domingo, 29 de mayo de 2011

Celebration

Elvin Bishop lleva más de 40 años en la ruta. Recorrió cientos de caminos. De norte a sur y de este a oeste. No debe haber una sola ciudad en los Estados Unidos en la que no se haya presentado en vivo. La senda del blues también lo llevó a Europa. Ahora, a poco de cumplir 70 años, acaba de editar un nuevo álbum. Pero esta vez no lo hizo en un estudio, ni el escenario de un bar o un teatro, sino que le sacó blues a su Gibson mientras fluía bajo sus pies el agua del mar Caribe.

Este es el segundo disco que se edita en el año en vivo en el Legendary Rhythm & Blues Cruise. El anterior, de Joe Louis Walker, contó con una selección de de invitados como Johnny Winter y Kenny Neal. En éste, en cambio, no hay desfile de músicos sino que se trata de una banda muy sólida encabezada por John Nemeth, el guitarrista noruego Kid Andersen, Finis Tasby, Bob Welsh y Terry Hanck.

Todo el disco tiene un espíritu de celebración en el que Bishop vuelca todas sus influencias. El R&B se mezcla con el blues de Chicago y con un boogie de raíces. Por momentos la guitarra con slide captura la escena. La armónica de Nemeth y el saxo Hanck alternan entre un tema y otro al igual que las voces. Los coros por momentos le vuelvan una dosis de gospel al show.

La selección de canciones es un lujo. Hay varios clásicos como The night time is the right time, It hurts me too, Dyin' flu o la fabulosa River’s invitation, de Percy Mayfield. Y por supuesto hay una nueva versión de Fooled around and fell in love, el tema que llevó a Bishop al tope de los ránkings a mediados de los setenta. Esta vez el cantante no es Mickey Thomas como en aquella oportunidad, pero John Nemeth hace un muy buen trabajo.

Bishop es un pedazo de historia viva. Es uno de los pocos sobrevivientes de la legendaria Paul Butterfield Blues Band y su sociedad junto a Little Smokey Smothers todavía perdura en el recuerdo de quienes disfrutaron sus discos. Todo eso está reflejado en Raisin’ Hell Revue, un disco auténtico en el que no hay glamour ni carteles de neón. Se trata de música fluyendo con naturalidad en un clima de puro festejo.

viernes, 27 de mayo de 2011

Del riñón de La Pampa

En la región del Alto Valle del Río Colorado, en la localidad pampeana de 25 de Mayo, hay una porción de tierra desértica de 140 hectáreas que produce unos vinos exquisitos. A quién se le hubiera ocurrido pensar hace unos años que de ese riñón de la provincia de La Pampa, casi en el límite con Neuquén, podrían reverdecer viñedos. La amplitud térmica juega un rol central para que se den variedades muy interesantes como Cabernet Sauvignon, Malbec, Syrah, Merlot, Chardonnay, Sauvignon Blanc y, especialmente, el Cabernet Franc, que de todos los que probé fue el que más me gustó. El 25/5, el vino económico de Bodega del Desierto, es un lujo a un precio más que razonable. Tal vez no sea tan sencillo conseguirlo: hay que buscarlo en vinerías o pedirlo en unos pocos restaurantes. Asi que si alguna vez lo ven en un exhibidor o en una carta no lo duden: pruébenlo.

martes, 24 de mayo de 2011

Bob Dylan, 70

"Bob Dylan es uno de esos personajes que sólo aparecen una vez cada 300 o 400 años".
(Leonard Cohen)


Hoy Dylan cumple 70 años. En estos días se publicaron cientos de notas sobre su figura desde todos los ángulos posibles: su música, su rol en los sesenta, sus incursiones en el cine, sus amores y divorcios, su cambiante relación con las religiones, su intrincada personalidad, el Nobel que nunca le dieron, etc. Supongo que muchos de sus admiradores deben tener a mano decenas de anécdotas relacionadas con el viejo Bob. Estas son las mías:

