viernes, 29 de abril de 2011

Un hombre en constante movimiento

Este disco de Warren Haynes no se parece en nada a lo que grabó con los Allman Brothers, Gov’t Mule o en su álbum solista de 1993, Tales of ordinary madness. Pero que sea diferente no lo hace malo. Todo lo contrario, Man in motion es un trabajo sorprendente en el que Haynes moldea su voz y su solos al soul y el funky de los años sesenta, pero con una impronta muy actual. Y no se trata de un disco tibio o de un producto para el mercado del R&B, ¡para nada! Es pura potencia, con un groove tan contagioso que realmente se torna adictivo.

La guitarra está presente en las diez canciones del álbum. Su voz tiene tanto feeling que por momentos parece como que estuviera poseído por Bobby Womack. Por momentos, para añadirle más dulzura a algunas estrofas o más soltura a los coros, aparece el aporte de la cantante Ruthie Foster. Después hay un sostén rítmico entre los teclados que alternan Ivan Neville y el ex Faces y colaborador stone, Ian McLagan. Los vientos, comandados por Ron Hollway, son otro aspecto destacado de la producción del álbum, a cargo de Haynes y Gordie Johnson. George Porter Jr., en bajo, y Terrence Higgins, en batería, marcan la base de Man in motion y complementan la formación.

En una entrevista al sitio JamBase, Haynes contó que para éste álbum se inspiró en la música que escuchaba cuando era joven. “Esto es lo que amo y lo que realmente me impactó cuando era chico: Wilson Pickett, Otis Redding y la verdadera y cruda música soul”. Pero según explicó, el trabajo no fue sencillo, ya que no quería que sonara viejo o fuera de época. “Por eso traté de elegir material original para no caer en un tributo a la música soul del pasado. Para mí, era más importante crear nuevas canciones que copiar elementos de los comienzos del soul, blues o rock”, añadió.

De los diez temas, nueve son composiciones propias. Algunas de hace más de diez años pero que nunca tuvo la oportunidad de grabar. Hay un solo cover: se trata de Everyday will be like a Holiday, hit del cantante del sello Stax William Bell.

Tal como lo indica el nombre del disco, Warren Haynes es un hombre en constante movimiento. Ya sea como guitarrista de los Allman Brothers, líder de Gov’t Mule, colaborador de la nueva versión de los Grateful Dead, Furthur, u organizando conciertos a beneficio para Navidad. Acá deja en claro que su música no tiene límites y que sus cualidades como músico y compositor están cada vez más en alza. Desde la llamativa tapa del álbum hasta el último acorde, Man in motion es uno de los grandes acontecimientos musicales del año.

jueves, 28 de abril de 2011

Fortunate son

El año era 1969 y los jóvenes estadounidenses estaban experimentando un proceso de cambio social muy fuerte. Y ese cambio, pese a que con el tiempo terminó absorbido por el american way of life, se manifestó claramente en contra de la guerra de Vietnam. La música y las crónicas de la época dejaron constancia de lo que realmente sentían los chicos de espíritu antibélico que temían con ser enviados al frente. La canción Fortunate son, de Creedence Clearwater Revival, es un alegato de ese tiempo convulsionado.

Richard Nixon era el presidente en ese momento y una de sus hijas, Julie, estaba de novia con el nieto del ex presidente Dwight Eisenhower, David. Para John Fogerty, líder de Creedence y compositor del tema, esos dos hijos directos del riñón del establishment político más recalcitrante, no estaban padeciendo lo mismo que los demás jóvenes de su edad. Eran chicos afortunados. Sus padres mandaban a miles de chicos a la muerte y ellos vivían una vida de lujos alejada del peligro.

Fortunate son apareció como lado B de Down in the corner y luego fue incluida en el álbum Willy and the poor boys. Con su ritmo denso, de guitarras desgarradas y una voz áspera marca registrada, la canción se convirtió en uno de los principales temas en contra de la guerra, a tal punto que en los años sucesivos muchas películas y series de tevé, que abordaron alguna temática de la época, la incluyeron en sus bandas de sonido. Para la revista Rolling Stone, es una de las 100 mejores canciones de la historia del rock y U2, Kid Rock, Wyclef Jean y Pearl Jam grabaron versiones muy interesantes.

