Adrián Jiménez es un referente ineludible de la armónica blusera en la Argentina. Tiene un curriculum extenso y envidiable. Empezó a estudiar con un histórico, Luis Robinson, y se perfeccionó en clínicas que dieron músicos estadounidenses como Bruce Ewan, Billy Branch y Norton Buffalo. Además de formar su propia banda, tocó junto a créditos locales como Gabriel Grätzer, King Size y los Easy Babies, y con estrellas internacionales de la talla de Eddie C. Campbell, John Primer y Phil Guy, hermano de Buddy Guy.
Rockin’ blues es su segundo álbum y es la continuación perfecta del primero, Armónica blues, editado en 2006. Aquí, como en su antecesor, Jiménez se enfoca en clásicos del género a los que le suma un par de instrumentales propios. Así, su armónica cromática o su Marine Band sobrevuelan composiciones de Muddy Waters, Willie Dixon, Sonny Boy Williamson y Little Walter, todos referentes del blues de Chicago, aunque también se luce en una magnífica versión de Careless love, un tema que nos remite al Nueva Orleans de los años 20.
Los músicos que lo acompañan son todos de primer nivel y varían según la canción. Juan Codazzi, Roberto Porzio y Matías Cipilliano alternan la guitarra en 14 de los 15 temas que tiene el disco. Lo mismo pasa con el bajo y la batería, donde Mauro Diana y Mauro Ceriello se turnan con las cuatro cuerdas, y Gabriel Cabiaglia y Pato Raffo hacen lo mismo con la percusión. Apenas la mitad de los temas son cantados y para eso también hay invitados: Ricardo Tapia -de La Mississippi-, Javier “Ciego” Goffman y Gabriel Grätzer. La joya del disco es la versión de Stop breakin’ down, en la que Jiménez apenas se rodea de la guitarra de Daniel Raffo y la voz de Tapia para homenajear al legendario Robert Johnson.
La grabación de Rockin’ blues se realizó en tres sesiones en el Estudio Inartec, entre julio de 2010 y agosto del año pasado, y recién fue editado hace pocas semanas. Como sucede siempre en el ámbito del blues local, el disco demandó mucho esfuerzo y pasión, y el resultado refleja todo eso.
jueves, 30 de agosto de 2012
domingo, 26 de agosto de 2012
La encuesta del Blues local
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| Pappo y Botafogo |
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| Daniel Raffo, de King Size |
La crisis de 2001 también afectó al blues, y de qué manera. Las grandes bandas que habían llenado Obras y teatros porteños se vieron frente a una nueva realidad. Durante cinco años no vino casi ningún artista internacional. Además, la tragedia de Cromañón y la muerte de Pappo, con dos meses de diferencia, fueron dos cimbronazos. Pero en el último tiempo hubo un cambio importante y lo que hasta hace unos años parecía difícil de revertir, hoy anda por buen camino. Vienen más músicos que en los 90, existe la Escuela del Blues y el proyecto Blues en Movimiento, y la joven guardia blusera la pelea noche tras noche para hacerse un lugar.
Esta es una breve encuesta de cuatro preguntas realizada a 51 músicos argentinos de blues sobre sus gustos e influencias a nivel local.
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| Pappo |
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| Manal, 1970 |
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| Federico Verteramo |
| Rick Estrin & The Nightcats |
VOTARON: 1) Cristina Dall, 2) José Luis Pardo, 3) Gustavo Villegas, 4) Roberto Porzio, 5) Víctor Hamudis, 6) Goyo Delta Blues, 7) Gabriel Cabiaglia, 8) Yalo López, 9) Adrián Jiménez, 10) Nacho Ladisa, 11) Fernando Gabriel Heller, 12) Marcos Lenn, 13) Rafo Grin, 14) Ricky Muñoz, 15) Nicolás Smoljan, 16) Gabriel Grätzer, 17) Federico Verteramo, 18) Mauro Diana, 19) Damián Martín Duflòs, 20) Homero Tolosa, 21) Guillermo Fernández, 22) María Heer, 23) Alejandro Álvarez, 24) Gus Quin, 25) Juan Urbano López, 26) Ale Gallo Negro, 27) Walter Gandini, 28) Walter Galeazzi, 29) Mariano Cardozo, 30) Gustavo Lazo, 31) César Valdomir, 32) Vincha Blues, 33) Natalia Nardiello, 34) Maximiliano Hracek, 35) Hughis López, 36) Florencia Andrada, 37) Juan Manuel Torres, 38) Julio Fabiani, 39) Rafael Nasta, 40) Perro Gorosito, 41) Mariano D’Andrea, 42) Matías Cipiliano, 43) Darío Soto, 44) Agustín Coppola, 45) Martín Luka, 46) Nicolás Raffetta, 47) Javier Goffman, 48) Sabrina González, 49) Mar Nerone, 50) Walter Loscocco, 51) Mauro Ceriello.
jueves, 23 de agosto de 2012
Más y mejores blues
Lurrie Bell tocó en La Trastienda por tercer año consecutivo. Y paso lo que nunca antes había pasado en un show de blues: mientras Lurrie cerraba con una acelerada y caliente versión de Hideway, abajo del escenario unas 30 personas casi inauguran la era del pogo en el blues. Fue una noche tremenda, en la que Lurrie estuvo completamente encendido. Su Gibson USA parecía un lanzallamas endemoniado y la banda sonó muy ajustada. Después de este show no hay dudas de que Lurrie es un referente indiscutido para toda una generación de bluseros argentinos.
La noche empezó de manera especial. Florencia Andrada y su banda impusieron un sonido soul setentoso y con mucha personalidad. Once músicos en escena –dos guitarras, tres caños, dos coristas, teclado, bajo y batería, más ella- hicieron por primera vez ”una Trastienda” con mucha soltura y buena música. En media hora tocaron cuatro temas propios, del disco que acaban de terminar de grabar y que saldrá dentro de un par de meses. Cerraron con People get ready, el clásico de Curtis Mayfield.
Cuando se corrió el telón, Roberto Porzio (guitarra), Gustavo “Bohemio” Rubinsztein (bajo), Walter Galeazzi (teclados) y Gabriel Cabiaglia (batería) comenzaron a tocar un blues instrumental para darle la bienvenida a Lurrie. Ese blues se convirtió en el shuffle adecuado para la presentación y Roberto animó al público: “¿Están listos para Lurrie Bell? ¡Está mejor que nunca!”. La respuesta fue un “sí” unánime. Y Lurrie apareció en escena con su guitarra a cuestas y casi la misma ropa que el año pasado. Se sumó al shuffle para entrar en calor y la zapada se extendió por casi diez minutos. Después bajó los decibeles y nos llevó a todos hacia el Tin Pan Alley, ese lugar duro donde la gente mata por un trago de whisky, gin o vino. Siguió con Pretty baby, un tema de su padre Carey Bell, y She’s nineteen years old, de Muddy Waters. En cada uno de esos temas el pulgar de su mano derecha arremetió contra las cuerdas de su guitarra y sacó unos solos tan intensos como su propia historia.
Hizo un puñado de clásicos más, I need you so bad y Cold, cold feeling, los dos bien extensos, donde dejó que Roberto y Walter tuvieran sus minutos para mostrarse: y ellos lo aprovecharon con unos solos bien sentidos. Después invitó al escenario al guitarrista Alambre González para los últimos dos temas y el bis: Big legged woman, Messin’ with the kid y Hideway. Fue una noche ardiente, en la que Lurrie Bell, heredero del sonido más tradicional de Chicago y portador de la esencia misma del blues, dejó en claro que de aquí en más sólo tendrá más y mejores blues para dar.
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Reseña del show de 2011
Reseña del show de 2010
La noche empezó de manera especial. Florencia Andrada y su banda impusieron un sonido soul setentoso y con mucha personalidad. Once músicos en escena –dos guitarras, tres caños, dos coristas, teclado, bajo y batería, más ella- hicieron por primera vez ”una Trastienda” con mucha soltura y buena música. En media hora tocaron cuatro temas propios, del disco que acaban de terminar de grabar y que saldrá dentro de un par de meses. Cerraron con People get ready, el clásico de Curtis Mayfield.
Hizo un puñado de clásicos más, I need you so bad y Cold, cold feeling, los dos bien extensos, donde dejó que Roberto y Walter tuvieran sus minutos para mostrarse: y ellos lo aprovecharon con unos solos bien sentidos. Después invitó al escenario al guitarrista Alambre González para los últimos dos temas y el bis: Big legged woman, Messin’ with the kid y Hideway. Fue una noche ardiente, en la que Lurrie Bell, heredero del sonido más tradicional de Chicago y portador de la esencia misma del blues, dejó en claro que de aquí en más sólo tendrá más y mejores blues para dar.
