miércoles, 30 de mayo de 2012

"Bonamassa es Dios"


El graffiti que en los 60 hacia hablar a Londres, “Clapton es Dios”, bien podría servir para describir a Joe Bonamassa. Sé que algunos escépticos dirán que eso es una exageración, un disparate, pero la fe es más fuerte. Y en este caso, la devoción está bien justificada: Bonamassa es el presente y el futuro del blues-rock. Es la continuación del sonido clásico en una nueva dimensión. La guitarra es una extensión de su cuerpo y todo lo que hace con ella es milagroso.

Bonamassa se presentó en el Teatro Coliseo y no le bastó más que una canción para ganarse al público. La banda apareció en escena y los músicos se quedaron inmóviles salvo el baterista Tal Bergman, que empezó a arengar a la gente moviendo sus manos, para que luego Bonamassa, vestido con jean, camisa y saco negro, hiciera estallar su Gibson Les Paul con Slow train. Luego siguió con la potente Last kiss y bajó un poco con Midnight blues, de Gary Moore, donde sacó unos solos impresionantes mientras un efecto de eco disolvía su voz. El cuarto tema fue Dust bowl y luego Who’s been talking? , de Howlin’ Wolf, la primera de la noche de su flamante disco Driving towards the daylight.

Recién entonces se dirigió al público. Dijo “Buenas noches” en español y agregó en inglés: “Vinimos sin saber que íbamos a encontrar, y la verdad que es todo increíble. ¡Las localidades se agotaron! Muchas gracias”. El fuego celestial siguió con una seguidilla de clásicos de su propia cosecha: Sloe gin, The ballad of John Henry (¡terrible slide!) y Lonesome road blues. En cada uno de los temas la potencia endemoniada de Bergman se recostó sobre el ritmo atronador de Carmine Rojas, que golpea su bajo de cinco cuerdas con una ferocidad apabullante. Richard Melick, en cambio, pasó desapercibido, las notas de su teclado pocas veces lograron imponerse por encima de la guitarra, su función fue meramente de relleno estético.

Sin decirlo, dedicó Son of yesterday a los que fueron a verlo porque lo descubrieron con Black Country Communion, el súper grupo que formó con Glenn Hughes y Jason Bonham. Y con dos blues más le dio el gusto a los más bluseros: una versión cansina de Look over yonder’s wall y Blues deluxe, de Jeff Beck, en el que llegó a un registro vocal tremendo, que le voló la peluca a todo el mundo. En el final, se quedó solo con Bergman e hicieron un duelo entretenido antes de comenzar con Young man blues, de los Who. Los bises no tardaron en llegar. Bonamassa volvió al escenario con una copa de vino tinto en la mano, levantó su brazo y brindó. Apoyó la copa al costado de sus Marshalls y presentó Driving toward the daylight. El segundo bis fue un mix que suele hacer casi siempre, Just got paid / Dazed and confused, su manera de rendir homenaje a dos de las bandas de rock que más lo influenciaron: ZZ Top y Led Zeppelin.

Yo fui bautizado con un show de Bonamassa hace poco más de dos años, en marzo de 2010, en el Town Hall de Nueva York. Aquella vez sentí un sacudón profundo en mis entrañas, una emoción que solo la música puede provocar. Hace un año volví a verlo, aunque al frente de Black Country Communion. Aquella tarde de verano lluviosa en un pueblo noruego, al calor del rock and roll más descarnado, resultó ser una experiencia trascendental. Ahora, a casi diez años de haber escuchado uno de sus discos por primera vez, lo volví a ver en vivo y renové toda mi fe en él.



domingo, 27 de mayo de 2012

Estilo clásico

“Odio las grabaciones. Lo mío son las actuaciones en vivo. Tocar en vivo es maravilloso, pero grabar discos me destroza los nervios. Ver que esa lucecita roja se enciende es terrible. No lo disfruto”. Así respondió Jerry Portnoy a una pregunta que le hizo Marcelo Fernández Bitar durante una entrevista para Tiempo Argentino. Anoche vimos una parte de esa respuesta: a un hombre disfrutando plenamente del escenario y del público, en perfecto control de su instrumento y del show. Pero también escuchamos muchas veces esas grabaciones que dice que no disfrutó. Y es difícil pensar como ese hombre diminuto sufrió el encierro en un estudio con tipos como Muddy Waters, Johnny Winter, Eric Clapton, Ronnie Earl, Duke Robillard o su mentor, Walter Horton.