Ahora, 42 años después de su creación, los argentinos tendremos la oportunidad de escucharla en vivo cuando Fogerty se suba por primera vez al escenario del Luna Park el 13 de mayo. Ese día los afortunados seremos nosotros.



domingo, 24 de abril de 2011

Going up the country

Henry Thomas fue un músico itinerante, un verdadero songster. Nació alrededor de 1875 en el pequeño poblado de Big Sandy, en Texas, y murió no se sabe bien cuándo, cómo o dónde. Así como Robert Johnson, pero con menos fábula alrededor de su historia, grabó sólo 23 canciones entre 1927 y 1929, que definieron el sonido del blues de preguerra y conforman el legado cultural más profundo de la música negra y del rock and roll. Pese a eso, su nombre sólo es conocido por los amantes del blues más primitivo. La prueba más cabal de esa relación es una de sus canciones: Bull doze blues.

En agosto de 1968, Alan Wilson ya había escuchado esa canción decenas de veces cuando por fin grabó con Canned Heat su propia versión, a la que llamó Going up the country y que un año después se convertiría en el tema más representativo del festival de Woodstock. Wilson adaptó la letra a su época: los hippies, la ruta y el amor libre. Pero respetó la melodía y su espíritu rural de una manera asombrosa. En la grabación original, Thomas se acompañaba de la guitarra y una especie de zampoña, mientras que Wilson lo hizo con el mismo ritmo pero con un suave acompañamiento eléctrico y el sonido de la flauta de Jim Horn.

I'm going where the water tastes like wine / Voy adonde el agua tiene gusto a vino
We can jump in the water, stay drunk all the time / Podemos saltar en el agua, estar borrachos todo el tiempo



El Canned Heat de los sesenta fue fenomenal en todo sentido. Tenía dos cantantes –Wilson y Bob Hite- muy distintos entre sí que le daban a la banda la posibilidad de tocar diferentes estilos de blues, siempre apuntalados por un guitarrista fantástico como lo era Henry Vestine. Todos ellos eran antropólogos musicales, que escuchaban desde John Lee Hooker y Howlin’ Wolf hasta Wilbert Harrison y Floyd Jones, éstos últimos los verdaderos creadores de los otros dos éxitos de los Heat: Let’s work together y On the road again.

La melodía pegadiza y el festival de Woodstock, especialmente la película, contribuyeron para que Going up the country se convirtiera en un himno de su tiempo, como Like a Rolling stone, California dreamin’ o House of the rising sun, y la música del viejo Henry Thomas, al menos una de esas 23 melodías que compuso, se volviera eterna y universal.



miércoles, 20 de abril de 2011

Comebacks

Robbie Robertson - How to become clairvoyant. Qué figura enorme la de Robbie Robertson, un tipo que representa una porción importantísima de la historia del rock. Hacía 13 años que no editaba un álbum, desde aquél discreto Contact from the underworld of red boy. Aquí tenemos un puñado de hermosas canciones, melodiosas, en las que la presencia de Eric Clapton –en siete de los doce temas- jerarquiza el sonido de la guitarra. Realmente me impresionó When the night was young, la segunda canción del álbum, una hermosa balada que refleja la historia de una generación y que suena muy relajada, con unos coros con mucho soul. El tema que abre el disco, Straight down the line y This is where I get off y The right mistake también tienen hermosas melodías. Además de la presencia de Clapton, el ex miembro de The Band se dio el lujo de sumar a Steve Winwood, Robert Randolph y al guitarrista de Rage Against the Machine, Tom Morello. Justamente Morello es el artífice de unos solos muy sólidos en Axman. How to become clairvoyant es un disco exquisito, que tiene grandes momentos y que seguramente quedará entre lo mejor de la discografía de Robbie Robertson.

Steve Miller Band - Let your hair down. Blues, blues, blues. De eso se trata el nuevo trabajo de Steve Miller, que viene a ser la secuela de su disco del año pasado, Bingo! La selección de temas está compuesta por casi todos clásicos: Sweet home Chicago, Can’t be satisfied, I got love if you want it, Just a little bit, Close together y Pretty thing. Qué más les puedo decir: todo el álbum suena fantástico, con mucho ritmo y bien arriba. Hay buenos solos de guitarra, aunque lo que más se destaca es la voz de Steve Miller. A diferencia de Clapton, Bob Dylan y otros grandes cuyas voces fueron mutando (por propia voluntad o por los años transcurridos), la de Miller se mantiene con el mismo tono que en los setenta y eso es algo alucinante. Aquellos que disfrutaron The Joker, Gangster of love o Evil ahora tienen una nueva oportunidad de repasar viejos temas en la voz de uno de los eternos laburantes del rock