1) La primera vez que lo vi en vivo fue en 1998 cuando se presentó como telonero de los Rolling Stones en River. Por entonces yo no estaba tan metido en su nueva música y, si bien había escuchado mucho sus discos de los sesenta, no disfruté tanto el show. Tal vez porque estaba en la popular y se veía y escuchaba mal o porque me traicionaba la ansiedad por ver a Jagger y compañía. Pasaron los años y mi interés por su música y su historia creció en forma desmedida. Y Dylan no desapareció, sino que se convirtió en el trovador de los tiempos modernos y en el guardián de la tradición musical más profunda. En abril de 2007 lo volví a ver en vivo. Fue en el Palais Omnisport de París y esa vez si que lo disfruté mucho. El contexto, ya de por sí era muy alentador y su show fue muy intenso, similar al que dio un año después en Vélez. Esa noche fresca, a pocos metros del Sena, me encontré con un Dylan parco, auténtico y genial. Presentó sus nuevas canciones y, a su forma, se burló del público y del tiempo: las reinterpretó a todas y algunos ni se dieron cuenta que estaba tocando It ain't me babe, Like a rolling stone o All along the watchtower. Mercy, Bob.

2) Dylan editó más de cuarenta álbumes oficiales y las discográficas lanzaron al mercado más del doble de compilaciones. Es difícil enumerar cuántas canciones compuso Dylan en medio siglo de carrera. Lo cierto es que debe haber unas 20 o 25 que tranquilamente podrían estar entre las 100 mejores de la historia del rock. Me preguntaron muchas veces cuál es para mí el mejor disco de Dylan. Antes de responder siempre hurgo en mi cabeza en busca de un par de razones para no elegir Highway 61 revisted, pero no las encuentro. Con ese disco hizo su primera reconversión: dejó el folk acústico por el rock bien eléctrico. Además es un álbum que tiene canciones alucinantes como Like a rolling stone, Desolation row, Just like Tom Thumb's blues y Ballad of a thin man, y el guitarrista es nada más y nada menos que Mike Bloomfield. Pero a la hora de elegir cuál de sus canciones es mi favorita, mi respuesta varía según el momento que yo esté atravesando: puede ser Don't think twice, is all right, One more cup of coffee o Gotta serve somebody. Hoy me quedo con Changing of the guards.

3) Esta es una anécdota gloriosa que me contó mi amigo Horacio Aizpeolea, un fanático absoluto de Dylan. Cuando el viejo Bob vino en 1998, Horacio era redactor de Información General de Clarín y José Aleman, su jefe, lo mandó a cubrir la llegada al aeropuerto de Ezeiza. Lo que apenas iba a ser una foto epígrafe se convirtió en una cabeza de página porque Dylan en vez de esperar que fueran a buscarlo los organizadores, paró un taxi y se fue al hotel. La curiosidad periodística picó a Horacio como nunca antes le había sucedido y luego de algunas averiguaciones encontró al taxista. Consiguió data de primera mano para su crónica, pero lo mejor de todo fue que también se quedó con un souvenir invalorable: las cinco colillas de cigarrillos Merit que Dylan había fumado arriba del taxi.

"Yo sólo soy Bob Dylan cuando tengo que ser Bob Dylan. La mayor parte del tiempo quiero ser yo mismo. Bob Dylan nunca piensa sobre Bob Dylan. Yo no pienso en mí mismo como Bob Dylan. Es como dijo Rimbaud: Yo soy el otro."

viernes, 20 de mayo de 2011

El maravilloso mundo de Jack

El que está arriba del escenario, frente a una multitud, no es un rock star. Podría serlo, pero no lo es. Está vestido con un buzo con capucha, remera y jeans. Se lo ve tranquilo. Relajado. Canta y toca la guitarra con mucha naturalidad. Sus melodías son dulces y sencillas. Es imposible no dejarse llevar por cada una de ellas. Jack Johnson por fin está en la Argentina y empieza a transmitir su buena vibra desde el primer acorde.

Es una noche cálida, sin brisa, pese a que estamos más cerca del invierno que del recuerdo del verano. Apenas unas finas nubes cubren el cielo y una luna enorme y amarillenta se posa sobre nosotros. La música fluye en el predio del club GEBA. Jack comienza con You and your heart, el tema que abre su último álbum, To the sea, y sigue con If I had eyes, de su disco anterior, Sleep through the static. La gente parece en trance. Un ritmo tenue hace balancear las cabezas de un lado a otro.