La noche de La Trastienda estuvo una vez más cargada de blues. Josh Fulero, el otro visitante ilustre, se encargó de calentar un poco el ambiente. Empezó con I done got over y para cuando promediaba You belong to me, inspirada absolutamente en Magic Sam, la banda hizo un corte y Portnoy apareció en escena. Alejandro Moreyra lo describió como un joven Vincent Price y creo que el parecido bien podría servir para las canciones de TVR. Portnoy vestía como en los 50: un traje con un corte de esa época, camisa violeta, corbata dorada y unos zapatos de cocodrilo bastante excéntricos. Sopló su armónica una vez y la banda se lanzó tras un slow blues duradero –Blues in a dream, dijo después- en el que demostró que no sólo en lo visual cultiva los años 50.

Hizo un tema más de su álbum Poison kisses, Charge it, que tiene cierta similitud con la Master charge de Albert Collins, para después tributar a los nombres que lo moldearon desde joven. “Me duele a veces saber que todos los músicos que admiré ya no están”, anunció antes de una notable versión de Kidney stew, de Eddie “Cleanhead” Vinson. Josh Fulero cambió una Gibson Les Paul dorada por una Stratocaster marrón para sacar unos solos impecables. Me hizo acordar un poco a Dave Specter, otro fino guitarrista influenciado por el sonido del West Side. Luego, Portnoy le indicó a la banda que era el momento de recordar al viejo Jimmy Rogers con uno de los temas más versionados de la historia del blues, Walkin’ by myself.

En algunos de sus discos, Portnoy incursionó en el terreno del jazz. En La Trastienda sólo hizo una hermosa versión de Misty, de Erroll Garner, que incluyó un fraseo exquisito, de una textura suave y un ritmo refinado. Baby scrtach my back y She moves me, de Muddy Waters, le imprimieron más pasión a la noche. Sloppy drunk fue el segundo tema de Jimmy Rogers que eligió para soltar unas notas intensas y después, con How long blues, hizo lo que a muchos bluesmen le gusta hacer: bajar y mezclarse con el público. Amplificando la armónica con lo que parecía un cilindro plástico, Portnoy recorrió las mesas buscando bellas damas para tocarle al oído.

Para el cierre tenía reservado el clásico imborrable de Little Walter, My babe, y una demoledora versión de Hush hush, de Jimmy Reed, que la introdujo con una ironía sobre cuánto les gusta hablar a las mujeres. Un instrumental precedió el final: Portnoy presentó a los músicos de La Argentina Blues Band, Walter Galeazzi (tecados), Mariano D’Andrea (bajo) y Gabriel Cabiaglia (batería), que durante todo el show estuvieron muy correctos y contenidos dejando que el maestroy y Fulero hicieran lo suyo. Los bises siguieron con Dust my broom, otro instrumental y Got my mojo working. Así terminó de demostrar por qué él es el puente entre los viejos maestros de Chicago y nosotros, el canal de expresión de la vieja escuela del blues y uno de los más fieles representantes del estilo clásico.


jueves, 24 de mayo de 2012

Tras los pasos de Neil Young

Estaba previsto que Born and raised, el último disco de John Mayer, saliera a la venta en octubre del año pasado. Pero un granuloma apareció en su garganta y lo obligó a posponer todos sus planes. Tuvo suspender la última etapa de la grabación y cancelar su gira para someterse a una intervención quirúrgica. Pasados unos meses, John Mayer pudo volver al estudio para completar lo que faltaba del disco: agregar algunas voces y terminar la mezcla final. El resultado acaba de aparecer. Born and raised es un disco reflexivo y melodioso que lo aleja de su paso fugaz por el estrellato de Hollywood y los escándalos amorosos (Jennifer Aniston, Taylor Swift), y lo acerca más al estilo de los singers/songwriters de los setentas, específicamente como si estuviera tras los pasos de Neil Young.

No esperen aquí letras melosas. No las hay (¡por suerte!). Más bien se trata de canciones que reflejan cierto arrepentimiento y dolor, en clave folk, sin dejar de lado el condimento blusero y country con el que Mayer siempre se codeó. El álbum comienza con Queen of California, un tema con agradables armonías en la guitarra, en el que canta “En busca de la canción que Neil Young tarareó después de la fiebre del oro en 1971”. Y eso es casi una guía del resto del disco. Hay una búsqueda en el pasado, en los discos que escuchó hace décadas. No es casual que para las armonías vocales en el tema que da nombre al disco haya convocado nada más y nada menos que a David Crosby y Graham Nash. Precisamente ese tema, en sus dos versiones, una más pop y la otra más folkie, habla sobre cómo sus sueños ya no son lo que eran antes.

