Robert Cray and Hi Rhythm - Robert Cray and Hi Rhythm. Este disco, el décimo octavo de su carrera, es una muestra acabada de todo lo que es Robert Cray hoy. El álbum suena tremendo, la voz de Cray es inmaculada y sus solos son exquisitos. Desde que volvió a reunirse con Steve Jordan -In my soul, 2014- adquirió definitivamente el toque que le faltaba. Robert Cray sigue sonando como Robert Cray pero ahora también suena a Memphis. No por nada se fue hasta allí a grabar esta colección de composiciones propias y algunos covers como The same love that made me laugh, de Bill Withers; I don’t care, de Sir Mack Rice; y Aspen, Colorado y Don't steal my love, de Tony Joe White, quien además aporta el sonido electro-pantanoso de su guitarra en el segundo tema. Cray todavía conserva la frescura de aquél músico que impuso su sonido distintivo en la década del ochenta y a eso le agregó la experiencia y una búsqueda artística de años. Hoy, suena mejor que nunca y sigue sonando a Robert Cray. Soul y blues en su máxima expresión.
George Thorogood - Party of one. Este es el disco número 14 de su carrera y el más diferente a todos los demás. Por primera vez, a cuarenta años del primer álbum que grabó, lanza un disco sin la compañía de los Destroyers. Thorogood decidió que era tiempo de presentarse solo, apoyándose en su guitarra -eléctrica o acústica- y en un puñado de canciones que marcaron toda su trayectoria. Los temas elegidos reflejan sus máximas influencias: desde el comienzo con Steady rollin’ man de Robert Johnson, hasta el final en vivo con la hookeriana One bourbon, one scotch, one beer. En líneas generales el disco respira blues primario, visceral, pero no se limita solo a eso. Thorogood recurre al slide en más de una oportunidad, a sus clásicas inflexiones vocales y también a la armónica. Nos lleva a lo más profundo del blues con clásicos como The sky is crying, Born with the blues, Got to move y Wang dang doodle; nos agasaja con buenas canciones de la historia del rock como No expectations de los Stones y Down the highway de Dylan; y nos sorprende con un par de éxitos de la música country como Bad news de Johnny Cash y Pictures from life’s other side de Hank Williams. Party of one es una invitación del artista a su mundo más íntimo. Y no hay que dejarla pasar.
John Mayall - Talk about that. Nadie podrá discutir jamás que John Mayall no es un hombre de blues. A los 83 años acaba de lanzar un nuevo disco: ¡El número 66 de su carrera! Pocos músicos deben haber grabado tanto como él. Y lo llamativo, en su caso, es que sus discos siguen una línea artística definida. Más allá de algunas exploraciones musicales que hizo en los setentas y algún sonido más aggiornado en las décadas siguientes, Mayall elaboró una marca musical que ya puede clasificarse como clásica. Aquí, en su nuevo trabajo, el padrino del blues inglés vuelve a mostrar su talento con los teclados, la guitarra y la armónica, y su voz se mantiene intacta. La banda que lo acompaña es la misma de los últimos años: Rocky Athas (guitarra), Greg Rzab (bajo) y Jay Davenport (batería). El repertorio incluye ocho temas originales y tres covers: It’s hard going up, de Little Sonny; Going away baby, de Jimmy Rogers; y Don’t deny me, de Jerry Lynn Williams. El legendario guitarrista Joe Walsh (Eagles y James Gang) aporta su toque punzante en The Devil must be laughing y Cards on the table y la sección de vientos comandada por Ron Dziubla realza el sonido de la banda en más de una canción. Con este nuevo disco Mayal deja en claro dos cosas: que está más vigente que nunca y que tiene cuerda para rato.
viernes, 25 de agosto de 2017
jueves, 17 de agosto de 2017
Zona de confort
El tipo destila sencillez y buena onda. Está vestido con una remera negra, jean y alpargatas. Sonríe todo el tiempo. Se siente contenido por los músicos que lo acompañan. Se nota que la está pasando muy bien y sabe transmitirlo. Las dos horas de show se pasan volando. No toca muchas canciones, sino que a cada una le dedica largos y vibrantes solos. También le da curso al pianista y él se pone en un segundo plano para mostrar que también es un guitarrista rítmico de primer nivel. Canta poco. La voz no es su fuerte, pero se ve que estuvo perfeccionándose.
Es la tercera vez que Kirk Fletcher viene a la Argentina. La primera fue la accidentada gira de 2011 en la que perdió un vuelo y no llegó para el show en La Trastienda junto a Tom Principato, y solo se presentó, días después, en Monte Grande y Mr. Jones. Dos años más tarde volvió como guitarrista de la banda de Eros Ramazzotti para un show en GEBA. Y ahora está de regreso: un par de shows en el Be Bop Club, excursiones a Rosario, La Plata y Ramos Mejía, y una visita obligada por Brasil conforman parte de este tour 2017.
Su segunda presentación en el Be Bop es magistral. Abre con dos temas instrumentales de Freddie King, Side tracked y Funny bone, para dejar en claro desde el comienzo quién es su máxima influencia. Gabriel Cabiaglia y Mauro Ceriello lo siguen con una prestancia y un ritmo frenético. Tavo Doreste, desde el piano, se suelta con cada gesto del guitarrista y hace lo suyo. Están todos en sintonía. Llega Congo Square, que grabó en su disco My turn, cargada de notas multicolores y un final muy funky. “Suena como Michael Jackson”, bromea mientras acompaña el ritmo con su cabeza. Baja un poco el tempo con Sad, sad day pero los riffs y solos de su Telecaster no aflojan. Fletcher nos lleva con su música a la zona de confort. Para el cierre de la primera parte propone una canción de amor y se despide -momentáneamente- en clave de R&B con I’m in love.
Para el segundo set sube acompañado por el guitarrista Gonzalo Bergara, a quien llamó expresamente para tocar con él cuando se enteró que estaba en Buenos Aires. Intercalan solos lacerantes en dos temas de su cosecha. Se baten a duelo. Bromean. Ríen. El talento de ambos estalla en una comunión sonora. Cuando Gonzalo deja el escenario, Kirk lo invita a Rafa Nasta para un nuevo duelo que se extiende durante dos clásicos del blues: Something inside of me, de Elmore James, y You are the one. El último tramo del show tiene sus variantes: del instrumental El medio stomp pasa a una balada de su autoría y luego a la demoledora Rock with me.
El sonido limpio de su guitarra y su forma de tocar ubican a Kirk Fletcher entre los guitarristas más destacados de esta generación. Puede liderar su propia banda o pasar a un segundo plano para dejar que otros se luzcan. Tiene una amplia formación musical, mucha inventiva y versatilidad. Pero además logra que uno empatice con él más allá de lo musical. La calidez es otra de sus cualidades y eso se nota desde que asoma su voluminoso cuerpo al escenario.
martes, 8 de agosto de 2017
Al rojo vivo
La propuesta de Botafogo es poco convencional. Ritmo de blues y canto de protesta. No necesita un megáfono. Vomita su bronca mientras el slide desgrana las cuerdas duras de una resonadora. Bota le canta a la Barrick y a Monsanto. A los títeres de las corporaciones. Putea a los que gobiernan y a los que gobernaron. Cuenta la historia de Pan y Vino, el campesino. Le agradece a Chomsky y se acuerda de la madre de Gioja. Advierte sobre las bases militares estadounidenses. Las palabras salen de su boca como bombas molotov. Bota está al rojo vivo. No se guarda nada. Ni siquiera un insutlo. En este lunes húmedo de blues tiene gana de decir sus verdades sobre una melodía infantil o el boogie hipnótico de John Lee Hooker. Nada ni nadie se lo impide. Nadie se ofende.
