martes, 30 de agosto de 2011

El último eslabón

Se fue el último eslabón con el blues originario del Delta. David “Honeyboy” Edwards murió a los 96 años y hasta hace muy poco seguía presentándose en vivo, con menos intensidad que antes pero con el mismo espíritu. Honeyboy fue una figura central de la historia del blues. Contemporáneo de Big Joe Williams, Charley Patton y Son House, fue amigo y compañero de ruta de Robert Johnson. En 1942, lo descubrió Alan Lomax, quien lo grabó en Clarksdale, Mississippi. Años más tarde, Honeyboy transitó el sendero hacia el norte, como un gran número de la población negra del sur, y se instaló en Chicago. Allí se ganó un lugar y con el tiempo se volvió en uno de los músicos más respetados de la ciudad, siempre respetando la tradición de la tierra en la que nació.

En marzo de 1993 Honeyboy visitó Buenos Aires. Tocó como telonero de Jimmy Rogers en el Teatro Opera. No recuerdo muchos detalles de aquel recital, pero sí retengo algunas imágenes en mi mente. También conservo la entrada y un recorte con la reseña del show que César Padrines escribió para La Nación:

“Cada uno con su estilo, Honeboy y Jimmy Rogers respetaron el purismo del blues. El primero, con una guitarra Gibson Recording de media caja y una forma de tocar similar a la que empleaban los músicos de los antiguos barrelhouse, recreó los viejos blues, inclusive algunos como Sweet Home Chicago, del legendario Robert Johnson.

Estático, casi como un Buda negro, Honeyboy deleitó a quienes fueron en busca de los tradicionales blues. Con un estilo formado en el viejo Mississippi, Honeyboy (junto con Michael Frank en armónica) avanzó sobre una suerte de repaso de los viejos temas. Con total tranquilidad, a
un sin perderla cuando se iba de tiempo, Edwards demostró un profundo conocimiento del blues.

Uno de los mejores momentos del blusero, con sus 77 años, fue cuando interpretó otro tema de Johnson, The Phonograph blues: su voz, característica del sur de los Estados Unidos, alcanzó un excelente registro. También brilló en el cierre de su actuación con la versión instrumental de Aleluya como la amo, de Ray Charles (…)”.

Si nunca escuchaste a Honeyboy, ahora es un buen momento para
que su música se mantenga viva. Una buena forma de empezar es el compilado Delta bluesman o el disco que grabó junto a Sunnyland Slim, Big Walter Horton y Floyd Jones para el sello Earwig, Old friends, que de hecho son los más fáciles de conseguir. En esos dos cd’s están condensadas décadas del más puro blues, el de un artista centenario y que siempre fue fiel a sus raíces.

domingo, 28 de agosto de 2011

El futuro del blues


La versión de Purple rain que interpretó Slam Allen sobre el final del show fue uno de los mejores momentos musicales que me tocó vivir en La Trastienda. El sonido limpio de su guitarra y su canto sentido transformaron el tema de Prince, emblema de la década del ochenta, en un blues de raíces profundas pero con una impronta muy actual. Esa es la magia de Slam Allen. Él no necesita promocionarse como un artista 110 por ciento blues. Eso es apenas un slogan que no significa absolutamente nada. La fusión de estilos no altera la esencia. Con Slam el blues está ahí, arriba del escenario. Brota de su guitarra. Fluye por sus venas y sus arterias. Nace en sus entrañas.

Está claro que a Slam Allen no le gusta el encasillamiento. Es un hombre de blues, definitivamente. Pero también es un soulman. Y a la hora de elegir canciones no se ciñe al repertorio clásico. Puede pasar de una explosiva versión de How blue can you get a una delicada interpretación de Baby can I hold you, de Tracy Chapman, y luego recrear el espíritu de Jimi Hendrix con Hey Joe, para cerrar con una animada Sweet Home Chicago.

Pese a su enorme figura, Slam no es un artista estático. Durante la hora y media que duró su show se bajó dos veces del escenario. La primera lo hizo con su guitarra, mientras la banda mantenía el ritmo de blues. Slam recorrió las mesas y, sin parar de tocar posó para las fotos, le dio la mano a todo aquél que se la tendió e incluso intercambió unos besos con una rubia que no tuvo pudor en acercársele de manera muy provocativa. Sobre el final del show volvió a bajar. Esta vez sin su guitarra. Otra vez caminó entre las mesas, agradecido, y saludó a todos los que pudo.

