miércoles, 26 de junio de 2013

La joya oculta

“El 29 de septiembre de 1982, Tail Dragger grabó nueve canciones con una banda de lujo y muy representativa del sonido de Chicago: Johnny B. Moore y Jesse Lee Williams, en guitarras; Eddie ‘Jewtown’ Burks, en armónica; Willie Kent, en bajo; y Larry Taylor, en batería. La sesión fue producida por Iron Jaw Harris, pero el disco nunca vio la luz porque Harris murió poco después. A los pocos meses, Jimmy Dawkins llegó a un arreglo con el cantante y editó en su sello Leric un disco de 45 RPM con My head is bald en el lado A y So Ezee en el lado B. Dawkins le agregó a la grabación el piano de Lafayette Leake y la armónica de Little Mac Simmons. Ese sencillo tuvo una venta discreta en su momento y las otras siete canciones durmieron durante 30 años en la casa de Tail Dragger”. Esa es la descripción del sello Delmark que acompaña el lanzamiento de este álbum que, desde una perspectiva histórica, es un hallazgo formidable.

La historia de Tail Dragger es conocida. Su apodo se lo puso nada más y nada menos que Howlin’ Wolf, quien vaticinó además que él sería su sucesor. Y no se equivocó. Tail Dragger desarrolló una forma de cantar muy parecida a la de Wolf y se convirtió en uno de los músicos más importantes de la escena de Chicago.

Tail Dragger venía tocando desde hacía un tiempo con esos músicos en el Delta Fishmarket, así que la sesión de grabación fue algo que surgió de manera natural. Las letras de las canciones hablan de amores, desengaños y de la vida en general, con la impronta y la majestuosidad que sólo un cantante de fuste como él le puede dar. La sincronía entre los músicos es absoluta.

Además de los dos temas que fueron editados en su momento, Stop lyin’- The lost sessions cuenta con otras composiciones de Tail Dragger como Where did you go, Ain’t gonna cry no no, Don’t trust yo woman y la que da nombre al álbum. El disco cierra con una entrevista de 16 minutos en la que Tail Dragger relata cómo fue el primer contrato que firmó y algunas anécdotas de la grabación que ahora ven la luz, así como también otros recuerdos de la época.

Los amantes del blues tradicional de Chicago sabrán valorar este disco en el que, además de la voz potente de Tail Dragger, se lucen la guitarra de Johnny B. Moore y la armónica de Simmons. The Lost Sessions es una novedad que resistió al paso del tiempo y que, con justicia, ahora está al alcance de todos.

lunes, 24 de junio de 2013

Blue

La influencia de Bobby “Blue” Bland es incalculable. Su única arma, esa que explotó de manera apasionada durante más de cinco décadas, fue su tenacidad vocal. Él no tocaba la guitarra, la armónica o el piano; sólo se paraba en el escenario con un micrófono y eso era más que suficiente. Su registro y sus variantes a la hora de cantar estremecían al público en vivo. El mismo efecto sigue causando en quienes escuchan sus discos.

“Mis influencias vocales fueron Ray Charles y Bobby Bland”, declaró en más de una oportunidad Johnny Winter. En sintonía con él, su hermano Edgar, dijo: “Siempre me gustó el estilo urbano de blues más sofisticado, ese de Ray Charles, B.B. King, Bobby Bland y Low Rawls”. Pero su música no sólo caló hondo en los albinos texanos, también lo hizo en Otis Redding y en los Allman Brothers, así como en Marvin Gaye, Eric Clapton y Jay-Z. En 1992, Bland fue incorporado al Rock and Roll Hall of Fame y cinco años más tarde recibió un Grammy a su trayectoria.

Bobby Bland y B.B. King
Bland murió ayer a los 83 años en Memphis, la ciudad a la que llegó en 1947 cuando tenía 17 años, la misma en la que se formó musicalmente en una época dorada, cuando en los locales de Beale Street brillaban B.B. King, Albert King, Junior Parker, Rosco Gordon y Johnny Ace.

Bland fue un cantante notable que supo combinar el soul y las baladas bluseras con un carisma apabullante arriba del escenario. En su forma de cantar se notaba la influencia que el góspel había marcado en él cuando era joven. En los arreglos que hacía a su banda se percibían retazos jazzeros. Por lo general, siempre apoyado por una poderosa sección de vientos, entonaba desde sus entrañas y hasta patentó un grito, algo así como una mezcla de chillido y ronquido, que se convirtió en su sello distintivo.