Bota toca cerca de una hora. La luz roja lo baña suavemente mientras el público lo escucha con atención. No todo es áspero. Interpreta tres temas de Pappo. “Probé con Leo García pero no funcionó. Probé con la cumbia y la bachata y tampoco funcionó. Yo ya no puedo, esta música dejar; bluuuues solamente”. Improvisa parte de la letra de Slide blues. Recurre a la ironía y a algún que otro dardo venenoso. Reconvierte Desconfío y el Hombre suburbano en hermosas piezas campestres. Esa sea la parte más amena del show. La gente se copa y tararea los estribillos y aplaude. Lo espera un sándwich vegetariano y un agua mineral. Eso apura el final. “Me quiero despedir con una canción que habla de Dios… bah eso”, dice mientras hace un gesto despectivo con sus brazos. Termina los últimos acordes de la canción, apoya la guitarra y bromea: “Ahora los dejo para que empiecen a pasarla bien”.
Él sabe que el camino que eligió es el más difícil y el menos comercial. Pero no le importa. Ya pasó los 60 años y su historia lo respalda. No quiere cantar en inglés sobre como curar las penas ahogándose en whisky. Quiere denunciar a las corporaciones, a los políticos corruptos y a los periodistas obsecuentes. Aunque lo critiquen y lo dejen de lado.
Bota vive de la música. De su música. Se lo ganó con talento, esfuerzo y dedicación. Es una parte fundamental del engranaje del blues local y a esta altura de su vida nadie le va a decir qué es lo que tiene cantar. A pocos días de una elección nacional, Bota vuelve a disparar munición gruesa. Eso provoca angustia y genera conciencia. Así, un lunes lluvioso y nostálgico el maestro inaugura los Blue Mondays de Bluscavidas con todas sus verdades, siempre con ritmo de blues.
martes, 1 de agosto de 2017
Blues diva
Janiva Magness tiene una de las voces más convincentes y fascinantes de la escena blusera actual. Su trayectoria es inapelable y todo lo que vivió le confieren la autoridad necesaria para presentarse como una auténtica blues woman. Es una artista consagrada que ostenta una importante discografía. Desde su álbum debut –It takes one to know one de 1997- hasta su nominación al premio Grammy por su último trabajo, Love wins again, cada vez que Janiva entró a un estudio de grabación lo hizo a conciencia, más allá de que estuviera atravesando una faceta más soulera, volcada al R&B, o cumpliendo un importante compromiso contractual con Alligator Records.
Una de las cosas más trascendentes que hizo en el último tiempo fue crear su propio sello, Fathead, con el cual obtuvo mucho más libertad en todo el proceso creativo sin tener que lidiar con una gran discográfica. En esta nueva faceta independiente lanzó Original (2014) y el laureado Love wins again. El primero está conformado por todas canciones propias mientras que en el segundo contó con el talento compositivo de su productor Dave Darling. Tal vez para aprovechar el momento, este año decidió lanzar un EP de seis canciones, en este caso, todos covers. Pero Janiva logró transformar esas versiones en propias. Su voz fluye con tanta naturalidad y los arreglos son tan personales que, salvo por Pack it up, que no difiere mucho de la original de Freddie King, al resto de los temas parecen de ella.
Según sus palabras, Blue again “es una colección de algunas de mis canciones favoritas. Como los verdaderos maestros, el blues sigue enseñándome. Y sigue sonando en mi mente mucho después de que la puerta se cierra y las luces se apagan. Mi deseo es (que estos temas) hagan lo mismo por ustedes que por mí”.
El primer track es una soberbia interpretación de I can tell, de Bo Diddley, que Janiva canta con una fuerza arrolladora amparada por un extraordinario aporte de la guitarra de Kid Ramos, uno de los tres invitados que jerarquizan el álbum. Sigue con I love you more than you'll ever know, el clásico de Blood, Sweat and Tears que Al Kooper escribió en 1968. Aquí Janiva prescinde del toque psicodélico de la original y exalta la balada alcanzando unos registros vocales superlativos. En If I can´t have you, de Etta James, Janiva entrelaza su canto con la potente voz de Sugaray Rayford. Luego rescata una joya oculta del sello Kent, Tired of walking, que Little Joe Hilton grabó en 1962. Antes de cerrar con Pack it up suma al armoniquista T.J. Norton en Buck, un blues de Nina Simone muy poco explorado.
El disco cuenta otra vez con la producción de Dave Darling y se sostiene por la interacción de la cantante con una muy buena banda conformada por Zach Zunis y Garrett Deloian en guitarras, Arlan Schierbaum en hammond, Gary Davenport en bajo y Matt Tecu en batería. Con este EP, Janiva Magness se dio el gusto de cantar canciones que marcaron su vida y recibió el elogio de una de sus máximas referentes. Mavis Staples dijo: “La voz robusta y souleada de la hermana Janiva nos lleva con determinación a enamorarnos de ella con cada canción. Su entrega es siempre sincera y directo desde el corazón”. Palabra santa.
lunes, 24 de julio de 2017
Willin'
Hay canciones que trascendieron a su época. No necesariamente son grandes himnos del rock como Like a rolling stone, Satisfaction, Bohemian rhapsody, Layla o In my life, sino más bien hermosas melodías que descansan adentro de cada uno hasta que, por algún motivo, se activan. Cada uno tiene las suyas. Entre las mías están The weight, Soulshine, Ripple, Can't you see, You got the silver. Y Willin'. Hacía mucho que no escuchaba esta última, la joya inmaculada de Lowell George. El fin de semana vinieron a Bluscavidas Tomy Espósito y Nico Yudchak a presentar el nuevo disco de Vieja Estación. Escuchamos algunos de los temas del álbum y ellos tocaron un par canciones acústicas. "Vamos a ver que sale... esta es de Lowell George", anunció Tomy Espósito. Y salió genial. La melodía inconfundible, el estribillo adherente, hermosas armonías vocales y un solo con slide muy convincente. Volví a casa tarareándola. Y desde ese día ya la escuché media docena de veces.
Lowell George escribió Willin' en algún momento de 1969 cuando todavía era uno de los músicos de The Mothers of Invention, la banda de Frank Zappa. Hay dos versiones acerca de por qué el guitarrista, cantante y compositor se fue del grupo y ambas tienen que ver con esa canción. Una es que cuando se la hizo escuchar a Zappa éste le dijo que era tan buena que tenía que armar su propio grupo para tocar sus temas. La otra es que a Zappa no le gustaron las claras referencias a las drogas que tiene: "And if you give me weed, whites and wine / And you show me a sign / I'll be willin', to be movin'". La primera versión es la más verosímil ya que luego Zappa fue clave para que Lowell George firmara contrato con Warner.
Little Feat nació en el amanecer de la década del setenta. La primera formación incluyó a Lowell George en guitarra y voz; su compañero en Mothers of Invention, Roy Estrada en bajo; Billy Payne en teclados; y Richie Hayward en batería. El primer álbum se llamó Little Feat a secas, fue editado en 1971 y para la discográfica fue un fracaso porque apenas vendió 11 mil copias. Pero ya sabemos que muchas veces la relación entre lo comercial y lo artístico no va por la misma vía. El álbum fue extraordinario por su exquisita fusión de estilos -blues, country-rock, rock sureño y un toque experimental heredado de Zappa- y las letras profundas de Lowell George. En ese álbum incluyeron la primera versión de Willin', acústica y bien minimalista. Lo llamativo fue que cuando estaban en plena sesión de grabación Lowell George se lastimó una mano haciendo aeromodelismo y no pudo tocar la parte de slide. Lo hizo Ry Cooder.