Otro de los puntos altos de la noche fue la sinergía que logró Slam con Nasta Súper. La banda ya había tenido una muy buena experiencia a principios de año cuando secundó a Chris Cain en el mismo escenario. Ahora, con mucha profesionalidad y sentimiento hicieron lo mismo con Slam. Por momentos, hasta pareció que hubieran tocado juntos durante muchos años. Gabriel Cabiaglia, Mauro Cerielo y Walter Galeazzi sostuvieron la base rítmica con fluidez y entusiasmo, pese a que el guitarrista Rafael Nasta pareció un tanto arrogante en algunos pasajes.

La voz de Slam condensa sus influencias: Otis Redding, Sam Cooke, BB King y Hendrix se mezclan en cada estrofa que canta. No por nada James Cotton lo eligió para cantar en su banda. Slam va a cumplir 45 años el mes que viene y todavía tiene mucho por delante. Entrelaza el pasado y la tradición con todo lo que está por venir. Él es el futuro del blues.

viernes, 26 de agosto de 2011

Mucho más que un tributo

Steve Cropper no es un nombre menor en la historia de la música. Fue el guitarrista de Booker T & The MG’s, tocó junto a Otis Redding, Sam & Dave y Wilson Pickett, y se hizo famoso con la película de los Blues Brothers, grupo en el que todavía sigue tocando pese a las múltiples bajas sufridas a lo largo de los últimos treinta años. Su nombre está emparentado con el sello Stax y la época más creativa de la música soul. Ahora acaba de sacar un disco brillante: un homenaje a la banda que más lo influenció en su juventud, The 5 Royales.

Dedicated es un álbum que tiene una producción exquisita, muy buenas interpretaciones y un listado de músicos invitados de lujo: B.B. King, Lucinda Williams, Steve Winwood, Brian May, Shemeika Copeland, Delbert McClinton, John Popper, Sharon Jones y Bettye LaVette. Pero además, Cropper se rodeó de una banda muy sólida conformada por Buddy Miller (guitarra), Sponner Oldham (teclados), Steve Ferrone (batería) y David Hood (bajo), además de Neal Sugarman y John Tiven en los vientos.

The 5 Royales fue una banda que no trascendió en el tiempo, pero en su momento tuvo una importancia significativa en el salto creativo e interpretativo que hubo del R&B de los cincuenta al soul propiamente dicho. La banda tuvo siete temas en el top ten de los charts entre 1952 y 1953. Algunos de sus temas fueron popularizados tiempo después por otros artistas: James Brown y Aretha Franklin versionaron Think, Ray Charles hizo lo propio con Tell the truth y The Mamas and The Papas con Dedicated to the one I love. Steve Cropper contó en varias entrevistas que lo que más lo marcó de los 5 Royales fue su guitarrista, Lowman Pauling.

La guitarra de Cropper suena majestuosa desde el primer acorde en Thirty second lover, en el que el cantante inglés Steve Winwood da rienda suelta a su costado más soulero. Uno de los puntos más altos del disco es cuando B.B. King y su Lucille toman las riendas de Baby don't do it y comparte la letra junto a Shemeika Copeland, la mejor cantante de blues actual, según las palabras del propio Cropper. Dedicated to the one I love también es formidable gracias al dueto de Winwood y Lucinda Williams. Y la versión instrumental de Think suena como si los MG’s estuvieran en plena vigencia. Dedicated es mucho más que un tributo. Es la revalorización histórica de un grupo que hace 60 años fue el puente entre los sonidos del ayer y la música de hoy.

domingo, 21 de agosto de 2011

JC's blues

JC Smith es un tipo fornido y esbelto. Su gran humanidad no pasa desapercibida. Viste un sobretodo rojo, de un rojo muy chillón, y un sombrero oscuro. Debajo, lleva un pantalón también rojo y un chaleco a tono por encima de una camisa negra. Detrás de su gran sonrisa asoman unos dientes enormes y blancos que contrastan con su piel morena. Parece un chulo de esos que se esconden en sombríos callejones, pero su actitud es muy diferente. Camina hacia el escenario del pub Mr. Jones con la convicción de los tipos que disfrutan de lo que hacen. Y eso es tocar.

