domingo, 8 de marzo de 2026

La Escuela de Blues celebró 25 años con una clase magistral sobre la historia del género


La Escuela de Blues, fundada por Gabriel Grätzer, Mauro Diana y Gabriel Cabiaglia, celebró sus 25 años
con un emotivo show en Lucille que fue mucho más que un recital: una clase abierta sobre la historia del blues, desde sus raíces más profundas hasta su expresión en la Argentina. Durante una hora y media, con la sala colmada, el escenario se convirtió en una suerte de línea de tiempo musical por la que desfilaron egresados y docentes de la institución.

El aniversario no es un dato menor si se considera el contexto en el que nació la escuela. Abrió sus puertas en 2000, en la antesala del estallido social y económico que marcaría a fuego a la Argentina. Desde entonces atravesó crisis recurrentes, cambios de época y hasta la pandemia, pero logró consolidarse como uno de los espacios de formación más importantes dedicados al género en el país.

La celebración tuvo como guía a Grätzer, quien ofició de maestro de ceremonias y comenzó la noche a capella con un cornfield holler, una forma primitiva de canto rítmico y expresivo de raíces africanas que los esclavos utilizaban en los campos del sur de Estados Unidos para comunicarse y aliviar el trabajo. Con sus melismas y entonaciones nasales, ese llamado ancestral marcó el punto de partida del viaje musical.

Luego invitó al guitarrista Juan Codazzi y, a dos guitarras, interpretaron Maggie Campbell Blues, de Tommy Johnson, y Frisco Town, de Memphis Minnie, dos clásicos del blues rural del Delta del Mississippi. El cantante Darío Soto aportó un matiz espiritual con Down by the Riverside, mientras que Leo Caruso rindió honores a la tradición del piano con una majestuosa versión de St. James Infirmary Blues.

Uno de los momentos más logrados llegó cuando Grätzer y Codazzi comenzaron Night Time Is the Right Time. El tema funcionó como una metáfora sonora de la evolución del género: de lo rural a lo urbano, del sonido acústico al eléctrico. A medida que avanzaba la canción se fueron sumando Miguel Ángel Romeo en batería, Lorenzo Padín en bajo y Matías Muriete en guitarra, transformando gradualmente la textura musical.

La segunda parte de la noche se sumergió en el blues eléctrico de Chicago. Un homenaje instrumental a Walter Horton, el Walter's Boogie con Ximena Monzón en armónica, abrió paso a clásicos como You Don’t Have to Go, de Jimmy Reed, y Smokestack Lightnin’, de Howlin’ Wolf, cantada con intensidad por Darío Soto. También subieron al escenario músicos como Roberto Porzio, Gabriel Cabiaglia y Nacho Ladisa.

El guitarrista Julio Fabiani evocó el estilo elegante de T-Bone Walker con Tell Me What the Reason, mientras que Pilar Padín le puso su voz a Wang Dang Doodle, de Koko Taylor, y Drown in My Own Tears, de Ray Charles.

Hacia el final, la historia del blues se cruzó con su desembarco en la Argentina. La cantante y pianista Cristina Dall se sentó frente al teclado y revivió el espíritu de Las Blacanblus con tres canciones consecutivas: Depre Blues, No quiero tu dinero y El paso.

El cierre reunió a todos los músicos en escena para un medley que incluyó Sweet Home Chicago y Estamos haciendo las cosas bien, de Easy Babies, en homenaje a Mauro Diana, cofundador de la escuela, quien no pudo estar presente por cuestiones de salud.

A 25 años de su nacimiento —y en medio de un presente nuevamente marcado por la incertidumbre económica, confrontaciones y el aumento del desempleo— la Escuela de Blues volvió a demostrar que el género nacido del dolor y la resistencia sigue encontrando eco en la Argentina. Como ocurrió en 2001, el blues vuelve a ser refugio, memoria y forma de resistencia.

miércoles, 4 de marzo de 2026

Días de Pescado: un viaje al corazón salvaje de Spinetta


El periodista Nicolás Igarzabál suma un nuevo volumen a la extensa bibliografía sobre Luis Alberto Spinetta con el lanzamiento de Días de Pescado, editado por Gourmet Musical. El libro pone el foco en un período breve pero decisivo: los años 1971 y 1973, cuando el fundador de Almendra impulsó la experiencia de Pescado Rabioso y se acercó a una sonoridad más cruda, influida por el hard rock y la psicodelia internacional.

