domingo, 31 de agosto de 2014

Blues y buena onda


Elvin Bishop, 71 años, blues y mucho humor. Esa combinación es la que vibra durante los 39 minutos que dura su flamante álbum, Can't even do wrong right, lanzado por el sello Alligator. Son diez canciones en las que el slide del ex integrante de la Paul Butterfield Blues Band arrasa con soberbia sobre las cuerdas de su Gibson ES 335.

La revista Guitar World lo describió a él como “un extraordinario guitarrista con mucha destreza y talento”. Además le agregaría como punto sobresaliente su experiencia, porque también en eso radica el núcleo de sus interpretaciones. Bishop ha demostrado a lo largo de su carrera que el blues es mucho más que tristeza y melancolía. Y este disco ratifica todo eso. Desde el mismo comienzo, con la vibrante Can't even do wrong right y un magnífico cover de Blues with a feeling, de Little Walter, deja sentadas las bases de su música.

Charlie Musselwhite suma su armónica en Old school y No more doggin’, jerarquizando aún más un álbum que ya está bueno de por sí. El otro invitado es Mickey Thomas, vocalista de aquella discreta banda de los 70 Jefferson Starship, que aquí canta con notable registro Let your woman have her way, una balada blusera que escribió junto a Bishop especialmente para este trabajo. El resto de las canciones son temas compuestos por el guitarrista más tres covers: Bo weevil, de Fats Domino; Hey-ba-ba-re-bop, de Lionel Hampton; y una versión instrumental de Honest I do, del gran Jimmy Reed, que según Bishop fue el primer blues que escuchó en su vida.

Todo el disco está apuntalado en la rítmica de una banda muy sólida comandada por el multiinstrumentista Bob Welsh, con la que Elvin Bishop se siente muy a gusto. Para él, “todo este disco tiene un sentimiento ligado a mis historia”. Y es tal cual: blues y buena onda, las banderas que este maestro no piensa bajar.

lunes, 25 de agosto de 2014

La dama blanca de la música negra


Tres cosas se destacan del nuevo disco de Cristina Aguayo: su increíble registro vocal, la originalidad de las versiones y la calidad del sonido. Water me es un álbum muy bien logrado, con grandes momentos y un denominador común: recrear el espíritu musical de otrora pero desde una perspectiva contemporánea.

Cristina Aguayo lleva más de 30 años ligada a la música y a la docencia, y es una de las voces más emblemáticas del blues, el góspel y el jazz. Gracias a ella, en los 90 nacieron Las Blacanblus y muchas otras reconocidas vocalistas se perfeccionaron en sus clases de canto. Ahora con este disco, Aguayo vuelve al centro de la escena musical.

Don Vilanova
Según me contó Luis Mielniczuk, el álbum se llama así porque es la traducción literal de su apellido que hizo B.B. King cuando la conoció en una de sus visitas al país. Grabado en los estudios Léxico y producido por Matías Parisi, Water me tiene 12 canciones orientadas a la música negra en la que la cantante cuenta con el respaldo de músicos de primer nivel: Mauro Diana está a cargo del bajo, mientras que en batería y percusión alternan Parisi, Pablo Rojas y Daniel Volpini. El Tano Baccega en guitarrista acústica está presente en casi todos los temas, mientras que Don Vilanova y Ricardo Pellican suman sus punteos filosos en distintas canciones. Germán Wiedemer acompaña desde los teclados, y An Díaz y Mariel Caló suman hermosas armonías desde los coros.

Deborah Dixon y Cristina Aguayo
El álbum comienza con la tradicional St James Infirmary, pero aquí con bastante más swing y un maravilloso solo de trompeta de Alejandro Gómez Ferrero. Sigue con un blues duro, una composición propia que se llama I was raised alone, en la que alterna voz con Deborah Dixon al calor de un férreo punteo con slide de Don Vilanova. Y redondea el primer tercio con una sutil versión de Nobody knows you when you’re down and out. El slide penetrante de Don Vilanova regresa en Life goes on, de la gran Big Mama Thorton. En Black & blue, de Fats Waller, la cantante parece poseída por la mística de Nina Simone. Sorprende con una versión casi a go go de Joshua fit the battle of Jericho, un negro spiritual del siglo XIX. El homenaje a B.B King no podía quedar de lado y para eso eligió Guess who, que el Rey del Blues grabó por primera vez en 1972, en la que otra vez Don Vilanova marca el terreno con un solo muy profundo. En See that woman, otra de sus composiciones, vuelve sobre los pasos de Nina Simone, tal vez su máxima influencia.

