I ever find somebody?, Long as you’re mine y Surrounded son las más animadas, en las que se destacan una sección de caños conducida por el trompetista Marques Carroll y el hammond de Roosevelt Purifoy.  Burns además versiona tres clásicos que a esta altura ya superaron cualquier barrera temporal: Stand by me, de Ben E. King; Messin’ with the kid, de Mel London y que se adueñó Junior Wells; y Wade in the water, negro spiritual de los Fisk Jubilee Singers. Ninguno de las tres versiones son un calco de los originales y eso las hace más interesantes aún.

El resto de los músicos que acompañan a Burns son Anthony Palmer en guitarra rítmica, Greg McDaniel en bajo y Bryant T Parker en batería. No hace falta decir que la banda es una pieza de relojería al servicio del gran maestro. It ain’t right es otra muestra de que el blues no es un género cuadrado y cerrado, sino que tiene variantes y puede estar sujeto a ciertas transformaciones para poder preservarse y trascender.

viernes, 21 de agosto de 2015

Quinta a fondo

FOTOS: EDY RODRIGUEZ
Robben Ford puso quinta a fondo. Ya nos había cautivado en vivo en 1992, 1994, 2001 y 2014, y ahora lo volvió a hacer. No se pueden comparar los tres shows más antiguos con el que anoche dio en Vorterix, pero sí con el del año pasado, principalmente porque vino con la misma banda: el bajista Brian Allen y el baterista West Little. Esta vez fue una presentación más enérgica y extensa que la del Teatro Coliseo.

El aperitivo de la velada musical comenzó poco después de las 20.30 con Nasta Súper, que tocó tres temas propios que aparecerán en su próximo disco: El gran estafador, Que curioso y La negación. Acompañado por Walter Galeazzi en teclados, Mauro Ceriello en bajo y Gabriel Cabiaglia en batería, Rafa Nasta ratificó todas sus cualidades con la guitarra eléctrica. Luego apareció en escena el armoniquista Mariano Massolo con su combo de gipsy swing. Lamentablemente el público estaba un poco disperso y sus canciones se evaporaron sin mayor trascendencia en el amplio espacio del teatro.

A las 21.30, con un teatro desbordante, se sirvió el plato principal. “Please give the welcome to The Robben Ford Band” anunciaron en perfecto inglés desde la cabina de sonido, luego de dar algunas indicaciones sobre el uso de cámaras de fotos y celulares. El guitarrista arrancó con una dinámica versión de Howlin’ at the moon, de su flamante disco Into the sun, para pasar a Midnight comes too soon, de A day in Nashville, en la que tuvo un percance con su amplificador. De repente se quedó sin sonido, Allen y Little siguieron con la rítmica, tímidos, mirando el fastidio que irradiaba su jefe. Los técnicos tardaron en solucionar el problema y los tres músicos dejaron el escenario por unos minutos. Cuando volvieron, Robben pidió disculpas y retomó donde había dejado. Encadenó otras tres canciones de Into the sun, Same train, Rainbow cover y Rose of Sharon, todavía con alguna molestia por el sonido. “Sounds pretty noisy”, se quejó.

No hubo mucho blues en la noche, sino más bien una abundante mezcla de géneros. Pero sí dos homenajes a grandes maestros de la guitarra blusera. El primero fue Cannonball shuffle, dedicada a Freddie King, y el segundo, Indianola, un frenesí rockeado a la memoria de B.B. King. Ford mostró sutiles pinceladas jazzeras en Eartquake, del álbum Soul on ten, y en High heels and throwing things dejó que sus músicos tomen el liderazgo. Allen masacró las cuerdas de su bajo con un pulgar asesino y Little golpeó su batería con la fuerza de un tractor.

La última parte lo encontró animado y reflexivo. Primero con Fair child, de Bring it back home, después con Nazareth, de su época de Renegade Creation, y al final con Cause of war, de su último trabajo. Los tres músicos dejaron sus instrumentos, caminaron al centro del escenario, se abrazaron y saludaron al público. La ovación fue tal que tardaron 30 segundos en volver para los bises: How deep in the blues y Thoughtless.