Lejos de abordar la totalidad de su trayectoria, Igarzabál opta por concentrarse en la transición que siguió a la disolución de Almendra. Ese quiebre marcó para Spinetta una etapa de redefinición artística y personal que él mismo describió como “oscura” y “caótica”. En paralelo a la ruptura sentimental con Cristina Bustamante y a su inmersión en un entorno de alta experimentación y consumo de LSD, el músico buscó desprenderse de las exigencias de la industria discográfica, incluso cuando Muchacha (ojos de papel) se convertía en un éxito comercial masivo.

El libro reconstruye los primeros ensayos de Pescado Rabioso en la casa de la calle Arribeños y en una quinta de Castelar facilitada por Jorge Pistocchi. Allí, junto a Black Amaya y Osvaldo “Bocón” Frascino, comenzó a delinearse un power trío que miraba tanto al blues eléctrico como a la experimentación local. La influencia de guitarristas como Jimi Hendrix y el peso de bandas como Led Zeppelin aparecen como telón de fondo de esa búsqueda sonora.

Uno de los capítulos centrales está dedicado al debut oficial del grupo, en la madrugada del 6 de mayo de 1972 en el Cine Metro. Igarzabál reconstruye esa jornada a partir de crónicas de revistas como Pelo y La Bella Gente y del diario La Opinión. El concierto dejó buenas impresiones y abrió una seguidilla de presentaciones en un clima político y social atravesado por la crisis del régimen militar que había encabezado Juan Carlos Onganía y que continuaron Roberto Levingston y Alejandro Lanusse.

La grabación de Desatormentándonos en los estudios Phonoalex, la posterior incorporación de Carlos Cutaia y la abrupta salida de Bocón —quien abandonó la banda en pleno show— son narradas con apoyo en textos de época, entre ellos un artículo de Miguel Grinberg que el autor rescata para aportar contexto y mirada crítica.

El año 1972 resultó clave para la consolidación del grupo. Con la llegada de David Lebón, Pescado dejó de ser trío y amplió su paleta sonora. Participó del festival BA Rock y fue parte de la recordada noche del Luna Park en la que se atribuye a Billy Bond la arenga “¡Rompan todo!”. Ese mismo año editaron Pescado 2, álbum que incluyó composiciones como Nena boba, Credulidad y Hola dulce viento.

Igarzabál también repasa el verano de 1973, cuando la banda alcanzó su punto máximo de actividad, con giras por la costa atlántica y actuaciones en Buenos Aires en un contexto de creciente tensión con las fuerzas de seguridad. La aparición en la película Rock hasta que se ponga el sol amplió la exposición pública del grupo en un momento de transición política que culminaría con el triunfo electoral de Héctor Cámpora.

 Sin embargo, el éxito artístico no evitó la fractura interna. A mediados de 1973, Pescado Rabioso se disolvió en medio de tensiones personales y diferencias creativas. Spinetta quedó solo con el nombre del grupo por cuestiones contractuales y decidió cerrar el ciclo con Artaud, un disco que llevaba el sello de la banda pero que en los hechos fue un proyecto solista, presentado en el Teatro Astral en agosto de ese año.

Con un enfoque documental y apoyado en testimonios, archivos, fotos inéditas y publicaciones contemporáneas, Días de Pescado propone releer esos dos años como una bisagra en la historia del rock argentino. Más que una biografía convencional, el libro se presenta como la crónica de una transición: la del artista que, tras el fin de una etapa fundacional, eligió “viajar” hacia territorios más intensos y riesgosos antes de volver a transformarse.

domingo, 1 de marzo de 2026

John Hammond Jr., una vida dedicada al blues


El guitarrista y cantante estadounidense John Hammond Jr., una de las figuras centrales del revival del blues de los años sesenta y un nexo entre los clásicos del Delta y el público contemporáneo durante décadas, murió este sábado 28 de febrero a los 83 años, según confirmaron allegados a su entorno.