Sobre la pequeña tarima lo espera el guitarrista Martín Luka con su banda. JC toma su Gibson Les Paul y el blues toma vuelo. Mr. Jones está repleto. Ese pequeño bar estilo Chicago, enquistado en el corazón de Ramos Mejía, en uno de los vértices de la populosa La Matanza, vibra al ritmo del blues. JC anima. JC insita al baile. Algunos se mueven con ganas. Otros prefieren quedarse sentados y seguir bebiendo, pero sus cabezas no pueden resistir el impulso de la música que baja como un aluvión desde el escenario. JC está por tercera vez en la Argentina y esta vez tiene un motivo muy importante: presentar su flamante DVD, que fue grabado en el mismo lugar el año pasado.

Suena la campana que está junto a la barra. Una y otra vez. Eso no significa otra cosa que fiesta, diversión. JC vive en San José, California. Pero su estilo no es decididamente de la Costa Oeste. Tiene un anclaje emocional en Chicago, pese a que tampoco suena tan esquemático como los músicos más apegados a la tradición de esa ciudad. Sus solos no son tan prolongados y deja lugar para que los miembros de la banda hagan lo suyo. JC es un gran cantante. No tiene que impostar la voz. Todo le sale de manera muy natural.

En la mitad de la primera parte, hay cambio de músicos. Martín Luka y su saxofonista Giuseppe Puopolo dejan el escenario y sube una sección de vientos (dos saxos y un trombón) que le dan una impronta todavía más festiva a la música de JC. En el segundo set, luego de un breve receso en el que JC en vez de descansar aprovecha para sacarse fotos con el público, suben un par de invitados y todo se transforma en una gran zapada. Primero la cantante Nina Portela y luego el guitarrista de Andrés Calamaro, Diego García, quien canta Before you accuse y luego interpreta un shuffle instrumental con JC aporreando la batería.

El repertorio tiene de todo: desde Sweet home Chicago y Look over yonders wall, hasta Black night y Natural ball. Para el cierre JC llama de nuevo a Martín Luka. La campana suena sin parar. JC deja en claro que, pese a no ser un artista tan conocido, se destaca por su energía y carisma. La gente así lo entiende y lo despide con un fuerte aplauso. JC baja del escenario y allí, entre las mesas lo espera su mujer, Tina. “Estás todo sudado”, le dice. JC se aleja con una sonrisa y ella me mira y me dice: “Menos mal, porque si un músico no suda en el escenario es porque hay algo que está mal”.

JC Smith se presentará en vivo en La Trastienda el jueves 1º de septiembre

miércoles, 17 de agosto de 2011

Wine song 45

Rod Piazza es uno de los armonicistas más exquisitos que haya surgido de la Costa Oeste. Heredero de George “Harmonica” Smith, es dueño de un swing poderoso y además es un gran cantante. Apoyado en una banda notable, los All Mighty Flyers, lleva cuarenta años en la ruta. En su último disco, The almighty dollar, interpreta una soberbia versión de un tema de Jimmy Binkley y Carl Herman: WINE, WINE, WINE. La letra dice: Dame un gran vaso de vino / me voy a sentar en el bar (…) La armónica suena fabulosa y el saxo de Henry Van Sickle acompaña con precisión y mucho groove.

domingo, 14 de agosto de 2011

Música por el mundo III

Gigantografía de Muddy Waters. Disquería Virgin, Londres. Abril de 2007

Joe Bonamassa. Festival de Blues de Notodden, Noruega. Agosto de 2011.

Banda de jazz callejera. Estocolmo, Suecia. Julio de 2011.

Tumba de Michel Petrucciani. Cementerio Pere Lachaise, París, Francia. Agosto 2011.

Entrada a House of Blues. Boston, Estados Unidos. Marzo de 2011.


Banda callejera de música folcórica. Oslo, Noruega. Agosto de 2011.

Guitarra de Kid Andersen. Festival de Blues de Notodden. Agosto de 2011.