Entre sus discos, sin dudas el mejor, el más memorable, es Two steps from the blues. Fue grabado en 1961 para el sello Duke y definió el sonido del southern soul tan característico de Memphis, que años después continuaría de la mano de Stax. Las canciones de ese álbum que quedaron para la posteridad son I pitty the fool, I don't want no woman, I'm not ashamed, Lead me on, Little boy blue, Don’t cry no more y Cry, cry, cry. También grabó un par de discos junto a B.B. King, que si bien no son de lo mejor que se pueda escuchar de ambos, el hecho de ellos uniendo sus talentos amerita mencionarlos.

Con la muerte de Bland, el blues pierde a uno de sus grandes exponentes. No por nada le decían “Blue”. 


viernes, 21 de junio de 2013

El misterioso Blues Boy Rawlins

William Clarke, Blues Boy Rawlins y Shakey Jake
La historia del blues está plagada de leyendas. La más conocida, claro, es la del pacto que Robert Johnson hizo con el Diablo. Pero también abundan relatos de peleas, crímenes, cárceles, venganzas y hasta robos de identidades, que involucran a músicos tan célebres como Sonny Boy Williamson, Leadbelly, Robert Pete Williams o Hound Dog Taylor. Pero también hay otras historias menos conocidas, que cayeron en el olvido. El otro día escribí sobre Jimmy Reeves Jr., el imitador de Jimmy Reed que editó un disco producido por Willie Dixon y que después se lo tragó el paso del tiempo. Hoy, el protagonista es Blues Boy Rawlins.

Hace un par de semanas, navegando por la web, me topé con su enigmático disco de 1978. No tenía idea de quién era él y lo que me cautivó fue la portada en sepia: se ve a un guitarrista negro y desalineado sentado sobre una banqueta con sus pies apoyados en cajas de cerveza Budweiser, mientras una mujer le lustra los zapatos. A su alrededor hay cuatro hombres con atuendos setentosos sonriendo para la cámara y varias botellas, de champange y licor, dispersas por el piso. El nombre del artista figura en grandes letras y debajo el título del álbum, A-K-A “Sweet lovin’ daddy”, que a su vez es el apodo del protagonista.

La contratapa da un poco más de información: el disco fue grabado en Los Angeles, California, fue editado por el sello Good Time Records y la producción estuvo a cargo del legendario armonicista Shakey Jake. Y aporta un dato revelador y poco frecuente en los discos: que Rawlins nació en la conmemoración del Día de la Independencia de los Estados Unidos, el 4 de julio de 1948. Sólo eso.

El álbum tiene siete temas originales. Abre con I got a woman shining my shoes, que en la portada lo definen como “hit” y sigue otros blues crudos de guitarra acústica y armónica. La voz de Rawlins es áspera y la música suena visceral y descarnada. No se trata de un disco de blues rural, sino más bien de una aproximación acústica al estilo de Chicago.

Luego de escucharlo con detenimiento unas cuantas veces empecé a buscar datos del músico. En los libros de blues que tengo no encontré nada y en la web la primera referencia que leí de él fue en el portal sundayblues.org. Allí se lo menciona primero como “el misterioso” Blues Boy Rawlins y después explica que el disco fue el único que grabó y que Shakey Jake lo acompañó en armónica, algo que no detalla la contratapa. El otro dato interesante es que Rawlins solía tocar en las calles de Los Angeles y que hay una foto suya –la que encabeza este post-, que pertenece a la colección de Bob Corritore, en la que se lo ve sosteniendo con fuerza una botella junto a Shakey Jake y William Clarke.

Y no encontré nada más. Seguramente Juan Urbano López tenga en su colección de revistas Living Blues y Blues Unlimited algún que otro dato extra de este guitarrista olvidado del que sólo se conocen esas siete canciones, pero que al verlo en las fotos hace presuponer que su final debe haber estado relacionado con el alcohol.


martes, 18 de junio de 2013

Un peldaño más

Gary Clark Jr. está en un momento de su carrera que es clave: busca consolidarse como guitarrista de acción, pero sin encasillarse en un género definido, pese a tener una fuerte raíz blusera. Eso pasó con su EP, con su álbum Blak and Blu y pasa, también, en este disco digital que fue grabado en vivo en los estudios de Capitol Records en Hollywood.

De los nueve temas de iTunes Sessions, siete están en Blak and Blu, aunque aquí las versiones son más directas y aguerridas, y suenan más a lo que uno espera de Gary Clark. El primer track comienza con Gary riendo y diciendo: “Es bueno estar de regreso” y enseguida se despacha con una versión eléctrica de Next door neighbor blues. A continuación, sube la potencia con Ain’t messin’ `round acompañado por ese estribillo tan vital y unos riffs de guitarra lacerantes.