Jack se apoya en una banda muy sólida: Zach Gill, o la versión surfer del “Flaco” Schiavi, es el sostén del combo musical. Sus teclados y sus coros son esenciales para refrendar la onda cool de las melodías de Jack. Merlo, en bajo, marca los tiempos y lleva un groove fabuloso. Adam Topol, más que golpear, acaricia la batería con suavidad.

Recién cuando termina de tocar el quinto tema -Sitting, waiting, wishing- Jack se dirige al público. “Lo siento pero mi español es muy poco”, dice y luego anuncia en inglés que el día anterior fue su cumpleaños y también el de Zach. Recibe un regalo de un grupo de chicas histéricas que se agolpan frente al escenario. La música continúa con un hit detrás de otro. Parece mentira cuántas melodías pegadizas tiene bajo la manga. Upside down, Inaudible melodies y Flake son algunas de las que interpreta en la primera mitad. Unas con la guitarra acústica, otras con la eléctrica.

Después sigue con Red wine, mistakes, mythology y en el último verso cuela el estribillo del clásico de Neil Diamond, que popularizó UB40, Red, red wine. Luego arranca bien abajo. Apenas se escuchan los rasgueos de su guitarra y la letra de Bubble toes se oye más por el público que por él. Algo pasa cuando empieza a cantar Wasting time. Se olvida la letra y se lo toma con tranquilidad. Se ríe y dice que se distrajo con algo. No queda claro con qué. Eso mismo volverá a pasar más adelante con la letra de Same girl. A pocos les importa. Es parte de la sencillez con la que vive y toca. En el final de ese tema homenajea a los Ramones con una versión playera, como no podía ser de otra manera, de I wanna be your boyfriend.

A un costado del escenario, un nene de unos seis o siete años baila todas las canciones. ¿Será su hijo? Zach Gill entona un par de estrofas y sorprende con una voz alucinante. Merlo rapea el final de Staple it together, que comienza con un efecto wah wah de la guitarra y sigue con un solo bluseado. Para Banana pancakes, Jack se arma de un ukelele y le imprime una onda más alegre a la interpretación.

Llega el momento de los bises. Jack sale solo con su guitarra acústica y toca cuatro temas. Para terminar llama a sus músicos y cierran con una versión mellow de Better togerther. El recital de Jack Johnson era como me lo había imaginado. Es algo así como ir a tomar algo a la casa de un buen amigo, descansar en la playa con el mar acariciando los pies o fumarse uno hasta que la sonrisa florezca sin disimulo. Así es el maravilloso mundo de Jack.

TRACK LIST:
1) You and your heart 2) If I had eyes 3) Hope 4) Taylor 5) Sitting, waiting, wishing 6) Go on 7) Upside down 8) The horizon has been defeated 9) Inaudible Melodies 10) Flake 11) Red wine, mistakes, mythology / Red, red wine 12) Bubble toes 13) From the clouds 14) Wasting time 15) Breakdown 16) Banana pancakes 17) Same girl / I wanna be your boyfriend 18) Staple it together 19) Good people 20) At or with me BISES: 21) Do you remember 22) Angel 23) Times like these 24) Gone 25) Better together.

lunes, 16 de mayo de 2011

El espíritu de Chicago

El blues de Chicago está asociado a la guitarra eléctrica y la armónica. El saxo no es uno de esos instrumentos habituales en las bandas de la ciudad. Pero siempre está la excepción que rompe la regla. Ese es el caso de Eddie Shaw, un tipo que lleva tocando más de 40 años y que lo hizo junto a los más grandes del género. Dejó la banda de Muddy Waters para irse a la de Howlin’ Wolf y compartió escenarios con Magic Sam, Freddie King y Otis Rush, entre otros. Cuando Wolf murió, en 1976, él se hizo cargo de la banda y desde entonces nunca dejó de tocar.