Al año siguiente, Warner decidió volver a intentarlo y el segundo disco de Little Feat, Sailin' shoes, tuvo una producción más importante. Cambió el sonido más crudo del anterior por uno más cuidado. Fue mucho más comercial pero no defraudó desde lo artístico. Lowell George volvió a grabar Willin' porque la canción así lo pedía. La cantó con más dulzura y, a diferencia de la anterior interpretada solo con dos guitarras, aquí se sumó Payne en piano y Sneaky Pete Kleinow en pedal steel, más la sección rítmica. Así, la banda reeditó la road song, el lamento de un camionero que busca a Alice, Dallas Alice. La banda editó una tercera versión en vivo -Waiting for Columbus, de 1978- y hubo decenas de artistas que la grabaron con el correr de los años, entre ellos Gene Parsons (Kindling, 1973), Linda Ronstadt (Heart like a wheel, 1974) y Steve Earl (Sidetracks, 2002). Cada uno de esos covers, hasta la espontánea versión de los chicos de Vieja Estación, garantizan la inmortalidad de una de las más bellas canciones del siglo XX.
lunes, 17 de julio de 2017
Homenaje a los Black Crowes
![]() |
| Foto Juana Noctiluca |
El escenario de El Universal, sobre el pasaje Soria, recrea una vieja cabaña sureña. Está todo revestido en madera, hay un piano y dos washboards cuelgan de una pared bajo una luz amarillenta. Es un lugar ideal para escuchar shows acústicos o más bien tranquilos, para disfrutar de la canción en lugar de enloquecerse con un solo. En ese marco, la propuesta de un show dedicado exclusivamente a los Black Crowes fue más que llamativa. Guido Venegoni y Brian Figueroa se propusieron combinar las dos cosas: tocar los temas de los hermanos Robinson de manera intimista. Y les salió bárbaro.
En una noche gélida, los dos músicos de Támesis hicieron un show muy cálido que duró unas dos horas, con un intervalo en el medio. Tocaron todos temas de los Black Crowes, 20 en total, de una forma personal y respetuosa a la vez. Guido cantó en el tono exacto de Chris Robinson, con mucha naturalidad, y Brian alternó entre dos violas acústicas y dos eléctricas conectadas a una pedalera.
Abrieron con Be your side y así sentaron las bases de lo que sería su propuesta. Guido tocó el piano en dos temas y Brian se calzó la armónica con soporte en otras dos ocasiones. Florencia Andrada subió a cantar Bring on y las armonías que hicieron con Guido fueron exquisitas. Después Larry Normal se adueñó de las teclas en She talks to angels y Virtue and vice, y Julio Fabiani desangró una viola con su slide en Cypress tree. El último invitado de la noche fue Nico Yudchak, también con slide, acompañó en Hotel Illness y la magistral Jealous again.
Lo bueno del show fue que los dos músicos dejaron por unos días su proyecto grupal para estudiar un puñado de temas muy representativo de la historia de los Black Crowes. Ensayaron con ganas y lo presentaron en el lugar adecuado en una noche inmejorable. Fue el justo reconocimiento a sus ídolos, los tipos que con sus canciones y su sonido los cautivaron cuando eran unos pibes, mucho antes de que se juntaran para armar una banda de rock. Hay historias de amor y hay historias de rock. Y esta tiene un poco de las dos.
sábado, 15 de julio de 2017
Por los caminos del blues
El GPS me llevó hasta un punto muerto sobre la ruta 7. Detuve el coche y me bajé . A mi alrededor, algunos pocos árboles y cables de alta tensión se rebelaban en un paisaje chato de campos sembrados. La primera señal de vida se presentó unos kilómetros más adelante. Me acerqué hasta unas viejas cabañas que rodeaban un granero pero allí no había nadie. Sólo apareció un perro que comenzó a ladrar en cuanto me vio. Empecé a dar vueltas por los caminos rurales, levantando polvo aquí y allá, hasta que llegué a la tranquera de una imponente granja. Un vaquero y una mujer, de unos 40 años ambos, estaban junto a una camioneta 4x4. Parecían de una publicidad de cigarrillos de la década del setenta. Les pregunté si sabían dónde quedaba la cabaña de Mississippi John Hurt y, aunque parecieron un tanto sorprendidos por mi pregunta, me respondieron que sí. Me dieron indicaciones de cómo llegar y se despidieron cordialmente. Mientras los escuchaba sabía que en cuanto arrancara el auto me iba olvidar toda la explicación. Y así fue. A la segunda o tercera curva que tomé estaba completamente perdido.
Es curioso como en una pequeña comunidad como Avalon, en el sur profundo de los Estados Unidos, en la que viven decenas de familias que ni siquiera fueron censadas, puede resultar tan difícil encontrar la cabaña de una leyenda del blues. ¿Cómo habrá hecho Tom Hoskins para dar con él en 1963? Supongo que la respuesta se resume en dos palabras: perseverancia y voluntad. Al cabo de varias vueltas me topé con una hermosa casa de dos plantas, con una imponente ligustrina y un prolijo jardín al frente. Un hombre ancho, que llevaba una camisa a cuadros ajustada, jeans y usaba anteojos vintage, se acercó para ver qué buscaba. También se tomó su tiempo para explicarme, con su inconfundible acento sureño, cómo llegar hasta el lugar buscado. No era lejos, pero tampoco era sencillo. Tenía que agarrar un camino de tierra hasta no sé dónde y de allí un sendero en dirección hacia algún lugar que no recuerdo. Me perdí de nuevo. La siguiente parada fue una casa prefabricada, con un sillón en el porche y la bandera confederada colgando de una ventana. No me animé a bajar. Imaginé a un redneck poco amigable saliendo con una escopeta. Toqué bocina varias veces pero nadie respondió y seguí adelante.
Tras más de dos horas dando vueltas por Avalon, con la señora del GPS insistiendo con su "recalculando", finalmente tomé un camino repleto de pozos hacia una colina en la que había un par de casas, una choza abandonada y un viejo almacén. Allí, en medio de una vegetación espesa, encontré la precaria cabaña de Mississippi John Hurt. Las pocas referencias que tenía es que allí funcionaba un museo. Pero por ser domingo estaba cerrado y no había nadie a quién preguntarle. A un costado de la cabaña había una vieja y oxidada camioneta Chevrolet de la década del cuarenta y también la silueta recortada del artista. Fui hasta el auto, puse el CD Last session, subí el volumen y dejé la puerta abierta. Me senté en una de las dos mecedoras que estaban en el porche y me dediqué a escuchar. Imaginé que John Hurt estaba sentado al lado mío. Me invadieron un sinfín de emociones y tal vez se me escapó alguna lágrima.
En aquél sitio olvidado me conecté con el pasado del blues y con la música de un artista único e irrepetible. Su dulce voz y la melodía de Poor boy, long way from home se esparció por el terreno mientras una tenue brisa acariciaba con suavidad el pasto y las hojas de los árboles. Respiré hondo y el olor de la primavera ingresó en mis pulmones como un huracán. Me quedé algunos minutos más contemplando ese paisaje bucólico pero no tenía mucho tiempo más. Todavía tenía que pasar por Bentonia antes de llegar a Jackson. Caminé los 30 o 40 pasos de regreso hacia el auto mientras dejaba atrás la cabaña de John Hurt. Me di vuelta y pude verlo en el porche, apoyado contra una columna de madera, con su sombrero puesto y sosteniendo la guitarra. Imaginé que me saludó y le dije adiós.
Avalon, Mississippi. Abril de 2012.
sábado, 8 de julio de 2017
Blues de un hombre joven
Arriba del escenario no parece un adolescente que recién terminó el colegio secundario. Aunque tiene 18 años, canta y toca la guitarra como un experimentado bluesman. El show que dio el jueves a la noche en el Conventillo Cultural Abasto fue superlativo. En poco más de una hora y media interpretó algunos temas de su disco The exiting sounds of Dylan Bishop y versionó a los grandes maestros del blues con mucha solvencia.
La relación del joven con el público fue de menor a mayor. Muchos de los que fueron a verlo nunca lo habían escuchado por lo que se tomaron su tiempo para degustarlo. Al final terminaron ovacionándolo de pie y pidiéndole más. Y él cumplió.