John Mayer aquí también expande sus talentos musicales. Además de componer, cantar y tocar la guitarra, se destaca en teclados, armónica y percusión. Entre los invitados también figuran el legendario pianista Chuck Leavell (Rolling Stones, Eric Clapton, George Harrison), el baterista Jim Keltner (Clapton, Bob Dylan) y el trompetista Chris Botti, una de las estrellas actuales de la escena jazzera, se luce en el comienzo de Walt Grace's Submarine Test, January 1967.

Something like Olivia es uno de los temas destinados a trascender y A face to call home, con un comienzo similar al Neil Young de Old ways, también tiene un ritmo perdurable. John Mayer es menospreciado por muchos, tal vez porque atrae a seguidores menos exigentes, o porque es venerado por el público femenino, o tan sólo por ser un músico de los considerads “comerciales”. Pero también es cierto que John Mayer no es un aficionado, sino que posee un talento notable, tanto para crear como interpretar. Y Born and raised lo refuerza.

domingo, 20 de mayo de 2012

Decálogo de blues rock


El nuevo disco de Joe Bonamassa es un verdadero decálogo del blues rock. Es la consagración absoluta de un artista inquieto, en constante crecimiento, que todo lo que hace es mejor que lo que ya hizo. A pocos días de su visita a Buenos Aires, el lanzamiento de Driving towards the daylight es un anticipo fabuloso para empezar a palpitar uno de los grandes shows de este año.

En su flamante álbum, Bonamassa combina viejas canciones de maestros del blues así como también de Tom Waits y Bill Withers con algunas composiciones propias, todas tamizadas con su estilo furibundo de tocar la guitarra. El disco empieza con todo: Dislocated boy tiene el sello clásico de Bonamassa: riffs poderosos, solos demenciales y voz potente. Luego sigue con un cover enérgico de Stones in my passways, de Robert Johnson. Más de 80 años separan a las dos versiones y una coincidencia las une: Bonamassa y Johnson nacieron el mismo día, el 8 de mayo. El tercer tema es la balada que da nombre al disco, se trata de una de las composiciones más sólidas, y el guitarrista suena con mucha fuerza y pasión.

Bonamassa & Harrison Whiford
El segundo cover, Who’s been talking, comienza con una vieja grabación de Howlin’ Wolf hablando sobre la música. El enganche furioso de la banda y el sonido de Bonamassa arremeten como rayos y centellas. Enseguida se sumerge de nuevo en otro clásico del blues de Chicago, I got all you need, de Willie Dixon, que está en la línea de la anterior, aunque aquí también se destaca el sobrevuelo del hammond B3 de Arlan Schierbaum. Luego deja un poco el blues clásico de lado para involucrarse con una balada épica como A place in my heart, que escribió junto a un ex Whitesnake, Bernie Mardsen.

Lonely town, lonely street, de Bill Withers, mantiene el mismo beat que la original aunque la música es completamente diferente. La guitarra de Bonamassa otra vez suena demoledora y no da respiro. Heavenly soul está destinada a ser uno de sus grandes temas de su carrera. Aunque tiene alguna reminiscencia con The Ballad of John Henry, su melodía más amable. Su entonación aquí demuestra lo mucho que ha progresado con el canto.

Jimmy Barnes
En 1974, Tom Waits grabó el disco The heart of saturday night. El primer tema, New coat of paint, tenía un ritmo taciturno guiado por el sonido de un piano cansino. Aquí, Bonamassa la reescribe a su manera. El disco termina a toda potencia con un rock bien constituido, Somewhere trouble don't go, y Too much ain't enough love, en la que su autor e invitado del disco, el escocés Jimmy Barnes, demuestra porque es uno de los más grandes –y también ignorados- cantantes contemporáneos. En definitiva, Driving towards the daylight tiene once canciones magníficas que confirman que Bonamassa está atravesando el mejor momento de su carrera. En buena hora viene a la Argentina.

jueves, 17 de mayo de 2012

El ilusionista

Buddy Guy está repleto de trucos. Toca con la guitarra arriba de su cabeza o por detrás de la espalda. Se la pasa por debajo de una pierna mientras arremete con un solo o la sostiene con una mano mirando al público con gesto cómplice. Golpea las cuerdas con una baqueta o con un pañuelo. Hace un punteo con los dientes o busca un efecto de acople junto al parlante. Gesticula mientras pasa de un tono agudo a uno más grave sin desafinar. Deja el escenario, camina entre el público y sube a la segunda bandeja del teatro. Quiere salir a la calle, aunque no lo logra porque lo frenan los de seguridad. Imita a John Lee Hooker, Jimi Hendrix o Albert King con una naturalidad asombrosa. Buddy Guy es mucho más que una leyenda viva y un gran entertainer, es un verdadero ilusionista.