Su presentación del sábado en Mr. Jones trasladó el espíritu de Chicago a Ramos Mejía. No voy a entrar en comparaciones sobre si estuvo mejor o peor que otros shows porque la verdad eso no conduce a nada. Fue un buen recital. Entretenido y auténtico. La banda –encabezada por Juan Urbano López y Walter Loscocco- se mantuvo siempre en un segundo plano, más allá de algún solo de guitarra aislado. La prioridad fue la voz wolfesca de Shaw, quien realmente canta blues desde sus entrañas.

La selección de temas fue un compendio de gemas del género. Empezó con Big boss man y terminó con Sweet home Chicago, a la que le mechó el estribillo de The blues is alright. En el medio rindió homenaje a Muddy Waters, Sonny Boy Williamson y, por supuesto, a Howlin’ Wolf con interpretaciones muy sentidas de Little red rooster, Shake it for me y Howlin’ for my baby.

Shaw sostuvo su saxo más de lo que lo tocó, aunque en Goin’ down slow sopló un par de notas muy conmovedoras. Durante las casi dos horas en las que estuvo frente a unas 60 o 70 personas se mostró simpático, especialmente a la hora de hablar de las argentinas. “Les digo una cosa: tienen mujeres muy bonitas aquí. Me estoy volviendo viejo pero no ciego”, bromeó el hombre que hace poco cumplió 74 años.

Fue una noche de buen blues, un viaje imaginario a un bar de Chicago, humoso y estridente, en el que el artista, sus músicos y el público disfrutaron de la noche por igual.

sábado, 14 de mayo de 2011

Revival

Foto: Diego Paruelo / Tiempo Argentino

Hace muchos años, cuando tenía 13 o 14, escuché por primera vez la canción Bad moon rising. Por aquél entonces no tenía mucha idea de música y su ritmo y melodía me llegaron hasta los huesos. En aquél momento, no entendí la dimensión de ese simple acontecimiento. Ahora, un par de décadas después, comprendo que fue el disparador de todo lo que vendría en mi mundo musical. Ese tema me llevó de Creedence a los Stones, de Hendrix a Johnny Winter, de B.B. King a Mike Bloomfield, etc. Fue la llave de entrada a un mundo fabuloso e inagotable, de rock y blues, de leyendas y guitarras. De discos inmortales y anécdotas entrañables.

Lo que viví en el Luna Park el viernes a la noche fue un revival de mi génesis rockera. John Fogerty es un mito viviente. Él fue Creedence. La voz, la guitarra, los temas. Y su show representó todo eso.

Empuñando una dorada y reluciente Gibson Les Paul disparó los acordes de Hey tonight. Después siguió con Green river y el solo pantanoso del final arrimó el fango de Lousiana a Buenos Aires. Pese a que cambió de viola una docena de veces, el sonido de su guitarra predominó en todo momento. Su forma enérgica de cantar, su otra virtud, no se aplacó ni por un instante. En total tocó 26 canciones y apenas recurrió a un par de temas de sus discos solistas. Sorprendió con Pretty woman, de Roy Orbison, y Summertime blues, de Eddie Cochran, y luego se dedicó a repasar todos su hits (los que compusó él y los que reinterpretó con Creedence): Lodi, Travelin’ band, Cotton fields, Lookin’ out my back door, Down on the corner, I heard it through the grapevine, Born on the bayou, Long as I can see the light y Have you ever seen the rain?, que se la dedicó a su hija.

Uno de los momentos más emotivos de la noche fue cuando empezó a cantar a capella Midnight special. Por ahí , muchos no lo sepan pero esa canción tiene casi un siglo. Fue compuesta alrededor de 1923 y Leadbelly recién grabó su versión, la que se popularizó, en 1934. Hay sonidos que superan el paso del tiempo y perduran a las modas y la demanda del mercado. Y con Midnight special, Fogerty demostró que ese tipo de inmortalidad es posible. Otro punto alto del show fue la cruda y visceral interpretación blusera de The night time is the right time.

Promediaba el show cuando pasó algo poco usual. Invitó al escenario a un chico, de nombre Lucas, que había ganado no sé qué concurso. Lo cierto es que Fogerty dijo que se había conmovido con la historia del flaco, que parece que vendió su guitarra para comprar una entrada para el show. ¿Qué hizo Fogerty? Le regaló una de las suyas.