Robben Ford usó dos guitarras, una Gibson SG y una Telecaster, y demostró una vez más que es uno de los violeros más exquisitos y versátiles que giran alrededor del blues. Pero además lució un fabuloso registro vocal, algo por lo que también debería ser reconocido. Fue un show intenso y ecléctico en el que, una vez superado los problemas técnicos, metió quinta a fondo hasta el final.


lunes, 17 de agosto de 2015

El pulso del viejo blues

FOTOS TIO TOM
A Johnny Shines le hubiera gustado escuchar a estos músicos del sur de Brasil. Little Walter y Sonny Williamson se sentirían orgullosos de ellos. Howlin’ Wolf los miraría con cierto recelo pero al final los aprobaría. The Headcutters reproduce el viejo sonido del blues de Chicago con una intensidad y un talento indiscutible.

El sábado a la noche se presentaron en vivo en Mr. Jones, en el marco de una gira por la Argentina que incluyó otros tres shows en territorio bonaerense. Y no hicieron otra cosa que ratificar su compromiso y respeto con la historia más sagrada del blues como lo hicieron en su flamante disco Walkin’ USA.

El show comenzó a la medianoche y abrieron con Nobody but you, tema que Little Walter grabó originalmente para el sello Chess. Joe Marhofer desplegó unas líneas de su Hohner Marine Band muy contundentes y amplificó su voz con el micrófono de la armónica, como lo haría durante casi todas las canciones que cantó. A su lado, Ricardo Maca, vestido como un verdadero bluesman de la década del 50, empezó a mostrar su versatilidad con las seis cuerdas de una reluciente Epiphone Casino gold top. La rítmica, conformada por Arthur “Catuto” Garcia en contrabajo y Leandro “Carveta” Barbera en batería, mantuvo una base con mucha disciplina y swing.

Párrafo aparte merece Catuto, que toca un contrabajo italiano con cuerdas de tripa que tiene un sonido retro que no se escucha habitualmente. Lo maneja con una soltura y naturalidad que parece que pesa lo mismo que una pluma, cuando en realidad es un armatoste denso y poco maniobrable. Un detalle: sobre el final del show, en un par de ocasiones, levantó el contrabajo por encima de su hombro, inclinó su cuerpo y se mandó unos solos muy viscerales.

Algunos de los temas que interpretaron en las dos horas que duró el show fueron Keep your hands out of my pocket, de Sonny Boy Williamson; It was a dream, de John Brim; Muskadine blues, de Little Walter; You don’t have to go, de Jimmy Reed; y Mean old train, de Otis Spann. Algunos los cantó Marhofer, con una voz potente y áspera, y otros Maca, más modelado y melódico.

La banda invitó a algunos amigos al escenario. Primero fue Nico Smoljan que interpretó con su armónica Telephone blues, de George Smith, y luego cantó Tomorrow night, de Junior Wells. Después le tocó el turno a Mariano D’Andrea, que le hizo frente a las cuerdas de tripa con garra, aunque cuando terminó sacudió su mano expresando dolor. Matías Cipilliano se lució con la Epiphone de Maca en The things I used to do, que a continuación pasó a manos de Daniel De Vita. Los brasileños cerraron con un boogie a toda máquina y volvieron al escenario, por el bullicio de la gente, para interpretar Somebody knocking at my door, de Howlin’ Wolf.

Durante dos horas, los Headcutters convirtieron a Mr. Jones en un bar del sur de Chicago de los 50, como Theresa’s, y grabaron lo que probablemente sea su próximo disco en vivo. Fue una performance notable de un grupo que rescata el pasado garantizando el futuro del blues.

martes, 11 de agosto de 2015

El regreso a casa


Los Allman Brothers tienen infinidad de discos en vivo, al menos una decena fueron editados oficialmente y muchos más forman parte de una selecta colección de bootlegs. Tal vez, aquellos que no siguen tan de cerca a la banda los encontrarán repetitivos o abrumadores. Pero los verdaderos fanáticos saben apreciarlos muy bien. Cada show de los Allman Brothers tuvo su particularidad, su momento único e irrepetible. Cada concierto fue un pequeño hito. Este álbum doble –acompañado por un DVD- que acaba de editar el sello Rounder, captura al viejo Gregg al frente de su propia banda en una performance memorable, potenciada por una exquisita elección de temas, una notable selección de músicos, y un sonido limpio y envolvente.

Si At Fillmore East, de 1971, representa el momento supremo de la banda, su consagración como íconos del rock sureño en medio de un estallido creativo e interpretativo; Back to Macon, GA, marca la coronación de Gregg Allman arriba de un escenario.