La noche empezó con Javier Mozzi, “Lonnie” Mozzi, y un breve show en el que mostró su prestancia con las seis cuerdas y un repertorio muy selecto: Quacker City, de Bill Dogget; Lonesome whistle blues, de Freddie King; Haunted house, de Lonnie Johnson; She walks right in, de Clarence “Gatemouth” Brown; y Guitar Jump, de Arthur “Guitar” Smith. Mozzi se presentó en formato trío con Christian Morana y Germán Pedraza -salvo que en un tema en el que subió el guitarrista Juancho Hernández- y dejó una muy buena impresión en el público que iba colmando de a poco la sala.
Poco después apareció Dylan Bishop en escena, abrazando con ganas a su strato, acompañado por Federico Verteramo en guitarra, Jorge Costales en armónica y la misma sección rítmica que había tocado minutos antes con Mozzi... en definitiva el Verteramo Trío o Blues Company, como más les guste llamarlos. El joven guitarrista nacido en Pennsylvania, pero formado musicalmente en Texas, miró a la gente, luego a sus músicos, hizo un movimiento con el cuerpo y lanzó los primeros acordes de I’m a wild man, una joya del West Coast blues que William Clarke grabó con Junior Watosn en el disco Double dealin’. Esa entrada en calor fue muy intensa. Dylan hizo lo suyo y también dejó una vuelta de solos a Verteramo y Costales.
“We are gonna boogie because we are feeling alright tonight” dijo antes de arrancar con una demoledora versión de Boogie chillen. Luego presentó su fino toque texano con el clásico de Sam Myers y Anson Funderburgh My love is here to stay y después un poco de rock & roll con Rock this house. Pero como un bluesman experimentado, que sabe manejar los tiempos y los climas, sacó el pie del acelerador y desoplegó el blues más lento y profundo de la velada, As the years go passing by. Si hasta ese momento el repertorio fue variado lo que vendría después seguiría en la misma tónica. Tocó You’re so fine, de Jimmy Reed. También un shuffle sobre tomar mucha cerveza en el que entabló un lindo diálogo coral con la gente, y el Wee baby blues que interpretaron desde Nat King Cole y Big Joe Turner hasta B.B. King. Tampoco podían faltar temas de Muddy Waters, Elmore James y Buddy Guy. A ellos los homenajeó con Country boy, Got to move y I got my eyes on you.
Otras canciones que tocó sacando el viejo bluesman que lleva adentro, y en las que cedió protagonismo a Verteramo y Costales para que pudieran hacer lo suyo, fueron Sloppy drunk, You’re playing hooky y Things that I used to do. Cerró con Tore up pero no tenía muchas ganas de irse. Ni siquiera se descolgó la guitarra. Escuchó como lo aplaudían y un incipiente “Oleee olee olee” que probablemente no entendió y se despachó con un shuffle instrumental fulminante. “Una más. Dylan quiere tocar una más”, dijo Costales y el bis final fue Bad boy, de Eddie Taylor.
Este show fue parte de su primera gira internacional organizada por los muchachos de Blues Company. En sus primeros días en la Argentina, Dylan estuvo acompañado por su padre, quien viajó especialmente para ver cómo era el lugar donde se iba a alojar su hijo. No hizo falta que se quedara a presenciar este show porque el hombre ya sabe todo lo que el “nene” puede dar arriba de un escenario. Algo que nosotros aprendimos en las casi dos horas que lo vimos tocar y cantar.
lunes, 3 de julio de 2017
La mística del Hill country blues
El Hill country blues, también llamado North Mississippi blues, es un estilo regional con base en Holly Srpings, Oxford, Como y Hernando, entre otras ciudades del norte del estado. Sus máximos exponentes históricos fueron Mississippi Fred McDowell, R.L. Burnside, Junior Kimbrough, Jesse Mae Hemphill y Othar Turner. Su legado lo siguien los North Missisisppi AllStars, Kenny Brown y los descendientes de Burnside y Kimbrough, entre otros. El estilo se caracteriza por una percusión densa, riffs muy marcados y un groove hipnótico. Si bien algunos de estos músicos han tenido una buena difusión, especialmente tras la creación del sello Fat Possum, el estilo no ha impactado mucho afuera de los Estados Unidos. De hecho, son contados con los dedos de una mano los músicos de otros países que lo interpretan. El colombiano Carlos Elliot Jr. es sin dudas uno de ellos. En Paraguay, Gustavo Sánchez Haase dedica parte de su repertorio al estilo. En la Argentina, hasta hace pocos años, nadie lo tocaba... hasta que aparecieron los Alligator's Sons.
El trío oriundo de Córdoba hizo su aparición estelar en Buenos Aires en el Concurso de Bandas de Blues de 2013 con su "blues místico experimental". Esa noche sonaron bien pero estuvieron un poco contenidos, tal vez porque pagaron el precio de haber sido los primeros en salir a escena. Pasaron casi cuatro años desde aquella presentación y la banda no se detuvo. Para los Alligator's Sons el Hill country blues es mucho más que un subgénero del blues, es un estilo de vida. Hace poco salió su primer disco, Blue Possum, un álbum formidable que fue grabado en El Pantano Eléctrico Records y que sobresale por la notable calidad de sonido, la versatilidad de los músicos y la solidez de la propuesta musical.
John Morsee es el encargado de las voces, las guitarras eléctricas y las cigar box. Popito Castillo toca la armónica y el bajo, y Dow Ristorto la batería. Esa es la fórmula para que el trío suene compacto y amalgamado. Cada una de las canciones, todas en inglés, celebran lo mejor de la tradición del Hill country blues. El álbum, que tiene una estética similar a la de los North Mississippi AllStars, comienza con la poderosísima Born in the south, cargada de riffs asesinos, el sonido perseverante de la armónica y la voz encapsulada de Morsee que irrumpe con fervor. El tema resulta ser un verdadero manifiesto de la banda. Sigue con Be my guide, que tiene una introducción de guitarra que describe un paisaje solitario y polvoriento, hasta que la sección rítmica despierta con ese efecto hipnótico tan característico del estilo. You can be my woman, en cambio, es un blues bastante más crudo y visceral que las dos canciones anteriores.
Only spin vuelve a la lógica sonora de Born in the south. Morsee otra vez arremete un riff enérgico y la armónica sobrevuela el contorno rítmico de la canción. Sunny blues day tiene una introducción de guitarra que invita a pensar en el front porch de una cabaña del Mississippi hasta que el trío despliega todo su ímpetu. My devils dance around tiene una impronta más psicodélica: los solos de Morsee y Castillo se suceden como si jugarán dentro de un caleidoscopio. Lonesemoe Valley comienza con la guitarra bien distorsionada más al estilo de los White Stripes o Black Keys. En la instrumental Oda to Matt "The Devil" Johnson, Morsee muestra sus condiciones con una can box guitar con slide y la banda lo acompaña en un plano desenchufado. El disco termina con N.M.H.B, siglas que significan North Mississippi Hill blues, un estilo que estos cordobeses dominan muy bien por lo que cuesta creer que no sean de allí.
sábado, 24 de junio de 2017
Una búsqueda interior
John Mayer parece haber dejado atrás sus días de Laurel Canyon, reflejados en los discos Born and raised (2012) y Paradise Valley (2013) y en los conciertos junto a Dead & Company, la banda satélite de Grateful Dead. Ahora, el cantautor regresa con un álbum pleno, cargado de R&B, soul y baladas, con letras sofisticadas y hermosas melodías, una especie de regreso al sonido de Continuum (2006) en medio de una búsqueda interior.
Funky por momentos, también suave y reflexivo, su voz brilla con nitidez en canciones que se amalgaman con facilidad. El comienzo tiene un feeling muy R&B: Still feel like your man es una delicada pieza melódica con un estribillo pensado para resaltar en las frecuencias moduladas. Emoji of a wave es una sedosa balada romántica, irresistible y conmovedora. En Helpless –sin relación con el tema de Neil Young- se destacan las guitarras eléctricas por encima de una base con mucho groove.