La última parte del disco tiene una interpretación muy poco convencional de Sweet home Chicago, con la participación de Claudio Kleiman en guitarra eléctrica. Después, con Cristina Dall al piano y acompañada por Viviana Scaliza en voz, se recuesta en el country boogie con Sixteen tons, clásico de Merle Travis, para saltar sin escala a otro negro spiritual, If he change my name, acompañada solo por la percusión de Parisi. El cierre es tan raro como el nombre de la canción: Is odd tiene cierto ritmo de chacarera que se diluye cuando Javier Meza ataca con su Lap steel y ella encara el estribillo con pasión blusera.

Water me es un disco innovador, tanto por las interpretaciones de viejos clásicos como por sus nuevas composiciones, pero es también es la consolidación de una artista que durante décadas se mantuvo fiel a sus convicciones y a la música que ama.

https://soundcloud.com/leloirecords/i-was-raised-alone-cristina-aguayo

martes, 19 de agosto de 2014

De Muddy a Mud


La carrera de Mud Morganfield despegó casi en simultáneo con su primera visita a la Argentina, allá por 2009. Hasta entonces había lanzado un solo disco para un sello independiente –Fall water fall (2008)- y su nombre apenas aparecía en los carteles de los grandes festivales. Es cierto que se dedicó a la música tardíamente, algunos años después de la muerte de su padre, y que el camino para él no fue nada fácil. No cualquiera puede cargar en sus espaldas con ser el hijo del más grande bluesman de toda la historia. Pero en este último tiempo logró capitalizar su poderosa voz de barítono y su presencia escénica, y empezó a escalar hacia la cima del blues.

Tras su disco en vivo con los Dirty Aces y Son of the seventh son, editado por Severn Records en 2012, Mud volvió a los estudios, esta vez acompañado por el gran armoniquista Kim Wilson, para grabar un álbum dedicado a la memoria de Muddy Waters. A priori esto no parece original, y ciertamente no lo es, pero las interpretaciones de los temas son muy auténticas: se nota que Mud está intentando revalorizar el sonido de su padre pero con una fuerte impronta personal.

La banda que los secunda es un lujo: Billy Flynn y Rusty Zinn se ocupan de las guitarras, Barrelhouse Chuck toca el piano con notable maestría, y Steve Gomes y Robb Stupka llevan adelante la rítmica con la contundencia que solían tener las que acompañaron al padre del blues de Chicago. Si lo que hace Mud con la voz es atrapante, lo de Wilson con la armónica es superlativo. El líder de los Fabulous Thunderbird lleva el ADN de Little Walter y eso queda patente en cada una de sus intervenciones.

El repertorio incluye más de una docena de clásicos que solía interpretar Muddy Waters, muchos compuestos por él y otros por Willie Dixon. Se destacan las versiones de Nineteen years old y I just want to make love to you, con un solo de Wilson descomunal.

For Pops… era el disco que Mud tenía que hacer, como cualquier hijo que honra el legado musical de su padre. Era un mandato irrenunciable, que conllevaba ciertos riesgos y que Mud sorteó con altura, gracias a la compañía de Wilson en armónica y, principalmente, por mérito propio.

jueves, 14 de agosto de 2014

Con las botas puestas


Johnny “Guitar” Watson tocó los primeros acordes de Superman lover y el público que había copado el Ocean Boulevard Blues Café de Yokohama estalló de júbilo. El estruendo de la gente se aplacó con el primer verso de la canción. Entonces, lo imprevisto: Watson giró el micrófono, se apoyó una mano en el pecho y se desplomó. Fue un momento de confusión. Algunos pensaron que era parte del show. La banda siguió tocando unos instantes más, casi por inercia, hasta que el promotor y un asistente entraron corriendo para asistirlo. Eran las 19.40. La ambulancia tardó unos diez minutos en llegar y Watson fue llevado al hospital más cercano. Los médicos trataron de reanimarlo con masajes cardíacos pero no pudieron corregir su destino. Watson fue declarado muerto a las 21.16 del 17 de mayo de 1996. Tenía 61 años.

La muerte lo encontró de gira por Japón. Había llegado a ese país el 11 de mayo y en menos de una semana tocó en Osaka, Kyoto y Nagoya, y todavía tenía dos fechas más previstas en Tokio. Si bien en los tres shows previos Watson se mostró enérgico y entretenido como siempre, la noche anterior a su deceso se canceló un recital en Sapporo porque, según se informó, el artista estaba agotado. Días después trascendió que Watson se estaba tratando con nitroglicerina, que se usa como vasodilatador para prevenir la enfermedad isquémica coronaria, el infarto agudo de miocardio y la insuficiencia cardíaca congestiva, pero eso fue rechazado rotundamente por la viuda, Susan Maier Watson.