Hot Tuna – Steady as she goes. Hot Tuna surgió en 1969 cuando Jack Casady y Jorma Kaukonen decidieron tener su banda paralela a Jefferson Airplane, acústica e inclinada hacia el blues y el ragtime. Cuatro años más tarde los dos músicos dejaron definitivamente Jefferson Airplane, ya que la banda se había vuelto muy comercial. Así fue como los que siguieron le cambiaron el nombre a Jefferson Starship y acentuaron el costado más pop que con los años terminaría deviniendo en Starship. Casady y Kaukonen escaparon de esa debacle y, con algunas intermitencias de varios años, siguieron adelante con Hot Tuna. Ahora acaban de editar su primer álbum de estudio en 20 años, que fue producido por el violinista Larry Campbell y grabado en los estudios de Woodstock de Levon Helm, otro ex The Band. El resultado no es novedoso: es un disco agradable de folk-blues en el que dos viejos músicos siguen indagando en la música de raíces, con más experiencia pero menos ímpetu que antes.

domingo, 17 de abril de 2011

Trilogía

El verano se fue muy rápido, aunque el calor pretendió quedarse un poco más. En estos meses de mangas cortas, aire acondicionado y sudor inevitable descubrí el sabor exquisito de tres vinos blancos de lujo. Aunque tal vez, pensándolo mejor, “lujo” no es la palabra adecuada. Porque estos tres caldos son muy accesibles -ninguna botella supera los 50 pesos- y no hace falta tener un paladar preparado para disfrutarlos. Admito que durante muchos años me resistí a los vinos blancos, un poco porque la oferta era siempre la misma -80 por ciento Chardonnay y el resto Sauvignon Blanc- y otro poco porque el tinto es muy rico para dejar de beberlo. Pero el tiempo va cambiando pensamientos, alterando sentimientos y modificando gustos. Así que este último verano se produjo un cambio sutil en mis hábitos de consumo que fueron regados de oro líquido. El Escorihuela Gascón Viognier se consigue en cualquier lado, su precio ronda los 30 mangos (50 en un restaurante) y es de lo más rico y fresco que se pueda beber. El Ricardo Santos Semillón es un poco más caro y para conseguirlo hay que ir un poco más allá del chino de la esquina, pero cada sorbo justifica los pesos invertidos. El Alto Uxmal Pinot grigio apareció ya sobre el final de la temporada –al menos fue cuando yo lo descubrí-, creo que lo pagué algo así como veintipico y se sumó con mucho ímpetu a esta selección, a esta trilogía de inmensa frescura dorada.

miércoles, 13 de abril de 2011

Funk attack

Estamos ahí saltando como locos, algunos más desaforados y otros con más onda. Todos hipnotizados por el sonido ardiente de ese funk arrollador, que baja sudando notas y vibraciones desde el escenario. La cosa parece no acabar. Es difícil intentar alejarse del parlante. El pum, pum, pum del bajo sacude y sacude. El baterista golpea y corta. Golpea, golpea y corta. La guitarra marca el ritmo sin sobresalir demasiado. Esa es la base de esta estructura musical demoledora. Eso es lo que nos mantiene bailando y moviendo. Entonces aparecen los teclados y la música se convierte en una máquina del tiempo: sonidos retrofuturistas que recuerdan al Hancock de Man-Child o a lo más psicodélico de George Clinton y su legión de funkadélicos.

Los vientos merecen un párrafo aparte. El trombón, la trompeta y el saxo suenan ensamblados y mimetizados cuando arrasan en tándem. Limpios, profundos y espontáneos, en cambio, cuando encaran un solo. Los protagonistas de este engranaje de locura pegadiza son los New JB’s y el maestro Fred Wesley. La palabra groove existe gracias a tipos como Wesley. Él integra el mismo equipo que Pee Wee Ellis, Maceo Parker, George Clinton y Bootsy Collins. Disculpen la analogía futbolera: son como el Barcelona del ritmo y la fiesta. (Y James Brown, claro está, sería como Pep Guardiola).

Noche de martes en La Trastienda. Arde. La primera parte del show es bien instrumental. “Están calentando motores”, me dice el responsable del evento, Mariano Cardozo, quien ya los vio en vivo en Neuquén y en Venado Tuerto. La gente todavía está sentada. Hay un solo del bajista Dwayne Dolphin en el que me parece que cuela algunas notas de So what, de Miles Davis. Cada uno de los músicos se luce en el momento en que le toca. Escuchar el trombón de Wesley es un viaje por senderos que se bifurcan entre Nueva Orleans, Alabama, St. Louis, Detroit y Nueva York.