Gary Clark en el Lollapalooza Chile
Clark arremete luego con una versión hendrixiana de más de diez minutos de When my train pulls in. Feroz, psicodélico y bestial. Parece desatado y mucho más agresivo que en su disco debut. De la brutalidad pasa a la dulzura soulera de Please come home, en la que canta en un buen registro, sin el back up de los coros que aparecen en el disco. Con Numb vuelve la distorsión y los solos esmerilados que se extienden durante siete minutos. Ahí es cuando Clark parece dejar patentado su sello.

Sigue con una de las dos sorpresas del álbum: If trouble was money, de Albert Collins, tiene ese feeling texano que el maestro de la telecaster manejaba con tanta naturalidad, aunque Clark le da un giro propio. You save está más cerca del R&B comercial para radios que de lo que se espera para un guitar hero. Lo raro es que ese tema, que realmente desentona, queda en medio de la otra sorpresa, que es también un blues: un notable cover de Oh, Pretty woman, de Albert King. Directo y sin pudor, Clark toca de manera auténtica. Cierra con Bright lights, tema al que lo perseguirá hasta el día de su muerte, aunque aquí con una intro de guitarra muy diferente.

La grabación, que se desarrolló en un breve impasse de su apretada agenda, contó con la participación de los músicos que lo acompañan en las giras: Eric Zapata (guitarra), John Bradley (bajo) y John Radelat (batería). iTunes Sessions es un peldaño más que asciende Gary Clark en su carrera y, ciertamente, deja un sabor más agradable que el disco Blak and Blu.


 

viernes, 14 de junio de 2013

El bluesman olvidado

Jimmy Reed llegó a su apogeo a mediados la década del 50 con una sucesión de éxitos imborrables como Honest I do, Baby what you want me to do y You don’t have to go. Por aquél entonces, en el mundo del blues, sólo B.B. King y Ray Charles lo superaban en ventas. Jimmy Reed tenía un estilo simple pero bien definido. Hoy, a más de 35 años de su muerte, su sonido es fácilmente reconocible y su figura integra el podio de bluseros legendarios.

A comienzos de los 60, Jimmy Reed hizo varias giras por Europa y sus canciones comenzaron a ser versionadas por muchos otros artistas del género. Así fueron surgiendo algunos que intentaron copiar su estilo, o al menos buscarle una vuelta de tuerca a la hora de interpretar sus canciones. Un claro ejemplo de eso es Jimmy Reeves Jr., un oscuro -y no muy talentoso- cantante que fue sepultado por la historia, pero que dejó un disco notable, no tanto por su participación, sino por la banda que lo respaldó.

Jimmy Reed
El nombre de Jmmy Reeves Jr. no figura en el Big Book of Blues, de Robert Santelli, ni en Nothing but the Blues, de Lawrence Cohn, y tampoco en All Music Guide to Blues. En la web, en tanto, hay muy pocos datos sobre él. Uno que circula es que al principio se presentaba en vivo con el nombre de Jmmy Reed Jr. y eso habría provocado malestar en Jimmy Reed y en su hijo, que lo acompañaba en algunos shows y que también se presentaba con ese nombre., incluso hay sospechas de que el imitador tuvo que cambiar su nombre artístico por una demanda legal en su contra por parte de los Reed’s.

Willie Dixon
El misterio sobre la vida de Jimmy Reeves es tal que no hay referencias sobre su lugar y fecha de nacimiento ni tampoco sobre si murió o sigue vivo. Y menos sobre su verdadera identidad. Lo que sí se sabe es cómo llegó a grabar el álbum Born to love me, en 1970. Fue una ocurrencia de Willie Dixon, quien buscaba un éxito comercial para el sello Checker, subsidiario de Chess Records. Y Reeves le cayó justo. En la foto de la portada aparece sosteniendo una guitarra y con una armónica con soporte, al mejor estilo Jimmy Reed. Pero es una foto engañosa: Reeves no tocó ningún instrumento durante la grabación.

Big Walter Horton
Willie Dixon se encargó de rodearlo con lo mejor que tenía a mano. Entre él y Sylvester Bowen se encargaron del bajo. Matt Murphy y Mighty Joe Young fueron los guitarristas; Lafayette Leake y Sunnyland Slim alternaron en piano; Big Walter Horton sopló la armónica; Morris Jennings tocó la batería; y The Pic Ups hicieron los coros.

El álbum tiene 11 temas: cuatro fueron compuestos para la ocasión por Dixon, incluso el que da nombre al disco. Seis son covers de Jimmy Reed como Honest I do, Bright Lights, Big City, y, por supuesto, Baby, wat you want me to do. El primer track, Love that woman, fue compuesto por Lafayette Leake. La banda suena vigorosa y ensamblada. La guitarra de Matt Murphy, junto con la armónica de Walter Horton, se destacan por los solos, mientras el piano, tanto cuando lo toca Sunnyland Slim o Lafayette Leake, le aporta una dosis de barrelhouse a la presentación. Los coros refuerzan la voz de Reeves, quien no desentona pero tampoco deslumbra.