Love on the weekend es una invitación a subirse a un auto, con el volumen del estéreo al mango, y tomar la ruta hacia algún paraje lejano. In the blood es un tema que carga con cierta autocrítica y un cuestionamiento existencial -“Qué hay con este sentimiento de que nunca soy lo suficientemente bueno / ¿Se lavará con agua? / O estará siempre en mi sangre”- reforzado por el aporte vocal de Sheryl Crow. . Changing es una majestuosa balada en la que reflexiona sobre el paso del tiempo y lanza los solos de guitarra más intensos y efectivos de todo el disco.
Theme from ‘The search for everything’ es un intervalo instrumental donde nos deleitan guitarras acústicas y un soberbio acompañamiento de cuerdas y percusión. Moving on and getting over es una pieza souleada extraordinaria donde todo fluye con un ritmo irresistible. Never on the day you leave es otra hermosa balada, liderada por el piano de James Fauntleroy, donde Mayer fantasea con la idea de irse, atormentado por la decisión de tener que quedarse. Rosie tiene un roce de blue-eyed soul, al mejor estilo Hall & Oates, en donde unos delicados punteos acompañan la melodía con eficacia, mientras una sección de vientos envuelve el contorno sonoro. Roll on home, por el contrario, es el único tema de raíz más country-folk, que podría ser el nexo entre los dos discos anteriores y este. The search for everything cierra con You’re gonna live forever in me, otra tenue balada, agradable y armoniosa.
John Mayer muchas veces resulta impredecible y de tanto en tanto, cuando le gana el personaje mediático, insufrible. Pero es un gran compositor y un intérprete extraordinario, un músico que sabe apreciar lo mejor de la música de raíces para crear canciones originales. Definitivamente, John Mayer es una de las voces más originales de esta generación.
sábado, 17 de junio de 2017
Nada nuevo por aquí
No hay nada nuevo aquí. Eso puede leerse de dos maneras. La positiva es que por ser su disco póstumo, el prócer del rock and roll no traicionó su historia y no intentó dar un giro de último momento para tratar de relanzar su carrera en el ocaso de su vida. La negativa, de alguna manera, es que el disco no aporta mucho. Los temas clásicos de Chuck Berry, los de la década del cincuenta, seguirán siendo los que todos recordaremos.
Berry no editaba un disco con canciones nuevas desde 1979 por lo que llama la atención que se haya decidido a terminarlo cuando estaba por cumplir 90 años y con su salud resquebrajada. Conociendo los antecedentes de su familia, que durante los últimos años de su vida lo paseó por el mundo dando recitales lastimosos, da para pensar que todo fue un plan premeditado para tener listo un disco y sacarlo cuando él muriera para recaudar algunos dólares más en su nombre. La versión de los Berry es que el álbum, lo venían trabajando desde hacía bastante tiempo, alrededor de 2001, incluso algunas de las composiciones son de la década del ochenta.
Más allá de esas sospechas, Chuck es un trabajo relativamente digno. Comienza con Wonderful woman, una readaptación de su clásico Little Queenie, dedicado a su mujer durante 48 años, Themetta, aquí con los solos de guitarra de Gary Clark Jr., uno de los dos invitados fuertes que tiene el álbum, y la armónica errática de su hija Ingrid Berry. Tom Morello (Rage Against The Machine y Audislave) aparece con unos riffs mortales en Big boys, una aproximación contemporánea a Roll over Beethoven. En ambos casos, los guitarristas compensan la falta de originalidad de las composiciones con talento.
You got to my head es una balada blusera con el piano de Robert Lohr como protagonista mientras que Ingrid canta a dúo con su padre. El siguiente tema, 3/4 Time (Enchiladas), un tema bastante poco conocido de Tony Joe White, que aquí los Berry convierten en un patético vals mexicano grabado en vivo con el murmullo del público de fondo. En Darling, otra vez con Ingrid en voz y el piano de Lohr, Chuck canta: "Hija, tu padre se está volviendo viejo. El tiempo pasa...".
Promediando el álbum aparece su secuela de Johnnie B. Goode, aquí llamada Lady B. Goode, ¿Qué podemos decir? Que es obvia y poco original. Sigue con She stills love you, tal vez el tema más novedoso de todo el repertorio. Jamaica moon, su reconversión de Havana moon, suena aburrida y con poco feeling. Y aquí es donde se percibe con mayor fidelidad que la sección rítmica -Jim Marsala (bajo) y Keith Robinson (batería)- no contribuye a mejorar el pulso de los temas. La banda la completan los guitarristas Charles Berry Jr. y Charles Berry III, su hijo y su nieto respectivamente, cuyo mayor atributo es la portación de apellido. Chuck se va con Dutchman, una canción-poema realmente muy buena, desde ya su mejor composición del álbum, y Eyes of man, un blues de medio tiempo bastante aceptable.
Ahora sí, ya salió el disco, venderá miles de copias, tendrá muchas más descargas... pero dentro de un tiempo nadie lo recordará. Esperemos que su familia tenga la dignidad de dejar descansar en paz al viejo Chucky y que lo que siga sonando sean sus grandes éxitos de los cincuenta, los insuperables, los que lo convirtieron en leyenda.
jueves, 8 de junio de 2017
Estamos bien los 138
Son 138. Pero podrían ser 271 o 327. Seguro que Ernesto Catrillón y Sergio Coscia escucharon muchos más. Por eso ellos, que se conocieron en una disquería, uno como cliente y el otro como vendedor, tuvieron la genial idea de recopilar álbumes que fueron olvidados, malditos y despreciados por la crítica en su momento, que ahora, con el paso del tiempo, cobran un nuevo valor. Los volvieron a escuchar y escribieron sobre ellos.
Pocas cosas son tan placenteras como escuchar música o leer un libro. Y lo bueno de Los 138 discos que nadie te recomendó es que te permite hacer las dos cosas a la vez. Y la tecnología de hoy ayuda. Muchos de esos álbumes están descatalogados o son muy difíciles de conseguir. Pero están por ahí, dando vueltas en el infinito de Internet. El que sabe buscar los encuentra. Obviamente no es lo mismo que escuchar el vinilo, eso es obvio, pero al menos uno puede calmar su curiosidad enseguida y con un sonido aceptable.
![]() |
| Peter Green |
El libro me hizo volver a escuchar con muchas ganas Future Blues, de Canned Heat; Super Session, de Al Kopper, Michael Bloomfield y Stephen Stills; Band of Gypsis, de Hendrix; y Love is de los Animals. También descubrí una versión alucinante de Can´t find my home que Gilberto Gil grabó a comienzos de los setenta durante su exilio en Inglaterra, y que en 1969 Capitol Records editó aquí en la Argentina un LP de Lou Rawls. Entre los 138 discos hay varios de producción nacional, con una clara preferencia por el legado musical del Flaco Spinetta. Almendra II, para los autores, es un clásico disco a "los que el tiempo le dio la razón". Y Spinettalandia y sus amigos es un "disco maldito". Otros álbumes que destacan son el debut de Aquelarre; El León, de Manal; y Seremos amigos, de Los Gatos.
También pasan por estas páginas discos más conocidos como Ram de Paul McCartney y el volumen 1 de los Traveling Wilburys u otros que difícilmente escuchemos mientras vivamos como el de calypso de Robert Mitchum. Y ese es otro aspecto que caracteriza a la obra y a los autores: la diversidad de estilos y sonidos. The Youngbloods, Smith, Procol Harum, Roxy Music, Ian Hunter, Joni Mitchell, Curtis Mayfield le dan color a un libro cargado de información y datos: un verdadero jukebox con tapa blanda.