El show fue grabado el 14 de enero del año pasado en el Grand Opera House de la ciudad en la que los Allman Brothers sentaron las bases del género a fines de los 60, y un par de meses antes de la despedida de la banda en el Beacon Theatre de Nueva York. Aquí, Gregg Allman estuvo acompañado por Scott Sharrard (voz y guitarra), Ben Stivers (teclados) Ron Johnson (bajo), Marc Quiñones (percusión) y Steve Potts (batería), más una sección de caños comandada por el saxofonista Jay Collins, y el aporte extraordinario de su hijo Devon en guitarra.

A diferencia de los shows de los Allman, de versiones épicas y extensas improvisaciones capaces de abrir surcos en las melodías, aquí las canciones tienen un groove relajado y los solos fluyen sin escaparse de la estructura melódica.

La primera parte está más volcada al cancionero solista de Gregg Allman, más allá de que abre con el clásico Statesboro blues. Si bien el slide marca el inicio como en la versión original, canta con un registro más souleado, elevado por una descarga brutal de los vientos. Sitvers se luce con un solo de piano y también presentan sus credenciales Collins y Sharrard. Luego siguen con una animada I’m no angel y después con Queen of hearts, la balada blusera -al mejor estilo Gary Moore- que Gregg grabó en su álbum Laid back de 1973. Aquí, otra vez, brillan los caños con una intensidad superlativa y el cantante se luce con una interpretación sobrenatural. Acto seguido, se zambulle en lo más profundo del blues, como ya lo hizo hace cuatro años con el disco Low country blues. El tema elegido es I can’t be satisfied, en honor a Muddy Waters.



Gregg toma la guitarra acústica y vuelve sobre su disco Laid back con These days, otra balada, aunque folkie esta vez, que escribió Jackson Browne. Entonces retoma el repertorio de los Allman Brothers con el clásico Ain't wastin' time no more, un vuelo rítmico atrapante en el que otra vez su canto sutil se combina con el saxo de Collins y la guitarra de Sharrard. El piano marca un quiebre en el inicio del siguiente tema. Un viejo blues de Ray Charles, Brightest smile in town, que suena cargado de emoción. Y cuando uno queda como atrapado por ese ritmo suave y cansino, la banda arremete sin aviso con Hot lanta, un himno instrumental de los 70. A su término, las voces se elevan con un “Yeah, yeaaaaaahhhh” estilo Memphis en I’ve found a love, de Wilson Pickett.

El disco dos empieza con Don't keep me wonderin’, otra típica aventura de los Allman en vivo, y Before the bullets fly, escrita por Warren Haynes, en la que Sharrard le imprime mucho estilo Albert King a sus punteos. La parte final tiene una seguidilla Allman –Melissa, Midnight rider, Whipping post y One way out- interrumpidos por Love like kerosene, un tema muy rockeado de Sharrard que se acopla muy bien entre tantos clásicos. En todos esos temas proliferan los solos de hammond a cargo de Gregg Allman, las guitarras y el saxo de Collins. Las canciones no superan los seis minutos, salvo por One way out que dura poco más de 11. Eso permitió que en los dos discos incluyan 16 tracks, algo que hubiese resultado imposible con los Allman Brothers. El DVD tiene dos bonus: Stormy monday y Floating bridge.

Gregg Allman fue el arquitecto de un estilo que a fines de los 60 revolucionó la música popular y sirvió como respuesta de los jóvenes estadounidenses ante la invasión británica. Y lo hizo con lo que tenía a mano, lo más profundo de sus raíces musicales: el blues, el country y el jazz. Hoy es una leyenda viva y este álbum doble no sólo marca su regreso a su casa sino la confirmación de que está más vigente que nunca.

martes, 4 de agosto de 2015

Nacido para tocar la guitarra


“Tengo una reputación y todos saben mi nombre, nací para tocar la guitarra, tengo el blues fluyendo por mis venas”. 

Buddy Guy no aparenta la edad que tiene. A los 79 años, el guitarrista nacido en Louisiana acaba de lanzar un nuevo disco, el número 28 de su extensa carrera, y sigue tan activo como siempre. Y tampoco suena como un octogenario. Por el contrario, tanto en vivo como en el flamante álbum, descarga unos solos cargados de adrenalina propios de un joven virtuoso que quiere imponer todas sus condiciones.

Born to play guitar es una aseveración que, creo, nadie se atrevería a discutirle a Buddy Guy. Pero el disco, al igual que algunos de los que editó en los últimos años, tiene un toque exagerado de sobreproducción y suena pesadamente comprimido y ruidoso. Eso tiene mucho que ver con la producción de Tom Hambridge, quien ya trabajó con él en el doble Rhythm & Blues (2013), en Living proof (2010) y en Skin deep (2008), todos discos que comparten esas características sonoras así como una lista de importantes artistas invitados y canciones hechas a la medida para la stratocaster inflamada de Buddy Guy. Hambridge trabajó de la misma manera con James Cotton en Cotton mouth man (2013).