Anoche, en su tercera visita a Buenos Aires, hizo estallar el Teatro Gran Rex con un show impresionante en el que combinó virtuosismo, talento, historia y mucha onda. Durante dos horas le sacó chispas a su guitarra e hizo delirar al público con un truco detrás de otro. La banda subió al escenario poco después de las 21.30. Los músicos se quedaron inmóviles durante unos segundos, hasta que el tecladista Marty Sammon presentó al hombre que todos estaban esperando. Buddy Guy comenzó con Nobody understands me but my guitar, tal vez el único tema que hizo completo, porque lo que siguió fue como una especie de gran medley en el que fu intercalando canciones que le iban surgiendo en el momento.

“Hello Argentina, I love you”, fueron sus palabras de presentación al término de la primera canción. Raspó las cuerdas de su Fender Stratocaster color crema contra su camisa y soltó los primeros acordes de Hoochie coochie man, que se extendió durante varios minutos, dio pie a un duelo entre él y su guitarrista Ric Hall y luego mutó a She’s nineteen years old. Después siguió con Someone else is steppin’ in, con el que logró que la gente cantara con ganas el estribillo. Luego, Sammon tocó las primeras notas de Fever, Buddy arremetió con su guitarra y unos minutos después la transformó en Miss you, de los Rolling Stones. Alguien desde la platea gritó “!Play the blues!” y él contestó con 74 years young, de su disco Living Proof, a la que reconvirtió en 75 years young. Imitó a John Lee Hooker haciendo Boom boom, dedicó a Muddy Waters una versión muy diferente de Got my mojo workin’ y saludó al Eric Clapton de Cream con Strange brew.

Anunció que haría su interpretación de Albert King mientras bajaba del escenario por un costado. Empezó a caminar por el pasillo. La banda seguía tocando y él sacaba algunos punteos entrecortados. Recorrió el teatro, subió al súper pulman y se asomó. Allí estaba, entre la gente que lo tocaba y le sacaba fotos. El orden que había hasta ese momento se volvió un caos. Buddy regresó a su lugar para una breve versión de Rock me baby que enganchó con los acordes inconfundibles de Damn right I’ve got the blues. Intentó bajar un poco los decibeles con Skin deep pero no pudo. El delirio era tan intenso que Buddy no tuvo más alternativa que llevarlo más allá. “Me olvidé de un guitarrista”, dijo antes de lanzarse con Voodoo child, de Hendrix. La lista de tributos la completó con Ray Charles, Marvin Gaye y, a pedido de un plateista, hizo Sweet sixteen, de B.B. King.

El show no tuvo una estructura convencional y tal vez por eso ni siquiera hubo bises. Cerró con un cover instrumental de Sunshine of your love. Tim Austin se lanzó con un solo de batería recostado sobre el slap del bajo de Orlando Wright. Fue entonces cuando Buddy dejó su guitarra a un costado y empezó a regalar sus púas a la gente. Y así, como por arte de magia, el ilusionista desapareció del escenario. Las luces del teatro se encendieron mientras la banda saludaba al público. Su último truco, dejarnos a todos en llamas, fue también una genialidad.




martes, 15 de mayo de 2012

Una nueva mirada al viejo blues

El esfuerzo y el trabajo de Nacho Ladisa se materializaron en un cd. Blues club es la síntesis de una nueva mirada a la música de la vieja escuela. El espíritu del disco está centrado en Chicago: el sonido es bien eléctrico y seis de los nueve temas son covers de grandes maestros del blues. Los tres restantes son instrumentales aguerridos compuestos por el propio Ladisa.

El álbum no tiene temas cantados en español y eso es una apuesta corajuda de Ladisa en pos de rescatar el sonido tradicional. El disco también es una especie de agradecimiento público a sus mayores influencias. El slide en su Elmore’s Groove es un filoso tributo al gran Elmore James. Baby please don´t go no es tanto un homenaje a Big Joe Williams, sino a todos los que la interpretaron desde que él la tocó por primera vez en 1935. En Bright lights, big city saluda a Jimmy Reed con una excelente armónica de Huguis López. Y no deja dudas sobre su amor por la música de Jimmy Rogers: interpreta Goin’ away baby y un tema poco versionado como Money, marbles & chalk. Me gustó mucho la pasión que suda en Five long years, de Eddie Boyd, y me sorprendió gratamente con la elección de Take a little walk with me, ese símil de Sweet Home Chicago que Robert Lockwood Jr. hacía de manera magistral.