Reseña del show de 2011
Reseña del show de 2010
martes, 21 de agosto de 2012
El peregrino
James Harman está acodado en la barra. Disfruta de un vaso de whisky celosamente custodiado por una botella de agua mineral. Sabe que no puede abusar del alcohol y menos de la comida, porque hace poco le diagnosticaron diabetes. Escucha con atención como The Black Cat Bone, la banda de Blind Willie y Gustavo Lazo, pasa de clásico en clásico: Hoochie Coochie man, All your love, Catfish blues. Harman asiente con la cabeza al compás del ritmo. En eso abre los ojos, mira a Juan, su productor, y le pregunta cuánto falta para salir a escena. “Unos diez minutos” le contesta el otro. Harman se levanta y se va hacia el camarín. Se cambia la camisa y sale. Cuando está volviendo a la barra se cruza con la encargada del bar y le dice en inglés: “Qué preciosa estás”. Ella se sonroja y sonríe. La otra banda acaba de terminar los acordes de un tema de Jimmy Reed y el bluesman sabe que es el momento de subir a escena.
Harman tiene una larga trayectoria. Es un verdadero peregrino del blues. Nació hace 66 años en Anniston, Alabama, y creció en el norte del estado de Florida. Grabó sus primeros singles en Atlanta, la peleó en Chicago y Nueva York, y se consolidó en el sur California, entre Los Ángeles y Long Beach. Tocó junto a John Lee Hooker, T-Bone Walker, Albert Collins, Johnny “Guitar” Watson y ZZ Top. Desde hace unos meses está de gira y su humanidad ya se desplazó por 26 países.
Ahora está arriba del escenario de Boris, en Palermo, a punto de mostrarnos como se canta blues. El lugar está muy bien puesto, pero es un poco frío. Harman se acomoda la camisa y deja que la banda haga un tema para entrar en calor. Los hermanos Zafra, en guitarra y bajo, Guillermo Raíces, en teclados, y Walter Loscocco, en batería, se ponen a tono con el sonido del West Coast, aunque a Harman le gusta decir que ese sonido como tal “no existe”. Él es un heredero de George “Harmonica” Smith y eso es lo que transmite cuando toca la armónica.
Es un excelente armonicista y también un cantante excepcional. Cada canción la vive con una pasión desmedida. Se nota por cómo su cuerpo se contrae y unas muecas desdibujan su rostro. Elige los temas en el momento. Le gusta improvisar y que la banda lo siga. Con una seña y un par de palabras les explica a los músicos qué es lo quiere hacer. Desde la parte superior del bar una mujer le grita en un inglés de roble: “¡Cuéntanos de las mujeres!”. Al principio le cuesta entender lo que le están tratando de decir. Cuando lo logra, retruca: “Desde que llegué sólo vi lluvia. Pero sí puedo hablar de la comida: he probado bife y lemon pie. Ahora no llueve, así que espero ver una mujer esta noche”. Su médico no estaría contento.
Y los blues siguen. Harman alienta a Guillermo Raíces en cada solo. Tiene ganas de escuchar el piano. Los temas que canta son todas composiciones propias, que fueron editadas en alguno de sus diez discos solistas. Son letras que hablan más de desencantos amorosos, madrugadas de soledad y sentimientos cruzados, que de noches interminables regadas de alcohol como en otras épocas. Harman sopla su armónica y canta: “The telephone is ringing, but she won’t answer…” Así, entre blues y más blues, se va la noche. Cuando el show termina y los aplausos se disuelven, Harman vuelve al camarín y se cambia la camisa sudada por una remera con el estampado de un festival de blues. Regresa a la barra pero esta vez no se apoya. Entre saludos y fotos, mira alrededor. Se lo ve satisfecho. Fue una buena noche de música y afuera no llueve. Ahora, como lo debe hacer en cada ciudad que visita, el peregrino tiene empieza a buscar a una mujer.
Harman tiene una larga trayectoria. Es un verdadero peregrino del blues. Nació hace 66 años en Anniston, Alabama, y creció en el norte del estado de Florida. Grabó sus primeros singles en Atlanta, la peleó en Chicago y Nueva York, y se consolidó en el sur California, entre Los Ángeles y Long Beach. Tocó junto a John Lee Hooker, T-Bone Walker, Albert Collins, Johnny “Guitar” Watson y ZZ Top. Desde hace unos meses está de gira y su humanidad ya se desplazó por 26 países.
Ahora está arriba del escenario de Boris, en Palermo, a punto de mostrarnos como se canta blues. El lugar está muy bien puesto, pero es un poco frío. Harman se acomoda la camisa y deja que la banda haga un tema para entrar en calor. Los hermanos Zafra, en guitarra y bajo, Guillermo Raíces, en teclados, y Walter Loscocco, en batería, se ponen a tono con el sonido del West Coast, aunque a Harman le gusta decir que ese sonido como tal “no existe”. Él es un heredero de George “Harmonica” Smith y eso es lo que transmite cuando toca la armónica.
Es un excelente armonicista y también un cantante excepcional. Cada canción la vive con una pasión desmedida. Se nota por cómo su cuerpo se contrae y unas muecas desdibujan su rostro. Elige los temas en el momento. Le gusta improvisar y que la banda lo siga. Con una seña y un par de palabras les explica a los músicos qué es lo quiere hacer. Desde la parte superior del bar una mujer le grita en un inglés de roble: “¡Cuéntanos de las mujeres!”. Al principio le cuesta entender lo que le están tratando de decir. Cuando lo logra, retruca: “Desde que llegué sólo vi lluvia. Pero sí puedo hablar de la comida: he probado bife y lemon pie. Ahora no llueve, así que espero ver una mujer esta noche”. Su médico no estaría contento.
Y los blues siguen. Harman alienta a Guillermo Raíces en cada solo. Tiene ganas de escuchar el piano. Los temas que canta son todas composiciones propias, que fueron editadas en alguno de sus diez discos solistas. Son letras que hablan más de desencantos amorosos, madrugadas de soledad y sentimientos cruzados, que de noches interminables regadas de alcohol como en otras épocas. Harman sopla su armónica y canta: “The telephone is ringing, but she won’t answer…” Así, entre blues y más blues, se va la noche. Cuando el show termina y los aplausos se disuelven, Harman vuelve al camarín y se cambia la camisa sudada por una remera con el estampado de un festival de blues. Regresa a la barra pero esta vez no se apoya. Entre saludos y fotos, mira alrededor. Se lo ve satisfecho. Fue una buena noche de música y afuera no llueve. Ahora, como lo debe hacer en cada ciudad que visita, el peregrino tiene empieza a buscar a una mujer.
viernes, 17 de agosto de 2012
Bentonia blues
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| Jimmy "Duck" Holmes |
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| Skip James |
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| Jack Owens |
| Blue Front Cafe |
domingo, 12 de agosto de 2012
Luther's blues, la trilogía
Una de las cosas que me gustan del blues es que más allá de los referentes –Muddy Waters, Buddy Guy, B.B. King, Robert Johnson, T-Bone Walker, Albert King, Son House- hay cientos de músicos más que se destacan –o destacaron- por peso propio y gran talento. Muchos de ellos dejaron su huella y otros siguen llevando el blues a los costados más recónditos del mundo. Aquí tres ejemplos de grandes guitarristas, representativos del sonido del West Side de Chicago, que sólo hay que escucharlos una vez para seguir haciéndolo por el resto de la vida.
Luther Tucker (1936-1993). La guitarra mágica de Luther Tucker aparece en decenas de grabaciones de blues desde los 60 hasta fines de los 80, secundando a músicos como Otis Rush, Robben Ford, Jimmy Rogers, Snooky Pryor, Muddy Waters, John Lee Hooker y Elvin Bishop. Pero sin dudas, sus trabajos más importantes fueron junto a dos tremendos armonicistas: durante los 50 fue uno de los guitarristas detrás de Little Walter, en las legendarias grabaciones para el sello Chess, una era dorada para el blues eléctrico. Tiempo después se sumó a la banda de James Cotton. Un gran disco de esa época es el que grabaron en vivo en Antone’s, en 1987. Tucker había nacido en Memphis, pero de muy chico se fue a vivir a Chicago. Allí empezó a tocar una rústica guitarra que le había fabricado su padre, al tiempo que escuchaba a músicos como Big Bill Broonzy, que anticipaban la revolución musical que estaba por venir. Otro de sus mentores fue Robert Lockwood jr., quien dedicó tiempo y esfuerzo en ensañarle algunos de los secretos de la guitarra eléctrica. A mediados de los 70, Tucker se fue a vivir a San Francisco, donde formó su propia banda. Recién en 1990 pudo grabar su primer disco solista: el sello texano Antone’s editó Sad hours, un álbum de once temas clásicos en los que dejó demostrado que no sólo era un gran acompañante, sino también era un frontman sensacional. Tres años después, luego de su muerte, el sello Blue Rock it, lanzó un disco póstumo junto a la Ford Blues Band.