Pero se ve que es lo que Buddy Guy quiere para esta etapa de su carrera. Este álbum poco tiene que ver con lo que grabó en sus comienzos para el sello Chess o ese maravilloso disco noventoso que fue Damn right, I’ve got the blues. Es decir, no apunta tanto a satisfacer a quienes lo escuchan desde hace años, sino que busca arrastrar a nuevos oyentes a los cauces del blues.

Los mejores temas del disco son Born to play guitar, en el que Buddy resume su vida con unas pocas frases. Empieza cantando apenas con unas líneas de guitarra detrás y su voz, desnuda, destila todo el blues que tiene adentro. Luego aparece la banda y el tema gana en intensidad y se impone el estilo Chicago. Aquí se destaca el piano de Reese Wynans al tiempo que los solos de guitarra son profundos pero no tan pirotécnicos. Wear you out tiene todo el calibre de las seis cuerdas distorsionadas de Billy Gibbons y las voces de ambos confluyen de manera excepcional. Kiss me quick y Too late tienen a Kim Wilson como invitado, que aporta el sonido de su armónica en una aproximación a un plano más tradicional. En Come back Muddy, dedicada a Muddy Waters, tema con el cierra el disco, se regodea entre instrumentos acústicos y sin tanto frenesí.

Párrafo aparte merecen las participaciones de Joss Stone y Van Morrison. La cantante inglesa, de una belleza incomparable, deslumbra con su voz soulera en (Baby) You got what it takes, y por momentos suena como poseída por el espíritu de Etta James. El legendario vocalista irlandés aparece sobre el final del disco para cantar a dúo una balada en honor a B.B. King: Flesh & bones tiene algo de Feels like rain y poco que ver con el resto de los temas de este disco. Pero siempre es bueno escuchar a dos grandes juntos.

Un nuevo disco de Buddy Guy siempre es noticia y, desde ya, vale la pena escucharlo, porque al fin y al cabo es parte de su legado musical.

miércoles, 29 de julio de 2015

Sonido vintage


- Escucha esto.
- ¡Qué bueno! ¿Quiénes son?
- The Headcutters.
- Tremendos. ¿De qué año es el disco? ¿56 o 57?
- No, 2015.
- Me jodes…

Este diálogo sintetiza la sorpresa que provoca escuchar a esta banda brasileña que reproduce un sonido vintage como muy pocos grupos de blues en el mundo.

El núcleo de los Headcutters son Joe Marhofer (harmónica y voz), Ricardo Maca (guitarra y voz), Arthur “Catuto” García (contrabajo) y Leandro “Cavera' Barbeta (batería). Los cuatro han logrado recrear el estilo clásico que se remonta al de la década del 50 en Chicago, de la mano de artistas como Muddy Waters, Howlin’ Wolf y Little Walter. Su tercer disco, Walkin’ USA, fue grabado de manera analógica en La Mesa, California, y contó con la producción y colaboración de una de las promesas del blues estadounidense, Jon Atkinson.

La selección de temas es exquisita. Interpretan con una fidelidad asombrosa The sun is shining, de Jimmy Reed; Need my baby, de Walter Horton; Be careful what you do, de John Brim; Worried life blues, de Big Maceo; Keep your hand out of my pocket; de Sonny Boy Williamson; y One more chance with you, de Little Walter, pero sin caer en los típicos clichés del género. La banda alcanza su pico máximo cuando versiona I’m worried, de Elmore James, cantada por Atkinson. Desde Jeremy Spencer en Fleetwoood Mac a fines de los 60 que no se escuchaba una interpretación tan leal a la original como esta. Atkinson también canta con una destreza impactante Moanin’ for my baby, reviviendo el espíritu del gran Chester Burnett. Pero no todos son covers: los Headcutters también componen. Aquí estrenan California breakwown y Hard drinking man, que tiene como marca distintiva un slide que parece la cuchilla afilada de un carnicero.

El disco tiene tres bonus tracks en los que se suman el cantante Jerry Careaga y el guitarrista Mark Mumea, de los Silver Kings, para arrastrar el blues a un etapa previa a la era dorada de Chicago con Can’t trust my self, de Big Joe Williams, como tema destacado.