Nacido el 13 de noviembre de 1942 en Nueva York, Hammond fue hijo del legendario cazatalentos de Columbia Records, John Hammond Sr., aunque no creció junto a él tras la separación de sus padres. Su educación sentimental, más que doméstica, fue musical: descubrió la guitarra en la secundaria y quedó fascinado con la técnica del slide. Ver a Jimmy Reed en el Apollo Theater marcó un punto de no retorno.

En plena efervescencia del folk revival estadounidense, a comienzos de los años sesenta, Hammond abandonó una beca en Antioch College para dedicarse de lleno al blues. En 1962 ya era una presencia habitual del circuito de cafés y festivales de la Costa Este, donde interpretaba repertorio de maestros como Mississippi John Hurt, Rev. Gary Davis y Skip James, figuras redescubiertas por aquella primera gran “renovación” del género. Con apenas 20 años había sido entrevistado por The New York Times y ya era considerado un número artístico importante.

Su padre fue quien fichó a Bob Dylan para Columbia Records a comienzos de los sesenta, aunque siempre se dijo que fue él quien le recomendó al joven cantautor de Minnesota. Durante esos años, ambos músicos compartieron la escena folk neoyorquina.

Algunos críticos lo describieron como un “Robert Johnson blanco”, comparación que él nunca buscó pero que ilustra su intensidad interpretativa. Hammond construyó una identidad propia: solo en escena, guitarra acústica, armónica sujeta al cuello, voz áspera y expresiva, y una presencia sobria que devolvía a la vida canciones de los años treinta, cuarenta y cincuenta. Sin embargo, también supo liderar formaciones eléctricas con solvencia y energía.

En 1966, cuando vivía en el Village neoyorquino, fue testigo de la llegada de un joven guitarrista llamado Jimi Hendrix en busca de oportunidades. Hammond lo ayudó a conseguir actuaciones en el Cafe Au Go Go. Allí sería descubierto por Chas Chandler, quien lo llevaría a Inglaterra y lo catapultaría a la fama. “La siguiente vez que lo vi, un año después, ya era una estrella en Europa”, recordaría Hammond décadas más tarde.

A lo largo de los años sesenta y setenta grabó y tocó con músicos como Robbie Robertson, Duane Allman, Dr. John, Charlie Musselwhite, Michael Bloomfield y David Bromberg, ampliando su paleta sonora sin abandonar la raíz.

Su discografía, que supera las dos docenas de álbumes, incluye registros fundamentales como I Can Tell —grabado con Bill Wyman—, Southern Fried (1968), Source Point (1970) y la serie de trabajos para Point Blank/Virgin en los años noventa, entre ellos Got Love If You Want It, Trouble No More —producido por J.J. Cale— y Found True Love. Ya en el nuevo milenio publicó discos como Wicked Grin, en el que versionó temas de su amigo Tom Waits,  Ready for Love (2002), producido por David Hidalgo, In Your Arms Again (2005), Push Comes to Shove (2007), el crudo Rough & Tough (2009) y el directo solista Timeless (2014).

Hammond nunca se presentó como compositor. Su misión fue otra: custodiar y revitalizar el cancionero clásico del blues. Con cada interpretación, invitaba al público a retroceder en el tiempo y descubrir a los autores originales. Esa tarea —más curatorial que autoral, pero no menos creativa— le valió el respeto de colegas y críticos.

Estuvo dos veces en la Argentina. La primera se presento como telonero del legendario Albert Collins en el Teatro Gran Rex, en los noventa, y la segunda fue con show propio en en el ND Ateneo en 2005.

Radicado en el norte de Nueva Jersey, continuó girando por Estados Unidos, Canadá y Europa hasta avanzada edad. En escena, ya fuera solo o con banda, conservaba la intensidad de sus comienzos. Su muerte cierra un capítulo esencial del blues moderno: el de un intérprete que entendió que la tradición no es un museo, sino un fuego que se mantiene encendido al pasarlo de mano en mano.

miércoles, 11 de febrero de 2026

La Patria Stone celebró diez años del último rugido en La Plata


A las seis de la tarde, el ritual ya estaba en marcha. No fue un martes más: se cumplían diez años de la última visita de los Rolling Stones a la Argentina y la Patria Stone volvió a reunirse para celebrar aquella despedida que, con el tiempo, adquirió dimensión histórica.