Mientras Keith Jarret improvisa su lírica musical en el Teatro Colón y Motorhead incendia el Luna Park, en La Trastienda el funk gravita entre la perfección rítmica y la herencia de una revolución cultural y social que estalló hace unos 40 años.

La segunda parte del recital se vuelve bien loca. Wesley, el trompetista Gary Winters y el saxofonista Ernie Fields Jr. empiezan a cantar a coro en todos los temas. Se produce un diálogo con el público, que se mueve con una cadencia sensual. Todos bailan. Arriba y abajo. Entonces la banda interpreta Fourplay, Breaking bread, Trick bag, Gonna have a funky good time y House party, todas canciones que Wesley toca desde hace años. En algún momento bajan un cambio e improvisan unos solos más jazzeados, pero solo por un momento. La fiesta no tarda en volver a despegar. El grand finale es con Bop to the boogie. La noche se va danzando y el groove, esa palabra que tiene más significado en un escenario o un disco que en un diccionario, se queda adherido a los sentidos, luego de ese feroz ataque de funk.

viernes, 8 de abril de 2011

Armónica hechicera

Hay tipos que soplan dos notas y se creen que saben tocar la armónica. Otros intentan y practican durante toda la vida y, con algo de vergüenza, dicen que son armonicistas. Hay algunos que tocan muy bien y otros que están en un nivel superlativo. Pero son muy pocos los que a ese pequeño instrumento, también llamado saxofón del Mississippi, pueden hacerlo enorme con solo tenerlo entre los labios. De esa clase de músicos es Kim Wilson, quien anoche con sus Hohner dio una verdadera lección en La Trastienda.

Un bluesman de alto vuelo es Mr. Wilson. Siempre lo fue. Desde sus inicios con los Fabulous Thunderbirds –y ese gran álbum de 1979- hasta sus discos como solista o las colaboraciones que hizo para músicos rutilantes como Eric Clapton, John Lee Hooker, Bonnie Raitt, o B.B. King. De esa primera época, en la que estaba acompañado por Jimmie Vaughan, tocó Scratch my back, donde realmente explotó Billy Flynn, el bonus track que tuvo el show, con unos punteos punzantes. Flynn es un guitarrista que se formó en Chicago rodeado de grandes como Luther Allison, Pinetop Perkins, Mighty Joe Young y Sunnyland Slim. Su sonido es clásico, muy blues del cincuenta y más aún cuando pela el slide. El resto de la banda, un combo de músicos nacionales encabezados por el baterista Walter Loscocco, acompañó con discreción y respeto al hombre de la noche.

Uno de los mejores momentos del recital fue el solo de Wilson en Early every morning, un tema de B.B. King que viene haciendo en vivo desde hace varios años. Se alejó del micrófono, la gente por un momento hizo un silencio profundo y la armónica arrojó unos sonidos débiles que empezaron a cobrar vigor con cada contracción de su pecho, con cada hinchazón de sus mejillas. Los músicos permanecieron en silencio y por un instante ese pequeño instrumento, que entra en el bolsillo de cualquier pantalón, abarcó absolutamente todo.

No faltó She's tuff, también del debut de los Thunderbirds, en el que su risa, entre verso y verso, se encadenó con la del público y toda La Trastienda rió a su ritmo. El comienzo y el final del show se los dedicó a dos de sus máximas influencias: Jimmy Reed y Sonny Boy Williamson. Wilson eligió para abrir You got me Dizzy, de Reed, donde no tocó tanto la armónica pero sí cantó con fuerza y mucho estilo, como lo haría después durante todo el resto del recital. El cierre fue alucinante. Los músicos dejaron el escenario y la gente empezó corear “Kim, Kim, Kim, Kim”. El tipo salió solo, agradeció en inglés inclinando la cabeza y empezó a tocar Nine below zero, como si estuviera poseído por el espíritu errante de Sonny Boy , como un hechicero con su fórmula mágica. Fueron cinco o seis minutos de antología. Una vez más el sonido de la armónica copó todo el ambiente. El trance del público duró unos instantes. El recuerdo quedará para siempre.

martes, 5 de abril de 2011

Música por el mundo II

Bo Diddley. Long Beach Blues Festival, California. Septiembre de 1994.

John Hammond. Battery Park, Nueva York. Julio de 2010.

Músico callejero. Harvard Street, Boston. Marzo de 2011.

Lurrie Bell, La Trastienda, Buenos Aires. Agosto de 2010.

Anuncio callejero. Stralauer Straße, Berlin. Abril de 2008.