La banda oriunda de Itajai, en el estado de Santa Catarina, al sur de Brasil, ya lleva diez años ininterrumpidos alentando la escena musical local y peleándola a nivel internacional. En ese período compartieron escenario con Junior Watson, Billy Branch, Eddie C. Campbell, Phil Guy, Lynwood Slim y Mitch Kashmar, así como también con otro músico brasileño de primer nivel, y guardián del sonido más clásico, como Igor Prado.

Pronto estarán caminando aquí en la Argentina. Primero presentarán el disco en Music Room, en la ciudad de Salto, el 13 de agosto y luego desembarcarán en el Conurbano bonaerense: el 14 en Espacio Dalí (Monte Grande), el 15 en Mr. Jones (Ramos Mejía) y el 16 en Loco Arte (Adrogué). Cada uno de esos shows será una buena oportunidad para realizar un viaje imaginario en el tiempo y revivir como sonaba el blues en Chicago hace más de 60 años.


miércoles, 22 de julio de 2015

Dylan lo hizo


 Hace 50 años, Bob Dylan cambiaba la historia del rock para siempre. Entre junio y agosto de 1965, se encerró con una banda eléctrica en el estudio A de Columbia Records, en Nueva York, para grabar los nueve temas que conformarían el álbum Highway 61 Revisited, entre ellos Like a Rolling Stone, tal vez la mejor canción de la música popular contemporánea.

El trasfondo es conocido: un año antes, Dylan conoció a los Beatles. Ese encuentro marcó a fuego tanto al cantautor como a los músicos de Liverpool. El primero quedó impactado con el sonido de la banda y ellos se maravillaron, porros de por medio, con la poesía de Dylan. A partir de entonces, ambos comenzarían a buscar un sonido diferente en sus carreras.

A comienzos de 1965, Dylan mostró un anticipo de lo que se estaba gestando en su interior con el lanzamiento de Bring it All Back Home, su quinto álbum, que acunaba tanto canciones folk como otras más rockeadas. Dylan estaba en el pináculo del mundo folk. Era la estrella absoluta. Sus discos anteriores, especialmente The Freewheelin' Bob Dylan y The Times They Are a-Changin', habían sentado las bases de la época y marcaban el pulso de los reclamos por los derechos civiles en los Estados Unidos. Era la voz de una generación, aunque él no se sentía muy cómodo con eso.

Michael Bloomfield
Para la grabación de su sexto álbum, Dylan se rodeó con una selección de jóvenes músicos de primer nivel: Al Kooper (teclados), Michael Bloomfield (guitarra), Bobby Gregg (batería), Harvey Brooks (bajo), Charley McCoy (guitarra), Paul Griffin (piano) y algunos más. Todos ellos contribuyeron con su toque mágico. Kooper aportó el riff inicial en Like a Rolling Stone, el único de los temas que fue producido por Tom Wilson, luego reemplazado por Bob Johnston, y Bloomfield le dio con sus punteos ese toque blusero que Dylan buscaba.

Like a Rolling Stone fue lanzado como single el 25 de julio de 1965. Una semana después, Dylan se presentó en el Newport Folk Festival junto a la Paul Butterfield Blues Band. La banda desplegó un sonido eléctrico estruendoso y provocó una reacción adversa en gran parte del público. A Pete Seeger, uno de los organizadores, se le atribuyó haber querido interrumpir el show de manera abrupta, aunque eso no fue del todo cierto. “A mí no me molestó que Dylan se electrificara. Yo me puse furioso porque había tanta distorsión que no se entendía lo que estaba cantando. Entonces le pedí al sonidista que lo arreglara y él me respondió que así era como la banda lo quería. Me enojé tanto que dije que si tenía un hacha cortaba los cables”, contó el propio Seeger en más de una oportunidad. Tras interpretar Maggie’s Farm, Like a Rolling Stone y una versión preliminar de It Takes a Lot to Laugh, It Takes a Train to Cry Dylan se tomó un descanso. Al rato volvió solo con la acústica para calmar a los puristas. Interpretó It's All Over Now, Baby Blue y Mr. Tambourine Man.

Bob Dylan
Tras la polémica aparición en Newport, Dylan siguió adelante con la grabación del disco. El tiempo que no estaba en el estudio de Manhattan lo pasaba en su residencia de Woodstock componiendo. En esos días, Dylan y la banda grabaron varias tomas de Tombstone Blues, It Takes a Lot…, From a Buick 6, Highway 61 Revisited, Ballad of a Thin Man y el resto de los temas que conformaron el álbum, así como también otras que quedaron afuera de la mezcla final y que con el tiempo serían editadas en sus clásicos Bootleg Series.