Como los 33 mineros chilenos, estos 138 discos fueron rescatados por Castrillón y Coscia de las profundidades del olvido y, más allá del gusto de cada uno, todos estos álbumes tienen todavía mucho que ofrecer.
martes, 30 de mayo de 2017
Soy leyenda
The Allman Brothers fue la banda de rock más importante y trascendental que diera los Estados Unidos a fines de los sesenta. Los hermanos Duane y Gregg Allman recolectaron todos los sonidos que tenían a su alrededor -blues, rock and roll, soul, jazz y country- y crearon un nuevo género musical, el southern rock, con verdaderos himnos que marcaron a toda una generación. La temprana muerte de Duane, en 1971, no terminó con el grupo sino que lo reconvirtió. Con el correr de los años, atravesaron distintos momentos, algunos para nada buenos, pero con el nuevo milenio lograron posicionarse como una banda de culto y nunca más se bajaron de ese pedestal. La muerte de Gregg Allman, uno de los mejores y más expresivos cantantes contemporáneos, resulta una pérdida irreparable para la música.
Aquí sugiero cinco formas distintas de abordar su música y su tremenda historia:
1) Allman Brothers en vivo
![]() |
| At Fillmore East (1971). |
2) Allman Brothers en estudio
![]() |
| Hittin' the note (2003). |
3) Gregg Allman solista
![]() |
| Playin' up a storm (1977). |
4) Vida personal
![]() |
| Gregg Allman y Cher. |
5) Bonus
![]() |
| El personaje que encarnó en Rush. |
Crónica del show que dieron en el Beacon Theatre de NY el 26 de marzo de 2011.
martes, 23 de mayo de 2017
Tuvimos tanto blues
Tal vez sea la reunión blusera del año. Pero, paradójicamente, es probable que el disco no deje conforme a los bluseros. TajMo está alejado de ese blues crudo, rasposo, que vibra al calor del juke joint y es demasiado prolijo. Hay una sobreabundancia de producción como en los últimos discos de Buddy Guy. La pregunta que surge entonces: ¿Eso es malo?
Taj Mahal y Keb' Mo' son, sin dudas, dos de los artistas más importantes y representativos del género por estos días. Aunque son de generaciones distintas, ambos están amparados por una extensa trayectoria y gran talento. Esta reunión, más allá de ser prometedora desde lo musical, viene con toda la parafernalia de la industria discográfica. Por un lado está bueno porque le da visibilidad al blues, lo expone a una audiencia más amplia, algo que siempre intentamos rescatar. Pero por el otro abusa de recursos que lo alejan del género y lo desnaturaliza.
¿TajMo es un disco de blues? Sí, lo es, pese a que muchas de las canciones no lo son. El álbum está pensado para ganar premios, para que los artistas se exhiban en los programas más vistos de la tevé estadounidense y para que suenen en todas las radios. No por nada uno de los covers es Waiting on the world to change, que lleva la firma de John Mayer. La versión que hace el dúo es muy buena, con mucho feeling, y un exqusito aporte en coros de Bonnie Raitt, pero que seguramente va a fastidiar a más de uno. El otro cover es Squeeze box, de The Who, que aquí lo transforman en un zydeco festivo que no honra a la versión original.
Entre lo mejor del disco está el primer tema, Don't leave me here, una oda al Delta del Mississippi con ritmo funky, buenos caños, la armónica serpenteante de Billy Branch y solos de viola cortos pero efectivos. She knows how to rock me es la canción más acorde a la historia de los protagonistas, tiene algo del Fishing blues de Taj Mahal o el Tell everybody I know del disco debut de Keb' Mo'. Shake me in your arms sobresale por sus armonías vocales y los solos de guitarra de Joe Walsh. Diving duck blues, de Sleepy John Estes, es el tema más tradicional de todos: Taj Mahal toca la guitarra acústica y Keb' Mo' una resonadora mientras se reparten las estrofas. Por último podríamos agregar aquí la souleada That's who I am, en la que se destaca un exquisito slide y solos de mandolina de Colin Linden.
En el otro extremo del álbum está Om sweet om, un R&B tan tierno que, si no fuera por una cuestión temporal, podría ser uno de los temas más escuchados de FM Horizonte. Ni la armónica melodiosa de Lee Oskar lo salva. All around the world es una canción alegre que podría funcionar bien en Playing for change, por ejemplo, pero aquí choca contra los mejores blues que interpretan. En el extremo inferior de las consideraciones, por no decir el peor de los temas, está Soul, con ribetes de pop africano, percusión de música ligera y cierto toque cubano que no sería tan malo si tuviera alguna reminiscencia de Buena Vista Social Club... pero no, no la tiene.
En definitiva, se pueden rescatar algunas canciones pero el disco está lejos de los grandes trabajos de Taj Mahal -Taj Mahal (1968), The Natch'l blues (1969), o el más reciente Señor blues (1997)- y del gran debut discográfico de Keb' Mo' de 1994. Seguramente se venderá bien, ganará algún premio y dentro de un año, cuando pierda su status de novedad, se acumulará en la pila de discos olvidables.
viernes, 12 de mayo de 2017
Haciendo historia
Se llamó Paul Butterfield Blues Band. Pero bien pudo haberse llamado Bloomfield Butterfield Blues Band o Mike Bloomfield Blues Band. Ambos generaban una energía especial arriba del escenario y en el estudio. Los dos primeros discos de la banda, en los que estuvieron juntos, son una prueba de ello. Ya en el tercero, The Resurrection of Pigboy Crabshaw, sin el guitarrista y la sección rítmica original, el grupo empezó a perder el rumbo. Entre los cambios en la formación, malas decisiones artísticas y peores resultados comerciales la banda terminó disolviéndose. Bloomfield y Butterfield siguieron caminos paralelos, trazados con la misma pluma. Desde entonces, sus carreras musicales fueron tan erráticas como sus vidas. Atravesaron períodos de desconcierto y de drogas y alcohol en exceso. Se perdieron y no pudieron volver. Bloomfield murió el 15 de febrero de 1981 y Butterfield el 4 de mayo de 1987. Tenían 37 y 45 años. La causa de muerte en ambos casos: sobredosis.
Con ellos, la banda tuvo su momento de esplendor, un período muy corto, entre 1965 y 1966, hasta que Bloomfield se fue para formar Electric Flag, grupo con el que debutó en el Monterey Pop Festival. En ese lapso de dos años, la Paul Butterfield Blues Band editó el disco homónimo y el mítico East-West, dos obras fundamentales que definieron el sonido del denominado blues blanco. En esos álbumes se percibe un estilo cultivado en Chicago -apuntalado por la sección rítmica de Howlin Wolf: Jerome Arnold y Sam Lay-, en el primero, y con muchos más retazos jazzeros y cierto despunte psicodélico en el segundo, ya con Billy Davenport en batería. La formación la completaban Elvin Bishop en segunda guitarra y Mark Naftalin en teclados.
Algunos dirán que era una banda rock. Sí, pero tocaban un blues tan profundo e intenso que clasificarlos en otro género para desacreditarlos o menospreciarlos resulta insignificante. Fueron pioneros, transformadores y muy respetuosos de sus maestros.
Hay un tercer disco muy bueno del grupo con Butterfield y Bloomfield juntos. The Original Lost Elektra Sessions corresponde a grabaciones de 1964, previas al primer disco, pero recién fue editado 30 años después. Uno de esos hallazgos que nunca dejan de sorprendernos. También quedaron registrados en el álbum East-West Live, tres versiones distintas del mismo tema tocado en vivo. Y eso era prácticamente todo entre Bloomfield y Butterfield... hasta ahora.