Banda de música tradicional cubana. La Habana, Cuba. Marzo de 2006.

Músico callejero. Brujas, Bélgica. Agosto de 2011.

Festival de Jazz de Las Condes. Santiago de Chile. Febrero de 2010.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Retratos del Festival

Bienvenidos a Notodden

Tony Joe White

Blues fan

Beth Hart

John Nemeth

Warren Haynes

Lil' Ed & The Blues Imperials

Locos por los Blues Brothers

Used cd's

Play the blues

domingo, 7 de agosto de 2011

Notodden Blues Festival: día 3

Empecé el día -tercero y último del festival- otra vez en la Biblioteca de Notodden. ¿El motivo? Una conferencia de prensa de Warren Haynes, apenas una hora y media antes de su show. Luego de escucharlo reflexionar sobre su vida, los Allman Brothers, Gov't Mule y su carrera solista fui hacia el escenario principal, el Brygga, para verlo en vivo. En marzo de este año tuve la oportunidad de asistir a un recital de los Allman Brothers en el Beacon Theatre de Nueva York y su show aquí fue el complemento ideal.

Empezó a las 14.30. A diferencia del día anterior, el sol ardía con furia. Pese a eso, la mayoría de la gente trasegaba cerveza sin reparos. Warren se presentó con su banda -conformada con un saxo, teclados, bajo, batería y una corista- y durante una hora y cuarto tocó casi todos los temas de su último disco, Man in motion. Justamente con el track que da nombre al álbum abrió el show. Luego siguió con River's gonna rise, Save me y Your wildest dreams. Después interpretó una gran versión de Born under a bad sign, de Albert King, y siguió con I'll be the one, de su disco Tales of the ordinary madness. En el tramo final tocó otras dos canciones de Man in motion, Hattiesburg hustle y la bellísima On a real lonely night. El cierre fue con Soulshine, de los Allman Brothers. Su show fue impresionante: Warren no es sólo un excelente guitarrista, sino que también es un cantante formidable y un notable compositor.

Media hora después se presentó The Original Blues Brothers Band. De original tiene muy poco: apenas el guitarrista Steve Cropper y el saxofonista Lou Marini. El resto son músicos que se fueron incorporando con el tiempo. De todos los shows anunciados, éste era el que menos me entusiasmaba. En cambio, para los noruegos era algo así como el broche de oro del festival. Me sorprendió ver decenas de personas vestidas con el clásico atuendo de los Blues Brothers. Admiradores puros y sin verguenza. El recital no estuvo tan mal, al menos desde lo instrumental. Fue entretenido, pero tranquilamente podría ser el show de un hotel de veraneo o de un crucero. En lugar de John Belushi y Dan Aykroyd aparecen dos imitadores que hacen lo suyo con ganas. Pero son eso, imitadores. Tocaron todos los hits de la banda: desde Peter Gunn y Going back to Miami hasta el cierre con Sweet Home Chicago y Everybody needs somebody to love, pasando por Shotgun blues, She caught the katy y Knock on wood, entre otras.

Por la noche hubo más blues. Lil' Ed Williams es un tipo muy simpático. Todo lo que hace arriba del escenario es divertido. Las letras de sus canciones tienen doble sentido y son muy graciosas. Su vestimenta siempre es llamativa -infaltable el fez en su cabeza-, pero lejos está de ser un payaso o un comediante. Es uno de los mejores músicos de Chicago. La diferencia con tantos otros es que él se toma las cosas con humor y logró consolidar su personaje. Sobrino y heredero del legendario J.B. Hutto, Lil' Ed es un maestro del slide. Así lo demostró sobre uno de los escenarios de Notodden. Se presentó junto a su banda, los Blues Imperials, y desplegó todos los trucos que sabe. Fue una actuación explosiva. El tipo hasta se bajó del escenario y siguió tocando entre la gente.

El festival tenía una agenda apretada. El show de Kid Ramos era casi a la misma hora en un escenario que está a unas tres cuadras de donde se presentaba Lil' Ed. Así que al cabo de una hora partí raudo para tratar de ver, aunque sea, unas canciones del ex guitarrista de los Fabulous Thunderbirds. Y así fue. Llegué para el final de su show junto a la banda noruega Billy T. Band. Al menos lo escuché tocar un poco del sonido del West Coast durante unos 15 minutos. En el frenesí me perdí a Lynwood Slim. Pero bueno, todo no se puede.