Pág. 27 Blues Unlimited Nº 85
Una reseña que me aportó Juan Urbano López, firmada por Gary von Tersch, que salió publicada en el número 85 de la revista Blues Unlimited, en octubre de 1971, es bastante positiva. Si bien aclara que se trata de un “imitador” de Jimmy Reed, agrega que Reeves “tiene lo suyo” y resalta su “voz vibrante, nasal y convincente”. Y después elogia el notable aporte de Horton en armónica y de los dos pianistas.

Lo cierto es que esta joya oculta fue rescatada del olvido por un sello japonés hace cinco años y, si bien es difícil de conseguir, ahí está para el que quiera escucharla. Mientras, el misterio de qué fue de la vida de Jimmy Reeves Jr. seguirá hasta que alguien que sepa lo que pasó rompa el manto de olvido que lo sepultó.

martes, 11 de junio de 2013

El hombre de los seis dedos

El hombre de los seis dedos tenía una sonrisa enorme, blanca y reluciente. Pero sólo sonreía cuando estaba en el escenario, con su guitarra y su slide. El hombre de los seis dedos olía a whisky clandestino, llevaba una 32 en la cintura, y pocas veces se sacaba su sombrero fedora. Tocaba los blues con pasión. Rápido como pocos y penetrante como él solo.

El hombre de los seis dedos nunca llegó a ser una gran estrella y no tuvo éxitos de radio. Durante más de 30 años tocó con su banda en bares de Chicago y en fiestas donde todos lo conocían y él conocía a todos. El hombre de los seis dedos tuvo, tal vez, uno de los primeros power trío de la historia y compuso canciones memorables. Pero la fama (aunque más que fama, reconocimiento) le llegó cuando ya había muerto.

Su verdadero nombre era Theodore Roosvelt Taylor, en honor al ex presidente estadounidense Theodore Roosvelt, quien gobernó a principios del siglo XX y ganó un Nobel de la Paz. Pero al hombre de los seis dedos nadie lo llamaba por su nombre: todos le decían Hound Dog. Nació en Natchez, una pintoresca ciudad al sur del Delta del Mississippi. Pero el año en que su madre dio a luz varía en todas las enciclopedias de blues autorizadas: algunas sostienen que nació en 1915, otras en 1917.

Su sexto dedo en la mano izquierda fue una deformación de nacimiento. Algunos insisten en señalar que su mano derecha había sido igual a la izquierda hasta que él decidió cortarse el pequeño dedo con una navaja, pero pareciera que esa historia está más cerca de la fantasía.

Hound Dog Taylor tomó su primera guitarra en 1936. Y empezó a tocar los blues que escuchaba en las calles y en los bares. Años después se presentó en el programa radial de Sonny Boy Willamson, King Biscuit Time. En 1942 tuvo que migrar forzosamente al norte, como la mayoría de los negros del sur. Pero en su caso no lo hizo buscando un trabajo mejor para mantener a su familia, sino que tuvo que huir del Mississippi perseguido por el Ku Klux Klan: lo habían 'pescado' teniendo relaciones con una mujer blanca.

Pero tal vez la fuga fue, involuntariamente, lo mejor que le pasó. En Chicago halló un nuevo panorama musical. Una ciudad en auge, trabajo para muchos y demasiado para hacer de noche. Hound Dog se encontró con un puñado de músico negros que habían emigrado antes que él y ya llevaban un tiempo desarrollando un nuevo estilo de blues: más urbano, bien eléctrico. Entonces, decidió hacer lo mismo: combinar el nuevo estilo de la ciudad con el viejo sentimiento que arrastraba del sur profundo. Así, comenzó a darle forma a una expresión musical propia, llevando al límite la rispidez del blues, en una formación sin bajo: sólo dos guitarras y una batería.

Entre 1942 y 1957, Hound Dog se las rebuscó como pudo haciendo varios trabajos duros durante el día y tocando por las noches a cambio de unas cuantas copas y unos pocos dólares. Poco a poco empezó a copar los antros musicales del south side de Chicago. Junto a su banda, los Houserockers -integrada por el guitarrista Brewer Phillips y el baterista Levi Warren- pudieron editar en 1960 el single Baby Is Coming Home / Take Five para el pequeño y aventurero sello independiente Cadillacs Baby. Esa grabación podría considerarse como el nacimiento del genuine house rocking music. Luego, en 1962 grabaron dos canciones (Christine / Alley Music) para Carl Jones Firma Records. En 1965 Warren dejó su lugar en la banda a Ted Harvey. El y Hound Dog se habían conocido en 1955 cuando Harvey tocaba en la banda de Elmore James, la principal influencia musical en la vida de Hound Dog.