Luther Allison (1939-1997). Nació en una granja de Arkansas, donde sus padres se ganaban la vida juntando algodón. Tuvo 14 hermanos y desde muy chico se inclinó por la música. Como muchos de sus contemporáneos, en la adolescencia se la pasaba escuchando a B.B. King en el King Biscuit Show, que se transmitía por la radio WDIA de Memphis, mientras tocaba el órgano y cantaba en la Iglesia. Tiempo después, su familia se mudó al West Side de Chicago, y eso selló su destino, aunque hubo una posible desviación hacia otro rubro que no prosperó. En la escuela era un gran jugador de béisbol y fue tentado para seguir adelante con el deporte. Pero sus trasnochadas en los clubes de blues pesaron mucho más. Su primer trabajo importante lo tuvo como bajista de Jimmy Dawkins. Eso le sirvió para ir ganando experiencia y empezar a codearse con los reyes del lugar, Freddie King, Magic Sam y Otis Rush. Pero su virtuosismo sería opacado por la deslumbrante aparición de Buddy Guy, un guitarrista que había dejado su Louisiana natal para instalarse en Chicago. Su debut discográfico sucedió en 1969, cuando grabó Love me mama para el sello Delmark. Eso captó la atención del poderoso Motown, que se hizo de sus servicios, a pesar de que su extenso catálogo sólo incluía músicos de soul y R&B. Si bien los dos discos que grabó para Motown no se vendieron bien (¡qué tremendo es Bad news is coming!), pudo viajar alrededor del mundo con sus blues. A mediados de los 70, se radicó en París y durante años recorrió Europa decenas de veces y grabó para varios sellos, especialmente el francés Black & Blue. Durante ese período, en su país se olvidaron de él. Aunque tuvo su revancha en 1995 cuando firmó para el poderoso sello Alligator. Grabó tres discos, el último –Reckless- en el mismo año en que murió (en 1999 fue editado un cuarto álbum en vivo). Allison realmente se distinguió por una forma exquisita de tocar la guitarra, con ribetes jazzeros, y una potencia vocal demoledora. Hoy, su legado sigue vigente en las manos de su hijo Bernard.

Luther “Guitar Jr.” Johnson (1939). Es el único de esta trilogía que sigue vivo. Nació en Itta Bena, Mississippi, el mismo pueblo que dio a luz al rey del blues, B.B. King. Y también integra otra trilogía de menor cartel, que es la que forma con otros dos Luther Johnson, el que apodaban “Snake” y al que llamaban “Houserocker”. Pero lo elegí a él para acompañar a Tucker y Allison porque su forma de tocar y su trayectoria, de alguna medida se emparenta más con los últimos dos. Él también se crío con esa combinación de blues y góspel, que tanto marcó a los músicos de los últimos 60 años. La música que los llamaba y los atraía –la del Diablo- y la música que les imponían su familia y la Iglesia –la de Dios-. Se mudó a Chicago a comienzos de los 50, donde desarrolló un estilo bien anclado en el sonido de la ciudad. En los 60, durante dos años integró la banda del notable Magic Sam y tempo después se sumó como guitarrista de Muddy Waters. En 1976, cuando estaba de gira por Europa con el padre del blues de Chicago, el sello Black & Blue –el mismo para el que grababa Luther Allison- lo convocó al estudio junto a los otros músicos de la banda (Bob Margolin, Pinetop Perkins, Calvin Jones, Willie Smith y Jerry Portnoy). Así se grabó su debut, Luther’s blues, que años más tarde fue reeditado por la compañía Evidence. En los años siguientes lanzó siete álbumes más para los sellos Bullseye yTelarc. Country sugar papa (1994) y Slammin' on the West Side (1996) son sus mejores trabajos. Si bien hace once años que no entra a un estudio, Luther sigue tocando en vivo, como lo hizo siempre. Como lo hará hasta el día de su muerte.
Luther Tucker (1936-1993). La guitarra mágica de Luther Tucker aparece en decenas de grabaciones de blues desde los 60 hasta fines de los 80, secundando a músicos como Otis Rush, Robben Ford, Jimmy Rogers, Snooky Pryor, Muddy Waters, John Lee Hooker y Elvin Bishop. Pero sin dudas, sus trabajos más importantes fueron junto a dos tremendos armonicistas: durante los 50 fue uno de los guitarristas detrás de Little Walter, en las legendarias grabaciones para el sello Chess, una era dorada para el blues eléctrico. Tiempo después se sumó a la banda de James Cotton. Un gran disco de esa época es el que grabaron en vivo en Antone’s, en 1987. Tucker había nacido en Memphis, pero de muy chico se fue a vivir a Chicago. Allí empezó a tocar una rústica guitarra que le había fabricado su padre, al tiempo que escuchaba a músicos como Big Bill Broonzy, que anticipaban la revolución musical que estaba por venir. Otro de sus mentores fue Robert Lockwood jr., quien dedicó tiempo y esfuerzo en ensañarle algunos de los secretos de la guitarra eléctrica. A mediados de los 70, Tucker se fue a vivir a San Francisco, donde formó su propia banda. Recién en 1990 pudo grabar su primer disco solista: el sello texano Antone’s editó Sad hours, un álbum de once temas clásicos en los que dejó demostrado que no sólo era un gran acompañante, sino también era un frontman sensacional. Tres años después, luego de su muerte, el sello Blue Rock it, lanzó un disco póstumo junto a la Ford Blues Band.
Luther Allison (1939-1997). Nació en una granja de Arkansas, donde sus padres se ganaban la vida juntando algodón. Tuvo 14 hermanos y desde muy chico se inclinó por la música. Como muchos de sus contemporáneos, en la adolescencia se la pasaba escuchando a B.B. King en el King Biscuit Show, que se transmitía por la radio WDIA de Memphis, mientras tocaba el órgano y cantaba en la Iglesia. Tiempo después, su familia se mudó al West Side de Chicago, y eso selló su destino, aunque hubo una posible desviación hacia otro rubro que no prosperó. En la escuela era un gran jugador de béisbol y fue tentado para seguir adelante con el deporte. Pero sus trasnochadas en los clubes de blues pesaron mucho más. Su primer trabajo importante lo tuvo como bajista de Jimmy Dawkins. Eso le sirvió para ir ganando experiencia y empezar a codearse con los reyes del lugar, Freddie King, Magic Sam y Otis Rush. Pero su virtuosismo sería opacado por la deslumbrante aparición de Buddy Guy, un guitarrista que había dejado su Louisiana natal para instalarse en Chicago. Su debut discográfico sucedió en 1969, cuando grabó Love me mama para el sello Delmark. Eso captó la atención del poderoso Motown, que se hizo de sus servicios, a pesar de que su extenso catálogo sólo incluía músicos de soul y R&B. Si bien los dos discos que grabó para Motown no se vendieron bien (¡qué tremendo es Bad news is coming!), pudo viajar alrededor del mundo con sus blues. A mediados de los 70, se radicó en París y durante años recorrió Europa decenas de veces y grabó para varios sellos, especialmente el francés Black & Blue. Durante ese período, en su país se olvidaron de él. Aunque tuvo su revancha en 1995 cuando firmó para el poderoso sello Alligator. Grabó tres discos, el último –Reckless- en el mismo año en que murió (en 1999 fue editado un cuarto álbum en vivo). Allison realmente se distinguió por una forma exquisita de tocar la guitarra, con ribetes jazzeros, y una potencia vocal demoledora. Hoy, su legado sigue vigente en las manos de su hijo Bernard.
Luther “Guitar Jr.” Johnson (1939). Es el único de esta trilogía que sigue vivo. Nació en Itta Bena, Mississippi, el mismo pueblo que dio a luz al rey del blues, B.B. King. Y también integra otra trilogía de menor cartel, que es la que forma con otros dos Luther Johnson, el que apodaban “Snake” y al que llamaban “Houserocker”. Pero lo elegí a él para acompañar a Tucker y Allison porque su forma de tocar y su trayectoria, de alguna medida se emparenta más con los últimos dos. Él también se crío con esa combinación de blues y góspel, que tanto marcó a los músicos de los últimos 60 años. La música que los llamaba y los atraía –la del Diablo- y la música que les imponían su familia y la Iglesia –la de Dios-. Se mudó a Chicago a comienzos de los 50, donde desarrolló un estilo bien anclado en el sonido de la ciudad. En los 60, durante dos años integró la banda del notable Magic Sam y tempo después se sumó como guitarrista de Muddy Waters. En 1976, cuando estaba de gira por Europa con el padre del blues de Chicago, el sello Black & Blue –el mismo para el que grababa Luther Allison- lo convocó al estudio junto a los otros músicos de la banda (Bob Margolin, Pinetop Perkins, Calvin Jones, Willie Smith y Jerry Portnoy). Así se grabó su debut, Luther’s blues, que años más tarde fue reeditado por la compañía Evidence. En los años siguientes lanzó siete álbumes más para los sellos Bullseye yTelarc. Country sugar papa (1994) y Slammin' on the West Side (1996) son sus mejores trabajos. Si bien hace once años que no entra a un estudio, Luther sigue tocando en vivo, como lo hizo siempre. Como lo hará hasta el día de su muerte.
jueves, 9 de agosto de 2012
Crónicas mordaces
Este disco podría ser un anexo del anterior, Pull up some dust and sit down (2011), porque aquí Cooder se mece otra vez entre la música de raíces, especialmente el folk y el blues. Las canciones de Election special pueden considerarse crónicas de los Estados Unidos de hoy. Las letras se centran en las próximas elecciones presidenciales, en algunos personajes y situaciones reprochables de la política de Washington.