El cierre del festival, al menos para mí ya que en otro escenario se presentaba por segunda vez The Dana Fuchs Band, fue con Elvin
Bishop y su Hell Raisin' Revue. Bishop apenas puede cantar pero no ha perdido las mañas. Lo mejor de su repertorio fue cuando se embarcó en punzantes solos con el slide. Su show tuvo espíritu de zapada. Primero invitó al guitarrista noruego Kid Andersen y luego al cantante Finis Tasby, quien también tiene sus problemas para cantar, en este caso por su avanzada edad. Tasby apenas estuvo cuatro temas arriba del escenario, pero al menos interpretó una hermosa versión de River's invitation, de Percy Mayfield. Luego subió el cantante y armoniquista John Nemeth, quien le puso un poco más de onda al canto, especialmente con Night time is the right time.

Tal vez al calor que hacía en el galpón donde tocaba Elvin Bishop y compañía no me permitió presagiar el frío que empezó a hacer afuera. De la nada, la temperatura bajó casi 20 grados y tuve mi dosis, pequeña pero dosis al fin, del frío nórdico. Caminé la calle que recorre el centro de la ciudad hacia mi alojamiento. Atrás quedaba la música, decenas de borrachos tambaleantes y el blues, ese que durante tres días llenó mi cabeza, mi alma y mi vida.

sábado, 6 de agosto de 2011

Notodden Blues Festival: día 2


El segundo día del festival fue muy intenso. En apenas 12 horas vi a Tony Joe White, Beth Hart, Black Country Communion, el legendario Eric Burdon y a la nueva tropa de Trampled Under Foot.¡Impresionante!

Pocas veces en mi vida me tocó una jornada con tanta música de primer nivel y tan variada, dando saltos entre la historia del rock y el futuro más inmediato. Todo empezó a las 12 del mediodía con el show de Little Andrew, un guitarrista noruego que toca puro shuffle texano. Su banda suena compacta y entretenida. Todos están lookeados como si fueran la reencarnación de los Fabulous Thunderbirds. De allí me fui a la biblioteca de Notodden, donde había unas charlas de blues con algunos de los protagonistas del festival. Entrevistados por Art Tipaldi, escuché responder sobre sus vida y su música a la dulce Beth Hart y a dos tipos que vienen bluseando desde hace décadas: Lil' Ed Williams y Steve Cropper. Luego se imrpovisó una conferencia de prensa.

Cuando salí de la biblioteca la lluvia caía a raudales y sólo aflojaría por momentos, por lo que el resto de los shows tuvieron ese condimento especial. Luego de un breve descanso, sobre las cinco de la tarde, me encontré con la figura emblemática de Tony Joe White. Él, con su Fender Stratocaster y su armónica, más el acompañamiento de un baterista, desplegó todo el rigor del pantano en un escenario que fue armado para la ocasión, como si fuera el porche de una casa del Louisiana. La voz de White es profunda, cavernosa e hipnótica y el sonido de su guitarra es sucio y aguerrido. Tocó muchos temas de su último disco -The Shine (2010)- pero también otros temas como Undercover agent for the blues y Roosevelt and Ira Lee. Por supuesto que no defraudó al público y cerró con su clásico Polk Salad Annie y toda la furia del wah wah de su guitarra.

Salí corriendo de allí y a toda velocidad me fui hasta el escenario principal del festival, el Brygga. Cuando llegué, Beth Hart ya había comenzado con su mix de rock, soul y blues. Yo no conocía mucho a esta cantante estadounidense, apenas pude escuchar antes de viajar algunas canciones de su último álbum. Pero me llevé una gran impresión. Tiene el carisma de una gran estrella de rock y una sencillez fabulosa. Alternando entre el piano y la guitarra acústica cantó unas diez canciones propias y cerró con una sublime versión de A change is gonna come, de Sam Cooke.