El final fue sensacional, como no podía ser de otra manera. La seguidilla de temas incluyó The old man down the road –con cinco guitarras sonando todas juntas-, Bad moon rising y Fortunate son. La locura de la gente fue tal que Fogerty hizo dos temas -Rockin’ all over the world y Proud Mary-, se fue y tuvo que volver para hacer uno más. Respondió al Ohhh ohhhh profundo del público con mucho más rock and roll: Good Golly Miss Molly.

Me fui extasiado del Luna Park, con la sensación de haber flotado en el pasado, de haber hecho un recorrido en reversa hacia la época en que gastaba las cintas de los cassettes. Estas canciones llevan más de 40 años sonando y no hay nada que las detenga, por el contrario, siguen sacudiendo y emocionando. Son el rock and roll en estado puro.

martes, 10 de mayo de 2011

Tributo a Robert Johnson

Big Head Todd The Monsters - Big Head Blues Club / 100 years of Robert Johnson. Este disco acaba de ser editado y es un fiel reflejo de la trascendencia histórica de las canciones de RJ, que suenan tan fantásticas hoy como lo hacían en la década del treinta. El trío rockero de Colorado sacó a relucir su costado más blusero para ejecutar con solvencia diez legendarias piezas musicales. Y para ello logró sumar al proyecto a músicos de primera línea. El rey B.B. King aporta su voz y los solos irresistibles de Lucille en Crossroads blues, mientras que Charlie Musselwhite sopla su armónica en Come on in my kitchen y la versión hipnótica de Last fair deal gone done. Pero hay más: a sus 97 años “Honeboy” Edwards hace dos apariciones espectrales en If I had posession over judgement day y Sweet Home Chicago. También participan del disco el viejo Hubert Sumlin, y nuevos exponentes del género como Ruthie Foster, Lightin’ Malcom y Cedric Burnside.

Robert Lockwood Jr. – Plays Robert & Robert. Un hombre puede exhalar su alma aullando blues mientras rasga una guitarra de doce cuerdas y eso es lo que se escucha en este álbum. Robert Lockwood Jr. no fue un músico cualquiera, fue uno de los últimos eslabones con el RJ real, el de carne y hueso, y no sólo su leyenda. Según cuenta la historia, Lockwood aprendió a tocar la guitarra de primera mano, ya que cuando era adolescente su madre mantuvo una relación amorosa con RJ. El joven Lockwood encontró en él al padre y mentor que anhelaba y con el tiempo se convirtió en su más fiel discípulo. Plays Robert & Robert -grabado en 1982 y editado en cd once años después por el sello Evidence- tiene seis temas de RJ, cinco suyos y uno de Ma Rainey, y es una obra fundamental en la discografía de cualquier blusero.

Eric Clapton – Me and Mr. Johnson. Que Clapton haya dedicado en 2004 este disco a la figura de RJ fue un gran aporte al blues por varios motivos: 1) permitió que muchísima gente de distintas partes del mundo, especialmente jóvenes, conocieran la leyenda de RJ y fueran a comprar sus discos o bajar su música; 2) finalmente, después de diez años, Clapton volvió a editar un disco 100 por ciento blusero; 3) sus interpretaciones de temas como When you got a good friend, Stop breakin’ down o Come on in my kitchen son fabulosas; 4) reunió una banda de lujo encabezada por Doyle Bramhall II, Billy Preston, Jerry Portnoy y el baterista Jim Keltner; 5) dio pie a una secuela ese mismo año –Sessions for Robert J.- con más covers y un dvd en el que se lo ve a él tocando en el mismo edificio de Dallas en el que RJ grabó en 1937.