Ry Cooder hizo de todo en los últimos 40 años: tuvo una banda de blues junto a Taj Mahal (Rising Sons), tocó con los Rolling Stones (Let It Bleed y Sticky Fingers), grabó junto al músico africano Ali Farka Touré (con quien ganó un Grammy), y fue responsable del redescubrimiento de los músicos cubanos enrolados bajo el nombre de Buena Vista Social Club. Además tocó en sesiones de Warren Zevon, John Hiatt, Aaron Neville y participó de las bandas de sonido de cuatro películas: Crossroads (Ralph Macchio), Primary colors (John Travolta), Last man standing (Bruce Willis) y Paris, Texas (Nastassja Kinski). Toda su carrera, además, estuvo marcada por una particularidad: se presentó muy pocas veces en vivo. “No me importan los aplausos”, dijo más de una vez.
A los 65 años sigue completamente involucrado en la música, a la que le agregó el condimento de la crítica política. Election special es un álbum minimalista, en el que Cooder toca la guitarra, la mandolina y el bajo, y sólo lo acompaña su hijo Joachim en batería. Las canciones tienen un sabor agridulce; son cuestionamientos duros al sistema mezclados con agudas humoradas. Seguramente la que más dará de hablar es Mutt Romney blues, dedicada al candidato republicano que tratará de desplazar de la Casa Blanca a Barak Obama. El nombre viene de un juego de palabras: el político se llama Mitt y “Mutt” significa estúpido, ignorante. El narrador de la canción es el viejo perro de Rommey, Seamus, al que ató al techo de su auto durante un viaje de vacaciones junto a su familia en 1983. El pobre animal estuvo doce horas a la intemperie. La letra dice: “No se ve bien, no parece estar bien / Calor durante el día, frío por la noche / Adónde voy, no lo sé”. Más allá de la letra, se trata de un blues fabuloso inspirado probablemente en el sonido del slide de Fred McDowell.Cold, cold feeling es otro blues arrastrado en el que el narrador es Obama y dice: “Caminé de punta a punta por la Casa Blanca (…) y no tuve nada más que un frío, frío blues presidencial”. Este tema, así como el mencionado antes, están en la línea de John Lee Hooker for president, del álbum anterior. Pero sin duda la letra más áspera, en la que Cooder cuestiona sin pudor las violaciones a los derechos humanos cometidos por el gobierno de su país en el mundo, es la de Take your hands off it. Con un ritmo más animado, como si fuera un country rock bien crudo, les dice a los funcionarios: “Saquen sus sangrientas manos de nuestra Constitución”.
En total son nueve temas, nueve crónicas mordaces. Es la banda de sonido de una época marcada por el recorte de los derechos civiles, falsas promesas, falta de empleo, ejecuciones hipotecarias y desigualdad.
domingo, 5 de agosto de 2012
Lanzamientos: guitarras en llamas
Melvin Taylor – Sweet taste of guitar. El flamante álbum del guitarrista formado en Chicago tiene muy poco que ver con los discos que grabó durante los 90 para el sello Evidence junto a la Slack Band. Por aquellos años, Taylor estaba completamente absorbido por la figura de Stevie Ray Vaughan y eso lo dejó plasmado especialmente en el álbum Dirty pool. Sweet taste of guitar es un disco de jazz, en el que Taylor da rienda suelta a toda su versatilidad. Hay algo de blues, claro, pero es la excepción. Por ejemplo That’s my blues tiene una base clásica pero cuando la guitarra de Taylor empieza a volar los doce compases hacen un esfuerzo por no esparcirse. El álbum tiene un par de particularidades: una es que Taylor grabó todos los instrumentos y la otra es que es completamente instrumental. Sweet taste of guitar parece su tributo al sonido de grandes guitarristas como Wes Montgomery, Kenny Burrell y George Benson, pero donde también se nota el espíritu de Albert King y Otis Rush.Pat Travers – Blues on fire. Pat Travers siempre se movió entre el hard rock y el blues recargado. Desde comienzos de los 70, su forma de tocar la guitarra siempre estuvo ligada a la potencia, el virtuosismo y la velocidad. Y eso no cambió nada. Lo que fue variando, con el paso del tiempo, fue la selección de material que decidió interpretar. Ahora, por primera vez en su larga trayectoria, afrontó un repertorio repleto de clásicos del blues de las décadas del 20 y del 30. Pero Travers no se amolda al sonido de preguerra, sino que reconvierte las canciones en piezas que derraman electricidad y ferocidad. Así, por ejemplo, una enérgica versión Nobody’s fault but mine, de Blind Willie Johnson, cobra nueva vigencia. El resto del álbum, editado por el sello Purple Pyramid, se nutre de temas de Blind Blake, Bessie Smith, Tampa Red y Blind Lemon Jefferson, entre otros. La versión de Death letter, de Son House, es la única en la que baja hasta el quinto infierno del blues deslizando el slide por las cuerdas de una guitarra dobro. Un disco óptimo para los que buscan solos profundos y arrolladores.
Debbie Davies – After the fall. Debbie Davies surgió del riñón de Albert Collins. Maduró musicalmente como guitarrista rítmica de la banda del legendario violero texano y, poco antes de que éste muriera, ella pudo editar su primer disco solista. Picture this fue lanzado en 1993 y desde entonces grabó alrededor de una docena de discos para los sellos Blind Pig, Shanachie Records, Telarc y Blueside. Su debut para M.C. Records es extraordinario. Su guitarra suena efectiva, tanto cuando se zambulle en un shuffle o cuando intenta un blues al estilo Chicago o una balada melódica. Su voz es suave y aguerrida a la vez, y eso le da más vitalidad al combo de canciones elegidas, compuestas en su mayoría por ella con la colaboración en algunos tracks de su baterista Don Castagno. Es clave también la participación de Bruce Katz con el hammond B3. After the fall es un disco sentido para Davies, dedicado a una amiga que murió hace un par de años y donde además se posiciona de cara al futuro, como una referente indiscutida de la guitarra blusera.
miércoles, 1 de agosto de 2012
Poderoso e innovador
El segundo disco de Rick Estrin al frente de los Nightcats es mucho mejor que el anterior, que fue bastante bueno. En Twisted, de 2009, Estrin se despidió de su compañero de siempre, Little Charlie, para probar suerte junto al noruego Kid Andersen. El álbum fue realmente bueno y dejó abierta una puerta a futuro. Kid Andersen luego se sumó al proyecto Raisin’ Hell Revue de Elvin Bishop y al poco tiempo volvió con Estrin para salir de gira –con la que vinieron a la Argentina- y grabar un nuevo álbum para el sello Alligator. One wrong turn es un trabajo impresionante, mucho más consistente y atrevido que el anterior. Un disco poderoso, y en cierta medida innovador, que posiciona a la banda como una de las mejores del blues actual.
La sociedad entre Estrin y Andersen -apoyada por Lorenzo Farrell, en contrabajo, y J. Hansen, en la batería- alcanzó una nueva dimensión creativa. El álbum comienza con D.O.G y la armónica amplificada de Estrin resonando entre los riffs de Andersen, un blues con mucho swing, algo que se repetirá bastante a lo largo de las doce canciones. Luego siguen con Lucky you, puro traqueteo visceral con Estrin cantando como con cierto desapego mientras su armónica surca el contorno del pentagrama. En Callin’ fools bajan un poco los decibeles, con una melodía más medida y un sonido que se balancea entre el blues de los 50 y el groove de Jimmy Smith gracias al aporte de Andersen en el hammond.
(I met her on the) Blues cruise tiene una letra irónica y divertida, un ritmo contagioso y un estribillo pegadizo que seguramente se convertirá en el tema que todos les pedirán que toquen en sus shows. Movin’ slow es una balada sensual, que fue concebida para que las parejas la bailen sin pudor. El tema que da nombre al disco, One wrong turn, aporta más humor y más swing, mientras Andersen hace todo tipo de locuras con su guitarra, entre unos coros femeninos muy seductores. En Desperation perspiration encontramos un ritmo más funky, en el que Farrell reemplaza el sonido tradicional del contrabajo para azotar con el pulgar las cuerdas de un bajo eléctrico. Aquí, una vez más, el estribillo entonado por un coro femenino sobresale.
Broke and lonesome es un slow blues, con punzantes solos de guitarra, que por momentos gana en intensidad rítmica para volver enseguida a su estado natural. You ain’t the boss of me es la única que no canta Estrin, sino que lo hace quien la escribió: J. Hansen. Old news es una pieza magistral de Estrin solo con su armónica, en la que logra ese sonido tan característico que adoptó de Sonny Boy Williamson.