Con Ted Harvey en la banda empezó lo mejor. En 1967 grabaron para el sello Checker el single Watch out / Down home. Con el tiempo, Hound Dog Taylor & the Houserockers se fue convirtiendo en una de las bandas más poderosas de la ciudad. El Expresway Lounge, un club de la calle 55, estallaba cada vez que ellos salían a desplegar toda su potencia blusera. La banda atrajo a un productor del poderoso sello Delmark llamado Bruce Iglauer, quien quiso convencer a su jefe, Bob Koester del potencial de Taylor. Pero no hubo caso: Koester estaba más volcado al blues del west side. Iglauer estaba tan entusiasmado con Hound Dog Taylor que decidió seguir por su cuenta. Invirtió todos su ahorros y creó el sello Alligator con el único fin de grabar el primer disco de los Houserockers.

Bruce Iglauer
Así, en 1971, nació uno de los sellos discográficos más importantes de blues, que con el tiempo incorporaría a luminarias como Johnny Winter, Son Seals, Koko Taylor y Luther Allison. El primer álbum, Hound Dog Taylor and the Houserockers, apareció ese año y fue un verdadero éxito, dejando para la posteridad clásicos como She´s gone, Give me back my wig y Taylor´s rock. Dos años después, en 1973, Alligator Records editó el segundo LP: Natural Boogie, con la potente y arrolladora Sadie y Roll your moneymaker.

En 1975 las cosas se pusieron feas para el hombre de los seis dedos... muchas noches de alcohol y descontrol evidenciaron una vieja rivalidad que tenía con Brewer Phillips. Insultos, gritos y peleas terminaron una noche en disparos. Phillips resultó levemente herido y presentó cargos contra Hound Dog Taylor. Pero nunca llegó a juicio: al poco tiempo fue internado porque el cáncer en sus pulmones estaba muy avanzado. Murió el 17 de diciembre de ese año.

Para honrarlo, Alligator Records editó a comienzos de 1976 Beware of the dog, un disco en vivo cautivante, crudo y furioso. En 1982, cuando ya Hound Dog Taylor era una leyenda, Alligator sacó al mercado un disco más: Genuine houserocking music. Durante los 90 los sellos Wolf y JSP editaron cuatro discos más de él, todos en vivo. La influencia de Hound Dog Taylor en los músicos actuales es enorme. Eso quedo reflejado en el tributo editado en 1997 en el que participaron Ronnie Earl, George Thorogood, Gov't Mule, Elvin Bishop y Vernon Reid (de Living Colour), entre otros.

El hombre de los seis dedos tenía un sentido especial para el boogie y una manera única de utilizar el slide. Eso trascendió en el tiempo y perdura hasta hoy. El hombre de los seis dedos alcanzó la eternidad.


(Este texto, con algunas modificaciones, fue publicado en La Casa del Blues)

domingo, 9 de junio de 2013

Al maestro con cariño

Dos lanzamientos recientes muestran que los músicos de blues son eternos agradecidos de sus influencias y mentores.

Walter Trout – A Tribute to Luther Allison. Este flamante disco del ex guitarrista de los Bluesbreakers sintetiza su pasión y admiración por los blues de Luther Allison. Ambos músicos se conocieron en Suiza, mucho antes del retorno triunfal de Allison a los Estados Unidos, que se materializó en una serie de discos para el sello Alligator. La foto de la portada fue tomada en el festival de Montreux en los 80 y desde entonces Trout quedó sumergido en el estilo palpitante de interpretar los blues de Allison y en la forma apasionada que los cantaba. “Es un triunfo de la ambición y la capacidad como Walter Trout captura el espíritu y la esencia de Allison”, escribió el crítico Pete Feenstra. El álbum tiene doce temas y un track extra que inmortaliza las palabras del viejo bluesman de Chicago: “Yo no quiero ser un extraño, quiero ser parte del universo de la naturaleza. No quiero fans, quiero amigos”. Trout interpreta Bad love, Cherry red wine, I’m back y Lowdown and dirty (con Bernard Allison como invitado) con una demoledora convicción y un respeto supremo. Es la conjunción ideal entre el blues del west side y el blues rock. Un álbum que, de alguna manera, nos devuelve al viejo Luther para disfrutarlo un poco más.