Lo acompañan todos chicos jóvenes que también tienen sus proyectos personales. Además de Hughis López está el guitarrista Federico “Lefty” Verteramo (Los Huesos del Gato Negro, Junior Binzugna), el pianista Gustavo Doreste (Los Huesos…), el bajista Cristian Ferreira y el baterista Homero Tolosa (Easy Babies, Támesis). Suma su voz al tema de Jimmy Reed la cantante Luciana Hernández. Para que el disco lograra el sonido que Ladisa anhelaba, fue clave la colaboración en la producción artística de Daniel De Vita. También hay que destacar el arte de tapa y la presentación: son impecables.

Vale la pena escuchar Blues club: casi 40 minutos de buena música que certifican que el viejo blues no está en vías de extinción. Bien al sur de Chicago, casi rozando el fin del mundo, hay chicos de entre 20 y 30 años que están sonando como a los viejos maestros les gustaría oírlos.

domingo, 13 de mayo de 2012

Demoledor

Un año después de su tremendo Man in motion, Warren Haynes lanzó un disco doble en vivo en el que demuestra que, más allá de poder hacer grandes álbumes de estudio, su fuerte está arriba del escenario, en contacto directo con el público, así como lo hizo siempre con los Allman Brothers, Gov’t Mule o durante sus ya clásicos conciertos a beneficio.

En Live at The Moody Theater, grabado en Austin y editado por el mítico sello Stax, Haynes toca absolutamente todas las canciones de Man in motion, suma un par de clásicos de su carrera –Soulshine y Tales of ordinary madness- y reversiona Frozen fear, de los Mule. Su performance es demoledora. Tiene un swing brutal, su voz está encendida, su guitarra saca los solos más estremecedores y la banda le marca el ritmo con un groove contagioso.

Man in motion fue uno de los mejores discos del año pasado y sin duda es el mejor trabajo solista de la carrera de Haynes. Pero su interpretación en vivo de esas canciones es más sorprendente aún. Todas las piezas están en su lugar. Comienza con el tema que dio nombre al álbum, con una sección de vientos al mejor estilo de los Memphis Horns, integrada por Ron Holloway (saxo), Carlos Sosa (saxo), Reggie Watkins (trombón) y Fernando Castillo (trompeta). Luego sigue con uno de los temas más lindos, River’s gonna rise, y después la maravillosa Sick of my shadow. La presentación va ganando en intensidad con cada acorde. Promediando la mitad del disco uno, se suelta con una versión extendida, de más de once minutos, de On a real lonely night, donde el wah wah estalla en medio de una melodía deliciosa.

Warren Haynes dijo en varias entrevistas que su inspiración para componer las canciones de Man in motion fue la música que escuchaba cuando era joven, precisamente la del sello Stax. Para cerrar el primer cd hace un cover festivo de Everyday will be like a holiday, de William Bell, uno de los tantos nombres surgidos de Soulsville, Memphis, USA. Para el disco dos apenas deja un tema de su último álbum, Your wildest dreams. El resto son covers y algunas elecciones de su extensa carrera. Es muy buena su aproximación a Spanish Castle Magic, de Jimi Hendrix, y notable la versión de A change is gonna come, de Sam Cooke. En clave de reggae, se anima a un tema que escribió con Ziggy Marley, Dreaming the same dream.

Claro que a Warren Haynes lo secundan unos músicos de primer nivel. Una es la cantante Alecia Chakou. El otro que cumple un rol clave es el tecladista Nigel Hall, quien en tres temas cede su lugar al piano de Ian McLagan. En definitiva, este álbum doble en vivo –con el DVD correspondiente- es una buena aproximación al mejor Warren Haynes, un guitar hero que puede deslumbrar en cualquier escenario y con cualquier banda.

jueves, 10 de mayo de 2012

El estilista

Jerry Portnoy es un estilista de la armónica. Creció en el corazón de Chicago escuchando a Little Walter, Walter Horton y James Cotton. En estos últimos 40 años ha tocado con decenas de grandes bluesmen. Y la mejor forma de conocer su música es a través de sus discos. Aquí, una lista de álbumes esenciales para descubrir al gran músico que está detrás de ese pequeño instrumento.

Muddy Waters - I’m ready (Blue Sky-CBS / 1978). Entre 1977 y 1981, Johnny Winter produjo una trilogía de discos de estudio que se volvieron referentes ineludibles de la carrera de Muddy Waters: Hard again, I’m ready y King bee. El correlato en vivo de estos álbumes es Muddy “Mississippi” Waters Live, de 1979. En tres de los cuatro discos estuvo presente Jerry Portnoy. Elijo I’m ready por varias razones. Primero porque el dibujo de la portada es lo máximo. Además por la combinación de las guitarras de Muddy, el albino y Jimmy Rogers, y la elección del repertorio. Y por último porque en el tema que da al nombre al disco, Portnoy sopla su armónica junto a uno de sus maestros, Walter Horton. Blues de Chicago en su máxima expresión.