El álbum fue lanzado el 30 de agosto de 1965 y se convirtió en un suceso absoluto, que se revalorizaría mucho más con el correr de los años. Más allá de consolidar a Dylan como uno de los artistas más trascendentes de la década del 60, abrió la puerta a un nuevo sonido, que tendría su pico de mayor creatividad entre 1967 y 1969. Dylan había reconvertido la esencia del rock and roll.

Y el blues tuvo mucho que ver en eso. La participación de Mike Bloomfield fue un aporte fundamental, pero lo más significativo fue la elección del nombre del álbum. La autopista 61 une la ciudad de Duluth, en Minnesota, donde nació Dylan, con St. Louis, Memphis y el Delta del Mississippi hasta llegar a Nueva Orleans. Muddy Waters, Charley Patton, Howlin’ Wolf, Roosevelt Sykes e infinidad de bluseros atravesaron esa ruta de norte a sur y de sur a norte cantando sus blues y ahogando sus penas. La leyenda dice que Robert Johnson hizo un pacto con el Diablo en el cruce de la 61 con la 49. De alguna manera, Dylan trasladó toda esa historia a esas nueve canciones que conforman Highway 61 revisited. Mezcló su pasado folkie, con aquellos viejos blues de los pioneros, una poesía profunda y rabiosa, y un sonido potenciado con 110 volteos. Nada volvería a ser igual en la música.

miércoles, 15 de julio de 2015

Generando conciencia


Neil Young hizo de todo. Grabó discos acústicos y eléctricos. Rock, rockabilly, folk, country, grunge, música experimental y blues fueron algunos de los géneros que abarcó en su extensa carrera. Compuso algunas de las más extraordinarias canciones de los últimos 50 años y tocó con Bob Dylan, Pearl Jam, Daniel Lanois y, por supuesto, con Crosby, Stills & Nash. Hizo un disco contra Bush, otro conceptual sobre un pueblo llamado Greendale, uno dedicado a los autos usados y otro doble en el que confrontó versiones acústicas de las mismas canciones con interpretaciones orquestadas. A esta altura es, sin dudas, uno de los músicos más creativos y activos del rock. Y, como evidentemente no puede parar, ahora arremete contra las corporaciones, haciendo foco en la agroquímica Monsanto.

The Monsanto Years es un disco estupendo, en el que de alguna manera vuelve al sonido de Crazy Horse pero sin los Crazy Horse. Lo acompaña Lukas Nelson & Promise of the Real, con una impronta más hilybilly. Los hijos de Willie Nelson, Lukas y Micah, están a cargo de las guitarras, y el resto de la banda la conforman Anthony Logerfo en batería, Tato Melgar en percusión y Corey McCormick en bajo.

El álbum suena espontáneo y tiene muy pocos clichés de las canciones de protesta. Neil Young canaliza su bronca contra la corporación a través de nueve canciones muy intensas, a veces con guitarras enfurecidas y distorsionadas, como en el track inicial New day for love; o con melodías más campestres, como Wolf moon en la que sopla su armónica al estilo Harvest. People want to hear about love tiene una sonoridad exquisita, así como en Let’s impeach the President, que sirve para potenciar su denuncia con cierta ironía: “No hablen de las corporaciones secuestrando todos sus derechos / No mencionen la pobreza en el mundo, hablen del amor global”.

En Big box, Neil Young otra vez descarga su furia melódicamente y con las guitarras encendidas: “Son demasiado grandes para equivocarse, demasiado ricos para ir a prisión”. Y arremete contra el gigante Walmart sin miedo a las represalias. A continuación, pone el foco en Starbucks. Rock Star Bucks a Coffe Shop tiene un ritmo más entretenido, animado por un coro de silbidos: “Yo quiero una taza de café pero sin GMO (organismos genéticamente modificados). No quiero empezar mi día ayudando a Monsanto”.

Workin’ man es muy enérgica, Young despliega unos solos imponentes. Luego baja unos decibeles para dar paso a Rules of change, en la que denuncia la pasividad de la justicia ante el avance corporativo. Monsanto years es todo un alegato: “El veneno está listo, es todo lo que la corporación necesita”. Young resume la problemática, el atropello, con una frase sencilla: “No estamos seguros ni hasta cuando compramos el pan para el desayuno”. El último tema, If I don’t know, potenciado por la exquisita armonía vocal de un coro, sigue en clave de protesta, pero ya no con letras tan directas sino de manera más metafórica.