Rory Block – Avalon: a Tribute to Mississippi John Hurt. La afinidad que tiene Rory Block con el blues rural no es ninguna novedad. Y su dedicación a homenajear a los viejos maestros tampoco. Repasemos: en 2006 grabó un disco con canciones de Robert Johsnon para el sello Ryodisc y fue, de alguna manera, embrionario. Al finalizar su contrato con esa discográfica arregló con Stony Plain y decidió profundizar el camino de los homenajes con mucho énfasis. Ese sendero lo empezó a recorrer con Blues walkin' like a man: A Tribute to Son House (2008), Shake 'em on down: A Tribute to Mississippi Fred McDowell (2011) y I belong to the band: A Tribute to Rev. Gary Davis (2012). Ahora, se sumerge más adentro en los campos del Mississippi, lejos de Delta, para rescatar la figura de Mississippi John Hurt, uno de los bluesmen más interesantes y destacados de la historia. Según recuerda la propia Block, Stefan Grossman le presentó a John Hurt en 1963 y a partir de ese encuentro ella se obsesionó con sus canciones y su forma simple y suave de interpretarlas. Este álbum sencillo y agradable es una muestra de eso. Candy man, Make me a pallet on your floor y Richland woman blues son algunas de los diez temas que versiona con mucho feeling. La única composición propia está inspirada en el legendario guitarrista, por supuesto, cuyo nombre es una verdad absoluta: Everybody loves John.

jueves, 6 de junio de 2013

Not fade away

- No entiendo cómo los ingleses descubrieron el blues antes que nosotros. Lo teníamos aquí, bajo nuestras narices.

La pregunta se la hace el protagonista de la película Not fade away, Douglas (John Magaro) mientras escucha junto a la hermana de su futura novia Me and the Devil blues, de Robert Johnson. “Me encanta el blues de Chicago”, le dice ella. “Es Delta blues, el de Chicago es eléctrico”, la corrige él.

Ese diálogo es apenas una síntesis del contenido y la propuesta de la película dirigida por David Chase (creador de Los Sopranos), un film ameno que propone, a partir de una historia simple, revalorizar el sentido de la música y recordar la maravillosa y turbulenta década de los 60. El guión se plantea una tesis: cuál será el mejor invento de la historia de los Estados Unidos, ¿la bomba atómica o el rock and roll?

La historia comienza en 1961 cuando Douglas, un adolescente con acné y sin suerte con las chicas, sueña con tocar la batería mientras mira la vidriera de una Casa de Música en los suburbios de Nueva Jersey. A partir de ahí se suceden situaciones y momentos que atraviesan toda la década: como cuando, a pocas semanas del asesinato de John F. Kennedy, explotó en las radios I want to hold your hand, de los Beatles; o cuando los Rolling Stones se presentaron en vivo en el programa de tevé de Dean Martin, en su debut en EE.UU., y tocaron I just want to make love to you. Todos esos actos, esa rocanroleada infernal y novedosa, escandalizaron a un sector de la sociedad que no estaba preparada para la revolución cultural que estaba en marcha.

Así, la película va retratando, a través de la vida del protagonista y sus amigos -con los que forma una banda de garaje con la que nunca conocerá el éxito-, una década que estuvo marcada por la Guerra Fría, Vietnam, las profundas diferencias generacionales entre padres e hijos, la lucha por los derechos civiles y toda una nueva forma de ver al mundo por parte de la juventud.

La banda de sonido es impecable: Bo Diddley, Leadbelly, Bob Dylan, The Kinks, Elmore James, The Small Faces, Nancy Sinatra, James Brown, Moby Grape, The Moody Blues y, claro, mucho Beatles y Stones. Las actuaciones, sin ser superlativas, están muy bien. James Gandolfini interpreta al padre del protagonista y le da un plus extra. Repito: es un film sencillo y ameno ideal para los melómanos y los nostálgicos de una década atrapante.



martes, 4 de junio de 2013

El gladiador del blues

Jimmy Thackery acaba de cumplir 60 años, de los cuales más de 40 los lleva enteramente dedicados al blues. En los 90, algunos años después de abandonar la banda con la que se ganó una buena reputación en el circuito musical, muchos medios y críticos empezaron a hablar de él como si fuera el nuevo Stevie Ray Vaughan. La temprana e inesperada muerte del guitarrista de Austin causó una gran conmoción y por eso muchos se apresuraron en buscarle un sustituto. Si bien hoy, mirando hacia atrás, eso fue algo innecesario, pasó: Thackery tuvo un auge importante luego del lanzamiento de su primer disco solista y las comparaciones fueron inevitables. Pero el tiempo lo fue poniendo en su lugar: él no era un imitador y al ir desarrollando su propio estilo los que esperaban un nuevo Vaughan fueron perdiendo interés en él. Hoy, Thackery sigue tocando con la misma pasión de siempre, tal vez sin tanta prensa como antes, pero con la convicción de que hace lo que tiene ganas de hacer.