The Legendary Blues Band - Red, hot ‘n’ blue (Rounder / 1983). Esta banda se formó casi por inercia. Empezaron a tocar de manera paralela a su trabajo con Muddy Waters y en 1981 editaron su primer álbum, Life of Ease. Pero tras la muerte del padre del blues de Chicago, el 20 de abril de 1983, Pinetop Perkins, Calvin Jones, Willie Smith y Jerry Portnoy quedaron huérfanos. Ese mismo año grabaron el que se convirtió en el mejor disco de la banda. Para ello sumaron al guitarrista Peter Ward y algunos invitados de lujo como Duke Robillard y Greg Piccolo. Aquí, además de tocar la armónica en un excelentísimo nivel, Portnoy canta en algunos temas. Vale destacar que seis de las diez canciones fueron compuestas por él.

Eric Clapton - From the cradle (Reprise - 1994). Luego del éxito de su álbum Unplugged, en el que tocó en vivo algunos blues, Eric Clapton consideró que era el momento oportuno para volver a la música que amaba. Y lo hizo con un discazo. From the cradle fue grabado en directo, con un profundo respeto por la tradición y por los músicos que lo inspiraron cuando era joven. Para ello, se rodeó de algunos viejos conocidos como Jim Keltner, Chris Stainton, Dave Bronze y Andy Fairweather Low y sumó para el rol del armonicista a Jerry Portnoy. Aquí se destaca en una buena cantidad de temas: Hoochie coochie man, Five long years, How long blues, Goin’ way baby, Blues leave me alone, Standin’ round crying y Groaning the blues.

Ronnie Earl - I Like it when it rains (1990). Este disco es una joya. Es una síntesis casi perfecta de cómo debe sonar una banda de blues. La fórmula era la siguiente: un guitarrista brillante como lo es Earl; una sección rítmica versátil y dinámica, encabezada por Mudcat Ward y John Rossi; variedad de guitarristas rítmicos, Peter Ward, Kid Bangham y Gerry Lewis; tres cantantes con mucho soul como Ron Levy, Curtis Salgado y Sugar “Ray” Norcia; y un par de armónicas serpenteantes como las de Salgado y Jerry Portnoy, quien se luce en Walkin’ and cryin’ y la que compuso junto a Ronnie Earl, Down in Guadalupe. Su aproximación al sonido del Delta en Sittin’ on top of the world es magistral.

John Campbell – A man and his blues (Blue Rock’it / 1994). Por más que su participación haya sido en sólo dos de los nueve temas del disco, no se puede obviar este trabajo formidable junto al legendario John Campbell. Fue grabado en 1988 (aunque recién lo editaron seis años más tarde), gracias al buen gusto de Ronnie Earl. Todo el álbum es una obra maestra del blues más clásico y en los temas en los que aparece Portnoy realmente se hace notar. En Judgment day acompaña la voz densa de Campbell emulando al gran Snooky Pryor. Y en Texas country boy, tema que coescribió con Campbell, hace estallar su armónica para sostener el traqueteo duro de la batería de Per Hanson.

Zora Young -Travelin’ light (Deluge Records / 1991). El disco debut de la cantante nacida en West Point, Mississippi, pero formada musicalmente en una iglesia baptista de Chicago, es excelente. Tiene un sonido clásico, aunque con un espíritu más moderno. Aquí el papel de Jerry Portnoy en la armónica podría decirse que es secundario, pese a que la rompe en Queen bee y Stumbling blocks and stepping stones. Lo más importante es su tarea como productor junto a Steve Bloch y Randy Labbe. Ellos lograron darle a Zora Young el sonido que necesitaba y equilibrarlo con su imponente personalidad. Por eso el resultado final no es sólo la descollante performance de la artista, sino también todo lo que la rodeó a la hora de hacerlo.

Además, Portnoy participó en decenas de discos más y editó tres álbumes en solitario: Poison kisses (Modern Blues Recordings / 1991), Home run hitter (Indigo / 1995) y Down in the mood room (Tiny Town Records / 2002). Su último trabajo, en el que contó con la participación de Duke Robillard, recibió reseñas muy favorables de prestigiosas publicaciones como Down Beat, Chicago Sun y Jazz Review. Ese disco demuestra que Portnoy además de ser un músico de blues exquisito, también es un hombre que no teme a incursionar en otros terrenos como el del de jazz.

lunes, 7 de mayo de 2012

Crosby, Stills & Nash, la historia viva del rock

Fotos: Carlos G. Vertanessian
Un pedazo enorme de la historia del rock se presentó ayer en el Luna Park. Tres nombres que, juntos, separados o en otras bandas, conforman el ADN de la música de finales de los 60 y comienzos de los 70. Crosby, Stills & Nash dejó su sello ante un público enfervorizado: casi tres horas de show, 26 canciones y una energía sorprendente para tipos que llevan casi 50 años en la ruta.