Más allá de que reciba algunas críticas, Neil Young cumplió su meta. Elevó, en clave musical, su mensaje anti corporativo. Sus armas son sus canciones, tal vez poco para combatir al poder concentrado, pero al menos es un buen instrumento para generar conciencia.




jueves, 9 de julio de 2015

Derecho de autor


El 21 de marzo de 2014 se cumplieron 50 años de la muerte de Armenter Chatmon, conocido artísticamente como Bo Carter, uno de los músicos de blues de pre-guerra más trascendentales, especialmente por su rol dentro de los Mississippi Sheiks, y por haber escrito Corrine, Corrina, tema que integra el cancionero tradicional del género. Ahora, su nombre aparece en los tabloides estadounidenses e ingleses porque sus herederos, los que tienen derecho sobre su obra, decidieron demandar a Rod Stewart porque grabó una versión de ese canción en su disco Time, de 2013.

El tema en cuestión, como la mayoría de los clásicos de la época, tiene un origen difuso. Bo Carter la grabó por primera vez en diciembre de 1928 y dos años después fue registrado por los Mississippi Sheiks bajo el nombre de Alberta. Claro que, previo a la primera versión, se pueden encontrar raíces del mismo tema en Has anybody seen my Corrine?, compuesta por Roger A. Graham en 1918, o Corrina blues, grabada por Blind Lemon Jefferson en 1926. Según los archivos de los Lomax, posteriormente el tema fue registrado por distintos bluesmen no sólo como Corrina o Alberta sino también como Roberta.

Según consignan varios portales de noticias, el requerimiento es contra el cantante, Universal Music y Capitol Records. Los herederos del viejo bluesman sostienen que la canción, que Stewart incluyó como bonus track de la edición inglesa bajo el nombre de Corrina, Corrina, tiene una composición muy similar, más allá de que la letra, la melodía, el ritmo, la métrica y el tempo no sean los mismos. El gran inconveniente, y en el que hace foco la familia, es que en el crédito de la canción se lee "tradicional” y no el nombre del autor. El copyright, de acuerdo con The Hollywood Reporter, se remite a 1929 y 1932, actualizado en 1960, durante la época del revival blusero.

Un dato curioso es que la demanda omite mencionar si los herederos recibieron royalties por las decenas de versiones que se grabaron en las últimas décadas, como las de  Bob Dylan, Willie Nelson, Joni MItchell y Taj Mahal, entre muchos otros.

¿Es justo qué hagan ese reclamo? Están los que los tildan de oportunistas y aprovechadores. Pero también los que están de acuerdo con la exigencia. Rod Stewart es una figura mundial que basó gran parte de su carrera en grabar temas de otros, y está muy bien que siga recreando, a su manera, viejos clásicos que para un público masivo son desconocidos. Pero la mención de “tradicional”, si bien no falta a la verdad, resulta insuficiente. Digamos que para el artista, los productores y la discográfica no era muy difícil consignar el nombre correcto. Así que, más allá de que los demandantes tengan como fin un resarcimiento económico, sería justo que un fallo favorable siente precedente para otros casos. Preservar el legado musical de los pioneros del blues es fundamental para que la historia no se borre con el paso del tiempo.




miércoles, 1 de julio de 2015

Es la guitarra de Raffo


Daniel Raffo sale otra vez a la cancha con lo mejor que tiene: su guitarra. Su primer disco, editado en 2010, recopiló el trabajo de varios años junto a distintos músicos, incluido el gran Duke Robillard. Ahora, fue directo al grano y sin rodeos: acaba de lanzar Raffo blues, que fue grabado en noviembre de 2013 en el estudio Luis Alberto Spinetta de Vorterix. Se trata de un álbum instrumental, con las seis cuerdas como protagonistas excluyentes, aunque hay algunas pequeñas incursiones vocales del Afrosound Choir. “Este disco nos presenta un abanico de ritmos con un único denominador común que es el blues”, escribe en el booklet del CD Laura Lagna-Fietta, la mujer de Raffo y productora del álbum junto a Mario Pergolini.

Raffo lidera un equipo de grandes músicos, entre los que figuran su hijo Pato en batería, Mariano D’andrea en bajo y Tavo Doreste en piano. También hay una lista de invitados encabezada Nico Raffetta, quien aporta el groove de su hammond B3 en la mitad de los temas.