Y por si la gente quería rock and roll, a las ocho en punto aparecieron ellos: Black Country Communion, el súper grupo zeppelinesco formado por Joe Bonamassa, Glenn Hughes, Jason Bonham y Derek Sherinian. Fue demoledor. La garúa, que hasta ese momento permanecía inalterable, se transformó en densas gotas, pero eso no impidió que la gente enloqueciera con la potencia de BCC. Es que la fórmula de la banda es tremenda. Ver a Glenn Hughes en acción es rock. Creo que después de Keith Richards y Angus Young es el músico con más actitud rockera del mundo. Y lo de Bonamassa, a esta altura, roza lo sobrenatural. ¡Qué guitarrista magnífico! Durante una hora y media tocaron canciones de sus dos discos. El único tema outsider fue The ballad of John Henry, de Bonamassa solista, en el que atacó con el slide como si fuera una sevillana afilada. Definitivamente, BCC está marcando el nuevo camino del rock and roll.

Y a correr de nuevo. Tenía 15 minutos para atravesar unas diez cuadras y lo pude hacer a tiempo. Es que en otro escenario, esta vez techado, se presentaba nada más y nada menos que el mítico Eric Burdon. El ex líder de los Animals era alguien a quien yo deseaba ver en vivo desde hacía muchísimo tiempo. Fue el tipo que encontró muerto a Jimi Hendrix y uno de los que "peleó" mano a mano con los Stones en los sesentas. Y tocó casi todos sus hits. Empezó con When I was young y luego siguió con Don't let me be misunderstood, San Franciscan nights e It's my life. También cantó varios blues: Before you accuse me, Boom boom y Crawalin' kignsnake, en los que dejó salir con toda la fuerza al hombre negro que está atrapado en él. Dejó lo que todos esperaban para el final. Con House of the rising sun hizo cantar a todo el mundo. Apoyado en una banda conformada por músicos texanos, Burdon realmente logró teletransportar a todos a lo más profundo de la década del sesenta.

El cierre, ya pasadas las 12 de la noche y cuando el cansancio era una realidad inevitable, fue con la banda de los hermanos Nick, Kris y Danielle Schnebelen, Trampled Under Foot. Nick ganó hace un par de años el premio Albert King al mejor nuevo talento del blues. La banda suena muy poderosa y tiene un futuro fabuloso. Realmente fue una jornada de blues y rock inolvidable e inconmparable, uno de esos instantes mágicos que hacen que la vida sea increíble.

viernes, 5 de agosto de 2011

Notodden Blues Festival: día 1

Notodden es una pequeña ciudad noruega que está a dos horas al oeste de Oslo y en la que viven unas 15 mil almas. Rodeada de montañas bajas, un gran lago y espesos bosques de pinos, podría ser una ciudad más como tantas otras. Pero no lo es: desde hace más de 20 años, todos los meses de agosto, Notodden se inunda de blues. Pese a estar tan lejos del Mississippi o Chicago, es un lugar donde se vive y se siente al ritmo del blues. La explicación es sencilla: hace un tiempo un grupo de amigos y amantes del género tuvo la idea de hacer un festival. Les fue tan bien que recibieron apoyo oficial y este año ganaron en Memphis el premio al mejor festival de blues del mundo. En estas dos décadas, tocaron aquí figuras como B.B. King, Buddy Guy, Solomon Burke, Jimmie Vaughan y Luther Allison, entre tantos otros.

El centro comer
cial abarca apenas unas seis o siete manzanas. Ahora están todas repletas de puestos en las que venden discos, remeras, comida, cerveza, artesanías y souvenirs. La orilla del lago y las áreas verdes más cercanas a la ciudad se convirtieron en un gran camping en el que ahora hay centenares de carpas y casas rodante. El blues no para de sonar en cada rincón de Notodden, tanto en la calle como en los cuatro escenarios montados en los alrededores.