El 19 de mayo, en el Hibiya Yagai Ongakudo, donde Watson iba a compartir cartel con la legendaria banda japonesa de blues Ukadan y James Cotton, sus músicos se subieron al escenario y uno de ellos reveló: “Johnny una vez nos dijo que si tenía morir quería que fuera arriba del escenario”.

Watson había nacido el 3 de febrero de 1935 en Houston. Contemporáneo de Albert Collins y Johnny Copeland, empezó tocando el piano, instrumento con el que grabó para el saxofonista Chuck Higgins el clásico jump blues Motorhead baby, en 1952. Dos años después se pasó definitivamente a las seis cuerdas y grabó su primer single, Space guitar. El nombre artístico se lo asignó luego de ver la película protagonizada por Joan Crawford, Johnny Guitar.

Muchas veces el público blusero no lo reconoce como uno de los emblemas de la guitarra, tal vez porque su carrera estuvo más ligada al R&B, e incursionó en el soul, el funk y hasta grabó un disco de jazz para el sello Chess. Su canción más famosa, Gangster of love, que lanzó en 1957, influenció a toda la generación de músicos de fines de los 60 y los 70, como Johnny Winter, Steve Miller, Frank Zappa y los hermanos Vaughan, entre otros. En una entrevista, Watson incluso se adjudicó ser el inventor del rap: “Hablar siempre fue el nombre del juego. Cuando canto, estoy hablando con melodía; cuando toco, estoy hablando con mi guitarra; puedo estar hablando basura, pero en definitiva estoy hablando”.

La muerte lo sorprendió con las botas puestas, como él quería, arriba de un escenario. Sucedió muy lejos de su casa y, como casi siempre ocurre, cuando uno menos lo espera. Hoy es tiempo de enaltecer su figura y revalorizar su música.


lunes, 11 de agosto de 2014

La esencia del viejo maestro


La historia de Eric Clapton está tan ligada al blues como a la música de J.J. Cale. Y Clapton es un hombre agradecido: al blues le rindió tributo en cada uno de sus discos y además grabó álbumes enteros dedicados al género como From the cradle, Me and Mr. Johnson, Sessions for Robert J y Riding with the King, junto a B.B. King. Con Cale su vínculo siempre fue estrecho: en los 70 versionó dos de sus temas más emblemáticos, After midnight y Cocaine, y en 2006 editaron un disco juntos, The road to Escondido. Ahora, a un año de la muerte del músico de Oklahoma, Clapton invitó a algunos amigos al estudio para homenajearlo. ¿El resultado? Un álbum prolijo, relajado y sentido.

The Breeze - An appreciation of J.J. Cale, es también un disco previsible. No hay sorpresas, más allá de los nombres que aparecen en los créditos. Clapton procuró que el álbum tuviera ese sentido retraído que tenía Cale a la hora de presentar sus temas. Es por eso que no hay muestras de virtuosismo, sino más bien una comunión musical que buscó captar la verdadera esencia del amigo y maestro que ya no está.

Acompañan a Clapton algunos de los músicos que suelen salir de gira con él y otros experimentados cesionistas, entre ellos los guitarristas Doyle Bramhall II, Don Preston, David Lindley y Albert Lee; así como también Greg Leisz (pedal steel), Jimmy Markham (armónica), Simon Climie (teclados), Nathan East (bajo) y los reconocidos bateristas Jim Keltner y Jamie Oldaker. También hay invitados con más cartel. Tom Petty interpreta junto a Clapton Rock and roll records, The old man and me y I got the same old blues. John Mayer, en tanto, se suma en Lies, Magnolia y Don’t wait, tal vez el tema más intenso del álbum. El ex guitarrista de Dire Straits y también discípulo de Cale, Mark Knopfler aporta el sonido cansino de su guitarra en Someday y Train to nowhere. El violero de los Allman Brothers, Derek Trucks, y Willie Nelson colaboran en un par de canciones más. El último de la lista es el guitarrista y compositor Don White, heredero del sonido de Tulsa, quien comenzó su carrera al lado de Cale.

“Eric fue maravilloso. Tuvo un respeto absoluto por la música de Cale, por Christine Lakeland (la viuda, que también participó del disco) y su familia. Y los artistas que participaron no trataron de imponer sus estilos, sino que respetaron el de Cale”, dijo White en una entrevista al USA Today.

jueves, 7 de agosto de 2014

Blues con acento cordobés

Pol Castillo – Brindo (2014). Al guitarrista Alberto Pol Castillo, admirador de John Campbell, le tira tanto el blues como el rock y eso queda de manifiesto en sus discos. En este, el segundo, ratifica el rumbo elegido y logra plasmar un sonido propio. Músicos muy talentosos jerarquizan aún más el trabajo. A Ricardo Tapia, Alejandro Yaques y Nicolás Raffetta se le suma un trío de guitarristas internacionales con estilos diferentes: el español Javier Vargas, el estadounidense Scott Weis y el brasileño Duca Belintani combinan su virtuosismo al servicio del cordobés. Todos los temas son originales y cantados en español. La calidad de grabación es notable y eso hace que la esencia de Brindo se luzca más. Castillo se muestra sólido cuando arremete con el slide en Septentrional blues, o desatando su furia rockera en Ángel de la noche y La frontera. El resto de las canciones son expresiones potentes del carismático Pol.