Got a mind to give up living - Live 1966 era un pirata difícil de conseguir hasta que fue editado hace poco por Elektra Records y salió de la clandestinidad. El álbum, que captura al grupo en el auge de la simbiosis entre el guitarrista y el armoniquista, fue grabado en el Unicorn Coffee House de Boston en algún momento del mes de mayo de ese año -aunque nadie recuerda qué día exactamente-, poco antes de entrar al estudio para las sesiones de East-West. Hay una crudeza conmovedora en todo el álbum, que por momentos da paso a una incipiente psicodelia. Son, en su mayoría, temas del primer disco -Born in Chicago, Got my mojo working, Look over yonders wall- y otros que estaban preparando para el segundo, tocados con despecho y mucho ácido lisérgico. En la canción East-West, Bloomfield y Naftalin entran en otra dimensión, transmutan, con solos serpenteantes y estroboscópicos, mientras Butterfield parece intentar delimitarles el terreno de la improvisación con una recia armónica blusera.Todo el disco está atravesado por esa resonancia sesentosa. Como una metáfora de la época y del "Este-Oeste", mientras ellos tocaban su blues crudo y visceral en Boston, en la otra costa costa, en la ciudad de Los Ángeles, Brian Wilson y los Beach Boys grababan Pet Sounds, uno de los LP´s revolucionarios de esa década. En buena medida, el rock estadounidense comenzaba a revalorizarse tras el éxito de las invasiones inglesas.
Bloomfield tuvo grandes hitos musicales. Highwat 61 Revisted de Bob Dylan fue sin dudas el más importante de ellos. Pero también dejó sus grabaciones con Electric Flag, Sleepy John Estes y Yank Rachel, Stephen Stills y Al Kooper, y Nick Gravenites. Paul Butterfield grabó con John Mayall y dos discos con Muddy Waters, más allá de seguir intentando como solista. Pero esos dos años juntos fueron trascendentales para el futuro del rock. Los pibitos blancos de Chicago abrían la puertas de la percepción del rock.
viernes, 5 de mayo de 2017
Blues bonaerense
Mr.Lucky - Turnaround. Para Charly Vita los temas que interpreta con Mr. Lucky son versiones y no covers. "El cover es cuando uno toca una canción calcada de la original, la versión es cuando le pones tu propia impronta respetando los parámetros originales de la composición". Mr. Lucky es una banda de zona oeste, con epicentro en Ramos Mejía, que lleva casi 20 años en escena, aunque en todo ese tiempo sufrió varios cambios en su formación. El guitarrista Charly Vita es el fundador -y miembro más antiguo- y nombró así al grupo por su admiración hacia John Lee Hooker. Turnaround, segundo disco de la banda, fue editado a fines del año pasado y cuenta con una selección de nueve versiones de clásicos del blues como Walking by myself, Evil, Boom boom, Born under a bad sign y Whisky and woman. Vita es muy expresivo con su guitarra pero el grupo no gira en torno a su figura como solista. Edgardo Casalonga se encarga de las teclas y lo hace con mucha prestancia, especialmente en temas como Mary Ann y Mess around, mientras que Claudio Mesa y Hernán Orellano marcan el ritmo con soltura y buen tempo. David Thomas, hijo de argentinos nacido y criado en Nueva York, aporta desde la voz desenvoltura y mucho feeling que eleva el sonido de la banda. El cantante tiene un registro interesante y muy buena pronunciación, y por momentos suena como uno de los vocalistas de blues inglés de mediados de los sesenta. Turnaround es la carta de presentación de un grupo que, como pocos, hace culto del blues tradicional.
Maldita Blues Band - Destilando blues. "Que no hace falta ser un negro para un blues tocar". La frase, que despierta amores y odios, es parte del estribillo del tema de De regreso de Chicago. Y para los muchachos de Maldita Blues Band es todo un principio. La banda platense se la juega con un disco de composiciones propias, todas cantadas en español, a las que suma el instrumental Deal with it, de los Four Jacks, una de las bandas que integró Anson Funderburgh, y su reinterpretación en nuestro idioma de Lonely man, tema que Magic Slim grabó en su disco Midnight blues. El sonido del grupo explora las distintas capas del blues moderno: de Chicago a Texas, con muchos caños o con la guitarra bien al frente, slow blues o shuffle. El baterista Diego Esteves es quien más canciones compuso: Calavera, El perfume en tu piel, Recuerdos, Nunca te olvidaré y Maldito blues club, el último junto al cantante Juan José Ricco. Pero también escribieron sus temas el guitarrista Marcelo Belarra y el propio Ricco, más el aporte de Gastón Castro. Eso hace que el repertorio tenga variaciones estilísticas pero en el todo del álbum no pierden identidad sino que se amalgaman. Por eso Destilando blues es un lindo trabajo para los que disfrutan del blues sin subtítulos. La banda, que debe su nombre al Maldito blues club, es la máxima expresión del sonido blusero de la ciudad de las Diagonales.
Maldita Blues Band - Destilando blues. "Que no hace falta ser un negro para un blues tocar". La frase, que despierta amores y odios, es parte del estribillo del tema de De regreso de Chicago. Y para los muchachos de Maldita Blues Band es todo un principio. La banda platense se la juega con un disco de composiciones propias, todas cantadas en español, a las que suma el instrumental Deal with it, de los Four Jacks, una de las bandas que integró Anson Funderburgh, y su reinterpretación en nuestro idioma de Lonely man, tema que Magic Slim grabó en su disco Midnight blues. El sonido del grupo explora las distintas capas del blues moderno: de Chicago a Texas, con muchos caños o con la guitarra bien al frente, slow blues o shuffle. El baterista Diego Esteves es quien más canciones compuso: Calavera, El perfume en tu piel, Recuerdos, Nunca te olvidaré y Maldito blues club, el último junto al cantante Juan José Ricco. Pero también escribieron sus temas el guitarrista Marcelo Belarra y el propio Ricco, más el aporte de Gastón Castro. Eso hace que el repertorio tenga variaciones estilísticas pero en el todo del álbum no pierden identidad sino que se amalgaman. Por eso Destilando blues es un lindo trabajo para los que disfrutan del blues sin subtítulos. La banda, que debe su nombre al Maldito blues club, es la máxima expresión del sonido blusero de la ciudad de las Diagonales.
martes, 25 de abril de 2017
Sociedad musical
El blues y su historia. Armónica y guitarra. Guitarra y armónica. Empatía entre dos músicos, sonido profundo. Blues, blues blues... Sonny Terry y Brownie McGhee, Buddy Guy y Junior Wells, Cephas y Wiggins, Anson Funderburgh y Sam Myers. Fueron todas sociedades musicales que trascendieron a su época. También hay otras que trascienden a su tierra, tienden lazos y abren puertas pese a las barreras idiomáticas. Mucho de eso hay en la relación entre Botafogo y Bruce Ewan. Se conocieron en los noventa y desde entonces tocaron infinidad de veces, aquí en la Argentina como en Estados Unidos, y hasta grabaron un disco juntos.
El sábado se reencontraron en el escenario de La Trastienda. No voy a hacer una reseña del show porque apenas pude ver 40 minutos antes de irme para la radio, pero ese tiempo sobró para darme cuenta que la sinergia entre ambos artistas está intacta. La intensidad de la guitarra eléctrica de Bota combinada con la sonoridad orgánica de la armónica de Ewan fluyeron como el viento costero. Have a good time, de Walter Horton, fue un momento esencial, la expresión suprema del blues de Chicago, en medio de un homenaje a Billy Boy Arnold y dos versiones fantásticas de Nine below zero y Walking thru the park.
Con Pappo's Leavin' Town, del último disco de Ewan, Bluesero (sí, así con "e" porque nadie va a imponer como escribirlo), la energía del Carpo se hizo presente. Un gringo le escribió una canción y vino a tocarla con su discípulo a Buenos Aires. Cómo no iba a pintar el espíritu de Pappo en ese momento. La banda también se vio enrollada en el trance de Ewan y Bota. María Belén Medina hizo unos solos elevados y aguantó con gran pulso el duelo que le planteó el armoniquista. Aldana Aguirre y Giulliana Merello volcaron un groove sensual desde una tajante base rítmica.