Pub en el Soho, Londres. Abril de 2010.

Músico callejero. Central Park, Nueva York. Marzo de 2011.

Músico callejero. Vondelpark, Amsterdam. Abril de 2007.

Ain't Nothin' But... Bar, 20 Kingly Street, Londres. Abril de 2010.

Wally's Jazz Cafe, Massachusetts Av., Boston. Marzo de 2011.

sábado, 2 de abril de 2011

Un nevado


Hace cosa de dos meses decidí que iba a ir a Boston. Entonces empecé a googlear posibles shows en la ciudad pero no encontré nada que me llamara la atención. En una segunda búsqueda, un tanto más fina, surgió el nombre de Walter Trout, violero que tocó en los Bluesbreakers de John Mayall y quien desde hace muchos años lleva su fórmula de blues-rock por los escenarios de todo los Estados Unidos, de norte a sur y de este a oeste.

El lugar en cuestión era el Showcase Live, en Foxboro, a unos 40 minutos al sur de Boston. Recordé que en el Mundial de 1994 la Argentina jugó dos partidos allí, en el estadio de los Patriots (contra Grecia y Nigeria), y esa era la única referencia que tenia de Foxboro. Me costó llegar debido a que no hay trenes hasta allí, salvo en temporada de football americano. Llegué el jueves a la tarde. El tren me dejó en Mansfield y no tuve más remedio que tomarme un taxi: primero porque allí no hay buses y segundo porque había comenzado a nevar. Me alojé en un motel sobre la ruta, America Best Value Inn, a una milla de distancia del Showcase Live, que es parte del megacomplejo en el que está el estadio, donde también hay cines, restaurantes y comercios.

El show empezó a las ocho en punto. Walter Trout salió junto a sus músicos -Sammy Avila, en teclados; Rick Knapp, en bajo; y Michael Leasure, en batería- saludó al público y empezó a desplegar su virtuosismo con la Stratocaster. Todo fue muy intenso. Eléctrico. Furioso. Trout sigue los pasos de Hendrix y Roy Buchanan, y su estilo es comparable al de algunos otros de sus contemporáneos como Jimmy Thackery, Smokin' Joe Kubek o Coco Montoya. La guitarra es protagonista excluyente, Trout le da un trato diferencial.

En las dos horas que duró el show se despachó con temas de sus discos, entre los que incluyó su hit del año pasado Common ground, y algunos covers: As the years go passing by, Catfish blues y Going down, de Freddie King, para el explosivo bis. Hubo momentos muy interesantes: uno fue cuando le dio lugar a Sammy Avila, ex tecladista de Chris Cain, que cantó un slow blues con mucha intensidad, que hablaba de como lo usaban las mujeres, y sacó un par de solos brillantes con su hammond. Luego bromeó con que la familia de Sammy era enorme y todos sus parientes eran músicos e invitó al escenario al hijo de Sammy, Danny, quien es el plomo de la banda y además hace la segunda guitarra en algunos temas. Pero parece que a Trout le cae bien porque lo desafió a un fabuloso duelo de guitarras, del que el chico salió muy bien parado. El batero también tuvo su momento y aporreó con fuerza y ritmo todos las piezas de su instrumento.

Walter Trout no es un tipo parco. Le encanta dialogar y jugar con la gente: bromeó sobre su pasado junto a Mayall, de quien dijo que se enojaba si su banda tocaba dos temas seguidos con la misma nota e hizo gala de su mala memoria: "Les juro que no me acuerdo en cuál de mis discos está esta canción". Trout es realmente un bluesman, un guitarrista feroz, un buen showman que sigue en la ruta y que no piensa parar porque ese es su destino. Así lo demuestra en el escenario y cuando él mismo vende sus discos y sus remeras, mientras sus músicos hacen sociales o salen a fumarse un cigarrillo. Todo el show fue fabuloso, un nevadito de primavera!!!.

El recital terminó y a mi no me quedó otra que emprender la vuelta al hotel. Afuera nevaba como loco. Todo se había teñido de blanco, el frío era intenso y parecía como que el apocalipsis climático estaba por llegar de un momento a otro. Una muchacha rubia y poco amable llamó a un taxi y quince minutos después una van de esas familiares llegó a buscarme. Cuando me fui, Trout seguía vendiendo discos. Seis minutos después yo ya estaba en el hotel. Me fui a dormir con la sensación de haber visto a otro de los grandes, de esos que te dejan huella. Esa clase de tipo que tiene la pluma de la historia del blues en la mano.