“¡Al fin! Hola Argentina”, fueron las palabras en español que eligió Graham Nash para dar comienzo al show y luego los tres arremetieron con tres clásicos: Carry on, tema que abre su disco Déjà vu, de 1970; Marrakesh express y Long time gone, de su excelente álbum debut de 1969, en los que Stills estremeció con unos solos de guitarra punzantes. “Gracias por venir a vernos. Lo sé, lo sé… 43 años”, comentó Nash cuando desde la platea alzaron un cartel que decía el tiempo que los estuvieron esperando.

Siguieron con una tanda de temas menos conocidos. Primero con Military madness, de la etapa solista de Graham Nash; luego con Southern cross, del disco Daylight again (1982) y después con Lay me down, escrita por el tecladista James Raymond y editada en el álbum de Crosby y Nash, de 2004. Una versión vibrante de Almost gone (The Ballad of Bradley Manning), con un coro casi Stone, reveló al público argentino la historia del militar estadounidense que fue detenido en Irak acusado de haber filtrado información a Wikileaks. Wasted on the way, también de Daylight again, y Radio, una canción nueva, precedieron a tres clásicos que cerrarían la primera parte del show: Bluebird, escrita por Stills cuando estaba en Buffalo Springfield, Déjà vu –Nash se destacó con un solo de armónica- y Wooden ships.

Déjà vu derivó en una especia de improvisación jazzera en la que todos los músicos que los acompañan hicieron un pequeño solo. A los tecladistas James Raymond y Todd Caldwell se le suman tres profesionales de alto rango: Shayne Fontaine, guitarrista que tocó con Bruce Springsteen y Sting; Kevin McCormick, bajista de Jackson Browne; y Steve Distanislao, baterista de David Gilmour.

El intervalo duró poco más de 15 minutos. “Vamos a hacer unas canciones tranquilas”, anunció Nash nuevamente frente al micrófono. El trío, sin la banda en el escenario, con Stills tocando la guitarra acústica, emocionó con una versión intimista de Helplessly hoping. Así, en soledad, demostraron una vez más que fueron, son y serán la Selección de las Armonías Vocales, rubro en el que sólo los Beatles podrían hacerle competencia. Otro tema solista de Nash, In your name, dio pie al único cover de la noche. “No sabemos si tocar canciones de otros porque nosotros tenemos muchas, pero este es un gran tema de Bob Dylan”, anticipó Crosby antes de que empezaran a cantar una bucólica versión de Girl from the north country.

Y así siguieron saltando en el tiempo, cruzando temas propios de épocas distintas: As I come of age, de Stills solista; Guinevere, del disco de 1969; Jesus of Rio, de Crosby y Nash; So begins the task, de la época de Stills con Manassas; y Cathedral, grabada en 1977 para el álbum CSN. El final trajo un hit detrás de otro. Our house, de Déjà vu, fue la primera canción que el público coreó el estribillo con devoción. Almost cut my hair bañó de setentismo al Luna Park y Crosby se lució con un registro vocal memorable. Luego vino Love the one your with, que también tuvo una participación contundente de la gente. Los bises fueron el clásico de Buffalo Springfield, For what is worth, y la archiconocida Teach your children. Los músicos volvieron a dejar el escenario. Pero la ovación fue tan fuerte que volvieron una vez más. Tal vez pensaron que 43 años fue mucho tiempo y por eso nos regalaron un epílogo sensacional con Suite: Judy blue eyes. Fue una noche mágica e inolvidable. La historia viva del rock delante nuestro, al fin… y apenas una semana después que Dylan. ¿Qué más se puede pedir?


sábado, 5 de mayo de 2012

Realeza sureña

Mike Zito, Cyril Neville y Devon Allman
Royal Southern Brotherhood es una nueva súper banda formada por músicos que se propusieron revalorizar la música sureña con un combo de rock and roll, blues, soul y una pizca de Nueva Orleans. Los integrantes son Cyril Neville, cantante y percusionista, miembro del clan Neville, uno de los más prominentes de la Ciudad Creciente; el guitarrista Devon Allman, hijo de Gregg y sobrino de Duane; y Mike Zito, otro guitarrista de St. Louis, que ya tiene tres discos editados para el sello Electro Groove, y otros tres de manera independiente. La sección rítmica la conforman el bajista Charlie Wooten y el baterista Yonrico Scott.