Thackery nació en Pittsburgh el 19 de mayo de 1953, pero se crío en la ciudad de Washington. La historia de este amante de las Fender comenzó a escribirse a fines de la década del 60 cuando, en el colegio secundario, formó una banda con el hermano de Bonnie Raitt, David. Sus gustos musicales estaban todavía en desarrollo y fue clave cuando David Raitt le hizo escuchar el disco de Buddy Guy This is the blues. “Ese álbum me voló la cabeza”, declaró el Thackery durante una entrevista. Sumado a eso, vio en vivo a Buddy y también a Jimi Hendrix, en uno de sus últimos shows. Después de esos conciertos, su vida cambió.

Thackery siguió tocando en pequeños bares de la Capital estadounidense y fue conociendo gente. Uno de esos personajes fue el guitarrista Bobby Radcliff, que después le presentó al armonicista Mark Wenner. Así, en 1972, nacieron los Nighthawks, una banda que supo ganarse el mote de “el grupo más trabajador de los Estados Unidos”. Además de Thackery y Wenner, estaban el bajista Jan Zukowski y el baterista Pete Ragusa. Editaron su primer disco, Rock and Roll, para el sello Aladdin ese año. Pero el éxito recién llegaría cuatro años más tarde, en 1976, con la edición del hasta hoy mejor disco de la banda: Open all night, con la participación del legendario pianista de Chicago Pinetop Perkins. Si bien no fue un disco innovador, el álbum sonaba sincero y auténtico, y acaparó buenos comentarios de la crítica. Durante esa época, los Nighthawks tocaron varias veces como teloneros del gran maestro del blues, Muddy Waters.

En los años siguientes los Nighthawks salieron de gira por todo los Estados Unidos, Canadá, Europa y hasta Japón. Hasta que en 1987, después de haber grabado una decena de discos, Thackery (quien le ponía la cuota de adrenalina a la banda y se hizo una reputación de virtuoso) decidió abandonarlos para seguir su carrera solista.

Bajo el nombre de Jimmy Thackery and the Assassins (un sexteto de R&B), salió a recorrer los bares de la Costa Este y grabó tres discos para un sello independiente, pero sin mucho éxito. Entonces, en 1991 se unió al bajista Wayne Burdette y al baterista Mark Stusto y formaron Jimmy Thackery and the Drivers. Rápidamente la banda se empezó a hacer notar y los directivos del sello Blind Pig se fijaron en ellos. Así nació Empty Arms Motel, el primer trabajo solista de Thackery. Un álbum de pura pirotecnia blusera con una selección de temas muy precisa: combinó canciones de su autoría con los clásicos Red House (de Hendrix), Paying the cost to be the boss (de B.B. King), Rude Mood (de Stevie Ray Vaughan) y Honey Hush (de Lowell Fulson). Así nacieron las comparaciones con SRV.

Dos años después, el sello Blind Pig editó Sideways in Paradise, un disco acústico que Thackery había grabado en Jamaica en 1985 junto al guitarrista de Louisiana John Mooney. El segundo álbum de Thackery con los Drivers apareció en 1994: Trouble man fue producido por Jim Gaines (el mismo que trabajó con Vaughan, Santana y Steve Miller). “Pura dinamita”, así calificó al LP la prestigiosa revista Blues Revue.

Para entonces, Thackery ya era uno de los guitarristas más respetados del género. Y cada concierto que daba era ante salas llenas. La ferocidad y la pasión que ponía en cada uno de esos shows quedó reflejada en el disco en vivo Wild Night Out, editado por Blind Pig en 1995. Las revistas Guitar Player y Vintage Guitar dijeron de él: “El tono arrollador de Thackery y el trabajo arenoso de su guitarra son inmediatamente identificables. Sus surcos rítmicos tienen una libertad que Hendrix habría envidiado”.

En 1998, Blind Pig editó Switching Gears, que contó con la participación de invitados como Joe Louis Walker y Lonnie Brooks. Dos años después Thackery se volvió a juntar con el productor Jim Gaines para el álbum Sinner Street, el último que grabó para Blind Pig. Ese año también cumplió un deseo que tenía desde fines de la década del 60. Junto a su amigo David Raitt lanzaron That's It para el sello Blue Rock'it, que fue producido por el hermano de Robben Ford, Patrick.

En 2001 se tomó un breve descanso, pero sólo de los estudios: su nombre figuró en las carteleras de varios festivales de blues que se organizan en los Estados Unidos. En 2002, firmó un jugoso contrato con el sello Telarc y editó dos discos. Primero fue We got it, dedicado al legendario cantante blanco Eddie Hinton. Y después, junto al guitarrista de Louisiana Tab Benoit, Whiskey Store, un álbum de blues pero con algunos guiños al rock clásico con covers de Unknown Legend, de Neil Young; The Last Time, de los Rolling Stones; y Leopard-Skin Pill-Box Hat, de Bob Dylan. La banda que los acompañó era una verdadera selección del género: el armonicista Charlie Musselwhite y los Double Trouble Chris Layton y Tommy Shannon.