El álbum tiene dos instrumentales. Uno es el jazzeado Zonin’ y el otro es The legend of Taco Cobbler, un tema épico escrito por Andersen que es un collage entre Dick Dale, el spaghetti western, el tex mex y el soul de Memphis con algunos riffs clásicos. Un joya de siete minutos, que si bien no tiene mucho que ver con el resto del disco, muestra a la perfección la creatividad de los músicos y lo ensamblada que está la banda. Con ese tema hicieron explotar a los porteños cuando tocaron en La Trastienda el año pasado. Si ese show nos pareció impresionante este disco es la rúbrica de que estos muchachos están haciendo las cosas muy bien.
La sociedad entre Estrin y Andersen -apoyada por Lorenzo Farrell, en contrabajo, y J. Hansen, en la batería- alcanzó una nueva dimensión creativa. El álbum comienza con D.O.G y la armónica amplificada de Estrin resonando entre los riffs de Andersen, un blues con mucho swing, algo que se repetirá bastante a lo largo de las doce canciones. Luego siguen con Lucky you, puro traqueteo visceral con Estrin cantando como con cierto desapego mientras su armónica surca el contorno del pentagrama. En Callin’ fools bajan un poco los decibeles, con una melodía más medida y un sonido que se balancea entre el blues de los 50 y el groove de Jimmy Smith gracias al aporte de Andersen en el hammond.
| Estrin y Andersen en La Trastienda |
Broke and lonesome es un slow blues, con punzantes solos de guitarra, que por momentos gana en intensidad rítmica para volver enseguida a su estado natural. You ain’t the boss of me es la única que no canta Estrin, sino que lo hace quien la escribió: J. Hansen. Old news es una pieza magistral de Estrin solo con su armónica, en la que logra ese sonido tan característico que adoptó de Sonny Boy Williamson.
El álbum tiene dos instrumentales. Uno es el jazzeado Zonin’ y el otro es The legend of Taco Cobbler, un tema épico escrito por Andersen que es un collage entre Dick Dale, el spaghetti western, el tex mex y el soul de Memphis con algunos riffs clásicos. Un joya de siete minutos, que si bien no tiene mucho que ver con el resto del disco, muestra a la perfección la creatividad de los músicos y lo ensamblada que está la banda. Con ese tema hicieron explotar a los porteños cuando tocaron en La Trastienda el año pasado. Si ese show nos pareció impresionante este disco es la rúbrica de que estos muchachos están haciendo las cosas muy bien.
lunes, 30 de julio de 2012
El blues según Belton Sutherland
Belton Sutherland fue filmado por Alan Lomax en 1978 mientras tocaba en el porche de la casa de la granja de Clyde Maxwell, en Canton, Mississippi. Son apenas tres canciones impresionantes, llenas de emoción, en donde Sutherland acompaña su canto profundo con unas líneas de guitarra atrapantes. Esos temas, Kill the old grey mule, Blues#2 y I have trouble, son las joyas perdidas del blues rural.
En youtube también se pueden ver los 53 segundos de Sutherland entonando un field holler primitivo que remite a lo más profundo del Delta del Mississippi, así como también un blues improvisado en el que Maxwell lo acompaña tocando el violín. Estos videos son su testamento musical, imprescindibles para los cultores del country blues.
Sutherland murió el 7 de octubre de 1983. Tenía 72 años. Sus restos están enterrados en un cementerio a unos 20 kilómetros de Canton.
viernes, 27 de julio de 2012
Honrarás a tu padre
Ese es el mandamiento que Mud Morganfield respeta a muerte. El nombre de Muddy Waters pesa como ningún otro en el mundo del blues. Y Mud lo sabe bien. Carga con un apellido que resume buena parte de la historia del blues. El año que viene se cumplirán 30 años de la muerte del legendario padre del blues de Chicago y Mud llegará más preparado que nunca a ese homenaje. Anoche, ante una Trastienda colmada, demostró una vez más que es un artista sensacional, carismático y respetuoso de la tradición.
La noche tuvo un componente extra: sirvió para que muchos músicos locales se mostraran ante un público más amplio que el que suele seguirlos por los bares de Capital y el Conurbano. Ese fue el caso de Nacho Ladisa Blues Club, una banda de chicos jóvenes que está dando que hablar. Hace poco editaron su primer disco y con esta presentación demostraron que están para grandes cosas. Ladisa y Federico Verteramo en guitarras y Hughis López en armónica se recostaron sobre la rítmica contundente de Homero Tolosa y Cristian Ferreira. Estuvieron acompañados por el experimentado Machi Romanelli en teclados, que cubrió el lugar que ocupó Gustavo Doreste en el álbum. Fueron cinco temas tocados con mucha pasión. Comenzaron con Money marbles & chalk y siguieron con Goin’ away baby, Bright lights big city y Five long years, en el que hubo filosos solos de Ladisa y el zurdo Verteramo, una de las grandes promesas del blues local. El cierre, brutal, fue con Take a little walk with me, de Robert Lockwood Jr.
A las 21.30 subió a escena la segunda banda de la noche, la que habría de acompañar a Mud y sus blues. Roberto Porzio y Toto Palacio comenzaron con un par de instrumentales, junto a la armónica de Rubén Gaitán, y el colchón rítmico del hammond de Walter Galeazzi. Mariano D’andrea y Gabriel Cabiaglia sostuvieron la estructura en bajo y batería. Diez minutos después, Roberto Porzio presentó al hombre que todos esperaban ver. “Cierren los ojos e imaginen a Muddy cantando. Con ustedes, ¡el Hijo del Blues!”, anunció el guitarrista. Mud apareció en escena con un traje que parecía blanco pero que en realidad era de un lila, luciendo aros y anillos de oro y con una toalla en su mano, con la que se secó la cara más de una vez. Se sentó en una banqueta y comenzó a entonar la letra de Walkin’ thru the park, uno de los clásicos de su padre.
El repertorio estuvo equilibrado entre temas propios y algunos covers de Muddy Waters. De su último disco, Son of a seventh son, las más destacadas fueron la balada blusera Midnight lover y luego Catfishing, en el que invitó al escenario a tres mujeres para que bailaran para él. Luego hizo que la gente eligiera una ganadora. Y la que ganó no fue la que mejor bailó, sino la que se animó a tomarlo de la mano y hacerlo bailar a él. Ella se llevó un disco autografiado.
Mud hizo que sus músicos aprovecharan la oportunidad para mostrarse. “Mr. Robert play the blues”, le dijo a Porzio, quien empezó a deslizar el slide para una gran version de You can't lose what you ain't never had. Lo mismo pasó con Hoochie coochie man. Rubén Gaitán hizo reír a Mud más de una vez con algunos trucos de su armónica. Y Toto Palacio, que tenía hinchada propia, dio siempre un paso al frente para sacar unos punteos profundos.
Hubo un pequeño incidente: Mariano D’andrea tuvo problemas con la ficha de su bajo que provocó unos sonidos molestos. La solución fue el contrabajo que había usado Cristian Ferreira. Pero, como dice el dicho, no hay mal que por bien no venga: Mud y Roberto Porzio improvisaron una versión de Forty days and forty nights, en la que Mud mostró que las aguas del Mississippi fluyen por sus venas.
Un gran momento fue cuando Mud contó la historia de su novia Caldonia, a la que su madre no quería para nada. “Yo era un nene de mamá”, dijo para justificar que no siguió su relación con ella pese a que Muddy Waters lo incentivaba. Entonces se lanzó con una animada interpretación del clásico de Louis Jordan. Así, bien arriba, llegó el final. Primero con Got my mojo workin’ y una poderosa versión de Manish boy para el bis. Blues de Chicago en estado puro y buena onda fueron los ejes de una gran noche, en la que el hijo del blues honró la memoria de su padre.
A las 21.30 subió a escena la segunda banda de la noche, la que habría de acompañar a Mud y sus blues. Roberto Porzio y Toto Palacio comenzaron con un par de instrumentales, junto a la armónica de Rubén Gaitán, y el colchón rítmico del hammond de Walter Galeazzi. Mariano D’andrea y Gabriel Cabiaglia sostuvieron la estructura en bajo y batería. Diez minutos después, Roberto Porzio presentó al hombre que todos esperaban ver. “Cierren los ojos e imaginen a Muddy cantando. Con ustedes, ¡el Hijo del Blues!”, anunció el guitarrista. Mud apareció en escena con un traje que parecía blanco pero que en realidad era de un lila, luciendo aros y anillos de oro y con una toalla en su mano, con la que se secó la cara más de una vez. Se sentó en una banqueta y comenzó a entonar la letra de Walkin’ thru the park, uno de los clásicos de su padre.
El repertorio estuvo equilibrado entre temas propios y algunos covers de Muddy Waters. De su último disco, Son of a seventh son, las más destacadas fueron la balada blusera Midnight lover y luego Catfishing, en el que invitó al escenario a tres mujeres para que bailaran para él. Luego hizo que la gente eligiera una ganadora. Y la que ganó no fue la que mejor bailó, sino la que se animó a tomarlo de la mano y hacerlo bailar a él. Ella se llevó un disco autografiado.
Mud hizo que sus músicos aprovecharan la oportunidad para mostrarse. “Mr. Robert play the blues”, le dijo a Porzio, quien empezó a deslizar el slide para una gran version de You can't lose what you ain't never had. Lo mismo pasó con Hoochie coochie man. Rubén Gaitán hizo reír a Mud más de una vez con algunos trucos de su armónica. Y Toto Palacio, que tenía hinchada propia, dio siempre un paso al frente para sacar unos punteos profundos.