La cita fue en Musicomio, el amplio espacio de venta de discos ubicado en la esquina de Álvarez Thomas y Olleros, en Colegiales, donde también funciona el local de indumentaria rockera Hot Rocks. Entre las 18 y las 21, el encuentro fue un abrazo generacional. La mayoría del público rondaba esa edad en la que el rock ya no es descubrimiento sino biografía. Hombres y mujeres que estuvieron en el Estadio Único de La Plata en febrero de 2016 —muchos en las tres fechas— se reconocían como coprotagonistas de una fiesta épica, multitudinaria e intensa.

La música comenzó con un DJ bandejeando grandes éxitos de los Stones, para luego volverse orgánica y en directo con Gi Acosta & The Band, un trío acústico que eligió Miss You, Wild Horses y Night Time Is The Right Time para tocar la fibra sensible de los asistentes. Luego fue el turno de Los Complicados, liderados por los ex Blues Motel Gaba Díaz y Adrián Herrera. El repertorio sostuvo el pulso del ADN stone: una docena de canciones de raíz blusera que los Stones supieron hacer propias —I Just Want To Make Love To You, Honest I Do, Little Red Rooster— y clásicos inoxidables como It’s Only Rock And Roll y Dead Flowers. Hubo invitados que reforzaron la mística: Luli Bass, el vocalista Damián Rende y Fachi, bajista de Viejas Locas.

Pero la verdadera protagonista de la noche no estuvo sobre el escenario sino en la memoria colectiva.

En 2016, por primera vez, los Rolling Stones tocaron fuera de la Ciudad de Buenos Aires. Eligieron el Estadio Único de La Plata y esa decisión modificó la experiencia: ya no se trataba de tomar el subte o un colectivo hasta Núñez, sino de emprender una peregrinación. Los días 7, 10 y 13 de febrero, la Autopista Buenos Aires–La Plata dejó de ser un corredor vial para convertirse en una caravana de remeras negras y banderas con lengua.

Durante esa semana, La Plata fue la capital mundial del rock. Desde el conurbano, el interior y países vecinos, una marea humana confluyó en ese estadio que durante tres noches se consagró al rito stone.

El domingo 7, bajo una lluvia intermitente, Start Me Up abrió el fuego. Mick Jagger, con una energía que desmentía cualquier calendario, lanzó una frase que todavía circula como estampita: “¡Hola Buenos Aires! ¡Hola che! ¡Definitivamente acá hacen el mejor pogo del mundo!”. El público había elegido por votación online Street Fighting Man y el set incluyó clásicos y gemas como Paint It Black, Honky Tonk Women y Anybody Seen My Baby?. Keith Richards se lució con Happy y Can't Be Seen. Fue una declaración de amor mutua. El detalle, que se repitió las tres noches, fue la versión de You Can't Always Get What You Want, con el acompañamiento vocal del Estudio Coral de Buenos Aires.

El miércoles 10 quedó marcado por la emoción. Charly García estaba entre el público, días después de haber tocado para Jagger y Ron Wood en el Hotel Faena. Jagger saludó con picardía: “Tenemos invitados especiales. El famoso Charly García y el papa Francisco que nos mira desde México. ¡Hola Pancho!”. Esa noche sonaron Angie y la monumental Can't You Hear Me Knocking. Y también hubo sorpresas: Let's Spend the Night Together y Before They Make Me Run. 

El 13 de febrero fue el cierre. Richards regaló una conmovedora versión de You Got the Silver que agingantó su leyenda. La sensación de estar ante algo irrepetible flotaba en el aire. Nadie lo decía en voz alta, pero muchos intuían que podía ser la última vez. Cuando las luces se encendieron y la multitud comenzó a desconcentrarse, el silencio posterior a Satisfaction tuvo algo de despedida anticipada.

Diez años después, en Colegiales, aquel duelo se transformó en celebración. Sin pantallas gigantes ni fuegos artificiales, pero con algo más persistente: la comunidad. Cada canción tocada fue una forma de volver a cruzar la autopista, de sentir el barro bajo las zapatillas y de escuchar el rugido de 50 mil gargantas cantando al unísono.