La discografía de Thackery creció aún más en 2003. Grabó True Stories, incorporando a los Drivers al saxofonista Jim Carpenter, que le dio un sonido más rockeado a la banda. En True Stories se dio el gusto de volver a homenajear a Roy Buchanan, uno de sus ídolos y mentores (ya había versionado una canción de él en Switching Gears). Telarc editó un disco compilación de todos temas instrumentales de Thackery bajo el nombre de Guitar, con la colaboración de Duke Robillard. También participó de dos tributos del sello. Tocó Why don´t we do it in the road? para The blues white album (homenaje al Álbum Blanco de los Beatles) e hizo una versión de Rocks off, de los Rolling Stones para Exile on Blues Street. Un año después Telarc no perdió el tiempo y amplió el éxito de Thackery y Benoit juntos con el disco Whiskey Store Live.

Healin’ ground salió al mercado en abril de 2005, con mayoría de canciones de Thackery en colaboración con sus músicos, aunque la joya de ese disco es el clásico de Henry Mancini, A shot in the dark, donde los punteos de Thackery desbordan la dimensión conocida. En junio de 2006, editó In the natural statejunto a los Cate Brothers para Rykodisc. Fue apenas un paréntesis en su contrato con Telarc: todavía le quedaban otros dos álbumes: Solid ice (2007) e Inside tracks (2008). En el último lustro la creatividad pareció decaer un poco o tal vez, simplemente, fueron problemas contractuales los que obligaron a Thackery a mantener una relación irregular con los estudios. Dos álbumes nuevos en vivo –Live in Detroit (2010) y As live as it gets (2012), este último junto a J.P. Soars- y Feel the heat (2011) salieron gracias a sellos independientes.

Con sus fenders a cuestas, sigue tocando y lo hará, seguramente, hasta el día en que muera, porque es un gladiador con altas dosis de blues en sangre, un luchador que está más allá de toda comparación, porque no es el imitador de nadie. Es, fue y será siempre él mismo: el gran Jimmy Thackery.

sábado, 1 de junio de 2013

Blues en blanco y negro

Estos dos lanzamientos tienen como protagonistas a músicos con distintos backgrounds que sumaron esfuerzos y talento para darle una vuelta de tuerca al sonido y estilo que los caracteriza.

Guy Davis (feat. Fabrizio Poggi) - Juba dance. Davis es uno de los músicos actuales que mejor interpreta el country blues de pre guerra. Tiene 52 años y nació y creció en Nueva York, muy lejos de los campos de algodón y las aguas del río Mississippi. Sin embargo, su abuela lo educó con la mente puesta en el sur, en sus antepasados y en sus raíces. Así, Davis empezó a escuchar desde muy chico a Blind Willie McTell, Mississippi John Hurt y Skip James. Comenzó a tocar la guitarra cuando era adolescente y desarrolló con mayor naturalidad el estilo del fingerpicking. Con el tiempo pasó al banjo y hoy toca ambos instrumentos por igual. Aquí, este notable artista, con casi una docena de discos editados, encara temas propios y algunas canciones tradicionales. Lo mejor está en su interpretación de See that my grave is kept clean, de Blind Lemon Jefferson, en la que el banjo y la armónica marcan el pulso mientras su voz juega a coro con la de los Blind Boys of Alabama. Fabrizio Poggi, destacado armonicista italiano, lo acompaña en la mitad de los tracks soplando con mucha intensidad, y la cantante Lea Gilmore se luce en Some cold rainy day, de Bertha “Chippie” Hill. Con artistas como Guy Davis, el blues tradicional está en muy buenas manos.

Ruff Kutt Blues Band - That's when the blues begins. Acá tenemos una selección de músicos de primer nivel, que unieron esfuerzos para este segundo disco, avasallador, de blues texano, shuffle con retoques souleados. Las guitarras están a cargo de Anson Funderburgh y Zac Harmon, y este último a su vez canta algunos de los temas. La otra voz del grupo es el legendario Finis Tasby. James Goode es el bajista y el alma máter de la banda: escribió las canciones y fue el reclutador de semejante equipo, que se completa con John Street (teclados), Wes Starr (batería) y Ron Jones (saxo). El álbum fue producido por Funderburgh y se editó unos meses después de que Finis Tasby, heredero de ZZ Hill y Clarence Carter, sufriera un ACV. Además de los punzantes y majestuosos solos de guitarra, el otro fuerte de este álbum son las armonías vocales. Tal vez ahí está la principal diferencia con los trabajos solistas de cada uno de ellos. Los fieles seguidores de guitarristas como el propio Funderburgh, Ronnie Earl, Duke Robillard y otros de esa escuela de exquisitos talentos quedaran más que satisfechos.