Hace pocos días participé de una discusión en Facebook con músicos a los cuales respeto muchísimo y otros a los que no conozco. El debate comenzó cuando uno de ellos subió a su perfil un artículo publicado en el Washington Post titulado
"The guitar nerd from Utica who has come to save the blues" (El guitarrista nerd de Utica que ha venido a salvar al blues). Su autor, Geoff Edgers, hace una semblanza de Bonamassa y lo pone en el lugar de mesías del género. Muchos de los que leyeron el artículo se indignaron con el planteo, pero terminaron agarrándosela con Bonamassa por lo que otro escribió.
Hasta hace un par de años, acá nadie hablaba de Bonamassa. Cuando se presentó en
mayo de 2012 en el Teatro Coliseo, para la gran mayoría del público blusero resultó ser una novedad. Un año más tarde, el guitarrista volvió a la Argentina y
llenó el Luna Park. En todo ese tiempo que pasó entre un show y otro algo sucedió: se editaron aquí sus últimos discos y una legión de oyentes se volcó a su música. Eso tuvo una repercusión negativa en el ambiente más cerrado de nuestro blues. Aparecieron algunos burlándose de su apellido, como lo hacen los chicos en la escuela primaria. Comenzaron a llamarlo "el pizzero" y empezaron a subir fotos de Freddie King o Howlin' Wolf con la leyenda: "¿Joe Bonamassa? Nunca escuché hablar de ella".
¿Qué es lo que molesta tanto de Bonamassa? Algunos aducen que es un producto del marketing, otros le cuestionan que sea el elegido de la industria discográfica, que se empeña en silenciar a bluseros más auténticos. A muchos les perturba que su nombre sea usado como sinónimo contemporáneo de blues. Y unos sostienen que su forma de tocar carece de espíritu y está "inyectada de anabólicos". En lo que a mí respecta, no creo que Bonamassa sea un producto del marketing, sino que él lo utiliza muy bien para apuntalar su carrera. Además, está claro que para la industria lo que hace es comercialmente viable para tratar de reposicionar al blues en el mercado. Pero esto no es nuevo, la industria lleva décadas manifestándose de distintas maneras. Chess intentó cambiarle la imagen a Muddy Waters y Howlin' Wolf a fines de los 60 para poder vender más y
grabó esos discos malditos que los músicos odiaron, pero que con el tiempo se volvieron joyas del género. La aparición explosiva de Stevie Ray Vaughan en los ochenta fue un cimbronazo para el blues. Sus videos aparecieron en MTV, muchos lo detestaron y le cuestionaron que usara el nombre del blues para definir su música. En los noventa, con
Gary Moore pasó algo parecido a lo que sucede hoy con Bonamassa, pero con el plus de que el irlandés metió el hit
Still got the blues en todos los charts y comenzó a sonar en las radios con mucha frecuencia. Eso lo convirtió en el enemigo público número uno de turno de los bluseros más tradicionalistas.
Desde ya que no se puede comparar a SRV, Gary Moore y Bonamassa, pero sus nombres sirven para trazar una línea que muestra que en el ambiente del blues -aquí y allá- hay altos niveles de intolerancia.
Es cierto que el éxito no determina el talento. Pero tampoco se puede afirmar que alguien exitoso no es talentoso. Bonamassa no es el salvador del blues como plantea el artículo. No creo que nadie pueda atribuirse semejante responsabilidad. La preservación del blues es una tarea colectiva y Bonamassa apenas cumple su rol. El tipo es incansable, realiza giras permanentemente por todo el mundo y se la pasa componiendo y grabando. Tiene más de 20 discos editados, contando álbumes de estudio, en vivo y proyectos paralelos como su dueto con Beth Hart o las bandas
Black Country Communion y Rock Candy Funk Party, así como también su primer grupo, cuando apenas era un adolescente, Bloodline. Algunos discos son mejores que otros, como sucede con las discografías de todos los artistas, pero todos tienen ese sello característico que hacen que un guitarrista sobresalga por encima de los demás.
Es incomprensible que tanta gente -músicos especialmente- pierda el tiempo atacándolo y no se siente a escuchar alguno de sus discos. Hay mucho prejuicio en las críticas y poco conocimiento de su trayectoria musical. Bonamassa es, claramente, una esponja que absorbió décadas de blues y rock y las procesó a su manera. En su forma de tocar confluyen Peter Green, Jimmy Page, Billy Gibbons, Freddie King,
Johnny Winter,
Albert King y
Eric Clapton, por solo nombrar a algunos. Su disco
Blues Deluxe, de 2003, es el más blusero de todos. En sus demás trabajos fue un poco más allá.
Bonamassa hace mucho por el blues: ayuda a que una nueva generación, que crece con una sobrecarga de información, pueda llegar a interesarse en nombres como los Muddy Waters o Charley Patton, dos de los grandes bluesmen a los que versionó.
Hay discusiones que atrasan décadas.
Así lo plantea Keith Richards en su autobiografía. Nadie puede ser más negro que los negros por más que así lo crea. El blues tradicional seguirá siendo tradicional. Y, desde ya, Bonamassa no va a ocupar el lugar de Henry Gray, de
Lurrie Bell o de Super Chikan, por solo nombrar a tres de los bluseros de fuste que están vivos. Bonamassa hace lo suyo y no se apropia de la palabra "blues" como muchos acusan, sino que colabora con el crecimiento y la expansión del género. Es comprensible también que a alguien no le guste o no le provoque ninguna emoción escucharlo, porque los gustos musicales son muy personales, pero de ahí a tirarle con munición gruesa no es justo.
El blues es una música folclórica que trascendió las fronteras y se volvió un lenguaje universal. La evolución está en su ADN, pero ese proceso evolutivo no implica que lo nuevo vaya sepultando a lo viejo, sino todo lo contrario.
Charley Patton, Robert Johnson, Elmore James, Muddy Waters, T-Bone Walker,
B.B. King, Albert King, Magic Sam, Earl Hooker,
Buddy Guy fueron incorporando al blues distintos elementos estilísticos que marcaron una diferencia notable con respecto a sus antecesores. Lo mismo sucedió con artistas como Johhny Winter, Duane Allman, Eric Clapton, Peter Green,
Mike Bloomfield e incluso Jimi Hendrix en los sesenta. Y lo mismo se repitió a en las décadas siguientes, algo que hasta el día de hoy no se detiene. Es a Bonamassa al que le toca lidiar con todo eso ahora y, pese a las críticas, lo está haciendo muy bien. Espalda le sobra, talento también.
Vivan y dejen vivir.