Cuando me iba, Bota empezaba a tocar Post Crucifixión. Me dijeron que después tocó algunas más del cancionero del rock nacional y que Bruce Ewan sopló su armónica con el mismo placer e intensidad como si estuviera tocando una de Sonny Boy Williamson. Estos dos grandes maestros demostraron que el blues no cierra puertas, las abre, y que no hace falta creerse más negro que los negros para cantarlo. Me hubiera gustado ver todo el show, pero el deber llamaba. Me fui tranquilo porque es obvio que esa sociedad musical, más tarde o más temprano, volverá a juntarse.
viernes, 7 de abril de 2017
Futuro blues
Rhiannon Giddens - Freedom highway. La música de Rhiannon Giddens es inspiradora. Es como el arco iris, luminoso, colorido. Es la conjunción perfecta -y equilibrada- entre la tradición de la música popular estadounidense y los tiempos que estamos viviendo. Rhiannon toca el banjo y fusiona blues, country, bluegrass, folk, soul y hasta gospel. Pero además es una gran compositora y tiene una voz dulce y melancólica. Freedom highway no es su primer disco, de hecho tiene bastante experiencia en estudios de grabación: un álbum previo como solista; seis con la banda Carolina Chocolate Drops; y participó de un tributo a Bob Dylan con Elvis Costello y Marcus Mumford, entre otros. Pero este disco es, sin dudas, lo mejor que ha hecho. Cada una de las canciones son una invitación a sentir con más intensidad, a vibrar, a dejarse llevar. Desde la sombría At the purchaser's option o la hermosa balada Birmingham sunday o la trepidante The love we almost had, con ese fascinante solo inicial de trompeta, Rhiannon enaltece el buen gusto. También satisface con los covers: brillantes interpretaciones de The angels laid him away, de Mississippi John Hurt, y el tema que da nombre al álbum, de Pops Staples. El disco se mantiene alto hasta cuando incorpora el rapeo de Justin Harrington en Get it right the first time, un tema comprometido que denuncia la brutalidad policial. Los otros ocho temas son también hermosos tanto como la bella Rhiannon.Jontavious Willis - Blue metamorphosis. Jontavious tiene 20 años y es discípulo de Taj Mahal. Este, su primer disco, es un refrescante encuentro con el sonido tradicional del blues. Parece mentira que siendo tan joven suene tan maduro y curtido. En cada uno de sus temas muestra un compromiso absoluto con las raíces aunque no se aferra a un estilo regional determinado. Las doce canciones de Blue metamorphosis unen distintos puntos y momentos: desde Delta blues (Ancestor blues y So so blues), Piedmont (Mr. Willis worried blues), Texas (Drunk Sunday) y gospel blues hasta un sonido más eléctrico cercano a Chicago (I got a janky woman). Jontavius toca con slide, con púa y, por sobre todas las cosas, se destaca con el fingerpicking. "Me gusta tocar el viejo blues porque es un vistazo al pasado. Muchos viejos bluesmen son olvidados, solamente queda su memoria y sus discos. El blues es la raíz de la música americana y es grandioso explorarlo". dijo Jontavious en una entrevista a la revista Living Blues. Jontavious Willis es una rara avis. Mientras los jóvenes afroamericanos de su edad eligen el hip hop u otros géneros, él apuesta a la preservación y difusión del blues. Con todo, tiene un futuro brillante y eso es una apuesta fundamental. No creo que pretenda competir con los que fusionan el blues con el rock o derivan en sonidos más contemporáneos, sino que son distintas variantes que suman para que el blues siga vivo.
Dylan Bishop Band - The Exiting Sounds Of the Dylan Bishop. Así como Jontavius Willis, Dylan Bishop también descubrió el blues por YouTube. Al primero lo impactó un video de Muddy Waters, al segundo uno Elmore James. Este chico, del área de Dallas-Forth Worth, en Texas, es aún más joven que el moreno nacido en Greenville, Georgia. Apenas tiene 18 años y recién terminó la escuela secundaria. Tiene un talento innato con las seis cuerdas y se enfoca en el blues de Texas y de la Costa Oeste. Sus máximas influencias son Johnny "Guitar" Watson, Clarence "Gatemouth" Brown y Jimmie Vaughan, pero mucho contribuyeron en su desarrollo como guitarrista y músico Mike Morgan, Anson Funderburgh y Hash Brown. En el caso de Vaughan, quedó tan impresionado al escucharlo por primera que se ofreció a tocar en el disco. "Este es tu disco, así que haré lo que quieras", le dijo el legendario guitarrista texano. El álbum es excelente de punta a punta. Comienza con la animada She`s my baby y se mantiene siempre arriba hasta el final. Bishop apunta a transmitir el blues a los chicos de su edad, tarea nada fácil. "Voy a incorporar otras cosas, nada drástico, quiero demostrarles que este es un género divertido. Por eso no quiero encasillarme, la música es cambiante y evolutiva", explicó al Dallas Observer. Pronto lo veremos en Buenos Aires.
jueves, 30 de marzo de 2017
De promesa a realidad

Hace unos años hice una encuesta entre medio centenar de músicos del blues local y una de las preguntas era ¿Quién es la promesa del blues argentino? Once de los 51 consultados eligieron a Federico Verteramo. En segundo lugar quedó Juan Manuel Torres con seis votos. Por entonces Verteramo tenía 20 años y era el guitarrista de una banda que se disolvió, Los Huesos de Gato Negro, pero que dejó su huella entre la nueva generación de bluseros argentinos. Desde entonces, el guitarrista zurdo no paró de perfeccionarse y de trabajar con distintas agrupaciones. Tocó en la banda de Adrián Flores, en la de Xime Monzón y con Jorge Costales. Se fue de gira a Europa con Nacho Ladisa y desde hace un tiempo es uno de los guitarristas de Easy Babies. Ahora, al frente de su proyecto Verteramo Trío, acaba de lanzar su disco debut.
A sus dotes como guitarrista le sumó un estilo de canto despojado, con un feeling especial y buen registro. El álbum reúne once temas, diez de ellos son covers y una composición instrumental propia, Mala suerte amigo, con la que se despide. Verteramo contó con la co-producción de Julio Fabiani y la mezcla de Daniel De Vita.
Si bien la banda y el disco se llaman Verteramo Trío solo en dos temas se presenta con ese formato –con Germán Pedraza en batería y Chirstian Morana en bajo, la rítmica de Los Huesos...- y son justo dos instrumentales, el mencionado Mala suerte amigo y Don't lose your cool, de Albert Collins. En las demás canciones cuenta con una amplia gama de invitados que jerarquizan su sonido y le permiten destacarse aún más dentro de los diferentes estilos de blues que abarca. Comienza con Don´t say that no more, la gran composición de Jimmy Reed, con el piano de Anahí Fabiani sosteniendo la melodía. Sigue con la poderosa I got a rocket in my pocket, clásico de la década del cincuenta, al que le imprime unos riffs de guitarra fabulosos respaldado por Tavo Doreste en piano y los caños de Yair Lerner, Federico Álvarez y Gonzalo Pérez. En Mean old train explora el blues de Chicago antes de homenajear con mucho ímpetu a Freddie King con Big legged woman, con la incomparable voz de Guido Venegoni y otra vez el soporte de la sección de vientos y Doreste aporreando las teclas.
En la mitad del álbum sorprende con una exquisita interpretación de Honky tonk woman de los Stones, mucho más bluesy que la original, con un buen aporte en slide de Julio Fabiani y los coros sublimes de Florencia Andrada. En Letter to my girlfriend, inspirada en la versión de Guitar Slim, Verteramo y los vientos sobrevuelan la tradición del temprano R&B y el sonido de Nueva Orleans. Night time is the right time, con Florencia Andrada ahora en voz principal, mantiene la vara muy alta, y luego vuelve sobre la figura de Jimmy Reed con I´m going upside your head con Julio Fabiani otra vez acompañándolo en guitarra. Para el final suma la armónica de Jorge Costales en Sleeping in the ground y así redondea un álbum formidable y muy variado.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


