La Arcaica Blues Rural – La Arcaica Blues Rural (2013). Esta banda surgida en la ciudad de Córdoba se inspiró en el blues rural de los primeros años del siglo XX para darle forma a un proyecto que privilegia lo estilístico antes que lo comercial. El álbum debut tiene cinco canciones, todas interpretaciones muy consistentes de los viejos pioneros del blues. Abren con la tradicional Catfish blues, y siguen con una versión muy personal de guitarra, armónica y vos de It serves me right to suffer, de John Lee Hooker. El track list incluye un clásico del country, Honky tonk blues, de Hank Williams, en el que el banjo, la mandolina y las guitarras realizan un festín de cuerdas, y la hermosa make me a pallet on the floor, de Mississippi John Hurt. Cierran con una versión de Love in vain, de Robert Johnson, más campestre y animada que la original. La banda se sostiene en la voz de Paulina Gallardo y el combo de guitarras que conforman Pablo Storani, Carlos Carranza, Nicolás Monasterolo, Luciano Grinschpun y David Quarchoni, más el aporte de Ezequiel Gallardo en bajo, Yami Echegaray en mandolina y Camila Mennitte en percusión.

lunes, 4 de agosto de 2014

La vida por el blues


The blues came callin’ es el testimonio de un hombre que lucha por su vida, día a día, sin tregua. En el tema The bottom of the river Walter Trout canta: “Entonces vi mi vida frente a mí y entendí que quería vivir más / y entendí tantas cosas más que antes no comprendía / vi a todas las personas que amé y todo lo que hice mal / los lugares que dejé atrás y los que pertenezco / escuché una voz adentro mío que parecía que lloraba / y la escuché gritar tan fuerte ‘es la hora en que vas a morir’ / entonces fue que decidí aferrarme a la vida / y encontré una fuerza en mi interior que me llevó a pelear con todo / salí a la superficie y engañé a la muerte”. La música es un blues crudo, a base de slide y guitarra resonadora, con solos de viola eléctrica y armónica que Trout sentencia de manera visceral.

El ex guitarrista de los Bluesbreakers de John Mayall estuvo realmente a punto de morir a comienzos de año por una enfermedad que afectó su hígado y lo llevó a perder casi 50 kilos en pocos meses. Ese problema se sumó a que no tenía el dinero para afrontar el tratamiento indicado, en un país como Estados Unidos en el que sólo tienen acceso a una buena cobertura médica quienes pueden pagarlo. A través de una amplia red de difusión por Internet y algunos medios de comunicación, cientos de almas solidarias, entre ellas las de muchos fans, aportaron el dinero suficiente para ayudarlo. En mayo fue sometido a un trasplante y, si bien al principio sufrió algunas recaídas lógicas tras semejante intervención, hoy se recupera en una clínica de Omaha, Nebraska.

Cuando la enfermedad golpeó a su puerta estaba en plena grabación de este disco. Así que muchas de las canciones las escribió pensando que tal vez serían las últimas. The blues came comin’, editado por Provogue Music Production, es su vigésimo primer álbum. Eso sin contar los tantos otros que grabó junto a Mayall. En este último trabajo mantiene esa fusión de blues rock que lo caracterizó, aunque en líneas generales esta vez las canciones tienden a ser más bluseadas que rockeadas.

Diez de los doce temas fueron escritos por él. El ya mencionado The bottom of the river es el más impactante por lo que representa, por su sonido y porque su voz entona cada estrofa como si fuera la última. Take a little time es bastante más animada, con un ritmo que recuerda a la House is a rockin’ de Stevie Ray Vaughan, aunque no tan frenética. Born in the city es un slow blues en el que la guitarra ataca punzante desde su inicio y el tema que da nombre al disco es un blues bien básico jerarquizado por el hammond de John Mayall. Su ex jefe se suma también en una composición propia, Mayall’s piano blues, en el que ambos mantienen un diálogo a base de solos. El único cover es la magistral The whale have swallowed me, del legendario J.B. Lenoir.

La vida sigue para Walter Trout. También siguen los blues. Dos cosas a las que este notable guitarrista se aferra con todo lo que tiene.