Un gran momento fue cuando Mud contó la historia de su novia Caldonia, a la que su madre no quería para nada. “Yo era un nene de mamá”, dijo para justificar que no siguió su relación con ella pese a que Muddy Waters lo incentivaba. Entonces se lanzó con una animada interpretación del clásico de Louis Jordan. Así, bien arriba, llegó el final. Primero con Got my mojo workin’ y una poderosa versión de Manish boy para el bis. Blues de Chicago en estado puro y buena onda fueron los ejes de una gran noche, en la que el hijo del blues honró la memoria de su padre.
miércoles, 25 de julio de 2012
Blues profundo
¿Qué es lo que me apasiona del blues? Me hice esa pregunta cientos de veces. Es difícil explicarlo en pocas palabras. Supongo que un motivo es su ritmo tan humano y plagado de sensaciones. Tristeza, desamparo, alegría, miedo, pasión, despecho, enamoramiento, recuerdos. Y a veces, cuanto más rústico y descarnado, más lo siento. Esta es una selección brutal de oscuros músicos sureños, tipos de los que se sabe poco y que pasaron gran parte de su vida tocando más que nada en los porches de sus casas. Una buena muestra de por qué el blues puro es un camino sin retorno.
Charles Caldwell – Remember me. Durante décadas tocó en los juke joints de la zona conocida como North Mississippi Hill a cambio de tragos. Y cuando tuvo la oportunidad de darse a conocer murió devorado por un cáncer de páncreas. Su fallecimiento ocurrió en 2003, unos pocos meses antes de que el sello Fat Possum editara su único disco. La grabación no fue nada fácil porque, según contó el productor Matthew Johnson, Caldwell estaba en pleno tratamiento de quimioterapia. De todas maneras logró un álbum atrapante, bien eléctrico, al estilo de Junior Kimbrough o R.L. Burnside, en el que el sonido de la Gibson 135 provoca hipnosis en quien la escuche. La voz de Caldwell suena densa, curtida y allanada por litros de licor. En algunos de los temas está solo con sus seis cuerdas y en otros es acompañado por la batería de Tino Gross. Las once canciones fueron compuestas por él y son las únicas que nos dejó.
Asie Payton – Worried. Hace unos meses, mientras buscaba la lápida de Charley Patton en el cementerio de Holly Ridge, en Mississippi, me topé con la tumba de Asie Payton. El epitafio apenas decía: “Bluesman”, su nombre y las fechas en las que nació y murió: 12 de abril de 1937 y 19 de mayo de 1997. Como no tenía ni idea quién era, en cuanto tuve una computadora a mano empecé a investigar y resultó ser otro artista del que apenas hay un disco. El sello Fat Possum estuvo dos años tratando de hacerlo grabar, pero Payton siempre se mostró díscolo. Luego de mucho batallar apenas lograron capturar su sonido durante una presentación en el juke joint de Junior Kimbrough y en una pequeña sesión en un viejo estudio del condado de Washington. El sello iba a lanzar un demo pero Payton murió antes de que eso sucediera. Entonces, sin más remedio, Fat Possum juntó ambas grabaciones tal como estaban y, en 1999, editó el disco Worried. Es un álbum de blues eléctrico, bien sucio, crudo, caótico y vibrante. Una reliquia del sonido moderno del Mississippi.
Bud Grant - The George Mitchell Collection vol. 14. George Mitchell fue un “cazador” de bluesmen. Durante la década del 60 recorrió el Mississippi, Alabama, Texas y Georgia y grabó a decenas de músicos negros. Entre los más conocidos de su colección están Big Joe Williams, Houston Stackhouse, Sleepy John Estes, Fred McDowell y R.L Burnside. Pero después hay muchos tipos que grabaron apenas una vez y que el tiempo los sepultó. Ese es el caso de Bud Grant. Por suerte, en 2006, Fat Possum editó 45 discos en los que está condensado todo el trabajo de Mitchell. El volumen 14 contiene diez canciones que Grant grabó en Thomaston, Georgia, en 1969. A diferencia de los dos discos anteriores este es bien rural. En la web casi no hay datos de su vida. No encontré su fecha de nacimiento y no sé si está vivo, aunque lo dudo mucho. Pero sus interpretaciones de Trouble in mind, Mean old frisco, Rock me mama y Rattlesnake moan perdurarán por siempre.
Charles Caldwell – Remember me. Durante décadas tocó en los juke joints de la zona conocida como North Mississippi Hill a cambio de tragos. Y cuando tuvo la oportunidad de darse a conocer murió devorado por un cáncer de páncreas. Su fallecimiento ocurrió en 2003, unos pocos meses antes de que el sello Fat Possum editara su único disco. La grabación no fue nada fácil porque, según contó el productor Matthew Johnson, Caldwell estaba en pleno tratamiento de quimioterapia. De todas maneras logró un álbum atrapante, bien eléctrico, al estilo de Junior Kimbrough o R.L. Burnside, en el que el sonido de la Gibson 135 provoca hipnosis en quien la escuche. La voz de Caldwell suena densa, curtida y allanada por litros de licor. En algunos de los temas está solo con sus seis cuerdas y en otros es acompañado por la batería de Tino Gross. Las once canciones fueron compuestas por él y son las únicas que nos dejó.
Asie Payton – Worried. Hace unos meses, mientras buscaba la lápida de Charley Patton en el cementerio de Holly Ridge, en Mississippi, me topé con la tumba de Asie Payton. El epitafio apenas decía: “Bluesman”, su nombre y las fechas en las que nació y murió: 12 de abril de 1937 y 19 de mayo de 1997. Como no tenía ni idea quién era, en cuanto tuve una computadora a mano empecé a investigar y resultó ser otro artista del que apenas hay un disco. El sello Fat Possum estuvo dos años tratando de hacerlo grabar, pero Payton siempre se mostró díscolo. Luego de mucho batallar apenas lograron capturar su sonido durante una presentación en el juke joint de Junior Kimbrough y en una pequeña sesión en un viejo estudio del condado de Washington. El sello iba a lanzar un demo pero Payton murió antes de que eso sucediera. Entonces, sin más remedio, Fat Possum juntó ambas grabaciones tal como estaban y, en 1999, editó el disco Worried. Es un álbum de blues eléctrico, bien sucio, crudo, caótico y vibrante. Una reliquia del sonido moderno del Mississippi.Bud Grant - The George Mitchell Collection vol. 14. George Mitchell fue un “cazador” de bluesmen. Durante la década del 60 recorrió el Mississippi, Alabama, Texas y Georgia y grabó a decenas de músicos negros. Entre los más conocidos de su colección están Big Joe Williams, Houston Stackhouse, Sleepy John Estes, Fred McDowell y R.L Burnside. Pero después hay muchos tipos que grabaron apenas una vez y que el tiempo los sepultó. Ese es el caso de Bud Grant. Por suerte, en 2006, Fat Possum editó 45 discos en los que está condensado todo el trabajo de Mitchell. El volumen 14 contiene diez canciones que Grant grabó en Thomaston, Georgia, en 1969. A diferencia de los dos discos anteriores este es bien rural. En la web casi no hay datos de su vida. No encontré su fecha de nacimiento y no sé si está vivo, aunque lo dudo mucho. Pero sus interpretaciones de Trouble in mind, Mean old frisco, Rock me mama y Rattlesnake moan perdurarán por siempre.
domingo, 22 de julio de 2012
La diva y sus blues
El blues está aquí y allá. No entiende de fronteras ni de aduanas. Músicos argentinos, un guitarrista brasileño y una cantante increíble, cargada de personalidad y talento, nacida en la meca misma del blues eléctrico: Chicago. Deitra Farr, dueña de una voz poderosa, sabe lo que hace y lo hace muy bien. Domina la escena con personalidad: canta blues y bromea con el público. Canta soul y agradece a quienes la acompañan con ritmo. Es su gran noche, la primera en Buenos Aires, y la diva demuestra que no es sólo una intérprete de canciones de otros, sino que se luce con material propio.
Sigue Adrián Jiménez con su ejército de armónicas y el estilo Chicago impregnado en la piel. Lo acompañan los guitarristas Ricky Muñoz y Roberto Porzio que alternan solos entre tema y tema. Jiménez exhibe sus Hohner Marine Band y también una imponente armónica cromática. El pico máximo de su presentación llega cuando la banda comienza a sacudir la estratosfera con una versión demoledora de Mellow down easy. Jiménez llega al cierre soplando una armónica amplificada en un instrumental brutal. La música fluye.
El violero Max Hracek y los Mojos suben rápidamente. Tocan cuatro temas y en uno, Big town playboy, cuentan con la enérgica voz de SabrinaGonzález. Hacen su parte correctamente antes de que aparezca en escena la primera figura internacional. Decio Caetano se acomoda enseguida y el blues gana en intensidad. Además de un gran guitarrista es un notable maestro de ceremonias. No lo inhibe su español rústico. Trata de contagiar al público con la misma emoción que lo invade por estar en el escenario de La Trastienda en una noche tan especial.