La conmemoración confirmó que los Rolling Stones en la Argentina no son solo una banda extranjera en gira, sino parte del relato emocional de varias generaciones. Y aunque el calendario marque una década desde el último acorde en La Plata, la bandera con la lengua stone sigue flameando. No como nostalgia, sino como presente continuo.

A las 21, cuando el volumen bajó y las luces de Musicomio se encendieron, nadie se fue de inmediato. Como en 2016, cuando costaba abandonar el estadio, muchos se quedaron un rato más, estirando el momento. Diez años después, la peregrinación continúa —ahora hacia adentro, hacia la memoria— y el ritual permanece intacto. Porque no es solo rock and roll, sino mucho más que eso.

jueves, 22 de enero de 2026

Por qué la banda de sonido de Sinners puede provocar una nueva ola de interés por el blues

La película Sinners, dirigida por Ryan Coogler, no solo hizo historia al convertirse en el film con más nominaciones al Oscar en la trayectoria de la Academia de Hollywood, sino que además colocó al blues en el centro de la conversación cultural contemporánea. En un contexto dominado por el pop, el hip-hop y las plataformas digitales, la banda de sonido emerge como un fenómeno capaz de revitalizar uno de los géneros fundacionales de la música popular estadounidense.

Ambientada en el Delta del Mississippi de los años treinta, Sinners es un thriller sobrenatural que encuentra en la música su verdadero eje narrativo. Desde su concepción, Coogler entendió que el blues no debía ser un simple acompañamiento atmosférico, sino un personaje central. Para ello volvió a convocar a su colaborador habitual, el compositor y productor sueco Ludwig Göransson, quien junto a Serena Göransson —en su debut como supervisora musical— construyó una obra sonora que dialoga entre pasado, presente y futuro.

El resultado es una banda de sonido ambiciosa y profundamente orgánica, con 29 momentos musicales integrados a la acción sin convertir a la película en un musical tradicional. “Queríamos que la música se sintiera viva, cotidiana, como parte natural de la comunidad”, explicó Serena Göransson en entrevistas previas. Para lograrlo, el equipo se trasladó durante meses a Nueva Orleans, donde músicos y actores trabajaron codo a codo, muchas veces grabando interpretaciones en vivo durante el rodaje.

El punto culminante del film —y de su impacto cultural— es I Lied to You, canción original interpretada por Miles Caton, quien encarna a Sammie, un joven prodigio del blues. La pieza, nominada al Oscar a Mejor Canción Original, condensa en pocos minutos la evolución de la música negra estadounidense: del blues rural al rock, del funk al hip-hop, atravesando décadas de historia en una secuencia memorable.

I Lied to You no solo destaca por su potencia dramática y musical, sino por su valor simbólico. En la voz grave de Caton y en el uso del resonator Dobro Cyclops de 1932 —el mismo instrumento que su personaje lleva en pantalla— la canción conecta la raíz del Delta con las expresiones urbanas contemporáneas. Esa fusión es, para muchos analistas, la clave de su impacto entre públicos jóvenes poco familiarizados con el blues tradicional.

La banda sonora de Sinners reúne además a un elenco intergeneracional poco frecuente: leyendas como Buddy Guy -quien además tiene una aparición en la película- y Bobby Rush conviven con figuras actuales como Brittany Howard, Raphael Saadiq, Rod Wave y James Blake. También participan músicos provenientes de otros universos, como Jerry Cantrell (Alice in Chains) y Lars Ulrich (Metallica), reforzando la idea de que el blues atraviesa géneros y épocas.


Lejos de una mirada nostálgica, la propuesta musical del film presenta al blues como una fuerza viva, capaz de dialogar con el presente sin perder identidad. En ese sentido, la nominación de I Lied to You funciona como un reconocimiento institucional inédito para el género en décadas recientes, y abre la puerta a una posible revalorización dentro de la industria.

Para Ludwig Göransson, el objetivo es claro: “Quiero que los chicos salgan del cine con ganas de agarrar una guitarra”. Para Serena Göransson, el mensaje es aún más amplio: “El blues es la mayor contribución cultural de Estados Unidos al mundo. Está en todas partes, aunque muchas veces no lo reconozcamos”.