El jueves a la tarde quedó oficialmente inaugurado el festival. Primero hubo un pequeño homenaje a las víctimas de los atentados de Utoya y Oslo, y luego una serie de discursos: los organizadores, la ministra de Cultura de Noruega y la alcaldesa de Notodden. El reconocido periodista de blues Art Tipaldi entregó el premio ganado en Memphis y dijo que Notodden era el mejor lugar en el mundo p
ara escuchar blues. Luego empezó la música. En apenas tres cuartos de hora desfilaron media docena de músicos y bandas que hicieron una especie de introducción de lo que será el festival: el trío polaco los Boogie Boys; las estrellas noruegas Vidar Busk y Rita Engedale; los hermanos Schnebelen, más conocidos como Trampeld Under Foot, que tocaron Let the good times roll junto a su madre Lisa; y por último el legendario Elvin Bishop junto a Kid Andersen que tocaron dos temas antes de que el guitarrista noruego recibiera un premio de los organizadores festival.

Si el ambiente ya estaba caliente, entre tanto blues y alcohol que circulaba por el lugar, cuando subió al escenario The Dana Fuchs Band el infierno se apoderó de todo. Yo no tenía muchas referencias de esta chica y la verdad que fue una notable sorpresa. Nunca había escuchado a una mujer que tuviera el poderío vocal de Janis Joplin. Pero además de cantar bien desde las tripas, Dana Fuchs es muy expresiva y carismática. Apoyada en un un trío muy potente, vertió su combo de blues rock con canciones propias (apenas cantó el estribillo de Ring of fire de Johnny Cash en medio de uno de sus temas). Dana sabe utilizar muy bien su cuerpo arriba del escenario, sus piernas largas y su cadera se contorsionan en una especie de danza sensual y frenética. Ella, que ya se había presentado en este festival el año pasado, realmente logró una sinergia muy apasionada con el público.

El broche de oro
de la prirmera jornada fue Robert Cray, quien parece conservado en formol. Pese a sus 58 años recién cumplidos, no tiene canas ni arrugas. Nada de nada. Cray es uno de los pocos guitarristas vivos al que se lo puede distinguir con una sola nota que toque. Vestido de manera muy sencilla -camisa a cuadros, pantalón negro y ojotas-, abrió el show con Our last time, el mismo tema que en su disco en vivo del año pasado Cookin' in Mobile. Luego tocó 14 temas más -muchos de sus álbumes más recientes- entre los que se destacaron Chicken in the kitchen, Bouncing back y That's what keep me rocking. En el final se despachó con una de las esperadas: Smoking gun, de Strong persuader, uno de los mejores discos de la década del ochenta. La magia de Robert Cray está intacta y su banda suena formidable, especialmente por el hammond enloquecido de Jim Pugh y el groove del bajo de Richard Cousins, que se sostiene en los golpes certeros del baterista Tony Braunagel. Una mujer de pelo corto y unos 50 años a cuestas, que estaba al lado mío, balbuceó unas palabras en noruego que no entendí, desde luego, y entonces me lo dijo en inglés: "Él es distinto a todos los demás bluesmen porque es un romántico. Por eso nos gusta tanto a las mujeres". ¿Será así? Tal vez. Lo cierto es que el bueno de Cray, muchas veces despreciado por los más puristas, dio una lección de blues descomunal con sus solos precisos, a los que acompaña con muecas de su boca, y una sencillez desbordada de talento.

martes, 2 de agosto de 2011

En el camino

Dejé atrás Estocolmo en un flamante micro de larga distancia que atravesó rutas impecables por las que apenas pasan autos. Campos verdes y pinos, leves colinas y pequeños lagos conformaron el paisaje durante gran parte del viaje. Voy rumbo a la ciudad de Notodden, en Noruega, a uno de los festivales de blues más importantes de Europa. Pero antes decidí hacer una parada en la ciudad sueca de Kalstad, uno de esos paraísos que parace que sólo existen en el cine o la televisión. Si bien no tiene grandes atractivos turísticos para los extranjeros que visitan Europa, es un sitio bendecido por la naturaleza y el clima (estoy hablando del verano, supongo que el invierno debe ser duro). Un hermoso e irregular lago baña sus márgenes y hace que todo en Karlstad gire a su alrededor. Mucho verde, pequeñas playas y aire limpio. Mientras el sol abraza cada rincón de la ciudad, en el centro se erige un pequeño escenario en el que una banda (familiar) rockea a más no poder. Tienen más ganas que destreza, pero eso no importa. Suenan canciones de Creedence y clásicos del rock. La gente los escucha con atención. Yo hago lo mismo. Un alto en el camino que no olvidaré jamás