El disco comienza don Swing shuffle, algo así como la marca registrada de este gran guitarrista nacido en Floresta. Luego destila el ADN de B.B. King en una exquisita versión de My mood. El pianista Manuel Fraga reemplaza a Doreste en Festival de los elásticos donde Raffo muestra su faceta más jazzera. Planeta shuffle es un blues bastante animado donde el guitarrista cede un poco el protagonismo para darle aire a la armónica de su ex compañero en King Size, Mariano Slaimen, y a las dulces armonías vocales de las coristas.

En la mitad del disco aparece una sorpresa: My sweet lord, de George Harrison, que Raffo reconvierte con arreglos muy cuidados que incluyen el brillante aporte de la lap steel de Santiago “Rulo” García y, otra vez, la suma de las voces del Afrosound Choir. Thanks D.R. es un blues lento y punzante dedicado a Duke Robillard. En Jazzin’ the blues, Raffo se desmarca de los moldes y da rienda suelta a un torbellino de swing. Aquí se luce también Raffetta desde el hammond y la cuota de color la aporta Marcelo Yeyati con un sublime y equilibrado solo de flauta traversa. Raffocaster es una oda a la guitarra eléctrica, en lo que podría considerarse el tema más rockeado del disco. Mientras que en Silbando bajito vuelve sobre el shuffle más auténtico. Raffo blues, el último track, es el resumen de un hombre y su guitarra, la pasión que los une y el sentimiento que fluye.

miércoles, 24 de junio de 2015

EP's

Kenny Wayne Shepherd Band - A little something from the road Vol. 1. El año pasado, Kenny Wayne Shepherd realizó una extensa gira por los Estados Unidos para rendir homenaje a sus máximas influencias. El veterano guitarrista de apenas 38 años –recordemos que empezó a tocar profesionalmente cuando tenía 16- eligió comprimir en este EP algunos de los temas que interpretó en el State Theater de New Brunswick, en New Jersey. Acompañado por el ex Double Trouble Chris Layton en batería, Tony Franklin en bajo, Riley Osbourn en teclados y Noah Hunt en voz. El álbum es una descarga brutal de energía blusera con tremendos solos de guitarra . Los tres primeros temas no dan respiro. La Fender de KWS es como un lanzallamas y toda la banda suena con mucho vigor. Es así como se sucden Looking back, de Johnny “Guitar” Watson; The house is rockin’, de Stevie Ray Vaughan; y You can't judge a book by the cover, de Bo Diddley. Para el final, o más bien la segunda parte del EP, desaceleran un poco para homenajear al gran B.B. King, primero con una sutil Woke up this morning y luego con You done lost your good thing now. En el medio de ambas, Hunt dice: “Tenemos que seguir tocando porque no importa si eres blanco o negro, viejo o joven, el blues es para todo el mundo. Cantamos sobre lo bueno y lo malo, y eso nos hace sentir mejor”. Es un disco sencillo e intenso a la vez, es el músico de cara a su gente sin ningún tipo de filtro ni tamiz.

Danielle Nicole – Danielle Nicole. Danielle Schnebelen se independizó de sus hermanos, con quienes integra el trío Tampled Under Foot, para lanzar su carrera solista. Bajo el nombre artístico de Danielle Nicole, la joven cantante y bajista de Kansas City le dio un toque de Nueva Orleans a su EP debut, en el que contó con la participación de dos tremendos guitarristas, Anders Osborne y Luther Dickinson, más el aporte de Stanton Moore en batería y Mike “Shinetop” Sedovic en teclados. Vale aclarar que no es un disco estrictamente blusero. Danielle canta con una fuerza descomunal y allí se encuentra el núcleo de la cuestión. El álbum comienza con la rockeada You only need me when you're down, en la que Danielle pontencia su voz con una distorsión que se complementa a la perfección con las guitarras de Osborne y Dickinson. En Starvin’ for love desnuda su canto y los teclados se imponen para darle ese beat más característico de la ciudad creciente. En Didn’t do you no good la percusión marca de manera pesada la base y las cuerdas suenan feroces como el rango vocal de la cantante. En Wandering heart gana la escena un piano barrelhouse y su voz resuena en un clima jazzero con un solo de viola sencillamente extraordinario. Los últimos dos temas fueron grabados en vivo en The Bridge Radio Station, en Kansas City. El primero es una versión acústica y ralentizada de You only need me when you're down. El restante es un cover cadencioso y también desenchufado de Don’t think twice, it’s alright, de Bob Dylan. Este EP es un gran aperitivo a la espera de su primer álbum solista.