Cuando ya está todo listo, la diva aparece caminando con tranquilidad. Tiene un corte de pelo que me recuerda a muchas de las fotos que vi de Big Mama Thorton, aunque ella, si bien es voluptuosa, no llega a ser tan imponente como lo era la creadora de Hound dog. La banda comienza con ritmo de soul y Deitra canta The search is over, el tema que dio nombre a su disco de 1997. Durante poco más de una hora la cantante abordará un repertorio plagado de temas propios que fueron editados en sus dos álbumes (el otro es Let it go, de 2008), aunque cantará un par de covers: Just a fool, de Little Walter, y el clásico Blues with a feeling. Más allá de los punteos de Caetano y Hracek, Deitra le da mucho lugar a un movedizo Machi Romanelli, que se lanza con solos de hammond y piano en casi todos los temas.
Un desubicado del público, de los que nunca falta, le grita a la diva: “¡Play the blues!”. Ella lo mira y le responde con una ironía en inglés: “Pensé que eso era lo que estaba haciendo. Salvo que estemos haciendo disco”. El baterista Gonzalo Martino, rápido de reflejos, golpea una base disco y el bajista Chipi Cipolla se suma. Deitra se ríe y la gente aplaude. Y ella retruca: “O tal vez estemos haciendo reggae”, y mezclan el ritmo de Three little birds, de Bob Marley, con una letra improvisada en el momento. “Pero si quieren jazz, tendrán jazz”, dice para subir la apuesta. Y Martino y Cipolla la siguen con obediencia y soltura.
La noche se esfuma de a poco. Ya son más de las dos y las puertas de La Trastienda se abren de par en par. Es la hora de ir terminando pero a Deitra le queda una canción más: Key to the highway es el bis y su despedida. El blues en su máxima expresión.
| Gabriel Grätzer |
El Festival Internacional de Blues empieza con Gabriel Grätzer & Big Tequilas.
Llegó a La Trastienda cuando está comenzando a tocar el último tema de su set,
Highway 49, un clásico del blues del Delta que se acerca más a la versión de
Big Joe Williams que a la de Howlin’ Wolf. Grätzer desliza su slide como si
estuviera en el porche de una casa de Leland, Mississippi. No por nada él es el
embajador del blues argentino. El sonido
de su guitarra recorre una ruta rítmica sostenida por la sutileza del
contrabajo y una suave percusión.
| Adrián Jiménez |
| Decio Caetano |
Cuando ya está todo listo, la diva aparece caminando con tranquilidad. Tiene un corte de pelo que me recuerda a muchas de las fotos que vi de Big Mama Thorton, aunque ella, si bien es voluptuosa, no llega a ser tan imponente como lo era la creadora de Hound dog. La banda comienza con ritmo de soul y Deitra canta The search is over, el tema que dio nombre a su disco de 1997. Durante poco más de una hora la cantante abordará un repertorio plagado de temas propios que fueron editados en sus dos álbumes (el otro es Let it go, de 2008), aunque cantará un par de covers: Just a fool, de Little Walter, y el clásico Blues with a feeling. Más allá de los punteos de Caetano y Hracek, Deitra le da mucho lugar a un movedizo Machi Romanelli, que se lanza con solos de hammond y piano en casi todos los temas.
| Deitra Farr |
La noche se esfuma de a poco. Ya son más de las dos y las puertas de La Trastienda se abren de par en par. Es la hora de ir terminando pero a Deitra le queda una canción más: Key to the highway es el bis y su despedida. El blues en su máxima expresión.
viernes, 20 de julio de 2012
Volviendo a las fuentes
Estos tres discos fueron editados en el último mes y corresponden a artistas de peso que siguen explorando la música de sus antecesores.
John Primer – Blues on solid ground. Este disco es un viaje hacia su infancia, un sobrevuelo imaginario por el Mississippi de la década del 40. Es un repaso sobre como él y su familia pasaron sus días rodeados de dificultades, cosechando algodón al rayo del sol durante jornadas eternas, viviendo en cabañas precarias y sometidos por la segregación racial. Aquí, Primer desnuda su alma y no solo nos cuenta cómo fue su vida, sino también como hizo para salir adelante. Y el secreto de eso no es otra cosa que la música. En este disco, Primer reescribió el sonido de los blues que escuchaba cuando era joven manteniendo la impronta acústica. Los 13 temas fueron compuestos por él y se rodeó de algunos de los mismos músicos que Mud Morganfield utilizó para grabar su flamante álbum Son of a seventh son: Kenny Smith, E.G. McDaniel y Barrelhouse Chuck, aunque en armónica aquí está Russ Green en lugar de Bob Corritore. Primer sigue vigente y como dijo su esposa Lisa: “El blues seguirá entre nosotros mucho más tiempo mientras él siga parado en terreno sólido”.
Billy Boy Arnold – Sings Big Bill Broonzy. La propuesta no es original: Muddy Waters ya lo hizo en 1960. Y lo hizo muy bien. Pero esta nueva aproximación a uno de los bluseros más emblemáticos de la historia no se puede pasar por alto. Porque más allá de que no sea novedoso, se trata de interpretaciones concienzudas y apasionadas. Billy Boy Arnold se tomó en serio su vuelta a los estudios de grabación y optó por algo similar a lo que había hecho en 2008 cuando dedicó un disco a la memoria de John Lee “Sonny Boy” Williamson. Ahora se abrazó a la figura de Broonzy, otro precursor del blues de Chicago e intérprete de folk y blues rural. Acompañado por Billy Flynn (guitarra y mandolina), Eric Noden (guitarra), Beau Sample (contrabajo) y Rick Sherry (clarinete, tabla de lavar y percusión) grabó 15 versiones majestuosas entre las que se destacan Key to the highway, Sweet honey bee, It was just a dream y San Antonio blues.
Rory Block - I belong to the band / A tribute to Rev. Gary Davis. Esta guitarrista y cantante nacida en Nueva York en 1949 ya lleva más de 40 años tocando blues tradicional. Grabó por primera vez en 1975 y desde entonces editó 27 discos, los últimos tres dedicados a bluesmen legendarios: Robert Johnson, Son House y Fred McDowell. Ahora se embarcó en un homenaje a uno de sus mentores, el Reverendo Gary Davis, guitarrista al que solía visitar en su casa del Bronx junto a Stefan Grossman. Aquí está ella sola con su guitarra, combinando el blues con el góspel, aplicando todo lo que aprendió de su maestro: arpegios con el pulgar y ese estilo complejo con el que logra tocar la rítmica y los solos al mismo tiempo. Block también se destaca con el slide, especialmente en el tema que da nombre al disco. El repertorio cuenta con muchas de las canciones del gran Gary Davis como Samson & Delilah y Death don't have no mercy. Un disco bárbaro para escuchar a una gran intérprete contemporánea y, de paso, para quienes no lo conozcan, entrar en el maravilloso mundo del Reverendo.
John Primer – Blues on solid ground. Este disco es un viaje hacia su infancia, un sobrevuelo imaginario por el Mississippi de la década del 40. Es un repaso sobre como él y su familia pasaron sus días rodeados de dificultades, cosechando algodón al rayo del sol durante jornadas eternas, viviendo en cabañas precarias y sometidos por la segregación racial. Aquí, Primer desnuda su alma y no solo nos cuenta cómo fue su vida, sino también como hizo para salir adelante. Y el secreto de eso no es otra cosa que la música. En este disco, Primer reescribió el sonido de los blues que escuchaba cuando era joven manteniendo la impronta acústica. Los 13 temas fueron compuestos por él y se rodeó de algunos de los mismos músicos que Mud Morganfield utilizó para grabar su flamante álbum Son of a seventh son: Kenny Smith, E.G. McDaniel y Barrelhouse Chuck, aunque en armónica aquí está Russ Green en lugar de Bob Corritore. Primer sigue vigente y como dijo su esposa Lisa: “El blues seguirá entre nosotros mucho más tiempo mientras él siga parado en terreno sólido”.