Peter Green with Nigel Watson Splinter Group – Hot foot powder. La vida de Peter Green es para una película. Creó Fleetwood Mac -uno de los grupos más importantes de la historia del rock-, se convirtió en uno de los mejores guitarristas ingleses de los sesenta y dejó la banda porque no podía asimilar el éxito como casi todos sus pares. Luego tuvo una vida errante, de vagabundo y loco. Durante mucho tiempo poco se supo de él: padeció muchos vaivenes emocionales y grabó algunos discos bastante malos. A fines de los noventa decidió reconvertirse junto al Splinter Group y para eso eligió la música de RJ. En 1998 vio la luz The Robert Johnson Songbook, que no resultó ser un gran álbum, debido a que su voz estaba arruinada y el esfuerzo vocal de Nigel Watson y Paul Rodgers no alcanzó para compensar. Dos años más tarde lo intentó de nuevo: para Hot foot powder utilizó otras 13 canciones de RJ e invitó a maestros como Otis Rush, Dr. John, Buddy Guy, Hubert Sumlin y “Honeyboy” Edwards que le terminaron dando al disco lo que le faltó a su antecesor.

The Kingfish - The Robert Johnson Project. Este disco fue editado el año pasado y es un tributo a RJ muy decente. La banda de San Francisco, que supo tener entre sus filas a Bob Weir, intentó imprimirle cierto toque personal a cada una de las 14 canciones que conforman el track list. En algunos temas lo lograron con creces: la exquisita zapada con cierto espíritu de jazz latino en If I had possession over judgement day; el sonido funky del piano en Phonograph blues; el fabuloso ritmo sensual del contrabajo en Me and the Devil blues; y el arrebato rockero de Traveling riverside blues, son algunos de los picos del disco. Claro que por momentos tiene sus altibajos, pero en líneas generales se trata de muy buena música interpretada de una manera personal e innovadora.

domingo, 8 de mayo de 2011

Un siglo

Hace 100 años nacía Robert Johnson, el hombre que con su guitarra y su mito cambió definitivamente la historia del blues.

Según la leyenda, Robert Johnson era un músico mediocre y errante que luego de una larga ausencia reapareció tocando su guitarra de una manera magistral e innovadora para la época. Los rumores del momento hablaban de un pacto con el mismísimo Satanás en una encrucijada de caminos, fábula que fue alimentada en parte por las oscuras letras de sus canciones y por su temprana muerte, en 1938 y bajo misteriosas circunstancias.

La música de Robert Johnson es el núcleo central del rock and roll, es la verdadera semilla, el inicio mismo de todo. Canciones como Sweet Home Chicago, Come on in my kitchen, Love in vain, Traveling riverside blues, Stop breaking down, Crossroad blues, Ramblin’ on my mind y Dust my broom inspiraron a la crema de la crema del rock. Los Stones, Eric Clapton, Led Zeppelin, Allman Brothers, Steve Miller y Grateful Dead, por solo nombrar a algunos, grabaron versiones de sus temas y siempre destacaron su influencia. “Robert Johnson es para mí el más importante músico de blues que jamás haya existido. Era verdadero, absoluto y jamás encontré a alguien que llegara tan adentro con su música”, dijo Clapton. “Su música fue como un cometa o un meteorito que llegó a mi vida como un boom”, comentó Keith Richards.

En lo personal recuerdo aquellas noches de comienzos de los noventa, en las que le daba vuelta una y otra vez a los cassettes del sello Columbia en mi viejo equipo Philips. Horas y horas escuchando esas canciones y sus versiones alternativas, que fueron grabadas en dos sesiones entre 1936 y 1937. Yo todavía no había cumplido los 20 años y la figura de Robert Johnson ya me había absorbido. Aquellos eran días en los que no existía Internet y la única forma de conocer más sobre su historia era buceando en bibliografía que no era fácil conseguir.

La vigencia de Robert Johnson hoy sigue intacta en los que lo escuchamos desde hace mucho y en los que empiezan a descubrir su música, un siglo después de su nacimiento.

jueves, 5 de mayo de 2011

Dr. House's blues

Antes que nada quiero aclarar que nunca vi la serie Doctor House. Así que esta reseña no está condicionada por mi simpatía o bronca hacia el protagonista. Mi relación con Hugh Laurie empezó en el mismo instante en que escuché el primer tema del disco Let them talk. Todo comienza con Laurie al piano interpretando la melodía de St. James Infirmary. Con cada acorde la canción va ganando en intensidad. Hasta que un remolino eléctrico de la guitarra da paso al contrabajo y el tema despega: Laurie empieza a cantar con una voz muy personal. Me llevé una grata sorpresa.