En tiempos donde la música parece fragmentarse en nichos cada vez más específicos, Sinners propone un regreso a la raíz como camino hacia el futuro. Y con los Oscar como amplificador global, el blues —ese lenguaje nacido del dolor, la resistencia y la comunidad— vuelve a hacerse escuchar con fuerza renovada.

viernes, 9 de enero de 2026

Didi: una pieza fundamental del jazz argentino que revive el sonido de los setenta

El álbum Didi, único registro como band-leader del pianista, compositor y productor Fernando Gelbard, se publica por primera vez en la Argentina en formato CD. Editado por RP Music, el lanzamiento recupera una obra clave del jazz local grabada en 1974 y suma dos bonus tracks, en una edición que completa el recorrido internacional del disco, previamente publicado en LP en el Reino Unido, Japón y, recientemente, reeditado en vinilo en Alemania.

Originalmente editado por el sello Redondel, Didi ocupa un lugar singular dentro de la discografía del jazz argentino. Aunque Gelbard integró innumerables grupos y participó en grabaciones y presentaciones históricas, este álbum fue el único en el que asumió el rol central de compositor e intérprete. “La selección de los temas de Didi fue algo natural. Me dije: ‘los voy a componer yo todos’”, recordó el músico en diálogo con la Agencia Noticias Argentinas. En una escena dominada por standards y repertorio compartido, la decisión de crear un programa íntegramente propio marcó una toma de posición artística.

El disco fue grabado en un contexto tan fértil como incierto. A comienzos de los años setenta, Gelbard era parte activa de la vibrante escena porteña, habitual de las jam sessions que se realizaban en la casa de Carlos Tarzia y punto de encuentro intergeneracional del jazz local, con visitas de figuras internacionales. Al mismo tiempo, el clima político anticipaba tiempos difíciles. “Era un momento muy especial porque yo sabía, como mi papá había sido ministro de Economía de Perón, que si se venía un golpe militar, me iban a matar o me iba a tener que ir, y entonces ese disco tenía que salir ‘ahora o nunca’”, explicó. “Entonces fui a los estudios Music Hall, que tenía una consola de ocho canales, y ahí grabé el disco rodeado de un grupo de músicos de primerísima”.

Para la grabación, Gelbard convocó a colegas y amigos que definieron el sonido del álbum: Horacio “Chivo” Borraro en saxo tenor, Ricardo Salas en bajo eléctrico, Norberto Minichilo en batería, “Chino” Rossi en percusión y Rubén Rada en percusión y voz. La producción quedó en manos de Juan Carlos Maqueira y AlbertoTsalpakian, mientras que Gelbard se concentró en la composición y la interpretación. “Con el Negro Rada éramos amigos y se me ocurrió llamarlo para grabar, porque hay una fórmula que no falla: si uno se rodea de los mejores músicos, es más factible que el disco salga bien”, señaló.

Titulado con el sobrenombre de su esposa, a quien está dedicado, Didi abre con Hola Didi, una pieza que funciona como homenaje íntimo y declaración estética. El álbum refleja además la curiosidad tecnológica del período: Gelbard utilizó piano eléctrico y un sintetizador Moog —“probablemente uno de los primeros sino el primero en la Argentina”— y desarrolló parte del material a partir de la experimentación sonora. “De repente me levantaba en medio de la noche y empezaba a buscar sonidos e ideas. Fue pura inspiración, es muy difícil de explicarlo”, afirmó.

La edición en CD incorpora dos bonus tracks: Havana Nights, una improvisación y experimento de Gelbard, y una mezcla alternativa de Alevacolariea, composición compartida con Rada. Para el músico, el álbum conserva vigencia: “El disco sintetiza el sonido de la década del setenta, un sonido que probablemente es válido hoy en día”.

Radicado desde hace años en Estados Unidos, Fernando Gelbard desarrolló una extensa trayectoria internacional como productor, arreglador y músico, trabajó con figuras como Rob McConnell, Phil Woods, Enrico Rava, Miles Davis y Henry Mancini, entre muchos otros, además de editar y recuperar grabaciones históricas de músicos argentinos en el exterior. La llegada de Didi en CD al país no solo completa su circulación local, sino que devuelve al presente una pieza fundamental de la historia del jazz argentino.