Producido por Jim Gaines –trabajó con Stevie Ray Vaughan, Santana, Luther Allison y Jimmy Thackery, entre muchos otros-, y grabado en Maurice, Louisiana, el álbum editado por el sello Ruf tiene doce temas que fueron compuestos por ellos mismos. Comienza con una poderoso rock, New horizons, en el que las guitarras estallan por encima de una base rítmica contundente. Fired up, el segundo tema, tiene el sello de Cyril Neville. Él canta y destila un mix de sonidos latinos y soul sureño. Left my heart in Memphis, de Devon Allman, está en el camino de la balada pero no termina de serlo, es una canción con ritmo cansino en la que el hijo de Gregg Allman sorprende con su registro vocal. Moonlight over the Mississippi está en la línea de New horizons, aunque un poco más tranquila. La guitarra de Mike Zito suena venenosa, especialmente en el solo que comienza en el 1:40. Fire on the mountain empieza con una alternancia entre la guitarra con wah wah de Allman y la percusión de Neville. Lo mismo pasa con las voces: Nevilla canta y Allman, Zito y Scott se encargan de responderle.

En Ways about you, Zito inmiscuye sus seis cuerdas bluseras al servicio de una balada rockera. Gotta keep rockin’ es tal vez el mejor ejemplo de la combinación de un Allman y un Neville, es la cruza perfecta entre el southern rock surgido en Georgia y la esponja musical que es Nueva Orleans. La banda luego arremete con Nowhere to hide, que comienza con un slide deslizándose por las cuerdas de una National Steel guitar y va ganando en intensidad con el correr de los segundos. Hurts my heart es 100% Mike Zito, un rock con un estribillo casi Stone. Sweet jelly donut nos lleva otra vez directamente a Nueva Orleans: la percusión de Neville gana protagonismo y alterna con las dos guitarras afiladas, la de Allman con el slide. El disco termina con el que estimo será el hit. All around the world, escrita por Zito, tiene un estribillo pegadizo y una melodía destinada a las radios FM. Pero no es todo: hay un bonus track, un tema instrumental animado, a modo de zapada, que es el epílogo perfecto para el disco debut de esta súper banda surgida de las entrañas de la realeza sureña.

jueves, 3 de mayo de 2012

El alma de Florencia

Florencia Andrada tiene todo para ser una estrella: una voz formidable, una exquisita presencia escénica y una muy buena formación musical. Anoche dio show muy interesante en Perón Perón acompañada apenas por una guitarra y un contrabajo. Durante una hora mechó blues y soul, y se animó a interpretar temas de Sugar Pie DeSanto, Ray Charles y hasta Nobody’s fault but mine, un viejo góspel que grabó por primera vez Blind Willie Johnson en 1927.

El marco fue el bar de Palermo en el que todos los miércoles se realiza el ciclo acústico de Blues en Movimiento. El show de Florencia no fue acústico, aunque mantuvo su espíritu. Julio Fabiani acompañó con una Gibson Les Paul Negra y Cristian Ferreira marcó el ritmo. Si bien en el comienzo la guitarra estaba muy arriba, ya para el tercer tema todo había mejorado. Florencia tiene un gran registro vocal y una muy buena pronunciación del inglés. Encaró con mucha convicción A change is gonna come, de Sam Cooke, y I just want to make love to you, inspirada en Etta James. Sobre el final se apartó de los clásicos e hizo Me and Mr. Jones, un cover de Amy Winehouse muy bluseado. Pero de inmediato volvió a las fuentes con una versión de Bumble bee, y la tradicional Everyday I have the blues. También cantó un tema propio, el único en español de la noche.

Florencia tiene varios frentes abiertos: es corista de Támesis, una de las mejores bandas de rock del último año; está grabando de manera independiente un disco de soul con temas propios (con la guitarra de Roberto Porzio y otros buenos músicos locales); y cada vez que puede se presenta en vivo para exponer su alma cantando. Florencia tiene un futuro enorme. Se nota que está atravesando el camino en el que el artista tiene que desprenderse de sus influencias sin dejar de escucharlas para encontrar su propia voz. De a poco, con esfuerzo y mucho trabajo, lo está logrando.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Por el Delta del Mississippi


Tumba de James "Son" Thomas, Leland.
La calle en la que nació Willie Dixon, Vicksburg.


El pueblo en el que nació Muddy Waters, Rolling Fork.

Highway 61 Museum, Leland.

Mural, Leland.

Tumba de Asie Payton, Holly Ridge.

B.B. King Museum, Indianola.

Mural, Clarksdale.

Juke joint, Clarksdale.

Mural, Helena, Arkansas.