El segundo tema es You don't know my mind, de Tampa Red, en el que Laurie se apoya en los coros de la distinguida dama de Nueva Orleans, Irma Thomas, quien también canta junto a él en John Henry. El álbum sigue como una especie de recorrido místico por la orilla del Mississippi, el French Quarter y la calle Bourbon. Otros dos invitados de lujo son Dr. John y Tom Jones. Con el primero Laurie canta a dúo una exquisita versión de After you’ve gone. Mientras que con el cantante galés se despachan con Baby, please make a change. Let them talk también cuenta con la participación del legendario Allen Toussaint, quien se encarga de los arreglos de viento.

En cuanto terminé de escuchar el disco entré a youtube para ver si había algo de Laurie tocando en vivo. Encontré una presentación en vivo reciente en un estudio de tevé europeo y también un reportaje que le hizo Jools Holland en su programa, antes de que ambos se echaran un boogie a cuatro manos en el piano. En un momento Holland puso un video de Otis Spann, Ain’ nobody business, y en el momento que el viejo bluesman canta el estribillo, el camarógrafo poncha a Laurie que hace una mueca tan sincera y conmovida por la música que me hizo dar cuenta como el tipo realmente siente el blues.

Laurie es un actor inglés que apenas pasó los 50 años. En varias entrevistas se encargó de aclarar, en tono de broma, que él no nació en Alabama pero que eso no le impidió desarrollar una pasión absoluta por el blues más tradicional del sur de los Estados Unidos. Está claro que con este disco Laurie no busca rédito comercial: Let them talk no va a engrosar su cuenta bancaria, pero seguramente lo va a posicionar como un músico talentoso con mucho sentimiento. Una bocanada de aire fresco para la música de la vieja escuela.

martes, 3 de mayo de 2011

Poción mágica

Tab Benoit recorrió un largo camino y nunca torció el rumbo. Desde su primer disco, Nice & warm (1992), hasta hoy, su música representa el sonido de su tierra, los pantanos de Louisiana, y el legado de los músicos que admiró cuando era chico: Albert King, Albert Collins y Jimi Hendrix. El sello Telarc Blues acaba de lanzar un nuevo álbum del músico nacido en Baton Rouge. Medicine es un compendio de once canciones muy sólido, en el que se destacan siete composiciones de Benoit junto al itinerante Anders Osborne.

La formula de esta poción es más o menos la misma que siempre: blues, soul, rock y cajun. Pero ahora, la voz de Benoit suena mucho más segura, perfectamente ensamblada a cada uno de los temas que interpreta. El disco fue grabado en los estudios Dockside, fue producido por Benoit y Osborne, quienes contaron con la colaboración de David Z. a la hora de la ingeniería de sonido. Desde el primer minuto hasta el último, Medicine tiene ese dejo fangoso de Louisiana. Diez de las canciones son bien eléctricas, pero hay un momento acústico fantástico en el que Benoit interpreta Long lonely Bayou junto al violinista Michael Doucet.

La banda merece un párrafo aparte. Benoit reunió a músicos que conocen el pantano como pocos: el hijo de Aaron Neville, Ivan, está a cargo de los teclados Hammond; Brady Blade lleva la rítmica desde su batería; y Core y Duplechin se encarga del bajo. Y cuenta con la segunda guitarra a cargo de Osborne, quien, según dijo, utilizó para estas sesiones la Lucille original de B.B. King.

Además de los temas compuestos por Benoit-Osborne, el resto de las canciones pertenecen a artistas como Johnny Otis y Junior “Guitar” Watson (Broke and lonely), al ya mencionado Michael Doucet (Can’t you see) y a John Magnie y Tommy Malone (Next to me).

Medicine es uno de los mejores discos de Benoit. Y parte de eso se debe a la espontaneidad del momento de la grabación. El músico contó en una entrevista: “La magia aparece cuando menos lo espera. La mayor parte del material del álbum es en vivo, y en su mayoría son primeras tomas. Cuando tocábamos tratamos de no estructurar las cosas. Estábamos abiertos al momento”.