Billy Boy Arnold – Sings Big Bill Broonzy. La propuesta no es original: Muddy Waters ya lo hizo en 1960. Y lo hizo muy bien. Pero esta nueva aproximación a uno de los bluseros más emblemáticos de la historia no se puede pasar por alto. Porque más allá de que no sea novedoso, se trata de interpretaciones concienzudas y apasionadas. Billy Boy Arnold se tomó en serio su vuelta a los estudios de grabación y optó por algo similar a lo que había hecho en 2008 cuando dedicó un disco a la memoria de John Lee “Sonny Boy” Williamson. Ahora se abrazó a la figura de Broonzy, otro precursor del blues de Chicago e intérprete de folk y blues rural. Acompañado por Billy Flynn (guitarra y mandolina), Eric Noden (guitarra), Beau Sample (contrabajo) y Rick Sherry (clarinete, tabla de lavar y percusión) grabó 15 versiones majestuosas entre las que se destacan Key to the highway, Sweet honey bee, It was just a dream y San Antonio blues.Rory Block - I belong to the band / A tribute to Rev. Gary Davis. Esta guitarrista y cantante nacida en Nueva York en 1949 ya lleva más de 40 años tocando blues tradicional. Grabó por primera vez en 1975 y desde entonces editó 27 discos, los últimos tres dedicados a bluesmen legendarios: Robert Johnson, Son House y Fred McDowell. Ahora se embarcó en un homenaje a uno de sus mentores, el Reverendo Gary Davis, guitarrista al que solía visitar en su casa del Bronx junto a Stefan Grossman. Aquí está ella sola con su guitarra, combinando el blues con el góspel, aplicando todo lo que aprendió de su maestro: arpegios con el pulgar y ese estilo complejo con el que logra tocar la rítmica y los solos al mismo tiempo. Block también se destaca con el slide, especialmente en el tema que da nombre al disco. El repertorio cuenta con muchas de las canciones del gran Gary Davis como Samson & Delilah y Death don't have no mercy. Un disco bárbaro para escuchar a una gran intérprete contemporánea y, de paso, para quienes no lo conozcan, entrar en el maravilloso mundo del Reverendo.
martes, 17 de julio de 2012
El mesías
-¿Qué espera para los próximos años?- preguntó el periodista.
-Convertirme en Santo- respondió John Coltrane.
Uno meses después murió.
Coltrane grabó decenas y decenas de álbumes en poco más de diez años, la mayoría indispensables para cualquier coleccionista de jazz. Con cuarteto, quinteto, sexteto o como saxofonista en otra banda, hizo de todo y siempre todo bien. No hay otro músico que haya participado de tantas sesiones de estudio como él en tan poco tiempo. Coltrane improvisaba con una energía creativa abrumadora y llegó con su música al más allá, a una dimensión que no creo que otro ser humano haya alcanzado, excepto Miles.Fue un mesías. Su obra estuvo entrelazada por el contexto histórico en que le tocó vivir, marcado por la lucha por los derechos civiles de los negros, y especialmente por una experiencia religiosa que tuvo en 1957. Según sus palabras, “viví un renacer espiritual que me llevó a una vida más completa, rica y productiva. En ese momento, a manera de agradecimiento, humildemente acepté el privilegio de hacer felices a los demás con mi música”.
Coltrane superó a la heroína y el alcohol. Fue canonizado por la Iglesia africana ortodoxa y se convirtió en uno de los músicos de jazz más influyentes de la historia. Pero a pesar de haber sido un verdadero maestro, muy pocos músicos pudieron si quiera rozar su estilo en los últimos 45 años, tal vez porque él siempre fue un poco más allá de lo que las posibilidades se lo permitían, o porque realmente fue un ser sobrenatural.
“Mi música es la expresión espiritual de lo que soy, mi fe, mi conocimiento, mi ser”, John William Coltrane (23 de septiembre de 1936 / 17 de julio de 1967)
domingo, 15 de julio de 2012
El año de Mud
El gran año de Mud Morganfield llegó. Editó su segundo disco, fue una de las figuras centrales del Festival de Blues de Chicago y posó para la tapa de la prestigiosa revista Living Blues. Es que Mud está demostrando que es un artista cabal y no un mero imitador de su padre. Si bien la figura de Muddy Waters guía el espíritu de su música y su forma de cantar, Mud consiguió imprimirle su propio sello a las canciones. Y nosotros fuimos testigos de esa consolidación. Hace tres años, cuando vino por primera vez a la Argentina, no era muy conocido y algunos no creían en él. Pero todo eso cambió. Y cambió a fuerza de blues. Mud es un extraordinario cantante y arriba del escenario tiene un carisma fantástico. Es capaz de hacer cantar y bailar hasta al público más perezoso.
Su último disco Son of a seventh son recibió muy buenas críticas en los Estados Unidos, no solo por su interpretación, sino porque empezó a hacerse notar como compositor: siete de los doce temas que tiene el álbum los escribió él. La referencia a su padre en el título del disco no se extiende a todo el repertorio. Mud apenas hace un cover del legendario Muddy Waters y es suficiente para despejar dudas sobre cuál es su ADN. You can't lose what you ain't never had es, tal vez, una de las mejores canciones del padre del blues de Chicago, no por nada Martin Scorsese la eligió como tema de apertura de la serie de películas The Blues. Y aquí Mud canta con pasión y verdadera devoción. También suena muy bien el tema del guitarrista Billy Flynn, Money (Can´t buy everything), por la solvencia vocal de Mud y la combinación de los teclados de Barrelhouse Chuck y la armónica de Bob Corritore, quien también compuso otro track del disco. En la balada blusera Midnight lover, Mud demuestra que es capaz de imprimirle mucho soul a su canto. Mientras que en Loco Motor despliega un boogie movedizo y candente. Blues in my shoes es su alegato final: "Si crees que no tengo el blues, me gustaría que hubieras caminado con mis zapatos / Tengo el blues desde hace tanto, que ya no sé qué hacer.”
A Billy Flynn, Bob Corritore y Barrelhouse Chuck se les suman el bajista E.G. McDaniel y el guitarrista Rick Kreher. La batería está a cargo de Kenny “Beedy Eyes” Smith, otro heredero de la vieja escuela, hijo de Willie Smith, el baterista que más tiempo estuvo junto a Muddy Waters. La banda tuvo una buena sinergia en el estudio y el resultado es un álbum sensacional que, a diferencia del anterior, Fall waters fall (2008), será distribuido más ampliamente.
El 26 de julio, Mud se presentará en La Trastienda con músicos locales con lo que ya tocó en sus visitas anteriores. Roberto Porzio y Toto Palacio (guitarras), Gustavo "Bohemio" Rubinsztein (bajo), Rubén Gaitán (armónica), Gabriel Cabiaglia (batería) y Walter Galeazzi (teclados) tienen una larga trayectoria en la escena local, aportan solidez rítmica, sentimiento y profesionalismo, como un músico de la talla de Mud necesita.
Mud Morganfield, o Muddy Waters Jr. como lo llaman algunos, recorrió un largo camino para llegar al lugar en el que está hoy. Lidió con sus fantasmas durante muchos años hasta que aceptó lo que el destino tenía reservado para él: hacer honor al legado de Muddy Waters y llevar el blues a donde sea necesario. Y aquí no hará otra cosa que sentar sus bases y honrar el buen nombre de su padre.
Su último disco Son of a seventh son recibió muy buenas críticas en los Estados Unidos, no solo por su interpretación, sino porque empezó a hacerse notar como compositor: siete de los doce temas que tiene el álbum los escribió él. La referencia a su padre en el título del disco no se extiende a todo el repertorio. Mud apenas hace un cover del legendario Muddy Waters y es suficiente para despejar dudas sobre cuál es su ADN. You can't lose what you ain't never had es, tal vez, una de las mejores canciones del padre del blues de Chicago, no por nada Martin Scorsese la eligió como tema de apertura de la serie de películas The Blues. Y aquí Mud canta con pasión y verdadera devoción. También suena muy bien el tema del guitarrista Billy Flynn, Money (Can´t buy everything), por la solvencia vocal de Mud y la combinación de los teclados de Barrelhouse Chuck y la armónica de Bob Corritore, quien también compuso otro track del disco. En la balada blusera Midnight lover, Mud demuestra que es capaz de imprimirle mucho soul a su canto. Mientras que en Loco Motor despliega un boogie movedizo y candente. Blues in my shoes es su alegato final: "Si crees que no tengo el blues, me gustaría que hubieras caminado con mis zapatos / Tengo el blues desde hace tanto, que ya no sé qué hacer.”A Billy Flynn, Bob Corritore y Barrelhouse Chuck se les suman el bajista E.G. McDaniel y el guitarrista Rick Kreher. La batería está a cargo de Kenny “Beedy Eyes” Smith, otro heredero de la vieja escuela, hijo de Willie Smith, el baterista que más tiempo estuvo junto a Muddy Waters. La banda tuvo una buena sinergia en el estudio y el resultado es un álbum sensacional que, a diferencia del anterior, Fall waters fall (2008), será distribuido más ampliamente.
El 26 de julio, Mud se presentará en La Trastienda con músicos locales con lo que ya tocó en sus visitas anteriores. Roberto Porzio y Toto Palacio (guitarras), Gustavo "Bohemio" Rubinsztein (bajo), Rubén Gaitán (armónica), Gabriel Cabiaglia (batería) y Walter Galeazzi (teclados) tienen una larga trayectoria en la escena local, aportan solidez rítmica, sentimiento y profesionalismo, como un músico de la talla de Mud necesita.
Mud Morganfield, o Muddy Waters Jr. como lo llaman algunos, recorrió un largo camino para llegar al lugar en el que está hoy. Lidió con sus fantasmas durante muchos años hasta que aceptó lo que el destino tenía reservado para él: hacer honor al legado de Muddy Waters y llevar el blues a donde sea necesario. Y aquí no hará otra cosa que sentar sus bases y honrar el buen nombre de su padre.
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